Sobre el Consejo Parroquial de Pastoral y la promulgación del nuevo Estatuto Marco

 CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcTodos los fieles cristianos, ungidos y consagrados por el Espíritu Santo, por medio de los sacramentos de la iniciación cristiana, “para formar un templo espiritual y un sacerdocio santo” (LG 10), son llamados por el mismo Cristo Señor a cooperar activamente en la misión salvífica de todo el Pueblo de Dios (cf. LG 33;  AA 3; AG 11), en la comunión orgánica de la Iglesia y según su propia condición en la Iglesia (cf. AA 2; LG 32; PO. 2). Así pues, la misión de salvación de todo el pueblo de Dios no se puede limitar exclusivamente a la misión de los pastores. Todos los fieles tienen su parte de responsabilidad, conforme a su condición en la Iglesia. Los pastores “saben que su excelsa función consiste en pastorear a los fieles y reconocer sus servicios y carismas, de tal manera que todos, cada uno a su manera, colaboren unánimemente en la tarea común” (LG 30).

El mismo Concilio Vaticano II ofreció varios cauces para esta colaboración: entre otros, a nivel diocesano, el Consejo Diocesano de Pastoral, vivamente recomendado en el Decreto Christus Dominus (27; y AA 26), y, a nivel parroquial, el Consejo Parroquial de Pastoral, al que se refiere de un modo explícito el Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem: “Si es posible, han de establecerse estos consejos (destinados a ayudar a la labor apostólica de la Iglesia) también en el ámbito parroquial…” (n. 26). El Código de derecho canónico recoge este deseo del Concilio y establece que “si es oportuno, a juicio del obispo diocesano, oído el consejo presbiteral, se constituirá en cada parroquia un consejo pastoral, que preside el Párroco, y en el cual los fieles, junto con aquellos que participan por su oficio en la cura pastoral de la parroquia, presten su colaboración para el fomento de la actividad pastoral” (c. 536 § 1 CIC).

En virtud de esta facultad que concede el Código al obispo diocesano, nuestro predecesor en el ministerio episcopal, Mons. José María Cases Deordal, una vez consultado el Consejo Presbiteral Diocesano, decretó con fecha 21 de noviembre de 1986 (BO Obispado [1986] 207: Vademecum parroquial, 71-74) que se constituyera el Consejo Pastoral en todas las parroquias con una población superior a mil habitantes y aprobó un Estatuto Marco por el que se debían regir los mismos. Con la experiencia de casi treinta años de vigencia del decreto y del Estatuto Marco hemos considerado necesario proceder a su revisión, para subsanar lagunas y aclarar algunas cuestiones así como para dar un nuevo impulso a la implantación del Consejo Pastoral en las parroquias donde todavía no se ha constituido y revitalizarlo allá donde ya exista. Recordemos que el vigente Plan Diocesano de Pastoral tiene como objetivo principal Ayudar a la parroquia en su misión de anuncio, celebración y testimonio de la fe a la luz de la Evangelii Gaudium y una de las acciones para el presente curso pastoral es Crear o revitalizar el Consejo de Pastoral Parroquial.

El Consejo de Pastoral es un instrumento especialmente valioso para que los distintos sectores de personas de una comunidad parroquial, especialmente los fieles laicos, participen y se responsabilicen en la vida y misión de la Iglesia en el ámbito de la parroquia. Su acogida cordial, su implantación real y su correcto funcionamiento ayudarán sin duda en nuestro común objetivo de hacer de la parroquia una comunidad cristiana más evangelizada y más evangelizadora y misionera. Hay que recordar en este contexto la llamada de atención a una valoración más convencida, amplia y decidida de los consejos pastorales parroquiales, que hizo San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Christifideles Laici de 30 de diciembre de 1988: “La indicación conciliar respecto al examen y solución de los problemas pastorales «con la colaboración de todos», debe encontrar un desarrollo adecuado y estructurado en la valorización más convencida, amplia y decidida de los Consejos pastorales parroquiales, en los que han insistido, con justa razón, los Padres sinodales. En las circunstancias actuales, los fieles laicos pueden y deben prestar una gran ayuda al crecimiento de una autentica comunión eclesial en sus respectivas parroquias, y en el dar nueva vida al afán misionero dirigido hacia los no creyentes y hacia los mismos creyentes que han abandonado o limitado la práctica de la vida cristiana” (n. 27, c y d).

Por todo ello, examinadas las circunstancias actuales de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón y habiendo consultado al Colegio Episcopal y al Consejo Presbiteral Diocesano, y en virtud de la facultad que me confiere el Derecho universal (c. 536 § 2 CIC), por el presente

 

DECRETO

  1. La promulgación del presente Estatuto Marco del Consejo Parroquial de Pastoral, vigente para toda nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, a partir de la fecha de su firma. Queda derogado el Estatuto Marco de 21 de noviembre de 1986.

 

  1. El Consejo Parroquial de Pastoral será constituido en todas las parroquias de nuestra Diócesis con una población superior a 200 habitantes, en el plazo de cinco meses a partir de la fecha del presente decreto.

En las parroquias con una población inferior a 200 habitantes, en que no se constituya el Consejo Parroquial de Pastoral, sus funciones serán asumidas por el Consejo Parroquial de Asuntos Económicos o por una Asamblea parroquial, que, con voto consultivo, realizará las tareas propias del Consejo Parroquial de Pastoral.

Las parroquias que cuenten ya con Consejo Pastoral no han de constituirlo de nuevo, si no que pueden esperar a que transcurra el periodo del actual Consejo.

 

  1. Los Párrocos o equiparados a él en derecho comunicarán en todo caso al Vicario Episcopal de Pastoral la constitución y composición del respectivo Consejo Parroquial de Pastoral.

 

  1. Todo Consejo Parroquial de Pastoral contará con sus propios Estatutos, que serán elaborados bajo la responsabilidad del Párroco o equiparado a él en derecho de acuerdo con el presente Estatuto Marco y serán presentados al Ordinario diocesano para su aprobación.

Los Estatutos de los Consejos de Pastoral parroquiales existentes en la actualidad deberán ser adaptados al presente Estatuto Marco en el plazo de cinco meses a partir de la fecha del presente decreto y serán presentados al Ordinario diocesano para su aprobación.

 

ESTATUTO MARCO DEL CONSEJO PARROQUIAL DE PASTORAL

Capítulo I

NATURALEZA Y FUNCIONES DEL CONSEJO PARROQUIAL DE PASTORAL

Artículo 1º

  • 1. El Consejo Parroquial de Pastoral es un organismo representativo, permanente y consultivo que, presidido por el Párroco o equiparado a él en derecho (Administrador parroquial, Cura Encargado, Moderador) y en comunión con el Obispo diocesano, con el Arciprestazgo y con toda la Iglesia diocesana, colabora para realizar la unidad de presbíteros, religiosos y laicos y promover la actividad pastoral en la parroquia, a fin de asumir la responsabilidad de todos los fieles en la vida y misión de la Iglesia en su ámbito (cf. c. 536 § 1 CIC).
  • 2. Es propio de este Consejo estudiar todo lo que está en relación con el trabajo pastoral, sopesarlo y deducir las conclusiones prácticas para promover la actividad pastoral y la conformidad de vida y acciones del pueblo de Dios con el Evangelio (cf. MP Ecclesiae Sanctae, 16, 1; c. 536 § 1 CIC).

 

Artículo 2º

El Consejo Parroquial de Pastoral es un organismo:

  1. Representativo de toda la comunidad parroquial, de los grupos, asociaciones y movimientos y, en la medida de lo posible, de los diversos sectores y ambientes pastorales de la parroquia.
  2. Permanente, compuesto por miembros estables, designados para el tiempo establecido en los Estatutos.
  3. Consultivo por su propia naturaleza, en el que los acuerdos se toman en un clima de colaboración y comunión, pero sin anular las competencias de las personas y de los grupos, asociaciones o movimientos de la parroquia. También podrá ser órgano ejecutivo de sus propios acuerdos.
  4. Servidor de la comunidad y de la comunión, vida y misión de la Iglesia en el ámbito parroquial en relación integradora con el Arciprestazgo y la Diócesis.
  5. Promotor de la corresponsabilidad de todos los fieles en la vida y en la misión de la Iglesia en el ámbito parroquial.

 

Artículo 3º.

Son funciones del Consejo Parroquial de Pastoral:

  1. Analizar en todos sus aspectos la realidad de la comunidad parroquial y del pueblo o barrio, ámbito inmediato de la acción evangelizadora de la parroquia, y buscar las respuestas pastorales más adecuadas.
  2. Recoger iniciativas, detectar problemas y ofrecer respuestas en la vida y misión parroquial hacia adentro y hacia afuera de la parroquia.
  3. Elaborar cada año, al inicio de curso, la programación pastoral de la parroquia (objetivos, acciones, responsables, calendario) en sintonía con el Plan pastoral diocesano y arciprestal, así como hacer seguimiento del mismo y dinamizarlo.
  4. Coordinar el trabajo eclesial de todos los grupos, asociaciones y movimientos con presencia en la parroquia y animar su dimensión evangelizadora y misionera.
  5. Revisar, a final de curso, la acción pastoral realizada y el cumplimiento de la programación pastoral de la parroquia.
  6. Elegir al menos un representante en el Consejo Pastoral Arciprestal.

 

Artículo 4º

El Párroco o equiparado a él en derecho debe oír al Consejo Parroquial de Pastoral en los asuntos de mayor importancia, que incidan en la actividad pastoral de la comunidad parroquial.

 

Artículo 5º

El Consejo Parroquial de Pastoral se rige por el derecho universal, por el presente Estatuto-Marco y los propios Estatutos, que adaptarán este Estatuto-Marco a las circunstancias concretas de cada parroquia (cf. c. 536 § 2 CIC).

 

Artículo 6º

El Consejo Parroquial de Pastoral nunca podrá proceder sin el Párroco o equiparado en derecho, al que asesora; el voto del Consejo es consultivo (cf. c. 536 § 2 CIC).

 

Capítulo II

COMPOSICIÓN DEL CONSEJO PARROQUIAL DE PASTORAL

 Artículo 7º

La composición del Consejo Parroquial de Pastoral se determinará en los Estatutos atendiendo a las dimensiones y circunstancias de cada parroquia, de modo que sea representativo de los distintos grupos, movimientos, cofradías, asociaciones, sectores pastorales y servicios (Palabra, Liturgia, Acción caritativa y social). El número de sus miembros no será inferior a cinco ni superior a quince.

 

Artículo 8º

En cualquier caso serán miembros del Consejo Parroquial de Pastoral:

  1. El Párroco o el equiparado a él en derecho, que es el presidente nato del Consejo.
  2. Los clérigos con ministerio pastoral encomendado en la parroquia.
  3. Un representante del Consejo Parroquial de Asuntos Económicos, elegido por dicho Consejo.
  4. Un representante de la/s comunidad/es religiosa/s de vida activa, establecida/s en la parroquia o con actividad pastoral en ella, elegido por dicha/s comunidad/es.
  5. Al menos tres laicos elegidos por la comunidad parroquial, o por los distintos sectores pastorales, o designados libremente por el Párroco, o equiparado a él en derecho, de modo que se logre la representatividad de toda la comunidad parroquial.

 

Artículo 9º

  • 1. Los miembros del Consejo Parroquial de Pastoral han de ser fieles católicos, con domicilio o cuasi-domicilio en la parroquia o implicados habitualmente en tareas parroquiales, de fe sincera y practicada, con madurez y equilibrio de juicio, y dispuestos a participar responsablemente en las tareas pastorales de la parroquia.
  • 2. No podrá ser miembro del Consejo Parroquial de Pastoral quien haya rechazado públicamente la fe católica, se haya apartado públicamente de la comunión eclesiástica, haya sido apartado de la comunión eclesial o no lleve una vida moral conforme con las enseñanzas de la Iglesia.

 

Capítulo III

LOS ÓRGANOS DEL CONSEJO PARROQUIAL DE PASTORAL Y SUS FUNCIONES

Artículo 10º

Los órganos del Consejo Parroquial de Pastoral son el Pleno y la Comisión Permanente.

 

Artículo 11º

  • 1. El Pleno del Consejo Parroquial de Pastoral lo constituyen todos sus miembros, cuando, legítimamente citados con la correspondiente cédula, en la que consten el lugar, el día, la hora y el orden del día de la sesión, asisten en su mayoría absoluta.
  • 2. Las funciones del Pleno son las establecidas en el art. 3 del presente Estatuto-Marco.
  • 3. El Pleno se reunirá en sesión ordinaria, al menos, tres veces al año: al inicio, en la mitad y al final del curso pastoral; y en sesión extraordinaria, cuando, a juicio del Párroco o equiparado a él en derecho, lo pidan las circunstancias.

 

Artículo 12º

  • 1. La Comisión Permanente del Consejo Parroquial de Pastoral se creará para aquellos Consejos con un número elevado de miembros (en torno o superior a 10 miembros). Cuando no exista, asumirán sus funciones el Presidente y el Secretario.
  • 2. La Comisión Permanente está formada por el Presidente, el Secretario y tres miembros elegidos por el Pleno.
  • 3. Las funciones de la Comisión Permanente serán:
  1. Preparar las sesiones del Pleno y ayudar al Párroco a elaborar el orden del día.
  2. Designar moderador para las sesiones del Pleno.
  3. Ejecutar las tareas que el Pleno le encomiende.
  4. Designar comisiones para el tratamiento de temas específicos en el Pleno.
  5. Tratar temas urgentes, que no pueden esperar a ser tratados por el Pleno.

 

Artículo 13º

  • 1. El Presidente nato del Consejo Parroquial de Pastoral es el Párroco o equiparado a él en derecho.
  • 2. Son funciones del Presidente:
  1. Convocar y presidir las sesiones del Pleno y de la Comisión Permanente, si la hubiere.
  2. Fijar el orden del día de las sesiones del Pleno y de la Comisión Permanente, según los Estatutos.
  3. Designar los miembros del Consejo a tenor del art. 8 de este Estatuto-Marco.
  4. Interpretar los Estatutos del Consejo Parroquial de Pastoral, oído el Pleno.
  5. Hacer público lo tratado en las sesiones del Pleno y de la Comisión Permanente.

 

Artículo 14º

  • 1. El Secretario es elegido por el Pleno de entre sus miembros.
  • 2. Las funciones del Secretario serán:
  1. Llevar el Libro de Actas del Consejo Parroquial de Pastoral que quedará en el Archivo Parroquial junto con el resto de documentación relativa al Consejo,.

2ª. Levantar acta de las sesiones del Pleno y de la Comisión permanente, si hubiera, y trasladarlas al Libro de Actas una vez aprobadas por el Pleno o por la Comisión Permanente.

  1. Cursar en nombre del Presidente las convocatorias con el orden del día para las sesiones del Pleno y de la Comisión Permanente, con la suficiente antelación para que los miembros puedan preparar la sesión.
  2. Recabar y recoger sugerencias e informaciones de los miembros del Consejo. 5. Responder a la correspondencia del Consejo y hacer público lo tratado, cuando así se lo encomiende el Presidente o el Pleno.
  3. Transmitir a los miembros del Consejo cuanto se refiere al mismo y cuanto le encomienden el Presidente, el Pleno o la Comisión Permanente.

 

Capítulo IV

DURACIÓN Y CESE DEL CONSEJO PARROQUIAL DE PASTORAL Y DE SUS MIEMBROS

Artículo 15º

  • 1. El Consejo Parroquial de Pastoral tendrá una duración de cinco años a partir de su primera sesión constitutiva, de la que se levantará acta y se transcribirá en el Libro de Actas.
  • 2. Los miembros elegidos o designados para este Consejo lo serán también por el mismo periodo de cinco años

 

Artículo 16º

El Consejo Parroquial de Pastoral cesará:

  1. Por transcurso del periodo de los cinco años, para el que fue constituido; el Párroco o equiparado a él en derecho puede prorrogar sus funciones hasta la constitución de un nuevo Consejo.
  2. Por decreto del Ordinario diocesano, a propuesta del Párroco o equiparado a él en derecho, cuando así lo aconseje el bien pastoral de la Parroquia.
  3. En caso de cese del Párroco o equiparado a él en derecho, el sucesor decidirá si continúa el Consejo Pastoral Parroquial hasta finalizar el periodo de cinco años o si se constituye un nuevo Consejo.

 

Artículo 17º

Los miembros del Consejo Parroquial de Pastoral cesarán:

  1. Por el cese en el ministerio pastoral encomendado en la Parroquia.
  2. Por el transcurso del tiempo para el que fueron elegidos.
  3. Por el cese del Consejo Parroquial de Pastoral.
  4. Por la pérdida de los requisitos establecidos en el art. 9 de este Estatuto Marco.
  5. Por dejar de pertenecer al grupo, sector, movimiento, etc. por el que fueron elegidos o designados.
  6. A petición razonada del interesado, con el Visto Bueno del Presidente.

En el caso de los nn. 4, 5 y 6 se puede elegir o designar a otro miembro por el tiempo restante de duración del Consejo.

 

Capítulo V

OTRAS DISPOSICIONES

Artículo 18º

Para todo lo referente a elecciones y otras votaciones se estará a lo dispuesto en los cánones 119, 127 y 165-168 del Código de Derecho canónico.

 

Artículo 19º

Todo Consejo Pastoral Parroquial debe tener sus propios Estatutos acordes con el presente Estatuto Marco, que deberán contar con la aprobación del Ordinario diocesano.

 

Publíquese el presente decreto en el Boletín de nuestro Obispado y en los medios diocesanos de comunicación y envíese a los interesados para su conocimiento y aplicación.

Dado en Castellón de la Plana, a treinta y un días de marzo del Año del Señor de dos mil dieciséis, Jueves de la Octava de Pascua de Resurrección.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Ángel Cumbicos Ortega

Vicecanciller-Vicesecretario General

 

Domingo de Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 27 de marzo de 2016

 (Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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¡Hermanas y hermanos en el Señor!

“¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!”. Es la Pascua del Señor, el Día en que actuó el Señor, día de gozo y de triunfo. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo, ya no está en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: “El no está aquí: Ha resucitado”. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

Y porque Cristo ha resucitado podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

¡Cristo vive glorioso! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado; ha triunfado sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas y del dolor, de la angustia y de enfermedad. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito, no es una invención, no es una historia piadosa nacida de la credulidad de unas mujeres, no es una leyenda fruto de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. No se trata de la vuelta a esta vida de un muerto para volver a morir. No: el cuerpo muerto y sepultado de Jesús vive ya glorioso y para siempre junto a Dios.

En el Credo confesamos que Jesús, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos. La Palabra de Dios de hoy nos invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42) .

La tumba vacía es un signo esencial de la resurrección, pero imperfecto. Algunos, como María Magdalena, ante el hecho del sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con entrar “en el sepulcro” y ver “las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, como Juan, van más allá: Juan “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9).  El suceso mismo de la resurrección, el paso de la muerte a la vida de Jesús, no tiene testigos; escapa a nuestras categorías de tiempo y espacio. Las mujeres, los Apóstoles y los discípulos se encuentran con Cristo Vivo, una vez resucitado. Para aceptar el sepulcro vacío como signo de su resurrección es necesaria le fe, como Juan; y como en el resto de los discípulos es necesario el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas, para superar la incredulidad inicial.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús; o “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe, fiándonos del testimonio de los apóstoles; un testimonio que nos es trasmitido en la Sagrada escritura y en la tradición viva de la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es credulidad débil o fácil; se basa en el signo del sepulcro vació y en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según la credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están profundamente convencidos. Tan convencidos, que llegarán a dar la vida por ser testigos de la resurrección de Cristo.

¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Cristo no es un hecho histórico hundido en el pasado pero sin actualidad, ni tan sólo algo que afecta a Jesús, pero sin vigencia para nosotros. No: ¡Cristo vive hoy!. Y su resurrección nos muestra que Dios no abandona nunca a los suyos, a la humanidad y a su creación. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y la creación. A pesar de todas las apariencias y de los duros reveses, la historia, la creación, la humanidad no camina hacía la destrucción y el caos, sino hacia Dios.

Y, porque Cristo ha resucitado, es posible un mundo más justo, más fraterno, más dichoso, un mundo según el deseo de Dios. Desde entonces, la esperanza cristiana no es una utopía sino una actitud fundada y realista. Desde la resurrección de Cristo cabe pensar en una sociedad más humana, más solidaria, más dichosa, más según Dios. Todo esto es posible porque Cristo ha resucitado.

Creer que Cristo ha resucitado significa creer que El ha inyectado ya en el corazón de la historia un fermento, una levadura, un brote de vida, que nada ni nadie podrá apagar. Creer en Jesucristo resucitado significa que Dios ha apostado efectivamente por la humanidad, por la creación, por todos nosotros, por ti y por mí. Al resucitar a Jesús, Dios ha dicho sí al hombre nuevo y a la humanidad nueva. Cristo no ha resucitado en vano.

De aquí se deriva una actitud básicamente positiva ante las personas, la sociedad, ante la creación, pese al pecado, los egoísmos, las guerras, los odios, la cultura de la muerte y todas las manifestaciones del mal que podamos encontrar en el mundo. Cristo ha resucitado y Dios acabará ganando. Y ello nos da fuerza para luchar contra el pecado y todas sus manifestaciones, para que la gracia, el amor de Dios y la resurrección de Cristo prevalezcan sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte. Pero ¿nos lo creemos de verdad?.

¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

A los bautizados, nos recuerda San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa también reavivar la vida nueva que los bautizados hemos recibido en la fuente del bautismo: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, buscando los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en el servicio constante del Dios vivo, presente en los hombres y en la creación.

¡Cristo ha resucitado! Y está aquí en medio de nosotros. Y nos habla al corazón. Él está aquí, y nos cura de nuestras dudas y nuestros miedos. Él está aquí, y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí, y nos alimenta con su palabra y con su cuerpo. Él está aquí, nos renueva, nos fortalece y nos ofrece la alegra pascual.

¡Cristo ha resucitado! Él nos envía a ser testigos de su resurrección. Hemos de contar lo que hemos visto y oído. Como los Apóstoles, estamos llamados a ser ante todo testigos del Señor Resucitado y de su resurrección, mediante un testimonio creíble por las obras, que sea señal de vida y de esperanza para el mundo. Porque vida y esperanza es buscar sinceramente la presencia de Cristo y confesar públicamente el nombre de Jesús, su mensaje, su salvación. Porque vida y esperanza es recibir la gracia que se ofrece en la fe y en los sacramentos pascuales para tener la fuerza necesaria para seguir fielmente a Cristo y dar testimonio de Él con la palabra y, sobre todo, con las obras.

Vivamos como hombres nuevos, renacidos con Cristo resucitado. Seremos hombres nuevos si buscamos sinceramente la verdad y el bien, y vivimos en consecuencia; si estamos abiertos al Espíritu; si nos aceptamos gozosos como imagen e hijos de Dios; si nos revestimos de Cristo e imitamos al Maestro; si vivimos permanentemente agradecidos a la bondad de Dios; si hacemos de la caridad y del amor fraterno norma constante de vida. Hombres nuevos son los que han resucitado con Cristo, gozan con la esperanza y se alegran con el bien. Hombres  envejecidos, por el contrario, son quienes se empeñan en la mentira, en la codicia, en la envidia, en reducir todo a materia, dinero o placer carnal; hombres envejecidos son los que se empeñan en desconocer su origen divino y su destino eterno, y caminan por este mundo sin razón de ser ni horizonte que alcanzar; los que cierran en sí mismos; los que han perdido la capacidad del agradecimiento, porque la indiferencia y el egoísmo les ha secado el alma; los que no aman a nadie y ni desean ser amados por nadie; los que no saben perdonar ni aceptan el perdón; los que han perdido la capacidad de esperar.

La resurrección del Señor puede cambiar todo: podemos pasar de la cruz al gozo, de la muerte a la vida, de las afrentas a la alabanza, de las lágrimas al consuelo, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz. Así debe ser nuestra pascua: tránsito y cambio de lo viejo a lo nuevo, del pecado a la virtud, de la mentira a la verdad.

¡Cristo ha resucitado! Y con su resurrección toman nueva vida todas las cosas. Será el amor fraterno el que haga olvidar viejos odios. Será la misericordia la que haga fuerte la unidad de los hombres y mujeres. ¡Cristo ha resucitado y está vivo entre nosotros. Él está realmente presente en el sacramento de esta Eucaristía. Él se nos ofrece como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Jesucristo ha resucitado!

PlumaQueridos Diocesanos:

En el Credo confesamos que Jesús, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos. Cristo ya no está en el lugar de los muertos. Su cuerpo enterrado el Viernes Santo ya no halla en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. “El no está aquí: Ha resucitado”, les dice el ángel. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe desde el Domingo de Pascua de Resurrección. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado. Ha triunfado sobre el pecado y la muerte. Jesús no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. Cristo vive glorioso junto a Dios. Su resurrección no es la vuelta a esta vida para volver a morir, sino el paso a una vida gloriosa e inmortal. Leer más

Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 25 de marzo de 2016

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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Es Viernes santo. La escucha y contemplación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo nos adentra en la celebración litúrgica de este día santo. Hemos recordado y acompañado con piedad a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta la Cruz. El Señor es traicionado por Judas; es asaltado, prendido y maltratado por los guardias; es negado por Pedro y abandonado por todos sus apóstoles, menos por Juan; una vez, condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos es azotado, coronado de espinas e injuriado por la soldadesca; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, es crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

En la Cruz contemplamos el ‘rostro doliente’ del Señor. El es ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues es absolutamente inocente; es el dolor provocado por la tragedia de mentiras y envidias, traiciones y maldades de la humanidad que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el peso de los pecados de todos los hombres y con todo el sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45).

En la Cruz contemplamos su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1 Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor de nosotros y en lugar de nosotros. Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad y vacío que sigue al pecado, que sigue al alejamiento de Dios. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. Por eso en sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”(Mc 15,34).

En la Cruz, Jesucristo carga con el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las violencias y por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan, por las corrupciones y por tantos otros males y pecados. Viernes Santo hoy es la miseria y el hambre de millones de hermanos en todo el mundo; es la muerte de tantas criaturas no nacidas que no verán nunca la luz; son los desgraciados enganchados en la droga, al alcohol y al sexo; son los esclavizados por el dinero; son los enfermos desahuciados por el sida, los ancianos abandonados, los esposos e hijos de matrimonios rotos, los padres y los jóvenes sin trabajo y sin un previsible futuro, los amenazados de desahucio, los refugiados rechazados como mercancía. La Cruz de Cristo está formada por las lágrimas, por el abatimiento y la triste­za, por la soledad o por la enfermedad, por el dolor o por la muerte. La Cruz está ahí, en todas partes: y siempre en ella el Crucificado. “¿Dónde está vuestro Dios, nos preguntan ante tanta cruz en el mundo?”, “Ahí, responde­mos, en la Cruz, crucificado”. Siempre con los crucificados, unido a los padecimientos y sufrimientos de los hombres, nunca huyendo de ellos.

Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”(Is 52,13). El Siervo de Dios, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación, la justificación, la esperanza y la luz de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz, a la vez que descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza e infinitud del amor misericordioso de Dios, que quiere librarnos del pecado y de la muerte. Desde la Cruz, el Hijo de Dios, padeciendo el castigo que no merecía, mostró la grandeza del corazón de Dios, y su infinita misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”(Lc 23,34).

La salvación es la liberación del hombre de todo sus pecados, de sus males y miserias, y la reconciliación con Dios y con los hermanos. La salvación es toda ella obra de Dios, fruto de su amor infinito. Porque sólo el amor infinito de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar y justificar, de reconciliar y santificar.

En la Cruz, el amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado para siempre con el hombre y con el mundo. El Hijo de Dios, revestido de nuestra carne pecadora, realiza su propia misión en total libertad y obediencia al Padre. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz se convierte en el ‘árbol de la vida’ para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: y éste no es otro que el amor de Dios.

En Viernes Santo, Jesús convierte la Cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la Cruz ya no es sinónimo de maldición, sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor de Dios. “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”. El amor de Dios requiere ser acogido; el amor del Amante espera de la respuesta del amado. Sin esa respuesta no se produce la obra del amor de Dios; Y esto significa juicio y condenación, significa vivir alejados del amor de Dios y hundidos en nuestras miserias, dolor, injusticias y mentiras.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad e injusticia humana. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo tiene hoy que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz. Es la manifestación suprema del amor misericordioso de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de la muerte eterna. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor y podremos alcanzar la salvación de Dios.

Al pie de la cruz la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de su dolor y de su amor. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella encomendamos en especial a todos los que sufren a causa de su pecado, del egoísmo, de la injusticia o de la violencia. A ella encomendados a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe en la Cruz. ¡Que la cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza y de salvación¡ Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo, Misa “En la cena del Señor”

Segorbe, S.I. Catedral, 24 de marzo de 2016

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15)

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En la tarde de Jueves Santo conmemoramos la última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Al traer a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús aquella tarde-noche nuestra mente se traslada al Cenáculo, donde Jesús se ha reunido con los suyos para celebrar la Pascua. Allí, Jesús “habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Y como signo este amor hasta el extremo, aquella “noche en que iba a ser entregado” (1 Co 11, 23), Jesús nos deja su testamento hasta que él vuelva en cuatro dones: la nueva Pascua, la Eucaristía, el Orden sacerdotal y el mandamiento nuevo del Amor. Trasladémonos en espíritu hasta el Cenáculo.

Allí, Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto y establecer la Alianza de Dios con su Pueblo. Jesús elige la celebración de la Pascua judía para establecer la nueva y definitiva Alianza. Él es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva de la esclavitud del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida: Jesús instituye la nueva Pascua: Cristo es nuestra Pascua.

En la Cena Jesús anticipa sacramentalmente lo que iba a ocurrir al día siguiente. Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y luego lo distribuye a los Apóstoles, diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”; lo mismo hace con el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre” (1 Co 11, 24-25). Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo y aquel vino convertido en su sangre son ofrecidos aquella noche, como anuncio y anticipo de la muerte del Señor en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo” (Jn 13, 1), su “paso” por la muerte a la Vida.

Y acto seguido, Jesús dice a sus Apóstoles:Haced esto en memoria mía” (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su sacrificio y ofrenda en la Cruz por todos los tiempos. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa Misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

Desde aquel primer Jueves santo, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de los pecados y la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí. La Eucaristía es así manantial permanente de vida y de comunión con Dios y fuente de comunión con los hermanos. Desde aquel Jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía, se deja revitalizar y fortalecer por ella, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por ello, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!’.

La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Es el Sacramento por excelencia que constituye a la Iglesia en su realidad más auténtica y profunda: ser signo eficaz de reconciliación y de comunión con Dios y, en él, de todo el género humano. Sin Eucaristía no hay Iglesia; sin Eucaristía tampoco hay verdaderos cristianos. Sin participación en la Eucaristía, la fe y la vida del cristiano languidecen y mueren. Comulgando a Cristo-Eucaristía nos unimos realmente a Él, y en Él con el Padre y el Espíritu, y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión. Ahora bien: el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación’ (1 Cor 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse con Dios en el sacramento de la Penitencia, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en valorar la Eucaristía, participar en ella y recibir debidamente preparados a Cristo, en la comunión.

En la tarde del Jueves santo, recordamos y agradecemos también el don del sacerdocio ordenado. La Eucaristía y el sacerdocio ordenado son inseparables. “Haced esto en memoria mía”. Estas palabras de Cristo son dirigidas, como tarea específica, a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar; es decir, la potestad de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Diciendo “haced esto”, instituye el sacerdocio ministerial, sin el cual no puede haber Iglesia. Sin sacerdotes no hay Eucaristía. La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente siempre y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Pero la escasez de sacerdotes está llevando a que cada vez más comunidades se vean privadas de la Eucaristía dominical. El pueblo creyente comienza a sentir la necesidad de los sacerdotes. Pero sólo una Iglesia verdaderamente agradecida y enamorada de la Eucaristía se preocupará de suscitar, acoger y acompañar las vocaciones sacerdotales. Y lo hará mediante la oración y el testimonio de santidad.

Y, finalmente, en esta tarde de Jueves Santo Jesús nos deja en herencia el mandamiento nuevo de amor. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). A continuación repetiremos el gesto de Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les enseña cómo debe ser el amor de sus discípulos y les propone el servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15).

Jesús establece una íntima relación entre la Eucaristía y el mandamiento del amor. No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de servir y amar al prójimo. “También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14). Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren, los necesitados, los desfavorecidos, los indefensos … es servicio de lavar los pies como Jesús. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella.

Jesús instituye la Eucaristía como manantial inagotable del amor. En ella está escrito el mandamiento nuevo del amor. El amor es la herencia más valiosa que Jesús nos deja a los cristianos. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera. En la hora del Banquete eucarístico, Cristo afirma la necesidad del amor, hecho entrega y servicio desinteresados. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”  (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don de la propia persona, sin reservas, a Dios y a los hermanos, como el mismo Señor. El Maestro mismo se ha convertido en un siervo, y nos enseña que el verdadero sentido de la existencia es la entrega desinteresada y el servicio por amor. El amor es el secreto del cristiano para edificar un nuevo mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

Jueves Santo es, por ello, el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, después de habernos unido realmente con Él en la comunión, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para vivir el mandamiento del amor. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado: en nuestra propia familia, entre nuestros vecinos, en el lugar de trabajo, en el pobre, enfermo o necesitado, en el forastero, en el inmigrante o en el refugiado. Eso sí, tendremos que salir de nosotros mismos y traspasar ese círculo en el que nos encierran la comodidad, el egoísmo, la indiferencia o los prejuicios. Si lo hacemos así, seremos discípulos de Cristo, imitaremos al mismo Dios que por amor supo salir de sí mismo para acercarse, entregarse y permanecer con nosotros. .

En la Eucaristía, la Cena que recrea y enamora, encontramos, hermanos, el alimento y la fuerza para salir a los caminos de la vida. Participemos en esta Eucaristía. Seamos signo de unidad y fermento de fraternidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Misa Crismal

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 21 de marzo de 2016

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Apo 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Hermanas y hermanos en el Señor.

La gracia y la paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (cf. Ap 1,5-6), sea con todos vosotros. Os saludo con afecto fraterno, en primer lugar, a vosotros queridos sacerdotes, a los Cabildos Catedral y Concatedral, a los Sres. Vicarios Episcopales; saludo también a los diáconos, a los seminaristas, a los miembros de la Vida Consagrada, a los seglares de Segorbe y de otras comunidades de la Diócesis, y a este grupo de jóvenes, que nos acompañan en esta Eucaristía singular. Nos encontramos reunidos en nuestra Catedral que es la Casa de Dios y nuestra casa: la casa del Pueblo de Dios que peregrina Segorbe-Castellón. Hemos venido y estamos aquí convocados por Jesucristo, a quien el Padre Dios ungió “con óleo de alegría” (Sal 45,8; Heb 1,9).

El mismo Cristo Jesús “ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes”(cf. Ap 1,6). Estas palabras del libro del Apocalipsis se refieren a todos los que por el bautismo hemos renacido a la alegría de una vida nueva.  Cristo ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes con un objetivo bien claro y preciso: “para su Dios y Padre”, al cual se debe la “gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Esta es la finalidad de nuestro sacerdocio bautismal: la gloria del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. El autor de la carta a los Efesios, después de exponer el proyecto de Dios sobre el hombre, afirma que este plan está destinado a la “alabanza de su gloria” (cf. Ef 1,6.12.14). Dios ha querido este proyecto de salvación para que se revele el esplendor de su misericordia. De este proyecto divino, Cristo es “el testigo fiel”, porque él es el primero que lo ha vivido y él es la culminación a la que aspira toda la creación.

Cristo Jesús es el primero que ha sido elegido y toda persona humana ha quedado bendecida en él con toda clase de bendiciones espirituales; en él todo ser humano ha sido predestinado antes de la creación del mundo a ser hijo de Dios en su Hijo (cf. Ef 1,3-5; Col 1,15-20). Él es la plenitud y perfección de todo, pues el Padre reúne en Cristo a la humanidad desintegrada por el pecado. Porque en Cristo está todo, él es “el testigo fiel”. En él conocemos al Dios invisible; en él se revela de modo definitivo el proyecto de gracia, pues él es la verdad (Jn 14,6). Dentro de este proyecto de gracia se entiende y realiza nuestro sacerdocio bautismal. Por la unción bautismal participamos en la consagración del Mesías y Señor, como hemos orado al comienzo de la celebración, pera ser “testigos de la redención”. Esta es nuestra verdadera grandeza, cualquiera que sea la aparente humildad de nuestro puesto y de nuestro servicio en la Iglesia.

 “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres” (Lc 4,18). Cuando Jesús, en la sinagoga de Nazaret, asegura que ‘hoy’ se cumple la antigua profecía, indica, a la vez, la forma cómo se cumple: se anuncia a los pobres una alegre noticia, se proclama a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, se proclama la libertad a los oprimidos, se proclama el año de gracia del Señor. Cristo realiza el proyecto del Padre, en primer lugar, a través del anuncio del Evangelio. De él nos viene, como escribe san Juan,“la gracia y la verdad”y “la verdad os (nos) hará libres” (Jn 1,37; 8, 38).  El hombre se ha perdido y se ha esclavizado, ante todo, a causa de que su razón se ofuscó y su corazón se entenebreció (cf. Rm 1,21). Esta cerrazón de la mente humana se refiere en primer lugar al conocimiento de Dios. Pablo describe la insensatez humana diciendo: “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto  a las criatura y no al Creador” (Rm 1,25).

La página profética y evangélica nos ayuda, por tanto, a responder a la pregunta más profunda: ¿qué debe saber el hombre sobre Dios? ¿Cuándo, dónde y en quién conoce el hombre el verdadero rostro de Dios? ¿Lo conoce como aquel que libera a los prisioneros, da la vista a los ciegos, concede la libertad a los oprimidos? La profecía en Cristo, porque él nos revela que el verdadero Dios es el que se interesa por el hombre, que lo ama con un amor entrañable, compasivo y misericordioso, que su gloria consiste en el que el hombre viva, que es Dios es Padre (cf. Jn 1,18).

El “hoy” de que habla el Evangelio no pasa, es permanente y actual: porque todos nosotros, los bautizados, hemos sido también ungidos y enviados; somos partícipes de la unción y misión de Cristo.  Hoy somos nosotros los testigos del proyecto de la salvación de Dios y los enviados a anunciar la buena noticia de la gracia y de la misericordia de Dios; hoy somos nosotros los que estamos llamados a realizar el servicio de la verdad que hace verdaderamente libres. Es hora que todos los bautizados sintamos que somos un reino de sacerdotes y que asumamos sin tardanza ni timideces la evangelización de nuestra sociedad.

Queridos hermanos y hermanas: esta solemne Misa Crismal toca el corazón mismo de nuestra Iglesia diocesana, que es en su misma esencia misionera, que ha sido convocada para ser enviada: la Misa Crismal nos recuerda que todos los bautizados participamos de la unción del Señor y que todos estamos enviados como él a evangelizar, a mostrar al mundo el rostro paterno y misericordioso de Dios. La unción bautismal es para la misión. Por eso, cuando consagramos el Santo Crisma con el que serán ungidos este año en toda la Diócesis los bautizados y confirmados, hemos de sentir que somos enviados a anunciar el Evangelio a los pobres, a abrir los ojos a los ciegos, a curar los corazones desgarrados, a liberar a los cautivos, a anunciar el año de gracia del Señor.

Sabemos que hoy son muchos los desafíos y las dificultades para la evangelización; el mundo nos abre cada día nuevos escenarios para el anuncio de Cristo; los desarrollos tecnológicos y sociales plantean posibilidades que no logramos aprovechar; los destinatarios de la evangelización se multiplican dentro y fuera de nuestra Iglesia. La mies es mucha; la mies es cada vez mayor. Pero pensemos en nosotros y en todos los que con nosotros pueden ser evangelizadores, pero no individualmente, sino como comunidad llamada a la misión. La pregunta sobre cómo evangelizar, cómo transmitir la fe hoy, se convierte así en una pregunta sobre nuestra Iglesia: ¿Qué dices de ti, Iglesia de Segorbe-Castellón, cómo te sitúas hoy ante el contexto sociocultural que te toca vivir? Urge interrogarnos con sinceridad ante Dios y ante nuestra conciencia: ¿Estamos evangelizando de verdad? ¿Somos capaces de salir de nosotros mismos y conectar con el mundo con un estilo nuevo y renovado ardor? ¿Estamos convencidos no sólo en la mente, sino sobre todo en nuestro corazón de que anunciar a Jesucristo y el Evangelio es el mejor regalo que podemos hacer a los demás? ¿Respaldamos nuestra palabra con el testimonio de unas comunidades fraternas y de un presbiterio reconciliado, fraterno y unido, que muestran que es posible amar con un amor verdadero? ¿Evangelizamos a partir de un testimonio humilde y alegre que brota de nuestra condición de verdaderos discípulos del Resucitado y del encuentro personal con Él?

Sólo un discipulado auténtico y una fraternidad vivida con sinceridad e intensidad nos permitirán ser testigos creíbles de Jesús en medio de nuestra mundo; sólo una Iglesia convertida y evangelizada será realmente una Iglesia evangelizadora y misionera; sólo una Iglesia consciente de la presencia del Resucitado será una Iglesia capaz de comunicar al mundo la fuerza de la salvación de Dios y la belleza de la fe en Cristo; sólo una Iglesia auténticamente fraterna será capaz de presentar el rostro amoroso de Dios que hace de sus hijos e hijas una familia. En estos propósitos no estamos solos: el Espíritu del Señor está sobre nosotros y nos unge para salir a la misión. Dejémonos, sin demoras, conducir por este Santo Espíritu, abramos nuestro corazón y seamos dóciles al Espíritu Santo.

Cristo no sólo anuncia el proyecto de Dios; Cristo realiza además completamente el proyecto del Padre en la total entrega de sí mismo en la Cruz:“nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre”(Ap. 1,5). Lo que acontece en la Cruz es lo que constituye el “hoy” en el cual esta Escritura se ha cumplido. Este hoy permanece y se hace siempre presente en cada Eucaristía. Así lo ha querido el Señor y por eso ha llamado a algunos ungidos para el sacerdocio común a una nueva unción que configura de nuevo al bautizado con Cristo.

La unción del sacramento del Orden hace partícipe de la condición de Cristo, buen Pastor, que da la vida, que se inmola por los demás. De esta manera, el sacerdocio ministerial alcanza su perfección en la celebración de la Eucaristía, a través de la cual se derrama la sangre que nos ha liberado de nuestros pecados. Por esa identidad con él, cuando nosotros celebramos la Eucaristía, cuando decimos con toda verdad “te ofrecemos, Padre, este sacrificio vivo y santo”; es decir, cuando ofrecemos al Padre a su Hijo unigénito, ponemos en movimiento una corriente de gracia y de salvación que llega incluso al que está lejos. La semilla de la Palabra, que cada día sembramos con fatiga y esperanza, puede caer en terrenos áridos y pedregosos, pero la eficacia salvadora de la Eucaristía va siempre más allá porque Cristo “nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre”.

Queridos sacerdotes: las palabras que estamos meditando conciernen a todos los bautizados, pero resuenan en nuestro corazón de modo específico y personal: “Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes”. Hoy celebramos con gozo y agradecimiento este acto de Cristo por el que nos ha constituido sacerdotes “para su Dios y Padre”. Celebramos el día natalicio de nuestro sacerdocio. El ha tenido su origen en una elección de Cristo que nosotros acogimos un día con generosidad y alegría. La historia de David, que nos ha recordado el Salmo, ilumina la nuestra cuando Dios dice: “He encontrado a David mi siervo, lo he ungido con mi óleo santo, mi mano está con él y mi brazo lo fortalecerá” (Sal 88,21). Cada uno de nosotros ha sido encontrado por el Señor; cada uno ha sido objeto de una especial predilección cuyo secreto guardamos en el alma; cada uno ha sido consagrado por el Espíritu Santo; cada uno ha sentido cómo su debilidad ha sido sostenida por la mano del Señor. Esto no es sólo para saberlo, sino para sentirlo en la más deliciosa e íntima alegría. También nosotros estamos ungidos “con óleo de alegría”.

Queridos sacerdotes: conozco bien las dificultades del ministerio que se nos ha confiado; veo día a día las pruebas que debemos superar en el mundo de hoy; no ignoro las tentaciones a las que está sometida la vida sacerdotal. Sin embargo, nada tan bello como entregarle la vida a Dios para que él la haga fecunda en su proyecto de salvación; nada más grande que usar la libertad que recibimos para prolongar el corazón de Cristo que se entregó en el amor hasta el extremo. La Eucaristía que celebramos nos llena de consuelo porque en medio de las luchas, cansancios y esperanzas de nuestro ministerio, experimentamos el amor misericordioso de Dios que nunca falla. Por eso, hoy y siempre resuenan en nuestro corazón las palabras del salmista:“Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”. Hoy y siempre, seguros de que la fidelidad y la gracia de Dios nos sostendrán, nos alegramos por la predilección que Cristo nos ha tenido al hacer de nosotros“un reino de sacerdotes para Dios, su Padre” y renovamos nuestras promesas sacerdotales.

La Misa Crismal es para el obispo y para los presbíteros un momento especial de gracia, en el que el Señor nos permite ver con los ojos y con el corazón la alegría de conformar esta Iglesia diocesana y este presbiterio, de sentirnos acompañados y apoyados los unos en los otros para la vida y el ministerio a los que hemos sido convocados, de percibir que el “hoy” de Nazaret se prolonga entre nosotros porque el Espíritu nos unge y nos envía. Demos gracias, pues, al Señor que nos permite celebrar esta Eucaristía, que nos lanza de nuevo a la misión con la unción del Espíritu Santo.

En esta Eucaristía damos gracias a Dios por el sacerdocio y por nuestros sacerdotes; personalmente y en nombre de nuestra Iglesia diocesana quiero una vez más dar gracias a Dios por vosotros, queridos sacerdotes: por vuestra fidelidad humilde, por vuestro trabajo abnegado, por vuestro cansancio pastoral, por vuestras manos llenas de callos, por vuestra generosidad silenciosa y, también, por vuestros sufrimientos. Contad en esta mañana y siempre con el reconocimiento, el apoyo, el afecto, la gratitud y la oración de vuestro obispo y de los fieles.

Demos gracias y oremos también por nuestros seminarios, por todos los que serán consagrados con estos óleos que vamos a bendecir. Recordemos a nuestros hermanos sacerdotes que están en dificultades, a los que sufren por la enfermedad, a los que no están hoy con nosotros y a los que han pasado ya a la casa del Padre, de modo especial, a Julio Silvestre Fornals y el P. Luis Rubio, OCD.

Queridos todos: oremos con fe por nuestros sacerdotes. Abramos de par en par el corazón para que nos llene el Espíritu de Dios, para que no nos cansemos de echar las redes obedientes a la palabra del Señor. Que veamos más la fuerza del Evangelio que los desafíos del mundo de hoy, que sobre nuestras debilidades y cansancios se imponga el amor de Dios. Queridos sacerdotes: entreguémonos de nuevo con humildad y gozo, reconociendo, como la Santísima Virgen María, que Dios hace obras grandes en nuestra pequeñez, si la ponemos en sus manos. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

S.I. Concatedral de Castellón y S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 20 de marzo de 2016

(Is 50, 4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Lc 22,14-26,56)

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Con alegría hemos salido con palmas y ramos al encuentro de Jesús, como lo hizo aquella masa de gente y discípulos en su entrada en Jerusalén. A él le hemos cantado: “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del señor, el Rey de Israel” (Lc 19). Con el recuerdo de aquella entrada de Jesús en Jerusalén, iniciamos la celebración de la Semana Santa: es la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, que tan hondamente han calado en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las procesiones y representaciones de la pasión son expresión del profundo arraigo de la fe cristiana y de sus misterios centrales entre nosotros. ¡No caigamos en la tentación de diluir su esencia y su identidad, y reducirlas a meras expresiones culturales o de interés turístico!

Dejemos que nuestra celebración de hoy avive nuestra fe en Cristo Jesús, el Hijo de David, el Mesías que viene en nombre del Señor. Así nos dispondremos convenientemente a recorrer con Jesús su camino pascual,  le acompañaremos estos días con fe viva y con devoción sincera, es decir lo traeremos no sólo a nuestras calles y plazas, sino ante todo a nuestra memoria y a nuestro corazón.

 Toda la celebración de este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor está centrada en Cristo y nos debe llevar Él. La Palabra de Dios conduce nuestra mirada a su persona y a su camino pascual. Cristo Jesús va a pasar, a través de su pasión y muerte, a la nueva vida. El es el Hijo de David que entra en Jerusalén, manso y humilde, para culminar su entrega redentora en la Cruz. Él es el Siervo de Yahvé, solidario con sus hermanos, que sufre y muere por nuestros pecados, y así salva a toda la humanidad. Como el Siervo de Dios, Jesús Nazareno no se retrae ante las dificultades en su misión, ni ante la persecución, golpes e insultos en su camino. La fidelidad a Dios y a los hombres, su fidelidad hasta el final a la misión recibida de Dios en favor de la humanidad hace que el Siervo de Yahvé permanezca firme en el sufrimiento, en la ignominia y en el aparente fracaso.

El Siervo de Dios con su suerte prefigura la de Cristo, el siervo humilde que no opuso resistencia a la voluntad el Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres. Él está seguro de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos. Él pone totalmente su confianza en Dios; una confianza que le permite ser fiel hasta el final (cfr. Is 50, 4-7). San Pablo nos dirá en su ‘himno’ en la carta a los Filipenses: Cristo, en su solidaridad con nosotros, se ha rebajado hasta la renuncia total de sí mismo y hasta la humillación de la muerte, y muerte en Cruz, pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (cfr. Filp 2, 6-11). Es la Pascua: el ‘paso’ por la muerte a la vida.

 El relato de la pasión de Lucas (22,14-26,56) da un paso más y nos ofrece la respuesta a la pregunta fundamental sobre la persona de Jesús: ¿Quién es Jesús?. Esta es la pregunta que nos hemos de hacer y responder hoy. En un tiempo en que avanza la increencia y la indiferencia religiosa, en estos tiempos de cristofobia y cristianofobia, en un tiempo en que tantos bautizados se alejan silenciosamente de su fe, ésta es la pregunta que debemos hacernos y debemos ayudar a que tantos otros se hagan estos días, especialmente nuestros jóvenes y visitantes.

La narración de la pasión de Lucas revela que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Jesús es verdadero hombre: en Getsemaní cae a tierra, “y en medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre” (Lc 22,44). Es la expresión dramática de la soledad y del dolor del ser humano ante la muerte. Y en un gesto de súplica y abandono, dirá “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42) y en la cruz dirá: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Es la expresión del Hijo, que ni tan siquiera en la muerte se siente olvidado por su Padre Dios. Jesús, verdadero Hijo de Dios, puede invocar a Dios, el Altísimo, llamándole Abba, Padre.

“Realmente este hombre era justo” (Lc 23,47), dirá el Centurión –un pagano- que lo ve morir de aquella manera. Con estas palabras el Centurión vislumbra que Jesús es más que un hombre, que es el Hijo de Dios, como nos relata Marcos.  Esta confesión del Centurión es el símbolo del paso desde incredulidad o desde la indiferencia agnóstica a la confesión de fe en Jesús, el Cristo; un camino que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al Crucificado.

Hemos escuchado en silencio el camino de Jesús hasta la cruz. Jesús se hace solidario con todo el dolor de la humanidad, fruto de los pecados de los hombres, y ha cargado con los pecados y el dolor de la humanidad ; pero también en Él Dios ha aceptado su entrega, su humildad, su amor y nos ha perdonado. Debemos preguntarnos si de verdad estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor el camino de la humildad, de la reconciliación, de la misericordia, del perdón y del amor. Es la senda que se manifiesta en un abandono confiado e incondicionado a la voluntad y a la misericordia del Padre. Sólo así, a los pies de la cruz, podrá renacer en nosotros una fe más viva y fuerte en Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios: un Dios tan enamorado de su criatura que acepta morir por amor. Nuestra vida, la de nuestros jóvenes, la de nuestras familias, la de nuestra sociedad necesita esta fe parar crear gestos que sólo el amor humilde es capaz de generar; gestos que transformen la realidad cotidiana en una manifestación del Reino de Dios.

¡En este Año de la misericordia, dejemos que Dios avive nuestra fe en Cristo Jesús, la misericordia encarnada de Dios, en estos días de Semana Santa!. No creemos en una historia del pasado, ni damos culto a unas tallas, por hermosas que estás sean. El centro de nuestra fe es una persona: creemos en Cristo Jesús, que se entrega por amor hasta la muerte por todos nosotros y por nuestros pecados; creemos en un Cristo Jesús que ha resucitado y vive para siempre, para que en Él también nosotros tengamos vida. Dejémonos encontrar por Él, dejémonos amar por Él, dejémonos perdonar y reconciliar por Él, dejemos que su vida transforme nuestras personas y nuestra vida. Abramos nuestro corazón a la Misericordia de Dios.

Hoy, en la procesión de palmas y ramos hemos acompañado a Jesús con cantos de alegría; y hemos mostrado que nos queremos encontrar con el Señor, seguirle y acompañarle en su Semana Santa hacia la Pascua. Acompañar a Cristo en su Semana Santa supone hacerlo en la muerte y en la resurrección, en el dolor y en la alegría, en la entrega y en el premio. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús; meditemos y oremos su misterio pascual; vivamos la Pascua en nuestra existencia, aceptando con fidelidad nuestro ser cristianos y alimentando una confianza absoluta en Dios, que es Padre lleno de amor, y cuyo última palabra no es la muerte, sino la vida, como en Jesús. Si le acompañamos a la cruz, también seremos partícipes de su nueva vida de Resucitado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Semana Santa, celebración de la fe cristiana

PlumaQueridos diocesanos:

De nuevo es Semana Santa, la semana más importante del año para todo cristiano y para toda comunidad cristiana. Esta semana es ‘santa’ porque ha sido santificada por los acontecimientos que celebramos en estos días: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Ellas son la prueba definitiva del amor de Dios a los hombres, manifestado en la entrega total de su Hijo hasta la muerte. Cristo nos redime así del pecado y de la muerte, y nos devuelve la vida de comunión con Dios y con los hombres: muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida. Un año más, la Iglesia nos convoca a conmemorar, contemplar y celebrar con fe viva esta verdad central de nuestra fe: el misterio pascual del Señor, el ‘paso’ confiado de Jesús hacia el Padre; el paso del Señor a la Vida a través del dolor y de la muerte. Leer más

El Sacramento de la Misericordia

PlumaQueridos diocesanos:

Durante la Cuaresma, la Palabra de Dios nos invita a la conversión de mente, de corazón y de vida a Dios. Este es el camino para prepararnos a celebrar con gozo la Pascua del Señor. El misterio de la redención de Cristo en la Cruz nos muestra que el amor de Dios es más fuerte que nuestro pecado. La contemplación del amor infinito de Dios en la muerte y en la resurrección de Cristo nos desvela nuestros propios pecados y, sobre todo, la misericordia infinita de Dios, siempre dispuesto al abrazo del perdón. En la Cruz, nos dice San Pablo, “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados” (2 Cor, 5, 19). Y, el mismo San Pablo nos exhorta: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5, 20).

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Los sacerdotes, enviados a reconciliar

PlumaQueridos diocesanos:

Por San José, todos los años celebramos “El Día del Seminario” el domingo más próximo. Al coincidir este año con el Domingo de Ramos, hemos adelantado su celebración al domingo anterior, el día 13 de marzo, V Domingo de Cuaresma. Lo haremos bajo el lema enviados a reconciliar por estar en el Año santo de la Misericordia. Los sacerdotes son, en efecto, enviados a reconciliar porque son ministros de la Misericordia de Dios en el nombre de Cristo Jesús. Leer más