125 Aniversario de la Adoración Nocturna Española en Castellón

VIGILIA DE APERTURA DEL 125 ANIVERSARIO DE LA SECCIÓN DE A.N.E. DE CASTELLÓN

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Iglesia de la Sagrada Familia, Castellón 25 de abril de 2009

 

Sed bienvenidos, queridos hermanos, venidos de cerca y de lejos a esta Vigilia Eucarística, para conmemorar el 125º Aniversario de la fundación de la Sección de A.N.E. de Castellón. El Señor Resucitado sale a nuestro encuentro y nos reúne en esta Vigilia en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía; Él mismo nos hermana a todos y nos une en un mismo ideal: el de la Adoración Nocturna a Cristo Sacramentado.

Hoy queremos alabar, dar gloria y gracias a Cristo Jesús por el don de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección, alimento sacramental de su Iglesia, sacramento de su presencia real y permanente entre nosotros. A Dios damos gracias por estos 125 años de vida y andadura de la A.N.E.-Castellón, desde aquella primera Vigilia celebrada el 5 de abril de 1884, en la Iglesia de San Miguel, presidida por el vicario, D. Manuel Eixarde; gracias damos a Dios por su fundador diocesano, el Beato Domingo Sol, y por tantos y tantos hermanos adoradores que a lo largo de estos años y hoy, hicieron y hacen de la adoración nocturna a Cristo Sacramentado el lema de su vida.

El Evangelio de este tercer Domingo de Pascua vuelve a situarnos en el Cenáculo, donde Jesús instituyó la Eucaristía. Allí los discípulos de Meaux, cuentan a los Once y al resto de los discípulos “lo que les había pasado por el camino y como había reconocido a Jesús al partir el pan” (Lc 24, 35). Como entonces también hoy, la reunión dominical, la Eucaristía, es el momento privilegiado para encontrarnos con el Señor resucitado, para reconocerlo al partir el pan. Esta Vigilia nos invita a entrar de nuevo en el corazón del misterio de la Eucaristía: Jesús resucitado se hace sacramental, pero realmente presente entre nosotros y nos dice ‘paz a vosotros’.

Sí, hermanos, Jesús ha resucitado verdaderamente, se hace y está presente realmente en la Eucaristía. Es éste un misterio que nos puede soprender y quizá hacer pensar que es una imaginación, una invención, un fantasma. Pero no: desde aquella última Cena en el Cenáculo sabemos que las palabras mismas de Cristo pronunciadas por aquellos a quienes Él encargó producen ese intercambio maravilloso que hacen que el pan sea su Cuerpo entregado por nosotros y que el vino sea su sangre derramada para el perdón de los pecados. En verdad: la Eucaristía es un misterio que hemos de creer, celebrar, adorar y vivir, como nos ha recordado Benedicto XVI (Exh. Postsinodal Sacramentum Charitatis).

La Eucaristía es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, el sacramento en que el Señor resucitado sale a nuestro encuentro y nos revela el amor infinito de Dios por cada hombre. Por esto, la Eucaristía es la fuente del amor y de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y necesitados.

Sí, hermanos. Nos urge avivar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y, en él, nuestra fe en Dios, Uno y Trino, el Dios que es amor. Nos urge apreciar y amar la Eucaristía y hacer ella el centro de nuestra existencia personal, familiar y eclesial: de cada comunidad parroquial y de nuestra misma Iglesia Diocesana. “En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros” (Benedicto XVI, 7).

Jesús es el Pan de vida, que el Padre eterno nos da a los hombres. En la Eucaristía nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida.

Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a su celebración frecuente, a una participación activa, plena y fructuosa, para lo que debemos estar debidamente dispuestos. La Eucaristía es principio de vida para el cristiano. ¡Cuánto necesitamos los cristianos de hoy valorar el don maravilloso de la Eucaristía y recuperar la participación en la Eucaristía dominical! ¡Cómo lo entendieron aquellos cristianos de Bitinia, que, pese a la prohibición de reunirse para la Eucaristía bajo pena de muerte, fueron sorprendidos por los emisarios del emperador. “Sine Eucharistia esse non posssumus”, contestaron. Sí: Sin Eucaristía no podemos existir. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual” (Benedicto XVI, 73).

Pero la Eucaristía no es sólo un misterio que hemos de creer y celebrar, sino que es un misterio que hemos de adorar y vivir. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí una fuerza tal que hace de ella principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. El alimento eucarístico nos transforma; gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí.

Por ello, la Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. El nuevo culto cristiano abarca, transfigurándola, todos los aspectos de la vida, privada y pública, “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. La vida cristiana se convierte en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

Al celebrar la Eucaristía y adorar a Cristo presente en ella se aviva en nosotros el amor y también la esperanza. Donde el ser humano experimenta el amor se abren puertas y caminos de esperanza. No es la ciencia, sino el amor lo que redime al hombre, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. No basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, necesita un amor absoluto e incondicionado para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza. Y este amor es el amor de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Cristo y que tiene su máxima expresión sacramental en la Eucaristía.

Si se cree, se adora y se vive la Eucaristía como el gran sacramento del amor, esto se traduce necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad que se convierten en signos de esperanza. Porque quien adora la Eucaristía conoce de verdad a Dios, y quien lo conoce guarda sus mandamientos. Y el mandamiento principal de los cristianos es el amor a Dios y al prójimo, indisolublemente unidos. Amor y caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, de acogida de los emigrantes y sus familias, de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; amor entre los esposos y hacia los hijos, que se convierte en compromiso con la transmisión de la fe y una educación integral que no margine a Dios; amor comprometido en la sociedad y en nuestra ciudad a favor del bien común, de la justicia y de la paz.

La Eucaristía es la manifestación más grande del amor de Dios a su pueblo. Si el amor se manifiesta con la cercanía, la Eucaristía, presencia real de Cristo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, nos lo está gritando. Los amores humanos son efímeros, acaban con el tiempo; sólo el de Dios permanece. Todos nos abandonarán, sólo Dios, en la Eucaristía, permanecerá junto a nosotros por los siglos. Por eso la Eucaristía debe ser lugar de encuentro, lugar donde el amor de Dios y nuestro amor se entrecruzan.

A Cristo, muerto y resucitado, presente en la Eucaristía, le mostramos nuestro amor en nuestra adoración. Ahí le contemplamos ‘tal cual es’, le alabamos, le damos gracias y dialogamos con él: escuchamos su cálida voz, nos dejamos interpelar por El y le hablamos como al Amigo, que no defrauda. La mayoría de los presentes habéis adquirido libremente el compromiso de pasar unas horas, durante una noche al mes, junto a Cristo Eucaristía. Comprendo que a veces se os haga costoso, porque hay que robar unas horas al sueño, hay que dejar a la familia y a los hijos, hay que dejar diversiones. Pero ¿no es más valioso el encuentro con El, el Amigo? Os animo a no bajar el listón porque “amor con amor se paga”. El amor de Dios desea ser correspondido con el nuestro. Dejad que El os hable, que El se os muestre, atended su Palabra, acoged sus caminos.

Os habéis comprometido a adorar al Señor por la noche, cuanto tantos aprovechan la oscuridad para alejarse de Dios, como si Dios estuviese sólo a la otra parte del velo de las tinieblas. Con la humildad del publicano del Evangelio y desechando la soberbia y jactancia del fariseo, reconociéndoos limitados y pecadores, orad por todos, que es el mejor vínculo de caridad que podéis establecer con los hombres.

Sed ante el Señor-Eucaristía la voz de los enfermos, de los encarcelados, de los agonizantes, de los que caen y no hacen nada por levantarse, de las familias destrozadas, de los marginados, de los jóvenes desorientados, de los consagrados que han perdido “el amor primero”.

Cada vez que participamos en la Eucaristía somos invitados a comer el Cuerpo de Cristo y a beber su Sangre, que son para nosotros ‘alimento del pueblo peregrino’, el pan que sostiene a cuantos peregrinamos en este mundo. El mismo Cristo lo anunció así: “Si no coméis mi sangre y no bebéis mi sangre no tenéis vida en Vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 54-55).

La adoración de Cristo Sacramentado debe conducir siempre a la comunión sacramental o, al menos, espiritual. Si Cristo, a través de la comunión, es el que vive en nosotros, démonos cuenta de las consecuencias que ello conlleva. Cristo en nosotros es el que debe seguir actuando. Como Él tendremos que hacer la voluntad de Dios, dar la vida por los demás, perdonar, acercarnos a los alejados, hacer el bien a manos llenas.

Adorar la Eucaristía, identificarnos con Cristo por la comunión, dejar que Cristo Eucaristía viva en nosotros nos acarreará, por fuerza, sinsabores, burlas, sonrisas despectivas. Pero el Señor nos ha dicho: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33).

Ante Jesús Sacramentado oramos en esta noche, hermanos, por todos vosotros, adoradores, y por la oración nocturna española, por su vitalidad y por la savia de nuevos y jóvenes adoradores. Pedimos también por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los monjes y monjas de clausura, por los consagrados en medio del mundo, por los seminaristas y por el aumento de vocaciones al sacerdocio. Oramos por los niños, los jóvenes y las familias, para que encuentren en Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida; por los gobernantes en su ardua tarea de contribuir a la construcción de la ‘civilización del amor’, basada en la justicia, la verdad y la paz.

La Virgen María, la Madre de Jesús, peregrina de la fe, signo de esperanza y del consuelo del pueblo peregrino, nos ha dado a Cristo, Pan verdadero. Que Ella nos ayude a descubrir la riqueza de este sacramento, a adorarlo con humildad de corazón y, recibiéndolo con frecuencia, a hacer presente a Cristo en medio del mundo con nuestras obras y palabras. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 12 de abril de 2009

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

 

“!Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado! Aleluya”. Es la Pascua de Resurrección,“el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Hoy es el día que hizo el Señor, el día más grande y la solemnidad de todas las solemnidades. Por eso cantamos con toda la Iglesia el aleluya pascual. Hoy es el día en que con mayor verdad podemos entonar cantos de victoria. Hoy es el día en que el Señor nos llama a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa. El mismo Señor Resucitado, vencedor de la muerte, nos invita a la acción de gracias y a la alabanza.

Cristo vive, porque ha resucitado. Cristo no es un muerto que yace en el sepulcro, sino el Viviente. Cristo no es una figura del pasado, que vivió en un tiempo y murió, dejándonos su recuerdo, su doctrina y su ejemplo. No, hermanos: Cristo, a quien acompañábamos en su dolor, en su muerte y en su entierro el Viernes Santo, vive, porque ha resucitado. Este es el grito con que nos despierta la Liturgia de este Domingo de Resurrección.

Jesucristo murió verdaderamente y fue sepultado. Pero el último episodio de su historia terrenal no es el sepulcro excavado en la roca, sino la Resurrección de la mañana de Pascua. El autor de la vida no podía ser vencido por la muerte “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”.

Cristo ha resucitado. Su Resurrección es la prueba de que Dios Padre ha aceptado el sacrificio de su Hijo por nosotros y por nuestros pecados y en él hemos sido salvados: “Muriendo destruyo nuestra muerte, y resucitando restauró la vida” (SC 6)

Según los Evangelios ni los apóstoles ni los demás discípulos del Señor espera­ban la resurrección de Jesús. La losa retirada, el sepulcro vacío, la presencia del ángel y el anuncio de la resurrección de Jesús produjeron en las mujeres sorpresa e incluso temor y espanto (Cf. Mc 16, 8). María Magdalena quedó sorprendida al ver retirada la losa del sepulcro, y corrió enseguida a comunicar la noticia a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,1-2). Los dos van corriendo hacia el sepulcro y Pedro, entrando en la tumba ve “las vendas en el suelo y el sudario… en un sitio aparte” (Jn 6-7); después entra Juan, y “vio y creyó”. Es el primer acto de fe de la Iglesia naciente en Cristo resucitado, provocado por la solicitud de una mujer y por la señal de las vendas encontradas en el sepulcro vacío.

Dios se sirve de estas cosas sencillas para iluminar a los discípulos que “pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: qué él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 6,9), ni comprendían todavía que Jesús mismo les había predicho su Resurrección. Pedro, cabeza de la Iglesia, y Juan “el otro discípulo a quien Jesús amaba” tuvieron el mérito de recoger las ‘señales’ del resucitado: la noticia traída por la mujer, el sepulcro vacío y los lienzos depuestos en él.

Superadas la sorpresa y las dudas iniciales, todos los discípulos acabaron creyendo. La sorpresa inicial y la fe posterior coinciden con unos corazones que amaban intensamente al Señor. La muerte en la cruz era un hecho irrefuta­ble y vergonzoso, pero nunca dejarían de anunciarla. Sabían lo que había sucedido en la cima del Gól­gota y conocían el lugar de la sepultura, pero eso no les impidió conocer la resurrección y creer en ella.

La resurrección del Señor, su paso a una vida gloriosa e inmortal es un hecho real, sucedido en nuestra historia; no es –como algunos quieren hacernos creer- la invención de unas pobres mujeres ni es el fruto de la credulidad o del fracaso de los discípulos de Jesús, que salvo el discípulo amado, tuvieron que encontrarse con el Resucitado para creer. La resurrección de Jesucristo es obra de Dios todopoderoso, es la manifestación suprema de su amor misericordioso; es su respuesta definitiva a la entrega amorosa del Hijo. En la resurrección de Jesús se revela con infinita claridad el verdadero rostro de Dios, toda su sabiduría y bondad, todo su poder y toda su fidelidad.

 

¡Cristo ha resucitado! Esta Buena noticia resuena hoy en medio de nosotros con nueva fuerza. María Magdalena, Pedro, Juan y los demás apóstoles cambiaron su percepción de las cosas porque se encon­traron con el Señor resucitado. También a nosotros se nos ofrece la posibilidad de encontrarnos con el Señor resucitado y creer en él. ¿Cómo, hermanos? Antes de nada a través de la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios de este día nos invita a creer en Dios y nos invita a creer a Dios; nos llama a fiarnos de su Palabra, que nos llega en la cadena ininterrumpida de la tradición de los apóstoles y de los creyentes, de la fe de la Iglesia; este día nos exhorta a aceptar esta Palabra de Dios con fe personal y a confesar que Jesús de Nazaret, el hijo de Santa María Virgen, muerto y sepultado, ha resucitado de entre los muertos. También nuestra solemne procesión del Encuentro es una ayuda a encontrarnos de manos de María con el Resucitado. Dejémonos encontrar por él. ¡Que no se trate de una escenificación vacía! Porque solo si creemos que Cristo ha resucitado, nuestra alegría pascual será verdadera y completa.

Cristo no sólo ha resucitado, sino que nos ha comunicado ya su vida de resucitado. Por nuestro bautismo participamos ya del Misterio Pascual, de la muerte y resurrección del Señor. “Ya habéis resucitado con Cristo” (Col 3, l), nos recuerda San Pablo en su carta a los fieles de Colosas. Pablo no dice que vayamos a resucitar al final de los tiempos, sino que ya ahora hemos resucitado con Cristo. Porque por el bautismo ya nos hemos sumergido en las aguas y hemos salido de ellas, como símbolo de la muerte del hombre viejo, del hombre terreno al estilo del primer Adán, y hemos renacido a la vida del hombre nuevo (cfr. Rom 6, 3-4).

Por el bautismo renacimos un día a la nueva vida de los Hijos de Dios: fuimos lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios. Dios Padre nos ha acogido amorosamente como a su Hijo y nos ha hecho partícipes de la nueva vida resucitada de Jesús. Así quedamos vitalmente y para siempre unidos al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo, y, a la vez, unidos a la familia de los creyentes, es decir, a la Iglesia. Unidos a Cristo por nuestro bautismo debemos vivir las realidades de arriba (Col 3, l), donde Cristo está sentado a la derecha del Padre.

Para el cristiano, la vida no puede ser un deambular sin rumbo por este mundo; el cristiano ha de plantear su vida desde la resurrección, con los criterios propios de la vida futura. Somos ciudadanos del cielo (Ef 2, 6; Flp 3, 20; cfr. Col 1, 5; Lc 10, 20; 2 Pe 3, 13), y caminamos hacia el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre (cfr Ef 1, 20; Heb 1,3). De ahí que hayamos de plantear nuestra vida de modo que alcancemos aquella situación de dicha.

Celebraremos en verdad la Pascua si nos abandonamos en el Señor, que nos ha dado “una identidad nueva” (Benedicto XVI): la identidad de nuestro ser de bautizados. Pero, antes de nada necesitamos recuperar nuestro sentido de gratitud a Dios: Seamos agradecidos a Dios por el don que Él nos ha dado. Ante la indiferencia religiosa que nos circunda, ante las mofas cada vez más frecuentes hacia los cristianos católicos necesitamos vivir con verdadero gozo y fidelidad nuestra condición de hijos de de Dios, de discípulos de Cristo y de hijos de nuestra madre Iglesia.

La alegría de este día nos invita a volver sobre esa identidad nueva que hemos recibido. En nuestro bautismo hemos sido sepultados con Cristo y resucitados con Él. Los apóstoles comprendieron las Escrituras cuando reconocieron la resurrección del Señor. Sí, hermanos: ¡Cristo ha resucitado! Por eso es hermoso y es posible ser cristiano en el seno de la comunidad de los creyentes. Lo canta la Iglesia en este día: ninguna tristeza, ningún dolor, ninguna contrariedad tendrán la fuerza suficiente para quitarnos esta certeza: Jesucristo vive y con Él todo es nuevo.

Confesar y celebrar la Resurrección exige vivir como Jesús vivió, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Confesar y celebrar la resurrección pide vivir como Jesús nos enseñó a vivir. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). De la fe en la resurrección surge un hombre nuevo, que no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él.

Sólo así el bautizado se convierte en verdadero creyente y testigo de la resurrección. La fe en la Resurrección iluminará y transformará nuestra vida, como ocurrió con los Doce y con Pablo. La fe en la resurrección nos hará sus testigos para vivir y proclamar con audacia, con firmeza y con perseverancia la Buena Noticia de la Resurrección. Nada ni nadie pueden impedir al verdadero creyente el anuncio de Cristo Resucitado y de su resurrección, Vida para el mundo, pues a todos está destinada. Nada ni nadie lo podrán impedir: ni los intentos laicistas de recluir la fe cristiana al ámbito de la conciencia, ni las amenazas o castigos de las autoridades, ni la increencia o la indiferencia ambiental, ni la incomprensión de muchos, ni la vergüenza de tantos bautizados de confesarse cristianos. Es preciso dar testimonio a todos de la fe que ha llegado a nosotros desde los Apóstoles.

Queridos diocesanos, queridos diocesanos de Segorbe, queridos jóvenes: No tengáis miedo a ser cristianos. No os avergoncéis de ser cristianos. Merece la pena creer y seguir a Jesucristo Resucitado, merece el empeño de toda una vida. Cristo ha resucitado y ha sido constituido Señor de la vida: todos estamos llamados a resucitar con Él.

“¡Resucitó Cristo, nuestra esperanza!”. En Pascua ha triunfado la Vida sobre la muerte, el Amor sobre el pecado, la Paz sobre el odio. Cristo es la Luz para el mundo. La imagen de Cristo como luz, se simboliza en este Cirio, entronizado solemnemente en la Vigilia Pascual. Cristo es la luz para los hombres (cfr Jn 1,9; 3, 19). Cristo Resucitado abre horizontes totalmente nuevos al hombre: en Él, el hombre sabe que su destino no es la nada o la tumba: Si Cristo ha resucitado, todos nosotros resucitaremos, como dice S. Pablo (1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; cf Rom 8,11): y esta certeza de fe fundamenta nuestra esperanza, de modo que podemos vivir con el gozo del Espíritu.

Quien vive “en el mundo”, debe orientar hacia Dios las realidades terrenas, con verdadera alegría; y quien se ha consagrado a Dios, debe vivir para Él, sirviéndole en los hermanos. Nadie puede considerarse ‘resucitado con Cristo’, si vive para sí mismo (cfr. Rom 14, 7). A todo cristiano nos apremia la caridad de Cristo a dar testimonio del Resucitado, Vida para el mundo, ante una cultura de la muerte que se extiende como una mancha de aceite y se alienta desde leyes contrarias a la vida humana, que debe ser respetada desde su misma concepción hasta su muerte natural. Ante tanta mentira y demagogia demos testimonio alegre y esperanzado del triunfo de la Vida sobre la muerte, el testimonio de una vida honesta y sin doblez.

Celebremos con fe la Pascua de la Resurrección del Señor. Acojamos con alegría a Cristo Resucitado. Vivamos con gozo la Resurrección de Jesús en nuestra vida. Dejémonos transformar por Cristo resucitado por la participación en esta Eucaristía, memorial de su muerte y de su resurrección. Seamos testigos de su resurrección en nuestra vida. ¡Feliz Pascua de Resurrección¡ Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 10 de abril de 2009

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

 

La contemplación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, hecha en el ambiente sagrado de este día, nos adentra en la celebración litúrgica del Viernes santo. Hemos recordado y acompañado con piedad a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta la Cruz. El Señor es traicionado por Judas; asaltado, prendido y maltratado por los guardias; es negado por Pedro y abandonado de todos sus apóstoles, menos por Juan; una vez, condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos es azotado, coronado de espinas e injuriado por la soldadesca; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

En la Cruz contemplamos el ‘rostro doliente’ del Señor. El es ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues es absolutamente inocente; sino por la tragedia de mentiras y envidias, traiciones y maldades que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el peso de los pecados de todos los hombres y de todo sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45).

En la Cruz contemplamos su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1 Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor y en lugar de nosotros. Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Contemplando este ‘rostro doliente’, nuestro dolor se hace más fuerte, porque el rostro de Jesús padeciendo en la cruz, asume y expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las violencias y por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan. Viernes Santo hoy es la miseria y el hambre de millones de hermanos en África, en la India, en Hispanoamérica; es la muerte de tantas criaturas no nacidas que no verán nunca la luz,  son los desgraciados enganchados en la droga, los enfermos desahuciados por el sida, los ancianos abandonados, los padres sin trabajo…

Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. El Siervo de Dios, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz, a la vez, que descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza del amor de Dios, que quiere librarnos de cualquier pecado y de la muerte. Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, el Hijo de Dios mostró la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”.

La salvación es la liberación del hombre de sus pecados, de sus males y miserias, y la reconciliación con Dios. La salvación es toda obra de Dios, fruto de su amor infinito. Porque sólo el amor infinito de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar y justificar, de reconciliar y santificar. Pero el amor de Dios requiere ser acogido; el amor del Amante espera de la respuesta del amado, para entregarse y darse totalmente a sí mismo con todo cuanto tiene. Sin esa respuesta, no se produce, la obra del amor; se detiene a la puerta.

En la Cruz, el amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado con el mundo; un mundo alejado de Dios, hundido en sus miserias, en su dolor, en sus injusticias y en su mentira. “El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 3, 14). Desde ese mismo momento el mundo pecador, en principio, estaba salvado. Pero el Hijo de Dios, metido en el tiempo, revestido de nuestra carne pecadora, habría de realizar su propia historia en obediencia al Padre. La obra del amor de Dios culmina en la historia del hombre Jesús, Hijo de Dios. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz se convierte en el ‘árbol de la vida’ para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios.

El Viernes Santo, Jesús convierte la Cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la Cruz ya no es sinónimo de maldición;  sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor.  “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad e injusticia humana. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo tiene hoy que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz. Es la manifestación del amor misericordioso de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de muerte. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor y podremos alcanzar la salvación de Dios.

Al pie de la cruz la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de su dolor y de su amor. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella encomendamos en especial los que avergüenzan de la cruz y de su condición de cristianos, a los pecadores y a todos los que sufren a causa de su pecado, del egoísmo, de la injusticia o de la violencia. A ella encomendados a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe en la Cruz. ¡Que la cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza y de salvación¡ Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo. Misa “in Coena Domini”

Segorbe, S.I. Catedral, 9 de abril de 2009

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15).  

 

Hermanos y hermanas en el Señor: Es Jueves Santo. Dios, nuestro Señor, nos ha convocado esta tarde en asamblea santa para “celebrar aquella misma memorable Cena en que Cristo Jesús antes de entregarse a la muerte confió a la Iglesia el Banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna”. Estas palabras de la oración colecta nos introducen en el núcleo del misterio que hoy celebramos.

Esta tarde re-memoramos y actualizamos aquel primer Jueves Santo de Jesús con los Apóstoles en el Cenáculo. Jesús se había reunido con ellos para celebrar la Pascua. Y “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). En Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios mismo ama a sus criaturas, los hombres. Y lo hace hasta el extremo de entregar su vida por ellos. Los ama también en su caída y no los abandona a sí mismos. Dios ama a los hombres hasta el fin.

Antes de celebrar la última Cena, Jesús  “lleva su amor hasta el final, hasta el extremo: baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante sus discípulos, se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio del esclavo; lava sus pies y nuestros pies sucios, para que puedan y podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacerles y hacernos nos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás” (Benedicto XVI, Homilía de Jueves Santo 2006).

El Señor quiere que aquella Cena sea celebrada por siempre por sus discípulos. En Jueves Santo nuestro Señor Jesucristo encomendó a sus discípulos la celebración del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre” en el Cenáculo. (Canon romano).

Anticipando sacramentalmente la muestra suprema de su amor, la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz para la salvación de todos los hombres, instituye la Eucaristía, don del amor, sacramento del amor y manantial inagotable de amor.

Antes de ser inmolado en la cruz el Viernes Santo, Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía para perpetuar por todos los tiempos la ofrenda de si mismo por amor. Así nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura de este día: “Yo he recibido del Señor una tradición, que a mi vez os transmitido” (1 Co 11,23). Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa misa conmemoramos este acontecimiento histórico decisivo. El sacerdote se inclina, ante el altar, sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él  repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” (1 Co 11, 24) y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (1 Co 11, 25).  Y el pan y el vino quedan, como entonces en la última Cena, transformados en el Cuerpo y a Sangre del Señor.

Desde aquel primer Jueves Santo hasta esta tarde y siempre, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de los pecados, para la reconciliación con Dios y para la participación en la comunión con Dios, que es fuente de comunión con los hermanos. Desde aquel Jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía; se deja revitalizar y fortalecer por ella en su vida y en su misión, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por eso, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven , Señor, Jesús!’.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia: de toda la Iglesia, de nuestra Iglesia diocesana, de cada comunidad cristiana, de toda familia cristiana y de todo cristiano. Es el Sacramento por excelencia que hace de la Iglesia lo que es y esta llamada a ser: signo eficaz de comunión con Dios y, en él, de comunión de todo el género humano. No hay Eucaristía sin Iglesia, pero, antes aún, no hay Iglesia, ni comunidad cristiana, ni familia cristiana ni cristiano sin Eucaristía.

La Eucaristía actualiza de forma incruenta el sacrificio pascual de Jesús, es presencia sacramental pero real de Cristo muerto y resucitado, que se ofrece en banquete de comunión a los fieles cristianos. Comulgando a Cristo-Eucaristía entramos en comunión con Él, y, en Él, con el Padre y el Espíritu y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera serlo y esto sólo es posible permaneciendo vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión.

Ahora bien: el mismo Señor dice a sus discípulos: “Vosotros estáis limpios, pero no todos” (Jn 13, 10). El Señor desea estar a la mesa juntamente con nosotros, de convertirse en nuestro alimento, pero hemos de acercarnos a su mesa y hemos de recibirlo limpios de pecado. Por eso dice, el Señor: “Pero no todos” pueden estar a la mesa y comulgarle porque existe el misterio oscuro del rechazo. El amor del Señor no tiene límites, pero el hombre puede ponerle un límite. Lo que hace nos hace indignos para unirnos al Señor en la comunión es el rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar. Esto ocurre cuando, como en el caso de Judas, sólo cuentan el poder y el éxito; cuando la avaricia y el dinero son más importantes que Dios y su amor; cuando se vive en la mentira y así se pierde el sentido de la verdad suprema, de Dios (Benedicto XVI).

Por eso San Pablo nos recuerda con serias palabras la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación’ (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse. La Iglesia, como Madre, sigue pidiendo la reconciliación sacramental antes de comulgar, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía en estado de gracia.

Si comulgamos dignamente quedaremos transformados por el amor de Cristo, para vivir, amar, servir, sufrir y morir como Cristo. En esta celebración repetiremos el gesto que Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud amor hecho servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14).

¿Qué significa en concreto “lavarnos los pies unos a otros”? “Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella. Pero más profundamente lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque pueda parecer inútil. Significa purificarnos unos a otros soportándonos mutuamente y aceptando ser soportados por los demás; purificarnos unos a otros dándonos recíprocamente la fuerza santificante de la palabra de Dios e introduciéndonos en el Sacramento del amor divino” (Benedicto XVI).

Cristo mismo dice de si que “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don que hace la persona de si misma, sin reservas, a Dios y a sus hermanos. El Maestro mismo se ha convertido en un esclavo, y nos enseña que el verdadero y profundo sentido de su existencia es el servicio y entrega por amor. Este es el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo. Con su gesto, Jesús muestra a los Apóstoles y a todos sus seguidores, de todos los tiempos, cuál debe ser el máximo honor para sus discípulos: El honor del servicio por amor a Dios y al hombre.

Al celebrar la ceremonia del lavatorio de los pies reconocemos en ella la única manera posible de ser discípulos del Maestro. Será verdadero discípulo de Cristo quien lo imite en su vida, haciéndose como él solícito en el servicio a los demás, especialmente a los necesitados de nuestras obras de amor,  también con sacrificio personal. La actitud de servicio y de humildad es la actitud propia de los cristianos. No podemos reducir la comunión a un simple “estar con Jesús”. La Eucaristía no es sólo ‘estar con El’, sino ‘dejarse llevar’ con El para ‘darse’.

En la Eucaristía está escrito y enraizado el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). Jueves Santo es, por ello, con razón el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para ser fermento de fraternidad. La Eucaristía pide superar las barreras del egoísmo, del rencor y del odio. La Eucaristía llama a vivir la caridad con el necesitado, con el olvidado. A veces bastará con una mirada, con un gesto, con una mano que se abre. Otras tendremos que buscar el diálogo y ofrecer o pedir perdón. Todo merece la pena para conseguir la reconciliación y el amor y la paz. Hoy Jesús nos dice a nosotros como lo dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”.

Abramos nuestros corazones y participemos con fe en el gran misterio de la Eucaristía. Dejémonos unir al Señor y transformar por él comulgando su Cuerpo. Y aclamemos junto con toda la Iglesia: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!“. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Santa Misa Crismal

Segorbe, S. I. Basílica Catedral, 6 de abril de 2009

 

Gracia y paz de parte de Jesucristo (Ap 1,5) a todos vosotros, amados sacerdotes, consagrados y fieles laicos, venidos de toda la Diócesis hasta la iglesia Madre para la Misa Crismal. Antes de celebrar en el Triduo sacro los misterios centrales de nuestra salvación, el mismo Señor nos reúne como Iglesia diocesana para bendecir los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y consagrar el Crisma. Aquél “que nos amó, nos ha librado por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de nuestro Dios” (Ap 1,6); Él mismo es quien nos convoca para actualizar el misterio pascual en la Eucaristía. Cantemos las misericordias del Señor, cantemos su amor misericordioso con renovada alegría en esta mañana, en que celebramos una fiesta singular. Es la fiesta del pueblo de Dios al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo. Es la fiesta, también y de manera especial, de todos nosotros, hermanos en el sacerdocio, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo cristiano y de toda la sociedad.

Esta fiesta tiene un eco especial para los que en este año celebráis vuestras bodas de oro sacerdotales: D. Alberto Cebellán Debón,  D. José Membrado Galí, D. Marcelino Cervera Herrero y D. Joaquín Gil Gargallo; y para los celebráis vuestras bodas de plata sacerdotales: D. Francisco José Cortes Blasco, D. José María Marín Sevilla, D. José Manuel Agost Segarra y D. Álvaro Miralles Rodríguez. Nuestra Iglesia diocesana, nuestro presbiterio entero y ¡cómo no¡ vuestro Obispo os felicitamos de todo corazón y, con vosotros,  damos gracias a Dios por el don de vuestro sacerdocio que recibisteis hace ha 50 o 25 años. Felicitamos también a los que en este año han sido incorporados a nuestro presbiterio: D. Télesphoro-Marie Nsengimana, D. Ángel Cumbicos Ortega, D. Marc Estela Pujals y D. Juan Carlos Vizoso Corbel. A todos os decimos y cantaremos: Ad multos annos. En nuestra alegría por vosotros no nos olvidamos en nuestra oración  de los hermanos sacerdotes diocesanos que han fallecido desde nuestra última Misa crismal: D. Vicente Manzanares Bascuñana, D. José Carlos Beltrán Bachero y D. Juan Miguel Peiró Giner, ni de los hermanos de la Diócesis de Tortosa, que pasaron los últimos años de su vida terrenal entre nosotros: D. Santiago Vilanova y D. Salvador Vives.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena noticia a los pobres” (Is 61, 1,3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo, a la misión mesiánica de Jesús, consagrado por virtud del Espíritu Santo y convertido en sumo y eterno Sacerdote de la nueva Alianza, sellada con su sangre. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en él, único y definitivo mediador entre Dios y los hombres.

 “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). Así comenta Jesús, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Es Jesús mismo quien afirma que Él es el Ungido del Señor, a quien el Padre ha enviado para traer a los hombres la liberación de sus pecados y anunciar la Buena nueva a los pobres y a los afligidos. Él es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia de Dios. Acogiendo la llamada del Padre a asumir la condición humana, trae consigo el soplo de la vida nueva y da la salvación a todos los que creen en Él.

El mismo Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, ha hecho de nosotros, bautizados, un reino de sacerdotes. Por el bautismo hemos sido liberados de nuestro pecado, y ungidos y consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales. Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la nueva vida de la gracia, recibida en el Bautismo, se desarrolle en nosotros mediante una fe en el Dios vivo, que viene a nuestro encuentro y nos ofrece su amistad en su Hijo; una fe que ha de ser personal en comunión con la fe de la Iglesia; una fe que ha de alimentarse en la oración y en la participación frecuente en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación; una fe que se ha de hacerse viva mediante una caridad activa.

En otro nivel, esencialmente distinto, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes, ordenados por una unción especial para ser ministros, es decir, servidores de Dios y de su Pueblo, para pastorear al pueblo sacerdotal, anunciar la Buena nueva y ofrecer en su nombre el sacrificio eucarístico a Dios en la persona de Cristo (cf. LG 10); somos servidores, que no dueños, del sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

Al hacer cada año, en esta misa Crismal memoria solemne del único sacerdocio de Cristo, expresamos la vocación sacerdotal y la llamada a la santidad de toda la Iglesia, de todos los cristianos, y, en particular, del obispo y de los presbíteros unidos a él. Todos los bautizados estamos llamados a vivir nuestra existencia como oblación a Dios en el testimonio de una vida santa, en la abnegación y en las obras de amor (cf. LG 10). Todo bautizado y toda comunidad cristiana estamos llamados a alabar y dar testimonio del amor misericordioso de Dios con una vida santa, y anunciar así la Buena nueva. “Esta es la voluntad de Dios -escribe san Pablo-: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3). Y el concilio Vaticano II precisa: “Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG, 40).

Esta verdad fundamental nos atañe ante todo a nosotros, los obispos, y a vosotros, amadísimos sacerdotes. “Sed santos -dice el Señor- porque yo soy santo” (Lv 19, 2); pero se podría añadir: sed santos, para que el pueblo de Dios que os ha sido confiado sea santo. Ciertamente, la santidad de la grey no deriva de la del pastor, pero no cabe duda de que la favorece, la estimula y la alimenta. Este día, en que recordamos con gratitud ‘el misterio de misericordia’ de nuestra propia ordenación, nos invita ante todo a reflexionar sobre nuestro ‘ser’ y, en particular, sobre nuestro camino de santidad. De nuestra propia santidad, alimentada por una profunda vida espiritual es de donde surge también nuestro impulso apostólico y se alimenta  nuestra caridad pastoral; un ardor y una caridad que nos impulsa a ser día a día pastores al servicio del pueblo santo de Dios.

Queridos sacerdotes. Somos servidores del Pueblo santo de Dios, de todos los bautizados. Estamos llamados a estimular en todos los cristianos su sacerdocio común, a avivar su unción y vida bautismal, a ofrecerles en nombre de Cristo la Buena nueva, la luz, la compañía y el testimonio que necesitan y reclaman para hacer de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás.

Nuestro primer servicio es ayudar a los bautizados a conocer a Dios y encontrarse con Él en Cristo para avivar el don de su bautismo según su personal vocación. Soy consciente de las dificultades del proceso de la iniciación cristiana y de la maduración en la fe en niños, adolescentes y jóvenes, como también de las dificultades de la transmisión de la fe en las familias cristianas. La propia experiencia y los estudios  sociológicos nos dicen que los jóvenes se alejan cada vez más de la fe y vida cristiana y de la Iglesia. Esto no nos puede dejar indiferentes, tranquilos o inactivos. Pese a todas las dificultades creo que es posible afirmar que al joven de hoy sí le interesa la verdad que comunica la fe. El joven de hoy quizá se asemeja a aquella samaritana que desea llenar su cántaro y su vida del agua viva; pero ni sabe lo que busca, ni conoce el agua viva y, así, sigue rodeándose de ‘maridos’ que, en realidad, no son el suyo (cfr. Jn 4,17). Como pastores necesitamos conocer a nuestros adolescentes y jóvenes; y hemos de acercarnos a ellos con el afecto del buen Pastor, siendo testigos trasparentes de Él, para ofrecerles con verdadera pasión a Dios y a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida.

Amados hermanos sacerdotes. En breves momentos vamos renovar nuestras promesas sacerdotales. Se trata de un rito que cobra su pleno valor y sentido precisamente como expresión del camino de santidad y del ardor apostólico, al que el Señor nos ha llamado por la senda del sacerdocio y del servicio. Cada uno de nosotros recorre este camino de manera muy personal, sólo conocida por Dios, el cual escruta y penetra los corazones. Con todo, en la liturgia de hoy, la Iglesia nos brinda la consoladora oportunidad de unirnos y sostenernos unos a otros en el momento en que repetimos todos a una: “Sí, quiero”. Esta solidaridad fraterna no puede por menos de transformarse en un compromiso concreto de llevar los unos la carga de los otros, en las circunstancias ordinarias de la vida y del ministerio. Aunque es verdad que nadie puede hacerse santo en lugar de otro, también es verdad que cada uno puede y debe llegar a serlo con y para los demás, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Para ser servidores de la unción bautismal de los fieles, los pastores debemos dar un testimonio coherente de vida, hemos de vivir con fidelidad creciente y con la frescura del primer día el don y misterio que hemos recibido y hemos de ejercer nuestro ministerio en comunión con la fe y moral de nuestra Iglesia. Nuestra fidelidad reclama no sólo perdurar, sino mantener el espíritu fino y atento para crecer en fidelidad. La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha tornado más delicada y problemática en nuestros días marcadas por el individualismo, el relativismo, el pansexualismo y tantos otros ismos, que nos pueden llevar a olvidar que somos ungidos y enviados por Dios y ministros de su Iglesia. Y, sobre todo, vivamos nuestro ministerio en fidelidad con frescura y finura. ¡Desechemos de nuestras vidas toda forma de fidelidad fingida o aparente! ¡Superemos la rutina, la mediocridad y la tibieza, las discordias y los planteamientos ideológicos, tan poco evangélicos, que matan toda clase de amor, cercenan la unidad y debilitan hasta quemarlo como al sal nuestro prebiterio, nuestro corazón y nuestra Iglesia! ¡Acojamos la invitación del Señor a vivir con radicalidad evangélica el don y el ministerio recibidos! ¡Seamos responsables en nuestra tarea, serios en nuestra vida afectiva, preocupados por la oración, atentos a las necesidades de la comunidad cristiana y fieles a sus compromisos con la sociedad!

Dios es siempre fiel. El nos ha llamado, ungido y enviado. Y no se arrepiente de ello. En nuestros momentos de desaliento acojamos la fidelidad de Dios con la nuestra. La fidelidad a que nos debemos tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesucristo al Padre. Identificarnos con el Señor equivale a dejarnos impregnar, por la acción del Espíritu, de Él y de sus actitudes básicas. La fidelidad que le frecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios hacia nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestra obstinación, ni siquiera de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Tenemos que implorar la fidelidad

Que nos sostenga la Madre de Cristo, Madre de los sacerdotes. María nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina. Nos ayude a no olvidar nunca que el Espíritu del Señor nos “ha enviado para anunciar a los pueblos la buena nueva”. Dóciles al Espíritu de Cristo, seremos ministros fieles de su Evangelio. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

Castellón y Segorbe, S.I. Concatedral y Catedral, 5 de abril de 2009

 

Acompañando a Jesús con palmas en el Domingo de Ramos hemos entrado en la celebración de la Semana Santa: comenzamos así la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de la fe cristiana: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, una intensidad que ha calado hondamente en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo cristiano. Todos vosotros y las Cofradías de Semana Santa, presentes a lo largo y ancho de nuestra Diócesis, sois el mejor ejemplo del profundo arraigo de la fe cristiana entre nosotros. ¡No dejemos que todo quede en la tradición y en la estética, no dejemos que la Semana Santa, despojada de su núcleo santo, quede reducida a expresión cultural; No permitáis que sean borradas las raíces cristianas de nuestro pueblo!

Porque, bien pudiera ocurrir que, llevados por el ambiente de fiesta y de ocio de estos días o quizá arrastrados por el contexto secularizado y laicizante que nos circunda, nos quedáramos en lo superficial y exterior y perdiéramos de vista la profundidad santa y divina de la Semana Santa. Todos percibimos que, para muchos, nuestra Semana Santa se está vaciando de contenido y, para algunos, ya está vacía en su interior. Esto ocurre cuando nuestras procesiones se separan de la vida de la Iglesia y no se participa en la liturgia; o cuando las procesiones no son ya expresión de una fe viva y vivida en Cristo Jesús, que padece, muere y resucita, cuando la Semana Santa no tiene incidencia alguna en nuestra vida cristiana, personal y comunitaria, familiar y social. Dejemos, pues, que nuestra celebración de hoy avive nuestra fe en el Señor y nuestra vida cristiana, para mejor disponernos a conmemorar su camino pascual, para recordarlo con fe y devoción, es decir para traerlo no sólo a nuestras calles y plazas, sino ante todo a nuestra memoria y a nuestro corazón.

Hoy toda nuestra celebración está centrada en Cristo y nos debe llevar Él. La procesión de palmas y la Palabra de Dios conduce nuestra mirada a la persona de Cristo y a su camino pascual. Cristo Jesús va a pasar, a través de la muerte, a la nueva vida: Él es el Siervo de Yahvé, que se hace solidario con sus hermanos, entregándose por amor hasta la muerte y así salvar y dar la Vida a toda la humanidad. Como el Siervo de Dios, Jesús Nazareno no se retrae ante las dificultades en su misión, ni ante la persecución, golpes e insultos en su camino. La fidelidad a Dios y la fidelidad a los hombres son su consigna; su fidelidad a la misión recibida de Dios en favor de todos los hombres hace que el Siervo de Yahvé, hacen que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, permanezca firme en el sufrimiento, en la ignominia, en el aparente fracaso.

El Siervo de Dios con su suerte prefigura la de Cristo, el Hijo de Dios que no opuso resistencia a la voluntad el Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres; él está seguro de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos; él puso plenamente su confianza en Dios y esta confianza es la que le permitió permanecer fiel hasta el final (cfr. Is 50, 4-7) San Pablo nos dirá en su ‘himno’ en la carta a Filipenses: Cristo, el Jijo de Dios, se ha abajado, en su solidaridad con nosotros, hasta la renuncia total de sí mismo y hasta la humillación de la muerte, pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (cfr. Filp 2, 6-11). Es la Pascua: el ‘paso’ por la muerte a la vida.

El relato de la pasión de Marcos (14, 1-15.47) da un paso más y nos ofrece la respuesta a la pregunta fundamental sobre la persona de Jesús. ¿Quién es Jesús?, esta es la pregunta que late en todo el evangelio de Marcos. ¿Quién es Jesús?: es la pregunta que nos hemos de hacer y responder hoy. En un tiempo en que avanza la increencia y tantos cristianos se avergüenzan de serlo y apostatan silenciosamente de su fe, es la pregunta que debemos hacernos estos días; y ayudar a que otros se hagan estos días, especialmente a nuestros jóvenes.

La narración de la pasión de Marcos revela que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Jesús es verdadero hombre, que en Getsemaní cae a tierra orando, en un gesto de súplica y abandono; y en la cruz dirá: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”: es la expresión dramática de la soledad y del dolor de un moribundo que se siente olvidado incluso por Dios. Cristo se ha solidarizado con nuestra condición humana hasta la profundidad de la misma muerte. Pero Jesús es, a la vez, verdadero Hijo de Dios. Por ello puede invocar a Dios, el Altísimo, llamándole Abba, Padre. “Realmente este hombre era Hijo de Dios”, dirá el Centurión –un pagano- que lo ve morir de aquella manera. Estas palabras del Centurión son el símbolo del camino a dar desde incredulidad o desde la indiferencia agnóstica a la confesión de fe en Jesús, el Cristo; un camino que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al Crucificado. También nosotros estamos invitados a pronunciarnos con las palabras del Centurión, con verdad y con franqueza, para no pasar, como la muchedumbre, del ‘hosanna’ al ‘crucifícalo’

En silencio hemos proclamado el camino que ha seguido Jesús a la cruz y a la resurrección. Un camino solidario y prototipo de todo el dolor de la humanidad y también del estilo con que Dios ha asumido nuestro mal y nos ha querido salvar por el perdón y el amor. Debemos preguntarnos si de verdad estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor el camino del perdón y del amor. Es una senda que se manifiesta en un abandono confiado e incondicionado a la voluntad del Padre. Sólo así a los pies de la cruz, podrá renacer en nosotros una fe más madura y más viva en Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios: un Dios tan enamorado de su criatura que acepta morir por amor. Nuestra vida, la de nuestros jóvenes, la de nuestras familias necesita esta fe parar crear gestos que sólo el amor humilde sabe inventar; gestos que transformen la realidad cotidiana en una manifestación del Reino de Dios.

¡Dejemos que Dios avive y fortalezca nuestra fe en Cristo Jesús en estos días de Semana Santa! No creemos en una historia del pasado o en unas tallas, por hermosas que estás sean; creemos en una persona, creemos en Cristo Jesús, que se entrega por amor hasta la muerte por todos nosotros y por nuestros pecados; creemos en un Cristo Jesús que ha resucitado y vive para siempre, para que también nosotros tengamos vida. Dejémonos encontrar por Él, dejémonos amar por Él, dejémonos perdonar y reconciliar por Él, dejemos que su vida transforme nuestras personas y nuestra vida.

Hoy, caminando hasta esta iglesia, hemos mostrado que nos queremos encontrar con el Señor, seguirle y acompañarle en su Semana Santa hacia la Pascua. Acompañar a Cristo en su Semana Santa supone hacerlo en la muerte y en la resurrección, en el dolor y en la alegría, en la entrega y en el premio. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús; meditemos y oremos su misterio pascual; vivamos la Pascua en nuestra existencia, viviendo con fidelidad nuestro ser cristianos y alimentando una confianza absoluta en Dios, que es Padre lleno de amor, cuya última palabra no es la muerte, sino la vida, como en Jesús. Si le acompañamos en la cruz, también seremos partícipes de su nueva vida de Resucitado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Festividad de los Seminarios Diocesanos ‘Mater Dei’ y ‘Redemptoris Mater’

Castellón, Iglesia del Seminario diocesano “Mater Dei”, 25 de marzo de 2009

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

 

Saludo de todo corazón a mi hermano en el Episcopado, Mons. Enrique Benavent, Obispo auxiliar de Valencia, y a los Sres. Rectores, Formadores, Profesores y Seminaristas en el día de la fiesta de nuestros seminarios. Queridos sacerdotes y diáconos.

En la solemnidad de la Anunciación nuestros ojos se dirigen a Nazaret, donde hace dos mil años se realiza el gran misterio, que hoy celebramos. El evangelista san Lucas sitúa claramente el acontecimiento en el tiempo y en el espacio: “A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; (…) la virgen se llamaba María” (Lc 1, 26-27). Para comprender lo que sucedió en Nazaret hace dos mil años, debemos volver a la lectura tomada de la carta a los Hebreos. Este texto nos permite escuchar una conversación entre el Padre y el Hijo sobre el designio de Dios desde toda la eternidad: “Tú no has querido sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo. No has aceptado holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije:  (…) ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ “ (Hb 10, 5-7). La carta a los Hebreos nos dice que, obedeciendo a la voluntad del Padre, el Verbo eterno viene a nosotros para ofrecer el sacrificio que supera todos los sacrificios ofrecidos en la antigua Alianza. Su sacrificio eterno y perfecto redime el mundo.

El plan divino se reveló gradualmente en el Antiguo Testamento, de manera especial en las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: “El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7, 14). Emmanuel significa ‘Dios-con-nosotros’. Con estas palabras se anuncia el acontecimiento único que iba a tener lugar en Nazaret en la plenitud de los tiempos: es el acontecimiento que estamos celebrando aquí con alegría y felicidad intensas.

La Anunciación es un acontecimiento humilde y escondido; pero es al mismo tiempo un acontecimiento decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen pronunció su ‘sí’ al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con Él comenzó la nueva era de la historia, que más tarde será sancionada en la Pascua como ‘nueva y eterna Alianza’.

El ‘sí’ de María es el reflejo perfecto del ‘sí’ de Cristo, cuando entró en el mundo: “¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Heb 10, 7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre y de este modo, gracias al encuentro de estos dos ‘síes’, Dios ha podido asumir un rostro de hombre. Por este motivo la Anunciación es una fiesta cristológica, pues celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación. Y es también una fiesta mariana, en que celebramos la disponibilidad de María para ser la Madre de Dios: ella es en verdad, la ‘theotocos’, la Mater Dei.

El amor de Dios por la humanidad, la disponibilidad en obediencia a la llamada de amor del Padre por parte del Hijo y de María y su entrega a la misión que les es confiada en favor de la humanidad son el contenido de la Palabra de Dios que hemos proclamado en la liturgia de hoy.

El amor de Dios, la disponibilidad y la entrega son también las claves para nuestra Iglesia, y lo son para entender y vivir nuestra vocación y el don del orden sacerdotal, que hemos recibido

 “¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Heb 10, 7): es la respuesta del Hijo a la misión del Padre.“Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Esta es la respuesta de María a la elección gratuita y amorosa de Dios. Ambas respuestas se continúan en la Iglesia, llamada a hacer presente a Cristo en la historia, ofreciendo su propia disponibilidad para que Dios siga visitando a la humanidad con su misericordia. El ‘sí’ de Jesús y de María se han de renovar en el ‘sí’ de nuestra Iglesia diocesana a la misión recibida de su Señor; nuestra Iglesia no se debe así misma sino a su Señor.

En la encarnación del Hijo de Dios reconocemos los comienzos de la Iglesia. De allí proviene todo. Cada realización histórica de la Iglesia, también de nuestra Iglesia diocesana y de cada una de sus instituciones deben remontarse a aquel Manantial originario. Deben remontarse a Cristo, Verbo de Dios encarnado. Es él a quien siempre celebramos: el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, por medio del cual se ha cumplido la voluntad salvífica de Dios Padre. Y, sin embargo (precisamente hoy contemplamos este aspecto del Misterio) el Manantial divino fluye por un canal privilegiado: la Virgen María. Por ello, al celebrar la encarnación del Hijo no podemos por menos de honrar a la Madre. A ella se dirigió el anuncio angélico; ella lo acogió y, cuando desde lo más hondo del corazón respondió: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38): en ese momento el Verbo eterno comenzó a existir como ser humano en el tiempo.

El icono de la Anunciación, mejor que cualquier otro, nos permite percibir con claridad cómo todo en la Iglesia se remonta a ese misterio de acogida del Verbo divino, donde, por obra del Espíritu Santo, se selló de modo perfecto la alianza entre Dios y la humanidad. Todo en la Iglesia, toda institución y ministerio, está ‘puesto’ bajo el manto de la Virgen, en el espacio lleno de gracia de su ‘sí’ a la voluntad de Dios. Entre María y la Iglesia existe un vínculo connatural, que el concilio Vaticano II subrayó al tratar sobre la santísima Virgen como conclusión de la constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia.

He aquí la imagen y el modelo de la Iglesia. Toda comunidad eclesial, como la Madre de Cristo, está llamada a acoger con plena disponibilidad el misterio de Dios que viene a habitar en ella y la impulsa por las sendas del amor. Es una llamada a edificar nuestra Iglesia en la caridad, como “comunidad de amor”, que irradie en el mundo el amor de Cristo, para alabanza y gloria de la santísima Trinidad.

3. El ‘sí’ de Jesús y de María se ha de reflejar también en cada uno de nosotros -Obispo, sacerdotes y seminaristas-, acogiendo y viviendo en obediente disponibilidad el don amoroso de Dios recibido en el sacramento del orden o respondiendo con la misma actitud a la llamada del Señor a su seguimiento como ministros ordenados.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Esta invitación a la alegría del ángel a María al anunciarle que ha sido agraciada y escogida por Dios para ser la Madre de su Hijo, se repite hoy al celebrar la fiesta del Seminario.

Queridos seminaristas: Él Señor os ha llamado y elegido por puro amor para ser sus presbíteros en esta Iglesia de Dios, que peregrina en Segorbe-Castellón. Vuestra alegría es nuestra alegría, la de nuestro presbiterio, la de nuestra Iglesia diocesana.

Vuestra vocación es un signo de la benevolencia divina hacia vosotros, pero sobre todo hacia nuestra Iglesia. Ante la escasez de vocaciones en nuestra propia Iglesia, puede que a veces nos ocurra como al rey Acaz, que ya no confiaba en la presencia providente de Dios en medio de su pueblo (cf Is 7,10-14; 8, 10). Este joven rey de Jerusalén, débil, mundano y sin hijos, veía peligrar su trono a causa de la presencia de ejércitos enemigos y buscó alianzas humanas. Isaías le propone pedir Dios ‘una señal’, que Acaz de modo hipócrita rechazará, porque ya no se fiaba de Dios. Pese al rechazo, Dios le dará la señal de una virgen encinta que dará a luz al Enmanuel, al Dios con nosotros (cfr. Is 8,10). Fiados en el amor permanente y fiel de Dios hacia su pueblo, oremos por las vocaciones sacerdotales en nuestra Diócesis.

Bajo la protección de Maria, la Mater Dei, ponemos una vez más a nuestra Iglesia diocesana, a los sacerdotes y a nuestros seminaristas. A su intercesión encomendamos el don de nuevas vocaciones: que ella ilumine y guíe los niños, adolescentes y jóvenes en su disponibilidad a responder con generosidad a la llamada al sacerdocio ordenado. Y en la Jornada por vida pedimos para que toda vida humana sea acogida y protegida desde su concepción hasta su ocaso natural. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Presentación del Señor

Capilla del Hospital Provincial – 2 de febrero de 2009

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor. Os saludo en especial a vosotros, queridos consagrados y consagradas, en la Fiesta de la Presentación del Señor, en que celebramos la Jornada de la Vida Consagrada. Unidos a toda la Iglesia, nuestra Iglesia diocesana alaba y da gracias a Dios por todos vosotros y por todas vosotras, por la diversidad de carismas de vuestros institutos, que son verdaderos dones del Espíritu Santo con los que Dios enriquece de un modo inestimable a nuestra Iglesia. Con vosotros y vosotras oramos también al Señor para que por la fuerza del Espíritu os mantengáis fieles a vuestra consagración siguiendo a Cristo obediente, virgen y pobre en los diversos caminos de la consagración.

La Liturgia de la Fiesta de la Presentación del Señor tiene un tono gozoso por la primera entrada de Cristo en el templo y, al mismo tiempo, un tono sacrificial porque viene para ser inmolado para la redención de los hombres. La presentación de Jesús en el templo es el primer anuncio de lo que será su verdadera “entrada” salvadora en el Templo, su muerte y su resurrección. El Hijo de Dios, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” (Hb 2,17), los hombres, menos en el pecado. Sin dejar de ser Dios, se hizo verdadero hombre con los hombres, entró en la historia humana y compartió en todo nuestra existencia, menos el pecado. Dios salva a los hombres realizando sus promesas, pero no desde la lejanía, sino insertándose en la historia humana. El Salvador se hace uno de los nuestros: asume nuestra misma naturaleza, sufre y muere como cualquier hombre, y vive esta vida de comunión con los hombres como una ofrenda consagrada a Dios, en fidelidad a la misión recibida del Padre y obediente a su voluntad hasta la muerte.

“Mis ojos han visto a tu Salvador… luz para alumbrar a las naciones…” (Lc 2, 30, 32), hemos escuchado en el Evangelio. Con estas palabras, el anciano Simeón proclama quién es aquel Niño: Jesús es el Salvador prometido y esperado. El es la Luz de Dios, que alumbra a las naciones, la Luz de Dios para la humanidad. Jesús manifiesta a los hombres el verdadero rostro de Dios: Dios, que es vida y amor, crea al hombre por amor para hacerle partícipe de su misma vida divina, comunión de vida y de amor. Cristo revela al hombre su verdadero rostro, su origen y su meta, y el camino para lograr la verdadera humanidad. Como Simeón o Ana hay que tener la mirada y el corazón bien abiertos, para ver en Jesús, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres, la búsqueda de sentido, de amor, de vida y de felicidad.

Cristo es la Luz que salva. La carta a los hebreos formula nuestra fe cristiana: Cristo por su muerte nos libera del pecado  y de la muerte, que nos hacían esclavos del pecado. Con frecuencia nos atenaza el miedo en nuestra vida; el miedo, sobre todo, a acoger a Dios en nuestra vida, a acoger su plan y su voluntad sobre cada uno de nosotros; tenemos miedo a entregarnos a Dios con alma, mente y corazón. En la raíz de todos nuestros miedos está el temor de la muerte, el temor a no alcanzar la vida, la felicidad. Un temor que nos lleva a mendigar seguridades al margen de Dios, a buscar la vida lejos de El, que es la Vida y el Amor. Y así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible; cerrados a Dios y al hermano, en nuestros limitados horizontes egoístas, en el afán desordenado de autonomía personal al margen del designio del creador, o de nuestro egoísmo en el goce y de posesión de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden todas nuestras esclavitudes humanas. Los intentos de liberación humanos que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.

Jesucristo es el Salvador precisamente porque ha ido más allá de proyectos y teorías humanas. Él mismo, obediente al Padre por amor, ha pasado por el sufrimiento y la muerte, por la entrega total de su cuerpo y de su espíritu al Padre, para recuperarnos la Vida de Dios; muriendo y resucitando vence a al pecado y a la muerte, y nos libera del miedo a la muerte. Liberados del pecado y de la muerte en Cristo, todos podemos ser libres, todos podemos vivir la libertad de los hijos de Dios en la obediencia al designio de Dios, en el amor gratuito y oblativo, en el abandono a su providencia. En la oblación perfecta con Dios, podremos amar a Dios y a los hombres, vivir en la comunión de vida trinitaria y en la comunión fraterna con los hermanos. En Cristo podemos esperar sin miedos y sin necesidad de buscar seguridades humanas, que serán siempre limitadas.

Cristo Jesús será como una bandera discutida (cf. Lc 2, 34-35). En la raíz de la oposición hacia Jesús está un corazón cerrado a la luz de Dios, un corazón esclavo, que, buscando la seguridad en sí mismo, hace imposible la verdadera vida. Ante Cristo queda clara la actitud de muchos corazones. La condena a muerte de Jesús es la reacción negativa ante unas palabras que hablaban de amor, de misericordia y de apertura a todos, también a los paganos. Esto se repetirá en la historia y se repite en el presente, donde ante la verdad, que es Jesucristo, se alzan críticas, incomprensiones y rechazos, simples justificaciones de la propia seguridad, humana e insegura.

Pero Jesús es el Ungido de Dios; él lleva a cabo las promesas de Dios y las expectativas de los hombres de modo inesperado, pero del modo más humano posible: haciéndose uno de nosotros, en todo fiel y obediente a la voluntad de Dios y en su entrega a Él hasta la muerte. Jesucristo es la Luz para todos los hombres. El sale a nuestro encuentro y desea encontrarse con cada uno de nosotros para mostrarnos el camino hacia Dios y hacia el hermano, para darnos la comunión de vida con Dios, base de la comunión fraterna. Esta es la vocación y misión de la Iglesia: Ser portadora de la Luz de Cristo, ser presencia suya, de su Evangelio y de su obra redentora entre los hombres y mujeres de todos los tiempos; ser, en una palabra, misterio de comunión y misión, ámbito de unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.

El lema de la Jornada de la Vida Consagrada en este año paulino nos recuerda que, vosotros, queridos consagrados y consagradas, estáis llamados, como Pablo, a manifestar que vuestra vida es Cristo; a ser testigos del amor de Dios en el mundo. “Si tu vida es Cristo, manifiéstalo (Filp 1,21). Los consagrados, testigos del amor de Dios en el mundo”.

En San Pablo, los consagrados podéis encontrar los rasgos vitales de alguien que ha entregado su persona, su vida entera y su tiempo, en una palabra, todo su amor a Jesucristo. El testimonio de San Pablo es un ejemplo para todos vosotros, consagrados y consagradas: su amor apasionado por Jesucristo, su celo misionero para que Cristo, muerto y resucitado para la vida del mundo, llegue a todos, su afán para que el Evangelio sea conocido por todas las gentes, y su inquebrantable amor a la Iglesia, hacen de él un ejemplo en el seguimiento del Señor en todos los carismas.

En este día, en que conmemoramos la ofrenda del Señor y de su persona en el Templo, vosotros consagrados y consagradas, renováis vuestra consagración: queréis que toda vuestra existencia, como la de Cristo, sea una ofrenda constante a Dios para la salvación del mundo. El amor del Padre os ha enriquecido con una vocación santa. La misericordia de Cristo, Esposo, os ha consagrado para ser en la Iglesia y en el mundo signo del amor de Dios en la comunión fraterna y comunitaria.

El alma de la vida religiosa es tener a Cristo como plenitud de la propia vida. ¡Que toda vuestra existencia sea una entrega sin reservas a Él! Dejad que Cristo viva en vosotros y en vosotras. Vivid a Cristo y vivid en Cristo, obediente, virgen y pobre: amadle y seguidle dejándolo todo, seguid sin condiciones al Maestro, fiaros en todo momento de Él, dedicad toda vuestra vida, vuestro afecto, vuestras energías, vuestro tiempo a Jesucristo, y, en Él, al Dios y Padre de todos. Vivid esa entrega sin dejar que os perturbe ninguna duda ni ambigüedad sobre el sentido y la identidad de vuestra consagración.

Por vuestra vocación de especial consagración estáis llamados a expresar de manera más plena el misterio que hoy celebramos. Unidos en comunión íntima al Señor, Luz de los hombres, sed luz que, puesta en lo alto, alumbre las tinieblas de nuestro mundo y sea faro y norte a donde dirigir los pasos del hombre de hoy. No tengáis miedo a manifestar vuestra identidad con signos claros y manifiestos. No se enciende la luz para ponerla debajo del celemín. El hombre y la mujer actuales, nuestra misma Iglesia, necesitan testigos visibles del amor de Dios al mundo.

Vivid, sencillamente, lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la santidad, a la perfección en el amor, a la comunión de vida y amor con Dios y con los hermanos: una llamada abierta a todos los hombres de todos los tiempos. Vosotros y vosotras habéis percibido que Cristo es el único Salvador y la Luz verdadera; habéis percibido que Cristo es la plenitud de vuestra propia vida y que toda vuestra existencia ha de ser entrega sin reservas a Él, obediente, virgen y pobre, al servicio de la Iglesia y de la sociedad.

Vivid con fidelidad creciente vuestra consagración al Señor. Sed fieles a Cristo y, como Él, hasta la muerte. Este es el núcleo de la vida consagrada, sea cual sea su carisma o su estado de vida concreto: la vida contemplativa o la activa en el servicio a la formación de niños, adolescentes o jóvenes, a la atención de lo enfermos o de los mayores, a la vida caritativa, social o parroquial. Esta es la fuente de vuestra vocación, de vuestra consagración, y también la fuente de gozo radiante y de alegría completa. Vivid con gozo vuestra consagración.

No sois extraños o inútiles en esta tierra, pero no podéis acomodaros a este mundo. Una Iglesia en la que faltara o palideciera el testimonio de la vida consagrada, estaría gravemente amenazada en su vocación y misión. Estáis en la vanguardia de nuestra Iglesia y en el corazón del mundo: en la oración y en la penitencia de los institutos contemplativos; en el anuncio de Cristo a quienes aún no le conocen, a los creyentes, a los tibios y a los alejados. Estáis en la escuela, en los hospitales, en los centros asistenciales, en la atención a los pobres y desvalidos del mundo. Vivid en todo la comunión con Dios en Cristo, la comunión fraterna con vuestros hermanos y hermanas de comunidad, y la comunión en la misión con el Obispo y la Iglesia diocesana, donde opera y actúa la única Iglesia de Cristo. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía.

Que Maria, Virgen y Madre, la ‘esclava del Señor’, os ayude, ilumine, proteja y aliente. A su intercesión encomendamos nuestra oración por vosotros y por el don de nuevas y santas vocaciones a la Vida Consagrada. Que no falten entre nosotros el signo de la presencia de Cristo y testigos del amor de Dios al mundo. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de Santo Tomás de Aquino

Castellón – Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’ – 28 de enero de 2.009

 

Queridos Sres. Rectores, Formadores y profesores, sacerdotes concelebrantes, diáconos y seminaristas, hermanos todos en el Señor Jesús. Un año más celebramos la Festividad de Santo Tomás en este nuestro Seminario Diocesano con esta Eucaristía, que centra nuestra mirada en Jesucristo.

Acabamos de proclamar en el Evangelio las palabras de Jesús a sus discípulos “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13-14); unas palabras que Mateo coloca inmediatamente después de las bienaventuranzas. Los discípulos son sal de la tierra y luz del mundo, si son, en verdad, pobres y mansos, misericordiosos y puros, justos y veraces, pacíficos y serenos, más aún, si son gozosos en medio de las persecuciones a causa de su nombre. Sólo en la medida en que hacen suyo el espíritu de las bienaventuranzas y viven conforme a él, adquieren los discípulos esa sabiduría sobrenatural que los hace “sal de la tierra”. Los discípulos están llamados a transformar un mundo insulso por estar fundado sobre la vanidad de las cosas caducas, en un mundo sensato e inspirado en los valores eternos. Pero si el discípulo no tiene el espíritu evangélico, no es ‘sal’, no sirve para nada, sino sólo para ser ‘tirado afuera’ (ib 13).

En cambio, cuando el discípulo es ‘sal’ es también ‘luz’, ‘luz del mundo’. “La luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9), es solamente Jesucristo, el Hijo de Dios, el resplandor del Padre; pero da parte en esa su luminosidad a los que viven según su Evangelio. De este modo cada discípulo, cada cristiano auténtico se convierte en un portador de la luz de Cristo, y su conducta ha de ser tan limpia que deje transparentar la luminosidad de Jesucristo y la de su doctrina: “Brille así vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16). Las obras hechas en la verdad y en la caridad de Cristo son luz encendida sobre el candelero para alumbrar “a todos los que están en la casa” y atraerles al encuentro con Cristo, para creer en él, conocerle y amarle. Ya el Antiguo Testamento presentaba las obras de caridad como portadoras de luz: “si repartes al hambriento tu pan y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu Luz” (Is 58, 10). La caridad disipa las tinieblas del pecado e ilumina incluso a los más alejados de la fe. Más aún, la caridad del cristiano es reflejo y prolongación del amor de Cristo, que se inclina sobre la humanidad doliente.

Un ejemplo espléndido del discípulo de Cristo, sal y luz del mundo, es Tomás de Aquino, que según los datos que aportan sus biógrafos supo vivir el espíritu de la bienaventuranzas, supo vivir la perfección del amor, supo ser santo. La importancia de su figura no está sólo ni principalmente en el prestigio de sus escritos, de su palabra sabia, sino en una vida inspirada plenamente en el Evangelio y conformada con Cristo Crucificado.

Santo Tomás hizo suyas las palabras de san Pablo: “No quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor 2, 1-2). Tomás de Aquino solía decir que había aprendido más a los pies del Crucifijo que en los libros; al escuchar, al menos dos veces, al Crucificado: “Has escrito bien de mi ¿qué esperas? Tomás respondió: ‘Sólo a ti, Señor’.”  Así es cómo se hace el discípulo de Jesús sal que transforma al mundo en profundidad y luz que lo ilumina ampliamente.

Y Tomás de Aquino (1224-1274) lo fue por su vida religiosa y por su obra teológica. Como religioso de la orden dominicana, se distinguió por el seguimiento de Cristo en la  pobreza, la humildad, la obediencia, la castidad y el amor a Dios y a los hermanos. Como teólogo, su inmensa obra de reflexión sobre la Palabra de Dios, su armoniosa sistematización y la fundamentación del saber teológico sobre sólidas bases filosóficas, han justificado su doctorado en la Iglesia durante siglos.

Hoy honramos su memoria y pedimos al santo patrono de las escuelas católicas, que nos ayude a vivir con entusiasmo creciente la hora que nos ha tocado vivir, caracterizada por el profundo cambio cultural, que obliga a la Iglesia, a los pastores y a los cristianos a afrontar nuestra vida y nuestra misión evangelizadora con espíritu misionero.

El tiempo, que nos toca vivir, es para los discípulos de Jesús un nuevo reto, que hemos de afrontar desde la confianza en Dios y en su Hijo Jesús, Señor de la Historia. La tarea es ingente y en apariencia superior a nuestras fuerzas; pero no olvidemos que nosotros somos colaboradores de la evangelización, que es siempre la Obra de nuestro Señor.

Para ser sal de la tierra y luz de nuestro mundo, necesitamos ante todo convertirnos más al Señor, vivir en unión permanente con Él y, en Él, la comunión con la Trinidad Santa, el Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así nuestra vida y nuestro ministerio estarán anclados en Cristo y seremos fieles a la llamada del Espíritu Santo, que nos mueve a ser imágenes vivas de Jesús. La santidad es la primera y necesaria lección, que hemos de aprender en la escuela de Cristo todos sus discípulos. La evangelización necesita hoy ante todo de testigos, como recordó el Papa Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi.

Que todos nosotros, sacerdotes y laicos, formadores y profesores, educadores y seminaristas, que participamos en la actividad de nuestro Seminario, sigamos el ejemplo de santo Tomás. Que nuestro primer objetivo sea responder a la llamada que nos hace Jesús a ser santos, para poder dar hoy en Segorbe-Castellón un testimonio claro y significativo de la vida nueva en Cristo, que la Iglesia alimenta en nosotros.

Santo Tomás, el Doctor Angélico, es también luz del mundo y sal de la tierra por sus enseñanzas teológicas y filosóficas, que tanto han contribuido a hacer avanzar las ciencias sagradas a partir del siglo XIII hasta nuestros días. En sus numerosos escritos santo Tomás manifiesta un estilo teológico, que es modelo de rigor en el pensamiento y en la articulación racional de su saber. Han sido muchos los Papas que se refirieron a él como a lumbrera y maestro, proponiéndole como modelo indiscutible de las Escuelas Cristianas. Ensalzaron su método y su sistema, como un sugerente camino de diálogo con otras culturas y, sobre todo, como modelo en saber cimentar la reflexión teológica sobre bases firmes de filosofía, que algunos con razón han denominado ‘filosofía natural’ y, por su estrecha relación con la teología, ‘filosofia cristiana’.

Juan Pablo II en dos de sus cartas encíclicas ratificó el valor de Santo Tomás como modelo del bien hacer teológico. En la encíclica Veritatis splendor (1993), sobre el valor de la verdad, cita repetidamente al santo doctor (nn. 12, 24, 36, 40, 42-44, 51, 53, 63, 64, etc.) y explícitamente en su encíclica Fides et Ratio (1998) sobre la relación entre la fe y la razón, renueva los elogios de santo Tomás abriendo un sugerente camino para el trabajo teológico en nuestro tiempo: “Un puesto singular, dice Juan Pablo II, en este camino corresponde a santo Tomás no sólo por el contenido de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo… Más radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina… Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo ‘ejercicio del pensamiento; la razón del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opción libre y consciente….Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro del pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología” (n 43).

Los nuevos tiempos nos ofrecen un vasto campo de diálogo al que hemos de concurrir, no desde la duda o desde la aceptación irreflexiva de todo cuanto circula por nuestro ambiente, sino sabiendo discernir y reflexionar desde la fe para acertar en el camino de Cristo, que hemos de seguir y hemos de proponer a otros humildemente, pero con la ‘parresía’, de los hijos de Dios.

Pidamos al Señor que nos ilumine con la sabiduría de santo Tomás para saber cimentar la reflexión de nuestra fe sobre los principios sólidos de la razón humana y de la filosofía, que es garantía humana racional de la solidez del edificio de la teología.

Que la Virgen, Mater Dei y Madre nuestra, nos ayude con su maternal intercesión y santo Tomás nos ilustre siempre con su palabra a seguir el camino de Jesús como sal que es capaz de sazonar la tierra y luz que ilumina las dudas e inseguridades de tantos hermanos en nuestro mundo. Así sea.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón