¡Gracias, Santo Padre!

Queridos diocesanos:

Desde hace un tiempo están apareciendo en los medios casos de abusos sexuales de menores perpetrados por algunos sacerdotes. Permitidme que mi carta-reflexión de hoy verse sobre esta cuestión delicada, con el propósito de ayudar a su justa valoración

Es innegable que se han dado estos hechos. Para que no quede duda alguna, antes de nada hay que expresar nuestra condena sin reservas de estos gravísimos delitos, que son más graves y execra­bles por haber sido cometidos por personas en las que los fieles y, particularmente, los niños ponen una confianza especial. A la condena de los delitos se une nuestra petición de perdón a las víctimas y de su justa compensación. Asimismo deber ser alejado del ministerio aquel de quien conste que se ha manchado con esta infamia, quien deberá someterse al debido tratamiento médico. Junto al justo proceso canónico, la Iglesia colabora con las autoridades civiles, si se da algún caso.

Un solo caso de abuso por parte de un sacerdote sería inaceptable y sería motivo de profundo dolor por la víctima, por la infidelidad del sacerdote a su ministerio y por el debilitamiento de la misma Iglesia, llamada a ser santa. Sin embargo, en contra de lo que parecería no es la Iglesia católica la institución en la que con más frecuencia se da este tipo de abusos; el porcentaje de casos es tan reducido como para poner bajo sospecha poco menos que a todos los sacerdotes. Aunque esto redimensiona cuantitativamente el fenómeno, no atenúa de ningún modo su condena ni la lucha por extirparlo: el sacerdocio exige que accedan a él sólo personas humana y espiritualmente maduras, y el orden y el ministerio recibidos piden que los sacerdotes vivan con gozo el don hermoso del celibato y con plena fidelidad y gozo su promesa de castidad perfecta por el Reino de los cielos, como ocurre en la inmensa mayoría de los casos.

También hay quien imputa al celibato de los sacerdotes católicos la causa de los comportamientos desviados. No es cierto: está probado que no existe ningún nexo de causalidad entre celibato y abusos sexuales de menores. La estadística muestra que estos abusos son más frecuentes entre laicos y casados que entre el clero célibe; y los datos de las investigaciones muestran que los sacerdotes culpables ya no observaban el celibato.

La Iglesia católica -pese a la imagen deformada con que es presentada- es la institución que ha decidido librar la batalla más clara contra los abusos sexuales de menores, comen­zando desde dentro. Pese a todo y contra toda verdad se ataca con ensañamiento y virulencia despiadados al Papa, Benedicto XVI, tachándole de encubridor y consentidor o de no pedir perdón a las víctimas; y la misma Iglesia es presentada por algunos como un ‘club de pederastas”. Nada más lejos de la realidad.

Ha sido precisamente Benedicto XVI quien ha dado un impulso decisivo a dicha lu­cha, ya como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. Como tal favoreció una reforma, también legislativa, más rigurosa en esa ma­teria. Y ahora, como Pastor supremo de la Iglesia, busca la purificación de la Iglesia y siempre ha pedido y pide transparencia, firmeza y severidad en estos casos.

Por todo desde aquí le decimos: Gracias, Santo Padre. Cuente con la plena adhesión de nuestra Iglesia diocesana y con nuestra oración para que Dios que, en su dolor, le conceda paz y firmeza ante tantas difamaciones a que se ve sometido.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Haciendo Iglesia Diocesana

Queridos diocesanos:

Con motivo del 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis, el próximo día 17 de abril peregrinaremos como Iglesia diocesana a la Basílica de San Pascual Baylón en Vila-real. San Pascual es el patrono de nuestra Diócesis. Ante sus restos, celebrando la Eucaristía, presidida por el Obispo, queremos dar gracias a Dios y, sobre todo, orar para que, siguiendo su ejemplo de profundo amor al sacramento del altar, Dios nos conceda la gracia de progresar en el amor y la unidad para ser una Iglesia viva y evangelizadora.

San Pascual es un santo que se caracteriza por su gran amor a Jesucristo en la Eucaristía. En el Sacramento de la Eucaristía celebramos la presencia eminente de Cristo en la Iglesia. El Hijo eterno de Dios, enviado por el Padre para que vivamos por medio de Él, en la última cena tomó el pan, lo dio a los apóstoles y les dijo: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”; y lo mismo hizo con la copa: “Este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados”. Y después les dijo: “Haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía, Jesucristo se queda con nosotros, está entre nosotros, como amigo y como alimento, como presencia de Dios que llena toda nuestra vida, como fuente inagotable de amor y de unidad, de comunión y de misión.

La Eucaristía expresa y crea unidad. Como el pan eucarístico es fruto de muchos granos de trigo que, molidos, forman una sola cosa; y como el vino es fruto de muchos racimos de uva que, prensados, forman una sola cosa, así los que participamos de la Eucaristía, formamos un solo cuerpo, una sola familia. Siendo muchos somos y debemos ser un solo corazón y una sola alma.

La Eucaristía es signo eficaz de unidad, de un lado, de la Iglesia, cuya unidad se significa y se construye en la Eucaristía; y, por otro lado, de cuantos participamos en ella. Traicionaríamos el sentido más profundo de la Eucaristía si no fuera fuente de unión y de unidad. Eucaristía y división entre personas no es comprensible. Eucaristía y comunidades cerradas se excluyen mutuamente. La Eucaristía nos hace un solo pueblo en el que no cuenta ser hombre o mujer, joven o adulto, rico o pobre. Lo que cuenta son los efectos de la misma: crear una sola familia en la que reina siempre el amor y el perdón, la acogida y la misericordia entrañable.

Nuestra Iglesia Diocesana se nutre de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, que es la fuente y la cima de su vida y de su misión. Y lo es de la Iglesia misma, de toda comunidad eclesial y de todo cristiano. Benedicto XVI nos ha recordado que de la comunión plena con Cristo resucitado, presente en la Eucaristía, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia: la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños.

Conscientes del lugar central de la Eucaristía para la vida y misión de nuestra Iglesia, participemos en esta peregrinación y pidamos a Dios que como San Pascual no nos apartemos de este Sacramento. Cristo se ha quedado en la Eucaristía para que le comamos, para unirse con nosotros, para crear unidad entre nosotros, Iglesia del Señor, y para enviarnos a anunciar y vivir el amor mismo de Dios. Os espero en Vila-real.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Cristo vive! ¡Ha resucitado!

Queridos Diocesanos:

“Este es el Día en que actuó el Señor”. Así canta gozosa la Iglesia en la Pascua de Resurrección. Es un día de triunfo y de gloria, el Día que hizo el Señor, el Día por antonomasia de los cristianos, “la fiesta de las fiestas”, porque el Señor ha resucitado.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado. Ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. Jesús no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel; Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos.

La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil, y nuestra fe estaría vacía de contenido. La Resurrección de Cristo es tan importante que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive!

Después de resucitar por su propia virtud, Jesús glorioso fue visto por los discípulos, que pudieron cerciorarse de que era Él mismo: pudieron hablar con Él, le vieron comer, comprobaron las heridas de los clavos y de la lanza.  Los Apóstoles declaran que se manifestó con numerosas pruebas, y muchos de estos hombres murieron testificando esta verdad. La Resurrección de Jesús, no tuvo otro testigo que el silencio de la noche pascual. Ninguno de los evangelistas describe la Resurrección misma, sino solamente lo que pasó después. El hecho de la Resurrección misma no fue visto por nadie, ni pudo serlo. La Resurrección fue un acontecimiento que sobrepasa las dimensiones del tiempo y del espacio.  No se puede constatar por los sentidos de nuestro cuerpo mortal, ya que no fue un simple levantarse de la tumba para seguir viviendo como antes. La Resurrección es el paso a otra forma de vida, a la Vida gloriosa.

Jesús, al resucitar de entre los muertos, no ascendió inmediatamente al cielo. Si lo hubiera hecho, los escépticos que no creían en la Resurrección, hubieran resultado más difíciles de convencer. El Señor decidió permanecer cuarenta días en la tierra. Durante este tiempo se apareció a María Magdalena, a los discípulos camino de Emaús y, varias veces, a sus Apóstoles. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho.

Con la Muerte y la Resurrección del Señor hemos sido rescatados del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna. La alegría profunda de este día tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia con ese amor. Se cumple aquella promesa del Señor: Yo les daré una alegría que nadie les podrá quitar. La única condición que nos pone es no separarnos nunca del Padre, no dejar nunca que las cosas nos separen de Él;  experimentar en todo momento que somos hijos suyos.

Feliz Pascua de Resurrección.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Semana Santa: Celebración de la fe cristiana

Queridos diocesanos

El Domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa, un verdadero camino espiritual hacia la Pascua. A esta semana la llamamos ‘santa’ porque en ella celebramos los misterios santos de nuestra redención: la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Un año más, la Iglesia nos convoca a conmemorar, contemplar y celebrar con fe viva esta verdad central de nuestra fe: el misterio pascual del Señor, el ‘paso’ confiado de Jesús hacia el Padre; el paso del Señor a la Vida a través del dolor y de la muerte.

La liturgia del Domingo de Ramos nos ofrece, con fina y sabia pedagogía, una síntesis anticipada del misterio pascual. En la procesión de palmas recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y en las lecturas de la Misa contemplamos al Siervo de Dios, que sufre y muere para pasar al triunfo pascual. Jesús, el Mesías y Rey, triunfante y doliente, es aclamado y escarnecido a un tiempo: son las dos caras del misterio pascual. En la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se anticipa su triunfo definitivo sobre el pecado y sobre la muerte en la pascua de resurrección. El Domingo de Ramos inauguramos la celebración de la Pascua, el paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.

La palma del triunfo y la cruz de la pasión no son una paradoja, ni un contrasentido. Son, más bien, el centro del misterio que creemos, proclamamos y actualizamos en la Semana Santa. Jesús se entrega voluntariamente a la pasión, afronta libremente la muerte en la cruz, y en su muerte triunfa la vida. Atento a la voluntad del Padre, comprende que ha llegado su “hora”, y la acepta con la obediencia libre del Hijo y con un infinito amor a los hombres: “Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo  amado  a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, una intensidad que ha calado hondamente en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las Cofradías de Semana Santa, presentes a lo largo y ancho de nuestra Diócesis, son el mejor ejemplo del profundo arraigo de la fe cristiana entre nosotros. No dejemos que todo quede en la tradición y en la estética; o que la Semana Santa, despojada de su núcleo santo, quede reducida a expresión cultural o evento turístico.

Porque, bien puede ocurrir que, llevados por el ambiente de fiesta y de ocio de estos días o quizá arrastrados por el contexto secularizado que nos circunda, nos quedemos en lo superficial y exterior y perdamos de vista la profundidad santa y divina de la Semana Santa. Para muchos, la Semana Santa se está vaciando de contenido y, para algunos, ya está vacía en su interior. Esto ocurre cuando nuestras procesiones se separan de la fe y vida de la Iglesia y no se participa en las celebraciones litúrgicas; o cuando las procesiones no son ya expresión de una fe viva y vivida en Cristo Jesús, que padece, muere y resucita; o cuando la Semana Santa no tiene incidencia alguna en nuestra vida cristiana, personal y comunitaria, familiar y social. Vivamos con fe la Semana Santa. Dejemos que nuestras celebraciones litúrgicas y nuestras procesiones de estos días aviven nuestra fe en el Señor y nuestra vida cristiana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segore-Castellón

El sacramento de la misericordia

Queridos diocesanos:

Durante el tiempo de la Cuaresma, la Palabra de Dios nos exhorta a la revisión y renovación de nuestra vida cristiana mediante la conversión de mente y corazón a Dios. En este tiempo resuenan las palabras de Jesús: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15). Este es el camino para prepararnos debidamente a la celebración del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo; éste es el camino hacia la Pascua del Señor.

El misterio de la redención de Cristo en la Cruz nos muestra que el amor de Dios es más fuerte que nuestro pecado. La contemplación del amor infinito de Dios, en la muerte y en la resurrección del Jesús, nos desvela nuestros propios pecados de acción y de omisión, pero, sobre todo, la misericordia infinita de Dios, siempre dispuesto al abrazo del perdón. En la Cruz, nos dice San Pablo “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados” (2 Cor, 5, 19). Y él mismo San Pablo nos exhorta: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5, 20). Y es en el sacramento de la reconciliación donde experimentamos de un modo muy personal ese amor misericordioso y reconciliador de Dios.

Necesitamos recuperar el Sacramento de la Penitencia ante una mentalidad superficial y, a veces, deformada de este sacramento, ante su olvido o ante su abierto rechazo. Su recuperación comienza por reconocer con humildad nuestra condición de pecadores y admitir que pecamos; es decir, que fallamos al amor de Dios, cuando transgredimos por acción  o por omisión los preceptos divinos. Todo pecado es, en el fondo, un acto de desconfianza hacia la bondad de Dios y de desobediencia a su ley. En nuestros pecados descubrimos siempre la voluntad de preferirnos a nosotros mismos y posponer a Dios, de construir nuestra vida sin Dios o al margen de Él, de anteponer nuestros intereses personales a su voluntad. Así nos lo desvelará un buen examen de conciencia, que no es sino la confrontación sincera y serena con la ley moral interior, con las normas evangélicas propuestas por la Iglesia, con el mismo Cristo Jesús, nuestro maestro y modelo de vida, y con el Padre celestial, que nos llama al bien y a la perfección. Al examen sincero de conciencia ha de seguir la contrición o dolor de los pecados, que supone un rechazo claro y decidido del pecado cometido junto con el propósito de no volver a cometerlo por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. Todo ello nos llevará a la confesión de nuestros pecados para dejarnos abrazar por el amor misericordioso de Dios que nos perdona en la absolución y a cumplir la satisfacción por nuestros pecados.

Para recuperar este sacramento de la Penitencia es preciso también que sea ofrecido en todas las parroquias, en horarios concretos, y que los sacerdotes estén siempre dispuestos a administrarlo si se les pide oportunamente. A los sacerdotes, como a Pablo, el Señor nos ha encargado el ministerio de la reconciliación.

Contemplemos el rostro amoroso de Dios en Cristo y dejémonos cautivar por la belleza irresistible de su amor y de su misericordia. No nos engañemos: sólo quien vive reconciliado con Dios puede vivir reconciliado también consigo mismo y con los demás. Y para el cristiano el sacramento del perdón “es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ministros de la misericordia de Dios

Queridos diocesanos:

Como el fuego que no puede sino quemar, así Dios no puede dejar de amar, porque “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Dios es fiel a su designio eterno, incluso cuando el hombre, en abuso de su libertad, que le fue dada para amar y hacer el bien, en lugar de responder con amor al amor de Dios, se aleja de él y rechaza su amor con su pecado. A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios permanece fiel al amor. Dios es compasivo y misericordioso, dispuesto siempre al perdón.

Jesús nos muestra este rostro misericordioso de Dios, dispuesto siempre al perdón. Durante su vida pública encontramos a Jesús perdonando los pecados. Él manifiesta que no son los sanos sino los enfermos los que necesitan el perdón. Él mismo ha venido a buscar a los pecadores. Esta actitud de Cristo despierta la crítica de los fariseos, pero Jesús insiste en perdonar a todos los que se acercan a él y se arrepienten de sus pecados; entrega su vida misma en la Cruz para el perdón de los pecados.

Esta actitud de Cristo queda plasmada en el poder de perdonar los pecados que él mismo confía a los apóstoles: “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20,23). En este texto la Iglesia reconoce la institución del Sacramento de la Penitencia.

Para ser perdonados es indispensable querer recibir el perdón de Dios, estar verdaderamente arrepentidos, tener dolor de corazón y confesarse. Hay muchos que ni entienden ni quieren entender la mediación del sacerdote a la hora de pedir perdón a Dios. ¿Por qué no puedo hacerlo a solas con Dios?, se preguntan. En este punto hemos de recordar que la mediación del sacerdote fue deseo expreso de Cristo quien, una vez ascendido al cielo, quiso perpetuar su presencia y su misión en los apóstoles y en sus legítimos sucesores, los Obispos, y en aquellos que participan del ministerio apostólico: los sacerdotes.

Cierto que sólo Dios puede perdonar los pecados. Ahora bien: Jesús, el Hijo de Dios, perdonó los pecados y transmitió esta potestad a personas bien concretas: los apóstoles y sus sucesores. Como los sacramentos son actos de Jesucristo y encuentro con Él, es necesario, por designio de su voluntad, que para la reconci­liación tengamos que contar con alguien que actualice a Jesucristo con su presencia. Y ese son los obispos y los sacerdotes, que actúan en la persona de Cristo y en la persona de la Iglesia.

Por otra parte, el hombre es eminentemente comunicativo, nece­sita contar ese mundo interior que, de no comunicarlo, se convertiría en una metástasis cancerígena que dete­rioraría toda su psicología. Es un hecho comprobado: en la medida en que han descendido los penitentes, han aumentado el número de los psiquiatras, con la diferencia de que el psiquiatra escucha, aconseja, medica … pero nunca perdonará la culpa. A lo sumo podrá ayudar a que desaparezca en el paciente el sentimiento de culpabilidad.

El próximo día 19 de marzo celebramos el Día del Seminario, que este año tiene como lema: “El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios”. Oremos para que el Señor nos conceda vocaciones al sacerdocio, ministros de la misericordia de Dios, ministros del Sacramento de la Penitencia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El rechazo del amor de Dios

Queridos diocesanos

Por más extendida que esté hoy entre nosotros la perdida de sentido de pecado, hemos de afirmar que el pecado existe. El ‘misterio de iniquidad’, el ‘príncipe de este mundo’, el ‘Maligno’, el ‘padre de la mentira’ y ‘Satanás’ son los nombres que utiliza la Sagrada Escritura para indicar la razón originante del pecado. El ‘Maligno’ nos insta a rechazar el amor de Dios y a profanar el templo de Dios que es todo ser humano; nos incita a querer ser como dioses sin Dios, a vivir según nuestros propios caminos, a vivir con la mente y con el corazón, con nuestras acciones y omisiones, en contradicción con sus mandamientos y con el Evangelio. Basta que recordemos la parábola de la cizaña (Mt 13,24-30).

Hoy tenemos necesidad de volver a escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la advertencia del apóstol: “Sed sobrios y vigilad, que vuestro adversario el Diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar. Enfrentaos a él con la firmeza de la fe” (1 Pe 5,8-9).

El pecado es primordialmente un rechazo del amor de Dios. Ocurre cuando empujados por el maligno y arrastrados por nuestro orgullo, abusamos de la libertad que nos fue dada para amar y buscar el bien, negándonos a obedecer a Dios. Ocurre cuando en lugar de responder con amor al amor de Dios, nos enfrentamos a Él como a un rival, haciéndonos ilusiones y presumiendo de nuestra propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con Aquel que nos creó. Ocurre, en definitiva, cuando no cumplimos sus mandamientos, que se resumen en amar a Dios y amar al prójimo. Tanto más y mejor entenderemos que el pecado es un rechazo del amor de Dios cuanto más y mejor comprendamos la grandeza del amor de Dios para con nosotros.

Dios nos ama inmensamente. Desde toda la eternidad ha pensado en nosotros. En un principio no fuimos más que un pensamiento de Dios. Pero ese pensamiento fue amado tanto por Dios que le dio la vida. Cuando Dios ama, lo hace con tal fuerza que da la vida. La explicación de nuestra existencia es el amor que Dios nos tiene. Es el único amor capaz de hacer que lo que todavía no es más que un pensamiento, llegue a existir realmente.

Dios nos creó a su imagen y semejanza: inmortales, llenos de gracias y de dones; y lo hizo para la vida eterna en amistad y comunión con Él. El primer pecado trastorna todos los planes de Dios. Pero Dios no abandona al hombre. Como él, por sus propias fuerzas, no podía reparar el daño, el Hijo de Dios se hace hombre para pagar la deuda contraída por el pecado, para restablecer y ofrecer la amistad con Dios.

El pecado es, por tanto, el desprecio del hombre al amor con que Dios nos creó, con el que nos mantiene en la existencia; y es olvido de la encarnación, de la pasión y muerte de Cristo. El pecado es el “amor de sí hasta el desprecio de Dios”, porque cuando “tratamos de ocultar algo a Dios, lo que hacemos es ocultarle a él de nosotros, no a nosotros de él” (San Agustín).

Hay quienes no comprenden la malicia del pecado porque son incapaces de mirar a Dios. Lo único que hacen es mirarse a sí mismos y actúan, a lo sumo, como si una falta fuese más o menos grave según la impresión que les produce personalmente, olvidando que la ofensa a Dios no depende de lo mucho o lo poco que nos repugne sino de lo mucho o lo poco que nos aparte de Dios, de su vida y de su amor.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Pérdida del sentido de pecado

Queridos diocesanos:

La cuaresma nos llama a la conversión de mente y de corazón a Dios. Una conversión sincera descubre que nuestros caminos, por acción o por omisión, a veces no son los de Dios: que nos apartamos de Él, de su amor, de sus caminos: en una palabra que pecamos. Si nuestra conversión es sincera nos llevará, como de la mano, a dejarnos reconciliar con Dios y con su Iglesia en el sacramento de la Penitencia, el camino ordinario para la volver a la amistad y comunión con Dios.

Sin embargo, hoy hay muchos cristianos que no se acercan al Sacramento de la Penitencia, o que lo hacen de tarde en tarde, o que se acercan a él sin saber qué decir. Por el contrario, en las Eucaristías son muchos los que se acercan a recibir la Comunión. Ante este fenómeno cabría preguntarse por sus causas. ¿Es que somos hoy más santos que los cristianos de ayer? ¿Es que eso de confesarse ha pasado de moda?

La razón fundamental del poco aprecio de este Sacramento ya fue detectada y señalada hace muchos años por Pío XII cuando pronunció aquella frase proverbial: “Quizás el mayor pecado del mundo de hoy consista en el hecho de que los hombres han empezado a perder el sentido del pecado”. Una pérdida del sentido de pecado que han denunciado también los Papas posteriores. Es lógico, que si no hay conciencia ni sentido de pecado, uno se pregunte para qué la confesión.

Bien podemos afirmar que el verdadero peligro para el hombre contemporáneo es el hundimiento y la crisis del sentido religioso, del sentido de Dios, así como de los principios y normas morales y éticas de la humanidad. La ausencia de la conciencia de responsabilidad ante nuestras acciones u omisiones y de la culpa subsiguiente son tan peligrosas como la ausencia del dolor cuando se está enfermo. A nadie gusta el dolor. Pero hemos de agradecerlo cuando estamos enfermos. Gracias a él percibimos que algo no funciona en nuestro organismo. Y por eso vamos al médico que diagnostica, receta, sana y cura.

El sentido del pecado camina en paralelo con el sentido de Dios. Cuanto más presente está Dios en el corazón de una persona, más conciencia hay de pecado, es decir de rechazar su amor. Cuanto menos presente está Dios, menos sentido se tiene del pecado. Esto lo vemos en la vida de los santos que, cuanto más se acercaban a Dios, más frágiles y débiles se sentían. Y es que Dios es como una luz potente que al entrar en una habitación permite ver cuanto en ella se contiene: las cosas de valor y lo que no vale nada; y también lo que afea el inmueble.

“Un hombre no se pone en el camino de la penitencia verdadera y genuina, hasta que no descubre que el pecado contrasta con la norma ética, inscrita en la intimidad del propio ser; hasta que no reconoce haber hecho la experiencia personal y responsable de tal contraste; hasta que no dice no solamente existe el pecado, sino ‘yo he pecado’; hasta que no admite que el pecado ha introducido en su conciencia una división que invade todo su ser y lo separa de Dios y de los hermanos” (Juan Pablo II). Para dar este paso son necesarias la gracia y la luz de Dios, pero también un alto grado de humildad y de apertura a Dios, a su Palabra, a su amor misericordioso.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Llamados a la conversión

Queridos diocesanos:

El miércoles de ceniza hemos comenzado la cuaresma, tiempo de gracia, de conversión y de salvación. En la imposición de la ceniza escuchábamos las palabras de Jesús al inicio de su actividad pública: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc  1,15). Estas palabras son el leit-motiv del camino cuaresmal hacia la Pascua.

Para el cristiano, la cuaresma es un tiempo de verdadero cambio y renovación, tiempo para volver a respirar a pleno pulmón, tiempo para poner en orden muchas cosas, tiempo para restablecer relaciones rotas y entablar relaciones auténticas con Dios, con el prójimo y con uno mismo; la cuaresma es, en definitiva, tiempo de conversión.

La conversión pide un cambio de mentalidad: pide volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios, acogerle en nuestra existencia, vivir con adhesión amorosa y activa el designio de Dios sobre cada uno de nosotros. La conversión pide dejar nuestra autosuficiencia frente a Dios. Y todo ello para llegar a la salvación.

A veces es tal el grado de nuestra soberbia y autosuficiencia que Dios es el gran ausente en nuestra existencia, que pensamos no necesitar de salvación o de la Salvación que Él nos brinda; o simplemente intentamos buscar nuestra salvación lejos de Dios, por nuestros propios caminos. Nos declaramos bautizados e incluso creyentes; pero Dios significa poco o nada en nuestro vivir cotidiano.

La cuaresma es tiempo propicio para recuperar y acrecentar el sentido de Dios y la fe personal en El, la adhesión total de mente y corazón a Dios y a su Palabra. Debemos dejar que Dios ocupe el centro en nuestras vidas; en una palabra, debemos dejar a Dios ser Dios.

Fe y conversión van íntimamente unidas. Sin adhesión personal a Dios, a su Hijo Jesucristo y a su Evangelio no se dará el necesario cambio de mente y de corazón, ni la consiguiente conversión de nuestros caminos desviados. A la vez, el cambio moral será el signo de la veracidad y del grado de nuestra fe. Una fe sin obras es una fe muerta.

El salmista nos exhorta: “escuchad hoy su voz” (Salmo 94, 8). Dios quiere ser nuestro guía para introducirnos en la tierra prometida de la vida con Él. Dios, que nos ha pensado desde siempre, nos indica el camino a recorrer para alcanzar nuestro verdadero ser, nuestra libertad y nuestra felicidad: en una palabra, nuestra salvación  Con su amor nos sugiere lo que hemos de hacer y lo que hemos de evitar. Dios nos habla como a amigos a los que quiere introducir en la comunión de vida consigo y con lo demás. Quien escucha y acoge su voz, quien se reconcilia con Él, entrará en la amistad vivificante de Dios.

Jesús es la Palabra de Dios. Dios nos habla en Jesucristo al corazón. Hemos de escuchar y obedecer su palabra. No endurezcamos el corazón. Escuchemos en esta cuaresma la voz de Dios leyendo, meditando y viviendo el Evangelio. Volvamos nuestra mente y nuestro corazón a Dios para adquirir los mismos sentimientos de Cristo. Dejémonos reconciliar por Dios para poder celebrar con gozo la Pascua del Resucitado. Él nos ofrece en este tiempo con más abundancia su Palabra y la gracia del Sacramento de la Reconciliación que consolida nuestro retorno a Dios. Dejémonos encontrar y abrazar por Dios en Cristo; dejémonos reconciliar por Dios en su Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Proteger la creación

Queridos diocesanos

Un año más, la organización católica ‘Manos Unidas’ celebra su campaña anual en su tradicional lucha contra el hambre en el mundo y en su compromiso por el desarrollo de los pueblos, especialmente de los más pobres. El lema de este año, “Contra el hambre, defiende la tierra”, quiere hacernos ver la relación íntima que existe entre el cuidado o, a la inversa, el deterioro del medio ambiente y el hambre en el mundo y con el desarrollo de los pueblos con el fin de comprometernos en el cuidado de la tierra. Así lucharemos también contra el hambre en el mundo.

La ‘crisis ecológica’ es algo innegable ante fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de los acuíferos, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales; o ante el fenómeno de las personas que deben abandonar su tierra por el deterioro del medio ambiente. Todos estos fenómenos tienen una repercusión profunda en el ejercicio de derechos humanos como el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

Benedicto XVI nos exhorta reiteradamente a proteger la creación. El auténtico desarrollo humano integral y el desarrollo de los pueblos peligran cuando se descuida o se abusa de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado.

Ahora bien: la tierra, o lo que llamamos ‘naturaleza’, no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar; considerar así la tierra implica el riesgo de disminuir en las personas la conciencia de su responsabilidad. El universo entero es un don de Dios, fruto de su pensamiento y de su amor, en cuya cima ha situado al hombre y a la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para ‘llenar la tierra’ y ‘dominarla’ como ‘administradores’ de Dios mismo (cf. Gn 1,28).  Este encargo original de Dios no es una simple concesión de autoridad, sino más bien una llamada a la responsabilidad de todos. Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello, sino para que lo administren con responsabilidad.

Fue el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, lo que distorsionó el encargo divino de ‘dominar’ la tierra, de ‘cultivarla y guardarla’. El ser humano se deja llevar por el egoísmo y en su relación con la creación se comporta con harta frecuencia no como administrador sino como explotador.

Es indispensable que renovemos y reforcemos la alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios. Todos tenemos el deber de proteger la creación entera, de cultivar una ecología global, que abarca la protección del ambiente y tambiénla de la vida humana, comprendida la vida antes del nacimiento.

Es urgente promover una nueva solidaridad universal e intergeneracional inspirada en los valores de la caridad, la justicia y el bien común. Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos de todos los tiempos. Hemos de cambiar nuestras actitudes, conductas y modelos de consumo y propiciar un estilo de vida austero y sobrio, respetuoso con la creación y solidario con todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón