Vigilia de Oración del Congreso Interdiocesano de Educación

Valencia, Plaza de la Virgen, 20.10.2107

(Neh 8, 1-4a;5-6;8 Tim 1,1-11; Mt. 28,16-20)

****

 

¡Amados todos en el Señor! Sr. Cardenal-Arzobispo de Valencia, hermanos Obispos, y queridos sacerdotes, padres, catequistas y profesores cristianos:

Al comienzo de este Congreso Interdiocesano de la Educación, el Señor nos convoca esta tarde-noche para orar en torno a su Madre y Madre nuestra, la Virgen de los Desamparados. Antes de reflexionar sobre los retos de la educación hoy para los padres, la sociedad y la Iglesia, queremos abrir nuestra mente y nuestro corazón a Dios y a su Palabra; a Dios le pedimos luz para percibir y discernir los retos que nos plantea hoy la educación; por intercesión la Virgen le pedimos también luz para entender lo que es y significa educar; y le rogamos que nos conceda la docilidad necesaria para acoger sus caminos y fortaleza para afrontar nuestras las dificultades educativas. A los pies de la Virgen queremos mostrar nuestra alegría en la tarea educativa de nuestros hijos.

Pero, ¿qué es educar? Haríamos un flaco favor a nuestros hijos si limitásemos la educación a la instrucción, a la adquisición de conocimientos o de habilidades, a tener información. Lucas nos refiere en su evangelio que José y María, después de haber presentado a Dios en el templo a Jesús, regresaron a Nazaret y el niño iba creciendo en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres (cf. Lc 2,40). Aquí se nos dan unas pinceladas sobre la educación.

Educar es ayudar al educando a desarrollar todas sus capacidades -dones recibidos de Dios-, es llevarlo hacia la plenitud de la gracia de Dios que le hace crecer como persona. Educar es ayudar a alguien ser persona, ayudarle a que tenga criterio y dignidad. Por parte del educador es seducir al educando con los valores y atraerlo por encantamiento y ejemplaridad hacia lo mejor. Es ayudarle a descubrir e integrar su propia identidad como hombre o como mujer, a crecer en la libertad y en la responsabilidad basadas en la verdad, en el bien y en la belleza; es ayudar al educando a descubrir la razón de su ser en el mundo y el sentido de su existencia, para hacerle capaz de vivir en plenitud y con esperanza, y de contribuir al bien de la comunidad, de la sociedad y de la Iglesia. Educar es enseñar el arte de vivir.

No se trata simplemente de enseñar a “hacer” o a “saber” muchas cosas; se trata de ayudar s nuestros hijos a “ser” personas desde la verdad del ser humano, a desarrollar todas sus capacidades y dimensiones, desde su apertura a Dios en Jesucristo.

La tarea educativa hoy no es fácil; nunca lo ha sido. Necesita mucha entrega y paciencia; y, sobre todo necesita, mucho amor para dar lo mejor de nosotros mismos a nuestros hijos. Pero hoy la educación se ha convertido en un verdadero reto. El papa Francisco habla de desafío educativo, como el reto fundamental ante el que se encuentran los padres, las familias, la escuela y el resto de los educadores en la sociedad y en la Iglesia; un reto que se hace más arduo y complejo por la realidad cultural actual y la gran influencia de los medios de comunicación y redes sociales (cf. AL, 84). El papa emérito, Benedicto XVI, acuño el término “emergencia educativa”; se refería a las dificultades que encuentra hoy todo educador a la hora de transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento; esta emergencia se debe a la fractura entre las generaciones, y se debe, sobre todo, al relativismo, al subjetivismo o la exaltación de la autonomía absoluta de la persona; incluso para determinar la propia identidad de hombre o mujer, como proclama la inicua y destructora ideología de género, que mediante la ley se ha de enseñar e imponer en nuestra Comunidad a todos a través de los centros educativos con medios coercitivos y punitivos. Una imposición que atenta directamente contra el derecho fundamental de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas; ellos son los primeros y principales educadores de sus hijos; una imposición que atenta también contra la libertad religiosa e ideológica. Ante esta imposición nos queda el derecho a la palabra, a acudir a los tribunales y, en último término, el voto.

En este contexto se hace muy difícil una auténtica formación de la persona humana; una formación que capacite al niño, al adolescente o al joven para orientarse en la vida, para encontrar motivos para el compromiso y para relacionarse con los demás de manera constructiva, sin huir ante la dificultad y las contradicciones. Ante esta situación los educadores nos vemos muchas veces desbordados y fácilmente tentados a abdicar de nuestros deberes educativos. Sin embargo, cada día sentimos más la urgente necesidad de ayudar a nuestros hijos para que desarrollen global e íntegramente su personalidad, incluidos los valores humanos y espirituales.

Es preciso retomar la idea de la formación integral, tan querida en la tradición educativa de nuestra Iglesia; así lo propone el papa Francisco en el capítulo 7 de la Exhortación Amoris laetitia. La formación integral podríamos describirla como el proceso continuo, permanente y participativo que busca desarrollar armónicamente todas y cada una de las dimensiones del ser humano -ética, espiritual, cognitiva, afectiva-sexual, estética, corporal, comunicativa y trascendente-, a fin de lograr su realización plena. Todas estas capacidades deben responder a las preguntas más profundas del ser humano. A la vista de todos está la necesidad y la urgencia de ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes a proyectar la vida según valores auténticos, que hagan referencia a una visión ‘alta’ del hombre. Como hemos escuchado en la primera lectura, también nosotros hemos recibido una tradición, una fe, un modo de entender la vida y la persona, que fundamenta una sociedad de libertad y de esperanza. Una familia  una sociedad que educa transmite los valores que ha recibido de sus mayores.

Para los cristianos, Jesús es el modelo de persona, es el modelo educativo de referencia: sólo en Él se esclarece el misterio del hombre (cf. GS 22), sólo en él encuentra el ser humano su plenitud. En el Evangelio Jesús nos acaba de decir: “Id y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo“. (Mt 16, 21). Son palabras también validas para la educación en general, para la educación cristiana de los padres cristianos y de cualquier obra educativa de la Iglesia. Yo resumiría este pasaje evangélico en tres palabras: envío, tarea y promesa.

En primer lugar está el envío a la misión. Los Apóstoles, discípulos predilectos de Jesús, recibieron un día de Él la misión de proclamar la Buena Nueva; una misión que se continúa en la Iglesia del Señor. Todos nosotros somos enviados como discípulos suyos a evangelizar, a educar en su nombre. “Id”, dice Jesús a sus Apóstoles; “Id”, nos dice Jesús hoy a nosotros. Id y educad en la fe y la vida cristiana.

Pero antes de ser enviados a la misión, los Apóstoles han conocido a Jesús, han aprendido a amarle y han caminado con él; es decir: se han convertido en discípulos del Señor: creen en Él, lo aman y lo siguen: viven prendidos y enamorados de Aquel que los envía como el Padre lo envió a Él: Él es el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el enviado por Dios Padre y el Ungido por Dios Espíritu para anunciar la Buena nueva, para ofrecer la Vida nueva que salva y plenifica. Como a los Apóstoles en su momento, Jesús nos invita a estar con Él, a intimar con Él, a conocerlo, a amarlo, a vivir unidos a Él: sólo así podremos comunicarlo a los demás. Esta unión a Cristo y a su cuerpo, la Iglesia, ha fundamentar y alimentar nuestro trabajo educativo diario, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos y nuestra esperanza en la dificultad.

En segundo lugar está la tarea. Esta no es otra sino: “haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.  No se trata sólo de transmitir una doctrina, unos valores, unos principios éticos; se trata en primer lugar de transmitir a Cristo, la Palabra, para ayudar a los educandos a ser discípulos de Jesús. Esto comienza llevándoles al encuentro personal con Él, ayudándoles a conocer a Jesús, sus palabras, su caminos y sus mandamientos, para así le sigan insertados vitalmente en su Iglesia, en su vida y su misión. En una palabra, educar significa ayudarles a ser cristianos de verdad, discípulos misioneros del Señor: Él es el Camino, la Verdad y la Vida

Y, por último, está la promesa. “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El enviado a la misión de la educación sabe que no está solo; el mismo Cristo está con él, por la fuerza del Espíritu Santo. El educador cristiano nunca está solo.

Ante el contexto adverso a la educación, ante la indiferencia de muchos padres respecto de la educación de sus hijos, y ante las dificultades legislativas y las trabas administrativas podemos sentir la tentación del desaliento, o de sentirnos solos. No, queridos padres y educadores. No estamos solos: Jesucristo nos acompaña, nos conforta y nos alienta por la fuerza del Espíritu y la cercanía de su Iglesia. Él, que es más grande y más fuerte, está con, en y sobre nosotros inspirándonos las palabras qué debemos decir y las explicaciones que hemos de dar. Su fuerza persuasiva y efectiva actúa a través de nosotros.

Para sentir esa presencia es precisa una adhesión personal y firme a Cristo en el seno de su Iglesia que nos ayuda a brillar por dentro e iluminar por fuera. El testimonio de vida es el camino para seducir con los valores y atraer por encantamiento y ejemplaridad hacia lo mejor. Nuestra misión no se basa en el éxito fácil e inmediato, sino en la fuerza de la gracia de Dios y en nuestra fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

No estamos solos. No nos faltará la presencia alentadora del Señor en forma de consuelo, de gozo y de paz. Contamos con la fortaleza del Espíritu Santo y del acompañamiento de la Iglesia. Que la Virgen, la Mare de Deú dels Desamparats , nos aliente y acompañe a lo largo de este Congreso y en nuestra tarea educativa, en nuestra tarea de anunciar la alegría del Evangelio. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Envío diocesano de catequistas y profesores de religión

S. I. Concatedral, Castellón de la Plana, 28 de septiembre de 2017

(Ag 1,1-8; Sal 149; Mt 28,16-21)

***

 

Amados todos en el Señor, queridos sacerdotes, catequistas y profesores:

El Señor nos ha convocado para celebrar la Eucaristía, centro de la vida y misión de la Iglesia, de todo cristiano y también de vosotros, catequistas y profesores de religión y moral católica. En breve recibiréis a través de mis manos el encargo de catequizar en las parroquias o de enseñar en su nombre y en el de la Iglesia la religión y moral católica en la escuela de iniciativa pública o social, concertada o no concertada; esta celebración os debe llevar a todos a adquirir una conciencia más viva de vuestra condición de enviados por Cristo y por su Iglesia.

Un año más hemos querido hacer el envío conjuntamente para catequistas y profesores de religión, porque unos y otros participáis de un modo especial del ministerio de la Palabra que Jesús confía a sus apóstoles y sus sucesores, y a la Iglesia; y porque, aunque desempeñáis vuestra tarea en ámbitos distintos, todos lo hacéis dentro del proceso unitario de la iniciación cristiana y de la trasmisión de la fe cristiana: cooperáis así con la gracia de Dios a que se vayan generando verdaderos cristianos, es decir discípulos misioneros del Señor y miembros de una Iglesia viva y misionera; por ello unos y otros debéis hacerlo de un modo coordinado, es decir acordes y concordes en vuestra tarea, en comunión afectiva y efectiva con Cristo y con la Iglesia.

La Palabra de Dios que hemos proclamado ilumina algunos aspectos de nuestra celebración y de vuestra misión. En el Evangelio, Jesús nos decía: “Id y haced discípulos a todos los pueblos bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. (Mt 16, 21).Yo lo resumiría en tres palabras: envío, tarea y promesa.

En primer lugar está el envío a la misión. Los Apóstoles, discípulos predilectos y cualificados de Jesús, recibieron un día de Cristo Jesús la misión de proclamar en su nombre y con su autoridad la Buena Nueva; una misión que se continúa en la Iglesia del Señor en el ministerio apostólico. Vosotros sois enviados como discípulos para cooperar en este ministerio y misión apostólicos. “Id”, dice Jesús a sus Apóstoles y hoy os lo dice a vosotros. Y en palabras del profeta Ageo, en la lectura de hoy, os dice “construid el templo”, construid la Iglesia, educad en la fe y la vida cristiana, llevad al encuentro personal con Jesús, la piedra angular sobre la que construye el edificio de la comunidad eclesial. Permitidme profundizar con vosotros un poco en este envío eclesial.

Antes de ser enviados a la misión, los Apóstoles han conocido a Jesús, han aprendido a amarle y han caminado con él; es decir: se han convertido en discípulos del Señor:  creen en Jesús, lo aman y lo siguen: viven prendidos y enamorados de Aquel que los envía como el Padre lo envió a Él: Él es el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el enviado por Dios Padre y el Ungido por Dios Espíritu para anunciar la Buena nueva. Como a los Apóstoles en su momento, Jesús nos invita a estar con Él, a intimar con Él, a conocerlo, a amarlo, a vivir unidos a Él, para poder comunicarlo a los demás. El alimento del enviado es hacer siempre la voluntad de Aquel que lo envió, como el Hijo, hace la voluntad del Padre movido por el Espíritu Santo. Ese es el alimento básico de todo discípulo misionero, de todo catequista y profesor de religión: vivir unido con la mente, el corazón y la vida a Cristo, que os envía a través de su Iglesia; esta unión a Cristo y a su cuerpo, la Iglesia, ha fundamentar y alimentar vuestro trabajo diario, vuestras preocupaciones, vuestros anhelos, vuestra existencia personal y vuestra esperanza en la dificultad.

Además, quien es enviado no actúa en nombre propio sino en nombre de Cristo y de su Iglesia, en la que Cristo sigue presente y actuante. Lo que el enviado ha de ofrecer y transmitir no son sus ideas, ni sus opiniones, sino a Cristo y su Evangelio. Es Cristo mismo quien ha de ser anunciado y transparentado por el enviado; es la enseñanza de Cristo mismo, la Buena Nueva, sus actitudes, sus sentimientos, su vida y su obra liberadora y salvadora, tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia bajo de la guía de los Obispos en comunión con el Papa; esto lo que habéis de transmitir y llevar a quien el Señor y la Iglesia pone en vuestras manos.

En segundo lugar: la tarea. Esta no es otra sino: “haced discípulos a todos los pueblos bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Por eso San Pablo insiste a su discípulo Timoteo en que proclame la Palabra, es su tarea de evangelizador, ese es su ministerio y el vuestro. No se trata sólo de transmitir una doctrina sino de transmitirle a Cristo, la Palabra, para ayudar a los catequizandos y alumnos a ser discípulos del Señor. Esto comienza con el encuentro personal con Él, ayudándoles a conocer a Jesús, sus palabras y sus caminos y mandamientos, a seguirle en su vida, a insertarse vitalmente en su Iglesia, en su vida y su misión. En una palabra a ser cristianos de verdad, discípulos misioneros del Señor: Él es el Camino, la Verdad y la Vida

Y, por último, la promesa. “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El enviado a la misión en la catequesis o en la escuela no sólo actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia, sino que es el mismo Cristo quien actúa a través de él. El Espíritu Santo actúa a través de sus palabras, de sus gestos, de sus actitudes y de su cercanía. El nunca está solo.

Ante la indiferencia ambiental y de muchos padres, ante la falta de interés del alumnado y ante las dificultades legislativas, administrativas y culturales podéis sentir la tentación del desaliento, o de sentiros solos. No, queridos catequistas y profesores. No estáis solos: Jesucristo os acompaña, os conforta y os alienta por la fuerza del Espíritu y la cercanía de su Iglesia. Él, que es más grande y más fuerte,  está con, en y sobre vosotros inspirándoos las palabras qué debéis decir y las explicaciones que tenéis que dar. Su fuerza persuasiva y efectiva actúa a través de vosotros.

Para sentir esa presencia es precisa una adhesión personal y firme a Cristo que nos ayuda a brillar por dentro e iluminar por fuera en la catequesis o en el ambiente escolar. En este sentido, un catequista o profesor de religión y moral Católica debe cuidar su vivencia interior de fe, su vida de oración y la participación en los sacramentos, su vinculación a la Iglesia y su conducta exterior. Un enviado por Jesús a través de su Iglesia, en misión eclesial y al servicio de los educandos, no puede hacerse ilusiones acerca del éxito. “No es el siervo mayor que su amo, ni el enviado más que aquel que lo envía”.

Como los apóstoles de la primera hora, también hoy, en el siglo XXI, os encontraréis a menudo con la indiferencia ante la fe, tendréis a veces la sensación de extrañeza en el entorno escolar e, incluso, puede que experimentéis una cierta minusvaloración o incluso menosprecio de vuestra tarea. Esta, en formas diferentes a lo largo de la historia, es una nota propia de los seguidores de Jesús y los enviados por la Iglesia. Pero no tengáis miedo. Vuestra misión no se basa en el éxito fácil e inmediato, sino en la fuerza de la gracia de Dios y en vuestra fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Vuestro encargo no es recolectar, sino sembrar.

Con todo no estáis solos. No os faltará la presencia alentadora del Señor en forma de consuelo, de gozo y de paz. Contaréis con la fortaleza del Espíritu Santo y del acompañamiento de la Iglesia. El acompañamiento de vuestros sacerdotes, los encuentros periódicos en las Delegaciones, los diálogos con los delegados, las reuniones con otros catequistas o profesores y el aliento de vuestro Obispo y, sobre todo, el trato asiduo con el Señor os confortarán en vuestra misión.

Que la Virgen, la Madre del Señor, os aliente y acompañe a lo largo de todo este curso escolar recién comenzado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Coronación canónica de Nuestra Señora de Gracia

HOMILIA EN LA CORONACIÓN CANÓNICA Y PONTIFICIA DE NUESTRA SEÑORA DE GRACIA
Y DE SU DECLARACION COMO PATRONA DE LA VILLA DE ALTURA 

Iglesia Parroquial de Altura, 16 de Julio de 2017

***

 

Hermanas y hermanos todos en el Señor:

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Con estas palabras del Arcángel Gabriel saludamos esta mañana con verdadera alegría y afecto de hijos a María, Nuestra Señora de Gracia. Y con sus mismas palabras, antes de nada, damos gracias a Dios y proclamamos la grandeza del Señor, porque ha hecho grandes maravillas en María, la Virgen, y través de ella en nosotros, como madre y medianera de la gracia que es. Con estos sentimientos de gratitud y de alegría nos disponemos a coronar esta mañana su imagen y a declararla patrona de esta querida Villa de Altura, en nombre del Santo Padre, Francisco. Se cumple así un deseo, desde hace años anhelado, de vuestra comunidad parroquial, de la Cofradía Virgen de Gracia, y del pueblo de Altura. Queremos así conmemorar la construcción de la primera Capilla en su honor en 1517. Agradecemos de corazón al Santo Padre la gracia, que nos ha concedido; una vez más le expresamos nuestro afecto filial y nuestra cordial comunión a Él que nos preside en la fe y en la caridad. Gracias Santo Padre.

Saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración: al Sr. Párroco de Altura, D. Juan Manuel Gallent, y a los sacerdotes concelebrantes. Saludo también con afecto y respeto a las autoridades civiles, al Sr. Alcalde y a los miembros de la Corporación Municipal, a la Junta directiva de la Cofradía Virgen de Gracia, y al Consejo Provincial de las Hermanas Terciarias Capuchinas.

La historia de esta querida Villa de Altura es impensable sin la Virgen de Gracia. Desde hace más de cinco siglos, la Virgen de Gracia está presente y ha ido entretejiendo la vida de vuestro pueblo y la historia de sus hombres y mujeres, en sus momentos de alegría y en los momentos de dolor. A ella se han dirigido y se dirigen siempre los alturanos con verdadera fe y devoción: en la necesidad para rogarle su intercesión maternal y en la bonanza para darle gracias por los beneficios obtenidos.

Desde que Altura sintió la presencia del amor maternal de la Virgen de Gracia, se ha mantenido fiel hasta el día de hoy en su devoción hacia ella: así lo muestra la celebración de la Santa Misa de los sábados a primeras hora de la mañana, la construcción de este camarín, las fiestas y los homenajes en su honor, y tantos gestos de amor entrañable hacia ella. Son tantos los consuelos y favores que habéis recibido y experimentado de manos de la Virgen, que vuestra Villa “le ha jurado por siempre amar”.

Desde los inicios del culto a la Santísima Virgen de Gracia allá por 1517, la habéis tenido por “Patrona de la Villa de Altura”, aunque no constase que hubiera sido proclamada como tal. A partir de hoy lo haréis con mayor razón y fundamento. Además hoy coronaremos su imagen, para mostrar que la queréis tener también como Reina.

Pero ¿qué significa tener como Patrona a la Virgen de Gracia? ¿Y por qué coronamos su imagen? La declaramos Patrona porque la consideramos y la queremos tener como protectora y guía en nuestra vida personal, familiar y social. Al coronar su imagen reconocemos a la Virgen de Gracia, como nuestra Reina y queremos que reine en nuestro corazón. Y lo hacemos porque creemos que es la Madre de Hijo de Dios, el Rey mesiánico, cuyo reino no tendrá fin (cfr. Lc 1, 33). Porque reconocemos que ella es la llena de gracia de Dios, que está unida íntimamente a Cristo y asociada a la obra redentora de su Hijo, y así nos lleva a la fuente de la Gracia (cfr. Jn 19, 26-27). Y, finalmente, a María la proclamamos Reina, porque ya participa plenamente de la gloria de su Hijo en cuerpo y alma: ella ha recibido ya la corona merecida (cfr. 2Tm 4,8), la corona de gloria que no se marchita: María es así esperanza nuestra (cfr. 1Pe 5, 4). Ella es la Señora y Reina de todo lo creado.

La Virgen de Gracia es Madre de Dios y Madre nuestra, la Madre de la Iglesia y la Madre de todos los creyentes; es la Madre que nos acompaña con su protección maternal a los creyentes de todos los tiempos en nuestro peregrinaje por los caminos de la historia. Generación tras generación, los creyentes experimentamos su protección maternal; por ello la invocamos con confianza, la llamamos bendita entre todas las mujeres y la proclamamos Reina.

Pero no podemos separar a María de Dios ni de su Hijo. Ella guía nuestros pasos hacia Dios y dirige nuestra mirada hacia su Hijo.

La grandeza y realeza de la Virgen de Gracia radican en ser la criatura elegida por Dios para ser Madre de su Unigénito, el Mesías y Rey. El Hijo de tu vientre le dice el Ángel “será grande, se llamará hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30). Los cristianos sabemos bien que María no es una deidad. María es la Hija amada del Padre, la más grande de las mujeres de la tierra,  la más excelsa de las criaturas, pero es una criatura, no una diosa.

Ella supo responder con todo su ser a la elección amorosa y gratuita de Dios. Gracias a María, gracias a su fe y confianza en Dios, gracias a su esperanza en el cumplimiento de las palabras del Ángel y gracias a su gran amor, se ha podido realizar el acontecimiento central y decisivo en la historia de la humanidad. Con María se abre la puerta de la restauración humana. Por el ‘fiat’ de María, por la Encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal, Dios ha venido a nosotros, Dios ha entrado en nuestra historia, Dios se ha hecho el Dios con nosotros, el Dios que camina a nuestro lado.

Gracias a María, la Palabra de Dios se ha hecho hombre en su seno por obra del Espíritu Santo; en su Hijo, Dios nos comunica su misma Vida y la Verdad última y definitiva de Dios sobre sí mismo, sobre la creación y sobre el hombre: en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María, Dios nos muestra que Él es amor, que nos ama a cada uno, que ama a este nuestro mundo, que conduce nuestra historia y la del mundo entero. No caminamos hacia la destrucción o la nada. Nuestra meta no está en el disfrute de lo efímero de las cosas, sino en Dios. Dios, que es amor, llama al hombre a la vida para hacerle partícipe de su misma vida, que es vida sin fin, que es felicidad plena. En el Verbo de Dios encarnado, Dios mismo se ha unido definitivamente al hombre y a todo hombre para hacernos partícipes de la misma Vida de Dios; por su muerte y resurrección nos ha liberado de esclavitud del pecado y de la muerte, y nos ha devuelto la Vida. Jesús de Nazaret, el Hijo de María, es el Camino hacia Dios y los hermanos; El es la Verdad plena sobre el mismo hombre; El es la Vida para el mundo.

Por esto, nos preguntamos ¿qué significa para nosotros declarar patrona a la Virgen de Gracia y coronar su imagen? ¿Es un acto bello y solemne, histórico –como leía ayer? O ¿es algo más, bastante más? No nos quedemos en lo externo y superficial. Si la proclamamos Reina debería ser porque queremos que ella reine en nuestro corazón, en nuestras familias, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestro pueblo. Por ello este acto es una ocasión privilegiada para volver nuestra mirada Dios, a Jesucristo, Redentor de todos los hombres y el único en el que podemos ser salvos, el único que tiene palabras de vida eterna.

La imagen de la Virgen de Gracia tiene en su brazo a su Hijo. Acudimos a Ella porque brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y de esperanza. Todo su gozo, gozo de madre nuestra, está en darnos a Cristo, en llevarnos a Jesús. En el fondo no se acude a María si no es para encontrar en Ella a Cristo Jesús y su salvación. Quien se acerca a María, se acerca también al Salvador. Es preciso que cada uno de los cristianos demos un gran paso y nos encontremos con Jesucristo, lo conozcamos, lo acojamos en nuestra vida, lo amemos, lo sigamos. Es necesario, mis queridos hermanos y hermanas, que abramos de par en par nuestro corazón a ese niño que la Virgen nos muestra y ofrece: a Cristo, al Hijo de Dios, al Enmanuel, Dios-con-nosotros, al Hijo de María. El es la Palabra de Dios, que, encarnándose, renueva todo; él, verdadero Dios y verdadero hombre, el Señor del universo, es también Señor de nuestra historia, el principio y el fin de toda ella.

Esta persuasión y certeza es el eje sobre el que se debe articular nuestra vida personal, familiar y comunitaria. Mirar a Jesucristo, encontrarnos con Él, identificarnos con Él, conocerle, amarle, seguirle, poner todo en relación con Él, hacer que Él esté en el centro, y que Él dé vida e ilumine todo: ése es precisamente el sentido de nuestro existir cristiano. El camino de la necesaria renovación de la Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras familias y de cada uno de nosotros no puede ser otro que Cristo y nuestra conversión a Él y a su Evangelio. Madre Teresa de Calcuta fue preguntada por donde debía comenzar el cambio de la Iglesia: “Por Ud. y por mi”, contestó. Necesitamos cambiar nuestra mente y nuestro corazón para pensar, sentir y obrar según Dios como ocurre en María. ¿No es verdad que nuestra mente y nuestro corazón con demasiada frecuencia se han adaptado a los criterios del mundo alejado de Dios, se han secularizado?

De manos de María hemos de volver a la escuela de Cristo para hallar el verdadero, el pleno, el profundo sentido de palabras como paz, amor, justicia, libertad. Se hace urgente, mis queridos hermanos, un continuo esfuerzo por volver a Cristo, para que podamos tener el valor de decir sí a la vida, al respeto de la dignidad de todo ser humano, a la familia, fundada en el verdadero matrimonio, a una educación cristiana de nuestros hijos y de nuestros jóvenes, al trabajo honrado para todos, al sacrificio intenso para promover el bien común. Necesitamos volver a esta escuela de Cristo, que es conocimiento de Él, que es escucha de su palabra, que es trato de amistad con Él, para convertirnos a Dios, para poder decirle sí a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Para edificar la nueva civilización del amor, sólo existe un camino: ponerse a la escucha de Cristo de manos de María, que nos dice “Haced lo que Él os diga”: dejémonos empapar por la fuerza de palabra y por su gracia; volvamos a la escuela de Cristo.

Miremos, una vez más, a la Virgen de Gracia. La Virgen, unida estrechamente a su Hijo Jesús, señala la senda que ha de seguir el cristiano tras su Señor. Una verdadera devoción a la Virgen llevará consigo una constante voluntad de seguir sus huellas en el modo de seguir a Jesús, su Hijo y Señor. María dedicada constantemente a su Hijo, se nos propone a todos como modelo de fe, como modelo de existencia que mira constantemente a Jesucristo. Como María, el cristiano se abandona confiado y esperanzado en las manos de Dios, vive dichoso, como ella, de la fe: nada hay tan apreciable como la fe que se traduce en amor a Dios y a los hermanos, en especial a los más pobres y necesitados. Que vuestra caridad hacia los necesitados se muestre en la generosidad en la colecta para destinarla a los más pobres a través de las Hermanas Terciarias Capuchinas.

Que la Virgen de Gracia os ayude a permanecer firmes en la fe y en la vida cristiana a los niños y a los jóvenes, a los matrimonios y a las familias de Altura. Que la Virgen de Gracia, vuestra Patrona, a quien a partir de hoy el pueblo fiel de Altura proclamará Reina, reine en vuestros corazones. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Pascual Baylón

HOMILIA EN LA FIESTA DE SAN PASCUAL BAYLÓN

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2017

 (Sof 2,3; 3, 12-13; Sal 33; 1 Cor 1,26-31; Mt 11, 25-30)

*****

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Jesús nos convoca un año más en tono a la mesa de la Eucaristía para honrar y venerar a San Pascual, nuestro santo patrono, al Patrono de Villarreal desde hace ya 100 años y al Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración de la Santa Misa, aquí en la Basílica, y a cuentos nos seguís desde vuestras casas, especialmente a los enfermos e impedidos.

Al celebrar la Fiesta de San Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios en la Eucaristía e hicieron de este amor vida en el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos vivos del Evangelio de Jesucristo.  No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo frío de la tradición. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos de hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro amor a Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades parroquiales, eclesiales y de nuestras cofradías.

La vida de Pascual no muestra ninguno de esos datos sobresalientes con los que se construye la fama humana. Y, sin embargo, pocos como él han gozado de una simpatía popular, tan arraigada y sentida, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, descendiente de modestos y cristianísimos padres.

Nacido en Torrehermosa en la Pascua de Pentecostés de 1540 -de ahí su nombre-, sus padres, Martín Bailón e Isabel Yubera, le infundieron una fe recia y una caridad desbordada hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen. Pascual era un joven austero y sacrificado, pero alegre y generoso para con los demás. Como por su oficio de pastor no podía asistir todos los días a la santa Misa, mientras ésta se celebraba se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio. Pasados los años emigró hacia el sur como pastor en tierras del Vinalopó; en Orito conoció a los franciscanos alcantarinos y, siguiendo la llamada de Dios, pidió ingresar en su Orden, de cuya familia formaría parte hasta morir aquí en Villarreal en 1592.

Pascual se nos presenta como el hombre sencillo y humilde, que amó a Jesucristo en la Eucaristía y a la Santísima Virgen con todo su corazón, y que, consagrado a Dios, amó a los pobres de una manera ejemplar hasta el final de su vida. Tres palabras impregnan la persona y vida de Pascual: humildad, Eucaristía y servicio.

Pascual fue un hombre humilde. El mundo valora los títulos, los honores, las carreras, el dinero, el prestigio, el poder. Pascual nos muestra que se puede llegar a ser grande -y no hay mayor grandeza que la santidad, la perfección del amor- siendo humilde, naciendo de una familia pobre y en un pueblo sencillo, dedicándose, primero, a la humilde tarea de pastor de unos rebaños y, después, como hermano lego a las tareas más humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

La humildad no es apocamiento, no es pusilanimidad, no es acobardamiento. La humildad es vivir en la verdad de uno mismo, que sólo se descubre en Dios. Dirá Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que no somos nada”. En tiempos de postverdad, no es fácil hablar de la verdad,  sin exponerse a ser tildado de fundamentalista o intolerante. Pero no sería buen obispo, si dejase de anunciar a Jesucristo que se ha definido a sí mismo como la Verdad: la verdad de Dios y sobre Dios, la verdad sobre el ser humano, cuyo misterio sólo se esclarece en Él (cf. GS). Al ser humano le cuesta aceptar esta verdad: que es criatura de Dios, que está hecho a imagen de Dios para alcanzar la semejanza con Dios y que sin Dios nada puede. Con frecuencia se endiosa y quiere ser como dios al margen de Dios, y quiere recrearse en contra y al margen de Dios. Y ahí comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en competencia con los demás a ver quien es más o quien aparenta más.

Los santos, como Pascual, sin embargo, nos sitúan en la verdad. En la verdad de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor. El hombre se hace precisamente grande al abrir su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. De ahí la llamada de Sofonías. “Buscad al Señor los humildes de la tierra” (Sof 2,3).

San Pascual quiso asemejarse a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, como lo hizo San Pascual. “Te doy gracias Padre, dice Jesús en el Evangelio, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos, y se las ha revelado a los pequeños”  (Mt 11, 25). La persona humilde y sencilla busca a Dios, y abre su mente y su corazón a Dios: y encuentra la verdad de si misma en Dios. Este es el camino hacia la libertad, hacia la felicidad y hacia la santidad: un camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

Pascual se caracteriza por su gran amor a Jesucristo en la Eucaristía. Ya desde niño amaba la Eucaristía porque lo había aprendido su casa, en su familia. Ya desde pequeñito su madre lo llevaba a la santa Misa. Si, queridos padres y hermanos todos. La fe y el amor a la Eucaristía se aprenden en casa, como san Pascual lo aprendió de sus padres. Y ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar.

En el Sacramento de la Eucaristía se hace y está real y permanentemente presente Jesucristo, muerto y resucitado para la vida del mundo. El Hijo eterno de Dios, enviado por el Padre para que vivamos por medio de Él, en la última cena tomó el pan, lo dio a los apóstoles y les dijo: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”; y lo mismo hizo con la copa: “Este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados”. Y después les dijo: “Haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía, Jesucristo está entre nosotros y se queda con nosotros, como amigo y como alimento, como presencia de Dios que llena toda nuestra vida, como fuente inagotable del amor.

San Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio. A El, que vivió este misterio con tanta hondura y tanta profundidad, le pedimos que nos conceda ese mismo amor a Cristo presente en el altar bajo las especies del pan y del vino, a Cristo presente en el sagrario en la Sagrada Hostia. En este sacramento, las especies del pan y del vino nos cubren o nos encubren su presencia; pero la fe penetra y descubre: !Dios está aquí¡. Hemos de creerlo, contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor. Así lo vivió San Pascual. Ante la Eucaristía se sentía profundamente conmovido. Su corazón se le llenaba de alegría de saber que estaba con Jesucristo, de saber que Jesucristo le amaba, de saber que Jesucristo en este sacramento se hace alimento de vida eterna, se hace presencia de amigo que nos acompaña  en el camino de la vida. A él le pedimos que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía como alimento para atraernos hacia sí, para unirse con nosotros, para darnos la vida misma de Dios.

Si uno es devoto de verdad de San Pascual Bailón, tiene que serlo de la Eucaristía. Pascual nos interpela a todos. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que nosotros caminemos por donde han caminado ellos. La Eucaristía es el bien más precioso, el tesoro más grande que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre.

Aún está fresca la profanación de la Eucaristía en la iglesia de Teresa. Un acontecimiento que nos ha llenado de dolor, como lo ha mostrado los actos de desagravio y de reparación en toda la Diócesis; y un hecho que nos debe interpelar a todos los católicos en nuestro aprecio de la Eucaristía y en nuestro piedad hacia el Santísimo Sacramento. ¿Cómo es nuestra fe en la Eucaristía cuando la asistencia a la Misa dominical es tan escasa? ¿Dónde estamos realmente hermanos cuando los padres no acuden a la Eucaristía con sus hijos, incluso cuando se están preparando para la primera comunión? No nos puede extrañar que para muchos niños sea la primera y la última Comunión. ¿Cómo preparamos a nuestros niños y cómo nos preparamos para recibir al Señor en la Comunión? ¿Y cómo lo recibimos: lo hacemos con fe, gratitud y devoción o los hacemos con indiferencia? ¿Somos conscientes de la presencia  real y permanente de Jesús sacramentado en el Sagrario? ¿No hay entre nosotros muchos sagrarios abandonados? Nos urge y mucho avivar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real de Cristo, de Dios mismo en la Eucaristía.

En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida. Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a una participación frecuente, activa, plena y fructuosa en la santa Misa, y a acercarnos a recibir la Comunión debidamente dispuestos; nos llevará también a estar con el Señor en el Sagrario, para adorarlo y beber del manantial permanente del amor. Sin Eucaristía no podemos existir como cristianos. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis 73).

Pascual, precisamente porque es humilde, se deja amar por Jesucristo en la Eucaristía y le ama con toda su alma, se entrega en el servicio a los pobres y a sus hermanos. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón esta cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace generoso y solidario con los demás. No sólo San Pascual; todos los santos son generosos y solidarios al entregarse y al darse. Porque, sabiéndose amados en desmesura por Dios en Cristo, acogen y viven el mandamiento nuevo de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 9).

San Pascual, en los oficios humildes que tuvo que realizar, vivía alegre y contento. Su alegría era Jesucristo, que le amaba. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces. El nos enseña a nosotros a ser generosos y caritativos con los pobres y necesitados de hoy. “Los pobres los tenéis entre vosotros” nos dice Jesús: pobres de pan, pobres de cultura, pobres de Dios. Pero se necesitan corazones generosos como el de San Pascual, como el de un buen cristiano para salir al paso de esas múltiples necesidades.

Celebremos este día de fiesta con sentido religioso. Nuestra fiesta es ante todo un acontecimiento del pueblo creyente, que mira hoy a san Pascual y pide a Dios ser, como él, humildes, amantes de la Eucaristía y servidores de los hermanos. Gocemos hermanos porque hombres como San Pascual nos estimulan en el camino de la vida; gocemos como, porque también como él, hoy tenemos en medio de nosotros el Santísimo Sacramento del altar. Cristo está presente en la Eucaristía como alimento de vida eterna, como compañero de nuestro camino, como salvación para todos los hombres. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 10 de mayo de 2017

(2 Cor 5,14-20; Sal 88; Jn 15, 9-17)

*****

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas; hermanos todos en el Señor:

Un año más celebramos la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español. Al recordar hoy al Maestro de Avila y Apóstol de Andalucía queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo, vivió en el siglo XVI y murió en Montilla el 10 de mayo de 1569, donde yacen sus restos. Damos gracias a Dios tenerlo como Patrono principal del clero secular español y como ‘Doctor’ de la Iglesia universal.

Animados por el espíritu de San Juan de Avila deseamos manifestar hoy nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el camino de nuestro ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor; y con la Virgen María, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano. Como Obispo vuestro, hoy doy gracias a Dios por vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño que El través de nuestra Iglesia os ha confiado. El Señor ha estado grande con vosotros y en vosotros con nuestra Iglesia diocesana.

Especialmente damos gracias a Dios por los hermanos que hoy celebran sus bodas sacerdotales: por Miguel Antolí Guarch en sus Bodas de Diamante; por Manuel Blasco Járrega, José García Adelantado, Eduardo García Salvador, Miguel Ibáñez García, José Llopis Alcaide y Francisco Segarra Sanchis en su Bodas de Oro; por Albert Arrufat Prades y Eloy Villaescusa Mañas en sus Bodas de Plata; y por los neosacerdotes  Francisco Javier Phuc Pham Van y David Escoín Rubio. Vuestro Obispo y vuestros hermanos en el presbiterio os decimos: muchas felicidades, y le pedimos al Señor que os bendiga con su amor entrañable por la fatiga fecunda de vuestra siembra diaria al servicio del Evangelio.

Y por la intercesión de nuestro Santo Patrono suplico a Dios que nos conceda la gracia de la santidad a todos nosotros.

Sí, hermanos: La fiesta de San Juan de Ávila nos invita a dejar que el Espíritu de Dios reavive en nosotros la frescura de nuestra unción sacerdotal y alegría por el don recibido; que el mismo Espíritu infunda en nosotros el deseo de imitar a nuestro Patrono en nuestra existencia sacerdotal y en nuestro ministerio pastoral. Juan de Ávila es “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta. Él fue un hombre de estilo austero y de oración sosegada; son proverbiales la sabiduría de sus escritos y la prudencia de sus consejos, tanto a los principiantes como a los más adelantados en los caminos del Espíritu, como lo fueron Teresa de Jesús, Juan de Dios o Juan de Ribera. La recia personalidad del Maestro de Ávila, su amor entrañable a Jesucristo, su pasión por la Iglesia del Señor, su ardor pastoral y su entrega apostólica son estímulos permanentes para que vivamos con ardor creciente y fidelidad evangélica nuestro ministerio, para que seamos discípulos misioneros de Jesucristo y pastores santos del pueblo de Dios.

También a nosotros, los sacerdotes de hoy, Jesucristo nos llama a seguirle con la fidelidad evangélica de Juan de Ávila. En los momentos recios que nos ha tocado vivir necesitamos mantener vivo el fuego del don del Espíritu de nuestra ordenación; así nos iremos configurando cada día más con Jesucristo, el Buen Pastor y creciendo en la nuestra caridad, en el servitium amoris. Nuestra sociedad está necesitada de maestros del espíritu, de testigos gozosos de su experiencia de fe en el Señor Resucitado. Los sacerdotes jóvenes, los seminaristas, las futuras vocaciones, los niños y los jóvenes necesitan tener en nosotros, los sacerdotes mayores, referentes claros de pastores entregados, necesitan del acompañamiento de sacerdotes santos. Nuestra Iglesia, esta porción del Nuevo Pueblo de Dios en Segorbe-Castellón, está llamada a una conversión pastoral y misionera; nuestra Iglesia está llamada a dejarse renovar por el Espíritu del Señor para seguir con nuevo ardor en la tarea de la evangelización: y para ello es necesario el acompañamiento de sacerdotes santos.

“Para conseguir sus fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del evangelio en todo el mundo y de diálogo con el mundo moderno”, el Concilio Vaticano II nos “exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia”, nos esforcemos “por alcanzar una santidad cada día mayor, que (nos) haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo  de Dios” (PO 12).

También a Juan de Ávila le tocó vivir tiempos difíciles, incluso dramáticos: por todas partes se respiraba un ambiente de reforma, y las nuevas corrientes humanistas y de espiritualidad o la apertura a nuevos mundos interpelaban y cuestionaban a la Iglesia y su misión salvadora. El sabía que de la reforma de los sacerdotes y demás clérigos, dependía en gran medida la necesaria renovación de la Iglesia. En su memorial al Concilio de Trento decía: “Éste es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas exteriores o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

Pido a Dios en este día que nos conceda ese espíritu de entrega gozosa del Maestro Ávila que, en los tiempos duros del siglo XVI, supo vivir firme en la fe, alegre en la esperanza y apasionado en su caridad pastoral, sin arredrarse ante las dificultades. Que valoremos como un tesoro y vivamos con gozo nuestro sacerdocio, tantas veces atormentado por el neopaganismo, la indiferencia religiosa, el alejamiento progresivo de nuestros cristianos, por el laicismo militante y el relativismo. Nuestro tiempo, tan necesitado de una nueva y renovada evangelización, nos pide una fe adhesión total y confiada a Cristo, un amor apasionado por nuestra Iglesia, el testimonio de una existencia entregada al ministerio y una comunión sin fisuras en la fe y en la moral, en la disciplina y en la misión. No valen los maestros solamente; se necesitan ante todo los testigos. O maestros, porque son testigos de una vida entregada a Cristo en el servicio a los hermanos en el seno de la comunión de la Iglesia.

Nuestro ministerio sacerdotal tiene su fuente permanente en el amor de Cristo hacia nosotros, que se traduce en un amor entregado totalmente a Cristo y, en El, a quienes nos han sido confiados. El evangelio de hoy nos recuerda el diálogo de Jesús resucitado con Pedro:“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el corazón de nuestra existencia sacerdotal: amar al Buen Pastor de las ovejas y a las ovejas del Buen Pastor, hasta entregar la vida como El. Este amor se basa en la iniciativa misteriosa y gratuita del Señor, que llamó a los discípulos antes de nada “para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Él los hizo sus amigos amándolos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo es corresponder a su amor.

En medio de su trabajo apostólico, San Juan de Ávila era un hombre de estudio de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Su Biblioteca era abundante, actualizada y selecta, y dedicaba al estudio, con proyección pastoral, varias horas al día. Sin embargo, la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo, el encuentro personal con el Señor. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde se encendía el celo ardiente de su corazón.

La intimidad del sacerdote con Jesucristo se manifiesta y se alimenta en la oración y particularmente en la Eucaristía. La oración es para Juan de Ávila, condición imprescindible para ser sacerdote, porque ella en sí misma es apostólica: “que no tome oficio de abogar si no sabe hablar”, decía (Plática 2ª). Y en relación con la Eucaristía recordaba: “el trato familiar de su sacratísimo Cuerpo es sobre toda manera amigable… al cual ha de corresponder, de parte de Cristo con el sacerdote y del sacerdote con Cristo, una amistad interior tan estrecha y una semejanza de costumbres y un amar y aborrecer de la misma manera y, en fin, un amor tan entrañable, que de dos haga uno” (Tratado del Sacerdocio, 12).

Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos cuidar nuestra vida de oración y de contemplación, donde vayamos adquiriendo los mismos sentimientos de Cristo, donde vayamos aprendiendo a amar como el Señor. Junto al apoyo fraterno mutuo y la amistad sacerdotal, tenemos necesidad, hermanos, de entrar “en la escuela de la Eucaristía” y encontrar en ella el secreto contra la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior para nuestra fidelidad.

La contemplación del Buen Pastor que ha entregado su vida por amor, nos llevará a los sacerdotes a corresponderle en igual sentido: “si me amas, pastorea mis ovejas”. El santo Maestro de Ávila nos ha dejado ejemplo de ello. Hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. Su afán evangelizador, sus sermones caldeados de fuego apostólico, sus muchas horas de confesionario, su tiempo programado y dedicado al estudio, su preocupación por la vida espiritual y la formación permanente de los sacerdotes, la fundación y mantenimiento de colegios, sus iniciativas catequéticas, la dirección espiritual, su cartas: todo ello son muestras de esa entrega hasta el final de su vida, ya lleno de achaques. Una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

Si vivimos nuestro sacerdocio no con sentido funcionalista, sino como una progresiva configuración con Jesucristo, podremos superar el miedo ante los compromisos definitivos, y a vivir nuestro sacerdocio con entrega total y a tiempo pleno.

Como San Pablo sabemos bien que “llevamos en vasijas de barro este tesoro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros’ (2 Cor 4,7). Es verdad, hermanos: llevamos en nuestras manos un tesoro, el don, la luz de la Palabra y la vida divina que el Señor nos ha dado, pero la llevamos en vasijas de barro. No somos más que representantes, mensajeros del Señor; frágiles instrumentos de sus manos. Es verdad que en la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura presencia del pecado. ¡La fragilidad humana de los ministros ha empañado tantas veces el rostro de Cristo! Pero a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Dios en Cristo que actúa a través de su ministerio.

Somos frágiles; la fortaleza nos viene de Cristo que nos ama a pesar de nuestros pecados. Él nos sigue ofreciendo su misericordia, una misericordia que traspasa nuestras debilidades. San Juan de Ávila así lo entendió. En la santidad se avanza desde la humildad, desde el reconocimiento de nuestra pequeñez y desde la confianza en el amor que Dios derrama en nosotros y en las personas que nos rodean y nos han sido confiadas. Sólo quien se fía de Cristo, con sencillez y humildad, podrá manifestar una fuerza arrolladora que emana de su amor. El Reino de Dios nace en Cristo, desde Cristo y con Cristo. Nosotros somos ‘siervos inútiles’ que ofrecemos nuestra pequeñez para que Él sea reconocido, acogido, amado y seguido.

En este día de fiesta no olvidamos a los hermanos sacerdotes que nos han precedido en el Señor en el último año: al P. Javier Iraola Michelena, agustino, a Francisco Tormo Llopis, Bernardo Guerrero Moles y -ayer mismo. el P. José Maria Botella. A todos los encomendamos al Señor y le pedimos que premie todos sus desvelos apostólicos y les conceda la gloria para siempre. Y para todos para todos los sacerdotes de nuestro presbiterio le pido que nos conceda la gracia de vivir y crecer en el amor y celo apostólicos de San Juan Ávila. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio. ¡Que María nos acompañe y cuide de nosotros para que seamos fieles transparencia de su Hijo, el Buen Pastor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de María, la Mare de Déu del Lledó

Basílica de la Mare de Déu de Lledó, 7 de mayo de 2017

IVº Domingo de Pascua

(Hech 2,14a.36-41; Sal 22; 1 Pt 2,20b-25; Jn 10,1-10)

*****

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Un año más, el Señor nos convoca a esta Eucaristía el primer domingo de mayo para cantar y honrar a nuestra Reina y Señora, la Mare de Déu del Lledó. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta Misa estacional para mostrar nuestro amor de hijos a la Virgen Madre. Saludo fraternalmente a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes, al Sr. Prior de esta Basílica y al Sr. Prior, al Presidente, Directiva y Hermanos de la Real Cofradía de la Mare de Déu del Lledó, a la Sra. Presidenta y Camareras de la Virgen. Mi saludo también a los Sres. Regidor de Ermitas, Clavario y Perot de este año. Expreso mi saludo respetuoso y mi agradecimiento sincero a la Ilma. Sra. Alcaldesa, a los Miembros de la Corporación Municipal de Castellón y al resto de autoridades, así como a las Reinas de las Fiestas. Mi saludo y a los seminaristas que nos asisten así como a cuantos desde vuestras casas estáis unidos a nosotros por la tv, especialmente a los enfermos e impedidos.

En esta mañana del Domingo del Buen Pastor, cantamos con el salmista:“El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22). Dios no nos abandona nunca. Nos ha entregado a su Hijo, el buen Pastor, que ha dado su vida por las ovejas en la Cruz y ha resucitado para que en Él tengamos Vida abundante. Dios nos ha dado también a la Madre de su Hijo, por Madre y Señora, por Patrona y Reina de Castellón. Ella es la “morada de Dios para los hombres”: a través de ella y en ella, Dios ha acampado entre nosotros; en María, Dios está siempre con nosotros; y gracias a nuestra profunda devoción a la Mare de Déu, Dios es y seguirá siendo nuestro Dios (cf. Ap 21,4).

María es presencia de Dios y de su amor en nuestras vidas, en nuestros hogares, en nuestra Ciudad. Hoy nos acogemos de nuevo a su protección de Madre: a sus pies podemos acallar nuestras penas, en su regazo encontramos consuelo maternal y, bajo su protección y tras sus huellas, encontramos el aliento necesario para escuchar y seguir a su Hijo, para ser discípulos misioneros del Señor. María es siempre la Madre buena que nos espera y acoge, que siempre tiene en sus labios la palabra oportuna o el silencio elocuente. Y, en verdad, que la necesitamos a Ella, su palabra, su aliento y su ejemplo en nuestro peregrinaje terrenal.

María dirige nuestra mirada hacia su Hijo; ella nos ofrece y nos lleva a su Hijo. Su deseo más ferviente es llevarnos al encuentro con Cristo Jesús para que se avive y afiance nuestra fe, para que se renueve nuestra vida cristiana; en una palabra: para que seamos cristianos de verdad, creamos y sigamos a Jesucristo y seamos sus testigos y misioneros. Nuestra devoción a la Mare de Déu ha de estar siempre orientada a Cristo. Porque Cristo Jesús, el Señor crucificado y resucitado, es el centro y fundamento de nuestra fe. El es el Mesías y Señor, él es el único Salvador y Mediador entre Dios y los hombres: el Camino para ir a Dios y a los hermanos, la Verdad sobre Dios y sobre el ser humano, y la Vida en abundancia y plenitud que Dios nos regala con la pasión, muerte y resurrección de su Hijo. María es siempre camino que conduce a Jesús, fruto bendito de su vientre. Ella no deja nunca de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5).

 De manos de la Mare de Déu de Lledó vayamos esta mañana al encuentro de su Hijo. Dejémonos encontrar y vivificar por Cristo vivo: Él es el buen Pastor; Él es la puerta de las ovejas al aprisco de la Vida. El papa Francisco nos invita insistentemente a dejarnos encontrar o reencontrar por Jesucristo para recuperar la alegría del Evangelio, para fortalecer o recuperar la gracia de la nueva Vida que nos fue dada ya en nuestro bautismo, para vivir nuestra vocación bautismal.

En el encuentro personal con Cristo acontece siempre algo excepcional que cambia, convierte y transforma la persona entera: la mente y el corazón, la forma de ser, de pensar y de vivir. Esa fue la hermosa experiencia de Juan y Andrés que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. Todo comienza con una pregunta: “¿Qué buscáis?” (Jn 1, 38). A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia: “Venid y lo veréis” (Jn 1, 39).

Esa fue, sobre todo, la experiencia pascual del encuentro de los Apóstoles con el Señor Resucitado. De esta experiencia del encuentro vive y se alimenta nuestra fe hoy y a lo largo de los siglos. Los Apóstoles son ante todo testigos de que Cristo ha resucitado, para que en Él tengamos vida abundante, la vida misma de Dios. Su encuentro con el Resucitado no fue una experiencia subjetiva, o una invención de unos discípulos desvalidos, nostálgicos o fracasados. Fue un encuentro real con Cristo realmente vivo y glorioso. La experiencia de este encuentro real no nació de la nostalgia sino de la certeza de que Jesucristo está vivo porque los Doce y algunos discípulos más, se han encontrado realmente con Él después de su muerte.

Y este encuentro con Cristo vivo los cambia en lo más íntimo de su ser, disipa su tristeza, su desconfianza, su derrotismo. Este encuentro los transforma en lo más profundo de su corazón. Desde ese núcleo más intimo de la persona, la experiencia del Resucitado inunda todas las áreas de su ser y de su existencia. Vuelven la alegría y la esperanza. Y esto les impulsa a comunicar lo vivido (cf. Lc 24, 46-49). Junto a la alegría está el coraje y el entusiasmo para anunciar la resurrección del Señor y para invitar a los demás a unirse a El por la fe.

En el encuentro personal “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”, nos dice el Papa Francisco. Todos los bautizados estamos invitados y llamados en cualquier lugar y situación en que nos encontremos, a renovar nuestro encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido!” (EG 3).

Hoy hemos de preguntar nosotros: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38), ¿dónde te encontramos de manera adecuada para abrir un auténtico proceso de conversión para ser tus discípulos misioneros?  No lo dudemos: en la Mare de Déu nos encontraremos con el Señor.

Quien se encuentra con Cristo Jesús le sigue. Sus ovejas escuchan su voz y le siguen. La llamada de Jesús a su seguimiento no es en exclusiva para unos pocos. La llamada a su seguimiento es universal, válida para todo cristiano. Quien sigue Jesús asume como propias las opciones, los valores, las actitudes y los comportamientos de Jesús y los actualiza en cada situación concreta de su vida. Y lo hace con prontitud y con alegría.

La invitación de Jesús a seguirlo lleva consigo una invitación a entrar en la misión de Jesús. No hay seguimiento de Jesús sin misión, porque la promesa de Vida en abundancia de Jesús, como dice Pedro, vale para todos: para los de casa y también “para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro” (Hech 2,39). Quien se cree cristiano, pero se desentiende de su misión universal liberadora y salvadora, no es verdadero discípulo de Jesús.

Seguir a Jesús significa asumir no sólo el proyecto de Jesús, sino el destino de Jesús. “Quien no carga con su cruz y se viene tras de mí, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27). Seguir a Jesús pasa por el sufrimiento, por la persecución, por la cruz y por la muerte. Pero no termina en la muerte, sino en la resurrección. El discípulo necesitará la fidelidad que le ayude a apaciguar sus miedos interiores y a resistir a las dificultades exteriores sin amargarse, sin acomplejarse, sin claudicar. Como nos dice la segunda lectura: “Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien; eso es una gracia de Dios. Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas” (1 Pt 2,21).

Seguir a Jesucristo no es una aventura individual, sino una empresa comunitaria. Jesús crea con sus discípulos un grupo que se convierte para cada uno en algo incluso más importante que la propia familia. Es la familia de los creyentes, que se convierte así en el ambiente propicio para perseverar y progresar en el seguimiento y en la misión. En concreto, la comunidad cristiana o la Cofradía a la que pertenecemos, la familia diocesana en la que estamos insertos, presidida en la fe y en la caridad por el obispo y la gran familia de la Iglesia universal presidida por el sucesor de Pedro, el santo Padre.

María, hermanos, nos enseña a creer en nuestra vocación cristiana, en nuestra llamada a participar de la vida más plena: la vida misma de Dios en el amor. María nos enseña a acoger con fe el don de Dios y a seguir creyendo, incluso en los momentos de oscuridad, en la dificultad, en la persecución, en los menosprecios, en nuestros miedos. Dios es fiel a su palabra: nos podemos fiar de él. La Santísima Virgen María es dichosa por haber creído, por haber confiado en Dios.

Con Ella nos hemos de sentir dichosos por nuestra fe cristiana. ¡Qué dicha tan grande la de la fe cristiana! ¡Qué don tan grande formar parte de la Iglesia! ¿Qué sería de nosotros, qué sería de nuestro pueblo sin la fe cristiana? ¿Qué sería de nosotros sin la Mare de Déu? No sabemos bien lo que tenemos con la fe cristiana. Aunque haya voces que nos quieran imponer lo contrario: la fe cristiana y nuestra devoción mariana son fuente de humanidad, de civilización y de cultura, fuente de vida y de progreso. Seríamos, con toda certeza, otra cosa sin la fe cristiana y sin la Mare de Déu. A pesar de la secularización reinante y del laicismo anticristiano militante,  la fe cristiana y la devoción mariana siguen vivas en el noble pueblo de Castellón. Gracias a la Mare de Déu existe vivo un profundo sentido religioso en nuestro pueblo: alimentemos y trasmitamos la devoción a la Virgen a nuestros niños y jóvenes. Esta es la tarea de vuestra Cofradía junto con quienes están al frente de la Basílica; siempre bien unidos, siempre sumando y nunca restando.

De manos de María, la Mare de Déu del Lledó, los cristianos estamos llamados a ser testigos del misterio de Dios y del misterio del hombre. Descubrir en la escuela de Maria el sentido del misterio es reconocer que el sentido de la vida empieza y termina en Dios, Creador y Redentor del hombre. El ser humano es creatura de Dios, y no hechura de los hombres. Como cristianos estamos llamados a dar testimonio de este misterio que engloba y abarca toda la vida del hombre, desde su nacimiento hasta su muerte natural. El ser humano es un profundo misterio cuya clave sólo se encuentra en Dios. ¡Cómo lo supo entender Santa María! Como ella, los cristianos hemos vivir como testigos de ese misterio proclamando la verdad sobre el hombre a la luz de su destino trascendente. Cuando la Iglesia defiende la verdad sobre el hombre frente a todos los ataques contra la vida y muerte natural, contra los derechos fundamentales de la persona y su dignidad, contra la institución matrimonial y familiar, contra el verdadero sentido de la sexualidad humana, no hace sino proclamar que nadie puede manipular la condición humana tal como ésta ha sido pensada y creada por Dios, tal como ha sido revelada por Cristo.

En estos momentos es preciso que los cristianos demos testimonio de la verdad completa del ser humano sin dejarnos arrastrar por ideologías que, si bien son presentadas como progreso de los derechos humanos, en realidad conducen a su deterioro y aniquilamiento. Son ideologías que, en definitiva, nacen de un olvido de la persona humana porque suplantan a Dios creador, que crea al ser humano a su imagen y semejanza, y los crea como hombre y mujer. Una sociedad que da la espalda a Dios, a su amor y a su ley termina por deshumanizar al hombre; termina por volverse contra el mismo hombre, contra su inviolable dignidad y sus derechos más sagrados. Se explica así la llamada que el Papa Juan Pablo II hizo a la Iglesia en Europa: “Descubre el sentido del misterio: vívelo con humilde gratitud; da testimonio de él con alegría sincera y contagiosa. Celebra la salvación de Cristo: acógela como don que te convierte en sacramento suyo y haz de tu vida un verdadero culto espiritual agradable a Dios” (Ecclesia in Europa, 69).

En este Domingo del Buen Pastor os pido que oréis por  mi y por nuestros sacerdotes:  somos vuestros pastores en nombre del Buen Pastor. Oremos para que el Señor suscite entre nosotros vocaciones al sacerdocio. Y acudamos a la Mare de Déu del Lledó, para que abra nuestros corazones a Dios, a Cristo y al Evangelio. A Ella nos encomendamos y le rezamos: “Ayúdanos a mantenernos firmes en la fe, constantes en la esperanza y fuertes en el amor. Ayúdanos a ser pacientes y humildes, pero también libres y valientes, como lo fuiste tú. ¡Protégenos y protege nuestra Ciudad! ¡Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Domingo de Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 16 de abril de 2017

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

***

 

“!Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado! Aleluya”. Es la Pascua, hermanos y hermanas, amados todos en el Señor. Hoy es “el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Por eso cantamos con toda la Iglesia el Aleluya pascual. ¡Cristo ha resucitado!: es un milagro patente. Hoy es el día en que con mayor verdad podemos entonar cantos de victoria. Hoy es el día en que el Señor nos llamó a salir de las tinieblas de la muerte y a entrar en el reino de su luz maravillosa. El mismo Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, nos invita a la alabanza y a la acción de gracias.

Dios Padre ha librado de la muerte a su Hijo Jesús y lo ha glorificado, resucitándolo de entre los muertos a una vida gloriosa. En Cristo resucitado se alumbra la Vida de Dios para toda la humanidad, para cada uno de nosotros. Su resurrección no es una vuelta a esta vida mortal; su cuerpo pasa a la Vida inmortal y gloriosa de Dios, y así la alumbra para nuestra humanidad. Su resurrección no es una vuelta a nuestra vida finita y limitada; es el paso -la Pascua- a la Vida de Dios absolutamente poseída. Y no sólo para sí, sino para todos los que creen en Él. La resurrección de Cristo cambia la historia, es el centro mismo de la historia: en Cristo resucitado queda restaurada toda la creación, toda la humanidad y la misma historia. Cuantos la acogen participan de su gloria, una vez restaurada con toda nitidez la imagen primera.

¡Cristo ha resucitado! Esta es la gran verdad de nuestra fe cristiana, es la Buena Noticia por antonomasia. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado verdaderamente, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte. Ante quienes niegan la resurrección de Cristo o la ponen en duda hay que afirmar con alegría y sin titubeos que Jesús ha resucitado verdaderamente, que su resurrección es un acontecimiento que ha sucedido en nuestra historia: El que murió bajo Poncio Pilatos, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

La resurrección de Jesús no es fruto de una experiencia mística; no es una historia piadosa o la invención de unas mujeres crédulas o de unos discípulos fracasados. María Magdalena encuentra el sepulcro vacío y piensa que han trasladado a otro lugar el cuerpo inerte de Jesús. Los discípulos de Jesús, salvo el discípulo amado, tuvieron que encontrarse con el Resucitado para creer. Tomás tuvo que tocar las llagas de sus manos para creer.

La resurrección sucede en un momento preciso de nuestra historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien. La resurrección de Jesucristo es obra de Dios todopoderoso, es la manifestación suprema de su amor misericordioso; es su respuesta definitiva a la entrega amorosa hasta el final de su Hijo. En la resurrección de Jesús se revela el verdadero rostro de Dios, su sabiduría y su bondad, su poder y su fidelidad, su amor compasivo y misericordioso.

¡Cristo ha resucitado! Esta Buena noticia resuena hoy en medio de nosotros con nueva fuerza. Y nos invita a creer en Dios, que es Amor y Vida; nos invita a creer a Dios, a fiarnos de su Palabra, que nos llega en la cadena ininterrumpida de la tradición de los apóstoles y de los creyentes, en la tradición viva de la fe de la Iglesia; esta día nos exhorta a aceptar la Palabra de Dios con fe personal que Jesús de Nazaret, el hijo de Santa María Virgen, muerto y sepultado, ha resucitado de entre los muertos, por cada uno de nosotros. Dejémonos encontrar personalmente por el Resucitado, como los apóstoles. Él sale a nuestro encuentro hoy para que se avive en nosotros la alegria que de sabernos amados siempre por Dios en su Hijo resucitado y así se renueve alegría por nuestro Bautismo.

Los cristianos, por nuestro Bautismo, participamos ya del Misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor. “Ya habéis resucitado con Cristo” (Col 3, l), nos recuerda San Pablo en su carta a los fieles de Colosas. Por el bautismo renacimos un día a la nueva Vida de los Hijos de Dios: fuimos lavados de todo vínculo de pecado. Dios Padre nos acogió amorosamente como a su Hijo y nos hizo partícipes de la nueva Vida resucitada de Jesús. Así hemos quedado vitalmente y para siempre unidos a Dios, y, a la vez, unidos a la familia de Dios. Los bautizados en Cristo hemos quedado unidos a Cristo, y, por ello, debemos vivir las realidades de arriba (Col 3, l), donde Cristo está sentado a la derecha del Padre.

Para el cristiano, la vida no puede ser un deambular por este mundo sin saber hacia dónde va o con la única preocupación de lograr el bienestar material; el cristiano ha de vivir su existencia desde la resurrección del Señor, con los criterios propios de la vida futura. Somos ciudadanos del cielo (Ef 2, 6), y caminamos hacia el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre (cf Ef 1, 20; Heb 1,3). De ahí que hayamos de plantear nuestra vida de modo que alcancemos aquella situación de dicha.

Por todo ello es verdadero cristiano quien se deja encontrar por Cristo, se deja transformar por la Vida nueva del Resucitado y pasa a ser un hombre nuevo. Porque por el bautismo toda nuestra persona y nuestra existencia queda afectada y comprometida. Nuestro bautismo pide una respuesta total de nuestra persona, que implica fe y conversión, es decir, un cambio radical en la forma de pensar, de sentir y de actuar: nuestro bautismo implica seguir a Jesucristo, a su persona y sus caminos, y dejar los caminos de un mundo alejado de Dios.

Confesar y celebrar la Resurrección pide vivir como Jesús vivió, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hech 10,38). Confesar y celebrar la resurrección pide vivir como Jesús nos enseñó a vivir. “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”(Jn 15,12). Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). De la fe en la resurrección del Señor surge un hombre nuevo, que no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él.

El bautizado se convierte así en testigo de la resurrección. La fe en la resurrección ilumina y transforma su vida, como a los Doce y a Pablo. La fe en la resurrección le hace su testigo para proclamarla con audacia, firmeza y perseverancia. Al verdadero creyente, nada ni nadie le podrá impedir el anuncio de  la resurrección de Cristo, Vida para el mundo, pues a todos está destinado. Nada ni nadie lo podrán impedir: ni las amenazas o castigos de las autoridades, ni la increencia o la indiferencia ambiental, ni el desdén de algunos ni la vergüenza de muchos de confesarse cristianos. Es preciso dar testimonio a todos de la fe que ha llegado a nosotros desde los Apóstoles.  No tengamos miedo, no nos avergoncemos de ser cristianos. Cristo ha resucitado y ha sido constituido Señor de la vida: todos estamos llamados a resucitar.

Pascua es el triunfo de la Vida sobre la muerte, del amor misericordioso sobre el pecado, de la paz y del perdón sobre el odio. Cristo resucitado es la luz para el mundo: así lo simboliza este cirio pascual. Cristo es la luz para todo hombre (cfr Jn 1,9; 3, 19). Cristo abre horizontes de eternidad al ser humano. Porque Cristo Jesús ha resucitado sabemos que nuestro destino no es la tumba: Si Cristo ha resucitado, todos nosotros resucitaremos, nos recuerda S. Pablo (1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; cf Rom 8,11) y ello fundamenta nuestra esperanza, de modo que vivamos con el gozo del Espíritu.

El cristiano ha de orientar hacia Dios las realidades terrenas, con alegría y con esperanza. La caridad de Cristo nos apremia a los bautizados a dar testimonio del Resucitado, Vida para el mundo, ante un ambiente social y político cada vez más crispado y ante una cultura de la muerte que se extiende como una macha de aceite en nuestra sociedad. Demos testimonio alegre y esperanzado de la dignidad sagrada de toda persona, desde su inicio hasta su muerte natural. Demos testimonio con una vida honesta y honrada. Los santos han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. Vivamos también hoy los cristianos con alegría y fidelidad el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora en todas partes. Será nuestra mejor contribución a la profunda regeneración moral que necesita nuestra sociedad.

Paz a vosotros”. Este es el saludo pascual de Cristo resucitado a sus discípulos. Este es también mi saludo en esta Pascua ¡Que la Paz de Cristo resucitado sea con todos vosotros! ¡Que la paz reine entre las personas, entre los esposos, en las familias, entre los grupos y entre los pueblos! Seamos testigos y constructores de paz y de reconciliación en nuestros ambientes. La paz del Cristo resucitado no es como la paz de este mundo. La paz que Él nos ofrece es muy distinta a la obtenida por las armas, por el terrorismo, por la opresión, por la destrucción o por la negación sistemática del que es diferente. La paz de Cristo es la paz que Dios nos ofrece en su Hijo: resucitándolo destruyó el odio, el pecado y la muerte. La paz pascual se basa en el perdón y en la reconciliación de Dios para todos en Cristo resucitado: El es la Vida, la Verdad y el Bien de Dios para todos los hombres y para la humanidad entera. La enemistad, las diferencias y el rencor se vencen con la acogida y el respeto al otro, con el diálogo en la verdad, con la justicia y la libertad, con el perdón y el amor. La paz pascual nace de un corazón nuevo y renovado, de un corazón reconciliado y reconciliador, de un corazón resucitado y resucitador.

Vivamos fielmente nuestra fe en la resurrección, dejémonos transformar por ella, caminemos por el mundo dando a los hombres ‘razón de nuestra fe y de nuestra esperanza’. Con nuestra actitud, con nuestras palabras y con nuestro obrar. Así podremos ser mensajeros de la resurrección de Jesucristo, testigos de esperanza y constructores de su Paz.

 

¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Domingo de Ramos

9 de abril de 2017

(Is 50,4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Mt26, 14-27, 66)

****

 

Con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor comienza la Semana Santa: un año más nos disponemos a celebrar los misterios santos de nuestra redención: la pasión, muerte y resurrección del Señor.

“¡Hosanna, el Hijo de David!” y “¡Crucifícalo!” son las dos palabras, que sintetizan la celebración de este Domingo. En la procesión hemos salido al encuentro del Señor con cantos y con palmas en nuestras manos. Hemos revivido lo que sucedió aquel día, en que Jesús, en medio de la multitud que le aclama como Mesías y Rey, entra triunfante en Jerusalén montado en un pollino. Tras la procesión de palmas nos hemos adentrado en la celebración de la Eucaristía, en que se actualiza la pasión y muerte en cruz de Cristo, que hemos proclamado en el relato de la Pasión, este año según San Mateo.

La Palabra de Dios fija nuestra atención en Aquel que va a ser el centro de cuanto vamos a celebrar en estos días santos. Cristo Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, fiel a la voluntad del Padre y por un amor infinito hacia la humanidad, sigue el camino que le llevará a la cruz con el fin de abrirnos las puertas del Amor de Dios y de la Vida.

Jesús se entrega voluntariamente a su pasión; no va a la cruz obligado por fuerzas superiores a él, sino por amor obediente a la voluntad del Padre y amor hecho entrega total a la humanidad. “Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Jesús sabe que ha llegado su hora, y la acepta con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres. Jesús va a la cruz por nosotros; él lleva nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados le llevan a la cruz: fue triturado por nuestras culpas, nos dice Isaías (cf. Is 53, 5). El proceso y la pasión de Jesús continúan en el mundo actual; lo renueva cada persona que, pecando, rechaza a Cristo y su amor, y prolonga así el grito de aquella gente amotinada: “No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!”.

Al contemplar a Jesús en su pasión, vemos en él los sufrimientos de toda la humanidad. Cristo, aunque no tenía pecado alguno, tomó sobre sí lo que el hombre no podía soportar: la injusticia, las mentiras, las violencias, los adulterios, el pecado, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte. En Cristo, el Hijo del hombre humillado y sufriente, Dios acoge, ama y perdona a todos. En la cruz, Dios restablece la comunión con los hombres y de los hombres entre sí, y da de este modo el sentido último a la existencia humana. No somos fruto del azar; somos creaturas del amor de Dios y estamos llamados a su amor. La cruz es el abrazo definitivo de Dios a los hombres. Desde ese abrazo de Cristo en la cruz lo más hondo del misterio del hombre ya no es su muerte, sino la Vida sin fin en el amor de Dios. La cruz ha roto las cadenas de nuestra soledad y de nuestro pecado; la cruz ha destruido el poderío del pecado y de la muerte. Desde la pasión del Hijo de Dios, la pasión del hombre ya no es la hora de la derrota, sino la hora del triunfo: el triunfo del amor infinito de Dios sobre el pecado y sobre la muerte.

La Semana Santa nos invita a acoger este mensaje de la cruz. Al contemplar a Jesús, el Padre quiere que aceptemos seguirlo en su pasión, para que, reconciliados con Dios en Cristo, compartamos con El la resurrección.

Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2,9). Estas palabras del apóstol san Pablo expresan nuestra fe: la fe de la Iglesia. La Semana Santa nos sitúa de nuevo ante Cristo, vivo en su Iglesia. El misterio pascual, la pasión, muerte y resurrección, que revivimos durante estos días, es siempre actual. Todos los años, durante la Semana santa, se renueva la gran escena en la que se decide el drama definitivo, no sólo para una generación, sino para toda la humanidad y para cada persona. Nosotros somos hoy contemporáneos del Señor. Y, como la gente de Jerusalén, como los discípulos y las mujeres, estamos llamados a decidir si lo acogemos y creemos en él o no, si estamos con él o contra él, si somos simples espectadores de su pasión y muerte o, incluso, si le negamos con nuestras palabras, actitudes y comportamientos.

Como cada año, estos días santos quieren conducirnos a la celebración del centro de nuestra fe: Cristo Jesús y su misterio Pascual. Este es el centro de todas las celebraciones de esta Semana Santa, de las litúrgicas, de las procesionales y de las representaciones de la pasión. Pero ¿creemos de verdad en Cristo Jesús y en su obra de Salvación? Y, si es así, ¿ayudamos a otros a acercarse a Jesús para avivar y fortalecer la fe? ¿Ayudamos a nuestros Cofrades a que su participación en los desfiles sea en verdad expresión comunitaria y pública de esa fe? Estas preguntas no son mera retórica, ni consideraciones pías. Tocan el núcleo esencial de nuestra Semana Santa, que con frecuencia queda olvidado, desdibujado o diluido en nuestras procesiones. Vivamos el sentido genuino de nuestra Semana Santa.

En la pasión se pone de relieve la fidelidad de Cristo a Dios Padre y a la humanidad; una fidelidad que está en contraste con la infidelidad humana. En la hora de la prueba, mientras todos, también los discípulos, incluido Pedro, abandonan a Jesús (cf. Mt 26, 56), él permanece fiel, dispuesto a derramar su sangre para cumplir la misión que le confió el Padre. Junto a él permanece María, silenciosa y dolorosa. Aprendamos de Jesús y de su Madre, que es también nuestra madre. La verdadera fuerza del cristiano está en vivir fiel a su condición de cristiano y en su testimonio de la verdad del Evangelio, resistiendo a las corrientes contrarias, a las incomprensiones, a los hostigamientos, a los escarnios y a las mofas. Es el camino que vivió el Nazareno; es el camino de sus discípulos, los cristianos, hoy y siempre.

En su pasión y muerte, Jesús, el Hijo de Dios, nos ha abierto el camino para que todos podamos seguirle, con la certeza de que, por difícil y duro que nos parezca el camino, quien le siga encontrará en Él la Vida y la Salvación. Os invito a vivir estos días acercándonos al Sacramento de la Confesión, para que, purificado nuestro pasado, dejemos que Cristo brille en nosotros.

En estos días santos se hace presente todo lo más grande y profundo que tenemos y creemos los cristianos. ¡Abramos las puertas de nuestro corazón a Cristo que nos ama! Que nuestra participación en las celebraciones nos adentren en un renovado despertar de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor.

Así se lo pido a María que supo estar al lado de su Hijo Jesucristo. Que Ella, como buena Madre, nos ayude a ser fieles seguidores de su Hijo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Santa Misa Crismal

 Castellón, S. I. Concatedral de Santa María, 10 de abril de 2017

(Is 61,1-3a.6a.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

***

 

Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (Ap 1,5) a todos vosotros, amados sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y fieles laicos, venidos de toda la Diócesis para esta Misa Crismal. Saludo también y recordamos en la oración a los sacerdotes que por edad, enfermedad, ocupación u otra razón no nos acompañan esta mañana.

Esta celebración, que nos conmueve interiormente cada año, evoca en nosotros elementos fundamentales de nuestra vida. Es una celebración que nos guía a la puerta misma del Santo Triduo Pascual; es precisamente de este Triduo de donde proviene toda la fuerza de lo que esta mañana vamos a realizar: la consagración del santo Crisma y la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos que van a ser utilizados en toda la diócesis como cauces de la misericordia del Señor en la celebración de los sacramentos. Es una celebración que nos une como pueblo sacerdotal, profético y real. Y para quienes hemos recibido la unción del crisma de modo particular el día de nuestra ordenación sacerdotal nos ayuda a hacer nuestra aquella exhortación del apóstol Pablo a Timoteo: “reaviva el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 tim 1,6); y nos hace conscientes de pertenecer a una realidad muy hermosa: a esta Iglesia de Segorbe-Castellón y a este presbiterio diocesano, que unido a su obispo, hoy quiere renovar su entrega generosa al servicio del pueblo de Dios confiados en la Palabra de Aquél que nos llamó, nos capacitó para el ministerio y nos sostiene diariamente con su gracia.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres” (Is 61, 1,3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo, a Jesús. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). Así comenta él mismo, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en él, único y definitivo mediador entre Dios y los hombres.

Es Jesús mismo quien afirma que Él es el Ungido del Señor, a quien el Padre ha enviado para anunciar la Buena nueva a los pobres y a los afligidos, para traer a los hombres la liberación de sus pecados. Él es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia de Dios. Acogiendo la llamada del Padre a asumir la condición humana, Él ha traído el soplo de la vida nueva y da la salvación a todos los que creen en Él.

El mismo Señor Jesús ha hecho de todos nosotros, los bautizados, un reino de sacerdotes. Por el bautismo hemos sido ungidos y consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales. Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la nueva vida de la gracia, recibida en el Bautismo, se desarrolle en nosotros mediante una fe viva en el Dios vivo, que viene a nuestro encuentro y nos ofrece su amistad y su amor en su Hijo; una fe personal en comunión con la fe de la Iglesia, que se alimenta en la oración y en la participación frecuente en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación; una fe que es viva si opera en la caridad. Todos los bautizados hemos sido ungidos para ser enviados a anunciar la Buena nueva que es Jesucristo. Nuestra vocación es ser discípulos misioneros del Señor.

En otro nivel cualitativamente distinto, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes: por una unción especial hemos sido ordenados para ser ministros de Cristo y del Pueblo santo de Dios; es decir, servidores que pastorean al pueblo sacerdotal, que anuncian la Buena nueva y ofrecen el sacrificio eucarístico a Dios en nombre y en la persona de Cristo (cf. LG 10); somos sacerdotes no en provecho propio, sino para servir al sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

Queridos sacerdotes. Somos servidores, no dueños del Pueblo santo de Dios. Estamos llamados a servir a todos los bautizados para que vivan su sacerdocio común; es decir, su unción y vocación bautismal, ofreciéndoles en nombre de Cristo la Buena nueva que les lleve al encuentro personal y transformador con Él y a su seguimiento en la comunidad cristiana; estamos enviados para ayudarles a descubrir o redescubrir la vocación a la alegría del amor de Dios y de amar a Dios y a los hermanos; estamos ungidos y enviados para acompañarles personalmente en su existencia y vida cristiana concretas: en las alegrías y en la penas, en los gozos, en las dificultades y en las crisis; ellos necesitan y reclaman nuestro testimonio y apoyo para hacer de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás en la vocación concreta de cada uno; en una palabra, estamos llamados a servirles para que sean discípulos misioneros del Señor.

Así surgirán comunidades de discípulos misioneros, que se saben enviadas y salen a la misión; que van a las periferias existenciales o geográficas para de anunciar el Evangelio del amor de Dios a los pobres de Dios, de cultura y de pan; para proclamar a los cautivos la libertad, que sólo se consigue cuando la única atadura es Dios; para devolver a los ciegos la vista, que sólo la luz de Dios puede conceder; para poner en libertad a los oprimidos por los pecados propios o ajenos, por la injusticias, por los odios, por los egoísmos; para proclamar el año de gracia del Señor, que es siempre actual porque su misericordia es eterna.

Nuestro primer servicio será ayudar a los propios bautizados a conocer a Dios y su Palabra para llevarles al encuentro personal con Cristo en la oración, que avive el don de su bautismo. Soy conocedor como vosotros de las dificultades internas y externas en el proceso de la iniciación cristiana y en la crecimiento en la fe de niños, adolescentes y jóvenes; como también conozco como vosotros de las dificultades de nuestros jóvenes no casados y de los matrimonios y familias ya constituidos para acoger y vivir la vocación al matrimonio y a la familia cristiana. Me preocupa -y nos preocupa-, especialmente, el alejamiento de la fe y vida cristiana y de la Iglesia de muchos adolescentes, jóvenes y jóvenes adultos. Esto no nos puede ser indiferente. Pese a todas las apariencias al joven y al hombre de hoy le sigue interpelando la verdad y el sentido de vida que es y ofrece Jesucristo. El joven -el hombre- de hoy se asemeja muchas veces a aquella samaritana que desea llenar su cántaro y su vida del agua viva; pero ni sabe lo que busca, ni conoce el agua viva y, así, sigue rodeándose de ‘maridos’ que, en realidad, no son el suyo (cfr. Jn 4,17). Como pastores necesitamos ser cercanos y conocer a nuestros adolescentes y jóvenes; y hemos de amarlos -nunca despreciarlos- con el afecto del buen Pastor, siendo testigos trasparentes de Él, para ofrecerles con verdadera pasión a Dios y a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida.

Amados hermanos sacerdotes. En breves momentos vamos renovar nuestras promesas sacerdotales. Se trata de un rito que cobra su pleno valor y sentido precisamente como expresión del camino de santidad, de fidelidad y de ardor apostólico, al que el Señor nos ha llamado por la senda del sacerdocio y del servicio pastoral. Cada uno de nosotros recorre este camino de manera muy personal, sólo conocida por Dios, que escruta y penetra los corazones. Con todo, en la liturgia de hoy, la Iglesia nos brinda la consoladora oportunidad de unirnos y sostenernos unos a otros en el momento en que, a las preguntas del Obispo, contestamos todos a una: “Sí, quiero”. Esta solidaridad fraterna no puede por menos que transformarse en un compromiso concreto de ser cercanos los unos a los otros, en las circunstancias ordinarias de la vida y del ministerio. No nos puede ser indiferente ningún hermano sacerdote.

Para ser servidores de la unción bautismal de los fieles, los pastores debemos dar un testimonio coherente de vida, hemos de vivir con fidelidad el don y misterio que hemos recibido. Nuestra fidelidad reclama no sólo conservar y perdurar en el tiempo, sino mantener el espíritu fino y atento para crecer en fidelidad. La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha vuelto más difícil, si cabe, en nuestros días; y, sobre todo, se ha vuelto más difícil hacerlo con frescura y finura. ¡No demos cabida en nuestra vidas a cualquier forma de fingimiento! ¡Evitemos caer en la rutina, la mediocridad o la tibieza, que matan toda clase de amor!. ¡Acojamos la invitación del Señor a vivir con radicalidad evangélica el don y el ministerio recibidos! ¡Seamos responsables en nuestra tarea, serios en nuestra vida afectiva, preocupados por la oración, atentos a las necesidades de la comunidad cristiana y fieles a la misión de anunciar a todos el Evangelio!.

Dios es siempre fiel. El nos ha llamado, ungido y enviado. Y no se arrepiente de ello. Acojamos su fidelidad con la nuestra. La fidelidad que le frecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios hacia nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín).

Por eso, siguiendo la invitación del salmo 88, cantemos una y otra vez las misericordias del Señor: cantemos su amor misericordioso con redoblada alegría en esta mañana, en que celebramos la fiesta de todo el Pueblo de Dios al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo; y en que celebramos fiesta, también y de manera especial, de todos nosotros, hermanos en el sacerdocio, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo cristiano.

!Cuántos motivos para dar hoy gracias a Dios por su misericordia¡ Cómo no rememorar tantos dones recibidos, tanta misericordia derramada a lo largo de los años de nuestra existencia: “He ungido a David mi siervo para que mi mano esté siempre con Él. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán. Él me invocará, Tú eres mi Padre” (Sal 88). Estas palabras también se aplican a nosotros. Dios nos ha ungido, nos ha consagrado, nos ha hecho suyos: su fidelidad y su misericordia nos acompañan. Es la luz de nuestra vida, es nuestro descanso y la fuente de nuestra esperanza.

Al dar gracias a Dios por el don de vuestro sacerdocio, hoy le damos gracias también, queridos sacerdotes, por vosotros: por vuestra fidelidad humilde, por vuestro trabajo abnegado, por vuestro cansancio pastoral, por vuestra generosidad silenciosa y, también, por vuestros sufrimientos pastorales. Sólo Dios sabe el bien inmenso que todo sacerdote fiel, bueno y entregado hace a nuestras comunidades, aunque no siempre sea reconocido. Contad en esta mañana con el reconocimiento, el apoyo, el afecto, la gratitud y la oración de vuestro obispo y de los fieles.

Que a todos nos sostenga la santísima Virgen María, Madre del Señor y Madre de los sacerdotes. Que Ella nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina. Dóciles al Espíritu del Señor, seremos ministros fieles de su Evangelio y del Pueblo santo de Dios. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Castellón, S.I. Concatedral, 19 de enero de 2017

(Is 49, 3.5-6; Sal 39; 1Co 1,1-3; Jn 1, 29-34)

****

 

Hermanos amados todos en el Señor:

Un año celebramos esta Eucaristía en la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado. Gracias por vuestra numerosa presencia, queridos inmigrantes y refugiados: una vez más podemos experimentar la catolicidad, la universalidad, de nuestra Iglesia católica, sacramento y germen de unidad de todo el género humano (cf. LG 1), para formar una sola familia humana. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido esta tarde a esta celebración. Saludo cordialmente al párroco de la parroquia ortodoxa rumana de San Nicolás, a las asociaciones y grupos de inmigrantes; al Director de nuestro Secretariado Diocesano paras la Migraciones y a todos los trabajadores y voluntarios en este sector pastoral.

La Palabra de Dios, que acabamos de proclamar, centra nuestra mirada en Cristo Jesús: Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Hijo de Dios, hecho hombre, el Siervo de Dios.

Así  lo presenta Juan en el Evangelio que hemos proclamado. Jesús apareció en la orilla del río Jordán. Es su primer acto público, lo primero que hace cuando sale de la casa de Nazaret, a los treinta años: desciende a Judea, va al Jordán, y es bautizado por Juan. Sabemos lo que sucede: el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma, y ​​la voz del Padre lo proclama Hijo amado (cf. Mt 3,16-17). Es la señal que Juan estaba esperando. ¡Es él! Jesús es el Mesías. Juan está desconcertado, ya que se produjo de una manera impensable: entre los pecadores, bautizados como ellos, de hecho, para ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y le hace saber que así se cumple la justicia de Dios, que cumple su plan de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como el Cordero de Dios, que toma sobre sí mismo y quita el pecado del mundo. Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos.

Jesucristo es el Salvador precisamente porque ha roto las ataduras del pecado, de la división, de la injusticia, de la exclusión y del odio entre los hombres. Él mismo declara al entrar en este mundo: “Aquí estoy, Señor, para, hacer tu voluntad” (Sal 39). Cristo Jesús, obediente al Padre por amor, se ha hecho uno de nosotros, y por la ofrenda y entrega total de su cuerpo y de su espíritu al Padre, ha restablecido y recuperado la amistad y la comunión con Dios y así entre todos los hombres. Esa es la voluntad original de Dios: que todos vivamos como hijos suyos en unión de amistad con él,  en unión y fraternidad entre todos los hombres –independientemente de origen, raza, lengua o nación- y en armonía con la creación entera. Todo ello queda roto por el pecado. Sí; el pecado no sólo es rechazo de la amistad, de la comunión con Dios, sino también de la fraternidad con los hombres y de la armonía con la creación misma. Así lo vemos reflejado en el relato del pecado original.

Jesús es el Ungido de Dios; él lleva a cabo las promesas de Dios y las expectativas de los hombres de modo inesperado, pero del modo más humano posible: haciéndose uno de nosotros, haciéndose Enmanuel, Dios-con-nosotros, siendo en todo fiel y obediente a la voluntad de Dios hasta su entrega a Él en la Cruz. Jesucristo es la Luz para todos los hombres. El sale a nuestro encuentro y desea encontrarse con cada uno de nosotros para mostrarnos el camino hacia Dios y hacia todos los hombres, para darnos la comunión de vida con Dios, base de la comunión fraterna, de la solidaridad, de la acogida del otro, también del extranjero, del migrante, para hacer de todos los hombres una sola familia humana.

Esta es la razón de ser y la misión de la Iglesia. Ser portadora de la Luz y Salvación de Cristo, ser presencia suya, de su Evangelio y de su obra redentora entre los hombres y mujeres de todos los tiempos; ser, en una palabra, misterio de comunión y misión, ámbito de unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Una misión que corresponde a todos los bautizados, consagrados por Cristo en el Bautismo, siendo, como Jesús, siervo de Dios y de los hombres, siendo apóstol de la Buena Nueva, como Pablo (cf. 1Co 1,1-3).

La escena del evangelio de hoy es decisiva para la Iglesia y para todos los bautizados. No es una anécdota, es un hecho histórico decisivo. Es decisivo para nuestra fe; y también es decisivo para la misión de nuestra Iglesia. Como Iglesia, en todas las épocas, estamos llamados a hacer lo que hizo Juan el Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” Él es el único Salvador. Él es el Señor, humilde, entre los pecadores, pero él no es otro poderoso, sino el Siervo de Dios y el servidor de todos.  “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Son éstas palabras las que nosotros los sacerdotes repetimos todos los días, durante la Misa, cuando presentamos el pan y el vino que se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico es toda la misión de la Iglesia, que no se anuncia a sí misma. La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a Cristo. Debido a que es Él y sólo Él el que salva a su pueblo del pecado, lo libera y lo guía a la tierra de la verdadera libertad.

En esta Jornada Mundial del Migrante y Refugiado, el Señor nos llama a abrir nuestros corazones para la acogida cristiana del emigrante y del refugiado. Las palabras de Jesús “como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Jn 13, 34) nos obligan a ello. Todos los seres humanos formamos una sola familia humana. El Padre-Dios, nos llama a reconocernos todos hermanos en Cristo; amar a los inmigrantes y refugiados, no es mirarles, sino identificarse con ellos; formamos ‘una sola familia humana’ de hermanos y hermanas en sociedades, cada vez más multiétnicas e interculturales, donde estamos llamados a la acogida fraterna y al diálogo respetuoso, s trabajar por una cultura del encuentro basada en una convivencia pacífica y provechosa, y en el respeto de las legítimas diferencias. Siempre hubo migraciones, pero lo que en estos momentos está sucediendo es enteramente nuevo y apela a nuestra conciencia para que nos convirtamos en ayuda para los pobres, para los refugiados, para los más necesitados, porque son hermanos nuestros.

Dios no hace distinción entre pueblos sino que se entrega a todos. El mundo necesita cambiar, y no lo cambian las ideologías ni los sistemas políticos, sino el amor misericordioso de Dios, que no es simplemente mirar a los inmigrantes y refugiados, sino identificarse con ellos. No se trata sólo de no colaborar con la injusticia y la exclusión; se trata de bastante más. Dios nos llama a construir una humanidad nueva con hombres y mujeres nuevos capaces de amar con el amor de Jesucristo, que se muestra con especial ternura con los últimos y los más pequeños.

En la Jornada de este año la Iglesia nos exhorta a fijarnos en  “los menores migrantes, vulnerables y sin voz”. Es una llamada a la conciencia de cada persona adulta y especialmente de los gobernantes para que tengan en cuenta en sus decisiones políticas los sufrimientos de los niños en situación de riesgo y pongan remedio cuanto antes a sus males. El Papa Francisco nos invita a fijar nuestra mirada en los niños migrantes porque son menores, extranjeros e indefensos… Ellos son quienes más sufren las graves consecuencias de la emigración, casi siempre causada por la violencia, la miseria y las condiciones ambientales, factores a los que hay que añadir la globalización en sus aspectos negativos. Estos nuestros pequeños hermanos, especialmente si no están acompañados, están expuestos a muchos peligros. Es necesario adoptar toda medida posible para garantizar a los menores emigrantes la protección y la defensa, así como también su integración.

Agradezco de corazón la dedicación y entrega generosa para con los inmigrantes y también con los menores y jóvenes en riesgo que hacen el Secretariados diocesano, las Caritas, las instituciones de la vida consagrada, las parroquias y tantas personas que ponen su tiempo y dedicación al servicio de inmigrantes y refugiados..

Oremos para que nuestra sociedad vea a los inmigrantes y refugiados y a sus familias no como una carga o un peligro, sino como una riqueza para nuestra sociedad a quienes debe acoger cordialmente, tratar como hermanos y facilitar su pacífica y enriquecedora integración. Oremos para que los inmigrantes y refugiados se encuentren en su casa en nuestra Iglesia diocesana y en sus respectivas parroquias.

¡Que María la Virgen nos proteja en este nuestro caminar y nos enseñe a ser sensibles como ella ante las necesidades de los emigrantes y refugiados, y a poner nuestra mirada en su Hijo, el Salvador, que con su muerte y resurrección ha restablecido la comunión con Dios, base de la fraternidad universal! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón