Es tu Iglesia – Pon la X en la Declaración de la Renta

Queridos diocesanos:

En este tiempo pascual escuchamos una y otra vez las palabras de Jesús: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). La fuerza y la eficacia de esta misión de nuestra Iglesia descansan en último término en Dios, que la sostiene por medio de Jesucristo y por la fuerza del Espíritu Santo. Pero el Señor Jesús puso la tarea ingente de la evangelización en manos de los Apóstoles y en manos de su Iglesia, que formamos todos los cristianos. La misión de nuestra Iglesia corresponde, pues, a todos los bautizados: todos estamos llamados a una colaboración activa y responsable en dicha misión. Una colaboración que comienza con una vida de fe personal y comunitaria, coherente y testimoniante, que pasa por la implicación en las tareas de la Iglesia y que incluye también nuestra colaboración económica.

Nuestra Iglesia, que no es de este mundo pero está en el mundo, necesita de medios humanos y de recursos económicos para poder llevar a cabo su misión: para las actividades pastorales con adultos, jóvenes y niños, para la atención espiritual y humana a todo aquél que lo necesita, para el culto, para el mantenimiento de los templos, para la atención de numerosos servicios caritativos, para la remuneración de los sacerdotes, religiosos y seglares. La labor religiosa y espiritual de la Iglesia, ya de por sí de gran significado social, lleva además consigo otras funciones sociales: la enseñanza; la atención a los ancianos y los discapacitados, la acogida de los inmigrantes, la ayuda personal e inmediata a quienes la crisis económica está poniendo en graves dificultades o los misioneros en los lugares más pobres de la tierra. Todo ello surge de las vidas entregadas y de la generosidad suscitada en quienes han encontrado su esperanza en la misión de la Iglesia. Con poco dinero, y gracias a la generosidad de millones de personas en todo el mundo, la Iglesia sigue haciendo mucho por tantos que todavía necesitan tanto. Son muchas las necesidades de nuestra Iglesia para cumplir su misión, para seguir haciendo el bien

Desde 2008, el sostenimiento de la Iglesia depende exclusivamente de los católicos y de todas aquellas personas que reconocen la labor de la Iglesia. Todo católico debe sentir el deber de ayudar a su Iglesia en sus necesidades y de colaborar económicamente con ella. Desde la primera comunidad cristiana, la financiación de la Iglesia ha dependido siempre de la colaboración económica de sus fieles.

Estamos en el periodo de la Declaración de la Renta. Una forma sencilla, pero necesaria, de colaborar con tu Iglesia es poner la X en la Declaración de la Renta, impresa o digital, en la casilla correspondiente a la Iglesia católica. Un 0,7 por ciento de los impuestos se dedicará así a la ingente labor que la Iglesia desarrolla. Este sencillo gesto no le supone a nadie ni pagar más, ni que le devuelvan menos. Si se quiere marcar la casilla llamada “Fines sociales” es posible hacerlo al mismo tiempo que se marca la de la Iglesia. El Estado dedicará entonces un 0,7% a esos “fines” y un 0,7% a la Iglesia.  No cuesta nada poner la X en la Declaración de la Renta y rinde mucho. También hay que poner la X si sale a devolver, porque tampoco nos van a devolver menos. Nos hemos de preocupar personalmente de poner la X o, si nos hacen la declaración, nos hemos de asegurar de que se ponga. Muchas gracias en nombre de tu Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Testigos del Resucitado

Queridos diocesanos:

¡Cristo ha resucitado verdaderamente. Aleluya! Con este saludo pascual, los cristianos mostramos nuestra alegría porque Cristo ha resucitado. En su Pascua ha triunfado definitivamente la Vida sobre la muerte, el amor misericordioso de Dios sobre el pecado, y el perdón y la paz de Dios sobre el odio humano y su poder destructor.

Una nueva humanidad es posible, porque Cristo Jesús ha resucitado y lo ha hecho por todos nosotros. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su muerte redentora y su vida gloriosa es un inagotable tesoro, que se ofrece a todos los hombres de todos los tiempos. Todos sin distinción estamos llamados a participar de la fuerza regeneradora de la resurrección del Señor. Cristo resucitado es la luz del mundo que abre caminos de esperanza a toda la humanidad. Cristo muerto y resucitado abre horizontes de eternidad al ser humano. Porque Cristo Jesús ha resucitado sabemos que nuestro destino no es la tumba: Si Cristo ha resucitado, todos nosotros resucitaremos, nos recuerda S. Pablo (1 Cor 6, 14), y ello fundamenta nuestra esperanza, de modo que podamos vivir con el gozo del Espíritu.

Por el bautismo, los bautizados hemos renacido a la nueva Vida del Resucitado: es como una semilla implantada en el bautizado, que es fuerza de transformación y, germinalmente, la gracia de nuestra futura resurrección; es una semilla, destinada a crecer y dar forma y color a toda la existencia del bautizado. “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1-2).

La Pascua llama a todos los bautizados a avivar el propio Bautismo, por el que  hemos sido transformados en nuevas criaturas. Nuestra alegría pascual será verdadera si nos encontramos de verdad con el Resucitado en lo más profundo de nuestra persona; si nos dejamos llenar de su Vida y de su Paz; es esa Vida y esa Paz que vienen de Dios y generan Vida y Paz entre los hombres. El  encuentro personal con el Resucitado teñirá toda nuestra vida, nuestra relación con los demás y con toda la creación.

Celebrar de verdad la Pascua nos lleva necesariamente al testimonio. Los Apóstoles fueron, antes que nada, testigos vivos de la resurrección de Jesús. Como lo fue un sucesor suyo y Obispo de nuestra Diócesis, Mons. José María Cases -según me refieren quienes lo conocieron-, que falleció hace ya 10 años. Así también los cristianos hemos de ser testigos del Señor Resucitado. Sean cuales sean las dificultades, éste es nuestro deber más sagrado: transmitir de palabra y por el testimonio de las buenas obras la Buena Noticia de que en la resurrección de Cristo han sido vencidos definitivamente el pecado y la muerte, el odio y el egoísmo.

La caridad de Cristo nos apremia a los bautizados a dar testimonio del Resucitado, Vida para el mundo, ante una ‘cultura de la muerte’ que se extiende como una mancha de aceite en nuestra sociedad y mata toda esperanza. Demos testimonio con una vida honesta, honrada y sin doblez. A lo largo de dos mil años, los santos han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. Vivamos también hoy los cristianos con alegría y fidelidad el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora en todas partes. Lo espera una sociedad necesitada de una regeneración espiritual y moral profunda.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Elección de sacerdotes representantes en el Consejo Presbiteral Diocesano

 CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTOLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcEl Consejo Presbiteral, cuya constitución es obligatoria, es un órgano colegial consultivo, que representa al presbiterio diocesano, y, a modo de senado del Obispo, le ayuda eficazmente en el gobierno pastoral de la porción del pueblo de Dios que me ha sido encomendada (cf. c. 495 § 1 CIC;  arts. 1-2 Estatutos).

El primer Consejo Presbiteral Diocesano constituido al comienzo de mi ministerio pastoral en esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón el día 28 de febrero de 2007, ha cumplido el periodo de cinco años para el que fue constituido (art. 10 § 2 Estatutos). Por tanto, se debe proceder a la constitución de un nuevo Consejo Presbiteral. El derecho universal y estatutario contempla tres clases de miembros del Consejo presbiteral; a saber, miembros natos o por razón del oficio que desempeñan, miembros libremente elegidos por los sacerdotes y miembros libremente designados por el Obispo diocesano (cf. c. 497 CIC; arts. 7-9 Estatutos). Es, pues, necesario proceder en primer lugar a la elección del grupo de ‘miembros elegidos’ por los sacerdotes con derecho a voto activo. Deberán ser elegidos un sacerdote por los sacerdotes de cada uno de los catorce arciprestazgos, dos representantes de los sacerdotes religiosos y un representante de los sacerdotes dedicados a la enseñanza (art. 8 Estatutos). Además, con el fin de que los sacerdotes jubilados canónicamente puedan estar también representados en el Consejo Presbiteral, circunstancia no prevista en los Estatutos, éstos podrán elegir su propio representante.

Excepto aquellos sacerdotes que son miembros natos del Consejo Presbiteral a tenor del art. 7 de los Estatutos, tienen voto activo –elegir- y voto pasivo –ser elegido- en el grupo a que pertenecen todos los sacerdotes seculares, incardinados en la diócesis, así como aquellos sacerdotes seculares no incardinados en la diócesis y los sacerdotes religiosos, que residan en la diócesis y ejerzan de forma legítima algún oficio en bien de la misma (cf. c. 498 § 1 CIC). Los sacerdotes, miembros natos del Consejo Presbiteral por razón de su ministerio, sólo tienen voto activo, pero no pasivo. El voto activo sólo se puede ejercer en un grupo de los que a continuación se enumeran; si un sacerdote pertenece a varios grupos, comunicará por escrito a la Secretaria General del Obispado el grupo en que ha decidido ejercer su derecho a voto.

Pertenecen a un grupo sacerdotal arciprestal todos los sacerdotes que desempeñan una tarea pastoral en el territorio de un arciprestazgo por nombramiento del Obispo diocesano (nº 33 del Directorio del Arciprestazgo y del Arcipreste de 15 de febrero de 2012). El grupo de religiosos está formado por los religiosos sacerdotes, que residan en la diócesis y ejerzan de modo legítimo un oficio en bien de la misma (cf. 498 § 1, 2º CIC). El grupo de sacerdotes dedicados a la enseñanza está formado por los sacerdotes que imparten la enseñanza de la Religión y Moral católica en la escuela pública, concertada o privada con ‘missio canonica’. Y, finalmente, pertenecen al grupo de sacerdotes jubilados canónicamente aquellos sacerdotes incardinados en la Diócesis y residentes en la misma, que habiendo superado la edad de 75 años no tienen encomendado por el Obispo diocesano ningún ministerio pastoral en la Diócesis o que no habiendo llegado a dicha edad hayan obtenido la jubilación canónica por escrito.

Así pues y en atención a lo expuesto por el presente

 

DECRETO

Que se proceda a la elección de los ‘miembros elegidos’ del Consejo Presbiteral Diocesano antes del día 18 del mayo del presente año. Para la elección habrá de tenerse en cuenta  lo siguiente:

 

  1. Los representantes de los sacerdotes de los Arciprestazgos serán elegidos por los sacerdotes de cada grupo sacerdotal arciprestal. Las elecciones serán convocadas por el Arcipreste respectivo por escrito, indicando el lugar, la fecha y la hora de la sesión electiva. La Mesa electoral estará compuesta por el Arcipreste, que la preside, el Secretario del grupo sacerdotal, si ya existe, o un Secretario, si no existe secretario del grupo sacerdotal, y dos Escrutadores, designados los tres últimos por el Presidente de entre los sacerdotes del grupo sacerdotal arciprestal, oídos los presentes en la sesión electiva.

 

  1. Los dos representantes de los sacerdotes religiosos serán elegidos por y de entre los sacerdotes religiosos que residan en la diócesis y ejerzan de modo legítimo un oficio en bien de la misma. Las elecciones serán convocadas por el Vicario General por escrito, indicando el lugar, la fecha y la hora de la sesión electiva. Se permite el voto por correo, que deberá haber sido recibido en la Secretaría General del Obispado antes de la fecha y hora fijada para la sesión electiva. La Mesa electoral estará compuesta por el Vicario General, que la preside, el Canciller-Secretario General del Obispado como secretario y dos escrutadores, designados por el Presidente de entre los sacerdotes religiosos presentes o, en su falta, de entre el personal de la Curia diocesana.

 

  1. El representante de los sacerdotes dedicados a la enseñanza será elegido por los sacerdotes que ejerzan la enseñanza de la Religión y Moral católica en la escuela pública, concertada o privada con ‘missio canonica’. Las elecciones serán convocadas por el Vicario General por escrito, indicando el lugar, la fecha y la hora de la sesión electiva. Se permite el voto por correo, que deberá haber sido recibido en la Secretaría General del Obispado antes de la fecha y hora fijada para la sesión electiva. La Mesa electoral estará compuesta por el Vicario General, que la preside, el Canciller-Secretario General del Obispado como secretario y dos escrutadores, designados por el Presidente de entre los sacerdotes presentes o, en su falta, de entre el personal de la Curia diocesana.

 

  1. El representante de los sacerdotes jubilados canónicamente será elegido por los sacerdotes pertenecientes a este grupo, en el sentido arriba indicado. Las elecciones serán convocadas por el Vicario General por escrito, indicando el lugar, la fecha y la hora de la sesión electiva. Se permite el voto por correo, que deberá haber sido recibido en la Secretaría General del Obispado antes de la fecha y hora fijada para la sesión electiva. La Mesa electoral estará compuesta por el Vicario General, que la preside, el Canciller-Secretario General del Obispado como secretario y dos escrutadores, designados por el Presidente de entre los sacerdotes presentes o, en su falta, de entre el personal de la Curia diocesana.

 

  1. Ningún sacerdote puede tener más de un voto activo, por lo que los sacerdotes que pertenezcan a más un grupo deberán decidir y comunicar a la Secretaría General en qué grupo harán efectivo su derecho a voto activo (cf. art. 7 § 3 Estatutos).

 

  1. En la elección se procederá a tenor de los cc. 119, 1, 166 y 167 del Código de Derecho Canónico (art. 8º § 2 Estatutos)

 

  1. El Secretario de cada una de las Mesas levantará de inmediato acta de la sesión electiva, que, debidamente firmada y con el VºBº del Presidente, remitirá a la Secretaría General del Obispado.

 

Comuníquese a todos los interesados por los medios habituales y publíquese en el Boletín Oficial y en la página web del Obispado.

Dado en Castellón de la Plana, a 16 de abril del año del Señor de dos mil doce, festividad de San Vicente Ferrer.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

 

Inscribir a la clase de Religión

Queridos diocesanos:

Los centros educativos abrirán en breve el periodo de inscripción de los alumnos para el próximo curso escolar. Recuerdo, una vez más, a los padres católicos que son ellos quienes han de pedir expresamente la inscripción de sus hijos a la asignatura de religión y moral católica. Son ellos quienes han de hacerlo; es un derecho que les asiste. Pero además es su responsabilidad como padres católicos. Ellos son los primeros educadores de sus hijos, también de su formación cristiana y de su educación en la fe y desde la fe. A ello se comprometieron ante la Iglesia y ante sus hijos, cuando pidieron el bautismo para sus hijos.

Cierto que los padres no tienen fácil ejercer este derecho que les asiste a la hora de inscribir a sus hijos a la clase de religión. La misma legislación ha venido poniendo trabas a la clase de religión al no equipararla al resto de las asignaturas fundamentales como está acordado con la Santa Sede, para concretar el derecho constitucional de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones religiosas. Además es clara la discriminación que sufren los alumnos que cursan esta asignatura cuando no existe una verdadera alternativa a la clase de religión para el resto de los alumnos; una discriminación que aumenta cuando la clase de Religión se pone al comienzo o al final del horario escolar. Según me indican los mismos padres y alumnos, en algún colegio público se intenta disuadir a los padres que piden religión para sus hijos y existen profesores que se mofan de ellos porque cursan esta asignatura. Ante esta situación antidemocrática, sacerdotes, profesores de religión y profesores cristianos, catequistas hemos de ayudar a los padres católicos para que valoren la clase de religión y no se dejen amedrentar por los intentos de que sus hijos no reciban formación religiosa en la escuela o por la facilidad de tener una asignatura menos.

Todos hemos de trabajar para que los padres católicos puedan ejercer su responsabilidad de educar a sus hijos en la fe cristiana; y también para que sus hijos reciban la formación religiosa en la escuela, sin limitaciones y sin coacciones de distinto tipo.  No olvidemos que la formación religiosa se realiza por diversos cauces, entre los que destacan la familia, la parroquia y la escuela; todos ellos tienen objetivos y medios diferentes. Y todos son necesarios.

La formación religiosa en la escuela no es un privilegio ni un añadido artificial a la formación humana, cultural y técnica. La enseñanza religiosa es fundamental para la formación integral de los alumnos, que no puede excluir la dimensión trascendente y religiosa connatural a toda persona. Además ayuda a conocer y comprender la propia cultura y es fuente de valores y referente que da sentido a la vida. Al proyectar su luz sobre todas las áreas del pensamiento da unidad a todo el desarrollo y maduración de la persona desde la libre adhesión a la Palabra de Dios. Además promueve el diálogo con la cultura y la convivencia fundada en el reconocimiento de los derechos y deberes de la persona, en el respeto a las convicciones morales y religiosas del prójimo y en el servicio a la causa de la justicia.

Padres: inscribid a vuestros hijos a la clase de Religión. Y ayudadles a valorar esta enseñanza como imprescindible en su desarrollo personal, intelectual y cultural.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 8 de abril de 2012

 (Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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“¡Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado! Aleluya”. Es la Pascua, hermanos y hermanas, amados todos en el Señor. Hoy es “el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Por eso cantamos con toda la Iglesia el aleluya pascual. ¡Cristo ha resucitado!: es un milagro patente. Hoy es el día en que con mayor verdad podemos entonar cantos de victoria. Hoy es el día en que el Señor nos llamó a salir de las tinieblas de la muerte y a entrar en su luz maravillosa. El mismo Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, nos invita a la acción de gracias y a la alabanza.

Sí, hermanos: Dios Padre ha librado de la muerte a su Hijo Jesucristo resucitándolo de entre los muertos a una vida gloriosa. En Cristo resucitado se alumbra la Vida de Dios para toda la humanidad. El cuerpo de Cristo Jesús no retorna a la forma de existencia anterior, sino que su cuerpo pasa a la Vida inmortal y gloriosa de Dios y la alumbra para nuestra humanidad; no es, pues, una vuelta a nuestra vida finita y limitada, que se alarga indefinidamente; es el paso -la Pascua- a la Vida de Dios absolutamente poseída. Y no sólo para sí, sino para todos los que creen en Él. Porque la resurrección de Cristo cambia la historia, es el centro mismo de la historia: en Cristo resucitado queda restaurada toda la creación, toda la humanidad y la misma historia. Cuantos la acogen participan de su gloria, una vez restaurada con toda nitidez la imagen primera.

¡Cristo ha resucitado! Esta es la gran verdad de nuestra fe cristiana, es la Buena Noticia por antonomasia. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado verdaderamente, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte. Ante quienes niegan la resurrección de Cristo o la ponen en duda hay que afirmar con alegría y con fuerza que la resurrección de Cristo es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

La resurrección de Jesús no es fruto de una especulación o de una experiencia mística, ni una historia piadosa o un mito. María Magdalena encuentra el sepulcro vacío y piensa que han trasladado a otro lugar el cuerpo inerte de Jesús. Los discípulos de Jesús, salvo el discípulo amado, tuvieron que encontrarse con el Resucitado para creer.

La resurrección del Señor es un acontecimiento real e histórico; sobrepasa ciertamente la historia, pero sucede en un momento preciso de nuestra historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien. La resurrección de Jesucristo es obra de Dios todopoderoso, es la manifestación suprema de su amor misericordioso; es su respuesta definitiva a la entrega amorosa del Hijo. En la resurrección de Jesús se revela con infinita claridad el verdadero rostro de Dios, toda su sabiduría y bondad, todo su poder y toda su fidelidad.

¡Cristo ha resucitado! Esta Buena noticia procede de lo alto, procede de Dios. Y hoy resuena en medio de nosotros con nueva fuerza. Nos invita a creer en Dios, Amor y Vida, y nos invita a creer a Dios, a fiarnos de su Palabra, que nos llega en la cadena ininterrumpida de la tradición de los apóstoles y de los creyentes, en la tradición viva de la fe de la Iglesia; esta día nos exhorta a aceptar esta Palabra de Dios con fe personal y a confesar que Jesús de Nazaret, el hijo de Santa María Virgen, muerto y sepultado, ha resucitado de entre los muertos. Avivemos nuestra fe. Porque solo si creemos que Cristo ha resucitado, nuestra alegría pascual será verdadera y completa.

Los cristianos, por nuestro Bautismo, participamos ya del Misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor. “Ya habéis resucitado con Cristo” (Col 3, l), nos recuerda San Pablo en su carta a los fieles de Colosas. No dice que vayamos a resucitar al final de los tiempos. Pablo hace hincapié en que ya ahora hemos resucitado con Cristo. Porque en nuestro bautismo hemos sido sumergidos en las aguas y hemos salido de ellas renacidos a la Vida nueva del resucitado: el ser sumergidos es símbolo de la muerte del hombre viejo, del hombre terreno, al estilo de Adán, y el salir de las aguas es el símbolo del renacimiento a la vida del hombre nuevo (cfr. Rom 6, 3-4).

Ser bautizados significa pasar con Cristo de la muerte a la Vida nueva del Resucitado. Por el bautismo renacimos un día a la nueva Vida de los Hijos de Dios: fuimos lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios. Dios Padre nos ha acogido amorosamente como a su Hijo y nos ha hecho partícipes de la nueva Vida resucitada de Jesús. Así hemos quedado vitalmente y para siempre unidos al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo, y, a la vez, unidos a la familia de Dios. Los bautizados en Cristo hemos quedado unidos a Cristo, y, por ello, debemos vivir las realidades de arriba (Col 3, l), donde Cristo está sentado a la derecha del Padre.

Para el cristiano, la vida no puede ser un deambular por este mundo con la única preocupación de adquirir calidad de vida terrena o el bienestar material; el cristiano ha de plantear y vivir su existencia desde la resurrección del Señor, con los criterios propios de la vida futura. Somos ciudadanos del cielo (Ef 2, 6; Flp 3, 20; cf. Col 1, 5; Lc 10, 20; 2 Pe 3, 13), y caminamos hacia el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre (cf Ef 1, 20; Heb 1,3). De ahí que hayamos de plantear nuestra vida de modo que alcancemos aquella situación de dicha.

Por todo ello: Es verdadero cristiano quien cree personalmente en la resurrección del Señor y se deja transformar por ella para pasar a ser un hombre nuevo. Porque por el bautismo toda nuestra persona y nuestra existencia queda afectada y comprometida. Nuestro bautismo exige la respuesta total de nuestra persona, que implica fe y conversión, es decir, un cambio radical en la forma de pensar, de sentir y de actuar: nuestro bautismo implica seguir a Jesucristo, a su persona y sus caminos, y dejar los caminos de un mundo cada vez más alejado de Dios.

Confesar y celebrar la Resurrección exige vivir como Jesús vivió, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hech 10,38). Confesar y celebrar la resurrección pide vivir como Jesús nos enseñó a vivir. “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”(Jn 15,12). Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). De la fe en la resurrección del Señor surge un hombre nuevo, que no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él.

Sólo así el bautizado se convierte en verdadero creyente y testigo de la resurrección. La fe en la resurrección iluminará y transformará su vida, como a los Doce y a Pablo. La fe en la resurrección le hará su testigo para proclamar con audacia, con firmeza y con perseverancia la Buena Noticia de la resurrección. Nada ni nadie podrán impedir al verdadero creyente el anuncio de  la resurrección de Cristo, Vida para el mundo, pues a todos está destinado. Nada ni nadie lo podrán impedir: ni las amenazas o castigos de las autoridades, ni la increencia o la indiferencia ambiental, ni la incomprensión de muchos ni la vergüenza de muchos bautizados de confesarse cristianos. Es preciso dar testimonio a todos de la fe que ha llegado a nosotros desde los Apóstoles.  No tengamos miedo, no nos avergoncemos de ser cristianos. Cristo ha resucitado y ha sido constituido Señor de la vida: todos estamos llamados a resucitar.

“¡Resucitó Cristo, nuestra esperanza!”. Pascua es el triunfo de la Vida sobre la muerte, del amor misericordioso sobre el pecado, de la paz y del perdón sobre el odio. Cristo es luz para el mundo. Cristo resucitado es la luz: así lo simboliza este cirio pascual, entronizado solemnemente en medio de nosotros en la Vigilia Pascual en la pasada noche. Cristo es la luz para todo hombre (cfr Jn 1,9; 3, 19). Cristo abre horizontes de eternidad al ser humano. Porque Cristo Jesús ha resucitado sabemos que nuestro destino no es la tumba: Si Cristo ha resucitado, todos nosotros resucitaremos, nos recuerda S. Pablo (1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; cf Rom 8,11) y ello fundamenta nuestra esperanza, de modo que vivamos con el gozo del Espíritu.

Quien vive “en el mundo”, debe orientar hacia Dios las realidades terrenas, con alegría y esperanza. Nadie puede considerarse ‘resucitado con Cristo’, si vive para sí mismo (cfr. Rom 14, 7). La caridad de Cristo nos apremia a los bautizados a dar testimonio del Resucitado, Vida para el mundo, ante una cultura de la muerte que se extiende como una macha de aceite en nuestra sociedad. Demos testimonio alegre y esperanzado de la dignidad sagrada de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural. Demos testimonio de una vida honesta y sin doblez. A lo largo de dos mil años, los santos han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. Vivamos también hoy los cristianos con alegría y fidelidad el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora en todas partes. Será el mejor testimonio de nuestra fe en la resurrección de Cristo; será también nuestra mejor contribución a la regeneración profunda que necesita nuestra sociedad, que ha de basarse en una conversión espiritual y moral, si se quiere superar la profunda crisis actual.

“Paz a vosotros”. Este es el saludo pascual de Cristo resucitado a sus discípulos. Este es también mi saludo en esta Pascua ¡Que la Paz de Cristo resucitado sea con todos vosotros! ¡Que la paz y la solidaridad de Cristo reinen entre todos los pueblos de nuestra España! Seamos testigos y constructores de paz y de reconciliación en todos nuestros ambientes. Trabajemos unidos para que nuestra nación supere pronto la crisis económica, moral, social, política y espiritual que la atenaza.

La paz del Cristo resucitado no es como la paz de este mundo. La paz que Él nos ofrece es muy distinta a la obtenida por las armas, por el terrorismo, por la opresión, por la destrucción o por la negación sistemática de que es diferente. La paz de Cristo es la paz que Dios nos ofrece en su Hijo: resucitándolo destruyó el odio, el pecado y la muerte. La paz pascual se basa en el perdón y en la reconciliación de Dios para todos en Cristo resucitado: El es la Vida, la Verdad y el Bien de Dios para todos los hombres y para la humanidad entera. La enemistad, las diferencias y el rencor se vencen con la acogida y el respeto al otro, con el diálogo en la verdad, con la justicia y la libertad, con el perdón y el amor. La paz pascual nace de un corazón nuevo y renovado, de un corazón reconciliado y reconciliador, de un corazón resucitado y resucitador.

Vivamos fielmente nuestra fe en la resurrección, dejémonos transformar por ella, caminemos por el mundo dando a los hombres ‘razón de nuestra fe y de nuestra esperanza’. Con nuestra actitud, con nuestras palabras y con nuestro obrar. Así podremos ser mensajeros de la resurrección de Jesucristo, testigos de esperanza y constructores de su Paz.

¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Cristo ha resucitado

Queridos diocesanos:

Un año más, en la mañana de Pascua resuena el anuncio antiguo y siempre nuevo: “¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor. Cristo Jesús ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. Cristo ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

¡Cristo ha resucitado! Esta es la gran verdad de nuestra fe cristiana. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado verdaderamente, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte. Ante quienes niegan la resurrección de Cristo o la ponen en duda hay que afirmar con fuerza que la resurrección de Cristo es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre. La resurrección de Jesús no es fruto de una especulación o de una experiencia mística, ni una historia piadosa o un mito; es un acontecimiento que sobrepasa la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.

La Pascua de Cristo es la verdadera salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros y no hubiera resucitado, no tendríamos ninguna esperanza: la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el pecado, la división, el odio, el egoísmo, la avaricia y el poder del más fuerte tendrían sin remedio la última palabra en la vida de los hombres. Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación: es la nueva savia, capaz de regenerar toda la humanidad. Y por esto mismo, la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, a todo deseo y proyecto de cambio y progreso verdaderamente humanos. La última palabra no la tienen ya la muerte, el pecado, el mal o la mentira, sino la Vida, la Verdad y la Belleza de Dios.

Cada bautizado participa ya por el Bautismo de la muerte y resurrección del Señor y está llamado a vivir y a dar testimonio de la salvación en Cristo, a llevar a todos el fruto de la Pascua, que consiste en una vida nueva, liberada del pecado y restaurada en su belleza originaria, en su bondad y verdad. A lo largo de dos mil años, los santos han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. Vivamos también hoy los cristianos con alegría y radicalidad el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora en todas partes. Será el mejor testimonio de nuestra fe en la resurrección de Cristo; será también nuestra mejor contribución a la regeneración profunda que necesita nuestra sociedad, que ha de basarse en una conversión espiritual y moral, si se quiere superar la profunda crisis actual.

Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Caminemos con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo. Feliz Pascua a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemne Vigilia Pascual

Catedral-Basílica de Segorbe, 7 de abril de 2012

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“No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado!” (Mc 16, 1-7). Éste, queridos todos, es el mensaje central de esta noche santa. Esta es la Buena Nueva que el “joven sentado a la derecha”, en el sepulcro vacío, anunció a María Magdalena, a María la de Santiago y a Salomé, que se acercaron al sepulcro el primer día de la semana para embalsamar el cuerpo de Jesús. Ésta es la Buena Noticia que los discípulos de Jesús transmitieron al mundo, una vez confirmados en su fe por el encuentro con el Señor resucitado. Esta es la gran noticia que nosotros escuchamos cada año en esta Vigila pascual: Cristo ha pasado, a través de la muerte, a una nueva y definitiva existencia: Cristo vive glorioso para siempre. Por su Resurrección, el Señor Jesús ha alumbrado la Vida, no sólo para sí mismo, sino para todos los que creen en Él.

Esta Noche santa, la ‘’Vigilia de las vigilias’, está llena de símbolos. Con ellos la Liturgia quiere ayudarnos a entender el hecho mismo de la resurrección, que escapa a la experiencia de nuestros sentidos como ocurrió también entonces. La Liturgia nos habla con el signo del fuego que quema y purifica, del agua que da vida y de la luz que deslumbra y alumbra todo. La Palabra de Dios los ha ido explicando: todos ellos nos conducen a Cristo resucitado, simbolizado en el cirio pascual encendido en el fuego purificador, y, Él, nos conduce al agua de nuestro bautismo por el que renacimos a la nueva Vida del Resucitado.

En la Pascua no podemos por menos que mirar hacia atrás, contemplar las obras de Dios en el pasado y en el presente, y dar gracias al Señor porque es eterna su misericordia (cf. Sal 117). Así lo hemos hecho acompañados de la Palabra de Dios, que nos ha recordado brevemente la historia de la Salvación, la historia de Dios para con la humanidad, para con nosotros mismos; y el centro de esta historia es Cristo mismo.

Dios creó y sigue creando todo por amor y para la vida; todo lo hizo y lo hace el Padre por Cristo y para Él (Col 1, 16). El Espíritu de Dios llenó llena la tierra e hizo y hace que rebosase de luz y de vida; al principio fue la luz, sin la que no es posible la vida, ni el orden del cosmos. Dios crea al hombre, a su imagen y semejanza, para una vida eterna y feliz en la comunión de vida con Dios y con toda la creación. Y, aunque el hombre prefiere sus propios caminos, su propia libertad al margen de Dios convirtiéndose así en víctima de sí mismo, Dios no lo abandona. Dios sigue llamándole a la vida. Abrahán escuchó la voz y la llamada de Dios, salió de su tierra y fue a donde Él le indicó (Gen 12, l-2); reconoció que todo se lo debía a Dios y que Dios lo merecía todo. Estuvo incluso dispuesto a entregarle en obediencia agradecida a su único hijo (Gen 22, 1-14): Dios se lo pedía y él se fiaba de Dios. Pero Dios no quiere sacrificios humanos; le basta con saber que Abrahán cree y se fía de Él y que le ama por encima de todo (cf. Gen 22, 12).

Los descendientes de Abraham se encontraron oprimidos en tierra extranjera; el Señor escuchó sus gritos (cf. Ex 3, 9), y los liberó de la esclavitud de Egipto. Las aguas del mar Rojo fueron liberadoras para ellos (Ex 14, 1-31). Entonces prorrumpieron en alabanza al Señor que los liberó de la mano del Faraón (Ex 15, 1-21). Pero, a pesar de las maravillas que Dios hizo en su favor a lo largo del desierto, el pueblo de Israel volvió a apartarse de su Dios: murmuró y prefirió andar sus propios caminos, alejado de Dios. El Señor prometió entonces otra alianza: “Yo pondré mi ley en vuestros corazones” (cf. Jer 31,33), pues “os daré mi Espíritu” (Ez 36,27), que se simboliza por el agua (cf. Jn 7,39). Por eso nos dice el Señor: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12, 3).

Ya en la plenitud de los tiempos, Cristo Jesús, el Hijo de Dios, viene a este mundo y entrega su propia vida, para firmar con su sangre una nueva Alianza (cf. Lc 22, 20; 1 Cor 11,25; Jer 31,3): es la Alianza definitiva y eterna de Dios con la humanidad. Pero la entrega de Jesús no quedará en la muerte, sino que, muriendo, destruyó la muerte, y resucitando, restauró la Vida. Una vida destinada a todo el que crea en Dios y en El que ha enviado y se deje bautizar.

El agua bautismal simboliza el renacimiento de lo alto, la recuperación de la Vida que es la comunión y amistad con Dios y con todo lo creado, como al inicio del mundo. Bañado en las aguas del Bautismo, el bautizado, queda unido a Cristo, resurge con Él a la vida nueva. Así su vida será la vida de los hijos de Dios, la vida de los que siguen a Cristo por la senda del bien, del amor y de la verdad.

Por ello, esta Vigilia pascual nos recuerda que, por la gracia de nuestro bautismo, nosotros participamos también ya vitalmente de esa misma nueva vida de Cristo resucitado. Así lo acabamos de escuchar en la epístola de San Pablo a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4).

Por ello, ¿qué mejor ocasión que la vigilia pascual para ser incorporados a la resurrección de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de esta niña, Verónica, y renovaremos con corazón agradecido nuestras promesas bautismales.

La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que esta niña va a recibir son las palabras de Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa pasar con Cristo de la muerte a la vida. Por el bautismo, Verónica, renacerá – como nosotros renacimos un día- a la nueva vida de los Hijos de Dios: lavada de todo vínculo de pecado original, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre la acoge amorosamente como hija suya en su Hijo y le da parte en la nueva vida resucitada de Jesús. Vuestra hija, queridos Verónica y César, quedará así vitalmente y para siempre unida al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo. A partir de hoy será hija de Dios en su Hijo, y, a la vez, hermana de cuantos formamos la familia de Dios, la comunidad de los creyentes, la Iglesia.

Vuestra hija recibe hoy una nueva vida que está llamada a crecer siendo acogida y vivida personalmente por ella a medida que vaya creciendo. Vosotros padres y vosotros los padrinos, Rafael y Mónica, haciendo profesión de vuestra fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado, la presentáis a la Iglesia para que reciba el baño de las aguas bautismales. ¡Que el amor por vuestra hija, que mostráis al presentarla para recibir el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadla y ayudadla con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio de vida a vivir y proclamar la nueva vida que hoy recibe! Sois sus primeros educadores también en la educación en la fe y vida cristiana. ¡Enseñadla y ayudadla a conocer, amar e imitar a Cristo Jesús! ¡Enseñadla y ayudadla a vivir en la comunión de los creyentes, como hija de la Iglesia, a la que hoy queda incorporada, para que participe de su vida y su misión!

En esta Vigilia Pascual, queridos todos, recordaremos también el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del bautismo. San Pablo nos exhorta a que “también nosotros andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos la nueva vida: la vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!

El Espíritu Santo, que nos ha sido dado, es el que clama en nuestro corazón y nos hace dirigirnos a Dios para decirle: “!Abba¡, ¡Padre¡”. Porque somos en realidad hijos adoptivos de Dios en Cristo Jesús, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Por eso, después de haber meditado esta noche las grandes y admirables acciones de Dios Salvador, a favor de toda la humanidad, a favor de su pueblo y a favor nuestro, hemos orado así: “Aviva, Señor, en tu Iglesia el espíritu filial; para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio”.

Con este espíritu filial, dispongámonos, hermanos, ahora a celebrar el bautismo de esta niña. Movidos por este mismo espíritu filial renovemos nuestras promesas bautismales y participemos luego en la mesa eucarística. Renovados así en el amor de Jesucristo podremos segur nuestro camino en el mundo bajo la mirada del Padre y con la fuerza del Espíritu; fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y a llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración Litúrgica de Viernes Santo

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 6 de abril de 2012

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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Es Viernes Santo: un día de intenso dolor, pero un dolor transido de esperanza. En el centro de la Liturgia de este día está el misterio de la Cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Dejemos hablar a la Palabra de Dios, que nos ha sido proclamada.

Toda la tradición cristiana y el mismo Nuevo Testamento reconocen en el Siervo paciente de la primera lectura (Is 52,13-53,12), una figura profética de Cristo. En la historia de Israel era frecuente que amigos de Dios intercedieran por sus hermanos, los hombres, y, sobre todo, por el pueblo elegido. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el Siervo de Dios: el “varón de dolores” despreciado y evitado por todos, “herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes,… que entregó su vida como expiación”. Cristo en su pasión es el “varón de dolores” que con tanta fuerza y crudeza describe el poema del Siervo de Yahvé. En él se contiene todo: humillaciones y sufrimientos, rechazo por parte de su pueblo, muerte redentora. El “fue traspasado por nuestros pecados”.

En la oscuridad del dolor, sin embargo, aparece la luz de la esperanza. Desde la primera línea se apunta ya la victoria final: “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. Porque el Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salud y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos”. El sacrificio del Siervo doliente produce su efecto: “Sus cicatrices nos curaron”. El es el Siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios ‘se ha complacido’.

En verdad: Cristo Jesús es el Sumo Sacerdote y mediador, que reconcilia a los hombres con Dios por el sacrificio de su vida, nos dirá la carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9). Jesús es a la vez el sacerdote y la víctima, el oferente y la ofrenda: El es nuestro único mediador con Dios. En la Antigua Alianza, el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario, rociarlo con la sangre de un animal sacrificado para expiar los pecados del pueblo. Ahora el Sumo Sacerdote por excelencia, Cristo Jesús, entra ‘con su propia sangre’ (Hb 9,12), como sacerdote y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo, ante el Padre.

Por nosotros y todos los hombres ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios, en la debilidad humana, ‘a gritos y con lágrimas’; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, ‘aprendió’, sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así en ‘autor de salvación eterna’ para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.

Para San Juan, Jesús, el Siervo doliente y Sumo Sacerdote, se presenta y comporta en su pasión como un auténtico Rey soberano: él se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado y ama al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita ‘crucifícalo’. “¿A vuestro rey voy a crucificar?”, pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda poner sobre la Cruz un letrero en el que estaba escrito: “El rey de los judíos”, en las tres lenguas del mundo. La Cruz es el trono real desde el que Jesús “atrae hacia sí” a todos los hombres; desde la Cruz el funda su Iglesia, confiando a su Madre al discípulo amado, que la acoge e introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina esta fundación confiándole al morir su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua.

La fe pascual de Juan transfigura cada detalle y cada episodio de esta última fase de la vida terrena del Salvador. Incluso la Cruz queda transfigurada. En sí misma es un sacrificio cruel y bárbaro; pero, desde que Cristo redimió a los hombres en el leño de la Cruz, se ha convertido en objeto de adoración. Para Juan, la Cruz es una especie de trono. En la Cruz, Jesús es exaltado, elevado y glorificado. Juan resalta que Jesús llevó su propia cruz. Sin quitar importancia a los sufrimientos del Señor, toda la narración está impregnada de una atmósfera de paz y de serenidad. Cristo, y no sus enemigos, es quien domina la situación. No hay coacción alguna: Jesús se encamina con total libertad hacia su ejecución; con perfecta libertad y con completo conocimiento de lo que acontece, sale al encuentro de su destino. El motivo es el amor, que se entrega hasta el extremo. Porque la Cruz es la revelación suprema del amor de Dios. Ante esta suprema manifestación del amor de Dios, sólo podemos prosternarnos en actitud de adoración y meditación.

La pasión y muerte en Cruz del Señor suscita en nosotros sentimientos de dolor y de compasión con el Señor; pero a la vez ha de suscitar pesar por nuestros pecados y por los pecados del mundo. Porque el milagro inagotable e inefable de la Cruz se ha realizado ‘por nosotros’ ‘y por nuestros pecados’. El Siervo de Dios ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el Sumo Sacerdote, a gritos y con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el Rey de los judíos, ha ‘cumplido’ por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con su sangre y el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

Pero la pérdida de sentido de Dios en nuestra sociedad, la pérdida del sentido de pecado y la falta de sentirse necesitados de salvación, hacen difícil involucrarse personalmente en esta historia siempre actual y presente de la pasión y muerte del Señor. Preferimos ser espectadores de la pasión, y no causantes y beneficiarios de la muerte salvadora del Hijo de Dios.

Pero nuestros pecados, personales y estructurales, son el origen y la causa de los sufrimientos de Cristo. Cristo sigue padeciendo por nuestra causa, por nuestros pecados. Cristo sufre y padece cuando no acogemos el amor de Dios, cuando preferimos ‘nuestra libertad’ a los caminos de de Dios, cuando nos avergonzamos de Cristo y negamos ser sus discípulos como Pedro, cuando no respetamos la vida humana y la dignidad de las personas. Cristo sufre y padece, cuando empañamos la ‘imagen de Dios’, impresa en todos los hombres y en nosotros mismos, por la envidia, la gula o la impureza. Cristo sufre y padece, cuando atentamos contra la verdad. Cristo sufre y padece cuando los niños son esclavizados o se abusa de ellos. Cristo sufre y padece cuando las mujeres son maltratadas, cuando los ancianos son abandonados o rechazados. Cristo sufre y padece con los parados y con los jóvenes que no encuentran un sentido a su vida y un futuro digno. Cristo sufre cuando los inmigrantes tienen que abandonar casa y familia y no encuentran la acogida que merecen; cuando los drogadictos llegan a perder su dignidad, su libertad, su salud y su vida, cuando los enfermos son abandonados en su dolor.

Pero Cristo, también, padece con nosotros e ilumina nuestro paso por esta vida. Por eso hemos de contemplar y adentrarnos personalmente en la pasión de Cristo para saber afrontar y dar sentido a la nuestra. Cristo en su pasión sufrió tristeza y angustia, para que miremos a Él, cuando la desesperanza y el sinsentido aparecen en nuestra vida, cuando nos faltan razones y estímulos para seguir viviendo como cristianos. Jesús, en la Cruz, siente una profunda sensación de inutilidad, porque presiente que la libertad humana va a rechazar la luz de su salvación.

En la Cruz, Jesús experimenta el silencio de Dios. “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Este grito de Jesús, al filo de la muerte, revela que no sólo le invade la tristeza de la muerte, sino también el vacío de la presencia sensible de Dios que causa el pecado humano. Estábamos separados del Padre por el pecado. Era necesario que el Hijo, en el que todos nos encontrábamos, probara el dolor de la separación del Padre. Tenía que experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos abandonados. Hay horas en la vida en las que también nosotros sentimos la ausencia de Dios, que permite el mal y el dolor que nos desconciertan. Jesús supera esa sensación penosa sabiendo distinguir entre fe y sentimiento. Siente que el Padre le ha abandonado, pero, la vez y sobre todo, cree que el Padre está con él y por eso, a renglón seguido, añadirá: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Así nos muestra que incluso en la aparente ausencia de Dios, Dios nunca abandona a quien cree y confía en Él.

Que María, la fiel corredentora, nos ayude a hacer la travesía de la vida con los ojos puestos en su Hijo. Miremos el árbol de Cruz, en la que Cristo está clavado. Si con El sufrimos, reinaremos con Él; si con El morimos, viviremos con El. El es nuestra esperanza, él es nuestra fuerza para no desfallecer en el camino de la vida. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo. Misa en la Cena del Señor

S.I.Catedral-Basílica de Segorbe, 5 de abril de 2012

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,3-26; Jn 13,1-15)

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¡Amados todos en el Señor!

Con esta Eucaristía ‘en la Cena del Señor’ comenzamos el Triduo Pascual, el centro del año litúrgico. En esta tarde de Jueves Santo traemos a nuestra memoria, las palabras y los gestos de Jesús en la Ultima Cena. Como asamblea reunida por el Señor celebramos el solemne Memorial de la Última Cena. En el canon romano, la plegaria eucarística de hoy, diremos: “El cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tomó pan en sus santas y venerables manos”. La Liturgia del Jueves Santo introduce la palabra ‘hoy’ en el texto de la plegaria para subrayar la dignidad y el significado particular de este día. Ha sido ‘hoy’ cuando el Señor lo ha hecho, cuando ha lavado los pies y se nos ha entregado para siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este ‘hoy’ es sobre todo el memorial de la Pascua de entonces. Pero es más aún. El Señor hace esto ahora. Con la palabra ‘hoy’, la Liturgia de la Iglesia quiere movernos a prestar gran atención interior al misterio de este día, a las palabras y los gestos con que se expresa. Tratemos, pues, de contemplar las lecturas de hoy contemplando al Señor mismo, trasladándonos en espíritu al Cenáculo.

En la primera lectura hemos escuchado la institución de la Pascua de los judíos: es el contexto en que Jesús celebra la última Cena. La segunda lectura y el evangelio nos han relatado la Pascua de los cristianos, que el Señor instituye aquella tarde.

La Pascua de los judíos evoca unas fechas, una elección, una cena, un sacrificio, un paso de Dios y una liberación de la esclavitud de Egipto. Pascua significa “paso”, “salto”, “perdón”. La primera lectura lo aplica al paso o salto o perdón de Dios a los hijos de los hebreos mientras exterminaba a los primogénitos de los egipcios. La contraseña liberadora, será una mancha de sangre en las puertas de los hebreos.

La Pascua de los judíos era imagen, era sombra de lo que había de ser la Pascua cristiana. Jesucristo, el Dios encarnado, es el Cordero Inmolado, que da un paso por la muerte a la vida, que da un salto de la tierra al cielo; y con un fin bien preciso: liberarnos de la esclavitud del pecado pecados y de la muerte. Y lo hace señalándonos no con sangre de animales sino con la suya propia. San Pedro recordará a sus fieles que han sido rescatados no con oro o plata, sino con la sangre del cordero inmaculado, de valor incalculable.

Este es el sentido de la Eucaristía, instituida en aquel primer jueves santo de la historia. San Pablo nos recuerda la tradición que procede del mismo Señor; a saber, “Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz después de cenar: “Este cáliz es la nueva Alianza sellada con  mi sangre” (cf. 1 Co 11,3-26). El Señor da gracias. Al agradecer, reconoce que el pan y el vino son dones de Dios y que se los restituye a Dios para poder recibirlos nuevamente de Él. Su agradecer se transforma en bendecir. Lo que ha sido puesto en las manos de Dios, vuelve de Él bendecido y transformado, en su Cuerpo y en su Sangre, que anticipan su muerte en la Cruz para el perdón de los pecados: es la Nueva Pascua, su paso por la muerte a la Vida, para el perdón, para la liberación de la esclavitud del pecado. Y  Jesús les dice a sus apóstoles y nos dice ahora a nosotros: “Haced esto en memoria mía”.

Y, San Juan, resumiendo maravillosamente el profundo significado de la Eucaristía, afirma: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1): con ello quiere decir que los amó hasta el final de su vida, hasta agotar todas las posibilidades, sin reparar medios para demostrarles su amor. Jesús no pone límites a su amor y a su entrega por los hombres. Los amó hasta el extremo haciéndose siervo, humillándose, lavándoles los pies. Los amó hasta el extremo de entregar su vida por todos los pecados de todos los hombres en la cruz. Los amó hasta el extremo de quedarse para siempre en la Eucaristía, memorial permanente de su misterio pascual, de su entrega y de su amor por el perdón de los pecados.

En la escuela de Jesús son inseparables la gloria del Padre y el servicio a los hermanos.  Por eso les lava los pies, señal inequívoca de humildad, de extremado servicio, de amor entregado hasta el extremo. Cuanto más se humilla, más se complace el Padre porque más gloria recibe, esta es su ‘hora’.

San Pablo recoge aquellas palabras de Jesús: “Haced esto en conmemoración mía”. Estas palabras las dirige a los apóstoles queriendo perpetuar, a través de ellos, el sacrificio del calvario para la remisión de las culpas. Será necesario, por ello, que en esta tarde agradezcamos al Señor el don del sacerdocio que perpetúa la presencia de Cristo y su acción favorable entre nosotros. Será también necesario que nuestro agradecimiento se haga oración por las vocaciones al sacerdocio paraqué nunca nos falten ministros de la Eucaristía

 Pero además las palabras de Jesús –“Haced esto en conmemoración mía”-  Lo que Cristo hace es proyección de nuestra vida hacia el futuro.  El cristiano que se acerca a la mesa del Señor, el cristiano que comulga sabe que es atraído por el Señor, unido al Señor, y como el pan es transformado por Él para vivir, servir, amar, perdonar, trabajar, sufrir y morir como Cristo.

Por ello, tras la institución de la Eucaristía, San Pablo da unas normas muy serias sobre la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. Recordemos que Cristo lavó los pies a sus discípulos como anuncio de la limpieza de alma con la que hay que hay que acercarse a la cena, a la comunión: “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación” (1 Cor 1 1,28).

Antes de comulgar es necesario examinarse. La Iglesia, como Madre, sigue pidiendo la reconciliación sacramental si esta fuere necesaria antes de comulgar.  Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía en estado de gracia, de unión vital con Cristo. De lo contrarío, la vida, como en el caso de Judas, se tornará muerte.  Se nos propone comer el Cuerpo de Cristo y beber su sangre. Pero se nos prohíbe hacerlo indignamente.

Recibir a Cristo-Eucaristía es no sólo “estar con El”, sino “dejarse llevar” por Él y con Él, y “darse” como Él. Tan nocivo es no creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía como no entregar con nuestra vida la Vida de Cristo que se nos ha dado.

Así como es Viernes Santo siempre y dondequiera que sufre un hombre, porque en él se actualiza la pasión del Señor, así también será jueves santo siempre y dondequiera que un hombre o una mujer amen a un hermano pobre, enfermo, anciano, en paro, emigrante, gitano, negro o mendigo.  En este día del amor fraterno no podemos olvidar el mandamiento nuevo del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

¡Tarde de Jueves Santo! ¡Muchos sentimientos se agolparon entonces en el corazón de los apóstoles e invaden ahora nuestro corazón!  Demos gracias a Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos legó el amor más grande que pensarse pueda.  Jesús se va, pero se queda.  Se va por el amor que profesaba al Padre, tras cumplir su voluntad sobre la tierra.  Pero se queda por amor a los hombres hecho Eucaristía, hecho presencia sacerdotal y hecho presencia entre los que se aman. Por eso, participar en la Eucaristía y recibirla debidamente dispuestos, reconocerle en los sacerdotes y amar sin reservas a nuestros semejantes serán el mejor modo de agradecer a Dios su don, su amor inefable en Jueves Santo.

Que María, primera custodia viviente de Cristo Eucaristía, nos ayude a valorar esta presencia de Dios entre nosotros y a amarla con intensidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Misa Crismal

Concatedral de Sta. María de Castellón, 2 de abril de 2012

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Queridos sacerdotes, Vicarios General, de Pastoral y Judicial, Cabildos Concatedral y Catedral; queridos diáconos y seminaristas. Queridos religiosos y religiosas, amados  fieles todos en el Señor:

La Misa Crismal que cada año celebramos juntos, el Obispo y el Presbiterio, en esta fecha memorable, debiera ayudarnos a exclamar con el salmista: “¡Qué agradable y delicioso que vivan unidos los hermanos!” (Sal 132,1). Unidad que, si bien exige nuestro esfuerzo “es gracia de Dios como lo es el rocío que desciende sobre las laderas del Hermón. No se debe a fuerzas y méritos humanos, sino a su favor, como el rocío del cielo. La tierra, en efecto, no se llueve a sí misma, y todo cuanto de ella brota se seca si no viene de arriba la lluvia” (San Agustín, In ps.132, 10). Es la fuerza del Espíritu Santo que mora en medio de nosotros, quien puede hacer posible lo que para nosotros es imposible.

Esta Eucaristía, queridos sacerdotes, debe ser para todos nosotros término y punto de partida. A ella hemos acudido para manifestar abiertamente ante el pueblo de Dios lo que somos: partícipes del sacerdocio de Cristo, no tanto y sólo individualmente sino sobre todo como cuerpo, como presbiterio. “La superación de una visión individualista del ministerio y de la consagración, es una aportación histórica decisiva” (Documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones, pág. 87). En la Iglesia ya no hay lugar para el individualismo, para el parroquialismo, para ‘ir por libre’.

“Yo en ellos, como Tú en mí” (Jn 17, 13), dijo Cristo en su oración al Padre. Todos participamos del único sacerdocio de Cristo. Todos somos sacerdotes en el único Sumo y Eterno Sacerdote. Sólo en la medida en que estamos unidos, sólo en la medida en que formamos un cuerpo compacto, hacemos visible al Sacerdote por excelencia, a Cristo Jesús. Y no sólo visible, sino también creíble: “Que sean uno para que el mundo crea que Tú me has enviado”  (Jn 17, 21).

La Eucaristía que celebramos es término, como os decía, porque a ella hemos acudido todos por diversos caminos; pero también y sobre todo es punto de partida. Hoy y aquí es donde hemos de acrecentar la ‘fraternidad sacerdotal’, la caridad mutua, la convicción profunda de que lo que hace eficaz nuestro ministerio es la unidad en la caridad y en la pluralidad, que sin romper nunca la comunión en la fe y en la obediencia la enriquece. Una fraternidad que se alimenta de una profunda vida interior. No se puede ver al prójimo como hermano si no estamos unidos en Jesucristo.

El sacerdote, como ningún otro, está llamado a recrear la “familia de los hijos de Dios” en torno a sí, porque esa es la vocación de todo ser humano. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios que es familia, tres personas pero un solo Dios. El sacerdote por su oficio de amor (‘officium amoris’) debe iluminar, ayudar, recordar a sus fieles lo que realmente es esencial en la vida puesto que todos estamos llamados a participar de la felicidad que no tiene fin: la vida eterna en Dios.

Ahora bien, para que una idea tenga fuerza de convicción hay que darla hecha vida. Por eso los sacerdotes debemos ser expertos en fraternidad auténtica puesto que “la discordia fraterna es una blasfemia contra el Señor” (San Agustín, In ps.149). “La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo Cristo. Esta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría y la certeza de nuestra vida” (PDV 18). Y para que la ‘caridad pastoral’, “que constituye el alma del ministerio sacerdotal” (PDV 48) sea creíble habrá de serlo a estos tres niveles:

En primer lugar, con el Obispo. Hoy vais a renovar ante mí las promesas que hicisteis el día de vuestra ordenación diaconal y presbiteral. El sacerdote comprenderá el modo de ejercer su ministerio si se hace cargo, con el Obispo, de las necesidades de la diócesis. Para eso debe recrear diariamente la comunión afectiva y efectiva con él, ofrecerse en disponibilidad y obediencia, en imitación a Jesucristo. Una obediencia que presenta unas características especiales.

 “Es, ante todo, una obediencia apostólica, en cuanto reconoce, ama y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el propio Obispo diocesano, hacia los que debe observarse la obediencia y respeto filial, prometidos en el rito de la ordenación” (PDV 28). No se trata de una obediencia servilista sino de la que ayuda a ejercer con transparencia la autoridad “sin autoritarismos y sin decisiones demagógicas. Sólo el que sabe obedecer en Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la obediencia de los demás” (idem).

La obediencia tiene además una exigencia comunitaria puesto que es una obediencia solidaria, que “nace de su pertenencia al único presbiterio y que siempre dentro de él y con él aporta orientaciones y toma decisiones corresponsables” (PDV 28).

Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial carácter de pastoralidad puesto que no hemos recibido el ministerio para nosotros sino para entregarnos en favor de que el Jesucristo y su Evangelio sean reconocidos en el mundo. Por eso la “vida del presbítero está ocupada, de manera total, por el hambre del evangelio, de la fe, la esperanza y el amor de Dios y de su misterio, que de modo más o menos consciente está presente en el Pueblo de Dios que le ha sido confiado” (PDV 28).

La Iglesia desea que pueda repetirse de nosotros, sacerdotes, el elogio que el mismo San Ignacio de Antioquía hizo de los Efesios: “Vuestro colegio presbiteral, justamente famoso, digno de Dios, está armoniosamente unido al obispo como las cuerdas a la cítara” (Ef 3.1)

En segundo lugar, es una ‘caridad pastoral’ con los hermanos en el sacerdocio, sobre todo con los más solos, con los más necesitados, con los que están pasando alguna prueba. Entre nosotros tenemos que establecer una relación siempre constructiva que hemos de concretar en una comunión cada vez mayor de experiencias vividas y, en la medida de lo posible, también en una comunión más equitativa de bienes. Estamos llamados a ser reflejo del buen Pastor; por eso “estamos llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño” (PDV 15) que se nos ha confiado.

 “El testamento espiritual del Señor –escribió Pablo VI- nos dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos, sino también la prueba de que Él es el enviado del Padre, prueba de credibilidad de los cristianos y del mismo Cristo. Evangelizadores: nosotros debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización está ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la Iglesia” (EN 77).

Esta unidad entre los sacerdotes es, además, garantía del mañana de la Iglesia. ¿A quiénes miran los jóvenes a quienes Dios llama a nuestra misma misión, para comprender cómo será su porvenir al servicio de Dios y de los hombres? Ellos ven en nosotros, los sacerdotes actuales, su proyección y nos miran muchas veces como su futura familia. “La fraternidad eclesial no es sólo virtud de comportamiento, sino itinerario vocacional. Sólo viviéndola se la puede elegir como componente fundamental de un proyecto vocacional, o sólo disfrutándola es posible abrirse a una vocación que, en todo caso, será siempre vocación a la fraternidad. Por el contrario, no puede sentir ninguna atracción vocacional quien no experimenta alguna fraternidad y se cierra a toda relación con los otros o considera la vocación sólo como perfección privada y personal” (Documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones, pág. 86-87).

Y en tercer lugar es ‘caridad pastoral’ para con los fieles que Dios nos ha confiado. Jesús, siendo rico, se hizo pobre y “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” (Fil 2, 7). Así nos enseña a los sacerdotes la verdadera actitud cristiana, la que hemos de establecer con todos los que nos rodean: una actitud de servicio.

Jesús, siendo Señor y Maestro, lava los pies a los apóstoles. Este es el Cristo y así quiere al sacerdote: servidor siempre y de todos. Porque “el auténtico servidor de la caridad en la Iglesia es aquel que ha aprendido a tener como un privilegio lavar los pies de los hermanos más pobres, es aquel que ha conquistado la libertad de perder el propio tiempo por las necesidades de los otros. La experiencia del servicio es una experiencia de gran libertad en Cristo” (Ídem, pág. 89).

Cuando como sacerdotes nos esforzamos en llevar a la práctica esta triple relación, no podremos por menos que estimular constantemente a nuestros fieles a la fraternidad, a extender el Reino de Dios sobre la tierra.

En este tiempo en que la Iglesia no llama a una nueva evangelización, hemos de meditar y reflexionar sobre este punto esencial en nuestra vida, si queremos ser verdaderos evangelizadores. El Espíritu Santo, que recibimos en nuestra ordenación,  renueva en nosotros la santidad y a Él hemos de confiarnos para que nos haga vivir íntima e intensamente la ‘fraternidad sacramental’ que recibimos el día de nuestra ordenación. “El crea el corazón nuevo, lo anima y lo guía con la ley nueva de la caridad y de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida espiritual es decisiva la certeza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad” (PDV 33). El Espíritu Santo, queridos sacerdotes, es y debe ser el gran protagonista de nuestra vida espiritual, pastoral y fraternal.

Crezcamos en ‘vida interior’, en vida de santidad,  para poder dar lo mejor de nosotros mismos, (lo que Dios opera dentro de nosotros), a los que se nos ha confiado. “Las únicas dos cosas que por su conveniencia permanente merecen ser objeto constante de nuestra oración son: en este mundo, una vida santa; en el otro, la vida eterna” (San Agustín, Serm. Morin 4,6).

Queridos todos. La Misa Crismal que estamos celebrando ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Precisamente por eso quiero aprovechar la ocasión para agradeceros, queridos sacerdotes, vuestra inestimable y muchas veces sacrificada colaboración. Al final de esta Misa lo personalizaré en un sencillo homenaje a nuestro querido D. Herminio Pérez. Que el Señor, buen pagador, os premie cuanto hacéis en beneficio de la Iglesia y de modo especial de esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón.

Con nosotros participan también en la Eucaristía un buen número de fieles. Para todos vosotros también mi gratitud. Gracias por vuestra presencia que manifiesta el aprecio que nos dispensáis. Hoy os invito a que deis gracias a Dios por el don del sacerdocio concretado en este numeroso grupo de sacerdotes que, en nombre de Jesucristo, pastorean las parroquias de las ciudades y los pueblos de nuestra Diócesis.

Obispo, sacerdotes y fieles damos juntos también gracias a Dios por el prodigio que operará en muchas almas mediante los óleos que, en breve, voy a bendecir y consagrar. A través del sagrado Crisma muchos renacerán a la vida sobrenatural en el bautismo; otros muchos recibirán la fuerza del Espíritu en la confirmación; otros pocos recibirán el poder de hacer presente a Cristo en medio de los hombres en el Orden Sacerdotal. A través del óleo de los Catecúmenos muchos se verán fortalecidos para rechazar las insidias del Maligno. Y a través del óleo de los Enfermos, cuantos lo reciban sentirán el alivio y la paz de Dios.

Que Santa María, Madre del único y eterno Sacerdote, ruegue ante Dios por nosotros para que todos los presentes valoremos, en primer lugar, el sacerdocio común recibido en el Bautismo y los sacerdotes ejerzamos el ministerial en actitud de servicio, a ejemplo de su hijo Jesucristo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón