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Es la hora de los laicos

Queridos diocesanos:

            Hace unos días os invitaba a todos a la Jornada diocesana de anuncio del Congreso Nacional del laicado en España, en febrero de 2020. Esta Jornada diocesana la celebraremos en la mañana del sábado, 2 de febrero, en el Seminario Diocesano Mater Dei. Así comenzaremos la fase diocesana previa al Congreso Nacional.

Perdonad que insista en ello. Mi invitación está dirigida a todo el Pueblo de Dios de Segorbe-Castellón; vale pues para todos: laicos, consagrados, diáconos permanentes y sacerdotes. Vale, en primer lugar, para todos los laicos –hombres y mujeres-, especialmente para los jóvenes, estéis asociados o no; vale para los miembros de movimientos apostólicos y nuevos movimientos, de cofradías y hermandades y de otras realidades eclesiales, incluidas las que no se consideran movimientos; y, vale, por supuesto, para catequistas, profesores de religión, profesores cristianos, visitadores de enfermos, voluntarios de Cáritas, monitores de tiempo libre, etc. Que nadie se sienta excluido. Por supuesto que también deben sentirse interpelados por la invitación los sacerdotes, pastores al servicio de todo el Pueblo de Dios en la diversidad de carismas, vocaciones y tareas, así como los religiosos, las religiosas y los diáconos.

Pienso con toda honradez que es de suma importancia participar en el encuentro e implicarse también activamente en el posterior proceso de oración y de reflexión sobre la responsabilidad y tareas de los laicos en la misión en la Iglesia y, de modo particular en lo que les es específico, en el mundo. La misión de la Iglesia corresponde a todos los bautizados según el carisma, el ministerio y la función que cada uno ha recibido. Las palabras de Jesús “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15), se dirigen a todos los bautizados. Ya el Concilio Vaticano II nos enseñó que también los fieles laicos, incorporados a Cristo y a la Iglesia por el bautismo, están llamados a participar, según su condición, en la misión evangelizadora de todo el pueblo de Dios. No es una concesión de los pastores, sino un don y una llamada, que han recibido del mismo Señor en el bautismo. Es más; sin la implicación efectiva de los laicos no será posible la urgente tarea de la nueva evangelización de nuestra Iglesia y comunidades y menos aún de nuestra sociedad. Es la hora de los laicos.

Todos los bautizados estamos llamados a ser santos y discípulos misioneros del Señor. Y todos juntos –laicos, consagrados y sacerdotes-, hemos de volver a reflexionar sobre la corresponsabilidad de los laicos en la vida y misión de nuestra Iglesia. Juntos hemos de analizar con humildad y sinceridad si los laicos asumen y/o se les deja asumir la tarea evangelizadora que les es propia. Juntos hemos de ver también el modo de promover su participación en la vida de la Iglesia y en la misión común, y de acompañarles en su vida y formación cristianas. Juntos hemos de visibilizar su participación en la vida y misión de la Iglesia. Y juntos hemos de buscar los caminos de evangelización en el mundo de hoy y las respuestas del Evangelio ante los problemas que vivimos. Esto es caminar juntos, es decir, sinodalmente. La fase diocesana preparatoria del Congreso Nacional nos ofrece la ocasión para vivir esta sinodalidad, creando espacios de oración, de encuentro, de escucha, de diálogo, de discernimiento y de participación de todos en los grupos, movimientos, parroquias y Diócesis.

El punto de partida irrenunciable para la misión de todo bautizado es vivir la novedad de la vida cristiana que dimana de su Bautismo y la llamada universal a la santidad. A partir de una vida cristiana intensa de fe, alimentada en la oración, en la Palabra de Dios, en los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, y en la vida diaria, el cristiano puede y debe crear un mundo diferente, purificado, humanizado y santificado por la acción del Espíritu Santo. Desde la belleza y la alegría de su vida redimida y enriquecida por los dones de Dios, el cristiano puede y debe hablar de lo que ha recibido: del Señor Jesucristo y del amor del Dios Padre que son el origen y la riqueza de su vida; y sobre todo, podrá y deberá plasmarlo en su actividad cotidiana. A este fin nos ayudará reflexionar sobre la Exhortación Apostólica del Papa Francisco “Gaudete et Exsultate” ayudados por el cuaderno “Misioneros de la alegría. Itinerario para laicos 6.0”, publicado por la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar.

Os animo pues a todos a participar en la Jornada diocesana del día 2 de febrero y en la Fase Diocesana Preparatoria del Congreso Nacional. Os espero.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente. Obispo de Segorbe-Castellón

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Los niños, misioneros de la Buena Noticia

Queridos diocesanos:

Todavía está viva la celebración de la Navidad en nuestro corazón. Y la Jornada de la Infancia Misionera, el domingo, día 27 de enero, nos invita a volver de nuevo nuestra mirada a Belén. Junto con los niños de Infancia Misionera, acompañaremos a José y a María en su “peregrinación” de Nazaret a Belén; y como los pastores y los Magos de Oriente, iremos al portal de Belén para contemplar y adorar al Niño, el Hijo de Dios, recién nacido. En ese Nino frágil y pobre podemos contemplar el amor humilde e infinito de Dios que quiso visitar a su pueblo para santificarlo, darle su amor y su vida. A cuantos lo acogen con fe, les llena de su amor, de su paz y de alegría y dan testimonio de la alegría del Evangelio en medio del mundo. El Niño nacido en Belén es la Buena Noticia de Dios para todo hombre y mujer de todo tiempo y lugar, que, una vez encontrada y contemplada, como los pastores y los Magos, es anunciada a todos. Es lo que resalta el lema de la Jornada de este año. “Con Jesús a Belén. ¡Qué Buena Noticia!”. 

Despertar el sentido misionero en los niños bautizados es primordial, ya que, por el bautismo, todos somos misioneros, o, en palabras del papa Francisco, “discípulos misioneros” de Jesús, la Buena Noticia para el mundo. Sí, también los niños lo son por su bautismo; y ellos también están llamados a ser con su palabra y con su vida discípulos misioneros del Señor. Esta es la razón honda y la propuesta educa­tiva de Infancia Misionera: dar al niño el protagonismo misionero que le corresponde por razón de su bautismo. Para ello, los niños de Infancia Misionera están invitados, en primer lugar, a encontrarse personalmente con Jesús, para contemplarle, adorarle y rezarle, entregarle su ofrenda con amor, como los pastores y Magos de Oriente. La alegría de este encuentro con Jesús, el sentirse amado por Dios en ese Niño Dios, pobre y humilde, les impulsará a llevar a otros niños al encuentro con Jesús y a ofrecer su pequeña ofrenda para que la Buena Noticia llegue también a los niños de países de misión. Quien recibe el don tan hermoso de la amistad con Jesús siente la necesidad de transmitirlo a los demás. La llamada que sienten los niños a la misión hace que crezca en ellos un espíritu de amor al prójimo, generosidad, solidaridad y entrega que les acompañará toda la vida.

Es lo que pretende la Obra de la Infancia Misionera, que nació para que los niños pudieran ayudar a los niños de los países de misión. En1843, el obispo francés Forbin-Janson, de acuerdo con Paulina Jaricot, pensó que los niños podían hacerlo y les propuso un reto: “Podéis ayudarme a salvar a los niños de China rezando un avemaría cada noche y ofreciendo por ellos una limos­na”. Así de sencillo. De este modo co­menzó esta obra quecontó siempre con el apoyo de los Papas. En 1950, Pío XII instituyó el Domingo Mundial de la Infancia Misionera, que celebramos el domingo próximo.

La Infancia Misionera no está pasada de moda. Cuantos trabajamos en la iniciación cristiana sabemos que es vital y decisivo para su futura vida cristiana que los niños bautizados tengan la experiencia de un encuentro personal con Jesús en su más tierna infancia. Sólo desde ahí podrán crecer como discípulos misioneros de la Buena Noticia. A esto les ayuda la obra de Infancia Misionera llevándoles al encuentro con Jesús y haciéndoles protagonistas de la misión, como “pequeños misioneros” con los de cerca –amigos, padres, compañeros- y con los de lejos. 

Por ello os invito a todos los niños de todas las parroquias y colegios a nuestro encuentro anual de Infancia Misionera el sábado, 26 de enero, por la mañana en el Seminario diocesano Mater Dei. Los varios centenares de niños y niñas que participan cada año en el encuentro son testigos de la alegría que da compartir la fe y la misión, de ser amigos de Jesús para llevar a otros el amor de Dios que él nos ha traído. Animo a todos –niños y niñas, catequistas y profesores, parroquias, movimientos y comunidades eclesiales, a todos los sacerdotes- a participar en el encuentro. No os defraudará. 

Queridos niños y niñas de Infancia Misionera: ¡Gracias por vuestra implicación! ¡Continuad así! ¡Sed amigos de Jesús! ¡No perdáis vuestro espíritu misionero! Los adultos os apoyamos con nuestra oración y aliento, y con nuestra aportación económica.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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El regalo precioso del Bautismo

Queridos diocesanos:

En la Fiesta del Bautismo de Jesús, el día 13 de enero, revivimos su bautismo a orillas del río Jordán de manos de Juan Bautista. Este hecho se convierte en una solemne manifestación de su divinidad. “Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo en forma de paloma, y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco’” (Lc 3, 21-22).  Es la voz de Dios-Padre que manifiesta que Jesús es su Hijo Unigénito, su amado y predilecto. Jesús es el enviado por Dios para liberar y salvar a su pueblo, para ser portador de justicia, de luz, de vida y de libertad. Jesús es el Cordero que toma sobre sí el pecado del mundo, el Mesías enviado para destruir el pecado y la muerte. Por su muerte redentora libera al hombre del dominio del pecado y le reconcilia con el Padre; por su resurrección salva al hombre de la muerte eterna y le hace victorioso sobre el Maligno.

En el Jordán se abre una nueva era para toda la humanidad. Este hombre, aparentemente igual a todos los demás, es Dios mismo, que viene para liberar del pecado y dar el poder de convertirse “en hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 12-13). El bautismo de Jesús nos remite así al bautismo cristiano, a nuestro propio bautismo. En la fuente bautismal, renacemos por el agua y por el Espíritu Santo a la vida misma de Dios, que nos hace sus hijos en su Hijo unigénito; su gracia transforma nuestra existencia, liberándola del pecado y de la muerte eterna. El bautismo nos sumerge en su misterio pascual, en el misterio de su muerte y en su resurrección, que nos lava de todo pecado y nos hace renacer a una vida nueva: la vida misma de Dios. He aquí el prodigio que se repite en cada bautismo. Como Jesús, el bautizado podrá dirigirse a Dios llamándole con plena confianza: “Abba, Padre”. Sobre cada bautizado, adulto o niño, se abre el cielo y Dios dice: este es mi hijo, hijo de mi complacencia. Los bautizados entran así a formar parte de la gran familia de los hijos de Dios, la Iglesia, y podrán vivir en plenitud su vocación a la santidad, a fin de poder heredar la vida eterna.

Este es el gran don que Dios nos hace en el bautismo. No hay regalo mayor ni más precioso que podamos recibir o podamos hacer a nuestros hijos que el bautismo. La vida humana, que recibimos de Dios a través del amor de nuestros padres, es un gran regalo, pero tiene un final; la nueva vida del bautismo, por el contrario, no tiene fin: perdura para siempre, es eterna. Cuando los padres piden el bautismo para sus hijos con fe y convicción y no por mera tradición, manifiestan su fe, su gratitud y su alegría por ser hijos de Dios, por ser cristianos y por pertenecer a la Iglesia. Y, porque lo consideran un gran regalo para sí, lo quieren también para sus hijos. Otros padres bautizados, por desgracia, privan a sus hijos de este hermoso regalo, porque o no valoran el propio bautismo, han dejado de creer o se han alejado de la Iglesia.

El don de la nueva vida, recibida en el bautismo, es como semilla llamada a germinar, crecer y desarrollarse para dar frutos de santidad, de perfección en el amor y de vida eterna. Para ello, este don debe ser acogido y vivido personalmente. Es un don de amistad que implica un ‘sí’ al amigo e implica un ‘no’ a lo que no es compatible con esta amistad.  Dios quiere y espera nuestra respuesta libre; esta respuesta comienza por nuestra fe, con la que, atraída por la gracia de Dios, nos fiamos de Dios y confiamos en Él, nos adherimos de mente y de corazón a su Palabra, acogemos su gracia en los sacramentos, le amamos con todo nuestro ser y seguimos sus caminos. Todo bautizado, también los bautizados en la infancia en la fe de la Iglesia, profesada por sus padres, al ser capaz de comprender, debe recorrer personal y libremente este camino espiritual con la gracia de Dios, para que desarrolle el don recibido en el bautismo.

Nuestros niños bautizados necesitan que padres y padrinos, y toda la comunidad cristiana les ayudemos a vivir su bautismo. La riqueza de la nueva vida bautismal es tan grande que pide de todo bautizado una única tarea: Caminar según el Espíritu (cf. Ga 5, 16), es decir, a encontrarse personalmente con Jesús para vivir unidos a Él y obrar constantemente en el amor a Dios haciendo el bien a todos como Jesús. 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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La luz de Belén para todos

Queridos Diocesanos:

La Epifanía del Señor es una fiesta muy antigua quetiene su origen en el Oriente cristiano; pone de relieve el misterio de la manifestación de Jesucristo a todas las naciones, representadas por los Magos que acudieron a adorar al Rey de los judíos recién nacido en Belén(Mt 2, 1-12). La “luz nueva” que se encendió en la noche de Navidad hoy comienza a brillar sobre el mundo, como sugiere la imagen de la estrella, un signo celestial que atrajo la atención de los Magos y los guió en su viaje hacia Judea.

El tiempo de Navidadestá marcado por el tema de la luz, vinculado al hecho de que, en el hemisferio norte, después del solsticio de invierno, el día vuelve a alargarse respecto a la noche. Pero, más allá de la posición geográfica del sol, para todos los pueblos vale la palabra de Cristo: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Jesús es el sol que apareció en el horizonte de la humanidad para guiar a todos los pueblos e iluminar la existencia personal de cada uno de nosotros, para llevarnos a todos hacia la meta de nuestra peregrinación, hacia la tierra de la libertad y de la paz, en donde viviremos para siempre en plena comunión con Dios y entre nosotros.Jesucristo es el verdadero sol que ilumina nuestras vidas. Y los tres Magos se encontraron con ese sol y fueron iluminados con la luz de la fe. Y esa luz cambió su vida y se fueron por otro camino, el de la fe en Cristo.

En el relato evangélico de Mateo vemos, en primer lugar,a esos tres Magos, a quienes la tradición popular llama Melchor, Gaspar y Baltasar:quizá fueran astrónomos, en cualquier caso eran tres sabios interiormente inquietos ybuscadores de la verdadera estrella de salvación. En cuanto vieron la estrella, desataron sus camellos yse pusieron en camino.Ellos representan a todos los hombres y mujeres de buena voluntad divina, que buscan al Dios verdadero, cruzan mil penalidades y lo encuentran; son los hombres y mujeres, que en la vida apuestan por lo divino en aras de lo humano, por lo espiritual más allá de lo material y visible, por la apertura a Dios frente ala cerrazón en sí mismo, en las comodidades de lavida y en el saber humano. No saben por qué, pero buscan. No saben adónde, perose ponen en camino. No saben a qué, pero van. Les mueve la nostalgia de Dios que todo hombre tiene en lo profundo del corazón, invitándonos a todos a la fe en ese Dios, hecho hombre, hecho carne, hecho niño. 

En segundo lugar, aparecen dos caminos, que son dos actitudes de vida. Estos son fundamentalmente dos: el camino del que salede sí mismo, buscay llega a Dios, y el del que se cierra en sí mismo ynose abre ni encuentra a Dios ni al prójimo. El que sale de sí mismo y busca, llega: es el camino del hombre honesto que busca la felicidad y el sentido de la vida más allá de sí mismo, de sus satisfacciones inmediatas y materiales. Este camino no está exento deobscuridades; la estrella también se ocultó a los Magos. Pero es un camino por el que, cuando el hombre es sincero consigo mismo y se abre a la trascendencia, llegará a Dios, llegará al portal de Belén y se encontrará con ese Dios, hecho carne, que los esperaba y los sonríe. El otro camino es el del egocentrismo, que se cierra en sí mismo, nosale, ni busca, ni va ni llega a Dios; sus frutos la tristeza y el vacío interior. Es el camino del egoísmo idolátrico y ambicioso, representado por Herodes, que, en vez de acompañar a los Magos, se quedó sentado en su trono real, temeroso de que alguien se lo usurpase, y nadando en sus placeres materiales. Flavio Josefo, un historiador judío, nos cuenta en su libro “Las Antigüedades de los judíos” la terrible enfermedad yla muerte atrozde Herodes.

Y, finalmente, aparece una estrella. No sabemos si la estrella delEvangelio estuvo alguna vez en el firmamento, -tal vez sí-; o si fue la conjunción luminosa de los planetas Júpiter y Saturno allá por los años en que nació Jesús, -es muy posible-; o si fue una inspiración potente y divina que sonó en el corazón de estos paganosy los citó al encuentro con Dios, -es lo más probable-. Sí, lo más seguro es que la estrella de los Magos fue inspiración divina yque ellos reaccionaron a esta inspiración.

Acojamos el deseo innato de Dios que todos llevamos dentro –es nuestra estrella- y, como los Magos, pongámonos en camino. Dios sale a nuestro encuentro en el Niñode Belén. Vayamos como estos Magos y dejémonos encontrar por Dios. Él nos está esperando. Y gozosos ofrezcámosle el oro de nuestra libertad, el incienso de nuestra adoración y la mirra de nuestros sufrimientos y penalidades.

Con mi afecto y bendición,

XCasimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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La familia cristiana, “iglesia doméstica”

 

Queridos diocesanos:

El domingo después de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y, por esta razón, también la Jornada de la familia. En efecto: fue en el seno de una familia, la Familia de Nazaret, formada por José, María y Jesús, donde fue acogido con gozo, donde nació pobre y humilde, donde creció y se educó Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre, obediente a Dios, y a María y José.

La Sagrada Familia es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive el designio amoroso de Dios para con cada uno de ellos: José vive la llamada de Dios a ser esposo y padre; María, la de esposa y madre; y Jesús, Hijo de Dios, su llamada y misión de enviado para salvar a los hombres. En este hogar es donde Jesús pudo educarse y formarse para la misión recibida de Dios. La Sagrada Familia es una escuela de amor y de acogida recíprocos, de diálogo y de comprensión mutua; la sagrada Familia es una escuela de oración y apertura a Dios, el fundamento de su vida cotidiana.

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En Navidad, nace Dios

Queridos diocesanos

Navidad está a las puertas. Aunque no faltan los intentos de silenciar o cambiar su verdadero sentido y ante el riesgo de que los mismos cristianos lo olviden, en Navidad resuenan con fuerza las palabras del Ángel a los pastores: “Os anuncio una gran alegría… hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Esta frase muestra el significado y el contenido propio de la fiesta de la Navidad y el motivo de la alegría navideña de los cristianos, una alegría que se ofrece a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Jesús nace en una familia pobre, pero rica en amor. Nace en un establo, porque para Él no hay lugar en la posada. Es acostado en un pesebre, porque no tiene una cuna. Llega al mundo ignorado por muchos, pero es acogido por los humildes pastores.

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La alegría del Adviento

Queridos diocesanos

Cercana ya la Navidad, el tercer domingo de Adviento nos llama a redescubrir  la alegría. En la liturgia resuenan las palabras del apóstol san Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Flp 4, 4). Ante esta invitación, nos podríamos preguntar: ¿Podemos alegrarnos? ¿Y por qué hay que alegrarse? San Pablo mismo nos da la respuesta: porque ‘el Señor está cerca’ (Flp 4, 5). En pocos días celebraremos la Navidad, la fiesta de la venida de Dios, que se ha hecho niño y nuestro hermano para estar con nosotros y para compartir nuestra condición humana. Podemos y debemos alegrarnos por esta venida y cercanía de Dios, por esta presencia suya entre nosotros; deberíamos entender cada vez más lo que significa que realmente Dios esté cerca de nosotros y en nuestro mundo, y dejarnos llenar de la bondad de Dios y de la alegría que suscita que Cristo esté y camine con nosotros.

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Es Adviento, el Señor viene

Queridos diocesanos:

Estamos celebrando el tiempo litúrgico de Adviento. Este tiempo de espera y de esperanza mira al pasado, al presente y al futuro. El Adviento mira, en primer lugar, al pasado: El Señor Jesús, el Mesías anunciado por los profetas y esperado por el pueblo de Israel, ya ha venido en la debilidad de nuestra carne; el Adviento nos prepara para celebrar con gozo la Navidad, la primera venida y la entrada en nuestra historia del Hijo de Dios en Belén; es su “primera” venida. El Adviento mira también al futuro, hacia la ‘segunda’ venida de Jesucristo en gloria y majestad al final de los tiempos en que llevará a total cumplimiento su obra de salvación y reconciliación de toda la creación. No olvidemos tampoco el decisivo encuentro personal con el Señor en la hora de nuestra muerte, en que cada uno será examinado y juzgado del amor o de la falta de amor hacia El y, en Él, hacia el hermano pobre y necesitado.

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El domingo, centro del Año Litúrgico

 

Queridos Diocesanos:

Este domingo comenzamos el tiempo del Adviento y, a la vez, el Año Litúrgico a lo largo del cual iremos celebrando el Misterio de Cristo, desde su encarnación, natividad, pasión, muerte y resurrección hasta su retorno glorioso. En días determinados, veneraremos con especial devoción a la Virgen María, la Madre de Dios y Madre nuestra, y recordaremos a los santos, que vivieron para Cristo y con Él han sido glorificados.

Como nos recuerda el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, “el centro del tiempo litúrgico es el domingo, fundamento y núcleo de todo el año litúrgico, que tiene su culminación en la Pascua anual, fiesta de las fiestas” (n. 241). Conviene recordar que para este curso pastoral nos hemos propuesto potenciar la celebración del domingo como día del Señor, día de la Eucaristía y día de la comunidad parroquial.

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Cristo, Rey desde la Cruz

Queridos diocesanos:

En este último domingo del año litúrgico celebramos la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Jesús mismo se declara Rey ante Pilatos en el interrogatorio a que le sometió cuando se lo entregaron con la acusación de que había usurpado el título de ‘rey de los Judíos’. “Tu lo dices, yo soy rey”. “Pero mi reino no es de este mundo”, añade. En efecto, el reino de Jesús nada tiene que ver con los reinos de este mundo. No busca poder ni pretende imponer su autoridad por la fuerza; no se apoya en ejércitos tradicionales o mediáticos, ni compra voluntades. Jesús no vino a dominar sobre pueblos ni territorios, sino a servir y entregar su vida para liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte, para reconciliarlos con Dios, consigo mismos, con los demás y con la creación entera.

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