Apertura del Año Mariano en Onda

HOMILÍA EN LA APERTURA DEL AÑO MARIANO DE NTRA. SRA. DE LA ESPERANZA, PATRONA DE ONDA

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Onda, Iglesia parroquial de La Asunción de Nuestra Señora,

20 de diciembre de 2009

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IV Domingo de Adviento

(Miq 5,1-4a; Sal 79; Heb 10,5-10; Lc 1,39-45)

 

Muy amados todos en el Señor Jesús!

El Señor nos ha convocado en este IV Domingo del Adviento, Domingo mariano por excelencia, para la apertura del “Año Mariano dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza”, Patrona de esta muy querida Villa de Onda. Recuperamos así la renovación del voto de celebrar especiales actos en honor de la Virgen de la Esperanza, cada vez que se celebrase Año Santo Compostelano. Si para un ondense siempre es motivo de gozo reunirse para rezar, cantar y celebrar a la Virgen de la Esperanza, nuestro gozo es hoy aún mayor, si cabe, al iniciar todo un año dedicado especialmente a nuestra Señora y Patrona, la Virgen de la Esperanza. Hoy y a lo largo de este año Mariano queremos mostrar de modo especial nuestro amor y cariño a nuestra Patrona. Al contemplarla en medio de nosotros cantamos su grandeza por haber sido elegida para ser la Madre de Dios: y en su grandeza no cantamos otra cosa sino la grandeza inmensa de Dios para con ella y, en ella, para todos nosotros.

Os saludo de todo corazón a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre esta tarde. Saludo a los Sres. Párrocos de La Asunción de Nuestra Señora, de la Virgen del Carmen, de San Bartolomé  y de Artesa, al Sr. Vicario General, al Sr. Arcipreste, al P. Prior y Comunidad PP. Carmelistas Descalzos,  y a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes y al diácono de esta parroquia. Mi saludo lleno de cordial afecto a los componentes de la Comisión Interparroquial para el Año Mariano así como a los representantes de Cofradías y Asociaciones de la Villa, a las Hnas, de la Consolación y a las Hijas de la Caridad. Saludo también con respeto y agradecimiento al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Onda así como al Consejo Rector de Caja Rural de Onda. Sed bienvenidos todos, que, recordando nuestra condición de peregrinos en la vida, habéis venido hasta esta iglesia de Asunción, para participar en esta solemne Misa estacional, o los que nos seguís desde vuestras casas a través de los Medios.

Al contemplar esta entrañable imagen de Ntra. Sra. de la Esperanza, tan querida y venerada en vuestra Villa desde hace tantos siglos, reconocemos y proclamamos que la Virgen María ha acompañado a esta Villa y a los ondenses en las vicisitudes de su historia, personal o comunitaria. Ella es el testimonio vivo de Dios para Onda y entre nosotros. María es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,3; y lo es porque lleva en sus entrañas virginales al mismo Hijo de Dios. Ella es el Arca de la nueva Alianza, por ser la Madre de Jesús, Dios y hombre, la Alianza definitiva de Dios con la humanidad, presencia y manifestación de Dios en nuestra historia.

Y por ser la Madre de Dios, María es la Madre de la Esperanza. Sí; María es en verdad, la Madre de la Esperanza porque es la Madre de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, la virgen Madre del Dios con nosotros, del Jefe y Pastor de Israel (cf. Miq 5,1-4a). Jesús, el hijo de María, es nuestra esperanza (1 Tim 1,1). Y Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13,8), el Pastor supremo (1 P 5,4), que guía a su Iglesia y a la humanidad entera a la plenitud de la verdad y de la vida, hasta el día de su venida gloriosa en la cual se cumplirán todas las promesas y serán colmadas las esperanzas de la humanidad.

Sí, hermanos: Cristo Jesús es el Salvador, que con su encarnación en el seno virginal de María, y con su muerte y resurrección ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres y nos emplaza a nuestra fidelidad ‘hasta que El vuelva’. El es nuestra esperanza: una esperanza gozosa y segura, porque arraiga en el amor incondicional de Dios, porque huye de los optimismos frívolos, porque lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud del final de los tiempos, el momento definitivo de Dios. El mensaje central de nuestra fe es que Dios ama a nuestro mundo con un amor eterno y fiel. La mayor prueba de este amor de Dios es su Hijo entregado por amor hasta la muerte, quien al venir a este mundo, exclamó: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hb 10, 6). Con su nacimiento, muerte y resurrección, Jesús ha iniciado el mundo nuevo, la vida nueva del hombre en Dios; en Cristo, Dios ha realizado su promesa y las esperanzas humanas de una manera sorprendente e inesperada.

De manos de la Virgen de la Esperanza, vuestros antepasados encontraron en el pasado la fe en el Salvador; siguiendo la estela de María hicieron de Cristo y de su obra salvadora el centro de su esperanza. En vuestro himno cantáis con orgullo y hondo sentimiento las raíces cristianas, católicas de vuestro pueblo. Pero ¿cómo están hoy estas raíces cristianas de Onda? ¿Cómo está hoy nuestra fe y vida en Cristo Jesús? ¿Cómo está la iniciación y educación cristianas de nuestros niños, adolescentes y jóvenes? ¿Podemos afirmar que la nuestra es una fe viva y vivificadora, que sigue siendo fuente de esperanza y motor de caridad y compromiso transformador? ¿Cómo están nuestras comunidades parroquiales en su vida y en su misión evangelizadora? Son preguntas que hemos de hacernos al comenzar este Año Mariano.

Quizá nos hayamos dejado llevar por el ambiente, y en nosotros haya anidado el desencanto; puede que, como el hombre actual, estemos de vuelta de muchas cosas y tengamos miedo al futuro. Puede que sigamos esa forma de vida tan al uso que se refugia en lo inmediato, en las satisfacciones a corto plazo, en lo material e intramundano, como si se hubiese perdido la esperanza. Puede que nos hayamos dejado llevar del individualismo y del egoísmo que llevan a la pérdida de fraternidad y de la solidaridad; o del relativismo, del consumismo exasperado o de la llama ‘cultura del placer’ como norma de vida, o de esa crisis de confianza en el futuro que lleva a la falta de la acogida de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, o al esoterismo para querer predecir y asegurar el futuro sin Dios.

Esa forma de vida, cada vez más extendida, que se instala en vivir el momento presente y se cierra a Dios, a la fe, a la esperanza y a la caridad, y a la vida eterna, ha tocado también el corazón de muchos bautizados católicos. También entre nosotros hay una creciente crisis de fe en Dios y en la vida eterna que es la única que hace a la existencia en este mundo, realmente digna de ser vivida. Muchos cristianos se conforman con una religiosidad ambigua y utilitarista, sin una referencia personal al Dios verdadero y su Hijo, Jesucristo, y sin vinculación alguna a la comunidad eclesial. Otros se alejan silenciosamente de su fe cristiana y de la práctica religiosa, llevados por el ambiente neopagano, atenazados por el miedo ante el hostigamiento de la fe cristiana y de la Iglesia o arrastrados por la moda del agnosticismo

Contemplemos a María. Todo su ser, toda su persona y toda su vida nos muestran y llevan nuestra mirada a Dios. Con sus palabras de respuesta al Ángel, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), María nos dice que Dios es lo único necesario, que sólo Él basta. Antes de nada y más allá de nuestros deseos y esperanzas, hemos de reconocer que Dios es Dios; si queremos ser libres y felices, hemos de dar espacio a Dios en nuestra existencia, hemos de dejar a Dios ser Dios en nuestra vida personal y comunitaria, en nuestra vida familiar y social. Así nos lo muestra la Virgen María. Su persona y su vida, su palabra y su oración, su humildad y su disponibilidad, su entrega y su obediencia, sus gestos y su comportamiento: todo en ella está marcado por una referencia radical a Dios. María ha hecho de su vida una entrega sin reservas al querer de Dios, al amor de Dios y a la misión que Dios le ha confiado. María ha hecho de su vida un servicio incondicional a Dios y, en Él, a los hermanos, a toda la humanidad, como nos lo muestra su prontitud para ir a visitar a su prima Isabel.

“Hágase en mí según tu palabra”: Con estas palabras, María pone en Dios su persona, su vida, su aliento, su destino y su esperanza; y así proclama la soberanía absoluta del Dios vivo. En María todo converge en Dios. María nos muestra el señorío del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido. La humanidad entera está necesitada de la luz y de la verdad de Dios, que nos nace en Belén; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días, lleno de obscuridad y de contradicción, tan falto de Dios. La Virgen de la Esperanza es faro en la oscuridad de nuestra noche, faro que nos conduce hacia la Luz, que es Dios La Virgen María nos enseña a vivir con la confianza puesta enteramente en Dios. María nos muestra que el reconocimiento de Dios, y la acogida y la obediencia fiel a su voluntad es fuente de dicha, de vida y libertad, y es la raíz y el cumplimiento de la esperanza.

Por todo ello, María, la mujer creyente, puede escuchar aquella bienaventuranza de su prima Isabel: “Dichosa tú que has creído” (Lc 1, 45). A este saludo de Isabel, María responde con el canto del Magníficat. María proclama la grandeza, la soberanía y el señorío de Dios; le reconoce como el que está en el principio y en el fin de todas las cosas y le confiesa como Aquel que tiene la iniciativa de la creación y de la salvación. María proclama gozosa que Dios es el único al que debemos someter nuestra vida y del que podemos esperar la salvación definitiva. María se confía en el Señor y no será confundida para siempre. Ella sabe bien de Quién se ha fiado. En el Magníficat, María nos canta la verdad de Dios, que no es otra sino su amor eterno y su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta, libera y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. Esta es la verdad de Dios, que ha hecho maravillas en María.

Y ésta es también la verdad de cada uno de nosotros. Esta es la grandeza de todo ser humano: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, imagen y semejanza suya. Ser de Dios y vivir para Dios, mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre, vivir la obediencia a Dios y cumplir su voluntad, ésta es la más genuina verdad del ser humano.

El verdadero problema de nuestro tiempo, el drama de nuestra sociedad, el error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, es querer erigirse a sí mismo en el centro de la existencia, suplantar a Dios, querer ser dios sin Dios. Es el drama del hombre moderno, que ha pensado que apartando a Dios de su vida, siendo totalmente autónomo, siguiendo sus propios deseos, llegaría a ser realmente libre para hacer lo que le apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar (Benedicto XVI).

Pero el hombre es grande sólo si Dios es Dios, si Dios es grande, creador y señor de todo. El olvido de Dios o su rechazo trae el tiempo de indigencia y pequeñez humana que nos toca vivir, a pesar de todas las apariencias. No tener a Dios es la mayor de las pobrezas humanas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad puede llenar su corazón grande, su alma sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad y de grandeza. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, nuestro llegará a ser humano, la tierra será habitable a la luz de Dios. Allí donde se deja a Dios ser Dios, donde se deja y se busca que se muestre su grandeza y se cumple la voluntad de Dios, allí está Dios, allí están los nuevos cielos y la nueva tierra.

Entre nosotros hay voces, movimientos e intentos empeñados en hacer desaparecer a Dios de nuestra vida, de nuestras familias, de la educación de niños, adolescentes y jóvenes, de la cultura y de la vida pública. A esto conduce el laicismo excluyente, que se nos quiere imponer como nueva religión de estado. Pero la historia, incluso la historia muy reciente, demuestra que no puede haber una sociedad libre, en progreso de humanidad, fraterna y solidaria, al margen o en contra de Dios. El olvido o rechazo de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socava las bases para el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana y priva del fundamento más sólido para el amor y la estima de los otros, y el apoyo solidario e incondicional a los demás. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre. Así nos lo muestra Maria.

El Año Mariano, que hoy comienza, es un tiempo especial de gracia que Dios nos otorga para acrecentar la devoción a Nuestra Señora de la Esperanza en todos los ondenses y, de modo especial, en los niños y en los jóvenes ondenses. De manos y a ejemplo de la Virgen abramos nuestros corazones al misterio del Dios vivo en el encuentro personal con su Hijo de Dios, que en Belén se hace hombre para que todo hombre y mujer recuperen su dignidad de ser hijos de Dios. Cantemos con el salmista: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79). Si como Maria, abrimos nuestro corazón a Dios y a sus abundantes gracias en este Año, si dejamos que, como María, Dios sea grande en nuestra existencia, se avivarán nuestra su fe y vida cristianas, quedará fortalecida nuestra esperanza y se acrecentará nuestra caridad. Contemplando a María, la mejor Hija de la Iglesia, vuestras familias, vuestras parroquias y vuestras comunidades religiosas obtendrán la fuerza necesaria para ser más vivas y evangelizadoras, y para trabajar unidas en la común misión evangelizadora que pide en este tiempo en vuestra Villa de Onda.

Miremos a María, Nuestra. Señora de la Esperanza. Y que la Virgen nos ayude a vivir como ella durante este Año Mariano, de tal manera que toda nuestra vida sea una proclamación y una alabanza de la grandeza de Dios. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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