Constitución del Colegio de Consultores

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcHabiendo constituido un nuevo Consejo Presbiteral Diocesano mediante decreto del pasado 26 de mayo, una vez consultado dicho Consejo, y habiendo expirado el periodo de cinco años del anterior Colegio de Consultores el día 21 del presente mes de julio, en atención a las facultades que me otorga el derecho (c. 202 § 1 CIC), por el presente

 

CONSTITUYO

El Colegio de Consultores Diocesano, que estará integrado por los siguientes miembros del mismo Consejo Presbiteral Diocesano:

– Presidente: Obispo Diocesano, que lo preside y la convoca, en sede plena.

– Consultores:

– D. Miguel Simón Ferrandis, Vicario General.

– D. Javier Aparici Renau, Vicario Episcopal de Pastoral.

– D. Pedro Saborit Badenes.

– D. José Luis García Suller.

– D. Manuel Martín Nebot.

– D. Ignasi del Villar Santaella.

– D. José Antonio Morales Moreno.

 

El Colegio de Consultores queda constituido para cinco años (c. 502 § 2 CIC) y le competen las funciones determinadas por el derecho. Seguirá en ejercicio mientras no se nombre un nuevo Colegio de Consultores, aunque los nombrados dejen de ser miembros del Consejo Presbiteral Diocesano. En caso de Sede impedida o vacante, se atendrá a lo establecido en el derecho canónico (cf. cc. 421, 501 § 2, 502 § 2 CIC).

Confiamos al Señor, el Buen Pastor, y a la Virgen de la Cueva Santa que todos los consultores ejerzan su tarea en bien de la comunión, vida y misión de nuestra Iglesia Diocesana.

Comuníquese a los interesados y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

Y para que así conste a todos los efectos, la presente firmo y rubrico en Castellón de la Plana a treinta y uno de julio del año de Gracia de Nuestro Señor, dos mil doce.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mi,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

Vacaciones y fiestas patronales

Queridos diocesanos:

Antes de nada permitidme saludar especialmente a los turistas y veraneantes, que nos visitan en este tiempo de verano: Sed bienvenidos a vuestro lugar de reposo y de sosiego, a vuestra casa, que es la Diócesis de Segorbe-Castellón. Como Obispo diocesano os trasmito un cordial saludo personal y de parte de los cristianos y grupos que formamos esta familia. Os deseamos a todos un provechoso descanso y una feliz estancia entre nosotros.

Las vacaciones representan un tiempo oportuno para que el cuerpo se relaje y también para alimentar el espíritu con tiempos más largos de oración y de meditación. Son un tiempo propicio también para cultivar la amistad y la vida familiar, y para compartir, puesto que la caridad no toma vacaciones. No nos olvidemos de vivir la solidaridad. Pensemos en quienes no tienen vacaciones porque ni siquiera tienen el pan de cada día. Este tiempo de descanso puede servir para contemplar la naturaleza y sentir el valor de todas las cosas creadas, quererlas como algo muy precioso y al mismo tiempo comprender y alabar al bondadoso Dios Creador. Este sentimiento nos ha de mover a dar gracias a Dios por el don de la vida.

El testimonio y ejemplo, el de cada uno, ante los demás, también en vacaciones, es importante. Se ha de manifestar la fe. No puede faltar la asistencia a la Eucaristía dominical y se puede aprovechar la presencia de los sacerdotes para realizar una buena confesión sacramental. También en vacaciones, Dios nos sigue hablando y sale permanentemente a nuestro encuentro.

Tengámoslo presente en todo momento y también en la celebración de las fiestas patronales en honor de Cristo, de la Virgen o de los Santos. Cuando se olvida su origen, su raíz y su sentido cristiano, las fiestas patronales se asemejan a unas fiestas paganas; para muchos ya sólo conservan el nombre cristiano.

Sin embargo, celebrar a Cristo o al Salvador es una celebración de nuestra fe en Cristo Jesús, el Hijo de Dios vivo, que se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado para que en El tengamos vida, la vida misma de Dios. En Cristo, Dios nos habla, sale a nuestro encuentro y nos ofrece su amor, la verdad y el camino de la vida, la esperanza que no defrauda y la vida eterna. Este es el verdadero motivo de nuestra alegría y de nuestra fiesta.

También la celebración de la Virgen y de los Santos es un motivo de gozo y de estímulo para el presente. Tenerlos como patronos es aceptarlos como guías, protectores y ejemplo. En la Virgen María y en los Santos podemos descubrir unas actitudes dignas de ser imitadas. Ellos vivieron abiertos al misterio de Dios y de su amor, y lo acogieron en sus vidas con total disponibilidad. Ellos nos recuerdan que lo que de verdad cuenta en la existencia humana es dejarse amar por Dios y amarle con todo el alma. Cuando dejamos entrar a Dios en nuestro corazón, ‘todo es gracia’, todo es amor y, por lo tanto, todo depende de la fe.  Ellos supieron acoger el misterio de Dios que irrumpía en sus vidas, confiaron en su Palabra, creyeron “contra toda esperanza”, aceptando el riesgo que siempre supone la fe, sin verlo todo claro de una vez para siempre, asumiendo con coraje las dificultades y las oscuridades del camino que emprendían. Su confianza en Dios, su disponibilidad a dejarse guiar por El los convierten para nosotros en un modelo, en un punto de referencia. Aprovechemos bien este tiempo de verano.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Gratitud a nuestros abuelos

Queridos diocesanos:

La festividad de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen, el día 26 de julio, es una fecha muy oportuna para recordar a los abuelos y mostrarles nuestro afecto, reconocimiento y gratitud. Es una fecha propicia para rendir nuestro homenaje a tantos hombres y mujeres que juegan un papel tan importante en nuestras vidas, sobre todo en esta época que nos ha tocado vivir. Ellos nos recuerdan que la familia sigue siendo de lo más grande que tenemos: ella es la base y el cimiento de nuestra sociedad.

Nuestro recuerdo agradecido de nuestros abuelos es ante todo un acto de amor: es una devolución de ternura hacia ellos y, sobre todo, una acción de gracias respetuosa y alegre para hacerles arrancar una sonrisa y para que vuelvan a sentirse protagonistas. El respeto y el cariño hacia nuestros mayores debería ser algo connatural a nuestra sociedad, ya que la figura de los padres de nuestros padres está presente en la memoria de nuestra infancia. Nuestros abuelos no pueden ser arrinconados ni en nuestra sociedad ni en nuestra Iglesia. Ellos son punto de referencia de nuestros primeros pasos, de nuestros primeros juegos, de nuestros primeros actos de toma de conciencia, de nuestras primeras alegrías, de nuestras primeras reprimendas, de nuestros primeros cumpleaños y de tantos y tantos momentos inolvidables en nuestros primeros años de vida.

Los padres muchas veces a causa de sus trabajos encomiendan a los abuelos el cuidado de los niños, el levantarlos, el llevarlos al colegio y recogerles del mismo, el darles de comer o merendar. Infinidad de veces, los abuelos hacen las funciones de padres con todo amor y dedicación: van educando a sus nietos con la ternura que se merecen, a fin de que descubran la vida sin traumas y sin complejos; les ayudan en todo lo que pueden, mejorando, incluso aquellas cosas que saben por experiencia que han de hacer de otra manera, recordando los errores que tuvieron con sus propios hijos. Por todo esto y por mucho más creemos que los abuelos se merecen un sitio especial en los corazones de los hijos, en la familia y en la sociedad.

Y también en nuestra Iglesia. Los abuelos tienen hoy una impor­tancia capital en la delicada y di­fícil tarea de la educación en la fe cristiana y en la transmisión de la fe a las generaciones más jóvenes. Cuando al final de las Confirmaciones felicito a los abuelos y les agradezco haber sido educadores y transmisores de la fe de sus nietos, que han recibido la Confirmación, ellos asienten siempre con satisfacción y alegría.

Por distintos motivos los padres no ejercen siempre su responsabilidad de ser los primeros y principales educadores de sus hijos; de hecho, muchos abuelos se han convertido hoy en los verdaderos educadores en la fe de sus nietos. Muchos niños, adolescentes y jóvenes han sido iniciados en la fe y educados en los valores cris­tianos gracias a sus abue­los. Ellos les han enseñado a rezar de pequeños, les han hablado de Dios, les han acercado a Jesús, a su Evangelio y a la Iglesia, y les han enseñando con su palabra y ejemplo a vivir como cristianos.

Muchísimas gracias, queridos abuelos, por vosotros y por los que hacéis con los nietos. Que San Joaquín y Santa Ana os protejan en esta sublime misión que el Señor también ha dejado en vuestras manos de ser educadores en la fe de vuestros nietos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Constitución de la Comisión Permanente del Consejo Presbiteral Diocesano

 CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

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Habiendo constituido un nuevo Consejo Presbiteral Diocesano mediante Decreto de fecha 26 de mayo del presente año, en orden a un buen funcionamiento de nuestro Consejo Presbiteral y como ayuda para preparar el orden del día de sus sesiones, una vez consultado el Consejo Presbiteral y atendidas sus propuestas; en atención a las facultades que me otorga el derecho, por el presente

CONSTUTIYO

La Comisión Permanente del Consejo Presbiteral Diocesano, que estará integrada por los siguientes miembros:

– Presidente: Obispo Diocesano, que preside y la convoca;

– Vocales:

– Ilmo. Sr. D. Miguel Simón Ferrandis, Vicario General.

– Ilmo. Sr. D. Javier Aparici Renau, Vicario Episcopal de Pastoral;

– Rvdo. D. Miguel Díaz Pla.

– Rvdo. D. Domingo Galindo Matías.

– Rvdo. D. Ignasi del Villar Santaella.

 

La Comisión Permanente cesará con el cese del Consejo Presbiteral Diocesano. Los miembros de esta Comisión lo son por su condición de miembros del Consejo Presbiteral y cesarán cuando pierdan esta condición.

Comuníquese a los interesados y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

Para que así conste a todos los efectos, lo firmo y rubrico en Castellón de la Plana a dieciséis de julio del año de Gracia del Señor de dos mil doce, festividad de Nuestra Señora, la Virgen del Carmen.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón     

 

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

 

 

La Virgen del Carmen, Stella maris

Queridos diocesanos:

Un año más nos disponemos a celebrar la Fiesta de la Virgen del Carmen. La devoción a María bajo la advocación de la Virgen del Carmen está muy extendida en nuestra Iglesia diocesana, sobre todo en las parroquias del litoral y en las gentes de la mar.

El origen de esta devoción a la Virgen del Carmen está en la nube blanca divisada desde la cumbre del monte Carmelo cuando el profeta Elías suplicaba a Dios que pusiese fin a una larga sequía. Mientras Elías oraba a Dios por la lluvia, mandaba una y otra vez a su criado que subiera a la cumbre del monte. A la séptima vez dice el criado: “Se divisa una nubecilla, pequeña como la palma de la mano de un hombre, la cual sube del mar… Y en brevísimo tiempo el cielo se cubrió de nubes con viento, y cayó una gran lluvia” (1 Re 18, 44). En esa nubecilla, semejante ‘a la palma de un hombre’ y cargada de lluvia, se reconoció la figura de la Virgen. Porque María, dándonos al Salvador al mundo, fue portadora del agua vivificante de la gracia, la nube que da al mundo el Salvador.

María se convierte así en la “Stella maris”: la estrella que guía el rumbo de  nuestra existencia por las difíciles aguas del mar de la vida. Los marineros de antaño leían la posición de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. Así también la Virgen María es la “estrella del mar” que nos guía por las aguas de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. María es la Madre de Dios, que nos da, nos muestra y nos lleva a su Jesucristo, su Hijo y el Hijo de Dios vivo. María es la estrella hacia Dios y el camino para un encuentro nuestro con Cristo Jesús, que avive y fortalezca nuestra fe en Él y renueve nuestra vida cristiana.

Nuestra devoción a la Virgen del Carmen debe estar siempre orientada a Cristo, el centro de la fe cristiana. Cristo Jesús, muerto y resucitado, es el centro y fundamento de nuestra fe: el Camino para ir a Dios y hacia los hermanos, la Verdad que nos revela el misterio de Dios y el misterio del hombre, y la Vida en plenitud y eternidad que Dios nos recupera y regala con su pasión, muerte y resurrección. María es siempre la estrella del mar, el camino que nos conduce a Jesús, fruto bendito de su vientre. Jesús nos invita a acoger a María “en nuestra casa”: es decir, en nosotros mismos, en nuestras familias, en nuestro trabajo y en nuestra sociedad. María dirige nuestra mirada a su Hijo y no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5). El verdadero cristiano se sabe elegido por Dios y llamado por Jesús para seguirle, y ponerse en camino con El. El cristiano es escogido para ser enviado para ser su portavoz y testigo fiel del Evangelio.

El Señor nos hace capaces de ser, como Él, Buena Noticia para todos y también para el mundo de la mar, a quien recordamos en esta celebración de la Virgen del Carmen. En el sufrimiento, que supone la separación por un tiempo de sus familias, los marineros cuentan con el consuelo del amor de Dios que viene por medio de María y los une con sus familias más allá de la distancia. En las incertidumbres y temporales de la mar tienen, de manos de María, la certeza de que Dios siempre los protege.

Que santa María, faro luminoso en medio del temporal, nos proteja y nos conceda a todos valentía en estos tiempos difíciles por los que nos toca navegar.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Eucaristía en el VIII Centenario de la Fundación de las Hermanas Pobres de Santa Clara

Villarreal, Basílica de San Pascual, 14 de julio de 2012

 (Os 2,14b.15b.19-20; Sal 14; 2 Cor 4,6-10-16-18; Jn 15, 4-10)

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¡Amados todos en el Señor!

Permitidme que salude antes de nada a los Sacerdotes y PP Franciscanos concelebrantes, al Sr. Delegado Episcopal para la Vida Consagra Contemplativa y al P. Guardián de la Comunidad de PP. Franciscanos. Saludo  también y felicito en este día a las MM. Abadesas y Hermanas Clarisas de Villalreal, Almazora, Onda y Vall d´Uxo; mi saludo agradecido a las Hermanas representantes de las Carmelitas Descalzas de Alquerías del Niño Perdido, de las Dominicas de Burriana, de las Agustinas de Montornés en Benicasim y de la Fraternidad  Monástica de la Paz en Castellón.

El Señor Jesús nos ha convocado esta mañana para celebrar el VIII Centenario de la Fundación de las Hermanas Pobres de Santa Clara, las Hermanas Clarisas. Hoy recordamos y honramos, queridas hermanas Clarisas, en primer lugar a Santa Clara, vuestra Madre. Es para todos nosotros un día de alegría, pero también de acción de gracias a Dios por esta gran mujer y santa, por la fundadora de vuestra Orden, que tanto bien ha aportado y sigue aportando a nuestra Iglesia.

Los ministros generales de la familia franciscana describen a Santa Clara como una mujer “de personalidad fuerte, valerosa, creativa, fascinante, dotada de extraordinaria afectividad humana y materna, abierta a todo amor bueno y bello tanto hacia Dios como hacia los hombres y hacia las demás criaturas. Persona madura, sensible a todo valor humano y divino, que está dispuesta a conquistarlo todo a cualquier precio” (Clara de Asís, Mujer nueva, 5). Clara fue, en efecto, una mujer de honda experiencia espiritual, fundadora de las hermanas pobres, la primera mujer que consiguió a probación pontificia de una regla propia y el insólito ‘privilegio de la pobreza’. Nos encontramos ante una mujer y una Santa de talla excepcional.

Al inició de todo, como también de la historia de Clara y de la Fundación de las Clarisas, está el amor: el amor gratuito e inmenso de Dios, que llama al amor, y el gran amor de Clara a Dios. “Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón”, escuchábamos en la lectura del profeta Oseas (Os. 2, 14b). Si retrocedemos en la historia, todo comienza en la madrugada del lunes santo del año 1211. A la puerta de la iglesia Santa María de los Ángeles, a kilómetro y medio de Asís, está Clara Favarone, joven de dieciocho años, perteneciente a la familia del rico conde de Sasso Rosso. Clara había abandonado su casa, el palacio de sus padres, y estaba allí, en aquella iglesia, dispuesta a entregarse en cuerpo y alma al Dios que tanto la amaba. La aguardaban Francisco y varios sacerdotes, con cirios encendidos, entonando el Veni Creátor Spíritus. Ya, dentro del templo, Clara cambia su ropa de terciopelo por el hábito pobre, que recibe de las manos de Francisco. Clara queda consagrada a Dios. Para familiares y amigos algo incomprensible. A la mañana siguiente invaden el templo, y ruegan y amenazan. Piensan que la joven debería regresar a la casa paterna.

Cuando Francisco de Asís abandonó la casa de su padre, Clara era una niña de once años. Con su admiración por Francisco fue creciendo también su deseo de caminar como él desde Cristo y de imitar a Cristo humilde y pobre. Y como Cristo mismo, Clara se dejó llevar al desierto para encontrarse con el Amado, para dejarse hablar por Dios, para intimar con Él, para, correspondiendo a su amor, entregarse totalmente a Él en el servicio a las hermanas.

Para Clara, seguir a Cristo era vivir la primacía del amor, caminando desde Cristo. El seguimiento de Cristo de toda persona consagrada es la respuesta de amor al amor de Dios en Cristo. Si “nosotros amamos” es “porque Él nos ha amado primero” (1 Jn 4, 10.19). Amar a Dios es dejarse seducir por el amor gratuito de Dios, que nos precede. Esto significa reconocer su amor personal con aquel íntimo conocimiento que hacía decir al apóstol Pablo: “Cristo me ha amado y ha dado su vida por mí” (Ga 2, 20). Sólo porque somos amados por un amor infinito, el de Dios, podemos amar y podemos superar toda dificultad personal o comunitaria en el amor. Este amor infinito de Dios es el que nos da fortaleza y audacia, el que nos infunde valor y osadía en el seguimiento del Señor.

Reconocer nuestra propia pobreza y fragilidad, pero, a la vez la grandeza de la llamada de Dios a su amor, nos lleva a decir con el apóstol Pedro: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5, 8). Sin embargo, el don de Dios es más grande y fuerte que nuestra insuficiencia humana. Las personas consagradas sabéis bien que podéis caminar desde Cristo, porque Él mismo ha venido primero a vuestro encuentro y os acompaña en el camino (cf. Lc 24, 13-22). La vida de Clara, vuestra vida, queridas hermanas, es la proclamación de la primacía de la gracia; sin Cristo no podéis hacer nada (cf. Jn 15, 5); en cambio todo lo podéis en aquél que os conforta (cf. Flp 4, 13).

Caminar desde Cristo como Clarisas significa, hermanas, proclamar, como Clara, que vuestra vida consagrada es un especial seguimiento de Cristo, humilde y pobre,  vivido en comunidad monástica y fraterna, marcada por la acogida, el silencio y la oración, a ejemplo de María, la Virgen creyente, mujer y madre. La hondura de la expe­riencia espiritual y mística de santa Clara encuentra su clave en la con­templación de Jesucristo pobre y humilde y en el segui­miento alegre e incondicional de sus huellas y pobreza con un verdadero amor esponsal. Es preciso que, como Clara, tengáis una particular comunión de amor con Cristo; que, como ella, tengáis a Cristo como centro y fuente de vuestra vida personal y comunitaria; que, como ella, viváis esa especial gracia de intimidad, que os identifique progresivamente con Él, con sus sentimientos y con su forma de vida; y que viváis una vida afianzada por Cristo, tocada por su mano, conducida por su voz y sostenida por su gracia. Los consejos evangélicos encuentran su sentido profundo cuando ayudan a cuidar y favorecer el amor por el Señor en plena docilidad a su voluntad; y cuando la vida fraterna está motivada por Áquel que reúne junto a sí y tiene como fin gozar de su constante presencia.

Clara gustaba de vivir en San Damián, un lugar apartado de la ciudad, dedicada al cuidado de los enfermos, ocupada en los más humildes quehaceres, pero, sobre todo, entregada a la oración y a la contemplación ‘de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo’, como nos recuerda hoy San Pablo (cf. 2 Cor 4,6). Y eso fue lo que enseñó a sus hermanas.

En una carta a una de ellas, explicó lo que entendía por contemplación: “Pon la mente en el espejo de la eternidad, pon el alma en el esplendor de la gloria, pon el corazón en la figura de la sustancia divina, y transfórmate, entera, por la contemplación, en la imagen de la divinidad”. Con otras palabras: contemplar es poner todo nuestro ser en Cristo que, viniendo a este mundo, fue como un espejo en que se puede ver y contemplar a Dios. El es esplendor de la gloria de Dios, Él es imagen del Dios invisible; en Cristo podemos ver cómo es Dios y quienes somos nosotros para Dios. Es decir, vemos a Dios si nos quedamos largamente mirando a Cristo. Clara enseñó que quien va haciendo eso toda la vida, va siendo transformado en otro Cristo.

Clara sabía descubrir el rostro de Cristo en las cosas, en las personas, en los acontecimientos, en la Palabra de Dios. Pero después, en su recogimiento, era capaz de ir olvidando todas las cosas hasta quedar sólo en Cristo. Ella también enseñaba que Jesús es como un espejo en que uno se puede mirar. Contemplar el rostro de Cristo es como mirar en un espejo en que vemos al mismo tiempo a Cristo, por dentro y por fuera, y a nosotros mismos, por dentro y por fuera. Ese era el secreto de Clara. Fue eso lo que ella hizo toda su vida. A medida que iban pasando los años, más se quedaba ella largos ratos completamente entregada a mirar el espejo que es Jesús. Las Hermanas de su tiempo contaban que esperaban para mirar el rostro de Clara cuando salía de la oración: parecía como si viniera del cielo, tenía un semblante luminoso.

También hoy la Iglesia nos llama a todos los cristianos y, de modo especial, a las personas consagradas a descubrir y contemplar el rostro de Cristo, humilde y pobre, sufriente y resucitado, y a caminar con la mirada fija en el rostro del Señor. Como nos enseña Clara hay una multiplicidad de presencias de Cristo, que es preciso descubrir y contemplar de manera siempre nueva. Él está siempre presente en su Palabra y en los Sacramentos, de manera especial en la Eucaristía. Cristo vive en su Iglesia y se hace presente en la comunidad de los que están unidos en su nombre. El está delante de nosotros en cada persona, en cada hermano y hermana que vive a nuestro lado, identificándose de modo particular con los pequeños, con los pobres, con los que sufren, con los más necesitados. El viene a nuestro encuentro en cada acontecimiento gozoso o triste, en la prueba y en la alegría, en el dolor y en la enfermedad. Cristo Jesús está también hoy presente en nuestra vida cotidiana, donde continúa mostrando su rostro. Para reconocerlo es precisa una mirada de fe, formada en la familiaridad con la Palabra de Dios, en la vida sacramental, en la oración y, sobre todo, en el ejercicio de la caridad: porque sólo el amor permite conocer plenamente el Misterio.

El rostro de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, lo encontramos presente, en primer lugar, en su Palabra. La escucha orante y contemplativa de la Palabra de Dios debe convertirse en un encuentro vital con El, que nos permita encontrar la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia. En la Palabra es donde el mismo Cristo habla, se manifiesta a sí mismo y educa el corazón y la mente. Es allí donde se madura la visión de fe, aprendiendo a ver la realidad y los acontecimientos con la mirada misma de Dios, hasta tener el pensamiento de Cristo (cf. 1 Co 2, 16). La Palabra de Dios es el alimento para la vida, para la oración y la contemplación, para el camino diario. Vuestra vocación de Clarisas ha nacido, vive y madura en la contemplación: en esos momentos de intensa comunión, de intimidad y de una profunda relación de amistad con Cristo, en la belleza y en la luz que se ha visto resplandecer en su rostro.

Pero si hay un lugar privilegiado para el encuentro con el Señor y de unión con Él, para la comunión y la intimidad con el Señor ese es la Eucaristía. La Eucaristía es el corazón de la vida de la Iglesia, de toda comunidad cristiana, de la vida de todo cristiano y de toda persona consagrada al Señor.

Permaneced en mí y como yo en vosotros” nos dice Jesús (cf. Jn 15, 14). Él es y nos da el agua viva, la única capaz de saciar nuestra sed: de Dios y de eternidad. Pero ¿cómo podremos permanecer unidos a Cristo, como los sarmiento a la vid, y, a la vez, entre nosotros, como sarmientos de una misma Vid, si no es por la unión sacramental, pero real, con Cristo en la comunión eucarística diaria? En la Eucaristía se lleva a cabo en plenitud la intimidad con Cristo, la unión y la identificación con Él, la total conformación a Él, a la cual los consagrados estáis llamados por vocación.

En la Eucaristía se concentran todas las formas de oración; la Eucaristía, donde proclamamos, acogemos y celebramos la Palabra de Dios, nos interpela sobre la relación con Dios, con los hermanos y con todos los hombres; la Eucaristía nos capacita y compromete para vivir al amor fraterno: es el sacramento de la filiación, de la fraternidad y de la misión. Sacramento de unidad con Cristo, la Eucaristía es a la vez sacramento de la unidad eclesial y de la unidad de la comunidad de consagradas.

Para que se produzcan con plenitud los esperados frutos de comunión no pueden faltar el perdón ni el compromiso del amor mutuo. No se puede celebrar el sacramento de la unidad permaneciendo indiferentes los unos con los otros. El perdón y el compromiso de amor mutuo son también fruto y signo de una Eucaristía bien celebrada, de la unión con Cristo y de nuestra permanencia en Él. Porque es sobre todo en la comunión con Jesús Eucaristía donde obtenemos la capacidad de amar y de perdonar. Además, cada celebración debe convertirse en la ocasión para renovar el compromiso de dar la vida los unos por los otros en la acogida y en el servicio diario. Así es cómo por la celebración eucarística, la comunidad se renovará cada día. Y así vuestra comunidad de consagradas que vive el misterio pascual, renovado cada día en la Eucaristía, se convertirá en testimonio de comunión y signo profético de fraternidad para la sociedad dividida y herida.

Muy queridas hermanas Clarisas: Acoged y vivid la herencia espiritual de vuestra Madre Santa Clara. Al conmemorar el VIII Centenario de vuestra Fundación, acoged la llamada a recorrer, como ella, vuestro camino desde Cristo, contemplando su rostro, caminando desde él y testimoniando su amor. Estáis llamadas a hacerlo ante todo con la fidelidad a vuestra vocación de personas consagradas totalmente a Cristo, siguiendo el carisma de vuestra Madre Santa Clara. Si todo cristiano está llamado a contemplar el rostro de Dios en Jesucristo, vosotros lo estáis de modo especial. Por eso es necesario que no os canséis de meditar la sagrada Escritura y, sobre todo, los santos Evangelios, para que se impriman en vosotras los rasgos del Verbo encarnado.

Caminad, hermanas, desde Cristo, centro de todo proyecto personal y comunitario. Encontradlo y contempladlo de modo muy especial en la Eucaristía, celebrada y adorada a diario, como centro, fuente y culmen de vuestra existencia personal y comunitaria. Que Santa Clara interceda por vosotras y nuestra Madre, la Virgen, os acompañe y proteja. Y que por su intercesión Dios nos conceda el don de nuevas vocaciones para que siga presente en nuestra Iglesia diocesana el carisma y el legado espiritual de Santa Clara. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El legado espiritual de Santa Clara

Queridos diocesanos:

Desde abril del pasado año hasta el once agosto del presente, estamos celebrando el VIII Centenario de la Fundación de las Hermanas Pobres de Santa Clara, las Hermanas Clarisas. Todo empezó en la madrugada del lunes santo de 1211, cuando la joven Clara de Asís, perteneciente a una de las familias más nobles de Asís, se fugó de casa y marchó a Santa María de la Porciúncula; allí la esperaban san Francisco y sus primeros compañeros para consagrarla al Señor. Tenía apenas 18 años y acababa de rechazar a dos pretendientes al matrimonio. Más tarde se le unieron su hermana Catalina (sor Inés, santa como ella) y otras jóvenes. Juntas se trasladaron, meses después, a la iglesia de San Damián, restaurada por San Francisco tres años antes.

Las Hermanas Clarisas cuentan con una presencia significativa en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, con Monasterios en Almazora, Onda, La Vall d’Uxó y Villarreal-, que hacen hoy presente entre nosotros el legado espiritual de Clara de Asís.

El proyecto y forma de vida espiritual de santa Clara es el seguimiento de Cristo, en su pobreza y humildad, en el seno de la familia franciscana y en comunión con la Iglesia. La originalidad de las Hermanas Pobres se caracteriza por llevar a cabo la vida franciscana viviendo en comunidad monástica y fraterna, marcada por la acogida, el silencio y la oración, a ejemplo de María, la Virgen creyente, mujer y madre. La hondura de la expe­riencia espiritual y mística de santa Clara encuentra su clave en la con­templación de Jesucristo pobre y humilde y en el segui­miento alegre e incondicional de sus huellas y pobreza con un verdadero amor esponsal.

Pobre y humilde, Clara es también una mujer de intensa oración: una oración contemplativa, basada en la escucha de la Palabra de Dios, a la que ella concede un protago­nismo excepcional en su experiencia religiosa. Nada, ni tan siquiera la belleza en el canto de la Liturgia de las Horas, puede obstaculizar la escucha atenta de la Palabra de Dios.

Clara es también una mujer de la penitencia, en un con­texto en el que hay una verdadera “cultura de la penitencia” y de la ascesis, aunque para ella, la primera y principal forma de penitencia de las hermanas es la radicalidad de forma de vida y la pobreza. La penitencia brota para ella del amor a Cristo y es, sobre todo, una dimensión del segui­miento de su pobreza y humildad, del compartir sus sufri­mientos y su cruz; esto la mantuvo lejos de todo perfeccionismo ascético y de todo desprecio de lo material. Santa Clara es además una mujer de exquisita y tierna caridad, cargada de afecto para con sus hermanas. Como verdadera seguidora de Francisco, Clara vive la verdadera alegría en medio de la pobreza: es la alegría que brota de la identificación afectiva y efectiva con Cristo pobre y humilde en Belén y en la cruz; en una palabra, es la alegría de las bienaventuran­zas.

Clara de Asís es una llamada permanente a vivir el Evangé­lico con radicalidad, alegría y sencillez; su fraternidad nos urge a recrear los modelos de vida eclesiales y socia­les, impregnados de un verdadero espíritu fraterno; su mismo signo profético de la clau­sura es una llamada al cristiano de hoy a centrar su vida en Dios y en Cristo; y su altísima pobreza nos habla del primado de Dios y de la comunión fraterna y solidaridad con la humanidad doliente y desgarrada por la pobreza y la marginación.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La responsabilidad en el tráfico

Queridos diocesanos:

Cada primer domingo de julio celebramos la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico. Es una invitación a fijar nuestra atención en el significado y la importancia de la conducción, así como en la urgente necesidad de esmerar nuestra prudencia. No podemos, en efecto, ignorar que nuestras imprudencias pueden causar desgracias. A este respecto, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Apostólica Gaudium et Spes, dice: “Algunos subestiman ciertas normas de la vida social, por ejemplo, las referentes a las normas de vialidad, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo”.

Circular en automóvil, motocicleta o bicicleta, o transitar a pie por la carretera o la calle, es un derecho legítimo, y, en ocasiones, hasta necesario. El vehículo es un instrumento de trabajo y de esparcimiento; es decir, viajar en automóvil o desplazarse representa una acción humana honesta. Pero esa acción, buena en sí y que persigue también un fin bueno, se ve afectada, si no se respetan las normas, por una serie de riesgos que implican poner en juego las vidas y los bienes de distintas personas, incluidos los propios. Y de todos ellos, evidentemente, es responsable el hombre.

El factor humano lo abarca todo. La vialidad supone la existencia de tres importantes elementos: el hombre, el vehículo y la vía sea la carretera o la calle. Sin embargo, el ámbito humano lo abarca todo, ya que el estado de las carreteras, las condiciones mecánicas del vehículo y el cumplimiento de las normas de circulación dependen de la actuación humana. En este sentido, la atención debe centrarse, sobre todo, en la falta de conciencia cívica y moral que muestran algunos usuarios que circulan por las carreteras o transitan por las calles; es decir, el hombre mismo.

Ahora bien, conductores y peatones tenemos por igual sagrados deberes que cumplir al circular o transitar por la vía pública. Y decimos sagrados, porque su fin es la protección de la vida humana. Y también porque los peatones deben evitar ponerse o poner a otros en peligro de ser heridos, incluso de muerte, siendo diligentes en cumplir las normas de circulación a fin de evitar y disminuir estos riesgos.

La persona humana es el engranaje fundamental en el tráfico. Peatones y conductores debemos tener en cuenta que si el vehículo es de uno, la carretera y la calle son de todos; es necesario entender que el comportamiento en la carretera o en la calle es una acción moral que está regulada no solo por normas legales sino también por principios morales; según los respetemos o no, nuestro comportamiento será bueno o malo; somos responsables legal y también moralmente de nuestro comportamiento.

En los próximos días se van a multiplicar los vehículos en nuestras carreteras con motivo de los desplazamientos veraniegos. Recordemos siempre el valor sagrado de la vida de toda persona humana, que hemos de agradecer, valorar y cuidar en todo momento. Que no sea el temor a la multa, sino el amor a la vida propia y a la de los demás, lo que nos impulse a una conducción y a un uso de la vía pública responsable y respetuoso con las normas.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón