Apertura de Curso de los Seminarios Diocesanos

Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’, 2 de Octubre de 2007

 

Con esta Eucaristía, hermanos y hermanas en el Señor, iniciamos e inauguramos un nuevo curso académico en este nuestro Seminarios Diocesanos ‘Mater Dei’ y ‘Redemptoris Mater’. Para unos, los menos, significa el comienzo de un nuevo camino; para los más, es una nueva etapa en un camino comenzado hace uno, dos o más años.

A buen seguro que los sentimientos de quienes formamos esta comunidad educativa -alumnos, formadores, profesores, padres, personal de servicio- son muy variados al comienzo de esta nueva andadura: en unos estarán presentes la ilusión y los renovados propósitos ante la tarea de un nuevo curso, en otros prevalecerán quizá el temor a recaer en la conocida y asfixiante rutina de cada día, demodelora de las mejores intenciones, o el temor de no saber o poder estar a la altura ante los problemas y dificultades que diariamente plantea esta ardua tarea formativa; en otros serán la inseguridad y el desasosiego que producen el descenso progresivo de nuevos alumnos y de nuevas vocaciones. ¿Podemos quedarnos en estos sentimientos negativos? ¿Cómo afrontar un nuevo Curso en el Seminario Diocesano?

La comunidad educativa del Seminario Diocesano es, entre otras cosas pero fundamentalmente, una comunidad eclesial: y ello no sólo por estar instituida por la Iglesia diocesana con el fin de cultivar los gérmenes de vocación sacerdotal, de quienes en edad temprana, presentan indicios de esta vocación (seminario menor) o con el fin de formar a los futuros sacerdotes diocesanos (seminario mayor); es comunidad eclesial, sobre todo y principalmente, porque en ella se hace Iglesia, porque está constituida por personas llamadas por el Señor; personas, que forman una comunidad de discípulos del Señor, que busca y ayuda a vivir la vocación cristiana, para desde ahí ayudar a discernir, cultivar y madurar la posible o real vocación al ministerio sacerdotal.

Ahora bien: la Iglesia y toda comunidad eclesial vive, crece, se desarrolla y actúa en todo momento bajo el influjo, la fuerza y la guía del Espíritu Santo; la Iglesia deja de ser tal si está ausente el Espíritu del Señor; la comunidad eclesial del Seminario diocesano está abocada al fracaso en su tarea específica de discernimiento y formación vocacional sin la apertura y docilidad a la acción del Espíritu. Por ello iniciamos este curso implorando su fuerza, su asistencia y su guía. Todo cuanto la Iglesia ha realizado en sus casi dos mil años de existencia, todo cuanto la Iglesia sigue realizando en la actualidad, ha sido y es realizado en virtud de este divino Espíritu, que nunca ha cesado de asistirla; el Espíritu sigue infundiendo en su Iglesia el vigor necesario para el cumplimiento de su misión. Esta presencia del Espíritu no suprime ciertamente las dificultades y luchas diarias; pero sí que sostiene a su Iglesia para que avance a través de ellas con constancia, serenidad y alegría.

La fuerza de nuestra Iglesia actual, como lo fue para la iglesia naciente, está en dejarse guiar por el Espíritu Santo; la fuente de su energía, también y en especial en la dificultad, está en sacar del vínculo que la tiene íntimamente unida al Espíritu la fuerza para evangelizar, para preparar evangelizadores, para formar los pastores de la nueva evangelización. También en este caso debe cumplirse la palabra de Jesús: “cuando venga el paráclito, que yo os enviaré de parte del Padre… el dará testimonio de mi, y vosotros daréis testimonio” (Jn 15,26).

El testimonio que Jesús pide hoy a su Iglesia, el testimonio que el Señor pide a esta comunidad educativa del Seminario es un testimonio de convencida adhesión personal al Señor: un testimonio de fe en un mundo en que avanza la increencia; un testimonio de esperanza para una sociedad desesperanzada; y un testimonio de unidad en el amor para un mundo dividido por el odio, el egoísmo y las guerras.

Viviendo desde la adhesión personal al Señor, alimentada por la oración silenciosa y meditativa, personal y comunitaria de la Palabra y por los Sacramentos, y viviendo desde la experiencia fraternal de un mismo amor, será el Seminario signo e instrumento de Salvación y la comunidad de los discípulos, forjadora de Pastores. “Conságralos en la verdad”, pide Jesús al Padre; aplicándolo a esta comunidad, diríamos, consagra a cuantos formamos parte de ella para vivir, profundizar, estudiar, asimilar el Evangelio con tanto fervor que estemos dispuestos a entregar la vida y hasta sacrificarla por el anuncio de la Buena nueva, en esta tarea formativa.

Pero en la misma oración Jesús añadió: “sean perfectos en la unidad y conozca el mundo que tu me enviaste” (Jn 17.23). La caridad mutua de los discípulos y la perfecta unidad que de ella deriva, es lo que da testimonio al mundo de la veracidad y del valor del Evangelio.

El Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad y de amor, va fortaleciendo y amalgando a su Iglesia para hacerla perfecta en la unidad ‘para que el mundo crea’. Donde el Espíritu Santo actúa y los hombres no ponemos obstáculo a su acción, promueve siempre unidad de los corazones y de las mentes, despierta el verdadero sentido de la fraternidad.

Para poder cumplir el seminario la tarea que tiene encomendada es necesario crear la unidad corazón y de mentes, una verdadera fraternidad, entre todos sus componentes: alumnos, formadores, profesores y padres. Todos estamos llamados, cada uno desde el lugar que ocupa en esta comunidad, a cooperar en la unidad de formación en beneficio de los formandos. Las distintas dimensiones de la formación -humana, académica, espiritual, comunitaria y pastoral- no pueden ser consideradas como compartimentos estancos, separados, y menos aún contrapuestos entre sí. Estas dimensiones deben estar integradas en la unidad de un proceso formativo, cuyo garante es el Rector. Actuar por libre en esta casa, no ver la propia tarea inserta en un conjunto mayor, no ayuda a la integración y va en detrimento de la formación.

El carácter específico del Seminario mayor es lo que ha conferir unidad a todo el proceso formativo. El Seminario mayor tiene la “tarea de formar a los futuros sacerdotes diocesanos” (PF 9). El seminario mayor es el presbiterio en gestación; de la calidad y vitalidad humana, cristiana, intelectual, sacerdotal y pastoral de los futuros pastores depende en gran medida que nuestras comunidades e Iglesia diocesana sean realmente vivas y evangelizadoras. Por ello formandos, formadores y profesores hemos de ofrecer lo mejor que tenemos con dedicación, preparación, exigencia y entrega para esta formación.

La formación de los futuros pastores concierne y tiene que concernir a toda la Iglesia diocesana: esta no puede vivir al margen del Seminario, no puede regatearle medios personales o materiales. Hay que intensificar los esfuerzos para profundizar los vínculos afectivos y efectivos entre el Seminario y las comunidades diocesanas: para que el seminario y el trabajo de cuantos lo forman sea querido, valorado y promovido en todas las comunidades de la Diócesis y para que ésta esté presente en el Seminario.

Para concluir, permitidme unas breves palabras, sobre una cuestión, objeto de primaria atención en este Curso: la pastoral vocacional. Todos conocemos las dificultades actuales en este ámbito: descenso de la natalidad, ambiente social contrario a las vocaciones, ausencia de la transmisión y vivencia de la fe en las familias, etc. Sin quitar validez a estas causas, yo me pregunto: ¿No son estas dificultades objetivas a la vez una fácil y socorrida justificación para no proponer a los niños, adolescentes y jóvenes de hoy la vocación al sacerdocio? Es más: ¿no es quizá el descenso de vocaciones de especial consagración y, en nuestro caso, al sacerdocio un síntoma de la falta de vitalidad cristiana de nuestras comunidades? La programación diocesana de este curso nos llama a formar miembros vivos y activos en nuestra Iglesia; todos, y especialmente los sacerdotes, familias y catequistas, estamos llamados a trabajar por reavivar la vocación cristiana de nuestros fieles y a proponer sin complejos los caminos concretos de vivir la vocación cristiana, y en concreto la vocación al sacerdocio.

!Que el Espíritu Santo nos conforte con su ayuda en las tareas de este nuevo curso y que el ejemplo de María, Madre del Señor, la Madre del redentor y Madre nuestra, siempre dócil a la llamada del Señor, nos enseñe a estar abiertos a las indicaciones del Espíritu Santo!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

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