Nombramiento del Coordinador de los Colegios Diocesanos

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcDurante los más de siete años de mi presencia en esta bendita Diócesis de Segorbe-Castellón he podido observar con gozo la riqueza pastoral y espiritual, que la anima, así como la confianza que depositan los fieles en la tarea educativa que la Igle­sia realiza. Signo de esto son los centros docen­tes católicos, unos propios de nuestra Diócesis y otros pertenecientes a diversos Ins­titutos de Vida Consagrada, y todos abiertos al servicio de la sociedad.

También he podido constatar la demanda de muchos padres, que, deseando lo mejor para sus hijos y conscientes de su responsabilidad, acuden a los centros de enseñanza católicos en busca de una educación de sus hijos, cimentada en la fe y en los valores cristianos, que les ayuden a construir una personalidad sana, configurada según el programa específico de la escuela católica, de modo que haga de ellos hombres y mujeres de bien, capaces de transformar la sociedad sobre el fundamento del amor cristiano.

Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, por iniciativa de los preclaros Obispos, que me precedieron, y del encomiable celo pastoral de sacerdotes y párrocos, tiene en su haber 4 centros de enseñanza, que requieren una atención pastoral, pedagógica y administrativa coordinada. Estos centros son: el Seminario Menor Diocesano de Segorbe, el Colegio Mater Dei de Castellón de la Plana, el Colegio Obispo Pont de Villarreal y el Colegio La Milagrosa de Segorbe.

Llevado por mi deseo de mejorar la respuesta educativa, que los padres esperan de estos centros y teniendo en cuenta las enseñanzas del Concilio Vatica­no II y su codificación en el Código de Derecho Canónico cuando trata de la educación católica (cc. 793-795), y de las responsabilidades que incumben al Obispo en relación con la Escuela Católica (cc. 796-806), he considerado necesario nombrar un Coordinador de los citados centros diocesanos, que, integrado en nuestra Delegación diocesana de Enseñanza y en mi nombre y bajo mi autoridad, modere y coordine su acción educativa y optimice sus recursos humanos, pedagógicos y pastorales, salvaguardando la idiosincrasia y autonomía interna de cada uno de ellos.

Por todo ello, y en virtud de las facultades que me confiere el derecho de la Iglesia y vistas las cualidades que recaen en su persona y su trabajo en nuestra Delegación Diocesana de Enseñanza, por el presente,

 

NOMBRAMOS

Coordinador de los Colegios diocesanos de la Diócesis de Segorbe-Castellón a D. Mauro Soliva Ramón.

Corresponden al Coordinador de los citados Colegios diocesanos las siguientes facultades y tareas:

  1. Convocar, cuando lo considere oportuno, a los representantes de los equipos directivos de los Colegios diocesanos, para el tratamiento de las tareas que se le encomiendan. Integran esta representación: los rectores y representantes de la titularidad, los directores y los jefes de estudio de los Colegios diocesanos; y, para las cuestiones de pastoral, además de los rectores, los capellanes de dichos colegios.
  2. Potenciar la identidad católica de los Colegios diocesanos y su calidad educativa así como su integración en la vida y misión de la Diócesis.
  3. Coordinar la acción educativa de los Colegios diocesanos.
  4. Coordinar la acción pastoral en los Colegios diocesanos, y, en especial, moderar la elaboración conjunta -y su seguimiento- del plan pastoral anual de los mismos, atendiendo la programación pastoral diocesana y la de las parroquias afectadas así como la idiosincrasia de cada centro. El Plan pastoral será presentado a la aprobación del Obispo diocesano.
  5. Dirigir y coordinar la formación permanente del profesorado, equipos directivos, personal de administración y servicios, así como de las familias en los Colegios diocesanos, optimizando sus recursos humanos y materiales.
  6. Promover la integración de la acción educativa de los Colegios diocesanos, padres-madres de alumnos y de las parroquias.
  7. Velar por la aplicación en los Colegios diocesanos de los criterios de selección de los miembros de los equipos directivos, profesores y personal de administración, garantizando su recta doctrina, testimonio de vida cristiana, capacidad pedagógica y/o profesional, y su seguimiento en el desempeño de sus tareas.
  8. Asesorar a los responsables de los Colegios diocesanos en sus relaciones con la Administración educativa.
  9. Coordinar la adquisición y optimizar el uso de los recursos pedagógicos, didácticos y de gestión de los centros.

Envíese el presente a los interesados y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

Dado en Castellón de la Plana, en la Residencia Episcopal, a veintinueve días del mes de noviembre del Año de Gracia del Señor de dos mil trece.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

Fray Luis Amigó y Ferrer, Obispo de Segorbe

Queridos diocesanos:

En este año de 2013 conmemoramos los cien años de la llegada a la Diócesis de Segorbe, de mi venerable predecesor, fray Luis Amigó y Ferrer (Masamagrell [Valencia]1854-1934). Perteneciente a la orden capuchina. Fray Luis había fundado los Institutos de Terciarios Capuchinos y Terciarias Capuchinas para la atención de la infancia y juventud marginada. Siendo Obispo de Solsona, el Papa le trasladó a la de Segorbe, de la que fue Obispo desde el 18 de julio de 1913 hasta el año 1934, en que falleció en Masamagrell.

Su episcopado se caracterizó por una fuerte implicación social y una viva preocupación por la atención a los más necesitados, por la organización y atención de las parroquias, la promoción de movimientos juveniles y la difusión de la doctrina a través de cartas pastorales y obras impresas. Fray Luis tenía una profunda devoción a la Eucaristía y a María Santísima. Es de destacar también su gran inquietud por la conservación de los bienes culturales de la Iglesia, creando el ansiado Museo Diocesano en el Palacio Episcopal, precedente del actual Museo Catedralicio de Segorbe; con ello quería favorecer la seguridad, conservación y muestra del patrimonio artístico de la Iglesia, maltratado a lo largo de todo el siglo XIX, tras continuas guerras, expolios, conflictos y desamortizaciones. Su condición de conventual hizo que Fray Luis cuidara de modo particular la presencia de comunidades religiosas en la Diócesis.

 Al Obispo Amigó le tocó, sin embargo, vivir en una España difícil, de incipiente laicismo e indiferencia religiosa así como de ligereza en la práctica cristiana. Reinaba un ambiente de conflictividad, como queda reflejado en sus escritos. Sus pastorales muestran su preocupación por la información y la imagen de la Iglesia en los medios impresos, por la conservación del patrimonio eclesiástico y por la enseñanza de la doctrina cristiana. Famosa fue su Pastoral Acatamiento y colaboración con las autoridades de la República, donde denunció la persecución de la Iglesia tras el ataque a los templos en mayo de 1931, a la vez que mostró el papel conciliador de los hijos de Dios:“No neguemos nuestro concurso a las autoridades que lo deseen, para que nuestra España siga por el camino de la paz y orden, y respeto comenzados”. Ante la precariedad del mantenimiento del Culto y del clero por la supresión de las partidas respectivas en el presupuesto del Estado, sus palabras siempre fueron esperanzadas, buscando la colaboración de todos los fieles en el mantenimiento de la Iglesia ante la nueva situación. Sin embargo, Fray Luis veía en la buena catequesis e instrucción cristiana del pueblo fiel el mejor apostolado en aquellos tiempos difíciles.

Como religioso, prelado y fundador de dos Congregaciones, Monseñor Amigó fue una de las personalidades más prestigiosas en el ámbito de la espiritualidad hispana de la primera mitad del pasado siglo. Que esta efeméride sirva para recordar y difundir la persona y los valores del Obispo Amigó, ejemplo y testimonio de buen cristiano y obispo, de fe eucarística y devoción mariana, de preocupación pastoral y social en momentos de especial dificultad, siempre bajo el amor misericordioso de Dios y a la sombra de la cruz de Cristo crucificado. Que la fe en Cristo y la impronta de su caridad en nuestros corazones nos acerquen a las ‘periferias existenciales’ y a los marginados y abandonados por la sociedad, como reflejo del amor y de la misericordia de Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Clausura del Año de la Fe

Queridos diocesanos:

El Año de la Fe, convocado por el Papa emérito Benedicto XVI e inaugurado por él mismo el 11 de octubre del pasado año, será clausurado por su sucesor, el papa Francisco, el próximo Domingo, 24 de noviembre, Festividad de Jesucristo, Rey del Universo. En nuestra Diócesis celebraremos la clausura la víspera, la mañana del sábado 23 de noviembre, con una solemne celebración Eucarística en la Santa Iglesia Concatedral de la Diócesis en Castellón; estará precedida con concentraciones y celebraciones en torno a la fe en cuatro iglesias cercanas, desde las que peregrinaremos en procesión a la Concatedral haciendo profesión pública de nuestra fe. Os invito de corazón a todos a esta celebración diocesana para mostrar con humildad la belleza de nuestra fe y compartir la alegría de creer.

Con estos actos, deseamos, ante todo, dar sentidas gracias a Dios por los abundantes dones que de Él hemos recibido durante este tiempo de verdadera gracia: ha sido un año en que, con la ayuda de Dios, hemos abierto un poco más nuestro corazón a Dios, y se ha avivado y fortalecido nuestra fe personal y comunitaria; un año en que hemos profesado repetidamente nuestra fe, recitando más conscientemente el Credo; un tiempo en que muchos hemos podido profundizar en el conocimiento de los contenidos fundamentales de nuestra fe, en que hemos celebrado en las comunidades y en la Diócesis el tesoro inmenso de la fe recibida; un año en que, con la ayuda de la gracia, hemos intentado vivir más fiel y radicalmente la fe y vivirla en la caridad y en la existencia diaria.

Gracias queremos dar a Dios por el don de los 522 mártires del siglo XX en España, beatificados en Tarragona, en especial por los siete naturales del actual territorio de nuestra Diócesis. Como os decía en una carta anterior, nuestros mártires son “testigos de la fe y del perdón”. A nadie debería molestar que demos gracias a Dios por estos testigos de la fe. Tampoco podemos avergonzarnos de hacerlo. El mismo Benedicto XVI, en su carta Porta fidei, nos invitaba a recorrer la historia de nuestra fe, entremezclada del misterio de la santidad y del pecado. Si la constatación del pecado ha de llevarnos a la conversión y a la reconciliación con Dios y los hermanos, esto no impide que recordemos que “por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores” (n. 13).

Concluido el Año de la fe permanece la necesidad de mantenerla viva, de profesarla y conocerla, de celebrarla y vivirla para ser testigos de Jesucristo y de su Evangelio. Jesús nos llama a ser sus discípulos y misioneros. Lo que hemos recibido gratis, gratis lo hemos de ofrecer a todos. Nuestra Iglesia diocesana, todos cuantos la integramos, fieles y comunidades, deberíamos sentirnos misioneros. El Papa Francisco nos urge a salir a las “periferias existenciales”. Son todas aquellas realidades a las que no ha llegado la Buena Noticia del Amor de Dios revelado y realizado en su Hijo Jesucristo, que cura y sana, que perdona y reconcilia, que da aliento y esperanza en el camino hacia la vida eterna, que da la fuerza para que hombres y mujeres se dejen transformar por el amor y la misericordia de Dios. Y estas periferias no están lejos; están a nuestro lado, a nuestra puerta. Y esperan que se les anuncie y ofrezca a Cristo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuestra Iglesia: Con todos y al servicio de todos

Queridos diocesanos:

El domingo, 17 de noviembre celebramos el día de la Iglesia Diocesana. Esta Jornada quiere ayudarnos a todos los católicos a tomar conciencia de nuestra pertenencia a una Iglesia diocesana, en nuestro caso a la Diócesis de Segorbe-Castellón.

Con frecuencia me encuentro con cristianos católicos que desconocen qué es la Iglesia diocesana, o con católicos que tienen una imagen distorsionada de la misma. Se piensa que es un conjunto de organismos o servicios, o un territorio concreto; en cualquier caso, para muchos se trata de algo ajeno y lejano a ellos. Y, sin embargo, nuestra Diócesis es todo lo contrario.

La Iglesia diocesana la formamos todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano: el Obispo, los sacerdotes, los diáconos, las religiosas y los religiosos y todos aquellos católicos, creyentes en Jesucristo, Hijo de Dios. En ella se hace presente la única Iglesia de Cristo, se comunica la vida divina al hombre y experimentamos en nuestras vidas el misterio del amor insondable que es Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros. En esta Iglesia nacemos a la fe, conocemos y nos encontramos con Jesucristo, proclamamos y acogemos la Palabra de Dios y la celebramos con alegría en la liturgia; en ella vivimos la caridad con el prójimo, en especial con los más necesitados de pan, de cultura y de Dios. En ella actúa el amor de Dios como fermento y alma de la sociedad para que, descubriendo la verdad más profunda del ser humano, todo se vaya transformando  y humanizando según Dios. Desde ella hemos de salir del propio ambiente para llevar el Evangelio a todos, especialmente a aquellos que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo o que, conociéndolo, se han alejado de Él y de la comunidad eclesial.

Nuestra Iglesia diocesana es una porción del Pueblo de Dios, extendido por todo el mundo; somos -y estamos llamados a ser- una verdadera comunidad, una gran familia: la gran familia de los creyentes en Cristo y de los hijos de Dios, en la que todos hemos de sentirnos como en nuestra propia casa. Al igual que ocurre en nuestra familia humana, ningún cristiano católico puede considerarse ajeno a la gran familia de la Iglesia diocesana: es nuestra iglesia, la iglesia de todos. La Diócesis es nuestra familia y como tal la debemos amar, conocer, vivir y ayudar. Todos estamos llamados a vivir en una relación viva, participativa y real con la vida y misión de nuestra Diócesis; los responsables de las comunidades parroquiales y otras comunidades cristianas están llamados a favorecer la relación de su respectiva parroquia o comunidad y de quienes la integran con el Obispo y la iglesia diocesana.

Y, así como el amor de Dios Padre y la obra salvadora de su Hijo, Jesús, están destinados a todos, del mismo modo la Iglesia está con todos y al servicio de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, de los cercanos y alejados, de los nativos y de los inmigrantes. Colaborar con nuestra Iglesia Diocesana es colaborar con el bien propio, con el de nuestra familia, con el de nuestros jóvenes y mayores, con el de los más necesitados en estos momentos de crisis, con el de una sociedad en la que vaya creciendo cada día la civilización del amor fraterno y solidario, donde el amor misericordioso de Dios se haga presente. Hemos de redoblar nuestra generosidad para que no nos falten los medios para que el amor de Dios llegue a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Elección de la Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad como Asociación Pública de Fieles

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcLa ‘Fraternidad Cristiana de Enfermos’, inició en el año 1955 sus actividades en la Ciudad de Castellón de la Plana, que pertenecía entonces a la Diócesis de Tortosa. El 31 de mayo de 1960, el Decreto de la Sagrada Congregación Consistorial “De mutatione finium Dioecesium Valentinae-Segobricensis-Dertotensis”, configuraba el territorio de la actual diócesis de Segorbe-Castellón, pasando Castellón de la Plana y otras zonas de la Diócesis de Tortosa a la de Segorbe-Castellón. No consta que en su momento o posteriormente la ‘Fraternidad Cristiana de Enfermos’, que en la actualidad se denomina ‘Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad’, fuera erigida canónicamente ni que sus estatutos fueran aprobados por el Obispo diocesano de Segorbe-Castellón.

Así, pues, aunque exista y funcione de hecho como ‘Frater Diocesana’, ésta carece de erección canónica, no dispone de estatutos aprobados por el Obispo diocesano y , en consecuencia, por derecho no forma parte de la ‘Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad de España’ por no contar con estatutos aprobados por el Obispo diocesano (cf. Art. 20 Estatutos de Frater España), ni por lo mismo pueda ser considerada Movimiento apostólico de Acción Católica, aunque venga funcionando y siendo admitida como tal.

Considerando el deseo de ‘Frater diocesana’ de regularizar canónicamente esta situación, y visto su escrito de 8 de junio de 2012 por el que solicita la erección canónica de Frater Segorbe-Castellón como Movimiento Apostólico de Acción Católica así como la aprobación episcopal de los estatutos presentados con la misma fecha; y considerando que los Estatutos presentados son conformes al derecho canónico y los estatutos de Frater España;

Por el presente:

ERIGIMOS la “Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad de la Diócesis de Segorbe-Castellón” como asociación canónica pública de fieles, con personalidad canónica jurídica pública y como Movimiento apostólico de Acción Católica en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón y APROBAMOS los Estatutos de dicha Fraternidad.

Una vez aprobados los Estatutos, la Frater Diocesana deberá convocar Asamblea Diocesana Extraordinaria (Art. 36) para proceder a la elección de Presidente, representantes en órganos de la F.C.P.D y la ratificación de los miembros del Equipo Diocesano. Asimismo deberá hacer la propuesta al Obispo diocesano de un sacerdote para su nombramiento como Consiliario diocesano (Art. 60 Estatutos de Frater Diocesana).

El presente decreto en nada afecta a la existente asociación civil ‘Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad de Castellón’, constituida el 4 de junio de 1989′ e  inscrita con el número 1.196 de la Sección Primera del Registro Autonómico de Asociaciones, unidad Territorial de Castellón. Ambas asociaciones son distintas por su denominación, naturaleza -canónica y civil-, por su régimen -estatutos distintos-, por el ámbito -diocesano y provincial, respectivamente-. por su patrimonio, administración de bienes, y derechos y obligaciones de cualquier tipo. En todo caso, con este decreto la Diócesis de Segorbe-Castellón no asume ni en el presente ni en el futuro obligación o responsabilidad alguna del tipo que fuere que pudiera tener del pasado  o como consecuencia de pactos y contratos suscritos con anterioridad o pudiera derivarse de las actividades de la citada asociación civil ‘Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad de Castellón’.

Envíense el presente y los estatutos aprobados a los interesados y publíquense en el Boletín Oficial del Obispado.

 

Dado en Castellón de la Plana, en la Residencia Episcopal, a quince días del mes de noviembre del Año de Gracia del Señor de dos mil trece.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

 

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

 

El Año de la fe toca a su fin

Queridos diocesanos:

Dentro de tres semanas clausuraremos el Año de la Fe que Benedicto XVI inauguraba el 11 de octubre del pasado año. Nuestra Iglesia lo ha vivido de manera muy intensa. Ha sido sin duda un Año de Gracia en el que hemos tenido la oportunidad de volver nuestra mirada a Dios, de renovar nuestra fe y nuestra vida cristiana, de experimentar una sincera y autentica conversión a Dios y a Jesucristo, de descubrir que sólo Cristo es capaz de colmar el vacío que produce vivir alejados de Dios. La increencia e indiferencia religiosa, el relativismo, el agnosticismo y el nihilismo han provocado en nuestro tiempo un tremendo vacío existencial. Pero, como dijo Benedicto XVI, “a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir”.

Durante este Año de la Fe hemos podido palpar una vez más en nuestras parroquias y comunidades eclesiales así como en nuestros movimientos eclesiales signos de la sed de Dios y del sentido último de la vida que, aunque a veces sea de una forma velada o implícita, se esconde en el corazón de todo hombre, especialmente de los jóvenes: sed de verdad, sed de belleza, sed de amor, sed de felicidad. La respuesta del Señor no es otra sino una fe total en Él y su seguimiento. Antes de nada es necesario abrirse a Dios, a su gracia y a su amor, que nos transforma y renueva, que nos llama a la conversión y a una vida nueva y renovada. Para seguir a Cristo Jesús es necesario creer en Él, fiarse de Él y confiar plenamente en Él. La fe es esa puerta (cf. Hch 14, 27), que nos introduce en la vida eterna, en la felicidad, en la vida de comunión con Dios; a la vez que nos permite la entrada en su Iglesia. Y esta puerta está siempre abierta.

Hemos de dejarnos amar y abrazar por el Señor que sale diariamente a nuestro encuentro en su Palabra y en sus Sacramentos, en cada persona y en cada acontecimiento. En esto consiste precisamente la fe cristiana: en el encuentro personal con Jesucristo, el Hijo de Dios vivo y presente en medio de nosotros, en el seno de la comunidad de los creyentes. Cristo es el centro de nuestra fe, que es, ante todo, la adhesión plena de mente y de corazón a Cristo y a su Evangelio; una adhesión gozosa y total que cambia y orienta la vida, que mueve al seguimiento radical de Cristo, dejando falsas seguridades. Así lo decía el Papa Francisco: “Quien ama al Señor Jesús, acoge en sí a Él y al Padre, y gracias al Espíritu Santo acoge en su corazón y en su propia vida el Evangelio. Aquí se indica el centro del que todo debe iniciar, y al que todo debe conducir: amar a Dios, ser discípulos de Cristo viviendo el Evangelio”. De esta forma los cristianos nos convertiremos en la “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5,13-16) que, en medio del vacío y del desierto, indicarán el camino hacia la Tierra prometida y mantendrán viva la esperanza. Hoy más que nunca evangelizar en nuestro mundo significa dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino.

Pidamos a nuestra Madre, la Virgen María, que nos enseñe a abrir nuestra mente y nuestro corazón al Señor. Él nos quiere enseñar nuevamente el ‘arte de vivir’, que se surge de una intensa relación con Él, para redescubrir todos los días de nuestra vida la alegría de creer y volver así a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón