II Año Mariano de Lledó

PlumaQueridos diocesanos:

 

Estamos celebrando el II Año Mariano de Lledó. Todo este año natural está jalonado por diversos actos en la Basílica de la Mare de Déu del Lledó. En los meses pasados,  la imagen peregrina de la Virgen ha estado visitando las parroquias de la Ciudad, la cárcel, los hospitales y el albergue de Cáritas, acompañado de catequesis sobre la Virgen María. Todo ello nos está preparando para los actos centrales del Año Mariano en los primeros días del mes de mayo en torno a la fiesta principal de la Virgen, el día cuatro del mismo mes, aniversario de su coronación. El día primero de mayo, trasladaremos la imagen de la Virgen en solemne procesión a la Con-catedral de Santa María donde permanecerá hasta el día diez, para poder estar bien cerca de todos y ofrecer la oportunidad a niños, jóvenes y adultos, a enfermos y ancianos de venir a visitarla y a rezarla. Leer más

Pascua de Resurrección

 

Segorbe, S.I. Catedral, 20 de abril de 2014

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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  1. “¡Cristo ha resucitado!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, el día del gozo y del triunfo, de la gloria y de las promesas cumplidas. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: El no está aquí: Ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz. Por ello podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados del pecado y de la muerte. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

 

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas, del dolor y de la angustia. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito para cantar el eterno retorno de la naturaleza, que florece de nuevo en primavera, o el proceso interminable de continuadas reencarnaciones, o una vuelta a la vida para volver a morir desesperadamente. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

 

  1. ¿Pero creemos de verdad en la resurrección del Señor? La Palabra de Dios de hoy nos invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección”; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42) .

 

La tumba-vacía es un signo esencial de la resurrección del Señor, pero es un signo imperfecto. Es un primer paso, pero insuficiente, para creer y encontrase con el Resucitado.  Algunos, como María Magdalena, ante el sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con constatar que la tumba está vacía: “entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, por el contrario, como Juan, darán un paso más y creerán; Juan “vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9).

 

Para aceptar el sepulcro vacío como signo de la resurrección del Señor es necesaria la fe, como Juan; y, como en el resto de los discípulos, es necesario además el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas y la primera incredulidad.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús,Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

 

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos del Señor Resucitado; una fe que nos es trasmitida en sus sucesores, los Obispos, y en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es una credulidad fácil o débil; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con el Señor Resucitado directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están convencidos. Tan convencidos, que llegarán a entregar la vida por dar testimonio de que Cristo ha resucitado.

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Cristo Jesús no es una figura del pasado, alguien que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos su recuerdo y su ejemplo. Su resurrección no es un hecho histórico hundido en el pasado, sin actualidad ni vigencia para nosotros. No: Cristo vivo es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Su resurrección nos muestra que Dios no abandona a los suyos, a la humanidad, la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido y futuro: la existencia humana, la historia de la humanidad y la creación entera.

 

Cristo Jesús ha resucitado por todos nosotros y por todos los hombres, por mi y por tí, hermano. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora. ¿Lo creemos de verdad? ¿Creo de verdad que la resurrección de Cristo me concierne, a mi a y tí, que nos concierne a todos? ¿Y qué significa esta fe en mi vida?

 

A los bautizados, nos recuerda San Pablo, que en la Pascua no sólo cantamos la resurrección del Señor; su resurrección nos concierne a cada uno de nosotros, tiene que ver con cada uno de nosotros, bautizados. Nos lo recuerda San Pablo en su carta a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 3-4). La Pascua de Cristo es por ello también nuestra propia Pascua.  Y añade: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa recordar y celebrar nuestro propio bautismo, significa reavivar la vida nueva recibida en la fuente bautismal: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, según los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en servicio constante del Dios vivo, presente en cada hombre y en la creación resucitada.

 

  1. Hoy, la Iglesia se reviste de sus mejores galas, porque Cristo ha resucitado. Y cuantos celebramos esta Pascua podemos afirmar: ¡Cristo está aquí!, en medio de nosotros. Él está aquí, en medio de nosotros, y nos quiere hablar al corazón. Él está aquí y nos quiere sanar de nuestras miserias, de muestras dudas y de nuestros miedos. Él está aquí y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí y nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo. Él está aquí y nos renueva, nos pacifica y nos resucita. El está aquí y nos llena con la alegría de sabernos amados inmensamente por Dios. Él está aquí y nos envía a salir por los caminos del mundo, para ir las periferias y ser testigos de la Vida resucitada.

 

La Pascua de Cristo es nuestra Pascua. La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y contra la muerte, porque en Cristo resucitado la Vida ha triunfado sobre el pecado y la muerte.

 

Cristo resucitado es el centro de nuestra fe y el fundamento de la esperanza de la humanidad. Si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque seríamos rehenes del mal y la muerte. “Ahora, en cambio, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto” (1 Co 15,20). Con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa, el pecado.

 

  1. “¡Paz a vosotros!” (Jn 20,19.20). Éste primer saludo del Resucitado a sus discípulos se repite hoy al mundo entero. Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, para los abatidos y los atribulados, para los que sufren cualquier tipo de miseria, la Pascua proclama hoy la esperanza de la paz, basada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. ¡Que la paz triunfe sobre las guerras en todas las regiones del mundo, que la padecen! ¡Que la paz del Resucitado triunfe sobre la violencia verbal y física! ¡Que la paz del Resucitado transforme nuestros corazones y supere el egoísmo, la mentira, la codicia y la crispación en nuestra sociedad! ¡Que el perdón, don del resucitado, supere nuestra mentalidad mundana de la venganza y de la violencia, del rencor y del odio!

 

Como a los Apóstoles, Cristo nos dice hoy a todos: “¡Ánimo, soy yo, no temáis!” (Mc 6,50). Él está con nosotros. Su presencia nos da fuerza para superar nuestras zozobras en la fe, para superar nuestros miedos y respetos humanos a confesarnos cristianos,  para vivir con alegría como discípulos suyos en la comunidad de los creyentes, para seguir anunciando a Jesucristo resucitado para salir por los caminos del mundo e ir a las periferias a anunciar y llevar a todo hombre y mujer, la buena nueva de Dios para los hombres.

 

¡Cristo ha resucitado! Cristo está vivo entre nosotros. El está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. Él se ofrece como Pan de salvación y como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!
¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Pascual de Resurrección

PlumaQueridos diocesanos:

 

Pascua es “la fiesta de las fiestas” de los cristianos, porque es el día de la resurrección del Señor. ¡Cristo ha resucitado! Este es el hecho central y la verdad fundamental de la fe y de la esperanza cristianas. Como dice San Pablo: si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe. Por ello proclamamos en el Credo, el símbolo y resumen de nuestra fe: Cristo, después de su crucifixión, muerte y sepultura, ‘resucitó al tercer día’. De nada hubieran servido la pasión y la muerte de Jesús, si no hubiera resucitado. Las mujeres y los mismos Apóstoles, desconcertados en un primer momento ante la tumba vacía, aceptan el hecho real de la resurrección; no se lo inventan, dejándose llevar por su imaginación o por no se sabe qué deseos de poder; se encuentran con el Resucitado y comprenden el sentido de salvación de la resurrección a la luz de las Escrituras. Leer más

Vigilia Pascual

 

Segorbe. S.I. Catedral, 19 de abril de 2014

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  1. “No está aquí. Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,6). Este es el anuncio del ángel vestido de blanco a María Magdalena y a la otra María, que habían acudido a ver el sepulcro. Esta es la gran noticia en la Noche Santa de Pascua: Cristo Jesús ha resucitado. Es la Pascua del Señor: Jesús, el Crucificado, ha pasado a través de la muerte a la Vida, Cristo ha pasado con su cuerpo a una nueva vida, la vida gloriosa de Dios. El Señor vive para siempre.

 

Esta es, queridos hermanos, la razón de nuestra asamblea litúrgica en esta Vigilia Pascual, la fiesta cristiana por excelencia. Esta es la razón de nuestra alegría pascual ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos porque Jesús ha resucitado; gocemos de la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. En medio de la oscuridad de la noche, Cristo Jesús ha sido liberado de la muerte y llenado del Espíritu de Dios, el Espíritu de la Vida.

 

  1. “Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117). La Palabra de Dios nos lo ha recordado. Dios no es un dios de muerte, sino el Dios del Amor y de la Vida.

 

En la primera creación del mundo, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas primeras y las llenó de luz y de vida. Lo primero que Dios creó fue la luz: “Que exista la luz”; la luz para ver a Dios, para descubrir la verdad y el bien, para descubrir la armonía la belleza de toda la creación. Dios creó todas las cosas y al hombre por amor y para la vida misma de  Dios, para la verdad y el bien, para la amistad de todos con Dios. ¡Y vio que era muy bueno! Ahora, en la nueva creación, el mismo Espíritu ha actuado poderosamente en el sepulcro de Jesús y ha llenado de Vida nueva y gloriosa a Jesús, el primogénito de toda la nueva creación.

 

Cuando el hombre en uso de su libertad rechaza la vida y el amor de Dios, cuando rompe la armonía de la creación y rechaza la amistad de Dios, Dios en su infinita misericordia no le abandona. En la culpa humana, Dios muestra su amor misericordioso y promete al Salvador. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Para rescatarnos del pecado de Adán nos dio al Salvador, quien muriendo nos libera del pecado y de la muerte, y resucitando triunfa sobre la muerte y nos devuelve la vida.

 

Dios no abandona nunca al hombre. Dios no es un dios lejano. Dios está presente siempre y pasa permanentemente por la existencia del hombre, de cada hombre: pasa por la vida de Adán, pasa por la existencia de Abrahán evitando la muerte de su hijo Isaac, pasa por la historia de su Pueblo Israel y lo salva de la esclavitud de Egipto. Y en el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a una nueva existencia, liberándonos a todos, como un nuevo Moisés que guía a su pueblo a través de las aguas del Bautismo. Dios pasa haciéndose oír por la voz de los profetas que recordaban su amor eterno hacia su pueblo: un amor que se convierte en alianza eterna, que sacia la sed de vida del hombre; un amor que por el camino de los preceptos de la vida conduce a la auténtica sabiduría; y un amor que da un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Pero sobre todo, Dios pasa por la existencia entregada de su Hijo: Dios no lo abandona en la muerte, le ‘hace pasar’ por la muerte a la vida. El Viernes Santo, escuchábamos conmovidos la pasión y muerte de Jesús en la Cruz; y depositábamos su cuerpo en el sepulcro. Esta Noche santa escuchamos: “No está aquí. Ha resucitado”. Es la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida gloriosa y sin fin. Es el triunfo de la Vida de Dios sobre el pecado y sobre la muerte.

 

  1. Anunciemos por doquier que es la Pascua: que Dios “ha pasado” y pasa por la vida de los hombres desde la misma creación para mostrarnos que nos ama; que este mismo Dios, en la plenitud de los tiempos “ha hecho pasar” a Jesús de la muerte a la Vida; y que “ha pasado”, por nuestras vidas para liberarnos de nuestras esclavitudes y miserias, para llevarnos a la Vida nueva de Dios por el Bautismo.

 

Sí, hermanos. En la Pascua no sólo cantamos la Resurrección del Señor; su Resurrección nos concierne a cada uno de nosotros, tiene que ver con cada uno de nosotros, bautizados. Nos lo ha recordado San Pablo en su carta a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4). La Pascua de Cristo es por ello también nuestra propia Pascua.

 

Por ello, ¿qué mejor ocasión que la Vigilia pascual para ser incorporados al misterio pascual de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de estos niños -Israel y Celia-, de recordar nuestro propio bautismo y de renovar con corazón agradecido nuestras promesas bautismales. Y lo haréis con una nueva fuerza y alegría renovada, vosotros, los miembros de la tercera comunidad de la Trinidad de Castellón, que tras largos años de recorrido habéis concluido el Camino Neocatecumenal.

 

La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que estos niños van a recibir, son esas palabras de San Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa ser incorporados a la Pascua del Señor, pasar con Cristo de la muerte del pecado a la vida en Dios. Como estos niños en esta noche Santa, como nosotros un día, por el bautismo renacemos a la nueva vida de la familia de Dios: lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre nos acoge amorosamente como a sus hijos en el Hijo y nos inserta en la nueva vida resucitada de Jesús.

 

Como nosotros un día, así también, vuestros hijos, queridos padres, quedarán esta noche vitalmente y para siempre unido al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo en el seno de la familia de Dios. A partir de hoy serán hijos de Dios en su Hijo, Jesucristo, y, a la vez, hermanos de cuantos formamos la familia de los hijos Dios, es decir, la Iglesia.

 

Como al resto de los bautizados, esta familia de la Iglesia, en que hoy quedan insertados, no los abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta familia es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia no los abandonará incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de su vida. Esta familia les brindará siempre consuelo, fortaleza, aliento y luz; les dará palabras de vida eterna, esas palabras de esperanza que iluminan y responden a los grandes desafíos de la vida e indican el camino exacto a seguir hasta la casa del Padre.

 

Vuestros hijos reciben hoy una nueva vida: es la vida misma de Dios, es la via eterna, germen de felicidad plena y eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte y tiene en sus manos las llaves de la Vida. La comunión con Cristo es vida y amor eternos, más allá de la muerte, y, por ello, es motivo de esperanza. Esta vida nueva y eterna, que hoy reciben vuestros hijos y que hemos recibido todos los bautizados, es un don que ha de ser acogido, vivido y testimoniado personalmente. Los padres y padrinos, haciendo las promesas bautismales diréis, en su nombre, un triple ‘no’: diréis ‘no’ a Satanás, el padre y príncipe del pecado, a sus obras y a sus seducciones al mal, para vivir en la libertad de los hijos de Dios; es decir, en su nombre renunciaréis y diréis ‘no’ a lo que no es compatible con la amistad que Cristo les da y ofrece, a lo que no es compatible con la vida verdadera en Cristo. Pero, ante todo, en la profesión de fe, diréis un ‘sí’ a la amistad con Cristo Jesús, muerto y resucitado, que se articula en tres adhesiones: un ‘sí’ al Dios vivo, es decir a Dios creador, que sostiene todo y da sentido al universo y a nuestra vida; un ‘sí’ a Cristo, el Hijo de Dios que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; y un ‘sí’ a la comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo y en nuestra vida.

 

¡Que el amor por vuestros hijos, que mostráis hoy al presentarlos para que reciban el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadles y ayudadles con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio de vida a vivir y proclamar la nueva vida que hoy reciben! ¡Enseñadles y ayudadles a encontrarse personalmente con Jesús para conocerle, amarle y vivir tras sus huellas! ¡Enseñadles y ayudadles a vivir en la comunión de la familia de Dios, como hijos de la Iglesia, a la que hoy quedan incorporados, para que participen de su vida y de su misión! !Enseñadles a vivir la alegría del Evangelio que brota de la experiencia de ser amados por Dios! !Apoyadles para que compartan con otros la alegría del Evangelio!

 

  1. También nosotros, los ya bautizados, recordamos hoy el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales, por las que decimos ‘no’ a Satanás, a sus obras y seducciones para vivir la libertad de los hijos de Dios, y haciendo la profesión de fe en Dios Padre, creador de todo, en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo, y en el Espíritu Santo que nos une y mantiene en la comunión de la Iglesia. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del nuestro bautismo. San Pablo nos exhorta a que “andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos con la ayuda de la gracia la nueva vida: la vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!.

 

El Espíritu Santo clama en nuestro corazón y nos mueve a dirigirnos a Dios para decirle: “!Abba¡ ¡Padre¡”. Porque somos en realidad hijos adoptivos de Dios en Cristo Jesús, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Con espíritu filial, dispongámonos, hermanos, ahora a celebrar el bautismo de estos niños. Movidos por este mismo espíritu filial renovemos nuestras promesas bautismales y participemos luego en la mesa eucarística. Hacedlo vosotros, queridos hermanos y hermanas, que concluís el Camino Neocatumenal y os habéis preparado de modo especial para renovarlas solemnemente en esta S.I. Catedral-Basílica ante mí, sucesor de los Apóstoles. Vuestras túnicas blancas de lino son signo de vuestra nueva vida bautismal que os acompañarán también en el tránsito hacia la casa del Padre. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías cada uno: en algunos casos seguro que de un mundo de destrucción y de miseria, por vivir alejados del amor de Dios por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, su misericordia infinita que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

 

Renovados así en el amor de Jesucristo podréis y podremos todo seguir nuestro camino en el mundo bajo la mirada del Padre y con la fuerza del Espíritu. Fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y para llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “!El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración Litúrgica del Viernes Santo

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 18 de abril de 2014

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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  1. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa Cruz redimiste al mundo”. Esta invocación expresa el sentido del Viernes Santo, el misterio de nuestra salvación. En la Cruz, Cristo Jesús nos ha arrancado del poder del pecado y de la muerte; con su Cruz nos ha redimido y nos ha abierto de nuevo las puertas de la dicha eterna. Al conmemorar hoy la pasión y muerte de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, contemplamos con fe el misterio de la pasión y muerte en cruz del Hijo de Dios: la Cruz es misterio de redención y salvación, misterio de amor. Contemplamos a Dios que ha entregado a su Hijo, su único Hijo, por la salvación del mundo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3,16). Contemplemos a Cristo, el Hijo de Dios, que, obediente a la voluntad amorosa del Padre, entrega su vida por amor hasta la muerte, y una muerte en cruz.

 

  1. El Poema del Siervo doliente de Isaías nos ha ayudado a revivir los momentos de la pasión de Cristo en su vía dolorosa hasta la Cruz. Hemos contemplado de nuevo el ‘rostro doliente’ del Señor: El es el ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y ultrajado por su pueblo. El mismo Dios, que asumió el rostro de hombre, se muestra ahora cargado de dolor. No es un héroe glorioso, sino el siervo desfigurado. No parece un Dios, ni siquiera un hombre, sin belleza, sin aspecto humano. Es despreciado, insultado y condenado injustamente por lo hombres. Como un cordero llevado al matadero, no responde a los insultos y a las torturas. No abre la boca sino para orar y perdonar. Todos se mofan de él y lo insultan; y Él no deja de mirarlos con amor y compasión.

 

  1. Lo que más impresiona es la profundidad del sacrificio de Cristo. Aunque inocente y libre de todo pecado, Jesús carga voluntariamente con los sufrimientos de todos los hombres, porque se carga con los pecados de todos. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45). En la Cruz, Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1Co 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor y en lugar de nosotros. Él carga con el dolor provocado por nuestros pecados, por la tragedia de nuestros egoísmos, de nuestras mentiras, envidias, traiciones y maldades, que se echaron sobre él para condenarlo a una muerte injusta. El carga hasta el final con el pecado humano y se hace cargo de todo sufrimiento e injusticia humana.

 

El pecado no es otra cosas que el rechazo del amor de Dios. Todo el pecado del hombre, todos los pecados de los hombres del pasado y del presente, en su extensión y profundidad es la verdadera causa del sufrimiento del Redentor. Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que produce el pecado, que sigue a todos pecado. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). Si el sufrimiento ‘es medido’ con el mal sufrido, entonces podemos entrever la medida de este mal y de este sufrimiento, que Cristo cargó sobre sí. El sufrimiento de Jesús, el Hijo de Dios, es ‘sustitutivo’, ‘en lugar de nosotros’ y ‘por nuestros pecados; pero el sufrimiento de Jesús es, sobre todo, redentor. El Varón de dolores es verdaderamente el ‘cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Su sufrimiento borra los pecados porque únicamente Él, como Hijo unigénito de Dios, los pudo cargar sobre sí, y asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado.

 

A la experiencia de abandono doloroso, Él responde con su ofrenda: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). La experiencia de abandono se convierte en oblación amorosa y confiada al Padre por amor del mundo. Entregando, en obediencia de amor, su espíritu al Padre (cf. Jn 1.9,30), el Crucificado restablece la comunión de amor con Dios y se solidariza con los sin Dios, es decir, con todos aquellos que por su culpa padecen el exilio de la patria del amor. El aniquila el mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien.

 

  1. En la oscuridad de la Cruz rompe así la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho” (Is 52, 13) El Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria y redentora, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz manifiesta la grandeza del amor de Dios, que libra del pecado y de la muerte. Desde la Cruz, el Hijo de Dios muestra la grandeza del corazón de Dios, y su generosa e infinita misericordia, y exclama:“!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!” (Lc 23, 34). En la Cruz se encuentran la miseria del hombre y la misericordia de Dios.

 

La Cruz muestra así el verdadero rostro de Dios, su dolor activo, libremente elegido, perfecto con la perfección del amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Dios no es un espectador del mundo: En Jesús, su Hijo, Él asume el dolor y el sufrimiento humano y lo redime viviéndolo como don y ofrenda de los que brota la vida nueva para el mundo. Desde el Viernes Santo sabemos que la historia de los sufrimientos humanos es también historia del Dios con nosotros: El está presente en el dolor humano para sufrir con el hombre y para contagiarle el valor inmenso del sufrimiento ofrecido por amor. La “patria” del Amor ha entrado en el “exilio” del pecado, del dolor y de la muerte para hacerlo suyo y reconciliar la historia con él: Dios ha hecho suya la muerte para que el mundo hiciese suya la Vida. En la Cruz, el Hijo de Dios se entrega a la muerte para darnos la vida.

 

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza para salvarlo. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz es el “árbol de la vida” para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios. En Viernes Santo, Jesús convierte la cruz en instrumento de bendición y salvación universal. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la Cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). La Cruz de Cristo es el símbolo supremo del amor.

 

  1. Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad y la injusticia de los hombres. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo hoy tiene que cargar.

 

Contemplemos y adoremos la Cruz: Es la manifestación de la gloria de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de muerte. Unámonos a Cristo en su Cruz para dar la vida por amor. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor de Dios.

 

Al pié de la cruz, la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de dolor y de amor de su sacrificio. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. La Cruz gloriosa de Cristo sea, para todos, prenda de esperanza, de amor y de paz. “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa Cruz redimiste al mundo”. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Misa de la Cena del Señor en el Jueves Santo

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 17 de abril de 2014

 (Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15)

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¡Amados todos en el Señor!

 

  1. En la tarde de Jueves Santo conmemoramos la última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Nuestra mente y nuestro espíritu se traslada al Cenáculo, donde Jesús se ha reunido con los suyos para celebrar la Pascua. “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22,15), les dice, al comenzar la celebración de su última Cena y de la institución de la santa Eucaristía. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora. Jesús anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. Esperaba aquel momento que tendría que ser en cierto modo el de las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la transformación del mundo. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor que espera. Jesús nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿Sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas?

 

Es bueno que reflexionemos un año más sobre el contenido de esta tarde memorable.

 

  1. La primera lectura (Ex 12, 1-8; 11-14) nos ha relatado la institución de la Pascua de los judíos. Pascua significa “paso”. Es el paso de Dios que libera a los hijos de los hebreos de la esclavitud de Egipto mientras exterminaba a los primogénitos de los egipcios. La contraseña liberadora es una mancha de sangre del cordero en las puertas de los hebreos. Los hebreos debían inmolar en cada familia “un animal sin defecto (de un año, cordero o cabrito)”, y rociar con la sangre las dos jambas y el dintel de las casas para librarse del exterminio de los primogénitos al paso del ángel.

 

En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y alimentados con su carne, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo y en acción de gracias por la acción liberadora de Yahvé. “Es la Pascua en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto.

 

La Pascua de los judíos era una sombra y prefiguración de la Pascua de Cristo, la pascua cristiana. En ella no hay cordero; o mejor Cristo mismo es el ‘verdadero cordero sin defecto’, que se inmola para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Cristo es el nuevo Cordero, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Cordero que con su sangre libremente derramada en la cruz establece la nueva y definitiva Alianza.

Desde el momento mismo en que Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos, inicia el rito de su Pascua. En lugar de un cordero, Jesús toma pan y vino. “El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre”. Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la sangre de Cristo, fueron ofrecidos  aquella noche, como anuncio y anticipo de la muerte del Señor, de la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz.

 

  1. “Haced esto en memoria mía”, dice Jesús a los apóstoles; Él quiere perpetuar así a través de ellos y de sus sucesores aquel gesto de la cena y, con él, su sacrificio en la Cruz para la remisión de las culpas. Agradezcamos esta tarde al Señor el don del sacerdocio que perpetúa la presencia de Cristo y su acción salvadora entre nosotros; oremos por el don de nuevas vocaciones.

 

“Haced esto en memoria mía”. Con estas palabras solemnes instituye Jesús la Eucaristía y la entrega a su Iglesia para todos los siglos. Cada año, en la tarde de Jueves Santo, recordamos que en la Cena del primer Jueves Santo, Jesús nos ha regalado a sus discípulos la Eucaristía como don de su amor llevado hasta el extremo y fuente inagotable de su amor, que es el amor mismo de Dios. En la Eucaristía se perpetúa por todos los siglos el amor hasta el extremo de Jesús, su ofrenda libre y total en la Cruz para la vida del mundo. Cada santa Misa rememora  la última Cena, actualiza el sacrificio redentor en la Cruz; el pan y el vino eucarísticos son presencia real del Señor y banquete para entrar en comunión con Él y con los hermanos en la espera de su venida al final de los tiempos.

 

Cuando comulgamos, los creyentes recibimos el efecto salvador del sacrificio en la Cruz y el alimento para nuestro caminar hacia la tierra de promisión.  Alimentados con el Cuerpo del Señor y lavados con su Sangre, los cristianos podemos soportar las asperezas del peregrinaje de esta vida, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, caminar con esperanza hacia la tierra prometida: la casa del Padre. ¿No nos ha de preocupar el alejamiento de tantos cristianos de la participación en la Eucaristía? ¿Valoramos nosotros mismos el inmenso don de la Eucaristía?

 

  1. Unido al don de la Eucaristía, Cristo nos ha dado su nuevo mandato. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Eucaristía, comunión con Cristo y con los hermanos, y existencia cristiana basada en el amor, son inseparables. Desde aquella Cena, Jesús nos enseña que participar de su amor es entregarse y gastarse como Él. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma, sin reservas, a Dios y al prójimo.

 

Y para enseñarnos cómo ha de ser el amor de sus discípulos, Jesús, antes de instituir el sacramento de su Cuerpo y Sangre, les sorprende ciñéndose una toalla y abajándose para lavarles los pies; se despoja de las vestiduras de su gloria, se ciñe el “vestido” de la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los discípulos, les purifica de sus impurezas y pecados, y así los capacita para acceder al banquete divino al que los invita. En el lavatorio de los pies, Jesús les da el don de la pureza, les hace capaces de entrar en comunión con Dios y los hermanos en el banquete divino. Pero el don se transforma después en un ejemplo, en la tarea de hacer lo mismo unos con otros. “Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14). Sólo podremos ser verdaderos discípulos de Jesús, si nos dejamos lavar los pies y purificar de nuestras impurezas y pecados en el sacramento de la Penitencia, y, si participando así de su amor en la Eucaristía, nos dejamos trasformar por su amor. Eso y sólo nos hace capaces y nos da fuerzas para amar, perdonar y servir como el Señor, para imitarlo en nuestra vida en el servicio a los demás, especialmente a los pobres, a los necesitados y abatidos, a los heridos de la vida. Porque, en el amor servicial, en la solicitud por el prójimo está la esencia del vivir cristiano.

 

El “mandamiento nuevo” que nos da el Señor no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta entonces no existía. Lo nuevo es el don de si mismo que nos transforma y nos introduce en la mentalidad y en el camino de Cristo. El lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía, la muerte de Jesús en la cruz, nos indican que la humildad, el perdón acogido y ofrecido y la disponibilidad para servir hasta la entrega total al prójimo son el camino para realizar y hacer verdad el precepto del Señor, para transformar el mundo con el amor de Dios.

 

¡Tarde de Jueves Santo! ¡Muchos sentimientos se agolparon entonces en el corazón de Jesús y de sus discípulos¡ !Muchos sentimientos invaden ahora nuestro corazón! Demos gracias a Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos legó la Eucaristía, el don de amor más grande que pensarse pueda. Jesús se va, pero se queda presente entre nosotros en la Eucaristía.

 

Que María, ‘la mujer eucarística’ nos ayude a valorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, a participar en ella y a adorarle con gratitud. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Misa Crismal

Castellón de la Plana, S. I. Concatedral, 14 de abril de 2014

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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1. “Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel, (Apoc. 1,5) a todos vosotros -sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos, religiosas y fieles laicos-, venidos de toda la Diócesis hasta esta Concatedral de Santa María para la Misa Crismal. En ella consagraremos el Crisma y bendeciremos los Óleos con que serán ungidos quienes reciban este año el bautismo, la confirmación, el orden sagrado o la unción de los enfermos.

 

Próximo ya el Jueves Santo, día de la Eucaristía y del Sacerdocio, esta mañana los sacerdotes renovaremos las promesas sacerdotales recordando nuestra ordenación y unción sacerdotal por el Santo Crisma. Por ello, queridos hermanos sacerdotes, estos días he pensado de modo especial en vosotros: habéis venido a mi mente y a mi corazón con vuestro rostro concreto, más jóvenes, unos, y más avanzados en años, otros; he pensado ante el Señor en vuestros posibles estados de ánimo: en unos serán de alegría y de ardor misionero y en otros tal vez de dolor pastoral o de cansancio, de desaliento o quizá de desconcierto en la tarea.

 

Y me he preguntado: ¿cómo os puedo -o mejor cómo nos podemos-  ayudar en esta situación?. Se trata de una ayuda, no de una acusación. ¿Cómo podremos, en efecto, mantener viva o fortalecer la alegría y el ardor misionero en unos casos, o cómo podremos, en otros casos, afrontar el dolor pastoral, recuperar la alegría y la fuerzas para la misión, superar el desaliento o el desconcierto?  Sé que ésta no es sólo una tarea mía; es una tarea de todos; algo que sólo juntos, unidos y cercanos los unos a los otros podremos acometer. Es importante, nos decía el papa Francisco a los Obispos en la Visita ad limina, que el obispo no se sienta solo, ni crea estar solo, sino que sea consciente de que también la grey que le ha sido encomendada tiene olfato para las cosas de Dios, especialmente vosotros los sacerdotes, mis colaboradores más directos, y también las personas consagradas y los laicos (Discurso en la Audiencia a los Obispos españoles, de 1 de marzo de 2014) .

 

Vivimos tiempos recios en nuestra misión pastoral. Por ello el mismo Papa Francisco nos decía que “ante la dura experiencia de la indiferencia de muchos bautizados y frente a una cultura, que arrincona a Dios en la vida privada y lo excluye del ámbito público, conviene que no olvidemos nuestra historia. De ella aprendemos que la gracia divina nunca se extingue y que el Espíritu Santo continúa obrando en la realidad actual con generosidad. Fiémonos siempre de Él y de lo mucho que siembra en los corazones de quienes están encomendados a nuestros cuidados pastorales” (Idem) .

 

En su hermosa Exhortación Evangelii gaudium, el Papa Francisco nos invita a experimentar la alegría del Evangelio y de su anuncio mediante el encuentro o el reencuentro personal con Jesucristo (EG 1), que nos lleve a una conversión personal y pastoral (EG 25). Y nos dice que “para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque “él viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8, 26)” (EG 280).

 

Centremos, pues, esta mañana nuestra mirada en Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, que nos ama y nos ha librados de nuestros pecados por su sangre (cf. Ap , 5-6). !Abramos una vez más nuestro corazón a Cristo! !Dejémonos encontrar por Él y su palabra, por su amor de predilección!. Él es la verdadera fuente de nuestra alegría y de nuestro ardor misionero. Hagamos memoria y descubramos también la acción generosa del Espíritu Santo en el pasado y en el presente de nuestras comunidades, de nuestra Iglesia y de nuestra propia historia personal.

 

Con estas actitudes, detengámonos unos momentos en la Palabra que acabamos de proclamar.

 

  1. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1). Estas palabras de Isaías, valen en primer lugar y ante todo para Jesús. El es el Cristo el Ungido del Señor, lleno del Espíritu Santo (cf. Lc 4, 21). Y desde Él y gracias a Él, estas palabras valen para todo bautizado y confirmado, y valen de un modo especial y por título particular para cada uno de nosotros, sacerdotes y obispo. El crisma, que vamos a consagrar, nos recuerda el misterio de la unción sagrada de nuestro Bautismo y nuestra Confirmación, así como la de nuestra Ordenación; una unción, que marca para siempre la persona y la vida de todo cristiano, una unción que marca para siempre especialmente nuestra persona y nuestra vida de presbíteros y de obispo. Cada uno de nosotros puede decir de sí: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1).

 

Queridos sacerdotes, estas palabras nos conciernen de modo directo y especial. Por una unción singular que afecta a todo nuestro ser, hemos quedado configurados con Cristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia, el Siervo de Dios. El Espíritu del Señor está en nosotros y con nosotros: con su aliento y con su fuerza podemos y debemos contar siempre y en todo momento y, sobre todo, en nuestra debilidad. Gracias al don del Espíritu en nosotros somos pastores y maestros en nombre del Señor en su Iglesia, renovamos el sacrificio de la redención, preparamos para el banquete pascual, presidimos al pueblo santo en el amor, lo alimentamos con la Palabra y lo fortalecemos con los sacramentos (cf. Prefacio de la Misa Crismal), y tenemos la fuerza para salir por los nuevos caminos que nos pide nuestra misión. !Fiémonos de la acción silenciosa, pero real y eficaz del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros!.

 

Al recordar hoy nuestra ordenación presbiteral renovemos juntos y con el frescor y alegría del primer día, nuestras promesas sacerdotales. Hagamos memoria agradecida del don recibido de Cristo y de la presencia permanente del Espíritu en nosotros. Renovemos nuestro compromiso de amor contraído con Jesucristo y con los hermanos. Reconozcamos la inigualable novedad del ministerio y misión a la que servimos. Somos los ministros de la gracia del Espíritu Santo que Cristo ha enviado al mundo para la sanación y la salvación de todos desde la Cruz.  Esta es la fuente de la que surgirá una renovada alegría y un renovado impulso apostólico, el bálsamo que sanará nuestras heridas y la luz que nos guiará en la tarea pastoral. Dios es fiel a su don y a sus promesas. Su Espíritu es la fuerza que nos sustenta y alienta en nuestras luchas y dificultades, ante la tentación de la tibieza, de la acedia y del desaliento.

 

La presencia del Espíritu y nuestra unción están íntimamente unidos a nuestra misión. Hemos sido ungidos para ser enviados; en el servicio fiel y entregado a nuestro ministerio encontraremos el camino de la alegría y de nuestro ardor, y también de nuestra santificación.

 

  1. La primera misión que Dios nos ha confiado, queridos sacerdotes, es la de anunciar el Evangelio a todos. “El Espíritu del Señor me ha ungido para dar la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1). Los pastores somos ministros, servidores, de la Palabra, el Verbo de Dios hecho carne, y de su Evangelio. Sí, queridos sacerdotes: Hemos sido ungidos para entregar nuestra vida al anuncio de la Palabra de Dios a los que sufren, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dedicó toda su vida “a enseñar” (Act 1,1). San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, nos recuerda que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor” (2 Co 4,5). Y a los mismos fieles de Corinto, en una carta precedente, les había escrito: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1,23). Y hemos de hacerlo en todo momento, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella, con humildad, con respeto y con paciencia, buscando y transitando juntos los nuevos caminos de la evangelización, sin avergonzarnos nunca de Cristo, sabiendo que Dios tiene sus tiempos. Y sabiendo que, como Cristo Jesús, no estamos solos en el anuncio de la Palabra. Dejémonos llevar por la fuerza y la sabiduría del Espíritu; fiémonos de la eficacia inherente a la Palabra de Dios, que es viva y eficaz.

 

Nuestro anuncio de la Palabra ha de ir refrendada por nuestro actuar sincero y coherente. A Jesús le escuchaban con admiración no porque dijera palabras deslumbrantes, sino porque era la Palabra encarnada. El hacía vida lo que predicaba. Ese debe ser nuestro estilo. La Palabra tiene fuerza de convicción cuando anida en nuestro interior mediante la oración y brilla con pulcritud en nuestra vida. Seamos dóciles a las mociones del Espíritu Santo.

 

  1. “El Espíritu me ha enviado para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61,2). Somos ministros de la gracia del Señor, que es vida divina y llega a nosotros a través de los sacramentos gracias a la presencia eficaz del Espíritu Santo. A los viandantes, la gracia nos llega, sobre todo, a través de la Eucaristía y de la Penitencia. El sacerdote, cuando administra los sacramentos, lo hace “in persona Christi capitis”. Por eso, cuando celebramos la Eucaristía es Cristo quien se ofrece al Padre por la salvación de los hombres. Cuando administramos el Sacramento de la Penitencia, es Cristo quien perdona los pecados. Para que nuestros fieles aprecien y acudan a los sacramentos, han de percibir en nosotros otros cristos, que valoran y viven lo que celebran.

 

“Celebremos siempre con fervor la Santa Eucaristía. Postrémonos con frecuencia y prolongadamente en adoración delante de Cristo Eucaristía.  Entremos, de algún modo, en la ‘escuela de la Eucaristía’. Muchos sacerdotes, a través de los siglos, han encontrado en ella el consuelo prometido por Jesús la noche de la última cena, el secreto para vencer su soledad, el apoyo para soportar sus sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento, la energía interior para confirmar la propia elección de fidelidad. El testimonio que daremos al pueblo de Dios en la celebración eucarística depende mucho de nuestra relación personal con la Eucaristía” (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes, Jueves Santo de 2000, n. 14).

 

Cuidemos con esmero esta relación con Cristo que nos ayudará a vivir con alegría y pasión nuestro ministerio sacerdotal. La nueva etapa de la Evangelización nos urge a centrar nuestra vida en Cristo. Animemos a los niños, a los jóvenes y a las familias a que tengan momentos de encuentro con Cristo Eucaristía. Las vocaciones nacerán y se fortalecerán al calor de su amor.

 

Respecto al Sacramento de la Penitencia os pediría que facilitéis lo más posible a los fieles el acercarse a recibir el perdón de Dios. Seamos ministros de la misericordia. Observo buena disposición en todos vosotros y os lo agradezco. Pero seremos mejores ministros de la misericordia de Dios si nosotros mismos somos asiduos receptores de la misma. Acudamos con frecuencia a recibir el abrazo del perdón misericordioso del Padre en el sacramento de la Penitencia.

 

  1. “El Espíritu del Señor me ha enviado para consolar a los afligidos, … para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en traje de fiesta, su abatimiento en cánticos”(Is 61,3). Los sacerdotes, como Jesucristo, hemos de reconocer que nuestra vida es don y entrega a los hermanos, en especial a los más pobres: a los desheredados, a los afligidos y a los abatidos. Hemos de ejercitar nuestro ministerio desde el servicio y desde el amor oblativo que libera, que levanta, que sana, que da consuelo, que aporta motivos para vivir y para esperar, que reconforta y alegra el espíritu. Seremos guías auténticos y regiremos bien la comunidad cristiana si servimos con generosidad a todos los miembros del Pueblo de Dios, ayudándolos a crecer, saliendo a buscar las ovejas perdidas y desorientadas, y llevando a todos a Jesucristo.

 

Ese es el sentido de las promesas que hoy vais a renovar.  Es necesario recordar y testimoniar de modo creíble que sólo Dios en Cristo es la verdadera riqueza que llena de alegría nuestro corazón y de sentido nuestra existencia. En Él está la alegría profunda que las promesas del mundo no pueden dar. El amor entregado a Cristo y la caridad pastoral apasionada  a quienes nos han sido confiados es nuestra respuesta agradecida al don permanente de Dios en nosotros. No nos dejemos llevar por el desaliento. Dejémonos encontrar y renovar por la gracia misericordiosa de Dios. Hoy queremos recordar y testimoniar ante el Pueblo de Dios que sólo Dios, su don y nuestro ministerio, son la verdadera riqueza que llena de sentido nuestra existencia. En Dios está la alegría profunda que las promesas del mundo no pueden dar.

 

Recordemos en esta santa Misa a los sacerdotes que a lo largo de este año han partido hacia la Casa del Padre: P. Miguel Llamazares Martínez, OSA; P. Eliseo Gil, Carmelita Descalzo; Rvdo. D. Salvador Martínez y Rvdo. D. Rafael Reig Armiñana, de la Archidiócesis de Valencia. Que el Señor les conceda su Paz y su Gloria para siempre.

 

Y que María, Madre de los sacerdotes, nos aliente a todos para cumplir bien y fielmente el ministerio que su Hijo, nos ha encomendado. Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nombramiento de los miembros del Consejo Diocesano de Asuntos Económicos

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTOLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcHabiendo aprobado y promulgado con fecha veintiséis de marzo pasado los nuevos Estatutos del Consejo Diocesano de Asuntos Económicos debe procederse a la constitución de un nuevo Consejo. Mediante escrito de treinta y uno de marzo pasado, se procedió a la consulta establecida en el art. 3 § 3 de dichos Estatutos para la designación de los “cuatro sacerdotes, representantes de cada una de las cuatro zonas de la Diócesis  (art. 2 de los Estatutos”. Una vez realizadas el resto de consultas, por el presente

 

NOMBRO

 

a los Miembros del Consejo Diocesano de Asuntos Económicos de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, que, bajo nuestra presidencia, queda constituido como sigue:

 

Miembros natos:

  • Sr. D. Yago Gallo Martínez, Vicario General;
  • I. Sr. D. Pedro Saborit Badenes, Delegado Diocesano para el Patrimonio Cultural;
  • José-Arcadio Muñoz Fernández, Ecónomo Diocesano;

 

Miembros de libre designación:

  • Vicente Ambou Soriano.
  • Vicente Domingo Silvestre Ortells.
  • Fernando Renau Faubell.
  • Gonzalo Izquierdo Busteros.
  • I.. Sr. D. Tomás Tomás Beltrán, por la Zona I.
  • I. Sr. Joaquín-Daniel Esteve Domínguez, por la Zona II.
  • Sr. D. Vicente Borja Dosdá, por la Zona III.
  • D. José Aparici Centelles, por la Zona IV.

 

Confiamos al Señor, el Buen Pastor, y a la Virgen de la Cueva Santa que todos los consejeros ejerzan su tarea en bien de la comunión, vida y misión de nuestra Iglesia Diocesana. Comuníquese a todos los interesados, hágase público por los medios habituales y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

 

Dado en Castellón de la Plana, a catorce de abril del Año del Señor de dos mil catorce

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Doy fe,

 

Tomás Albiol Talaya

El Canciller-Secretario General

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

14 de abril de 2014

(Is 50,4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Mt26, 14-27, 66)

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¡Hermanas y hermanos, amados todos en el Señor!

 

  1. Con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor comienza la Semana Santa, en la que un año más celebramos los misterios santos de nuestra redención: la pasión, muerte y resurrección del Señor. “!Hosanna¡” y “!Crucifícalo¡” son las dos palabras, que sintetizan la celebración de este Domingo; palabras de aclamación, de una parte, y palabras de condena, por otra. Son las dos caras inseparables de la Semana Santa.

 

En la procesión hemos salido al encuentro del Señor con cantos y con palmas en nuestras manos. Hemos revivido lo que sucedió aquel día, en que Jesús, en medio de una multitud que le aclama como Mesías y Rey, entra triunfante en Jerusalén montado en un pollino. Tras la procesión de palmas nos hemos adentrado en la celebración de la Eucaristía, en que se actualiza la pasión y muerte en cruz de Cristo, proclamada en el relato de la Pasión según san mateo

 

Las lecturas de hoy fijan nuestra atención en Aquel que va a ser el centro de cuanto vamos a celebrar en estos días. Cristo Jesús, el Mesías e Hijo de Dios, fiel a la voluntad del Padre y por amor infinito hacia la humanidad, sigue el camino que le llevará a la cruz con el fin de abrirnos las puertas de la Vida.

 

  1. Jesús se entrega voluntariamente a su pasión y muerte; no va a la cruz obligado por fuerzas superiores a él. “Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Obediente a la voluntad del Padre, Jesús comprende que ha llegado su hora; acoge la voluntad del Padre con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres. Jesús va a la cruz por nosotros; lleva nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados le llevan a la cruz: fue triturado por nuestras culpas, nos dice Isaías (cf. Is 53, 5). El proceso y la pasión de Jesús continúan en nuestro mundo; los renueva cada persona que, pecando, lo rechaza y prolonga el grito: “No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!”.

 

Al contemplar a Jesús en su pasión, vemos los sufrimientos de toda la humanidad. Cristo, aunque no tenía pecado, tomó sobre sí lo que el hombre no podía soportar: la injusticia, el mal, el pecado, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte. En Cristo, Hijo del hombre humillado y sufriente, Dios ama, perdona y acoge a todos. En la cruz, Dios restablece la comunión con los hombres y da el sentido último a la existencia humana. Dios nos ha creado por amor y para el amor. Dios ama al hombre con un amor infinito. La cruz es el abrazo definitivo de Dios a los hombres. Desde ese abrazo de Cristo en la cruz lo más hondo del misterio del hombre ya no es la muerte, sino la Vida. La cruz ha roto las cadenas de nuestra soledad y de nuestro pecado, y ha destruido el poderío de la muerte. Desde la pasión del Hijo de Dios, la pasión del hombre ya no es la hora de la derrota, sino la hora del triunfo: el triunfo del amor infinito de Dios sobre el pecado y sobre la muerte. La Semana Santa nos invita a acoger este mensaje de la cruz. Al contemplar a Jesús, el Padre quiere que aceptemos seguirlo en su pasión, para que, acogiendo su amor y reconciliados con El en Cristo, compartamos con El la resurrección.

  1. Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2,9). Estas palabras del apóstol san Pablo expresan nuestra fe: la fe de nuestra Iglesia. La Semana Santa nos sitúa de nuevo ante Cristo, vivo en su Iglesia. El misterio pascual, la pasión, muerte y resurrección, que revivimos durante estos días, es siempre actual. Todos los años, durante la Semana Santa, se renueva la gran escena en la que se decide el drama definitivo, no sólo para una generación, sino para toda la humanidad y para cada persona. Nosotros somos hoy contemporáneos del Señor. Y, como la gente de Jerusalén, como los discípulos y las mujeres, estamos llamados a decidir si lo acogemos y creemos en él o lo rechazamos, si estamos con él o contra él, si somos simples espectadores de su pasión y muerte o, incluso, si le negamos con nuestras palabras, actitudes y comportamientos.

 

Como cada año, estos días santos quieren conducirnos a la celebración del centro de nuestra fe: Cristo Jesús y su misterio Pascual. Este es el centro de todas las celebraciones de esta Semana Santa, en la liturgia, las procesiones y representaciones de la pasión. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús, que sale una vez más a nuestro encuentro. Recorramos con él el vía crucis para llegar a la vía lucis. Dejemos que se avive nuestra fe  en El y en su obra de Salvación. Ayudemos a otros a acercarse a Jesús y a encontrarse o reencontrarse con él para dejarse amar, sanar, perdonar y salvar por Dios, para recuperar la alegría del Evangelio, la alegría que da el saberse amados por Dios. Este es el núcleo central de nuestra fe, éste es el núcleo esencial de nuestra Semana Santa, que no puede quedar olvidado, desdibujado o diluido.

 

  1. En la pasión se pone de relieve la fidelidad de Cristo, en contraste con la infidelidad humana. En la hora de la prueba, mientras todos, también los discípulos, incluido Pedro, abandonan a Jesús (cf. Mt 26, 56), él permanece fiel, dispuesto a derramar su sangre para cumplir la misión que el Padre le ha confiado. Junto a él permanece María, silenciosa y sufriente. Aprendamos de Jesús y de su Madre, que es también nuestra madre. La verdadera fuerza del cristiano se ve en la fidelidad y la alegría con la que es capaz de vivir su fe y en la alegría de compartir con otros la experiencia del amor de Dios en Cristo, resistiendo a las corrientes contrarias, a la incomprensiones y a los hostigamientos. Es el camino por el que el Nazareno nos propone en su seguimiento.

 

Su muerte tan llena de fidelidad y de amor ha abierto un camino en el bosque, lleno de tropiezos, de nuestra realidad. Jesucristo, el Hijo de Dios, ha abierto un camino para que todos podamos seguirle, con la certeza de que, por difícil que nos parezca, el que quiera podrá encontrar en El la vida, la salvación y la gracia. Os invito a vivir estos días acercando nuestras vidas al Sacramento de la Confesión y, purificado el pasado, seguir dejando que Cristo brille en nosotros. ¡Abramos las puertas de nuestro corazón a Cristo que nos ama!.

 

  1. Celebremos estos días en contemplación meditativa. En ellos se va a hacer presente lo más grande y profundo que tenemos y creemos los cristianos. Que nuestra participación en las celebraciones nos adentren en un renovado despertar de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor. Así se lo pido a María que supo estar al lado de su Hijo Jesucristo. Que Ella, como buena Madre, nos ayude a ser fieles seguidores de su Hijo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Semana Santa: amar, morir y resucitar

PlumaQueridos diocesanos:

 

De nuevo es Semana Santa, la semana mayor en la vida litúrgica de la Iglesia. El Domingo de Ramos es su pórtico y su síntesis anticipada. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: día de gloria de Jesús por su entrada triunfal en Jerusalén y día en que la liturgia nos anuncia ya la pasión. Los días siguientes nos irán llevando hasta el Triduo y la Vigilia Pascual, la cima a la que todo conduce.

 

Semana Santa es la semana de la pasión, muerte y resurrección del Señor. La pasión  del Nazareno la noche del Jueves Santo y su muerte el  Viernes Santo quedarían inconclusas sin el “aleluya” de la Pascua de Resurrección. Porque “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 17).  El misterio pascual celebrado durante esta semana abraza la pasión y la muerte de Cristo, de un lado, y su resurrección, por el otro: son las dos caras inseparables del misterio pascual de Cristo, los momentos culminantes de su misión salvadora y redentora. Leer más