El Obispo exhorta a las “rosarieres” a ser transmisoras misioneras de la fe

La Asociación Hijas de María del Rosario ha concluido sus fiestas anuales con gran satisfacción por la cantidad de actos y el fervor vivido por las “rosarieres”. Este año las celebraciones marcan el inicio de 200 aniversario de la refundación de la entidad, adscrita a la Arciprestal San Jaime de Vila-real. Mons. Casimiro López Llorente presidió la eucaristía de las casadas, el pasado domingo 13 de octubre, e invitó a transmitir la fe en respuesta tanto al mes del Rosario como al Misionero extraordinario convocado por el Papa. Al final de la Misa, se homenajeó a Concepción Bertrán Parra, asociada que el mes que viene cumple 100 años.

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Don Casimiro: “La Virgen del Pilar nos invita a fiarnos de Dios”

Monseñor López Llorente ha celebrado hoy en la catedral de Segorbe la Santa Misa de la festividad de la Virgen del Pilar en la que ha afirmado que María nos invita a creer, a fiarnos de Dios. Tras saludar a las autoridades presentes, el obispo de la Diócesis ha centrado su homilía en tres palabras: arca, pilar y fe. Leer más

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El Domingo mundial de las misiones

Queridos diocesanos:

El domingo, 20 de octubre, celebraremos el Domingo mundial de las misiones, el Domund. Este año será dentro del mes extraordinario misionero, convocado por el Papa Francisco para este mes de octubre. El Papa desea así impulsar en los bautizados el compromiso por la misión en todo el mundo. El Domund de este año debería tener entre nosotros un carácter extraordinario, en su preparación y en su celebración.

El Domund es una ocasión privilegiada para que todos bautizados tomemos conciencia de la permanente validez del mandato misionero de Jesús: “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19). Este mandato y este envío valen para todos los bautizados, porque la misión atañe a todos los cristianos, a todas las Diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales. Francisco nos invita a orar y reflexionar sobre la missio ad gentes, es decir, sobre la misión que Jesús nos ha encomendado a todos los cristianos de todos los tiempos de anunciar y llevar a Jesucristo a quienes no lo conocen. Para preparar el Domund de este año os ruego que en esta semana previa pidamos personalmente a Dios por la misión, las misiones y los misioneros; y a las parroquias y otras comunidades y movimientos eclesiales les pido que tengan momentos especiales de reflexión sobre la misión y momentos de oración comunitaria, vigilias de oración y de adoración ante Santísimo Sacramento para pedir por la misión y las misiones.

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Lectura y evangelio de la festividad de la Bienaventurada Virgen María del Pilar y homilía de san Juan Pablo II en Zaragoza

LECTURA. Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2

En aquellos días, David congregó en Jerusalén a todo Israel, para subir el Arca del Señor al lugar que le había preparado. Reunió también a los hijos de Aarón y a los levitas. Luego los levitas levantaron el Arca de Dios tal como había mandado Moisés por orden del Señor: apoyando los varales sobre sus hombros.

David mandó a los jefes de los levitas emplazar a los cantores de sus familias con instrumentos musicales – arpas, cítaras y platillos – para que los hiciesen resonar, alzando la voz con jubilo. Llevaron el Arca de Dios y la colocaron en el centro de la tienda que David le había preparado. Ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión de Dios. Cuando David acabó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en nombre del Señor.

Salmo: Sal 26, 1. 3. 4. 5

R. El Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo. R.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R.

Él me protegerá en su tienda el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca. R.

Aleluya Sal 39, 3d. 4a

R. Aleluya, aleluya, aleluya

Afianzó mis pies sobre roca
me puso en la boca un cántico nuevo. R.

EVANGELIO. Lucas 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío
levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

HOMILÍA DE SAN JUAN PABLO II EL 6 DE NOVIEMBRE DE 1982

Queridos hermanos en el Episcopado, queridos hermanos y hermanas:

1. Los caminos marianos me traen esta tarde a Zaragoza. En su viaje apostólico por tierras españolas, el Papa se hace hoy peregrino a las riberas del Ebro. A la ciudad mariana de España. Al santuario de Nuestra Señora del Pilar.

Veo así cumplirse un anhelo que, ya antes deseaba poder realizar, de postrarme como hijo devoto de María ante el Pilar sagrado. Para rendir a esta buena Madre mi homenaje de filial devoción, y para rendírselo unido al Pastor de esta diócesis, a los otros obispos y a vosotros, queridos aragoneses, riojanos, sorianos y españoles todos, en este acto mariano nacional.

Peregrino hasta este santuario, como en mis precedentes viajes apostólicos que me llevaron a Guadalupe, Jasna Góra, Knock, Nuestra Señora de África, Notre Dame, Altötting, La Aparecida, Fátima, Luján y otros santuarios, recintos de encuentro con Dios y de amor a la Madre del Señor y nuestra.

Estamos en tierras de España, con razón denominada tierra de María. Sé que, en muchos lugares de este país, la devoción mariana de los fieles halla expresión concreta en tantos y tan venerados santuarios. No podemos mencionarlos todos. ¿Pero cómo no postrarnos espiritualmente, con afecto reverente ante la Madre de Covadonga, de Begoña, de Aránzazu, de Ujué, de Montserrat, de Valvanera, de la Almudena, de Guadalupe, de los Desamparados, del Lluch, del Rocío, del Pino?

De estos santuarios y de todos los otros no menos venerables, donde os unís con frecuencia en el amor a la única Madre de Jesús y nuestra, es hoy un símbolo el Pilar. Un símbolo que nos congrega en Aquella a quien, desde cualquier rincón de España, todos llamáis con el mismo nombre: Madre y Señora nuestra.

2. Siguiendo a tantos millones de fieles que me han precedido, vengo como primer Papa peregrino al Pilar, como signo de la Iglesia peregrina de todo el mundo, a ponerme bajo la protección de nuestra Madre, a alentaros en vuestro arraigado amor mariano, a dar gracias a Dios por la presencia singular de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia en tierras españolas y a depositar en sus manos y en su corazón el presente y futuro de vuestra nación y de la Iglesia en España. El Pilar y su tradición evocan para vosotros los primeros pasos de la evangelización de España.

Aquel templo de Nuestra Señora, que, al momento de la reconquista de Zaragoza, es indicado por su obispo como muy estimado por su antigua fama de santidad y dignidad; que ya varios siglos antes recibe muestras de veneración, halla continuidad en la actual basílica mariana. Por ella siguen pasando muchedumbres de hijos de la Virgen, que llegan a orar ante su imagen y a venerar el Pilar bendito.

Esa herencia de fe mariana de tantas generaciones, ha de convertirse no sólo en recuerdo de un pasado, sino en punto de partida hacia Dios. Las oraciones y sacrificios ofrecidos, el latir vital de un pueblo, que expresa ante María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe mariana.

Porque en esa continuidad religiosa la virtud engendra nueva virtud. La gracia atrae gracia. Y la presencia secular de Santa María, va arraigándose a través de los siglos, inspirando y alentando a las generaciones sucesivas. Así se consolida el difícil ascenso de un pueblo hacia lo alto.

3. Un aspecto característico de la evangelización en España, es su profunda vinculación a la figura de María. Por medio de Ella, a través de muy diversas formas de piedad, ha llegado a muchos cristianos la luz de la fe en Cristo, Hijo de Dios y de María. ¡Y cuántos cristianos viven hoy también su comunión de fe eclesial sostenidos por la devoción a María, hecha así columna de esa fe y guía segura hacia la salvación!

Recordando esa presencia de María, no puedo menos de mencionar la importante obra de San Ildefonso de Toledo “Sobre la virginidad perpetua de Santa María”, en la que expresa la fe de la Iglesia sobre este misterio. Con fórmula precisa indica: “Virgen antes de la venida del Hijo, virgen después de la generación del Hijo, virgen con el nacimiento del Hijo, virgen después de nacido el Hijo” (S. Ildefonso de Toledo, De verginitate perpetua Sanctae Mariae, 1: PL 96, 60).

El hecho de que la primera gran afirmación mariana española haya consistido en una defensa de la virginidad de María, ha sido decisivo para la imagen que los españoles tienen de Ella, a quien llaman “la Virgen”, es decir, la Virgen por antonomasia.

Para iluminar la fe de los católicos españoles de hoy, los obispos de esta nación y la misma comisión episcopal para la Doctrina de la Fe recordaban el sentido realista de esta verdad de fe (cf. Nota, 1 de abril de 1978). De modo virginal, “sin intervención de varón y por obra del Espíritu Santo” (Lumen gentium, 63), María ha dado la naturaleza humana al Hijo eterno del Padre. De modo virginal ha nacido de María un cuerpo santo animado de un alma racional, al que el Verbo se ha unido hipostáticamente.

Es la fe que el Credo amplio de San Epifanio expresaba con el término “siempre Virgen” (Denz.-Schön., 44) y que el Papa Pablo IV articulaba en la fórmula ternaria de virgen “antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto” (Ibid., 1880). La misma que enseña Pablo VI: “Creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado” (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 30 e junio de 1968). La que habéis de mantener siempre en toda su amplitud.

El amor mariano ha sido en vuestra historia fermento de catolicidad. Impulsó a las gentes de España a una devoción firme y a la defensa intrépida de las grandezas de María, sobre todo en su Inmaculada Concepción. En ello porfiaban el pueblo, los gremios, cofradías y claustros universitarios, como los de esta ciudad, de Barcelona, Alcalá, Salamanca, Granada, Baeza, Toledo, Santiago y otros. Y es lo que impulsó además a trasplantar la devoción mariana al Nuevo Mundo descubierto por España, que de ella sabe haberla recibido y que tan viva la mantiene.

Tal hecho suscita aquí, en el Pilar, ecos de comunión profunda ante la Patrona de la Hispanidad. Me complace recordarlo hoy, a diez años de distancia del V centenario del descubrimiento y evangelización de América. Una cita a la que la Iglesia no puede faltar.

4. El Papa Pablo VI escribió que “en la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de El” (Marialis cultus, 25). Ello tiene una especial aplicación en el culto mariano. Todos los motivos que encontramos en María para tributarle culto, son don de Cristo, privilegios depositados en Ella por Dios, para que fuera la Madre del Verbo. Y todo el culto que le ofrecemos, redunda en gloria de Cristo, a la vez que el culto mismo a María nos conduce a Cristo.

San Ildefonso de Toledo, el más antiguo testigo de esa forma de devoción que se llama esclavitud mariana, justifica nuestra actitud de esclavos de María por la singular relación que Ella tiene con respecto a Cristo: “Por eso soy yo tu esclavo, porque mi Señor es tu hijo. Por eso tú eres mi Señora, porque tú eres la esclava de mi Señor. Por eso soy yo el esclavo de la esclava de mi Señor, porque tú has sido hecha la madre de tu Señor. Por eso he sido yo hecho esclavo, porque tu has sido hecha la madre de mi Hacedor” (S. Ildefonso de Toledo, De verginitate perpetua Sanctae Mariae, 12: PL 96, 106).

Como es obvio, estas relaciones reales existentes entre Cristo y María hacen que el culto mariano tenga a Cristo como objeto último. Con toda claridad lo vio el mismo San Ildefonso: “Pues así se refiere al Señor lo que sirve a la esclava; así redunda al Hijo lo que se entrega a la Madre; así pasa al rey el honor que se rinde en servicio de la reina” (S. Ildefonso de Toledo, De verginitate perpetua Sanctae Mariae, 12: PL 96, 108). Se comprende entonces el doble destinatario del deseo que el mismo Santo formula, hablando con la Santísima Virgen: “Que me concedas entregarme a Dios y a Ti, ser esclavo de tu Hijo y tuyo, servir a tu Señor y a Ti” (Ibid.: PL 96, 105.

No faltan investigadores que creen poder sostener que la más popular de las oraciones a María —después del “Ave María”— se compuso en España y que su autor sería el obispo de Compostela, San Pedro de Mezonzo, a finales del siglo X; me refiero a la “Salve”.

Esta oración culmina en la petición “Muéstranos a Jesús”. Es lo que María realiza constantemente, como queda plasmado en el gesto de tantas imágenes de la Virgen, esparcidas por las ciudades y pueblos de España. Ella, con su Hijo en brazos, como aquí en el Pilar, nos lo muestra sin cesar como “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). A veces, con el Hijo muerto sobre sus rodillas, nos recuerda el valor infinito de la sangre del Cordero que ha sido derramada por nuestra salvación (cf. 1P 1, 18s.; Ef 1, 7). En otras ocasiones, su imagen, al inclinarse hacia los hombres, acerca a su Hijo a nosotros y nos hace sentir la cercanía de quien es revelación radical de la misericordia (cf. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 8), manifestándose así, Ella misma, como Madre de la misericordia (cf. Ibid., 9).

Las imágenes de María recogen así una enseñanza evangélica de primordial importancia. En la escena de las bodas de Caná, María dijo a los criados: “Haced lo que El os diga” (Jn 2, 5). La frase podría parecer limitada a una situación transitoria. Sin embargo, como subraya Pablo VI (cf. Marialis cultus, 57), su alcance es muy superior: es una exhortación permanente a que nos abramos a la enseñanza de Jesús. Se da así una plena consonancia con la voz del Padre en el Tabor: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle” (Mt 17, 5).

Ello amplía nuestro horizonte hacia unas perspectivas insondables. El plan de Dios en Cristo era hacernos conformes a la imagen de su Hijo, para que El fuera “el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29). Cristo vino al mundo “para que recibiéramos la adopción” (Ga 4, 5), para otorgarnos el “poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Por la gracia somos hijos de Dios y, apoyados en el testimonio del Espíritu, podemos clamar: Abba, Padre (cf. Rm 8, 15s.; Ga 4, 6s). Jesús ha hecho, por su muerte y resurrección, que su Padre sea nuestro Padre (cf. Jn 20, 17).

Y para que nuestra fraternidad con El fuera completa, quiso ulteriormente que su Madre Santísima fuera nuestra Madre espiritual. Esta Maternidad, para que no quedara reducida a un mero título jurídico, se realizó, por voluntad de Cristo, a través de una colaboración de María en la obra salvadora de Jesús, es decir, “en la restauración de la vida sobrenatural de las almas” (Lumen gentium, 61).

5. Un padre y una madre acompañan a sus hijos con solicitud. Se esfuerzan en una constante acción educativa. A esta luz cobran su pleno sentido las voces concordes del Padre y de María: Escuchad a Jesús, haced lo que El os diga. Es el consejo que cada uno de nosotros debe tratar de asimilar, y del que desde el comienzo de mi pontificado quise hacerme eco: “No temáis; abrid de par en par las puertas a Cristo”.

María, por su parte, es ejemplo supremo de esta actitud. Al anuncio del ángel responde con un sí incondicionado: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Ella se abre a la Palabra eterna y personal de Dios, que en sus entrañas tomará carne humana. Precisamente esta acogida la hace fecunda: Madre de Dios y Madre nuestra, porque es entonces cuando comienza su cooperación a la obra salvadora.

Esa fecundidad de María es signo de la fecundidad de la Iglesia (Lumen gentium, 63 s). Abriéndonos a la Palabra de Cristo, acogiéndole a El y su Evangelio, cada miembro de la Iglesia será también fecundo en su vida cristiana.

6. El Pilar de Zaragoza ha sido siempre considerado como el símbolo de la firmeza de fe de los españoles. No olvidemos que la fe sin obras está muerta (cf. St 2, 26). Aspiremos a “la fe que actúa por la caridad” (Ga 5, 6). Que la fe de los españoles, a imagen de la fe de María, sea fecunda y operante. Que se haga solicitud hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, marginados, minusválidos, enfermos y los que sufren en el cuerpo y en el alma.

Como Sucesor de Pedro he querido visitaros, amados hijos de España, para alentaros en vuestra fe e infundiros esperanza. Mi deber pastoral me obliga a exhortaros a una coherencia entre vuestra fe y vuestras vidas. María, que en vísperas de Pentecostés intercedió para que el Espíritu Santo descendiera sobre la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 14), interceda también ahora. Para que ese mismo Espíritu produzca un profundo rejuvenecimiento cristiano en España. Para que ésta sepa recoger los grandes valores de su herencia católica y afrontar valientemente los retos del futuro.

7. Doy fervientes gracias a Dios por la presencia singular de María en esta tierra española donde tantos frutos ha producido. Y quiero finalmente encomendarte, Virgen Santísima del Pilar, España entera, todos y cada uno de sus hijos y pueblos, la Iglesia en España, así como también los hijos de todas las naciones hispánicas.

¡Dios te salve María,
Madre de Cristo y de la Iglesia!
¡Dios te salve,
vida, dulzura y esperanza nuestra!

A tus cuidados confío esta tarde
las necesidades de todas las familias de España,
las alegrías de los niños, la ilusión de los jóvenes,
los desvelos de los adultos, el dolor de los enfermos
y el sereno atardecer de los ancianos.

Te encomiendo la fidelidad
y abnegación de los ministros de tu Hijo,
la esperanza de quienes se preparan para ese ministerio,
la gozosa entrega de las vírgenes del claustro,
la oración y solicitud de los religiosos y religiosas,
la vida y empeño de cuantos trabajan por el reino de Cristo en estas tierras.

En tus manos pongo la fatiga
y el sudor de quienes trabajan con las suyas;
la noble dedicación de los que transmiten su saber
y el esfuerzo de los que aprenden;
la hermosa vocación de quienes con su ciencia
y servicio alivian el dolor ajeno;
la tarea de quienes con su inteligencia buscan la verdad.

En tu corazón dejo los anhelos de quienes,
mediante los quehaceres económicos,
procuran honradamente la prosperidad de sus hermanos;
de quienes, al servicio de la verdad,
informan y forman rectamente la opinión pública;
de cuantos, en la política, en la milicia,
en las labores sindicales o en el servicio del orden ciudadano,
prestan su colaboración honesta
en favor de una justa, pacífica y segura convivencia.

Virgen Santa del Pilar:
Aumenta nuestra fe,
consolida nuestra esperanza,
aviva nuestra caridad.

Socorre a los que padecen desgracias,
a los que sufren soledad, ignorancia,
hambre o falta de trabajo.

Fortalece a los débiles en la fe.

Fomenta en los jóvenes la disponibilidad
para una entrega plena a Dios.

Protege a España entera y a sus pueblos,
a sus hombres y mujeres.
Y asiste maternalmente, oh María,
a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad.
Así sea.

Viaje apostólico a España. Celebración de la palabra y acto mariano nacional. Zaragoza, 6 de noviembre de 1982.

El Obispo inicia en Castellón el encuentro con los arciprestazgos para impulsar los objetivos pastorales

Para poder impulsar con mayor eficacia los objetivos del Plan Diocesano de Pastoral y los diversos retos que se plantean este curso en la Diócesis, Mons. Casimiro López Llorente anunció en la Jornada Diocesana de Apertura del Curso Pastoral que se reuniría con los sacerdotes por arciprestazgos. El primer encuentro se ha realizado esta mañana, viernes 11 de octubre, con las párrocos de Castellón Norte.

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Carta pastoral al inicio de curso 2019-2020

La Caridad en la vida del cristiano y de la comunidad parroquial

Queridos diocesanos: sacerdotes, diáconos, religiosos/as y laicos.

1. Saludo e introducción.

Os saludo de corazón a todos en el Señor Jesús cuando nos disponemos a comenzar un nuevo curso pastoral, un nuevo hito en nuestro caminar como Iglesia peregrina de Segorbe-Castellón al servicio de la evangelización. Jesús nos invita de nuevo a salir a la misión. Su mandato sigue vivo y actual. Como entonces, Él nos dice hoy: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20). Esta misión es lo que nos identifica como cristianos, como parroquias y comunidades cristianas, y como Iglesia diocesana.

Puede que estemos cansados de la brega misionera y un tanto desalentados por la aparente o real escasez de la pesca en un contexto tan poco propicio para hablar de Dios y para llevar a las personas al encuentro transformador y salvador con Jesucristo. Sólo Dios conoce los frutos de la misión. Por ello, a pesar de que las condiciones personales, comunitarias, sociales y ambientales no sean favorables –como en aquella ocasión no lo eran para la pesca-, Jesús nos dice: “Echad vuestras redes para la pesca” (Lc 5, 4). Y como Pedro, fiados del Señor y confiados en su palabra, le decimos: “Por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5). Y lo hacemos con la alegría y la confianza de saber que Dios nos ama, pues somos su Iglesia, de que el Señor ha resucitado y vive entre nosotros, y que nos acompaña en nuestra brega pastoral por la acción silenciosa, pero real, del Espíritu Santo. El Espíritu es nuestra fuerza, nuestra fortaleza y nuestra esperanza.

Os presento y ofrezco la programación diocesana para el presente curso pastoral. Lo hago con la confianza de que la acogeréis cordialmente y os pondréis mano a la obra para llevarla a la vida de las comunidades, asociaciones y movimientos, y, en especial, de las comunidades parroquiales. En este sentido, los párrocos, ayudados por los consejos de pastoral, tenéis una especial responsabilidad para que esta programación no quede en papel mojado, sino que se convierta en viva realidad. Os lo agradezco de corazón y doy gracias a Dios por todos vosotros, por vuestro trabajo pastoral y por vuestra vida entregada, gastada y desgastada, al servicio de la misión.

Este es ya el sexto año en la aplicación de nuestro Plan Diocesano de Pastoral (2014-2021). Es bueno recordar que su objetivo general es trabajar unidos “por una parroquia evangelizada y evangelizadora”. Es el camino que el Señor nos ha señalado. Él mismo nos llama y nos impulsa por la fuerza del Espíritu Santo a trabajar sin descanso para hacer de nuestras parroquias verdaderas comunidades evangelizadas y evangelizadoras, comunidades vivas desde el Señor y misioneras hacia adentro y hacia afuera, en una misión dirigida a todos sin excepción y, en especial, a los pobres y desfavorecidos; en una palabra, deseamos ayudar a nuestras parroquias para que sean de verdad comunidades de discípulos misioneros del Señor. No podemos quedarnos en el mantenimiento. Acojamos la invitación del papa Francisco en su exhortación Evangelii gaudium, y digamos no a la acedia egoísta, a nuestras tibiezas y al pesimismo estéril, y apostemos por una espiritualidad misionera, basada en las relaciones nuevas que genera Jesucristo (cf. EG nn. 78-92). El Señor nos llama a través de su Iglesia a una decidida e impostergable conversión pastoral.

Los años pasados nos hemos centrado en el anuncio de la Palabra y en la Liturgia. Respecto de la primera nos fijamos especialmente en el primer anuncio, en el kerigma: es decir, en anunciar que Jesucristo ha muerto y ha resucitado para mostrarnos y darnos el amor de Dios, la vida misma de Dios; en relación con la Liturgia, nos centrábamos el curso pasado especialmente en la Eucaristía, fuente y cima de la vida de la Iglesia, de todo cristiano y toda comunidad parroquial; en ella se actualiza y se hace presente la muerte y resurrección del Señor; lo anunciado en el kerigma se hace actual y llega a nosotros en cada santa Misa. Ahora toca centrarnos en la Caridad, que junto con el anuncio de la Palabra y su celebración en la Liturgia, son las tres dimensiones, elementos o ámbitos esenciales de la vida y la misión de la Iglesia. Ninguno de estos elementos puede faltar en la vida de todo cristiano –discípulo misionero del Señor-, de toda comunidad parroquial –presencia del amor de Dios en el pueblo o en el barrio- y, por supuesto, de la misma Iglesia diocesana –donde se realiza la Iglesia del Señor-. El amor de Dios anunciado y celebrado ha de ser vivido y testimoniado por la caridad. Esta es la misión de cada cristiano y de cada comunidad eclesial, a la que somos enviados al final de cada Eucaristía.

La Caridad es el cuarto objetivo de nuestro Plan de pastoral que nos llama a “vivir el mandamiento del amor y el compromiso por la justicia como servicio a los más necesitados y testimonio de fe”. Por su amplitud y para no dispersarnos, en este curso nos vamos a fijar en la caridad; el próximo lo dedicaremos al compromiso por la justicia. Este curso, el Señor nos llama a una sincera conversión al amor de Dios y a Dios, y, desde ahí, al amor al prójimo; es decir, estamos llamados a abrir nuestros corazones al amor de Dios que nos perdona, sana, salva, transforma y capacita para descubrir y vivir el amor al prójimo desde la escuela del lavatorio de los pies del Cenáculo. Hacemos nuestras las palabras de Jesús en la última Cena con sus Apóstoles: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13, 34).

A este objetivo central hemos añadido, dos objetivos específicos, que nos vienen dados por la Iglesia universal y por la Iglesia en España. Bien entendidos y llevados a cabo, ambos nos ayudarán a profundizar en nuestro objetivo central. Se trata del mes misionero extraordinario en octubre de este año 2019, convocado por el papa Francisco para toda la Iglesia, bajo el lema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”; y de la preparación diocesana del Congreso Nacional del Laicado, que se celebrará en el mes de febrero de 2020 en Madrid, convocado por la Conferencia Episcopal Española. El primero nos ayudará a profundizar en la misión recibida de Jesús a la que estamos llamados todos los bautizados y que no es otra que hacer partícipes a todos de la buena Noticia, del amor de Dios mostrado y ofrecido en Jesús; y el segundo ayudará a fortalecer a los laicos en su corresponsabilidad en la misión en la Iglesia, y en especial en el mundo.

Fijémonos brevemente en algunos puntos fundamentales de la caridad, que considero importantes para nuestro objetivo central para este curso.

2. La Caridad: don de Dios y tarea nuestra.

Cuando hablamos de caridad corremos el peligro de pensar en nuestras obras de caridad, en nuestras limosnas o en las obras de nuestras cáritas diocesana, parroquiales o arciprestales. De este modo pensamos que la caridad cristiana es fundamentalmente una obra humana, personal o institucional. Olvidamos que ésta es sólo una de sus dimensiones; corremos así el peligro de dejar de lado su fundamento primero, su fuente permanente, su forma existencial y su fin último, que no son otro sino Dios mismo.

Dios nos ‘primerea’ (Francisco), Él va por delante de nosotros. Nuestro amor a Él y al prójimo es respuesta al amor previo de Dios hacia nosotros. “Dios es amor” (1Jn 4,8) y “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). De ahí la necesidad de volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios, de convertirnos constantemente a Dios y a su amor en Cristo para poder amar, como Él nos ha amado, para que nuestra caridad sea cristiana.

Dios mismo, el amor de Dios es la fuente de la caridad cristiana. Como nos ha dicho el papa Francisco “nunca debemos olvidar… que la caridad tiene su origen y su esencia en Dios mismo. La caridad es el abrazo de Dios nuestro Padre a todo hombre, especialmente a los últimos y a los que sufren, que ocupan un lugar preferencial en su corazón. Si consideramos la caridad como una prestación, la Iglesia se convertiría en una agencia humanitaria y el servicio de la caridad en su ‘departamento de logística’. Pero la Iglesia no es nada de todo esto, es algo diferente y mucho más grande: es, en Cristo, la señal y el instrumento del amor de Dios por la humanidad y por toda la creación, nuestra casa común” (Francisco, Discurso a Caritas internationalis de 27.05.2019).

La caridad cristiana es, antes de nada, este amor de Dios recibido de Él y ofrecido a Él y al prójimo por Él. El amor es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, su promesa y nuestra esperanza. Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est, quiso hacer una presentación viva del misterio del amor divino, a fin de suscitar un nuevo dinamismo de respuesta amorosa de los hombres (n. 1). El amor divino es un don totalmente gratuito, es “gracia” (cháris) recibida, cuyo origen es el amor que brota del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, amor que desde el Hijo desciende sobre nosotros, sobre toda la humanidad. Es entrega de la misma comunión trinitaria de la cual nace la caridad cristiana. Es amor creador, por el que hemos sido hechos, somos y existimos; es amor liberador, redentor y salvador, por el cual se nos perdonado nuestros pecados, hemos sido reconciliados, ha quedado vencida la muerte y hemos sido recreados. Es un amor compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad.

Este amor es anunciado y realizado por Cristo hasta el extremo de dar su vida por Cristo para reunir a los hijos dispersos (cf. Jn 13, 1). En toda su vida pública Jesús, mediante la predicación del Evangelio y los signos milagrosos, anunció la bondad y la misericordia del Padre para con el hombre. Esta misión alcanzó su culmen en el Gólgota, donde Cristo crucificado reveló el rostro de Dios, para que el hombre, contemplando la cruz, pueda reconocer la plenitud del amor (cf. Deus caritas est, 12). En su amor, Dios acogió el sacrificio de su Hijo, y lo resucitó, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Este amor divino ha sido “derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” que se nos ha dado en el bautismo (Rm 5, 5). El Espíritu Santo, que es amor personal y recíproco del Padre y del Hijo, es fuente permanente del amor en la Iglesia, en cada comunidad parroquial y en cada uno de sus miembros. Él es el manantial de la cohesión entre los miembros de la Iglesia y la fuente del amor y del servicio de la caridad de los cristianos. El amor es el primero de los frutos del Espíritu Santo (cf. Gal 5,22). Podrá afligirnos la fuerza que cobran en nuestro mundo la indiferencia, el odio, el egoísmo, la pobreza, la injusticia y la violencia. Sabemos que el Señor, que murió por amor, nos ha enviado su Espíritu, que es más fuerte que este círculo inhumano, que nunca podrá extinguir el amor de Dios ni neutralizarlo sobre la faz de la tierra. El Espíritu es un fermento de amor escondido las entrañas de la historia. Cada creyente lleva dentro de sí una porción de este fermento renovador. La misma Iglesia, una vez recibido el Espíritu Santo en Pentecostés, se presenta ante el mundo como el fruto maravilloso de la caridad divina. Ella es obra de la Trinidad Santa y, por lo mismo, está modelada, vivificada y sellada como misterio de comunión y misión.

3. La Eucaristía: fuente permanente de la Caridad.

El mismo Jesús quiso quedarse en la Eucaristía como fuente permanente de la caridad. En la Eucaristía actualizamos, en efecto, el memorial de la Pascua de Jesús, de la entrega total de Jesús en la Cruz por amor a todos los hombres y de su Resurrección para que en Él todos tengamos Vida, la vida misma del Amor de Dios. Además, él mismo Jesucristo se nos da como comida y bebida que nos comunican el amor de Dios. Cada vez que recibimos a Jesús en la comunión de su Cuerpo, Jesús se une a nosotros. Si Jesús se une a cada uno de los que comulgamos y nos atrae hacia sí, todos los que comulgamos quedamos unidos en Él y en su amor. Ambas cosas no se pueden separar. Amor de Dios y amor fraterno son inseparables.

La participación en la Eucaristía crea y recrea los lazos de amor y de fraternidad entre los que comulgan, sin distinción de personas, de razas y de condiciones sociales. La comunión con Cristo es siempre comunión con su cuerpo que es la Iglesia, como recuerda el apóstol san Pablo diciendo: “El pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el cuerpo de Cristo? Porque todos los que participamos de un solo pan, aun siendo muchos, formamos un solo pan y un solo cuerpo” (1 Co 10, 16-17). La Eucaristía transforma a un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucaristía hace la Iglesia, hace la comunidad cristiana. Es Cristo resucitado quien se hace presente entre nosotros hoy y nos reúne a su alrededor. Alimentándonos de él nos vemos liberados de los vínculos del individualismo y del egoísmo y, por medio de la comunión con él, nos convertimos, juntos, en una cosa sola, en su Cuerpo místico. Así quedan superadas las diferencias debidas a la profesión, a la clase social o a la nacionalidad, porque descubrimos que somos miembros de una única gran familia, la de los hijos de Dios, en la que a cada uno se le da una gracia particular para la utilidad común.

Cada vez que participamos en la santa Misa y nos alimentamos del Cuerpo de Cristo, Jesús y del Espíritu Santo obra en nosotros, plasma y transforma nuestro corazón, nos comunica actitudes interiores que se traducen en comportamientos según el Evangelio. Alimentándonos del cuerpo de Cristo, acogemos la vida de Dios y aprendemos a mirar la realidad con sus ojos, abandonando la lógica del mundo para seguir la lógica divina del don y de la gratuidad. Cuando recibimos a Cristo, quedamos transformados por el amor de Cristo; el amor de Dios se expande en lo íntimo de nuestro ser, modifica radicalmente nuestro corazón y nos hace capaces de actitudes y gestos que, por la fuerza difusiva del bien, pueden transformar la vida de nuestras comunidades, de nuestras familias, de nuestra Iglesia diocesana, de nuestro presbiterio, de quienes están a nuestro lado y de nuestra sociedad. Para el discípulo de Jesús el testimonio de la caridad no es un sentimiento pasajero ni una obra caritativa puntual sino, al contrario, es lo que plasma toda su vida en toda circunstancia, haciendo de ella una existencia eucarística.

4. El mandamiento nuevo del amor.

De la Eucaristía brota el mandamiento nuevo del amor. Es precisamente en la última Cena de Jesús con sus Apóstoles, al instituir la Eucaristía, cuando él les dice: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13, 34). El mandamiento nuevo no es, pues, una obligación moral, sino una necesidad existencial para todo cristiano que recibe a Cristo en la Eucaristía y para toda comunidad cristiana que se deja evangelizar por Cristo Eucaristía. Por todo ello, celebrar la santa Misa y comulgar el cuerpo de Cristo tiene unas exigencias concretas para nuestra vida cotidiana, tanto para cada uno de los cristianos como para toda comunidad eclesial. Estamos llamados a vivir y ser testigos del amor que Jesús nos ha dado, para que el amor de Dios llegue a todos, pues a todos está destinado.

El amor de Dios, celebrado y recibido en la Eucaristía, ha de llegar a todos, en especial a los excluidos de nuestra sociedad y del mundo entero, para que todos formen parte de la nueva fraternidad creada por el Jesús. Quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan, su dinero, su tiempo y su vida con el que está a su lado, con el necesitado no sólo de pan sino también de cultura y de Dios: los enfermos, los pobres, los mayores abandonados, los marginados y excluidos, los drogadictos y alcohólicos, los indomiciliados, reclusos, emigrantes o parados…

Las necesidades y la pobreza de numerosos hombres y mujeres nos interpelan profundamente: cada día es Cristo mismo quien, en los pobres, nos pide que le demos de comer y de beber; en los enfermos y encarcelados, que lo visitemos en los hospitales y en las cárceles; en los desnudos, que lo acojamos y lo vistamos (cf. Mt 25, 31-40). “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40), nos dice Jesús. En el amor a los pobres y necesitados amamos mismo Jesús; este amor es la prueba de que nuestro amor a Dios es verdadero y auténtico (cf. 1 Jn 3, 13-19).

La Eucaristía celebrada y participada nos hace capaces y nos llama a ser también nosotros –cristianos y comunidades cristianas- pan partido para los hermanos, saliendo al encuentro de sus necesidades para llevarles el amor de Dios recibido. Por esto una celebración eucarística que no lleve a encontrarse con los hombres allí donde viven, trabajan y sufren, para llevarles el amor de Dios, no manifiesta la verdad que encierra. Para ser fieles al misterio que se celebra en los altares, como nos exhorta el apóstol san Pablo, debemos ofrecer nuestro cuerpo, nuestro ser, como sacrificio espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12, 1). Los gestos de compartir crean comunión, renuevan el tejido de las relaciones interpersonales, inclinándolas a la gratuidad y al don, y permiten la construcción de la civilización del amor. Si vivimos realmente como discípulos del Dios-caridad, ayudaremos a los todos cuantos nos rodean a descubrir que son hermanos e hijos del único Padre.

5. Exhortación final.

No dudemos que el Señor ha resucitado: Él está siempre en medio de nosotros, nos alimenta con la Eucaristía y nos acompaña con la fuerza de su Espíritu para ser testigos e instrumentos de su amor. María, la mujer eucarística, nos enseña a hacer de nuestra vida una existencia entregada al servicio de amor a Dios y a los hermanos, en especial a los más necesitados, cercanos o lejanos. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera” de la caridad (EG 109). Somos la Iglesia del Señor; sabemos bien de quien nos hemos fiado.

Pongo este curso dedicado a la Caridad bajo la protección de nuestros patronos, la Virgen de la Cueva Santa, la mujer eucarística, y de San Pascual Bailón, el santo de la Eucaristía hecha servicio humilde en el amor a los más necesitados.

En Castellón de la Plana 1 de septiembre de 2019.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente
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