Los pilares de la paz auténtica

Queridos diocesanos.

Con la paz ocurre como con la salud: la valoramos de verdad cuando la hemos perdido o corremos peligro de perderla. Y de la misma manera que todos deseamos gozar de buena salud, también la humanidad desea la paz. Sin embargo, estamos aún lejos de haber logrado la paz entre las personas, en las familias, en la sociedad y entre los pueblos de la tierra. Una y otra vez constatamos a nuestro alrededor y en el mundo la enemistad, el rencor y el odio, la crispación y la violencia verbal y física, la falta de diálogo y de reconciliación, el afán de eliminar o dominar al otro -sea persona, grupo o pueblo-, o el recurso a las armas. La violencia y las guerras son una triste y lacerante realidad.

Pese a todo ello, la paz es uno de los mayores anhelos de la humanidad. Los cristianos sabemos que la paz es un don de Dios, que nos ofrece en Cristo Jesús, ‘el príncipe de la paz’. Él es el único capaz de darnos la paz auténtica, la que necesita la humanidad: una paz que se basa en la comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. La paz, en efecto, es fruto de la reconciliación y comunión con Dios, restablecidas por Cristo Jesús con su muerte y resurrección, y que, a su vez, son fuente de reconciliación y comunión, de encuentro y diálogo entre los hombres y los pueblos. Como don de Dios, que es, hemos de orar y pedirla con insistencia y constancia. No olvidemos que la paz es mucho más que la mera ausencia de guerra, el equilibrio de las fuerzas adversarias o el fruto de una dominación despótica; la paz comienza en el corazón reconciliado y pacificador de cada persona y se va ampliando a las relaciones entre las personas, a las familias, a los grupos, a la sociedad y a los pueblos.

Pero la paz, don de Dios, es, a la vez, tarea de todos. Cada cual en su lugar, todos hemos de trabajar para que la paz se extienda entre los hombres y los pueblos. El Papa Juan XXIII, en su encíclica Pacem in terris, señalaba hace 50 años que los cuatro pilares sobre los que construye la paz auténtica son la verdad, la justicia, el amor y la libertad, y que tiene su corazón en el respeto a toda persona humana. Hemos de promover la verdad, para ser rectos y honrados en el pensamiento y en la acción. A la verdad ha de unirse el compromiso por la justicia que pide el respeto exquisito de la dignidad y derechos inviolables de todos. Pero no se puede construir la paz en el mundo sin amor sincero y compromiso desinteresado. La justicia por sí sola no podrá asegurar la paz al hombre y al mundo. La verdadera paz florece cuando en el corazón se vence el egoísmo y el afán desmedido de lucro, dando paso a la solidaridad y al compromiso efectivo.

Todo ser humano es creado por Dios a su imagen; ésta es la base de la dignidad y de la libertad de toda persona humana y el fundamento de los derechos humanos, que debemos acoger, respetar y promover. si queremos construir la auténtica paz. Todo cristiano ha de ser testigo comprometido de la paz. Unido a todos los hombres de buena voluntad, el cristiano ha de trabajar por el respeto efectivo de la igual dignidad de todo ser humano. El testigo de la paz acoge, respeta y perdona al otro, respeta su cultura y religión, trabaja para que se implante la justicia, fomenta el dialogo sincero y la reconciliación entre los hombres desde la verdad y la libertad. Oremos y trabajemos por la paz.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El estipendio de misas en la Provincia Eclesiástica Valentina

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Con el fin de recordar a todos -sacerdotes y resto de fieles cristianos- el sentido del estipendio de Misas y la normativa canónica al respecto así como para urgir su estricta aplicación, los Arz/obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina, con fecha 19 de julio pasado, hemos aprobado el siguiente “Decreto sobre el estipendio de Misas, en la Provincia Eclesiástica Valentina”.

Considerando que en el n.13 del mismo se dice que “lo dispuesto en este Decreto entrará en vigor con su publicación en el Boletín de cada Obispado”, por el presente

 

DISPONGO

que el citado “Decreto sobre el estipendio de Misas, en la Provincia Eclesiástica Valentina” sea publicado en el Boletín de nuestro Obispado de Segorbe-Castellón y que además sea enviado de inmediato a todos los sacerdotes. Las disposiciones del derecho canónico universal son normativa vigente, por lo que no habrá que esperar a la publicación del Decreto en el Boletín para su aplicación.

 

En Castellón de la Plana, a veinticuatro de septiembre del Año del Señor de dos mil trece.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mi,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

 

DECRETO SOBRE EL ESTIPENDIO DE MISAS, EN LA PROVINCIA ECLESIÁSTICA VALENTINA

 

Desde el comienzo de la Iglesia, junto con el pan y el vino para la Misa, los fieles acostumbran a presentar también otros dones para compartirlos con los que tienen necesidad o para ayudar a la Iglesia (cf. 1 Cor 16, 1; San Justino, I Apol, 67). La colecta y otras formas de aportación están relacionadas con la participación de los fieles en el Sacrificio eucarístico, en el que ellos mismos, como miembros del Cuerpo de Cristo, se unen a la ofrenda y a la intercesión de su Señor por ministerio del sacerdote (cf. PO 2; Catecismo de la Iglesia Católica, 1.368-1.372). La Eucaristía se ofrece, en este sentido, por todos los fieles vivos y difuntos como un Sacrificio universal. Por este motivo la Iglesia ha dispuesto que los párrocos celebren la Misa “por el pueblo” los domingos y fiestas de precepto en su diócesis (cf. c. 534 CIC) y recomienda a los sacerdotes “encarecidamente” que celebren la Misa por las intenciones de los fieles, sobre todo de los necesitados, aunque no reciban ningún estipendio (cf. c. 945 § 2 CIC). Además de este ofrecimiento general, la Iglesia reconoce también la “facultad” de todo sacerdote (cf. c. 901 CIC), que celebra o concelebra la Misa, para aplicarla por una determinada intención (cf. c. 945 § 1 CIC).

Según la tradición de la Iglesia, los fieles, guiados por su sentido religioso y eclesial, para asociarse más íntimamente a Cristo y obtener así una mayor abundancia de frutos en la participación en el Sacrificio eucarístico, pueden ofrecer un estipendio, para que se aplique la Misa por su intención, contribuyendo así al bien de la Iglesia y participando de su solicitud por sustentar a sus ministros y actividades (cf. c. 946 CIC; 1 Tm 5,18). Esta costumbre debe conservarse, de modo que los sacerdotes sean generosos atendiendo la petición razonable de los fieles, que deseen que una determinada celebración de la Misa tenga como intención concreta la gratitud y la alabanza, la súplica por sus necesidades, o el sufragio por los difuntos (cf. Pablo VI, Motu propio Firma in traditione de 13-IV-1974: AAS 66 [1974] 308).

Pero en esta materia debe evitarse hasta la más pequeña apariencia de negociación o comercio (cf. c. 947 CIC). En este sentido, para evitar toda posible deformación en la práctica y buscando también la educación del pueblo cristiano, la Iglesia ha fijado normas convenientes, de obligado cumplimiento, para todos los sacerdotes. Por esto pedimos a los sacerdotes que expongan con claridad esta doctrina y esta práctica, considerando el ofrecimiento del estipendio como lo que realmente es: una forma de participación de los fieles en el Sacrificio eucarístico, en el contexto de la oblación de toda la Iglesia, alejando la idea de “propiedad” o de “beneficio exclusivo”.

Esto no obsta para que en las parroquias y demás comunidades se vaya avanzando en la búsqueda de nuevos modos de participación en el Sacrificio eucarístico, dentro del espíritu comunitario y eclesial, con que se debe participar en la Eucaristía, y del respeto a las disposiciones canónicas que garantizan los derechos de los fieles, sin olvidar su deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades (cf. cc. 222 § 1 y 1.261 § 2 CIC).

Por estos motivos, los Obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina, en uso de las facultades que nos confieren, entre otros, los cc. 951 § 1 y 952 § 1 del CIC, y como complemento al Decreto de la Congregación para el Clero (Prot. n. 2008/2172) por el que se aprobaron los aranceles presentados por los Obispos de esta Provincia Eclesiástica, actualmente en vigor, promulgamos el siguiente

 

DECRETO

 

  1. El estipendio de las Misas está establecido en 10 € y el de las Misas gregorianas en 325 €.
  2. “El sacerdote que celebre más de una Misa el mismo día, puede aplicar cada una de ellas por la intención para la que se ha ofrecido el estipendio; sin embargo, exceptuado el día de Navidad, quédese sólo con el estipendio de una Misa, y destine los demás a los fines “determinados por el Ordinario, aunque puede también recibir alguna retribución por un título extrínseco” (c. 951 § 1 CIC). “El sacerdote que concelebra una segunda Misa el mismo día, no puede recibir por ella estipendio bajo ningún título” (c. 951 § 2 CIC), ni siquiera para entregarlo a los fines determinados por el Ordinario.
  3. “Se ha de aplicar una Misa distinta por cada intención para la que ha sido ofrecido y se ha aceptado un estipendio, aunque sea pequeño” (c. 948 CIC).
  4. No se puede binar, a no ser por razones de naturaleza pastoral (cf. c. 905 CIC). No es razón pastoral suficiente la abundancia de intenciones.
  5. Sobre la aplicación de la Misa por diversas intenciones de distintos donantes se tendrá en cuenta lo siguiente:
    1. Para admitir los estipendios, que ofrecen los fieles, en orden a la aplicación de Misas pluriintencionales o colectivas, es condición indispensable que los fieles oferentes hayan sido explícitamente advertidos y hayan dado su libre consentimiento (cf. art. 2 § 1 del Decreto Mos iugiter de la Congregación para el Clero, de 22-II-1991: AAS 83 [1991] 443-446).
    2. El sacerdote que celebre la Misa aplicándola simultáneamente por diversas intenciones y haya recibido una ofrenda de los fieles por cada intención, podrá recibir como estipendio sólo la cantidad que se indica en el n. 1 para cada Misa. La cantidad restante deberá considerarse igual que las correspondientes a las binaciones, y deberá entregarse en la Colecturía diocesana. Su fin será el Seminario diocesano, a no ser que el Ordinario diocesano disponga otra cosa. Por tanto, va contra derecho destinar a otro fin, aunque sea piadoso o parroquial, la cantidad que supere lo establecido para el estipendio diocesano (cf. art. 3 del mencionado Decreto de la Congregación para el Clero).
    3. La Misa por varias intenciones y varios estipendios no puede celebrarse más de dos veces por semana. En tal caso, “hay obligación de anunciar en público el lugar y la hora de celebración de esta Misa” (cf. art 2 § 2 del citado Decreto de la Congregación para el Clero).
    4. “…están obligados a responder en conciencia, los sacerdotes que recogen indistintamente estipendios para celebrar Misas por intenciones especiales, y uniéndolos sin saberlo los donantes celebran una sola Misa por una intención denominada ‘colectiva’, considerando que de ese modo satisfacen las cargas asumidas” (cf. art. 1 § 2 del referido Decreto de la Congregación para el Clero).
  6. Según dispone el Decreto referido, “los sacerdotes que reciban muchas ofrendas para celebrar Misas por intenciones particulares …, y que no puedan satisfacer personalmente las cargas asumidas dentro del año, no dejen de recibirlas, pues ello frustraría la piadosa voluntad de los donantes y los apartaría de su laudable intención, sino que las acepten y las pasen a otros sacerdotes (cf. can. 955) o al propio Ordinario (cf. can. 956)” (cf. art. 5 § 1 del referido Decreto de la Congregación para el Clero). Ello requerirá la oportuna advertencia del sacerdote y la libre aceptación del fiel.
  7. A tenor del c. 534 § 1 CIC, el párroco tiene obligación de “aplicar la Misa por el pueblo a él confiado todos los domingos y fiestas que sean de precepto en su diócesis”. Por esta celebración no puede percibir estipendio alguno. Los que tienen a su cargo dos o más parroquias cumplen esta obligación aplicando una sola Misa por todos sus feligreses, pudiendo percibir estipendio por la segunda Misa que celebren (cf. Comunicaciones, 15, [1983] 200-201).
  8. De acuerdo con lo establecido en el c. 958 § 1 CIC, los párrocos y rectores de Iglesias o de otros lugares piadosos, donde se suelen recibir estipendios de Misas, llevarán obligatoriamente el libro especial para ello, en que se anotará diligentemente el número de Misas que se han de celebrar, intención, estipendio ofrecido y cumplimiento del encargo. Es oportuno anotar, también, las intenciones y sus estipendios, que, no pudiendo aplicarse en el lugar donde se reciben, sean entregados a otros celebrantes o a la Colecturía diocesana. Al Ordinario le compete revisar anualmente ese libro especial, ya personalmente o por medio de otros (cf. c. 958 § 2).
  9. Los sacerdotes entregarán trimestralmente, en la Colecturía diocesana, los estipendios de binaciones o más Misas celebradas, así como los estipendios de Misas pluriintencionales, indicando el número de intenciones.
  10. Los párrocos y rectores de Iglesias o de otros lugares piadosos, donde suelen recibirse estipendios de Misas, y no puedan ser celebradas por ellos mismos o por otros sacerdotes, en el plazo de un año, deberán entregarlos, igualmente, en la Colecturía diocesana, indicando el número de intenciones (cf. 956 CIC). De este modo, se podrá ayudar a sacerdotes jubilados, enfermos, misioneros y otros que no disponen de estipendios.
  11. A no ser que el Ordinario diocesano disponga otra cosa, el fin de los estipendios de binaciones y misas pluriintencionales será el Seminario diocesano, quedando a salvo lo establecido en el c. 948 CIC.
  12. Los párrocos y rectores de Iglesias u otros lugares piadosos deben dar a conocer a los fieles la presente normativa, así como la cuantía del estipendio en la diócesis, y, en especial, el sentido y el valor de la ofrenda, la importancia de la limosna y la comunicación de bienes mediante las ofrendas para celebrar Misas.
  13. Lo dispuesto en este Decreto entrará en vigor con su publicación en el Boletín de cada Obispado.

 

Dado en Valencia, a 19 de julio de 2013.

 

 

XCarlos , Arzobispo de Valencia

XJavier, Obispo de Mallorca

XJesús, Obispo de Orihuela-Alicante

XCasimiro, Obispo de Segorbe-Castellón

XVicente, Obispo de Ibiza

XSalvador, Obispo de Menorca

Ante la crisis, caridad solidaria y renovación moral y espiritual

Queridos diocesanos:

Llevamos más de siete años de una grave crisis económica. Algunos indicadores macroeconómicos positivos en estos últimos meses parecen anunciar una salida de la crisis. Pero lo cierto es que sus efectos serán aún duraderos y que muchos seguirán sufriendo todavía mucho tiempo sus consecuencias: familias, jóvenes, pequeños y medianos empresarios, agricultores y ganaderos, los trabajadores y los inmigrantes, entre otros sectores sociales.

Ante esta situación me quiero fijar en dos actitudes propias de todo cristiano. De un lado es necesario mantener el compromiso generoso de nuestra caridad cristiana con los más pobres y afectados por la crisis. Es muy de agradecer la respuesta generosa de muchos cristianos con donaciones de distinto tipo -dinero, comida y otros artículos- y con su trabajo en las Cáritas parroquiales y diocesana, en Manos Unidas y otras instituciones eclesiales, y la implicación de todas ellas. Ante la persistencia de la crisis deberemos intensificar, si cabe, nuestro compromiso en donaciones y en tiempo. La caridad de Cristo nos urge a ayudar al necesitado, a estar a su lado y, también, a escuchar sus problemas, a buscar soluciones si están a nuestro alcance y a mostrar una verdadera compasión con el necesitado, que es compartir su dolor y su angustia con palabras de consuelo y de esperanza.

Por otro lado sería un grave error pasar por alto las causas de esta crisis económica si queremos salir bien de la misma. Y éstas causas son, en primer lugar, de carácter ético o moral. No cabe duda que esta grave situación tiene su origen en la pérdida de valores morales, en la falta de honradez, en la codicia, que es raíz de todos los males, en la mentira, en el vivir por encima de nuestras posibilidades, en el despilfarro, en la corrupción y en la carencia de control de las estructuras financieras, potenciada por la economía globalizada. Todo ello ha provocado la situación actual, cuyas repercusiones llegan a diversos ámbitos de la vida social y afectan gravemente a los más débiles, con especial incidencia en los países en vías de desarrollo.

A todo ello subyace una crisis antropológica y espiritual. Hemos reducido el hombre a lo material, olvidando su alma y su espíritu; hemos idolatrizado el bienestar material, marginando el desarrollo integral de la persona. En último término hemos marginado a Dios del horizonte humano y social. Pero, como dijo el Papa Benedicto, “Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre” ¿Dónde, sino en el Amor verdaderamente infinito podrá encontrar su fuente y su alimento el “anhelo constitutivo de ser más” que mueve la vida humana? (Caritas in veritate, 29). Cuando el hombre se cierra a Dios y de su amor, su corazón se empequeñece y las personas acaban por convertirse a sí mismas en centros del mundo, sin otro referente que los propios intereses. La fe en Dios, por el contrario, libera el juicio de la razón y de la conciencia para distinguir rectamente el bien del mal y para arrostrar el sacrificio que comporta el compromiso con el bien y la justicia; y, por eso mismo, otorga a la vida el aliento y la fortaleza necesarios para superar los momentos difíciles y para contribuir desinteresadamente al bien común.

Necesitamos abrir nuestro corazón a Dios para descubrir la verdad sobre el hombre y tener la fuerza para acogerla y afrontarla. Os invito a todos a la conversión, es decir, a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata. No será posible salir bien y duraderamente de la crisis sin personas rectas, si no nos convertimos de corazón a Dios y a sus mandamientos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada de Apertura del Curso Pastoral

Queridos diocesanos:

Poco a poco se pone en marcha un nuevo curso, también en la vida de nuestra Iglesia diocesana, en sus servicios diocesanos, en sus comunidades parroquiales y religiosas, en sus movimientos, asociaciones y grupos. Al reemprender las tareas pastorales he convocado a todos cuantos formamos esta porción del Pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, a una Jornada diocesana de Apertura del Curso pastoral. Tendrá lugar, Dios mediante, el sábado 21 de septiembre en el Seminario Diocesano Mater Dei en Castellón. A ella os invito a todos los cristianos católicos.

Nuestra oración y nuestra reflexión en ese día se centrarán en la formación. Uno de los objetivos diocesanos para este curso es precisamente el cuidado de la formación de cuantos formamos la Iglesia diocesana y las comunidades parroquiales. Al hablar de formación nos referimos a la formación de que habla San Pablo en su carta a los Gálatas: “… hasta que Cristo se forme en vosotros” (Ga 4,19). Se trata de dejarnos conformar por y con Cristo, hasta llegar a la madurez de vida según la vocación bautismal de todos y la vocación específica -presbiteral, consagrada o laical- de cada uno, y según el ministerio y la tarea encomendada a cada uno en la Iglesia.

No podemos reducir la formación a su dimensión doctrinal, aunque ciertamente ésta es muy importante y la incluye, pues hemos de conocer a Jesucristo y su Evangelio en la tradición viva de la Iglesia; y hemos de saber darnos y dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Se trata, más bien, de una formación integral e integradora de las dimensiones espiritual, humana, comunitaria, pastoral, misionera y evangelizadora, que ha de cuidar todo cristiano. En una palabra: se trata de crecer como verdaderos creyentes discípulos y testigos del Señor al servicio de la misión de la Iglesia, que hoy toma la forma de la nueva evangelización. Sin cristianos de verdad no habrá comunidades vivas y evangelizadoras.

No olvidemos, sin embargo, que es el Señor quien construye su casa -la Iglesia- y hace de los bautizados ‘piedras vivas’ de ella mediante la acción eficaz de la gracia. De aquí que lo nuclear de la formación es la espiritualidad en la que ha de vivir el discípulo: en una palabra, lo nuclear es el encuentro con Cristo que implica una experiencia trinitaria y eclesial. Fundamental para el cultivo de esta espiritualidad es, pues, dejar que el Espíritu Santo actúe en cada uno, participar en la vida de fe de la Iglesia, en el Pan de la Palabra y de la Eucaristía, en la liturgia sacramental y no sacramental, cuidar la oración personal, comunitaria y familiar, la vida comunitaria misma, el testimonio de los pastores y de los religiosos y el encuentro con Jesucristo en los pobres.

Alguno podrá quizá pensar, con cierta dosis de cansancio y escepticismo, que se trata de una reunión más, ¿Porqué, pues, esta Jornada diocesana? Pensemos que un nuevo curso es, ante todo, un nuevo tiempo de gracia que Dios nos concede a todos para seguir caminando como Iglesia del Señor en la tarea de vivir y anunciar a Jesucristo y su Evangelio de Salvación. Antes de emprender las nuevas actividades es necesario, pues, orar juntos para escuchar la voz del Señor; y es igualmente oportuno reflexionar juntos sobre el camino que Él nos marca en las circunstancias actuales de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. Hasta ese día os saludo a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En el XXV Aniversario de la Coronación de la Virgen de la Cueva Santa

Queridos diocesanos:

Retomamos nuestra cita semanal y lo hacemos recordando la coronación canónica hace veinticinco años de la imagen de la Virgen de la Cueva Santa, Patrona de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Este domingo, festividad de la Natividad del Virgen María, celebraremos una Misa en acción de gracias por este acto de hondo calado para nuestros antepasados en la fe y para nosotros peregrinos en esta vida.

Porque ¿qué significa haber coronado a la Virgen de la Cueva Santa? Con este gesto proclamamos a la Virgen María como nuestra Reina. Y lo hacemos porque reconocemos en ella a la Madre del Rey mesiánico, Jesús, el Hijo de Dios, cuyo reino no tendrá fin (cfr. Lc 1, 33). A María la llamados Reina, porque, ella, la llena de gracia de Dios, fue unida íntimamente a Cristo y asociada a la obra redentora de su Hijo, y así nos lleva a la fuente de la Gracia (cfr. Jn 19, 26-27). Y, finalmente, a María la proclamamos Reina, porque ya participa plenamente de la gloria de su Hijo en cuerpo y alma: ella ha recibido ya la corona merecida (cfr. 2Tm 4,8), la corona de gloria que no se marchita. María se ha convertido así en esperanza nuestra (cfr. 1Pe 5, 4).

María es la Madre de Dios y también Madre nuestra, la Madre de la Iglesia y la Madre de todos los creyentes; ella es la buena Madre, que nos acompaña con su protección maternal a los creyentes de todos los tiempos en nuestro peregrinaje por los caminos de la historia. Generación tras generación, los creyentes experimentamos su protección maternal; por ello la invocamos con confianza, la llamamos bendita entre todas las mujeres y la proclamamos Reina. Pero no podemos separar a María de su Hijo. Su grandeza y realeza radican en ser la criatura elegida por Dios para ser Madre de su Unigénito, el Mesías y Rey: Ella nos da y nos lleva en todo momento a Cristo.

Al proclamar Reina a la Virgen de la Cueva Santa queremos que ella reine en nuestro corazón, en nuestras familias, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestra Iglesia diocesana. Y ella nos invita a volver nuestra mirada a Dios, a su Hijo Jesucristo, el Redentor y Salvador de todos los hombres, el único que tiene palabras de vida eterna: él es nuestra Esperanza. Acudimos a María porque ella brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y de esperanza. Todo su gozo está en darnos a Cristo, en llevarnos hasta Jesús. En el fondo no acudimos a María si no es para encontrar en Ella a Jesús y su salvación. Quien se acerca a María que nos da a Jesús, fruto bendito de su vientre, se acerca también al Salvador. Es preciso que cada uno de los cristianos demos un gran paso y por medio de Maria nos encontremos con Jesucristo, lo conozcamos, lo acojamos en nuestra vida, lo amemos, lo sigamos y demos testimonio de Él.

Como María, abramos de par en par nuestro corazón a Cristo. El, verdadero Dios y verdadero hombre, es el Señor del universo y de nuestra historia. El camino de la necesaria renovación de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras familias y de cada uno de nosotros no puede ser otro que Cristo y nuestra conversión a Él y a su Evangelio. La Virgen de la Cueva Santa será de verdad Reina nuestra si como ella nuestro pensar, sentir y actuar es según Dios. Volvamos nuestra mirada a Aquella que nos entregó como regalo a su propio Hijo. A ella le decimos: Virgen de la Cueva Santa, guárdanos siempre en el camino de la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada de ayuno y oración por la paz en Siria

Queridos hermanos:

En los últimos días estamos viviendo con especial preocupación los acontecimientos bélicos en Siria, en Oriente Medio y también en otras partes del mundo, que superan los límites geográficos y afectan a toda la comunidad internacional. Ante tanto sufrimiento que provoca la guerra y la violencia, la Iglesia no puede permanecer en silencio, sino que debe alzar la voz en defensa de los más débiles e inocentes, y trabajar y orar por la paz. En este sentido, el Santo Padre Francisco ha lanzado un grito profético a toda la comunidad internacional: “¡Queremos un mundo de paz, queremos ser hombres y mujeres de paz, queremos que en nuestra sociedad, destrozada por divisiones y por conflictos, estalle la paz; nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!”

El mismo Papa Francisco ha convocado en toda la Iglesia, el próximo 7 de septiembre, víspera de la Natividad de María, Reina de la Paz, una Jornada de oración y ayuno por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero, invitando a todas las personas de buena voluntad, sean cristianas o no, a adherirse a esta jornada. El mismo Papa celebrará una vigilia de oración en la plaza de San Pedro “en espíritu de penitencia para invocar de Dios este gran don para la amada nación Siria y para todas las situaciones de conflicto y de violencia en el mundo.”

Como Diócesis de Segorbe-Castellón nos uniremos a esta oración promovida por el Papa. Con el fin de facilitar la participación de nuestra Iglesia diocesana en esta iniciativa, ruego a los Sres. Curas párrocos y Rectores de Iglesias que exhorten a los fieles a vivir esta Jornada de ayuno y de oración, que, donde sea posible, organicen vigilias u otros actos de oración por la paz y que, en cualquier caso, tengan en cuenta esta intención en la celebración de las Misas del sábado 7 de septiembre e introduzcan en la oración de los fieles de todas las celebraciones litúrgicas de ese día una petición para implorar de Dios el don de la paz para la nación siria y para todas las situaciones de conflicto y de violencia en el mundo.

Con motivo de las Fiestas en honor de la Patrona de nuestra Diócesis y de Segorbe, la Virgen de la Cueva Santa, la tarde del 7 de septiembre, presidiré la tradicional ofrenda de flores; y, al día siguiente, 8 de septiembre, por la mañana presidiré en el Santuario de la Cueva Santa la Misa de acción de gracias en el 25º Aniversario de la Coronación Canónica de la imagen de la Virgen, y, por la tarde en la Catedral de Segorbe, la Santa Misa con motivo de la Fiestas patronales. En todos estos actos, pediremos a María, la Virgen de la Cueva Santa, que nos ayude a responder a la violencia y a la guerra, con la fuerza del diálogo, de la reconciliación y del amor. Que María, la Madre de todos y Reina de la Paz, nos ayude a todos a encontrar la paz, y, en especial, a superar este momento difícil y a empeñarnos a construir cada día y en todo ambiente una auténtica cultura del encuentro y de la paz.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón