Indulgencia Plenaria en nuestra Diócesis en el Año de la Fe

 CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SEDE APOSTÓLICA

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcEstamos celebrando el Año de la fe, convocado por el Santo Padre Benedicto XVI para toda la Iglesia, coincidiendo con el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II y los 20 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

En conformidad con el pensamiento del Santo Padre, Benedicto XVI, la Penitenciaría Apostólica, por medio de un Decreto de 14 de septiembre de 2012, establecía las disposiciones para que los fieles puedan alcanzar el don de la Indulgencia Plenaria durante el Año de la fe, con el fin de que “estén más estimulados al conocimiento y al amor de la Doctrina de la Iglesia católica y de ella obtengan frutos espirituales más abundantes”.

El citado Decreto invita a que el Ordinario del lugar determine los lugares y los tiempos en la Diócesis para lucrar la Indulgencia Plenaria de la pena temporal por los propios pecados, aplicable en sufragio de las almas de los fieles difuntos.

Con este fin, establecemos las siguientes disposiciones para nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón:

 

– PRIMERO: Recomendamos a todos los fieles que peregrinen a la S.I. Catedral para realizar profesión solemne de fe ante la pila bautismal de nuestra Iglesia madre. Esta peregrinación podrá ser completada con la invocación de la protección de Santa María, la Virgen de la Cueva Santa, madre y modelo de la fe. Quienes realicen esta peregrinación podrán alcanzar la indulgencia plenaria de sus pecados.

 

– SEGUNDO: Designamos, así mismo, como lugares de peregrinación en los que se puede alcanzar la gracia jubilar, además de la S.I. CATEDRAL, la S.I. CONCATEDRAL DE SANTA MARÍA EN CASTELLÓN, el SANTUARIO DE LA CUEVA SANTA EN ALTURA, la BASÍLICA DE SAN PASCUAL EN VILLARREAL y la BASÍLICA DE LA VIRGEN DE LLEDÓ EN CASTELLÓN.

 

– TERCERO: Los fieles podrán lucrar la Indulgencia si participan en un lugar sagrado en una solemne celebración eucarística o en la liturgia de las horas, añadiendo la profesión de fe, en las siguientes solemnidades o fiestas:

* Pascua de Resurrección, Ascensión y Pentecostés, Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado Corazón de Jesús y Jesucristo, Rey del Universo.

* La Asunción de Nuestra Señora.

* San José, Santos Pedro y Pablo, Santiago Apóstol, Natividad de San Juan Bautista y San Pascual Baylón.

* Solemnidades del patrono principal del lugar, pueblo o ciudad y solemnidad del título de la propia iglesia.

* Un día, durante el Año de la fe, elegido libremente por cada fiel para realizar una piadosa visita al baptisterio o lugar en el que recibió el sacramento del Bautismo y allí renueve las promesas bautismales en cualquier forma legítima.

 

– CUARTO: Para favorecer el acceso al sacramento de la Penitencia, concedemos, durante el tiempo del Año de la fe, las facultades recogidas en el canon 508 §1 del Código de Derecho Canónico a todos los canónigos del Cabildo Catedralicio a fin que puedan oír las confesiones de los fieles limitadas al fuero interno. A la vez, pido a todos los sacerdotes que dediquen especial interés a la atención a los fieles en la sede penitencial.

 

Para alcanzar la Indulgencia, que se puede aplicar también en sufragio de las almas de los difuntos, es preciso que los fieles, verdaderamente arrepentidos, se hayan confesado, hayan comulgado sacramentalmente y oren por las intenciones del Romano Pontífice.

Aquellos fieles que por graves motivos no puedan participar de las solemnes celebraciones jubilares, como es el caso de todas las monjas que viven en los monasterios de clausura, los ancianos, los enfermos, así como quienes, en hospitales u otros lugares de cuidados, prestan servicio continuo a los enfermos, y también los encarcelados, podrán obtener la Indulgencia Plenaria si, tal y como recoge el Decreto de la Penitenciaría Apostólica, “unidos con el espíritu y el pensamiento a los fieles presentes, particularmente en los momentos que las palabras del Sumo Pontífice o de los obispos diocesanos se transmitan por televisión y radio, reciten en su propia casa o allí donde el impedimento les retiene (por ejemplo en la capilla del monasterio, del hospital, de las estructura sanitaria, de la cárcel…) el Padrenuestro, la Profesión de Fe en cualquier forma legítima, y otras oraciones conforme a las finalidades del Año de la fe, ofreciendo sus sufrimientos o los malestares de la propia vida”.

Con el deseo de que la gracia de este Jubileo en el Año de la fe contribuya a acrecentar en todos el deseo de santidad, nos refuerce la alegría de creer y nos fortalezca en la confesión pública de la fe cristiana, expido el presente

En Castellón de la Plana a veinte de febrero de dos mil doce.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mí,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

 

Compartir la alegría de la fe

Queridos diocesanos:

Nuestra Iglesia diocesana se prepara para celebrar en el Auditorio de Castellón el segundo gran Encuentro diocesano, el día 23 de febrero. El primero lo celebramos hace dos años y giró en torno a la Eucaristía, núcleo de la acción pastoral aquel curso; también nos sirvió para preparar la inolvidable Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. La experiencia gozosa de Iglesia diocesana de aquel primer encuentro en torno a la Eucaristía y al Obispo diocesano, que la preside en el nombre del Señor, fue tan intensa y tan hermosa que muchos pidieron celebrar este tipo de encuentros periódicamente.

Este vez, la ocasión nos la ofrece el Año de la fe, que estamos celebrando en toda la Iglesia. En su convocatoria, el Papa Benedicto XVI, nos exhorta, entre otras muchas cosas, a “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” y así “redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe” (Porta fidei, 2, 7). Este es precisamente el principal objetivo de este encuentro diocesano: la celebración gozosa como Iglesia diocesana de nuestra fe en Cristo Jesús, el Hijo de Dios vivo, que nos ayude a redescubrir y profundizar la alegría de nuestra fe. La oración comunitaria, la reflexión, los testimonios de fe de algunos hermanos, la belleza de los cantos, la comida fraterna, el encuentro con otros fieles de las distintas partes de nuestra Diócesis y, sobre todo, la celebración de la Eucaristía, misterio de la fe, y su exposición y adoración permanente durante el encuentro serán momentos de gracia para compartir y fortalecer la alegría de ser creyentes, discípulos del Señor y miembros de su Iglesia. No faltará la posibilidad del reencuentro con el amor reconciliador de Dios en el sacramento de la Penitencia, fuente paz y de alegría interior.

San Pablo en su carta a los Filipenses nos invita también a la alegría: “Alegraos siempre en el Señor” (Fil 4,4). La verdadera alegría no es fruto del divertirse; es decir, desentenderse de las dificultades y los empeños de la vida y de sus responsabilidades. La verdadera alegría está vinculada a algo más profundo: al encuentro personal con Cristo presente en el seno de la comunidad de los creyentes, la Iglesia. Cierto que en la vida es importante encontrar tiempo para el reposo y la distensión; pero la alegría verdadera está ligada a la relación y comunión con Dios, al saberse en todo momento amado por Dios y en sus manos.

Quien ha encontrado a Cristo en la propia vida, experimenta en el corazón una serenidad y una alegría que nadie ni nada pueden quitar. San Agustín lo entendió muy bien; en su búsqueda de la verdad, de la paz, de la alegría, tras haber buscado en vano en múltiples cosas, concluye con la célebre frase: el corazón del hombre está inquieto, no encuentra serenidad y paz hasta que no reposa en Dios (cf. Confesiones, I,1,1). La verdadera alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, ni algo que se puede lograr con el propio esfuerzo. La verdadera alegría es un don, que nace del encuentro con la persona viva de Jesucristo, de hacer a Dios espacio en nosotros y de la acogida dócil del Espíritu Santo que guía nuestra vida.

A todo ello nos ayudará este Encuentro diocesano. Todos estamos invitados y convocados: niños, adolescentes y jóvenes, adultos y mayores, seglares, religiosos y sacerdotes, matrimonios y familias cristianas. Para todos hay espacio. Os espero.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El cristiano ante el sufrimiento humano

Queridos diocesanos.

El once de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes, celebramos la Jornada Mundial del Enfermo. En este Año de la fe, esta Jornada ofrece una ocasión muy especial para la reflexión desde la fe sobre el dolor humano y para renovar nuestro compromiso personal y comunitario hacia los enfermos.

El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra. Es justo luchar contra el dolor y la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. La ‘clave’ cristiana de esta lectura es la cruz del Señor. La pasión de Cristo es la única que puede dar luz a este misterio del sufrimiento humano, de modo particular al dolor del inocente. El Verbo encarnado acogió nuestra debilidad, asumiéndola sobre sí en la cruz. En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Los padecimientos de Jesús fueron el precio de nuestra salvación.

Desde entonces, nuestro dolor puede unirse al de Cristo y, mediante él, participar en la Redención de la humanidad entera. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido, que lo hace singularmente valioso. Desde entonces, la cruz brilla como suprema manifestación del amor que Dios siente por nosotros. Quien sabe acogerla con fe en su vida, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de esperanza y salvación, purifica y eleva el alma, aumenta el grado de unión con la voluntad divina, nos ayuda a desasirnos del excesivo apego a la salud y nos hace corredentores con Cristo.

La Jornada del Enfermo debe estar caracterizada por la oración, por el compartir el dolor de los enfermos así como por el ofrecimiento del sufrimiento por el bien de la Iglesia y de la humanidad. Pero, además debe ser como un aldabonazo para que todos reconozcamos en el rostro del hermano enfermo el rostro de Cristo que, sufriendo, muriendo y resucitando, salvó a la humanidad.

El Papa nos invita a dejarnos interpelar por la figura del Buen Samaritano. Esta parábola es un referente permanente y siempre actual para toda la obra de la Iglesia y, de forma especial, para su actuar en el campo de la salud, de la enfermedad y del sufrimiento. En el relato, Jesús con sus gestos y palabras manifiesta el amor profundo de Dios por cada ser humano, en especial por los enfermos y los que sufren. Al final de la parábola, Jesús concluye con un mandato apremiante: “Anda, y haz tú lo mismo”. Se trata de un mandato incisivo porque, con esas palabras, Jesús nos indica cuales deben ser también hoy la actitud y el comportamiento de todos sus discípulos con los demás, en especial con los que necesitan cuidados. El Samaritano, comentan muchos Santos Padres de la Iglesia, es el mismo Jesús. Mirando cómo actuaba Cristo podemos comprender el amor infinito de Dios, sentirnos parte de este amor y enviados a ser samaritanos y manifestarlo con nuestra atención y nuestra cercanía a todas las personas que necesitan ayuda porque están heridas en el cuerpo y en el espíritu.

Pero esta capacidad de amar no viene sólo de nuestras fuerzas, sino más bien de nuestro estar en una relación constante con Cristo a través de una profunda vida de fe. De ahí derivan la llamada y el deber de cada cristiano de ser un “buen samaritano”, que se detiene y es sensible ante el sufrimiento del otro y que intenta y quiere ser “las manos de Dios”.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Profesión definitiva de la Hna. Monserrat Corbabella

Iglesia Parroquial de los Santos Evangelistas, Villarreal, 09.02.2013

(Is6, 1-2ª.3-8; Sal 137; 1 Cor 15,1-11; Lc 5, 1-11)

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Acción de gracias a la misericordia divina

  1. “Te doy gracias, Señor, de todo corazón … daré gracias a tu nombre por tu misericordia y lealtad” (Sal 137). Con estas palabras del salmo de hoy os invito, hermanas y hermanos en el Señor, a bendecir y dar gracias a Dios esta tarde y antes de nada por la profesión definitiva de nuestra Hna. Monserrat para vivir entregada a Dios siguiendo los pasos de Cristo, pobre, obediente y virgen en la Congregación de la Hermanas de la Caridad de Nevers. Su llamada a la vida consagrada, que Dios tenía preparada para ella en Cristo antes de crear el mundo y ha cuidado desde el seno materno, es una bendición y una muestra de la misericordia y ternura de Dios para con ella; es un nuevo don de Dios a nuestra Iglesia diocesana y a esta Comunidad de Hermanas de Nevers. Y es también un signo de esperanza en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad: todavía hay jóvenes como Hna. Monserrat dispuestas a acoger la llamada de Dios para seguir uniéndose en matrimonio espiritual a Cristo y entregarse generosamente a El sirviendo a la Iglesia y a la humanidad. Vivimos en la Iglesia y la sociedad tiempos necesitados de luceros que señalen con claridad la cercanía de Dios y que “Dios es nuestro Padre y tiene por nosotros una ternura infinita” en su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado, para la Vida del mundo. Este es el carisma, el don del Espíritu santo, que recibió vuestro Fundador, el monje benedictino, Juan Bautista Delaveyne, allá por el año 1680.

 

 

Llamada por el amor de Dios

  1. Para mí es una gran alegría poder presidir esta celebración y unirme a vuestro gozo y a vuestra acción de gracias, queridas hermanas de la Caridad de Nevers. En esta celebración se manifiesta una vez mas el ternura del amor misericordioso de Dios, fuente del amor y de la Vida. Porque ¿qué son tu vocación, hermana Monse, y la bendición que hoy vas recibir si no una nueva muestra de su amor misericordioso y de su ternura? Tú lo sabes muy bien: tu vocación es una llamada del amor personal y misericordioso de Dios hacia tí y hacia su Iglesia. Repasando tu vida puedes descubrir que El mismo te llamó y que siguió susurrándote sus silbos amorosos cuando, quizás distraída por las cosas de tu alrededor o conociendo tu pequeñez y tu fragilidad, intentabas silenciar su voz. Y sólo cuando decidiste acoger su amor y que El fuese tu Todo, experimentaste esa paz inmensa que llena el alma, la paz que procede de Dios, que es el don del Resucitado.

 

Toda vocación es una llamada gratuita de Dios e inmerecida por nuestra parte. Nos lo muestran las tres lecturas de este domingo. En la primera lectura, Isaías narra cómo recibió la llamada para ser profeta; Pablo nos habla en la segunda de que el Señor se le apareció y recuerda su llamada para ser apóstol; en el evangelio leemos que Jesús le dice a Simón que será “pescador de hombres”.

En los tres casos aparece la pequeñez que siente toda persona que es llamada por Dios en contraste con la gloria y el poder divinos. La visión de Isaías es impresionante; en ella aparece una imagen de la corte celestial protegiendo y engrandeciendo al mismo tiempo la santidad divina. Ante lo que ve, el profeta no puede dejar de reconocer su indignidad. Igualmente el Apóstol se reconoce como el más pequeño; confiesa que ha trabajado como el que más, pero ello ha sido posible gracias a la iniciativa y la fuerza de la gracia de Dios. También Simón Pedro, que ha asistido a la pesca milagrosa, siente temor ante esa manifestación del poder del Señor y dice: “Apártate de mí, que soy un pecador”.

 

Ante la llamada de Dios uno ha de reconocer su pequeñez y sólo puede responder con agradecimiento. La vocación es la idea, el sueño y el camino de Dios para cada uno de nosotros hacia la Vida eterna y la Felicidad plena en Dios. Que ese proyecto se realice en nuestra persona ha de constituir nuestro ideal. Por él hemos de esforzamos y procurar adquirir aquellas cualidades necesarias para acogerlo y para cumplirlo. Por eso un sacerdote debe prepararse para adquirir la virtud y la ciencia necesarias para ser un buen pastor, o los novios han de disponerse adecuadamente para el matrimonio en el Señor o una consagrada ha preprararse durante los años del noviciado o de la profesión temporal para vivir consagrada a Dios de por vida. En las lecturas aparece daro que la misión que Dios tiene preparada para cada uno supera nuestras solas fuerzas. En cualquier vocación, siempre existe desproporción entre lo que el Señor quiere para nosotros y lo que seríamos capaces de realizar sin su ayuda. Por eso no es extraño que quien percibe la llamada de Dios se sienta indigno. Eso no ha de preocupamos, porque quien llama da también los medios para poder responder. Es lo que dice san Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, pero añade: Y su gracia no se ha frustrado en mí”, señalando que él ha correspondido a lo que Dios le pedía. Por eso es bueno no sólo detenemos ante las dificultades, sino también y sobre todo pararnos a contemplar la grandeza de Dios y su misericordia. Quien contempla a Dios y su obra puede más fácilmente descubrir lo que el Señor quiere para él y, al mismo tiempo, responder con generosidad, aun sintiéndose indigno, porque sabe que Dios todo lo puede.

 

 

Consagrada a Dios

  1. Querida hija: te vas a consagrar al Señor y vas a ser bendecida por él para vivir de por vida totalmente entregada a El siguiendo a Cristo obediente, casto y pobre en el camino espiritual de tu padre Juan Bautista Delaveyne. No olvides nunca que en la base de tu vida está tu consagración al Señor. Considera que antes de nada está la iniciativa amorosa de Dios, que te ha llamado y te ha elegido para dedicarte a Él de modo particular. El mismo Dios te ha concedido también la gracia de responder a su llamada y te acompañara siempre para que tu consagración sea siempre una entrega gozosa, libre y total de ti misma a El.

 

Si lees tu historia personal descubrirás como Dios mismo te ha ido conduciendo con verdadero amor hasta el día de hoy. Y lo ha hecho para desposarse contigo en una alianza de amor y de fidelidad, de comunión y de misión para gloria de Dios. Tú también puedes decir: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”. Recuerda hoy con gratitud la historia de amor de Dios para contigo y a todas aquellas personas que Dios ha ido poniendo en el camino de tu vida hasta hoy. Si sabes acoger el don que Dios te hace y lo mantienes vivo a lo largo de los días, tu consagración será una fuente de gozo y de alegría para ti, para tu comunidad, para tu Congregación, para tu familia, para la Iglesia y para el mundo.

 

Te consagras hoy a Dios para vivir santamente entregada a El siguiendo el carisma de tu congregación. Vive día a día el amor de Dios unida a Cristo, tu Esposo y Señor. Tu oración personal y comunitaria te dispondrá a la comunión con Cristo y a su adoración en la Eucaristía. En la comunión diaria con Jesús-Eucaristía encontrarás la fuente para tu entrega total a Dios siguiendo las huellas de Cristo y, en Él y como Él, para vivir la verdadera comunión con todas tus hermanas y ser testigo de la ternura de Dios para los más pobres y desdichados.

 

Tú has entendido muy bien que Dios es el mayor bien para el hombre; tú has comprendido que nuestro mundo sigue teniendo necesidad de Dios y que, para dárselo, debías llenar tu vida de Dios y convertirte en un lugar de su presencia, entregándote completamente a él, no teniendo “más asuntos que los de la Caridad, ni otros intereses que los de los Desdichados”. En nombre de nuestra Iglesia: Gracias, por tu sí a Dios. ¡Que el Señor te bendiga a lo largo de tus días!

 

 

Para ser testigo de la ternura infinita de Dios

  1. Por tu profesión definitiva vas a quedar constituida en testigo y mensajera del amor y ternura infinita de Dios. Tu profesión representa un don de su amor no sólo para tí, sino también para tu comunidad, para nuestra Iglesia y también para toda la humanidad. Tu profesión, signo evidente de la misericordia divina y don pascual de Cristo resucitado, has de saber ofrecerlo a tu comunidad, a la Iglesia y a todos los que Dios ponga en tu camino.

 

Para ser testigo y mensajera del amor y de la ternura de Dios es importante que acojas y vivas el amor y la misericordia de Dios, que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de fraternidad. Y no lo olvides: su manantial es siempre la misericordia de Dios. El Señor nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II,  Dives in misericordia, 14). El mismo Señor nos señala además los múltiples caminos de la misericordia: la misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, de los próximos y de los lejanos, de los discapacitados, de los encarcelados, de los inmigrantes, de todos los heridos por la vida. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de caridad y de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia todo el que sufre.

 

 

Amar a Dios y al prójimo

  1. En tu comunidad o en un trabajo, haciendo de tu vida oración y de tu oración vida, has de aprender a conocer y contemplar cada vez más y mejor el rostro de Dios en Cristo viéndolo reflejado en el rostro de tus hermanas y en el todos los desdichados que encuentres en tu camino. La contemplación del rostro de Dios en Cristo, que es amor, te ha de llevar a amarle y unirte a él cada día más intensa y profundamente en perfecta castidad. No es fácil amar con un amor auténtico y profundo, que sea reflejo del amor de Dios y que sea vivido con una entrega total de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fija tu mirada en él, sintoniza con su corazón de Padre misericordioso, ámale con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; sólo así serás capaz de mirar a tus hermanas y a los más pobres con ojos nuevos, de amarlos sabiendo que son un don de Dios para ti y de hacerlo con una actitud de gratuidad y de comunión, de generosidad y de ternura.

 

Apertura del corazón a Cristo

  1. Querida Monserrat. Sé muy bien que desde la paz y la felicidad que sientes el día de tu desposorio con Cristo querrías decir a los jóvenes –y yo contigo- aquellas palabras del querido Beato Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo: que es el único que puede saciar vuestra hambre y sed de felicidad”. Tú lo has experimentado ya: quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo puede encontrar su secreto en Cristo y en su corazón. El arde del deseo de ser amado; él no quita nada sino que lo da todo; quien sintoniza con los sentimientos de su corazón encuentra el amor, la felicidad y la vida; y aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor y de la fraternidad. Un simple acto de fe y de abandono total en El como Pedro, basta para encontrar le camino de la vida y romper así las barreras de la oscuridad y de la tristeza, de la duda y del sinsentido. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece su amor.

 

¡Que María, Madre del amor hermoso, mantenga en ti siempre vivo tu amor de esposa de su Hijo y tu deseo de ser testigo de la ternura de Dios para con todos los hombres ! Que ella os proteja siempre: a ti, a tu comunidad y congregación, y a toda tu familia. Amén.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Hombre y mujer: iguales en dignidad y derechos

Queridos diocesanos:

Se acerca la Campaña anual de Manos Unidas, la organización católica para la ayuda, promoción y desarrollo del Tercer Mundo. Bajo el lema “No hay justicia sin igualdad”, la Campaña de este año se centra en la promoción de la igualdad entre hombre y mujer así como de la libertad de la mujer en su toma de decisiones. Manos Unidas quiere hacer una fuerte llamada a la conciencia de la sociedad para que defienda y promueva el efectivo desarrollo integral de cada persona, sea hombre o mujer, y el ejercicio de todos sus derechos fundamentales. Estos son gravemente conculcados en muchas partes del mundo, sobre todo en el caso de mujeres y niñas.

En efecto, son numerosos los países en los que la mujer padece una grave desigualdad y es víctima de la violencia física, sexual y psicológica, incluyendo la violación como arma de guerra. Así, por ejemplo, cerca del 70% del comercio internacional de personas es sufrido por mujeres y niñas, y dos terceras partes de las personas analfabetas son mujeres. Estas son solo dos muestras de la discriminación que sufren tantas mujeres. A ello hay que sumar el número alarmante de abortos de niñas, el infanticidio de las ya nacidas o su abandono y su continua discriminación en la asistencia sanitaria y en su alimentación, lo que impide su desarrollo físico y mental. Manos Unidas constata día a día que la pobreza, la falta de recursos, la inexistencia de libertad afecta precisamente a niñas y mujeres, cuando, por otro lado, son ellas las protagonistas y verdaderos agentes del desarrollo humano. Además se vulneran derechos tan esenciales como el de su propia libertad, la capacidad de tomar las mismas decisiones que el hombre, o el de poder ser titular de los mismos bienes. ¿Acaso no radica todo esto en la falta de reconocimiento de la igual dignidad de cada ser humano?

Para evitar malentendidos al hablar de la igualdad de la mujer, Manos Unidas asienta expresamente su Campaña en la concepción cristiana del ser humano. El libro del Génesis nos dice en efecto: “Creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios” (Gen 1, 26-27). Estas palabras del Génesis recogen dos verdades fundamentales sobre la persona humana: primero, que toda persona humana es creada ‘a imagen de Dios’, como ser inteligente, libre y llamado a la comunión personal; y, segundo, que es creada como ‘hombre y mujer’. Dios crea al hombre y a la mujer iguales en su dignidad personal, y al mismo tiempo diferentes sexualmente y, por ello, en esencial y profunda complementariedad de hombre y mujer.

Esta es la clave que orienta la misión de Manos Unidas en esta cuestión: la dignidad de toda persona por ‘ser imagen de Dios’, sea hombre o mujer, exige que se llegue a una situación social más humana y justa y, a la defensa efectiva de los derechos fundamentales, universales, inviolables, inalienables e indivisibles, recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, también para la mujer. En dicha Declaración se reconoce la misma dignidad e idénticos derechos a todos los seres humanos, sin distinción de raza, color, sexo, subrayando el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad. El reconocimiento de cada uno de estos derechos también para la mujer supone reconocer y asumir el deber correspondiente, pues declarando el derecho a la igualdad, se afirma el deber de respetar este derecho y poner los medios para su ejercicio efectivo.

Por todo ello: Apoyemos este compromiso loable y necesario de Manos Unidas.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La vida consagrada en el Año de la fe

Queridos diocesanos:

El día de ‘las candelas’, en que la Iglesia conmemora la presentación de Jesús en el templo, celebramos la Jornada de la vida consagrada. El episodio evangélico de la presentación de Jesús en el templo es un icono significativo de la entrega de la propia persona y vida que hacen cuantos han sido llamados a representar en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, los rasgos de Jesús, virgen, pobre y obediente, el Consagrado del Padre y al Padre. En este día celebramos, pues, el misterio de la consagración: consagración de Cristo, consagración de María, consagración de todos los que siguen a Jesús por amor al reino de Dios: es decir, de monjas y monjes, religiosos y religiosas, miembros de institutos seculares y vírgenes consagradas.

En esta Jornada, estamos llamados, ante todo, a dar gracias al Señor por el don de este estado de vida, que pertenece a la santidad de la Iglesia; y damos gracias a Dios a la vez por todas y cada una de las personas consagradas. Al dar gracias a Dios Padre por el don de estas personas rezamos por el don de nuevas vocaciones. Es necesario que toda nuestra Iglesia diocesana valore cada vez más el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo mediante la práctica de los consejos evangélicos; hemos de promover mucho más el conocimiento y la estima de la vida consagrada en el pueblo de Dios.

Esta Jornada es una ocasión muy propicia para que todos los consagrados, por su parte, renueven sus votos y aviven los sentimientos que han inspirado e inspiran su entrega al Señor. El presente Año de la fe, año de gracia para purificar y fortalecer la propia fe, les ofrece un tiempo muy favorable para su renovación interior, -siempre necesaria-, para crecer en fidelidad evangélica –siempre posible-, y para profundizar en los valores esenciales y en las exigencias de su propia consagración. Quienes han acogido la llamada a seguir a Cristo más de cerca mediante la profesión de los consejos evangélicos, están invitados a profundizar día a día su relación con Dios en Cristo siendo dóciles a la acción del Espíritu Santo. Los consejos evangélicos, aceptados como auténtica regla de vida, refuerzan la fe, la esperanza y la caridad, que unen a Dios.

Esta profunda cercanía al Señor debe ser el elemento prioritario y característico de su existencia; ella les llevará a una renovada adhesión a él, que se alimenta en la escucha orante y contemplativa de su Palabra, en la participación diaria en la Eucaristía y su adoración frecuente así como en la acogida de la misericordia de Dios en la celebración frecuente del sacramento de la Penitencia; esto sin olvidar, en su caso, una vida auténticamente fraterna en comunidad; todo ello tendrá un influjo muy positivo en su presencia y forma de apostolado particular en el seno del pueblo de Dios, mediante la aportación de sus propios carismas, con fidelidad al Magisterio y en la comunión eclesial, a fin de ser testigos de la fe y de la gracia, testigos creíbles para la Iglesia y para el mundo de hoy. Sólo desde la renovación interior y de la fidelidad evangélica al don recibido y a la promesa ofrecida podrán comprometerse los consagrados con alegría y entusiasmo en la tarea urgente de la nueva evangelización.

Pidamos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, que “cuantos han recibido el don de seguirlo en la vida consagrada sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada, caminando gozosamente, junto con todos los otros hermanos y hermanas, hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso” (Vita consecrata, 112).

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada Mundial de las Migraciones

Castellón, S.I. Concatedral, 20 de enero de 2013

(Is 62, 1-5; Sal 95; 1 Cor 12,4-11; Jn 2,1-11)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Es una alegría poder celebrar esta Eucaristía en la Jornada Mundial de las Migraciones y con vuestra presencia, queridos inmigrantes, experimentar la catolicidad, la universalidad, de nuestra Iglesia. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido esta tarde a esta celebración: sacerdotes, consagrados y seminaristas; a las asociaciones de inmigrantes; al Director de nuestro Secretariado Diocesano paras la Migraciones y a todos los trabajadores y voluntarios en este sector pastoral. Leer más

Ante los emigrantes, solidaridad

Queridos diocesanos:

El domingo, 20 de enero, celebramos la “Jornada mundial del emigrante y del refugiado”, bajo el lema: “Migraciones: peregrinaciones de fe y esperanza”. Es una jornada que tiene el fin de sensibilizarnos ante el fenómeno de la emigración en general y de forma particular entre nosotros: la provincia de Castellón tiene una 18/58% de población inmigrante, una de la tasas más altas de España. Como creyentes y como Iglesia no podemos quedar indiferentes ante tantas personas y familias, que con fe y esperanza buscan un futuro mejor entre nosotros.

Toda persona tiene derecho a emigrar; es uno de los derechos humanos fundamentales, que facultan a cada uno a establecerse donde considere más oportuno para una mejor realización de sus capacidades y aspiraciones y de sus proyectos (cf. GS 65). Como nos recuerda Benedicto XVI en su mensaje para este año, si es cierto que “cada Estado tiene el derecho de regular los flujos migratorios y adoptar medidas políticas dictadas por las exigencias generales del bien común”, ha de hacerlo siempre “garantizando el respeto de la dignidad de toda persona humana”. La mayoría de los emigrantes hacen uso de este derecho obligados no por gusto sino por la necesidad de buscar oportunidades que no encuentran en su país de origen.

Respecto de los emigrantes no nos podemos limitar tan sólo a atender a sus necesidades más elementales. Hemos de favorecer su auténtica integración en una sociedad donde todos y cada uno sean miembros activos y responsables del bienestar del otro, asegurando con generosidad aportaciones originales, con pleno derecho de ciudadanía y de participación en los mismos derechos y deberes. Fieles, comunidades parroquiales y grupos eclesiales hemos de tomar mayor conciencia de las causas y problemas de la emigración tanto desde el punto de vista humano y social, como cristiano y pastoral. Nos urge revisar nuestras actitudes y nuestro compromiso ante los emigrantes y sus familias, para dar una respuesta acorde al Evangelio y a la Doctrina social de la Iglesia.

La emigración afecta antes que nada a personas que como tales tienen la misma dignidad que los autóctonos. Con frecuencia, sin embargo, existen prejuicios o falsas valoraciones que hemos de superar. Los inmigrantes no son sólo “mano de obra”, que cuando sobra debido a la crisis económica, se pueda desechar sin más. Son personas humanas, con la misma dignidad, los mismos derechos fundamentales y las mismas obligaciones que los nativos; y como tales se merecen el mismo respeto y trato que los nativos, especialmente, ante los recortes en la sanidad y otros servicios sociales. Hay que evitar todo comportamiento racista, xenófobo o discriminatorio.

Es necesario, ante todo, fomentar actitudes y comportamientos positivos desde principios elementales del derecho, de la justicia y de la solidaridad. Recordemos las palabras de Jesús: “fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35). Jesús se identifica con la persona del emigrante y nos manda acogerlo y amarlo, como si de Él mismo se tratara. Con estas premisas aprenderemos a respetarlos y valorarlos en su diferencia, a acogerlos fraternalmente y a ayudarles en sus necesidades, a facilitarles la integración armónica en nuestra sociedad. Ellos suponen una riqueza laboral, económica, cultural, pero también para nuestra Iglesia, por la que hemos de dar gracias a Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Oración por la unidad de los cristianos

Queridos diocesanos

En unos días comienza la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Desde hace más de un siglo, los cristianos de todas las Iglesias y comunidades eclesiales celebramos esta semana para invocar el don extraordinario por el que el Señor Jesús oró durante la última Cena, antes de su pasión: “Para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

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Benditos los que trabajan por la paz

Queridos diocesanos:

La paz es uno de los mayores anhelos de la humanidad. Los cristianos sabemos que la paz es un don de Dios, que se nos ofrece en Cristo Jesús, ‘el príncipe de la paz’. La paz es fruto de la reconciliación y comunión con Dios, que genera reconciliación, unión, solidaridad y colaboración entre los hombres, los pueblos y las naciones. Por la paz hemos rezado el primer día del año, Jornada Mundial por la Paz. Porque la paz es un don de Dios y, a la vez, tarea de todos.

En el mensaje para esta Jornada el Papa, Benedicto XVI, nos ha ofrecido una breve encíclica sobre la paz, cuya lectura y estudio recomiendo. El Papa toma como punto de partida las palabras de Jesucristo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). No se trata de una recomendación moral que tenga una promesa futura en la vida eterna; es, más bien, una buena noticia que culmina en el cumplimiento de una promesa ya en esta vida, dirigida a todos los que se dejan guiar por las exigencias de la verdad, la justicia, la libertad y el amor.

La paz no es una utopía; la paz es posible. Ahora bien: La paz presupone siempre un humanismo abierto a la trascendencia. Es fruto del don recíproco, gracias al don que brota de Dios, y que permite vivir con los demás y para los demás. Por ello hay que superar las antropologías y éticas subjetivistas y pragmáticas, que buscan sólo el poder o el beneficio, en las que los medios se convierten en fines; así mismo debemos superar una cultura y una educación que se centran únicamente en los instrumentos, en la tecnología y la eficiencia. Hay que desmantelar además la dictadura del relativismo moral y la ideología de una moral totalmente autónoma, que “cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre. La paz es la construcción de la convivencia en términos racionales y morales, apoyándose sobre un fundamento cuya medida no la crea el hombre, sino Dios”.

Toda persona y toda comunidad –religiosa, civil, educativa y cultural– están llamadas a trabajar por la paz, que es principalmente la realización del bien común de todas las diversas sociedades. Trabajan por la paz quienes aman, defienden y promueven la vida desde su concepción hasta su muerte natural, o los que defienden la familia natural, basada en la unión estable entre un hombre y una mujer, verdadera comunión de vida y de amor. Cuando la vida familiar es ‘sana’, en ella se viven y experimentan elementos esenciales de la paz, como son la justicia y el amor entre esposos y hermanos, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, la ayuda mutua, la disponibilidad para acoger al otro y para perdonarlo.

Por todo ello, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. La sociedad y el estado no pueden prescindir de este servicio básico de la familia natural en la construcción de la paz, sino que la deben proteger y promover sus derechos propios.

Construir el bien de la paz pide además un nuevo modelo de desarrollo y de economía. No se puede seguir postulando sólo el provecho y el consumo, ni el individualismo egoísta, o valorar a las personas sólo por su capacidad de responder a la competitividad. Porque “el éxito auténtico y duradero se obtiene con el don de uno mismo, de las propias capacidades intelectuales, de la propia iniciativa: un desarrollo económico sostenible, es decir, auténticamente humano, necesita del principio de gratuidad como manifestación de fraternidad y de la lógica del don”.

Seamos constructores de la paz.

Con mi afecto, mis mejores deseos y mi bendición para el nuevo Año,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón