Oremos por el Papa, Benedicto XVI

Queridos diocesanos:

El día 29 de junio, festividad de San Pedro y San Pablo, celebramos también el Día del Papa y la colecta llamada desde los primeros siglos ‘Óbolo de San Pedro’; óbolo viene del griego ‘obolós’, moneda pequeña. En nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, al no ser día festivo en el calendario laboral de la Comunidad Valencia, a excepción de la Ciudad de Castellón, celebraremos el Día del Papa y la Colecta el domingo anterior, 24 de julio, para que la colecta no coincida con la del primer domingo de mes, dedicada a Cáritas.

En el Día del Papa estamos invitados, de manera especial, a meditar sobre el ministerio del Sucesor de Pedro con un especial recuerdo del Santo Padre, Benedicto XVI. Es una jornada para dar gracias a Dios por su persona y por su ministerio, para valorar su papel insustituible para toda la Iglesia y para cada uno de los cristianos católicos, para avivar nuestro afecto hacia el papa Benedicto, para orar por él y para contribuir con nuestras limosnas y donativos a su misión evangelizadora y de caridad.

Decía bellamente el Papa Pío XII: “Los sucesores de Pedro, mortales también, como todos los hombres, pasan más o menos rápidamente. Pero el Primado de Pedro subsiste siempre, con la asistencia especial que le fue prometida, cuando Jesús le encargó de confirmar a sus hermanos en la fe. Sean lo que sean, nombre, origen y rostro humano de cada Papa, es siempre Pedro que vive en él; es Pedro quien rige y gobierna; es Pedro, sobre todo, quien enseña y difunde por el mundo la luz de la verdad salvadora”. Hoy para la Iglesia es el Papa Benedicto XVI, testigo valiente de la verdad y humilde trabajador en la viña del Señor.

Hemos de orar por el Papa Benedicto XVI. Ya en la primera hora de la Iglesia, cuando Pedro estaba en la cárcel, toda la comunidad cristiana oraba insistentemente a Dios por él (cf. Hech 12, 59). Hoy toda la Iglesia tiene el deber de orar por el Sucesor de Pedro, Benedicto XVI. Cuando oramos por el Papa, que “preside la caridad de todas las Iglesias”, como afirmó San Ignacio de Antioquia, pedimos también que la Iglesia se mantenga fiel a su Magisterio, para que, como los primeros cristianos, vivamos como hermanos arraigados firmemente en el amor y en la caridad.

Actualmente, el Papa está pasando momentos delicados y dolorosos por la filtración de documentos confidenciales suyos. Esta filtración no se ha hecho por el bien del Papa, sino para perjudicarlo. Es una traición al Papa y a la confianza depositada en él por una serie de personas, que se dirigieron al Sumo Pontífice. Pero la sustracción de documentos y la discusión en muchos medios no pueden debilitar nuestro cariño y nuestra confianza en el Papa como Pastor. Él mismo está empeñado en su aclaración con el mismo coraje, que ya ha mostrado al afrontar otras cuestiones.

En este día estamos llamados también a colaborar con nuestras limosnas y donativos al llamado ‘Óbolo de San Pedro’. Con la colecta, que se realizará en las Misas del domingo 24 de junio, ayudamos al Santo Padre, para que pueda realizar su misión en favor de la Iglesia Universal y de los más pobres de la tierra. La colecta en nuestra Diócesis el año 2011 ascendió a la cantidad de 3.983 Euros. Doy las gracias a todos y pido de nuevo la generosa aportación económica de todos los diocesanos, para que el Santo Padre pueda cumplir su ministerio. Que el Señor os lo premie.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación Presbiteral de Julio Alonso Santos y David Barrios Figueras

Castellón de la Plana, S.I. Concatedral, 23.06.2012

(Núm 11,11-12.14-17.25; Sal 36; Hech 20, 17-18a.28-32.36; Mc 1,24-20)

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¡Muy amados todos en el Señor!

Con el gozo de sabernos bendecidos y agraciados una vez más por Dios, nos hemos congregado para la ordenación de presbítero de Julio y de David. Demos gracias a Dios y, con el salmista (36,2-3), bendigamos a Dios en todo momento y que su alabanza esté siempre nuestra boca. Y oremos intensamente por ellos como Pablo oró con todos los presentes sobre los presbíteros de Éfeso en Mileto para que Dios les conceda su Espíritu y les haga sus sacerdotes para la nueva evangelización.

Por la imposición de mis manos y la oración de consagración, estos hermanos nuestros van a quedar hoy configurados con Cristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia: gracias a la ordenación y por la fuerza del Espíritu, a partir de ahora podrán representar a Cristo y actuar en su nombre como Pastor y Cabeza invisible de su Iglesia.

Cierto que todos los cristianos participamos por nuestro bautismo del sacerdocio real en Cristo. Sin embargo el mismo Cristo, llamo a algunos discípulos, a los apóstoles, para que en la Iglesia desempeñasen en nombre suyo el oficio pastoral para bien de los hombres. “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1, 17). Él mismo Jesús, enviado por el Padre, envió, a su vez, a los Apóstoles por el mundo, para continuar sin interrupción su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor por medio de ellos y de sus sucesores, los Obispos. Y los presbíteros, por su parte, son asociados al ministerio apostólico de los Obispos, participan del su ministerio y son sus colaboradores al servicio del pueblo de Dios.

Hoy, queridos Julio y David, después de haber acogido con generosidad y alegría la llamada del Señor al sacerdocio ordenado, tras un largo tiempo de oración, formación y reflexión, vais a ser constituidos “pastores de la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su Hijo” (Hech 20, 28). Gracias a Cristo y por El, la Iglesia, su Cuerpo, se edifica y crece como pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo. Al ser configurados con Cristo, sumo y eterno Sacerdote, y al ser unidos al sacerdocio de los Obispos, vais a quedar convertidos en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, para celebrar el Culto divino y para apacentar el Pueblo de Dios. Es Cristo mismo quien os elige y capacita para ello, no como alguien ausente sino como el Señor Resucitado, presente en vosotros y en medio de su Iglesia.

Sin Jesucristo, sin su elección, sin su envío y sin su acción por medio del Espíritu Santo en vosotros, nada sois y nada podréis ser ni hacer. No olvidéis nunca vivir vuestro sacerdocio anclados y cimentados en Cristo, recordando este día: Vivid vuestro sacerdocio basado en el encuentro personal con Él en la oración litúrgica y personal diarias, en la meditación y escrute de la Palabra de Dios, en la celebración diaria de la Eucaristía y en la recepción frecuente de la Penitencia así como en vuestra vida pastoral. El motor y la razón de vuestra vida deberá ser siempre un amor apasionado por Cristo, Maestro que enseña, Sacerdote que ofrece y se ofrece, y Pastor que guía. Esto os llevará a una verdadera caridad pastoral; es decir, a amar a los hombres y mujeres y a desviviros por todos los hermanos con los mismos sentimientos y la misma entrega de Cristo, el Buen Pastor.

De la identificación existencial con Cristo y de la unión vital con Él brotará un amor apasionado por todos los hombres, especialmente por los más pobres, para llevarlos a Cristo, el Evangelio de Dios, el único que puede salvar al ser humano. Solo así podréis ser sacerdotes de la nueva evangelización y de la misión ad gentes.

La segunda lectura de hoy (Hech 20, 17-18a.28-32.36) nos recuerda el encuentro de Pablo con los presbíteros de Éfeso a quienes había hecho llamar a Mileto. Pablo, encarcelado, sabe que está llegando al final de su vida. Lo que más le preocupa es que el Evangelio sea proclamado íntegro al “rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios” frente a aquellos que lo deformarán (Hech 20, 29.30).

Vosotros, como presbíteros, tendréis la tarea de proclamar la Palabra y enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Cumpliréis, pues, esta misión con la autoridad misma de Cristo, de quien haréis las veces, de modo especial en la predicación. Predicar es comunicar a Cristo, porque Cristo es la Buena nueva de Dios-Amor a los hombres. Anunciar a Cristo es anunciar y proponer con humildad y sencillez, con convicción y alegría a Cristo Salvador, la Palabra del Dios vivo que engendra la fe en quienes la acogen en su corazón. Una gran tarea y una gran responsabilidad la vuestra, queridos Julio y David. Vais a prestar a Cristo vuestra inteligencia, vuestras palabras y vuestros labios, para que -por medio de vosotros- el Señor mismo ilumine la mente y entre en el corazón de quienes os escuchen y así sean atraídos por el Padre en el Espíritu.

Como Pablo también vosotros pensaréis muchas veces que no estáis a la altura de lo que Dios espera de vosotros. Os veréis a menudo como niños que balbucean ante las maravillas divinas que tenéis que comunicar. Y es verdad. Pero precisamente este sentimiento de indignidad –si es manifestación de sincera humildad- será la mejor garantía de vuestra rectitud de intención y, por tanto, de la eficacia de vuestro ministerio. Como, Pablo, no dudéis nunca que estáis “en manos de Dios y de su palabra, que es gracia y tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos” (Hech 20, 32). La ayuda y la fuerza de Dios nunca os faltarán; no olvidéis que la eficacia de la Palabra viene siempre y en último término de Dios.

La nueva evangelización pide que seáis sacerdotes enteramente ganados por Jesucristo vivo que es el Evangelio perenne de Dios a los hombres, tal como se conserva, se celebra, se vive y se anuncia en la Iglesia católica y apostólica. Para ello es necesario ser sacerdotes con un claro sentido eclesial, y vivir en comunión afectiva y efectiva con la Iglesia y sus Pastores en la doctrina, en la disciplina y en la misión. En la transmisión de la Palabra de Dios, Pablo pide a los presbíteros de Éfeso y, con él, la Iglesia os pide hoy a vosotros y a todos sus ministros plena fidelidad al depósito revelado. El sacerdote no es señor, sino siervo de la Palabra de Dios. Como sacerdotes seréis ministros de Cristo, la Palabra de Dios por excelencia, y administradores de los misterios de Dios. Lo primero que se pide y que se espera de un administrador es fidelidad; es decir, que proclame el Evangelio en su integridad, tal como es trasmitido en la tradición viva de la Iglesia, “sin falsificar, reducir, torcer o diluir los contenidos del mensaje divino” (Directorio, n. 45). Vuestra misión, como ministros de Cristo, “no es enseñar una sabiduría propia, sino enseñar la palabra de Dios e invitar insistentemente a todos a la conversión y a la santidad” (PDV 26).

Al mismo tiempo debéis poner todos los medios a vuestro alcance para que la Palabra de Dios cobre vida en vuestra propia existencia, en vuestro obrar y en vuestros labios, y así mueva, a quienes os escuchen, a la conversión a Dios, al cambio de vida desde el Evangelio, al encuentro personal con Jesucristo y a la adhesión de su mente y corazón a El y a su Evangelio, de modo que su conciencia y actuación sean conformes al Evangelio. Esforzaos en adquirir y acrecentar la doctrina necesaria, y dedicad siempre el tiempo necesario a la preparación de las homilías o las catequesis. Mantened en vosotros siempre vivo el deseo de llegar a las personas, en su situación y circunstancia concreta, para facilitarles el encuentro personal con Dios, con Cristo y con su Evangelio. No olvidéis que, también en nuestro tiempo, los corazones de los hombres y mujeres están sedientos de verdad, de verdadera libertad, de belleza y de felicidad; es decir, están sedientos de la salvación que sólo puede venir de Dios en Cristo.

Que vuestro anuncio de la Palabra sea expresión de vuestra oración personal: una oración humilde, sincera y trasparente ante Dios y ante vosotros mismos. Sólo una oración así posibilita la apertura dócil a la Palabra de Dios y a su voluntad, así como a vuestras verdaderas necesidades y de las personas a vosotros confiadas.

Hoy vais a ser constituidos también ministros de la Eucaristía. Al entregaros la patena y el cáliz, os diré: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. En la celebración orante de la Eucaristía diaria, continuada en una oración ante el Sagrario, en charla confiada con nuestro Señor y dejando pasar los rostros de las personas, es donde se preparan los frutos de la gracia divina en quienes nos oyen.

Configurados con Cristo, el buen Pastor, queridos David y Julio, seréis también ministros de la misericordia divina en el sacramento de la reconciliación, vinculado íntimamente al de la Eucaristía. ¡Sed ministros santos de la misericordia divina! ¡Ofreced el sacramento del perdón amoroso de Dios a tantos corazones destrozados por el mal y por la esclavitud del pecado! Dios cuenta con vuestra disponibilidad fiel para realizar prodigios extraordinarios de su amor en el corazón de los creyentes en el sacramento de la Penitencia. En la fuente de la reconciliación, los bautizados podrán hacer la viva y consoladora experiencia del buen Pastor, que se alegra por cada oveja perdida que recupera. ¡Vivid vosotros mismos la gracia hermosa de la reconciliación como una exigencia profunda y un don siempre esperado mediante una práctica regular de la confesión! Así, daréis nuevo vigor e impulso a vuestro camino de santidad y a vuestro ministerio.

Queridos hijos: Vais a ser ordenados presbíteros para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abiertos siempre a la Iglesia universal y a la misión. Sois ordenados en una época en la que el ambiente de increencia e indiferencia religiosas, y fuertes tendencias culturales quieren hacer que la gente, sobre todo los jóvenes y las familias, olviden a Dios y a su Hijo, Jesucristo. Pero no tengáis miedo: Dios estará siempre con vosotros. Con su ayuda, podréis recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y de cada mujer, al corazón de la sociedad y al corazón de la cultura; con la fuerza del Espíritu podréis llevarlos a Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, al Cordero de Dios y buen Pastor, que dio la vida por ellos y quiere que todos participen en su misterio de su amor y salvación.

Si estáis llenos de Dios, si Cristo es el centro de vuestra vida y permanecéis en íntima unión con él y en comunión con la Iglesia, seréis verdaderos sacerdotes de la nueva evangelización: sacerdotes que crean de verdad en la necesidad e importancia de su ministerio y lo vivan con verdadera alegría y entrega; sacerdotes que se centren en el anuncio del kerig­ma cristiano; sacerdotes que estén bien formados y sean conscientes de la necesidad de cristianizar la cultura; sacerdotes que se sepan servidores de las vocaciones, de los carismas y de la comunidad cristiana, para que sea viva y evangelizadora; sacerdotes que sean testigos de la esperanza de la vida futura y eterna en Dios.

Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad. Por eso oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37).

Antes de terminar, quiero felicitar de corazón a vuestros padres, hermanos y demás familiares. Sentid el orgullo santo de que el Señor haya elegido como ministro suyo a un miembro de vuestras familias. Felicito también a nuestro presbiterio diocesano que, a partir de esta mañana, se ve incrementado con dos nuevos miembros. Y mi cordial felicitación a vuestras comunidades y a todos aquellos sacerdotes que Dios ha ido poniendo a lo largo de vuestro camino, en especial, al Sr. Rector, a los formadores y a los seminaristas del Redemptoris Mater y del Mater Dei.

Que María, Madre y modelo de todo sacerdote, permanezca junto a vosotros y os proteja, hoy y a lo largo de los años de vuestro ministerio pastoral, para gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

 

 

Dos nuevos sacerdotes

Queridos diocesanos:

El próximo sábado, día 23 de junio, tendremos dos nuevos sacerdotes. Al gozo de su ordenación se une nuestra cordial acción de gracias a Dios por este gran regalo. Cada uno de ellos tiene su propia historia personal, cristiana y vocacional. Sin embargo ambos tienen en común haber acogido con generosidad y alegría la llamada de Dios al sacerdocio; una llamada que han madurado en la oración, en la vida de comunidad, en el estudio y en diálogo abierto y sincero con el Señor y sus formadores. Todo un proceso de años, no exento de dudas al comprobar su pequeñez ante la grandeza de la llamada de Dios o ante los desafíos de la nueva evangelización y la misión ad gentes, a las que se sienten especialmente llamados. Pero, ¿cómo acometer esta nueva etapa de nuestra vida cristiana y ser fieles a la tarea de la nueva evangelización? se preguntan ellos una y otra vez.

Nuestros nuevos sacerdotes son conscientes de que su ordenación es, antes de nada, un gran don de Dios, inmerecido por su parte, y un profundo misterio, porque sólo Dios conoce la razón por la que los ha elegido. Por ello la reciben con profunda gratitud y con humilde admiración. Saben muy bien que no son ellos quienes se ordenan, sino que es Cristo mismo, Maestro, Sacerdote y Pastor, quien en la ordenación los incorpora al orden de los presbíteros para que hagan sus veces enseñando la Palabra de Dios, celebrando los Sacramentos y guiando al Pueblo de Dios. Es Cristo mismo quien los configura con Él, Cabeza y Pastor invisible de su Iglesia, y les capacita para representarle y actuar en su nombre, no como alguien ausente sino presente en ellos.

Los nuevos sacerdotes saben que sin Jesucristo, sin su elección, envío y acción por medio del Espíritu Santo, nada son y nada podrán ser ni hacer. En consecuencia desean vivir su sacerdocio anclados y cimentados en Cristo, mediante el encuentro personal con Él en la oración diaria, en la meditación de la Palabra de Dios, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en su vida pastoral.

El motor y la razón de su vida será un amor apasionado por Cristo, Maestro que enseña, Sacerdote que ofrece y se ofrece, y Pastor que guía; esto les llevará a una verdadera caridad pastoral; es decir, a amar a los hermanos con los mismos sentimientos y la misma entrega de Cristo, el Buen Pastor.  De la identificación existencial con Cristo y de la unión vital con Él brotará un amor apasionado por todos los hombres, especialmente por los más pobres, para llevarlos a Cristo, el Evangelio de Dios, el único que puede salvar al ser humano.

Para ser sacerdotes de la nueva evangelización hay que estar, en primer lugar, llenos de Dios, de su Hijo Jesucristo y de la alegría del Evangelio con una fe viva y sin fisuras en Dios y en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo; es decir, hay que ser sacerdotes enteramente ganados por Jesucristo vivo que es el Evangelio perenne de Dios a los hombres, tal como se conserva, se vive y se anuncia en la Iglesia católica y apostólica. Por ello deberán ser sacerdotes con un claro sentido eclesial, y vivir en comunión afectiva y efectiva con la Iglesia y sus Pastores en la doctrina, en la disciplina y en la misión; sacerdotes que crean de verdad en la necesidad e importancia de su ministerio y lo vivan con verdadera alegría; sacerdotes centrados en el anuncio del kerig­ma cristiano; sacerdotes bien formados teológicamente, conscientes de la necesidad de cristianizar la cultura, servidores de las vocaciones y carismas, y creadores de comunidad;  sacerdotes que sean testigos de la esperanza de la vida futura y eterna en Dios.

Oremos y demos gracias a Dios por los dos nuevos sacerdotes.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura de la casa de las Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada

 CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Visto el escrito de fecha 13 de mayo de 2012 de la Rvda. M. María-Antonia Pérez Gámez A.SS.I., Superiora General de la Congregación de Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada (RE 233/12), por el cual solicita nuestro consentimiento escrito a tenor del canon 609 § 1 del Código de Derecho Canónico para erigir una nueva casa de su Congregación en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, lo que corresponde a la Superiora General de la misma según los números 214 y 230 de sus Constituciones;

Considerando que la citada Congregación ha suscrito con fecha 29 de mayo un acuerdo de comodato sobre el edificio en la calle Nuñez de Arce nº 11 de Castellón, -hasta ahora ocupado por el extinto Monasterio de la Purísima Sangre de Cristo y del Glorioso San José de las Monjas Clarisas Capuchinas-, con la M. Abadesa del Monasterio del Santísimo Nombre de Jesús de la Orden de Clarisas Capuchinas de la ciudad de Barbastro (Huesca), propietario de dicho edificio;

Y en virtud de las circunstancias que concurren en el caso y de lo establecido por el Derecho general, en especial en el canon 609 § 1 del C.I.C.,  por el presente concedo mi

 

CONSENTIMIENTO

para que la Superiora General de la Congregación de Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada pueda erigir una Casa de “Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada”, bajo el amparo de María Inmaculada, en la calle Núñez de Arce, número 11 de Castellón de la Plana, a tenor de  los números 214 y 230 de dicha Congregación.

Las “Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada” desarrollan su carisma propio en su Casa Religiosa, destinada a la contemplación y adoración perpetua del Santísimo Sacramento. Oramos para que, asistidas por la gracia de Dios, cumplan con celo, diligencia, fidelidad, sabiduría y prudencia las obligaciones con las que se vinculan a la Iglesia Diocesana y Universal.

Y para que así conste a todos los efectos firmo, rubrico y sello el presente en Castellón de la Plana, a quince días del mes de junio del Año de Gracia de Nuestro Señor de dos mil doce, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

Comunidad católica de ucranianos en la diócesis

 CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcVista la solicitud presentada por el Rvdo. D. Nuno-Miguel Carvalho Vieira, sacerdote de nuestra diócesis de Segorbe-Castellón, en la actualidad Párroco de la de San Bartolomé de Torreblanca, con fecha de uno de junio de dos mil doce (RE 225/12), en la cual manifiesta su deseo de poder atender adecuadamente las necesidades pastorales de la comunidad de fieles católicos orientales de Ucrania de rito bizantino presentes en dicha parroquia;

Dado que en la población de Vinaroz (provincia de Castellón), de la diócesis de Tortosa, reside actualmente el sacerdote ucraniano Rvdo. D. Stepan Dolepa, quien ejerce por nombramiento del Excmo. y Rvdmo. Mons. Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa, como vicario parroquial de las parroquias de Ntra. Sra. de la Asunción y de San Agustín de Vinaroz, y, además, como “responsable de los fieles católicos de Ucrania de rito bizantino presente en la diócesis de Tortosa”, a instancia y según presentación de Mons. Dionisio Lachoviev, OBSM, Visitador Apostólico para los fieles de Ucrania de rito bizantino en España. Por el presente

 

AUTORIZO

al Rvdo. D. STEPAN DOLEPA para que, mientras tenga la encomienda pastoral de atender a los fieles de rito bizantino presentes en la Diócesis hermana de Tortosa, pueda celebrar la Divina Liturgia en la Iglesia de San Bartolomé de Torreblanca, de la diócesis de Segorbe-Castellón, al menos un domingo al mes, según el ritual y las costumbres de la liturgia de la Iglesia greco católica de rito bizantino, para los fieles de dicho rito.

Comuníquese a los interesados, a los fieles católicos de la parroquia de San Bartolomé de Torreblanca y publíquese en el Boletín oficial de la diócesis.

Y para que así conste la presente firmo rubrico y sello en Castellón de la Plana, a trece días del mes de junio del Año de Gracia del Señor de dos mil doce.

 

+Casimiro López LIorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

La Eucaristía, fermento de caridad

Queridos diocesanos:

En el centro de la Fiesta del Corpus Christi, que celebramos este Domingo, está la exaltación del Sacramento de la Eucaristía: es el Sacramento del amor, en que Cristo Jesús nos ha dejado el memorial permanente de su entrega total en la Cruz por amor a todos. En la Eucaristía, el mismo Señor se da como la comida que da la Vida y se queda permanentemente presente entre nosotros para que, en adoración, contemplemos su amor supremo. Esta es nuestra fe católica de la que hacemos pública profesión y ofrecimiento al mundo en la procesión de este día.

La Eucaristía es central para la Iglesia y para cada cristiano; es la fuente de la que se nutren y la cima hacia la que caminan. Sin la celebración eucarística no habría Iglesia; y sin la participación plena en ella, la vida de fe y la caridad de todo cristiano languidecen, se apagan y mueren.

La Iglesia es signo eficaz de unidad entre los hombres gracias a la comunión entre Dios y la humanidad restablecida por la muerte y resurrección del Señor. En cada Eucaristía actualizamos este misterio Pascual: en cada Misa se hace actual la entrega total de Cristo hasta la muerte, su sacrificio en la Cruz, por amor hacia la humanidad entera, para unir a Dios con los hombres y a los hombres entre sí. El Señor Jesús mismo es quien nos invita a su mesa, nos sirve y, sobre todo, nos ofrece su amor: él se nos ofrece y se nos da a sí mismo en comida para unirse con nosotros, para atraernos hacia sí. La comunión del Cuerpo de Cristo nos une con el Señor y, a la vez, crea comunión entre todos los que comulgan su Cuerpo. Ambos aspectos –unión con el Señor y unión entre los que se unen con él comulgando- no se pueden separar. La Eucaristía crea y recrea la comunión eclesial y la unión entre los cristianos: es la nueva fraternidad que no admite distinción de personas ni conoce fronteras.

Por todo ello, la Eucaristía tiene unas exigencias concretas en el día a día, tanto para la comunidad eclesial como para los cristianos. La Iglesia entera, cada comunidad eclesial y cada cristiano estamos llamados a ser fermento de caridad y testigos activos del amor de Cristo, que celebramos y del que participamos en la Eucaristía, para que este amor llegue a todos, pues a todos está destinado. Por ser la Eucaristía el Sacramento del Amor, en la Fiesta del Corpus celebramos el Día de la Caridad y la colecta extraordinaria de Cáritas Diocesana, como expresión de nuestro compromiso en el amor para con todos y, en especial, para con más necesitados.

Es encomiable y agradezco de corazón la respuesta generosa ante la crisis económica que estáis dando tantos fieles y tantas personas de buena voluntad con aportaciones en dinero y en alimentos a las cáritas parroquiales, interparroquiales y diocesana y a otras organizaciones de la Iglesia. No puedo olvidar ni dejar de agradecer el trabajo silencioso y gratuito de muchos voluntarios en las diversas cáritas, cuyo número además ha crecido en este tiempo de necesidad. La persistencia y el agravamiento de la crisis nos urge a redoblar nuestro esfuerzo y compromiso en favor de todos los que peor lo están pasando para que a todos llegue el amor del Señor a través de nuestra caridad generosa. Seamos desprendidos y austeros; prescindamos de gastos superfluos a favor de los necesitados. Y ¿por qué no destinar un tanto por ciento de nuestros ingresos mensuales a cáritas?

Cristo Eucaristía nos invita y envía a ser fermento de caridad y a ser testigos de su amor.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 10 de junio de 2012

(Ex 24,3-8; Sal 115; Heb 9,11-15; Mc 14,12-16.22-26)

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Amados todos en el Señor:

Con gran gozo celebramos hoy la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el “Corpus Christi”. Esta Fiesta resalta nuestra fe católica en la presencia real y permanente de Cristo en la Eucaristía, memorial del sacrificio redentor de Jesús en la Cruz y banquete de comunión. En el sacramento eucarístico, el Señor se ha quedado presente para siempre entre nosotros a fin de que, en adoración, contemplemos su amor supremo y participemos de él. Esta es nuestra fe católica de la que hacemos pública profesión y ofrecimiento al mundo en la procesión de este día del Corpus.

La Eucaristía es el signo más fuerte y permanente del amor de Dios hacia todos los hombres, manifestado de una vez para siempre en el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. El Corpus Christi nos descubre el verdadero rostro de Dios: Dios es amor y ama a todos los hombres en desmesura. Tal es su amor por los hombres, que nos ama hasta el extremo de entregar a su propio Hijo en sacrificio “por todos nosotros”, quien nos ofrece su Cuerpo y Sangre como comida y bebida y se queda sacramentalmente para siempre entre nosotros en este sacramento.

La Eucaristía es el sacramento de la Nueva y Eterna alianza de Dios con los hombres en Cristo, prefigurada en la antigua alianza del Sinaí. Esta nueva Alianza es una alianza definitiva. Ya no puede cambiarse, no acabará jamás; sella un amor y una amistad eterna. El mediador único es Jesucristo, que murió y ha resucitado; Cristo Jesús está vivo para siempre, sentado en los cielos a la derecha del Padre. El cuerpo entregado y la sangre derramada de Cristo sellan una nueva y definitiva alianza entre Dios y la humanidad. Esta vez no hará falta la sangre de los animales sacrificados, como en la antigua. Jesús, el Hijo de Dios, entrega su cuerpo al sacrificio y derrama hasta la última gota de su sangre para la remisión de los pecados, de una vez por todas y para todos. El sacrificio de Jesús no se repetirá, sólo se actualizará ininterrumpidamente en la Santa Misa, para que el amor de Dios alcance a todos. La alianza con Dios por mediación de Jesucristo se renovará sacramentalmente, sin necesidad de repetirse. Jesús no volverá a morir. Murió y resucitó y vive para siempre.

La carta a los Hebreos nos presenta hoy a Cristo como “Sumo sacerdote de los bienes definitivos” (9,11), que “ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la redención eterna” (9,12). El santuario en el que ha entrado Jesús es el cielo. Allí vive sentado para siempre a la derecha de Dios Padre. Allí está presentando ante el trono del Padre su sacrificio por todos los hombres. El es el sacerdote de la nueva y eterna Alianza. Ya no son necesarios otros sacrificios.

La nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo, instaura una novedad radical en las relaciones de Dios con los hombres, porque nueva es la relación de amor y de comunión de vida de Dios con los hombres establecida por Jesucristo. Toda la vida de Jesús no tuvo otro fin que darnos a conocer y comunicarnos el misterio insondable de Dios: Dios, que es amor, comunión de vida y de amor infinito en sí mismo, comunica su amor a los hombres en Cristo. Y el momento culminante de la vida de Jesús, su muerte en la cruz, fue la demostración suprema del amor de Dios. El mismo Jesús lo entendió así: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por su amigos”. Y así lo entendió también el discípulo amado, cuando dice que “Jesús, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1) de entregar su cuerpo en comida y en bebida su sangre.

En la Eucaristía, Cristo Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total por amor en la Cruz. El mismo se nos ofrece como la comida y la bebida que da la Vida. “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. “Tomad y bebed esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos”, nos dice.

La Eucaristía es central para la Iglesia y para cada cristiano; es la cima hacia la que caminan y la fuente de la que se nutren. La Iglesia vive de la Eucaristía. Sin la celebración eucarística no habría Iglesia, pues ella, sacramento de la unidad de Dios con los hombres y de éstos entre sí, nace y se renueva en la Eucaristía. Sin la participación plena en la Eucaristía, la vida del cristiano languidece, se apaga y muere. En ella, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve, y sobre todo, nos da su amor, hasta el extremo de ser Él mismo quien se nos da en el pan partido y repartido, y el vino derramado y entregado.

Para mantener y acrecentar la vida cristiana es imprescindible participar de manera activa y plena en la Eucaristía; existe una relación muy estrecha entre la participación plena en la Eucaristía y la perseverancia en la vida y costumbres cristianas. Nada justifica la mentalidad cada vez más extendida entre nuestros cristianos de que para ser cristiano no hace falta ir a Misa o, menos, comulgar.

Cuando recibimos a Jesús en la comunión de su Cuerpo, Jesús se une a nosotros, nos da su amor y su vida, que son el amor y la vida de Dios. Si Jesús se une a cada uno de los que comulgamos, todos quedamos unidos en su amor y en su vida. Ambas cosas no se pueden separar. La participación en la Eucaristía crea y recrea los lazos de amor y de fraternidad entre los que comulgan, sin distinción de personas, por encima de fronteras, las razas y condición social. Por todo ello, comulgar tiene unas exigencias concretas para nuestra vida cotidiana, tanto de la comunidad eclesial como de cada uno de los cristianos. Cada cristiano que comulga está llamado a ser testigo del amor que Jesús le ha dado, para que llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por eso en el día del Corpus Christi, celebramos el Día de la Caridad: para que el Amor de Dios llegue a través de nosotros a todos, en especial a todos los excluidos de nuestra sociedad y del mundo entero, para que todos formen parte de la nueva fraternidad creada por el Jesús. Quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan, su dinero y su vida con el que está a su lado, con el que está necesitado no sólo de pan sino también de amor, con los enfermos, los pobres, los mayores abandonados, etc. en nuestras comunidades; y también por los marginados y excluidos entre nosotros: drogadictos, alcohólicos, indomiciliados, reclusos, emigrantes o parados.

Ante la profunda crisis económica y laboral, que padecemos, Cáritas nos llama con urgencia a rescatar la pobreza, que siempre y antes de nada, tiene rostro humano. Es el rostro de aquellos que en número creciente se quedan sin trabajo, el rostro de quienes se quedan sin el subsidio de desempleo, el rostro de las familias enteras sin trabajo ni subsidio, sin medios para comida, medicina o artículos de higiene, sin posibilidad de pagar el alquiler de la vivienda o los gastos corrientes de luz y agua.

No olvidemos tampoco la crisis y pobreza de valores morales y espirituales, que están en la base de la crisis económica. No podemos reducir la crisis a su dimensión financiera y económica. Sería un peligroso engaño. Detrás de la crisis financiera hay otras más hondas que la generan. Esta crisis pone en evidencia una profunda quiebra antropológica, una crisis de valores morales y la marginación de Dios y de su Ley de nuestras vidas.

La dignidad del ser humano es el valor que ha entrado en crisis cuando no es la persona el centro de la vida social, económica y empresarial; cuando el dinero se convierte en fin en sí mismo y no en un medio al servicio de la persona, del desarrollo de las personas, de las familias y de la sociedad.

En esta situación el amor de Cristo nos apremia a ser testigos de la verdad del hombre, de la fraternidad entre todos y del amor solidario para con todos. Los pobres no nos pueden dejar indiferentes a los cristianos. Nuestras Cáritas, las congregaciones religiosas y las asociaciones de cristianos están desbordadas por la fuerte demanda de ayuda, que crece día a día, pero seguirá atendiendo a los necesitados. El Mandamiento Nuevo del amor nos urge a redoblar nuestro compromiso personal y nuestra generosidad económica. El Señor Jesús nos llama a reconocerle, acogerle y amarle en el hermano necesitado hasta compartir nuestro pan, nuestra vida y nuestra fe con él.

No lo olvidemos: quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo; es enviado a compartir su pan y su vida con el hermano necesitado; nadie puede quedar excluido de nuestro amor, porque nadie está excluido del amor de Dios, manifestado en Cristo. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Iniciación cristiana de adultos

Queridos diocesanos:

Cada año son más los adultos que reciben los sacramentos de la Iniciación cristiana en nuestra Diócesis: en unos casos, la mayoría, se trata de adultos que, habiendo recibido el Bautismo y la primera Comunión, completan su iniciación recibiendo el sacramento de la Confirmación; en otros casos, con tendencia creciente, se trata de adultos que no han recibido ninguno de los tres sacramentos y desean ser cristianos. Es un signo de la presencia salvadora de Dios por el Espíritu Santo en nuestra Iglesia y un motivo de alegría y de esperanza en tiempos de indiferencia religiosa y de alejamiento de la Iglesia de otros bautizados.

Ahora bien: a este respecto debemos recordar que la Iniciación cristiana es el proceso de inserción en el misterio de Cristo, muerto y resucitado: es un don de Dios que recibe la persona humana por mediación de la Madre Iglesia. De ahí que se llame Iniciación cristiana a todo el proceso o camino en el que la Iglesia hace nuevos cristianos. Tres aspectos inseparables son esenciales en este proceso: la iniciativa de Dios, la respuesta de la persona humana y la mediación de la Madre Iglesia.

La Iniciación cristiana es, antes de nada y en primer lugar, un don de Dios: sólo Él puede hacer que el ser humano renazca en Cristo por el agua y el Espíritu; sólo Él puede comunicar vida eterna. Suya es la iniciativa y suya la capacidad de santificar al ser humano por su gracia. Ésta se comunica eficazmente en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, que divinizan al hombre. Ahora bien, la Iniciación cristiana es un don de Dios que recibe la persona humana: el hombre, auxiliado por la gracia divina, responde libre y generosamente al don de Dios, recorriendo un camino de liberación del pecado y de crecimiento en la fe. La gracia santificante comunicada en los sacramentos es un don al que se puede y se ha de responder libremente con la ayuda del Espíritu Santo para que dé sus frutos; esa gracia incide y ha de incidir en todas las dimensiones que configuran la existencia humana. Y, en tercer lugar, la Iniciación cristiana es un don de Dios que recibe la persona humana por mediación de la Madre Iglesia. La Iglesia recibe la vida de Cristo para engendrar, por mandato suyo y por la acción del Espíritu Santo, nuevos hijos para Dios de todos los pueblos de la tierra.

Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una Iniciación que consta de varias etapas con unos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la fe, a la conversión y al cambio de vida, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística. Este camino por etapas se llama catecumenado y no puede faltar nunca:  no sólo en el caso de adultos no bautizados, sino también para aquellos que solicitan el sacramento de la Confirmación siendo ya adultos, adaptándolo, eso sí, a la situación de cada uno. No nos podemos conformar con una catequesis de estilo escolar, hecha en unas pocas semanas o meses y entendida sólo como requisito previo para acceder a los sacramentos.

Necesitamos un cambio de mentalidad y entender que la celebración de los sacramentos debe ser precedida y acompañada por la evangelización, la fe y la conversión, porque sólo así pueden dar sus frutos en la vida de los fieles. Esta es la voluntad del mismo Cristo, que mandó a sus apóstoles a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón