El cuidado de las vocaciones

PlumaQueridos diocesanos:

 

No cabe duda que Dios sigue llamando a niños, adolescentes y jóvenes al sacerdocio. Lo vemos en tantos lugares donde hay abundantes vocaciones sacerdotales. Nos deberíamos preguntar con toda sinceridad y humildad ante el Señor por qué entre nosotros son tan escasas las vocaciones y, sobre todo, qué hacemos -o dejamos de hacer- cada uno, para que la llamada de Dios al sacerdocio sea escuchada y acogida por los más jóvenes. Leer más

Cesión parcial del Convento de los Franciscanos

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

 Escudo_episcPor el presente EXPONE que:

 

Primero. La Diócesis de Segorbe-Castellón es propietaria de la siguiente finca: “Un edificio llamado Convento de Franciscanos, sito en esta Ciudad de Segorbe, calle de la Caridad, nº 4, compuesto de planta baja, dos piso altos, con patio y jardines ocupando una medida superficial de dos mil quinientos veintidós metros cuadrados, lindante por la derecha entrando, con edificio destinado a Hospital Municipal, izquierda con Glorieta; y por espalda, con el Camino de “La Masa”. Está inscrita en el Registro de la Propiedad de Segorbe, al Tomo 52 del Archivo general, Libro 23 de Segorbe, folio 145, Finca 4.825, en 24 de octubre de 1944.

 

Segundo. En el año 2001 la Diócesis de Segorbe-Castellón realizó con cargo a sus recursos propios inversiones en el edificio descrito en el punto Primero anterior, tendentes a asegurar la estructura y la seguridad del mismo.

 

Tercero. En estos momentos, salvo una cesión temporal del uso de una parte al Ayuntamiento de Segorbe para ensayos de la Banda Municipal, el edificio se encuentra deshabitado, con el deterioro que conlleva su falta de uso y por tanto de mantenimiento.

 

Cuarto. En el año 2012, la Diócesis de Segorbe-Castellón asumió la titularidad del Colegio de La Milagrosa de Segorbe, pasando a denominarse ‘Colegio Diocesano La Milagrosa’, el cual se ubica en parte de un edificio contiguo al Convento de Franciscanos.

 

Quinto. El Colegio Diocesano La Milagrosa de Segorbe está concertado y la Conselleria de Educación y Cultura de la Generalitat Valenciana viene exigiendo de forma reiterada la realización de una serie de obras conducentes a la ampliación de la zona de patio y recreo, mejora de los accesos de alumnos así como otra serie de actuaciones, que en primer lugar exigen la disponibilidad de espacios para ello.

 

Sexto. La disponibilidad de dichos espacios únicamente es factible si el citado Colegio pudiese utilizar, al menos, parte del Convento de Franciscanos, que como edificio contiguo y colindante permite dicha ampliación.

 

Séptimo.  La cesión del uso de espacio y dependencias del Convento de Franciscanos al Colegio Diocesano La Milagrosa no presenta dificultad legal alguna, en tanto que en la Diócesis de Segorbe-Castellón coincide la propiedad del primero con la titularidad del segundo, y, por tanto, no requiere de autorización, acuerdo o consentimiento alguno por ser un acto interno.

 

Octavo. Todos los bienes de la Diócesis están destinados al cumplimiento de su misión evangelizadora, catequética, litúrgica, caritativa, docente o cultural según los principios católicos. Por tanto, la cesión no sólo es un acto legal, lícito y justo, sino que deriva de la obligación de la Diócesis de poner sus bienes a disposición de dichas finalidades, evitando con ello que existan bienes inutilizados, cuando además son necesarios para los fines antes indicados. Es de reseñar además que el Sr. Obispo Aguilar edificó a su costa y con limosnas recibidas el Convento de Franciscanos con dos finalidades: la ayuda a la pastoral de la diócesis de Segorbe y la educación de la juventud.

 

En virtud de lo anteriormente expuesto, por el presente

 

D E C R E T O

 

  1. La cesión del uso del ala-pabellón de forma sensiblemente rectangular recayente a la calle Romualdo Amigó y hasta la antigua muralla carlista, del espacio entre dichas ala y muralla y del patio del Convento de Franciscanos al Colegio Diocesano La Milagrosa, para el desarrollo de las actividades propias de éste.

 

  1. Asimismo que la denominada Iglesia de los Franciscanos, ubicada en el edificio del Convento, se convierta en Capilla del Colegio Diocesano La Milagrosa, cediéndose, por tanto, el uso de la misma así como los espacios que constituyan recorrido para el acceso a ella al citado colegio.

El uso de la Capilla estará abierto a otras instituciones de Segorbe como la Parroquia de Santa María, en cuyo territorio se ubica, o la Cofradía de La Verónica, que tiene en ella su sede social según sus Estatutos (Art. 2.1), así como a otros grupos eclesiales, de acuerdo siempre con el Capellán del Colegio que será el Rector de la Capilla.

 

III. Corresponderá al Ordinario del lugar, y para el caso de duda o medición exacta, la determinación concreta de los espacios objeto de cesión que se indican en los dos puntos anteriores.

 

  1. Las cesiones anteriormente indicadas, se hacen por tiempo indefinido, hasta que el Obispo diocesano no determine otra cosa, en cuyo caso, dicha cesión quedará anulada de pleno derecho, cesándose en el mismo.

 

  1. Dicha cesión es gratuita, sin que el Colegio Diocesano La Milagrosa tenga que abonar cantidad alguna ni por ningún concepto a la Diócesis.

 

  1. Las inversiones necesarias en cada momento para el adecentamiento de los espacios objeto de cesión y aquellas otras intervenciones que se consideren necesarias para la seguridad de los alumnos y del personal docente y no docente, así como el arreglo de fachadas, ventanales y demás las realizará y sufragará la administración que, en cada caso, determine el Obispo diocesano y con el consentimiento de los organismos diocesanos en los casos previstos en el Código de Derecho Canónico.

 

VII. El presente Decreto entrará en vigor al día siguiente de su firma.

 

Dese traslado del presente decreto a la Administración diocesana de economía y al Colegio Diocesano La Milagrosa de Segorbe, y publíquese en el Boletín Oficial de la Diócesis.

 

Dado en Castellón de la Plana, a veinte días del mes de febrero del Año de Nuestro Señor de 2014.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Ante mi

 

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

 

Peregrinación a las raíces apostólicas de la fe

PlumaQueridos diocesanos:

 

Desde el día 23 de febrero al 3 de marzo voy a peregrinar a Roma para hacer la Visita ad limina junto con todos los Obispos de las diócesis de España. No voy a Roma a título individual o personal, sino como vuestro Obispo. Así pues no peregrino solo, porque ‘el Obispo está en la Iglesia, y la Iglesia en el Obispo’, decía San Cipriano, y, por tanto, dónde está el Obispo allí está Iglesia diocesana. Por eso durante estos días os tendré especialmente presentes en mi mente y en mi corazón a todos cuantos formáis conmigo esta Iglesia de Segorbe-Castellón. Leer más

Ordenación diaconal de Alipio Bibang

 

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 9 de febrero de 2014

V Domingo del Tiempo ordinario 

(Is 58, 7-10; Sal 111; 1Cor 2,1-5; Mt 5, 13-16)

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¡Hermanas y hermanos, muy amados en el Señor!

 

Alegría y acción de gracias

  1. “Yo soy la luz del mundo -dice el Señor-; el que me sigue tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Estas palabras de Jesús, previas al Evangelio de este domingo, adquieren esta tarde una especial resonancia. Porque, ¿cómo no ver, queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús en esta ordenación de diácono una realización concreta de la llamada del Señor a seguirle? Dentro de breves momentos, querido Alipio, vas a ser llamado por la Iglesia para recibir el orden del diaconado en tu camino hacia el sacerdocio ordenado.

 

Bien sabes que en tu proceso vocacional no hay nada excepcional, salvo una cosa: la presencia del amor del Señor en tu vida que comenzó el día de tu bautismo. Ya de pequeño sentiste la vocación al sacerdocio a través de aquel sacerdote, cuya entrega te hizo sentir que querías ser como él. Las circunstancias te impidieron responder entonces a la llamada del Señor. Pero has sabido dejarte llevar por la mano de Dios hasta poder decir hoy, a tus 43 años, que lo más importante en tu vida es seguir a Jesucristo. Sí, queridos hermanos: quien descubre que el Señor se ha fijado en Él, quien le escucha y le sigue, encuentra en su seguimiento la razón de su existencia, que sólo puede generar una gran alegría. Contigo quiero en esta tarde decir: Señor, gracias por el don de la vocación de nuestro hermano Alipio. Gracias porque supiste vencer tus resistencias y dejarte llevar de su mano.

 

Tu alegría, querido Alipio, es nuestra alegría y es motivo para la acción de gracias: una acción de gracias, llena de gozo, por tu vocación, por tu familia que supo educarte en la fe cristiana, por los responsables de tu formación en el Seminario y por tus compañeros y amigos, por tus párrocos y por la comunidad parroquial de Alquerías del Niño Perdido. Lo peor que nos puede ocurrir como Iglesia y como presbiterio es caer en la incapacidad de alegrarnos por el bien, la indiferencia ante  los continuos dones del Señor en medio de nuestra Iglesia, aunque estos nos vengan de una tierra a la que nuestros antepasados llevaron la fe cristiana. Alegrémonos y demos gracias, hermanos, por esta ordenación diaconal.

 

Sí, esta celebración es un motivo de alegría y de esperanza para nuestra Iglesia, que se consuela hoy al ver que Dios sigue llamando y nos sigue enviando vocaciones, no obstante la enorme penuria vocacional que hay entre nosotros; nuestra Iglesia se consuela al constatar que, pese a las circunstancias adversas, hay todavía tierra buena donde la semilla de la vocación al sacerdocio es acogida y va dando sus frutos; nuestra Iglesia se consuela y se alegra al ver que, gracias al don de Dios y su acogida generosa, sigue creciendo en su vitalidad, se refuerza en su fidelidad y se dilata en su capacidad de servir.

 

Al ser ordenado  diácono

  1. Tu ordenación de diácono es una ocasión muy propicia para recordar el significado del diaconado. Como nos dice el Concilio Vaticano II eres ordenado diácono “para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio” (LG 29). Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor derramará sobre ti su Espíritu Santo y te consagrará diácono. Participarás así de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Señor y serás en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, que vino “no para ser servido sino para servir”. Por una marca imborrable, quedarás conformado en tu ser y para siempre diácono, servidor a imagen y tras huellas de Cristo Siervo; la ordenación sacerdotal no borrará esta marca; también como sacerdote deberás seguir siendo servidor; no te sientas nunca dueño, sino servidor; no ocupes el centro como ocurre con cierta frecuencia, el centro le corresponde sólo a Jesucristo; con tu palabra y con tu vida deberás ser para siempre signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos.

 

Recibe pues, Alipio, el orden del diaconado para servir a los hombres, haciéndote portador de la salvación de Cristo. Para ello debes descubrir aún más la belleza de la cruz de Cristo. Pablo nos recuerda hoy (cf. 1 Cor 2,1-5) que el núcleo de nuestra misión está en anunciar el misterio del amor de Dios hacia todos, manifestado en la cruz de Cristo, para dejarse transformar por este amor. Frente a todas las doctrinas de salvación, Pablo sabe que lo único que salva es la cruz de Jesucristo, que ofrece el amor sanador y salvador de Dios. La cruz  es para Pablo el único sentido de su vida; la cruz le ha transformado, al igual que transforma a quien se deja tocar por ella.

 

Jesús mismo resume su propia misión en el mundo: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida para la salvación de todos” (Mt 20, 28). Encarnándose, asumiendo la condición humana, Cristo no pone límites al propio abajamiento, “sino que se despojó a sí mismo (…), se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz”  (Flp 2, 7-8) para elevar a los hombres a la dignidad de hijos de Dios.

 

Como diácono te pones al servicio incondicional de Jesús, para ser sal de la tierra y luz del mundo, como nos recuerda el Evangelio (Mt 5, 13-16). Estas palabras, que valen para todo discípulo del Señor, son válidas también para el diácono por este nuevo título: estás llamado a servir a Cristo y, en él, a su Iglesia y a los hermanos, siguiendo los pasos de Cristo Siervo, para dar sabor al mundo y preservarlo de la corrupción del pecado, y para ser luz que refleje la Luz, que es Cristo, que ilumina la existencia de las personas: como Jesús no puedes poner condiciones de tiempo, de lugar o de tarea, y has de estar siempre disponible para Dios y para los hermanos en total obediencia a la Iglesia y al Obispo. Como Cristo lo hizo, estás llamado  a poner toda tu persona y toda tu vida –tus capacidades, tus energías, tu tiempo y tus deseos- al servicio de Cristo, de su Evangelio y de la Iglesia para la salvación del mundo.

 

Morir a sí mismos para dar mucho fruto como el grano trigo ha de morir en la tierra para desplegar toda su fecundidad: este es el camino indicado por Cristo y que se simboliza plásticamente en el rito de la postración. Al postrarte con todo tu cuerpo y apoyar la frente sobre el suelo, manifiestas tu completa disponibilidad para tomar el ministerio que se te confía. En ese yacer en tierra en forma de cruz antes de la Ordenación muestras que acoges en tu propia vida la cruz de Cristo, que es entrega total por amor. No se genera vida sin entregar la propia. Amar como Cristo es darse sin escatimar, hasta desaparecer. El amor entregado genera vida, el apego a sí mismo, por  contra, lleva a la autodestrucción. Se trata de una verdad que el mundo actual rechaza y desprecia, porque hace del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. El discípulo de Cristo no considera su interés personal, su bienestar o la propia supervivencia; al contrario, sabe que despreciar la propia vida por amor a Cristo y a los hermanos es conservarse para una vida definitiva y eterna. Ser discípulo de Cristo significa encontrarse con Él, la Luz del Mundo, para dejarse transformar por él, acoger la luz que de él procede,  para vivir como Él, aun en medio de la oscuridad, de la hostilidad y de la persecución; quien así vive se encuentra, como Jesús, en la esfera del Espíritu, en el hogar del Padre, y es sal de la tierra y luz del mundo.

 

La gracia divina, que recibirás con el sacramento, te hará posible esta entrega total y dedicación plena a los otros por amor de Cristo; y además te ayudará a buscarla con toda la fuerza. Esto será el mejor modo de prepararte para recibir la ordenación sacerdotal: servir es un ejercicio fecundo de caridad. Hoy, todos nosotros pediremos al Señor la gracia que te ayude a transformarte en fiel espejo de su caridad, hecha servicio.

 

Y ejercer la triple diaconía

  1. Al ser ordenado de diácono serás consagrado y enviado para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad. Es tarea del Diácono, entre otras, la proclamación del Evangelio como también la de ayudar a los Presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. Más tarde te entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

 

Como diácono serás mensajero del Evangelio de Jesús. Te has de poner en camino, dócil a la moción del Espíritu, para anunciar el Evangelio de Jesús a todos, guiar en su comprensión y acompañar hasta el encuentro personal con el mismo Señor y su salvación. Para que puedas proclamar y anunciar a Jesucristo y su Evangelio has de saber acoger y saborear tú mismo con fe viva el Evangelio que anuncias. El mensajero del Evangelio ha de leer y escuchar, contemplar y asimilar la Palabra de Dios, saborearla y dejarse iluminar, para dejarse él mismo guiar y conducir por la Palabra de Dios. Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia y el mejor servicio que puede prestar hoy es la diaconía a la Verdad de la Palabra de Dios, la verdad del hombre, del matrimonio y de la familia, de la sociedad y de la historia.

 

Como Diácono serás también el primer colaborador del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. Tendrás también el honor y el gozo de ser el servidor del “Mysterium”. A ti se te entregará el Cuerpo y la Sangre del Salvador para que lo reciban y se alimenten los fieles. Trata siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu que sean expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea.

 

Como Diácono se te confía, finalmente y de modo particular, el ministerio de la caridad, que se encuentra en el origen de la institución de la diaconía. Si la Eucaristía es efectivamente el centro de nuestra vida, ésta no sólo nos lleva al encuentro de comunión con Cristo, sino que también nos  lleva y da la fuerza para el encuentro de comunión con los hermanos. Atender a las necesidades de los otros, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse en bien del prójimo: estos son los signos distintivos del discípulo del Señor, que se alimenta con el Pan Eucarístico. Entonces “romperá la luz como la aurora”, cuando partas “el pan con el hambriento”, hospedes “a los pobres sin techo”, vistas “al que ves desnudo” y no te cierres en tu propia carne” (Is 58, 7-8)

 

Por la ordenación de diácono ya no se perteneces a tí mismo. El Señor te dio ejemplo para que lo que él hizo también tú lo hagas. En tu condición de diácono, es decir, de servidor de Jesucristo, que se mostró servidor de los discípulos, siguiendo gustosamente la voluntad de Dios, sirve con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres y así serás sal de la tierra y luz del mundo. Sé compasivo, solidario, acogedor y benigno para con los demás; dedica a los otros tu persona, tus intereses, tu tiempo, tu trabajo y tu vida. El Diácono, colaborador del Obispo y de los Presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de Cristo y de la Iglesia: es, a la vez, pan para el hambriento, sal de la tierra, luz para el mundo, el desarrollo y el progreso humano y social, palabra y acción para la justicia

 

El don del celibato que acoges libre responsable y conscientemente y que prometes observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos, ha de ser para ti símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de tu amor servicial y fuente de fecundidad apostólica. Movido por un amor sincero a Jesucristo y viviendo este estado con total entrega, te resultará más fácil consagrarte con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

 

  1. Queridos todos: Dentro de unos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre nuestro hermano, con el fin de que le “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpla fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta oración para que Alipio obtenga esta nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos de las manos de María por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Caridad hacia los enfermos

PlumaQueridos diocesanos:

 

En la Jornada mundial del enfermo, el 11 de febrero, Fiesta de la Virgen de Lourdes, nuestra atención se centra en las personas enfermas y en todos aquellos que les prestan asistencia y cuidado. Recién terminado el año de la fe, el lema de este año reza “fe y caridad”, y lleva como subtítulo “también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos”. Estás palabras de Jesús nos recuerdan que la fe en Dios, que es Amor, sólo estará viva si se muestra en obras de amor hacia Dios y hacia el hermano; o, mejor, en obras de amor hacia Dios presente en el hermano, en el enfermo, en el atribulado o en el necesitado. Leer más

Fiesta de la Presentación del Señor. Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Iglesia Parroquial de El Salvador, Castellón de la Plana, 2 de febrero de 2014

(Ml 3,1-4; Sal 23; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

 

Fiesta del encuentro de Jesús

  1. La Fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, como nos recordaba esta mañana el Papa Francisco, se llama también la Fiesta del encuentro. Al comienzo de la liturgia de este día se nos dice que Jesús va al encuentro con su pueblo. La ley de Moisés prescribía a los padres, que cuarenta días después del nacimiento del primogénito, subieran al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre (cf. Ex 13, 1-2.11-16; Lv 12, 1-8). También María y José cumplen con este rito, ofreciendo, según la Ley, dos tórtolas o dos pichones. El Hijo de Dios, que, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” menos en el pecado (Hb 2,17), comparte en todo su vida con los hombres, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

 

Y así, Dios se sirve del cumplimiento de la Ley para se produzca el encuentro entre Jesús y su pueblo. Cuando María y José llevaron al Niño al templo de Jerusalén tiene lugar el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por los ancianos Simeón y Ana. Simeón reconoce y proclama que Jesús es la “salvación” de la humanidad, la “luz” de todas las naciones y “signo de contradicción”, porque desvelará las intenciones de los corazones (cf. Lc 2, 29-35).

 

Es la fiesta del encuentro de Jesús con su pueblo, en Simeón y Ana que lo reconocen como el Mesías esperado. Simeón y Ana representan a su pueblo, el pueblo de Dios, y a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia. Como Simeón o Ana hemos de tener la mirada y el corazón bien abiertos para ver en Jesús, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres: a su espera de salvación, a su búsqueda de luz, de sentido, de amor, de vida y de felicidad, a su deseo del Infinito.

 

Fiesta de la consagración de Jesús a Dios Padre

  1. La Fiesta de la Presentación de Jesús en el templo es también Fiesta de la consagración de Jesús a Dios Padre. María y José presentan a Jesús en el templo, para ofrecerlo, para consagrarlo al Señor (Lc 2, 22). Jesús viene a este mundo para cumplir la voluntad del Padre con una oblación total de sí, con una fidelidad plena y con una obediencia filial al Padre (cf. Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús y su victoria final (cf. Lc 2, 32-35).

 

El Señor viene para purificar a la humanidad del pecado, para restablecer la alianza definitiva de comunión de Dios con su pueblo y para que así se pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera y verdadera ofrenda, la que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación y consagración, es la que Cristo hace de sí mismo, de su propia persona y de su propia voluntad, al Padre. Así, Jesús nos muestra cuál es el camino de la verdadera consagración a Dios: este camino es la acogida incondicional del designio de Dios, de su amor y de su voluntad sobre cada uno, es la acogida gozosa de la propia vocación mediante la entrega total y radical de sí mismos a Dios en favor de los demás.

 

En la carta a los Hebreos podemos leer que Cristo por su oblación amorosa y obediente al Padre hasta la muerte, nos libera del pecado y de la muerte que nos esclavizan. En esta oblación total de Jesús al Padre descubrimos el valor de la humildad, de la pobreza y de la obediencia ante Dios, necesarios para que toda persona encuentre su propia verdad, su propio bien, su propia felicidad y alegría y esperanza en su vida. Este camino de Jesús es válido para la consagración a Dios de todo bautizado; y lo es también y de modo especial para todos los llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, “los rasgos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1), mediante los consejos evangélicos.

 

En nuestros intentos de buscar la felicidad, la vida y la propia realización, los humanos vivimos con miedo al fracaso. En la raíz de todos nuestros miedos está nuestro miedo ante Dios y pensar que Dios es un dios celoso de la felicidad humana; está el temor a no alcanzar la vida con Dios siguiendo sus caminos, el temor a poner a Dios en el centro de nuestra existencia, el temor a entregamos totalmente a Él. Eso nos lleva tantas veces a mendigar seguridades fuera de Dios y a buscar vida fuera de El. Así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible. Nos cerramos a Dios y a su amor, y ello nos lleva a cerrarnos al otro: así nos aferramos a nuestros horizontes limitados y a nuestros egoísmos, a nuestro afán desordenado de autonomía personal al margen del designio de Dios, al goce efímero de nuestro cuerpo o a la posesión insaciable de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden las demás esclavitudes humanas. Los intentos de liberación que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.

 

La Fiesta de la Vida Consagrada

  1. La Fiesta de la Presentación de Jesús en el templo es la Fiesta de la Vida Consagrada. La oblación del Hijo de Dios, en su presentación en el Templo, es un modelo para los hombres y mujeres que consagran toda su vida al Señor. Por esta razón, hoy celebramos la Jornada especial de la vida consagrada. En este día, en primer lugar, alabamos y damos gracias al Señor por el don de la vida consagrada; para que, en segundo lugar, la vida consagrada en su diversidad de carismas sea conocida y estimada por todo el pueblo de Dios. Y este día es, por último, una invitación a todos los consagrados a celebrar las maravillas que el Señor ha realizado en vosotros.

 

El lema escogido para este año es “La alegría del Evangelio en la vida consagrada”, en sintonía con la primera exhortación apostólica del Papa Francisco (Evangelii gaudium). “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvara por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Estas son las palabras al inicio de la exhortación apostólica del Papa. Así ocurrió con Simeón y Ana el día de la presentación de Jesús en templo. Así ocuurre con todos los que se dejan encontrar y enamorar por Cristo. Entre los que se encuentran con Jesucristo estáis de modo especial las personas consagradas, cuya vocación (consagración-comunión-misión) se entiende plenamente desde el encuentro personal con Jesucristo pobre, casto y obediente, para seguirle más de cerca y con radicalidad evangélica.

 

Vuestra alegría, querido consagrados, nace de Dios en el encuentro con Jesucristo, que es la fuente de la verdadera alegría, La alegría en la vida consagrada procede de la fe, que a su vez proviene de la acogida de la Palabra de Dios. “El anuncio de la Palabra crea comunión y es fuente de alegría. Una alegría profunda que brota del corazón mismo de la vida trinitaria y que se nos comunica en el Hijo ( … ). Según la Escritura, la alegría es fruto del Espíritu Santo (cf. Gál 5,22), que nos permite entrar en la Palabra y hacer que la Palabra divina entre en nosotros trayendo frutos de vida eterna” (Benedicto XVI, Verbum Domini, 123). Para mantener viva esta alegría es necesario mantener viva la fascinación que os produjo vuestro primer encuentro con Cristo, un encuentro que debe ser cultivado día a día, para que se mantenga fresca vuestra condición de consagrados, para que no se apague vuestro amor primero, para que vuestra fidelidad no sea un mero conservar sino que se mantenga siempre fresca, arraigada junto al río de la vida, que es Cristo, que se nos da en su Palabra, en su Eucaristía, en el Sacramento de la Penitencia, en su Iglesia. El encuentro constante con el amor de Dios en Cristo y la acogida de la llamada amorosa y gratuita de Dios cambian radicalmente la vida de una persona y la mantienen joven. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la convicción de que Dios es el ‘único bien’, que sólo en El está la Salvación, que sólo en Él está la plenitud (Sal 39, 10).  Pretender dignificar la vida humana de espaldas a Dios devalúa la existencia humana. La vida tiene sentido sólo cuando Dios es reconocido como dueño y como bien.

 

Exhortación final

  1. Así pues, queridos consagrados todos, os invito a que, llenos de confianza, gratitud y gozo, renovéis a continuación vuestros votos, signo de la ofrenda total de vosotros mismos a Dios. Acercaos al Dios tres veces santo, para ofrecer vuestras personas, vuestra vida y vuestra misión, personal y comunitaria, de hombres y mujeres consagrados al Reino de Dios. Hacedlo en íntima comunión espiritual con la Virgen María: ella es la primera y perfecta consagrada, llevada por el Dios que lleva en brazos; Virgen, pobre y obediente, totalmente entregada a nosotros, porque es toda de Dios. Siguiendo su ejemplo, y con su ayuda maternal, renovad vuestro “fiat“. Amén.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

La fraternidad, base del desarrollo integral y sostenible

PlumaQueridos diocesanos:

 

La organización católica Manos Unidas llama de nuevo a nuestras conciencias con su Campaña anual en la lucha contra el hambre en el mundo y en el compromiso a favor de un desarrollo humano integral y sostenible para todos. Este año, bajo el lema Un mundo mejor. Proyecto de todos, Manos Unidas quiere contribuir a crear un nuevo paradigma del desarrollo humano, basado en la fraternidad universal. Ésta es, en efecto, una cualidad necesaria para crear condiciones de desarrollo en plenitud de todos los hombres y de todo el hombre, que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Conseguirlo depende de nuestra capacidad para establecer relaciones que reconozcan y posibiliten la fraternidad fundamental de todo el género humano. Leer más