Bautismo de dos jóvenes en Azuébar

La parroquia de San Mateo en Azuébar acogió el domingo pasado dos nuevas cristianas: Marta y Patricia, dos jóvenes de 20 años, recibieron los tres sacramentos de la iniciación cristiana, es decir, el bautismo, la confirmación y la Eucaristía. La comunidad cristiana, que vive y celebra su fe en una población que no llega a los 500 habitantes, vivió este acontecimiento con alegría. Una vez integradas en la Iglesia, no dudan en compartir su experiencia: “Si otros jóvenes se encuentran en las mismas circunstancias, que no duden en dar este paso; les va a ayudar mucho”.

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Sabores de trece países en la convivencia gastronómica de Migraciones

La cocina de trece países pudo saborearse en la Convivencia Gastronómica de este año, organizada por el Secretariado de Migraciones. Unas 130 personas se reunieron el domingo pasado en el Pinar del Grao de Castellón para compartir la comida típica de Perú, Colombia, Venezuela, Paraguay, Nigeria, R.D. Congo, Kenia, Mozambique, Madagascar, China, Malasia, India y España. Esta iniciativa pretende crear un espacio de conocimiento y valoración de los diversos colectivos que viven en la Diócesis.

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El desafío educativo

 

Queridos diocesanos:

El sábado, día 20, celebrábamos la Jornada preparatoria en nuestra Diócesis del Congreso Interdiocesano sobre educación, que tendrá lugar en Valencia el próximo mes de Octubre para todas las Diócesis de la Comunidad Valenciana. El Congreso bajo el lema: “La educación: un reto para la familia, la Iglesia y la sociedad”, está destinado a todos los interesados y preocupados por la educación de las nuevas generaciones, y en especial, a quienes estamos implicados en la hermosa tarea educativa, educandos y educadores;  a los padres, que son los “primeros y principales educadores de sus hijos” (GE, 3), así como a sacerdotes, catequistas, profesores, monitores de tiempo libre, entre otros. El Congreso tiene como finalidad reflexionar y sensibilizar sobre la educación hoy, sobre lo que es y significa educar, sus posibilidades y sus dificultades, sobre el modo de educar y sobre cómo complementarse para que la educación sea acorde y concorde en bien de nuestros hijos; queremos también mostrar la alegría de la tarea educativa, porque, pese a su dificultad, educar es amar.

Antes de nada, ¿qué es educar?. La educación no se puede limitar a la enseñanza o instrucción, a la adquisición de conocimientos o de habilidades. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir a los educandos fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del educando, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca. El testigo es el primero en vivir el camino que propone. Educar es, por lo tanto,  ayudar a alguien a ser per­sona; es ayudarle a descubrir e integrar su propia identidad como hombre o como mujer, a crecer en la libertad y en la responsabilidad basadas en la verdad, en el bien y en la belleza; es ayudarle a descubrir la razón de su ser en el mundo y el sentido de su existencia, para hacerle capaz de vivir en plenitud y con esperanza y de contribuir al bien de la comunidad y de la sociedad.

La tarea educativa nunca ha sido fácil. Sin embargo, la educación se ha convertido hoy en un verdadero problema. El papa Francisco habla del desafío educativo, como uno de  los fundamentales ante los que encuentran los padres, las familias -y el resto de los educadores-, que se hace más arduo y complejo por la realidad cultural actual y la gran influencia de los medios de comunicación y redes sociales (cf. AL, 84). El papa emérito, Benedicto XVI, acuño el término “emergencia educativa”,  para referirse a las dificultades que hoy encuentra todo educador a la hora de “transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento” debido a la fractura inter-generacional, el relativismo, el subjetivismo y la exaltación de la autonomía absoluta de la persona. En este contexto es muy ardua una auténtica formación de la persona humana, que le capacite para orientarse en la vida, para encontrar motivos para el compromiso y para relacionarse con los demás de manera constructiva, sin huir ante la dificultad y las contradicciones. En esta situación tanto los educadores se ven muchas veces desbordados y fácilmente tentados a abdicar de sus deberes educativos. Sin embargo, cada día sentimos más la necesidad de ayudar a nuestros hijos para que desarrollen globalmente su personalidad, incluidos los valores humanos y espirituales.

Es preciso retomar la idea de la formación integral, como propone el papa Francisco en el capítulo 7 de la Exhortación Amoris laetitia. La formación integral podríamos describirla como el proceso continuo, permanente y participativo que busca desarrollar armónicamente todas y cada una de las dimensiones del ser humano -ética, espiritual, cognitiva, afectiva-sexual, estética, corporal, comunicativa y trascendente-, a fin de lograr su realización plena.  Todas estas capacidades deben responder a las preguntas más profundas del ser humano. A la vista de todos está la necesidad y la urgencia de ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes a proyectar la vida según valores auténticos, que hagan referencia a una visión ‘alta’ del hombre. Para los cristianos, Jesús es el modelo educativo: sólo en Él se esclarece el misterio del hombre (cf. GS 22).

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilías del Obispo en las fiestas de Lledó, San Juan de Ávila y San Pascual

Relee las homilías que el Obispo,  Mons. Casimiro López Llorente, hizo en las fiestas de:

 

María, la Mare de Déu del Lledó.

“María es presencia de Dios y de su amor en nuestras vidas, en nuestros hogares, en nuestra Ciudad. Hoy nos acogemos de nuevo a su protección de Madre: a sus pies podemos acallar nuestras penas, en su regazo encontramos consuelo maternal y, bajo su protección y tras sus huellas, encontramos el aliento necesario para escuchar y seguir a su Hijo, para ser discípulos misioneros del Señor.”

 

San Juan de Ávila, patrono del clero secular.

“Animados por el espíritu de San Juan de Ávila deseamos manifestar hoy nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el camino de nuestro ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor; y con la Virgen María, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano.”

 

San Pascual Baylón, patrono de la Diócesis y de la ciudad de Vila-real.

“Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos de hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro amor a Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades parroquiales, eclesiales y de nuestras cofradías.”

 

Fiesta de San Pascual Baylón

HOMILIA EN LA FIESTA DE SAN PASCUAL BAYLÓN

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2017

 (Sof 2,3; 3, 12-13; Sal 33; 1 Cor 1,26-31; Mt 11, 25-30)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Jesús nos convoca un año más en tono a la mesa de la Eucaristía para honrar y venerar a San Pascual, nuestro santo patrono, al Patrono de Villarreal desde hace ya 100 años y al Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración de la Santa Misa, aquí en la Basílica, y a cuentos nos seguís desde vuestras casas, especialmente a los enfermos e impedidos.

Al celebrar la Fiesta de San Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios en la Eucaristía e hicieron de este amor vida en el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos vivos del Evangelio de Jesucristo.  No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo frío de la tradición. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos de hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro amor a Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades parroquiales, eclesiales y de nuestras cofradías.

La vida de Pascual no muestra ninguno de esos datos sobresalientes con los que se construye la fama humana. Y, sin embargo, pocos como él han gozado de una simpatía popular, tan arraigada y sentida, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, descendiente de modestos y cristianísimos padres.

Nacido en Torrehermosa en la Pascua de Pentecostés de 1540 -de ahí su nombre-, sus padres, Martín Bailón e Isabel Yubera, le infundieron una fe recia y una caridad desbordada hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen. Pascual era un joven austero y sacrificado, pero alegre y generoso para con los demás. Como por su oficio de pastor no podía asistir todos los días a la santa Misa, mientras ésta se celebraba se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio. Pasados los años emigró hacia el sur como pastor en tierras del Vinalopó; en Orito conoció a los franciscanos alcantarinos y, siguiendo la llamada de Dios, pidió ingresar en su Orden, de cuya familia formaría parte hasta morir aquí en Villarreal en 1592.

Pascual se nos presenta como el hombre sencillo y humilde, que amó a Jesucristo en la Eucaristía y a la Santísima Virgen con todo su corazón, y que, consagrado a Dios, amó a los pobres de una manera ejemplar hasta el final de su vida. Tres palabras impregnan la persona y vida de Pascual: humildad, Eucaristía y servicio.

Pascual fue un hombre humilde. El mundo valora los títulos, los honores, las carreras, el dinero, el prestigio, el poder. Pascual nos muestra que se puede llegar a ser grande -y no hay mayor grandeza que la santidad, la perfección del amor- siendo humilde, naciendo de una familia pobre y en un pueblo sencillo, dedicándose, primero, a la humilde tarea de pastor de unos rebaños y, después, como hermano lego a las tareas más humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

La humildad no es apocamiento, no es pusilanimidad, no es acobardamiento. La humildad es vivir en la verdad de uno mismo, que sólo se descubre en Dios. Dirá Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que no somos nada”. En tiempos de postverdad, no es fácil hablar de la verdad,  sin exponerse a ser tildado de fundamentalista o intolerante. Pero no sería buen obispo, si dejase de anunciar a Jesucristo que se ha definido a sí mismo como la Verdad: la verdad de Dios y sobre Dios, la verdad sobre el ser humano, cuyo misterio sólo se esclarece en Él (cf. GS). Al ser humano le cuesta aceptar esta verdad: que es criatura de Dios, que está hecho a imagen de Dios para alcanzar la semejanza con Dios y que sin Dios nada puede. Con frecuencia se endiosa y quiere ser como dios al margen de Dios, y quiere recrearse en contra y al margen de Dios. Y ahí comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en competencia con los demás a ver quien es más o quien aparenta más.

Los santos, como Pascual, sin embargo, nos sitúan en la verdad. En la verdad de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor. El hombre se hace precisamente grande al abrir su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. De ahí la llamada de Sofonías. “Buscad al Señor los humildes de la tierra” (Sof 2,3).

San Pascual quiso asemejarse a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, como lo hizo San Pascual. “Te doy gracias Padre, dice Jesús en el Evangelio, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos, y se las ha revelado a los pequeños”  (Mt 11, 25). La persona humilde y sencilla busca a Dios, y abre su mente y su corazón a Dios: y encuentra la verdad de si misma en Dios. Este es el camino hacia la libertad, hacia la felicidad y hacia la santidad: un camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

Pascual se caracteriza por su gran amor a Jesucristo en la Eucaristía. Ya desde niño amaba la Eucaristía porque lo había aprendido su casa, en su familia. Ya desde pequeñito su madre lo llevaba a la santa Misa. Si, queridos padres y hermanos todos. La fe y el amor a la Eucaristía se aprenden en casa, como san Pascual lo aprendió de sus padres. Y ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar.

En el Sacramento de la Eucaristía se hace y está real y permanentemente presente Jesucristo, muerto y resucitado para la vida del mundo. El Hijo eterno de Dios, enviado por el Padre para que vivamos por medio de Él, en la última cena tomó el pan, lo dio a los apóstoles y les dijo: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”; y lo mismo hizo con la copa: “Este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados”. Y después les dijo: “Haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía, Jesucristo está entre nosotros y se queda con nosotros, como amigo y como alimento, como presencia de Dios que llena toda nuestra vida, como fuente inagotable del amor.

San Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio. A El, que vivió este misterio con tanta hondura y tanta profundidad, le pedimos que nos conceda ese mismo amor a Cristo presente en el altar bajo las especies del pan y del vino, a Cristo presente en el sagrario en la Sagrada Hostia. En este sacramento, las especies del pan y del vino nos cubren o nos encubren su presencia; pero la fe penetra y descubre: !Dios está aquí¡. Hemos de creerlo, contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor. Así lo vivió San Pascual. Ante la Eucaristía se sentía profundamente conmovido. Su corazón se le llenaba de alegría de saber que estaba con Jesucristo, de saber que Jesucristo le amaba, de saber que Jesucristo en este sacramento se hace alimento de vida eterna, se hace presencia de amigo que nos acompaña  en el camino de la vida. A él le pedimos que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía como alimento para atraernos hacia sí, para unirse con nosotros, para darnos la vida misma de Dios.

Si uno es devoto de verdad de San Pascual Bailón, tiene que serlo de la Eucaristía. Pascual nos interpela a todos. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que nosotros caminemos por donde han caminado ellos. La Eucaristía es el bien más precioso, el tesoro más grande que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre.

Aún está fresca la profanación de la Eucaristía en la iglesia de Teresa. Un acontecimiento que nos ha llenado de dolor, como lo ha mostrado los actos de desagravio y de reparación en toda la Diócesis; y un hecho que nos debe interpelar a todos los católicos en nuestro aprecio de la Eucaristía y en nuestro piedad hacia el Santísimo Sacramento. ¿Cómo es nuestra fe en la Eucaristía cuando la asistencia a la Misa dominical es tan escasa? ¿Dónde estamos realmente hermanos cuando los padres no acuden a la Eucaristía con sus hijos, incluso cuando se están preparando para la primera comunión? No nos puede extrañar que para muchos niños sea la primera y la última Comunión. ¿Cómo preparamos a nuestros niños y cómo nos preparamos para recibir al Señor en la Comunión? ¿Y cómo lo recibimos: lo hacemos con fe, gratitud y devoción o los hacemos con indiferencia? ¿Somos conscientes de la presencia  real y permanente de Jesús sacramentado en el Sagrario? ¿No hay entre nosotros muchos sagrarios abandonados? Nos urge y mucho avivar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real de Cristo, de Dios mismo en la Eucaristía.

En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida. Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a una participación frecuente, activa, plena y fructuosa en la santa Misa, y a acercarnos a recibir la Comunión debidamente dispuestos; nos llevará también a estar con el Señor en el Sagrario, para adorarlo y beber del manantial permanente del amor. Sin Eucaristía no podemos existir como cristianos. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis 73).

Pascual, precisamente porque es humilde, se deja amar por Jesucristo en la Eucaristía y le ama con toda su alma, se entrega en el servicio a los pobres y a sus hermanos. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón esta cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace generoso y solidario con los demás. No sólo San Pascual; todos los santos son generosos y solidarios al entregarse y al darse. Porque, sabiéndose amados en desmesura por Dios en Cristo, acogen y viven el mandamiento nuevo de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 9).

San Pascual, en los oficios humildes que tuvo que realizar, vivía alegre y contento. Su alegría era Jesucristo, que le amaba. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces. El nos enseña a nosotros a ser generosos y caritativos con los pobres y necesitados de hoy. “Los pobres los tenéis entre vosotros” nos dice Jesús: pobres de pan, pobres de cultura, pobres de Dios. Pero se necesitan corazones generosos como el de San Pascual, como el de un buen cristiano para salir al paso de esas múltiples necesidades.

Celebremos este día de fiesta con sentido religioso. Nuestra fiesta es ante todo un acontecimiento del pueblo creyente, que mira hoy a san Pascual y pide a Dios ser, como él, humildes, amantes de la Eucaristía y servidores de los hermanos. Gocemos hermanos porque hombres como San Pascual nos estimulan en el camino de la vida; gocemos como, porque también como él, hoy tenemos en medio de nosotros el Santísimo Sacramento del altar. Cristo está presente en la Eucaristía como alimento de vida eterna, como compañero de nuestro camino, como salvación para todos los hombres. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 10 de mayo de 2017

(2 Cor 5,14-20; Sal 88; Jn 15, 9-17)

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Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas; hermanos todos en el Señor:

Un año más celebramos la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español. Al recordar hoy al Maestro de Avila y Apóstol de Andalucía queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo, vivió en el siglo XVI y murió en Montilla el 10 de mayo de 1569, donde yacen sus restos. Damos gracias a Dios tenerlo como Patrono principal del clero secular español y como ‘Doctor’ de la Iglesia universal.

Animados por el espíritu de San Juan de Avila deseamos manifestar hoy nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el camino de nuestro ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor; y con la Virgen María, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano. Como Obispo vuestro, hoy doy gracias a Dios por vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño que El través de nuestra Iglesia os ha confiado. El Señor ha estado grande con vosotros y en vosotros con nuestra Iglesia diocesana.

Especialmente damos gracias a Dios por los hermanos que hoy celebran sus bodas sacerdotales: por Miguel Antolí Guarch en sus Bodas de Diamante; por Manuel Blasco Járrega, José García Adelantado, Eduardo García Salvador, Miguel Ibáñez García, José Llopis Alcaide y Francisco Segarra Sanchis en su Bodas de Oro; por Albert Arrufat Prades y Eloy Villaescusa Mañas en sus Bodas de Plata; y por los neosacerdotes  Francisco Javier Phuc Pham Van y David Escoín Rubio. Vuestro Obispo y vuestros hermanos en el presbiterio os decimos: muchas felicidades, y le pedimos al Señor que os bendiga con su amor entrañable por la fatiga fecunda de vuestra siembra diaria al servicio del Evangelio.

Y por la intercesión de nuestro Santo Patrono suplico a Dios que nos conceda la gracia de la santidad a todos nosotros.

Sí, hermanos: La fiesta de San Juan de Ávila nos invita a dejar que el Espíritu de Dios reavive en nosotros la frescura de nuestra unción sacerdotal y alegría por el don recibido; que el mismo Espíritu infunda en nosotros el deseo de imitar a nuestro Patrono en nuestra existencia sacerdotal y en nuestro ministerio pastoral. Juan de Ávila es “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta. Él fue un hombre de estilo austero y de oración sosegada; son proverbiales la sabiduría de sus escritos y la prudencia de sus consejos, tanto a los principiantes como a los más adelantados en los caminos del Espíritu, como lo fueron Teresa de Jesús, Juan de Dios o Juan de Ribera. La recia personalidad del Maestro de Ávila, su amor entrañable a Jesucristo, su pasión por la Iglesia del Señor, su ardor pastoral y su entrega apostólica son estímulos permanentes para que vivamos con ardor creciente y fidelidad evangélica nuestro ministerio, para que seamos discípulos misioneros de Jesucristo y pastores santos del pueblo de Dios.

También a nosotros, los sacerdotes de hoy, Jesucristo nos llama a seguirle con la fidelidad evangélica de Juan de Ávila. En los momentos recios que nos ha tocado vivir necesitamos mantener vivo el fuego del don del Espíritu de nuestra ordenación; así nos iremos configurando cada día más con Jesucristo, el Buen Pastor y creciendo en la nuestra caridad, en el servitium amoris. Nuestra sociedad está necesitada de maestros del espíritu, de testigos gozosos de su experiencia de fe en el Señor Resucitado. Los sacerdotes jóvenes, los seminaristas, las futuras vocaciones, los niños y los jóvenes necesitan tener en nosotros, los sacerdotes mayores, referentes claros de pastores entregados, necesitan del acompañamiento de sacerdotes santos. Nuestra Iglesia, esta porción del Nuevo Pueblo de Dios en Segorbe-Castellón, está llamada a una conversión pastoral y misionera; nuestra Iglesia está llamada a dejarse renovar por el Espíritu del Señor para seguir con nuevo ardor en la tarea de la evangelización: y para ello es necesario el acompañamiento de sacerdotes santos.

“Para conseguir sus fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del evangelio en todo el mundo y de diálogo con el mundo moderno”, el Concilio Vaticano II nos “exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia”, nos esforcemos “por alcanzar una santidad cada día mayor, que (nos) haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo  de Dios” (PO 12).

También a Juan de Ávila le tocó vivir tiempos difíciles, incluso dramáticos: por todas partes se respiraba un ambiente de reforma, y las nuevas corrientes humanistas y de espiritualidad o la apertura a nuevos mundos interpelaban y cuestionaban a la Iglesia y su misión salvadora. El sabía que de la reforma de los sacerdotes y demás clérigos, dependía en gran medida la necesaria renovación de la Iglesia. En su memorial al Concilio de Trento decía: “Éste es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas exteriores o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

Pido a Dios en este día que nos conceda ese espíritu de entrega gozosa del Maestro Ávila que, en los tiempos duros del siglo XVI, supo vivir firme en la fe, alegre en la esperanza y apasionado en su caridad pastoral, sin arredrarse ante las dificultades. Que valoremos como un tesoro y vivamos con gozo nuestro sacerdocio, tantas veces atormentado por el neopaganismo, la indiferencia religiosa, el alejamiento progresivo de nuestros cristianos, por el laicismo militante y el relativismo. Nuestro tiempo, tan necesitado de una nueva y renovada evangelización, nos pide una fe adhesión total y confiada a Cristo, un amor apasionado por nuestra Iglesia, el testimonio de una existencia entregada al ministerio y una comunión sin fisuras en la fe y en la moral, en la disciplina y en la misión. No valen los maestros solamente; se necesitan ante todo los testigos. O maestros, porque son testigos de una vida entregada a Cristo en el servicio a los hermanos en el seno de la comunión de la Iglesia.

Nuestro ministerio sacerdotal tiene su fuente permanente en el amor de Cristo hacia nosotros, que se traduce en un amor entregado totalmente a Cristo y, en El, a quienes nos han sido confiados. El evangelio de hoy nos recuerda el diálogo de Jesús resucitado con Pedro:“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el corazón de nuestra existencia sacerdotal: amar al Buen Pastor de las ovejas y a las ovejas del Buen Pastor, hasta entregar la vida como El. Este amor se basa en la iniciativa misteriosa y gratuita del Señor, que llamó a los discípulos antes de nada “para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Él los hizo sus amigos amándolos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo es corresponder a su amor.

En medio de su trabajo apostólico, San Juan de Ávila era un hombre de estudio de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Su Biblioteca era abundante, actualizada y selecta, y dedicaba al estudio, con proyección pastoral, varias horas al día. Sin embargo, la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo, el encuentro personal con el Señor. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde se encendía el celo ardiente de su corazón.

La intimidad del sacerdote con Jesucristo se manifiesta y se alimenta en la oración y particularmente en la Eucaristía. La oración es para Juan de Ávila, condición imprescindible para ser sacerdote, porque ella en sí misma es apostólica: “que no tome oficio de abogar si no sabe hablar”, decía (Plática 2ª). Y en relación con la Eucaristía recordaba: “el trato familiar de su sacratísimo Cuerpo es sobre toda manera amigable… al cual ha de corresponder, de parte de Cristo con el sacerdote y del sacerdote con Cristo, una amistad interior tan estrecha y una semejanza de costumbres y un amar y aborrecer de la misma manera y, en fin, un amor tan entrañable, que de dos haga uno” (Tratado del Sacerdocio, 12).

Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos cuidar nuestra vida de oración y de contemplación, donde vayamos adquiriendo los mismos sentimientos de Cristo, donde vayamos aprendiendo a amar como el Señor. Junto al apoyo fraterno mutuo y la amistad sacerdotal, tenemos necesidad, hermanos, de entrar “en la escuela de la Eucaristía” y encontrar en ella el secreto contra la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior para nuestra fidelidad.

La contemplación del Buen Pastor que ha entregado su vida por amor, nos llevará a los sacerdotes a corresponderle en igual sentido: “si me amas, pastorea mis ovejas”. El santo Maestro de Ávila nos ha dejado ejemplo de ello. Hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. Su afán evangelizador, sus sermones caldeados de fuego apostólico, sus muchas horas de confesionario, su tiempo programado y dedicado al estudio, su preocupación por la vida espiritual y la formación permanente de los sacerdotes, la fundación y mantenimiento de colegios, sus iniciativas catequéticas, la dirección espiritual, su cartas: todo ello son muestras de esa entrega hasta el final de su vida, ya lleno de achaques. Una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

Si vivimos nuestro sacerdocio no con sentido funcionalista, sino como una progresiva configuración con Jesucristo, podremos superar el miedo ante los compromisos definitivos, y a vivir nuestro sacerdocio con entrega total y a tiempo pleno.

Como San Pablo sabemos bien que “llevamos en vasijas de barro este tesoro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros’ (2 Cor 4,7). Es verdad, hermanos: llevamos en nuestras manos un tesoro, el don, la luz de la Palabra y la vida divina que el Señor nos ha dado, pero la llevamos en vasijas de barro. No somos más que representantes, mensajeros del Señor; frágiles instrumentos de sus manos. Es verdad que en la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura presencia del pecado. ¡La fragilidad humana de los ministros ha empañado tantas veces el rostro de Cristo! Pero a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Dios en Cristo que actúa a través de su ministerio.

Somos frágiles; la fortaleza nos viene de Cristo que nos ama a pesar de nuestros pecados. Él nos sigue ofreciendo su misericordia, una misericordia que traspasa nuestras debilidades. San Juan de Ávila así lo entendió. En la santidad se avanza desde la humildad, desde el reconocimiento de nuestra pequeñez y desde la confianza en el amor que Dios derrama en nosotros y en las personas que nos rodean y nos han sido confiadas. Sólo quien se fía de Cristo, con sencillez y humildad, podrá manifestar una fuerza arrolladora que emana de su amor. El Reino de Dios nace en Cristo, desde Cristo y con Cristo. Nosotros somos ‘siervos inútiles’ que ofrecemos nuestra pequeñez para que Él sea reconocido, acogido, amado y seguido.

En este día de fiesta no olvidamos a los hermanos sacerdotes que nos han precedido en el Señor en el último año: al P. Javier Iraola Michelena, agustino, a Francisco Tormo Llopis, Bernardo Guerrero Moles y -ayer mismo. el P. José Maria Botella. A todos los encomendamos al Señor y le pedimos que premie todos sus desvelos apostólicos y les conceda la gloria para siempre. Y para todos para todos los sacerdotes de nuestro presbiterio le pido que nos conceda la gracia de vivir y crecer en el amor y celo apostólicos de San Juan Ávila. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio. ¡Que María nos acompañe y cuide de nosotros para que seamos fieles transparencia de su Hijo, el Buen Pastor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón