Bendición e imposición de la corona a la Virgen de la Soledad de Villareal

Tercer Domingo de Cuaresma

Villareal, 10 de marzo de 2007

(Ex 3, 1-8a.13-15; 1 Cor 10, 1-6-10-12; Lc 13, 1-9)

 

Hermanos y Hermanas de la Cofradía de la Purísima Sangre y de la Virgen de la Soledad.

De manos de María, la Virgen de la Soledad, el Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía en la víspera de este tercer domingo de Cuaresma. Al final de esta Eucaristía coronaremos a nuestra Madre, la Virgen de la Soledad, con lo que le manifestamos nuestro amor y nuestra devoción y la reconocemos como Reina de nuestra vida y de nuestra Cofradía. Al contemplar hoy una vez más a la Soledad al pié de la Cruz recordamos la parte que tuvo la Santísima Virgen en la obra redentora de su Hijo a favor de toda la humanidad. Por ser la Madre del Señor, por obra del Espíritu Santo, María compartió la pasión del Señor. Dios asoció sus dolores de Madre a la pasión de su Hijo; hoy la vemos de nuevo sola, abandonada de los discípulos, sufriendo a los pies de la Cruz, por la muerte del Hijo, expresión de su rechazo y de su obra de Salvadora. Pero en su soledad, en su sufrimiento al pié de la Cruz, María se muestra firme en la fe, confortada por la esperanza y abrasada por el fuego de la caridad. Ella no dudó en exponer su vida, ante la humillación de su pueblo, ella sufre en soledad junto a su Hijo para hacernos renacer a Dios y para llevarnos a su Hijo.

¿No provocamos también nosotros el dolor de la soledad de María al pie de la Cruz cuando nos cerramos a Dios, abandonamos a Cristo y no acogemos su Evangelio en nuestra vida? ¿No dejamos a la Virgen también nosotros en su soledad cuando transitamos por nuestros propios caminos y no acogemos los caminos de Dios, que es Cristo mismo, cuando le rechazamos y nos extraviamos por nuestros propios pecados?

En el evangelio de hoy resuenan de nuevo con fuerza la llamada de Jesús a la conversión: “Si no os convertís, también vosotros pereceréis” (Lc, 1-9, 4). Quizá nuestro principal problema consiste en que no sintamos necesidad de conversión, porque hayamos perdido el sentido de Dios y el sentido de pecado, del bien y del mal objetivo.

El tiempo cuaresmal, este tiempo de peregrinación hacia la Pascua del Señor, nos quiere ayudar a romper de manos de María la Virgen de la Soledad la miopía de una existencia al margen de Dios, de una existencia cerrada en el tiempo y en el horizonte alicorto de este mundo. La Virgen de la Soledad, por su fe, esperanza y caridad quiere ayudarnos a salir de la monotonía aburrida de una vida egocéntrica, materialista y hedonista. Ella nos invita a salir de nosotros mismos, a mirar hacia Dios y hacia Cristo, a mirar hacia arriba y hacia el futuro, ese futuro absoluto que buscamos a tientas, sin caer en la cuenta de que está ante nosotros, al alcance de nuestras manos. La Palabra de Dios nos exhorta a avivar el recuerdo y el deseo de Dios, verdadero Padre, Dios de bondad y fuente de vida, lleno de amor y misericordia, que cuida de nosotros y nos lleva de la mano hasta la vida eterna.

Como el amo de la viña, Dios nos ofrece este tiempo de Cuaresma como un tiempo de gracia, de conversión y de reconciliación con Dios y con los hermanos. Es un tiempo singular y precioso para avivar nuestra fe y vida cristiana personal, familiar y comunitaria, un tiempo para la renovación espiritual que se muestre en el fruto de las  buenas obras.

Siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor quiere encontrarse con nosotros. Es el momento que marca el comienzo de la conversión o, quizá y desgraciadamente, del rechazo radical. La conversión es un camino que exige constancia y una decisión siempre renovada de proseguir el viaje a pesar de todo. Si en la antigua alianza el pueblo caminaba bajo la guía de Moisés, para nosotros el camino a seguir es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él es quien nos saca de la esclavitud del pecado, quien nos saca de nosotros mismos.

El sentido de la vida eclesial es ayudarse fraternal­mente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarse a buscar y seguir a Jesús. Hay que desear ar­dientemente que ninguno se extravíe, que ninguno se retrase o se aleje. A esto precisamente nos invita el Evangelio de hoy, que concluye con la parábola de la hi­guera estéril. El labrador que ruega que no la corten to­davía es Jesús. Como intercesor nuestro, dirá hasta el fi­nal de los tiempos: “Espera un poco, un poco todavía, que la cuidaré más”. Todos los cuidados que Jesús nos prodiga con su Palabra, con los sacramentos, con sus intervenciones providenciales -y lo son también los acontecimientos dolorosos-, son ofertas de conversión. Dejémosle, pues, que nos cultive. La Palabra sagrada es como un arado, y también como una semilla sembrada para que pueda producir fruto.

En este tiempo de la Cuaresma, la Virgen de la Soledad nos invita a todos los cristianos a creer de verdad en Dios, Padre de bondad y de misericordia, y en la vida eterna para fortalecer nuestra adhesión a Cristo y a su Palabra viviendo la novedad de nuestro bautismo con más fidelidad, con mayor seriedad y mayor profundidad. Dios nos ofrece una oportunidad de gracia para fortalecer el tono espiritual de nuestra vida mediante la escucha de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, la conversión de mente y corazón a Dios y su Palabra, el arrepentimiento, la confesión y la enmienda de nuestros pecados, y el ejercicio de las buenas obras. Es necesario que nos paremos a pensar la propia vida desde la Palabra de Dios. Los esposos y los padres con los hijos pueden examinar lo que hay que mejorar en la vida matrimonial y en la convivencia familiar.

Como los cristianos de Corinto, también experimentamos la peligrosa insidia de un contexto pagano con costumbres relaja­das. Pablo nos propone una reflexión acerca de los acontecimientos del Éxodo. De estos hechos se desprende que la gracia se ofrece a todos -y el apóstol lo repite insistentemente con la clara alusión al bautismo y a la eucaristía (vv. 1-4a)-, pero Dios pide a cada uno que no resulte infructuosa. Un fideísmo casi mágico en la eficacia de los sacra­mentos o una cierta euforia espiritual inducen a pres­cindir de las exigencias morales que comporta una vida auténticamente cristiana para que Dios pueda contem­plarla con agrado. Pablo condena la murmuración que suscita divisiones, considerándo­la como un repetir el descontento del pueblo en su camino del desierto. Que cada uno pregunte a su concien­cia y mida sus propias fuerzas (v. 12): es preciso mante­nerse firmes y bien cimentados.

“!Dejaos reconciliar con Dios!” (2 Cor 5, 20), nos exhorta San Pablo. Si no hemos perdido el sentido del bien y del mal objetivos y de nuestra responsabilidad, reconoceremos que en nuestra vida existe el pecado y que tenemos necesidad de reconciliación, de recomponer las fracturas y de cicatrizar las heridas.

Pablo nos anuncia la reconciliación que el Padre nos ofrece en su Hijo Jesucristo. Sus palabras nos invitan a fijar nuestra mirada en el Padre de toda misericordia, cuyas entrañas se conmueven cuando cualquiera de sus hijos, alejado por el pecado, retorna a El y confiesa su culpa. El abrazo del Padre a quien, arrepentido, va a su encuentro, será la justa recompensa por el humilde reconocimiento de las culpas propias y ajenas. Pedir con arrepentimiento el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con generosidad, es fuente de una paz que no se puede pagar. Por ello es justo y hermoso confesarse personalmente.

Que sea necesario hacerlo ante un sacerdote nos lo muestra Dios mismo. Al enviar a su Hijo en nuestra carne, demuestra que quiere encontrarse con nosotros mediante los signos de nuestra condición humana. Dios salió de sí mismo por nuestro amor y vino a ‘tocarnos’ con su carne en su Hijo, que perdonó los pecados y encargó a los Apóstoles que lo hicieran en su nombre. Nosotros estamos a invitados a acudir con humildad y fe a quien nos puede perdonar en su nombre, es decir, a quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón. La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y nos dona por el ministerio de la Iglesia. La confesión humilde dará paz a nuestro corazón.

Así pues dediquemos en esta Cuaresma más atención y tiempo al cuidado de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Con un poco de interés todos podemos hacerlo. Podemos, por ejemplo, dedicar unos minutos a leer un pasaje del evangelio. Podemos también dedicar unos minutos a rezar, en casa, por la mañana o por la noche. Podemos, incluso pasar unos minutos en el silencio de una Iglesia, ante el Sagrario.

Acojamos la invitación al arrepentimiento y la penitencia de nuestros pecados. Cuando nos acercamos a Dios, cuando dejamos que la mirada de Jesús ilumine nuestra vida, nos damos cuenta de nuestros pecados, de nuestras faltas de piedad, de diligencia, de amor y misericordia. Sólo reconociendo nuestros pecados y confesándolos podremos ser librados de ellos y mejorar espiritualmente. La oración nos ayuda a sentir con  fuerza la presencia de Jesús en nuestro corazón y ver en su presencia la verdad de nuestra vida personal y espiritual. Somos pecadores, y sólo podemos alcanzar la verdad y la paz interior reconociendo nuestras faltas y pidiendo perdón a Dios por ellas. Los cristianos contamos con la seguridad del perdón de Dios anunciado por Jesús, ofrecido por la Iglesia, en virtud de su pasión y muerte, mediante el sacramento de la penitencia y del perdón de los pecados. La Iglesia ha recibido del Señor el encargo de anunciar y conceder el perdón de los pecados en nombre de Dios y de Jesucristo nuestro salvador.

Dejémonos guiar por la fe, la esperanza y de la caridad de María hacia el encuentro con el Señor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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