Vigilia Pascual

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 23 de abril de 2011

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En esta noche santa, la Vigilia de todas las vigilias, hemos permanecido en oración junto a nuestro Señor, muerto en la Cruz y depositado en el sepulcro. Con toda la Iglesia hemos rezado y esperado, escuchando las Escrituras que recorren toda la historia de la salvación. Hemos contemplado y cantado, al paso de las lecturas, las acciones admirables de Dios en la creación y con su Pueblo elegido a través de todas las etapas de la historia de la salvación. Incluso en las situaciones más difíciles, Dios no abandona nunca a su Pueblo, camina con él y le salva: así ocurrió en el paso del Mar Rojo o en el exilio de Babilonia. En medio de la dificultad está Dios, está su gracia: el aparente hundimiento en el mar era la salvación de Israel y la ruina de sus enemigos; y el exilio era también una larga purificación para retornar a Dios.

También en la oscuridad y en el silencio de esta noche santa irrumpe el resplandor de una luz repentina, con el anuncio de la resurrección del Señor. “No temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado como había dicho” (Mt 28,5). Las mujeres habían acudido a ver el sepulcro al alborear el primer día de la semana. Habían vivido los acontecimientos trágicos de la pasión y crucifixión de Cristo en el Calvario; habían experimentado el dolor, la tristeza y el desaliento. Aquella mañana van al lugar donde Jesús había sido enterrado para volverlo a ver y para abrazarlo por última vez. Las empuja el amor. Aquel mismo amor que las llevó a seguirlo por las calles de Galilea y Judea hasta al Calvario. En un instante todo cambia. Jesús “no está aquí, ha resucitado como había dicho”. Este anuncio del ángel cambia su tristeza en alegría.

¡Cristo vive! Aquel, a quien las mujeres creían muerto, está vivo. La muerte ha dado paso a la vida; a una vida gloriosa, a una Vida que no muere más. Cristo “muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida” (Prefacio pascual). La claridad del Cirio Pascual, la luz de Cristo, irradia sobre la faz de la tierra y disipa las tinieblas de la noche, las tinieblas del pecado y de la muerte. Esta es “la noche clara como el día, la noche iluminada por el gozo de Dios”.

Sí, hermanos: Cristo ha resucitado y se ha convertido en Luz y Vida para todos. Él es nuestra esperanza, la esperanza de toda la humanidad. Porque en esta noche, la historia santa de Dios con la humanidad, su designio universal de vida y de salvación, iniciada en la creación y preparada en el Pueblo de Israel, llega a su término en Cristo. “Esta es la noche, en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. La Pascua realiza la nueva creación. En el misterio de la muerte y resurrección de Cristo todo es redimido, todo es recreado, todo se recupera su bondad original, según el designio creador de Dios. Sobre todo el hombre, el hijo pródigo que ha malgastado el bien precioso de su libertad alejándose de Dios por el pecado, recupera su dignidad perdida: ser criatura amada de Dios. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”.

¡Qué profundas y verdaderas suenan estas palabras en la noche de Pascua! Y que enorme actualidad tienen para el hombre de hoy; un hombre consciente de sus posibilidades de dominio sobre el universo, pero también un hombre tantas veces confuso sobre el sentido auténtico de su existencia, en la cual ya no sabe reconocer las huellas del Creador.

¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Estas palabras resuenan con toda su fuerza en esta Vigilia pascual. Nuestra espera y oración se han convertido en canto de alegría en el Aleluya pascual: porque la alegría necesita expresarse y se hace canto: una alegría y un canto destinados a avivar nuestra fe en Cristo resucitado y nuestra condición de bautizados. Una alegría que nos ha de llevar a comunicar a otros la Resurrección del Señor, fuente de luz, de vida y de esperanza para el mundo. Puede que hayamos caminado por la vida soñolientos y olvidados del Señor, de su Evangelio y de su Iglesia; puede que nos hayamos limitado a vivir de tradiciones semivacías, repitiendo lo que otros pensaron e hicieron o recordando cosas que ya poco o nada nos decían. Quizá nos hayamos quedado en el Viernes santo, en la muerte del Señor, o sigamos en el silencio de Dios del Sábado santo, sin descubrir que el Señor ha resucitado, sin percibir su presencia resucitada en nuestro mundo, en sus sacramentos y en su Iglesia. Tal vez vivamos con tibieza nuestra fe, tengamos miedo, como aquellas mujeres, a vivir creer que Cristo ha resucitado, a vivir como cristianos; puede que nos avergoncemos de Él o de confesarnos cristianos, o vivamos sólo en el presente sin esperanza ante el futuro, sin empuje y sin renovación cristiana.

Si así fuere, la Iglesia nos recuerda esta noche nuestra propia condición de bautizados. “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva” (Rom 6,3).

Hemos sido bautizados “en Cristo” y “en su muerte”, hemos sido “incorporados a Cristo” y “a su muerte”. “Bautizar” significa ‘sumergir’. Así se expresa con toda claridad en el bautismo por inmersión en el agua; el bautismo es nuestra inmersión misteriosa, pero real, en Cristo y en su muerte. En la carta a los Gálatas nos dice el mismo Pablo: “todos los que habéis sido bautizados (inmersos) en Cristo, os habéis vestido de Cristo” (Ga 3,27). Es como si viviéramos dentro del mismo Cristo, muerto y resucitado; Él nos envuelve y nos conforma según su semejanza, nos protege y nos dignifica. Vivimos en Cristo y con Cristo. Los ‘inmersos’ en la muerte de Cristo por el bautismo participan también de la nueva vida que se manifiesta en la resurrección de Cristo. Saliendo del agua significamos esta resurrección a la nueva vida, como va a ocurrir en el pequeño Alejandro, que será bautizado esta Noche Santa.

Lo que muere en el bautismo es nuestro pasado, nuestra esclavitud del pecado y de la muerte eterna. Ahora somos libres para llevar una vida digna de hijos de Dios. La nueva vida ha de acreditarse en una buena conducta moral hasta que la Resurrección triunfe definitivamente en la vida eterna. Lo que ya ha sucedido, es decir, nuestra participación en la muerte de Cristo por el bautismo, y lo que todavía ha de suceder, esto es, la resurrección de nuestra carne como triunfo final sobre el pecado y la muerte, el pasado y el futuro, se encuentran implicados en el presente de la existencia cristiana: radicalmente salvados, caminamos aún hacia la consumación de nuestra propia redención.

Somos peregrinos, hay ante nosotros un camino, el de Dios en Cristo, siguiendo sus senderos, sus mandamientos. La nueva vida que hemos recibido en el bautismo posibilita y pide seguir estos mandatos. Dejemos lo que de viejos y pecadores tenemos, y vivamos “para Dios en Cristo Jesús”. Dejémonos resucitar con Cristo. Esto es mucho más que esperar el ‘más allá’. Es vivir ahora como Cristo, compenetrados por su Evangelio, desnudados de los criterios de este mundo, revestidos de santidad, es decir “viviendo en Cristo”.

Dentro de unos instantes, renovaremos las promesas de nuestro Bautismo. Volveremos a renunciar a Satanás y a todas sus obras y seducciones para seguir firmemente a Dios y sus planes de salvación. El amor de Dios nos despierta esta noche. Nos recuerda el misterio de nuestra propia vida, que se ilumina con nuevo resplandor en su presencia bautismal. Puestos en pie, unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo, renovaremos una vez más nuestras promesas bautismales.

Especial resonancia tiene esta renovación para vosotros, hermanos y hermanas de la segunda Comunidad del Camino Neocatecumenal de la Trinidad de Castellón y la primera del Carmen de Onda en esta última etapa de vuestro camino. Vuestras túnicas blancas de lino son signo de la nueva vida bautismal del cristiano, que acepta ser golpeado y triturado por la gracia de Dios como el lino para extraer la fibra para su confección. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías: de un mundo de destrucción, alejados del amor de Cristo por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

Vuestras vestiduras blancas nos recuerdan que estáis (y estamos) revestidos con los nuevos indumentos de Dios, por el Bautismo. Estas vestiduras son un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.

Renovemos las promesas bautismales. Renunciemos, digamos “no” al demonio, a sus obras y a sus seducciones. Quitémonos las ‘viejas vestiduras’ con las que no se puede estar ante Dios. Esta ‘vestiduras viejas’ son, como nos recuerda Pablo en Carta a los Gálatas, las “obras de la carne”. Es decir: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo” (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que hemos de dejar: son vestiduras del pecado y de la muerte, impropias de todo bautizado.

Revistámonos de la ‘vestiduras’ de Cristo. Confesemos nuestra fe y que esta dé nueva orientación a nuestra vida. Dejemos que Dios nos vista con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas “vestiduras” de Dios, “fruto del Espíritu”: Y son: “Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí” (Ga 5, 22).

Sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo, perseveremos en nuestra fidelidad a Cristo y proclamemos con valentía su Evangelio. Que María, testigo gozoso de la Resurrección, nos ayude a todos a caminar “en una vida nueva”; que haga de cada uno de nosotros “hombres nuevos”, personas que “viven para Dios, en Jesucristo” (Rm 6, 4.11). Amén.
+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración Litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 22 de abril de 2011

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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La contemplación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, hecha en el ambiente sagrado de este día, nos adentra en la celebración litúrgica del Viernes santo. Hemos recordado y acompañado a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta la Cruz. El Señor es traicionado por Judas; asaltado, prendido y maltratado por los guardias; es negado por Pedro y abandonado de todos sus apóstoles, menos por Juan; una vez, condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos es azotado, coronado de espinas e injuriado por la soldadesca; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

En la Cruz contemplamos el ‘rostro doliente’ del Señor. El es ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. En la cruz se nos manifiesta el rostro de Dios.

Cuando el Apóstol Felipe dijo a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre”, él respondió: “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces…? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 8-9). También cuando lleva la cruz y cuando muere en ella, Jesús sigue siendo el Hijo de Dios Padre, una misma cosa con él. Mirando su rostro desfigurado por los golpes, la fatiga, el sufrimiento interior, vemos el rostro del Padre. Más aún, precisamente en ese momento, la gloria de Dios, su luz demasiado fuerte para el ojo humano, se hace más visible en el rostro de Jesús. Aquí, en ese pobre ser que Pilato ha mostrado a los judíos, esperando despertar en ellos piedad, con las palabras “Aquí lo tenéis” (Jn 19, 5), se manifiesta la verdadera grandeza de Dios, la grandeza misteriosa que ningún hombre podía imaginar.

Dios sufre en su Hijo Jesús. Es el dolor provocado por el pecado, por el desprecio de su amor. No sufre por su pecado personal, pues es absolutamente inocente; sino por la tragedia de mentiras y envidias, traiciones y maldades que se echaron sobre él, para condenarlo a una muerte injusta y horrible. El carga hasta el final con el peso de los pecados de todos los hombres y de todo sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45).

En Jesús crucificado se revela no sólo la grandeza de Dios; también se muestra otra grandeza: la nuestra; la grandeza que pertenece a todo hombre por el hecho mismo de tener un rostro y un corazón humano. Escribe san Antonio de Padua: “Cristo, que es tu vida, está colgado delante de ti, para que tú te mires en la cruz como en un espejo… Si te miras en él, podrás darte cuenta de cuán grandes son tu dignidad… y tu valor… En ningún otro lugar el hombre puede darse mejor cuenta de cuánto vale, que mirándose en el espejo de la cruz” (Sermones Dominicales et Festivi III, pp. 213-214). Sí. Jesús, el Hijo de Dios, ha muerto por ti y por mí, por cada uno de nosotros. De este modo nos ha dado la prueba concreta de cuán grandes y cuán valiosos somos a los ojos de Dios, los únicos ojos que, superando todas las apariencias, son capaces de ver en profundidad la realidad de las cosas, nuestra propia realidad.

Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, a favor nuestro y en lugar de nosotros. Contemplando este ‘rostro doliente’, nuestro dolor se hace más fuerte, porque el rostro de Jesús padeciendo en la cruz, asume y expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las violencias y por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan.

Y en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. El Siervo de Dios, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la salvación y la justificación de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz, a la vez, que descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza del amor de Dios y la grandeza del ser humano para Dios: Él mismo quiere librarnos de cualquier pecado y de la muerte. Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, el Hijo de Dios mostró la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”.

La salvación es la liberación del hombre de sus pecados, males y miserias, y la reconciliación con Dios. La salvación es fruto del amor infinito y eterno de Dios. Porque sólo el amor infinito de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar, justificar, reconciliar y santificar. Pero el amor de Dios requiere ser acogido; el amor del Amante espera de la respuesta del amado, para entregarse y darse totalmente a sí mismo con todo cuanto tiene. Sin esa respuesta, no se produce, la obra del amor; se detiene a la puerta.

Por eso, para vivir con esperanza y como hombres nuevos, es necesario mirar, contemplar y acoger en nuestro corazón a Jesucristo en su pasión y en la Cruz; seguirle en aquellas horas amargas, que son las más decisivas de la historia de la humanidad. Ha llegado su hora, la hora de la verdad. Y las últimas palabras que Jesús dice y nos deja en la Cruz son expresión de su última y única voluntad, la que siempre tuvo y animó su existencia terre­na: hacer lo que Dios quiere, hacer la voluntad del Padre, Dios. Esto es, amar hasta el extremo para rescatar a los hombres de los poderes del pecado y de la muerte. Mirémoslo ahí, clava­do y suspendido del leño; mirémoslo como cordero degollado; mirémoslo ensangrenta­do y exangüe. Y todo ello por nosotros, por todos.

¿Hay acaso un amor más grande? Ahí nos revela todo el secreto de su persona y de su vida, ahí nos desvela el secreto de Dios: el secreto de un amor infinito que se entrega todo por nosotros para que tengamos vida, vida plena y eterna.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad e injusticia humana. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo tiene hoy que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz: Es la manifestación del amor misericordioso de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de muerte. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor y podremos alcanzar la salvación de Dios.

Al pie de la cruz la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de su dolor y de su amor. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella encomendamos en especial los que avergüenzan de la cruz y de su condición de cristianos, a los pecadores y a todos los que sufren a causa de su pecado, del egoísmo, la injusticia o la violencia. A ella encomendados a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe en la Cruz. Porque, los cristianos “no podemos gloriarnos sino en la Cruz de Cristo”. ¡Salve, Oh Cruz bendita, nuestra única esperanza! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Jueves Santo: Misa “In Cena Domini”

Segorbe, S.I.Catedral-Basílica, 21 de abril de 2011

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15).  

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Es Jueves Santo. Para los cristianos este día, esta Misa en la Cena del Señor tiene resonancias muy especiales, con una gran riqueza y un significado muy denso. Jueves Santo es el día del Amor: un Amor que se hace entrega hasta el extremo y lleva a Jesús a dejarnos el mayor y mejor tesoro que posee la comunidad de los creyentes: la Eucaristía e indisolublemente unido a ella, el don del ministerio sacerdotal, que hace posible que se perpetúe en la historia la celebración de la Eucaristía. Jueves Santo nos habla del Amor, que se hace servicio, en el ejemplo inigualable del Lavatorio de los Pies. Jueves Santo nos habla del Amor, que se hace testamento para quienes siguen a Jesús.

En la tarde de Jueves Santo entramos en la celebración de la Pascua de Cristo, que constituye el momento dramático y conclusivo de su existencia terrenal. Nos trasladamos espiritualmente al Cenáculo y contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios, que vino a nosotros no para ser servido, sino para servir, y tomó sobre sí los dramas y las esperanzas de los hombres de todos los tiempos.

Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto y establecer su Alianza con su Pueblo. Jesús elige la celebración de la Pascua judía para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y para establecer la nueva y definitiva Alianza. Él es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado y consumado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida: El es nuestra Pascua.

Y Jesús “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Durante la Cena, Jesús bendice y parte el pan, luego lo distribuye a los Apóstoles, diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”; lo mismo hace con el cáliz: “Esta es mi sangre”. Aquel pan es transformado milagrosamente en el Cuerpo de Cristo, y aquel vino es convertido en la sangre de Cristo: ambos son ofrecidos por Jesús en aquella noche, como anuncio y anticipo de la entrega de su cuerpo y del derramamiento de su sangre en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Es Cristo-Víctima que se entrega libremente por el hombre caído, para que éste adquiera la verdadera libertad, la verdadera vida, la vida en Dios

Pero más hermoso aún es el motivo: el amor. Él mismo cumple el mandamiento del amor más grande: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). De Dios sabemos que es Amor porque Cristo nos lo ha dicho y mostrado. Pero es necesario mirar al Hijo de Dios para saber cómo es el amor de Dios. Porque no todo lo que se dice amor es amor de Dios ni todo que se vende como amor es lícito; no todo amor construye ni todo amor salva. El amor que salva es el de la Cruz: la donación total de sí mismo, el amor que da la propia vida.

Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda por todos los tiempos. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa Misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

Desde aquel primer Jueves santo, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. La Eucaristía es así manantial de vida y de comunión con Dios y fuente de comunión con los hermanos. Desde aquel jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía; se deja revitalizar y fortalecer por ella, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por ello, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!’.

La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Sin la Eucaristía no podemos vivir, ni como Iglesia  ni como cristianos. Es el Sacramento por excelencia que constituye a la Iglesia en su realidad más auténtica y profunda: ser signo eficaz de comunión con Dios y, en él, de la unidad de todo el género humano. No hay Iglesia sin Eucaristía, como tampoco hay cristianos, que quieran vivir la nueva vida bautismal, sin participar frecuente y fructuosa en la Eucaristía. Comulgando a Cristo-Eucaristía nos unimos realmente a Él, y en Él con el Padre y el Espíritu y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión.

Ahora bien: el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación’ (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse con Dios en el sacramento de la Penitencia antes de comulgar, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía, y hacerlo en estado de gracia. De lo contrarío, la vida se tornará en muerte.

Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, recordamos y agradecemos también el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en conmemoración mía”. Estas palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar, es decir de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Cristo quiere que, desde este momento en adelante, su acción sea sacramentalmente también acción de la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo “haced esto” instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. “No hay Eucaristía sin sacerdocio”. La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente en toda generación y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Hoy se vuelve a sentir, entre el pueblo creyente, la necesidad de sacerdotes. Pero sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad de vida, dado a las nuevas generaciones.

En esta celebración repetiremos el gesto de Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud de servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15). De este modo establece una íntima relación entre la Eucaristía y el mandamiento del amor. No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de amar al prójimo. Cada vez que participamos en la Eucaristía, nos comprometemos a hacer lo que Cristo hizo, ‘lavar los pies’ de nuestros hermanos, transformándonos en imagen concreta de Aquel que “se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 7).

El mandamiento del amor es la herencia más valiosa que Jesús nos deja a los cristianos. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera. Jesús instituye la Eucaristía como manantial inagotable del amor. En ella está escrito el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como yo he amado” (Jn 13, 34). En la hora del Banquete eucarístico, Cristo afirma la necesidad del amor, hecho entrega y servicio desinteresados. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”  (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don de la propia persona, sin reservas, a Dios y a los hermanos, como el mismo Señor. El Maestro mismo se ha convertido en un siervo, y nos enseña que el verdadero sentido de la existencia es la entrega desinteresada y el servicio por amor. El amor es el secreto del cristiano para edificar un nuevo mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

Jueves Santo es, por ello, el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, después de habernos unido realmente con Él en la comunión, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para trabajar por unas relaciones humanas más fraternas. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado, que está nuestro lado. Nuestro mundo esta necesitado de amor, del amor que nos viene de Dios por Cristo en la Eucaristía. Necesitamos derrumbar las barreras de la exclusión y de la crispación, del egoísmo y del odio para que triunfe el amor en nuestro mundo. Hoy Jesús nos dice a nosotros como dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Merece acoger su palabra, seguirle y trabajar por el amor fraterno, servicial y entregado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Misa Crismal

I. Catedral-Basílica de Segorbe, 18 de abril de 2011

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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En nombre de Jesucristo, “el testigo fiel”, (Ap 1,5) os deseo a todos la gracia y la paz. Os saludo a los sacerdotes, diáconos, religiosos y fieles laicos, venidos de toda la Diócesis hasta la iglesia madre de la Diócesis para esta Misa Crismal. Cristo mismo es quien nos ha convocado y ahora se hace presente en medio de nosotros por su Palabra y, sobre todo, por la actualización de su misterio pascual en la Eucaristía.

Nuestra celebración de hoy, en la que consagramos el santo Crisma y bendecimos los santos óleos de catecúmenos y de enfermos, nos recuerda que somos, el “pueblo sacerdotal santificado por los sacramentos y enviado a difundir por el mundo el suave aroma de Cristo, el Salvador” (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo 2004, 1). Cristo Jesús, el Ungido y el Salvador, está en el centro de nuestra celebración como lo está en el centro de nuestra fe y de nuestra vida, personal y comunitaria: a El estamos todos referidos en nuestro ser y en nuestro actuar.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Lc 4, 18). Con el signo de la unción, ya en la antigua alianza, Dios mismo encomienda la misión profética, sacerdotal y real a los hombres que ama y elige; con este signo hace visible su bendición para el cumplimiento del encargo que les confía.

Los ungidos en la antigua alianza, lo fueron con vistas a Cristo, el único y definitivo ‘Consagrado’, el ‘Ungido’ por excelencia. Jesús, el Hijo de Dios Padre es el Ungido por el Espíritu Santo y enviado al mundo “para dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Así lo confirma el mismo Jesús: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21): Él es el ‘Ungido’, el ‘Consagrado’, al que alude el profeta Isaías. En él se cumple la promesa del Padre.

De la unción de Cristo, único Sumo sacerdote y único Mediador entre Dios y los hombres, participamos todos los miembros de la Iglesia por nuestro bautismo. Cristo Jesús, “nos amó, nos ha librado de nuestros pecados, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre” (Ap 1, 5-6). Así lo hemos proclamado en la segunda lectura. El mismo Señor, Sumo y Eterno Sacerdote, ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes. Todo sacerdocio en la Iglesia es una participación del sacerdocio único de Cristo.

Todos los bautizados hemos sido ungidos y consagrados en nuestro bautismo como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales. Todos los cristianos estamos llamados por la gracia bautismal a vivir nuestra existencia como oblación a Dios mediante la participación en la Eucaristía y en los sacramentos, en el testimonio de una vida santa, en la abnegación y en la caridad activa (cf. LG 10).

En otro nivel, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes, ordenados para ser ministros; es decir, servidores que pastorean al pueblo sacerdotal y ofrecen en su nombre el sacrificio eucarístico a Dios en la persona de Cristo (cf. LG 10). Por una unción singular que afecta a todo nuestro ser personal y cristiano, hemos quedado configurados y capacitados para poder realizar “como representantes de Cristo el sacrificio eucarístico” y de ofrecerlo “a Dios en nombre de todo el pueblo” (LG 10); somos los instrumentos del amor misericordioso de Dios y de la gracia redentora de Cristo. Por el sacramento del orden compartimos de una forma especial el sacerdocio de Cristo. En su nombre somos pastores y maestros en su Iglesia, renovamos el sacrificio de la redención, preparamos para el banquete pascual, presidimos al pueblo santo en el amor, lo alimentamos con la Palabra y lo fortalecemos con los sacramentos. Somos servidores del sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

Al recordar hoy, cercano ya el Jueves Santo, nuestra ordenación presbiteral renovamos juntos y con el frescor y la alegría del primer día nuestras promesas sacerdotales. Con viva emoción hacemos memoria del don recibido de Cristo. ¡Avivemos nuestra conciencia y nuestra gratitud por la inmensa riqueza del don de nuestro sacerdocio! ¡Renovemos nuestro compromiso de amor contraído con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote y con los hermanos! ¡Reconozcamos la inigualable novedad del ministerio y misión a la que servimos! Somos los ministros de la gracia del Espíritu Santo que Cristo ha enviado al mundo para la salvación de todos desde la Cruz.

“El Espíritu me ha enviado para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61,2). Estas palabras tienen un eco especial en este año en que nuestra Iglesia diocesana quiere cuidar especialmente la Eucaristía. La gracia del Señor es la vida divina, que llega a nosotros de un modo singular a través de la Eucaristía, de la cual Él nos ha hechos ministros. La más profunda verdad de nuestro sacerdocio se concentra, expresa y culmina en el momento en que el ministro ordenado “in persona Christi” consagra el pan y el vino, repitiendo los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena. Y lo hacemos en su nombre y en su lugar, en primera persona. “Esro es mi Cuerpo, que será entregado” y “esta es mi sangre, que será derramada”.

Celebremos cada día con fe viva y devoción profunda la Eucaristía. Hagamos de las palabras de la consagración una ‘fórmula de vida’, que conforme nuestro espíritu y nuestra mente, nuestro corazón y nuestro estilo de vida sacerdotal. Ellas nos enseñan a vivir con un espíritu de gratitud y de acción de gracias a Dios por el don del sacerdocio. Con frecuencia nos abruman y entristecen la apatía religiosa de nuestros fieles y de nuestra sociedad, las cruces en nuestro ministerio y la aparente ineficacia de nuestra acción pastoral. En la escuela de la Eucaristía aprenderemos a vivir con alegría y gratitud el don recibido. Aprendamos de Cristo a entregar nuestra propia vida hasta el extremo, haciéndonos don entregado a Él y a la comunidad cristiana; así se fortalecerán también la obediencia a Dios y a aquellos que él ha puesto al frente de su Iglesia, la pobreza y el celibato prometidos en nuestra ordenación. Acojamos la salvación y el perdón que proclamamos en nuestra vida; la credibilidad de nuestra predicación del amor y del perdón se ve contradicha y afectadas con las rencillas, las enemistades o los rencores. Acojamos la salvación y el perdón que proclamamos en nuestra vida para que la nuestra sea una existencia salvada; ello nos llevará a salir a los caminos de la vida para llevar a todos los hombres a Cristo, también a los alejados e indiferentes. En la Eucaristía, memorial del sacrificio redentor de Cristo, aprendamos a hacer de nuestra existencia una memoria permanente de Cristo, que esté consagrada y orientada a Él tras los pasos de María.

De la vivencia fiel, amorosa y constante de las palabras de la consagración depende la frescura de nuestro aliento espiritual y eclesial, el ardor de nuestra caridad pastoral, la entrega al servicio de los hermanos y, por supuesto, nuestra entrega misionera. En una palabra: de ella depende el que podamos y logremos ser los testigos de una renovada esperanza para los hombres de nuestro tiempo. Nuestro mundo necesita a Dios, necesita a Cristo, “el que es, el que era, el que viene” (Ap 1,8)

¿Estaremos dispuestos a vivir nuestro sacerdocio, participando con toda nuestra existencia personal en la ofrenda sacerdotal de Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote? Merece la pena, queridos hermanos sacerdotes. Reanudemos de nuevo el camino emprendido en nuestra ordenación. Experimentemos y saboreemos, día a día, en la Eucaristía la sintonía de nuestro corazón de sacerdotes con el de Cristo. Merece la pena. Es posible y es bello procurar y vivir sin desmayo esa íntima y plena identificación con Él en la comunión de la Iglesia y del presbiterio diocesano. Pongamos cada uno nuestro grabo de arena para vivir una verdadera fraternidad sacerdotal. Es necesaria la cercanía humana, el aprecio y el aliento de los hermanos, especialmente de los superiores. Pero el manantial inagotable para nuestro ministerio es Cristo, hecho Eucaristía. Celebremos siempre con fervor la Santa Eucaristía. Entremos en la ‘escuela de la Eucaristía’. Como tantos otros sacerdotes, antes de nosotros, encontraremos en ella el consuelo prometido por Jesús la noche de la última Cena, el secreto para vencer la soledad, el apoyo para soportar nuestros sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento, la energía interior para confirmar la propia elección de fidelidad. Confiemos nuestro ministerio y nuestra fidelidad a la Santísima Virgen, su Madre Inmaculada, la Madre de la Iglesia, nuestra Madre.

Nuestra Iglesia diocesana necesita sacerdotes santos, testigos Cristo y de su Evangelio y pastores según su corazón. Nosotros, queridos sacerdotes, estamos implicados en primera persona en la pastoral vocacional: somos servidores del resto de las vocaciones del pueblo santo de Dios. La gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza de ser ayudados en la escucha y en el discernimiento de la llamada del Señor. “Tienen necesidad de ello particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo sigue llamando para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega total a la causa del Reino. No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote ‘conquistado’ por Cristo (cf. Flp 3,12) ‘conquista’ más fácilmente a otros que se deciden a compartir la misma aventura” (Juan Pablo II, “Carta a los sacerdotes”, Jueves Santo de 2005, 5). Cierto que esta tarea incumbe a todos: padres y familias cristianas, catequistas, profesores de religión y toda la comunidad; pero también y de modo especial a nosotros, Obispo y sacerdotes.

Hermanos y hermanas en el Señor: demos gracias a Dios por nuestro sacerdocio bautismal y por el sacerdocio ordenado. Oremos a Dios por nuestros sacerdotes para que sean santos y pastores según su corazón. Roguemos al Dueño de la mies para que no falten santos sacerdotes en su Iglesia de Segorbe-Castellón. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

17 de abril de 2011

(Is 50,4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Mt26, 14-27, 66)

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Con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor comienza la Semana Santa: un año más nos disponemos a celebrar los misterios santos de nuestra redención: la pasión, muerte y resurrección del Señor.

“¡Hosanna, el Hijo de David!” y “¡Crucifícalo!” son las dos palabras, que sintetizan la celebración de este Domingo. En la procesión hemos salido al encuentro del Señor con cantos y con palmas en nuestras manos. Hemos revivido lo que sucedió aquel día, en que Jesús, en medio de la multitud que le aclama como Mesías y Rey, entra triunfante en Jerusalén montado en un pollino. Tras la procesión de palmas nos hemos adentrado en la celebración de la Eucaristía, en que se actualiza la pasión y muerte en cruz de Cristo, que hemos proclamado en el relato de la Pasión, este año según San Mateo.

La Palabra de Dios fija nuestra atención en Aquel que va a ser el centro de cuanto vamos a celebrar en estos días santos. Cristo Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, fiel a la voluntad del Padre y por un amor infinito hacia la humanidad, sigue el camino que le llevará a la cruz con el fin de abrirnos las puertas del Amor de Dios y de la Vida.

Jesús se entrega voluntariamente a su pasión; no va a la cruz obligado por fuerzas superiores a él, sino por amor obediente a la voluntad del Padre y amor hecho entrega total a la humanidad. “Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Escrutando la voluntad del Padre, Jesús comprende que ha llegado su hora, y la acepta con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres. Jesús va a la cruz por nosotros; él lleva nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados le llevan a la cruz: fue triturado por nuestras culpas, nos dice Isaías (cf. Is 53, 5). El proceso y la pasión de Jesús continúan en el mundo actual; lo renueva cada persona que, pecando, rechaza a Cristo y su amor, y prolonga así el grito de aquella gente amotinada: “No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!”.

Al contemplar a Jesús en su pasión, vemos en él los sufrimientos de toda la humanidad. Cristo, aunque no tenía pecado alguno, tomó sobre sí lo que el hombre no podía soportar: la injusticia, las mentiras, las violencias, los adulterios, el pecado, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte. En Cristo, el Hijo del hombre humillado y sufriente, Dios acoge, ama y perdona a todos. En la cruz, Dios restablece la comunión con los hombres y de los hombres entre sí, y da de este modo el sentido último a la existencia humana. No somos fruto del azar; somos creaturas del amor de Dios y estamos llamados a su amor. La cruz es el abrazo definitivo de Dios a los hombres. Desde ese abrazo de Cristo en la cruz lo más hondo del misterio del hombre ya no es su muerte, sino la Vida sin fin en el amor de Dios. La cruz ha roto las cadenas de nuestra soledad y de nuestro pecado; la cruz ha destruido el poderío del pecado y de la muerte. Desde la pasión del Hijo de Dios, la pasión del hombre ya no es la hora de la derrota, sino la hora del triunfo: el triunfo del amor infinito de Dios sobre el pecado y sobre la muerte.

La Semana Santa nos invita a acoger este mensaje de la cruz. Al contemplar a Jesús, el Padre quiere que aceptemos seguirlo en su pasión, para que, reconciliados con Dios en Cristo, compartamos con El la resurrección.

Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2,9). Estas palabras del apóstol san Pablo expresan nuestra fe: la fe de la Iglesia. La Semana Santa nos sitúa de nuevo ante Cristo, vivo en su Iglesia. El misterio pascual, la pasión, muerte y resurrección, que revivimos durante estos días, es siempre actual. Todos los años, durante la Semana santa, se renueva la gran escena en la que se decide el drama definitivo, no sólo para una generación, sino para toda la humanidad y para cada persona. Nosotros somos hoy contemporáneos del Señor. Y, como la gente de Jerusalén, como los discípulos y las mujeres, estamos llamados a decidir si lo acogemos y creemos en él o no, si estamos con él o contra él, si somos simples espectadores de su pasión y muerte o, incluso, si le negamos con nuestras palabras, actitudes y comportamientos.

 Como cada año, estos días santos quieren conducirnos a la celebración del centro de nuestra fe: Cristo Jesús y su misterio Pascual. Este es el centro de todas las celebraciones de esta Semana Santa, de las litúrgicas, de las procesionales y de las representaciones de la pasión. Pero ¿creemos de verdad en Cristo Jesús y en su obra de Salvación? Y, si es así, ¿ayudamos a otros a acercarse a Jesús para avivar y fortalecer la fe? ¿Ayudamos a nuestros Cofrades a que su participación en los desfiles sea en verdad expresión comunitaria y pública de esa fe? Estas preguntas no son mera retórica, ni consideraciones pías. Tocan el núcleo esencial de nuestra Semana Santa, que con frecuencia queda olvidado, desdibujado o diluido en nuestras procesiones. Vivamos el sentido genuino de nuestra Semana Santa.

En la pasión se pone de relieve la fidelidad de Cristo a Dios Padre y a la humanidad; una fidelidad que está en contraste con la infidelidad humana. En la hora de la prueba, mientras todos, también los discípulos, incluido Pedro, abandonan a Jesús (cf. Mt 26, 56), él permanece fiel, dispuesto a derramar su sangre para cumplir la misión que le confió el Padre. Junto a él permanece María, silenciosa y dolorosa. Aprendamos de Jesús y de su Madre, que es también nuestra madre. La verdadera fuerza del cristiano está en vivir fiel a su condición de cristiano y en su testimonio de la verdad del Evangelio, resistiendo a las corrientes contrarias, a las incomprensiones, a los hostigamientos, a los escarnios y a las mofas. Es el camino que vivió el Nazareno; es el camino de sus discípulos, los cristianos, hoy y siempre.

En su pasión y muerte, Jesús, el Hijo de Dios, nos ha abierto el camino para que todos podamos seguirle, con la certeza de que, por difícil y duro que nos parezca el camino, quien le siga encontrará en Él la Vida y la Salvación. Os invito a vivir estos días acercándonos al Sacramento de la Confesión, para que, purificado nuestro pasado, dejemos que Cristo brille en nosotros.

En estos días santos se hace presente todo lo más grande y profundo que tenemos y creemos los cristianos. ¡Abramos las puertas de nuestro corazón a Cristo que nos ama! Que nuestra participación en las celebraciones nos adentren en un renovado despertar de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor.

Así se lo pido a María que supo estar al lado de su Hijo Jesucristo. Que Ella, como buena Madre, nos ayude a ser fieles seguidores de su Hijo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Presentación del Señor y Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Iglesia Parroquial de S. José Obrero, Castellón, 2 de febrero de 2010

(Ml 3,1-4; Sal 23; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

El pasaje del evangelio según San Lucas, que acabamos de proclamar, nos centra en el misterio de la vida de Cristo, que hoy celebramos: la Presentación de Jesús a Dios en el templo. La ley de Moisés prescribía a los padres, que cuarenta días después del nacimiento del primogénito, subieran al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre (cf. Ex 13, 1-2.11-16; Lv 12, 1-8). También María y José cumplen con este rito, ofreciendo, según la Ley, dos tórtolas o dos pichones. El Hijo de Dios, que, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” menos en el pecado (Hb 2,17), comparte en todo su vida con los hombres, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

Sirviéndose de este rito, Dios mismo es quien en ese momento presenta a su Hijo Unigénito a los hombres, mediante las palabras del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Simeón proclama que Jesús es la “salvación” de la humanidad, la “luz” de todas las naciones y “signo de contradicción”, porque desvelará las intenciones de los corazones (cf. Lc 2, 29-35).

Es la fiesta del encuentro. Simeón y Ana encuentran a Jesús en el Templo y  reconocen en él al Mesías tan esperado, Simeón y Ana representan a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia. Es la fiesta de la luz, como hemos recordado en la procesión de las candelas. Con este signo visible hemos manifestado que con la Iglesia queremos encontrar en la fe a Aquel que es “la luz de los hombres” y lo acogemos con todo el impulso de nuestra fe para llevar esa “luz” al mundo.

María y José presentan a Jesús en el templo, para ofrecerlo, para consagrarlo al Señor (Lc 2, 22). Jesús viene a este mundo para cumplir la voluntad del Padre con una oblación total de sí, con una fidelidad plena y con una obediencia filial al Padre (cf. Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús y su victoria final (cf. Lc 2, 32-35).

El Señor viene para purificar a la humanidad del pecado, para restablecer la alianza definitiva de comunión de Dios con su pueblo y para que así pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera y verdadera ofrenda, la que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación, es precisamente la que Cristo hizo de sí mismo, de su propia persona y de su propia voluntad, al Padre. Así, Jesús nos muestra cuál es el camino de la verdadera consagración a Dios: este camino es la acogida amorosa de su designio y de su voluntad sobre cada uno, la acogida gozosa de la propia vocación mediante la entrega total y radical de sí mismos a Dios en favor de los demás.

Como Simeón o Ana hemos de tener la mirada y el corazón bien abiertos para ver en Jesús y en su amor total, fiel y obediente hasta la muerte, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres: a su búsqueda de sentido, de amor, de vida y de felicidad, a su deseo del Infinito. La carta a los Hebreos lo expresa con toda claridad: Cristo por su oblación amorosa y obediente al Padre hasta la muerte, nos libera del terror del pecado y de la muerte que nos esclavizan. En nuestros intentos de buscar la felicidad, la vida y la propia realización, los humanos vivimos con miedo al fracaso. En la raíz de todos nuestros miedos está una falsa imagen de Dios y el temor a no alcanzar la vida y la felicidad. Eso nos lleva tantas veces a mendigar seguridades fuera de Dios y a buscar vida fuera de El. Así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible. Nos cerramos a Dios y a su amor, y ello nos lleva a cerrarnos al otro: así nos aferramos a nuestros horizontes limitados y a nuestros egoísmos, a nuestro afán desordenado de autonomía personal al margen del designio de Dios, al goce efímero de nuestro cuerpo o a la posesión insaciable de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden las demás esclavitudes humanas. Los intentos de liberación que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.

Jesús nos muestra, a la vez, el valor de la humildad, de la pobreza, de la obediencia ante Dios para que la persona encuentre su propia verdad, su propio bien, su propia felicidad. Este camino de Jesús es válido para la consagración a Dios de todo bautizado; y lo es también y de modo especial para todos los llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, “los rasgos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1), mediante los consejos evangélicos.

La oblación del Hijo de Dios, en su presentación en el Templo, es un modelo para los hombres y mujeres que consagran toda su vida al Señor. Por esta razón, hoy celebramos la Jornada especial de la vida consagrada. En este día, en primer lugar, alabamos y damos gracias al Señor por el don de la vida consagrada; para que, en segundo lugar, la vida consagrada en su diversidad de carismas sea conocida y estimada por todo el pueblo de Dios. Y este día es, por último, una invitación a todos los consagrados a celebrar las maravillas que el Señor ha realizado en vosotros.

“Jóvenes consagrados. Un reto para el mundo. Firmes en la fe”. Así reza el lema de este año para esta Jornada, que nos acerca al lema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año en Madrid. “Firmes en la fe” significa, para un cristiano, y máxime para un consagrado, estar arraigados en esa tierra que acoge las raíces y las permite nutrir a fin de que el árbol plantado junto a la buena acequia pueda seguir dando frutos en sazón. Es la fe la que permite tener una firmeza que no es falsa pretensión, porque  la fe nos pone con humildad delante de Dios, ante el cual se decide cada instante de nuestra vida. Vuestra consagración descansa en una historia personal de encuentro en la fe con el Señor. A cada uno os ha sido dada la gracia de descubrir y acoger al Señor, de encontraros con Él que salió un día y sale permanentemente a vuestro encuentro, como hoy lo hace para todo su pueblo.

El ser cristiano, en general, y el ser consagrado, en especial, se basa antes de nada en un encuentro real con Cristo. Nos lo recordaba, Benedicto XVI en su primera encíclica: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1). También, vosotros, queridos consagrados, sintiendo esta llamada amorosa de Dios os habéis puesto en camino con la seguridad de encontrar la dicha de quien confía en el Señor. En vuestro interior se fue haciendo camino la cercanía amorosa de Dios, hasta encontraros con Cristo Jesús vivo, real, que os fascino, os cautivó y os sedujo: un Señor Jesús que os atrajo a sí para llevaros por veredas de dicha y de felicidad,  que sólo él puede ofrecer y se encuentran cuando se acoge a Dios en Cristo, su voluntad, su proyecto, su designio. Dejando cuanto os estorbaba para ser libres en vuestra entrega al Señor, crecisteis en disponibilidad interior hasta poder decir con Cristo: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer, tu voluntad” (Hb 10, 6).

La fascinación que os produjo este encuentro con Cristo debe ser cultivado día a día, para que se mantenga fresca vuestra condición de consagrados, para que no se apague vuestro amor primero, para que vuestra fidelidad no sea un mero conservar sino para que se mantenga siempre fresca, arraigada junto al río de la vida, que es Cristo, que se nos da en su Palabra, en su Eucaristía, en el Sacramento de la Penitencia, en su Iglesia. El encuentro constante con el amor de Dios en Cristo y la acogida de la llamada amorosa y gratuita de Dios cambian radicalmente la vida de una persona y la mantienen joven. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la convicción de que Dios es el ‘único bien’, que sólo en El está la Salvación, que sólo en Él está la plenitud (Sal 39, 10).  Pretender dignificar la vida humana de espaldas a Dios devalúa la existencia humana. La vida tiene sentido sólo cuando Dios es reconocido como dueño y como bien.

Con la fuerza renovadora de su amor, hecho encuentro personal, Cristo quiere que las consagradas y consagrados seáis, ya por vuestra sola presencia, testigos de Dios en un mundo que lo quiere aparcar para vivir de espaldas a él. Estáis llamados a ser testigos de de su Hijo, Jesucristo, la luz de los hombres, para que se disipen las tinieblas que eclipsan a Dios en la vida de los hombres. Dios quiere que vuestra vida de comunidad fraterna sincera sea signo de comunión con Dios y con los hermanos.

“Más allá de valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante precisamente porque es signo de gratuidad y de amor, tanto más en una sociedad que corre el riesgo de ahogarse en el torbellino de lo efímero y lo útil (cf.VC 105). La vida consagrada, en cambio, testimonia la sobreabundancia de amor que impulsa a ‘perder’ la propia vida, como respuesta a la sobreabundancia de amor del Señor, que ‘perdió’ su vida por nosotros primero. En este momento pienso en las personas consagradas que sienten el peso de la fatiga diaria, con escasas gratificaciones humanas; pienso en los religiosos y las religiosas de edad avanzada o en los enfermos, en quienes pasan por un momento difícil en su apostolado. Ninguno de ellos es inútil, porque el Señor los asocia al ‘trono de la gracia’. Muy al contrario: todos ellos son un don precioso para la Iglesia y para el mundo, sediento de Dios y de su Palabra.

Así pues, queridos religiosos y religiosas, os invito a que, a continuación, llenos de confianza y de gratitud, renovéis vuestros vosotros, signo de la ofrenda total de vosotros mismos presentándoos en el Templo. Acercaos al Dios tres veces santo, para ofrecer vuestra vida y vuestra misión, personal y comunitaria, de hombres y mujeres consagrados al reino de Dios. Hacedlo en íntima comunión espiritual con la Virgen María: ella es la primera y perfecta consagrada, llevada por el Dios que lleva en brazos; Virgen, pobre y obediente, totalmente entregada a nosotros, porque es toda de Dios. Siguiendo su ejemplo, y con su ayuda maternal, renovad vuestro “fiat“. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Dedicación de la Iglesia parroquial de El Salvador de Castellón

23 de enero de 2011
Domingo tercero del Tiempo Ordinario

(Is 8, 23b-9,3; Sal 26; 1 Pt 2,4-9; Mt 4,12-23)

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¡Hermanos todos amados en el Señor!

Hoy es un día de gran gozo y de alegría compartida para toda nuestra Iglesia diocesana y para mi, vuestro Obispo, pero, de modo especial, lo es para vuestra comunidad parroquial de El Salvador al poder dedicar vuestro templo parroquial de ‘El Salvador’. Después de casi diez años desde que vuestro párroco, Mn. Joan Llidó, recibiera el encargo de comenzar a tejer una comunidad cristiana en un barrio nuevo, colindante a la UJI, y después de casi seis años desde que mi predecesor, Mons. Juan Antonio Reig Plá, erigiera esta parroquia hoy vemos cumplido un deseo largamente anhelado por todos. Este nuevo templo representa un bien para todos y, en particular, para los fieles cristianos de esta parroquia.

Demos gracias a Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien por este don. Con el salmista cantamos: “El Señor es mi luz y mi salvación. Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida” (Sal 26). Con su dedicación, este edificio se convierte en casa de Dios, abierta a todos lo que lo buscan con sincero corazón, y en casa de la comunidad parroquial: el lugar donde vuestra comunidad cristiana de El Salvador se reunirá habitualmente para escuchar la Palabra de Dios, para orar a Dios y, principalmente, para celebrar y recibir los sacramentos; será el lugar donde se reservará el Santísimo Sacramento de la Eucaristía para su adoración y para los enfermos. En nuestra acción de gracias a Dios incorporamos nuestro cordial y sentido agradecimiento a todos cuantos de un modo u otro han hecho posible este digno edificio: a personas particulares, a empresas y entidades privadas y públicas, y también a la Basílica de Lledó y a toda nuestra Iglesia diocesana, que tan generosa ha sido con una de sus hijas, vuestra parroquia de El Salvador. No olvidamos tampoco al arquitecto, a empresas y trabajadores, y así como a vuestros sacerdotes, Mn. Joan Llidó y Mn. Recaredo Centelles y al Consejo Parroquial de Pastoral.

Vuestro templo parroquial mismo, los ritos de bendición de los muros del templo y la dedicación del altar, así como la palabra de Dios que acabamos de proclamar centran dirigen nuestra mirada en Cristo Jesús. El es el Mesías, el Salvador, la luz grande, que brilla a los que habitan en tierras y sombras de muerte. Jesús inicia el reino de Dios y llama a la conversión, anuncia el Evangelio del reino, cura las enfermedades y dolencias físicas y espirituales del pueblo. Jesucristo llama a su seguimiento y a estar con él a sus discípulos para enviarlos a predicar; una misión que no es otra sino anunciar y hacer llegar a todos el reino de Dios, es decir el amor de Dios, manifestado, realizado y ofrecido en Cristo mismo, fuera del cual no hay salvación, no hay verdad, ni vida, ni libertad ni felicidad.

El altar que hoy vamos a dedicar a Dios nos recordará a Cristo, centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad parroquial. Este altar se va a convertir por la unción del Crisma en símbolo de Cristo mismo, el Ungido por el Padre en el Espíritu Santo y así constituido en Sumo sacerdote, para que en el altar de su cuerpo ofreciera el sacrificio de su vida por la salvación del mundo. Cristo es a la vez Sacerdote, Víctima y Altar de su propio sacrificio, por el que Dios mismo nos ofrece su comunión de vida y de amor. Este altar dedicado será para vosotros, a la vez, el ara donde se actualice sacramentalmente el sacrificio de la Cruz por todos vosotros y por todos los hombres; pero también será la mesa del Señor en torno al cual os congregaréis como Pueblo de Dios para participar en la Misa, sobre todo comulgando el Cuerpo y la Sangre de Cristo, fuente de comunión con El y con cuantos lo comulgan; y será, finalmente, el centro de la acción de gracias que realiza toda Eucaristía a la que debéis unir vuestra oración de alabanza y vuestra acción de gracias por todos los dones recibidos en vuestra vida. Pero este altar os será también símbolo de vosotros mismos, ya que al estar unidos a Cristo, cabeza del cuerpo de la Iglesia, os convertiréis en verdaderos altares en los que se ofrece el sacrificio de una vida santa: vida de unión con Dios y con los hermanos, fuente de caridad, que os impulsará a hacer de vuestra vida, personal y comunitaria, una existencia  eucarística.

Lo mismo que este altar, que simboliza a Cristo, está en el centro de vuestro templo así Cristo mismo deberá ser el centro de vuestra vida y misión, de vuestra comunidad, de cada uno de sus miembros y de las familias. Un cristiano que no viva interiormente desde el amor de Dios ofrecido en Cristo no es un cristiano auténtico; una comunidad cristiana que no viva desde Cristo, desde su Evangelio y de su misterio Pascual, actualizado en cada Eucaristía, y que, por tanto, no muestre frutos de comunión y de misión, de paz y de amor, de justicia y de misericordia, de gozo y de alegría, no es una verdadera comunidad cristiana. El cristiano y la comunidad que no están anclados en el quicio que es Cristo, languidecen, se secan y extinguen. La vida cristiana o se renueva o fenece en el contexto materialista, cientifista, relativista, racionalista y hedonista reinante. Sin Dios, manifestado en Cristo Jesús, Vida para el mundo, el hombre pierde el norte. Sin Dios desaparece la frescura y la felicidad de nuestra tierra. Si el hombre abdica de Dios, abdica también de su dignidad, porque el hombre sólo es digno de Dios.

Edificado el templo material, edificad desde Cristo como “piedras vivas”, que sois los fieles, el templo espiritual de vuestra comunidad parroquial. Sólo así vuestra comunidad seguirá siendo una comunidad misionera en el barrio. Pido al Señor por todos vosotros: para que, anclados en Cristo y vivificados por él, aumente vuestra fraternidad entre todos, para que nunca os dejéis llevar por la tentación de la apatía hacia lo religioso, para que nunca dejéis al margen a esta vuestra familia parroquial, que es la Iglesia de Jesucristo en este barrio.

Acercaos a Él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y apreciada por Dios. Disponeos como piedras vivas a ser edificados en casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo” (1 Pt 2, 5), así nos exhorta San Pedro. Vuestra parroquia será viva en la medida en que viva fundamentada y ensamblada en Cristo, piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por sus miembros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de vida y de amor con Dios y con los hermanos, y lanza al anuncio a todos del Evangelio del Reino de Dios.

En esta parroquia, -la Iglesia en el barrio de la UJI-, Cristo se hace presente y su Espíritu actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella conserva y ofrece: la Palabra de Dios, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y la caridad: son los tres pilares que nunca pueden faltar en la vida y misión de una comunidad parroquial (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. ).

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia, y acogida con fe y con corazón bien dipuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor, la Palabra de Dios hecha carne, el Camino, Verdad y Vida. Cristo Jesús y su Palabra son la luz, que nos ilumina en el camino de nuestra existencia, que nos fortalece, nos consuela y nos une. La proclamación y explicación de la Palabra en la tradición viva de la fe de la Iglesia y en comunión con el magisterio de nuestros pastores, la catequesis y la formación que se imparte en los distintos grupos no sólo os deben conducir a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas, algo muy urgente y necesario; os han de llevar y ayudar a todos y a cada uno, en primer lugar y antes de nada, al encuentro y a la adhesión personal a Cristo, a la conversión de mente y corazón a Él y su Palabra, y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial.

Seguir a Jesucristo os impulsará a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia. La Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con docilidad, ha de ser celebrada y, lo celebrado, ha de ser puesto en práctica (cf. Sant 1, 21-ss). La Palabra y la Eucaristía hacen posible, por la acción de Dios, hombres nuevos con valentía y entrega generosa, que viven hacia todos el amor de Dios recibido.

En la comunidad parroquial, Cristo Jesús se hace presente y se nos da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se inicia, se confirma y fortalece, se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria. Por los Sacramentos se crea o se acrecienta y se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía, el centro y el corazón de toda la vida de la comunidad cristiana. Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil permanecer fiel en la vida cristiana y edificar el templo espiritual de la comunidad parroquial. El domingo es el día del Señor, la pascua semanal, el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y misionera. La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía nos lleva necesariamente a vivir la fraternidad. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en vuestra Parroquia, como ya lo venís haciendo. A ellos se ha de atender con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo.

El Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre ‘rico en misericordia’ (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece la comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para la misión, nos empuja a ser testigos de su amor y del perdón.

Alimentados y regenerados por la Palabra y los Sacramentos os convertiréis en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que forma una familia entroncada en Cristo: vuestra comunidad cristiana. Es decir: una comunidad que acoge y vive a Cristo y su Evangelio; una comunidad que proclama y celebra la alianza amorosa de Dios; una comunidad que aprende y ayuda a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ora y ayuda a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sienten y son corresponsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más paganizada; una comunidad que es fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz.

Cristo Jesús, El Salvador, está en medio de nosotros. ¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto a la mesa de la Eucaristía, que por vez primera celebraremos sobre este altar dedicado! ¡Acojamos a Cristo, alimento de vida cristiana y fuente de comunión con Dios y con los hermanos! Él nos fortalece y nos envía a ser testigos de su amor, constructores de fraternidad, de justicia y de paz en nuestro mundo. Que María, la Mare de Déu del Lledó, os proteja y os aliente hoy y siempre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada Mundial de las Migraciones

Castellón, S.I. Concatedral, 16 de enero de 2011

(Is 49, 3.5-6; Sal 39; 1Co 1,1-3; Jn 1, 29-34)

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Hermanos amados todos en el Señor:

Por segundo año consecutivo celebramos esta Eucaristía en la Jornada Mundial de las Migraciones. Gracias por vuestra numerosa presencia, queridos inmigrantes: una vez más podemos experimentar la catolicidad, la universalidad, de nuestra Iglesia católica, sacramento y germen de unidad de todo el género humano (cf. LG 1), para formar una sola familia humana. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido esta tarde a esta celebración: sacerdotes, consagrados y seminaristas; saludo cordialmente al párroco de la parroquia ortodoxa rumana de San Nicolás; a las asociaciones de inmigrantes; al Director de nuestro Secretariado Diocesano paras la Migraciones y a todos los trabajadores y voluntarios en este sector pastoral.

La Palabra de Dios, que acabamos de proclamar, centra nuestra mirada en Cristo Jesús: Él es el Hijo de Dios, hecho hombre, el Siervo y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesucristo es el Salvador precisamente porque ha ido más allá de proyectos y teorías humanas, y ha roto las ataduras del pecado, de la división, de la separación y del odio entre los hombres. Él mismo declara al entrar en este mundo: “Aquí estoy, Señor, para, hacer tu voluntad” (Sal 39). Cristo Jesús, obediente al Padre por amor, se ha hecho uno de nosotros, y por la ofrenda y entrega total de su cuerpo y de su espíritu al Padre, ha restablecido y recuperado la amistad y la comunión con Dios y así entre todos los hombres, nuestros hermanos. Esa es la voluntad original de Dios: que todos vivamos la comunión de vida y amistad con Dios, la unión con y entre todos los hombres –independientemente de origen, raza, lengua o nación- y la armonía con la creación entera, que queda rota por el pecado. Sí; el pecado no sólo es rechazo de la amistad, de la comunión con Dios, sino también la fraternidad con los hombres y la armonía con la creación misma. Así lo vemos reflejado en el relato del pecado original.

Jesús es el Ungido de Dios; él lleva a cabo las promesas de Dios y las expectativas de los hombres de modo inesperado, pero del modo más humano posible: haciéndose uno de nosotros, haciéndose Enmanuel, Dios-con-nosotros, siendo en todo fiel y obediente a la voluntad de Dios hasta su entrega a Él en la Cruz. Jesucristo es la Luz para todos los hombres. El sale a nuestro encuentro y desea encontrarse con cada uno de nosotros para mostrarnos el camino hacia Dios y hacia todos los hombres, para darnos la comunión de vida con Dios, base de la comunión fraterna, de la solidaridad, de la acogida del otro, también del extranjero, del migrante, para hacer de todos los hombres una sola familia humana.

Esta es la vocación y misión de la Iglesia: Ser portadora de la Luz de Cristo, ser presencia suya, de su Evangelio y de su obra redentora entre los hombres y mujeres de todos los tiempos; ser, en una palabra, misterio de comunión y misión, ámbito de unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Una misión que corresponde a todo bautizado, siendo, como Jesús, siervo de Dios y de los hombres, siendo apóstol de la Buena Nueva, como Pablo.

En esta Jornada Mundial de Migraciones, el Señor nos llama a abrir nuestros corazones para la acogida cristiana del emigrante. Las palabras de Jesús ‘Como yo os he amado, que también os améis unos a otros’ (Jn 13, 34) nos invitan a ello. Todos los seres humanos formamos una sola familia humana. El Padre-Dios, como nos recuerda Benedicto XVI en su Mensaje para esta Jornada, nos llama a reconocernos todos hermanos en Cristo; formamos ‘una sola familia humana’ de hermanos y hermanas en sociedades, cada vez más multiétnicas e interculturales, donde también las personas de diversas religiones estamos llamados al diálogo, para poder encontrar una convivencia serena y provechosa en el respeto de las legítimas diferencias.

Con el lema de su mensaje para esta Jornada Mundial “Una sola familia humana”, el Santo Padre, Benedicto XVI, nos invita y ofrece un programa para este fin.  La migración es una oportunidad para destacar y trabajar por la unidad de la familia humana.

“Los derechos de los emigrantes a vivir como miembros de la familia humana y la obligación correspondiente hacia ellos de acogida, ayuda, solidaridad y fraternidad tienen su fundamento en la condición de todos los seres humanos de hijos del mismo Padre Dios: de ella deriva la común vocación de hermanos. Tenemos un origen común, el mismo fin, el mismo hábitat, la tierra creada por Dios y puesta al servicio de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Tenemos un camino común, aunque vivamos diferentes situaciones”, afirman los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones en su Mensaje para este año. Todos, tanto los emigrantes como las poblaciones que los acogemos, formamos parte de una sola familia, y todos tenemos el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuyo destino es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir. (Benedicto XVI, Mensaje 2011).

Frente a este cuadro ideal tenemos la dura realidad; una realidad agravada por la crisis económica, que afecta a todos y, en especial, a los emigrantes. En esta situación, junto a prejuicios de siempre, surgen el miedo al extraño, el rechazo, la merma en la cordial acogida y en la hospitalidad. En esta situación se hace de nuevo necesario poner en el centro de todo a la persona humana y su dignidad inalienable, que tiene su origen en ser creatura de Dios, con sus correspondientes e inalienables derechos y deberes.

La tarea de constituir una sola familia de personas, pueblos, culturas, religiones tan numerosas y diversas, nos urge a todos, emigrantes y autóctonos. El camino es arduo y tiene aún un largo recorrido. No es superfluo volver a recordar, como punto de partida el derecho fundamental de toda persona a salir de su tierra y a ir a otro país que le ofrezca mejores posibilidades, sin tener que desprenderse de su familia, de su religión, de su cultura.

Tampoco podemos olvidar el derecho propio de los Estados a regular los flujos migratorios con justicia, con solidaridad y con sentido del bien común. En esa regulación justa entra también el establecer condiciones dignas para la acogida y la gradual y armónica integración de emigrantes y refugiados en la nueva sociedad, en la normal interacción entre la población autóctona y la emigrante.

El instrumento clave en este proceso es el diálogo en todas sus variantes, empezando por el diálogo de la vida, en el trabajo, en la escuela, en el tiempo libre, en la vecindad, en la convivencia, en la defensa común de los derechos, en las acciones comunes, en el servicio al bien común. Fundamental es el diálogo intercultural y, en el campo religioso, el diálogo ecuménico y el interreligioso.

La Iglesia, que ha recibido el mandato del Señor de hacer de todos los pueblos una sola familia, ha de ser pionera en la tarea de acoger a los diferentes, de ayudarles en su proceso de incorporación a la nueva sociedad, y a la comunidad creyente a los cristianos católicos y a los que voluntariamente lo pidan. Los emigrantes católicos son miembros de pleno derecho en la comunidad parroquial, a la que por su domicilio pertenecen: en ella, en su vida y en su misión han de incorporarse y han de ser acogidos. Serán una riqueza para esa comunidad parroquial.

Asimismo, la Iglesia debe ser ejemplar en su ayuda para que los emigrantes a la asuman sus responsabilidades, su papel y sus tareas en la sociedad y en la comunidad creyente, respetando siempre la identidad de cada uno, dentro de la única familia. En su condición de “católica”, nuestra Iglesia y los católicos hemos de ser signos e instrumentos en la generación de la única familia de Dios, en la que caben hombres y mujeres diferentes en procedencia, raza, cultura o clase social. La Iglesia es la “casa común”, en la que todos tienen cabida.

Oremos para que nuestra sociedad vea a los inmigrantes y a sus familias no como una carga o un peligro, sino como una riqueza para nuestra sociedad y para que los acoja cordialmente, los trate como hermanos y les facilite su pacífica y enriquecedora integración. Oremos para que los inmigrantes se encuentren en su casa en nuestra Iglesia diocesana y en sus respectivas parroquias.

¡Que María la Virgen nos proteja en este nuestro caminar y nos enseñe a ser sensibles como ella ante las necesidades de los emigrantes, y a poner nuestra mirada en su Hijo, el Salvador, que con su muerte y resurrección ha restablecido la comunión con Dios, base de la fraternidad universal! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de varios diáconos

Segorbe, S.I. Catedral- Basílica, 8 de enero de 2011,
Víspera de la Fiesta del Bautismo del Señor

(Is 24,1-4.6-7; Sal 28; Hech 10, 34-38; Mt 3, 13-17)

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¡Amados hermanos en el Señor Jesús!

El Señor nos ha reunido en asamblea santa en esta Iglesia Catedral diocesana en Segorbe para celebrar la ordenación diaconal de nuestros hermanos Alberto, José Miguel, Manolo, Juan Mario, Pablo y Mauro. Con ellos nos alegramos y por ellos oramos al Señor unidos a toda nuestra Iglesia diocesana, a sus padres y familiares, a sus formadores, compañeros y amigos.

Con todos vosotros, queridos ordenandos, antes de nada damos gracias a Dios por el don de vuestra vocación al ministerio ordenado y por vuestra ordenación de diáconos. Con las palabras del Salmo os invito a todos: “¡Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor” (Sal 38, 12, 6). Sí, hermanos: Dios es grande una vez más con nuestra Iglesia. Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya de Segorbe-Castellón, y, en ella, para toda la Iglesia universal. Quiero también expresar mi profunda gratitud y felicitación a todos cuantos han cuidado de vuestra formación, así como a vuestros padres y demás familiares y a todos los que os han ayudado a discernir, acoger y madurar la llamada del Señor al sacerdocio ordenado y a responder a esta llamada con alegría, confianza y generosidad. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de vosotros, para que perseveréis en la vocación al ministerio sacerdotal y podáis cumplir el orden y la misión de diáconos que el Señor hoy os va a confiar.

La Palabra de Dios, que hemos proclamado, nos anticipa la Fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos mañana: con esta Fiesta se cierra el tiempo de la Navidad. En el bautismo de Jesús en el Jordán, culmina la manifestación de Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías y el Salvador, que hemos conmemorado y contemplado en estos días. Si la Navidad es la manifestación del Hijo de Dios en la humildad de Belén, y si la Epifanía es la manifestación del Hijo de Dios a todos los pueblos, el Bautismo es la manifestación en plenitud de la divinidad de Jesús.

Jesús, al ser bautizado por Juan en el Jordán, es ungido por el Espíritu Santo y proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre desde el cielo. El Dios-Padre nos revela que Jesús es “su Hijo amado, el predilecto” y lo unge con el don del Espíritu para que los hombres reconozcan en Él al Mesías, enviado para la salvación de todos los hombres. Ungido por el Espíritu, Jesús ya puede empezar a llevar a término en medio de los hombres la misión salvadora, encomendada por el Padre. Todo lo que el pueblo de Dios esperaba y todo lo que Jesús hizo y la Iglesia cree y anuncia está incluido en la proclamación del Jordán: Jesús es el hombre lleno del Espíritu de Dios que podrá manifestar y comunicar al Padre, al Dios del amor, ya que él es el Hijo, el amado, “el predilecto”. A este Cristo Jesús habéis de conocer y amar, a Él debéis anunciar para propiciar el encuentro personal de los hombres con Él.

La primera lectura de hoy (Is 42, 1-4,6-7) es particular-mente importante para entender la persona misma de Jesús y, en Jesús, el ministerio diaconal que hoy vais a recibir, queridos hijos.

Jesús, el Hijo de Dios, encarna la figura del Siervo de Yahvé, del que habla el profeta Isaías. “Mirad a mi Siervo, mi elegido, a quien prefiero, sobre él he puesto mi Espíritu para que traiga el derecho a las naciones” (Is 42, 1). El Siervo de Yahvé es elegido y enviado a cumplir una misión, y, para que la pueda cumplir, recibe el Espíritu de Dios. La misión del Siervo, la de Jesús y la de vuestro diaconado, hunde sus raíces en la elección o llamada de Dios, quien le y os concede el don del Espíritu, que, como a Él, os capacita para la tarea que Dios os encomienda.

La misión del Siervo de Yahvé es hermosa; consiste en traer “el derecho a las naciones”. Y este reinado de justicia, de salvación, se traduce en obras concretas: abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas. Así se subraya la función salvadora y liberadora del Siervo de Yahvé, de Cristo. “Me refiero – proclama Pedro-  a Jesús de Nazaret…, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hech 10, 37). Esta es la función del Siervo de Yahvé: cargar con el pecado y la miseria de la humanidad, promover la justicia y liberar al hombre de toda esclavitud.

La forma de actuar del Siervo de Yahvé, de Cristo, -y la vuestra, queridos hijos-, queda descrita con las palabras: “no gritará, no clamará” (v. 2). Es así como se hará más patente la gratuidad y la universalidad de su mensaje: como el Siervo de Yahvé habéis de pregonar sin gritar, para que la verdad de la Palabra de Dios se afirme por sí misma y el juicio de Dios salve a todo hombre de buena voluntad. El siervo no hace propaganda de sí mismo, no suplanta la Palabra, no busca compensación alguna. Con frecuencia, su premio será el sufrimiento; pero no importa, ya que no vacilará ni se quebrará. Siempre confiado en Dios, transmitirá la Palabra, la justicia y la salvación incluso a aquellos que están a punto de extinguirse: “la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”. El Siervo pasa por este mundo haciendo el bien, da ánimos a la caña cascada, jamás deja de preocuparse por los demás. Llega hasta aquellos hombres y mujeres que están acabados, abatidos, desalentados y desesperanzados; a hombres de quienes la sociedad nada espera, porque, a su juicio, no van a aportar nada al resto: al anciano que se acaba y al que no se considera más que una carga para el entorno, a los desfavorecidos y marginados, a los que dudan en su fe o flaquean en su esperanza, a quienes no encuentran sentido a su vida.

Pero así es como Jesús es proclamado por Pedro: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él…”. Jesús pasó haciendo el bien. Es el estilo que caracterizó a Jesús; una forma de vida que os ha de caracterizar a vosotros: como Él, siempre comprensivos y serviciales, sobre todo con los débiles, con los marginados, los publicanos, los leprosos, con los que la sociedad tachaba y tacha de indeseables.

Con el Siervo de Yahvé, con Cristo, comienza una Nueva Creación, un nuevo orden de cosas a través de la Nueva Alianza realizada con su pueblo. A partir de Él, todo será nuevo. “Los ciegos”, quienes no conocen o están cerrados a Dios abrirán sus ojos a la revelación; “los presos” en el error, en la esclavitud del pecado, de su propio egoísmo y de la insolidaridad serán liberados de las tinieblas del error, del pecado y de la muerte en que viven desterrados. El Siervo de Yahvé será el encargado de brindar el “derecho y la justicia”, es decir, la doctrina revelada y la salvación a todos los pueblos

A luz de esta Palabra podemos ahondar en el significado de vuestra identidad diaconal. Sois ordenados diáconos “para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio” (LG 29). Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor derramará sobre vosotros su Espíritu Santo y os consagrará diáconos. Participaréis así de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Señor y seréis en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, que no vino “no para ser servido sino para servir”. Por una marca imborrable, quedaréis conformados en vuestro ser y para siempre con Cristo Siervo; habréis de ser por ello también con vuestra palabra y con vuestra vida signo de ese Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que vuestras funciones de diácono serán “administrar solemnemente el bautismo, conservar y distribuir la Eucaristía, en nombre de la Iglesia asistir y bendecir el matrimonio, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el rito del funeral y de la sepultura”, y prodigaros en las “obras de caridad y de asistencia” (LG 29). Todas estas funciones se sintetizan en una palabra “servicio”: ‘diaconía’ en “el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29).

Recibid pues el diaconado para servir a los hombres, haciéndoos portadores de la salvación de Cristo. Para ello debéis descubrir aún más la belleza de la Cruz de Cristo, Jesús mismo resume su propia misión en el mundo con las palabras: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida para la salvación de todos” (Mt 20, 28).

El diácono participa de modo especial en esta misión de servicio incondicional, hasta el extremo, de Jesús; está llamado a servir a Cristo, a su Iglesia y a los hermanos, sin poner condiciones de tiempo, de lugar o de tarea a la propia dedicación, en plena disponibilidad a Dios y a los hermanos, en total obediencia a la Iglesia y al Obispo. Un servicio que, cuando recibáis la ordenación sacerdotal, se hará aún más exigente y necesitará que toda vuestra vida -energías, tiempo y deseos- sea puesta al servicio de la salvación del mundo. Pero ya desde ahora deberéis poneros enteramente al servicio de todos: ir muriendo a vosotros mismos, este es el camino indicado por Cristo y que se simboliza plásticamente en el rito de la postración, que haréis a continuación.

Con el Siervo de Dios, Juan Pablo II, podemos decir que: “El que se prepara para recibir la sagrada Ordenación se postra con todo el cuerpo y apoya la frente sobre el pavimento del templo, manifestando con esto su completa disponibilidad para tomar el ministerio que se le confía (…). En ese yacer por tierra en forma de cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pablo- la cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol ‘pavimento’ para los hermanos está el sentido más profundo de toda espiritualidad sacerdotal”.

La gracia divina, que recibiréis con el sacramento, es la que os hará posible esta absoluta dedicación a los otros por amor de Cristo; y además os ayudará a amarla y a buscarla con toda la fuerza. Esto será el mejor modo de prepararos para recibir la ordenación sacerdotal: servir, en efecto, es un ejercicio infatigable y fecundo de caridad. Hoy, todos nosotros pediremos al Señor la gracia que os ayude a transformaros en fiel espejo de su Caridad, de modo que todos aquellos que encontréis en el camino de vuestro ministerio sagrado, vean en vosotros la misericordia infinita de Cristo Salvador.

Que os sostenga en esta misión la santísima Virgen María, la Virgen de la Cueva Santa, la esclava del Señor.  Acompañemos todos con nuestra oración a estos hermanos nuestros, para que, por intercesión de María, la sierva del Señor, puedan de verdad servir a todos, en la alegría y en la libertad de los hijos de Dios. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón