LXX Aniversario del tránsito del Venerable P. Luis Amigó

HOMILÍA EN LA EUCARISTÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS
EN EL LXX ANIVERSARIO DEL TRÁNSITO DEL VENERABLE P. LUIS AMIGÓ

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Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 1 de octubre de 2009

(Ne 8,1-4.5-6.7-12; Sal 18; Lc 10,1-12)

 

Hermanos y hermanas, amados todos en el Señor.

Saludo con afecto al Ilmo. Cabildo Catedral, a los Sres. Párrocos de la Ciudad y sacerdotes concelebrantes; a la Hna. Provincial y a las Hnas. Terciarias Capuchinas de las Comunidades de Segorbe, Altura, Nules, Benaguacil, Valencia, Masamagrell y Rocafort. Saludo también a la Sra. Presidenta y Junta Directiva de la Asociación ‘P. Luis Amigó’. Expreso mi respeto y agradecimiento por su presencia al Sr. Alcalde de Segorbe y a la Sra. Concejal.

El Señor nos ha convocado y reunido esta tarde aquí en la S.I. Catedral Basílica de Segorbe para celebrar esta Eucaristía de acción de gracias a Dios en el tránsito del P. Luis Amigó a la casa de del Padre. Hoy hace exactamente 75 años –el 1 de octubre de 1934- el P. Amigó, padre de la familia amigoniana e insigne predecesor mío en esta sede episcopal entregaba su alma a Dios.

Al celebrar el 75 Aniversario de su partida a la casa del Padre, damos a gracias a Dios por tantos dones recibidos a través del P. Luis Amigó: por su persona, por el carisma que impregnó toda su vida y la de la familia amigoniana, por su obra, por vuestras Congregaciones femenina y masculina y por la familia amigoniana, por el ministerio episcopal tan rico en obras y magisterio de éste ‘zagal’ del buen Pastor, como él gustaba decir sobre sí mismo.

Este valenciano de origen (Masamagrell, 1854), nacido en una familia muy religiosa y educado en la fe cristiana, dio tempranas muestras de profunda sensibilidad hacia los marginados de su entorno. En los hospitales compartía con los enfermos su salud y su alegría, y les atendía en sus necesidades. En las barracas, alquerías y casas aisladas de la huerta valenciana hacía partícipe a sus habitantes y en particular a los niños y jóvenes de su saber y de su sentir. Y, sobre todo, se acercaba a las cárceles para consolar e instruir a los allí recluidos, ganando poco a poco la confianza de aquellas personas y cautivando progresivamente su corazón.

Siguiendo la llamada del Señor, Luis Amigó tomó el hábito de franciscano capuchino, siendo ordenado sacerdote en 1879. Francisco de Asís le ayudó a entender y seguir con radicalidad el mensaje evangélico, y a entender y vivir el sacerdocio como consagración de Dios y a Dios y como vocación de entrega y servicio. Ser sacerdote significa ser servidor de la Palabra, de la Eucaristía y guía de la comunidad en nombre y representación del Buen Pastor; ser sacerdote implica vivir para los demás y desvivirse por sus problemas, y ser libre en el amor para amar más libre y universalmente a todos. Luis Amigó vivió desde el primer momento su sacerdocio como un verdadero servicio a los demás y, particularmente, a los niños y huérfanos, a los jóvenes, al mundo de la marginación y de los encarcelados. Todo ello lo hizo con la pedagogía de Francisco de Asís, entretejida de acogida cariñosa, de trato afable y llano, y de una gran comprensión y misericordia.

De nuevo en su tierra natal, en Masamagrell, reorganizó la Tercera Orden Franciscana Seglar en los pueblos de la comarca. A las mujeres, las comprometió con el cuidado de enfermos, atención a los pobres, y alfabetización de niños necesitados. A los hombres los orientó también al trabajo de voluntariado dentro de las cárceles. Y como fruto granado de todo ese intenso trabajo nacieron las dos congregaciones religiosas que él fundó. Primero, -el 11 de mayo de 1885- la Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, a las asignó como principales campos de compromiso la atención de enfermos, la enseñanza de niñas y jóvenes y, particularmente, el cuidado de los huérfanos.  Posteriormente -el 12 de abril de 1889-, fundó la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, cuyos miembros son conocidos hoy en día como los amigonianos. A éstos los orientó -en 1890- a la labor de educar integralmente a los niños y jóvenes en conflicto. Y este mismo quehacer se lo confiaría también con el tiempo a sus Terciarias Capuchinas.

En 1907 cuando contaba 52 años de edad, fue nombrado obispo. Él, que había vivido su sacerdocio siendo cercano a los hombres y, en particular, a los más necesitados, quiso vivir su episcopado como entrega generosa, plena y total al amor. Su intención quedó recogida en la leyenda que escogió para su escudo: doy la vida por mis ovejas. Fue obispo, primero de Solsona (1907-1913) y, posteriormente, de Segorbe (1913-1934). En ambas diócesis su porción predilecta fueron los jóvenes, la gente sencilla y trabajadora, y los marginados de la sociedad. Sencillo y humilde, como buen fraile franciscano y capuchino, suscitó la admiración de cuantos le trataron, pequeños y grandes. Continuó ocupándose, con entrañas de misericordia, del mundo de la marginación. Defendió repetidamente los valores evangélicos de la justicia social y avivó la conciencia de la gente sobre la importancia de la educación cristiana de la juventud y, en particular, de la desviada del camino de la verdad y del bien. Y compartió con todos, a través de sus escritos, la sabiduría vital que encerraba su ser y que tenía como verdadero centro y quicio el amor.

A los 79 años de edad, el 1 de octubre de 1934, entregaba su alma a Dios. Lo que más llamó la atención de quienes le trataron en sus últimos años fue la serenidad que respiraba su ser y que transmitía, como por ósmosis, a quienes se le acercaban.

Esta efeméride de su tránsito es, para toda la familia amigoniana, a la vez que recuerdo agradecido del P. Luis Amigó, una fuerte invitación a la renovación desde el carisma de vuestro Fundador y Padre. Así lo habéis vivido en el Año jubilar proclamado por este motivo y que hoy clausuramos en nuestra Diócesis.

Nuestro mundo sigue perturbado en el fondo por los mismos fenómenos que le tocó vivir al P. Luis Amigó. El hombre pierde con frecuencia el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio del amor y la misericordia de Dios. A la luz de las lecturas de la Palabra de Dios podemos decir que Dios no se cansa de invitarnos siempre a la renovación y a la conversión.  Y lo hace con las entrañas propias de un Padre que nos ama.  “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” (Sal 33, 9). A pesar de nuestras infidelidades, Dios nunca nos rechaza y menos aún nos abandona, como ocurrió con el Pueblo de Israel. Así lo recordábamos en la primera lectura de este día: Dios no se complace en destruir; sus entrañas se estremecen. Dios espera que volvamos a él, él espera ante todo nuestra restauración interior en la escucha y acogida de su palabra.

Si en lo más profundo de nuestra vida estamos convencidos de que Dios es el verdadero Amor, de que nos ama, de que esta nuestra verdad y nuestro bien, veremos que todo cambia a nuestro alrededor. Seremos capaces de sonreír y consolar hasta en los momentos más difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios. Nada sucede ‘por casualidad’.  Hemos creído en el amor de Dios que produce una visión nueva de las personas, de las cosas y de las circunstancias. Si Dios se nos ha revelado como Padre, nos descubriremos como hijos. Es decir, veremos a los demás como hermanos. Dios creó al hermano como don para nosotros y nos creó a nosotros como don para el hermano.

En el centro de toda evangelización, de toda obra eclesial, de toda vida cristiana y consagrada está la fuerza del Dios que nos ama y de Cristo que ha venido por nosotros. “Si la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto que su Hijo se ha encarnado por nosotros” (Sínodo de los Obispos Europeos, Relación final, 1991).

Esta riqueza de Cristo es la que nos toca vivir y predicar de palabra. “Poneos en camino” nos dice el Señor en el Evangelio de hoy.  Ahora que –como entonces- no podemos sostenernos en el aplauso social y constatamos mayor pobreza de vocaciones; que nos encontramos perplejos ante tantas cosas que cambian y no sabemos cómo orientarnos, es la hora de una elección más honda por Jesucristo para vivir “arraigados y fundamentados en el amor” (Ef 3, 17-19). Sin este arraigo en el amor gratuito de Dios no podemos imaginar un servicio eficaz en la historia, sea en la educación o servicio de las personas, sea en la transformación de las personas o de la sociedad según Dios. El Verbo de Dios, en la gratuidad, ha asumido la humanidad en todo, excepto en el pecado, para poder transformarla así desde dentro (cf.  EN 16). Somos hijos de tal gratuidad del amor divino.  Puede amar verdaderamente sólo el que tiene experiencia de ser amado.

El gran problema del ser humano, en la actualidad, es que le falta esta fe. Se fía de sí mismo más que de Dios. Y este ‘secularismo’ se puede infiltrar también en nosotros, hombres y mujeres creyentes y consagrados, si nos dejamos llevar por el racionalismo seco y frío de un humanismo inmanentista más que por la sencilla adhesión generosa a la acción de Dios que nos susurra su amor y su entrega salvadora. Sólo quien sabe desarrollar la entrega generosa y gratuita en cada momento a la amorosa cercanía de Dios puede ser prolífero espiritual y humanamente.

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación. Ahora bien, no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado al ser humano. Y la muestra más fehaciente de su amor está en la Cruz. Comprender la Cruz de Cristo es entender la grandeza del amor porque nadie tiene mayor amor sino aquel que da la vida por los demás.  Es el gran misterio y por otra parte la gran verdad. La evangelización es el anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Desde este Dios que es amor estamos todos a una profunda renovación espiritual. Y lo estáis de modo especial la familia amigoniana. Porque para vosotras, queridas hermanas terciarias capuchinas, se trata de volver en fidelidad renovada a vuestros orígenes para reavivar el carisma fundacional viviendo en todo momento con radicalidad vuestra entrega consagrada al Señor. El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al amor de Dios para ser, como vuestro Padre Fundador autenticos instrumentos de la misericordia de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea entrega sin reservas a Él y, en él, a los hermanos. Esta es la sustancia de la vida consagrada. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez para que vuestra vocación y vuestra consagración sean fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos entendernos sólo por la tarea que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenernos en la alegría de Cristo, y la misma consagración se desvirtúa y termina perdiendo sentido.

Queridas hermanas: Vivid en todo, como vuestro Padre, la comunión eclesial, congregacional y comunitaria. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión de la Iglesia: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía, sacramento de caridad, fuente de nuestra comunión y de nuestra misión. Permaneced fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestro Fundador.

Querida familia amigoniana: ¡Que sobre un mundo que llora y sufre, sigáis derramando la misericordia de Dios! ¡Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude a seguir en el carisma del P. Amigó al servicio de la renovación espiritual de nuestro mundo! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Inauguración de la Adoración Eucarística Perpetua en Nules

Iglesia Parroquial de Nules, 24 de septiembre de 2009

 (Ex 24, 3-8; Sal 115; Heb 9, 11-15; Mc 14, 12-16. 22-26)

 

Muy amados hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor nos convoca esta tarde para inaugurar la Adoración Eucarística Perpetua en esta vuestra Parroquia de San Bartolomé y San Jaime de Nules. A partir de ahora, la Capilla de la Adoración de esta iglesia parroquial quedará abierta día y noche y todos los días del año para la adoración continuada de la Eucaristía. La Capilla estará abierta no sólo para los adoradores sino también para los niños y los adolescentes, los jóvenes y los adultos, y -¡cómo no!- también para aquellos que en búsqueda de la felicidad hacen de la noche día. Aquí, en el Señor, podemos encontrar lo que tantas veces buscamos en fuentes contagiadas y efímeras. Por ello cantemos con el salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 115, 12). Sí: La Adoración Eucarística Perpetua que inauguramos es un gran don de Dios a esta parroquia, a nuestra Iglesia diocesana, a toda la Iglesia, a nuestra sociedad. Demos gracias a Dios por este nuevo gran don suyo, hecho posible gracias a los muchos adoradores que os habéis comprometido a ofrecer una hora semanal para la adoración eucarística.

Acabamos de proclamar las palabras de Jesús en la última cena: “Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: – ‘Tomad, esto es mi cuerpo’. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: – ‘Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios” (Mc 14, 22-26). “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19), les dirá también, de modo que cada vez que aquellos, a quienes Jesús se lo encomienda y sus sucesores, pronuncien las palabras de Jesús, el pan se convierte en su cuerpo entregado y el vino en su sangre derramada

En la Eucaristía está Jesucristo, Dios y hombre verdadero; es más: la Eucaristía es Jesucristo mismo. En palabras del Concilio de Trento, “en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles” (Dz 874/1636). En la Eucaristía está Dios mismo que sale a nuestro encuentro, que nos llama y nos espera, que se nos ofrece en comida para unirse con nosotros, que pide y merece nuestra adoración.

La adoración eucarística no es puro sentimiento vacío ni intimismo espiritual, sino expresión viva y vivida de la fe en el ‘misterio de la fe’, en la presencia real y permanente del Señor en la Eucaristía. Existe un lazo intrínseco entre la celebración de la Eucaristía, la comunión y la adoración, nos ha recordado Benedicto XVI, que cita la enseñanza de san Agustín: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla …,  pecaríamos si no la adoráramos” (Exhortación Ap. Sacramentum Caritatis, n. 66). Jesús se queda en la Eucaristía no sólo para ser llevado a los enfermos, sino para estar y hablar con nosotros, para seguir derramando su amor y su vida. La Eucaristía contiene de un modo estable y admirable al mismo Dios, al Autor de la gracia, de la vida y de la salvación. El Costado abierto de Jesús es un manantial inagotable de amor, del amor de Dios.

Sí, hermanos adoradores: En la Eucaristía es está real y permanentemente presente el Señor. En ella, Dios nos comunica su gracia, como en el resto de los sacramentos; pero además –y esto es lo distintivo de la Eucaristía- encierra de un modo estable y admirable al mismo Autor de la gracia. “Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad”, decía Pío XII en su Encíclica Mediator Dei, n. 164.

Para llevar a cabo y promover rectamente nuestra piedad hacia el santísimo sacramento de la Eucaristía hemos de “considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración de la Misa, como en el culto a las sagradas especies” (Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la misa, de 21.06.1973, Introducción n. 4). El Siervo de Dios, Juan Pablo II, nos lo recordó con toda claridad: “No es lícito ni en el pensamiento, ni en la vida, ni en la acción quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia” (Encíclica, Redemptor hominis de 4.03.1979, n. 20).

Por ello cuando veneramos a Cristo presente en el Sacramento, recordamos que esta presencia proviene del Sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual (cf. Ritual, n. 80). El Cuerpo de Cristo expuesto en la custodia es el mismo cuerpo ofrecido por nosotros y por todos los hombres en el sacrificio de la redención: el mismo cuerpo que ahora está resucitado y glorioso.

Por ello nuestra adoración eucarística siempre ha de ordenarse a la comunión sacramental y espiritual con el Señor (Ritual, n. 80); como sacramento, la Eucaristía está orientada hacia la comunión; es su meta natural. Las mismas palabras, que Cristo pronuncia en la institución de la Eucaristía y que el sacerdote repite en su nombre en la consagración, lo dan a entender: “Tomad y comed; esto es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Y en el sagrario, como en la Misa, Cristo sigue siendo “el Pan vivo bajado del cielo”. En la celebración de la Eucaristía y en el Tabernáculo, Cristo está dándose, está entregándose como Pan vivo que el Padre celestial da a los hombres. Y a Él sólo podemos recibirlo en la fe y en el amor. Así es como, ante el sagrario, nos unimos a Él en comunión espiritual. En la adoración eucarística, Él sigue entregándose a nosotros y nosotros hemos de entregamos a Él. Y en la medida en que nos damos a Él, nos damos también a los hermanos. “En la sagrada Eucaristía –nos recuerda el Concilio Vaticano II- se contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo, nuestra Pascua y Pan vivo, que, mediante su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitándolos así y estimulándolos a ofrecer sus trabajos, la creación entera y a sí mismos en unión con él” (Decreto Presbiterorum ordinis, n. 5).

Nuestra adoración eucarística ha de tener siempre forma de comunión espiritual, del deseo de unirnos al Señor; en ella hemos de prolongar por medio de la oración ante Cristo, el Señor, presente en el Sacramento, la unión con Él, obtenida en la Comunión, y renovar la alianza que nos impulsa a mantener en las costumbres y en la vida lo que hemos recibido en la celebración eucarística por la fe y el Sacramento (cf. Ritual, n. 81).

Correctamente entendida y vivida, la adoración eucarística marcará y configurará nuestro espíritu y nuestro compromiso cotidiano. Hará de nuestra vida una existencia eucarística. La verdadera adoración eucarística nos lleva a participar más plenamente en el Misterio pascual y a responder con agradecimiento al don de Aquel que, por medio de su humanidad, infunde continuamente la vida en los miembros de su Cuerpo. Ofreciendo con Cristo toda nuestra vida al Padre en el Espíritu Santo sacaremos de este trato admirable un aumento de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Así nos dispondremos debidamente a celebrar con verdadera devoción el Memorial del Señor y a recibir con frecuencia el Pan que nos ha dado el Padre (cf. Ritual, n. 80).

Toda la vida ordinaria del adorador debe estar sellada por el espíritu de la Eucaristía, ha de estar marcada por el intento de ser una existencia eucarística. Los adoradores han de procurar “que su vida discurra con alegría en la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la muerte y resurrección del Señor. Así, cada uno procure hacer buenas obras, agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano, y también proponiéndose llegar a ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana” (Ritual, n. 81; Dominicæ Coenæ, n. 7; Sacramentum caritatis, nn. 70-71).

La adoración de la Eucaristía pide hacer de nuestra vida “una ofrenda permanente”, es decir ofrecer “con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo” (Ritual, 80).

El Evangelio nos narra una y otra vez cómo quienes se acercan a Cristo, reconociéndole como el Salvador de los hombres, se postran primero ante Él en adoración y, desde una humilde actitud, le piden gracias para sí mismos o para los demás. Acercándose a Jesús la mujer cananea –refiere Mateo-, se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame! (cf. Mt 15,25). Y obtuvo la gracia pedida.

En la adoración eucarística tenemos la dicha de disfrutar de la cercanía del Señor, y de un trato íntimo con Él. Es éste uno de los aspectos más preciosos de la adoración eucarística, uno de los más acentuados por los santos y los maestros espirituales, que citan las palabras del Apocalipsis: “mira que estoy a la puerta y llamo -dice el Señor-; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

Permaneciendo con absoluta fe y confianza ante Cristo, el Señor y Salvador, presente en la Eucaristía disfrutamos de su trato íntimo, le abrimos el corazón por nosotros mismos y por todos los nuestros, por nuestra Iglesia, por nuestro pueblo, por las vocaciones. En la presencia real del Señor de la gloria, le confiamos nuestras peticiones, sabiendo con  certeza que “tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1 Jn 2,1-2).

Jesús Eucaristía es Jesús el Mediador. “Hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a Sí mismo como rescate por todos” (1 Tim 2,5-6). Su Sacerdocio es eterno, y por eso “es perfecto su poder de salvar a los que por Él se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por ellos” (Heb 7, 24-25)

La secularización, es decir, la pérdida del sentido de Dios y la disminución o la pérdida de la esperanza en la vida eterna, es sin duda la tentación principal del hombre actual; y también de los cristianos. Sí; al hombre y mujer de hoy les cuesta adorar. Por eso precisamente “la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico” (Dominicæ Cenæ, n. 3), porque ésa es, sin duda, la devoción que con más fuerza levanta el corazón de los fieles hacia Dios a través de su Hijo, presente en el sacramento eucarístico, y hacia la patria celestial definitiva.

La animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de la auténtica renovación que el Concilio Vaticano II quería y de la que el mismo es el punto central. Porque la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas y los pecados del mundo. ¡Que no cese nunca nuestra adoración! Con un poco del tiempo de cada uno de los adoradores ofrecéis un gran servicio al hombre de hoy, a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad. También el hombre de hoy, insatisfecho de lo temporal, sigue buscando poder saciar su sed de eternidad. Creyentes y no creyentes podrán encontrar un remanso donde descansar “el corazón humano que esta inquieto hasta que descanse en Ti”, decía San Agustin.

Adoremos, pues, al mismo Cristo, presente en la Eucaristía, ‘el misterio de nuestra fe’. Adorémosle de todo corazón. Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. ¡Que la adoración eucarística fuera de la Misa sea preparación y prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la Eucaristía!

Hagamos nuestras las palabras del canto: “Dios está aquí. Venid adoradores, adoremos al Señor”. Permaneciendo ante el Señor en adoración y contemplación dejémonos empapar y modelar por su amor, abrámosle nuestro corazón por nosotros mismos y por todos los nuestros. Pidámosle por nuestra Iglesia, por su unidad, su vida y su misión, por la santificación de los sacerdotes y por nuevas vocaciones al sacerdocio. Pidámosle por la paz, por la justicia y por la salvación del mundo.

¡Quiera el Dios que la adoración eucarística se extienda cada día más en nuestra Iglesia Diocesana! La Eucaristía es su centro, su fuente y su cima. La Eucaristía es lo que hace la Iglesia. Solamente una Iglesia que adore al Señor, que tenga verdaderamente adoradores, será una Iglesia con vida, capaz de ofrecer a Dios a este mundo tan necesitado de Dios. Sin Dios no hay posibilidad de edificar una humanidad con cimientos sólidos.

¡Pido a Dios que la Adoración Eucarística Perpetua se extienda a otras parroquias, y que dediquemos espacios y tiempos a la adoración al Santísimo!

¡Que María, la Virgen, la ‘mujer eucarística’, os enseñe a todos los adoradores y adoradoras a adorar en ‘espíritu y verdad’ y os aliente para perseverar en esta obra, que hoy comenzáis con gran alegría y disponibilidad! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

50º Aniversario de la Parroquia del Carmen de Burriana

HOMILIA EN EL CINCUENTENARIO DE LA

PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

DEL PUERTO DE BURRIANA

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16 de julio de 2009

(Za 2,14-17; Sal Lc 1,46-55; Mt 12,46-50)

 

Hoy, coincidiendo con la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, Titular y Patrona de esta vuestra Parroquia, celebramos el 50º Aniversario de su creación. Las palabras del profeta Zacarías nos invitan esta mañana a congratularnos con todos vosotros: ‘Alégrate y goza, hija de Sión (alégrate y goza parroquia del Carmen del Grao de Burriana) que yo vengo a habitar dentro de tí. (Za 2, 14).

Desde que el 4 de julio del año del Señor de 1959 comenzara su andadura, vuestra parroquia de Nuestra Señora del Carmen ha sido presencia palpable del amor de Dios para los hombres y mujeres de este barrio del puerto de Burriana; vuestra comunidad ha sido la Iglesia de Dios que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas (cf. ChL 26). Alentada por la fuerza del Espíritu Santo, en estos años ha ido creciendo y madurando como comunidad de fe, de esperanza y de caridad. Vuestra comunidad parroquial está de enhorabuena; y nuestra Iglesia diocesana, de la que ella es una célula viva, se alegra con vosotros al celebrar con gozo estos cincuenta años de rica existencia. En ella y a través de ella, muchos han sido quienes han recibido la fe cristiana, han sido engendrados a la vida de los hijos Dios, han sido incorporados a Cristo y a la comunidad de la Iglesia por el Bautismo; muchos han sido también quienes en ella y por medio de ella han conocido a Jesús y su Evangelio, se han encontrado con Él y han madurado en la fe mediante la escucha y la acogida de la Palabra de Dios y han alimentado su vida cristiana en la oración y en los sacramentos; otros muchos han descubierto y seguido aquí el camino de su vocación cristiana, han encontrado en ella fuerza para la misión y el testimonio de fe, personal o asociado, motivos para la esperanza, consuelo en la aflicción y ayuda en la necesidad.

Nuestro gozo y nuestra alegría se hacen en esta mañana oración de alabanza y de acción de gracias. De las manos de María la Virgen del Carmen, Madre de la Iglesia, bajo cuyo patrocino vive y camina vuestra comunidad parroquial, nuestra mirada se dirige a Dios. Con María le cantamos: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. … porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46-47, 49). Sin El, sin su permanente presencia amorosa, nada hubiera sido posible. Al Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, alabamos y damos gracias.

Le damos gracias por todos los dones recibidos a lo largo de estos años. Gracias le damos por vuestra comunidad parroquial y por cuantos la han formado en el pasado y la integráis en el presente; por la entrega generosa de todos los sacerdotes que la han pastoreado y servido. Con corazón agradecido recordamos especialmente a sus párrocos: Mn. Elías Milián Albalat, en el inicio y puesta en marcha, Mn. Vicente Adrià, después, Mn. Luis María Roca Meliá, que la regentó por más de 40 años, Mn. Amado Segarra, Mn. Vicente Borja y Mn. Antonio Losas, en la actualidad. Y ¿cómo no dar gracias al Señor por todos los que han colaborado activa y generosamente en la vida litúrgica, en la catequesis, en el trabajo pastoral con los niños, los adolescentes y los jóvenes, con los matrimonios y las familias, con los pescadores, con los pobres, los marginados y los enfermos? Gracias, Señor, también por todos aquellos que de un modo callado y sin notoriedad, han contribuido a la vida de esta comunidad mediante su oración fervorosa, su vida y obras de santidad, el ofrecimiento de su dolor o su contribución económica.

Sí; el trabajo realizado ha sido mucho; pero en la evangelización siempre queda por hacer. Sé de vuestro empeño y muy en especial del de vuestro párroco por consolidar los grupos de catequesis o de regularizar la formación de adultos; conozco, comparto y apoyo vuestro anhelo de un nuevo templo. ¿Cómo afrontar el futuro, queridos hermanos, en vuestra sencillez y a pesar de la precariedad del templo y de las instalaciones parroquiales, que esperamos que pronto queden solucionadas? Como Iglesia hemos de caminar siempre desde la fe, con esperanza y en la caridad, sabiendo que el Señor Jesús está por su Espíritu siempre en medio de nosotros, y cooperando todos para que esta vuestra comunidad sea viva y evangelizadora hacia adentro –en sus miembros, muchos de ellos alejados- y en el barrio.

Anclada en el seno de la Iglesia diocesana y abierta a la Iglesia universal, la comunidad parroquial de Nuestra Señora del Carmen es y está llamada a ser ámbito de comunión y de misión; de comunión con Dios y, desde él, con los hermanos; y de misión para que Cristo y su Evangelio salvador llegue a todos. Formada por piedras vivas, cuya piedra angular es Cristo, vuestra comunidad parroquial está llamada a ser en el barrio signo de la presencia amorosa de Dios, ámbito donde Dios sale al encuentro de los hombres, para comunicarles su vida de amor que crean lazos de comunión fraterna entre ellos. Es Dios Padre quien, habitando entre los suyos y en su corazón, hace de ellos su santuario vivo por la acción del Espíritu Santo.

Acercaos a Él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y apreciada por Dios. Disponeos como piedras vivientes a ser edificados en casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo’ (1 Pt 2, 5), nos exhorta San Pedro. Vuestra parroquia será viva en la medida en que todos vosotros, sus miembros, viváis fundamentados y ensamblados en Cristo, piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por vosotros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de amor y de vida con Dios y comunión fraterna con los hermanos.

En esta parroquia, -Iglesia en el barrio-, el Espíritu actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella ofrece a todos: la Palabra de Dios, los sacramentos y la caridad.

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón bien dispuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida. La Palabra de Dios es luz, que os iluminará en el camino de vuestra existencia, que os fortalecerá, nos consolará y nos unirá. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis y la formación que se imparte en los distintos grupos no sólo deben conduciros a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas; os han de llevar y ayudar a todos y a cada uno a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial.

Seguir a Jesucristo os impulsará a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia. Porque la Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con fe y con docilidad, ha de ser puesta en práctica. “El que cumple la voluntad de mi Padre en el Cielo, ese es mi hermano, y mi hermana y mi madre” (Mt12, 50). La Palabra de Dios hace posible, por la acción del Espíritu, hombres nuevos con valentía y entrega generosa.

En la comunidad parroquial, Dios se nos da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea, se acrecienta o se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es el centro de la vida de todo cristiano, el centro y el corazón de toda la vida de la comunidad parroquial. Toda parroquia ha de estar centrada en la Eucaristía  Además “la Eucaristía da al cristiano más fuerza para vivir las exigencias del evangelio…” (Juan Pablo II). Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil, es imposible permanecer fiel en la vida cristiana. Como un peregrino necesita la comida para resistir hasta la meta, de la misma forma quien pretenda ser cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía os llevará necesariamente a vivir la fraternidad, os llevará a practicar la solidaridad, os remitirá a la misión, os impulsará a la transformación del mundo. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en la Parroquia. Ellos han de ser atendidos con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo. Ellos, su vez, os evangelizarán, os ayudarán a descubrir a Cristo Jesús.

La celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre Dios “rico en misericordia” (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para la misión, nos empuja a ser testigos de su amor, testigos del perdón y de la reconciliación.

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Y en nuestra época, si queréis vivir como cristianos, si queréis superar los miedos a serlo y confesarlo ante los ataques constantes, si queréis ser evangelizadores auténticos no podréis hacerlo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos. Un creyente que no se confiesa con cierta frecuencia y no participa en la Misa dominical, termina en poco tiempo apartándose de Cristo y se convierte en un cristiano amorfo. Su fe se esfuma, deja de tener consistencia.

Regenerados por la Palabra y los Sacramentos os convertiréis en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que forma una unidad social de vida entroncada en Cristo y que se llama comunidad cristiana. Es decir: una comunidad que acoge y vive a Cristo y su Evangelio; una comunidad que proclama y celebra la alianza amorosa de Dios; una comunidad que aprende y ayuda a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ora y ayuda a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sienten y son corresponsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más descristianizada; una comunidad que es fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz.

Al celebrar el 50º Aniversario de vuestra parroquia miramos, rezamos y contemplamos a la Virgen del Carmen, vuestra Patrona. Como los marineros de antaño, que leían las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano, así la Virgen del Carmen como estrella del mar nos guía y nos protege por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. María es la Madre de Dios; ella nos da, nos muestra y nos quiere llevar a su Hijo, el Hijo de Dios, el Salvador. Ella desea que nuestro amor hacia su persona sea ante todo el camino para nuestro encuentro con Cristo Jesús y para nuestra renovación cristiana. María es el arca de la nueva Alianza, el templo vivo, la Hija de Sión, lugar de presencia singular entre los hombres de Aquel que la ha creado. Por medio de María, el Hijo de Dios, el Mesías y Salvador, viene a visitar y a redimir a su pueblo, a iluminarlo y dirigir sus pasos por el camino de la paz (Lc 1, 68,79).

 María es nuestra madre espiritual porque nos da a Cristo, el Hijo de Dios, fuente de vida y salvación; ella orienta nuestra mirada hacia su Hijo: ella nos muestra y nos lleva a su Hijo, ella nos lleva a Dios. Jesús nos invita a acogerla “en nuestra casa”: es decir, en nosotros mismos, en nuestras familias, en nuestra sociedad. María es nuestra madre, y no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5). ¡Cuánto necesitamos los cristianos escuchar estas palabras de María y, con ella, descubrir y vivir con alegría que Dios nos ama, y nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales!

Como María, el verdadero cristiano se sabe elegido por Dios y llamado por Jesús para seguirle. El cristiano es escogido para ser enviado, para ser su portavoz y testigo. No permanece cómodamente donde siempre sino que, como Jesús, se pone en camino al encuentro de las gentes que salen al paso para anunciar a Jesucristo y su Evangelio. Como el mismo Cristo, la Iglesia y cristiano resultarán molestos en muchos casos, porque sacuden a la gente de su letargo y acaban siendo incómodos. Interpelan, porque denuncian el pecado, la mentira, la injusticia, una vida al margen de Dios; porque piden el cambio de la conversión; y ésta encuentra siempre resistencia. La Verdad de Dios, manifestada en Cristo, molesta en un mundo que quiere vivir de espaldas a Dios. Y sin embargo la Verdad nos hace libres. El discípulo y apóstol de Jesucristo no se echa atrás, sino que persevera en la  misión recibida, a pesar de la dificultad. La Buena Noticia ha de llegar a todos. Pide temple de hombres fuertes, convencidos. El Reino de Dios no quiere hacerse sitio a la fuerza, pero se impone por su propia  fuerza.

Al celebrar hoy la fiesta de la Virgen del Carmen, acojamos al Hijo que ella nos muestra en sus brazos, encontrémonos con Él, hagamos de Cristo el centro de nuestra fe y de nuestra vida, personal y comunitaria. Atraídos por María, vayamos al encuentro con su Hijo en la oración desde la escucha atenta de su Palabra, en los Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía en la comunidad cristiana en el Domingo, día del Señor Resucitado.

Por intercesión de María, la Virgen del Carmen, pidamos hoy una vez más por todos nosotros, por nuestras familias, por las gentes del mar, por nuestro Barrio y por nuestra Ciudad. De manos de María acojamos a Cristo Jesús, que se nos da en comida una vez en esta Eucaristía. ¡Que unidos a El en la comunión seamos como María testigos suyos en el mundo, instrumentos de unidad, artífices de la paz y fermento de esperanza!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad del Corpus Christi

Con gran gozo celebramos hoy la solemnidad del “Corpus Christi”. Especialmente contentos están estos niños y niñas, que han recibido la Eucaristía por primera vez este año. ¿Por qué estáis contentos vosotros, los pequeños, y nosotros, los mayores y vuestros padres nos alegramos con vosotros? No sólo porque estéis esta tarde aquí, vestidos con el traje de la primera comunión, para ir en la procesión arrojando pétalos de flores al paso de la Custodia. El motivo de nuestra alegría es que hoy celebramos de una forma especial y solemne, que Jesús está de verdad en la Sagrada Forma, en la Eucaristía.

Mirad: cuando hoy diga “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. “Tomad y bebed esta es mi sangre, sangre de la nueva Alianza, derramada por todos”, repetiré las mismas palabras, que Jesús dijo en la última Cena cumpliendo el encargo el mismo Jesús hizo a los Apóstoles: “Haced esto en conmemoración mía”. Y lo mismo que ocurrió entonces, sucederá hoy: el pan y el vino se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cuando después, os dé a comulgar la sagrada Forma, os daré el Cuerpo de Jesús. Y más tarde cuando exponga la Forma en la Custodia  para la procesión, ahí está Jesús mismo, al que llevaremos por las calles. Cuando guarde las formas sobrantes en el Sagrario, Jesús sigue estando ahí. En la Sagrada Forma, Jesús se queda presente entre nosotros a fin de que ante el Sagrario podamos hablar con Él. Así lo creemos; y hoy en la procesión se lo queremos decir a todos.

Pero hay todavía más. En la Sagrada Forma encontramos la señal más clara, más fuerte y permanente de que Dios nos ama a todos. En la Eucaristía descubrimos la verdadera cara de Dios: Dios es amor, nos dice el evangelista San Juan, y además ama a todos los hombres en desmesura, es decir de un modo que no nos podemos imaginar; nos ama muchísimo más incluso que nuestros propios padres. Tal es el amor que Dios nos tiene, que entregó a su propio Hijo, a Jesús, hasta la muerte en la Cruz, “por todos nosotros”: para perdonar nuestras faltas y pecados, para darnos su amor y su vida; y el mismo Jesús, porque nos ama con el mismo amor que Dios nos tiene, entregó su vida en la Cruz para mostrarnos y darnos el amor de Dios. ¿Hay un amor más grande que dar la vida por otro?

Pues bien, para que nos quedara una señal bien clara y para siempre de ese amor tan grande que nos tiene, Jesús la noche antes de morir en la Cruz se reúne con sus amigos para celebrar la cena de pascua de los judíos. Y adelantando lo que iba a suceder al día siguiente, toma pan y vino, y dice a sus amigos, que el pan es su cuerpo que va a entregar por todos y el vino es la sangre que va a derramar por los pecados de todos, al día siguiente en la Cruz. Pero todo esto no es pasajero. En la Cruz, Dios hace una alianza de amor, un pacto nuevo y para siempre, con todos los hombres en Jesús. Ya no puede cambiarse; Dios sella una amistad eterna con la humanidad, con todos hombres. Jesús, hombre como nosotros, se ofrece al Padre por todos nosotros, y el Padre Dios lo acepta y le resucita. Los pecados de toda la humanidad son redimidos, Dios reconcilia a los hombres, les devuelve su amor. En cada Misa, hacemos actual lo que ocurrió en la Cruz y en la Resurrección, para que el perdón y el amor de Dios alcancen a todos. La alianza con Dios por mediación de Jesucristo se renueva en cada Misa.

En la Eucaristía, Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total por amor en la Cruz. El mismo se nos ofrece como la comida y la bebida que da el amor y la vida de Dios. “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. “Tomad y bebed esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos” nos dice.

Por ello la Eucaristía es tan importante para la Iglesia y para cada cristiano, para todos y cada uno de nosotros; es, por así decirlo, el centro de nuestra vida. Así nos lo recordó nuestro querido Papa, Juan Pablo II: “ Sin la participación plena en la Eucaristía, la vida del cristiano languidece, se apaga y muere. En ella, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve, y sobre todo, nos da su amor, hasta el extremo de ser Él mismo quien se nos da en el pan partido y repartido, y el vino derramado y entregado”

Sería una pena enorme, que vuestra primera comunión, fuera la última; o que sólo de vez en cuando os acercaseis a comulgar. Vosotros niños y los mayores también: Si queremos vivir y crecer como cristianos tenemos que ir a Misa, al menos todos los domingos y fiestas, tenemos que participar con atención y devoción en ella y tenemos que recibir a Jesús comulgando; si no lo hacemos no seremos verdaderos amigos de Jesús, nos olvidaremos de Él y no viviremos como El quiere. No es verdad que se pueda ser buen cristiano, amigo y seguidor de Jesús sin ir a Misa y sin participar en ella comulgando, estando bien dispuestos.

Cuando recibimos a Jesús en la comunión de su Cuerpo, Jesús se une a nosotros, nos da su amor y su vida, que son el amor y la vida de Dios. Si Jesús se une a cada uno de los que comulgamos, todos quedamos unidos en su amor y en su vida. Ambas cosas no se pueden separar. La participación en la Eucaristía crea y recrea los lazos de amor y de fraternidad entre los que comulgan, sin distinción de personas, por encima de las fronteras, de las razas y de las condiciones sociales. Por todo ello, comulgar tiene unas exigencias concretas para nuestra vida cotidiana, tanto de la comunidad eclesial como de cada uno de los cristianos. Cada cristiano que comulga está llamado a ser testigos del amor que Jesús le ha dado, para que llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por eso en el día del Corpus Christi, celebramos el Día de la Caridad, el día del Amor: para que el Amor de Dios llegue a través de nosotros a todos, en especial a todos los excluidos de nuestra sociedad y del mundo entero, para que todos formen parte de la nueva fraternidad creada por el Jesús. Quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan, su dinero y su vida con el que está a su lado, con el que está necesitado no sólo de pan sino también de amor, con los enfermos, los pobres, los mayores abandonados, etc. en nuestras comunidades; y también por los marginados y de excluidos entre nosotros: drogadictos, alcohólicos, indomiciliados, reclusos, emigrantes o parados.

Ante la profunda crisis económica y laboral, que padecemos, Cáritas nos llama con urgencia a rescatar la pobreza, que siempre y antes de nada, tiene rostro humano. Es el rostro de aquellos que en número creciente se quedan sin trabajo, el rostro de quienes se quedan sin el subsidio de desempleo, el rostro de las familias enteras sin trabajo ni subsidio, sin medios para comida, medicina o artículos de higiene, sin posibilidad de pagar el alquiler de la vivienda, los gastos corrientes de luz y agua, sin olvidar las hipotecas.

No olvidemos tampoco la crisis y pobreza de valores morales y espirituales, que están en la base de la crisis económica. No podemos reducir la crisis a su dimensión financiera y económica. Sería un peligroso engaño. Detrás de la crisis financiera hay otras más hondas que la generan. Esta crisis pone en evidencia una profunda quiebra antropológica y una crisis de valores morales.

La dignidad del ser humano es el valor que ha entrado en crisis cuando no es la persona el centro de la vida social, económica y empresarial; cuando el dinero se convierte en fin en sí mismo y no en un medio al servicio de la persona y del desarrollo social. En el origen de la crisis actual hay que como otra sus causas la falta de “transparencia”, de “responsabilidad” y de “confianza”. Se ha perdido la confianza en las grandes instituciones económicas y financieras y en los sistemas que las regulan, debido a la irresponsabilidad y avaricia de algunos, a la vanidosa competitividad, al deseo de aparentar, de tener más que los demás.

En esta situación el amor de Cristo nos apremia a ser testigos de la verdad del hombre, de la fraternidad entre todos y del amor solidario para con todos. Los pobres no nos pueden dejar indiferentes a los cristianos. Nuestras Cáritas, las congregaciones religiosas y las asociaciones de cristianos están desbordadas por la fuerte demanda de ayuda, que crece día a día. El Mandamiento Nuevo del amor nos urge a redoblar nuestro compromiso personal y nuestra generosidad económica. El Señor Jesús nos llama a reconocerle, acogerle y amarle en el hermano necesitado hasta compartir nuestro pan, nuestra vida y nuestra fe con él.

No lo olvidemos: quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo; es enviado a compartir su pan y su vida con el hermano necesitado; nadie puede quedar excluido de nuestro amor, porque nadie esta excluido del amor de Dios, manifestado en Cristo. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia de Espigas

VIGILIA EN LA FIESTA ANUAL DE LAS ESPIGAS

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 Artana, Iglesia Parroquial – 6 de junio de 2009

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(Dt 4,32-34.39-40; Sal 32; Rom 8,14-17; Mt 28,16-20)

  

Hermanos y hermanas en el Señor!

Este bello pueblo de Artana, hoy aún más bello porque se ha engalanado para el paso de su Señor por sus calles y plazas, nos acoge para nuestra celebración anual de la Fiesta de las Espigas. Cuantos hoy nos hemos acercado hasta aquí fijamos nuestra mirada con gozo en Jesucristo, hecho pan de vida por nosotros, para que bendiga nuestros campos y cosechas.

Con emoción renovada cantamos al Amor de los amores, porque Dios está aquí. Se nos ha dado a conocer y sabemos con la certeza de la fe, la mayor de las certezas, que, en el pan y vino eucarísticos, el Señor “está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a Él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con El. De este modo nos inserta también en la comunidad de los hermanos, y la comunión con el Señor siempre es también comunión con las hermanas y los hermanos. Y vemos la belleza de esta comunión que nos da la santa Eucaristía” (Benedicto XVI). ¡Que belleza, que hermosura es la de estar todos unidos en el Señor Eucaristía! Somos distintos, venimos de procedencias diversas y tenemos maneras de pensar distintas, cada uno atravesamos por situaciones particulares diferentes para unos y otros; y, sin embargo, todos estamos unidos en una unidad en torno al Señor, presente en persona, con su cuerpo y alma, con su divinidad entera, en el Pan de la Eucaristía.

Cristo-Jesús Eucaristía es el Amor de los Amores. Es Dios mismo, quien está aquí. Cristo en la Eucaristía nos muestra el verdadero rostro de Dios, del Dios Uno y Trino, cuya Solemnidad hoy celebramos con toda la Iglesia católica.

Detengámonos, hermanos, unos instantes en el Misterio de la Santísima Trinidad, el misterio central de nuestra fe. Como nos recuerda la primera lectura, de Dios conocemos lo que el mismo nos ha revelado a través de sus obras y de sus palabras: las obras de la creación y de la historia de Salvación con su pueblo; pero de Dios conocemos, sobre todo, lo que su Hijo, Jesucristo, la Palabra nos ha revelado. El rostro de Dios que nos ha revelado Jesucristo es que Dios es Amor, comunión de vida y de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Dios es ante todo Vida divina, la vida del Padre comunicada en el Hijo y revelada en Él en plenitud: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar” (Mc. 11,27). Dios es Amor, un Amor en tres Personas. El Padre-Dios es el que ama; el Hijo-Dios es el amado y el Espíritu Santo-Dios es el amor con que el Padre ama y el Hijo es amado. Una sola realidad, un solo Dios, comunión de vida íntima, plena y dichosa en el amor de las tres Personas. El Padre es el origen, fuente del Hijo y del Espíritu Santo, creador, sabiduría creadora de todo, se expresa en el Hijo y se contempla en Él con una complacencia infinita, eterna. El Hijo es el Verbo, la Palabra, la Imagen del Padre, su Hijo único nacido antes del tiempo, Dios de Dios, eterno como el Padre. El Hijo es Imagen del Dios invisible, Sabiduría, Verdad, Belleza de Dios. Es el Redentor: “Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación…”

El Padre y el Hijo dan la plenitud de vida divina al Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo es el  vínculo amoroso y personal del Padre y del Hijo, la Bondad la Santidad, la Dicha, la Bienaventuranza

El Dios Uno y Trino que es Amor no vive para sí. Dios mismo ha querido hacer partícipe de su misma vida de amor al hombre, al que crea a su imagen y semejanza. El ser humano, el hombre y la mujer, no son fruto del azar, sino que son creados por Dios por amor y para el amor, que tiene su fuente y su meta en el Dios Uno y Trino.

El Espíritu Santo es quien nos comunica el amor de Dios. El es “Señor y dador de vida divina para nosotros”. El nos santifica, él es nuestra vida. De Dios venimos, estamos hechos a su imagen y semejanza, que ha quedado restablecida por el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, por el que hemos entrado en la corriente de la vida y del amor de Dios. En nosotros está presente por el Espíritu, somos su templo. En Dios vivimos, nos movemos y existimos; hacia él caminamos; en él está nuestra meta. Todo nos viene del Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Hemos de recuperar el sentido de Dios, Uno y Trino, en nuestras vidas. Porque lo importante, lo decisivo, la única y verdadera realidad es Dios y la vida en Dios, que es el Amor. Esto es lo fundamental para el cristiano, esto es lo nuclear para la humanidad.

Este amor de Dios “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado” (Rom, 5, 5). “Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8, 17). Y como nos recuerda San Pablo hemos de dejarnos llevar por el Espíritu de Dios, viviendo la caridad que es  la ley en su plenitud (cf. Rom 13,10). Estamos llamados a vivir del amor de Dios y en la perfección del amor, estamos llamados a la santidad.

En el sacramento de la Eucaristía, Cristo realmente presente y vivo; ahí lo tenemos todo. Ahí está el centro de nuestra fe, de nuestra vida cristiana, la verdad de Dios y del hombre. Ahí está todo el Amor y la Vida que el hombre necesita; ahí está Dios que es Amor, sin el que el hombre no puede vivir.

En el Cuerpo de Cristo, en el pan de Vida, que hoy adoramos y escuchamos, contemplamos y seguimos, tenemos el núcleo de la fe y el fondo de la realidad del hombre. Ahí encontramos la imagen cristiana de Dios y también la imagen del hombre y de su camino. En Cristo, Hijo de Dios vivo, hecho Eucaristía, cuerpo, carne, pan entregado por nosotros, se nos muestra y ofrece a los cristianos, por pura gracia y don de Dios, la entraña, esencia o novedad del cristianismo; e inseparablemente se nos ofrece, no sólo a los cristianos, sino a todo hombre de buena voluntad, lo que concierne a todos, lo que es válido y universal, lo que es decisivo a todo hombre y a la comunidad humana, lo que está en el fundamento: El amor, la verdad que se realiza en el amor.

En la Eucaristía está todo el amor de Dios, del cual él mismo nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás. Por eso, Benedicto XVI nos invita a “poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan”, para comprender que ‘Dios es amor’. Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir qué es el amor. Y desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar” (Encíclica Dios es amor n. 12), en el que, en modo alguno, son separables el amor de Dios y el amor a los hombres. “No se trata ya, dirá el Papa, de un ‘mandamiento’ externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor” (n. 18).

En el Sacramento del Altar tenemos el Amor, tenemos a Cristo el Señor, el Amor de Dios encarnado. Porque en esto hemos conocido el amor: en que Dios ha enviado a su Hijo en carne, y se ha hecho Enmanuel, Dios-con nosotros, con los hombres para siempre irrevocablemente. “¿Quién podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo?”. Ahí está el futuro y la esperanza para una humanidad que necesita el verdadero amor.

Venid adoradores, adoremos. Como dice San Agustín: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla … pecaríamos si no la adoráramos”. Una adoración que se ha de convertirse en unión: unión con el Señor vivo y después con su Cuerpo místico, la Iglesia

Sí, queridos hermanos y hermanas, tenemos necesidad de Dios, de Dios que es amor y fuente de todo amor; tenemos necesidad del Dios verdadero, que ha mostrado su rostro en Jesucristo. Este Rostro que ha sufrido por nosotros, este Rostro de amor que transforma el mundo como se transforma el grano de trigo que cae en tierra y engendra vida, esperanza, amor fecundo que sacia el hambre del hombre. Tenemos la certeza, por eso estamos aquí, de que Cristo es la respuesta a la necesidad más profunda de todo hombre, que es la necesidad de Dios; tenemos la certeza de que sin el Dios concreto, el Dios con el Rostro de Cristo, el mundo se autodestruye; tenemos la certeza de que no es verdadero un racionalismo cerrado que piensa que solo el hombre y sólo por si mismo puede construir el verdadero mundo mejor, más justo, mas solidario, más humano.

El hombre se autodestruye si el Dios revelado en el rostro de Cristo, que es amor, desaparece de su horizonte y de su vida. Hoy, ante el Señor, ante la renovación del misterio eucarístico, ante el Cuerpo de Cristo, Rostro verdadero de Dios, contemplado y adorado, renovamos esta esperanzadora certeza: “Señor, Tú tienes palabras de Vida eterna”. Él es, en verdad, el pan de la Vida, El es la Vida, El es la Verdad y sólo caminando sobre su senda andamos en la dirección justa. Caminemos en Cristo y ayudemos otros a encontrarse con Él. El Señor nos dice de nuevo esta noche: “Id y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28, 18),

¡Que Dios nos conceda avivar nuestra fe y fortalecerla en el Cuerpo de Señor, en su presencia en medio de nosotros par ser sus testigos en nuestro mundo necesitado de Dios! ¡Que María, la mujer Eucarística, nos ayude a fortalecer nuestra fe y nuestro amor a la Eucaristía! Amen

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación Sacerdotal de Enrique Martínez y Lucio Rodrigues

 

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 24 de mayo de 2009

 Solemnidad de La Ascensión del Señor

 (Hech 1,1-11; Sal 46, 2-3.6-7.8-9; Ef 1,17-23; Mc 16,15-20)

  

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

“Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo” (Sal 46, 2). Hoy resuenan en nosotros de modo muy particular estas palabras del salmista. A la alegría de celebrar la Eucaristía en este día del Señor, en que con júbilo espiritual celebramos la Solemnidad de su Ascensión a los cielos, se suma el gozo por la ordenación de estos dos nuevos sacerdotes. Cada ordenación sacerdotal es un gran don del amor de Dios a nuestra Iglesia. Vivamos con un profundo sentimiento de fe y de agradecimiento esta celebración. En este clima de acción de gracias y de alegría saludo a los Cabildos Catedral y Concatedral, a los Sres. Vicarios, al Rector y Director espiritual de nuestro Seminario ‘Redemptoris Mater’, y al Rector de nuestro seminario ‘Mater Dei’, a los demás hermanos en el sacerdocio, diáconos y seminaristas y, con especial afecto, a vosotros, queridos candidatos al presbiterado, Enrique y Lucio, juntamente con vuestros familiares, amigos y hermanos de comunidad.

Con las palabras del Salmo nos unimos a vuestro cántico de alabanza y a vuestra alegría, queridos Enrique y Lucio, y con vosotros cantamos al Señor por su gran amor hacia vosotros, y, en vuestras personas, para vuestras familias así como para nuestra Iglesia y presbiterio diocesanos, que se ven agraciados y enriquecidos con dos nuevos sacerdotes. Sí, queridos hijos, hoy entraréis a formar parte de nuestro presbiterio diocesano.

Estamos celebrando el día en que Jesús, ante los ojos de sus discípulos, “ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16, 19). El Señor Resucitado, llevando consigo su humanidad, vuelve junto al Padre; el Señor Jesús ‘crea’ el cielo, abre las puertas del cielo para los redimidos. Su humanidad glorificada es la primera que alcanza la plenitud y abre la puerta a los hombres. En la oración colecta hemos dado gracias a Dios porque la Ascensión de Jesucristo, su Hijo, es ya nuestra victoria y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, la cabeza de la Iglesia, esperamos llegar también nosotros, miembros de su cuerpo.

Por esta razón, hoy resuena en nosotros la pregunta de aquellos “dos hombres vestidos de blanco”: “Galileos, ¿qué hacéis ahí anclados mirando al cielo?” (Hech 1, 11). La respuesta a esta pregunta encierra la verdad fundamental sobre la vida y el destino de todos los hombres (cf. Benedicto XVI, Homilía en Cracovia-Błonia, domingo 28 de mayo de 2006).

Esta pregunta está relacionada con las dos realidades en las que se inscribe nuestra vida: la terrena y la celeste. “¿Qué hacéis ahí anclados (en la tierra?)”; es decir, ¿por qué estáis en la tierra? No somos fruto del azar o de la casualidad, no somos producto de una fabricación. Somos fruto del amor de Dios. Estamos en la tierra porque el Creador nos ha creado y puesto aquí como coronamiento de la obra de la creación. Dios todopoderoso, en su designio de amor, después de crear el cosmos de la nada, llama a la existencia al hombre, y lo crea a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-27). Le concede la dignidad de hijo de Dios y la inmortalidad.

Sin embargo, el hombre abusó del don de la libertad y dijo ‘no’ a Dios; de este modo se condenó a sí mismo a una existencia alejada de Dios, en la que entraron el mal, el pecado, el sufrimiento y la muerte. Pero Dios no se resigna a esa situación y entra directamente en la historia del hombre, que se convierte en historia de la salvación. Dios mismo que es amor, nos manifestó el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (cf 1 Jn 4,9).

Estamos en la tierra y en ella crecemos. Y vivimos con la profunda conciencia de que antes o después este camino llegará a su término. Pero ¿es la tierra, en la que nos encontramos, nuestro destino definitivo?  Aquí surge de nuevo la pregunta de hoy en los Hechos: “¿Qué hacéis ahí anclados mirando al cielo?”. Jesús “fue elevado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos”; y ellos “estaban mirando fijamente al cielo mientras se iba” (Hch 1, 9-10), acompañando con su mirada a Jesucristo, crucificado y resucitado, que era elevado. Ante ellos se estaba abriendo un horizonte infinito, el punto de llegada definitivo de la peregrinación terrena del hombre. Estamos llamados, permaneciendo en la tierra, a mirar fijamente al cielo, a orientar la atención, el pensamiento y el corazón hacia el misterio inefable de Dios. Estamos llamados a mirar hacia la realidad divina, a la que el hombre está orientado desde la creación. En ella se encierra el sentido definitivo de nuestra vida.

Con su Ascensión, Cristo nos ha abierto las puertas del cielo. El fin de nuestra vida, el motor que ha de moverla, no es algo mortal como nosotros, sino que es algo trascendente que está más allá de lo caduco de esta tierra. Tenemos un destino trascendente, un destino que no se puede cambiar, que no se puede descafeinar. No hay nin­gún cielo en la tierra. El cielo es el cielo y para conseguirlo deberemos acoger a Cristo y su Evangelio, renacer a la nueva vida de redimidos y resucitados, dejarnos transformar por Cristo y trabajar por transformar este mundo. El cielo es ‘estar con Cristo’, en la ‘plena posesión de los frutos de la redención’, a saber: la victoria sobre el pecado y la vida de Cristo en nosotros por el Espíritu. En esta forma de vida en otra dimensión ya no hay pe­cado y, por tanto, no están sus consecuencias: la enfermedad, la in­justicia, el odio o la guerra. El cielo es una forma de vida en co­munión con Dios y los santos.

El cielo es una forma de vida a la que nosotros podemos aspirar y de la que podremos gozar. Dios ha sido quien la ha diseñado y quien nos ha dado en Cristo Jesús la posibilidad de alcanzarla. Las personas humanas no podemos crear la felicidad absoluta. Es incitativa de Dios que la ha manifestado en Jesús y que en El mismo ha hecho posi­ble que la alcancemos.

Es necesario aceptar lo que Dios nos revela sobre sí mismo, sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos rodea, incluida la invisible, inefable, inimaginable. Nos resistimos a aceptar la limitación de nuestra razón. Y precisamente aquí es donde la fe se manifiesta en su dimensión más profunda: la de fiarse de una persona, no de una persona cualquiera, sino de Cristo. Es importante aquello en lo que creemos, pero más importante aún es aquel en quien creemos.

San Pablo nos habla de ello en la carta a los Efesios. Dios nos ha dado un espíritu de sabiduría y “ha iluminado los ojos de nuestro corazón para que conozcamos cuál es la esperanza a que hemos sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos; y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo” (cf. Ef 1, 17-20).

Con su Ascensión al cielo, el Se­ñor no abandona su obra en la tierra, no abandona a su ‘pequeño rebaño’, no deja sola a su Iglesia. Le promete su pre­sencia, la encomienda a sus Apóstoles “que él había escogido movido por el Espíritu Santo” y les da el mandato misione­ro.

El día mismo de su Ascensión, Jesús dijo a los que había constituido Apóstoles, a los que había elegido para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar en su nombre: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y su bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado” (Mc 16, 15). El les da el po­der de salvar en su nombre a la humanidad. Y a ellos les hace la promesa: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

Vosotros, queridos hijos, también habéis sido elegidos por el Señor, para ser presbíteros de su Iglesia, no por vuestros méritos, sino por pura gracia suya. Vosotros también habéis escuchado la llamada del Señor a su seguimiento; ha ocurrido en el momento oportuno, en las circunstancias elegidas por él, de forma inesperada por vuestra parte, pero una llamada certera por la suya. Habéis acogido su llamada con generosidad; la habéis madurado no sin esfuerzo y lucha para dejaros liberar por su misericordia de todo aquello que os impedía una entrega total a él y a su Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón y, desde ella, abiertos a la misión universal de la Iglesia.

Por vuestra ordenación presbiteral, el Señor os hará partícipes del ministerio apostólico; un ministerio que se continúa en plenitud en el Obispo, como sucesor de los Apóstoles, en cuya comunión y obediencia deberéis acogerlo y ejercerlo todos los días de vuestra vida. Vosotros, queridos hijos, vais a ser así ungidos, consagrados, fortalecidos por el Espíritu para ser enviados a ser testigos de Cristo Jesús. Por el sacramento del orden quedáis constituidos en pastores y guías al servicio del pueblo de Dios, en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor.

Deberéis ser testigos de Jesucristo, muerto, resucitado y ascendido a los cielos, que vive en la Iglesia, de la que es su cabeza.

Queridos hijos: ‘No tengáis miedo! Tenemos la certeza de que Cristo no nos abandona y de que ningún obstáculo podrá impedir la realización de su designio universal de salvación. Que esta certeza sea para vosotros motivo de constante consuelo -incluso en las dificultades- y de inquebrantable esperanza. La bondad del Señor está siempre con vosotros, y él es fuerte.

El sacramento del Orden os hará partícipes de la misma misión de Cristo; estáis llamados a proclamar el Evangelio al mundo entero, a los cercanos y a los alejados, a los bautizados y a quienes aún no han oído hablar de Cristo; estáis llamados a sembrar la semilla de la  Palabra, a distribuir la misericordia divina y a alimentar a los fieles en la mesa de su Cuerpo y de su Sangre, a guiar al pueblo de Dios “para perfeccionamiento de los santos y para la edificación del cuerpo de Cristo”, que es la Iglesia (Ef 4, 12).

Llevad el Evangelio a todos, para que todos experimenten el amor y salvación de Cristo, para que todos descubran el sentido de su vida, y su destino en Dios. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Hay algo más grande que cooperar a la difusión de la Palabra de vida en el mundo, que comunicar la misericordia Dios y el agua viva del Espíritu Santo?

Para ser colaboradores en la difusión del Evangelio y de la esperanza que no defrauda, en un mundo a menudo triste, negativo, desesperanzado y nihilista, es necesario que el fuego del Evangelio arda en vuestro corazón. Sólo así podréis ser mensajeros de esta buena Nueva y llevarla a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos.

Configurados con Cristo por el sacramento, dejaos configurar existencialmente con Él en la oración. Los presbíteros tenemos una vocación particular a la oración: estamos llamados a ‘permanecer’ en Cristo (cf. Jn 1, 35-39; 15, 4-10). Y este permanecer en Cristo se realiza de modo especial en la oración. De ahí deriva su eficacia (cf. Benedicto XVI).

En la vida del sacerdote hay diversas formas de oración, ante todo en la santa Misa diaria. La celebración eucarística es el acto de oración más grande; constituye el centro y la fuente de la que reciben su ‘savia’ también las otras formas de oración: la liturgia de las Horas, la adoración eucarística, el escrute de la Palabra, la lectio divina, el santo rosario y la meditación. Todas estas formas de oración, que tienen su centro en la Eucaristía, hacen que en vuestra jornada de sacerdotes y en toda vuestra vida se realicen las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 14-15).

El sacerdote que ora mucho, y que ora bien, se va desprendiendo progresivamente de sí mismo y se une cada vez más a Jesús, buen Pastor y Servidor de los hermanos. Así, la misma vida de Cristo, Cordero y Pastor, se comunica a toda la grey mediante los ministros consagrados.

Al acercaros al altar, si escucháis dócilmente al Buen Pastor, si lo seguís fielmente, aprenderéis a traducir a la vida y al ministerio pastoral su amor y su pasión por la salvación de las almas. Cada uno de vosotros llegará a ser con la ayuda de Jesús un buen pastor, dispuesto a dar también la vida por él, si fuera necesario.

¡Que María, la Virgen, la ‘Redemptoris Mater’, que os ha acompañado en vuestro proceso vocacional os aliente y proteja en la nueva etapa que hoy comenzáis con alegría y esperanza como presbíteros de la Iglesia del Señor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Pascual Baylón

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2009

 (Hech 10,25-26.34-35.44-48; Sal 97; 1 Jn 4,7-10; Jn 15,9-17)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor

Hoy es un día grande en Villarreal, en toda nuestra Diócesis y en tantos otros lugares donde se rinde culto a San Pascual Hoy le honramos y damos gracias a Dios una vez más por ser nuestro Santo Patrono, que desde su sencillez, desde su humildad y desde su amor, ha difundido por el mundo entero la devoción al Santísimo Sacramento del Altar.

En todo el orbe católico es conocido este santo humilde y sencillo por su amor a Cristo en la Eucaristía. Y al conocer a San Pascual es conocida la ciudad de Villarreal. San Pascual os ha hecho universales. A poco que lea uno de su biografía, siempre aparece Villarreal como lugar donde vivió y murió San Pascual Bailón, y como el lugar donde reposan sus restos. Sentíos por tanto orgullos, habitantes de Villarreal, de tener este patrono tan ilustre, que lleva vuestro nombre por todo el mundo. Y lo lleva con el banderín del amor a Jesucristo, del amor a Jesucristo en la Eucaristía.

San Pascual Bailón no es un elemento puramente cultural o folklórico de nuestra historia. Es una persona que vivió en el siglo XVI, que nació en Torrehermosa y trabajo como pastor en aquellos campos y valles de Aragón. Después buscando una vida de mayor consagración a Dios, se hizo franciscano de la reforma alcantarina, y vivió al final de su vida en Villarreal. Su vida estuvo llena de amor a Dios y de servicio a los hombres, especialmente a los pobres y a los sencillos. Hombres como estos llenan la cultura de un pueblo y de una región. Son los mejores hijos de la Iglesia que tiene muchos a lo largo de su historia.

San Pascual se nos presenta como el hombre sencillo y humilde, que amó a Jesucristo, que amó a la Santísima Virgen con todo su corazón, y que, consagrado a Dios, amó a los pobres de una manera ejemplar hasta el final de su vida. Detengámonos en estas tres virtudes de San Pascual.

En primer lugar, San Pascual es un hombre humilde y sencillo. El mundo valora los títulos, los honores, las carreras, el dinero, el prestigio. San Pascual nos muestra que puede llegar a ser grande –y más grande no puede ser una persona que cuando llega a santo, a la perfección del amor- siendo humilde, naciendo de una familia humilde y en un pueblo sencillo, dedicándose a la tarea humilde de pastor de unos rebaños y después, como hermano lego, a las tareas humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

La humildad no es apocamiento, no es encogimiento, no es acobardamiento. La humildad es vivir en la verdad de uno mismo, que sólo se descubre en Dios. Dirá Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que no somos nada”. Al hombre le cuesta aceptar esta verdad; que es criatura de Dios, que cuanto es y tiene a Dios se lo debe, que sin Dios nada puede. Se endiosa y quiere ser como dios al margen de Dios. Y ahí comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en competitividad con los demás a ver quien es más o quien aparenta más.

Los santos, como Pascual, sin embargo, nos sitúan en la verdad. En la verdad de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada. Lo grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor, que Dios nos perdona continuamente, que nos ofrece su amistad. El hombre se hace precisamente grande al abrir su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. Dios, que es amor como nos ha dicho San Juan (1 Jn 4,6), nos ama y nos llama participar de su amor: éste es el sentido de nuestra existencia. Dios no es un competidor de nuestra libertad, ni de nuestra felicidad. Dios nos ama. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

San Pascual quiso parecerse a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, la sencillez, como lo hizo San Pascual. “Yo te alabo Padre, dice Cristo en el Evangelio, porque has escondido los misterios de Dios a la gente que sabe mucho, que tiene muchos proyectos en su cabeza. Y, sin embargo, has revelado esos misterios a la gente sencilla”. Y uno de ellos es San Pascual a quien hoy celebramos con gozo precisamente por su humildad y su sencillez. Una vida humilde y sencilla es camino para el cielo, es camino hacia la santidad, es camino hacia la felicidad y es camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

Pascual es un santo que se caracteriza por su gran amor a Jesucristo en la Eucaristía. Ya desde niño amaba la Eucaristía porque lo aprendió su casa. Si queridos padres y hermanos todos. La fe se transmite ante todo en la familia, el amor a la Eucaristía se aprende en casa, como san Pascual lo aprendió de sus padres. Ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar.

¿Qué es lo que celebramos en el Sacramento de la Eucaristía? Celebramos la presencia de Cristo. El Hijo eterno de Dios, enviado por el Padre para que vivamos por medio de Él, en la última cena tomó el pan, lo dio a los apóstoles y les dijo: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”; y lo mismo hizo con la copa: “Este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados”. Y después les dijo: “Haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía, Jesucristo se queda con nosotros, está entre nosotros, como amigo y como alimento, como presencia de Dios que llena toda nuestra vida, como fuente inagotable del amor.

San Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio de la Eucaristía. A El, que vivió este misterio con tanta hondura y tanta profundidad, le pedimos que nos conceda ese mismo amor a Cristo presente en el altar bajo las especies del pan y del vino, a Cristo adorado en el sagrario o en la exposición del Santísimo Sacramento. En este sacramento, las especies del pan y del vino nos cubren o nos encubren su presencia; pero la fe penetra y descubre: Dios está aquí. Hemos de contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor.

Así lo vivió San Pascual. Ante la eucaristía se sentía profundamente conmovido. Su corazón se le llenaba de alegría de saber que estaba con Jesucristo, de saber que Jesucristo le amaba, de saber que Jesucristo en este sacramento se hace compañero, se hace caminante con nosotros, se hace alimento de vida eterna, se hace presencia de amigo que nos acompaña  en el camino de la vida. A él le pedimos que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía para que le comamos, para unirse con nosotros, para darnos su amor, el amor mismo de Dios.

Si uno es devoto de verdad de San Pascual Bailón, tiene que serlo de la Eucaristía. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que nosotros caminemos por donde han caminado ellos. El pueblo de Villarreal es un pueblo eucarístico, un pueblo que sabe que el mejor tesoro que guarda el Cuerpo del Señor en la Eucaristía. Hemos de crecer más y más, queridos hermanos, en la devoción al sacramento de la Eucaristía. ¡Que no sea cosa de un día, que sea de todo el año! ¡Y que acudamos con frecuencia el domingo a la Misa! Y después en la tarde, en la mañana, cada día pasemos por la iglesia a visitar al principal habitante de nuestro pueblo, que es Jesucristo vivo en el Sagrario, en el sacramento del altar.

San Pascual Bailón, precisamente porque es humilde, se deja amar por Jesucristo en la Eucaristía y le ama con toda su alma, se entrega en el servicio a los pobres. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón esta cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace generoso y solidario con los demás. No sólo San Pascual; todos los santos son generosos y solidarios al entregarse y al darse. Porque, sabiéndose amados en desmesura por Dios en Cristo, acogen y viven el mandamiento nuevo de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 9).

San Pascual, en los oficios humildes que tuvo que realizar, vivía alegre y contento. Su alegría era Jesucristo, que le amaba. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces. El nos enseña a nosotros a ser generosos y caritativos con los pobres y necesitados de hoy. “Los pobres los tenéis entre vosotros” nos dice Jesús: pobres de pan, pobres de cultura, pobres de Dios. Pero se necesitan corazones generosos como el de San Pascual, como el de un buen cristiano para salir al paso de esas múltiples necesidades.

La fuente más importante de amor, de solidaridad y de generosidad en la humanidad ha sido y es el sacramento de la Eucaristía. Así es históricamente y así tiene que ser en nuestras propias vidas. Comemos a Jesucristo en la Eucaristía para ser amados, para amar y servir a los demás, para estar atentos a los demás, para compartir, para ser caritativos y solidarios. Cuando nos alejamos de Dios o de Jesucristo, nuestro corazón se hace egoísta, todo se nos hace poco. Y si se habla de solidaridad, eso vale para los demás: para que compartan con nosotros y no al revés. Por el contrario, cuando nos acercamos a Jesucristo, él nos enseña a vivir en la verdad, a despojarnos de todo, a ser serviciales, solidarios, fraternos, capaces de atender las necesidades de los hermanos. Un pueblo eucarístico, como Villarreal, es un pueblo fraterno, solidario, caritativo y servicial con los pobres y con los necesitados. Os agradezco y os felicito por la iniciativa de hacer colecta de ayer en la ofrenda de flores a San Pascual, para que, a tarvés de Cáritas, llegue a las víctimas de la profunda crisis económica que padecemos.

Y este es el mensaje que San Pascual nos tramite en el día de su fiesta, especialmente en estos momentos de fuerte crisis económica y social. Pero contemplando las virtudes de San Pascual hemos de afrontar también sus causas, que están en la quiebra de valores morales y espirituales de nuestra sociedad.

Hemos de redoblar nuestra generosidad para paliar la pobreza y el sufrimiento de tantas personas y familias, victimas de la crisis económica. Pero también hemos de recuperar la dignidad de la persona humana, de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural, y la norma y los valores morales en nuestras relaciones personales y sociales. El respeto, la defensa y la promoción de las personas y de su dignidad inviola­ble es y debería ser el pilar fundamental para la estructuración y progreso de la sociedad. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad, de participación y de solidaridad de los hombres entre sí y el apoyo más firme para un desarrollo económico y social auténticamente humano.

A lo largo de la historia de la humanidad de nuestra cultura cristiana las fiestas de los santos, las fiestas de Jesucristo y las fiestas de la Virgen han llenado de alegría el corazón de los habitantes de nuestros pueblos. Y han llenado también de esperanza el corazón de muchas personas, que gracias a esta esperanza han trabajado en la construcción de un mundo mejor, más justo, más fraterno y más humano.

Los cristianos tenemos mucho que ofrecer a nuestro mundo y a nuestra sociedad en estos momentos de crisis. Jesucristo es el único que puede salvarnos de nuestros pecados que nos esclavizan. Es Jesucristo el que puede darnos el gozo que le dio a San Pascual Bailón, precisamente a través del sacramento de la Eucaristía. Es Jesucristo el que nos hace parecidos a él serviciales y caritativos con nuestros hermanos.

Celebremos esta fiesta cristiana con un profundo sentido religioso. Las fiestas no son sólo un acontecimiento social; son un acontecimiento religioso del pueblo creyente, del pueblo que alimenta su fe al mirar a los santos, al celebrar la Eucaristía y  ahí a ser solidarios con los hermanos y con las necesidades de los demás. No reduzcamos las fiestas a un puro acontecimiento externo. Entremos dentro del meollo de lo que una fiesta religiosa lleva consigo. Y una fiesta, en definitiva, nos acerca a Jesucristo, nos acerca a Dios. Y por eso no acerca a nuestros hermanos los hombres. Gocemos hermanos porque hombres como San Pascual nos estimulan en el camino de la vida; gocemos como, porque también como él, hoy tenemos en medio de nosotros el Santísimo Sacramento del altar. Cristo presente en la Eucaristía como alimento de vida eterna, como compañero de nuestro camino, como salvación para todos los hombres. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Consagración de virgen de Mª Elena Domenech

Castellón, Sto. Tomás de Villanueva, 16 de mayo de 2009

Domingo VI de Pascua

(Is 60, 19. 62,1-5; Sal 40; 1 Jn 4,7-10; Jn 15, 9-17)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

En menos de un año el Señor Resucitado nos convoca de nuevo en esta Iglesia parroquial de Santo Tomás de Villanueva para la consagración de una virgen: entonces era para la consagración de Juana, hoy lo es para la de Mª Elena. Es un nuevo don de Dios en nuestra Iglesia y para nuestra Iglesia diocesana, que ve así incrementado su Orden de las Vírgenes. Alabemos y demos gracias a Dios por esta nueva vocación a la virginidad consagrada. Es un signo más del Señor Jesús resucitado y de su presencia activa por su Espíritu en medio de nuestra Iglesia. Alegrémonos por este nuevo don, que refuerza nuestra esperanza. Cuando siguiendo las palabras del Salmista (40) nos acogemos a Dios y ponemos en él toda nuestra esperanza, nunca quedamos defraudados. Alabemos a Dios que hace brillar su rostro amoroso una vez más en medio de nosotros.

La vocación a la consagración virginal de nuestra hermana es obra del amor de Dios. “Dios es amor”, nos dice San Juan (1 Jn 4,8). Esta revelación del rostro de Dios no es una especulación; es la experiencia personal de Juan, testigo directo del amor de Dios manifestado en Cristo. Cada cristiano llega a serlo también cuando entra en la comunión con Dios en Cristo en su Iglesia, cuando experimenta su amor en la intimidad de su corazón. El amor no es algo para explicar. Dios ha revelado que es amor a través de sus obras, a través de su desmesurada caridad, mostrada de modo supremo en Jesucristo: porque Dios nos ama en desmesura nos ha dado a su mismo Hijo único, a su Hijo amadísimo, “para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4,9). El ser humano está necesitado de amor, sobre todo, del amor de Dios, para poder vivir y ser feliz.

El amor nace siempre en Dios. Dios, que es amor, es la fuente del amor. El Hijo, Jesús, se origina del Padre en un proceso de Amor, que es el Espíritu. Este amor en Dios es comunión plena de vida, es comunidad de personas, es trinidad de personas. Este Dios-amor nos llama a la vida por amor para hacernos partícipes de su amor intratrinitario, el único capaz de saciar nuestro deseo innato de felicidad. El signo más claro de ese amor por cada uno de nosotros, su encarnación, es Cristo Jesús. El es el camino del amor de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia él, porque él es la Vida. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. Tanto nos amó Jesús que entregó su vida hasta la muerte por nosotros para que tengamos vida en abundancia. Jesús es el amor de Dios hecho rostro humano; él es la medida y el camino del amor de Dios.

San Juan, en la segunda lectura de este Domingo, nos recuerda: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación de nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). Estas palabras de Juan son aplicables a toda vocación cristiana, y también a tu vocación a la virginidad consagrada. Dios nos precede con su amor; el toma la iniciativa. Por el misterio Pascual de su Hijo, nos libera de la esclavitud del pecado, es decir, de nuestra incapacidad de acoger su amor; y, sobre todo, nos abre a la vida de comunión con Dios, nos hace ‘capaces’ de ser morada de Dios; nos capacita para ser de Dios y amar a Dios.

¡Cómo has experimentado tú, Mª Elena, este amor y la ternura de Dios en tu vida! El Hijo amado, que tiene una relación única con el Padre, es el que te ha introducido en la inefable circulación de amor que une, en la Santísima Trinidad, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Cierto que no han faltado pruebas y días de oscuridad en tu vida por la fragilidad de tu salud. Pero siempre has experimentado que el amor de Dios te acompañaba. Y tú, sintiéndote amada por Dios, le supiste responder con esas palabras tan tuyas: “De Dios soy” y te has entregado a él para su alabanza y para su gloria. Querías, eso sí, serlo y vivirlo en la intimidad. Pero el Señor te ha mostrado a través de su Iglesia que te llamaba a una consagración pública y solemne.

Sí. Dios te llama por medio de la Iglesia a sellar tu amor pleno y esponsal con Jesucristo mediante tu consagración pública y solemne. Dios, que se ha complacido en ti, desea desposarse contigo para que seas “corona de adorno en su mano” (Is 62, 3). El Señor desea atraerte más íntimamente a sí, para que, desposada con él, pongas su carisma al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. Así podrás entregarte con más ahínco a la extensión del Reino de Dios para que la Buena Noticia, que Dios es amor y nos ama, llegue a todos.

Por medio de mi ministerio, el Espíritu Santo va a enriquecerte esta tarde con una nueva unción espiritual. Este mismo Espíritu te consagrará a Dios con un nuevo título, al elevarte a la digni­dad de esposa de Cristo, uniéndote con vínculo indisoluble al mismo Hijo de Dios.

El modelo de tu virginidad está en la persona, en la vida y en las palabras de Jesús. Jesús fue y vivió virgen. El fue así la traducción humana de Dios, que es amor: amor universal, sacrificado, enteramente desprendido y entregado. El, su vida y su palabra, es la encarnación máxima del amor de Dios y del amor a los hermanos. Tu consagración te capacita y te llama a seguir más de cerca a Cristo. Siguiendo sus huellas estarás más disponible para amar a Dios y a los hermanos, para una entera y exclusiva dedicación a las “cosas del Señor”.

Tu consagración virginal es un don de Dios en la Iglesia; en la Iglesia lo has descubierto y la Iglesia lo reconoce hoy. Y, es un de Dios nuestra Iglesia. Pero, como nos recuerda Benedicto XVI, la virginidad consagrada es “un carisma tan luminoso y fecundo a los ojos de la fe, como oscuro e inútil a los del mundo” (Discurso de 15 de mayo de 2008 a un grupo de vírgenes con ocasión del segundo Congreso ‘Ordo Virginum’)

A los ojos de la fe, ser virgen desposada con el Señor y renunciar por el Reino de los cielos al matrimonio, no es una renuncia al amor. Al contrario, es una forma de vivir el amor en sobreabundancia, como Cristo, tu Esposo. Quien acoge con generosidad y vive con fidelidad el don a la virginidad, vive también con radicalidad el amor a Dios y a los hermanos. Que haya en la Iglesia hombres y mujeres que por esta sobreabundancia de amor permanezcan vírgenes para radicalizarse en el servicio a Dios y a los hermanos es un gran don para la comunidad eclesial.

Los Padres de la Iglesia llaman Esposas de Cristo, propio de la misma Iglesia, a las vírgenes consa­gradas a Cristo. Y con razón, pues ellas prefiguran el Reino futuro de Dios, en donde nadie tomará marido ni mujer, sino que todos serán como los ángeles de Dios.

La virginidad no es algo que se pueda minusvalorar, o equiparar a cualquier otro proyecto. No es algo que haya que ocultar, ignorar o silenciar al pueblo cristiano por más que no se entienda en un mundo alejado de Dios, en un mundo utilitarista y que deshumaniza la sexualidad.

Jesús, en el Evangelio de hoy te dice como antaño a tus discípulos: no has sido tu quien me ha elegido; soy yo quien te he elegido y te he destinado para que vayas y des fruto, y tu fruto dure (cf. Jn 15, 16).

Procura, pues, hija amada, que toda tu vida concuerde con la vocación y la dignidad a la que has sido llamada y a la que eres consagrada. La Iglesia te considera como la porción más escogida de la grey de Cristo, pues por ti se manifiesta y crece su fecundidad. A ejemplo de María, la Virgen Madre de Dios, has de ser “esclava del Señor de nombre y de hecho, a imitación de la Madre de Dios” (Ritual, 29), entregando a Dios todo tu ser como la Virgen de Nazaret. ¡Que el Señor sea todo para ti, porque a Él has elegido por encima de todo! Tu carisma debe reflejar la intensidad, pero también la lozanía de los orígenes, del amor primero de nuestra Iglesia.

Tu consagración virginal no exige ningún cambio exterior particular. Permanecerás en tu propio ambiente de vida. Aunque no asumes las características específicas de la vida religiosa, sobre todo de la obediencia, tu carisma implica una entrega total a Cristo, una configuración con el Esposo, que requiere implícitamente la observancia de los consejos evangélicos, para conservar íntegra, fresca y creciente tu fidelidad al Señor (cf. Ritual, 47).

“Permaneced en mi amor”, dice Jesús a sus discípulos (Jn 15, 9). Para una virgen consagrada permanecer en el amor de Cristo pide interioridad y, al mismo tiempo, la impulsa a comunicarse con los hermanos. “Que tu vida sea un testimonio particular de caridad y signo visible del Reino futuro” (Ritual 30). ¡Que en tu vida personal irradie siempre la dignidad y porte externo de ser esposa de Cristo, que exprese la novedad de la existencia cristiana y la espera serena de la vida futura. Así, con tu vida recta, podrás ser estrella que orienta el camino del mundo. La elección de la vida virginal recuerda a las personas la transitoriedad de las realidades terrenas y la anticipación de los bienes futuros. Sé testigo de la espera vigilante y operante de la venida del Señor; sé testigo de la alegría, de la paz y de la seguridad, propia de quien se abandona al amor de Dios (Cf. Benedicto XVI, Discurso citado).

Viviendo en medio de este mundo, sábete siempre peregrina hacia el Reino, pues la virgen consagrada se identifica con la esposa que, juntamente con el Espíritu, invoca la venida del Señor: “El Espíritu y la esposa dicen: “¡Ven!” (Ap 22, 17).

¡Que Cristo, tu Esposo, sea, ya en la tierra, tu gozo! Así será también tu corona cuando te introduzca en su Reino, donde, siguiendo al Cordero dondequiera que vaya, cantarás eternamente un cántico nuevo por los siglos de los siglos. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

Iglesia del Seminario ‘Mater Dei’, 11 de Mayo de 2009

(Ez 34,11-16; Sal 22; 2 Cor 4,1-2.5-7; Mt 9,35,38)

 

En torno a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía celebramos hoy con gozo la Fiesta de San Juan Ávila, Apóstol de Andalucía y Patrono de clero español. Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Ávila, por su doctrina, por su ejemplo de vida apostólica y por su santidad de vida; él fue, en verdad, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”. Animados por el espíritu y las enseñanzas del Apóstol de Andalucía, en esta jornada sacerdotal expresamos con gozo nuestra gratitud a Dios por el don de nuestro ministerio presbiteral. Con palabras del salmista (88), cantemos las misericordias del Señor, proclamemos su grandeza para con nosotros.

Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda a todos los sacerdotes la gracia de alcanzar la santidad, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila. Toda la Iglesia, todos los cristianos, y, en particular, el obispo y los presbíteros estamos llamados a la santidad. Nos urge fortalecer nuestra espiritualidad, cultivarla por los medios conocidos de la oración y la celebración de los sacramentos, alimentarla en el ejercicio de nuestro ministerio: nos urge avivar nuestro deseo de ser santos. En el Oficio de lecturas de la Fiesta de nuestro Patrono podemos leer de una sus pláticas: “¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en los otros lugares? Y el sacerdote lo trae con las palabras de la consagración, y no lo trajeron los otros lugares, sacando a la Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran santidad” (Liturgia de las Horas, II, 1511).

Es precisamente esta tensión de todos nosotros, sacerdotes y obispos, hacia la perfección espiritual, de la que depende sobre todo la eficacia de nuestro ministerio, la razón por la que el Santo Padre, Benedicto XVI ha convocado un ‘Año sacerdotal especial’, desde el próximo 19 de junio hasta el 19 de junio de 2010. La ocasión la brinda la celebración del 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars, Juan María Vianney, verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo (Discurso a los participantes en la asamblea pelanria de Congregación para el Clero, de 16 de marzo de 2009).

En esta tensión hacia la perfección espiritual fijamos nuestra mirada en el Señor, como también lo hicieron San Juan de Ávila y el santo cura de Ars. Cristo Jesús es “el buen pastor” (Jn 10, 11). En él se cumple la promesa que el Dios de Israel hizo por boca de los profetas: “Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34, 11). Cristo apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor; él se gasta y se desgasta por sus ovejas; él se desvive por ellas: busca a la perdidas, recoge a las descarriadas, venda a las heridas, cura a la enfermas, guarda a las gordas y fuertes; apacienta a todas como es debido (cf. Ez 34, 15-16); y él, finalmente, se entrega a sí mismo en sacrificio: un amor total llevado al extremo de dar la vida por su grey. Cristo Jesús entrega su vida, con absoluta libertad y en obediencia fiel a la misión recibida del Padre, para recuperarla de nuevo (cf. Jn 10, 17), y vencer así, “por nosotros”, donde nosotros estábamos condenados a la derrota.

Queridos sacerdotes: En el Cenáculo, la víspera de su pasión, Jesús quiso hacernos partícipes de la vocación y misión que el Padre le había confiado. Nuestro ministerio, fruto de la ‘misericordia de Dios’, consiste en llevar a los hombres y mujeres al encuentro con Cristo para introducirlos en el misterio universal de amor y de salvación de Dios.

Como Pablo nos recuerda “no nos predicamos a nosotros mismos; predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4, 5-ss.). Estamos llamados a contribuir de distintas maneras, allá donde el Señor nos pone, en la formación y pastoreo de la comunidad del pueblo de Dios. Nuestra misión consiste en apacentar la grey de Dios que nos ha sido confiada mediante el triple munus de la enseñanza, de la santificación y de la dirección. Y hemos de hacerlo, tras las huellas del Buen Pastor, con total entrega y en permanente actitud de servicio: sin cobardías por temor al rechazo, al insulto o a la persecución; dejando de un lado toda clase de intrigas, incluidas las ‘clericales’, que nos debilitan, descentran y paralizan en nuestra misión, además de hacer ineficaz nuestro ministerio. No podemos adulterar la palabra de Dios para adaptarla a los criterios del mundo, a las ideologías, a las modas o a los gustos de cada uno. Hemos de dejar que la Palabra de Dios, conocida, acogida, asimilada y vivida por cada uno de nosotros, llegue al corazón y a la conciencia de las personas en toda su pureza e integridad tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia.

En la convocatoria del ‘Año sacerdotal especial’, el Papa indica que nuestra misión como presbíteros se lleva a cabo ‘en la Iglesia’ por lo que ha de ser siempre eclesial, de comunión, jerárquica y doctrinal; cuatro notas interrelacionadas e indispensables para lograr su eficacia espiritual.

Nuestra misión es y ha de ser siempre ‘eclesial’ porque “nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote”.

Nuestra misión es y ha de ser ‘de comunión’ porque “se lleva a cabo en una unidad y comunión que sólo de forma secundaria tiene también aspectos relevantes de visibilidad social. Estos, por otra parte, derivan esencialmente de la intimidad divina, de la cual el sacerdote está llamado a ser experto, para poder llevar, con humildad y confianza, las almas a él confiadas al mismo encuentro con el Señor”.

Nuestra misión es y ha de ser “‘jerárquica’ y ‘doctrinal’; “ambas sugieren la importancia de la disciplina (término relacionado con ‘discípulo’) eclesiástica y de la formación doctrinal, y no sólo teológica, inicial y permanente”. “La misión ha de basarse en una buena formación, llevada a cabo en comunión con la Tradición eclesial ininterrumpida, sin rupturas ni tentaciones de discontinuidad. Hemos de trabajar en una correcta recepción de los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II, interpretados a la luz de todo el patrimonio doctrinal de la Iglesia” (Cf. Discurso citado)

San Pablo nos recordaba que anunciamos a Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado, Soberano del tiempo y de la historia. Y lo hemos de hacer con la alegre certeza de que esta verdad coincide con las expectativas más profundas del corazón humano. La centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la misión y la Iglesia misma.

Dejemos espacio en nuestro corazón y en nuestro ministerio a las palabras del evangelio de hoy (Mt 9, 35-38. 38): “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Si toda la comunidad eclesial, y, a su cabeza, el Obispo, somos responsables de las vocaciones en la Iglesia, y en especial de las vocaciones al ministerio ordenado, los sacerdotes desempeñáis un papel único e insustituible en esta pastoral vocacional. No podemos dudar que Cristo sigue llamando al sacerdocio ordenado a niños, adolescentes y jóvenes, porque los ama (cf. Mc. 10, 2). Los principales interlocutores en el diálogo vocacional con el Señor son los mismos niños y jóvenes; pero nos toca a los sacerdotes ayudarles a encontrar la luz en todo el abanico de las vocaciones. Cuando un niño, adolescente o joven manifiesta inclinación a la vocación sacerdotal, el sacerdote ha de acercarse a él con delicadeza y hacerle una propuesta explícita, acompañándole con un esmerado acompañamiento espiritual. Por ello debemos estar cerca de los niños, adolescentes y jóvenes. No olvidemos que la mejor propuesta procede de nuestra propia vida, coherente y feliz, identificada con nuestra vocación y nuestro ministerio.

Jesucristo está en el centro de nuestro ministerio. Él es quien salva y santifica; los sacerdotes participamos directamente en su obra en la medida de la intensidad de nuestra unión con él. Si permanecemos en él, daremos mucho fruto; por el contrario, sin él no podremos hacer nada (cf. Jn 15, 5). Él nos ha elegido, y nos ha “constituido”, para que vayamos y demos fruto, y nuestro fruto permanezca (cf. Jn 15, 16). Jesús espera de nosotros una fidelidad mayor. El nos llama para que permanezcamos con él (cf. Mc 3, 14) en una intimidad privilegiada.

El camino de nuestra santidad es la caridad pastoral, que da unidad a nuestra vida. En el nombre de Jesucristo, Buen Pastor, hemos sido consagrados presbíteros, para pastorear en su nombre y en representación suya, siguiendo su modo de vida. La gracia inagotable del sacramento nos ha transformado interiormente para que nuestra vida ministerial, unida para siempre a la de Cristo sacerdote y pastor, se convierta en un cántico al amor misericordioso de Dios.

A través de nuestras manos el buen Pastor sigue entregando sacramentalmente su vida por la salvación del mundo, atrayendo a todos hacia sí e invitándolos a acoger el abrazo del único Padre. Seamos siempre conscientes de este don y demos gracias por él a Dios.

En esta celebración van a recibir los ministerios del lectorado tres de nuestros seminaristas. Queridos Oscar, Alberto y José Miguel. Por el ministerio de lector se os va encomendar la misión de proclamar la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas; por vuestro ministerio, todos podrán llegar a conocer a Dios Padre y a Jesucristo, su enviado, y alcanzar la vida eterna. Para ejercer dignamente este ministerio no olvidéis que vosotros mismos debéis escuchar la Palabra, conocerla, meditarla y conservarla en vuestro corazón para que día a día se acreciente en vosotros el suave y vivo amor por la Palabra de Dios.

Que María, Mater Dei y Redemptoris Mater, nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que seamos fieles a su Hijo Jesucristo, según la vocación y el ministerio que cada uno hemos recibido. A Ella os encomiendo a todos y a su intercesión encomiendo el don de nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal. Ella sabe guiarnos, día a día, para que seamos pastores santos tras las huellas de su Hijo, el buen Pastor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Triduo de Clausura del I Año Mariano del Lledó

Castellón, Basílica-Santuario del Lledó,  2 de Mayo de 2009

 (Apc 21, 1-5a;  Mt 28, 1-10)

  

Una vez más nos reunimos en este primer Año Mariano de Lledó a los pies de la Mare de Déu del Lledó, nuestra Señora y Patrona, la Reina de Castelló. Prontos a la llamada de la Madre hemos acudido a su Santuario para prepararnos a la Clausura de este Año Mariano en este día del Triduo dedicado a las familias. A lo largo de este año de gracia, que ahora toca a su fin, hemos sentido muy de cerca su presencia y su protección. La Virgen nos mira, nos acoge y nos ama con verdadero amor de Madre; cada uno de nosotros, nuestros matrimonios y nuestras familias, nuestras parroquias y nuestra ciudad entera estamos en su corazón.

Oremos hoy a María para que nos lleve al encuentro con su Hijo Resucitado, luz y vida para el mundo. Ella es la Madre de Cristo, “el sol de justicia, que ha vencido las tinieblas del sepulcro e ilumina el mundo entero”. La Virgen, que concibió al Hijo de Dios creyendo y creyendo esperó su resurrección, es el modelo de la fe con que los discípulos confiesan a Cristo, muerto y resucitado para la vida del mundo y fuente de esperanza para la humanidad.

El evangelio, que hemos proclamado (Mt 28, 1-10), nos narra que ante el sepulcro vació y el anuncio del Ángel, las mujeres quedan impresionadas; pero ellas se fían del ángel, se dejan encontrar por el Señor Resucitado y corren llenas de alegría a comunicárselo a los discípulos. El cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, ya no está en el sepulcro; no porque haya sido robado, sino porque ha resucitado. Jesús, a quien habían seguido, habían visto morir en la Cruz y habían sepultado, vive: El ha triunfado sobre la muerte.

A la luz de la Palabra de Dios avivemos nuestra fe en el Señor Resucitado, verdad fundamental de nuestra fe cristiana. ¡Dejémonos  encontrar por Él como las mujeres que fueron a ver el sepulcro, como los primeros discípulos y como su misma Madre! ¡Que este encuentro nos transforme interiormente, nos ayude a recuperar la alegría de creer en Cristo, para amarle y seguirle, y nos ayude a superar los miedos que nos atenazan hoy a los cristianos!

No nos dejemos embaucar. La resurrección del Señor no es un mito, una metáfora o una fábula, como a veces se nos quiere hacer creer. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o una invención surgida de la profunda frustración de un puñado de discípulos. ¡No!. La resurrección del Señor es un hecho real, sucedido en nuestra historia, aunque trascienda las coordenadas del tiempo y del espacio. El Señor ha resucitado; un acontecimiento que sucede una sola vez y una vez por todas. El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. No se trata de una vuelta a esta vida para volver a morir. No; Jesús ha pasado por la muerte a una vida de gloria y para siempre.

!No está aquí. Ha resucitado, como había dicho!” (Mt 28, 6), dice el ángel a las mujeres. Como en su caso, la resurrección del Señor pide de nosotros un acto personal de fe, pide que nos encontremos personalmente con Él, que nos acerquemos a Él, que nos postremos ante Él y que nos dejemos sorprender por la acción omnipotente de Dios. La fe en el Señor resucitado pide creer que Cristo vive glorioso, acogerle como nuestro Redentor y creer que en Cristo Resucitado tenemos la Vida verdadera.

Nuestra fe no es una fe ciega. Se basa en el testimonio unánime y veraz, de aquellos que trataron con Jesús en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. También la Virgen María, que había concebido al Hijo creyendo y creyendo esperó su resurrección, se encontró con él y se llenó de alegría.

La resurrección del Señor no es, sin embargo, un hecho histórico hundido en el pasado, sin actualidad en el presente y sin valor para nosotros. ¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros. El es la primicia y la plenitud de la humanidad renovada. El Señor Resucitado, el que está sentado en el trono, nos dice: “Todo lo hago nuevo” (Ap 21, 5a). Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que se ofrece a todos y que todos estamos llamados a compartir ya desde ahora. Por el Bautismo, la resurrección de Jesucristo actúa ya en nosotros con toda su fuerza. Por el bautismo, el Misterio Pascual de su muerte y de su resurrección se ha hecho vida en los creyentes.

De ahí que la nueva vida, que hemos recibido en el  bautismo, pida nuestra fe personal y nuestra conversión permanente. Es cristiano quien cree personalmente en Cristo Resucitado, se convierte a él, se deja transformar por la nueva vida de los Hijos de Dios, ama y sigue a Jesús. Juan, al encontrar la tumba vacía tal como las mujeres les habían dicho, “Vio y creyó”. Juan y los discípulos realizan el “paso” por la fe y descubren como Dios les abre un horizonte de vida insospechado. Los discípulos quedan verdaderamente transformados por la Pascua del Señor y pasan a ser hombres nuevos.

La resurrección del Señor es un acontecimiento decisivo para el creyente: toda su persona queda afectada y comprometida. Exige una respuesta total; es decir, un cambio radical en nuestra forma de ser, de pensar, de sentir y de vivir. Confesar la Resurrección exige vivir como Jesús vivió: atento siempre a la voluntad del Padre, “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Confesar la resurrección pide vivir como Jesús nos enseñó a vivir. Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo),… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). De la fe en la resurrección surge un hombre nuevo, que no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él.

Quien cree en la resurrección se convierte en su testigo vivo. Las mujeres, los discípulos, los Doce y María proclamarán de palabra y con su vida, con toda firmeza y con perseverancia, que Jesús ha resucitado. Nada ni nadie, -ni las prohibiciones, ni las amenazas, ni los castigos de las autoridades, ni el desinterés, ni la incomprensión-, podrán impedir su anuncio y su nuevo estilo de vida.

El Señor Jesús ha resucitado. Su resurrección es el triunfo de la Vida sobre la muerte, del Amor sobre el pecado, del perdón sobre el odio. En la resurrección del Señor Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano y todas las dimensiones de la vida han quedado iluminados en su sentido más profundo, y han quedado sanados y renovados. También por la resurrección, el matrimonio y la familia recuperan su significado más profundo, ya inscrito en la naturaleza humana, y toda vida humana adquiere su valor inviolable.

En nuestra sociedad posmoderna y secularizada, aumentan las dificultades para que los esposos puedan crecer juntos en el camino de vida y de amor emprendido el día de su boda: dificultades para crecer en el amor y en la fidelidad; dificultades para mantenerse unidos, para respetarse y perdonarse; dificultades para que su amor conyugal esté siempre abierto a una nueva vida; dificultades para ejercer su paternidad y educar a sus hijos según sus convicciones religiosas. Las presiones ambientales, cultura­les, sociales y laborales, y las mismas leyes les ponen a prueba para vivir su identidad matrimonial y familiar.

Fiel al Evangelio del Resucitado sobre el matrimonio y la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda sobre la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, que, en su mutua entrega, se abren responsablemente a la fecundidad y asumen la tarea de educar a los hijos. Para quien se abre a Dios, a su palabra y a su gracia, como María, para quien abre su corazón a Cristo resucitado y se deja transformar por él es posible vivir el Evangelio del matrimonio y de la familia. Para resistir ante las modas y ante las presiones ambientales, los cristianos de hoy, como los de la primera comunidad cristiana, hemos de mantenernos unánimes en la oración, en las enseñanzas de los Apóstoles y en la participación en la Eucaristía. Familia que reza unida, se mantiene unida.

El matrimonio y la familia, en él fundada, inscritos en la naturaleza humana, siguen siendo insustituibles para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos; siguen siendo insustituibles para la vertebración de la sociedad. El matrimonio y la familia son insustituibles para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana. La familia es la célula básica de la sociedad. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma. Dejando a Dios entrar en vuestra vida, como María, los matrimonios y las familias cristianas podéis ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos.

Nos toca también vivir tiempos en que se extiende cada vez más la llamada “cultura de la muerte”. Por si ya no fuera poco el alarmante número de abortos se anuncia más permisividad legislativa. Ante esta lacra de nuestra sociedad, que clama al cielo, la fe en el triunfo de la Vida sobre muerte en el Señor Resucitado nos impulsa a proclamar con fuerza la cultura de la vida. Todo ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable. Nadie, ni el legislador, ni las embarazadas, ni los médicos son dueños de la vida humana concebida; como tampoco nadie es dueño de una vida humana debilitada por la edad o por la enfermedad. Todo ser humano ha de ser acogido, respetado y defendido por todos.

Ante el número creciente de abortos y el anuncio de la ampliación de despenalización del mismo, ante la propaganda de la eutanasia activa y ante los innumerables embriones matados en aras de la ciencia, los católicos, si creemos de verdad que Cristo ha resucitado, no podemos mirar hacia otro lado. No podemos callar. “Hemos de obedecer antes a Dios que a los hombres”. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la acogida, defensa y respeto de la vida, en especial de la vida humana: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano.

¡Que bajo el amparo de María, la Mare de Deu del Lledó, vivamos fielmente nuestra fe en la Resurrección de su Hijo. Dejémonos iluminar y transformar por ella, caminemos dando a los hombres ‘razón de nuestra fe y de nuestra esperanza’, con nuestras actitudes, con nuestras palabras y con nuestra vida. ¡Que como María seamos mensajeros de la resurrección de su Hijo, testigos de su Evangelio y constructores de la cultura de la vida! De manos de María acojamos a su Hijo, que en esta Eucaristía se nos da una vez más como Pan de vida y alimento en nuestro camino, para que así podamos participar un día como María de la gloria definitiva. Amen.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón