La vida consagrada, profecía de la Misericordia

PlumaQueridos diocesanos:

En la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, el día 2 de febrero, celebramos ya desde hace años la Jornada de la vida consagrada. En esta ocasión celebraremos también la Clausura del Año de la vida consagrada y el Jubileo de la Misericordia. Recordando la ofrenda y la consagración de Jesús al Padre recordamos en este día con gratitud a todas las personas consagradas y oramos por ellas: monjes y monjas de vida contemplativa, religiosos y religiosas de vida activa y demás personas consagradas: todos ellos se han consagrado y se han entregado a Dios tras las huellas de Cristo obediente, pobre y casto, para bien de la Iglesia y de todos los hombres. Configurados así con Cristo, los consagrados son y están llamados a ser profetas de la Misericordia de Dios, con su persona, con su palabra y con su testimonio de vida.

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Educar a los niños en la Misericordia

PlumaQueridos diocesanos:

El Papa Francisco nos pide vivir el Jubileo de la Misericordia a la luz de la Palabra del Señor, que nos dice: “Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso” (Lc 6,36). Jesús nos propone aquí un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría, de paz  y de felicidad plena: es la llave para entrar en el Reino de los cielos: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7).

El ejercicio de la misericordia, no es innato; necesita educación. Si la educación ha de ser integral para colaborar al crecimiento y desarrollo de toda la persona, si debe encaminarse a facilitar a cada niño la relación consigo mismo, con los demás, con Dios y con la creación, no cabe duda de que es urgente educar en misericordia, ya que ésta contribuye a hacer un mundo más humano y un mundo según el plan de Dios. No hay ninguna de las aspiraciones del ser humano que, de una u otra forma, no hallen respuesta en las catorce obras de misericordia que concretan el concepto misericordia.

Educar en misericordia es la bella tarea de todo educador cristiano siempre y, en especial en este año: padres, catequistas, profesores, sacerdotes, monitores del tiempo, etc.- todos tenemos el deber y la alegría de educar a nuestros niños en la misericordia, para que sean misericordiosos como el Padre, sabiendo que es la clave de su crecimiento como persona y de su felicidad.

Para ayudar a nuestros niños a ser capaces de misericordia hemos de ponernos antes de nada a la escucha de la Palabra de Dios y contemplar la misericordia de Dios, sobre todo en la persona, palabras y gestos de Jesús, para experimentarla, dejarnos cambiar el corazón y asumirla como propio estilo de vida.

La misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón ante toda miseria espiritual o material de otro; es un sentimiento que mueve a nuestra voluntad a socorrer al necesitado. Significa colocar la miseria del prójimo en nuestro corazón. En un corazón que se compadece y que actúa. Es tener un corazón compasivo, que se duele por la miseria, la desgracia, el infortunio, la estrechez de otro, por su falta de lo necesario para sus necesidades básicas, por su pobreza material y espiritual.

La misericordia no consiste sólo en socorrer al que es materialmente pobre, sino a todo el que padece cualquier otro tipo de pobreza. La pobreza no es siempre solamente pobreza material, falta de alimento o de vestido. Hay otras carencias interiores que no se “ven” si no se tiene “ojos de misericordia”, otras miserias que atentan contra la dignidad humana. Por eso es necesario ayudar a los niños a mirar a los otros con “ojos de misericordia”. Dios dijo que “no sólo de pan vive el hombre”. De ahí que lo que nos debiera movilizar a mayor celo sea la miseria espiritual, la persona que vive enemistada con Dios, que lo desconoce o que lo ignora, o que está enemistada con otros.

Como decía Saint Exùpery, lo “esencial es invisible a los ojos”, de ahí que haya que esforzarse en penetrar en ese misterio que es el alma y el corazón del hombre que sufre. Los que sufren de ignorancia, desconcierto, incertidumbre y confusión por no conocer la verdad, los que sufren desorientados y confundidos porque necesitan luz y consejo, los que sufren alejamiento de Dios y de los demás. La prueba de que una persona sin carencias materiales es alguien necesitado de misericordia son sus síntomas de infelicidad, confesados o encubiertos. Allá donde una persona padece infelicidad está precisando de misericordia; y, si hay falta de alegría, la señal es inequívoca.

Jesús nos propone como ejemplo de misericordia al buen Samaritano, quien se compadece de un hombre asaltado por los ladrones a la vera del camino. El buen samaritano tuvo “compasión”, se compadeció, fue tocado en lo más profundo de su corazón por el sufrimiento ajeno. Tomó conciencia de la necesidad ajena y se detuvo. Este encuentro cambió los planes del buen samaritano, lo liberó de su egoísmo, de su propia preocupación, de sus propios planes, salió de sí y se volcó hacia el necesitado. “Ve y haz tú lo mismo” nos señala Jesús a todos en el Evangelio, mostrándonos el ejemplo a seguir, mirando y ayudando a mirar a nuestro prójimo con ojos de misericordia, para ver si nos necesita y ayudarlo hasta dejarlo en la posada, que es Dios, para que pueda seguir de pie el camino de esta vida.

 

Con mi afecto y bendición,

            +Casimiro López Llorente

            Obispo de Segorbe-Castellón

Decreto ampliatorio de Templos en el Jubileo de la Misericordia

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

En el decreto sobre el don de las indulgencias en el Jubileo de la Misericordia, de 11 de diciembre pasado, quedaban fijados los lugares y los días dónde, cumplidas las condiciones de costumbre, podía ganarse el don de la indulgencia plenaria. Con posterioridad a la fecha de dicho decreto se ha solicitado que pueda lucrarse la indulgencia plenaria también en determinadas fechas en la Basílica-Santuario de Santa María del Lledó en Castellón de la Plana y en la Iglesia Arciprestal de San Jaime de Vila-real. Debidamente estudiadas estas solicitudes y por las circunstancias que concurren en ambos casos, por el presente

DISPONGO

que, además de los lugares establecidos en el n. 3 del citado decreto de once de diciembre pasado, pueda ganarse también la indulgencia plenaria en el Jubileo de la Misericordia, en las condiciones acostumbradas, en:

– Basílica-Santuario de Santa María del Lledó en Castellón de la Plana los días del Solemne Triduo (28, 29 y 30 de abril), el día de la Fiesta Mayor (1 de mayo), el resto de los días del mes de mayo así como en las siguientes fiestas: Presentación del Señor, (2 de febrero), la Anunciación del Señor (4 de abril), la Asunción de la Virgen (15 de agosto) y de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, todos del presente año;

– Iglesia Arciprestal de San Jaime de Vila-real desde el 13 al 18 de marzo de este año con motivo de la presencia de la imagen del Santísimo Cristo del Hospital en este templo.

Se recuerda a los rectores de estos templos, que tienen la obligación de velar para que se ofrezca adecuada y oportunamente la celebración del Sacramento de la Penitencia

Comuníquese el presente a los interesados, publíquese en el Boletín Oficial del Obispado y en otros medios diocesanos de comunicación.

Dado en Castellón de la Plana a veintidós de enero del Año del Señor dos mil dieciséis.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mi,

Ángel Cumbicos Ortega

Vicecanciller-Vicesecretario general

Sacerdotes evangelizadores con espíritu de misericordia

Dentro de las actividades organizadas por la Vicaría del Clero para los sacerdotes que ejercen su ministerio en la Diócesis, están los retiros mensuales que este curso siguen el programa propuesto por la Conferencia Episcopal: Evangelizadores con espíritu de misericordia. Este lunes el tema de la meditación ha sido salir de uno mismo para ir hacia todas las periferias.

D. José Antonio Morales, encargado en esta ocasión de guiar el encuentro, ha explicado que “hay que perder el miedo a equivocarse. El Papa dice que es necesario cambiar la manera de actuar y ya no se puede esperar: hay que lanzarse”. Los presbíteros se han reunido en el Palacio Episcopal, donde han dedicado un tiempo largo a la oración ante el Santísimo Sacramento expuesto.

Jornada Mundial de las Migraciones

Castellón, S.I. Concatedral, 17 de enero de 2016

(Is 62, 1-5; Sal 95; 1 Cor 12,4-11; Jn 2,1-11)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Es una alegría poder celebrar esta Eucaristía en la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado en este año del Jubileo extraordinario de la Misericordia. Con vuestra presencia, queridos inmigrantes, experimentamos la catolicidad, la universalidad, de nuestra Iglesia. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido esta tarde a esta celebración: sacerdotes, consagrados y seminaristas; al Párroco y Vicario parroquial de Santa maría, al Sr. Vicario Episcopal de Pastoral, al Director de nuestro Secretariado diocesano para las Migraciones y a todos los voluntarios en este sector pastoral, y a las asociaciones de inmigrantes. Un saludo especial al P. Nicolás, párroco ortodoxo rumano de Castellón de la Plana, que nos acompaña hoy, en la víspera del inicio del Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos; pidamos a Dios para nos conceda el don de la unidad y un día cercano pueda concelebrar plenamente en la Eucaristía con nosotros.

El lema de la Jornada de este año nos dice que los “emigrantes y refugiados nos interpelan” y que nuestra respuesta no puede ser otra que la del Evangelio de la misericordia. Las necesidades de los emigrantes y refugiados nos interpelan, como interpeló a María la necesidad de aquellos novios de las bodas de Caná, como hemos proclamado en el evangelio de hoy. María, la madre de la Misericordia, siempre atenta y solícita a las necesidades de los hombres, ve enseguida que aquellos novios están en apuros, porque el vino para la boda se ha agotado. De inmediato se compadece de ellos y se dirige a Jesús como una madre y le dice: Hijo “no les queda vino” (Jn 2,3); y a los sirvientes les dice:“Haced lo que es os diga” (Jn 2,5).

“Aún no ha llegado mi hora” (Jn 2,4), contesta Jesús a su Madre. Son unas palabras que nos pueden desconcertar; pero, meditadas con detenimiento, nos ayudan a descubrir su sentido y nos acercan al misterio y a la identidad de Jesús. Porque la “hora de Jesús” es su muerte y resurrección, es la hora de su glorificación por el Padre, es la hora de la salvación del hombre, es la hora en que se manifiesta la Misericordia de Dios, que se entrega y que acoge la entrega de su Hijo hasta la muerte por amor a los hombres. En Caná, Jesús anticipa y adelanta esa “Hora” al realizar, a ruegos de su Madre, este signo a favor de aquellos novios e invitados.

“Tú has guardado el vino bueno hasta ahora” (Jn 2,10), dice el mayordomo al novio. Con el vino bueno, Juan hace referencia al vino nuevo de la obra salvadora de Jesucristo, fruto del amor misericordioso de Dios que irrumpe en la vida humana renovando y transformando todo. Este vino nuevo es ayudar a unos novios porque les falta vino, es decir, ayudar a los hombres a encontrar la alegría, la fe y la esperanza; este vino nuevo es la alegría de la vida verdadera en el amor misericordioso de Dios. Cristo Jesús ha venido a traer el vino nuevo de la Misericordia, del gozo y de su presencia. Jesús siempre está cercano a las necesidades y a los apuros de los hombres, como lo estuvo en las circunstancias concretas del banquete de bodas de Caná, como lo está hoy ante las necesidades y las precariedades de los inmigrantes, ante las penurias de los miles de refugiados que tienen que abandonar sus casas y posesiones, y que tienen que huir de sus países ante la persecución y la guerra.

Y “sus discípulos creyeron en Él”, comenta Juan al final de la escena (Jn 2,11). El milagro que Jesús realiza es un signo que lleva a los discípulos a creer en Jesús, a seguirle en su camino de entrega a la voluntad de Dios que se hace entrega por amor hacia los hombres.

“Haced lo que él os diga” son las palabras de María a los sirvientes; estas son también sus palabras hoy a nosotros al celebrar esta Jornada Mundial del emigrante y refugiado. Y esta tarde, Jesús nos dice una vez más: “Venid, benditos de mi Padre… porque… era forastero, y me acogisteis” (Mt 25, 34-35). Jesús nos dice que sólo entra en el Reino de los cielos el verdadero discípulo suyo, el que practica el mandamiento del amor, el que es misericordioso como el Padre. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7)

Así nos muestra el Señor el lugar central que debe ocupar en la Iglesia y en la vida de todo cristiano la misericordia, que se hace acogida del emigrante y del refugiado. Al hacerse hombre, Cristo se ha unido, en cierto modo, a todo hombre. Nos ha acogido a cada uno de nosotros y, con el mandamiento del amor, nos ha pedido que imitemos su ejemplo, es decir, que nos acojamos los unos a los otros como él lo ha hecho (cf. Rm 15, 7). Acoger a Cristo en el hermano y en la hermana que sufren necesidad –el enfermo, el hambriento, el sediento, el encarcelado, el forastero, el emigrante o el refugiado- es la condición para poder encontrarse con él y de modo perfecto al final de la peregrinación terrena.

“Para la Iglesia católica nadie es extraño, nadie está excluido, nadie está lejos” (Pablo VI). Por desgracia, entre nosotros se dan aún prejuicios y actitudes de rechazo por miedos injustificados o por buscar únicamente los propios intereses. Se trata de discriminaciones incompatibles con la pertenencia a Cristo y a la Iglesia. Más aún, la comunidad cristiana está llamada a difundir en el mundo la levadura de la fraternidad y de la convivencia entre personas diferentes y de diferentes culturas, que hoy podemos experimentar en esta Eucaristía.

Como reza el lema de la Jornada de este año, los “emigrantes y refugiados nos interpelan” y nuestra respuesta no puede ser otra que la del Evangelio de la misericordia. Esto comienza por sentir dolor y compasión ante los millones de personas, que huyen ante la guerra y la persecución, o que tienen que buscar una vida más digna lejos de su país. Como creyentes y como Iglesia no podemos quedar indiferentes o callar; no podemos habituarnos a su sufrimiento y a su precariedad; hacerlo sería entrar en el camino de la complicidad.

Hemos de mantener viva nuestra conciencia ante el fenómeno migratorio, examinar sus causas y analizar sus problemas tanto desde el punto de vista humano, económico, político, social y pastoral. Nos urge plantearnos nuestra actitud y redoblar nuestro compromiso real con las personas de los emigrantes, de los refugiados y de sus familias. Los flujos migratorios afectan ante todo a personas, que tienen la misma dignidad que los autóctonos. Ellos nos interpelan en nuestro modo tradicional de vivir; a veces se encuentran con sospechas, temores y prejuicios que hemos de analizar y superar. Como personas que son, los inmigrantes tienen los mismos derechos fundamentales y las mismas obligaciones que los autóctonos; se merecen pues el mismo respeto, estima y trato que los nativos, como ellos, a su vez, han de respetar y reconocer el patrimonio material y espiritual del país que los hospeda, obedeciendo sus leyes y contribuyendo a sus costes.

Es así mismo necesario que fomentemos actitudes y comportamientos de acogida, de encuentro y de dialogo. Los cristianos hemos de tener siempre presentes las palabras de Jesús: “fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35); en ellas, Jesús se identifica con la persona del emigrante y llama a su acogida, como si de Él mismo se tratara. Cada uno de nosotros es además responsable de su prójimo: somos custodios de nuestros hermanos y hermanas, donde quiera que vivan. Con estas premisas aprenderemos a valorar a los emigrantes y refugiados, a acogerlos fraternalmente, a ayudarles en sus necesidades y a facilitar su integración armónica en nuestra sociedad. Como nos recuerda el papa Francisco en su Mensaje de este año:”En la raíz del Evangelio de la misericordia, el encuentro y la acogida del otro se entrecruzan con el encuentro y la acogida de Dios: Acoger al otro es acoger a Dios en persona”.

Queda mucho por hacer. Por ello, os invito a fortalecer nuestro compromiso cristiano en este sector pastoral. Nuestra Iglesia diocesana vive y obra inserta en nuestra sociedad y es solidaria con sus aspiraciones y sus problemas; por ello se sabe especialmente llamada a convertir nuestra sociedad en un espacio acogedor en el que se reconozca la dignidad de los emigrantes y refugiados. Invito a toda nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón a asumir la acogida y el servicio de los inmigrantes.

¡Que María la Virgen nos proteja en este nuestro caminar y nos enseñe a ser sensibles como ella ante las necesidades de los emigrantes, y a poner nuestra mirada en su Hijo, para hacer lo que nos diga! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jubileo de la Misericordia para los presos

PlumaQueridos hermanos todos y, en especial, queridos presos y presas:

En este Año Santo de la Misericordia no podía faltar la Jornada del Jubileo en las cárceles. Las puertas de los centros penitenciarios no pueden excluir de los beneficios de este acontecimiento a quienes deben transcurrir en ellos parte de su vida. El papa Francisco desea que nadie quede excluido del encuentro con la misericordia de Dios y de ganar la indulgencia plenaria: los sanos y válidos lo harán peregrinando a las iglesias jubilares; quienes estén impedidos para hacerlo por edad o enfermedad podrán hacerlo en sus casas, residencias y hospitales. Y quienes están privados de libertad, lo podrán hacer en las cárceles. Leer más

Los colegios diocesanos promueven una pedagogía del encuentro

Los cuatro colegios diocesanos celebraron el sábado en Segorbe su segunda jornada de convivencia y formación bajo el lema “Identidad y misión”. El ponente fue el filósofo José Manuel Domínguez, que insistió en la educación como un encuentro que debe enriquecer a docente y alumno, y al ser específicamente cristiana, vivirse con Cristo en el centro. Mons. López Llorente reiteró a los asistentes la confianza de que “el Señor está en nuestra comunidad educativa acompañando y alentando nuestra tarea”.

Domínguez explicó que la capacidad de educar trasciende los conocimientos pedagógicos, por importantes que éstos sean, y que precisa un trabajo interior del propio profesor. En este sentido, expuso que en los modelos educativos más avanzados se valoran mucho las competencias espirituales, para un desarrollo integral de la persona.

Los colegios diocesanos seguirán profundizando en esta perspectiva a nivel interno para llegar a concretarlo en la práctica cotidiana. Para el profesorado de los colegios públicos, la Delegación de Enseñanza ha previsto una sesión formativa-testimonial sobre la misericordia el 26 de enero, y en octubre se celebrará el Jubileo de los profesores en la Diócesis.

Frutos de evangelización con las jóvenes madres del #ProyectoNazareth

El primer domingo del año, D. Luis Oliver, párroco de Benicasim, bautizó a X.E., de año y medio. Su entrada en la Iglesia ha sido uno de los frutos del Proyecto Nazareth, que desde hace tres años ofrece a jóvenes madres solteras y a sus hijos encuentros de ocio, formación y espiritualidad, que se están convirtiendo no solo en un apoyo a estas familias, sino también en un instrumento de evangelización. Dos chicas más se están preparando para recibir este curso la confirmación.

Con la dimensión formativa y de ocio, el Proyecto Nazareth invita a las familias a entrar en una vivencia de la fe concreta y eclesial. Así se convierte en la ocasión para que tengan una experiencia de la misericordia de Dios y que se animen a retomar su vida cristiana junto con sus hijos. Este apostolado está promovido por la Comunidad de las Bienaventuranzas y cuenta con el apoyo de la Delegación de Familia y Vida y el COF Diocesano.

Fui estrangero y me acogisteis

PlumaQueridos diocesanos:

El Jubileo de la Misericordia nos llama a abrir nuestro corazón a la Misericordia de Dios para que nos dejemos transformar y seamos signos eficaces del obrar del Padre. El amor de Dios quiere alcanzar a todos; quienes acogen el abrazo misericordioso del Padre quedan trasformados en brazos que se abren a otros para que también ellos experimenten la Misericordia divina: sea quien fuere, en este abrazo fraterno debe saberse amado como hijo de Dios y sentirse ‘en casa’ en la única familia humana.

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Castellón, Burriana y Vila-real se unen a Segorbe con templos jubilares

Mons. Casimiro López Llorente ha emitido un decreto en el que dispone siete modos de aprovechar las indulgencias vinculadas con el Jubileo de la Misericordia convocado por el Papa Francisco desde el pasado 8 de diciembre. Entre ellos, ha concedido que junto con la Catedral de Segorbe, donde se abrió en la Diócesis la Puerta Santa, también gocen de gracias jubilares templos deCastellón, Burriana y Vila-real. Para coordinar todos los actos de este año, ha nombrado al Vicario de Pastoral, D. Javier Aparici, Delegado Diocesano.

Podrá obtenerse la indulgencia plenaria en la Concatedral de Santa María todos los días del año. En Castellón también tendrán este privilegio el Santuario-Basílica de la Virgen del Lledó los días del Triduo y Fiesta principal de la patrona de la ciudad, y la parroquia de El Salvador todos los primeros viernes de mes, donde se venera la imagen del Cristo de la Misericordia.

Igualmente, la imagen del Cristo de la Misericordia de la parroquia de Santa Isabel de Aragón, en Vila-real, justifica la obtención de indulgencia plenaria los días del Quinario (del 29 de febrero al 4 de marzo) y la Vigilia y Fiesta, el 5 y 6 de marzo. En Burriana, por la Virgen de la Misericordia, patrona de la población, la Basílica de El Salvador también será jubilar del 21 al 30 de mayo y la vigilia y fiesta el 7 y 8 de septiembre.

El decreto también establece que se podrá obtener la indulgencia plenaria donde se celebren los actos de las 24 horas para el Señor y los jubileos particulares, en los monasterios de clausura, los enfermos y ancianos en sus casas, los presos en los centros penitenciarios, por el ejercicio de las obras de misericordia, y en provecho de los difuntos.

La indulgencia plenaria va más allá del perdón de las faltas en el sacramento de la reconciliación, permitiendo curar de las huellas negativas que los pecados dejan en los comportamientos y pensamientos, y liberar de todo residuo, consecuencia del pecado, capacitando para obrar con caridad, crecer en el amor y no recaer.