Envío diocesano de catequistas y profesores de religión

S. I. Concatedral, Castellón de la Plana, 28 de septiembre de 2017

(Ag 1,1-8; Sal 149; Mt 28,16-21)

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Amados todos en el Señor, queridos sacerdotes, catequistas y profesores:

El Señor nos ha convocado para celebrar la Eucaristía, centro de la vida y misión de la Iglesia, de todo cristiano y también de vosotros, catequistas y profesores de religión y moral católica. En breve recibiréis a través de mis manos el encargo de catequizar en las parroquias o de enseñar en su nombre y en el de la Iglesia la religión y moral católica en la escuela de iniciativa pública o social, concertada o no concertada; esta celebración os debe llevar a todos a adquirir una conciencia más viva de vuestra condición de enviados por Cristo y por su Iglesia.

Un año más hemos querido hacer el envío conjuntamente para catequistas y profesores de religión, porque unos y otros participáis de un modo especial del ministerio de la Palabra que Jesús confía a sus apóstoles y sus sucesores, y a la Iglesia; y porque, aunque desempeñáis vuestra tarea en ámbitos distintos, todos lo hacéis dentro del proceso unitario de la iniciación cristiana y de la trasmisión de la fe cristiana: cooperáis así con la gracia de Dios a que se vayan generando verdaderos cristianos, es decir discípulos misioneros del Señor y miembros de una Iglesia viva y misionera; por ello unos y otros debéis hacerlo de un modo coordinado, es decir acordes y concordes en vuestra tarea, en comunión afectiva y efectiva con Cristo y con la Iglesia.

La Palabra de Dios que hemos proclamado ilumina algunos aspectos de nuestra celebración y de vuestra misión. En el Evangelio, Jesús nos decía: “Id y haced discípulos a todos los pueblos bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. (Mt 16, 21).Yo lo resumiría en tres palabras: envío, tarea y promesa.

En primer lugar está el envío a la misión. Los Apóstoles, discípulos predilectos y cualificados de Jesús, recibieron un día de Cristo Jesús la misión de proclamar en su nombre y con su autoridad la Buena Nueva; una misión que se continúa en la Iglesia del Señor en el ministerio apostólico. Vosotros sois enviados como discípulos para cooperar en este ministerio y misión apostólicos. “Id”, dice Jesús a sus Apóstoles y hoy os lo dice a vosotros. Y en palabras del profeta Ageo, en la lectura de hoy, os dice “construid el templo”, construid la Iglesia, educad en la fe y la vida cristiana, llevad al encuentro personal con Jesús, la piedra angular sobre la que construye el edificio de la comunidad eclesial. Permitidme profundizar con vosotros un poco en este envío eclesial.

Antes de ser enviados a la misión, los Apóstoles han conocido a Jesús, han aprendido a amarle y han caminado con él; es decir: se han convertido en discípulos del Señor:  creen en Jesús, lo aman y lo siguen: viven prendidos y enamorados de Aquel que los envía como el Padre lo envió a Él: Él es el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el enviado por Dios Padre y el Ungido por Dios Espíritu para anunciar la Buena nueva. Como a los Apóstoles en su momento, Jesús nos invita a estar con Él, a intimar con Él, a conocerlo, a amarlo, a vivir unidos a Él, para poder comunicarlo a los demás. El alimento del enviado es hacer siempre la voluntad de Aquel que lo envió, como el Hijo, hace la voluntad del Padre movido por el Espíritu Santo. Ese es el alimento básico de todo discípulo misionero, de todo catequista y profesor de religión: vivir unido con la mente, el corazón y la vida a Cristo, que os envía a través de su Iglesia; esta unión a Cristo y a su cuerpo, la Iglesia, ha fundamentar y alimentar vuestro trabajo diario, vuestras preocupaciones, vuestros anhelos, vuestra existencia personal y vuestra esperanza en la dificultad.

Además, quien es enviado no actúa en nombre propio sino en nombre de Cristo y de su Iglesia, en la que Cristo sigue presente y actuante. Lo que el enviado ha de ofrecer y transmitir no son sus ideas, ni sus opiniones, sino a Cristo y su Evangelio. Es Cristo mismo quien ha de ser anunciado y transparentado por el enviado; es la enseñanza de Cristo mismo, la Buena Nueva, sus actitudes, sus sentimientos, su vida y su obra liberadora y salvadora, tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia bajo de la guía de los Obispos en comunión con el Papa; esto lo que habéis de transmitir y llevar a quien el Señor y la Iglesia pone en vuestras manos.

En segundo lugar: la tarea. Esta no es otra sino: “haced discípulos a todos los pueblos bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Por eso San Pablo insiste a su discípulo Timoteo en que proclame la Palabra, es su tarea de evangelizador, ese es su ministerio y el vuestro. No se trata sólo de transmitir una doctrina sino de transmitirle a Cristo, la Palabra, para ayudar a los catequizandos y alumnos a ser discípulos del Señor. Esto comienza con el encuentro personal con Él, ayudándoles a conocer a Jesús, sus palabras y sus caminos y mandamientos, a seguirle en su vida, a insertarse vitalmente en su Iglesia, en su vida y su misión. En una palabra a ser cristianos de verdad, discípulos misioneros del Señor: Él es el Camino, la Verdad y la Vida

Y, por último, la promesa. “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El enviado a la misión en la catequesis o en la escuela no sólo actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia, sino que es el mismo Cristo quien actúa a través de él. El Espíritu Santo actúa a través de sus palabras, de sus gestos, de sus actitudes y de su cercanía. El nunca está solo.

Ante la indiferencia ambiental y de muchos padres, ante la falta de interés del alumnado y ante las dificultades legislativas, administrativas y culturales podéis sentir la tentación del desaliento, o de sentiros solos. No, queridos catequistas y profesores. No estáis solos: Jesucristo os acompaña, os conforta y os alienta por la fuerza del Espíritu y la cercanía de su Iglesia. Él, que es más grande y más fuerte,  está con, en y sobre vosotros inspirándoos las palabras qué debéis decir y las explicaciones que tenéis que dar. Su fuerza persuasiva y efectiva actúa a través de vosotros.

Para sentir esa presencia es precisa una adhesión personal y firme a Cristo que nos ayuda a brillar por dentro e iluminar por fuera en la catequesis o en el ambiente escolar. En este sentido, un catequista o profesor de religión y moral Católica debe cuidar su vivencia interior de fe, su vida de oración y la participación en los sacramentos, su vinculación a la Iglesia y su conducta exterior. Un enviado por Jesús a través de su Iglesia, en misión eclesial y al servicio de los educandos, no puede hacerse ilusiones acerca del éxito. “No es el siervo mayor que su amo, ni el enviado más que aquel que lo envía”.

Como los apóstoles de la primera hora, también hoy, en el siglo XXI, os encontraréis a menudo con la indiferencia ante la fe, tendréis a veces la sensación de extrañeza en el entorno escolar e, incluso, puede que experimentéis una cierta minusvaloración o incluso menosprecio de vuestra tarea. Esta, en formas diferentes a lo largo de la historia, es una nota propia de los seguidores de Jesús y los enviados por la Iglesia. Pero no tengáis miedo. Vuestra misión no se basa en el éxito fácil e inmediato, sino en la fuerza de la gracia de Dios y en vuestra fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Vuestro encargo no es recolectar, sino sembrar.

Con todo no estáis solos. No os faltará la presencia alentadora del Señor en forma de consuelo, de gozo y de paz. Contaréis con la fortaleza del Espíritu Santo y del acompañamiento de la Iglesia. El acompañamiento de vuestros sacerdotes, los encuentros periódicos en las Delegaciones, los diálogos con los delegados, las reuniones con otros catequistas o profesores y el aliento de vuestro Obispo y, sobre todo, el trato asiduo con el Señor os confortarán en vuestra misión.

Que la Virgen, la Madre del Señor, os aliente y acompañe a lo largo de todo este curso escolar recién comenzado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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