Tu parroquia es tu familia

PlumaQueridos diocesanos:

 

Un año más celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. La Jornada de este año tiene como lema: “Participar en tu parroquia es hacer una declaración de principios”. El lema de este año quiere fijar nuestra atención en las parroquias, en cada una de ellas, que son como las células de nuestra Iglesia diocesana.

 

Todos y cada uno de los católicos pertenecemos a una parroquia, a una comunidad de fieles, a una familia de familias. Eso es en verdad la parroquia: una comunidad de fieles y no meramente un lugar donde se ofrecen servicios religiosos o se expiden certificados. La parroquia no puede entenderse como algo ajeno a cada uno de los fieles que la formamos: nuestra parroquia es nuestra comunidad, nuestra familia, donde debemos sentirnos en nuestra casa, como en nuestra propia familia. Leer más

Orar por los difuntos

PlumaQueridos Diocesanos:

 

Por la festividad de ‘Todos los Santos’ acudimos a los cementerios para recordar a nuestros difuntos. El amor que les profesamos queda de manifiesto en el cuidado y el adorno con flores de sus tumbas. La Iglesia además nos recuerda, en especial en estos días, la importancia de no descuidar la oración por los difuntos. “Es una idea santa y piadosa orar por los difuntos, para que sea vean libres de sus pecados”, leemos en el libro de los Macabeos (2 Mc 2,12). Siguiendo esta recomendación, los cristianos ya desde los orígenes de la Iglesia han pedido por los difuntos. Leer más

Solemnidad de Todos los Santos

Cementerios de Segorbe y de Castellón, 1 de noviembre de 2014

(Ap 7,2-4.9-14; Sal 23; 1 Jn 3,1-3;Mt 5, 1-12a)

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Amados todos en el Señor Jesús

  1. La solemnidad de Todos los Santos, en el día de hoy, y la conmemoración de Todos los Fieles difuntos mañana suscitan cada año en nosotros, cristianos católicos, un clima de alegría y de gratitud, y de recuerdo y de oración. Unidos por el Señor en torno a su altar, entonamos un canto de gozosa acción de gracias por todos los santos y, a la vez, recordamos con nuestra oración, llena de esperanza, a familiares y amigos que ya han concluido su peregrinaje terrenal.
  2. Hoy recordamos ante todo y en primer lugar a todos los santos. Con el autor del Apocalipsis cantamos: “La alabanza y la gloria, la sabiduría y la acción de gracias, el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Señor, por los siglos de los siglos” (Ap 7, 12). Unidos a todos los santos, que celebran ya la liturgia celestial, cantamos la acción de gracias a nuestro Dios por las maravillas que ha realizado en la historia de la salvación.

 

Alabanza y acción de gracias sean dadas a Dios por haber suscitado en la Iglesia una multitud inmensa de santos, una multitud que nadie puede contar (cf. Ap 7, 9). Impresiona escuchar en este día la frase del Apocalipsis: “Y ví una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas…”. Esta inmensa muchedumbre son los santos; santos desconocidos en su mayoría, santos de todas las razas, de todos los países y pueblos, de todos los tiempos. Los santos conocidos, y también los santos anónimos, a quienes sólo Dios conoce. Son las madres y los padres de familia que han vivido con fidelidad mutua y amor entregado su matrimonio, que han acogido las nuevas vidas que Dios les ha ido dando, que han criado con esfuerzo a sus hijos y los han educado con su dedicación diaria, y que han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y al bien de la sociedad; son los trabajadores, profesionales, autónomos y empresarios que con su esfuerzo diario, su profesionalidad y su honradez han contribuido a la construcción de una sociedad más justa; son los periodistas defensores de la dignidad humana, amantes de la verdad y transmisores de la realidad sin manipulación; son los políticos entregados al servicio del bien común y la dignidad de todo ser humano, sumisos a su propia conciencia, insobornados e insobornables; son los sacerdotes, religiosos y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras, que lo han dejado todo por llevar el anuncio del Evangelio a todo el mundo. Y la lista podría continuar.

3. Toda la liturgia de hoy habla de santidad. Los santos nos recuerdan que la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu del Señor Resucitado, actúa en todas partes; es una semilla de vida, de verdad, de justicia, de amor y de paz, capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, de cultura o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta de gozo para la que no necesitamos las máscaras que veíamos estos días, evocadoras de un mundo pagano, de un mundo sin Dios: el Espíritu de Jesús ha dado, da y seguirá dando fruto, y lo hará en todas partes.

 

Todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común. Todos ellos “han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero” (Ao 7,14). Todos ellos han sido pobres de espíritu, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, amantes de la verdad y trabajadores de la paz, hombres y mujeres de Dios. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, que nos evada de la realidad por unas horas, a que nos quiere empujar la propaganda difusora de esa costumbre pagana celta; hoy celebramos la victoria alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento de Jesús por el camino de las Bienaventuranzas. A todos les une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel y entregada a Dios, y una vida más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que Dios quiere. Hoy celebramos a hombres y mujeres concretos; no son fantasmas como los de la fiesta pagana celta que se nos quiere imponer; hombres y mujeres de todo tiempo y lugar que viven ya con Dios, porque han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios.

 

Con frecuencia pensamos que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos pocos. A ella estamos llamados todos. La santidad la unión con Dios por el seguimiento fiel y esforzado de Jesucristo; y esto vale también para nosotros: todo cristiano esta llamado e invitado a la santidad. Es algo exigente, sin duda, pero es posible y algo que merece la pena. Es algo para cristianos que toman en serio su condición de bautizados, de Hijos de Dios, de discípulos del Señor y de miembros de la Iglesia; y esto no es algo superficial, ni puntual ni se limita a ir tirando. Como cristianos cada uno de nosotros estamos llamados a la santidad, al seguimiento de Cristo.

 

  1. Para saber cuál es el camino de este seguimiento, el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles al monte de las Bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También Él hoy nos dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. El Maestro proclama bienaventurados y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de todo aquello que no da espacio a Dios, a quienes, así, están dispuestos a acoger a Dios en su vida y a cumplir en todo su voluntad. La adhesión total y confiada a Dios supone desprenderse de todo aquello a lo que está apegado nuestro corazón y que no da cabida a Dios, incluido el apego a sí mismo.

 

Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su felicidad vendría de traducirlas y vivirlas en el día a día de su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria: a pesar de las pruebas, de las sombras y de los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En Él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del Reino de Dios.

5. En esta Eucaristía recordamos de forma anticipada también a nuestros familiares y amigos difuntos. Les recordamos con cariño y con dolor, pero ante todo con la esperanza del reencuentro y de la futura resurrección. Dios Padre, “por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1 Pt, 3). Sostenidos por estas palabras del apóstol san Pedro recordemos con esperanza a nuestros difuntos. Ellos han vivido ya su jornada terrena; y ahora duermen el sueño de la paz en espera de la resurrección final.

 

Sobre el muro de sombra de la muerte, nuestra fe proyecta la luz resplandeciente del Resucitado, primicia de los que han pasado a través de la fragilidad de la condición humana y ahora participan en Dios del don de la vida sin fin. Cristo, mediante la Cruz, ha dado un significado nuevo también a la muerte. En Cristo, la muerte se ha convertido en un sublime gesto de amor obediente al Padre y en supremo testimonio de amor solidario a los hombres. Por eso, considerada a la luz del misterio pascual, también la salida de la existencia humana ya no es una condena sin apelación, sino el paso a la vida plena y definitiva, a la perfecta comunión con Dios.

 

La Palabra de Dios abre nuestro corazón a una “esperanza viva”: ante la disolución de la escena de este mundo, promete una “herencia incorruptible, pura e imperecedera”. Reunidos en torno al altar, dirigimos nuestro pensamiento a nuestros hermanos que han vuelto a la casa del Padre. “Venid a mí todos. (…) Cargad con mi yugo y aprended de mí; (…) y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 28-29). Estas palabras de Jesús a sus discípulos nos sostienen y confortan al conmemorar a nuestros queridos difuntos. Aunque nos sintamos apenados por su muerte, nos consuelan las palabras de Cristo, que nos dice: “Que no tiemble vuestro corazón: creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14, 1). El corazón humano, siempre inquieto hasta que encuentra un puerto seguro en su peregrinación, halla aquí finalmente la roca firme donde detenerse y descansar. Quien se fía de Jesús, pone su confianza en Dios mismo.

 

Pese al dolor dejemos que nuestro corazón se ensanche con el asombro de la esperanza, a la que estamos llamados. El apóstol san Juan, en su primera carta, la expresa comunicándonos la certeza de haber llegado a ser hijos de Dios y, al mismo tiempo, la esperanza de la manifestación plena de esta realidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. (…) Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

  1. Invocamos la intercesión de la bienaventurada Virgen María, para que los acoja en la casa del Padre, con la esperanza confiada de poder unirnos a ellos un día para gozar la plenitud de la vida y de la paz. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Los santos, amigos de Dios

PlumaQueridos diocesanos

 

En la solemnidad de todos los santos, el día 1 de noviembre, la Iglesia nos invita a compartir la alegría celestial de todos los santos. Los santos son una muchedumbre innumerable de bautizados de todas las épocas y naciones: son todos aquellos que han acogido la vida y la amistad de Dios y se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina en su vida terrena. De la mayoría no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero por la fe sabemos que gozan ya para siempre de la amistad, de la vida y de la gloria de Dios. A todos los une su voluntad de encarnar en su existencia el Evangelio, bajo la ayuda y el impulso del Espíritu Santo.

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La alegría de la misión

PlumaQueridos diocesanos:

Octubre es el mes misionero por excelencia. Este domingo, 19 de octubre, celebramos con toda la Iglesia católica la Jornada Mundial de las Misiones, el día del Domund. Cada año, este día es una ocasión privilegiada para que todos los integrantes del Pueblo de Dios tomemos conciencia de la permanente validez del mandato misionero de Jesús de hacer sus “discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19). En efecto, aún son muchos los que no conocen a Jesucristo. El mandato y el compromiso misioneros, también en la misión ad gentes, valen para todos, porque la misión atañe a todos los cristianos: a nuestra Iglesia, a las parroquias, y a las comunidades, movimientos y asociaciones eclesiales. Todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a participar en la misión que el Señor nos ha confiado, ya que la Iglesia es misionera por naturaleza: la Iglesia ha nacido “en salida”, nos dice el Papa Francisco.

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Ordenación de un presbítero y siete diáconos

S.I. CATEDRAL-BASÍLICA DE SEGORBE, 12 de octubre de 2014

(1 Cr 15,3-4. 15-16, 16,1-2; Sal 26, 1-5: Hech 1,12-16; Lc 11, 27-28)

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Queridos hermanos en el sacerdocio, diácono asistente y seminaristas.

Queridos Cabildos Catedral y Concatedral, Vicarios y Rectores.
Queridos Alipio, Fran, Pedro, Alex, Samuel, Andrea, Isaac y Manuel.
Hermanas y hermanos amados todos en el Señor,

 

Acción de gracias y oración

  1. Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, porque la mano del Señor se nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Hoy se manifiesta de manera especialmente grande en la ordenación de este nuevo sacerdote y de estos siete nuevos diáconos. Maestro en parábolas, Jesús contempla la humanidad como un inmenso sembradío de Gracia. La mies es abundante e ilimitada la disponibilidad del mundo al Evangelio; pero el terreno está yermo en gran parte por ser tan pocos los que se dan al trabajo de colaborar decididamente con Cristo en la salvación de los hombres. Jesús nos dice ante este mundo que él contempla: Rogad al Señor de la mies… La ordenación de presbítero y diáconos, que el Señor nos concede, nos llena de consuelo porque a la llamada permanente del Señor estos ocho jóvenes le han dicho: “Aquí estoy”. Pero siguen faltando vocaciones a continuar con la misión apostólica; su escasez, ¿no podría acusar una falta de fe o una crisis de oración? A los jóvenes aquí presentes os digo: no tengáis miedo de responder también vosotros: “Aquí estoy”. ¿Qué mejor y mayor servicio se puede hacer en favor de los hombres que entregarles a Jesucristo?

 

Por vuestro sí al Señor, os saludo de corazón especialmente a vosotros, queridos ordenandos. Hoy estáis en el centro de la atención de esta porción del pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis: un pueblo que está representado aquí por cuantos hoy llenamos esta Catedral para participar en vuestra ordenación. Os acompañamos con nuestra oración y con nuestros cantos, con nuestro afecto sincero y con nuestra alegría humana y espiritual. Ocupan un lugar especial vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros formadores y profesores del seminario y las comunidades parroquiales de las que procedéis y las comunidades neocatumenales con las que camináis, a quienes saludo con especial afecto. Saludo en particular a la parroquia de Ntra. Sra. del Niño Perdido de Alquerías que te ha acompañado a ti, Alipio, en la última etapa de tu camino, y a la que tú mismo has servido pastoralmente como diácono. No olvidamos la singular cercanía en espíritu de numerosas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como son las monjas de clausura y los enfermos, que oran y ofrecen su sufrimiento por vosotros.

 

Nuestra Iglesia diocesana no cesa de dar gracias a Dios por el don de vuestra ordenación; esta tarde reza especialmente por vosotros, reunida en oración en torno a Maria, como los Apóstoles en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,12-16). Dios y nuestra Iglesia confían en vosotros y espera de vuestro ministerio presbiteral y diaconal frutos abundantes de santidad y de buenas obras. Sí: Dios os llama a través de su Iglesia y cuenta con vosotros. La Iglesia os necesita a cada uno; somos conscientes del gran don que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la imperiosa necesidad de que abráis vuestro corazón a Dios y os encontréis con Cristo para recibir de Él la gracia de la ordenación, que es fuente de libertad, felicidad y alegría. Todos nos sentimos invitados a la oración y a entrar en el ‘misterio’ de vuestra ordenación, en el acontecimiento de gracia que se realiza en vuestro corazón con la ordenación, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que ha sido proclamada.

 

Consagrados en signos de Cristo Siervo y Pastor.

  1. La primera lectura centra nuestra atención en el Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cr 15,3-4.16; 16,1-2). En la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar, que hoy celebramos, la Iglesia lo aplica a María: ella es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios; ella llevó en su seno al mismo Dios; ella es así y para siempre signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo. María, el Arca de la nueva Alianza, nos da a Dios, ella nos ofrece a Cristo, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios, hecha carne, el Salvador del mundo, la Buena Noticia de Dios para la humanidad, para cada persona, en especial para los más pobres y desfavorecidos.

 

También vuestra ordenación, queridos ordenandos, tiene mucho que ver con el Arca de la Nueva Alianza. Habéis sido elegidos y vais a ser ordenados y enviados para ser presencia de Cristo en la Iglesia y en el mundo. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor resucitado, presente en medio de nosotros, derramará sobre  vosotros su Espíritu Santo y os consagrará diáconos y presbítero. Los diáconos quedaréis consagrados para ser en la Iglesia y en el mundo, signo e instrumento de Cristo, siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. Esta impronta del diaconado perdurará para siempre en vosotros incluso cuando recibáis un grado superior del Orden, como esta tarde nuestro hermano Alipio. Habréis de ser por ello con vuestra palabra y con vuestra vida signo nítido de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos. Todas las funciones del diácono se sintetizan en una palabra: “servicio”; servicio en “el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29). Seréis en todo momento servidores de Cristo Jesús, de su Iglesia y todos los hombres, para que todos puedan encontrar en Cristo el amor misericordioso de Dios para participar de su misma vida.  Nuestro hermano Alipio, por su parte, será consagrado presbítero para ser pastor en nombre de Jesucristo, Cabeza, Siervo y buen Pastor de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, quedará transformado y convertido en ‘otro Cristo’. Vuestras personas mismas, queridos ordenandos, serán así como un Arca de la nueva Alianza. Por el don de la ordenación, Cristo Jesús os ‘atrae’ del tal modo hacía sí que todo vuestro ser será suyo, y vuestros labios y vuestras manos serán los suyos. Vuestra persona será prolongación de su presencia, de su misericordia y de su gracia entre los hombres.

 

No lo olvidéis nunca: Vuestra ordenación es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un don de la benevolencia divina para vosotros, fruto del amor que Dios os tiene. La grandeza del don quizá os pudiera hacer dudar, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades para seguir fielmente al Señor o en las dificultades del momento actual para la evangelización. Pero, bien sabéis, que el amor, la fidelidad y la fuerza del Señor os acompañarán siempre. Recordad siempre las palabras del salmo: “El Señor es mi luz y mis salvación, ¿a quién temeré?. El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26,1 ). Vuestra ordenación es también misterio, porque toda vocación está relacionada con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de la conciencia y de la libertad humanas. Recibís esta gracia no para provecho y en beneficio propio, no para vuestro honor y prestigio, sino para ser servidores de Dios, de la Iglesia y de los hermanos.

 

Necesidad de la identificación espiritual y existencial con Cristo

  1. Identificados con Cristo por el diaconado o el presbiterado, identificaos también existencialmente con Él; vivid siempre unidos espiritualmente a Él. No diga­mos que esto no es posible. Esto es precisamente lo que han vi­vido y realizado los auténticos y ge­nuinos diáconos y sacerdotes del Señor. Miles de diáconos y sacerdotes anónimos, sin relieve so­cial, ‘escondidos con Cristo en Dios’ (San Pablo), han santificado su vida y su existencia con el desempeño fiel y entregado de su ministerio, configurados e identificados espiritualmente con Cristo, Siervo y Buen Pastor.

 

Sed servidores y estad siempre en actitud de servicio; esta es una de las características que nuestra Iglesia y nuestro mundo piden y esperan de los diáconos y de los sacerdotes, que en su día también fueron ordenados diáconos para siempre. Para mantener viva esta actitud, los diáconos y los sacerdotes hemos de ser discípulos enamorados del Señor y misioneros ardorosos, de manera especial, para con los más débiles y necesitados. Es algo que debemos cuidar y aprender a vivir día a día con sumo esmero todos los ordenados un día de diáconos. Nuestro Pueblo de Dios siente necesidad de diáconos y pastores, que sean discípulos configurados con el corazón de Cristo, Siervo y Buen Pastor. El principal trabajo de los pastores será, en efecto, servir al rebaño que se nos confía y cuidar de él para hacer comunidades de discípulos misioneros de Cristo y salir en busca de los alejados; nuestro tiempo pide de nosotros que seamos servidores de la vida, que estemos atentos a las necesidades de los más pobres y que seamos promotores de una cultura del encuentro, de la reconciliación y de la fraternidad.

 

El Papa Francisco reclama de vosotros ordenandos y de todos los sacerdotes dedicar tiempo a los pobres y salir a las periferias abandonadas reconociendo en cada persona una dignidad infinita. Esta actitud del servicio y de hacerse cercano no tiene como objetivo procurar éxitos pastorales, sino ser fieles a Cristo e imitar al Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos y deseoso de comunicar Vida, la vida misma de Dios.

 

Amor apasionado por Cristo y los hermanos

  1. En nuestro ministerio diaconal o sacerdotal, lo más importante no es el ‘oficio’ o la tarea; lo más importante es que seamos hombres apasionados de Cristo y de la gente, que llevemos dentro y transmitamos el fuego del amor de Cristo y la misericordia de Dios para todos. Lo más importante es que estemos llenos de la alegría del Señor; que se pueda ver y sentir que somos personas llamadas y enviadas por el Señor; que estemos llenos de amor por el Señor y por los suyos y que estemos llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser.

 

¿Cómo lograrlo, queridos hermanos y queridos ordenandos? En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). Es la respuesta de Jesús a aquella mujer que proclamaba dichosa a María por haber llevado a Jesús en su seno virginal y haberle amamantado con sus pechos. Pero, Maria es dichosa sobre todo por haber creído: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó a la Palabra de Dios y en la Palabra de Dios y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia, de los cristianos y de los sacerdotes. Reunidos en oración en torno a ella, lo mismo que los Apóstoles el día de Pentecostés, vamos creciendo como pueblo de Dios; su fe y su esperanza nos guían y alientan a todos los cristianos y a los sacerdotes.

 

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, os dice Jesús hoy a vosotros, queridos ordenandos. Jesús os invita a acoger, como María, con fe, disponibilidad, obediencia y entrega a Él que es la Palabra, a dejar que vuestro corazón, vuestros sentimientos y pensamientos se transformen por el don que vais a recibir para que toda vuestra vida y vuestras tareas sean signo y transparencia de Cristo, de su gracia santificadora y de su amor misericordioso hacia todos. Para ello, como Maria, habréis de acercaros a la Palabra de Dios: como ella habréis leer, escrutar, escuchar y meditar con frecuencia la Palabra de Dios; y como ella, habréis de acoger con fe, interiorizar y cumplir la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, en la tradición viva de la Iglesia y en comunión con los pastores, en especial con vuestro Obispo. A vuestro Obispo prometéis hoy obediencia, en la que se concreta vuestra obediencia a la Palabra de Dios.

 

Una prioridad muy importante en vuestra vida será el cultivo de vuestra relación personal con Cristo.  El coloquio personal con Cristo en la oración es una condición para nuestro trabajo por los demás. La oración no es algo marginal en vuestra vida. La oración personal y el rezo de la liturgia de las Horas serán el alimento fundamental para vuestra alma y para toda vuestra acción. Junto a la oración, estará la celebración o participación diaria de Eucaristía y la celebración personal y frecuente del Sacramento de la Penitencia. Cultivad el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones: el anuncio del kerigma, el diálogo personal o la homilía. Vivid la ‘caritas’, el amor de Cristo para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas que pasan dificultades, para los marginados.

 

Exhortación final

  1. Si permanecéis fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo, se convierta en servicio permanente y en entrega total. María, la esclava del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, os acompañe cada día de vuestra vida y de vuestro ministerio. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Teresa de Jesús, maestra de renovación de la Iglesia

PlumaQueridos diocesanos:

 

Con motivo del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, toda la Iglesia católica en España celebramos un Año Jubilar Teresiano, desde el próximo miércoles 15 de octubre hasta el mismo día de 2015. El Papa Francisco ha concedido gracias jubilares para todas las diócesis de España durante este Año Jubilar.

 

Teresa de Cepeda y Ahumada, Teresa de Jesús, nace en Ávila el 28 de marzo de 1515 y muere en Alba de Tormes el 15 de octubre de 1582. Teresa fue una mujer adelantada a su tiempo, cristiana cabal y admirable, mística y andariega, reformadora y, sobre todo, santa. Leer más

Profesión Perpetua de la Hna. Luz María Heredia Jara

Capilla de la Residencia de Ancianos “Virgen de la Soledad”, Nules, 11.10.2014

(Os 2,14.19-20;  Sal 116; Filp 3,8-14; Lc 10, 38-42)

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Hermanas y hermanos en el Señor:

 

Acción de gracias por la vocación y la profesión perpetua

  1. “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116, 12). Así se pregunta nuestra hermana Luz, haciendo suyas las palabras del salmista, ante su vocación religiosa y su profesión perpetua. El mismo salmo nos da la respuesta: “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor. Cumpliré mis votos ante la asamblea” (Sal 116, 13). Sí; demos gloria y gracias a Dios por el don de vocación y de la profesión perpetua de nuestra Hna. Luz para vivir de por vida consagrada a Dios siguiendo los pasos de Cristo, pobre, obediente y virgen en la Congregación de las Siervas de Jesús de la Caridad.

 

Su llamada a la vida consagrada y su consagración son una bendición de Dios, una muestra del amor y ternura de Dios, un gran bien para ella, para nuestra Iglesia diocesana y para las Siervas de Jesús. Son además una razón más para nuestra alegría y un signo de esperanza en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad: todavía hay jóvenes como Hna. Luz que están dispuestas a acoger la llamada de Dios para seguir uniéndose en matrimonio espiritual a Cristo y entregarse generosamente a El sirviendo a la Iglesia y a la humanidad. Vivimos en la Iglesia y la sociedad tiempos necesitados de luceros que señalen con claridad la cercanía del amor de Dios para cada persona. Vosotras, Siervas de Jesús, sabéis bien que el Sagrado Corazón de Jesús es la fuente inagotable de ese amor de Dios para cada persona, para cada enfermo del que queréis ser siervas. Este es el carisma, el don del Espíritu santo, que recibió vuestro Fundadora, Santa Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra.

 

Llamada por el amor de Dios

  1. En esta celebración se manifiesta una vez más el amor misericordioso de Dios. Porque ¿qué son tu vocación, hermana Luz, y la bendición que hoy vas recibir sino una nueva muestra de su amor misericordioso y de su ternura? Tú lo sabes muy bien: tu vocación es una llamada de Dios y de su amor hacia ti y, en ti, hacia su Iglesia. Repasando tu vida puedes descubrir que El mismo te llamó y que siguió susurrándote sus silbos amorosos cuando, quizás distraída por las cosas de tu alrededor o por tus estudios universitarios, intentabas silenciar su voz y resistirte a su llamada. Y sólo cuando decidiste acoger su amor y que El fuese tu Todo, experimentaste esa paz y felicidad inmensas que llenan el alma, porque proceden de Dios. Puedes en verdad decir: “sentirme llamada es lo más grande que me ha pasado en la vida y a Dios se lo debo todo”.

 

Toda vocación es una llamada gratuita de Dios e inmerecida por nuestra parte. Ante la grandeza de la llamada de Dios hemos de reconocer nuestra pequeñez y sólo podemos responder con agradecimiento. Toda vocación es el sueño, el proyecto y el camino de Dios para cada uno de nosotros para que podamos llegar a la felicidad plena y eterna en Dios mismo. Nuestro ideal de vida deberá ser acogerlo con libertad y dejar con generosidad que ese proyecto se realice en nuestra existencia.

 

Este camino que Dios tiene preparado para cada uno supera nuestras solas fuerzas. En cualquier vocación, siempre existe desproporción entre lo que el Señor quiere para nosotros y lo que seríamos capaces de realizar sin su ayuda. Por eso no es extraño que quien percibe la llamada de Dios se sienta indigno y débil. No olvides que quien llama da también los medios para poder responder. Es lo que nos recuerda hoy san Pablo: “Por él (Cristo Jesús) lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo, y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley- sino con la proviene de la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe” (Fil 3, 8-9). Por eso es bueno no sólo detenernos ante las dificultades, sino también y sobre todo pararnos a contemplar la grandeza de Dios y su misericordia, creer y confiar siempre en Cristo Jesús, contar siempre con la fuerza de su gracia y de su Espíritu. Quien contempla a Dios y su obra, quien vive en Cristo Jesús, puede más fácilmente descubrir lo que el Señor quiere para él y, al mismo tiempo, responder con generosidad porque sabe que Dios todo lo puede.

 

Consagrada a Dios y desposada con Cristo

  1. Querida hija: te vas a consagrar al Señor y vas a ser bendecida por Él para vivir de por vida totalmente entregada a El siguiendo a Cristo obediente, casto y pobre en el camino espiritual de tu Madre, Santa Josefa. No olvides nunca que en la base de tu vida está tu consagración al Señor. Considera que antes de nada está la iniciativa amorosa de Dios, que te ha llamado y te ha elegido para dedicarte a Él de modo particular. El mismo Dios te ha concedido también la gracia de responder a su llamada y te acompañara siempre para que vivas tu consagración en todo momento con una entrega gozosa, libre y total de ti misma a Él.

 

Si lees tu historia personal descubrirás cómo Dios mismo te ha ido conduciendo con verdadero amor hasta el día de hoy, a través de tu familia, de tu parroquia, de tu hermano sacerdote, de tus hermanas Siervas de Jesús. Y lo ha hecho para desposarse contigo en una alianza de amor y de fidelidad, de comunión y de misión para gloria de Dios. El te ha conducido por los caminos del amor para desposarse contigo, hasta poder ella decir: Dios mío y Esposo mío. Como al pueblo de Israel, El te dará esos cinco regalos que son la esencia de la felicidad y de la santidad, en palabras del profeta Oseas: el derecho y la justicia divinas, la rectitud en el trato, el amor constante, -que no sólo es afectividad, sino lealtad y asistencia-, la misericordia. -porque la conoce y sabe de sus debilidades humanas, por eso sabrá comprender y perdonar tu fragilidad innata- y, finalmente, te dará su “fidelidad”. Cristo Jesús, Luz María, es tu Esposo de quien siempre te podrás fiar y en que siempre podrás confiar. Si sabes acoger el don que Dios te hace y lo mantienes vivo a lo largo de los días, tu consagración y desposorio serán una fuente de gozo y de alegría para ti, para tu comunidad, para tu Congregación, para tu familia, para la Iglesia y para el mundo.

 

Te consagras hoy a Dios para vivir santamente entregada a El siguiendo el carisma de tu congregación. Vive día a día el amor de Dios unida a Cristo, tu Esposo y Señor. Tu oración personal y comunitaria, la contemplación de Sagrado Corazón de Jesús te dispondrán a la comunión con Cristo y a su adoración en la Eucaristía. En la oración y en la comunión diaria con Jesús-Eucaristía encontrarás la fuente para tu entrega total a Dios siguiendo las huellas de Cristo y, en Él y como Él, para vivir la verdadera comunión con todas tus hermanas y ser testigo de la ternura de Dios para los más pobres y desdichados, para los ancianos y los enfermos. Así harás de tu oración vida y de tu vida oración, como nos pide el evangelio que hemos proclamado.  En nombre de nuestra Iglesia: Gracias, por tu sí a Dios. ¡Que el Señor te bendiga a lo largo de tus días!

 

Para ser testigo del amor infinito y personal de Dios

  1. Por tu profesión perpetua vas a quedar constituida en testigo y mensajera del amor y ternura infinita de Dios. Para ello es decisivo que acojas y vivas el amor y la misericordia de Dios, que, a la vez que reconstruyen la relación de cada uno con Dios, suscitan entre los hombres nuevas relaciones de fraternidad. Y no lo olvides: el manantial inagotable del amor de Dios es siempre el Corazón sagrado de su Hijo. El Señor nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 14). El mismo Señor nos señala además los múltiples caminos de la misericordia: la misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, de los próximos y de los lejanos, de los ancianos, de los enfermos, de los discapacitados, de los encarcelados, de los inmigrantes, de todos los heridos por la vida. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de caridad y de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia todo el que sufre.

 

En tu comunidad o en un trabajo diario, haciendo de tu oración vida y de tu vida oración, has de aprender a conocer y contemplar cada vez más y mejor el rostro de Dios en Cristo viéndolo reflejado en el rostro de tus hermanas y en el de los ancianos y enfermos que Dios ponga en tu camino. La contemplación del rostro de Dios en el Corazón de Cristo, te ha de llevar a amarle, imitarle y unirte a Él cada día más intensa y profundamente en perfecta castidad. No es fácil amar con un amor auténtico, que sea reflejo del amor de Dios y que sea vivido con una entrega total de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad, en la oración y en la adoración de la Eucaristía. Fija tu mirada en él, sintoniza con su Corazón misericordioso, ámale con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; sólo así serás capaz de mirar a tus hermanas y a los enfermos y ancianos, de amarlos sabiendo que son un don de Dios para ti y de hacerlo con gratuidad, generosidad y ternura.

 

Apertura del corazón a Cristo

  1. Querida Hna. Luz. Sé muy bien que desde la paz y la felicidad que sientes el día de tu desposorio con Cristo querrías decir a otras jóvenes –y yo contigo- aquellas palabras del querido San Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo: que es el único que puede saciar vuestra hambre y sed de felicidad”. Tú lo has experimentado ya: quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo puede encontrar su secreto en Cristo y en su corazón. El arde del deseo de ser amado; él no quita nada sino que lo da todo; quien sintoniza con los sentimientos de su corazón encuentra el amor, la felicidad y la vida. Un acto de fe y de abandono total en Él como Pablo basta para encontrar el camino de la vida.

 

¡Que María, la esclava y sierva del Señor, mantenga en ti siempre vivo tu amor de esposa de su Hijo y tu deseo de ser testigo de la ternura de Dios para con todos los hombres! Que ella os proteja siempre a ti, a tu comunidad, a tu congregación y a toda tu familia. Amén.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Servidores y llenos de misericordia

PlumaQueridos diocesanos:

 

El próximo Domingo, Fiesta de la Virgen del Pilar, el Señor se mostrará de nuevo grande con su Iglesia. Ese día, D.m., ordenaré de diáconos a siete jóvenes seminaristas y a un diácono lo ordenaré de presbítero. Siete diáconos y un nuevo presbítero son dones de Dios a nuestra Iglesia diocesana, que hemos de saber acoger con mucha alegría y con profundo agradecimiento.

 

Recordemos que diácono viene de diakonía, que significa servicio; el diacono es, por lo tanto, ‘servidor’. Mediante la imposición de las manos y la oración consagratoria, el Señor resucitado derrama sobre el ordenando su Espíritu Santo y le consagra diácono. Así queda constituido para siempre en signo e instrumento de Cristo, siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. Leer más

Renovación eclesial desde Cristo

PlumaQueridos diocesanos:

 

En su bella exhortación apostólica Evangelii gaudium, el Papa Francisco nos llama a una renovación o conversión pastoral y misionera de la Iglesia, de sus comunidades y de sus estructuras (EG 22-33). ¿Por dónde comenzar, nos preguntaremos?

 

Hay algo prioritario e ineludible para la renovación de nuestra Iglesia, que no podemos soslayar. Me lo recuerda el segundo gran encuentro con Cristo de San Francisco haciendo oración ante la cruz de San Damián, que muestra a Cristo resucitado, vivo. En su largo proceso de conversión, el Poverello de Asís le pregunta un día al Cristo de la cruz de San Damián qué ha de hacer; y él siente que el Señor le responde a su pregunta e inquietud con estas palabras: “Francisco, ve y repara mi iglesia que amenaza ruina”. Leer más