En la jornada de oración por las vocaciones

PlumaQueridos diocesanos

Este IV Domingo de Pascua, domingo del “Buen Pastor”, celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y, este año, también por las Vocaciones nativas. Es un día para orar especialmente por las vocaciones al sacerdocio ordenado y a la vida consagrada en todo el mundo. Y lo hacemos sobre todo porque Jesús, el Buen Pastor, nos dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 36-38).

Jesús mismo nos sirve de ejemplo. Lo primero que hace Jesús es orar: antes de llamar a sus apóstoles o de enviar a los setenta y dos discípulos, pasa la noche a solas, en oración y en la escucha de la voluntad del Padre (cf. Lc 6, 12). Como la vocación de los discípulos, también las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada son primordialmente fruto de una insistente oración al ‘Señor de la mies’. Leer más

Celebrar la alegría del Evangelio y de la misión

PlumaQueridos diocesanos:

Nuestra Iglesia diocesana se prepara para celebrar en el Seminario diocesano Mater Dei el tercer gran Encuentro diocesano, el día 25 de abril. El primero lo celebramos hace cuatro  años en torno a la Eucaristía. La experiencia gozosa de Iglesia diocesana de aquel primer encuentro fue tan intensa y hermosa que muchos pidieron celebrar este tipo de encuentros periódicamente. Por ello, hace dos años celebramos nuestro segundo gran Encuentro para compartir la alegría de la fe, en el contexto del Año de la fe.      Leer más

Ordenación de siete presbíteros

CONCATEDRAL DE STA. MARÍA EN CASTELLÓN, 18 de abril  de 2015

 (Is 61,1-3a; Sal 88; 2 Cor 5,14-20; Jn 15,9-17)

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Queridos hermanos en el sacerdocio, diáconos asistentes y seminaristas,

Queridos Cabildos Concatedral y Catedral, Vicarios General y episcopales, y Rectores,
Hermanas y hermanos amados todos en el Señor,

 

Acción de gracias

Cantaré eternamente, tus misericordias, Señor” (Sal 88). En esta mañana nos unimos a vuestra alegría, queridos Fran, Pedro, Alex, Samuel, Andrea, Isaac y Manuel, y con vosotros cantamos al Señor por su gran amor hacia vosotros, y, en vuestras personas, a vuestras familias y a nuestra Iglesia diocesana. Las palabras del Salmista nos invitan a cantar una vez las misericordias del Señor: hoy lo hacemos por vuestra vocación sacerdotal y por vuestra ordenación presbiteral. Ambas son una gracia de Dios para vosotros; sí, pero también y ante todo para nuestra Iglesia, que en estos tiempos de escasez vocacional, se ve una vez más agraciada en vuestras personas.

Sí, hermanos, cantemos todos eternamente las misericordias del Señor y démosle gracias: Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón y, en ella, para toda la Iglesia.

Quiero expresar aquí también mi sincera gratitud y mi cordial felicitación a todos cuantos han cuidado de vuestra formación: rectores, formadores, profesores y padres espirituales; mi gratitud y felicitación también para vuestros padres, catequistas, familiares, amigos y para cuantos os han ayudado en el camino hasta el sacerdocio. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de vosotros, con la oración y el apoyo humano necesario para que perseveréis con alegría y generosidad en el ministerio sacerdotal y podáis cumplir la misión que el Señor os confía hoy.

  Elegidos y hechos sacerdotes por el Señor para ser pastores-servidores

Esta mañana vais a ser elegidos y consagrados presbíteros para ser pastores en la Iglesia y actuar en el nombre “et in persona” de Jesucristo, el Buen Pastor y la Cabeza de su Iglesia. Mediante la imposición de mis manos y la plegaria de consagración, quedaréis convertidos en presbíteros para ser servidores del pueblo cristiano. Participareis así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para que cuidéis de su pueblo siendo maestros de la palabra, ministros de los sacramentos y guías de la comunidad.

Sois elegidos y constituidos pastores, no por vosotros mismos, sino por el Señor, y no para serviros a vosotros mismos, sino para servirle a Él y a su rebaño en la parcela que se os confíe, para servirlos hasta dar la vida como Cristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10, 11). No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino yo quien os ha elegido a vosotros”, dice Jesús (Jn 15,16). Vuestro sacerdocio es una iniciativa amorosa del Señor, totalmente gratuita por su parte e inmerecida por la vuestra. Él es quien os elige a cada uno de vosotros porque quiere haceros sus sacerdotes. Él va por delante, vuestra respuesta -ciertamente generosa, alegre y confiada- es acogida de su iniciativa. Nos lo recuerda la liturgia de la ordenación: vuestra llamada en la presentación, vuestra respuesta con las palabras ‘aquí estoy’, y, sobre todo, el gesto antiquísimo de la imposición de las manos. Cuando os imponga las manos, es el Señor mismo quien lo hace. Él tomará posesión de cada uno de vosotros diciéndoos: “Tú me perteneces”. Pero de este modo os dice también: “Tú estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú estás protegido bajo el hueco de mis manos y te encuentras en la inmensidad de mi amor. Estás en el espacio de mis manos; dame las tuyas”.

Es muy importante que mantengáis vivos en vuestra memoria y en vuestro corazón estos hechos de la elección de Jesús y de la imposición de sus manos. El Señor siempre estará en vosotros y junto a vosotros, para protegeros, alentaros, para cuidaros en la inmensidad de su amor y de su misericordia. Él será vuestra fuerza y sustento. Dirigid siempre vuestra mirada hacia Él y dadle la mano. Dejad que su mano os tome, y entonces no os perderéis en la obscuridad de la niebla ni os hundiréis en la mar alborotada. La fe en Jesús, Hijo del Dios vivo, os llevará a coger su mano en los momentos de cansancio apostólico, de debilidad personal o de dificultad y desaliento pastoral.

Para ser amigos del Señor

El Señor va a poner su mano sobre vosotros. El significado de este gesto lo expresó con las palabras: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15). El Señor os hace sus amigos: os confía todo y se confía a sí mismo a vosotros para que podáis hablar “in persona Christi capitis” (en persona de Cristo Cabeza). ¡Qué confianza, queridos ordenandos! Cristo se pone verdaderamente en vuestras manos (cf. Benedicto XVI, Homilía de Jueves Santo, 2006).

Los signos de la ordenación sacerdotal expresan y explican en el fondo estas palabras de Jesús: la imposición de las manos, la entrega del evangeliario -e.d. de su palabra que Él os confía-, la entrega de la patena y del cáliz con el que Él os trasmite su misterio más profundo y personal. De todo esto forma parte también el poder de absolver: os hace partícipes de su conciencia sobre la miseria del pecado y la oscuridad del mundo y pone en vuestras manos la llave para volver a abrir la puerta hacia la casa del Padre.

Ya no os llamo siervos, sino amigos. Este es el significado profundo de ser sacerdote: ser amigo de Jesucristo. Tenéis -tenemos- que comprometernos con esta amistad cada día. Amistad significa comunión de pensamiento, de voluntad y de sentimientos, y, por tanto, de actuación.  En esta comunión con Jesús tenemos y tenéis que ejercitaros, nos dice san Pablo en la Carta a los Filipenses (Cf. 2, 2-5).

Esto implica conocer y descubrir a Jesús de una manera cada vez más personal, escuchándole, viviendo junto a él, estando con él, dejándoos encontrar personalmente por  Él. Escucharlo -en la ‘lectio divina’, es decir, leyendo la Sagrada Escritura de una manera espiritual; de este modo aprenderéis -y aprendemos- a encontrar a Jesús presente que nos habla. Debéis reflexionar y contemplar sus palabras y su manera de actuar ante Él y con Él. La lectura de la Sagrada Escritura tiene que ser oración, tiene que surgir de la oración y llevar a la oración. Los evangelistas nos dicen que el Señor se retiraba continuamente -durante noches enteras- ‘a la montaña’ para orar a solas. También los sacerdotes tenemos necesidad de esta ‘montaña’: la montaña de la oración. Sólo así se desarrolla y cultiva la amistad con el Señor. Sólo así podemos los desempeñar nuestro servicio sacerdotal, sólo así podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres. Nuestro actuar exterior quedará sin fruto y perderá su eficacia si no nace de la comunión íntima con Cristo. El tempo que dedicamos a esto es realmente tiempo de actividad pastoral, de una actividad auténticamente pastoral. La verdadera oración, la oración del pastor, no nos aleja de la gente; todo lo contrario: nos lleva a la gente, a sus gozos y sufrimientos, a sus alegrías y a sus penas, a sus dificultades y necesidades, a sus desalientos y a sus esperanzas. El sacerdote tiene que ser sobre todo un hombre de oración.

Ya no os llamo siervos, sino amigos. El corazón del sacerdocio consiste en ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente “in persona Christi”, a pesar de que nuestra lejanía interior de Cristo no puede comprometer la validez de los sacramentos. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote, significa ser hombre de oración. De este modo le reconocemos y salimos de la ignorancia de los siervos. De este modo aprendemos a vivir, a sufrir y a actuar con Él, por Él y como Él.

La amistad con Jesús es siempre por antonomasia amistad con los suyos, con los hermanos sacerdotes y con todos sus discípulos. Sólo podemos ser amigos de Jesús en la comunión con el Cristo total, con la cabeza y el cuerpo, en la viña de la Iglesia animada por su Señor. Sólo en ella la Sagrada Escritura es, gracias al Señor, Palabra viva y actual y no un mero libro del pasado.

Ser sacerdote significa ser amigo de Jesucristo, y serlo cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios; no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo: del Dios compasivo y misericordioso,  que se hizo carne, que nos amó hasta morir por nosotros, por nuestros pecados, por nuestras heridas, por nuestras miserias, que resucitó y creó en si mismo un espacio para  la humanidad. Este Dios, que es Misericordia, cuyo rostro es Jesucristo tiene que vivir en nosotros y nosotros en él, para ser en su nombre y en su persona ministros de  la misericordia.

Y ministros de su misericordia

Como pastores, queridos ordenandos y queridos sacerdotes, debemos dar mucha misericordia. En toda la Iglesia es el tiempo de la misericordia. Nos disponemos a celebrar el Año Jubilar de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, siguiendo una intuición de san Juan Pablo II. Nos corresponderá a nosotros, como ministros de la Iglesia, proclamar este “año de gracia del Señor” (Is 61, 2), mantener vivo el mensaje de la misericordia, en la predicación, en los gestos y en los signos, y dando prioridad al sacramento de la Reconciliación y a las obras de misericordia corporales y espirituales.

Ser ministros de la misericordia significa conmoverse ante las ovejas, como Jesús, cuando veía a la gente cansada y extenuada como ovejas sin pastor. Jesús tiene las ‘entrañas’ de Dios: está lleno de ternura hacia la gente, especialmente hacia las personas excluidas, es decir, hacia los pecadores, hacia los enfermos olvidados, hacia los excluidos, hacia los pobres. A imagen del buen Pastor, el sacerdote está llamado a ser hombre de misericordia y de compasión, cercano a su gente y servidor de todos. Quien sea que se encuentre herido en su vida, de cualquier modo, debe poder encontrar en el sacerdote atención y escucha.

Como sacerdotes demostraréis, es especial. entrañas de misericordia al administrar el sacramento de la Reconciliación; lo demostraréis con vuestra actitud, en el modo de acoger, de escuchar, de aconsejar, de absolver. Pero esto deriva del modo en el cual vosotros mismos viváis el sacramento en primera persona, del modo como se os dejéis abrazar por Dios Padre en la Confesión, y permanezcáis dentro de este abrazo. Si uno vive esto dentro de sí, en su corazón, puede también donarlo a los demás en el ministerio.

En la Iglesia de Segorbe-Castellón

Queridos diáconos: Vais a ser ordenados presbíteros para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abiertos siempre a la Iglesia universal. No tengáis miedo: El Señor estará siempre con vosotros. Con su ayuda, podréis recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y mujer; con su ayuda podréis llevarlos al encuentro con Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, al Cordero de Dios y Buen Pastor, que dio la vida todos y quiere que todos participen de su misericordia. Si estáis llenos de Cristo, si Él es el centro de vuestra vida y crecéis en una íntima unión y amistad con él, si sois fieles a la comunión de la Iglesia, si vivís la fraternidad sacerdotal, si amáis a las personas podréis ser verdaderos misioneros del Señor.

Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad y entrega. Oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37). Por vuestra vocación y por vuestro ministerio oramos todos nosotros y vela María Santísima. ¡Que María, Madre y modelo de todo sacerdote, os proteja siempre! Amén

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Año Santo de la Misericordia

PlumaQueridos diocesanos,

El segundo Domingo de Pascua es el Domingo de la Divina Misericordia. Así lo llamó e instituyó san Juan Pablo II el año 2000. El Papa ya lo había anunciado durante la canonización de Sor Faustina Kowalska, el 30 de abril de ese mismo año, como “una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”. Sor Faustina había dejado escrito que “la humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia” (Diario, 300). Esta Fiesta quiere hacer llegar al corazón de cada persona que Dios es misericordioso y nos ama a todos, que podemos confiar plenamente en su misericordia y que Dios nos llama a ser siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones. Leer más

Pascua de Resurrección

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 5 de abril de 2015

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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Hermanas y hermanos amados en el Señor.

 

¡Verdaderamente ha resucitado el Señor, Aleluya! Después de escuchar la pasada noche el anuncio pascual, hoy celebramos con toda solemnidad el hecho central de nuestra fe: Cristo Jesús ha resucitado. Tal como proclamamos en el Símbolo de la fe, Jesús, después de su crucifixión, muerte y sepultura, “resucitó al tercer día”. “¿Por qué buscáis entre los muertos, al que está vivo?” (Lc 24, 5), dirá el ángel a las mujeres: una premonición a los escépticos e incrédulos que se afanan en buscar todavía hoy los restos de Jesús.

El evangelio de hoy nos invita a dejarnos penetrar por la luz de la fe ante el hecho del sepulcro vacío de Jesús. Este hecho desconcertó en un primer momento a las mujeres y a los mismos Apóstoles; pero más tarde entendieron su sentido: y aceptaron que la resurrección del Señor es un hecho real; es más: comprendieron su sentido de salvación a la luz de las Escrituras. El cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, ya no estaba allí; no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado. Aquel Cristo a quien habían seguido, vive, porque ha resucitado; en Él ha triunfado la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, el amor de Dios sobre el odio del mundo. Cristo es el vencedor del pecado y de la muerte.

Cristo vive. No se trata de que su memoria o su causa sigan vivas entre nosotros. La resurrección del cuerpo de Jesús es un hecho real, que, sucedido en la historia, traspasa el tiempo y el espacio. No es una vuelta a esta vida para volver a morir, sino el paso a nueva forma de vida, gloriosa y eterna. Tampoco es fruto de la fantasía de unas mujeres crédulas o de la profunda frustración de sus discípulos. La tumba está vacía, porque ha resucitado en verdad y su carne ha sido glorificada. El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. Jesús vive ya glorioso y para siempre. Por eso Jesús se aparece a sus discípulos.

¡Cristo ha resucitado! Para aceptarlo es necesaria le fe, que brota de la experiencia del encuentro personal con el Resucitado. Una vez resucitado, Jesús salió al encuentro de sus discípulos: se les apareció y se dejó ver por ellos, caminó, comió y bebió con ellos. A Tomás, que dudaba de lo que le decían sus compañeros, Jesús le invitó a tocar las llagas de sus manos y meter su mano en la hendidura de su costado. Y Tomás creyó que el Resucitado era el mismo que el Crucificado: “Señor mío, y Dios mío”. Los discípulos se encontraron personalmente y en grupo con él Señor. Fue un encuentro real, con una persona viva, y no una fantasía. Fue un encuentro profundo y envolvente que tocó a sus personas en su mismo centro; quedaron sobrecogidos: y pasaron de la tristeza a la alegría, de la decepción a la esperanza, del miedo a los judíos a mostrarse discípulos de Jesús. Toda su vida quedó transformada; todas las dimensiones de su existencia y su comportamiento individual y comunitario cambiaron de raíz. Este encuentro les movilizó y les impulsó a contar lo que habían visto y experimentado; y lo hacían con temple y aguante, sin miedo a las amenazas, a la cárcel o a la muerte. Este encuentro con el Señor resucitado fue tan fuerte que hizo de ellos la comunidad de discípulos misioneros del Señor, y puso en marcha un movimiento que nada ni nadie podrá ya parar.

Que Cristo ha resucitado es tan importante para los Apóstoles, que ellos son, ante todo, testigos de la resurrección. Este es el núcleo de toda su predicación. “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección” (Hech 10,39-41).

!Cristo ha resucitado y sale a nuestro encuentro! Como en el caso de los Apóstoles, el Señor resucitado sale a nuestro encuentro y pide de nosotros una acto personal de fe. Nuestra fe se apoya en el sepulcro vacío y, sobre todo, en el testimonio unánime y veraz de aquellos que lo pudieron ver, que trataron con él, que comieron y bebieron con él en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. A los testigos se les cree, según la confianza que merecen. Los Apóstoles confiesan y proclaman que el Señor ha resucitado; y no sólo esto: muchos de ellos padecieron persecución y murieron testificando esta verdad. ¿Hay mayor credibilidad que la un testigo que está dispuesto a entregar su vida para mantener su testimonio?

Como en el caso de los primeros discípulos, el Señor resucitado está presente hoy en nuestra vida. El nos invita a todos a dejarnos encontrar o reencontrar personalmente por Él para fortalecer o recuperar la alegría que brota de la Pascua: la alegría de sabernos amados personal e infinitamente por Dios en su Hijo, Jesús, crucificado y resucitado, para que en Él tengamos vida, la vida misma de Dios. Como entonces, este encuentro ha de ser personal, real, envolvente y transformador de toda nuestra vida personal y comunitaria; un encuentro que nos lleve a la comunidad y nos movilice a anunciar a todos la Buena y Gran Noticia de la Resurrección del Señor. Y este encuentro es posible: el Resucitado nos espera especialmente en su Palabra, en la Eucaristía y en el sacramento de la Penitencia, en la oración, en la comunidad de sus discípulos, y, en los pobres, con los que Él se identifica.

¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. En Cristo todo adquiere un sentido nuevo. La vida gloriosa del Señor Resucitado es como un inagotable tesoro, del que ya participamos por nuestro bautismo, que nos ha insertado en el misterio pascual del Señor. Hagamos memoria agradecida de nuestro bautismo: un don que pide ser acogido y vivido personalmente ya desde ahora. Mediante el bautismo, el Señor resucitado se ha compenetrado con nuestro ser, nos da la gracia de nuestra futura resurrección. El pasaje de la Carta a los Colosenses nos lo recuerda: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1).

Al confesar y vivir que Cristo ha resucitado, nuestro corazón se ensancha y comprende mejor todo lo que puede esperar. Buscando los bienes de allá arriba, aprendemos a tratar mejor la creación y a poner amor y vida en nuestra relación con los demás. La resurrección del Señor nos coloca ante lo más grande y por eso toda nuestra existencia cobra una nueva densidad. La resurrección del Señor explica toda la transformación personal, social y cultural que sucedió a la predicación del Evangelio.

Jesús está vivo y actúa. Además, como dice el Apóstol, nuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Ya no nos amenaza la muerte ni necesitamos buscar falsas seguridades por el temor a morir, porque sabemos que la muerte ya no tiene la última palabra. Porque Cristo ha resucitado podemos vivir de una manera nueva, porque nuestra existencia está liberada de las reglas del pecado y de la mundanidad; es decir bajo la esclavitud de la mentira, de la avaricia, del odio, del rencor, de la indiferencia, del desprecio y del abuso de los demás. Jesús nos ha liberado y, resucitado, camina junto a nosotros haciendo que sea posible vivir de un modo distinto, que como Él pasemos haciendo el bien. Todos los sig­nos de alegría y de fiesta de este día, en que actúo el Señor, son signo también de la cari­dad que ha de inundar nuestros corazones. Jesús victorioso nos comunica su vida para que podamos seguir su camino. El nos hace posible la entrega al otro y su acogida generosa y desinteresada, el verdadero amor en el matrimonio y en la familia, la amistad desinteresada y benevolente, el perdón y el trabajo justo, porque la ley de la muerte ya no es la decisiva.

Hoy resplandece la vida: la del Resucitado y la nues­tra, que se ilumina con su presencia. En la resurrec­ción de Jesús tienen respuesta todas las inquietudes de nuestro corazón. Porque Cristo ha resucitado, el mundo no es absurdo. Ni la persecución de los cristianos, ni las injusticias, ni el pecado, ni el mal, ni la muerte, ni la prepotencia ni la corrupción de los poderosos de este mundo tendrán la última palabra, porque el Señor ha resucitado. Él está vivo y nos podemos encontrar con Él. Ahí está el sentido de nuestra vida y la posibilidad de llevarla a su plenitud en el amor. Ale­grémonos en este día que disipa todas las tinieblas y dudas, y hace crecer en nosotros la esperanza.

Los Apóstoles fueron, ante todo, testigos de la resurrección del Señor Jesús. Aquel mismo testimonio, que, como un fuego, ha ido dando calor a las almas de los creyentes, llega hoy hasta nosotros. Acojamos y transmitamos este mensaje a las nuevas generaciones. Sean cuales sean las dificultades, éste es nuestro deber más sagrado: transmitir de palabra y por el testimonio de las buenas obras esta Buena Noticia de Dios para humanidad: En Cristo, la Vida ha vencido a la muerte, el bien al pecado, el amor al egoísmo, la luz a la oscuridad, el sentido de la historia y del cosmos al sinsentido del nihilismo. hay esperanza para la humanidad.

Celebremos, hermanos, a Cristo resucitado. Celebremos la Pascua y reavivemos nuestro propio Bautismo; por él hemos sido transformados en nuevas Criaturas. Nuestra alegría será verdadera si nos encontramos de verdad con el Resucitado en lo más profundo de nuestra persona, en ese reducto que nadie ni nada puede llenar; si nos dejamos llenar de su vida y amor: esa vida y ese amor de Dios que generan alegría, vida y amor. El encuentro personal con el Resucitado teñirá toda nuestra vida, nuestra relación con los demás y con toda la creación.

¡Feliz Pascua a todos! ¡Cristo nuestra Pascua ha resucitado¡ ¡Aleluya!

 

+Casimiro Lopez Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Encuentro pascual con el resucitado

PlumaQueridos diocesanos:

Durante la cuaresma hemos peregrinado hacia la Pascua. La Semana santa ha sido su última etapa y el Triduo Pascual su meta; en él celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor. Las tres son inseparables: el Jesús que padeció y murió, ha resucitado y vive para siempre. Todo ha sucedido por nosotros, por nuestros pecados, para nuestra redención y para nuestra salvación; para que todo el que cree en él tenga vida eterna, la vida misma de Dios, que es fuente de alegría, aliento y esperanza.  Leer más

Vigilia Pascual

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 4 de abril de 2015

 

¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Esta es la gran noticia de esta Noche Santa: Cristo ha resucitado. Este mensaje pascual despierta en todos nosotros la alegría y la esperanza. La fe y el amor se avivan en nuestro corazón. Acaso nuestra fe y nuestro amor estaban dormidos; acaso marchábamos soñolientos y como olvidados del Señor.

Hemos velado en oración, hemos contemplado, al paso de las lecturas, las acciones admirables de Dios con su Pueblo. Y, por fin, oímos con profunda alegría el mensaje del cielo: “¿Porqué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado?”

Esta es la noche de la Luz Santa. La claridad del Cirio Pascual, la luz de Cristo, Rey eterno, irradia sobre la faz de la tierra y disipa las tinieblas de la noche, del pecado y de la muerte. Cantemos hermanos, a la Luz recién nacida en medio de la tiniebla nocturna. Esta es “la noche clara como el día, la noche iluminada por el gozo de Dios”. Si, hermanos, Cristo ha resucitado ‘en esta noche’: la Luz de Cristo resucitado ilumina la tenebrosa oscuridad del pecado y de la muerte; la Luz de Cristo inaugura una esperanza nueva e insospechada en la rutina de la naturaleza y de nuestra historia.

Esta es la noche grande de la Historia Santa. En esta noche, recordamos y contemplamos la trayectoria de la Historia del amor de Dios y su designio de salvación universal, para devolver a la vida a la humanidad, liberada de la esclavitud del pecado y de la muerte. Una Historia que, nacida del corazón del Padre, iniciada con el Pueblo de Israel y destinada a toda la humanidad, esta noche llega a su término en Cristo. “Esta es la noche, en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. “Esta es la noche en que los que confiesan a Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos”. Cantemos con las palabras del Pregón pascual: “¡Feliz la culpa que mereció tal redentor!”.

Al dar la gozosa noticia de la resurrección de Jesús, los ángeles decían a las mujeres: “Acordaos de lo que os dijo, estando todavía en Galilea: El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar. Ellas recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás” (Lc 24, 1-12).

También los Once andaban olvidadizos y ‘torpes para entender las Escrituras’. También ellos se resistían a aceptar las palabras del Maestro, cuando él les anunciaba la pasión y la cruz. Se quedaron dormidos en el huerto, mientras Jesús oraba y acechaba el traidor. Antes y durante siglos, los hombres, esclavos del pecado, dormían un sueño de muerte. El mismo Israel, el pueblo de la Alianza y de las predilecciones Dios, olvidaba las obras de Dios, era terco en su infidelidad y vivía de espaldas a su Dios.

Pero el Amor de Dios velaba sobre el mundo. En su designio eterno, Dios preparaba la redención del mundo. Ya “nos bendecía con toda suerte de bendiciones espirituales en Cristo. Nos había elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el Amor” (Ef 1,3-5). Y, hoy, esa bendición llega a su plenitud.

San Pablo nos exhorta con estas palabras de un antiguo himno cristiano: “¡Despierta tú que duermes y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5,14)

Por la misericordia de Dios, todos hemos sido bendecidos en su Hijo muerto y resucitado con la gracia bautismal. Y, sin embargo, no es vana la invitación de San Pablo. ¿No es verdad que, con frecuencia, dormimos en vez de vigilar? ¿Acaso nuestra fe y vida cristiana no necesitan ser espoleadas? Muchas veces caminamos perezosos, tibios, lentos y tristes en el seguimiento de Cristo. !Nos olvidamos con tanta frecuencia del Señor y de nuestra condición de cristianos!. Ahí están nuestras faltas de amor a Dios y al prójimo, nuestra falta o tibieza en la vida de oración, en la participación en lo sacramentos, nuestras incoherencias entre nuestra fe y nuestra vida.

Por ello en esta Noche Santa, san Pablo nos recuerda: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva…” (Rm 6,3-4).

¡Que esta noche nos despierte el amor de Dios para caminar en la vida nueva bautismal como hijos e hijas de Dios! Recordemos con gratitud y alegría el misterio de nuestra propia vida, que se ilumina con nuevo resplandor por la presencia del Resucitado. Dejémonos encontrar por Él, y, unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo,  renovemos con gozo nuestras promesas bautismales.

Jesucristo, muerto y resucitado, sigue siendo el ‘signo levantado en lo alto’, para todos y cada uno de nosotros; y, a través de nosotros, la Nueva Vida del Resucitado quiere llegar también y precisamente a una sociedad olvidada de Dios, a un mundo sin esperanza; a un mundo en que sólo cuenta la utilidad, el dinero y el disfrute inmediato; a tantos hombres y mujeres atormentados por tantos problemas y sufrimientos ocultos.

Jesús sigue amando y buscando también a los hombres, a las mujeres, a los niños y jóvenes de nuestro tiempo. Su sacrificio sigue ofreciéndose al Padre por todos, en todas las latitudes, en todo tiempo. Con Él nosotros debemos entregarnos a la fecunda tarea del amor. Dispuestos siempre a trabajar, a luchar, a sufrir por la causa de nuestros hermanos.

Al comienzo de la Vigilia, hacíamos la ofrenda del cirio encendido, signo de la alegría pascual. En el pregón, se alzaba la voz del diácono, diciendo su oración humilde.

“Te rogamos, Señor, que este cirio consagrado a tu nombre arda sin apagarse para destruir la obscuridad de esta noche… Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo; ese lucero matinal que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo Resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el género humano”.

Brille así, hermanos, nuestro amor al Señor, sin interrupción, sin titubeos, sin descanso. Que el encuentro de esta noche con Cristo glorioso inunde nuestras almas de gozo y de paz, de alegría y esperanza, de fe y de amor. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Celebración Litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 3 de abril de 2015

 

La lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, hecha en el silencio y en el ambientes sagrado de este día, nos adentra en la celebración litúrgica del Viernes santo. Hemos recordado y contemplado con piedad y con fervor a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta su muerte en Cruz. Lo hemos visto traicionado por Judas; asaltado, prendido y maltratado por los guardias, negado por Pedro, abandonado de todos sus apóstoles, menos Juan; condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos; en medio de la soldadesca es azotado, coronado de espinas e injuriado; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

En la Cruz aparece el “rostro doliente” del Señor. El es “siervo paciente”, el “varón de dolores”, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues era absolutamente inocente. Es la tragedia de mentiras, envidias, traición y maldad que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el pecado humano.

Su mayor dolor fue pasar por la experiencia de sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado“. Contemplando este “rostro doliente”, nuestro dolor se hace más fuerte todavía, porque el rostro de Jesús padeciendo en la cruz, asume y expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las estructuras y violencias injustas, por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan.

Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho“. El Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos“.

Al mirar a Jesús en la Cruz, brotan en nuestro recuerdo las palabras de Pablo: “En Cristo Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Pasión del Señor y su Muerte, al mismo tiempo que nos descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza de la misericordia de Dios, que no nos abandona, que nos sigue amando, que  nos quiere librar de cualquier pecado y de la muerte. Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, el Hijo de Dios mostró la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!.”

La salvación, hermanos, es liberación del hombre de sus pecados, males y miserias, y la reconciliación con Dios. La obra de la salvación es toda de Dios, fruto de su misericordia y amor infinitos. Porque sólo el amor de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar, santificar, justificar y reconciliar. Pero el amor requiere siempre ser acogido; el amor del amante espera de la respuesta del amado, para entregarse y darse totalmente a sí mismo con todo cuanto tiene. Si esa respuesta, dada en libertad, no se produce, la obra del amor; se detiene a la puerta y da paso a otras fuerzas: son otros entonces quienes intervienen: el poder, la seducción, la violencia. ¡Pero la violencia jamás resolverá problema alguno para el bien de los hombres!.

El amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado con el mundo en la Cruz de Cristo; un mundo de pecado, hundido en sus miserias, su dolor, sus injusticias y su mentira; con el mundo tal como es. “El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 3, 14). Desde ese mismo momento el mundo pecador, en principio, estaba vencido, redimido y salvado. Pero el Hijo de Dios, metido en el tiempo, revestido de nuestra carne pecadora, habría de realizar su propia historia en obediencia al Padre. La obra del amor de Dios culmina en la historia del hombre Jesús, Hijo de Dios. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza para salvarlo. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La cruz se convierte en el “árbol de la vida” para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios.

El Viernes Santo, Jesús convierte la cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la cruz ya no es sinónimo de maldición;  sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor.  “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”.

El sí de Jesús resuena hoy en nuestros oídos con toda su fuerza de atracción. El quiere llegar al corazón de todos los hombres. Si abrimos el nuestro, sinceramente convertidos, llenos de fe y de esperanza, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros la caridad; podremos alcanzar la salvación de Dios.

¡Asociémonos a Él! No nos avergoncemos de la Cruz; a ese Cristo, muerto en la Cruz por amor, podemos confiar todas nuestras preocupaciones y todas nuestros deseos de libertad, de justicia y de paz.

Al pie de la cruz la Virgen María, perfectamente unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de dolor y de amor de su sacrificio. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la cruz. A ella le enmendamos en especial a los enfermos y a todos los que sufren, a las víctimas inocentes de la injusticia y la violencia, y a los cristianos perseguidos a causa de su fe. La cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza, de rescate y de paz. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Misa de la Cena del Señor de Jueves Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 2 de abril de 2015

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15)

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En Jueves santo comienza la Pascua

En la tarde de Jueves Santo entramos en la celebración del Triduo Santo de la Pascua del Señor. Hoy re-cordamos, es decir, traemos a la memoria y al corazón, las palabras y los gestos de Jesús en la Ultima Cena. Y lo hacemos de una manera más intensa y más gozosa. Como asamblea reunida por el Señor celebramos el solemne Memorial de la Última Cena, en que Jesús nos deja tres regalos: la Eucaristía, el Orden sacerdotal y el mandamiento nuevo de la Caridad.

 La Pascua de Jesús

En la tarde-noche de aquel primer Jueves Santo, Jesús y los suyos se han reunido para celebrar la Pascua en el Cenáculo. “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15), les dice Jesús. Así les da entender el significado profético de la cena pascual, que está a punto de celebrar con ellos.

Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto, y la Alianza de Dios con su Pueblo. Con la sangre del cordero en las dos jambas y en el umbral de sus casas, los hijos e hijas de Israel obtienen la protección divina, cuando Dios pase. El recuerdo de este acontecimiento se convirtió en una ocasión de fiesta anual de acción de gracias al Señor por la libertad recuperada. “Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor” (Ex 12, 14). ¡Es la Pascua de la antigua Alianza!

En el Cenáculo, Jesús celebra también la cena pascual con los Apóstoles, pero da a este rito un contenido nuevo. Jesús elige la celebración de la Pascua judía para establecer la nueva y definitiva Alianza. En la segunda lectura, San Pablo nos ofrece ‘una tradición que procede del Señor’: Jesús, “la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:  “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”.  Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:  “Este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi sangre” (1 Co 11, 23-26). Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz convertido en la sangre de Cristo, son ofrecidos en aquella noche, como anuncio y anticipo de la ofrenda hasta la muerte del Señor en la Cruz.  Él será el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado y consumado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida: El es nuestra Pascua. !Es la pascua de la Nueva Alianza!.

Don de la Eucaristía

Haced esto en conmemoración mía; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía” dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-26). Con este mandato, Jesús nos regala la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda en la Cruz para siempre. Siguiendo este mandato, en cada santa misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

Desde aquel primer Jueves santo, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de Jesucristo para el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios y los hermanos. La Eucaristía es así manantial permanente de vida y de comunión con Dios y con los hermanos. Desde aquel jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía; se deja revitalizar y fortalecer por ella, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por ello, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!’.

La Eucaristía hace a la Iglesia. Sin Eucaristía, la Iglesia no sería del Señor. Celebrar la Eucaristía es el regalo que Jesús nos concede cada día; es el alimento que nos ayuda a no desfallecer, a recorrer el camino con espíritu alegre y generoso. El que celebra la Eucaristía no puede olvidar cuánto lo ama Dios, y no puede mirar para otra parte cuando se acerca el hermano, especialmente el más pobre. San Pablo insiste al repetir las palabras del Señor: “Haced esto en memoria mía”. Es un mandato del Señor. Pero, ¿cómo transmitir a tantos bautizados que no participan en la vida eucarística lo que es y lo que produce en nosotros la participación en la mesa del Señor? ¿Cómo podemos poner la Eucaristía del domingo en el centro de la vida de los cristianos? Hemos de pedir luz al Señor para ser testigos del don de su presencia en las especies del pan y del vino; hemos de pedir también que toque el corazón de los cristianos para que reconozcan en la Eucaristía al Dios que los ama y que ha querido quedarse con nosotros. El Señor quiere ser para todos, por eso se quiere quedar en la vida de todos; nos dice el Papa: “la Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un poderoso remedio y un alimento para los débiles” (EG, 47).

La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de todo cristiano. No hay verdaderos cristianos sin participar en la Eucaristía. Quien quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión. Ahora bien: el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación’ (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse con Dios en el sacramento de la Penitencia antes de comulgar, si se tiene conciencia de pecado grave. El Señor está siempre dispuesto a “lavarnos los pies”, a purificarnos, a perdonar nuestros pecados.

Don del sacerdocio ordenado

Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, recordamos y agradecemos también el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en conmemoración mía”. A los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar, es decir de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Diciendo “haced esto”, Jesús instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. “No hay Eucaristía sin sacerdocio”. La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente en toda generación y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Pidamos el don de nuevas vocaciones. Pero no olvidemos que sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad, dado especialmente a las nuevas generaciones.

Don del amor fraterno

Jesús instituye la Eucaristía como manantial inagotable del amor. En la Eucaristía está escrito el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor fraterno: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). El amor es la herencia más valiosa que Jesús nos deja a los cristianos. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera. En la hora del Banquete eucarístico, Cristo afirma la necesidad del amor, hecho entrega y servicio desinteresados.

En esta celebración repetiremos el gesto de Jesús al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone el servicio como norma de vida, porque amar es servir: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15).

Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren, los excluidos, los que son poco apreciados, los pobres es un servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a abajarnos, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella (Benedicto XVI).  Pero hay una dimensión aún más profunda. El Señor limpia nuestra impureza con la fuerza purificadora de su bondad. Lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo ser misericordiosos los unos con los otros, perdonarnos continuamente, volver a comenzar juntos siempre de nuevo.

Jueves Santo es, por ello, el día del Amor fraterno. Nuestro mundo está necesitado de amor, del amor que nos viene de Dios por Cristo en la Eucaristía. Necesitamos derrumbar las barreras de la exclusión y de la  indiferencia, del egoísmo y del odio para que triunfe el amor en nuestro mundo. Hoy Jesús nos dice a nosotros como dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Merece la pena seguirle y trabajar por el perdón y la reconciliación, por el amor y la paz.

En la Eucaristía, la Cena que recrea y enamora, encontramos, hermanos, el alimento y la fuerza para salir a los caminos de la vida. Participemos en esta Eucaristía. Permanezcamos en adoración en el Monumento. Seamos signo de unidad y fermento de fraternidad. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón