Vigilia Pascual

Segorbe. S.I. Catedral, 22 de marzo de 2008

 

“No está aquí. Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,6). Este es el anuncio del ángel vestido de blanco a las mujeres, que habían acudido a ver el sepulcro. Esta es la gran noticia de cada año en esta Noche Santa de Pascua: Cristo ha resucitado. Es la Pascua del Señor. Cristo ha pasado a través de la muerte a la Vida, Cristo ha pasado a una nueva y definitiva existencia. El Señor vive para siempre.

Aquí radica, queridos hermanos, la razón de nuestra asamblea litúrgica en esta Vigilia Pascual, la madre de todas las vigilias, la fiesta cristiana por excelencia. ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos y gocemos por la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. Nunca nos cansaremos de celebrar la Pascua de la Nueva y definitiva Alianza: en medio de la oscuridad de la noche, Cristo Jesús ha sido liberado de la muerte y llenado del Espíritu de Dios, el Espíritu de la Vida.

“Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117). La Palabra de Dios nos lo ha recordado. Nuestro Dios no es un Dios de muerte, sino un Dios de Amor y de Vida.

En la primera creación del mundo, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas primeras y las llenó de su vida. Dios creó todas las cosas y al hombre por amor y para la vida. ¡Y vio que era muy bueno! Ahora, en la nueva creación, el mismo Espíritu ha actuado poderosamente en el sepulcro de Jesús y ha llenado de Vida nueva a Jesús, el primogénito de toda la nueva creación.

Cuando el hombre en uso de su libertad rechaza la vida de Dios, éste en su infinita misericordia no le abandona. En la culpa humana, Dios muestra su amor misericordioso y promete al Salvador. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Para rescatarnos del pecado de Adán nos dio al Salvador, quien muriendo nos libera del pecado y de la muerte, y resucitando nos devuelve la vida.

Dios no abandona nunca al hombre, está presente y pasa permanentemente por la existencia del hombre: pasa por la vida de Adán, pasa por la existencia de Abrahán evitando la muerte de su hijo Isaac, pasa por la historia de su Pueblo Israel y lo salva de la esclavitud de Egipto. Y en el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a una nueva existencia, liberándonos a todos, como un nuevo Moisés que guía a su pueblo a través de las aguas del Bautismo. Dios pasa haciéndose oír por la voz de los profetas que recordaban su amor eterno hacia su pueblo: un amor que se convierte en alianza eterna, que sacia la sed de la vida del hombre; un amor que por el camino de los preceptos de la vida conduce a la auténtica sabiduría; y un amor que da un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Pero sobre todo, Dios pasa por la existencia entregada de su Hijo: Dios no lo abandona en la muerte, le ‘hace pasar’ de la muerte a la vida. El Viernes Santo, escuchábamos conmovidos la pasión y muerte de Jesús en la Cruz. Esta Noche santa escuchamos: “No está aquí. Ha resucitado”. Es la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida gloriosa y sin fin.

Después de la noche nace el Día, en la oscuridad emerge la Luz, del silencio del sepulcro surge la Palabra, en la vida humana aparece la Vida de Dios. Anunciemos por doquier que es Pascua: que Dios “ha pasado” y pasa por la vida de los hombres desde la misma Creación para mostrarnos su amor; y éste mismo Dios, en la plenitud de los tiempos “ha hecho pasar” a Jesús de la muerte a la Vida; y hoy “nos hace pasar”, a nosotros, a la Vida nueva por el Bautismo.

Si hermanos: La Pascua de Cristo es nuestra Pascua. San Pablo, en la carta a los Romanos (cf. 6, 3-11), nos ha recordado que el día de nuestro Bautismo todos nosotros hemos pasado de la muerte del pecado a la vida nueva del Cristo resucitado; hemos sido sumergidos en la nueva existencia de Cristo y hemos sido incorporados a su vida, por la fuerza del mismo Espíritu que le resucitó a Él. Por medio del Bautismo, Dios también pasa por nuestra vida y nos permite vivir ya ahora la eternidad gloriosa de Dios.

El Bautismo es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento, es un renacimiento de lo alto a la Vida misma de Dios, es un nuevo inicio de la vida. Pablo nos dice que en el Bautismo hemos sido “incorporados” en la muerte de Cristo. Sí: En el Bautismo nos entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él; para que vivamos con Él y así para los demás.

En el Bautismo nos abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Si nos entregamos de este modo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo, entonces eso significa también que el confín entre muerte y vida se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estamos con Cristo y por esto, desde aquel momento en adelante, la muerte ya no es un verdadero confín.

Esta es la novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece a Cristo, ya no nos pertenece a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos solos ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que vive siempre. Acompañados por Él, más aún, acogidos por Él en su amor, somos liberados del miedo. Él nos abraza y nos lleva, dondequiera que vayamos. Él que es la Vida misma (Benedicto XVI).

“Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo de la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva…”. Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús de modo que andemos en una vida nueva.

El amor de Dios nos despierta esta noche. Nos recuerda el misterio de nuestra propia vida, que se ilumina con nuevo resplandor en su presencia bautismal. Puestos en pie, unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo, renovemos una vez más nuestras promesas bautismales.

Especial resonancia tiene esta renovación para vosotros, hermanos y hermanas de la segunda Comunidad del Camino Neocatecumenal de Nules, en esta última etapa de vuestro camino. En tres convivencias os habéis preparado para renovarlas solemnemente en esta S.I. Catedral-Basílica ante mi, sucesor de los Apóstoles. Vuestras túnicas blancas  de lino son signo de la nueva vida bautismal de un cristiano, que acepta ser golpeado y triturado como el lino para extraer la fibra para su confección. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías: de un mundo de destrucción, alejados del amor de Cristo por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

Al comienzo de la Vigilia hacíamos la ofrenda del cirio encendido, signo de la alegría pascual. En el pregón, se alzaba nuestra voz diácono, diciendo en oración humilde.

“Te rogamos, Señor, que este cirio consagrado a tu nombre arda sin apagarse para destruir la obscuridad de esta noche… Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo; ese lucero matinal que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo Resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el género humano”.

Brille así, hermanos, nuestro amor al Señor: sin interrupción, sin titubeos, sin descanso. Que el encuentro de esta noche con Cristo glorioso inunde nuestras almas de gozo y de paz, de alegría y esperanza, de fe y de amor.

Alegrémonos, hermanos y hermanas. El mismo amor de Dios que creó el mundo y que resucitó a Jesús de Nazaret, que se había entregado por nosotros, es el que hoy  nos congrega en esta Eucaristía, para comunicarnos su Vida, su alegría y su amor. Esto es lo que celebramos y esto lo que da sentido a nuestra existencia. Por eso creemos, esperamos y queremos vivir como cristianos en Cristo. No celebramos un hecho pasado, no seguimos una doctrina fría. Celebramos, seguimos y anunciamos a Cristo Jesús, invisible pero presente en medio de nosotros como el Señor Resucitado.

Unidos a la Iglesia entera dejémonos llenar por la alegría pascual. La Pascua de Jesús quiere ser también nuestra Pascua. Recordemos nuestro Bautismo y participemos una vez más del Cuerpo y Sangre del Resucitado. Dios quiere renovar sus dones de gracia con que nos llenó el día del Bautismo y comunicarnos su fuerza. Dejémonos llenar de vida por el mismo Espíritu de Dios que resucitó a Jesús. Él nos comunica fuerza, alegría, energía, esperanza, para que toda nuestra vida sea signo vivo del Resucitado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 21 de marzo de 2008

 

Es Viernes Santo: un día de intenso dolor, pero un dolor transido de esperanza. En el centro de la Liturgia de este día está el misterio de la Cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Dejemos hablar a la Palabra de Dios, que nos ha sido proclamada.

Toda la tradición cristiana y el mismo Nuevo Testamento reconocen en el Siervo paciente de la primera lectura (Is 52,13-53,12), una figura profética de Cristo. En la historia de Israel era frecuente que amigos de Dios intercedieran por sus hermanos, los hombres, sobre todo por el pueblo elegido. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el Siervo de Dios: el “varón de dolores” despreciado y evitado por todos, “herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes,… que entregó su vida como expiación”. Cristo en su pasión es el “varón de dolores” que con tanta fuerza y crudeza describe el poema del Siervo de Yahvé. En él se contiene todo: humillaciones y sufrimientos, rechazo por parte de su pueblo, muerte redentora. El “fue traspasado por nuestros pecados”.

En la oscuridad del dolor, sin embargo, aparece la luz de la esperanza. Desde la primera línea se apunta ya la victoria final: “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. Porque el Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salud y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos”. El sacrificio del Siervo doliente produce su efecto: “Sus cicatrices nos curaron”. El es el Siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios ‘se ha complacido’.

En verdad: Cristo Jesús es el Sumo Sacerdote y mediadora, que reconcilia a los hombres con Dios por el sacrificio de su vida, nos dirá la carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9). Jesús es a la vez el sacerdote y la víctima, el oferente y la ofrenda; El es nuestro único mediador con Dios. En la Antigua Alianza, el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario, rociarlo con la sangre de un animal sacrificado para expiar los pecados del pueblo. Ahora el Sumo Sacerdote por excelencia, Cristo Jesús, entra ‘con su propia sangre’ (Hb 9,12), como sacerdote y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo, ante el Padre.

Por nosotros y todos los hombre ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios en la debilidad humana, ‘a gritos y con lágrimas’; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, ‘aprendió’, sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así en ‘autor de salvación eterna’ para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.

Para San Juan, Jesús, el Siervo doliente y Sumo Sacerdote, se presenta y comporta en su pasión como un auténtico Rey soberano: él se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado y ama al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita ‘crucifícalo’. “¿A vuestro rey voy a crucificar?”, pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda poner sobre la Cruz un letrero en el que estaba escrito: “El rey de los judíos”, en las tres lenguas del mundo. La Cruz es el trono real desde el que Jesús “atrae hacia sí” a todos los hombres; desde la Cruz el funda su Iglesia, confiando su Madre al discípulo amado, que la introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina la fundación confiándole al morir su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua.

La fe pascual de Juan transfigura cada detalle y cada episodio de esta última fase de la vida terrena del Salvador. Incluso la Cruz queda transfigurada. En sí misma es un sacrificio cruel y bárbaro; pero, desde que Cristo redimió a los hombres en el leño de la Cruz, se ha convertido en objeto de adoración. Para Juan, la Cruz es una especie de trono. En la Cruz, Jesús es exaltado, elevado y glorificado. Juan resalta que Jesús llevó su propia cruz. Sin quitar importancia a los sufrimientos del Señor, toda la narración está impregnada de una atmósfera de paz y serenidad. Cristo, y no sus enemigos, es quien domina la situación. No hay coacción alguna: Jesús se encamina con total libertad hacia su ejecución; con perfecta libertad y completo conocimiento de lo que acontece, sale al encuentro de su destino. El motivo es el amor, que se entrega hasta el extremo. Porque la Cruz es la revelación suprema del amor de Dios. Ante esta suprema manifestación del amor de Dios, sólo podemos prosternarnos en actitud de adoración y meditación.

La pasión y muerte en Cruz del Señor suscita en nosotros sentimientos de dolor y compasión con el Señor; pero a la vez ha de suscitar pesar por nuestros pecados y por los pecados del mundo. Porque el milagro inagotable e inefable de la Cruz se ha realizado ‘por nosotros’ ‘y por nuestros pecados’. El Siervo de Dios ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el Sumo Sacerdote, a gritos y con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el Rey de los judíos, ha ‘cumplido’ por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con su sangre y el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

Pero la pérdida de sentido de Dios en nuestra sociedad, la pérdida del sentido de pecado y la falta de necesidad de salvación, hacen difícil involucrarse personalmente en esta historia siempre actual y presente de la pasión y muerte del Señor. Preferimos ser espectadores de la pasión, y no causantes y beneficiarios de la muerte salvadora del Hijo de Dios.

Pero nuestros pecados, personales y estructurales, son el origen y la causa de los sufrimientos de Cristo. Cristo sigue padeciendo por nuestra causa, por nuestros pecados. Cristo sufre y padece cuando no acogemos el amor de Dios, cuando nos avergonzamos de Cristo y negamos ser sus discípulos como Pedro, cuando no respetamos la vida humana y la dignidad de las personas. Cristo sufre y padece, cuando empañamos la ‘imagen de Dios’, impresa en todos los hombres y en nosotros mismos, por la envidia, la gula o la impureza. Cristo sufre y padece, cuando atentamos contra la verdad. Cristo sufre y padece cuando los niños son esclavizados o se abusa de ellos. Cristo sufre y padece cuando las mujeres son maltratadas, cuando los ancianos son abandonados o rechazados. Cristo sufre y padece con los parados y con los jóvenes que no encuentran un sentido a su vida y un futuro digno. Cristo sufre cuando los inmigrantes tienen que abandonar casa y familia y no encuentran la acogida que merecen; cuando los drogadictos llegan a perder su dignidad, su libertad, su salud y su vida, cuando los enfermos son abandonados en su dolor.

Pero Cristo, también, padece con nosotros e ilumina nuestro paso por esta vida. Por eso hemos de contemplar y adentrarnos personalmente en la pasión de Cristo para saber afrontar y dar sentido a la nuestra. Cristo en su pasión sufrió tristeza y angustia, para que miremos a Él, cuando la desesperanza y el sinsentido aparecen en nuestra vida, cuando nos faltan razones y estímulos para seguir viviendo como cristianos. Jesús, en la Cruz, siente una profunda sensación de inutilidad, porque presiente que la libertad humana va a rechazar la luz de su salvación, y así alentarnos en su servicio.

En la Cruz, Jesús experimenta el silencio de Dios. “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Este grito de Jesús, al filo de la muerte, revela que no sólo le invade la tristeza de la muerte, sino también el vacío de la presencia sensible de Dios. Estábamos separados del Padre por el pecado. Era necesario que el Hijo, en el que todos nos encontrábamos, probara la separación del Padre. Tenía que experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos abandonados. Hay horas en la vida en las que también nosotros sentimos la ausencia de Dios, que permite el mal y el dolor que nos desconciertan. Jesús supera esa sensación penosa sabiendo distinguir entre fe y sentimiento. Siente que el Padre le ha abandonado, pero cree que el Padre está con él y por eso, a renglón seguido, añadirá: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”.

Que María, la fiel corredentora, nos ayude a hacer la travesía de la vida con los ojos puestos en su Hijo. Miremos el árbol de Cruz, en la que cristo está clavado. Si con El sufrimos, reinaremos con Él; si con El morimos, viviremos con El. El es nuestra esperanza, él es nuestra fuerza para no desfallecer en el camino de la vida. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo. Misa de la Cena del Señor

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 20 de marzo de 2008

 

En la tarde de Jueves Santo conmemoramos la última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Al traer a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús aquella tarde-noche nuestra mente se traslada al Cenáculo, donde Jesús se ha reunido con los suyos para celebrar la Pascua. Son muchos los sentimientos que se agolpan en nuestro corazón. “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Estas palabras de Juan nos permiten intuir los sentimientos que experimentó Jesús “la noche en que iba a ser entregado” (1 Co 11, 23) y nos estimulan a participar con gratitud contemplativa en esta celebración.

De la mano de las lecturas de hoy podemos entrar en el sentido profundo de aquella última Cena de Jesús con sus discípulos. La Palabra de Dios nos habla de la institución de la Eucaristía, de su prefiguración en el Cordero pascual y de su traducción en el amor y el servicio fraterno.

El libro del Exodo (12, 1-8; 11-14) nos recordaba la institución de la Pascua judía. Dios ordenó a los hebreos que inmolasen en cada familia “un animal sin defecto (de un año, cordero o cabrito)”, y que rociasen con la sangre las dos jambas y el dintel de las casas para ser librados del exterminio de los primogénitos al paso del ángel. En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y alimentados con su carne, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo agradecido por la acción liberadora de Yahvé. “Es la Pascua en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto.

La Pascua de los judíos era una sombra y prefiguración de lo que había de ser la Pascua de Cristo, la pascua cristiana. En ella, Cristo es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado por la salvación del mundo y por la liberación definitiva del pecado y de la muerte. Cristo es el nuevo Cordero, que con su sangre libremente derramada en la cruz establece la nueva y definitiva Alianza. Desde el momento en que Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos, inicia el rito de su Pascua. En lugar de un cordero, “el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre”. Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la Sangre de Cristo, eran ofrecidos en aquella noche, como anuncio y anticipo de la muerte del Señor, de la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz.

“Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los apóstoles, queriendo así perpetuar, a través de ellos y sus sucesores, aquel gesto y, con él, el sacrificio del calvario para la remisión de los pecadoss. Agradezcamos esta tarde al Señor el don del sacerdocio que perpetúa la presencia de Cristo y su acción salvadora entre nosotros; oremos por el don de nuevas vocaciones.

“Haced esto en memoria mía”. Con estas palabras solemnes instituye Jesús la Eucaristía y la entrega a su Iglesia para todos los siglos. Cada año, en la tarde de Jueves Santo, volviendo nuestros ojos al Cenáculo, recordamos que en la Cena de aquel atardecer, Jesús les da a sus discípulos –y representados en ellos nos da a nosotros- la Eucaristía como don del amor y fuente inagotable de amor. La Eucaristía es el sacramento que perpetúa por todos los siglos la ofrenda libre, total y amorosa de Cristo en la Cruz para la vida del mundo. Una memoria que es actualización del sacrificio redentor, presencia real del Señor y banquete de comunión con El y los hermanos en la espera de su venida. En la Eucaristía, los creyentes recibimos el efecto salvador del sacrificio en la Cruz y el alimento para el camino, como firmeza para nuestra fe, fuelle para nuestra esperanza y fuerza para nuestro amor. En ella la Iglesia, misterio de comunión de Dios con el hombre y entre los hombres unidos con Él, se hace y se renueva permanentemente para ser germen de unidad de todos los pueblos.

La Eucaristía es ‘pan vivo, bajado del cielo’ que da la vida eterna a los hombres (Jn 6,51), porque es el memorial de la muerte del Señor, porque es su Cuerpo ‘entregado’ en sacrificio, y es su Sangre ‘derramada por todos para el perdón de los pecados’ (Lc 22,19; Mt 26,28). Nutridos con el Cuerpo del Señor y lavados con su Sangre, los cristianos podemos soportar las asperezas del peregrinaje de esta vida, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, de la travesía fatigosa del desierto a la tierra prometida: la casa del Padre. ¿No nos ha de preocupar el alejamiento progresivo de tantos cristianos de la participación en la Eucaristía?

“Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 26). Con estas palabras, el apóstol Pablo nos exhorta a hacer constantemente memoria de este misterio y a participar en él. Al mismo tiempo, nos invita a vivir diariamente nuestra misión de testigos y heraldos del amor del Crucificado, en espera de su vuelta gloriosa. El cristiano que comulga sabe que debe vivir, amar, trabajar, sufrir y morir como Cristo. Por ello, unido indisolublemente al don de la Eucaristía, Cristo nos ha dado su nuevo mandato. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Eucaristía, comunión con Cristo y con los hermanos, y existencia cristiana basada en el amor son inseparables. Desde aquella Cena, Jesús nos enseña que participar de su amor y amar es entregarse y gastarse como Él. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma, sin reservas, a Dios y al prójimo.

Y, para enseñarnos, cómo ha de ser el amor de sus discípulos, Jesús, antes de instituir el sacramento de su Cuerpo y Sangre, les sorprende ciñéndose una toalla y abajándose para lavarles los pies. Era la tarea reservada a los siervos. Al hacerlo, el Maestro les propone una actitud de servicio en el amor como norma de vida. “Vosotros me llamáis el Maestro  y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14). Sólo será verdadero discípulo de Jesús, quien se deje lavar los pies, sus pecados, por Cristo en el sacramento de la Penitencia, quien participe de su amor en la Eucaristía, quien lo imite en su vida y quien como Él se haga solícito en el servicio a los demás. Porque, en el amor servicial, en la solicitud por las necesidades del prójimo está la esencia del vivir cristiano.

Sólo esta actitud de servicio humilde hace posible el cumplimiento del precepto de Jesús: “Os doy el mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo he amado”. El lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía, la muerte de la cruz, nos indican que el servicio humilde y la entrega total al prójimo son el camino para realizar y hacer verdad el precepto del Señor. San Juan, resumiendo maravillosamente el significado de la Eucaristía, afirma: “Los amó hasta el extremo”. Con ello quiere decir que los amó hasta el final, hasta agotar todas las posibilidades, sin reparar en medios para demostrarles su amor. Jesús no pone límites en su entrega a los hombres. En la escuela de Jesús son inseparables la gloria del Padre y el servicio a los hermanos. Por eso les lava los pies, señal inequívoca de humildad, de extremado servicio.

¡Tarde de Jueves Santo! Muchos sentimientos se agolparon entonces en el corazón de Jesús y de sus discípulos; muchos sentimientos invaden ahora nuestro corazón. Demos gracias a Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos legó la Eucaristía, el don de amor más grande que pensarse pueda. Jesús se va, pero se queda presente entre nosotros en la Eucaristía. Se va por el amor que profesaba al Padre, tras cumplir su voluntad sobre la tierra. Pero se queda por amor a los hombres en la Eucaristía. Por eso, participar en la Eucaristía, recibirla y adorarle en ella, y amar sin reservas a nuestros semejantes serán el mejor modo de agradecer a Dios su don, su amor inefable.

Que María, ‘la mujer eucarística’ nos ayude a valorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, a participar en ella y a adorarle con gratitud. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Santa Misa Crismal

S. I. Con-Catedral de Castellón, 17 de marzo de 2008

 

“Gracia y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra” (Apoc. 1,5). Con estas palabras del Apocalipsis os saludo, queridos hermanos, a todos cuantos habéis seguido la invitación del Señor a esta Misa Crismal. De un modo muy especial os quiero saludar a vosotros, queridos sacerdotes, “conmovido, como si me sentara a vuestro lado en aquella mesa del Cenáculo en la que el Señor Jesús celebró con sus Apóstoles la primera Eucaristía: un don para toda la Iglesia” (Carta de Juan Pablo II, Jueves Santo de 2002, n. 1).

La Misa Crismal tiene un profundo significado para nuestra Iglesia diocesana. Esta Eucaristía, en que participa el Pueblo de Dios de Segorbe-Castellón, unido en la misma oración en torno a la Palabra de Dios y a un único altar, y presidido por el Obispo y rodeado de su presbiterio, es la manifestación principal de nuestra Iglesia diocesana (cf. SC 41). Esta Misa Crismal tiene también un hondo significado y valor para nuestro presbiterio diocesano. Reunidos en torno al altar manifestamos al pueblo fiel la unidad de nuestro sacerdocio y la comunión entre el Obispo y su presbiterio; a la vez aquí, en la comunión eucarística, queda reforzada nuestra comunión y nuestra fraternidad sacerdotal.

Hoy damos gracias a Dios por nuestro ministerio ordenado. De modo especial, le damos gracias hoy por D. Daniel Gil y D. Narciso Jordán, en sus bodas de oro sacerdotales, y por D. Joaquín Gillamón, en sus bodas de plata sacerdotales, así como los seis neopresbíteros, Héctor Calvo, Fco. Miguel Fernández, José Antonio Morales, Welter Lara, Reinel Muñoz, Julio Cesar Silva, Piero Salvatore Tornatore, León Enrique Viñedo y Paco Francés. Nuestra más cordial enhorabuena a todos. Esta mañana recordamos también en nuestra oración al bueno de Manolo Mechó, a quien hace quince días dábamos cristiana sepultura. Hoy es un día para la acción de gracias a Dios por los dones recibidos, pero también tiempo de gracia de Dios para la conversión, para la renovación espiritual de nuestra Iglesia y de todos cuantos la formamos, y de nosotros los sacerdotes.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1). Estas palabras de Isaías, que Jesús se aplica a sí mismo aquel sábado en la Sinagona de Nazaret, expresan el tema central de esta Misa Crismal. Los óleos que vamos a bendecir y, especialmente, el crisma, que vamos a consagrar, nos recuerdan especialmente el misterio de la unción sagrada de nuestro Bautismo y nuestra Confirmación, así como la de nuestra Ordenación; una unción, que marca para siempre la persona y la vida de todo cristiano, desde el día de su bautismo; una unción que marca para siempre especialmente nuestra persona y nuestra vida de presbíteros y de Obispo desde día nuestra ordenación para el servicio del pueblo de Dios.

Ahora bien, la unción bautismal y sacerdotal, reciben su luz y su fuerza del misterio de Cristo sacerdote, que en la última Cena se consagra a sí mismo, anticipando el sacrificio cruento del Gólgota. La Eucaristía, cuya institución por Jesucristo junto con uno de los momentos esenciales de la institución del Sacramento del Orden celebraremos el Jueves Santo, es la cima y la fuente de la vida la Iglesia, y lo es también de todos los sacramentos, pues de la Mesa eucarística desciende la unción sagrada. El Espíritu divino difunde su místico perfume en toda la casa (cf. Jn 12, 3), es decir, en la Iglesia; y a los cristianos así como a los sacerdotes y obispos, de modo especial, nos hace partícipes de la misma consagración de Jesús (cf. Oración Colecta de la Misa Crismal)

Todo bautizado, por el don permanente de la unción recibida, está llamado a alabar y dar testimonio del amor misericordioso de Dios, a cantar ‘eternamente las misericordias del  Señor’ (Salmo responsorial) con una vida santa. Y lo mismo se puede decir de toda comunidad cristiana. San Pablo nos recuerda: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3); por ello “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40).

Esta verdad básica nos atañe ante todo a nosotros, los obispos, y a vosotros, queridos sacerdotes, ungidos para siempre para representar a Cristo Cabeza y actuar en su nombre. “Sed santos porque yo soy santo” (Lv 19, 2), así nos exhorta la Sagrada Escritura; y podríamos añadir: seamos santos, queridos sacerdotes, para que el pueblo de Dios que nos ha sido confiado sea santo. Hemos sido ungidos, consagrados y configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, para servir al pueblo de Dios, para estimular y avivar en todos los cristianos su sacerdocio común de modo que hagan de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás. La santidad de nuestros fieles no deriva ciertamente de la nuestra; pero no cabe la menor duda que nuestra santidad la favorece, la estimula y la alimenta. Acojamos con generosidad, queridos sacerdotes, la invitación que hoy nos hace el Señor a vivir fielmente el don gratuito de nuestra vocación, nuestra permanente unción presbiteral y episcopal y, en particular, nuestro camino de santidad. Esta es la fuente de que surgirá el renovado impulso apostólico, que nuestra Iglesia diocesana y nuestra sociedad tan urgentemente necesitan y esperan de todos nosotros. Dios es fiel a su don y a sus promesas; El es la fuerza que nos sustenta y alienta en nuestras luchas y dificultades, ante la tentación de la tibieza y del desaliento.

El camino de nuestra santidad está íntimamente unido a nuestro ser y a nuestra misión. Hemos sido ungidos para ser enviados; en el ejercicio fiel y entregado de nuestro ministerio encontraremos el camino de nuestra santificación.

La primera misión que Dios nos ha confiado, queridos sacerdotes, es la de anunciar el Evangelio a todos. “El Espíritu del Señor me ha ungido para dar la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1). Si bien todo bautizado está llamado a anunciar el Evangelio, los pastores desempeñamos una función insustituible en esta tarea. Somos ministros de la Palabra, el Verbo de Dios hecho carne y de su Evangelio. En este año, en que el Sínodo de Obispos reflexionará sobre “la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia” quiero detenerme brevemente en esta nuestra condición de ministros de la Palabra.

Si, queridos sacerdotes: Hemos sido ungidos para entregar nuestra vida al anuncio de la Palabra de Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dedicó toda su vida “a enseñar” (Act 1,1). San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, nos recuerda que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor” (2 Co 4,5). Y a los mismos fieles de Corinto, en una carta precedente, les había escrito: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1,23). Y hemos de hacerlo en todo momento, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella, sin avergonzarnos de Cristo y de su Evangelio para que los niños y adolescentes, los jóvenes y los adultos se encuentren con Cristo y su Evangelio, para que se conviertan a Él, se dejen transformar por Él y participen de la nueva Vida de Dios, que Cristo nos ofrece, de modo que todos sean ‘sal de la tierra y luz del mundo’.

No olvidemos nunca que somos ministros de la Palabra de Dios: en esta condición hemos de aplicarnos especialmente aquellas duras palabras de Jesús: “Pero yo os digo que de toda palabra inútil que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio” (Mt 12,36). La ‘palabra inútil’ es la palabra de los falsos profetas, ante los que nos previene el Señor: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…” (Mt 7,15-20). La palabra inútil, de que habla Jesús, no es pues toda y cualquier palabra inútil; es la palabra inútil, vacía, pronunciada por aquél que debería en cambio pronunciar las ‘enérgicas’ palabras de Dios. Es la palabra del falso profeta, que no recibe la palabra de Dios y sin embargo induce a los demás a creer que es palabra de Dios. La palabra inútil falsifica la palabra de Dios, es el parásito de la palabra de Dios. Se reconoce por los frutos que no produce, porque, por definición, es estéril, sin eficacia para el bien (R. Cantalamessa).

Falso profeta no es sólo el que esparce herejías; es también quien ‘falsifica’ la palabra de Dios, porque no presenta la palabra de Dios en su pureza, sino que la diluye y la agota en miles de palabras humanas que salen de su corazón, porque pone la palabra de Dios al servicio de ideologías humanas. El falso profeta es también aquel que no se fía de la ‘debilidad’, ‘necedad’, pobreza y desnudez de la Palabra y la quiere revestir;  estima el revestimiento más que la Palabra y es más el tiempo que gasta con el revestimiento que el que emplea con la Palabra permaneciendo ante ella en oración, adorándola y empezándola a vivir en mí. El falso profeta, en el fondo, se avergüenza del Evangelio (Cf. Rm 1,16) y de las palabras de Jesús, porque son demasiado ‘duras’ para el mundo, o demasiado pobres y desnudas para los doctos, e intenta ‘aderezarlas’ con las que Jeremías llamaba ‘fantasías de su corazón’. Así se ofrece al mundo un óptimo pretexto para permanecer tranquilo en su descreimiento y en su pecado. No es la adaptación a la moda, sino la fidelidad a la Palabra lo que se nos pide a los pastores.

Hemos de proclamar la Palabra como con palabras de Dios. Quiere esto decir que la inspiración de fondo, el pensamiento que informa y sustenta todo lo demás debe venir de Dios, no del hombre. El anunciador debe estar “movido por Dios” y hablar como en su presencia (Cf. R. Catalamesa).

Nuestro anuncio de la Palabra ha de ser, como el de Cristo, con autoridad. Es la autoridad, que nos viene dada y confiada por Jesucristo en el sacramento del orden y por el envío de la Iglesia, pero que pide estar refrendada por la autoridad que deriva del testimonio de vida: hemos de ser testigos vivos de la Palabra por nuestro actuar sincero, santo y perfecto. Antes de ser sus anunciadores debemos ser oyentes de la Palabra en la oración diaria, personal y comunitaria, en su estudio permanente, en su contemplación y adoración; hemos de asimilar la Palabra y dejarnos transformar por Ella; hemos de vivirla con radicalidad y proclamarla con fidelidad a tradición viva de la fe de Iglesia, en comunión con el Magisterio eclesial.

La Palabra sólo es creíble y tiene fuerza de convicción cuando anida en nuestro interior y brilla en nuestra vida. Si vivimos de esta manera, nuestra predicación ayudará a crecer en santidad al Pueblo de Dios y será aún más creíble si, como presbiterio, nos ven unidos y concordes, testigos de fraternidad en la vida y en la misión.

El amor entregado a Cristo y la caridad pastoral apasionada a quienes nos han sido confiados es nuestra respuesta agradecida al don permanente de Dios en nosotros. Este amor, asiduamente alimentado en las fuentes de la gracia de la oración y de los sacramentos, vivido en la fraternidad sacerdotal, apoyado por nuestras comunidades y con la debida ascesis de vida, es la base y la garantía de una vida pobre, obediente y célibe para ser fieles al don recibido y a los compromisos adquiridos, que a continuación vamos a renovar. Sé de vuestro empeño por vivir fielmente vuestras promesas sacerdotales, especialmente el celibato, acogiendo el don de Dios; doy gracias con vosotros a Dios y os felicito por ello. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, nuestro celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral y fuente privilegiada de fecundidad espiritual en el mundo” (cfr PO 16).

No nos dejemos llevar por el desaliento a causa de nuestras infidelidades y pecados; no podemos tampoco dejarnos llevar por los ataques injustos y las incomprensiones. Dejémonos encontrar y renovar por la gracia misericordiosa de Dios Hoy queremos recordar y testimoniar ante el Pueblo de Dios que sólo Dios, su don y nuestro ministerio, son la verdadera riqueza que llena de sentido nuestra existencia. En Dios está la alegría profunda que las promesas del mundo no pueden dar. Él es la razón de nuestra esperanza.

Que María, Madre de los sacerdotes y Virgen de la esperanza, nos aliente para cumplir bien y fielmente el ministerio su Hijo, nos ha encomendado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

S. I. Catedral de Segorbe y Con-catedral de Castellón, 16.03.2008

 

Con la celebración del Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa. Este Domingo de Pasión es el verdadero pórtico a la Semana grande de la comunidad cristiana y de la liturgia de la Iglesia; una semana verdaderamente santa porque está consagrada por entero a los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del nuestro Señor Jesucristo. La hemos iniciado unidos a aquella muchedumbre que aclamó a Jesús en su entrada en Jerusalén. Jesús montado en un pollino y rodeado de sus apóstoles es vitoreado por la multitud del pueblo, que grita entusiasmado “!Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor¡”

Fue aquella una manifestación espontánea de la piedad del pueblo judío. La presencia del Maestro, su porte, su dignidad, su mansedumbre, su sabiduría y su bondad habían despertado en el pueblo el fervor mesiánico.

Toda la fe de Israel, todas sus esperanzas de liberación, todo su fervor religioso afloró en el ambiente con el recuerdo de las promesas de Dios y los anuncios de los profetas. Durante siglos y generaciones, el pueblo de la antigua Alianza había vivido a la espera del Mesías. Algunos creyeron ver en Juan Bautista a aquel en quien se cumplían las promesas. Pero a la pregunta explícita sobre su posible identidad mesiánica, el Precursor respondió con una clara negación, remitiendo a Jesús.

Poco a poco fue creciendo en el pueblo de Israel el convencimiento de que en Jesús ya habían llegado los tiempos mesiánicos. Primero será el testimonio del Bautista; más tarde serán las palabras y los signos realizados por Jesús y, de modo especial, la resurrección de Lázaro, algunos días antes de su entrada triunfal en Jerusalén. Por eso la muchedumbre, cuando Jesús llega a la ciudad montado en un asno, lo acoge con alegría: “!Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo¡” (Mt 21, 9). La fe del pueblo se avivó al contemplar aquel día a Jesús. Mayores y niños gritaban el Hosanna y daban vivas al Señor aclamando el cumplimiento de las promesas mesiánicas en El.

Jesús es el Mesías, anunciado por los profetas, como el “Hijo de David” y “Rey de Israel”. Pero ni los niños inocentes, ni los apóstoles, ni las gentes sencillas que rodeaban a Jesús podían alcanzar entonces su secreto. La imagen que ellos tenían del reino mesiánico no era conforme a los planes de Dios. Por ello, a pesar de aquel entusiasmo tan sincero, abandonaron pronto a Jesús; quedó sólo a merced del odio de sus enemigos, hasta acabar en la Cruz.

A nosotros nos ha sido dado conocer el misterio pascual de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Sabemos que, conforme al plan redentor de Dios, “era necesario que el Cristo padeciera y así entrase en su gloria” (Lc 24, 26). Por eso, después de aclamar a Jesucristo como Rey y Señor en la procesión de los ramos, hemos escuchado con devoción el relato evangélico de su Pasión, que nos ha hecho revivir el drama ya inminente.

Las lecturas de la Palabra de Dios de hoy nos llevan a la contemplación del misterio de la pasión y muerte del Señor. El profeta Isaías nos habla del siervo condenado, flagelado y abofeteado (cf. Is 50, 6). El Salmo responsorial nos permite contemplar la agonía de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, (cf. Mc 15, 34). Será, sin embargo, san Pablo, quien en la segunda lectura, nos lleve a lo más profundo del misterio pascual. Jesús, “ pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8). En la liturgia del Viernes santo volveremos a escuchar estas palabras, que prosiguen así: “Por eso Dios lo exaltó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11).

Anonadamiento y exaltación. ¡Ahí está la clave, hermanos, para comprender el misterio pascual! Ésta es la clave para penetrar en la admirable economía de Dios, que se realiza en los acontecimientos de la Pascua.

Jesús es el Hijo de Dios, que se hace hombre para salvar a los hombres del pecado y de la muerte, y devolverles la vida de comunión con Dios y con los hombres. Cristo, fiel a su misión aceptó el plan redentor de Dios. Conocedor de la voluntad del Padre, se entregó “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. En su sacrificio se manifestaron el poder y la gloria de Dios, su bondad y misericordia para con todos. Jesús no se detuvo ante las alabanzas del pueblo, ni temió la oposición o amenazas de sus enemigos. Obediente a la voluntad del Padre por amor a Él, Cristo Jesús se entregó generoso hasta la muerte, y muerte en cruz, por amor a todos los hombres sin distinción. Porque no hay mayor amor que el que da la vida por el amado.

Dios es amor, dice San Juan. Y el amor es su poder. Y de ese poder está llena la figura del crucificado. Sus paisanos no fueron capaces de descubrirlo. Todos los que hablan al verlo en la cruz pretenden que Dios anule lo que los hombres han hecho para que, demostrado así su poder, puedan creer en Jesús. No entendían que el amor fuera ya salvación. También a nosotros nos resulta difícil creer que sólo el amor de Dios y a Dios, hecho amor al hermano, puede transformar el mundo. Pero conocemos por experiencia la fuerza del amor. Si se apodera de nosotros nos cambia la vida; y cuando se hace norma de convivencia transforma la forma de vivir de la persona y de la sociedad, se hace posible la paz, la verdad, la justicia y la fraternidad. No es la fuerza o la violencia, el odio o el deseo de venganza, no es la crispación lo que puede cambiar el mundo. La única fuerza capaz de transformar al hombre, a la sociedad y al mundo es el amor entregado y desinteresado, que acoge y respeta, que perdona y reconcilia. No, no es tarea fácil; pero es posible y necesario en un mundo y en una sociedad atenazados por las guerras, el terrorismo y la violencia y la crispación.

Como Jesús, hay que poner en juego la vida. Jesús tuvo que afrontar la muerte solo. La confianza que él tenía en Dios no alivia ni el dolor de verse rechazado por su pueblo y derrotado por sus enemigos ni la angustia, tan humana, de enfrentarse a la muerte. Pero así manifestó el poder del amor de Dios, que perdona, reconcilia y da la vida. Sólo un pagano supo verlo: “Realmente éste hombre era Hijo de Dios”. Entre tantos poderosos e ideólogos que se presentan como salvadores, ¿seremos capaces de dar una oportunidad al Salvador? Jesús merece nuestra gratitud sin límites, nuestra acogida confiada y nuestra entrega sincera en la fe.

Comencemos esta Semana Santa con renovado fervor. Dispongámonos no sólo para recordar y contemplar sino sobre todo para vivir el misterio del amor de Dios que se manifiesta en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Caminemos hacia la Pascua con amor. Vivamos la Semana Santa.

Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección. Vivir la semana Santa es acoger el perdón y la paz de Dios en el Sacramento de la Reconciliación para ser testigos del perdón y constructores de la paz. Vivir la Semana Santa es creer que el misterio pascual se hace presente en cada eucaristía y participar de él en la comunión. Vivir la Semana Santa es aceptar que Jesús está presente también en cada ser humano, que sufre y que padece. Vivir la Semana Santa es seguir junto a Jesús todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad, el perdón y la reconciliación.

Semana Santa es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para abrir el corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrir el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados. Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Él, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Envío de los ministros extraordinarios de la comunión

HOMILÍA EN EL ENVÍO DE LOS MINISTROS EXTRAORDINARIOS DE LA COMUNÓN
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S. I. Con-Catedral de Santa María en Castellón, 10 de febrero de 2000

 

Hermanas y hermanos amados en el Señor Jesús. Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes. Saludo al Sr. Deán del Cabildo Con-Catedral y Párroco de esta de Santa Maria, que nos acoge esta tarde, así como a los Sres. Vicarios Episcopales y al Delegado Diocesano para la Liturgia. Y, cómo no, mi saludo para vosotros que, presentados por vuestros párrocos, hoy vais a recibir de mis manos el envío para ser ministros extraordinarios de la Comunión en vuestras parroquias.

Estamos iniciando la Cuaresma. En este primer domingo del tiempo cuaresmal, la Liturgia nos propone el Evangelio de las tentaciones del Señor (Mt 4,1-11). “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (4,1). Jesús, en el desierto, afronta al tentador. El Hijo de Dios, que, al hacerse hombre se asemejó en todo a sus hermanos menos en el pecado, quiso ser probado también duramente por el maligno; él descendió hasta las profundidades más obscuras del ser humano y compartió las tres tentaciones fundamentales en toda existencia humana: el afán de tener y gozar, -la concupiscencia-, la manipulación de Dios y la idolatría, especialmente, la egolatría.

Las tres insinuaciones de Satanás, “si eres hijo de Dios”, son el contrapunto de la proclamación solemne del Padre celestial en el momento del bautismo en el Jordán: “Éste es mi Hijo amado” (Mt 3, 17). Las tres tentaciones son pruebas que tienen una profunda relación con la misión del Salvador; y al mismo tiempo hacen surgir la pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana. Jesús es tentado para llevar a cabo su misión, el designio salvífico de Dios, al margen del plan establecido por Dios, como también nosotros somos tantas veces tentados a proyectar nuestra existencia de espaldas a Dios.

Este es el núcleo de las tres tentaciones, el núcleo de toda tentación: el intento de apartar a Dios de la existencia humana, de vivir de espaldas a Él, a su designio amoroso y a su ley, que es ayuda en nuestro caminar hacia la Vida. El núcleo de toda tentación es considerar a Dios como algo secundario, o incluso superfluo o molesto, y querer construir nuestro mundo al margen de Dios, con nuestros propios criterios declarándonos a nosotros mismos como fuente del bien y del mal. Así se refleja en la primera lectura de este Domingo, el relato de la primera caída de nuestros primeros padres en el libro del Génesis (2,7-9; 3,1-7). Adán y Eva son tentados por la serpiente para vivir al margen y lejos de Dios: habiéndose sido creados por amor y para el amor, la amistad y la comunión con Dios, ellos prefieren vivir de espaldas a Él y construir su mundo según sus propios conocimientos y criterios morales. Así comienza el drama de la humanidad: queriendo liberarse de Dios, para ser libre y feliz, se inicia una historia de esclavitud, de hambre y de muerte como le ocurrió al hijo pródigo. Y este es el drama del hombre moderno y del hombre actual. Y este es tantas veces nuestro propio drama.

Jesús nos muestra el camino de la victoria sobre la tentación, que no es otro que acoger y cumplir la voluntad de Dios, el camino que Él nos marca, que es camino hacia libertad y la Vida. La victoria de Cristo, al comienzo de su vida pública, anuncia su triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte, que se realizará en el misterio pascual. Con su muerte y resurrección, Jesús no sólo borrará el pecado de los primeros padres, sino que también comunicará al hombre, a todo hombre, la sobreabundancia de la gracia de Dios, para vivir y caminar según Dios. Es lo que recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura de este Domingo: “Como por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos” (Rm 5, 12-19: 19).

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). Al comienzo de la Cuaresma, tiempo litúrgico que nos invita a la conversión, estas palabras de Jesús resuenan para cada uno de nosotros. Dejemos que la “palabra que sale de la boca de Dios” nos interpele y alimente nuestro espíritu, puesto que “no sólo de pan vive el hombre”. Nuestro corazón tiene necesidad, sobre todo, de Dios, de su Palabra, sobre todo de su Palabra hecha carne y Pan de vida en la Eucaristía, que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. No se trata de contraponer el pan material y la Palabra de Dios, sino de establecer una correcta relación. Cuando Dios y su Palabra están presentes y son acogidos, escuchar a Dios se convierte en vivir con Dios y lleva de la fe al amor, al descubrimiento del otro. “Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a las necesidades de los hombres, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 57). La Eucaristía, el verdadero Pan de vida y el sacramento del amor, nos mueve a amar a los hermanos. Es lo que mueve a Manos Unidas, cuya Jornada hoy celebramos en toda la Diócesis, en su compromiso por el hambre en el mundo y por el desarrollo integral de todos en el Tercer Mundo. Seamos generosos en la colecta de hoy.

Muchos de vosotros, queridos hermanos y hermanas, vais a ser hoy enviados como ministros extraordinarios de la Comunión en la Misa y fuera de la Misa para que a nadie falte el verdadero Pan de vida. No olvidéis nunca que sois, en primer lugar, ministros, es decir servidores de Cristo, de su Iglesia y del bien espiritual de los hermanos; no recibís este envío en beneficio propio, para satisfacer un afán de prestigio humano en la Iglesia, sino de los hermanos. En segundo lugar, que recordad que sois ministros extraordinarios: es decir sólo podréis distribuir la sagrada comunión cuando falten los ministros ordinarios que son el sacerdote, el diacono o el acólito instituido, o cuando se encuentren impedidos por otro ministerio pastoral, por enfermedad o por motivo de su edad avanzada, o, finalmente, cuando el número de fieles que deseen acercarse a la sagrada comunión sea tan grande que se prolongaría excesivamente la duración de la  Misa o la distribución de la comunión fuera de la Misa.

Los ministros extraordinarios de la comunión habéis sido presentados por vuestros párrocos porque os han considerado dignos para ello por vuestra vida cristiana, por vuestra fe y por vuestras costumbres. Os habéis de esforzar día a día para ser dignos de este encargo, habréis de cultivar la devoción a la sagrada Eucaristía y dar ejemplo a los demás fieles de respeto al santísimo Sacramento del altar. ¡Cuánto debemos trabajar para mantener viva nuestra fe y nuestro sentido de la presencia real del Señor en la Eucaristía favoreciendo el silencio y la adoración ante el Sagrario!

Y nosotros, queridos sacerdotes, no olvidemos nunca que los ministros extraordinarios de la comunión no nos dispensan del deber pastoral de distribuir la Eucaristía a los fieles que legítimamente lo pidan y, en especial, de llevarla y visitar a los enfermos.

“Misericordia, Señor: hemos pecado” hemos cantando en el Salmo responsorial (Sal 50). La Cuaresma es un tiempo fuerte conversión y de renovación, de purificación y maduración, de penitencia y de gracia. El tiempo cuaresmal nos invita de modo especial al arrepentimiento y a la conversión. Y la conversión “comprende tanto un aspecto negativo de liberación del pecado, como un aspecto positivo de elección del bien, manifestado por los valores éticos contenidos en la ley natural, confirmada y profundizada por el Evangelio” (Tertio millennio adveniente, 50).

Queridos hermanos, vivamos todos la Cuaresma con este espíritu. Pongamos especial atención en la celebración del sacramento de la penitencia. En la recepción frecuente de este sacramento, el cristiano experimenta la misericordia divina y, a su vez, se hace capaz de perdonar y de amar. ¡Que crezca en todos los creyentes un amor activo por este sacramento! ¡Que los sacerdotes estén dispuestos a desempeñar con esmero y dedicación este ministerio sacramental indispensable! ¡Que se multipliquen entre nosotros los lugares de celebración de la penitencia, con confesores disponibles en los diversos horarios de la jornada, preparados para dispensar en abundancia la inagotable misericordia de Dios!

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, (…) lava del todo mi delito. (…) Crea en mí un corazón puro. (…) Devuélveme la alegría de tu salvación; afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza” (Salmo responsorial).

Resuene en nuestro espíritu el eco de esta oración de David, conmovido por las palabras del profeta Natán. Es el salmo del Miserere, que hemos de hacer nuestro en la Cuaresma y dejar que suscite en nuestro corazón las disposiciones oportunas para encontrar al Dios de la reconciliación y de la paz con ‘un espíritu contrito, un corazón quebrantado y humillado’. Así emprenderemos, el camino cuaresmal con la fuerza de tu palabra, “para vencer las tentaciones del maligno y llegar a la Pascua con la alegría del Espíritu”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Presentación del Señor

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Y DÍA DE LA VIDA CONSAGRADA

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S. I. Con-Catedral de Castellón 2.02.2008

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús. Os saludo de corazón a todos y agradezco vuestra presencia en esta Eucaristía en la Fiesta de la Presentación del Señor. De un modo muy especial mi saludo se dirige a vosotros, consagrados y consagradas, en este día en que, junto a toda la Iglesia, celebramos la Jornada de la Vida Consagrada.

“Entrará en su santuario el Señor a quien vosotros buscáis” (Mal. 3,1). Es fácil aplicar estas palabras del profeta Malaquías al hecho que hoy conmemoramos en la Liturgia: Jesús llega al templo, cuarenta días después de su nacimiento, para ser presentado a Dios por María y por José, según las prescripciones de la ley mosaica. El Hijo de Dios, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” (Hb 2,17); sin dejar de ser Dios, quiso ser verdadero hombre entre los hombres, meterse en su historia y compartir en todo su vida, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

El cumplimiento de la ley es la ocasión del encuentro de Jesús en el templo con su pueblo que le busca y le aguarda en la fe. Jesús es recibido por Simeón, “hombre honrado y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel” (Lc 2, 25), y por la profetisa Ana, que vivía en la oración y la penitencia. Simeón y Ana, iluminados por el Espíritu Santo, reconocen en aquel niño, presentado por una joven madre con la humilde ofrenda de los pobres, al Salvador prometido, la luz de las naciones, y prorrumpen en himnos de alabanza. Simeón lo toma entre sus brazos exclamando: “Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2, 29-30); y Ana habla de él con entusiasmo “a todos los que aguardan la liberación de Israel” (Lc 2,32).

Recordando este suceso la Liturgia nos invita hoy a nosotros los fieles a ir al encuentro de Cristo en la casa de Dios, donde lo encontramos en su Palabra y, sobre todo, en la Eucaristía, para saludarlo y acogerlo como el Salvador, para ofrecerle el homenaje de una fe y de un amor ardientes, semejantes a los Simeón y Ana, y para recibirlo no en los brazos sino en el corazón. Este el significado de la procesión de ‘las candelas’ al inicio de la celebración: hemos venido al encuentro de Cristo “luz del mundo”, esplendor divino, “cirio pascual” de quien tomamos la luz para nuestras vidas.

María y José presentan a Jesús en el templo “para ofrecerlo al Señor” (Lc 2, 22). Esta escena evangélica nos revela el misterio de Jesús: Él es el consagrado del Padre, que ha venido a este mundo para cumplir fielmente su voluntad (cf Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús en obediencia al Padre y su victoria final (cf Lc 2, 32-35).

Según la profecía de Malaquías, el Señor viene a su templo para purificar al pueblo del pecado, para restablecer la alianza de comunión de Dios con su pueblo, para que pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera ofrenda, que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación, es precisamente la que Cristo hizo de sí al Padre. Aceptando la condición de recién nacido, Jesús quiso ser ofrecido por las manos de su Madre. Jesús se somete a estas leyes para enseñar a los hombres el camino de la entrega total a Dios, el respeto y la fidelidad a la voluntad del Señor, y así el valor de la humildad, de la pobreza, de la obediencia y del amor a Dios.

La Presentación de Jesús en el templo constituye así un icono elocuente de la donación total de la propia vida a Dios de todo bautizado, pero en especial de quienes son llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1). A la presentación de Cristo se asocia María. La Virgen Madre, que lleva al Templo al Hijo para ofrecerlo al Padre, expresa muy bien la figura de la Iglesia que continúa ofreciendo a sus hijos e hijas al Padre celeste, asociándolos a la única oblación de Cristo, causa y modelo de toda consagración en la Iglesia (Cf Juan Pablo II, Mensaje para la I Jornada de la Vida Consagrada, 1997).

Desde aquí, hermanos, hemos de entender, valorar y vivir la Profesión solemne de todos vosotros, consagrados y consagradas. Vosotros habéis acogido llamada del Señor, y habéis consagrado a Dios vuestras personas y vuestra existencia. No sois vosotros quienes os habéis apropiado de tal estado de vida; es Jesucristo mismo quien os ha hecho más propiedad suya. Con san Pablo podéis decir: “Todo lo tengo por pérdida ante el sublime conocimiento de Cristo, por quien he sacrificado todas las cosas; y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo y encontrarme con él” (Fil 3, 7-8). Con el tiempo este deseo de ganar a Cristo y encontraros con él, a pesar de vuestras debilidades, debe ir creciendo en vosotros. ¡Que la frescura de la entrega del primer día se mantenga hoy y todos los días de vuestra vida terrena!

Hoy, Día de la Vida  Consagrada, recordamos el día de vuestra profesión religiosa; os invito a renovar vuestro compromiso de dedicación total a Dios, según el carisma propio de cada instituto, ya sea en la oración o en la contemplación, ya sea en los pobres o en los enfermos, ya en los niños o los ancianos o en las más variadas tareas educativas y apostólicas.

Hoy damos gracias a Dios por todos los consagrados y consagradas del pasado y del presente, y por todos los dones que Dios ha concedido a nuestra Iglesia a través de ellos. Por los diferentes carismas que encarnáis, representáis una gran riqueza para la vida y para la misión de nuestra Iglesia diocesana. No es un formalismo ni una palabra hueca. Es mi sentir más profundo en nombre de nuestra Iglesia diocesana. Como se decía en la monición preparatoria sois no sólo valorados, sino también deseados. Nuestra Iglesia diocesana se siente enriquecida y agraciada por el Espíritu a través de vosotros y de vuestros carismas. Hemos de aprender todos a valorarnos e integrarnos en la única misión de nuestra Iglesia Diocesana.

El Papa, Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica ‘Vita Consecrata’ manifestaba su deseo de que la profesión de los consejos Evangélicos aparezca con una luz nueva en un mundo necesitado de signos de Dios y de Cristo. Nuestra Iglesia y nuestra sociedad necesitan de vosotros, consagrados y consagradas. Sois signos elocuentes de Dios y de Cristo mediante la fidelidad y la vivencia de los Consejos Evangélicos. En una Iglesia en que se dan muchas veces faltas de fidelidad y de coherencia interna de vida cristiana, vosotros estáis llamados a ser testigos de una fe viva y de fidelidad creciente a Cristo; en una sociedad en que abunda el escepticismo, la superstición y la desesperanza estáis llamados a ser signos de fe y de esperanza contra toda esperanza; y frente a una cultura pública despojada de la presencia de Dios, estáis llamados a ser signos de Dios y de Cristo: signo profético contra los ídolos de nuestra sociedad y anuncio de los bienes futuros del Reino de Dios.

Este año, la Jornada se fija en vosotros como testigos de la Palabra. Con vuestro estilo de vida, llevando el Evangelio en el corazón ofrecéis a nuestro mundo, convulsionado y lleno de incertidumbre, a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, la Buena Noticia para el hombre, la ‘esperanza que no defrauda’ porque se basa en el amor de Dios (cf Rom 5,5); a través de vosotras y de vosotros, Dios se hace benevolencia con los que yerran, ternura con los pequeños, compasión con los que sufren, cercanía a los necesitados, perdón a los pecadores, servicio hacia todos. Los religiosos y las religiosas, todas las personas consagradas, prolongáis así el ministerio de la misericordia de Cristo, que ‘pasó haciendo el bien’ (Hech 10,38)

Al agradecimiento de nuestra Iglesia por vuestra contribución a su vida y su misión, se une nuestra oración. Juntos pedimos al Señor que os conceda la gracia de la perseverancia fiel en vuestra consagración y os fortalezca en la entrega y en el testimonio. Le pedimos también que envíe nuevas vocaciones, que aseguren la continuidad de vuestros carismas en nuestra Iglesia diocesana.

Queridos hermanos: Acojamos a Jesucristo, Luz del mundo, de las manos de María. Él viene una vez a nuestro encuentro en esta Eucaristía. Presentemos nuestras personas en la ofrenda eucarística uniéndola a la de Cristo. Que nuestra comunión eucarística con Cristo sea realmente una comunión con Él y con el hermano, y nos dé fuerza para ser testigos de su Luz y de la esperanza que no defrauda. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de cuatro diáconos en la solemnidad de la Epifanía del Señor

HOMILÍA EN LA ORDENACION DE CUATRO DIACONOS

EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

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 S.I. Catedral de Segorbe, 6 de Enero de 2008

 

“Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz” (Is 60, 1). En la Noche Santa de la Navidad aparece la luz, nace Cristo, la “luz de los pueblos”. Él es el “sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), el sol que viene al mundo para disipar las tinieblas del mal e inundarlo con el esplendor del amor divino. La luz que brilla en Navidad, iluminando la cueva de Belén, hoy resplandece y se manifiesta a todos los pueblos. La Epifanía es misterio de luz, indicada por la estrella que guía a los Magos en su viaje hasta el encuentro con el verdadero manantial luminoso que es Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado, el Mesías, el Salvador: Él es la “luz verdadera que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9).

En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo irradia sobre la tierra. Primero y ante todo, sobre Virgen María y José, que son iluminados por la presencia del Niño Dios. La luz del Redentor se manifiesta luego a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden prestos a la cueva y encuentran allí la “señal” que se les había anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf Lc 2, 12). Los pastores, junto con María y José, representan al “resto de Israel”, a los pobres y sencillos, a quienes se anuncia la buena nueva. Y por último, el resplandor de Cristo alcanza a los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos. Quedan en la sombra los palacios del poder de Jerusalén, entonces como hoy: ahí la noticia del nacimiento del Mesías no suscita alegría, sino temor y reacciones hostiles.

La luz de la Navidad no es una metáfora; es la imagen de una realidad. “Dios es luz” y “Dios es amor”, nos dice San Juan (1 Jn 1, 5; 4, 16). Con otras palabras: la luz que aparece en Navidad y hoy se manifiesta a las naciones es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, llegan los Magos de Oriente. El manantial de esta atracción es el amor de Dios, que atrae a todos y todo a sí, en la Persona encarnada del Verbo.

También vosotros, queridos Telesforo, Ángel, Marc y Juan Carlos, habéis experimentado esta atracción del Niño Dios, de Cristo Jesús en vuestras vidas. Como los Magos también podéis decir: “Hemos visto salir su estrella y veni­mos a adorarlo” (cf. Mt 2, 2). Imagino el eco que pueden tener en vuestro interior estas palabras, y todo el relato de la búsqueda de los Magos y de su encuentro con Cristo. Cada uno a su modo habéis visto una estrella en un momento de vuestra vida, habéis percibido una voz que os atraía, habéis escuchado la llamada del Señor, os habéis puesto en camino y experimentado también la oscuridad y, bajo la guía de Dios, vais llegando a la meta. Este pasaje evangélico sobre la búsqueda de los Magos y su encuentro con Cristo lo habéis experimentado en todo vuestro proceso de discernimiento y comprobación de la llamada al sacerdocio.

Ahora bien, el viaje de los Magos está motivado por una fuerte esperanza, que les atrae y les guía hacia Jesús, el “Rey de los judíos”, para ponerse al servicio de la realeza de Dios. Los Magos tenían un deseo grande de Dios, de verdad y de felicidad; un deseo que les atrajo y sedujo, que los indujo a dejarlo todo y a ponerse en camino. Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella. Era como si aquel viaje hubiera estado siempre inscrito en su destino, que ahora finalmente se cumplía. Este es también el misterio de vuestra llamada, de vuestra vocación al sacerdocio; un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que tiene mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirlo más de cerca. Cristo mismo, su luz, entró y ‘se coló’ un día en vuestra vida, Él os ha atraído y seducido; y habéis vivido la belleza de vuestra llamada como un ‘enamoramiento’. Seguro que vuestro corazón, lleno de asombro, os ha hecho decir una y otra vez en la oración: “Señor, y ¿por qué precisamente a mí?”. Y seguro que habréis dudado si éste era vuestro camino. Pero el amor no tiene un ‘porqué’, es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo. Y es en la entrega total, en la donación gratuita donde uno se encuentra, donde resplandece la verdad de la propia vida y donde se encuentra el camino de la felicidad.

Al llegar a Belén, los Magos “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron. Y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11-12). Dios y el hombre se encuentran: su encuentro se convierte por parte del hombre en adoración, dando lugar a un acto de fe y de amor entregado. Esto es lo que hoy sucede en vosotros y le ofrecéis: el oro de vuestra libertad, el incienso de vuestra oración fervorosa, la mirra de vuestro afecto más profundo (Juan Pablo II).

Vosotros, como los Magos, habéis encontrado a Cristo y en su seguimiento en el sacerdocio ordenado la razón de vuestra vida. Ante esto, todo lo demás os parece pequeño y ruin. Como escribe San Juan de la Cruz en el Cántico: “¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vues­tras pretensiones son bajezas y vues­tras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandeza y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!” (C 39, 7)

En el camino de vuestra respuesta personal y generosa a la llamada del Señor, no habéis estado solos. Hoy recordamos con agradecimiento a todos cuantos Dios ha ido poniendo como pequeñas estrellas en el camino de vuestra historia personal y os han ayudado a escuchar, discernir, acoger y madurar esta llamada del Señor; una llamada que hoy se hace firme con la llamada de la Iglesia. Esta tarde recordamos especialmente a vuestros padres y familias, a los sacerdotes de vuestras parroquias; a vuestros formadores y compañeros de Seminario, así como a vuestros amigos. También recordamos a quienes no han entendido vuestra decisión y así os han ayudado a purificarla y madurarla.

Por la oración consacratoria y la imposición de mis manos vais a quedar constituidos diáconos para siempre. Configurados con Cristo Siervo os pondréis al servicio de la realeza de Dios, para que Dios llegue a todos, pues a todos está destinado el ser “coherederos, miembros de mismo cuerpo, y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3, 6).

No olvidéis la ofrenda que hoy hacéis al Niño Dios del oro de vuestra libertad, del incienso de vuestra oración fervorosa, y de la mirra de vuestro afecto más profundo. Una ofrenda que se hace compromiso de por vida.

La ofrenda de vuestro afecto es el compromiso del celibato por causa del Reino de los Cielos y para servicio de Dios y de los hombres. Es conocida la frecuente y creciente dificultad, también de muchos cristianos, para entender el celibato. Y a nadie se le oculta su dificultad en un contexto pan-sensualizado, en el que todo lo que provoca apetencia o placer, tiene valor en sí mismo. Frente a quienes ponen en duda la posibilidad de vivirlo podemos afirmar, que quien hace de su vida un servicio generoso a Dios y a los hermanos la puede vivir, y hacerlo con alegría. El celibato es un don recibido de Dios, antes que un don hecho a Dios; y como don de Dios lo viviremos tanto mejor, cuanto más cerca vivamos de Dios, origen de todo don. Si Dios es amor, cuanto más amamos, más le pertenecemos y más nos hace propiedad suya.

En la ofrenda de vuestra libertad vais a prometer también obediencia, a mí y a mis sucesores. De los tres consejos evangélicos, éste quizá sea el más difícil. Dar muerte al propio yo, cuesta bastante más que la pobreza y la castidad en el celibato, porque la obediencia no sólo exige sacrificio; exige dar muerte a nuestro ‘ego’. Ahora bien, si la ordenación diaconal os configura con Cristo ‘siervo’, Él es quien tiene que vivir en vosotros. Con Pablo deberéis poder decir: “Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20). La obediencia exige una gran dosis de humildad, de disponibilidad permanente para salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades y de nuestro modo de pensar, para acoger la llamada de Dios en su Iglesia. Y exige también una gran dosis de vida espiritual.

La ofrenda de la oración fervorosa se hace compromiso de celebrar la Liturgia de las Horas, que es oración de la Iglesia por toda la humanidad. Nunca toméis este compromiso como un peso, sino como un modo estupendo de acercar a Dios a los hombres y los hombres a Dios. Un hombre de Dios tiene que tener un corazón según el corazón de Jesucristo, un corazón donde todos tengan cabida. En nombre de todos nuestros hermanos, hemos de dirigirnos a Dios para alabarle, suplicarle, pedirle perdón, fuerza, alivio y paz para cuantos carecen de ella.

La ordenación diaconal os capacita y os llama a ejercer una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad hacia los pobres y necesitados, para los que habéis de tener una especial predilección.

El servicio a la Palabra lo ejerceréis en la proclamación del Evangelio y en la ayuda al Sacerdote en la explicación de la Palabra de Dios. “Convierte en fe viva los que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo y cumple aquello que has enseñado”, os diré al entregaros el Evangelio. Sed con vuestra palabra y con vuestra vida heraldos del Evangelio, administradores de la salvación eterna, profetas de un mundo nuevo, portadores de un mensaje que arroja la luz sobre los problemas del hombre, del mundo y de la historia.

Como servidores de la Eucaristía seréis los primeros colaboradores del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía; considerad siempre como un honor y vivid con profundo gozo y sentido de adoración el ser el servidores del ‘misterio de la fe’ y del ‘sacramento del amor’ para alimento de fieles. Podréis también administrar solemnemente el bautismo, reservar y repartir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, administrar los sacramentales y presidir el rito de los funerales y de la sepultura.

A vosotros se os confía, de modo particular, el ministerio de la caridad. La comunión con Cristo en la Eucaristía, de que sois servidores, os ha de llevar a la comunión con los hermanos, con el Obispo y con la Iglesia. La atención a los hermanos en sus necesidades, penas y sufrimientos serán vuestros signos distintivos como diáconos del Señor. Sed compasivos, caritativos, solidarios, acogedores y benignos con todos ellos.

Tomados de entre los hombres vais a ser consagrados a Dios para el servicio de los hombres. La consagración la recibís para siempre, pero debéis renovarla cada día. Dada nuestra fragilidad hemos de convertirnos día a día; cada día hemos de renovar el don del Espíritu mediante la entrega, la fidelidad y el amor verdadero en el servicio generoso. A partir de hoy ya no os pertenecéis a vosotros mismos: pertenecéis al Señor, a su Iglesia y, en ellos, a los demás. Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre vosotros, con el fin de que os “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpláis fielmente la obra del ministerio”.

¡Que Maria, la Virgen de la Cueva Santa, la esclava del Señor, con su omnipotencia suplicante obtenga para vosotros una nueva efusión del Espíritu Santo a fin de que la fuerza que recibís permanezca siempre en vosotros con la frescura de este día”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón