Comisión Organizadora para el Año Mariano de Lledó

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcHabiendo declarado que el año 2014 sea considerado Año Mariano del Lledó, al coincidir en domingo -4 de mayo- la conmemoración de la coronación canónica de la imagen de Santa María de Lledó y con el fin de proveer la preparación, organización y coordinación de los actos catequéticos, litúrgicos, caritativos y culturales de este Año Mariano, por el presente:

 

CONSTITUYO

la Comisión Organizadora para el Año Mariano de Lledó en Castellón de la Plana que estará formada por los siguientes miembros:

 

– Ilmo. Rvdo. D. Yago Gallo Martínez, Vicario General de la Diócesis de Segorbe-Castellón, presidente;

– Rvdo. D. Josep-Miquel Francés Camús, Prior de la Basílica de Santa María de Lledó;

– Ilmo. Mons. D. Ignacio Pérez de Heredia y Valle, Prior de la Real Cofradía de Santa María del Lledó;

– Rvdo. D. José Luis Valdés Aguilar, Arcipreste de Castellón-Norte;

– M.I. Rvdo. D. José Luis García Suller, Arcipreste de Castellón-Sur;

– M.I. Rvdo. D. Miguel Simón Ferrandis, Deán-Presidente del Cabildo Concatedral y Párroco de Santa María de Castellón;

– Sr. D. Antonio Andrés Cabezón Loza, Presidente de la Real Cofradía de Santa María del Lledó;

– Ilmo. Sr. D. Miguel Soler Barbera, Concejal-Procurador de Ermitas.

 

Envíese copia de este Decreto a los interesados y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

 

Dado en Castellón de la Plana, en la Residencia Episcopal, a treinta días del mes de octubre del Año de Gracia del Señor de dos mil trece.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

Declaración Año Mariano de Lledó

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Ante el incremento de la devoción a Santa María de Lledó y considerando la petición de sacerdotes, fieles y personas notables de la Ciudad de Castellón dispusimos por decreto de 7 de diciembre de 2007 que “el año de gracia de 2008 y, en adelante, todos  los años  en que el día 4 de mayo, fecha de la solemne coronación canónica, reincida en domingo, sea considerado especial Año Mariano de Lledó”, y “en consecuencia que los solemnes cultos y fiestas patronales de Santa María de Lledó, Patrona de la Ciudad, cuya solemnidad litúrgica se celebra en su Basílica el primer domingo del mes de mayo, se celebren dichos años Marianos en la Ciudad de Castellón, trasladando a este fin solemnemente la Imagen de Nuestra Señora de Lledó, que secularmente se venera en la Basílica, a la Iglesia Con-Catedral de Santa María de la Ciudad de Castellón”.

Dado que el próximo año de 2014 reincide en domingo la fecha de la solemne coronación canónica de la imagen de Santa María de Lledó, por el presente

 

DECLARO

que el año de 2014 sea considerado AÑO MARIANO DE LLEDÓ y que los solemnes cultos y fiestas patronales de Santa María de Lledó, Patrona de la Ciudad, con motivo la solemnidad litúrgica el primer domingo del mes de mayo, precedida del Triduo habitual los días previos y los actos litúrgicos de días siguientes se celebren en la Ciudad de Castellón, trasladando a este fin solemnemente la Imagen de Nuestra Señora de Lledó a la Iglesia Con-Catedral de Santa María de la Ciudad de Castellón.

Es nuestro deseo que este Año Mariano ayude a acrecentar la devoción de los castellonenses y de otros fieles a la Mare de Déu del Lledó y que el amor a la Virgen lleve a cuantos la veneren al encuentro con su hijo, Jesucristo, para ser sus discípulos y testigos vivos del Evangelio. Este objetivo se favorecerá, entre otras, con acciones catequéticas, litúrgicas y caritativas y, en especial, con el ofrecimiento habitual a los fieles del Sacramento de la Penitencia en la Basílica estableciendo para ello un horario diario de confesiones.

Dese a conocer este decreto y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

 

Dado en Castellón de la Plana, en la Residencia Episcopal, a treinta días del mes de octubre del Año de Gracia del Señor de dos mil trece.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

Aunar esfuerzos en la educación cristiana

Queridos diocesanos:

Hace unos semanas inaugurábamos el curso escolar para los colegios diocesanos con una Santa Misa en la Catedral de Segorbe. Nuestro deseo es que los cuatros colegios, cuyo titular es la diócesis, ofrezcan a los alumnos una educación que les ayude al pleno desarrollo su personalidad y de su ser cristianos, así como que trabajen acordes y concordes con los padres y las parroquias.

Como todos los colegios, también nuestros colegios diocesanos están influenciados por los cambios de la sociedad y de la cultura, por los problemas de la familia, por los continuos cambios del sistema educativo  y por las dificultades propias de la acción educativa, que hoy toma la forma de ’emergencia educativa’. Como dijo Benedicto XVI, cada vez es más ardua la tarea de la educación en general y de la educación cristiana en particular. Cada vez es más arduo “transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento”. Ésta es la difícil tarea no sólo de los padres, que ven reducida cada vez más la capacidad de influir en el proceso educativo de sus hijos, sino también del resto de agentes de la educación, comenzando por la escuela.

El objetivo de la educación no es simplemente enseñar cosas útiles, destrezas o habilidades, ni meramente transmitir una serie de conocimientos para ser más competitivos o alcanzar un título que garantice un puesto de trabajo lucrativo. Educar es ayudar a cada educando al pleno desarrollo de su propia personalidad en todas sus dimensiones: físicas, intelectuales, volitivas, afectivas y espirituales. Se trata de ayudar al educando a crecer en libertad y responsabilidad, a aprender a vivir en la verdad y en el bien, con amor, esperanza y perseverancia. Por eso, la educación ayuda al educando a conocerse, a poseerse, a hacerse cargo de lo que es la propia vida en el mundo para ser capaz de desarrollarla lo mejor posible, hacia adentro y hacia afuera, en la sinceridad de la propia conciencia y en el complejo entramado de relaciones interpersonales en que vivimos. Para un cristiano, todo ello ha de hacerse desde la dimensión trascendente de la persona, desde su apertura a Dios, nuestro Padre y Creador.

Por ello, si toda buena educación sólo termina cuando el educando consigue tener ante sí un ideal y un referente concreto de vida, para los cristianos este referente imprescindible es Jesucristo. Él es nuestro ideal absoluto, hombre perfecto y Dios verdadero para nosotros, en quien nos descubrimos en nuestro origen, en nuestra vocación y en nuestro destino. Por ello no hay verdadera educación si los padres católicos, con la ayuda de la escuela, de la parroquia y otros educadores, no son capaces de llevar a sus hijos al descubrimiento, la elección y la estima de Jesucristo como modelo y norma viviente de su pensamiento, de sus deseos y de sus acciones. Jesucristo es la columna vertebral de la educación de todo cristiano.

Todo lo que favorezca el crecimiento en la fe y la vida cristiana de niños y adolescentes, será beneficioso para su educación integral, es decir para el pleno desarrollo de su personalidad. En la educación, padres, escuela y parroquia no pueden ir por separado y menos aún ser contrapuestos, sino que han de caminar acordes y concordes, bien conjuntados y coordinados.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Por una parroquia viva y evangelizadora

Queridos diocesanos:

Hace unos día celebrábamos el 25º Aniversario de la Parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza de Castellón. Veinticinco años de existencia son motivo para la acción de gracias a Dios, para la alegría y para la esperanza.

Esta comunidad parroquial está de enhorabuena al celebrar veinticinco años de rica existencia. Damos gracias a Dios, porque en ella muchos han nacido a la fe cristiana, han sido engendrados a la vida de los hijos Dios, incorporados a Cristo y a la comunidad de la Iglesia por el Bautismo; gracias a ella, muchos han conocido a Jesús y su Evangelio, se han encontrado con Él y han madurado en la fe mediante la escucha y la acogida de la Palabra de Dios y han alimentado su vida cristiana en la oración y en los Sacramentos. Y otros muchos han encontrado en ella fuerza para la misión y el testimonio de la fe, personal o asociado, motivos para la esperanza, consuelo en la aflicción y ayuda en la necesidad.

Pero ¿qué hacer cuando muchos bautizados se alejan de la vida parroquial y cada vez más personas en el barrio no conocen a Jesucristo? ¿Qué hacer para que la parroquia sea viva y evangelizadora? Son las preguntas que me hizo un feligrés después de la Misa de acción de gracias; unas preguntas que valen para otras parroquias.

Antes de nada hay que caer en la cuenta que una parroquia es una comunidad cristiana estable, que está formada por todos los cristianos que viven en un territorio determinado y presidida por un sacerdote enviado por el Obispo. La parroquia no es el territorio, el templo o un simple lugar donde se ofrecen servicios religiosos, sino la comunidad de fieles, que presidida por el párroco, anuncia y acoge la Palabra de Dios, celebra la fe en los Sacramentos, vive la caridad y sale a evangelizar. En cada parroquia se hace presente y operante la Iglesia de Cristo y, por consiguiente, a cada una se le confía la misma misión de la Iglesia: evangelizar a todos los hombres que viven en su territorio y con ellos colaborar a extender el Evangelio por todo el mundo. Toda la vida interna de una comunidad parroquial – la escucha de la palabra de Dios, la oración, la caridad fraterna, la Eucaristía y el restos de los sacramentos – debe hacerse testimonio, provocar la admiración y la conversión, y hacerse anuncio de la Buena Noticia.

Para que esto sea posible, todos los fieles cristianos que integran la comunidad parroquial están llamados y han de ser ayudados a ser miembros vivos de la comunidad, unidos a la piedra angular que es Cristo, Vida para el mundo; es decir, están llamados y han de ser ayudados a ser verdaderos creyentes, co-discípulos y testigos del Señor. Así se generará esa comunidad que será en el pueblo o en el barrio signo de la presencia de Dios, ámbito donde Cristo sale al encuentro de los hombres para comunicarles su vida de amor que crea lazos de comunión fraterna. La parroquia será viva en la medida en que viva fundamentada y ensamblada en Cristo, piedra angular; la comunidad parroquial será iglesia viva si por sus miembros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de vida y de amor con Dios y con los hermanos, que se deja evangelizar y sale a la misión.

Necesitamos una conversión personal de todos a Cristo y a nuestra condición de cristianos; y también necesitamos una conversión ‘pastoral’ para pasar del mantenimiento a la misión. Sabemos que el Señor Resucitado sigue presente por su Espíritu en medio de nosotros. Él nos impulsa a unir esfuerzos para que cada comunidad sea viva y evangelizadora hacia adentro y hacia afuera.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Visita Pastoral al Arciprestazgo de Ntra. Sra. la Virgen del Carmen (Costa)

A todo el Pueblo de Dios en el Arciprestazgo de  ‘Ntra. Sta. Virgen del Carmen’ (COSTA)

 

Amados todos en el Señor:

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo os saludo a todos los fieles cristianos católicos del Arciprestazgo de la ‘Costa’. Os anuncio que, si Dios quiere, desde el día 9 de noviembre hasta el día 22 de diciembre próximos haré la Visita Pastoral a todas las parroquias y comunidades religiosas de vuestro Arciprestazgo.

La Visita Pastoral es un tiempo de gracia de Dios. Se llama Pastoral por ser la visita del pastor de la Iglesia diocesana. Esto es el Obispo en nombre y a imagen de Jesucristo, el Buen Pastor. La Visita Pastoral es una de las tareas más importantes y hermosas del ministerio del Obispo. En ella quiero, ante todo, confirmaros en la fe en Cristo Jesús para avivar vuestra caridad y fortalecer vuestra esperanza. En este momento, el Señor nos llama y nos alienta a vivir con mayor alegría y fidelidad el don y la belleza de nuestra condición de cristianos en el seno de su Iglesia. El Señor quiere que seamos sus testigos en medio de un mundo desorientado y de una sociedad que sufre una profunda crisis no sólo económica, sino sobre todo moral, familiar, social y espiritual. Todos estamos invitados a implicarnos en la misión de la Iglesia, que nos llama a una nueva evangelización.

En la Visita deseo encontrarme con todos: sacerdotes, religiosas y seglares. Deseo estar con los niños y los adolescentes, con los jóvenes y los adultos, con los mayores y los enfermos, con los miembros de asociaciones y cofradías, con los consejos y los grupos parroquiales, con los catequistas, voluntarios de cáritas, cantores y otros colaboradores de las parroquias, así como con los alumnos y profesores de colegios de la Iglesia y de clase de Religión en otros colegios e institutos. Vuestros sacerdotes os darán a conocer el horario de los actos de la Visita Pastoral en cada parroquia. En cada una celebraré la Eucaristía para orar con vosotros y por vosotros. A ella os invito muy especialmente. Oremos ya desde ahora por la intercesión de la Virgen de la Cueva Santa y Santa Quiteria por los frutos espirituales de esta Visita Pastoral.

Finalmente os invito a todos a la Eucaristía de apertura de la Visita Pastoral para todo el Arciprestazgo el día 9 de noviembre en la Iglesia parroquial de Torreblanca a las 6 de la tarde. Haced un pequeño esfuerzo. Os espero.

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fe, caridad y misión

Queridos diocesanos:

La Jornada del Domund, el domingo 20 de octubre, nos recuerda algo que es connatural a la Iglesia entera y a todo bautizado: la misión. La comunidad de los creyentes ha sido convocada por Jesús para ser enviada. Su misión consiste en llevar a todos los hombres de todos los tiempos la Buena Nueva del amor de Dios hacia todos los hombres, realizada y ofrecida en Jesucristo y en su Iglesia.

En el Año de la fe, esta Jornada tiene como lema: ‘Fe + caridad = misión”. La fuerza misionera de todo cristiano y de toda comunidad cristiana dependen de la fortaleza de su fe y de su caridad. Como nos recordó Benedicto XVI: “No hay mayor obra de caridad que el anuncio del Evangelio”. Durante este Año de la fe hemos tenido ocasión de avivar la fe y de redescubrir la alegría de creer para impulsar el anuncio del Evangelio. La fe es un don precioso de Dios, que abre nuestra mente y nuestro corazón para que lo podamos conocer y amar. Dios sale a nuestro encuentro, Dios quiere hacernos partícipes de su misma vida y hacer que la nuestra esté más llena de significado, sea más bella y mejor. Pero la fe necesita ser acogida, es decir, necesita nuestra respuesta personal, el coraje confiar en Dios, de vivir su amor, agradecidos por su infinita misericordia.

Ahora bien, la fe es un don que no es sólo para unos pocos, sino que se ofrece a todos generosamente; es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si lo guardamos sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos. El anuncio del Evangelio forma parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia. “Una comunidad es “adulta”, nos recuerda el Papa Francisco, cuando profesa la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a los “suburbios”, especialmente a aquellos que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo”.

El mandato de Jesús,“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) sigue siendo válido hoy. Y no sólo en los llamados ‘países de misión’; también nuestra tierra es país misión: crece el número de quienes desconocen a Jesucristo y, para muchos bautizados, Dios, Jesucristo y su Evangelio significan poco o nada en su vida. Jesús nos llama de nuevo a todos, comunidades y fieles cristianos, a reavivar nuestra conciencia y compromiso misioneros: es hora de anunciar a Dios y su Amor. !Dios nos ama!. Es hora de anunciar a Jesucristo y su Evangelio sin complejos y sin miedos. Requisito básico para acoger la invitación del Señor es que experimentemos personalmente que Dios nos ama, que las comunidades vivan y transmitan el misterio del amor misericordioso de Dios hacia todos y que sean signos de este Dios para los hombres y mujeres de hoy.

Es necesario también que los cristianos nos encontremos personalmente con el Señor Jesús, acojamos en Él a Dios que nos ama, aprendamos a amarle, vivamos la fe y la caridad. Este es el humus en que surgen las vocaciones a la misión. Quien acoge y experimenta el amor de Dios, se convierte en testigo de este amor para los demás.  Este ha sido el caso de tantos hijos e hijas de esta Iglesia, que han desgastado sus vidas en la misión. El amor es la fuerza y el criterio de la misión. Ser misioneros significa amar a Dios con todo lo que uno es hasta dar la vida por Él para que otros lo conozcan y experimenten en su vida.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente,

Obispo de Segorbe-Castellón

Testigos de la fe y del perdón

Queridos diocesanos:

El próximo Domingo, día 13 de octubre, serán beatificados en Tarragona 522 mártires, que entregaron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX. Tres de ellos habían nacido en el territorio actual de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón: Enrique Andrés Monfort, hermano Marista (H. Benedicto), era natural de Villafranca del Cid; Mosén José Mª Piquer Arnau, era natural de Onda, y Mosén José Manuel Claramonte Agut, de Almazora; ambos eran sacerdotes de la Hermandad de los Operarios diocesanos. A ellos se une Sor Martina Vázquez, natural de Cuellar (Segovia) e Hija de la Caridad, que estaba al frente de la Comunidad que atendía el Hospital de Segorbe. Es, pues, una celebración que nos toca muy de cerca; un día para la acción de gracias a Dios por estos hermanos nuestros que derramaron su sangre por su condición de creyentes cristianos.

Con su beatificación, la Iglesia declara solemnemente que todos ellos murieron como testigos heroicos del Evangelio. Después de un largo y minucioso estudio e investigación, caso por caso, consta que todos entregaron su vida cruentamente por ser cristianos católicos. Esa fue la única razón por la que murieron. No son caídos de la guerra, sino mártires de Cristo. No son fruto de una contienda en la que caen de uno y otro bando, sino testigos de la fe en Jesucristo hasta la muerte. No cabe duda que murieron víctimas de una persecución religiosa contra la fe e Iglesia católica. Nuestros mártires no murieron en el frente, ni por su militancia política; fueron buscados y asesinados por ser cristianos católicos. Eran obispos, sacerdotes, frailes o monjas o seglares creyentes, de todas las edades y clases sociales. Se les pidió renunciar a su fe, y ellos se mantuvieron firmes en esa fe y en su amor a Cristo.

Este mismo amor a Cristo les llevó a responder al odio con el amor y el perdón. Ellos murieron perdonando y amando a sus verdugos. Así nos dejaron el hermoso e impagable testimonio del perdón como el único camino para la reconciliación y la construcción de un futuro común donde todos tienen su sitio. El camino de la construcción de una sociedad verdaderamente humana no son ni el odio ni el deseo de destrucción del diferente, sino sólo el amor, que implica respeto, perdón y reconciliación. Nuestros mártires no ofendieron a nadie, no impusieron a nadie sus creencias, querían vivir en libertad la fe cristiana. Su trabajo, como el de Jesucristo, fue pasar haciendo el bien, pero el odio contra la religión no los soportaba. Llenos de fe y de amor al Señor, su Dios, confortados por el rezo del santo rosario, alimentados, cuando era posible, con la eucaristía, cantando salmos, gritando vítores a Cristo, en ellos triunfó el amor y el perdón.

En este Año de la fe, los mártires del siglo XX son para nosotros modelos de fidelidad en la fe y vida cristiana en tiempos realmente convulsos: su legado es su testimonio personal de fe firme hasta la muerte y su testimonio de perdón y reconciliación. Son vidas truncadas de hombres y mujeres que merecen ser recordadas en tiempos de debilitamiento de la fe y de alejamiento de Dios y de su Iglesia, y en unos tiempos de crisis y crispación social. Demos gracias a Dios por el testimonio de estos mártires. Ellos son un signo de esperanza para todos. Que su ejemplo nos ayude a vivir nuestra fe con fidelidad en nuestros días.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón