Mascarillas desde el convento de las monjas clarisas de La Vall d´Uixó

La necesidad de mascarillas ha puesto manos a la obra a la comunidad de Hermanas Clarisas del Monasterio de la Divina Providencia de La Vall d´Uixó. Tijera en mano, las religiosas contemplativas ya han elaborado y entregado más de 100 unidades a la prisión de Castellón.

Verónica de Jesús, la Madre Abadesa, explica que ahora mismo, y respondiendo a la petición de ayuda del ayuntamiento de la localidad, se encuentran confeccionando más unidades que irán destinadas a la protección de los agentes de la Guardia Civil y de la Policía Local.

“Hemos querido aportar nuestro granito de arena desde que se decretó el estado de alarma, y llevamos días cosiendo mascarillas para que los presos, el personal de prisiones, y los agentes puedan desarrollar su labor en las mejores condiciones posibles”, decía.

Explica también, que cuando todos los vecinos salen a sus balcones a las 20 h. para aplaudir, ellas se unen a estos aplausos a través de la oración, “y le pedimos a la Virgen que interceda y ayude a los enfermos de coronavirus, sus familiares, los sanitarios, así como a todas aquellas personas que están trabajando para que a los demás no nos falte de nada o por nuestra seguridad”.

 

 

Volver el corazón a Dios

Queridos diocesanos:

En nuestro itinerario cuaresmal llegamos al V Domingo de Cuaresma. No cabe duda que estamos viviendo una cuaresma muy especial a causa de la pandemia del coronavirus (Covid 19). Esta epidemia ha trastocado el ritmo de nuestra vida ordinaria y nuestras costumbres; salvo necesidad o causa mayor, estamos todos confinados en casa. El virus ha puesto en jaque nuestro sistema sanitario, la economía y la vida laboral, la política, las escuelas y universidades, y la vida sacramental y la tarea pastoral de nuestras parroquias. Es como si, de pronto, nos hubieran quitado el suelo bajo los pies y todos flotásemos en el aire sin pisar tierra firme. A todos nos entra una cierta dosis de incertidumbre, de preocupación, de angustia y de miedo.

Esta situación de ‘desgracia’ y dramática para toda la sociedad –especialmente para los fallecidos y sus familias, para los contagiados y los sanitarios, que los atienden con una entrega encomiable y heroica-, se puede convertir en un momento de gracia; más aún: es un momento de gracia de Dios, una oportunidad para vivir la cuaresma desde su raíz, para prepararnos a la Pascua de la Resurrección.

En la cuaresma, la Iglesia nos llama a la conversión de corazón a Dios y a los hermanos, mediante la oración, el ayuno y la limosna. Si volvemos nuestra mirada, nuestro corazón y nuestra vida a Dios, si ayunamos de tantas cosas que nos impiden abrirnos al amor de Dios –“porque no sólo de pan vive el hombre”-, nuestro corazón se abrirá también al amor a nuestros hermanos, siendo caritativos y solidarios. En esta situación de pandemia, la cuaresma nos está ofreciendo la gracia de vivir nuestra caridad hacia los fallecidos y sus familiares, hacia los contagiados y los sanitarios, y hacia las personas mayores, impedidas, solas y más vulnerables, estando pendientes de ellas y ofreciéndoles nuestra ayuda, cercanía y solidaridad. Estamos viendo muchos casos de caridad estos días: en nuestros sacerdotes –tan cercanos y servidores de sus feligreses en lo espiritual, humano y material-; de religiosos y religiosas, que rezan por todos y/o atienden a los mayores y a los mas desfavorecidos; y de tantos laicos voluntarios en cáritas, residencias, alberges, hospitales, en el vecindario o en otras realidades o tareas. ¡Gracias  sean dadas a Dios; gracias a todos por vuestra caridad y solidaridad!

Y en esta pandemia, la cuaresma nos pide y ofrece la gran oportunidad de volver nuestra mirada y nuestro corazón en Dios mediante la oración, para que avive nuestra fe, afiance nuestra esperanza y fortaleza nuestra caridad. Él es la fuente del amor y de la vida. Sabemos bien de Quien nos hemos fiado. Dios es misericordia y nunca nos abandona. Como cuando los apóstoles navegaban en el lago de Tiberíades y un fuerte viento zarandeaba la barca, Jesús se acerca y nos dice: “No tengáis miedo, soy yo”.

Hace unos días, leía el testimonio de una religiosa carmelita misionera, infectada e ingresada por el coronavirus; persona de alto riesgo por la edad y su historial clínico, pronto iba a ser dada de alta del hospital. El secreto de su fortaleza en la vida y en la enfermedad ha sido y es vivir sin miedo y con la confianza puesta en Dios. “Confío en ti, Señor”, fue su pensamiento y oración al conocer que estaba infectada. Esta confianza le da tranquilidad y le ayuda a vivir su enfermedad. “Ir de la mano de alguien como Dios ayuda porque el miedo desaparece y la esperanza crece”, comenta esta misionera. En su situación, ella se une a todos los contagiados y reza por ellos.

Ante tanto sufrimiento y muerte, muchos pueden preguntarse dónde está Dios. Quizá mejor nos deberíamos preguntar, dónde estamos nosotros para no sentir la presencia y el cuidado de Dios en la enfermedad  y en la pandemia. “Dios –decía esta religiosa- está en el hospital moviéndose con todos ellos –personal sanitario- y con todos nosotros –los enfermos-. Es algo palpable”.

Está situación de pandemia pasará, así se lo pedimos al Señor. Pongamos nuestra mirada en Dios. Recemos. Quien no sabe el Padrenuestro, el Ave María o la Salve. Sabemos bien de quien nos hemos fiado; Jesús y la Virgen María están con nosotros, se compadecen de nosotros, sufren con nosotros, cuidan de nosotros. Dios no nos abandona nunca, ni tan siquiera en la muerte: Jesús ha sufrido, muerto y resucitado para que él tengamos vida, y vida en plenitud. Nuestra vida terrena es frágil y limitada; no es eterna. No somos dueños de la vida. Hemos de cuidarla con todas nuestras fuerzas y nuestros medios, siendo prudentes y responsables. Pero sabemos que al final de nuestro camino terrenal nos encontraremos con el Dios que nos ama y quiere darnos su vida para siempre.

 

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»: Bendición Urbi et Orbi extraordinaria del Papa Francisco

El Santo Padre ha dirigido un momento de oración en el atrio de la Basílica de San Pedro, y tras el rezo con la Palabra de Dios y la Adoración al Santísimo Sacramento, ha impartido una Bendición Urbi et Orbi extraordinaria, ya que solo se suele impartir en dos ocasiones al año, el día de Navidad y el Domingo de Pascua.

En esta ocasión ha sido con motivo de la actual pandemia de coronavirus, y con ella, a todos los que se han unido espiritualmente a este momento de oración a través de los medios de comunicación se les concede la indulgencia plenaria, como así se indicó en el reciente decreto de la Penitenciaría Apostólica.

Con la plaza totalmente vacía y bajo la lluvia, en el acto ha estado presente, por una parte el icono bizantino de la Virgen y el Niño, llamado Salus Populi Romani, y que se encuentra en la Basílica de Santa María la Mayor, y por la otra el crucifijo que el Papa Francisco visitó, y ante el que rezó por el fin de la pandemia, el pasado 16 de marzo en la iglesia de San Marcello al Corso de Roma.

Este Cristo data del S. V y es venerado como milagroso, ya que se trata de la única imagen religiosa que quedó ilesa tras el incendio que sufrió esta iglesia en 1519. Además, menos de tres años después, la ciudad de Roma fue devastada por la peste negra, y el Cristo se llevó en procesión durante 16 días pasando por todos los barrios de la ciudad hasta llegar a la Plaza de San Pedro. Cuando la escultura se devolvió a San Macello la epidemia cesó por completo.

 

Homilía del Papa Francisco tras la proclamación del Evangelio de San Marcos:

 

Densas tinieblas se fueron adueñando de nuestras vidas

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En esta barca estamos todos

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.

Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»

Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).

No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

Habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela y se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.

“Convertíos”, «volved a mí de todo corazón»

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12).

Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.

Compañeros de viaje que han reaccionado dando la propia vida

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza.

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.

En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.

Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

 

La Residencia de Ancianos de Cáritas de Burriana lleva el confinamiento con tranquilidad y esperanza

La Residencia de Ancianos de Cáritas Interparroquial de Burriana tiene 58 residentes y una plantilla de 37 trabajadores, compuesta por auxiliares, psicólogos, fisioterapeutas, y personal de limpieza y de cocina, aunque según Pilar de Miguel, directora del centro, durante este tiempo se ha reforzado la plantilla de auxiliares y de limpieza.

Pilar cuenta que “al principio vivimos esta situación con incertidumbre, y veíamos que el desinfectante, las mascarillas y los guantes que necesitábamos no llegaban”. “Lo que se solucionó gracias a los dos envíos de este material que ya ha realizado la Conselleria de Sanidad, y al desinfectante que nos está proporcionando gratuitamente la empresa Satine Stone de Burriana”.

La residencia también ha recibido la visita en dos ocasiones de la Unidad Militar de Emergencias (UME), para desinfectar las instalaciones, concretamente el jardín, las escaleras y los pasillos, aunque el propio personal de limpieza también desinfecta a fondo el emplazamiento todos los días.

Lo que también está tranquilizando, tanto a personal como a residentes, son las llamadas periódicas que les hace Unidad de Hospitalización Domiciliaria (UHD) del Hospital La Plana de Vila-real, para preguntar por el estado de los residentes y para resolver posibles dudas que puedan tener.

“Lo que peor han llevado los residentes es, por una parte el confinamiento en sus respectivas habitaciones, y por otra que no pueden recibir visitas de sus familiares, pero han entendido la situación y están poniendo todo de su parte”, explicar Pilar.

Pero por las tardes, a estas personas se les da la opción de ponerse en contacto con sus familiares mediante una sesión de videoconferencia, “y están encantados, pues para ellos ha sido una novedad”.

A pesar de que se suspendió la Santa Misa que se oficiaba en la capilla diariamente, continua la responsable del centro, “por responsabilidad y siguiendo las recomendaciones del Obispo y de las autoridades, nuestros mayores siguen las misas retransmitidas por televisión en su habitación, viviendo la comunión espiritual”.

Pilar de Miguel ha querido agradecer, “sobre todo la atención recibida y la oración por parte del Obispo, D. Casimiro, que también nos llama para preguntar como estamos y ver si necesitamos algo, lo que nos llena de tranquilidad y esperanza, porque sabemos que nuestro pastor está pendiente de nosotros”, concluye.

 

 

Los colegios diocesanos aseguran un acompañamiento académico y personal a los alumnos y sus familias

Entre las primeras medidas decretadas ante la pandemia del coronavirus estuvo la suspensión de las clases. Desde entonces los colegios y centros docentes han tenido que adaptar su funcionamiento para asegurar que el aprendizaje pueda seguir hasta que se retome la escolaridad presencial, previsiblemente en mayo según las estimaciones del Ministerio. Los cuatro centros diocesanos, el Seminario y la Milagrosa en Segorbe, el Obispo Pont en Vila-real y el Mater Dei en Castellón, añaden al seguimiento académico un acompañamiento personal de los alumnos y sus familias, característico de su ideario.

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Llamada a la participación en la oración dirigida este viernes por el Santo Padre desde Roma

El nuncio apostólico, Mons Bernardino C. Auza, ha dirigido una carta al presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Joan José Omella, en la que le pide que dé la máxima difusión al llamamiento de la Secretaría de Estado del Vaticano para que los fieles, católicos y cristianos de otras confesiones, participen en la oración que realizará el Santo Padre el próximo viernes 27 de marzo, en el lugar conocido como el “sagrato” de la Basílica de san Pedro.

Durante la “Statio orbis”, que será retrasmitida a través de Mundovisión y de Vatican News – así como TRECE Televisión y COPE en España – a las 18:00h, el Santo Padre concederá a todos los participante la Indulgencia Plenaria y será impartida la Bendición Urbi et Orbi, en un gesto excepcional ya que ésta se concede únicamente en las fiestas de Pascua y Navidad.

El Obispo agradece la incansable labor de Cáritas Diocesana de Segorbe-Castellón durante estos días

#LaCaridadNoCierra #CadaGestoCuenta

El Obispo, D. Casimiro López Llorente, ha querido agradecer la incansable labor de Cáritas “por todo cuanto en estos días de prueba estáis haciendo para que a nadie le falte lo necesario”, “sobre todo a los más vulnerables, a las personas que están solas”.

“El Señor está con vosotros”, les decía a todo el equipo que conforma este organismo oficial de la Iglesia que expresa el amor preferencial de Dios por los más empobrecidos, “Él sufre con vosotros, os acompaña”, “recibid mi bendición, mi apoyo, y contad siempre con mi oración”.

 

Pastoral Penitenciaria organiza una “operación mascarillas” para los internos

Desde el inicio del confinamiento, el 15 de marzo, los capellanes y voluntarios de la Pastoral Penitenciaria no pueden entrar en las cárceles por prevención para evitar contagios. Sin embargo la actividad sigue a distancia a través de cartas, contacto con las familias y una nueva iniciativa: la “operación mascarillas”, que pretende dotar de este instrumento a los 1.700 internos de Castellón y Albocácer. La iniciativa se ha lanzado esta semana y ha encontrado una generosa respuesta entre voluntarios y otras personas, como las agustinas de Montornés, que se comprometen a confeccionarlas.

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Cáritas Diocesana de Segorbe-Castellón abre un nuevo albergue en el Polideportivo Municipal Castalia

#LaCaridadNoCierra #CadaGestoCuenta

Cáritas, el organismo oficial de la Iglesia para promover la acción caritativa y social en la diócesis, ha habilitado un nuevo albergue provisional para personas sin hogar, que se mantendrá abierto mientras dure la crisis sanitaria y social por el Covid-19.

Este nuevo servicio, que ha sido posible gracias al convenio de colaboración con el Ayuntamiento de Castellón, tiene capacidad para 40 personas y se ha ubicado en el Polideportivo Municipal Castalia.

Así, desde esta semana, se suple al albergue transitorio abierto de urgencia tras la declaración del estado de alarma y con motivo del temporal de lluvias para la acogida de transeúntes.

Estas instalaciones, que darán cobijo a personas sin hogar durante todo el tiempo que dure la crisis sanitaria, cuentan con el servicio de duchas, ropero, lavandería, alimentación, así como de limpieza, desinfección y vigilancia

Cáritas Diocesana de Segorbe-Castellón facilitará la presencia de integradores sociales, conserjes y ampliará el personal del albergue municipal para poder llevar a cabo el servicio de alimentación. También dotará al albergue de un coordinador con la función de supervisar el adecuado funcionamiento y el cumplimiento de las medidas sanitarias correspondientes.

Cabe decir, que el organismo católico ha conseguido en muy pocas horas los 40 somieres de cama individual necesarios, así como una tele grande y un microondas, no obstante, el teléfono de contacto para las donaciones es 964 255 521, y la dirección de email es r.barrera@caritas-sc.org.

 

España y Portugal se consagran a los corazones de Jesús y María en Fátima para ser protegidos de la pandemia

El cardenal Antonio dos Santos Marto, obispo de Leiria-Fátima, ha presidido ante la imagen primigenia de la Virgen de Fátima, la que se venera en la capilla de las Apariciones, el rezo del rosario y la consagración de la península ibérica –y casi una veintena de países– al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María.

La celebración, austera por la emergencia sanitaria, se ha celebrado en el interior del santuario de Fátima, sin apenas fieles presentes. Diferentes sacerdotes y algún laico se han alternado en las oraciones que han sido en español, inglés y portugués. En la explanada del santuario y frente a la pequeña capilla apenas el personal de seguridad.

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