Cuestiones económicas (por el que se modifica el Decreto de 7 de enero de 2009)

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcLa financiación de nuestra Iglesia diocesana ha descansado y descansa fundamentalmente en las aportaciones que, por un camino u otro, hacen los fieles, quienes tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustentos de sus ministros (c. 222 § 1 CIC). Entre las formas de colaboración de los fieles a la financiación de nuestra Iglesia diocesana se encuentran la denominada ‘cuota concertada’ de las parroquias y las cuotas periódicas de los fieles.

La cuota concertada, con una larga tradición en nuestra Diócesis, representa una parte muy importante de sus ingresos y es imprescindible para su financiación. En su origen se configuró como una cantidad fija que las parroquias, en atención a diversos criterios como población y capacidad económica de sus feligreses, aportaban periódicamente a la Diócesis para atender gastos e inversiones diocesanas. Desde su establecimiento no ha existido un proceso generalizado y reglado de ajuste, aunque se han producido cambios importantes en la demografía y en la capacidad económica de los fieles. En concreto, la cuota concertada no ha sufrido variación en ningún caso desde el año 2005, si bien han aumentado los gastos corrientes y las cargas financieras de la Diócesis debido fundamentalmente a la inflación y a la subida de los tipos de interés. Todo ello obliga a mantener la cuota concertada y a ajustarla teniendo en cuenta las variantes demográficas de las parroquias y la capacidad económica de los fieles, así como la inflación anual, que se vaya produciendo.

De otro lado, desde hace algunos años y en el marco del nuevo sistema de financiación de la Iglesia, existe la posibilidad de colaborar económicamente a la financiación de nuestra Iglesia diocesana mediante las cuotas periódicas, normalmente mediante domiciliación bancaria, por las que los fieles se comprometen a colaborar habitualmente con la Iglesia. Hasta ahora, estas cuotas unas veces se han hecho a favor de la parroquia y otras a favor de la Iglesia diocesana. Este modo de ayudar a la financiación de la Iglesia ha de ser promovido por todos, especialmente por los párrocos y la administración diocesana así como los consejos parroquiales y diocesano de asuntos económicos. Para superar la dicotomía entre parroquias y diócesis y fomentar el espíritu de comunión y de intercomunicación de bienes se ha de buscar la financiación de la Iglesia diocesana en su conjunto, integrada por parroquias y otros organismos y servicios. A ello se orienta la campaña que nuestra Diócesis junto con el resto de las Diócesis de España han iniciado en el año 2007 a través de la Conferencia Episcopal Española. A la hora del destino de las cuotas hay que tener en cuenta el medio más adecuado para su potenciación, la intercomunicación de bienes y su justo reparto así como los costes de la campaña.

Por todo ello, una vez consultado el presbiterio diocesano, así como el Consejo Diocesano de Asuntos Económicos y el Consejo Episcopal, por el presente

 

DISPONGO

Cuota concertada de las parroquias 

  1. Se mantiene el sistema de cuota concertada de las parroquias, entendiendo por tal la cantidad fija anual que cada parroquia habrá de abonar a la Iglesia diocesana.
  2. Todas las parroquias están obligadas a la aportación de la cuota concertada.
  3. La cuota concertada anual de cada parroquia será fijada para cada año por los Arciprestazgos en la reunión de los sacerdotes de los mismos, dado que por su proximidad conocen mejor los cambios demográficos y económicos de las parroquias. Esta reunión tendrá que celebrarse una vez recibida la comunicación del Ecónomo Diocesano, a que se refiere el número siguiente, y, en todo caso, antes del 14 de diciembre de cada año.
  4. Para fijar la cuota de cada parroquia se partirá de la cantidad total que han de aportar las parroquias integrantes del Arciprestazgo respectivo aumentada en el IPC anual referido al periodo de los 12 meses inmediatamente anteriores al 31 de octubre de cada año. En el caso hipotético de que el IPC fuese negativo no se producirá variación alguna en la cuota concertada. El Ecónomo Diocesano enviará con suficiente antelación a cada Arcipreste la cantidad global que para cada año deberán aportar las parroquias del Arciprestazgo y las cantidades que aportaba cada parroquia.
  5. Una vez fijada la cuota concertada para cada parroquia, el Arcipreste comunicará por escrito al Ecónomo Diocesano la cantidad que corresponde a cada parroquia, y todo ello antes del día 15 de diciembre de cada año. Transcurrida dicha fecha, sin haber remitido la nueva redistribución, se considerará, a todos los efectos, como aprobada y definitiva, la propuesta formulada por la Administración Diocesana.
  6. El abono de la cuota concertada anual será fraccionado en cuatro partes; el ingreso de la cantidad fraccionada se hará trimestralmente antes del último día hábil de los meses de marzo, junio, septiembre y diciembre.
  7. Disposición transitoria: La cuota concertada para el año 2016 permanecerá como en el presente ejercicio.

 

Cuotas periódicas de los fieles 

  1. Un medio reciente de cumplir los fieles con su deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades son las cuotas periódicas, normalmente mediante la domiciliación bancaria. Es tarea de los pastores y responsables en la economía parroquial y diocesana sensibilizar a los fieles de este medio de colaboración con la financiación de la Iglesia. Se recuerda que estas cuotas son donativos, que desgravan fiscalmente mediante certificado expedido por la parroquia o por la administración diocesana.
  2. Las cuotas periódicas de los fieles han de servir a la financiación de la Iglesia diocesana en sus parroquias, entidades y organismos, favoreciendo la intercomunicación de bienes en la Iglesia mediante una justa y equitativa distribución de los mismos. La cuotas periódicas podrán hacerse en favor de la Iglesia diocesana o de cualquiera de las parroquias.
  3. Todas las cuotas periódicas hechas en favor de las parroquias a partir de la entrada en vigor del presente Decreto y las anteriores cuotas parroquiales gestionadas bien por la administración diocesana bien por las parroquias, se destinaran al 100% de su importe a la parroquia respectiva.

Igualmente se destinará a la Iglesia diocesana el 100% del importe de las cuotas hechas específicamente en favor de la misma.

El presente decreto entrará en vigor a partir del día 1 de enero de 2016. Comuníquese a todos los interesados y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

Ruego a todos encarecidamente la aplicación de las disposiciones presentes con el fin de favorecer la financiación de nuestra Iglesia diocesana y la justa y equitativa intercomunicación de bienes.

Dado en Castellón de la Plana, a veintiocho de diciembre enero de dos mil quince.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

 

Ignacio del Villar Santaella

Vice-Canciller – Vice-Secretario General

La familia, hogar de la Misericordia

PlumaQueridos diocesanos:

El domingo después de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y la Jornada por la familia. Porque fue en el seno de una familia, la Familia de Nazaret, donde fue acogido con gozo, nació y creció Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre. La sagrada Familia es un hogar en el que todos viven el designio amoroso de Dios para con cada uno de ellos: José, el de esposo-padre; María, el de esposa-madre, y Jesús, el del Hijo, enviado para salvar a los hombres. La Familia de Nazaret es una escuela de amor recíproco, de acogida y de respeto, de diálogo y de comprensión mutua. “La Sagrada Familia de Nazaret sabe bien qué cosa significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera un hijo, para quien no tiene refugio, para quien huye del peligro. Que las familias cristianas hagan del umbral de sus casas un pequeño gran signo de la Puerta de la misericordia y de la acogida de Dios” (Papa Francisco, Audiencia general, 28-11.2015). Leer más

Día de Navidad

Castellón de la Plana. S.I. Concatedral, 25 de diciembre de 2015

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

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¡Feliz Navidad’, hermanos, porque “hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Un año más la liturgia de la Iglesia nos congrega ante el misterio santo de la Navidad; de nuevo nos reunimos ante el portal de Belén para adorar y meditar, para bendecir y alabar, para postrarnos en humilde oración ante el Niño Dios, nacido en Belén.

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos dado” (Is 9, 5). Estas palabras del Profeta Isaías encierran la verdad de este gran Día; estas palabras nos ayudan, a la vez, a entrar en su misterio y nos introducen en el gozo de esta fiesta.

Nos ha nacido un Niño, que, en apariencia, es uno de tantos niños. Nos ha nacido un Niño en un establo de Belén: nace y yace humilde y pobre entre los pobres. Pero ese Niño que ha nacido es “el Hijo” por excelencia: es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hb 1,3). Anunciado por los profetas, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Inmaculada Virgen María. Cuando, hoy proclamemos en el Credo las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, todos nos arrodillaremos. Meditaremos brevemente el misterio que hoy se realiza: el Hijo de Dios “se hizo hombre”. Si todavía nos queda capacidad de asombro y gratitud, contemplemos el misterio de la Navidad, adoremos al Niño-Dios. Hoy viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas en adoración agradecida.

Un Hijo se nos ha dado”. La Navidad es don de Dios para toda la humanidad: el mayor de todos los dones posibles, el mejor regalo posible, porque Dios nos da a su propio Hijo por puro amor al ser humano. Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana para comunicarnos la vida divina. No dejemos distraer por los ruidos exteriores o por los tintes paganos de las celebraciones navideñas en nuestros días. No permitamos que los intentos de silenciar, negar o cambiar el sentido propio de la Navidad nos distraigan también a los cristianos.

Navidad, su raíz más profunda y su razón suprema es que nace Dios: Dios nace a la vida humana, Dios se hace hombre, el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de la vida de Dios. Navidad, el nacimiento de Jesús en Belén, significa que Dios está con nosotros. Dios no es un ser lejano, que viva al margen de la historia humana o que esté enfrentado a la humanidad. El Dios que hoy se nos muestra en este Niño es el Dios-con-nosotros, que entra en nuestra historia y la comparte, que está a favor de los hombres: El Niño-Dios es el Emmanuel. Si la gloria del hombre es Dios mismo, también “la gloria de Dios es que el hombre viva” (S. Ireneo). Es una tentación y una tragedia permanente del ser humano, desde el origen de la historia humana, pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño-Dios nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo o progreso, de su libertad o de su felicidad. Dios, hermanos, no es el opio del hombre; es decir, una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo.

No, hermanos. Dios se hace hombre por amor al hombre, para que éste lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. Por ello, si el hombre quiere serlo en verdad y conforme a su propia dignidad de ‘imagen de Dios’, no puede silenciar a Dios en su vida, no puede marginarlo en su existencia, no puede intentar liberarse de El declarando su muerte para comenzar así a ser hombre. En Jesucristo y por Jesucristo, Dios ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14), hemos proclamado en el Evangelio. La Palabra, que existía desde siempre, que ya existía desde el principio de todo, cuando Dios creó el cielo y la tierra, esa misma Palabra toma carne en un momento de la historia. Jesús, el Niño-Dios nacido en Belén de la Virgen María, es la Palabra por la que todo fue creado, es la Palabra pronunciada de Dios, la manifestación y revelación definitiva y plena de Dios a los hombres. Dios mismo se revela, manifiesta y se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Este Niño-Dios es la manifestación definitiva de Dios. “Ahora, en la etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). No tenemos otro camino para conocer a Dios, para caminar hacia Él y para encontrarnos con El sino el Niño-Dios. Jesús dirá más tarde a uno de sus discípulos: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne; no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso, Jesucristo. No es tampoco un mito de la religión, ni es una leyenda piadosa, sino una persona real de la historia humana.

Si creemos así, hermanos, creeremos también que el nacimiento de Jesús es la epifanía, la manifestación de Dios, la manifestación de la Misericordia de Dios. Su persona, sus gestos y sus palabras nos muestran a Dios que es misericordia. En Jesús y por Jesús, Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús, es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar.

Cristo Jesús, la Palabra hecha carne, culmina la plenitud de los tiempos, es el centro de la historia y el cumplimiento de la promesa de Dios, que es promesa de salvación. En el nacimiento de Jesús, Dios pone su tienda entre los hombres, cambia el rumbo de la historia, capacitándonos para el empeño humano de construir la fraternidad universal. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Por eso, cuando la Navidad alumbra a Dios, se convierte en una fuerza imparable de paz y de fraternidad.

La humanidad, siempre y más que nunca en nuestros días, está necesitada de ese Niño-Dios, “el Príncipe de la paz”, para que acalle el ruido de las armas, para que ponga unión en las familias, para que ilumine con la verdad las tinieblas del error y de la mentira, para que siembre perdón y reconciliación entre las naciones, y gratuidad y amor entregado frente tanto individualismo egoísta.

El nacimiento de Jesús significa el encuentro de Dios con los hombres, pero también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. Al venir Dios a este mundo abre definitivamente el camino de los hombres a Dios. De esta suerte se nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf. Jn 1,12).

 La Navidad no es un hecho del pasado sino del presente. Y será del presente en la medida en que dejemos que Dios y su Misericordia lleguen a nosotros. Muchos, hoy como entonces, tampoco se darán cuenta del nacimiento en la carne del Hijo de Dios. Seguirán creyendo que Dios hace tiempo que enmudeció, que dejó de interesarse por el hombre, que se olvidó de nuestra realidad sufriente. O pensarán que el hombre no tiene necesidad de Dios. Pero también hoy, en medio, de tanto colorido anodino y de tanto contrasentido navideño, Dios, por encima de todo, viene y nace. Esa es la gran verdad: ¡Dios nace de nuevo en cada hombre y en cada mujer que esté dispuesto a acogerle en la fe, a dejarle espacio en su vida!

Acerquémonos, pues, al Portal con la sencillez y la alegría de los pastores, con el recogimiento meditativo de María, con una la actitud de adoración, de amor y de fe de José y los Magos de Oriente. Navidad pide de todo cristiano contemplar y adorar el misterio, acogerlo en el corazón y en la vida, y celebrarlo en la liturgia de la Iglesia. No nos avergoncemos de confesar con alegría nuestra fe en el Niño-Dios. Mostremos al Niño-Dios con humildad al mundo para que Cristo ilumine las tinieblas del mundo, para que llegue también a cuentos no lo conocen, no creen en El o lo rechazan. ¡Que el fulgor de su nacimiento ilumine la noche del mundo! ¡Que la fuerza de su mensaje de amor destruya las asechanzas del maligno! ¡Que el don de su vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano! ¡Que El Niño-Dios, el Principie de la Paz, nos conceda su Paz, la Paz de Dios, y encienda de nuevo la esperanza en nosotros! Sólo El nos asegura el triunfo del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. ¡Que nuestros deseos de paz en estos días no sean efímeros! ¡Y que la alegría de esta Navidad, se prolongue durante todo el año, como el nacimiento hacia una vida que quiere crecer y madurar en el amor, en la verdad, en la justicia y en la paz!

 ¡Feliz, santa y cristiana Navidad para todos!

  

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En Navidad Dios muestra si Misericordia

 

         Pluma  Queridos diocesanos:

Navidad está a las puertas. Ante los intentos de silenciar o de cambiar su verdadero sentido y ante los peligros de olvidarlo, en Navidad resuenan las palabras del evangelista Lucas. “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Con estas palabras, el ángel anuncia a los pastores el nacimiento de  Jesús en Belén. Esta es la buena noticia de la Navidad, la razón más profunda de nuestra alegría navideña y el motivo de nuestra esperanza.         Como los pastores, los creyentes escuchamos con estupor este anuncio y acudimos con gozo a Belén a contemplar este misterio de salvación: el Hijo de Dios se hace carne y acampa entre nosotros. Dios mismo viene hasta nosotros y se hace uno de los nuestros. Leer más

La experiencia de la Misericordia de Dios en la Confesión

PlumaQueridos diocesanos:

Un momento fundamental del Jubileo de la Misericordia será la experiencia del encuentro personal con la misericordia de Dios. Así lo ha expresado el Papa Francisco en su carta por la que concede la indulgencia plenaria. “Es mi deseo, en efecto, que el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz”.

El Año Santo es un tiempo propicio para experimentar esta cercanía de Dios confesando con humildad nuestros pecados y recibiendo con corazón agradecido el abrazo del perdón de Dios en el sacramento de la Confesión. Como en el caso del hijo pródigo, el Padre misericordioso nos espera, sale a nuestro encuentro y nos ofrece el abrazo gratuito del perdón amoroso mediante la Iglesia. Leer más

Apertura Diocesana del Jubileo de la Misericordia

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 12.12.2015

(Sof 3,14-18a; Sal Is 12,2-3. 4bcd. 5-6; Filp 4,4-7; Lc 3,10-18)

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Hermanas y hermanos muy amados todos en el Señor!

 

En la Víspera del III Domingo del Adviento, el Señor nos ha convocado para la Apertura del Año santo extraordinario, del Jubileo de la Misericordia. La Palabra de Dios de este Domingo nos llama insistentemente a la alegría. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos” (Filp 4,4), nos ha dicho san Pablo. Y el profeta Sofonías nos invita a vivir la alegría por la presencia del Señor en medio de nosotros, y nos repite palabras de consuelo: “Regocíjate, grita de júbilo, alégrate y gózate… el Señor ha expulsado a tus enemigos… No temas, no desfallezcan tus manos: el Señor, en medio de ti, es un guerrero que salva” (cf. Sof 3,14-17). El profeta nos invita a recordar siempre aquello que se encuentra en el corazón de nuestra fe: que Dios está con nosotros, que el mal, el pecado y la muerte han sido vencidos, que la vida ha triunfado, que estamos salvados, que podemos confiar en Dios, que Dios nunca nos fallará: porque es eterna su misericordia. Por su misericordia, Dios nos quiere hacer partícipes de su perdón, de su vida, de su paz, de su alegría y de su amor.

Con verdadera alegría hemos abierto y traspasado la Puerta Santa de la Misericordia. Con este gesto, a la vez sencillo y fuertemente simbólico, hemos iniciado el Año Santo. La Puerta Santa es signo de Cristo, encarnación de la Misericordia de Dios. Entrar por la puerta significa entrar en la misericordia de Dios para descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él quien nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro. Este será un año para crecer en la convicción de la misericordia. “Cuánto se ofende a Dios y a su gracia -nos dice el papa Francisco- cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de destacar que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24). Sí, así es precisamente. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia. Que el atravesar la Puerta Santa haga que nos sintamos partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo” (Homilía en la Misa y Apertura de la Puerta Santa, 8.12.2015).

Dios es misericordia. Antes de nuestra procesión hacia la Catedral hemos escuchado: “El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra (misericordia). Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, ‘rico de misericordia’ (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como ‘Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad’ (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la ‘plenitud del tiempo’ (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios” (Papa Francisco, Bula Misericordiae vultus, 1).

Dios es misericordia: no se trata de una idea abstracta y fría, sino de las acciones de Dios con su Pueblo a lo largo de la Historia de la Salvación de Dios, en las que Él va revelando su amor. Es como el amor de un padre o de una madre, que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por su propio hijo. Es un amor que sale de lo más profundo de su ser, de sus entrañas; un amor “visceral” que sale de lo más íntimo como un sentimiento profundo, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón” (MV 6).

El amor de Dios es “paciente y misericordioso”. Dios no se cansa nunca de esperar, Dios no se cansa nunca de perdonar. El amor de Dios es eternamente fiel; su ‘misericordia es eterna’ es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios; no solo en la historia, sino por toda la eternidad estaremos siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. La misericordia divina no es un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios.  Por ello von una de las colectas más antiguas podemos orar diciendo: “Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón”. Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo, compasivo y misericordioso.

El papa Francisco nos invita a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. ¿Cómo hacerlo? nos preguntaremos, como también la gente preguntaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?” (Lc 3, 10).

Un signo peculiar en el Año Santo es la peregrinación, porque es imagen del camino que cada uno realizamos en nuestra existencia. Nuestra vida es una peregrinación hacia la casa del Padre; somos ‘viatores’, somos peregrinos en la vida hasta alcanzar la meta anhelada. También para llegar a la Puerta Santa, cada uno hemos realizado una peregrinación; es un signo de que también la misericordia es una meta por alcanzar, una meta que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación se convierte así en un estímulo para la conversión: atravesando la Puerta Santa y debidamente convertidos nos dejamos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometemos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros.

Junto con la peregrinación y el paso por la Puerta Santa así como el resto de condiciones para ganar la indulgencia jubilar, para vivir debidamente este Jubileo hemos de tener en cuenta tres momentos; los podríamos resumir en tres palabras: contemplar, experimentar y vivir la misericordia de Dios.

En primer lugar, este Año santo estamos llamados a contemplar la misericordia de Dios a lo largo de la Historia de la Salvación mediante la lectura orante de la Sagrada Escritura; y, sobre todo, podemos contemplar la misericordia de Dios en su Hijo, Jesucristo, que es el rostro de la misericordia del Padre. Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona  revela la misericordia de Dios. La persona misma de Jesús es un amor que se dona y ofrece gratuitamente; los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la compasión y de la misericordia. Las lecturas para los domingos del tiempo ordinario de este año están tomadas del Evangelio de Lucas, el Evangelista de la misericordia. Son bien conocidas las parábolas de la oveja perdida, la moneda extraviada, el padre misericordioso o del hijo pródigo. Meditémoslas como de nosotros mismos se tratara.

De la contemplación hemos de pasar a celebrar y experimentar personalmente la misericordia de Dios. Él nos espera y nos acoge en el sacramento de la Confesión para perdonar y olvidar nuestros pecados. Su misericordia va incluso más allá del perdón de los pecados; su misericordia se transforma en indulgencia que, a través de la Iglesia, alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo del pecado, capacitándolo para obrar con caridad, para crecer en el amor y no recaer en el pecado; Dios cura nuestras heridas, Dios sana las huellas negativas que los pecados dejan en nuestros comportamientos y pensamientos, que nos empujan al pecado; la misericordia transforma así nuestros corazones para poder ser misericordiosos como el Padre. El Jubileo es un tiempo de gracia para acercarse al Sacramento de la confesión, que será ofrecido con mayor tiempo y disponibilidad por los sacerdotes; el Año Santo es un tiempo para acoger la indulgencia jubilar peregrinando a uno de los lugares establecidos, confesando y comulgando en la Misa, haciendo la profesión del Credo y orando por el Papa y sus intenciones.

 Y, finalmente, el Jubileo nos llama a ser portadores de la misericordia de Dios que hemos experimentado y que nos impulsa a vivir la misericordia para con los demás en las obras de misericordia corporales y espirituales. Conociéndolas y viviéndolas en el día a día podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que nuestro mundo moderno crea con frecuencia y de un modo dramático: tantas personas abandonadas y en soledad, tantas personas heridas en lo más profundo de su corazón, tantas familias rotas por el egoísmo, el rencor y el odio, los grupos enfrentados, los pueblos que viven en la más absoluta miseria…

Vivir la misericordia no es sólo algo personal. También como Iglesia diocesana tenemos la misión de vivir, de testimoniar y de anunciar la misericordia de Dios. A través de nuestra Iglesia diocesana y de todos cuantos la integramos -personas, comunidades eclesiales, movimientos, asociaciones y cofradías-  la misericordia de Dios debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. Estamos llamados a salir para que la misericordia alcance a todos, sin excluir a nadie. Para que nuestro anuncio sea creíble, hemos de vivir y testimoniar en primera persona la misericordia. Es hora de dejar los chismes, las maledicencias, las envidias, las críticas corrosivas, los rencores, las exclusiones internas para que reine la misericordia y la fraternidad. Nuestro lenguaje, nuestros gestos y nuestra forma de vida deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

Nuestra primera verdad como Iglesia y como cristianos es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón del enemigo y al don de sí, la Iglesia es sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.

Vivamos este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor, para ser Misericordiosos como el Padre. “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36), nos dice Jesús. Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27).

Que Maria, Madre de la misericordia, no acompañe y ayude a contemplar, experimentar, vivir y anunciar a todos el misterio de la  Misericordia de Dios en este año Jubilar y siempre. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

Don de las Indulgencias en el Jubileo de la Misericordia

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcEl papa Francisco ha convocado mediante la Bula Misericordiae vultus del pasado 11 de abril de 2015 la celebración en toda la Iglesia de un Año Santo Extraordinario, el Jubileo de la Misericordia, que será un tiempo y camino de gracia especial para la Iglesia y para el mundo. El Año Santo comienza el 8 de diciembre de este año, Solemnidad de Inmaculada Concepción, día en que será inaugurado por el Santo Padre con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica Vaticana de San Pedro, y concluirá el 20 de noviembre de 2016, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

 

El mismo papa Francisco en Carta de 1 de septiembre de 2015, dirigida a Mons. Rino Fisichella, Presidente del Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización ha concedido la posibilidad de lucrar el don de las Indulgencias durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

 

A tenor de lo dispuesto en la Bula Misericordiae vultus y la citada Carta, así como de las facultades que se confieren al Obispo diocesano, con el fin de facilitar que la celebración del Año Santo sea un auténtico momento de encuentro con la Misericordia de Dios para todos los creyentes y que éstos puedan acceder a las gracias del Año de la Misericordia, por el presente

 

DISPONGO

  1. El comienzo del Año de la Misericordia en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón tendrá lugar el día 12 de diciembre de 2015, víspera del Domingo III de Adviento, con la apertura de la Puerta Santa y la celebración solemne de la Santa Misa en la Santa Iglesia Catedral-Basílica Diocesana de Segorbe.

 

  1. La clausura del Año de la Misericordia tendrá lugar el día 20 de noviembre de 2016, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, con una solemne celebración de la Eucaristía en la Santa Iglesia Catedral-Basílica Diocesana de Segorbe.

 

  1. De acuerdo con la Carta del Santo Padre, para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en la S.I. Catedral-Basílica, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Con este fin se han programado peregrinaciones y celebraciones del Jubileo por Arciprestazgos, a cuya participación invito a todos los fieles a unirse a la peregrinación de su respectivo Arciprestazgo. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con una reflexión sobre la misericordia. Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por el Santo Padre y las intenciones que lleva en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo.

 

Podrá también obtenerse la indulgencia plenaria, con las condiciones señaladas, peregrinando a los siguientes templos de nuestra Diócesis:

– S.I. Concatedral de Santa María en Castellón, todos los días del año.

– Iglesia parroquial de El Salvador en Castellón de la Plan, donde se venera la imagen del  Cristo de la Misericordia, todos los primeros viernes de mes.

– Basílica de El Salvador de Burriana, población que tiene como Patrona a la Virgen de la Misericordia, los días del 21 al 30 de mayo de 2016 así como el 7 y 8 de septiembre de 2016, Vigilia y Fiesta de la Patrona.

– Iglesia parroquial de Santa Isabel de Aragón en Vila-real,  donde se venera la imagen del Cristo de la Misericordia, los días del Quinario (del 29 de febrero al 4 de marzo de 2016) y la Vigilia y Fiesta del Cristo de la Misericordia (5 y 6 de marzo de 2016).

– Santuario-Basílica de la Virgen del Lledó de Castellón de la Plana, Patrona de la Ciudad, los días del Triduo y de la Fiesta principal de la Virgen del Lledó .

 

Así mismo podrá obtenerse la indulgencia plenaria, con las condiciones señaladas, peregrinando a los templos de nuestra Diócesis, donde se celebre las 24 horas para el Señor y el Jubileo de la Misericordia para los distintos grupos: sacerdotes y diáconos permanentes, vida consagrada, niños, jóvenes, enfermos, catequistas, voluntarios de Cáritas, maestros y profesores de religión.

 

Y, finalmente, para facilitar la celebración de las monjas de clausura, también podrá obtenerse la indulgencia plenaria, con las condiciones señaladas, peregrinando a los templos de los Conventos y Monasterios de Clausura en nuestra Diócesis, el día de la Fiesta del Titular del Convento o Monasterio, el día de Fiesta del Fundador o Fundadora de la Orden o Congregación respectiva y el día de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

 

En todos los lugares donde puedan lucrarse las gracias del Año de la Misericordia se ofrecerá adecuadamente a los fieles el Sacramento de la Penitencia y se observarán las disposiciones generales de la Iglesia en esta materia contenidas en el Código de Derecho Canónico y en la última edición del Enchiridium indulgentiarum.

 

  1. Los fieles verdaderamente arrepentidos, que por diversos motivos estén imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, podrán obtener igualmente la indulgencia. En primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa. Para ellos será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad. Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la santa Misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar.

 

  1. También para los presos, que experimentan la limitación de su libertad, el Jubileo siempre ha sido la ocasión de una gran amnistía, destinada a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta. Que a todos ellos llegue realmente la misericordia del Padre que quiere estar cerca de quien más necesita el perdón.

 

Los presos podrán ganar la indulgencia en la capilla de la Cárcel de Castellón I (Castellón), cada vez que atraviesen la Puerta Santa, que será abierta el 24 de enero de 2016, y cumplan el resto de la condiciones establecidas. Así mismo los presos podrán ganar la indulgencia -como ha dispuesto el papa Francisco- cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su arrepentimiento y la oración al Padre, de modo que este gesto pueda ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad.

 

  1. El Santo Padre nos llama a redescubrir en este tiempo jubilar las riquezas contenidas en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia, en efecto, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar. De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad.

 

  1. La indulgencia jubilar, por último, se puede ganar también para los difuntos. A ellos estamos unidos por el testimonio de fe y caridad que nos dejaron. De igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin.

 

  1. El Santo Padre también ha concedido a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y, arrepentidos de corazón, piden por ello perdón. Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia.

 

Publíquese en el Boletín Oficial y otros medios diocesanos de comunicación.

 

Dado en Castellón de la Plana a once de diciembre del Año del Señor de dos mil quince.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mi,

 

Ángel Cumbicos Ortega

Vicecanciller-Vicesecretario general

Delegado diocesano para el Jubileo de la Misericordia

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcCon el fin y el deseo de contribuir al buen desarrollo y celebración del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, convocado para toda la Iglesia por nuestro Santo Padre Francisco mediante la Bula Misericordiae vultus del pasado 11 de abril de 2015, y la correcta organización de todos los actos previstos en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, por el presente

 

NOMBRO

al Ilmo. Sr. D. Javier Aparici Renau, Vicario Episcopal de Pastoral, como Delegado Diocesano para el Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

 

Son competencia, tarea y responsabilidad del Delegado diocesano, entre otras:

– alentar la celebración del Jubileo en toda la Diócesis por los medios que considere más oportunos;

– coordinar los actos jubilares diocesanos para lo que contará con la colaboración de los responsables de los grupos respectivos (vicarios, delegados, arciprestes, párrocos y capellanes) y los rectores de los templos donde se celebren;

– preparar los subsidios catequéticos, litúrgicos, etc. necesarios para la celebración del Jubileo;

– y velar para que en todos los lugares donde puedan ganarse las gracias del Año de la Misericordia se ofrezca adecuadamente a los fieles el Sacramento de la Penitencia y se observen las disposiciones generales de la Iglesia en esta materia contenidas en el Código de Derecho Canónico y en la última edición del Enchiridium indulgentiarum.

 

Publíquese el presente en el Boletín Oficial del Obispado y otros medios diocesanos de comunicación, envíese al interesado y guárdese copia en el archivo de nuestra Curia.

 

Dado en Castellón de la Plana, a once de diciembre del Año del Señor de dos mil quince.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mi,

Ángel Cumbicos Ortega

Vicecanciller-Vicesecretario general

Comienza el Jubileo de la Misericordia

PlumaQueridos diocesanos:

El papa Francisco nos ha convocado a celebrar un Año Santo Extraordinario, el Jubileo de la Misericordia. El mismo Papa lo abrirá para toda la Iglesia el próximo día 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción, con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, y concluirá el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Se abre el 8 de diciembre, porque ese día se cumplen cincuenta años de la clausura del Concilio Vaticano II; con el Jubileo se quiere dar un impulso para que la Iglesia continúe la obra de renovación, iniciada con el dicho Concilio. La Iglesia siente la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre y de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Leer más