San Vicente Conferencia

El ‘Bona gent’ de San Vicente contiene la esencia de su predicación

‘Bona gent’. Así comenzaba su predicación San Vicente Ferrer hace 600 años. Pero esta expresión no es anecdótica. Según el dominico Vicente Botella contiene la esencia de la predicación del santo valenciano. Lo explicó ayer, martes 23 de abril, en la primera conferencia de los actos adjuntos a la exposición La Llum de la Memòria dedicada al Jubileo Vicentino en la parroquia jubilar de Castellón. El tema de la ponencia ha sido “San Vicente, hombre de la palabra y de palabra”.

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Homilía en el Domingo de Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 21 de abril de 2019

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(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

Amados todos en el Señor!

¡Jesucristo ha resucitado!

1. “!Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado! Aleluya”. Es la Pascua de resurrección: “el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Hoy es el día que hizo el Señor, la fiesta de todas las fiestas. Por eso cantamos con toda la Iglesia el aleluya pascual. Hoy es el día en que el Señor nos llama a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa. El mismo Señor resucitado, vencedor de la muerte, nos invita a la acción de gracias y a la alabanza.

Jesús, el Cristo, vive, porque ha resucitado. Jesús no es una figura del pasado, que vivió y murió, dejándonos su recuerdo, su doctrina y su ejemplo. No, hermanos: Aquel, a quien acompañábamos en su dolor, en su muerte y en su entierro el Viernes Santo, vive, porque ha resucitado. No te trata de una vuelta a esta vida terrena, para volver a morir. No: Cristo ha pasado en cuerpo y alma, a la vida gloriosa e inmortal: a la Vida misma de Dios. Esta es la gran Noticia de este Domingo de Resurrección. Cristo ha resucitado. Su resurrección es la prueba de que Dios ha aceptado la ofrenda, el sacrificio, de su Hijo Jesús por nosotros y por nuestros pecados. En él hemos sido salvados: “Muriendo destruyo nuestra muerte, y resucitando restauró la vida” (SC 6).

La resurrección de Jesucristo es la manifestación suprema de Dios, de su amor misericordioso para con su creatura, para con toda la humanidad y la creación entera. En la resurrección de Jesús se revela con infinita claridad el verdadero rostro de Dios: Dios es amor, y crea por amor y para la Vida. Su misma Vida es nuestro destino final.

Del sepulcro vació a la fe en la resurrección

2. Cierto que ni los apóstoles ni los demás discípulos del Señor esperaban la resurrección de Jesús. Las mujeres fueron en la madrugada del primer día de la semana a embalsamar con aromas el cuerpo de Jesús. La losa retirada, el sepulcro vacío, la presencia del ángel y el anuncio de que Jesús ha resucitado produjeron en las mujeres sorpresa (cf. Mc 16, 8). María Magdalena quedó sorprendida al ver retirada la losa del sepulcro, y corrió enseguida a comunicar la noticia a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,1-2). Los dos van corriendo hacia el sepulcro y Pedro, entrando en la tumba vio “las vendas en el suelo y el sudario… en un sitio aparte” (Jn 6-7); después entró Juan, y “vio y creyó”. Es el primer acto de fe de la Iglesia naciente en Cristo resucitado, provocado por la solicitud de una mujer y por la señal de las vendas encontradas en el sepulcro vacío.

Dios se sirve de personas y cosas sencillas para iluminar a los discípulos que “pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: qué él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 6,9); ni recordaban que Jesús mismo les había predicho su resurrección. Pedro, cabeza de la Iglesia, y Juan “el discípulo a quien Jesús amaba” tuvieron el mérito de recoger las ‘señales’ del resucitado: la noticia traída por la mujer, el sepulcro vacío y los lienzos depuestos en él. Superadas la sorpresa y las dudas iniciales, todos los discípulos acabaron creyendo.

La resurrección del Señor, su paso a una vida gloriosa e inmortal es un hecho real, sucedido en nuestra historia; no es la invención de unas pobres mujeres ni es el fruto de la credulidad o del fracaso de los discípulos de Jesús. Para creer, todos, salvo el discípulo amado, tuvieron que encontrarse con el Resucitado. Una vez resucitado, Jesús salió al encuentro de sus discípulos: se les apareció, se dejó ver y tocar por ellos, caminó, comió y bebió con ellos. A Tomás, que dudaba de lo que le decían sus compañeros, Jesús le invitó a tocar las llagas de sus manos y meter su mano en la hendidura de su costado. Y Tomás creyó que el Resucitado era el mismo que el Crucificado: “Señor mío, y Dios mío”, exclamó (Jn 20,28).

Después de la resurrección, los discípulos se encontraron personalmente y en grupo con el Señor. Fue un encuentro real, con una persona viva, y no una fantasía. Fue un encuentro profundo que tocó lo más profundo de su ser; y pasaron de la tristeza a la alegría, de la decepción a la esperanza, del miedo a los judíos a mostrarse ante ellos como los discípulos de Jesús. Toda su vida quedó transformada; todas las dimensiones de su existencia cambiaron de raíz: su pensar, su sentir y su actuar. Este encuentro los movilizó y los impulsó a contar lo que habían visto y experimentado; y lo hicieron con temple y aguante, sin miedo a las amenazas, a la cárcel e incluso a la muerte. Este encuentro con el Señor resucitado fue tan fuerte que hizo de ellos la comunidad de discípulos misioneros del Señor, y puso en marcha un movimiento que nada ni nadie podrá ya parar. Los Apóstoles serán, ante todo, testigos de la resurrección del Señor (cf. Hech 10,39-41).

Creer personalmente en el Señor resucitado

3. ¡Cristo ha resucitado! Esta Buena Noticia resuena hoy en medio de nosotros con nueva fuerza; no pertenece al pasado sino que es tremendamente actual. El Señor resucitado es el Viviente; Él sale como entonces a nuestro encuentro y nos ofrece la posibilidad de dejarnos encontrar por Él y dejarnos transformar por Él, como antaño sucedió con sus discípulos. ¿Cómo sucede esto, hermanos? Creyendo firmemente en la Palabra de Dios, que hemos proclamado. La Palabra de Dios de este día nos invita a creer en Dios y nos invita a creer a Dios; nos llama a fiarnos de su Palabra, a confiar en el testimonio de quienes fueron ante todo testigos de la resurrección del Señor hasta derramar su sangre: un testimonio que nos llega en la cadena ininterrumpida de la fe de la Iglesia. Esta Palabra de Dios nos invita y nos exhorta a aceptar con fe personal y a confesar que Jesús de Nazaret, el hijo de Santa María Virgen, muerto y sepultado, ha resucitado de entre los muertos.

En esta misma Eucaristía, el Señor resucitado se hace presente y sale a nuestro encuentro: es Él mismo quien nos habla, celebra con nosotros el misterio pascual y nos invita al banquete pascual. También la procesión del Encuentro será una ayuda a encontrarnos de manos de María con su Hijo resucitado. Dejémonos encontrar por él. Porque solo así, nuestra alegría pascual será verdadera y completa.

Partícipes ya de la Pascua por el Bautismo

4. Pero es más: hermanos. Cristo no sólo ha resucitado, sino que nos ha hecho partícipes de su resurrección por nuestro bautismo. “Ya habéis resucitado con Cristo” (Col 3, l), nos recuerda San Pablo en su carta a los Colosenses. Por el Bautismo participamos ya de la Pascua del Señor, hemos pasado con Cristo de la muerte del pecado a la vida de Dios (cf. Rom 6, 3-4). Por el bautismo hemos renacido a la nueva vida de los Hijos de Dios: lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre nos ha acogido amorosamente como a su Hijo y nos ha hecho partícipes de la nueva vida resucitada de Jesús.

Así quedamos vitalmente y para siempre unidos al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo, y, a la vez, unidos a la familia de los creyentes, es decir, a la Iglesia. Por ello, unidos a Cristo por nuestro bautismo debemos vivir las realidades de arriba (Col 3, l), donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Para el cristiano, la vida no puede ser un deambular sin rumbo por este mundo; el cristiano ha de plantear su vida desde la resurrección, con los criterios propios de la vida futura. Somos ciudadanos del cielo (Ef 2, 6), y caminamos hacia el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre (cfr Ef 1, 20; Heb 1,3).

Por ello celebraremos en verdad la Pascua si nos abandonamos en el Señor, que nos ha dado “una identidad nueva”: la identidad de nuestro ser de bautizados. Seamos agradecidos a Dios por el don que Él nos ha dado. Ante la indiferencia religiosa que nos circunda, ante las mofas cada vez más frecuentes hacia los cristianos católicos necesitamos vivir con verdadero gozo y fidelidad nuestra condición de hijos de de Dios, de discípulos de Cristo y de hijos de nuestra madre Iglesia. La alegría de este día nos invita reavivar nuestra condición de cristianos mediante el reencuentro con el Resucitado. Los apóstoles recobraron la alegría y el ánimo cuando se encontraron con el Señor resucitado. Sí, hermanos: ¡Cristo ha resucitado! Por eso es bello, es hermoso ser cristiano en el seno de la comunidad de los creyentes. Ninguna tristeza, ningún dolor, ninguna contrariedad pueden quitarnos esta certeza: Jesucristo vive y con Él todo es nuevo en mí, en nuestra Iglesia y en el mundo.

Testigos de la Resurrección

5. Confesar y celebrar de verdad la Pascua del Señor y nuestra propia Pascua en el bautismo piden vivir como Jesús vivió, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”; piden vivir como Jesús nos mandó. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2).

De la fe en la resurrección surge un hombre nuevo, que ya no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él. Sólo el encuentro y la unión con el Señor resucitado transformarán nuestra vida, como ocurrió con los Doce y con Pablo. Este encuentro nos hará sus testigos para vivir y proclamar con audacia, con firmeza y con perseverancia la Buena Noticia de la resurrección del Señor. Nada ni nadie podrán impedir al verdadero creyente el anuncio de Cristo resucitado y de su resurrección, Vida para el mundo y la creación entera: ni los intentos de recluir la fe cristiana al ámbito privado o de la conciencia, ni las amenazas o castigos de las autoridades, ni la increencia o la indiferencia
ambiental, ni la incomprensión de muchos, ni la vergüenza de tantos bautizados de confesarse cristianos.

Quien vive “en el mundo”, debe orientar hacia Dios las realidades terrenas, con verdadera alegría; y quien se ha consagrado a Dios, debe vivir para Él, sirviéndole en los hermanos. Nadie puede considerarse ‘resucitado con Cristo’, si vive para sí mismo (cf. Rom 14, 7). A todos los cristianos nos apremia la caridad de Cristo resucitado, Vida para el mundo, ante una cultura de la muerte que se extiende como una mancha de aceite y se alienta desde leyes contrarias a la vida humana, que debe ser respetada desde su misma concepción hasta su muerte natural, de la dignidad y respeto de toda persona humana. Ante tanta mentira y demagogia demos testimonio alegre y esperanzado del triunfo de la Vida sobre la muerte, de la Verdad del ser humano frente a la mentira sobre su origen y destino.

6. Celebremos con fe y alegría la Pascua del Señor. Acojamos con alegría a Cristo resucitado. Vivamos con gozo la resurrección de Jesús en nuestra vida. Dejémonos transformar por Cristo resucitado por la participación en esta Eucaristía, memorial de su muerte y de su resurrección del Señor. Seamos testigos de su Paz en nuestra vida. ¡Feliz Pascua de Resurrección¡ Amén.

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Lecturas y evangelio del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

PRIMERA LECTURA. Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23
R. Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R.

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R.

SEGUNDA LECTURA. Colosenses 3, 1-4

Hermanos:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Aleluya Cf. 1 Cor 5, 7b-8a
R. Aleluya, aleluya, aleluya

Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascual en el Señor. R.

EVANGELIO. Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

Homilía en la Vigilia Pascual

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 20 de abril de 2019 

Amados todos en el Señor:

1. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado” (Lc
24,1-12).

Este es el anuncio de aquellos dos hombres con vestidos refulgentes a las mujeres que habían acudido al sepulcro de madrugada para llevar los aromas a la tumba de Jesús. Esta es la gran noticia de cada año en esta Noche Santa de Pascua: Cristo ha resucitado. Es la Pascua del Señor: Cristo Jesús ha pasado a través de la muerte a la Vida de Dios. Cristo Jesús ha pasado a una nueva y definitiva existencia. El Señor vive para siempre. Esta es la razón de esta Vigilia Pascual, la fiesta cristiana por excelencia ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos por porque el Señor ha resucitado.

El evangelio de hoy nos recuerda que las mujeres, al llegar al sepulcro, quedaron desconcertadas al ver corrida la piedra corrida del sepulcro y no encontrar dentro el cuerpo del Señor Jesús. Despavoridas quedaron impresionadas cuando oyeron las palabras de aquellos ángeles de Dios: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado” (v.5). Ellas se lo contaron a los Once y a todos los demás. Pero ellos, Pedro incluido, no creyeron el testimonio de las mujeres, no creyeron el anuncio pascual. Es más; “lo tomaron por un delirio” (v.11); en su corazón reinaba la duda, la tristeza y la
desilusión por la muerte del Maestro amado; se sentían unos fracasados.

Hay en el Evangelio un detalle, sin embargo, que marca un cambio: Pedro, “se levantó y fue corriendo al sepulcro” (Lc 24,12). Pedro no se quedó sentado en casa como los demás; no se dejó atrapar por la atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías. Pedro buscó a Jesús. Prefirió la vía del encuentro y de la confianza y, tal como estaba, se levantó y corrió hacia el sepulcro, de dónde regresó “admirándose de lo sucedido” (v.12). Este fue el comienzo de su fe en la resurrección del Señor. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón. Y lo mismo se nos dice también a nosotros en esta noche santa: “No busquéis entre los muertos al que vive. Cristo ha resucitado”. Cristo vive y camina delante de nosotros; nos llama a dejarnos encontrar por Él, a seguirle y a encontrar así también nosotros el camino de la Vida, de la alegría y de la esperanza.

Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la Vida si permanecemos tristes y sin esperanza, encerrados en nuestras dudas y nuestros miedos. Abramos a Dios nuestro corazón para que
Jesús entre y lo llene de Vida. No caigamos en la trampa de ser cristianos sin alegría y sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y como si nuestros problemas fueran el centro de la vida. No permitamos que la oscuridad y los miedos se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del ángel: el Señor ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra alegría y de la esperanza cristianas, que no son simple optimismo ni una hermosa invitación a tener ánimo. La alegría y la esperanza cristianas son un don que Dios nos da si salimos de nosotros mismos, nos abrimos a él, nos dejamos amar y encontrar por Él en el Señor resucitado.

2. ¿Cómo podemos alimentar nuestra alegría y nuestra esperanza?

La liturgia de esta noche nos propone hacer memoria de las obras de Dios en la historia de la humanidad, en la historia de la Salvación y en nuestra propia historia personal. Las lecturas nos han narrado el amor de Dios creador y salvador y su fidelidad eterna con el ser humano, con la creación, con el Pueblo elegido y la historia de su amor con cada uno de nosotros. En el Evangelio de hoy los ángeles invitan a las mujeres a hacer memoria: “Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea” (v.6). Hacer memoria de las palabras de Jesús, hacer memoria de todo lo que Dios ha hecho en nuestra vida. No olvidemos su Palabra y sus obras; hagamos memoria del Señor, de su bondad y de sus palabras de vida que nos han conmovido.

Es la Pascua del Señor: Dios “ha pasado” y pasa por la vida de los hombres desde la misma creación para mostrarnos que Dios es amor, que nos ama y quiere nuestra vida; este mismo Dios, en la plenitud de los tiempos “ha hecho pasar” a Jesús de la muerte a la Vida; y “ha pasado”, por nuestras vidas para liberarnos de nuestras esclavitudes y miserias, para llevarnos a la Vida nueva de Dios por el Bautismo. Hay muchos signos del amor de Dios en nuestra vida; el mayor es nuestro Bautismo. Sí, hermanos. En la Pascua no sólo cantamos la resurrección del Señor; su resurrección nos concierne a cada uno de nosotros, tiene que ver con cada uno de nosotros, los bautizados. Nos lo ha recordado San Pablo: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4).

La Pascua de Cristo es por ello también nuestra propia Pascua. Por ello, ¿qué mejor ocasión que la Vigilia pascual para incorporar al misterio pascual de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de esta niña –Jimena-, de recordar nuestro propio bautismo y de renovar con corazón agradecido nuestras promesas bautismales. La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que esta niña va a recibir, son esas palabras de San Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa ser incorporados a la Pascua del Señor, pasar con Cristo de la muerte del pecado a la vida de Dios y en Dios. Como esta niña en esta noche Santa, como nosotros un día, por el bautismo renacemos a la nueva vida de la familia de los hijos de Dios: lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre nos acoge amorosamente y para siempre como a sus hijos amados en el Hijo y nos inserta en la nueva vida resucitada de Jesús.

Como nosotros un día, así también, vuestra hija, queridos padres, quedará esta noche vitalmente y para siempre unida al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo en el seno de la familia de Dios. A partir de hoy y para siempre será hija amada de Dios en su Hijo, Jesucristo, y, a la vez, hermana de cuantos formamos la familia de los hijos Dios, es decir, la Iglesia. Como al resto de los bautizados, Dios y la familia de la Iglesia de Dios, en que hoy queda insertada, no la abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta familia es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia no la abandonará incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de su vida. Esta
familia le brindará siempre consuelo, fortaleza, aliento, luz, esperanza, alegría y acompañamiento; le dará palabras de vida eterna, esas palabras de esperanza que iluminan y responden a los grandes desafíos de la vida e indican el camino exacto a seguir hasta la casa del Padre.

Vuestra hija recibe hoy una nueva vida: es la vida misma de Dios, es la vida eterna, germen de felicidad plena y eterna. La comunión con Cristo es vida y amor eternos, más allá de la muerte, y, por ello, es motivo de esperanza. Esta vida nueva y eterna, que hoy recibe vuestra hija y que hemos recibido todos los bautizados, es un don que ha de ser acogido, vivido y testimoniado personalmente. Los padres y padrinos, haciendo las promesas bautismales diréis, en su nombre, un triple compromiso: diréis “no” a Satanás, el padre y príncipe del pecado, a sus obras y a sus seducciones al mal, para vivir en la libertad
de los hijos de Dios; es decir, en su nombre renunciaréis y diréis ‘no’ a lo que no es compatible con la amistad que Cristo le da y ofrece, a lo que no es compatible con la vida verdadera en Cristo. Pero, ante todo, en la profesión de fe, diréis un ‘sí’ a la amistad con Cristo Jesús, muerto y resucitado, que se articula en tres adhesiones: un ‘sí’ al Dios vivo, es decir a Dios creador, que sostiene todo y da sentido al universo y a nuestra vida; un ‘sí’ a Cristo, el Hijo de Dios que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; y un ‘sí’ a la comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo y
en nuestra vida.

¡Que el amor por vuestra hija, que mostráis hoy al presentarla para que reciba el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadle y ayudadle con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio a vivir y proclamar la nueva vida que hoy recibe! ¡Enseñadle y ayudadle a encontrarse personalmente con Jesús para conocerle, amarle y vivir tras sus huellas! ¡Enseñadle y ayudadle a vivir en la comunión de la familia de Dios, como hija de la Iglesia, a la que hoy queda incorporada, para que participe de su vida y de su misión! ¡Enseñadle a vivir la alegría del Evangelio que brota de la experiencia de ser amada personalmente por Dios! ¡Apoyadle para que comparta con
otros la alegría del Evangelio!

3. También nosotros, los ya bautizados, recordamos hoy el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales, por las que decimos ‘no’ a Satanás, a sus obras y seducciones para vivir la libertad de los hijos de Dios, y hacemos la profesión de fe en Dios Padre, creador de todo, en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo, y en el Espíritu Santo que nos une y mantiene en la comunión de la Iglesia. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del nuestro bautismo y alegría del encuentro con Cristo resucitado, fundamento de nuestra esperanza.

San Pablo nos exhorta a que “andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos con la ayuda de la gracia la nueva vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!. Fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y para llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “!El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

+ Casimiro Lopez Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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¡Es Pascua de Resurrección!

 

           

Queridos diocesanos:

Durante la Cuaresma hemos peregrinado hacia la Pascua de Resurrección. La Semana Santa nos ha conducido al Triduo Pascual, en el que hemos celebrado la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Las tres son inseparables. El Jesús que padeció y murió, ha resucitado y vive para siempre. Todo ha sucedido por el amor inmenso de Dios hacia nosotros y hacia nuestro mundo, para el perdón de nuestros pecados y por nuestra salvación eterna. Para muchos bautizados, sin embargo, la Pascua es algo del pasado, sin significado ni trascendencia alguna para la vida presente y futura, personal, comunitaria o social. Muchos de nuestros cristianos se quedan en las procesiones de estos días o sólo llegan hasta la Pasión y Muerte de Jesús en el Viernes Santo.

Pascua es el paso de Jesús por la muerte a la vida gloriosa. Sin resurrección, la pasión y la muerte serían la expresión de un fracaso. Pero no: ¡Cristo ha resucitado! No se trata de una vuelta a esta vida para volver a morir, sino del paso a nueva forma de vida, gloriosa y eterna. Tampoco es una ‘historia piadosa’, fruto de la fantasía de unas mujeres crédulas o de la profunda frustración de sus discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real, que sucede una vez y para siempre. El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. Jesucristo vive ya glorioso y para siempre. Las mujeres y los mismos Apóstoles, desconcertados en un primer momento ante la tumba vacía, aceptan el hecho real de la resurrección; se encuentran con el Resucitado y comprenden el sentido de salvación de la resurrección a la luz de las Escrituras. En la mañana del primer día de la semana, cuando fueron a embalsamarlo, el cuerpo de Jesús, muerto y sepultado tres días antes, ya no estaba en la tumba; no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado.

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Don Casimiro: “El Viernes Santo es un día de intenso dolor, pero transido de esperanza”

El Obispo de Segorbe-Castellón ha celebrado los oficios del Viernes Santo en la Catedral de la capital del Alto Palancia y ha explicado en la homilía que la solemnidad de hoy supone “un día de intenso dolor, pero un dolor transido de esperanza. En el centro de la Liturgia de este día está el misterio de la Cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente”. Leer más

Lecturas y evangelio del Viernes Santo en la Pasión del Señor. Ayuno y abstinencia.

PRIMERA LECTURA. Isaías 52, 13-53, 12

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho.

Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito.

¿Quién creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor?

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza.

Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado.

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.

Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará de su estirpe?

Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron.

Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento.

Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre.

Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25
R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos;
me ven por la calle, y escapan de mi.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil. R

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano están mis azares;
líbrame de los enemigos que me persiguen. R.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor. R.

SEGUNDA LECTURA. Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9

Hermanos:

Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de la fe.

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.

Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presento oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aún siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que lo obedecen en autor de salvación eterna.

Versículo Cf. Flp 2, 8-9

V: Cristo se ha hecho por nosotros obediente
hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exalto sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.

EVANGELIO

Pasión de nuestro Señor Jesucristo
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1-19, 42

¿A quién buscáis? A Jesús, el Nazareno

Cronista:

En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:

+ – «¿A quién buscáis?»

C. Le contestaron:

S. – «A Jesús, el Nazareno».

C. Les dijo Jesús:

+ – «Yo soy».

C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles:«Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:

+ – «¿A quién buscáis?»

C. Ellos dijeron:

S. – «A Jesús, el Nazareno».

C. Jesús contestó:

+ – «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mi, dejad marchar a estos».

C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:

+ – «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».

 

Llevaron a Jesús primero a Anás

C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».

Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:

S. – «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».

C. Él dijo:

S. – «No lo soy».

C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacia frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.

El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.

Jesús le contestó:

+ – «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».

C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:

S. – «¿Así contestas al sumo sacerdote?».

C. Jesús respondió:

+ – «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?»

C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.

¿No eres tú también de sus discípulos? No lo soy

C. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:

S. – «¿No eres tú también de sus discípulos?»

C. Él lo negó, diciendo:

S. – «No lo soy».

C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:

S. – «¿No te he visto yo en el huerto con él?»

C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.

 

Mi reino no es de este mundo

C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:

S. – «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?»

C. Le contestaron:

S. – «Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».

C. Pilato les dijo:

S. – «Lleváoslo vosotros y juzgadIo según vuestra ley».

C. Los judíos le dijeron:

S. – «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».

C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.

Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:

S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Jesús le contestó:

+ – «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mi?».

C. Pilato replicó:

S. – «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».

C. Jesús le contestó:

+ – «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

C. Pilato le dijo:

S. – «Entonces, ¿tú eres rey?»

C. Jesús le contestó:

+ – «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

C. Pilato le dijo:

«Y, ¿qué es la verdad?»

C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:

S. – «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».

C. Volvieron a gritar:

S. – «A ése no, a Barrabás».

C. El tal Barrabás era un bandido.

 

¡Salve, rey de los judíos!

C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:

S. – «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Y le daban bofetadas.

Pilato salió otra vez afuera y les dijo:

S. – «Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».

C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:

S. – «He aquí al hombre».

C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:

S. – «¡Crucifícalo, crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. – «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».

C. Los judíos le contestaron:

S. – «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».

C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asusto aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:

S. – «¿De dónde eres tú?».

C. Pero Jesús no le dio respuesta.

Y Pilato le dijo:

S. – «¿A mi no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».

C. Jesús le contestó:

+ – «No tendrías ninguna autoridad sobre mi, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

¡Fuera, fuera; crucifícalo!

C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:

S. – «Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».

C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.

Y dijo Pilato a los judíos:

S. – « He aquí a vuestro rey».

C. Ellos gritaron:

S. – «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».

C. Pilato les dijo:

S. – «¿A vuestro rey voy a crucificar?».

C. Contestaron los sumos sacerdotes:

S. – «No tenemos más rey que al César».

C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

 

Lo crucificaron, y con él a otros dos

C. Tomaron a Jesús, y cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».

Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:

S. – «No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Soy el rey de los judíos”».

C. Pilato les contestó:

S. – «Lo escrito, escrito está».

Se repartieron mis ropas

C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:

S. – «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».

C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.

Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:

+ – «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

C. Luego, dijo al discípulo:

+ – «Ahí tienes a tu madre».

C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Está cumplido

C. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura dijo:

+ – «Tengo sed».

C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:

+ – «Está cumplido».

C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

 

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

Y al punto salió sangre y agua

C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran, Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Envolvieron el cuerpo de Jesús en los lienzos con los aromas

C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nícodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Monseñor López Llorente: “No hay Eucaristía sin Iglesia ni Iglesia sin Eucaristía”

El Obispo de Segorbe-Castellón ha celebrado la Santa Misa “in Coena Domini” en la Catedral de Segorbe y ha centrado su homilía en la Eucaristía, que es el objetivo pastoral fijado por Monseñor López Llorente para el presente curso. Don Casimiro ha afirmado que “la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia, de nuestra Iglesia diocesana, de cada comunidad cristiana, de toda familia cristiana y de todo cristiano. No hay Eucaristía sin Iglesia, pero, antes aún, no hay Iglesia, ni comunidad cristiana, ni familia cristiana ni cristiano sin Eucaristía”. Leer más