El Sacramento del Matrimonio

PlumaQueridos diocesanos:

 

“La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (n. 1601; cf. can. 1055 §1 CIC)

 

Como muy bien lo ha expresado, el Papa Francisco, el sacramento del matrimonio “nos conduce al corazón del designio de Dios, que es un designio de alianza con su pueblo, con todos nosotros, un designio de comunión” (Audiencia del 02.04.2014).  El matrimonio no es una invención de los hombres; “el mismo Dios es el autor del matrimonio”, al que ha provisto de leyes propias y que se establece sobre la alianza matrimonial, genera un vínculo sagrado y no depende del arbitrio humano” (cf. GS 48, 1).

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El Sacramento de la Confirmación

PlumaQueridos diocesanos todos y queridos confirmandos:

 

Durante este tiempo pascual muchos de nuestros muchachos y jóvenes recibiréis el sacramento de la Confirmación. Durante años os habéis preparado para este día tan importante para vuestra vida como cristianos. Como sucesor de los Apóstoles os impondré las manos, os ungiré en la frente con el santo Crisma -aceite consagrado y perfumado-, y os diré por vuestro nombre: “recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”. Quedaréis así llenos del Espíritu Santo como ocurrió con los Apóstoles el día de Pentecostés y como ocurría cuando ellos por indicación de Jesús imponían las manos a los bautizados. Y como los Apóstoles, también vosotros, recibiréis la fuerza “para proclamar las maravillas de Dios”. Leer más

Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2014

(Ecco 2, 7-13; Sal 33: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

  1. San Pascual Baylón, Patrono de Vila-real y de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, nos reúne de nuevo para celebrar su memoria en el día de su fiesta con la celebración de la Eucaristía: el memorial de la Pascua del Señor, en que actualizamos su pasión, muerte y resurrección, fuente de vida, amor y salvación.

 

Nuestro santo Patrono como todos los Santos, hermanos, no pertenecen sin más al pasado. Los Santos no son mera historia o cultura; su recuerdo no puede quedar reducido a una ocasión para la fiesta, ajena a lo que ellos fueron, vivieron y significaron. Los Santos son siempre actuales y nos interpelan en el presente, al menos a los creyentes. Porque sus biografías reflejan modelos permanentes de vida para todos los bautizados; ellos vivieron su condición de bautizados, siguieron fielmente a Jesucristo y conformaron su vida al Evangelio. Los Santos fueron testigos cercanos y concretos de Jesucristo y de su Evangelio para el hombre de su tiempo y lo siguen siendo para el hombre de todos los tiempos. Los Santos nos muestran que es posible vivir la vocación cristiana a la perfección del amor, a la santidad. Son  extraordinariamente humanos, precisamente porque surgen de la búsqueda de Dios y del seguimiento de Cristo. En ellos, el Señor Resucitado muestra en el corazón de la Iglesia y en medio del mundo, la extraordinaria fuerza de la Vida nueva, que brota de la resurrección del Señor; una Vida nueva que es capaz de renovar y transformar todo: la existencia de cada persona y de las familias, la misma realidad social y moral, la de los pueblos y naciones e, incluso, de toda la Creación.

 

Los Santos son las grandes figuras de los períodos más renovadores de la historia, en la Iglesia y en el mundo, y también de su entorno social y cultural. Su forma de ser, de estar y de actuar en la Iglesia y en el mundo no suele ser espectacular sino que, con frecuencia, pasa desapercibida. Son humildes y sencillos. Su alimento es la oración, la escucha de Dios y de su Palabra, la unión y la amistad con Cristo. En la entrega sencilla de sus vidas a Dios y a los hermanos cifran todos sus ideales personales.

 

  1. San Pascual Bailón, nuestro Patrono, es uno de estos Santos. El permanece siempre actual en nuestra historia, en la historia de Villarreal y en la de nuestra Iglesia diocesana. Al celebrar un año más la Fiesta de Pascual vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor en su tierra de Villahermosa, donde nació en 1540, y de hermano lego más tarde, sobre todo aquí en Vila-real, donde murió en 1592.

 

Vienen a nuestro recuerdo también y sobre todo sus virtudes de humildad, de fe y de confianza en Dios, de su amor a la Eucaristía, manantial permanente del amor a Dios y de amor a los hermanos, en especial a los pobres, a los necesitados, a los mendigos. Y es que nuestros antepasados  apreciaron –y nosotros apreciamos– la santidad de aquel humilde fraile, devoto de Dios y amigo de los hombres, por encima de cualquier otro mérito o título. Pascual nos muestra que se puede llegar a ser grande -con la grandeza inigualable de la perfección del amor, de la santidad- siendo humilde, naciendo de una familia humilde y en un pueblo sencillo, dedicándose a la tarea humilde de pastoreo de unos rebaños y después, como hermano lego, a las tareas humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

 

Sí, Pascual, fue  un excepcional hombre de Dios y por ello un excepcional amigo y servidor de los hombres. Hombre profundamente religioso, amante de la Eucaristía y devoto de la Virgen, fue un lego generoso y sufrido, siempre paciente y alegremente dispuesto a cumplir con sus deberes conventuales, con bondad y con misericordia, con sentimientos de amor gratuito al prójimo, que se vertía sin límites en los más pobres.

 

Su humildad le condujo a vivir en la verdad de sí mismo; y esto sólo se descubre en Dios. A los humanos nos cuesta aceptar esta verdad: que somos criaturas de Dios, que cuanto somos y tenemos a Dios se lo debemos, que sin Dios nada podemos. Nos endiosamos y queremos ser como dios al margen de Dios. Y ahí comienza nuestro drama: comenzamos a vivir en la mentira, en la apariencia, en el egoísmo, en el uso de las personas para medrar y trepar.

 

Los Santos como Pascual nos sitúan en la verdad de todo ser humano: en la verdad de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino, que sólo está en Dios. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor, que Dios es misericordioso, que no se cansa de esperar y de perdonar. El hombre se hace precisamente grande no cuando se cierra a Dios en esa falsa idea de una autonomía absoluta frente a todo y frente a todos, también frente a Dios. El hombre es y se hace grande cuando abre su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. Dios, que es amor como nos dice San Juan (cf. 1 Jn 4,6), nos ama y nos llama participar de su amor: éste es el sentido de nuestra existencia. Dios no es un competidor de nuestra libertad, ni de nuestra felicidad. Dios nos ama. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

 

Pascual conoció a Dios acogiendo su amor, buscó imitar en todo a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo hombre, humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, la sencillez, como lo hizo Pascual. Es la fuente para conocer a Dios y su Amor, y para conocerse a sí mismo. “Yo te alabo Padre, dice Cristo en el Evangelio, porque has escondido los misterios de Dios a la sabios y entendidos, y se los has revelado a la gente sencilla”. Una vida humilde y sencilla como la de Pascual es el camino para abrirse a Dios en Cristo, para una vida lograda, plena y feliz, es el camino para el cielo, es el camino hacia la santidad, es el camino hacia la felicidad; es el camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

 

En la fe y amor a Jesucristo Resucitado, cultivado y alimentado diariamente por la oración y la piedad eucarística, se encuentra la raíz de ese amor vivido heroicamente de Pascual con su prójimo. Un amor practicado con especial esmero para con los que más lo necesitaban. Pascual es testigo de Dios y de su amor en la Iglesia y en el mundo: y lo es su testimonio vivo del amor de Dios en su entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados; un amor que él alimentó en su gran amor a la Eucaristía y en su profunda devoción a la Virgen.

 

  1. Nuestro mundo necesita santos como Pascual para crecer en humanidad y en fraternidad, en la justicia y en la verdad. Los necesita nuestra Iglesia diocesana para ser fecunda en la evangelización de tantos ciudadanos que o no han llegado al conocimiento primero de la fe en Jesucristo o no han permanecido en él. Nuestra Iglesia diocesana necesita santos para que se pueda mantener firme en la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que justifica y salva al hombre; firme en la esperanza de que la vida ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte en la resurrección de Jesucristo; y firme en la caridad, o lo que es lo mismo, en el testimonio efectivo de ese amor más grande del Redentor del hombre, que cura, sana y alivia todos sus males, los espirituales y temporales: ese es el amor capaz de transformar para el bien las conciencias de las personas y de la sociedad. Sin una honda conversión moral y espiritual al mandamiento divino del Amor, es poco menos que imposible salir de la crisis -crisis económica, social, laboral, familiar, cultural y ética, de una manera sólida y estable.

 

Sí, necesitamos a San Pascual, nuestro Patrono, como un modelo de santidad, de máxima actualidad, que precisa y reclama urgentemente la situación crítica por la que atraviesa nuestra sociedad envejecida y desesperanzada; una sociedad en la que en pocos años las muertes superarán a los nacimientos, una sociedad en la que en algunas zonas la causa mayor de muerte entre los jóvenes es el suicidio. Venerar a Pascual equivale a sentirse llamado a imitarle en su amor a Dios y al prójimo e invocarle como intercesor nuestro.

 

¡Que Él interceda para que los fieles católicos sepamos vivir, imitándole en su sencillez evangélica; que por intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros el espíritu de oración y la participación en la Eucaristía, que haga de nosotros testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos.

 

Y como él, pedimos la protección de la Virgen María: para que toda nuestra Iglesia diocesana en su grupos y comunidades sea fiel discípula del Señor y se convierta a la tarea urgente de la evangelización.

 

¡Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los hijos e hijas de Vila-real: su salud física y espiritual, su bienestar y el de sus familias, y su futuro para que sea un futuro de esperanza gozosa apoyada en la vivencia creciente del poder del amor y de la gracia de Jesucristo Resucitado, Nuestro Señor y Salvador! Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La primera comunión

PlumaQueridos diocesanos, queridos niños de Primera Comunión y queridos padres:

 

En muchas de nuestras parroquias se celebra en estos días la Primera Comunión. No sólo es un momento especial de gracia para los niños, sino también para sus familias y para las comunidades parroquiales. Todos los cristianos compartimos el gozo y la alegría de este día de la Primera Comunión. Entre todos hemos de hacer lo posible para no olvidar su  significado y vivir cristianamente este acontecimiento eclesial y familiar.

 

A vosotros, queridos niños, os felicito por la celebración de uno de los acontecimientos más bellos y más felices de vuestra vida. Jesús os invita a participar por primera vez en el banquete de la Eucaristía. Él mismo se os da porque os ama a cada uno de vosotros. Leer más

Vigilia Conmemorativa del 125 aniversario de la Sección de A.N.E de Onda

Onda, 10 de mayo de 2014

(Hechos 2,14a. 36-41; Sal 22,1-3a. 3b-4. 5. 6; 1 Pt 2,20b-25; Jn 10,1-10)

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  1. Sed bienvenidos, queridos hermanos, venidos de cerca y de lejos a esta Vigilia Eucarística, para conmemorar el 125º Aniversario de la fundación de la Sección de A.N.E. de Onda. El Señor Resucitado sale a nuestro encuentro y nos reúne en esta Vigilia en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía; Él mismo nos hermana a todos y nos une en un mismo ideal: el de la Adoración Nocturna a Cristo Sacramentado.

 

Hoy queremos alabar, dar gloria y gracias a Cristo Jesús por el don de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección, alimento sacramental de su Iglesia, sacramento de su presencia real y permanente entre nosotros. A Dios damos gracias por estos 125 años de vida y andadura de la A.N.E.-Onda, desde aquella primera Vigilia celebrada en Junio de 1889 en la Iglesia de La Asunción, presidida por el Beato Domingo; gracias damos a Dios y por tantos y tantos hermanos adoradores que a lo largo de estos años y hoy, hicieron y hacen de la adoración nocturna a Cristo Sacramentado el lema de su vida.

 

  1. En este cuarto Domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos presenta la figura inefable del Buen Pastor: Jesús es el Buen Pastor que nos lleva al Padre, que da su vida por nosotros, que nos alimenta con los pastos de su Palabra y de su Cuerpo y de su Sangre, que nos defiende del mal y de las asechanzas del Maligno.

 

Dios ha hecho a su Hijo, Señor y Mesías. Él nos llama a todos a entrar, por la conversión y la fe , al redil de salvación que es su Iglesia. Por el bautismo hemos sido incorporados a su Iglesia. Es en ella donde podremos vivir en la autenticidad su amor de Buen Pastor que nos redime y santifica.

 

El Buen Pastor nos conoce a cada uno por nuestro nombre; Él tiene de nosotros un conocimiento amoroso. Es un conocimiento superior, incluso, al que tiene uno de sí mismo. Un conocimiento amoroso que implica un profundo respeto hacia todos y cada uno de los hombres. Jesús nunca impuso su voluntad a los discípulos o a sus seguidores: hablaba e invitaba, pero exigía siempre una respuesta personal y libre; proponía, invitaba, jamás obligaba. Conocer por el nombre significa invitarnos a cada uno a desarrollar las propias capacidades y a ponerlas libremente al servicio de los demás. Para él no existe la masa, cada ser humano tiene un rostro propio y un nombre.

 

“Y las saca fuera”. Jesús quiere que salgamos de nuestra inmadurez y de todo lo que nos impide ser nosotros mismos. Él “camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”. El verdadero pastor camina delante, abriendo horizontes a los suyos, dando ejemplo. Es el primero en enfrentarse con el peligro, el primero en dar la vida cuando se trata del bien de los demás. Jesús nos marca el camino. Él mismo es el camino (Jn 14,6) que debemos recorrer. Su voz anima al seguimiento porque comunica vida verdadera. ¿Cómo no seguir al que vamos experimentando como plenitud de todo lo humano?

 

Jesús es la puerta del redil de los Hijos de Dios, de la Iglesia. “El que entra por mí se salvará”. Cristo se nos revela como el enviado de Dios Padre, el verdadero maestro, la puerta abierta que invita a entrar en el Reino, la puerta abierta que es como una bienvenida a la casa del Padre. En un mundo que se plantea interrogantes urgentes, Jesús es la respuesta y el camino, la clave que da sentido a nuestra existencia, el maestro que nos enseña la auténtica verdad, la única puerta de acceso a la felicidad y a la vida.

 

Así lo presenta Pedro, en su discurso de Pentecostés: Cristo es el único Salvador, en quien tenemos la seguridad del perdón de los pecados, porque ha entregado su vida por nosotros. La salvación consiste en creer en él, convertirse a él, ser bautizado en su nombre y ser agregado a su comunidad. “Entrar por la puerta que es Cristo” no supone sólo el bautismo, que es el sacramento de entrada en la Iglesia, sino que pide oír su voz, seguirle, dejarse transformar por su gracia, formar activamente parte de su comunidad: “Andabais descarriados como ovejas, pero habéis vuelto al Pastor y guardián de vuestras vidas”, como nos ha dicho san Pedro. No hay otro pastor ni otra puerta: sólo Cristo, el Señor. Y, a la vez, no hay otro “camino”. Los que entramos y salimos a través de esa Puerta que es Cristo, estamos llamados a seguirle fielmente a Él, que es también el Camino, sin desviarnos de su estilo de vida: “Sus ovejas le siguen, porque conocen su voz y él las va llamando por su nombre”.

 

  1. El Buen Pastor está en la Eucaristía, es el don que Jesús hace de sí mismo, el sacramento en que el Señor resucitado sale a nuestro encuentro, nos revela que Dios nos ama con un amor infinito por cada hombre y nos da ese amor dándose a sí mismo. “En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros” (Benedicto XVI, 7).

 

Jesús es el Pan de vida, que el Padre eterno nos da a los hombres. En la Eucaristía nos llega toda la vida divina en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida.

 

Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a su celebración frecuente, a una participación activa, plena y fructuosa, para lo que debemos estar debidamente dispuestos. La Eucaristía es principio de vida para el cristiano. ¡Cuánto necesitamos los cristianos de hoy valorar el don maravilloso de la Eucaristía y recuperar la participación en la Eucaristía dominical!  “Sine Eucharistia esse non posssumus”, contestaron. Sí: Sin Eucaristía no podemos existir. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual” (Benedicto XVI, 73).

 

  1. La Eucaristía es un misterio que hemos de creer y celebrar, pero también un misterio que hemos de adorar y vivir. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí una fuerza tal que hace de ella principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. El alimento eucarístico nos transforma; gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí.

 

Por ello, la Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. El nuevo culto cristiano abarca, transfigurándola, todos los aspectos de la vida, privada y pública, “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. La vida cristiana se convierte en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

 

Al celebrar la Eucaristía y adorar a Cristo presente en ella se aviva en nosotros el amor y también la esperanza. Donde el ser humano experimenta el amor se abren puertas y caminos de esperanza. No es la ciencia, sino el amor lo que redime al hombre, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. No basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, necesita un amor absoluto e incondicionado para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza. Y este amor es el amor de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Cristo y que tiene su máxima expresión sacramental en la Eucaristía.

 

Si se cree, se adora y se vive la Eucaristía como el gran sacramento del amor, esto se traduce necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad que se convierten en signos de esperanza. Porque quien adora la Eucaristía conoce de verdad a Dios, y quien lo conoce guarda sus mandamientos. Y el mandamiento principal de los cristianos es el amor a Dios y al prójimo, indisolublemente unidos. Amor y caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, de acogida de los emigrantes y sus familias, de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; amor entre los esposos y hacia los hijos, que se convierte en compromiso con la transmisión de la fe y una educación integral que no margine a Dios; amor comprometido en la sociedad y en nuestra ciudad a favor del bien común, de la justicia y de la paz.

 

 

  1. La Eucaristía es la mayor manifestación del amor de Dios a su pueblo. Si el amor se manifiesta con la cercanía, la Eucaristía, presencia real de Cristo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, nos lo está gritando. Los amores humanos son efímeros, acaban con el tiempo; sólo el de Dios permanece. Todos nos abandonarán, sólo Dios, en la Eucaristía, permanecerá junto a nosotros por los siglos. Por eso la Eucaristía debe ser lugar de encuentro, lugar donde el amor de Dios y nuestro amor se entrecruzan.

 

A Cristo, muerto y resucitado, presente en la Eucaristía, le mostramos nuestro amor en nuestra adoración. Ahí le contemplamos ‘tal cual es’, le alabamos, le damos gracias y dialogamos con él: escuchamos su cálida voz, nos dejamos interpelar por El y le hablamos como al Amigo, que no defrauda. Los adoradores y adoradoras habéis adquirido libremente el compromiso de pasar unas horas, durante una noche al mes, junto a Cristo Eucaristía. A veces se puede hacer costoso. Pero ¿no es más valioso el encuentro con El, el Amigo? Os animo a no bajar el listón porque “amor con amor se paga”. El amor de Dios desea ser correspondido con el nuestro. Dejad que El os hable, que El se os muestre, atended su Palabra, acoged sus caminos.

 

Sed ante el Señor-Eucaristía la voz de los enfermos, de los encarcelados, de los agonizantes, de los que caen y no hacen nada por levantarse, de las familias destrozadas, de los marginados, de los jóvenes desorientados, de los consagrados que han perdido “el amor primero”.

 

  1. Cada vez que participamos en la Eucaristía somos invitados a comer el Cuerpo de Cristo y a beber su Sangre, que son para nosotros ‘alimento del pueblo peregrino’, el pan que sostiene a cuantos peregrinamos en este mundo. El mismo Cristo lo anunció así: “Si no coméis mi sangre y no bebéis mi sangre no tenéis vida en Vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 54-55).

 

La adoración de Cristo Sacramentado debe conducir siempre a la comunión sacramental o, al menos, espiritual. Si Cristo, a través de la comunión, es el que vive en nosotros, démonos cuenta de las consecuencias que conlleva. Cristo en nosotros es el que debe seguir actuando. Como Él tendremos que hacer la voluntad de Dios, dar la vida por los demás, perdonar, acercarnos a los alejados, salir a las periferias, como nos pide el papa Francisco, hacer el bien a manos llenas.

 

Adorar la Eucaristía, identificarnos con Cristo por la comunión, dejar que Cristo Eucaristía viva en nosotros nos acarreará, sinsabores, burlas, sonrisas despectivas. Pero el Señor nos ha dicho: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33).

 

  1. Ante Jesús Sacramentado oramos en esta noche, hermanos, por todos vosotros, adoradores, y por la oración nocturna española en Onda, por su vitalidad y por la savia de nuevos y jóvenes adoradores. Pedimos también por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los monjes y monjas de clausura, por los consagrados en medio del mundo, por los seminaristas y por el aumento de vocaciones al sacerdocio. Oramos por los niños, los jóvenes y las familias, para que encuentren en Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida; por los gobernantes en su ardua tarea de contribuir a la construcción de la ‘civilización del amor’, basada en la justicia, la verdad y la paz.

 

La Virgen María, la Madre de Jesús, peregrina de la fe, signo de esperanza y del consuelo del pueblo peregrino, nos ha dado a Cristo, Pan verdadero. Que Ella nos ayude a descubrir la riqueza de este sacramento, a adorarlo con humildad de corazón y, recibiéndolo con frecuencia, a hacer presente a Cristo en medio del mundo con nuestras obras y palabras. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, S.I.Concatedral, 9 de Mayo de 2014

(1 Pt 5,2-3, Sal 88; Jn 10, 11-16)

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Amados sacerdotes, diáconos y seminaristas.

 

  1. En la alegría de la Pascua y por la presencia de la Mare de Déu del Lledó celebramos hoy la Fiesta de San Juan Avila, el Patrono de clero español. Esta Jornada Sacerdotal es un día para la acción de gracias, para la alabanza y para la petición. Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Avila, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico” (oración colecta). Animados por el Apóstol de Andalucía, por su espíritu, ejemplo y enseñanzas, manifestamos nuestra gratitud por el don de nuestro ministerio pastoral, en especial por el de estos hermanos nuestros que celebran su bodas sacerdotales. Con las palabras del Salmo (88), cantamos sin cesar las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad y de la alegría en el seguimiento de su Hijo, el Buen Pastor, por la intercesión y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila.

 

  1. Yo soy el buen Pastor” (Jn 10, 11). Así es como Jesús se presenta a sus discípulos. El Señor usa repetidas veces la imagen del pastor y de las ovejas. Pero en el Evangelio de hoy (Jn 10, 11-16) nos propone con toda claridad la figura del buen Pastor. El buen Pastor es aquel que cuida de sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida y que carga sobre sus hombros a la extenuada. Más aún: “el buen Pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). El Señor se refiere aquí a su entrega hasta muerte en la Cruz por amor y por la salvación de la humanidad entera. Jesús da su vida por amor a los suyos y por amor al Padre, en obediencia a la misión que le había encomendado, para que se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.

 

A la imagen del buen Pastor, o del Pastor bueno, perfecto en todos sus aspectos y, en este sentido, único, Jesús contrapone la imagen del pastor mercenario que ve venir al lobo y huye. El falso pastor sólo piensa en si mismo. El pastor mercenario no tiene interés alguno por sus ovejas. Es incapaz de arriesgar su vida ante el peligro. En contraste con los falsos pastores, y con los maestros de la ley, Jesús se declara el buen Pastor, el Pastor modelo, que entregó su vida por cada uno de nosotros.

 

  1. Los presbíteros y los obispos hemos sido ungidos, consagrados y enviados para ser pastores y guías del pueblo de Dios; y los seminaristas os estáis preparando para serlo. Somos -y seréis- pastores del pueblo de Dios en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor. Por ello no puede en caer nunca en olvido el lugar central que ha de ocupar Cristo en todo el Pueblo de Dios y la referencia permanente que ha tener nuestro ministerio de pastores a Él, el buen Pastor Esta centralidad de Jesucristo debe quedar siempre resaltada en la vida y misión de la Iglesia, y en el ejercicio y vivencia de nuestro ministerio.

 

El evangelio del buen Pastor nos lleva a una honda reflexión a todos los pastores en la Iglesia. Con los demás cristianos, somos ovejas, cuyo único Pastor es Cristo; para los demás somos pastores en nombre y en representación de Cristo, Cabeza y Pastor. Llamados a representarle, hemos de trasparentarle existencialmente. San Juan de Avila, que tantas veces glosó esta parábola, dice al respecto: “!Oh eclesiásticos, si os mirásedes en el fuego de vuestro pastor principal, Cristo, en aquellos que os precedieron, apóstoles y discípulos, obispos mártires y pontífices santos” (Plática 7º, 92ss).

 

Para ser buenos pastores, siguiendo las huellas del buen Pastor, es necesario cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús. Recordemos la triple pregunta de Jesús a Pedro, antes de encomendarle el pastoreo de la Iglesia: “Pedro ¿me amas?”(cf. Jn 21, 15-17). Nadie da lo que no tiene. Nadie puede trasparentar y transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Alejados de la fuente de la Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que Él nos encomienda por medio de su Iglesia, y hacerlo con delicadeza y respeto, con comprensión y paciencias, y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba y expresión de nuestro amor a Cristo.

 

  1. Jesús mismo nos señala las condiciones del Buen Pastor, a saber: dar la vida por las ovejas; conocerlas bien, vivir entre ellas participando de sus problemas; y preocuparse especialmente de las que están fuera del redil. Son tres grandes principios para todo pastor en la Iglesia.

 

Ante todo y sobre todo: “el buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11). Esta es la primera y principal característica del buen pastor: Dar, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario se vivirá no para el ministerio, sino del ministerio; se servirá uno del ministerio en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos. San Pedro nos exhorta: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). No es el autoritarismo, sino el amor entrañable y el servicio fraterno, lo que caracteriza al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a los co-presbiteros, a la comunidad y a cada persona. Nuestra motivación no puede nunca ser el título o el puesto, la rentabilidad o el medrar sino el vivir una permanente actitud de servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

 

Jesús, el buen Pastor, conoce -es decir. ama- a sus ovejas, y pide que quienes le representan sigan sus huellas. Para Juan, ‘conocer a alguien’ es mucho más que saber su nombre y apellidos. Se trata de un conocimiento personal, surgido del diálogo y encuentro con el otro, de compartir sus alegrías y sus penas, su dolor y su gozo. Es el conocimiento que implica una comunidad de vida con los fieles, vivir entre ellos y con ellos, ‘oler a oveja’ (Papa Francisco), salir en su búsqueda y a su encuentro, como hizo Jesús. De lo contrario es imposible conocer sus problemas, sus gozos y sus angustias, sus necesidades e inquietudes y ofrecerles a Cristo, la Palabra y el Alimento de Vida. Existen muchas formas, y a veces muy sutiles, de vivir aparte o al margen de los fieles. Nadie puede cuidar la comunidad desde casa, desde el despacho, desde la iglesia y al resguardo del frío en tiempos de invierno pastoral por comodidad o por miedo al rechazo. El pastor bueno sale y se acerca, da el primer paso, acorta las distancias, dialoga con su gente con cercanía y sencillez.

 

Así va surgiendo también un nuevo tipo de comunidad cristiana: se trata de la comunidad reunida, integrada y unida por Cristo y en Cristo, donde se acoge con misericordia y se respeta el ritmo de cada uno con paciencia, y donde todos trabajan por el mismo objetivo: el encuentro salvífico con Cristo Jesús para ser discípulos y misioneros. Estas pocas líneas de Juan nos dan las pistas para una profunda renovación de nuestra tarea pastoral y de nuestras comunidades, para que sean discípulas y misioneras, donde cada uno pueda ocupar el lugar y asuma la misión que le corresponde.

 

Condición previa para conocer las ovejas, es estar con ellas, salir a su encuentro, no sólo de los que vienen, sino también de los que dejaron de venir o nunca vinieron. Sabemos muy bien, que cada día son más los bautizados alejados de la Iglesia, sobre todo entre los jóvenes y los matrimonios y familias jóvenes, en el mundo del trabajo, de la ciencia y en tantos otros más: esto nos está pidiendo un renovado esfuerzo pastoral, para acercarnos y afrontar estos ambientes. Aquí es donde se conoce al buen pastor. El estilo pastoral, que nos pide Jesús, el buen Pastor, es el de una pastoral misionera y propositiva, personal y personalizada. Jesús sabe acoger a las personas en un encuentro personal. En Jesús se da un respeto profundo a las personas en su intimidad más honda. Y ahí empieza la cura más profunda, es su método de salvación. Es un camino delicado que trastoca nuestra forma de vivir a veces el ministerio pastoral. Pero es el camino del buen Pastor.

 

  1. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a  ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn, 10, 16).  El auténtico pastor no se cierra en su grupo, ni piensa sólo en los de dentro ni se contenta con los que vienen. El buen pastor tiene, por el contrario, un corazón amplio, abierto, universal; se siente el servidor de todos aquellos hombres que buscan la verdad. Jesús distingue entre redil y rebaño. El rebaño es la comunidad universal de los hombres: todos están llamados y son invitados a escuchar, acoger y vivir el Evangelio; el redil es la pequeña comunidad local integrada por un limitado número de personas. Jesús no se cierra a los que no le conocen, a los de fuera, ni les cierra las puertas; busca caminos para llegar a ellos. No olvidemos esta característica del buen Pastor; seguir sus huellas es aceptar este espíritu amplio, que no puede ser encerrado en las fronteras de una parroquia, diócesis, nación, cultura o raza, ni quedar reducido por la afinidad política, ideológica o de simpatía. Jesús no habla de la ‘conquista’ de los de fuera, ni menos de imponer su anuncio del Reino por la fuerza. Sí que habla por el contrario de los que ‘oirán su voz’: esa voz que arroja luz en la vida, que insinúa esperanza, que tiende la mano, que perdona, reconcilia, sana y salva..

 

  1. Queridos sacerdotes, es en la oración y en la contemplación donde podremos adquirir y mantener vicos los sentimientos, las actitudes y los comportamientos de Cristo, el buen Pastor. “En la escuela de la Eucaristía” encontraremos el secreto para vencer el conformismo y el desaliento, y mantendremos viva la energía interior que alimente nuestra caridad pastoral. En este día de fiesta, el buen Pastor nos invita de nuevo a seguir sus huellas con la radical fidelidad con que Juan de Ávila lo siguió.

 

El santo Maestro Avila fue un enamorado de la Eucaristía, hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. El es ejemplo de una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

 

En esta Jornada Sacerdotal felicitamos de corazón a los hermanos que celebráis este año la bodas sacerdotales: de Diamante: D. Jesús Blasco Aguilar, D. Baltasar Gallén Olaria, D. Francisco Martí Gasulla, D. Luis Vivas Solá: de Oro: D. Vicente Agut Beltrán, D. Víctor Artero Barberá, D. Miguel Aznar Rabaza, D. José-Antonio Gaya Ballester, D. Vicente Gimeno Estornell, D. Nicolás Pesudo Llácer, D. Guillermo Sanchis Coscollá y el D. David Solsona Montón; y de Plata: D. Joan Molins Roca y D. Salvador Prades Muchas gracias a todos por vuestra entrega y ‘¡ad multos annos!’ Por vosotros, en especial, pero también por el resto de los pastores de su Pueblo, los obispos y los sacerdotes, le pedimos que nos conceda la gracia de ser fieles reflejos de Cristo, el buen Pastor. A Él le rogamos también que nos enseñe a saber cuidar con amor entregado de la pequeña parte del rebaño del Señor, que nos ha encomendado a cada uno..

 

Felicitamos también a los seminaristas que hoy serán instituidos en los ministerios de Lector o de Acolitado: David de Lector, y a Alex, Andrea e Isaac de acólitos. Nuestra felicitación se hace extensiva a sus familiares, a sus ectores, formadores, profesores y compañeros.

 

Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y de nuevas vocaciones al ministerio ordenado. Y que María, la Mare de Déu del Lledó, la mujer eucarística, nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo, el Buen Pastor! Amen.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Apúntate a la clase de religión

PlumaQueridos diocesanos y, en especial, queridos padres:

 

Llega el momento de inscribir a vuestros hijos en la clase de religión y moral católica en el colegio o en el instituto. Os escribo de nuevo sobre esta cuestión tan importante para la educación integral cristiana de niños y jóvenes. La mayoría de los padres valoráis mucho la clase de religión católica y venís pidiendo esta enseñanza para ellos curso tras curso con plena libertad y constancia admirable. Os felicito y os doy las gracias por el interés que demostráis en la formación completa de vuestros hijos. Es una pena que haya padres católicos que sean indiferentes hacia la clase de religión para sus hijos o que den prioridad a otras asignaturas o actividades.

 

La clase de la religión forma parte de la educación integral cristiana de vuestros hijos. Es el compromiso que los padres asumisteis libremente en su bautismo y que ha de llevarse a cabo, sobre todo, en la propia familia, en la parroquia y en la escuela mediante la clase de religión. Leer más