El Día del Papa

Queridos diocesanos:

El domingo 27 de junio, dos días antes de la festividad de San Pedro y San Pablo por ser el día 29 laborable en nuestra Comunidad Autónoma, celebramos el Día del Papa  y la colecta llamada desde los primeros siglos Óbolo de San Pedro. En esta Jornada estamos invitados a meditar en el ministerio del Sucesor de Pedro, a orar por él y a contribuir con nuestros donativos a su misión evangelizadora y de caridad.

El ministerio de Pedro y de su sucesor, el Papa, es decir, su función exclusiva y su servicio específico en la Iglesia procede de la voluntad de Cristo que encomendó a San Pedro y sus sucesores que fueran el instrumento a través del cual el Espíritu Santo, construye la unidad de la Iglesia. El ministerio de Pedro y de su sucesor, el Papa, aglutina desde su presidencia a los obispos de las Iglesias particulares y constituye la unidad visible de la Iglesia. En función de la unidad de la Iglesia, obrada internamente por el Espíritu, instituyó Jesucristo el ministerio de San Pedro cuando le otorgó el poder de las llaves y le confirió el mandato de apacentar desde la fe y el amor a los corderos y a las ovejas de su rebaño (cf. Mt 16,18-19; Jn 21, 15-17).

En los últimos tiempos la misión del Papa se ha hecho particularmente difícil. Los últimos Papas están siendo “bandera discutida” de un gran combate, como lo es Cristo. Los odios, los rechazos, los resentimientos y las protestas en cualquier lugar de la Iglesia descargan sobre él. En la primera hora de la Iglesia, cuando Pedro estaba en la cárcel, toda la comunidad oraba por él. Hoy toda la Iglesia hemos de orar por quien ocupa su lugar, es decir, por el Papa. Hemos de esta muy cerca del Papa Benedicto XVI, con nuestra oración y con nuestra comunión efectiva y afectiva. Hay unas palabras de Jesús que desvelan todo el peso del servicio de Pedro y de sus sucesores: “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31). Hoy el Papa se ha convertido en bandera en torno a la cual se libra un combate decisivo; en juego está el mismo cristianismo.

La persona y el ministerio del Papa Benedicto XVI han de suscitar en nosotros una actitud de escucha y de acogida. Su palabra, como heraldo del Evangelio, es una palabra que nos confirma en la fe y renueva nuestra esperanza. Hoy recordamos al Santo Padre con afecto filial y con agradecimiento por el ejemplo claro y limpio de entrega total, recta y desinteresada, al servicio de la Iglesia y de la humanidad entera, sin regatear sacrificios ni rehuir sufrimientos en el cumplimiento de su ministerio. El Papa Benedicto XVI está prestando un servicio fundamental, necesario e insustituible.

Por todo ello, junto con nuestra oración y agradecimiento, en esta Jornada estamos llamados a colaborar con nuestros donativos al llamado ‘Óbolo de San Pedro’. Con la colecta, que se realizará en las Misas del domingo 27 de junio, ayudamos al Santo Padre, para que pueda realizar su misión en favor de la Iglesia Universal y de los más pobres de la tierra. Os pido un año más la generosa colaboración económica de todos los diocesanos, para que el Santo Padre pueda cumplir su ministerio. Que el Señor os lo premie y que vuestro comportamiento exprese el cariño, la obediencia y el amor que sentís por el Papa.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Bajo la ‘señal de la Cruz’

Queridos diocesanos:

A finales de este mes de junio tendrá lugar la peregrinación anual de nuestra Hospitalidad Diocesana de Lourdes al Santuario de la Virgen en esta ciudad francesa. Este año va a estar dedicada a la “señal de la Cruz”. Poder descubrir de manos de María como Bernadita el significado de la señal de la Cruz de manos de María para hacerla bien y hacerla con fe y devoción es algo providencial, máxime ante los conocidos los intentos de quitar el signo de la Cruz de todo espacio público.

La Cruz es un signo que pertenece a nuestra cultura occidental, con raíces claramente cristianas. Pero es ante todo es un signo religioso, lo que no quiere decir que deba quedar relegado al ámbito privado.

La Cruz es el signo de identidad de los cristianos y, a la vez, signo del amor universal de Dios hacia todos. La cruz, en si misma, es un poste y un travesaño a los que los romanos ataban a los conde­nados, con los brazos abiertos, con el fin de hacerles sufrir hasta la muerte. La cruz representa pues lo más negativo de la experiencia humana: la violencia, el sufri­miento y la muerte. Pero Dios la escogió precisamente para manifestar su Amor al género humano. Así, Jesu­cristo, Dios y hombre, por amor entregado hasta el final no solo asumió lo peor del sufrimiento humano y lo más indigno de la muerte, sino que Él lo convirtió en el lugar de encuentro de Dios con el hombre, del triunfo de la Vida sobre el pecado y la muerte al ser resucitado por Dios a la vida gloriosa.

La Cruz de Cristo es cruz gloriosa. Si en vida nos unimos a ella, las cruces de la vida serán venci­das por Cristo crucificado, ahora resucitado. Para ello hay que dar antes un giro y reorientar la vida en la dirección de Cristo, que nos mira e invita a ir con El. Es necesario que Cristo cambie nuestra manera de pensar, de sentir y de amar. La Cruz es cruz gloriosa y da la certeza en vida, de que esperamos la au­rora de una vida interminable. La Cruz significa cercanía y certeza moral de salvación con Cristo El y del Amor de Dios hacia todos.

Al recibir la señal de la Cruz en la frente, el bautizado reci­be la clave de toda su vida. En adelante, unido al Señor, su existencia puede ser una pas­cua, es decir, un paso de su realidad, marcada por la miseria, el pecado y la muerte, a la realidad de Cristo. Desde el bautismo hasta el último suspiro, la vida de todos los bautizados está puesta bajo la señal de la Cruz. Al hacerla “en el nombre del Pa­dre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, manifestamos que so­mos objeto del Amor de Dios y que, por su Amor, debemos superar todas nuestras mise­rias.

Por ello hemos de aprender a hacer la señal de la Cruz, a hacerla bien, a hacerla lentamente y con atención, en privado o en público, sin miedo ni vergüenza a manifestar lo que somos. Al decir las palabras -“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”- nos comprometemos a obrar en el nombre del Padre que nos ha creado, en el nombre del Hijo que nos ha redimido y en el nombre del Espíritu Santo que nos santifica.

Este signo es la señal de la consagración de toda la persona: al tocar mi frente, ofrezco a Dios todos mis pensamientos; al tocar mi pecho, consagro a Dios todos los sentimientos de mi corazón; al tocar mi hombro izquierdo, le ofrezco todas mis penas y preocupaciones; y, al tocar mi hombro derecho, le consagro mis acciones. La señal de la Cruz es en sí misma fuente de grandes gracias. Es una bendición: pues somos bendecidos por el mismo Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Año Sacerdotal: don y tarea

Queridos diocesanos:

El pasado viernes, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, hemos clausurado el Año especial Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI con motivo del 150º Aniversario de la muerte a esta vida del santo Cura de Ars, San Juan María Vianey.

Han sido abundantes las gracias, que Dios ha derramado sobre nosotros en este año jalonado con actos de oración y celebraciones litúrgicas de la Eucaristía y de la Penitencia, con encuentros sacerdotales, la peregrinación diocesana a Ars o la participación en actos en Roma.

Este tiempo ha ofrecido una ayuda muy eficaz a todos los sacerdotes en nuestra necesaria renovación interior de modo que nuestro testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. Durante este tiempo de gracia, fieles y comunidades hemos orado con intensidad y constancia a Dios por la santificación de los sacerdotes, de la cual depende también la eficacia de su ministerio. La presencia habitual de esta intención en nuestras comunidades ha ayudado a valorar la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea. Por todo ello damos gracias a Dios.

El Año sacerdotal ha concluido, pero los objetivos que con él se pretendían siguen siendo de enorme actualidad. Son un legado permanente de este año y una tarea cotidiana para todos: sacerdotes y fieles. En estos momentos recios es necesario que los sacerdotes nos dejemos renovar interiormente día a día por la gracia de Dios, que profundicemos nuestra vida espiritual mediante la oración intensa, la celebración de la Eucaristía, la recepción de la Penitencia y el ejercicio diario de la caridad pastoral: en una palabra, que tendamos hacia la santidad de vida en la entrega generosa y fiel a la vocación y ministerio recibidos. Sólo si somos hombres de Dios, podremos ser servidores de los hombres. Lo que más cuenta es centrar nuestra vida y nuestra actividad en un amor fiel a Cristo y a la Iglesia, que suscite en nosotros una acogedora solicitud pastoral con respecto a todos.

Para realizar fielmente esta tarea, los sacerdotes hemos de vivir centrados en el Señor Jesús; es decir, hemos de esforzarnos por ser pastores según el corazón de Cristo, manteniendo con él un coloquio diario e íntimo. La unión con Jesús es el secreto del auténtico éxito del ministerio y de la fidelidad siempre fresca de todo sacerdote. La comunión y la amistad con Cristo aseguran la serenidad y la paz también en los momentos más complejos y difíciles.

Sabemos que en nuestro camino no estamos solos. Contamos con la compañía y amistad fiel de Cristo, que nunca abandona, y de la Virgen, Madre de los sacerdotes. Pero también contamos con la cercanía humana y con la oración sincera de muchos fieles, que aprecian la persona y el ministerio de sus sacerdotes.

“Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”, decía el santo Cura de Ars. Orar por la santificación de nuestros sacerdotes y para que el Señor suscite entre nosotros vocaciones al sacerdocio, para que nos siga dando “pastores según su Corazón”, es lo que nos pide la hora presente de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Dadles vosotros de comer

Queridos diocesanos.

En el centro de la fiesta del Corpus Christi está el Sacramento de la Eucaristía, en el que Cristo Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total por amor en la Cruz. El mismo se nos ofrece como la comida que da la Vida y se ha quedado permanentemente presente entre nosotros para que, en adoración, contemplemos y acojamos su amor supremo y, a la vez, alimentemos nuestro amor fraterno.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Sin la celebración eucarística no habría Iglesia; y sin la participación plena en ella, la vida de todo cristiano languidece, se apaga y muere. En la Eucaristía, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve, y sobre todo, nos da su amor hasta el extremo de ser Él mismo el que se nos da en el pan partido y repartido. La comunión del Cuerpo de Cristo une a los cristianos con el Señor, y crea y recrea la nueva fraternidad que no admite distinción de personas, que no conoce fronteras ni es excluyente.

La Eucaristía tiene unas exigencias concretas para el vivir cotidiano, tanto de la comunidad eclesial como de los cristianos. La Iglesia, cada comunidad eclesial y cada cristiano que comulga están llamados a ser testigos comprometidos del amor de Cristo, del que participan, para que este amor llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por ello, en la Fiesta del Corpus celebramos el Día de la Caridad. El mandamiento nuevo tiene su fuente y su urgencia en la Eucaristía, en su celebración y en la participación en ella. No podemos comulgar con conciencia limpia si no hemos reconocido y acogido a Jesús en el hermano o si lo hemos excluido (cf. Mt 25). A la vez, quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan y su vida con el hermano necesitado.

La urgencia de una caridad efectiva y comprometida, y más, si cabe, en estos tiempos en que cada día más familias no tienen qué comer, pide que nos esforcemos aún más en nuestra preocupación y compromiso por todos los necesitados en nuestras comunidades. La caridad no puede faltar en la vida y misión de las parroquias, de la Iglesia diocesana y de todos los católicos. “Dadles vosotros de comer”, dice Jesús a sus discípulos cuando le piden que despida a la gente para que busque comida y alojamiento en las aldeas.

Es mucho lo que en estos momentos de profunda crisis económica y gracias, sobre todo, a las aportaciones de los fieles están haciendo las cáritas parroquiales, interparroquiales y diocesana, así como otras instituciones eclesiales. Aunque para muchos medios de comunicación esto no sea noticia, muchas de nuestras cáritas han visto triplicado en poco tiempo el número de peticiones de familias; algunas cáritas están desbordadas. Si no fuera por ellas muchos no tendrían nada que llevarse a la boca o no podrían cubrir sus necesidades básicas de higiene, luz y agua.

Esta situación no tiene visos de cambiar en breve, por lo que los católicos debemos redoblar nuestros esfuerzos y nuestras aportaciones a cáritas, alentados por los sacerdotes en ejercicio del propio ministerio de la caridad. Gracias a todos.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Morada de Dios entre los hombres

Queridos diocesanos:

En el marco del 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, este domingo celebramos la elevación de la Iglesia de Santa María de Castellón al rango de Concatedral de la Diócesis. Ocurrió mediante Bula del Papa Juan XXIII de 31 de mayo de 1960. Como el mismo Papa dice: “Conservada además la dignidad de la Catedral de Segorbe, elevamos al grado de Concatedral el templo consagrado a Dios en honor de la Santísima Virgen María que está en la ciudad de Castellón, con todos los derechos y honores, cargas y obligaciones que son propias de estas Iglesias”.

A la Iglesia de Santa María se le llama Concatedral porque comparte el rango de catedral y la sede episcopal con la Catedral de Segorbe. La Catedral es el templo donde tiene su sede o cátedra el Obispo; de ahí le viene el nombre de Catedral. Desde la sede o cátedra episcopal, el obispo preside y guía a su grey, enseña la Palabra de Dios, educa y hace crecer en la fe a su iglesia diocesana por la predicación, y preside las celebraciones principales del año litúrgico y de los sacramentos como servicio a la comunidad y a la santificación de los fieles. Precisamente cuando el Obispo está sentado en su cátedra, se muestra ante sus fieles como quien preside en lugar de Dios Padre.

La presencia de la cátedra del Obispo en ella, hace de la Iglesia Catedral el centro material y espiritual de unidad y de comunión para todo el pueblo santo de Dios. Por ello es la iglesia principal de nuestra diócesis, de nuestra iglesia diocesana. Lo que se afirma de la Catedral se puede decir también de la Concatedral pero con referencia siempre a la Catedral. Lo más importante, sin embargo, es entender su significado.

Desde que la Palabra de Dios, el Hijo de Dios, se hizo carne y puso su morada entre nosotros, el cuerpo mismo de Jesús es el templo o la morada de Dios entre los hombres: Jesucristo mismo es el primer templo de los cristianos. Jesús, resucitado y ascendido a los cielos, sigue presente en medio de los que se reúnen en su nombre, en su Iglesia, que es su Cuerpo. La Iglesia es la prolongación en el tiempo de Jesús mismo, de su palabra y obra salvadora entre los hombres, el signo visible y la morada de Dios entre los hombres. Los cristianos, la Iglesia, somos el templo santo en el Señor, templo edificado sobre la piedra angular, que es Cristo (cf. Ef 2,20).

Desde aquí entendemos que los templos materiales de la Catedral y la Concatedral son signos de una realidad más profunda y rica: son lugares sagrados para construir el verdadero templo y la verdadera morada de Dios entre nosotros, nuestra Iglesia diocesana, como la comunidad del Señor Jesús. Junto con la Catedral de Segorbe, la Concatedral ha de ser signo concreto y visible de nuestra Iglesia diocesana, lugar donde los fieles cristianos, como pueblo de Dios, nos reunimos en torno al Obispo para escuchar la Palabra, para celebrar la Eucaristía y otros sacramentos, y para ofrecer al Señor el sacrificio espiritual de nuestras vidas.

Dedicada a la Virgen María, la Concatedral está llamada a ser el lugar donde los cristianos, presididos por el Obispo, nos unamos en la oración de alabanza que el Hijo de Dios encarnado eleva incesantemen­te al Padre por sus hermanos, los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Una oportunidad perdida

Queridos diocesanos

Ya desde hace años y desde distintas instancias se venía pidiendo un pacto de Estado sobre la educación, que pusiera freno a los permanentes cambios legislativos, que diera al sistema educativo español la necesaria estabilidad legislativa y que favoreciera la calidad de la enseñanza. Los Obispos hemos pedido repetida e insistentemente un pacto escolar de Estado.

Además el  pacto educativo era y es necesario y urgente ante la alarmante situación de la educación en España. Valga citar, entre otros, el bajo nivel de la educación en comparación con otros países, la deficiente o nula educación en valores como la responsabilidad, el esfuerzo o la disciplina, así como el alto porcentaje de abandono escolar, la lamentable pérdida de la autoridad de maestros y profesores o la fragmentación territorial en el sistema escolar. También en España sufrimos una ‘emergencia educativa’, en palabras de Benedicto XVI.

El actual Sr. Ministro de Educación llegó al cargo con el objetivo claro de lograr un pacto. Después de meses de conversaciones y negociaciones al día de hoy podemos afirmar que no habrá el tan necesario pacto social y político de Estado por la educación en el que, junto con las autoridades del Estado y los partidos políticos, se hallen presentes todos los sectores sociales implicados: profesores, padres de alumnos y titulares de instituciones educativas y la misma Iglesia. Sin querer buscar culpables, sí podemos decir que se ha perdido una gran oportunidad y ello irá en detrimento de la educación de la juventud, tan esencial para el bien de las personas y para el bien común.

Cierto que la ultima propuesta del Ministerio de Educación contiene elementos positivos, como son la referencia al marco establecido por la Constitución (art. 27) como base fundamental y obligada del sistema educativo, la necesidad de vertebrar el sistema educativo o de recuperar la cultura del esfuerzo y del trabajo, o que el sistema educativo esté basado en los principios de equidad y excelencia. Es igualmente positivo que se recuperen y establezcan objetivos y propuestas concretas para la convivencia y la educación en valores.

No obstante son varias las cuestiones que siguen abiertas y que habrá que abordar en el futuro si se quiere entrar al fondo del problema de la educación en España. Creemos que, en la propuesta ministerial, no son garantizados o no quedan suficientemente desarrollados los principios del art. 27 de la Constitución. Cabe citar el objetivo de educación – ‘el pleno desarrollo de la personalidad humana’, el derecho a la libertad de enseñanza que comprende el derecho a la creación de centros de enseñanza, la libertad de los profesores en su ejercicio y el derecho de los padres a elegir el tipo de educación para sus hijos, y su reconocimiento como titulares y responsables originarios de su educación.

Tampoco queda garantizado el derecho a la formación religiosa y moral de acuerdo con las propias convicciones de los padres o de los alumnos que debe llevar a la revisión de los contenidos de la asignatura de Educación para la Ciudadanía y de la educación afectiva-sexual prevista. Así mismo deberá garantizarse la enseñanza de la religión y moral católica según el Acuerdo con la Santa Sede y acometer la solución de los problemas pendientes al respecto.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El servicio a la Palabra en el mundo digital

Queridos Diocesanos;

El Domingo de la Ascensión celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. En este Año especial Sacerdotal, el Papa Benedicto XVI ha dedicado su mensaje al tema: “El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra”.

Es conocida la gran extensión de Internet en el ámbito de la comunicación. Este medio también ha sido incorporado en la vida de la Iglesia, de las parroquias y en el ejercicio del ministerio pastoral de los sacerdotes. A pesar de los peligros que alberga, este mundo ofrece a la Iglesia y al sacerdote nuevas posibilidades de realizar su servicio particular especial a la Palabra y de la Palabra; su uso es cada vez más importante y útil en el ministerio sacerdotal.

Todo sacerdote ha de anunciar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, siguiendo la exhortación paulina: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Co 9,16). Su objetivo será siempre llevar al hombre y mujer de hoy, que sigue buscando a Dios, al conocimiento y al encuentro salvador con Cristo, pues nadie que cree en Él quedará defraudado. Las posibilidades del mundo digital aumentan la responsabilidad del anuncio de Jesucristo y piden un compromiso más intenso en el mundo digital.

Ahora bien: no se trata solamente de estar presentes en Internet, sino, ante todo, de participar en este mundo siendo fieles al mensaje del Evangelio y aprovechando sus ocasiones inéditas para la evangelización y la catequesis. El sacerdote podrá ayudar a las personas de hoy a descubrir el rostro de Cristo. Al uso oportuno y competente de tales medios ha unir una sólida preparación teológica y una honda espiritualidad sacerdotal, alimentada por un constante diálogo con el Señor, para que en todo momento se transparente su alma y su corazón de pastor.

La solicitud amorosa de Dios en Cristo por nosotros no pertenece al pasado, sino que es una realidad muy concreta y actual. Y esta realidad debe mostrarse por todos los medios a las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorientada de hoy. A quien como sacerdote usa estos medios, le corresponde ofrecer a quienes viven nuestro tiempo ‘digital’, los signos necesarios para reconocer al Señor y de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral.

La Iglesia ha de continuar preparando los caminos que conducen a la Palabra de Dios, sin descuidar una atención particular a quien está en actitud de búsqueda. Mantener viva esa búsqueda es el primer paso de la evangelización, en especial para quienes Dios es un desconocido y para quienes no creen, pero llevan en el corazón el deseo de absoluto.

Las nuevas tecnologías constituyen una gran oportunidad para los creyentes y, en especial, para los sacerdotes. Ningún camino debe estar cerrado a quien, en el nombre de Cristo resucitado, es enviado a ser testigo de Cristo y de la vida renovada que surge de la escucha de su Evangelio. No hay que olvidar, sin embargo, que la fecundidad del ministerio sacerdotal deriva sobre todo del mismo Cristo, que es escuchado y encontrado en la oración, anunciado con la predicación y el testimonio de la vida, y celebrado en los sacramentos de la  Eucaristía y la Reconciliación.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Compromiso económico con tu Iglesia

Queridos diocesanos

Nadie dudará que nuestra Iglesia, para realizar la misión que Jesucristo le ha confiado de llevar el Evangelio de palabra y por obra a todos, necesita de la colaboración activa y responsable de todos sus miembros, también de la económica. Sin medios materiales y económicos, la Iglesia no puede llevar a cabo el anuncio del Evangelio, la catequesis, la formación de cristianos adultos, la remuneración de los sacerdotes, la atención pastoral de las parroquias, las obras asistenciales y caritativas, la conservación del patrimonio, el arreglo y construcción de templos y tantas otras cosas.

En mi Visita Pastoral a vuestras comunidades parroquiales en estos ya casi cuatro años, que el Señor me ha concedido ser vuestro Obispo, en todas las parroquias me habéis plateado vuestras necesidades económicas, además de las pastorales; y, en bastantes casos, me habéis pedido ayuda para arreglar vuestras iglesias, para atender a los mayores o para otras necesidades. Sabéis bien, porque así os lo he explicado, que nuestros medios económicos son muy escasos. Sólo con la implicación generosa de todos los fieles, la intercomunicación de bienes y el reparto equitativo de los bienes es posible atender a las necesidades de todos. Siempre ha sido así; nuestra Iglesia se ha financiado fundamentalmente con la aportación de sus fieles.

Hoy os recuerdo que hace unos días ha comenzado el periodo de la declaración de la renta. En ella se nos ofrece la posibilidad de contribuir a la financiación de nuestra Iglesia Católica marcando con una X la casilla correspondiente a la Iglesia católica. De esta forma el 0,7 de nuestros impuestos se asignarán a la Iglesia católica. Al poner la X no se paga más, si la declaración es positiva; y, si es negativa, tampoco se percibe menos en la devolución. No cuesta nada poner la X y hacerlo es un ejercicio de libertad y de responsabilidad. Algo que hemos de hacer siempre, pero aún más cuando diversas plataformas, que sólo quieren debilitar a la Iglesia, están llamando al boicot y a la desaparición de un sistema totalmente democrático. Hay que despertar y ayudar a otros a hacer lo mismo. Depende de la responsabilidad de todos y de cada uno de los que hacen declaración de renta responder a esta campaña poniendo la X. a favor de la Iglesia católica en el impreso. Nos hemos de preocupar personalmente de poner la X o, si nos hacen la declaración de la renta nuestros asesores fiscales, banco o caja, nos hemos de asegurar de que se ponga la X. Es un modo de implicarnos con nuestra Iglesia diocesana y de ayudar a nuestras parroquias, a nuestras cáritas y a tantas otras obras en bien de todos. No dice nada en nuestro favor acercarnos a nuestras parroquias o servicios eclesiales demandando algo, y después eludir esta posibilidad de ayudar a nuestra Iglesia, que tan sólo cuesta poner una X.

La economía de nuestra Iglesia se caracteriza por la austeridad; y pese a ello no podemos llegar a cubrir todas las necesidades de obras de restauración, de nuevos templos o de otros servicios pastorales. Muchas cosas tienen que esperar. Nuestra economía depende de todos y cada uno de nosotros; cuanto más se reciba, más se podrá dar. Nuestra Iglesia no lo recibe para enriquecerse sino para cumplir su misión, que es la misión de todos los que la formamos y beneficia a todos sus miembros y también a la sociedad entera.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apunta a tus hijos a la clase de religión

Queridos diocesanos:

En estos días están llegando a las parroquias los trípticos y los carteles que recuerdan a los padres católicos que en el periodo de inscripción en los colegios para el próximo curso escolar, que se abrirá en breve, es el momento para inscribir ahora a sus hijos a la asignatura de Religión y Moral católica. Los sacerdotes, especialmente los párrocos, así como los han de animar a los padres para que así lo hagan. La formación religiosa los niños y adolescentes depende también y manera muy importante de la clase de Religión. Entre todos hemos de ayudar a ver a los padres católicos la importancia que tiene la clase de religión en la formación religiosa de sus hijos y la incoherencia que supone que apuntar o apuntarse a la catequesis de primera comunión o de confirmación y no a la clase de religión

De otro lado, los padres y los muchachos han de ser animados ante las trabas y discriminaciones a que se ven sometidos cuando optan por la clase de Religión. Una y otra vez se escuchan voces que quieren desterrar la enseñanza de la Religión en la escuela, en especial, de la católica. Muchos padres me trasladan las dificultades que les ponen directivos de colegios e institutos públicos cuando quieren inscribir a sus hijos para dicha asignatura. No son raros los casos en que la clase de Religión se pone a primera o última hora de la semana, siendo privados los alumnos de Religión incluso del transporte escolar; quienes no optan por esa asignatura quedan, por el contrario, quedan libres de asistir a esa hora a clase, al no haber para ellos alternativa ni tan siquiera en la forma de ‘atención educativa’.

Antes de nada conviene recordar que los padres tienen un derecho a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral de acuerdo con sus convicciones religiosas, garantizado por nuestra Constitución (Art. 27, 3). Al elegir la formación religiosa católica para sus hijos, los padres hacen uso de su derecho, deber y responsabilidad originarios a la educación de sus hijos. Es un derecho y deber de los padres, que el Estado ha de respetar y cuyo ejercicio ha de garantizar.

Conforme a la legislación establecida la enseñanza de la Religión católica es una asignatura que obligatoriamente los directores de los colegios deben ofrecer a los padres de los alumnos en el tiempo en el que se formalicen las matrículas. Los padres han de velar para que los colegios cumplan con esta obligación de ofertarla, lo hagan de hecho con las horas que le corresponden y no se escuden en tretas diversas para no hacerlo. Igualmente han de velar para que sus hijos no sean discriminados, mal mirados e, incluso, despectivamente interpelados por que cursan esta asignatura, y, en su caso, denunciarlo..

Al elegir la formación religiosa para sus hijos, los padres católicos además de ejercitar su derecho fundamental, no hacen sino cumplir también con el compromiso de educarles en la fe católica, que ellos mismos libremente asumieron el día del bautismo de sus hijos. Los padres católicos no pueden hacer dejación de este su compromiso libre ante la Iglesia para sus hijos. De su interés por la asignatura y por la calidad de la enseñanza religiosa depende en gran medida la educación religiosa de sus hijos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El testimonio suscita vocaciones

Queridos diocesanos:

En toda la Iglesia católica celebramos el día 25 de abril, IV Domingo de Pascua, domingo del “Buen Pastor”, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones al sacerdocio ordenado y a la vida consagrada. En sintonía con el Año especial Sacerdotal, que estamos celebrando con motivo del 150° aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, el lema de este año es: El testimonio suscita vocaciones.

Es claro que toda vocación es un don de Dios y que, por tanto, la fecundidad de la propuesta vocacional depende en primer lugar de la acción gratuita de Dios. No obstante, la experiencia confirma que la acogida de la propuesta vocacional está favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada; su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo.

Ya los profetas del Antiguo Testamento eran conscientes de estar llamados a dar testimonio con su vida de lo que anunciaban. Jesús mismo, el enviado del Padre (cf. Jn 5, 36), con su vida dará testimonio del amor de Dios hacia todos los hombres e interpelará a otros a su seguimiento. La vocación de Pedro pasa por el testimonio de su hermano Andrés y la de Natanael por el de Felipe. Cuantos acogen la iniciativa libre y gratuita de Dios se sienten llamados a convertirse con su propio testimonio en instrumentos de la llamada divina para otros. Dios se sirve de mediaciones. Esto sucede también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de los sacerdotes y de los consagrados, fieles a su vocación y misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas al servicio del Pueblo de Dios.

Hay tres aspectos de la vida de los presbíteros y de las personas consagradas, que son esenciales en este sentido. Son el testimonio de la amistad con Cristo, alimentada en la escucha de la Palabra de Dios y en la oración; el testimonio del don total de si mismo a Dios, que se muestra en la donación plena, fiel y gozosa de sí mimos a los que Dios les confíe en el ministerio pastoral o ponga en su camino para llevarlos al encuentro con Cristo; y el testimonio de vivir la comunión . “De manera especial, -dice Benedicto XVI en su Mensaje- el sacerdote debe ser hombre de comunión, abierto a todos, capaz de caminar unido con toda la grey que la bondad del Señor le ha confiado, ayudando a superar divisiones, a reparar fracturas, a suavizar contrastes e incomprensiones, a perdonar ofensas”. Sacerdotes aislados y tristes, no animarán a adolescentes o jóvenes a seguir su ejemplo; sacerdotes alegres y entregados muestran la belleza de ser sacerdote también para otros.

Se podría decir que las vocaciones sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes, de la propuesta que hagan de palabra y, sobre todo, por el ejemplo de su vida entera. Esto vale también para la vida consagrada. Todo presbítero, todo consagrado y toda consagrada, que viven fieles a su vocación, transmiten la alegría de servir a Cristo, e invitan a otros a seguir ese camino. Para hacer más vigoroso e incisivo el anuncio vocacional, es indispensable el ejemplo de todos los que ya han dicho “sí” a Dios y al proyecto de vida de Dios sobre cada uno.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón