Anunciar a Dios

Queridos diocesanos

En mi carta anterior hablaba de la urgencia de recuperar a Dios en nuestra vida.  También en el interior de la Iglesia –los cristianos, las familias y las comunidades- lo necesitamos. Es urgente dar prioridad a Dios y buscar la comunión con Él en Cristo, que genera la comunión entre los creyentes, la comunión eclesial  Desde ahí podremos acometer la tarea que el Señor nos ha encomendado a toda su Iglesia de anunciar el Evangelio con ánimo y esperanza. Pero, aunque sabemos que el Señor camina con nosotros, nos acosan el cansancio, la inercia, el miedo y la vergüenza de ser y confesarnos cristianos.

Nos toca vivir tiempos recios. El contexto secularizado y neopagano circundante nos hace aún más difícil a los cristianos acoger y vivir sin fisuras el Evangelio, y hacerlo en comunión con la fe de la Iglesia. A ello se une la mentalidad laicista, que intenta excluir a Dios de la vida de la sociedad para imponer una concepción del hombre, de la sociedad y de la historia sin referencia alguna a Dios. A los cristianos, a la Iglesia, se nos querría recluidos en las sacristías, reducida nuestra fe y nuestra misión al ámbito de la conciencia y de una salvación individualista y futura, sin presencia alguna en la vida social, cultural y política. Cuando, por fidelidad al Evangelio, al bien del hombre y de la sociedad, criticamos medidas y proyectos, que socavan valores fundamentales de la persona o de la sociedad, se recurre a la amenaza, al ridículo o al menosprecio.

Ante esta situación no nos podemos quedar en el lamento paralizante o en el silencio culpable. Jesús nos invita a creer en Él, a estar con Él y a vivir unidos a Él; una unión que crea comunión entre los creyentes. Jesús nos envía a anunciar la Buena Nueva para hacer discípulos suyos de todos los pueblos.

En esta tarea misionera, hoy hemos de centrarnos en lo fundamental. Con humildad y alegría, con la palabra y, sobre todo, con el testimonio de vida, hemos de proponer nuestra fe; hemos de ayudar a otros a descubrir y a conocer al Dios viviente, creador y providente, que está presente y actúa en la existencia personal, familiar y social. Dios es el único necesario para el hombre. Hemos de recuperar el anuncio explícito de Dios-Amor, creador y santificador, juez y señor de la historia, que en Cristo Jesús, su Hijo, se hace realmente concreto y próximo, y nos ofrece el camino del amor y de la vida, de la felicidad y de la salvación. Cristo es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Hijo de Dios, el Salvador, la Buena Noticia de Dios para los hombres.

Seamos testigos valientes y creíbles de Dios, de Cristo y de su Evangelio en el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

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