Los abuelos, testigos de la vida y de la fe

Queridos diocesanos:

El día 26 de julio, festividad de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús, se viene celebrando “El día de los abuelos”. Hoy quiero tener un recuerdo muy especial para los abuelos. Y os invito a todos a hacer de este día una fiesta de agradecimiento y de amor sincero hacia nuestros abuelos para que se sientan de nuevo protagonistas en nuestra historia personal y familiar. Debería ser un día para una sincera acción de gracias porque ellos son para nosotros testigos de la vida y de la fe.

La primera gran aportación que realizan los abuelos en la vida de sus nietos es su inequívoco testimonio a favor de la vida. Los abuelos y abuelas simbolizáis el designio amoroso de Dios sobre la vida de cada hombre, su mirada providente y misericordiosa. Desde toda la eternidad, Dios ha pensado con amor en cada uno de sus hijos y ha dispuesto el camino de la historia personal para atraernos hacia Él. Abuelos y abuelas formáis parte del camino de vuestros hijos y nietos. Y éste es, a su vez, vuestro camino, un camino que recorréis con particular conciencia y emoción.

Es importante que los abuelos y abuelas puedan cumplir su misión en el seno de la familia, de la Iglesia y de la sociedad. Para ello hemos de evitar ignorarles; a veces nuestros abuelos quedan marginados y experimentan una gran soledad por el distanciamiento de hijos y nietos. Pero, por otro lado, hay que evitar que sean “más que abuelos”, para no repetir en sus nietos todas las obligaciones que experimentaron con sus hijos; el trabajo de sus hijos, las dificultades de todo tipo en el seno familiar, la conflictividad conyugal o los horarios laborales incompatibles fuerzan a que los abuelos tengan que cubrir el vacío que experimentan sus nietos. Cuando la situación pasa de esporádica a habitual, los abuelos y abuelas se convierten casi en unos segundos padres, sobre cuyas espaldas recae el peso de la educación cotidiana de sus hijos.

El Beato Juan Pablo II, en su Carta a los ancianos de 1999, señalaba además que “la comunidad cristiana puede recibir mucho de la serena presencia de quienes son de edad avanzada. Pienso sobre todo, en la evangelización: su eficacia no depende principalmente de la eficiencia operativa. !En cuantas familias los nietos reciben de los abuelos la primera educación en la fe!”. Sabemos que los padres son los primeros y originarios educadores de sus hijos, también en la fe; pero de hecho muchos padres no llevan a cabo su tarea educadora. Muchos niños, adolescentes y jóvenes son iniciados en la fe y educados en los valores cris­tianos gracias a sus abue­los. Vosotros, abuelos y abuelas, habéis sido quienes les habéis enseñado a rezar desde pequeños; los que les habéis hablado de Dios; quienes les habéis ofrecido una visión del mundo y del ser humano en la que Dios debe ocupar el centro y el prota­gonismo principal. Así, cuando los niños os han hecho preguntas sobre la creación, la existencia, etc. vues­tra respuesta, totalmente sincera y convencida, ha nacido siempre de la mirada a Dios. De este modo, Dios ha comenzado a tener importancia y a ocupar un puesto relevante en la vida de esos niños que han tenido en vosotros, sus abuelos, los grandes maestros en el arte del despertar a la fe. Seguid haciéndolo; es una tarea impagable.

Pido para todos vosotros, abuelos y abuelas, el don del amor de Dios. Que cada día aprendáis mejor el lenguaje del amor que el Señor inspira en vuestras vidas y que es garantía de la felicidad sin ocaso que nos ha sido regalada.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Acogida en la fe a turistas y veraneantes

Queridos diocesanos:

En estos meses de verano, muchas personas extranjeras vendrán a nuestros pueblos y a nuestras playas para disfrutar de unas merecidas vacaciones. No faltarán tampoco quienes regresarán a sus pueblos para encontrarse con sus raíces, con su familia y con los amigos de siempre. Nuestros pueblos y ciudades se duplican o triplican en estos días.

Como Obispo de Segorbe-Castellón doy la más cordial bienvenida a cuantos han escogido para su reposo veraniego las playas y los bellos pueblos de nuestra tierra. En nombre de toda la comunidad diocesana manifiesto el gozo que sentimos al poder acogerles fraternalmente entre nosotros. Los cristianos no podemos ver a turistas y veraneantes sólo ni principalmente bajo el prisma de su contribución económica, que nos ayude a superar nuestra maltrecha economía. Esto es importante; pero mucho más lo es nuestra acogida, nuestra hospitalidad y nuestra fraternidad.

Las vacaciones ofrecen la posibilidad del descanso físico y psíquico; pero también y sobre todo ofrecen la ocasión para la convivencia y para el encuentro con la familia, con los amigos y con otras culturas. El tiempo estival es una oportunidad para encontrarse consigo mismo y para mejorar la relación con nuestros semejantes, con los familiares y con los amigos. Los días de vacación ofrecen también más tiempo para compartir con el necesitado y para pensar en Dios: son una ocasión muy propicia descubrir o redescubrir a Dios en nuestra vida, para profundizar la relación con Él y para ahondar en la vida cristiana.

Las vacaciones no pueden suponer un alejamiento de Dios; al contrario, nos ofrecen la ocasión para llenarnos de Dios, para dejarle hablar dentro de nosotros y para sumergirnos en Él. Dios no se toma vacaciones en su búsqueda de amor al hombre y para ofrecerle caminos hacia la felicidad. Las vacaciones son un tiempo excepcional para dejarse encontrar por Él; en la playa o en la montaña, podemos descubrir la presencia de Dios y alabarle por haberla hecho tan hermosa. Además en verano tenemos una magnífica oportunidad de ser cristianos y vivir como tales. También en el ocio y en la diversión podemos y debemos vivir nuestra condición de cristianos, sin avergonzarnos de serlo. También en verano, el domingo sigue siendo el día del Señor y tenemos más tiempo para participar en la Eucaristía dominical y hacerlo en familia.

En este Año de la Fe, a los creyentes en Cristo que comparten con nosotros la fe católica, les invitamos a celebrar y vivir con nosotros la misma fe. En cada comunidad parroquial de nuestra Diócesis, todo católico puede y debe sentirse como en su propia casa; todos los católicos somos miembros de la gran familia de la Iglesia, independientemente de la lengua, la cultura y el lugar donde vivan habitualmente. Esta es la belleza de la universalidad de nuestra Iglesia católica; nunca los católicos pueden sentirse extraños en una comunidad eclesial, sino siempre hermanados en Cristo por la misma fe y la misma Eucaristía, que crean la armonía de la unidad, enriquecida por la pluralidad de las lenguas, razas y culturas.

A los no creyentes en Cristo o a los que profesan otras confesiones y que se aproximan a nuestras iglesias, hemos de ofrecerles con todo respeto lo que somos y la fe que profesamos para que se pueda abrir en ellos la puerta de la fe mediante un diálogo sincero en la búsqueda de la verdad, el bien y la belleza, que sólo se encuentran en Dios.

Como Iglesia de Segorbe-Castellón ofrecemos a turistas y veraneantes nuestra bienvenida y nuestra fraterna amistad.

Con mi afecto y bendición.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

A vueltas con la Religión en la escuela (III): Catequesis y clase de Religión

Queridos diocesanos

Con motivo del proyecto de reforma de la Ley de Educación, la LOMCE, los contrarios a la presencia de la Religión en el aula argumentan que el lugar propio de la religión no es la escuela, sino la catequesis parroquial y la educación religiosa en la familia. Esta postura se basa, de un lado, en el intento de desalojar la religión del ámbito público para recluirla en el ámbito privado y, de otro lado, en la negación de la dimensión religiosa de la persona y de su apertura a la trascendencia; una dimensión que, sin embargo, ha de ser tenida en cuenta si se quiere ayudar al desarrollo de la personalidad del alumno en su integridad. Este posicionamiento desconoce además u olvida conscientemente que la catequesis y la enseñanza religiosa en la escuela tienen objetivos y contenidos propios y complementarios.

Ya en el año 1979, la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal publicó el documento “Orientaciones pastorales sobre la Enseñanza Religiosa Escolar”, que sigue siendo válido hoy también; en él se expone con toda claridad y extensión la legitimidad de la religión en la escuela, así como el carácter propio y el contenido específico de la catequesis y de la enseñanza religiosa.

Ambas -catequesis y clase de religión- se sitúan, en efecto, en un ámbito distinto -la parroquia o la familia y la escuela- lo que les proporciona su peculiaridad propia. Su intencionalidad es distinta: la catequesis tiene como intención directa y explícita la evangelización del niño o del joven; es decir, ayudar a que el niño o al joven a conocer a Jesucristo y encontrarse con Él para que, con la ayuda de la gracia, se convierta a Él y a su Evangelio y sea un creyente, un discípulo y un testigo del Señor Jesús y del Evangelio y que se vaya integrando más y más en la comunidad cristiana. En la enseñanza religiosa escolar, por su parte, lo que se ofrece y lo que los padres piden y desean es que lo religioso se integre en la formación humana de sus hijos, que el sentido de la vida y visión del mundo que van a recibir en la escuela tengan perspectiva cristiana, en el caso de la enseñanza religiosa católica.

Y, finalmente, ambas tienen objetivos distintos: La catequesis tiene como objetivo que la fe del cristiano se inicie y madure en el seno de la comunidad eclesial, enraizándose en la fe de la misma, adquiriendo los contenidos de fe y moral, nutriéndose en las celebraciones litúrgicas y robusteciéndose en los compromisos cristianos. La enseñanza religiosa escolar, por su parte, tiene como objetivo estimular a que, desde un conocimiento de la fe cristiana, tenga lugar el diálogo interdisciplinar que debe establecerse entre el Evangelio y la cultura humana, en cuya asimilación crítica madura el alumno. La enseñanza religiosa pretende integrar esta dimensión en la formación de la personalidad, incorporar el saber de la fe en el conjunto de los demás saberes y la actitud cristiana en el interior de la actitud general que el alumno va adoptando ante la vida. Y esto es tanto más necesario cuando, como ocurre hoy, en el ámbito escolar el alumno recibe en otras disciplinas concepciones de Dios, del hombre, del mundo y de la historia que son distintas, cuando no contrarias, a las que le ofrece la propia fe. No podemos hurtar a nuestros niños y jóvenes la posibilidad de un diálogo crítico con estas concepciones desde la propia fe, que les ayude a darse a sí mismos y dar a otros razón de su fe.

La clase de religión no sustituye a la catequesis, sino que es su complemento necesario. La clase de religión tiene toda su legitimidad en la escuela, además de garantizar el derecho de los padres a la educación de sus hijos según sus convicciones religiosas.

Con mi afecto y bendición.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Día del Papa en el Año de la Fe

Queridos diocesanos:

El domingo 30 de junio, al día siguiente de la festividad de San Pedro y San Pablo por ser el día 29 laborable en nuestra comunidad autónoma, celebramos el Día del Papa y la colecta llamada desde los primeros siglos Óbolo de San Pedro. En este día dedicamos un especial recuerdo al Papa Francisco. Es una jornada para agradecer a Dios la persona y el ministerio del Santo Padre, y para avivar en nosotros la conciencia de su papel insustituible para la fe de toda la Iglesia y de cada uno de los cristianos católicos.

El Papa es el sucesor de San Pedro, primer Obispo de Roma. Entre los Apóstoles, testigos directos de las palabras, vida y obras de Jesús, testigos del Señor resucitado, elegidos y enviados por Él mismo para dar testimonio de Él y enseñar en su nombre, San Pedro tiene por voluntad expresa de Jesús un significado especial. Jesús eligió a Pedro para ser el apoyo firme de la fe sus discípulos y el fundamento de su Iglesia. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” y “He orado por ti para que tu fe no desfallezca. Cuando estés fuerte confirma a tus hermanos”, le dice el Señor a Pedro. Los Apóstoles reconocieron a Pedro la función de presidencia y primacía. Después de ascender Jesús al Cielo, Pedro presidía la vida y las actividades de los Doce. Pedro es testigo, fundamento y piedra firme de la fe de todos los creyentes: él es la piedra sobre la que Jesús construye su Iglesia, el fundamento de la unidad en la fe de la comunidad de los creyentes.

Después de anunciar el evangelio en Jerusalén, Pedro va a Antioquia, y luego a Roma. Roma era el centro del mundo conocido. Situarse en Roma era una manera de manifestar la universalidad del Evangelio de Jesús y de impulsar la difusión de la fe cristiana por todo el mundo. Hay testimonios muy antiguos de que los Obispos de todo el mundo se sentían vinculados a la tradición cristiana de Roma. La huella de Pedro ha dado a la Iglesia de Roma ese papel de ser referencia para todas las demás Iglesias, de ser garantía de la autenticidad de la fe y de ser principio de la unidad católica de la fe y de la vida de todos los cristianos.

El ministerio de Pedro se perpetúa en el Obispo de Roma, hoy en el Papa Francisco. El Santo Padre garantiza la unidad en la fe de todos los cristianos, de todos los Obispos y de todas las Iglesias diocesanas. Los cristianos católicos sabemos que nos encontramos dentro de la corriente viva de la fe de los Apóstoles, que arranca del mismo Cristo, si estamos en comunión amorosa y creyente con el sucesor de Pedro, con su persona y su doctrina en cuestiones de fe y de moral. Esta es la garantía para saber que nuestra fe es auténtica, que somos verdaderos discípulos de Jesús y que pertenecemos a la Iglesia fundada de Jesucristo. Acojamos de corazón y vivamos con fidelidad lo que el Papa enseña en cuestiones de fe y de moral, y caminemos por los senderos que él nos va marcando. Nuestra fe ha de ser personal, sí, pero también eclesial, apostólica y en comunión afectiva y efectiva con el Papa.

En las parroquias y templos de nuestra Diócesis habrá en este día oraciones especiales por el Papa Francisco, por su ministerio y por sus intenciones. Haremos también una colecta para colaborar con las ayudas que el Papa envía continuamente a los más necesitados del mundo. Por favor, seamos generosos en la colecta. Que Dios os lo recompense.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

A vueltas con la Religión en la escuela (II): No es un privilegio anacrónico

Queridos diocesanos:

En una gran mayoría de ciudadanos, todo privilegio suscita prevención y provoca rechazo. Por ello los adversarios de la presencia de la clase de Religión en la escuela estatal proclaman con machacona insistencia que se trata de un privilegio; y para darle más énfasis añaden que es además un privilegio anacrónico, desfasado, propio de tiempos pasados e impropio de la modernidad. El beneficiario de este privilegio serían presuntamente la Iglesia católica y los padres y alumnos católicos.

Veamos qué hay de verdad en esta afirmación. Decir que la clase de Religión en la escuela y, de modo especial, la clase de religión y moral católica es un privilegio, es una falacia de quienes, en nombre de la ‘libertad’, intentan imponer sus ideas laicistas a todos. Esta afirmación se basa, en efecto, o bien en un desconocimiento del significado del término en el lenguaje ordinario y, por supuesto, en el jurídico, o bien en un uso conscientemente inapropiado y demagógico del mismo. El Diccionario de la RAE define privilegio como la “exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia”. Y en el mundo jurídico -el Código de Derecho Canónico, entre otros-, se define como “la gracia otorgada por acto peculiar en favor de determinadas personas, tanto físicas como jurídicas, por el legislador y también por la autoridad ejecutiva (c. 78 § 1).

Ahora bien: ya en la actualidad, en la escuela no se ofrece exclusivamente clase de religión católica, sino que hay o puede haber clase de religión de otras confesiones cristianas (protestante, ortodoxa) o de otras religiones (musulmana), si estas confesiones o religiones así lo han acordado o lo acuerdan con el Estado. Y esto es lo que prevé también el proyecto de la LOMCE. En este proyecto de Ley se habla en general de ‘Religión’ para referirse a esta asignatura: no habla de ‘religión y moral católica’, con lo tiene cabida la clase de religión de otras confesiones religiosas, con las que el Estado haya firmado o pueda firmar acuerdos (Disposición Adicional 2ª). De otro lado, al menos en lo que toca a la clase de religión católica, ningún padre o alumno es preguntado por su confesión religiosa a la hora de inscribir a sus hijos o de inscribirse a la clase de religión ni ningún alumno es excluido por los profesores de la misma si tiene otra confesión o religión distinta a la católica; y, de hecho, alumnos no católicos son inscritos por sus padres a la clase religión y moral católica y la están recibiendo.

Finalmente decir que se trata de algo anacrónico o desfasado, supone una toma de posición ideológica en contra de la religión misma, como si ésta y la dimensión religiosa de la persona fueran algo propio de un estadio ya superado en el proceso de la evolución del ser humano y la sociedad. Esta postura además de quedar rebatida por la realidad, ataca indebidamente el libre ejercicio del derecho fundamental a la libertad religiosa, impropio de una sociedad democrática y plural y más propio de ideologías totalitarias. Y queda también desmentida por la inmensa mayoría de padres –y alumnos- que año tras año la piden la clase de religión católica. Si no se está de acuerdo con estos padres, al menos que se respete el ejercicio libre de sus derechos a la libertad religiosa y a su derecho originario a la educación de sus hijos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

A vueltas con la Religión en la escuela (I)

Queridos diocesanas:

El Gobierno ha presentado en la Cortes el Proyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, la LOMCE. Por lo que toca a la asignatura de Religión, los cambios proyectados son los siguientes: la Religión figura en el cuerpo de la Ley en Primaria, Secundaria y Bachillerato; la Religión tendrá una alternativa: de ‘Valores Sociales y Cívicos’ en Primaria y de ‘Valores Éticos’ en Secundaria; pero no ocurre lo mismo en Bachillerato, en el que la Religión figura entre 12 asignaturas opcionales. En Primaria y Secundaria, la Religión y su alternativa serán de oferta obligada para los centros y de libre opción para los padres o, en su caso, los alumnos; no será así en Bachillerato, que se deja a la configuración de las Administraciones educativas y de los centros. Además, tanto la religión y la alternativa serán evaluables en los cursos, pero no contará para la evaluación final de cada etapa. En general se puede afirmar que la Religión recupera parcialmente el puesto y rango del que injustamente había sido privada.

A raíz de la presentación del Proyecto se escuchan muchas cosas acerca de y, sobre todo, en contra de la Religión en la escuela pública, que iré comentando en las próximas cartas.

En primer lugar, hay quienes aprovechan la ocasión para atacar la presencia misma de la Religión en la escuela y exigen que la Religión -y especialmente la católica-, sea suprimida. Esta exigencia tiene una clara motivación ideológica: es la voluntad de ir desalojando la Religión misma de todo ámbito público y, por tanto, también de la escuela. Para ello se apela a que el Estado español es aconfesional; este término no se entiende como religiosamente neutral, como pide la Constitución; se interpreta como ‘laico’ en el sentido de exclusión de lo religioso, lo que es contrario a la Constitución.

De otro lado, la exclusión de la Religión de la escuela lesionaría el derecho originario de los padres a la educación de sus hijos según sus convicciones religiosas, que está constitucionalmente reconocido y garantizado por la Constitución (art. 27.3) y, por supuesto, incumpliría el Acuerdo con la Santa Sede, que es la aplicación de derecho de los padres, reconocido por el Constitución, a la Religión y moral católica. La libre elección de la educación religiosa y moral conforme a sus creencias en la escuela es un derecho fundamental de los padres, que se deriva de su derecho originario a la educación de sus hijos y del libre ejercicio del derecho fundamental a la libertad religiosa. Estos derechos son reconocidos por el Estado y no son una concesión del mismo; son algo propio de los padres y previo al Estado y la Constitución. Un estado democrático y social al servicio de una sociedad plural, que no laica o laicista, ha de respetar y favorecer el ejercicio de los derechos y las libertades de los ciudadanos, poniendo los medios para que sea efectivo el libre ejercicio de los mismos. Además son los ciudadanos, también los católicos, quienes pagan con sus impuestos los medios educativos para que sus hijos obtengan la educación que ellos desean en una escuela plural.

La supresión de la Religión en la escuela privaría injustamente a padres y a alumnos de un derecho que les corresponde: alumnos y padres -y la escuela misma- serían los grandes perdedores; y perdería también el estado de derecho, ya que el legislador incumpliría la Constitución y Derecho internacional. Los próximos días continuaremos con otras cuestiones sobre la Religión en la escuela.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Creyendo tendrán la vida

Queridos diocesanos:

El próximo fin de semana, los días 15-16 de junio, se celebrará en Roma y en muchas diócesis de todo el mundo, en el marco del Año de la Fe, la Jornada Evangelium Vitae. Lleva por lema “Creyendo tendrán la vida”; con ella se quiere dar testimonio de la gran temática que se desarrolla en torno al compromiso de la Iglesia en la promoción, respeto y dignidad de la vida humana. La Iglesia no ha cesado nunca de trabajar por la promoción, defensa y respeto de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, y sigue enseñando a sus hijos y a todos los hombres de buena voluntad a mirar a los otros con los ojos de Dios, a descubrir el valor inestimable de toda persona humana, creada y amada por Dios, y a acoger a cada persona como un verdadero don, reconociéndolo como “uno de nosotros” desde el inicio de su existencia.

Nuestra diócesis de Segorbe-Castellón desea adherirse a esta Jornada Evangelium Vitae con la oración por la vida humana y también con una recogida de firmas en todas las parroquias para apoyar la Iniciativa Ciudadana Europea “Uno de nosotros”. Esta iniciativa ha sido puesta en marcha por un grupo de ciudadanos de toda la Unión Europea, representantes muchos de ellos de las principales organizaciones Provida que operan en los distintos países europeos. A ella se han unido ya, además de conferencias episcopales y diócesis de todo el mundo, diversos países y otras Iglesias y confesiones cristianas y otras religiones. Esta recogida de firmas es un instrumento equivalente a la iniciativa legislativa popular española y es el cauce adecuado para que los ciudadanos de la Unión Europea insten a la Unión a cambiar su legislación. Mediante la recogida de, al menos, un millón de firmas, se quiere reclamar a la Unión Europea la defensa de la dignidad, el derecho a la vida y la integridad de toda persona humana desde su concepción. Para ello, se pide a la UE que controle adecuadamente la utilización de los fondos públicos, velando, en particular, para que se proteja el embrión en los campos de la investigación, y la utilización de dichos fondos en el ámbito de la cooperación al desarrollo y la salud pública; en estos campos la UE dispone de mayor competencia normativa que en otros.

Los impulsores de esta Iniciativa han pedido a la Iglesia su apoyo y ayuda para lograr los objetivos de recogida de firmas y de sensibilizar a la sociedad sobre la transcendencia y urgencia de estas cuestiones. De hecho el Papa Francisco apoyó la Iniciativa el pasado domingo 12 de mayo, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, tras la oración del Ángelus, animando a los fieles a recoger firmas en las parroquias. Por su parte, el Papa emérito, Benedicto XVI, ya agradeció la labor que se está llevando a cabo por medio de esta Iniciativa el domingo 3 de febrero, orando para que “Europa sea siempre lugar donde cada ser humano sea tutelado en su dignidad”.

Dada la trascendencia de esta Iniciativa, nuestra diócesis quiere apoyarla promoviendo la recogida de firmas en todas las Parroquias. Ruego a todos los sacerdotes y religiosos que apoyen activamente esta iniciativa promoviendo, entre los fieles, voluntarios para la recogida de firmas y animando a todos los fieles a apoyarla con su firma. Así mismo os animo a todos a orar siempre y de modo especial durante este fin de semana por el don precioso de la vida humana, por su defensa y protección.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fe en la presencia real y permanente de Cristo en la Eucaristía

Queridos diocesanos:

En la solemnidad del Corpus Christi celebramos y mostramos públicamente, en la procesión, nuestra fe en la presencia real, verdadera y permanente de Jesucristo en la Eucaristía. El presente Año de la Fe es por ello también “una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía” (Benedicto XVI, Porta fidei, 9), una ocasión para avivar y fortalecer nuestra fe en la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.

San Pablo, en su primera carta a los Corintios, cuya fe en la Eucaristía se había debilitado, les recuerda la tradición que procede del mismo Jesús y que Pablo mismo, les ha trasmitido: “Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó pan.. lo partió y dijo: esto es mi cuerpo… y lo mismo hizo con el cáliz… diciendo. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. A la vez, Jesús confía a su Apóstoles, sus sucesores, y a los sacerdotes: “Haced esto en memoria mía”; y añade: “Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 24-26).

Por tanto, cuando celebramos hoy la Eucaristía, hacemos lo que Jesús nos confió: el pan y el vino se convierten en su Cuerpo y en su Sangre, anunciamos su muerte redentora y su resurrección salvadora: así se aviva la esperanza de nuestro encuentro definitivo con él. Conscientes de ello, después de la consagración, respondiendo a la invitación del Apóstol, aclamamos: “Anunciamos tu muerte. Proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.

En la Eucaristía tenemos, pues, el signo visible y real de la entrega de Jesús hasta la muerte en la cruz por nosotros; una entrega que se hace siempre actual cada vez que celebramos la Misa. La Eucaristía es un don y misterio de amor en el que Cristo se nos da además como alimento y prenda de la futura gloria. En la Eucaristía, Cristo Jesús se queda permanentemente entre nosotros.

La Fiesta del Corpus nos invita a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, para acogerlo con fe. En la Eucaristía está Jesucristo, Dios y hombre verdadero; más aún: la Eucaristía es Jesucristo mismo, real y substancialmente presente bajo la apariencia del pan y del vino. En la Eucaristía, Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos espera, se nos ofrece en comida para unirse con nosotros, pide y merece nuestra adoración, se queda con y entre nosotros y nos espera en el Sagrario.

Por esto mismo, la adoración eucarística no es puro sentimiento vacío ni intimismo espiritual, sino expresión viva y vivida de la fe en el ‘misterio de la fe’, en la presencia real y permanente del Señor en la Eucaristía. Jesús se queda en la Eucaristía no sólo para ser llevado a los enfermos, sino para estar y hablar con nosotros, para seguir derramando su amor y su vida. La Eucaristía contiene de un modo estable y admirable al mismo Dios, al Autor de la gracia, de la vida y de la salvación. El Costado abierto de Jesús es un manantial inagotable de amor, del amor de Dios.

Avivemos y mostremos nuestra fe en la presencia real y permanente del Señor en la Eucaristía. ¿Cómo? Por ejemplo: Saludando al Señor al entrar en la iglesia mediante una genuflexión ante el Sagrario, poniéndose de rodillas y orar ante Cristo-Eucaristía, participando con fe y devoción en la santa Misa, con visitas y momentos frecuentes de oración y adoración al Santísimo Sacramento para lo que es preciso tener las iglesias abiertas más tiempo. Valoremos el gran tesoro de la Eucaristía, manantial permanente del Amor.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nos apremia el amor de Cristo

Queridos diocesanos:

En los días previos a la Fiesta del Corpus Christi, nuestra Iglesia diocesana celebra la “Semana de la Caridad”. La Eucaristía es, en efecto, el Sacramento del amor; en ella, Cristo Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total por amor en la Cruz, él mismo se nos da como el Pan de la Vida y se queda presente entre nosotros para que, en adoración, contemplemos su amor supremo y nos dejemos empapar de él.

La Eucaristía es vital para todo cristiano y toda comunidad cristiana; es la cima hacia la que caminan y la fuente de la que se nutren. Sin la participación plena y fructuosa en la Eucaristía, la fe y vida de todo cristiano languidecen, se apagan y mueren. En la Eucaristía, el Señor mismo nos invita a su mesa y, sobre todo, se nos da Él mismo en su Cuerpo partido y repartido y en su Sangre derramada y entregada. En la comunión del Cuerpo de Cristo, el Señor nos atrae hacia sí, nos transforma y nos une a los cristianos consigo, y en la comunión de todos con Él, se alcanza la comunión de unos con otros. La Eucaristía crea y recrea la nueva fraternidad que, como el verdadero amor, es expansiva y no conoce fronteras.

La Eucaristía tiene por ello unas exigencias concretas para cada comunidad eclesial y para cada cristiano; en ella está enraizado el mandamiento nuevo del Amor. Cada comunidad eclesial y cada cristiano estamos llamados a ser testigos del amor de Cristo, que celebramos y del que participamos en la Eucaristía, para que este amor llegue a todos. El Amor celebrado ha de convertirse en un amor vivido.

Por esto mismo, la Iglesia celebra en la Fiesta del Corpus el Día de la Caridad. Ante la profunda y duradera crisis económica, que padecemos, Cáritas nos recuerda que el amor de Cristo nos apremia a rescatar la pobreza, que siempre y sobre todo tiene un rostro humano. Es el rostro de aquellos que en número creciente se quedan sin trabajo, el rostro de tantos y tantos que se quedan sin el subsidio de desempleo, el rostro de tantas familias enteras sin trabajo ni subsidio, sin medios para comida, medicina o artículos de higiene, sin posibilidad de pagar el alquiler de la vivienda, los gastos corrientes de luz y agua, sin olvidar las hipotecas. No olvidemos tampoco la crisis de valores morales y espirituales, que son la causa de la crisis económica.

“El Año de la fe -nos dijo el Papa Benedicto XVI- será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. … La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda…. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40): estas palabras suyas una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros” (Porta fidei, 14).

Los pobres no nos pueden dejar indiferentes. La Eucaristía y el Mandamiento Nuevo del amor nos urgen a redoblar nuestro compromiso personal y económico. El Señor Jesús nos llama a reconocerle, acogerle y amarle en el hermano necesitado hasta compartir nuestro pan, nuestra vida y nuestra fe con él. A todos los fieles os pido que colaboréis generosamente con vuestro tiempo y con vuestra aportación económica.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Cristianos laicos: Testigos de la fe en el mundo

Queridos Diocesanos:

En Pentecostés se cumple la promesa del Señor: “Os enviaré el Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, en Galilea y hasta los confines de la tierra”. Recibido el Espíritu Santo, los apóstoles vencen el miedo y comienzan a proclamar en público la salvación de Dios, realizada en Cristo. Recibido el Espíritu Santo, que fortalece la experiencia de su encuentro con el Señor Resucitado, los discípulos se convierten en misioneros del Evangelio, en creadores de unidad y testigos de esperanza. Saben que su secreto es la fuerza y presencia del Espíritu: es la fuerza del amor de Dios, la que les da energía y les hace proceder con audacia porque creen en el Señor Resucitado.

Para ser la Iglesia querida por su Señor, Jesucristo, nuestra Iglesia ha de llevar el Evangelio a toda criatura. Todos los bautizados estamos llamados a anunciar el Evangelio, para que la salvación de Jesús llegue a todos los hombres y mujeres. Los cristianos somos llamados a ser testigos de la fe en Cristo en todos los ambientes.

“Testigos de la fe en el mundo” es el lema del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, que celebramos en Pentecostés con toda la Iglesia en España. Los cristianos, injertados en Cristo e incorporados a la Iglesia en virtud del bautismo, recibimos la plenitud del Espíritu Santo en la confirmación. El Espíritu Santo nos ayuda a comprender todo lo transmitido por el Señor; y su testimonio, que ilumina nuestra fe, nos convierte en testigos de la Palabra y de la Resurrección de Jesucristo. El Espíritu Santo nos da la fuerza para superar los miedos y nos impulsa a proclamar por doquier la Buena Noticia de la salvación de Dios en Cristo. Como los apóstoles de Jesús entonces, los cristianos de hoy, llenos de la alegría por el encuentro con el Resucitado, estamos convocados en esta hora de la historia para decir al mundo que el Señor vive y que fuera de Él no hay salvación ni futuro ni esperanza para la humanidad.

No olvidemos que el Señor, antes de enviar a sus discípulos en misión hasta los confines de la tierra, los llamó a estar con Él para conocerle, amarle y seguirle. Lo mismo sucedo hoy: Sólo encontrándose personalmente con Cristo, como el Mesías y el Señor, sólo creyendo y confiando en Él, sólo dejándose transformar por Él y permaneciendo unidos a Él y con todos los que están unidos á Él, podremos los cristianos de hoy dar testimonio de Cristo, de lo que hemos visto, oído y experimentado.

La misión de ser testigos del Evangelio está confiada a todos los bautizados. A los fieles laicos les corresponde sobre todo “la evangelización de las culturas, la inserción de la fuerza del Evangelio en la familia, el trabajo, los medios de comunicación social, el deporte y el tiempo libre, así como la animación cristiana del orden social y de la vida pública nacional e internacional” (Juan Pablo II). Para ello hemos de vivir con mayor estima y coherencia la propia vocación cristiana en la comunión y en la misión del Iglesia, que se muestra y verifica en la comunión con los pastores. Es el Señor mismo, quien nos llama a estar con Él y quien nos envía por la fuerza de su Espíritu a ser sus testigos hasta los confines de la tierra. No tengamos miedo a ser y confesarnos cristianos. No estamos solos. El Señor resucitado cumple su promesa: Él nos precede y acompaña siempre con la fuerza del Espíritu Santo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón