Nuestra Iglesia Diocesana (V): Cristo es nuestra esperanza

Queridos diocesanos:

En la situación, difícil y apasionante al mismo tiempo, ante la que nos encontramos al celebrar el 50º Aniversario de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, el Señor nos exhorta a recuperar la esperanza a la que Dios nos llama. La esperanza es posible porque el mundo ha sido salvado por Cristo. Pongamos nuestra única esperanza en nuestro Señor Jesucristo y en la fortaleza de una fe viva y vivida, celebrada y compartida en la comunidad eclesial. Si el Señor Jesús tuvo una fuerte oposición y fue elevado a la muerte, ¿por qué sorprendernos que ocurra lo mismo con su Iglesia y con sus discípulos?

Para los grandes desafíos de hoy y de siempre no hay otro camino verdadero que Jesucristo. Él es la Luz del mundo; es a Él a quien los hombres buscan, muchas veces incluso sin saberlo y a veces por vías contrarias a la suya. Ofrecer y propiciar el encuentro personal con Jesucristo en la oración, en la escucha de la Palabra y en la celebración de los Sacramentos, es la clave para una apasionante renovación de nuestra Iglesia diocesana, de sus fieles y comunidades, y de nuestro mundo.

Debemos volver a hablar de Dios; no de un dios cualquiera, sino del Dios que nos ha revelado Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Atrevámonos, con la ayuda de la gracia de Dios, a vivir la aventura más hermosa que hoy podemos vivir: llevar el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, necesitados de Dios, de amor y de vida, de sanación y salvación; necesitados, en definitiva, de la esperanza que no defrauda.

La evangelización es una apasionante tarea que implica a todos: sacerdotes, religiosos y seglares. Hemos de evangelizar de nuevo; y hemos de hacerlo como en los primeros tiempos dejándonos ‘ganar’ por Cristo para que los hombres crean y pueda haber una humanidad abierta al futuro y hecha de hombres nuevos a los que Él ha devuelto su dignidad, su libertad y su esperanza.

Urge que los cristianos de nuestra Iglesia diocesana, siendo verdaderos creyentes y discípulos del Señor, seamos, a la vez, anunciadores y testigos incansables de Cristo y de su Evangelio. El creciente número de hombres que, también entre nosotros, no le conocen reclama que nos entreguemos prioritariamente al servicio del anuncio misionero del Evangelio. La hora presente es la hora de la misión, del anuncio gozoso del Evangelio, así será también la hora de renacimiento espiritual y moral de nuestra sociedad.

No nos podemos quedar en la simple conservación de lo existente; es tiempo de proponer de nuevo y, ante todo, a Cristo, el centro del Evangelio. El solo mantenimiento es claramente insuficiente. Nos apremia como Iglesia diocesana acometer el irrenunciable servicio de una nueva evangelización: “nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión”, como dijo tantas veces el venerable Juan Pablo II. El ardor tiene que ver con la conversión, es decir, con la vuelta de nuestra mirada y de nuestro corazón a Cristo. Los métodos y la expresión serán nuevos en la medida en que Cristo sea encontrado por hombres de este mundo y de esta cultura; pero los métodos y la expresión no son nada si falta el ardor, que mana del encuentro con Jesucristo. Esto es lo que el Señor espera de nuestra Iglesia diocesana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuestra Iglesia Diocesana (IV): Retos y tareas

Queridos diocesanos:

Al celebrar su 50º Aniversario es bueno recordar que nuestra Iglesia diocesana está llamada a ser una Iglesia viva y santa desde Cristo por la santidad de sus miembros para seguir evangelizando. Como en tiempos pasados, estamos llamados a acoger, vivir, proclamar, celebrar y testimoniar a Jesucristo, su Evangelio y su obra salvadora del hombre y transformadora de la sociedad, del mundo y de la cultura.

Señalo algunos de los problemas y retos ante los que nos encontramos como Iglesia diocesana actualmente en nuestra vida y en nuestra misión.

De un lado, se extiende cada día más una indiferencia religiosa, hecha de relativismo y de hedonismo. En ciertos casos, proviene de una ignorancia religiosa. En otros casos, es ideológica y genera una hostilidad declarada, que se expresa muchas veces en un laicismo excluyente. Es un hecho, de otro lado, que muchos fieles, por distintos motivos, se alejan de la vida eclesial, de la práctica dominical y de los sacramentos. Es algo que nos ha de preocupar e interpelar seriamente. Muchos son más católicos que cristianos. El problema no es que nuestra Iglesia llegue a ser minoritaria; lo grave sería llegar a ser marginales, el peligro de retirarnos de la escena del mundo, privando así al Evangelio de su fuerza salvadora, transformadora y humanizadora.

Existe, sin embargo, una real vitalidad de la fe en muchos cristianos católicos, en comunidades parroquiales y eclesiales así como en las nuevas comunidades y movimientos, que hemos de acoger como dones del Espíritu a nuestra Iglesia hoy. Nuestro reto actual es ayudar a muchos bautizados a pasar de un cristianismo de tradición a un cristianismo de adhesión, de confesión y de engendramiento; así como ayudar a los cristianos y a nuestras comunidades a mantener una posición de desacuerdo y a veces de resistencia espiritual ante los intentos de marginar a Dios, a Cristo y al Evangelio, de la vida diaria, de la configuración social y de la educación de las nuevas generaciones.

Un tercer reto y tarea urgente es la iniciación cristiana y la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Vivimos tiempos de emergencia educativa también en la educación en la fe. Las mismas familias cristianas necesitan ser evangelizadas para poder ser evangelizadoras. A muchos adolescentes y jóvenes les hemos de ofrecer un primer anuncio de la fe y un proceso de iniciación cristiana de tipo catecumenal, que les lleve al encuentro personal con Cristo, a la conversión de vida y a su integración real en la Iglesia. A esto ayudará el acompañamiento personal y la propuesta de la fe como un camino también de humanización y de maduración humana. Nos urge además desarrollar una pastoral de la vida y del amor humano en la educación, ya desde la más tierna infancia, y en el acompañamiento de novios, matrimonios y familias.

Un último reto es la privatización actual de la existencia, que lleva también a la privatización de la fe. Es conocida la frase: “Creo en Dios o en Jesucristo, pero no creo en la Iglesia”. Este individualismo y subjetivismo, sin embargo, amputan a la fe de su esencial y necesaria dimensión comunitaria y misionera.

Para acometer todo estos retos y tareas es fundamental revitalizar nuestras comunidades cristianas, para que, centradas en Jesucristo, sean vivas, fraternas y evangelizadoras.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuestra Iglesia Diocesana (III): Urgencias

Queridos Diocesanos

La celebración de 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón nos ofrece una oportunidad hermosa para lograr una mayor conciencia de pertenecer a ella para responsabilizarnos con su vida y misión. Recordemos que nuestra Diócesis es la comunidad de los cristianos católicos, que vivimos en el territorio diocesano: la formamos obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares; una gran familia, que integra las comunidades parroquiales, agrupadas en los arciprestazgos, las comunidades de vida consagrada y otras comunidades eclesiales, los movimientos, los grupos y las asociaciones así como los servicios diocesanos.

Es urgente que todos y, especialmente los pastores, cultivemos sin cesar el afecto a nuestra Iglesia Diocesana, mostrándonos siempre dispuestos a unir las propias fuerzas a las iniciativas diocesanas en la misión única y compartida. Para ello es fundamental que todos los diocesanos conozcamos nuestra Diócesis, la valoremos y la acojamos como necesaria para nuestra fe y vida cristiana personal y comunitaria; y, sobre todo, nos urge amarla como a algo propio, como a la comunidad de la que formamos parte, como a la propia familia.

Muchos de nuestros católicos desconocen o tienen un conocimiento insuficiente de nuestra Diócesis. Se desconoce su historia, su fisonomía externa, su organización, sus múltiples tareas y actividades evangelizadoras, formativas, litúrgicas y caritativas. Además, la Iglesia diocesana es sentida por muchos diocesanos como algo distante; otros no tienen conciencia de pertenecer a esta Iglesia, ni la sienten como la propia familia de los creyentes. Por el contrario, se siente más la parroquia, el grupo o el movimiento, donde se vive y practica la fe. Pero no se puede olvidar que todas estas realidades son realmente eclesiales, sólo si no están en unión y comunión con el Obispo y entroncadas vitalmente en la comunión de la fe, de la celebración y de la misión de la Iglesia diocesana; es en ésta donde opera y se realiza la Iglesia del Señor; y es a través de su entronque vital en ella, como se integran en la comunión de la Iglesia universal. Hemos de evitar el particularismo y el parroquialismo.

Hay, de otro lado, signos de una creciente falta de amor hacia la Iglesia, en general, y hacia la Iglesia diocesana, en particular. Esta desafección se muestra en el alejamiento de la vida de la Iglesia, o en la crítica corrosiva, hecha sin amor, de los mismos católicos o en el silencio cómplice ante ataques injustificados. Pero también se muestra cierta desafección hacia la Iglesia diocesana, cuando se vive en el grupo, movimiento, asociación o cofradía, e incluso en la parroquia prácticamente de espaldas a la Iglesia diocesana. Nuestra unión efectiva y afectiva pide, se muestra y crece cuando se acogen y aplican las normas o las directrices pastorales diocesanas, o se atiende a las convocatorias diocesanas, se comunican y se asiste a ellas.

En la base de todo y como condición previa, hemos de descubrir y valorar nuestra identidad cristiana y católica para vivirla con alegría y fidelidad, para no avergonzarnos de nuestra condición católica en privado o en público, de palabra o por obra. Amemos a nuestra Iglesia diocesana, porque, no lo olvidemos, la formamos todos y la construimos entre todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segobe-Castellón

Nuestra Iglesia Diocesana (II): Una Iglesia viva

Queridos diocesanos:

En el 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis miramos al pasado y damos gracias a Dios por sus dones. Pero nuestra Iglesia no es sólo historia, sino también una realidad viva en el presente, aunque a veces aparezca frágil, envejecida y debilitada. Es una realidad viva, porque Dios mismo, en su cercanía amorosa, sigue presente y operante en nuestra Iglesia, en muchos fieles y en nuestras comunidades; porque Cristo, su Evangelio y su obra salvífica siguen presentes y operantes en esta Iglesia nuestra. Cristo Resucitado mismo es el Pastor que “cuida de su rebaño y vela por él” (Ez 34,-11-36), que nos conduce y nos da vida, que nos sostiene por la fuerza del Espíritu en la entrega fiel a nuestra vocación, misión y tarea.

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es una realidad compleja, con su elemento humano y con su elemento divino. En su aspecto visible es la comunidad de los cristianos católicos, que vivimos en el territorio diocesano: la formamos obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares; una comunidad, que peregrina y crece en la fe, una comunidad que proclama el Evangelio y celebra los misterios de la fe, una comunidad que vive la caridad, una comunidad en la que se debe vivir y a la que se debe servir en la tarea siempre nueva de evangelizar. A su vez, la Iglesia Diocesana es una gran comunidad de comunidades, que integra en su comunión y misión a las 149 comunidades parroquiales, agrupadas en los 14 arciprestazgos, las numerosas comunidades de vida consagrada y otras comunidades eclesiales, los movimientos, los grupos y las asociaciones. Y cuenta con diversos servicios pastorales y administrativos.

Al hablar de nuestra Iglesia diocesana muchas veces nos quedamos en lo visible, en las personas, en el territorio o en sus estructuras. Pero su realidad humana, externa y visible, no puede hacernos olvidar que en su esencia más profunda nuestra Diócesis es signo e instrumento de salvación, porque en ella, mediante sus personas y sus estructuras visibles, – incluso a pesar de sus deficiencias- Jesucristo está presente y actúa su salvación en favor de los hombres.

Esta realidad íntima de la Diócesis debe ser conocida, valorada y vivida por todos sus miembros, por las comunidades y por los grupos eclesiales. Y ha de aparecer también en nuestros proyectos, para que de este modo, sobre la faz de la Diócesis, resplandezca Cristo, luz de las gentes. Nuestra Iglesia no es una mera “organización eclesiástica”, a la que se pertenece por razones administrativas, pero no por razones de fe; la vida cristiana no es una mera práctica ético-religiosa, sino acontecimiento de salvación, de experiencia de gracia y de comunión vital con Dios y con los hermanos. Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es un evento de salvación, que acontece en un tiempo, el nuestro, y en un espacio, gran parte de la provincia de Castellón.

Esta porción de Pueblo de Dios, confiada al Obispo para apacentarla con la cooperación del presbiterio, adherida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, es una Iglesia particular: en ella se encuentra y opera la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica (cf. ChD 11). Es un misterio de comunión y misión para promover la unidad, la santidad y la universalidad de la misión en sus miembros y comunidades, en la sucesión de los Apóstoles.

Con afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuestra Iglesia Diocesana (I): Acción de gracias

Queridos diocesanos:

San Pablo nos invita a dar a gracias a Dios “porque nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (cf. Ef 1, 3). En la Navidad, Dios nos ha bendecido con el nacimiento de su Hijo. A quienes creen en Él les da el poder ser hijos de Dios. Él sigue presente y operante entre nosotros en su Iglesia. Dios mismo ha hecho de esta porción del Pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, su tienda, la porción de su heredad, el ámbito de su cercanía amorosa entre nosotros para todos (cf. Ecle 14, 12).

Al inaugurar el 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón damos gracias a Dios por nuestra Iglesia diocesana. Dios mismo, sirviéndose de los avatares de la historia y de las decisiones humanas, se ha dignado reunir a las comunidades cristianas de esta tierra en torno al Obispo, como su Padre y Pastor y Sucesor de los Apóstoles, para hacer así de todas ellas una Iglesia diocesana. Dios mismo ha hecho de esta porción del pueblo de Dios espacio de la presencia viva de Jesucristo, de su Evangelio y de su obra salvífica en esta tierra, centro de irradiación de la buena nueva de la fe y manifestación para el mundo de su paternidad universal.

Esto es lo fundamental de nuestra celebración, el gran don de Dios por el que damos gracias. La configuración territorial es accidental, histórica y cambiante. Dejando para los historiadores la relación de nuestra Diócesis con la antigua Segóbriga, la nuestra fue un día Diócesis de Albarracín-Segorbe, después sólo Diócesis de Segorbe, y desde 1960, Diócesis de Segorbe-Castellón: pero siempre ha sido Iglesia del Señor.

A  lo largo de los siglos y, en especial, en estos cincuenta años, Dios nos ha bendecido en innumerables personas, la mayoría desconocidas, que siguiendo las huellas de Jesús, supieron vivir en su vida cotidiana la llamada a la perfección del amor a Dios y a los hermanos, siendo así testigos vivos del Evangelio de Jesucristo. Dios nos ha bendecido con el don de abundantes vocaciones al ministerio presbiteral, al diaconado, a la vida consagrada en sus distintas formas: tantos sacerdotes y consagrados, que entregaron su vida a Dios sirviendo a los hermanos en el camino y en la tarea que el Señor les confió. Dios ha llamado en el pasado y todavía hoy no cesa de llamar a hijos de esta Iglesia para ser heraldos del mensaje de salvación en cualquier parte del mundo. Dios nos ha bendecido con innumerables seglares, testigos de la verdad del Evangelio, que salva y plenifica, en la vida matrimonial y profesional, en la cultura y en las artes, en la acción caritativa y social; así como con múltiples parroquias y otras comunidades eclesiales, cofradías, asociaciones y movimientos.

Bendigamos y demos gracias a Dios por todos nuestros antepasados en la fe: obispos, sacerdotes, religiosos y seglares; por su fidelidad a la fe cristiana, por su fortaleza en la esperanza y por la grandeza de su caridad, en algunos casos, martirial Agradecemos gozosos su testimonio de santidad, su fuerza evangelizadora y su extraordinario legado de historia, arte y cultura, expresión de la vitalidad de su fe. Hago mías las palabras de Pablo a los Efesios: “Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús…, no ceso de dar gracias a Dios por vosotros, recodándoos en mi oración” (Ef 1, 15)

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En el 50º aniversario de nuestra Diócesis

Queridos diocesanos:

Este año dos mil diez se cumplen cincuenta años de la configuración del territorio de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón en 1960. Esta efeméride es una ocasión propicia, ante todo, para dar gracias a Dios por nuestra Iglesia diocesana; pero también para hacer memoria de su historia, para conocerla en su pasado y en su presente, y para seguir creciendo en nuestro sentido de pertenencia y en el amor a nuestra Iglesia Diocesana de Segorbe-Castellón. Recordando el pasado y mirando el presente, queremos afrontar el futuro con esperanza, alentados siempre por el Espíritu del Señor en nuestra misión evangelizadora.

Nuestra Iglesia diocesana o Diócesis no es un distrito administrativo ni un organismo de servicios, sino una comunidad de bautizados, una porción del Pueblo de Dios, que está extendido por todo el mundo. La Iglesia diocesana es un don de Dios para todos nosotros: en ella encontramos a Jesucristo y su salvación. La formamos los cristianos católicos, que vivimos en el territorio diocesano; ha sido convocada por Dios y está presidida y guiada en nombre de Cristo por el Obispo para llevar a cabo, entre todos, la misión que Cristo mismo nos ha confiado. En la Iglesia Diocesana se hace presente y actúa la única Iglesia de Jesucristo, aunque para ser verdadera Iglesia del Señor deba estar en comunión con la Iglesia de Roma y con el resto de las demás Iglesias diocesanas. Está muy bien que nos sintamos miembros de nuestra parroquia, que la amemos y que nos interesemos por ella; en la parroquia se concreta nuestra Iglesia, pero aislada de la Diócesis, la parroquia no es Iglesia. Nos lo recuerda la Eucaristía, en la que siempre se recuerda al Papa y al Obispo diocesano del lugar donde se celebra.

La Iglesia Diocesana la formamos todos y la hacemos ‘entre todos’. Su vida y su misión dependen del Señor y de todos nosotros. Cada uno tiene su lugar y su responsabilidad. Y todos la necesitamos para encontrarnos con Jesucristo, el Salvador, y para vivir el propio Bautismo, la propia vocación, los carismas y los dones que cada uno ha recibido. Cuantos la formamos estamos llamados a conocerla y amarla como a nuestra propia madre y familia, a incorporarnos efectivamente a ella y a participar en su vida, en su misión evangelizadora y en sus necesidades.

Este Aniversario es una ocasión de gracia para dejarnos fortalecer en nuestra conciencia misionera. Jesús nos envía a la misión: a anunciar a todos los hombres de todos los tiempos la Buena  Nueva del amor misericordioso y redentor de Dios a los hombres, revelado por Cristo mediante sus palabras, su vida, su muerte y su resurreción. El mandato misionero de Jesús es siempre actual y hoy es urgente. Nuestra tierra es ya país de misión: crece el número de los que no conocen a Jesucristo; aumenta el número de bautizados para quienes Jesucristo y su Evangelio poco o nada significan en su vida; nuestra sociedad y nuestra cultura se configuran cada vez más al margen de la fe cristiana. Es hora de volver a hablar de Dios y de anunciar a Jesucristo sin complejos y sin miedos.

Antes de nada, es preciso que nos dejemos evangelizar, y que nuestras comunidades vivan y transmitan el misterio del amor misericordioso de Dios para ser signos de El para los hombres y mujeres de hoy. !Que la Virgen de la Cueva Santa y San Pascual Baylón nos acompañen y protejan!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón