En la Jornada Pro Orantibus: “Solo Dios basta”

PlumaQueridos diocesanos:

El domingo, día 31, Fiesta de la Santísima Trinidad,celebramos también la Jornada ‘Pro orantibus’, es decir, por lo que oran. Es un día dedicado a los monjes y monjas de vida contemplativa. Nuestra Diócesis cuenta con diez monasterios de monjas de vida contemplativa,que oran por nosotros todos los días del año; en este día les queremos mostrar nuestra gratitud y nuestra alta estima por lo que representan para la Iglesia y para la sociedad, orando por ellos y por las vocaciones a la vida contemplativa. Leer más

Inscribir a clase de religión católica en la escuela

PlumaQueridos diocesanos y queridos padres y madres:

Se acerca el momento de inscribir a los hijos a la clase de religión católica en el colegio o en el instituto. Os escribo de nuevo sobre esta cuestión tan importante para la formación integral de vuestros hijos. Los padres valoráis en gran número la clase de religión católica; una mayoría venís pidiendo esta enseñanza curso tras curso con plena libertad y con una constancia admirable. Os doy las gracias por el interés que demostráis en la formación completa de vuestros hijos. Seguid así: es una prueba más de vuestro amor y compromiso por el presente  y por el futuro de vuestros hijos.

A quienes, por una razón u otra, no lo habéis hecho o sois reticentes a hacerlo, os animo a hacer uso de vuestro derecho y responsabilidad como padres católicos a que vuestros hijos reciban en la escuela la formación religiosa. No basta con la catequesis. Leer más

Disolución de la Pía Unión Hermanas de Cristo Sacerdote

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTOLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episc La Pía Unión “Hermanas de Cristo Sacerdote” fue canónicamente aprobada con carácter definitivo y plena personalidad jurídica mediante Decreto Episcopal del Sr. Arzobispo de Barcelona de veintidós de mayo de mil novecientos sesenta y tres; a la misma le fue reconocida también personalidad jurídica civil.

Los fines de la Pía Unión según el art. 2 de sus Estatutos, aprobados en mil novecientos cincuenta y ocho y modificados por Decreto Episcopal de ocho de enero de mil novecientos setenta y cinco, son los siguientes:

  1. Orar y sacrificarse con espíritu de victimación, por la santificación de los sacerdotes y por la eficacia de su misión apostólica.
  2. Atender y cuidar, en Casas adecuadas, a los sacerdotes enfermos, impedidos o ancianos, y a otros sacerdotes en sus reuniones de estudio, espiritualidad, pastoral o descanso, o en Casas Sacerdotales.
  3. Dar formación apta a las mujeres que quieran dedicarse al servicio doméstico de los sacerdotes en sus casas particulares o en residencias.
  4. Fomentar con quienes tratan la oración personal, el rezo del Oficio de las Horas, la devoción a la Eucaristía, y el amor y respeto al sacerdote.
  5. Despertar en las jóvenes y personas mayores interés y necesidad de los Retiros y Ejercicios espirituales, ofreciéndoles incluso la posibilidad de practicarlos en las mismas Casas de la “Pía Unión”.

En el año mil novecientos ochenta y dos, algunas hermanas de la Pía Unión se trasladaron a Benicasim (Castellón), Diócesis de Segorbe-Castellón; y en mil novecientos noventa la Pía Unión dejó definitivamente Barcelona, pasando a depender del Obispo de Segorbe-Castellón como Ordinario diocesano competente. El dos de enero de mil novecientos ochenta y cuatro el Obispo de Segorbe-Castellón declaró por escrito la vigencia de los Estatutos aprobados en Barcelona en mil novecientos setenta y cinco.

En la actualidad, la Pía Unión no tiene Junta Directiva y solamente cuenta con tres hermanas de avanzada edad en poblaciones y casas distintas; a saber, María Dolores Esteve Fabregat, nacida el diecinueve de junio de mil novecientos cuarenta y uno, domiciliada en Vall d’Alba (Castellón), con D.N.I. número 18855734 N;  Isabel Moro Alfonsín, nacida el cinco de abril de mil novecientos treinta y seis, domiciliada en ONDA (Castellón), calle Cervantes, número dieciséis, primer piso, primera puerta,  con D.N.I. número 36459736 K; y Carmen Pérez Peris, nacida el siete de agosto de mil novecientos veintinueve, domiciliada en Castellón de la Plana, calle María Rosa Molas, número nueve, segundo piso, puerta B,  con D.N.I. número 18605785 C.

…//….

Ante estas circunstancias que objetivamente imposibilitan a la Pía Unión el cumplimiento de la mayoría de sus fines, en especial el de atender y cuidar a sacerdotes enfermos, impedidos o ancianos, las tres hermanas han solicitado por escritos separados la disolución de la Pía Unión, siguiendo las normas estatutarias, concretamente los arts. 27 y 28.

Por todo ello, vistas las solicitudes de las tres hermanas y considerando también por nuestra parte que la Pía Unión no puede efectivamente cumplir la mayoría de sus fines, en virtud de la facultad que nos otorga el art. 27 de los Estatutos de la Pía Unión, así como el canon 123 §§ 2-3 del Código de Derecho Canónico, por el presente

 

DECRETO

  1. La disolución canónica de la “Pía Unión Cristo Sacerdote”.

 

  1. Que el patrimonio, bienes muebles e inmuebles, derechos y obligaciones de la Pía Unión “Hermanas de Cristo Sacerdote” sean asumidos por la Diócesis u Obispado de Segorbe-Castellón.

 

  1. Que en cumplimiento del art. 28 de los Estatutos de la Pía Unión, que dispone que, en caso de disolución, con los bienes “se proveerá en lo posible a la equitativa y digna sustentación e integración en la sociedad de todos los Miembros pertenecientes de hecho a la Pía Unión”, la Diócesis u Obispado de Segorbe-Castellón asume la obligación de atender a la equitativa y justa sustentación de cada una de tres citadas hermanas que se concretará en documento público.

 

Dado en Castellón de la Plana, a ocho de junio del año del Señor de dos mil quince.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe

Ángel-E. Cumbicos Ortega

Vicecanciller-Vicesecretario General

Fiesta de San Pascual Baylon

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2015

(Hech 1,1-11; Sal 46,2-3. 6-7. 8-9; Ef 1,17-23; Mc 16,15-20)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor

 

Saludo y exhortación

El Señor Jesús nos ha convocado en este día de la Solemnidad de la Ascensión del Señor para honrar y venerar a san Pascual, nuestro santo patrono, Patrono de Villarreal y Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión.

Al celebrar la Fiesta de San Pascual vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor y hermano lego; vienen también a nuestro recuerdo sus virtudes de humildad y de confianza en Dios, de entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados; y, sobre todo, recordamos su gran amor a la Eucaristía y su profunda devoción a la Virgen.

Al mirar a Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios y lo hicieron vida en el amor y el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos elocuentes del Evangelio de Jesucristo.

No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo frío de la tradición. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos de hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro seguimiento de Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por el testimonio de nuestra fe a niños y jóvenes, por la vida cristiana de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades cristianas. Mirando el ejemplo de santidad de Pascual en su vida ordinaria pidamos por su intercesión que se avive nuestra fe y nuestra condición de discípulos misioneros del Señor, para que se fortalezca nuestra esperanza y se acreciente nuestra caridad.

La Palabra de Dios en este día de la Ascensión del Señor fija nuestra mirada ante todo y antes de nada en Jesucristo que hoy asciende al cielo. “El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”, acabamos de escuchar en el Evangelio (Mc 16, 19). La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha. Durante el tiempo pascual celebramos la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés: son aspectos diversos del único misterio pascual. Juntos ponen de relieve el rico contenido que hay en el hecho de pasar Cristo de este mundo al Padre. La Resurrección subraya el paso de la humanidad de Jesús a la vida gloriosa y su victoria sobre el pecado y la muerte; la Ascensión, su retorno al Padre y la toma de posesión del Reino; y Pentecostés, su nueva forma de presencia en la historia. La Ascensión no es más que una consecuencia de la Resurrección, hasta tal punto que la Resurrección es la verdadera y real entrada de Jesús en la gloria. Mediante la Resurrección, Cristo entra definitivamente en la gloria del Padre.

Con el acontecimiento de la Ascensión se termina una serie de apariciones del Resucitado, que “se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios” (Hech 1, 2). Jesús estaba ya “junto al Padre” y “desde allí” se hacía visible y tangible a los suyos. Junto al Padre estaba ya desde su resurrección y con nosotros permanece aún después de subir al Padre. En la Ascensión no se da una partida, que daría lugar a una despedida; es una desaparición, que da lugar a una presencia distinta. Jesús no se va, deja de ser visible. En la Ascensión Cristo no nos dejó huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras formas estar presente. “Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos”, les dice Jesús a los Apóstoles (Mt 28, 21). Así lo prometió y así lo cumple. Por la Ascensión, Cristo no se va a otro lugar, sino que entra en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se ha puesto más que nunca en relación con cada uno de nosotros y nos muestra “la esperanza a la que os llama, … la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y … la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos” (Ef 1, 18-19).

La Ascensión no indica pues la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él vive en medio de nosotros de un modo nuevo. Ya no está en un sitio preciso del mundo como lo estaba antes de la Ascensión; ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, cerca de cada uno de nosotros. En nuestra vida nunca estamos solos: el Señor crucificado y resucitado está con nosotros, sale a nuestro encuentro, nos invita a dejarnos encontrar personalmente por él para ser sus discípulos y misioneros para que el Evangelio llegue a todos. Así lo entendió y vivió San Pascual Baylón, que se dejó encontrar por el Señor Resucitado, lo siguió y fue su testigo.

Pascual es un santo que se caracteriza por su gran amor a la Eucaristía, en la que él hizo día a día la experiencia del encuentro personal con Jesucristo vivo: fue una experiencia similar a la que hicieron los Apóstoles en su encuentro con el Señor Resucitado: un encuentro real. Pascual era un gran devoto del santísimo Sacramento: siempre que podía participaba en la Santa Misa, comulgaba y se prostraba en oración ante el Señor, presente realmente en la Sagrario. Ante la Eucaristía se sentía profundamente conmovido. Su corazón se le llenaba de alegría de saber que estaba con Jesucristo, de saber que Jesucristo le amaba, de saber que Jesucristo en este Sacramento se hace compañero, se hace caminante con nosotros, se hace alimento de vida eterna, se hace presencia de amigo que nos acompaña en el camino de la vida. Por intercesión de Pascual pedimos que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía para que estar con nosotros, para unirse con nosotros en la comunión, para darnos su amor, el amor mismo de Dios.

Pascual siguió las huellas de Jesucristo, fue su discípulo, primero como pastorcillo y más tarde como lego franciscano alcantarino. En su vida quiso parecerse a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, la sencillez, como lo hizo Pascual. Hoy celebramos con gozo a Pascual precisamente por su humildad y su sencillez. Una vida humilde y sencilla es camino para el cielo, es camino hacia la santidad, es camino hacia la felicidad y es camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

San Pascual Bailón, precisamente porque se deja amar por Jesucristo en la Eucaristía y le ama con toda su alma, se entrega en el servicio a los pobres. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón esta cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace generoso con los demás. No sólo San Pascual; todos los santos son generosos y solidarios al entregarse y al darse. Porque, sabiéndose amados en desmesura por Dios en Cristo, acogen y viven el mandamiento nuevo de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 9).

Pascual, en los oficios humildes que tuvo que realizar, vivía alegre y contento. Era la alegría que alimentaba en su encuentro personal con Jesús en la Eucaristía. Su alegría era Jesucristo, que le amaba. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces. El nos enseña a nosotros a ser generosos y caritativos con los pobres y necesitados de hoy; un amor que hemos de alimentar en el Sacramento de la Eucaristía. “Los pobres los tenéis entre vosotros” nos dice Jesús: pobres de pan, pobres de cultura, pobres de Dios. Estas son las periferias de que nos habla el Papa Francisco, hacia las que ha que salir para llevar el amor misericordioso de Dios. Hoy más que nunca se necesitan corazones generosos como el de Pascual, como el de todo buen cristiano para salir al paso de esas múltiples necesidades.

La fuente más importante de amor, de solidaridad y de generosidad en la humanidad ha sido y es el sacramento de la Eucaristía. Así es históricamente y así tiene que ser en nuestras propias vidas. Jesucristo se nos da en la Eucaristía para amarnos y darnos la fuerza para amar y servir a los demás, para estar atentos a los demás, para compartir, para ser caritativos y solidarios. Cuando nos alejamos de Dios o de Jesucristo, nuestro corazón se hace egoísta, todo se nos hace poco. Por el contrario, cuando nos acercamos a Jesucristo, él nos enseña a vivir en la verdad, a despojarnos de todo, a ser serviciales, fraternos, capaces de atender las necesidades de los hermanos.

Y este es el mensaje que San Pascual nos tramite en el día de su fiesta, especialmente en estos momentos de fuerte crisis económica, social, moral y espiritual. Contemplando las virtudes de San Pascual hemos de afrontar también sus causas, que están en la quiebra de valores morales y espirituales de nuestra sociedad.

Hemos de redoblar nuestra generosidad para paliar la pobreza y el sufrimiento de tantas personas y familias, victimas de la crisis económica. Pero también hemos de recuperar la dignidad de la persona humana, de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural, y la norma y los valores morales en nuestras relaciones personales y sociales. El respeto, la defensa y la promoción de las personas y de su dignidad inviolable es y debería ser el pilar fundamental para el progreso de la sociedad. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad, de participación y de solidaridad de los hombres entre sí y el apoyo más firme para un desarrollo económico y social auténticamente humano.

A lo largo de nuestra historia y cultura cristiana los santos, como Pascual, han llenado de esperanza el corazón de muchas personas, que gracias a esta esperanza han trabajado en la construcción de un mundo mejor, más justo, más fraterno y más humano. Los cristianos tenemos mucho que ofrecer a nuestro mundo y a nuestra sociedad en estos momentos de crisis. Jesucristo es el único que puede salvarnos de nuestros pecados que nos esclavizan. Es Jesucristo el que puede darnos el gozo que le dio a San Pascual Bailón, precisamente a través del sacramento de la Eucaristía. Es Jesucristo el que nos hace parecidos a él serviciales y caritativos con nuestros hermanos.

Alegrémonos y gocemos, hermanos, porque hombres como San Pascual nos estimulan en el camino de la vida; gocemos, porque también como él, hoy tenemos en medio de nosotros el Santísimo Sacramento del altar, alimento de vida eterna y fuente inagotable de caridad. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Lo pobres, lugar privilegiado en la misión de la Iglesia

PlumaQueridos diocesanos:

En la última Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, celebrada el pasado mes de abril, los Obispos hemos aprobado un importante documento titulado “Iglesia, servidora de los pobres”. Hemos escuchado desde el Evangelio el gemido de nuestro pueblo, que se ha visto herido por la crisis económica, social, moral y espiritual, que padece nuestra sociedad. Ofrecemos a la comunidad católica y a quienes nos quieran escuchar una serie de reflexiones basadas en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, con el fin de aportar motivos para el compromiso y la esperanza, y colaborar con nuestro grano de arena a la inclusión de los necesitados en la sociedad. Nuestro objetivo es mirar a los pobres con la mirada de Dios, que nos ha manifestado Jesús, en la línea del papa Francisco que nos exhorta a prestar atención a la dimensión social de la vida cristiana, porque los pobres ocupan el lugar privilegiado en la misión de la Iglesia. Leer más

La actualidad de San Pascual

PlumaQueridos diocesanos

El domingo, 17 de mayo, celebramos la Fiesta de San Pascual Baylón, Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. La vida mortal de San Pascual comienza y termina en Pascua de Pentecostés (Torrehermosa, 1540 – + Villarreal, 1592). Hijo de una humilde familia aragonesa, a los siete años ya es pastorcito. Gran devoto de la Virgen y de la Eucaristía, cuando no puede asistir a Misa, se arrodilla en el campo y ora con la mirada  fija en el lejano santuario de Nuestra Señora de la Sierra, donde se celebra el santo Sacrificio. A los dieciocho años, Pascual pide ser admitido en la Orden de los Frailes Menores. Años más tarde entra en el convento de Nuestra Señora de Loreto, fundado por los frailes reformados de San Pedro de Alcántara, para pasar en 1589 al convento de los frailes alcantarinos en Villarreal; aquí vivirá hasta su muerte como el apóstol y bienhechor de la ciudad. El papa Juan XXIII le declaró Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón el 12 de Mayo de 1961. Leer más

Fiesta de San Juan de Ávila

S. I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 8 de mayo de 2015

(2 Cor 5,14-20; Sal 88; Jn 15, 9-17)

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Queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas.

 

Con alegría celebramos hoy la fiesta anticipada de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español y Doctor de la Iglesia Universal. Al recordar hoy al Maestro de Avila queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo y vivió en el siglo XVI.

Animados por el espíritu de San Juan de Avila, cantamos con las palabras del Salmo (88) las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano de Segorbe-Castellón. Como Obispo vuestro, hoy quiero dar gracias a Dios por todos vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño en esta parcela de su Iglesia. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad a todos los sacerdotes, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Ávila.

Hoy os felicitamos muy especial y cordialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que celebráis este año vuestras Bodas sacerdotales:  a D. Juan Manuel Gil y D. Gervasio Ibáñez, en sus bodas de diamante; a D. Toni Melià y D. Antonio-Ignacio Sánchez y a los PP. Francicanos, Manuel Prades, José María Botella y Vicente Vicent, en sus bodas de oro; a D. Recaredo Salvador, en su bodas de plata. Nuestra sincera felicitación también a los sacerdotes ordenados presbíteros en este último año: Alipio Bibang, Alexander Alzate, Andrea Ricci, Isaac Leiza, Francisco Javier Fernández, Manuel Díaz, Pedro Segarra y Samuel Torrijo, así como en sus bodas de plata a los tres Diáconos permanentes: D. Pascual Andrés, D. Ricardo Rovira y D. Manuel Martínez.  También damos gracias a Dios por el don de la vocación sacerdotal  de los seminaristas que en esta celebración recibirán el ministerio del Acolitado -David-  o serán admitidos a las Órdenes sagradas -Serviliano, Puc, Jon y Jesús-.

Si siempre, si cada día, hemos de dar gracias a Dios por nuestro sacerdocio o por nuestra vocación sacerdotal, hoy sentimos más vivamente esta necesidad. En los años de nuestro ministerio sacerdotal o en el tiempo de formación todos vamos experimentando que el Señor nos ama personalmente, nos enriquece en nuestra pobreza y nos fortalece nuestra fragilidad. Por eso hemos de recordar que nuestra vocación y nuestro ministerio son un don gratuito y amoroso de del Señor. “Soy yo quien os ha elegido” (Jn 15,16). En esta jornada jubilar y sacerdotal en que pedimos especialmente por la santificación de los sacerdotes, todos estamos llamados a dejarnos amar por Dios y a amarle con mayor fuerza, si cabe. Hoy es un día para redescubrir el amor de Dios en nuestra existencia, para redescubrir la belleza de nuestra vocación sacerdotal y la alegría en nuestro ministerio.

Como en el caso de Pablo,  nos apremia el amor de Dios manifestado en Cristo a la acción de gracias a Dios por los dones recibidos (cf. 2 Cor 5, 14).  Cuanto somos y cuanto tenemos, todo procede de Dios, que nos amó y reconcilió consigo por medio de Cristo: él nos eligió, consagró y envió, el “nos encargó el ministerio de la reconciliación” (v. 16) para ser ministros de su misericordia, especialmente en el sacramento de la Confesión. Esta mañana queremos pedir al Espíritu Santo que avive la llama de nuestro amor a Dios en Cristo. Deseamos encontrarnos de nuevo con el Señor para permanecer en su amor, queremos experimentar la alegría que suscita el saberse amados de Dios y agraciados por Él con el sacerdocio. El Señor Jesús nos lo dice constantemente: permaneced en mí, permaneced en mi amor. Nuestra respuesta de amor agradecido y la acogida de la savia de su gracia son las que garantizan nuestra unión con el Señor, nuestra alegría en el ministerio y nuestro amor pastoral.  Unidos con Cristo y amándonos unos a otros como Él nos ha amado, tenemos la seguridad de que Dios permanece con nosotros como permaneció en su Hijo. Somos amados en el Hijo amado. Esto comporta una actitud constante de acogida del amor que el Padre nos ofrece en Cristo, y dejarse progresivamente transformar por la comunión con Cristo, en Cristo y por Cristo dejándonos amar  por Dios.

San Juan de Ávila vivió esta experiencia del amor de Dios. Como escribió Benedicto XVI en la Carta Apostólica de la declaración de Doctor de la Iglesia universal de nuestro patrono, “el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, es la clave de la experiencia personal y de la doctrina del Santo Maestro Juan de Ávila” (n.1). La primacía de la gracia que le impulsa al buen obrar, la espiritualidad de la confianza y la llamada universal a la santidad vivida como respuesta al amor de Dios, son puntos centrales de la vida y de la enseñanza del Maestro de Ávila: ellas hicieron de él un predicador del Evangelio, apasionado por la verdad y referente cualificado para la misión evangelizadora.

Su memoria ha sido y sigue siendo un modelo de sacerdote santo para nosotros, los sacerdotes: un sacerdote que ha encontrado la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio, en su amor a la Eucaristía, en su devoción a la Virgen. Así, siendo un buen conocedor de la cultura de su tiempo, fue un excelente consejero de almas y un incansable animador de las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. Vivió en comunión la fraternidad sacerdotal y el trabajo apostólico. Lo mejor de sus afanes apostólicos lo vuelca en la formación de los candidatos al sacerdocio; él sabía muy bien que la verdadera clave de la reforma de la Iglesia estaba en la selección y buena formación de los pastores, tal como escribía al Concilio de Trento.

Queridos sacerdotes, vivimos tiempos recios. Y tiempos recios piden amigos fuertes de Dios, decía Santa teresa de Jesus. También al Maestro Ávila le tocó vivir tiempos recios, difíciles. Eran tiempos de reforma. Siempre es tiempo de reforma. También el papa Francisco nos llama con insistencia a la conversión personal, pastoral y misionera. Juan de Ávila estaba convencido de que si se reformaba el estado eclesiástico, estaría encaminada la renovación de la Iglesia. Como entonces, también la principal reforma que necesita nuestra Iglesia es la reforma de las personas, de los corazones. “Este es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas externas o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

La caridad pastoral es la clave del ministerio sacerdotal, basada en la contemplación e imitación del Buen Pastor, Jesucristo. Así lo expresa el maestro de Ávila cuando escribe: “No solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amar. La cabeza tienes reclinada para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados. Los brazos tienes tendidos para abrazarnos. Las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entrañas, los pies enclavados para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros. De manera que mirándote, Señor, en la cruz, todo cuanto vieren mis ojos, todo convida a amor: el madero, la figura, el misterio y las heridas de tu cuerpo. Y sobre todo el amor interior me da voces que te ame y nunca te olvide mi corazón” (Tratado del Amor de Dios, 14).

El santo Maestro de Ávila tomó por modelo particularmente a san Pablo, al que tanto imitó en su vida en el la evangelización de todas las Iglesias del sur de España. Él hizo suyas las palabras de San Pablo “Ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9,16). En este tiempo en que la Iglesia nos urge a salir a la misión, la doctrina y el ejemplo de vida de San Juan de Ávila iluminarán nuestros caminos y métodos;  y nuestro ardor misionero se encenderá al contacto con su celo apostólico. Él es un verdadero “Maestro de evangelizadores”. Sus enseñanzas nos ayudan a los sacerdotes y a todos los miembros del Pueblo de Dios en el fiel cumplimiento de nuestra vocación.

La memoria de San Juan de Ávila nos recuerda que no hay santidad de vida sin celo evangelizador ni celo evangelizador sin santidad de vida. Evangelizados y evangelizadores, discípulos y misioneros son dos palabras inseparables. No podemos dar cabida al miedo que provoca la mediocridad y que nos impide caminar con confianza.

Por eso oramos diciendo: Señor Jesús, en cualquiera de las etapas de nuestra vida sacerdotal, Tú nos continúas diciendo: ¡Sígueme! Es tu llamada siempre actual que nos indica el seguimiento de adhesión amorosa a tu voluntad de anunciar el Evangelio. Sabes que somos débiles pero te amamos. Sabes que interrogados sobre el amor, como Pedro, dudamos, sentimos miedo, no sabemos qué contestar. Pero te decimos con toda confianza: Tú sabes todo, tú sabes que te amamos. “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

Escucha, Señor, esta mañana también nuestra oración fraterna por nuestros hermanos sacerdotes fallecidos en este último año: D. Gil Roger, D. Eladio Villagrasa, Mn. Damian Alonso y D. Alberto Cebellán..

Y a todos nosotros haznos pastores santos de tu Iglesia; y concédenos la gracia de encontrar en la Eucaristía el alimento para nuestro camino de perfección y la fuerza para la tarea de nueva Evangelización. Que la Reina de los Apóstoles y San Juan de Ávila intercedan por nosotros para que en todo momento seamos trasparencia nítida y mediadora del Buen Pastor. Amén.

 

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Mayo, el mes dedicado a la Virgen María

PlumaQueridos diocesanos:

Desde el inicio mismo de la Iglesia, la Virgen María está siempre presente en la vida de la comunidad cristiana. Su presencia es como la de una buena madre en la familia, que da calor, amor y consuelo a todos, y que ayuda a formar y mantener unida la comunidad cristiana. Puede que su presencia sea muchas veces imperceptible, pero no deja de ser real y eficaz, sosteniendo la familia con amor y entrega.

En el curso de los meses, celebramos con frecuencia a María, la Madre del Hijo de Dios y madre nuestra. Mayo es el mes dedicado por excelencia a la Virgen María en toda la Iglesia para honrarla con flores y cantos, para rezarla, para agradecer su presencia y su servicio, para invocar su protección, para sentirnos amados por ella y para dar gracias a Dios por tan buena Madre. Mayo es, sobre todo, un mes para contemplar a la Virgen Maria e imitarla en el camino de la fe cristiana, y de nuestra vida y misión comunitaria como Iglesia del Señor. Leer más