“Queremos ver a Jesús”

Queridos diocesanos:

El Domingo, 24 de octubre, celebramos el Domund, la Jornada Mundial de las Misiones. Año tras año, este día nos recuerda la vocación misionera de la Iglesia y el compromiso de todos los cristianos con la misión. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad en Cristo (cf. 1 Tim 2 ,4). Jesucristo, el Hijo de Dios, ha venido al mundo para que en Él todos tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10).

Los cristianos estamos llamados a vivir esta vida en Cristo y a ofrecerla a todos, pues a todos está destinada. La Iglesia, misionera por naturaleza, ha sido convocada para ser enviada; es comunión en Cristo para la misión, que revierte y genera comunión; todos los cristianos estamos llamados a ser promotores de la novedad de vida y comunión en Cristo, hecha de relaciones auténticas.

El Evangelista San Juan nos recuerda la petición que algunos griegos llegados a Jerusalén para la peregrinación pascual hacen al apóstol Felipe: “Queremos ver a Jesús”, le dicen (Jn 12, 21). “También los hombres de nuestro tiempo, dice Benedicto XVI,  quizás no siempre de modo consciente, piden a los creyentes no sólo que “hablen” de Jesús, sino que también “hagan ver” a Jesús, … en todos los rincones de la tierra ante las generaciones del nuevo milenio y, especialmente, ante los jóvenes de todos los continentes, destinatarios privilegiados y sujetos del anuncio evangélico. Estos deben percibir que los cristianos llevan la palabra de Cristo porque él es la Verdad, porque han encontrado en él el sentido, la verdad para su vida”.

Para renovar nuestro compromiso misionero, los cristianos hemos de acoger antes de nada la invitación de  Jesucristo a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía para unirnos con Él y vivir unidos a Él. “Venid y veréis”, nos dice el Señor. El encuentro con el Amor de Dios en la Palabra y en la Eucaristía cambia nuestra existencia y crea la comunión; unidos a Cristo y entre nosotros podremos ofrecer a los demás un testimonio creíble de nuestra fe en Cristo y dar razón de nuestra esperanza.

La participación en la Eucaristía nos ayuda a comprender y vivir mejor el sentido misionero de toda existencia cristiana. Con las palabras al final de cada Misa, -‘Podéis ir en paz’- somos enviados a anunciar la Palabra de Dios, a vivir y testificar el memorial de la Pascua, el encuentro y la unión con el Señor. Los discípulos de Emaús reconocieron al Resucitado al partir el Pan y marcharon al instante para comunicar lo que habían visto y oído. Quien ha hecho la experiencia de encuentro y unión con el Señor en la Eucaristía no puede guardarlo para sí mismo, sino que ese encuentro le lleva necesariamente a la misión. De ahí que la misión se debilita cuando languidece la celebración de la Eucaristía y la participación plena en ella.

La Eucaristía nos ha de estimular a todos -fieles, Iglesia diocesana y comunidades parroquiales- a abrirnos cada vez más a la misión entre nosotros y a la cooperación misionera para promover el anuncio del Evangelio en el corazón de toda persona, de todos los pueblos, culturas, razas, nacionalidades, en todas las latitudes.

Renuevo a todos mi invitación a la oración por la misión y las misiones y, a pesar de las dificultades económicas, al compromiso de ayuda fraterna y concreta para sostener a las Iglesias jóvenes.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Al servicio de la Evangelización

Queridos diocesanos:

Nuestra ‘Hoja Parroquial’ está de enhorabuena. Con el presente número cumple cincuenta años. Semana a semana ha venido informando puntualmente, sobre todo, de la vida de nuestra Iglesia diocesana en todos sus ámbitos y dimensiones. Parroquias, arciprestazgos, delegaciones, vicarias, movimientos, comunidades y un largo etcétera han estado presentes en la Hoja, como lo han estado también noticias sobre la formación y la catequesis, la liturgia y la acción caritativa y social, las misiones y otros ámbitos de la acción pastoral de nuestra Diócesis. No han faltado tampoco la palabra periódica de los Obispos, los artículos de formación, de información y de reflexión así como las entrevistas. Una amplia cobertura han tenido igualmente las informaciones sobre la vida de la sociedad o de la Iglesia Universal, de otras Iglesia Diocesanas o de la Iglesia en España.

Al contemplar hoy estos cincuenta años de historia damos en primer lugar gracias a Dios por el don de este medio de comunicación tan necesario para nuestra Iglesia diocesana y por el bien que ha reportado a tantas personas. Recordamos y agradecemos a todos aquellos que la han hecho posible en tareas de dirección, de redacción, de información, de colaboración, de gestión, de impresión o de reparto. Gracias al buen trabajo de muchos, tantas veces anónimo y desinteresado, sus muchos lectores han podido tener en sus manos puntualmente la Hoja Parroquial. Gracias de corazón a todos.

En la era de la información, los medios de comunicación, en general, los propios de nuestra Iglesia, en particular, y la Hoja parroquial, en especial, son imprescindibles para el llevar a cabo la tarea de la Evangelización. Los cincuenta años de nuestra Hoja Parroquial la avalan como un medio de comunicación muy importante e imprescindible de nuestra Iglesia hacia adentro y hacia fuera.

Aunque gracias a la técnica disponemos ya de otros medios más rápidos, este medio escrito sigue teniendo su lugar propio y necesario. Queremos que, ante todo, siga estando al servicio de la información de la rica y variada vida de nuestra Iglesia diocesana en sus múltiples ámbitos, dimensiones y facetas. Para conseguir este fin es preciso que haya una comunicación mayor de noticias a la redacción de la Hoja desde todos los ámbitos de nuestra Iglesia diocesana. Esto ayudará a un mayor y mejor conocimiento de la rica vida de nuestra Iglesia en sus comunidades, tareas y servicios, y favorecerá que crezcamos en la toma de conciencia de formar parte de esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Como lo ha hecho hasta ahora, la Hoja seguirá ofreciendo la carta semanal del Obispo y breves artículos de formación. En cualquier caso, la ‘Hoja Parroquial’ seguirá siendo un medio al servicio de la comunión en nuestra tarea de la Evangelización.

Desde aquí animo a todos a su lectura y difusión. También en el interior de nuestra Diócesis necesitamos comunicarnos más para conocernos mejor y crecer en la comunión y en la misión. Finalmente felicito a los responsables y colaboradores de la Hoja; y les animo a seguir con ilusión renovada en este trabajo tan importante para la misión de nuestra Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Dios sigue llamando

Queridos diocesanos:

El próximo día doce de octubre tendremos el gozo de la ordenación de dos nuevos sacerdotes para nuestra Iglesia diocesana: José Sánchez y Oscar Bolumar. Ambos son un hermoso don de Dios para todos nosotros por el que hemos de darle gracias sinceras, máxime en estos tiempos de ‘invierno vocacional’. Pese a todas las apariencias, Dios sigue llamando también hoy entre nosotros al ministerio ordenado. No seamos nunca obstáculo a la escucha de la llamada del Señor; antes bien  propiciemos su escucha obediente y su acogida generosa.

Por un designio misterioso suyo, el Señor ha llamado y elegido a estos dos jóvenes para ser presbíteros de su Iglesia: no por sus méritos sino por pura gracia suya. Ellos, por su parte, han escuchado la llamada certera del Señor a seguirle en el sacerdocio ordenado en el momento oportuno, en las circunstancias elegidas por él y de forma inesperada por parte de los neopresbíteros. Ellos han acogido esta llamada del Señor con generosidad y la han madurado no sin esfuerzo y lucha hasta dejarse liberar por la misericordia divina y el apoyo humano de todo aquello que les impedía una entrega total a Él y a su Iglesia, que peregrina en Segorbe-Castellón.

Por la ordenación presbiteral, el Señor les hará partícipes del ministerio apostólico; un ministerio que se continúa en plenitud en el Obispo, como sucesor de los Apóstoles, en cuya comunión y obediencia deberán ejercerlo todos los días de su vida. Ungidos, consagrados y fortalecidos por el Espíritu Santo en el sacramento del Orden quedarán constituidos en pastores y guías al servicio del pueblo de Dios, en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia. Participarán así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para cuidar de su pueblo siendo maestros de la Palabra, ministros de los Sacramentos y guías de la comunidad.

Configurados con Cristo y ungidos por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, serán maestros autorizados de la Palabra de Dios en nombre de Cristo y de la Iglesia; serán ministros de los sacramentos en la persona de Cristo Cabeza, como servidores suyos y administradores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), y serán pastores celosos de la grey que les sea encomendada a ejemplo del “buen Pastor que da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). En el ejercicio de su ministerio habrán de tener siempre como modelo a Cristo mismo que apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor, entregándose a sí mismo como sacrificio.

Una de sus tareas primordiales será el anuncio del Evangelio al mundo entero, a los cercanos y a los alejados, a los bautizados y a quienes aún no han oído hablar de Cristo. Están llamados a sembrar la semilla de la Palabra para que todos experimenten el amor y salvación de Cristo, para que en Él puedan descubrir el sentido de su vida, y así su origen y su destino en Dios. ¿Puede haber algo más hermoso que esto?

Para ser colaboradores en la difusión del Evangelio y de la esperanza que no defrauda en un mundo a menudo triste, desesperanzado y nihilista, es necesario que el fuego del Evangelio arda en su corazón. Sólo así podrán ser mensajeros de esta buena Nueva y llevarla a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos. Acompañémosles con nuestra oración. Y pidamos a Dios el don de nuevas vocaciones.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Esperando al Papa

Queridos diocesanos:

En poco más de un mes, el Santo Padre, Benedicto XVI, nos visitará de nuevo. El 6 de noviembre estará en Santiago de Compostela; y al día siguiente en Barcelona dedicará la iglesia y el altar de la Sagrada Familia y rezará el Ángelus en la fachada del Nacimiento.

Esta nueva visita del Papa es para todos los católicos de España un motivo de gozo y de gratitud. A todos, incluso a los que no puedan acompañarle físicamente, nos ofrece la oportunidad de tener una nueva experiencia de fe y de comunión eclesial. No olvidemos que “el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los obispos como de la multitud de los fieles” (LG 23). Vivida con fe y con afecto filial, la estancia del Papa entre nosotros se convertirá en un verdadero acontecimiento de gracia y salvación, que fortalecerá nuestra sintonía espiritual y nuestro afecto filial con el Vicario de Cristo en la tierra.

Disfrutar de la presencia del Papa, escuchar su palabra y mostrarle nuestra unión, afecto y cercanía es, en estos momentos, especialmente necesario para todos en nuestro caminar como cristianos y como Iglesia. Fortalecidos en la comunión eclesial y alentados en la fe, la visita nos impulsará a un renovado compromiso apostólico. Por ello damos gracias a Dios. Y agradecemos al Santo Padre su afecto y cariño hacia nuestra nación y su solicitud pastoral hacia nuestra Iglesia en España.

El Papa viene como peregrino de la fe. Se une así a tantos peregrinos que, a lo largo de la historia y de este Año Santo Compostelano, llegaron a Santiago desde todo el mundo para encontrarse con la tradición apostólica, que fundamenta nuestra fe, y para acogerse a la misericordia, al perdón y a la paz del Señor. En la Catedral de Santiago, el Papa abrazará  al Apóstol, amigo y testigo del Señor, que nos trajo el Evangelio y sembró la semilla de nuestra fe cristiana. Como Pastor de la Iglesia Universal, el Papa se encontrará con la Iglesia en España, para rezar a los pies del Apóstol, proclamar la fe del Credo de la Iglesia y celebrar juntos la Eucaristía. Con su presencia y su palabra tanto en Santiago como en Barcelona nos confirmará en la fe para que nos podamos mantener, a pesar de las dificultades, firmes en la fe, seguros en la esperanza y constantes en la caridad. Es la tarea que el Señor encomendó a Pedro y a sus sucesores: “Yo he rogado por ti (Pedro) para que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos”. (Lc 22, 32).

Como el Apóstol Santiago antaño, el Papa viene para anunciar hoy de nuevo a Cristo Resucitado y su Evangelio. Como ha hecho en repetidas ocasiones, nos animará a creer en Jesucristo, el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado para que tengamos Vida; y nos invitará a no tener miedo a ser amigos, discípulos y testigos del Señor en la vida personal, matrimonial, familiar, social, laboral o pública. Como acostumbra a hacer, el Santo Padre nos exhortará a no tener miedo a abrir las puertas de nuestro corazón a Cristo para amarle y ofrecerle toda nuestra vida -pensamientos, palabras y acciones- como ofrenda agradable al Padre y servicio a los hermanos; y a no tener miedo de dar testimonio de Jesucristo con nuestras palabras y nuestras obras, anunciado, con gozo y alegría, el Evangelio de Jesús en medio de la sociedad.

Preparémonos ya para este momento de gracia. Oremos intensamente a Dios por el Santo Padre, y por los frutos espirituales y pastorales de su peregrinación a Santiago y de su presencia en Barcelona.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mensajeros de Dios

Queridos diocesanos:

A final de septiembre y principio de octubre, la Iglesia recuerda en la liturgia a los ángeles: el 29 de septiembre a los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael y el 2 de octubre a los Santos Ángeles custodios. La policía los ha elegido como patronos: la policía municipal al Arcángel San Miguel y la policía nacional a los Santos Ángeles Custodios. Pero ¿quienes y qué son los ángeles? ¿Es infantil creer en su existencia y en su presencia en nuestras vidas, como dicen algunos?

Los ángeles son criaturas espirituales de cuya existencia da fe la Sagrada Escritura. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, su existencia es una verdad de fe, que hemos de creer (n. 328). Ellos “contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial” (Mt 18,10), dice Jesús. En la vida de Jesucristo y en la vida de la Iglesia primitiva, los ángeles ejercen con frecuencia la misión de mensajeros. Los ángeles han sido creados por Dios, como el universo entero, para su gloria. Es decir, “para alabar, hacer reverencia y servir” al Creador. Cumplen esta finalidad siendo la corona gloriosa del Señor. Por ello decimos que los ángeles forman la corte celestial, que primariamente mira al honor de Dios Creador y Redentor.

La palabra ‘ángel’ indica su oficio: los ángeles son servidores y mensajeros de Dios para bien de la humanidad. Los ángeles son signo luminoso de la presencia de Dios en nuestra historia, son signo de su providencia y de su bondad paternal, que no deja que falte a sus hijos nada de cuanto es necesario para lograr su plenitud. Como intermediarios de Dios, estas criaturas invisibles han sido puestas a nuestro servicio para guiarnos en el camino hacia la casa del Padre. Ellos son “testigo de lo invisible, presencia del cielo amiga”. Por ello, el pueblo cristiano ha sentido siempre la necesidad de agradecer su silenciosa y benévola compañía honrándoles de una manera especial.

La Iglesia, al celebrar la memoria de los ángeles, nos invita a escuchar su mensaje: “Ángel de Dios, que yo escuche tu mensaje y lo siga, que vaya siempre contigo hacia Dios que me lo envía”. Y ¿cuál es su mensaje hoy y siempre? Los ángeles custodios son un recuerdo vivo de Dios para que el hombre no pierda el sentido de Dios en su vida. Ellos nos interpelan ante los intentos de desalojar a Dios de la historia humana y de construirla al margen de Dios; ellos son faros luminosos para un mundo que ha perdido la esperanza ante el futuro. Los ángeles nos recuerdan que Dios no es alguien lejano sino que Dios vive en medio de nosotros y camina con nosotros, así como que la historia tiene una meta y que hay una esperanza: y ésta no es otra sino Dios y su Reino.

Los ángeles custodios nos protegen del peligro de volvernos impíos, del soberbio intento de los humanos de excluir a Dios de nuestro mundo personal, familiar, laboral, cultural, de la vida pública y de la vida privada. Los ángeles nos alertan y protegen ante el peligro de la autosuficiencia y de pensar que Dios es un oponente y opresor del hombre, celoso de su libertad, de su desarrollo y de su realización. Al contrario: el hombre es grande, sólo si Dios es grande en su vida. Los ángeles nos remiten a Dios, nos sugieren siempre pensamientos de verdad, de rectitud y de humildad, nos invitan a volver nuestra mirada a Dios, para dejar que Él sea grande en nuestra vida. Así también cada hombre y mujer tendrá todo el esplendor de la dignidad divina.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En el centro, la Eucaristía

Queridos diocesanos:

La Eucaristía es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana es un misterio que hemos de conocer mejor para creerlo, celebrarlo y vivirlo, como nos ha recordado Benedicto XVI.

La Eucaristía es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. Es la manifestación mayor del amor de Dios por la humanidad. Si el amor supremo es la donación y la entrega de sí mismo por el bien del otro, en la Eucaristía celebramos, actualizamos y tenemos la entrega total, en cuerpo y sangre, de Jesucristo en Sacrifico al Padre por la salvación de la humanidad, su fin último. En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre; entrega toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino.

Jesús es además el Pan de vida (Jn 6,51), que el Padre eterno da a los hombres. En la Eucaristía nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida. En la Eucaristía, Cristo se une con cada uno de nosotros, genera unidad y fraternidad, hace y edifica su cuerpo, la comunidad de los cristianos, la Iglesia. En la Eucaristía, presencia real de Cristo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, se queda con nosotros de modo eminente. El amor humano es efímero, acaba con el tiempo; sólo el amor de Dios permanece. Todos nos abandonarán, sólo Dios, en la Eucaristía, permanecerá junto a nosotros por los siglos de los siglos. Por eso la Eucaristía debe ser lugar de encuentro, lugar donde el amor de Dios y nuestro amor se entrecrucen.  A Cristo Sacramentado le mostramos nuestro amor respondiendo con el nuestro: es nuestra adoración.

Nos urge descubrir, conocer y acoger la riqueza contenida en la Eucaristía. Sólo así se avivará nuestra fe en ella, y nuestra fe en Dios, Uno y Trino, el Dios que es amor. Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos ha de llevar a participar frecuentemente, y a hacerlo de un manera activa, plena y fructuosa, debidamente preparados. Conscientes de que la Eucaristía es principio de vida para el cristiano y para la Iglesia, hemos de recuperar la participación en la Eucaristía todos los domingos y fiestas de precepto, y hacerlo en familia. Nuestra participación en la Misa no ha de ser para cumplir una obligación, sino fruto de una necesidad sentida. Que bien lo entendieron aquellos cristianos de Bitinia, que, pese a la prohibición bajo pena de muerte de reunirse para la Eucaristía, fueron sorprendidos por los emisarios del emperador, a quienes contestaron: Sin Eucaristía no podemos existir. La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la celebración eucarística.

Pero no sólo hemos de creer y celebrar la Eucaristía, sino que hemos de vivirla en el día a día. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí un dinamismo que hace de ella principio de vida nueva en nosotros. El alimento eucarístico nos transforma y nos cambia misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí. La Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida, privada y pública, en culto espiritual agradable a Dios. La vida cristiana se convertirá así en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Un nuevo Curso Pastoral

Querido diocesanos:

Con la fuerza del Espíritu del Señor Resucitado nos disponemos a iniciar un nuevo Curso Pastoral. Siguiendo nuestro vigente Plan Diocesano de Pastoral, este año nuestra atención preferente va a girar en torno a la Eucaristía, el resto de los sacramentos, la oración y la espiritualidad.

Nuestra Iglesia diocesana es y esta llamada a ser misterio de comunión para la misión. Para acoger este don y realizar esta tarea, recibidos del Señor, el sacramento de la Eucaristía tiene un lugar único y central. No es una frase vacía que la Eucaristía es y debe ser el centro de la vida de todo cristiano, de toda familia cristiana, de toda parroquia y comunidad eclesial, de la Iglesia misma. La Eucaristía contiene todo el bien de la Iglesia, contiene a Cristo mismo. Es la actualización del misterio pascual y es la unión sacramental, pero real, con el Señor en la comunión eucarística la que genera la unión y comunión con Dios en Cristo; unidos en Cristo, con Él y por Él, se realiza, se alimenta, y se fortalece la comunión fraterna que, a su vez, envía a ser testigos y promotores de la unión de todos los hombres en Dios.

Cuando decae la participación en la Eucaristía, especialmente los Domingos -como nos ocurre hoy y en grado creciente-, se debilita la fe y la vida cristiana personal y familiar, se debilita la vitalidad de las parroquias, movimientos y de toda la Iglesia diocesana, así como su fuerza misionera, evangelizadora y transformadora de la sociedad según el plan de Dios. De ahí la llamada urgente a trabajar todos para que nuestros fieles participen en la Eucaristía dominical y lo hagan de un modo activo, pleno y fructuoso.

Esto nos lleva a cuidar el resto de los sacramentos, especialmente el de la Penitencia. Hemos de recuperar el Sacramento de la Misericordia de Dios en toda su belleza y profundidad; los sacerdotes hemos de ofrecerlo habitualmente y en horario fijo en el modo establecido por la Iglesia y todos hemos de acercarnos a él con frecuencia para recuperar o fortalecer la unión con Dios y los hermanos si se ha roto o debilitado por el pecado; sólo así podremos recibir debidamente dispuestos la comunión eucarística, sin lo cual ésta no dará frutos de santidad, de comunión, de misión y de vida eterna.

Finalmente deseamos impulsar la oración personal y comunitaria y fortalecer la espiritualidad de todos. Ésta no es algo indeterminado o difuso, ni un mero sentimiento; tampoco se reduce a unos actos de piedad. Para un cristiano, la espiritualidad significa vivir según el Espíritu del Señor para descubrir y vivir el propio ser, la propia vocación y la propia tarea. Es dejar que, en la oración, el Espíritu del Señor dé forma a nuestro propio espíritu. Esto no lleva a intimismo desencarnado. La espiritualidad bien entendida y vivida abarca nuestras convicciones y sentimientos y se despliega en actitudes y compromisos en todas las facetas y dimensiones de nuestra vida.

Sin la gracia de Dios, sin la savia de la Vid que es Cristo Jesús y sin la fuerza del Espíritu nada podemos ser ni hacer como cristianos y como Iglesia. Vivamos el nuevo curso pastoral con ánimo y esperanza renovados. No estamos solos: El Señor Jesús es nuestro compañero de camino; su Espíritu nos ilumina, alienta y fortalece.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La oportunidad de las vacaciones

Queridos diocesanos

Los meses de verano se asocian normalmente a una actividad humana propia de nuestro tiempo: las vacaciones. La economía actual marca a las personas, en edad laboral y con salud, una clara distribución de su calendario en momentos de ocupación laboral y en momentos de descanso o vacación.

No olvidemos, sin embargo que no todo el mundo goza de vacaciones. Trabajadores en paro, enfermos, familias en economía de subsistencia, pensionistas humildes… son ejemplos de personas que no pueden tener vacaciones. Una cultura influida por la industria del ocio y del pasatiempo no debe olvidar a quienes viven estas situaciones. Tampoco conviene entender separados el trabajo y las vacaciones. Algo falla cuando se identifica el trabajo con una actividad que despersonaliza y las vacaciones con el deseo de evasión. Desde una comprensión correcta del ser del hombre, el trabajo es un ejercicio de sus facultades que le permiten ser creativo; y el verdadero descanso es saber escoger una actividad que sosiegue y humanice la vida.

Lo propio de las vacaciones es poder realizar otro tipo de actividad, como son  las ‘actividades recreativas’, destinadas a recomponer el espíritu humano mediante el descanso, la lectura, el conocimiento de otras gentes y culturas, el cultivo de las relaciones de familia, la amistad compartida o la contemplación de la naturaleza.

Entre esas actividades, una de las más frecuentes es el turismo: viajar a otros lugares para conocer otras regiones y otros pueblos. La experiencia humana corrobora que abandonar el lugar habitual y abrirse a nuevos territorios tiene algo de purificación de la mirada, ya que nos permite recuperar la admiración por las cosas y reconocer, reconciliados con nosotros mismos, nuestra propia pequeñez e indigencia. El turismo puede repercutir para bien en las culturas y los pueblos. En vez de encerrarnos en nuestra propia cultura, estamos llamados, hoy más que nunca, a abrirnos a los otros pueblos, dejándonos confrontar con modos de pensar y de vivir diversos. El turismo es una ocasión favorable para el diálogo entre las civilizaciones, porque promueve el conocimiento de las riquezas específicas que distinguen a una civilización de otra, favorece una memoria viva de la historia y de sus tradiciones sociales, religiosas y espirituales, y una profundización recíproca de las riquezas en la humanidad.

Las vacaciones son finalmente una oportunidad para humanizarse de manera más gratuita, contemplativa y profunda. Es un tiempo propicio para la reflexión y la búsqueda de respuestas a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿quién soy, de dónde vengo, por qué vivo, para quién vivo? Para ello hemos de propiciar los momentos de silencio exterior e interior. Es ahí y sobre todo en el silencio interior, donde uno se encuentra consigo mismo y se llega a percibir la voz de Dios, capaz de orientar nuestra vida. Vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento parece que tenga que ‘llenarse’ de actividades, de sonidos y de ruidos; a menudo no hay tiempo siquiera para escuchar y dialogar. Sólo desde el silencio fuera y dentro de nosotros, seremos capaces de percibir la voz de Dios, pero también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás.

Para todos, mi deseo sincero de unas vacaciones felices

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El buen samaritano

Queridos diocesanos

El evangelio de este domingo presenta a Jesús camino de Jerusalén, donde concluirá su vida terrena y su misión salvadora. También nosotros vamos de camino por la vida. Pero, ¿hacia dónde? En este contexto, un letrado le pregunta a Jesús: ¿Qué hacer para alcanzar la vida eterna, la vida plena y feliz? En verdad, el letrado no quiere hacer una pregunta a Jesús sino ponerle una trampa. Por eso Jesús no le responde, sino que le pregunta: ¿qué está escrito en la ley? Y el letrado le responde: amarás al Señor, tu Dios, y al prójimo como a ti mismo. Pues eso es lo que hay que hacer, sentencia Jesús.

El letrado insiste en el debate: ¿quién es mi prójimo? Su pregunta por el prójimo es un pretexto retórico para seguir su debate. Jesús recurre entonces a una parábola, la del buen samaritano. Allí no se teoriza sobre el prójimo, no se hacen cábalas sobre la proximidad. El prójimo es todo el que está a nuestro lado, todo el que va de viaje con nosotros y como nosotros, porque todos somos caminantes, peregrinos, y vamos a la misma meta, aunque no lo sepamos ni lo queramos saber. Hasta entonces  el prójimo eran los conciudadanos; ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y al que yo pueda ayudar. Aquí “se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto”, enseña Benedicto XVI. Pero, aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora.

En la parábola de Jesús no se habla del prójimo, pero se ve quién es, como se ve también cuántos hay que no saben comportarse como tales. Un hombre iba de camino de Jerusalén a Jericó y fue asaltado, maltratado y robado, quedando medio muerto en la cuneta. Este hombre no tiene nombre ni nacionalidad, porque ese hombre es todo ser humano. Hay muchos, demasiados hombres en la cuneta: pobres, parados, marginados,  drogadictos, alcohólicos, concebidos no nacidos, mujeres presionadas para abortar, matrimonios rotos… tantos y tantos hombres arrojados en la cuneta. Nos hemos empeñado en convertir la vida en una competición donde rija la ley del más fuerte. De ahí que el individualismo, el egoísmo, la autonomía absoluta ante Dios y ante los demás y la insolidaridad presidan la vida y ahora también las leyes. Cada cual va a lo suyo.

Aquel hombre fue asaltado por unos bandidos. La pobreza material y espiritual nunca es una fatalidad, es siempre el resultado de la rapiña de otros. Con frecuencia su actividad está civilizada y legalizada por las sociedades ‘progresistas y avanzadas’ y sabe cubrir las apariencias. Son los explotadores, ambiciosos, desalmados y desaprensivos que juegan con las necesidades humanas para hacer sus ‘negocios’. Jesús denuncia a todos los bandidos que maltratan y explotan al hombre, a la mujer, al extranjero, a los niños, a los parados, a los que están en extrema necesidad, dispuestos a pasar por todo. Pero denuncia también a los sacerdotes y a los levitas, que buscan coartadas para encogerse de hombros ante la miseria y necesidades de los otros. Jesús denuncia también a los que separan el amor a Dios y el amor al prójimo.

Sólo el buen samaritano supo atender al herido, se preocupó de su pròjimo. Para llegar a Dios necesitamos pararnos en el camino junto al prójimo: allí está Dios. Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios, la meta de nuestro camino.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Conducir con prudencia

Queridos diocesanos:

Cada primer domingo de julio celebramos la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico. Es una invitación a fijar nuestra atención en el significado y la importancia de la conducción, así como en la urgente necesidad de esmerar nuestra prudencia.

La conducción se ha convertido en un hecho habitual en nuestra vida cotidiana.

Los desplazamientos de un lugar a otro tan frecuentes y tan propios de la vida moderna son expresión de la vida como viaje y como camino. En estos días del verano, millones de personas se desplazan de un lugar a otro para iniciar sus vacaciones o regresar de ellas; no olvidemos tampoco a los millones que diariamente lo hacen por motivos laborales y sociales. Cuando nos ponemos en camino, tenemos la esperanza de llegar felizmente a nuestros destinos. Pero esto, por desgracia, no siempre sucede así.

Es cierto que en una sola década el número total de accidentes y de víctimas mortales ha descendido notablemente. Con todo, es preciso seguir redoblando los esfuerzos, por parte de cada uno y desde todas las instancias públicas y privadas, para seguir reduciendo dichas cifras hasta donde sea posible. Salvar una sola vida humana bien merece la pena.

No olvidemos que conducir quiere decir ‘convivir’. Esto pide de todos los implicados hacer que la carretera sea más humana. El automovilista, al volante, no está nunca solo, aunque no haya nadie a su lado. Conducir un vehículo es, en el fondo, una manera de relacionarse, de acercarse y de integrarse en una comunidad de personas. Esto supone, sobre todo en el conductor, ser dueño de sí mismo, la prudencia, la cortesía, un espíritu de servicio adecuado, el conocimiento de las normas del código de circulación, y  también estar dispuesto a prestar una ayuda desinteresada a los que la necesitan, dando ejemplo de caridad.

Conducir quiere decir también controlarse y dominarse, no dejarse llevar por los impulsos. Hemos de cultivar esta capacidad personal de control y dominio tanto en lo que afecta a la psicología del conductor cuanto para evitar los gravísimos daños que se pueden causar a la vida y a la integridad de las personas y de los bienes, en caso de accidente.

El conductor, cuando sale en automóvil, debe ser consciente, sin fobias, de que en cualquier momento podría suceder un accidente. La actitud al volante debería ser la de una gran atención. La mayor parte de los accidentes es provocada, precisamente, por la imprudencia. Por eso la prudencia es una de las virtudes más necesarias e importantes en relación con la circulación. Esta virtud exige un margen adecuado de precauciones para afrontar los imprevistos que se pueden presentar en cualquier ocasión. Desde luego, no se comporta según la prudencia el que se distrae, al volante, con el móvil, el que conduce a una velocidad excesiva o el que descuida el mantenimiento de vehículo.

El Papa Benedicto XVI ha recordado “el deber para todos de la prudencia en la guía y en el respeto de las normas del código vial. ¡Unas buenas vacaciones comienzan precisamente por esto!”. Redoblemos nuestros esfuerzos y nuestro sentido de responsabilidad como conductores  también como peatones.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segobre-Castellón