Celebración Litúrgica de Viernes Santo

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 6 de abril de 2012

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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Es Viernes Santo: un día de intenso dolor, pero un dolor transido de esperanza. En el centro de la Liturgia de este día está el misterio de la Cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Dejemos hablar a la Palabra de Dios, que nos ha sido proclamada.

Toda la tradición cristiana y el mismo Nuevo Testamento reconocen en el Siervo paciente de la primera lectura (Is 52,13-53,12), una figura profética de Cristo. En la historia de Israel era frecuente que amigos de Dios intercedieran por sus hermanos, los hombres, y, sobre todo, por el pueblo elegido. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el Siervo de Dios: el “varón de dolores” despreciado y evitado por todos, “herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes,… que entregó su vida como expiación”. Cristo en su pasión es el “varón de dolores” que con tanta fuerza y crudeza describe el poema del Siervo de Yahvé. En él se contiene todo: humillaciones y sufrimientos, rechazo por parte de su pueblo, muerte redentora. El “fue traspasado por nuestros pecados”.

En la oscuridad del dolor, sin embargo, aparece la luz de la esperanza. Desde la primera línea se apunta ya la victoria final: “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. Porque el Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salud y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos”. El sacrificio del Siervo doliente produce su efecto: “Sus cicatrices nos curaron”. El es el Siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios ‘se ha complacido’.

En verdad: Cristo Jesús es el Sumo Sacerdote y mediador, que reconcilia a los hombres con Dios por el sacrificio de su vida, nos dirá la carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9). Jesús es a la vez el sacerdote y la víctima, el oferente y la ofrenda: El es nuestro único mediador con Dios. En la Antigua Alianza, el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario, rociarlo con la sangre de un animal sacrificado para expiar los pecados del pueblo. Ahora el Sumo Sacerdote por excelencia, Cristo Jesús, entra ‘con su propia sangre’ (Hb 9,12), como sacerdote y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo, ante el Padre.

Por nosotros y todos los hombres ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios, en la debilidad humana, ‘a gritos y con lágrimas’; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, ‘aprendió’, sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así en ‘autor de salvación eterna’ para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.

Para San Juan, Jesús, el Siervo doliente y Sumo Sacerdote, se presenta y comporta en su pasión como un auténtico Rey soberano: él se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado y ama al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita ‘crucifícalo’. “¿A vuestro rey voy a crucificar?”, pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda poner sobre la Cruz un letrero en el que estaba escrito: “El rey de los judíos”, en las tres lenguas del mundo. La Cruz es el trono real desde el que Jesús “atrae hacia sí” a todos los hombres; desde la Cruz el funda su Iglesia, confiando a su Madre al discípulo amado, que la acoge e introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina esta fundación confiándole al morir su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua.

La fe pascual de Juan transfigura cada detalle y cada episodio de esta última fase de la vida terrena del Salvador. Incluso la Cruz queda transfigurada. En sí misma es un sacrificio cruel y bárbaro; pero, desde que Cristo redimió a los hombres en el leño de la Cruz, se ha convertido en objeto de adoración. Para Juan, la Cruz es una especie de trono. En la Cruz, Jesús es exaltado, elevado y glorificado. Juan resalta que Jesús llevó su propia cruz. Sin quitar importancia a los sufrimientos del Señor, toda la narración está impregnada de una atmósfera de paz y de serenidad. Cristo, y no sus enemigos, es quien domina la situación. No hay coacción alguna: Jesús se encamina con total libertad hacia su ejecución; con perfecta libertad y con completo conocimiento de lo que acontece, sale al encuentro de su destino. El motivo es el amor, que se entrega hasta el extremo. Porque la Cruz es la revelación suprema del amor de Dios. Ante esta suprema manifestación del amor de Dios, sólo podemos prosternarnos en actitud de adoración y meditación.

La pasión y muerte en Cruz del Señor suscita en nosotros sentimientos de dolor y de compasión con el Señor; pero a la vez ha de suscitar pesar por nuestros pecados y por los pecados del mundo. Porque el milagro inagotable e inefable de la Cruz se ha realizado ‘por nosotros’ ‘y por nuestros pecados’. El Siervo de Dios ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el Sumo Sacerdote, a gritos y con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el Rey de los judíos, ha ‘cumplido’ por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con su sangre y el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

Pero la pérdida de sentido de Dios en nuestra sociedad, la pérdida del sentido de pecado y la falta de sentirse necesitados de salvación, hacen difícil involucrarse personalmente en esta historia siempre actual y presente de la pasión y muerte del Señor. Preferimos ser espectadores de la pasión, y no causantes y beneficiarios de la muerte salvadora del Hijo de Dios.

Pero nuestros pecados, personales y estructurales, son el origen y la causa de los sufrimientos de Cristo. Cristo sigue padeciendo por nuestra causa, por nuestros pecados. Cristo sufre y padece cuando no acogemos el amor de Dios, cuando preferimos ‘nuestra libertad’ a los caminos de de Dios, cuando nos avergonzamos de Cristo y negamos ser sus discípulos como Pedro, cuando no respetamos la vida humana y la dignidad de las personas. Cristo sufre y padece, cuando empañamos la ‘imagen de Dios’, impresa en todos los hombres y en nosotros mismos, por la envidia, la gula o la impureza. Cristo sufre y padece, cuando atentamos contra la verdad. Cristo sufre y padece cuando los niños son esclavizados o se abusa de ellos. Cristo sufre y padece cuando las mujeres son maltratadas, cuando los ancianos son abandonados o rechazados. Cristo sufre y padece con los parados y con los jóvenes que no encuentran un sentido a su vida y un futuro digno. Cristo sufre cuando los inmigrantes tienen que abandonar casa y familia y no encuentran la acogida que merecen; cuando los drogadictos llegan a perder su dignidad, su libertad, su salud y su vida, cuando los enfermos son abandonados en su dolor.

Pero Cristo, también, padece con nosotros e ilumina nuestro paso por esta vida. Por eso hemos de contemplar y adentrarnos personalmente en la pasión de Cristo para saber afrontar y dar sentido a la nuestra. Cristo en su pasión sufrió tristeza y angustia, para que miremos a Él, cuando la desesperanza y el sinsentido aparecen en nuestra vida, cuando nos faltan razones y estímulos para seguir viviendo como cristianos. Jesús, en la Cruz, siente una profunda sensación de inutilidad, porque presiente que la libertad humana va a rechazar la luz de su salvación.

En la Cruz, Jesús experimenta el silencio de Dios. “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Este grito de Jesús, al filo de la muerte, revela que no sólo le invade la tristeza de la muerte, sino también el vacío de la presencia sensible de Dios que causa el pecado humano. Estábamos separados del Padre por el pecado. Era necesario que el Hijo, en el que todos nos encontrábamos, probara el dolor de la separación del Padre. Tenía que experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos abandonados. Hay horas en la vida en las que también nosotros sentimos la ausencia de Dios, que permite el mal y el dolor que nos desconciertan. Jesús supera esa sensación penosa sabiendo distinguir entre fe y sentimiento. Siente que el Padre le ha abandonado, pero, la vez y sobre todo, cree que el Padre está con él y por eso, a renglón seguido, añadirá: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Así nos muestra que incluso en la aparente ausencia de Dios, Dios nunca abandona a quien cree y confía en Él.

Que María, la fiel corredentora, nos ayude a hacer la travesía de la vida con los ojos puestos en su Hijo. Miremos el árbol de Cruz, en la que Cristo está clavado. Si con El sufrimos, reinaremos con Él; si con El morimos, viviremos con El. El es nuestra esperanza, él es nuestra fuerza para no desfallecer en el camino de la vida. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo. Misa en la Cena del Señor

S.I.Catedral-Basílica de Segorbe, 5 de abril de 2012

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,3-26; Jn 13,1-15)

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¡Amados todos en el Señor!

Con esta Eucaristía ‘en la Cena del Señor’ comenzamos el Triduo Pascual, el centro del año litúrgico. En esta tarde de Jueves Santo traemos a nuestra memoria, las palabras y los gestos de Jesús en la Ultima Cena. Como asamblea reunida por el Señor celebramos el solemne Memorial de la Última Cena. En el canon romano, la plegaria eucarística de hoy, diremos: “El cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tomó pan en sus santas y venerables manos”. La Liturgia del Jueves Santo introduce la palabra ‘hoy’ en el texto de la plegaria para subrayar la dignidad y el significado particular de este día. Ha sido ‘hoy’ cuando el Señor lo ha hecho, cuando ha lavado los pies y se nos ha entregado para siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este ‘hoy’ es sobre todo el memorial de la Pascua de entonces. Pero es más aún. El Señor hace esto ahora. Con la palabra ‘hoy’, la Liturgia de la Iglesia quiere movernos a prestar gran atención interior al misterio de este día, a las palabras y los gestos con que se expresa. Tratemos, pues, de contemplar las lecturas de hoy contemplando al Señor mismo, trasladándonos en espíritu al Cenáculo.

En la primera lectura hemos escuchado la institución de la Pascua de los judíos: es el contexto en que Jesús celebra la última Cena. La segunda lectura y el evangelio nos han relatado la Pascua de los cristianos, que el Señor instituye aquella tarde.

La Pascua de los judíos evoca unas fechas, una elección, una cena, un sacrificio, un paso de Dios y una liberación de la esclavitud de Egipto. Pascua significa “paso”, “salto”, “perdón”. La primera lectura lo aplica al paso o salto o perdón de Dios a los hijos de los hebreos mientras exterminaba a los primogénitos de los egipcios. La contraseña liberadora, será una mancha de sangre en las puertas de los hebreos.

La Pascua de los judíos era imagen, era sombra de lo que había de ser la Pascua cristiana. Jesucristo, el Dios encarnado, es el Cordero Inmolado, que da un paso por la muerte a la vida, que da un salto de la tierra al cielo; y con un fin bien preciso: liberarnos de la esclavitud del pecado pecados y de la muerte. Y lo hace señalándonos no con sangre de animales sino con la suya propia. San Pedro recordará a sus fieles que han sido rescatados no con oro o plata, sino con la sangre del cordero inmaculado, de valor incalculable.

Este es el sentido de la Eucaristía, instituida en aquel primer jueves santo de la historia. San Pablo nos recuerda la tradición que procede del mismo Señor; a saber, “Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz después de cenar: “Este cáliz es la nueva Alianza sellada con  mi sangre” (cf. 1 Co 11,3-26). El Señor da gracias. Al agradecer, reconoce que el pan y el vino son dones de Dios y que se los restituye a Dios para poder recibirlos nuevamente de Él. Su agradecer se transforma en bendecir. Lo que ha sido puesto en las manos de Dios, vuelve de Él bendecido y transformado, en su Cuerpo y en su Sangre, que anticipan su muerte en la Cruz para el perdón de los pecados: es la Nueva Pascua, su paso por la muerte a la Vida, para el perdón, para la liberación de la esclavitud del pecado. Y  Jesús les dice a sus apóstoles y nos dice ahora a nosotros: “Haced esto en memoria mía”.

Y, San Juan, resumiendo maravillosamente el profundo significado de la Eucaristía, afirma: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1): con ello quiere decir que los amó hasta el final de su vida, hasta agotar todas las posibilidades, sin reparar medios para demostrarles su amor. Jesús no pone límites a su amor y a su entrega por los hombres. Los amó hasta el extremo haciéndose siervo, humillándose, lavándoles los pies. Los amó hasta el extremo de entregar su vida por todos los pecados de todos los hombres en la cruz. Los amó hasta el extremo de quedarse para siempre en la Eucaristía, memorial permanente de su misterio pascual, de su entrega y de su amor por el perdón de los pecados.

En la escuela de Jesús son inseparables la gloria del Padre y el servicio a los hermanos.  Por eso les lava los pies, señal inequívoca de humildad, de extremado servicio, de amor entregado hasta el extremo. Cuanto más se humilla, más se complace el Padre porque más gloria recibe, esta es su ‘hora’.

San Pablo recoge aquellas palabras de Jesús: “Haced esto en conmemoración mía”. Estas palabras las dirige a los apóstoles queriendo perpetuar, a través de ellos, el sacrificio del calvario para la remisión de las culpas. Será necesario, por ello, que en esta tarde agradezcamos al Señor el don del sacerdocio que perpetúa la presencia de Cristo y su acción favorable entre nosotros. Será también necesario que nuestro agradecimiento se haga oración por las vocaciones al sacerdocio paraqué nunca nos falten ministros de la Eucaristía

 Pero además las palabras de Jesús –“Haced esto en conmemoración mía”-  Lo que Cristo hace es proyección de nuestra vida hacia el futuro.  El cristiano que se acerca a la mesa del Señor, el cristiano que comulga sabe que es atraído por el Señor, unido al Señor, y como el pan es transformado por Él para vivir, servir, amar, perdonar, trabajar, sufrir y morir como Cristo.

Por ello, tras la institución de la Eucaristía, San Pablo da unas normas muy serias sobre la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. Recordemos que Cristo lavó los pies a sus discípulos como anuncio de la limpieza de alma con la que hay que hay que acercarse a la cena, a la comunión: “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación” (1 Cor 1 1,28).

Antes de comulgar es necesario examinarse. La Iglesia, como Madre, sigue pidiendo la reconciliación sacramental si esta fuere necesaria antes de comulgar.  Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía en estado de gracia, de unión vital con Cristo. De lo contrarío, la vida, como en el caso de Judas, se tornará muerte.  Se nos propone comer el Cuerpo de Cristo y beber su sangre. Pero se nos prohíbe hacerlo indignamente.

Recibir a Cristo-Eucaristía es no sólo “estar con El”, sino “dejarse llevar” por Él y con Él, y “darse” como Él. Tan nocivo es no creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía como no entregar con nuestra vida la Vida de Cristo que se nos ha dado.

Así como es Viernes Santo siempre y dondequiera que sufre un hombre, porque en él se actualiza la pasión del Señor, así también será jueves santo siempre y dondequiera que un hombre o una mujer amen a un hermano pobre, enfermo, anciano, en paro, emigrante, gitano, negro o mendigo.  En este día del amor fraterno no podemos olvidar el mandamiento nuevo del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

¡Tarde de Jueves Santo! ¡Muchos sentimientos se agolparon entonces en el corazón de los apóstoles e invaden ahora nuestro corazón!  Demos gracias a Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos legó el amor más grande que pensarse pueda.  Jesús se va, pero se queda.  Se va por el amor que profesaba al Padre, tras cumplir su voluntad sobre la tierra.  Pero se queda por amor a los hombres hecho Eucaristía, hecho presencia sacerdotal y hecho presencia entre los que se aman. Por eso, participar en la Eucaristía y recibirla debidamente dispuestos, reconocerle en los sacerdotes y amar sin reservas a nuestros semejantes serán el mejor modo de agradecer a Dios su don, su amor inefable en Jueves Santo.

Que María, primera custodia viviente de Cristo Eucaristía, nos ayude a valorar esta presencia de Dios entre nosotros y a amarla con intensidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Misa Crismal

Concatedral de Sta. María de Castellón, 2 de abril de 2012

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Queridos sacerdotes, Vicarios General, de Pastoral y Judicial, Cabildos Concatedral y Catedral; queridos diáconos y seminaristas. Queridos religiosos y religiosas, amados  fieles todos en el Señor:

La Misa Crismal que cada año celebramos juntos, el Obispo y el Presbiterio, en esta fecha memorable, debiera ayudarnos a exclamar con el salmista: “¡Qué agradable y delicioso que vivan unidos los hermanos!” (Sal 132,1). Unidad que, si bien exige nuestro esfuerzo “es gracia de Dios como lo es el rocío que desciende sobre las laderas del Hermón. No se debe a fuerzas y méritos humanos, sino a su favor, como el rocío del cielo. La tierra, en efecto, no se llueve a sí misma, y todo cuanto de ella brota se seca si no viene de arriba la lluvia” (San Agustín, In ps.132, 10). Es la fuerza del Espíritu Santo que mora en medio de nosotros, quien puede hacer posible lo que para nosotros es imposible.

Esta Eucaristía, queridos sacerdotes, debe ser para todos nosotros término y punto de partida. A ella hemos acudido para manifestar abiertamente ante el pueblo de Dios lo que somos: partícipes del sacerdocio de Cristo, no tanto y sólo individualmente sino sobre todo como cuerpo, como presbiterio. “La superación de una visión individualista del ministerio y de la consagración, es una aportación histórica decisiva” (Documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones, pág. 87). En la Iglesia ya no hay lugar para el individualismo, para el parroquialismo, para ‘ir por libre’.

“Yo en ellos, como Tú en mí” (Jn 17, 13), dijo Cristo en su oración al Padre. Todos participamos del único sacerdocio de Cristo. Todos somos sacerdotes en el único Sumo y Eterno Sacerdote. Sólo en la medida en que estamos unidos, sólo en la medida en que formamos un cuerpo compacto, hacemos visible al Sacerdote por excelencia, a Cristo Jesús. Y no sólo visible, sino también creíble: “Que sean uno para que el mundo crea que Tú me has enviado”  (Jn 17, 21).

La Eucaristía que celebramos es término, como os decía, porque a ella hemos acudido todos por diversos caminos; pero también y sobre todo es punto de partida. Hoy y aquí es donde hemos de acrecentar la ‘fraternidad sacerdotal’, la caridad mutua, la convicción profunda de que lo que hace eficaz nuestro ministerio es la unidad en la caridad y en la pluralidad, que sin romper nunca la comunión en la fe y en la obediencia la enriquece. Una fraternidad que se alimenta de una profunda vida interior. No se puede ver al prójimo como hermano si no estamos unidos en Jesucristo.

El sacerdote, como ningún otro, está llamado a recrear la “familia de los hijos de Dios” en torno a sí, porque esa es la vocación de todo ser humano. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios que es familia, tres personas pero un solo Dios. El sacerdote por su oficio de amor (‘officium amoris’) debe iluminar, ayudar, recordar a sus fieles lo que realmente es esencial en la vida puesto que todos estamos llamados a participar de la felicidad que no tiene fin: la vida eterna en Dios.

Ahora bien, para que una idea tenga fuerza de convicción hay que darla hecha vida. Por eso los sacerdotes debemos ser expertos en fraternidad auténtica puesto que “la discordia fraterna es una blasfemia contra el Señor” (San Agustín, In ps.149). “La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo Cristo. Esta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría y la certeza de nuestra vida” (PDV 18). Y para que la ‘caridad pastoral’, “que constituye el alma del ministerio sacerdotal” (PDV 48) sea creíble habrá de serlo a estos tres niveles:

En primer lugar, con el Obispo. Hoy vais a renovar ante mí las promesas que hicisteis el día de vuestra ordenación diaconal y presbiteral. El sacerdote comprenderá el modo de ejercer su ministerio si se hace cargo, con el Obispo, de las necesidades de la diócesis. Para eso debe recrear diariamente la comunión afectiva y efectiva con él, ofrecerse en disponibilidad y obediencia, en imitación a Jesucristo. Una obediencia que presenta unas características especiales.

 “Es, ante todo, una obediencia apostólica, en cuanto reconoce, ama y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el propio Obispo diocesano, hacia los que debe observarse la obediencia y respeto filial, prometidos en el rito de la ordenación” (PDV 28). No se trata de una obediencia servilista sino de la que ayuda a ejercer con transparencia la autoridad “sin autoritarismos y sin decisiones demagógicas. Sólo el que sabe obedecer en Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la obediencia de los demás” (idem).

La obediencia tiene además una exigencia comunitaria puesto que es una obediencia solidaria, que “nace de su pertenencia al único presbiterio y que siempre dentro de él y con él aporta orientaciones y toma decisiones corresponsables” (PDV 28).

Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial carácter de pastoralidad puesto que no hemos recibido el ministerio para nosotros sino para entregarnos en favor de que el Jesucristo y su Evangelio sean reconocidos en el mundo. Por eso la “vida del presbítero está ocupada, de manera total, por el hambre del evangelio, de la fe, la esperanza y el amor de Dios y de su misterio, que de modo más o menos consciente está presente en el Pueblo de Dios que le ha sido confiado” (PDV 28).

La Iglesia desea que pueda repetirse de nosotros, sacerdotes, el elogio que el mismo San Ignacio de Antioquía hizo de los Efesios: “Vuestro colegio presbiteral, justamente famoso, digno de Dios, está armoniosamente unido al obispo como las cuerdas a la cítara” (Ef 3.1)

En segundo lugar, es una ‘caridad pastoral’ con los hermanos en el sacerdocio, sobre todo con los más solos, con los más necesitados, con los que están pasando alguna prueba. Entre nosotros tenemos que establecer una relación siempre constructiva que hemos de concretar en una comunión cada vez mayor de experiencias vividas y, en la medida de lo posible, también en una comunión más equitativa de bienes. Estamos llamados a ser reflejo del buen Pastor; por eso “estamos llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño” (PDV 15) que se nos ha confiado.

 “El testamento espiritual del Señor –escribió Pablo VI- nos dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos, sino también la prueba de que Él es el enviado del Padre, prueba de credibilidad de los cristianos y del mismo Cristo. Evangelizadores: nosotros debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización está ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la Iglesia” (EN 77).

Esta unidad entre los sacerdotes es, además, garantía del mañana de la Iglesia. ¿A quiénes miran los jóvenes a quienes Dios llama a nuestra misma misión, para comprender cómo será su porvenir al servicio de Dios y de los hombres? Ellos ven en nosotros, los sacerdotes actuales, su proyección y nos miran muchas veces como su futura familia. “La fraternidad eclesial no es sólo virtud de comportamiento, sino itinerario vocacional. Sólo viviéndola se la puede elegir como componente fundamental de un proyecto vocacional, o sólo disfrutándola es posible abrirse a una vocación que, en todo caso, será siempre vocación a la fraternidad. Por el contrario, no puede sentir ninguna atracción vocacional quien no experimenta alguna fraternidad y se cierra a toda relación con los otros o considera la vocación sólo como perfección privada y personal” (Documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones, pág. 86-87).

Y en tercer lugar es ‘caridad pastoral’ para con los fieles que Dios nos ha confiado. Jesús, siendo rico, se hizo pobre y “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” (Fil 2, 7). Así nos enseña a los sacerdotes la verdadera actitud cristiana, la que hemos de establecer con todos los que nos rodean: una actitud de servicio.

Jesús, siendo Señor y Maestro, lava los pies a los apóstoles. Este es el Cristo y así quiere al sacerdote: servidor siempre y de todos. Porque “el auténtico servidor de la caridad en la Iglesia es aquel que ha aprendido a tener como un privilegio lavar los pies de los hermanos más pobres, es aquel que ha conquistado la libertad de perder el propio tiempo por las necesidades de los otros. La experiencia del servicio es una experiencia de gran libertad en Cristo” (Ídem, pág. 89).

Cuando como sacerdotes nos esforzamos en llevar a la práctica esta triple relación, no podremos por menos que estimular constantemente a nuestros fieles a la fraternidad, a extender el Reino de Dios sobre la tierra.

En este tiempo en que la Iglesia no llama a una nueva evangelización, hemos de meditar y reflexionar sobre este punto esencial en nuestra vida, si queremos ser verdaderos evangelizadores. El Espíritu Santo, que recibimos en nuestra ordenación,  renueva en nosotros la santidad y a Él hemos de confiarnos para que nos haga vivir íntima e intensamente la ‘fraternidad sacramental’ que recibimos el día de nuestra ordenación. “El crea el corazón nuevo, lo anima y lo guía con la ley nueva de la caridad y de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida espiritual es decisiva la certeza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad” (PDV 33). El Espíritu Santo, queridos sacerdotes, es y debe ser el gran protagonista de nuestra vida espiritual, pastoral y fraternal.

Crezcamos en ‘vida interior’, en vida de santidad,  para poder dar lo mejor de nosotros mismos, (lo que Dios opera dentro de nosotros), a los que se nos ha confiado. “Las únicas dos cosas que por su conveniencia permanente merecen ser objeto constante de nuestra oración son: en este mundo, una vida santa; en el otro, la vida eterna” (San Agustín, Serm. Morin 4,6).

Queridos todos. La Misa Crismal que estamos celebrando ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Precisamente por eso quiero aprovechar la ocasión para agradeceros, queridos sacerdotes, vuestra inestimable y muchas veces sacrificada colaboración. Al final de esta Misa lo personalizaré en un sencillo homenaje a nuestro querido D. Herminio Pérez. Que el Señor, buen pagador, os premie cuanto hacéis en beneficio de la Iglesia y de modo especial de esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón.

Con nosotros participan también en la Eucaristía un buen número de fieles. Para todos vosotros también mi gratitud. Gracias por vuestra presencia que manifiesta el aprecio que nos dispensáis. Hoy os invito a que deis gracias a Dios por el don del sacerdocio concretado en este numeroso grupo de sacerdotes que, en nombre de Jesucristo, pastorean las parroquias de las ciudades y los pueblos de nuestra Diócesis.

Obispo, sacerdotes y fieles damos juntos también gracias a Dios por el prodigio que operará en muchas almas mediante los óleos que, en breve, voy a bendecir y consagrar. A través del sagrado Crisma muchos renacerán a la vida sobrenatural en el bautismo; otros muchos recibirán la fuerza del Espíritu en la confirmación; otros pocos recibirán el poder de hacer presente a Cristo en medio de los hombres en el Orden Sacerdotal. A través del óleo de los Catecúmenos muchos se verán fortalecidos para rechazar las insidias del Maligno. Y a través del óleo de los Enfermos, cuantos lo reciban sentirán el alivio y la paz de Dios.

Que Santa María, Madre del único y eterno Sacerdote, ruegue ante Dios por nosotros para que todos los presentes valoremos, en primer lugar, el sacerdocio común recibido en el Bautismo y los sacerdotes ejerzamos el ministerial en actitud de servicio, a ejemplo de su hijo Jesucristo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

Castellón y Segorbe, S.I. Concatedral y Catedral, 1 de abril de 2012

 (Is 50,4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Mc 14, 1-15.47)

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¡Amados todos en el Señor!

Con este domingo de Ramos en la Pasión del Señor iniciamos la Semana Santa. Hoy es su pórtico, que nos llevará a la celebración de la Pasión del Señor en el Triduo Pascual. A esta semana la denominamos Santa porque en ella celebramos los misterios santos de nuestra redención: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.  Y la llamamos Santa, también porque, por nuestra parte, debe haber un esfuerzo renovado por vivirla en santidad de vida y con fervor intenso.

Sé que esto se hace cada año más difícil. Las tan traídas y llevadas vacaciones de primavera, el buen tiempo y otros factores, nos acosan por todos lados y dificultan la vivencia religiosa de estos días. Puede que llevados por el ambiente de fiesta y de ocio de estos días o quizá arrastrados por el contexto secularizado que nos circunda, nos quedemos en lo superficial y exterior y perdamos de vista la profundidad divina de la Semana Santa. Precisamente por eso os invito a no dejaros esclavizar por el ambiente reinante, empeñado en secularizar estas fechas reduciéndolas a poco más que vacaciones o a actos de interés cultural.

Hoy, en la procesión de los ramos, hemos acompañado con palmas y ramos a Jesús, Mesías, al Rey de los pobres, al Rey de la paz y al Rey universal y le hemos cantado “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Ya dentro de la iglesia nos hemos adentrado en la celebración de la Eucaristía y hemos proclamado la Palabra Dios que ha concluido con el relato de la Pasión de Jesucristo.

La procesión y  la liturgia de la Palabra han fijado nuestra mirada en Aquel que, a lo largo de todos estos días, va a ser el centro de cuanto vamos a celebrar: y este centro no es otro sino Cristo Jesús, el Mesías y Rey, el Salvador y Redentor del mundo. El relato de la pasión nos invita y exhorta a clavar los ojos en Jesús, en el Señor que, con toda fidelidad y con todo amor a Dios y a los hombres, sigue el camino que le llevará a la cruz para abrirnos las puertas de la Vida.

Como cada año, estos días santos quieren conducirnos al recuerdo y a la celebración de lo más grande de nuestro credo.  Nosotros, hermanos, creemos y hemos de aumentar nuestra fe en ese hombre, en Cristo Jesús, que la autoridad ha detenido, que ha sido víctima de un juicio sumarísimo, que no ha podido defenderse de las calumnias que se han lanzado contra él, que ha tenido que pasar por ladrón, bandolero y blasfemo, que ha sido duramente torturado, que ha terminado su carrera del modo más horrendo que imaginarse pueda: ejecutado en público.

Nosotros creemos en Él, y hoy queremos manifestarlo públicamente, porque sabemos que esta muerte tan desgraciada es la muerte de quien convirtió su vida en un constante e inagotable manantial de bondad, de amor, de pasión por los pobres y necesitados de perdón. Creemos en Él porque vivió poniendo en el mundo todo lo que Dios es: vida y más vida, verdad y más verdad, bondad y más bondad, servicio y lealtad infinita a los hombres.

Esta muerte tan llena de fidelidad, tan llena de amor, ha abierto un camino en el apretado bosque de nuestra vida, un bosque lleno de tropiezos e infidelidades. Jesucristo, el Hijo de Dios, a golpes de amor, ha abierto el camino para que todos podamos seguirle. Tenemos la certeza de que, por difícil que nos parezca, el que quiera podrá encontrar en él Vida,  Salvación y Gracia.  Os invito a vivir la Pascua acercando vuestras vidas al Sacramento de la Confesión; así, purificado nuestro pasado, podremos dejar que Cristo viva y brille en nosotros. La Semana Santa nos invita a seguir el camino de la santidad, que es el camino de una vida en Dios y con Dios: y ésta se apoya sólo en la gracia de Dios. ¡Abramos las puertas de nuestro corazón a Cristo que sale a nuestro encuentro porque nos ama!

Por eso hoy, al comenzar la Semana Santa, nos hemos unido gozosamente a los hombres, mujeres y niños que hace 2000 años, en Jerusalén, recibieron a Jesús que entraba en la ciudad, con ramos y palmas y gritos de júbilo. Y lo hemos hecho porque reconocemos en Jesús, al Hijo de Dios, al Mesías y Salvador; le hemos cantado y acompañado porque queremos encontrarnos con Él, porque queremos creer en Él y seguirle; porque afirmamos que su cruz es la fuente de la que brota la Vida para todos; porque sentimos encendida dentro de nosotros la llama de su resurrección que, como momento culminante de estos días santos, celebraremos en la Pascua.

Que este Domingo de Ramos sea para todos nosotros el último toque de clarín que nos abre a la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

El próximo jueves nos reuniremos para celebrar juntos la Eucaristía y su institución por el Señor en la Misa en la cena del Señor. La Eucaristía es su testamento, la señal de su amor hasta el extremo, la fuente inagotable de su amor que hace presente, en medio de nosotros, al mismo Cristo muerto y resucitado para darnos vida.

El viernes será el gran momento que dedicaremos a contemplar a Jesús que sube a la cruz, con una entrega total y un amor extremo, para que nosotros renazcamos de nuevo a la Vida de los hijos de Dios.

Y todo llegará a su culminación en la Vigilia Pascual, el sábado por la noche, en la fiesta más grande que tenemos los cristianos, cuando celebremos que esta entrega de Jesús estalla en Vida para siempre, en Vida para todos. Sin la Vigilia Pascual, a nuestras procesiones del Encuentro el Domingo de Pascua les faltaría lo mejor.

Celebremos estos días con fervor cristiano y contemplación meditativa. Abandonemos toda rutina. En estos días se va a hacer presente todo lo más grande y profundo que tenemos y creemos los cristianos. Que nuestra participación en las celebraciones y los momentos de reflexión, silencio y contemplación nos adentren en un renovado despertar de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor.

Que las procesiones se realicen con profundo respeto. Y que, como si de catequesis vivientes se tratara, impulsen a Cofrades y participantes a vivir con más sentido cristiano su vida personal, familiar y social.  No caigamos en la tentación de dejarnos seducir sólo por su belleza artística reduciéndolas a una manifestación de atracción turística.

La Eucaristía del Domingo de Ramos que estamos celebrando nos hace participar de la vida nueva de Jesús, nuestro Señor y Salvador. Dejémonos encontrar por Él para que se revitalice nuestra fe. Así se lo pido a María que supo estar siempre al lado de su Hijo Jesucristo. Que Ella, como buena Madre, nos enseñe a vivir con fidelidad y coherencia nuestra condición de cristianos.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Traslado de los restos de los Siervos de Dios, José Martí Querol y compañeros de Onda

Iglesia Parroquial de la Asunción, Onda, 25 de marzo de 2012
V Domingo de Cuaresma

 (Jr 31, 31-34; Sal 50,3-4. 12-13. 14-15. 18-19; Hebreos 5,7-9; Juan 12,20-33)

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Amados todos en el Señor:

Saludo con especial afecto a los sacerdotes concelebrantes y seminaristas, en particular al Párroco y Vicarios parroquiales de ésta de la Asunción, que nos acoge, al Delegado diocesano para la causa de los santos y Presidente del Tribunal para la exhumación y reconocimiento de los restos de los Siervos de Dios y miembros del Tribunal y sus colaboradores así como al Delegado en España del Director General de sacerdotes Operarios; saludo muy cordialmente a los familiares de los Siervos de Dios, presentes en nuestra celebración; mi saludo va dirigido también a las representaciones de Asociaciones, Cofradías y Movimientos.

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para renovar el misterio pascual: la muerte y la resurrección del Señor. Alabamos y damos gracias a Dios por el misterio redentor de su Hijo, la expresión suprema de su amor misericordioso, fuente de vida y de salvación para el mundo. Al trasladar hoy los restos de los Siervos de Dios, José Martí Querol y compañeros de Onda a esta Iglesia Parroquial de la Asunción queremos ponerlos cerca del ara del altar de Cristo, a cuyo sacrificio ellos se unieron por su sangre derramada.

Hoy recordamos su paso a la Casa del Padre hace setenta y cinco años, en 1936, víctimas de la persecución religiosa de aquellos días: la de Mn. José Martí Querol (el “Vicariet”), en Onda, el 7 de agosto; la de Mn. Joaquín Castelló Manuel, no se sabe el lugar, el 17 del mismo mes; la de Mn. Vicente Canelles Gaya, en Onda, el 20 de agosto; la de 26 Siervos de Dios, en Betxí, el 11 de septiembre; la de Mn. Joaquín y Juan Gaya Dualde, junto a Vicente Martí (laico), en Onda, el 12 de septiembre; y al día siguiente, la de Mn. Ángel García Muñoz, en Onda. Unidos en la oración damos gracias de nuevo a Dios por el don de sus personas y, con emoción dolorida, le damos gracias por su muerte martirial.

La Palabra de Dios de este Domingo V de la Cuaresma nos ayuda a entrar en el profundo significado del acto de hoy, rememorando lo que ocurrió hace 75 años. Y la Palabra de Dios centra nuestra mirada en Cristo Jesús, en su misterio pascual, por el que él establece la Alianza Nueva de que nos habla el profeta Jeremías.

En el Evangelio, san Juan nos refiere que poco antes de la Pascua judía, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, se acercaron a Felipe y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor; y ambos “fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12, 22). Y, como respuesta,  Jesús les habla del misterio de su Pascua, es decir de la manifestación gloriosa de su misión salvífica. “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12, 23). Pero esto sólo será posible a través de su paso doloroso por la pasión y muerte en cruz. Sólo así se realizará el plan divino de la salvación, destinado a toda la humanidad. Por ello dirá Jesús: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

Cercana ya la Semana Santa, la liturgia nos ofrece meditar este evangelio. Es como si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús, queriéndonos preparar para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas junto con él, implicados en su misterio de cruz y resurrección. De hecho, donde está Cristo, allí deben encontrarse también sus discípulos, llamados a seguirlo, a solidarizarse con él en el momento del combate y de la prueba, para ser asimismo partícipes de su victoria.

El Señor mismo nos explica cómo podemos asociarnos a su misterio pascual. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Jesús se compara a sí mismo con un “grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto”, como dice san Atanasio. Y sólo mediante la muerte en cruz, vivida por amor a Dios y a los hombres, Cristo da mucho fruto para todos los siglos. No bastaba que el Hijo de Dios se hubiera encarnado; para llevar a cabo el plan divino de la salvación universal era necesario que muriera y fuera sepultado: sólo así toda la realidad humana sería aceptada y, mediante su muerte y resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida sobre el pecado y la muerte, el triunfo del Amor sobre el odio; sólo así se demostraría que el amor es más fuerte que la muerte, que el perdón de Dios es más fuerte que el odio de los hombres.

Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero, con nuestros mismos sentimientos, sentía el peso de la prueba y la amarga tristeza por el trágico fin que le esperaba. Precisamente por ser hombre y Dios, a la vez, experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado humano, que él debía llevar consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo esto él lo debía llevar consigo y transformarlo en su amor. “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?” (Jn 12, 27). Le asalta la tentación de pedir: “Sálvame, no permitas la cruz, dame la vida”. En esta invocación se anticipa Getsemaní: al experimentar el drama de la soledad y el miedo, Jesús implorará al Padre que aleje de él el cáliz de la pasión.

Y, sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino y ora con total confianza: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn12, 28). Con esto quiere decir: “Acepto la cruz”, en la que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del Monte de los Olivos: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Transforma su voluntad humana y la identifica con la de Dios. Este es el itinerario, que los cristianos deberíamos seguir en todas nuestras oraciones: transformarnos, dejar que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta y la impulse a uniformarse a la voluntad divina, como lo muestra el fragmento de la carta a los Hebreos de este Domingo.

Queridos hermanos y hermanas, este es el camino exigente de la cruz que Jesús indica a todos sus discípulos; este el camino que siguieron nuestros Siervos de Dios: ellos fueron un evangelio vivo. En diversas ocasiones dijo Jesús: “Si alguno me quiere servir, que me siga”. No hay alternativa para el cristiano que quiera realizar ser verdadero discípulo del Señor. Es la “ley” de la cruz descrita con la imagen del grano de trigo que muere para germinar a una nueva vida; es la “lógica” de la cruz de la que nos habla también el pasaje evangélico de hoy: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn12, 25). Quien sigue de verdad a Cristo y, por su amor, se pone al servicio de los hermanos, pierde la vida y así la encuentra. No existe otro camino para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, de entregarse y de perderse para encontrarse.

Así lo entendieron y vivieron hasta el final de su vida terrenal nuestros Siervos de Dios. Ellos se sabían asociados a la Pascua de Cristo, a su muerte y resurrección. Así lo expresan las palabras de ánimo del ‘Vicariet’ a los tres jóvenes que estaban junto con él encarcelados en Vila-real: “Hoy día de la Transfiguración del Señor, habrá fiesta en el cielo. Buen día para entregarle a Dios nuestra alma. Si nos llega la hora del sacrificio, hemos de entregar y ofrecer nuestras vidas por el triunfo de la Religión y la salvación del Estado Español. No hay mejor dicha que morir por Dios”.  Y Mn. Joaquín Castelló diría a los sacerdotes que le acompañaban: “¿Qué gloria mayor que morir por nuestro maestro?”.  Así se despidió de sus compañeros, sereno y contento.

Para nuestros Siervos de Dios, el martirio era una gracia, que Dios les concedía para seguir muy de cerca las huellas de Cristo.  El mismo Mn. Joaquin Castelló diría a sus tíos José y Salvador que le habían procurado un escondite en una casa que no infundiría sospechas: “No quiero ir. No sea que por rehuir la gracia del martirio me prive Dios de las gracias posteriores y me condene”.

Las palabras de Mn. Vicente Canelles Gaya a sus verdugos nos recuerdan la imagen del grano de trigo del evangelio de hoy: “Muero por el honor de ser sacerdote; de estas piedras que riego con mi sangre hará surgir Dios nuevos sacerdotes”. Y, al igual que el Señor desde la Cruz, supieron perdonar a sus verdugos: “Te mando que perdones a los que me lleven; son ciegos instrumentos de mi salvación. A ti y a la  madre no os faltará nada. Desde el cielo podré ayudaros más” (SdD Elías Marqués Miravet).

Si algo configuró el espíritu de nuestros Siervos de Dios en su martirio, fue el amor: un amor radical a Dios, hecho oblación de su vida a Él y un amor hecho perdón de sus asesinos. No lo olvidemos: En la raíz de su martirio está su experiencia personal de Dios y su seguimiento radical de Jesucristo hasta la muerte. Fue su experiencia de un Dios que es Padre amoroso y misericordioso, cercano y providente. Por la fe descubrieron, acogieron y vivieron el amor que Dios había derramado en su corazón. A lo largo de su existencia y, es especial, en su martirio, confiaron plenamente en Dios y en su providencia amorosa: estaban seguros de que el amor de Dios no les abandonaría nunca, tampoco en la tragedia de su muerte. Su respuesta al amor recibido de Dios será un vivo deseo de entregarle su vida por amor, si así era su voluntad, y de amarle amando al prójimo, incluso perdonando a sus verdugos, porque también a ellos estaba destinado el amor de Dios, manifestado en la Cruz.

Como fruto de su amor a Dios, nuestros Siervos buscarán en sus últimos días y horas estar siempre unidos a Él. En su deseo de amar a Dios y agradarle en todo no se preocuparán más que de buscar en todo la gloria de Dios y acoger su voluntad. José Martí Querol y compañeros de Onda se dejaron así conformar enteramente con la voluntad divina y vivirán sus últimos días dispuestos a dar su propia a Dios. Su fidelidad a su fe cristiana hasta el martirio, su serenidad, silencio, perdón y esperanza ante la muerte, también ante las injurias y mofas que recibieron no proceden sino de su gran y fiel amor a Dios. Ellos encarnaron la acogida amorosa y dócil de la voluntad del Padre: amaron a Dios y, en Él, al prójimo: con su martirio nos mostraron que el amor vence el odio, el mal y el pecado.

Queridos hermanos. Hoy resuenan en nuestro corazón de modo muy elocuente las palabras de Jesús: “El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará” (Jn 12, 26). Es una invitación seria a creer en Cristo Jesús, a confiar en él y a amarlo, a escuchar su voz y a caminar tras sus huellas hasta la muerte, como nuestros Siervos de Dios. Dejémonos iluminar todos por el esplendor del rostro de Cristo, como hicieron nuestros mártires; sólo así vuestra comunidad católica de Onda caminará unida en el compromiso común de anunciar y testimoniar el Evangelio en vuestro pueblo. Para ello es muy importante que la oración, tanto personal como litúrgica, y la Eucaristía dominical ocupen siempre el primer lugar en vuestra vida.

A vosotros, queridos jóvenes, quiero dirigiros en particular unas palabras de aliento: dejaos atraer por la fascinación de Cristo como aquellos jóvenes de Acción Católica, que acompañaron al ‘Vicariet’, incluso hasta la cárcel, y como Salvador Aguilella en el martirio, con tan sólo 18 años. Contemplando el rostro de Jesús con los ojos de la fe, pedidle: “Jesús, ¿qué quieres que haga yo contigo y por ti?”. Luego, permaneced a la escucha y, guiados por su Espíritu, cumplid el plan, el sueño, que él tiene para cada uno de vosotros. Preparaos seriamente para construir familias unidas y fieles al Evangelio, y para ser sus testigos en la sociedad. Y si él os llama, estad dispuestos a dedicar totalmente vuestra vida a su servicio en la Iglesia como sacerdotes o como religiosos y religiosas. Que el martirio de estos 13 sacerdotes sea como el grano de trigo que muere y da mucho fruto de vocaciones al sacerdocio.

Hermanas y hermanos en el Señor. Que pronto podamos celebrar el reconocimiento oficial del martirio de nuestros Siervos y su beatificación. Que el amor infinito de Cristo resplandezca en vuestra vida. Que por la intercesión maternal de María nuestra vida sea un reflejo de la de Cristo como lo fue la nuestros Siervos de Dios. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Misa exequial de Manuel Carceller Besalduch

Iglesia de Santísima Trinidad de Castellón, 25 de marzo de 2012

(Is 25, 6a-7-9; Sal 22; Rom 6,3-9; Mt25,31-46)

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Hermanas y Hermanos en el Señor. Saludo cordialmente a los sacerdotes concelebrantes, a Carmen, hermana de Mn. Manuel, así como las Autoridades y Directiva, personal sanitario y laboral del Hospital Provincial.

A la edad de 93 años, nuestro hermano en la fe y sacerdote del Señor, Mn. Manuel era llamado ayer mañana por el Padre Dios a su presencia. Su muerte, aunque día a día veíamos cómo se iba apagando su vida terrenal, no deja de sorprendernos; su muerte nos duele a todos por la pérdida de este buen sacerdote: Mn. Carceller una persona entrañable y cercana y un sacerdote generoso y querido en nuestro presbiterio, en el Hospital provincial y en nuestra Ciudad.

Esta mañana celebramos por Mn. Manuel esta Eucaristía, en que se actualiza la pascua del Señor muerto y resucitado. A Dios damos gracias por él, por su persona y por su largo ministerio; y también oramos a Dios por él: para que el Señor Jesús salga a su encuentro definitivo y le lleve a la presencia del Padre, a la Gloria para siempre.

La muerte de todo ser humano, también la Mn. Manuel, nos hace ver que toda vida humana es frágil y limitada. En la muerte parece como si el ser humano quedara expropiado de cuanto es y de cuanto tiene. Por eso la muerte nos quita con frecuencia la palabra y nos deja como sin habla. Es como si un abismo de oscuridad y de nada se abriera ante nosotros.

Pero, visto desde la fe, el abismo de la muerte evoca otro infinitamente mayor: es el misterio insondable de Dios y de su amor. Es el ‘abismo’ que abarca todas las cosas, incluida la muerte, porque “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Para salvar a los hombres, para darles la Vida, el Padre Dios entregó a su propio Hijo: Es éste un misterio de amor ilimitado. En este abismo de gracia y misericordia se cumple para nosotros la profecía que hemos escuchado en la página del profeta Isaías. Podemos exclamar con plena verdad: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación” (Is 25, 9).

En último término, sólo Dios puede responder a la interpelación que nos hace la muerte, una interpelación que también le toca a Dios. Pues Dios es un Dios fiel y veraz, el Padre misericordioso, el amigo y aliado del hombre, que no contempló indiferente lo que ocurrió en la muerte en Cruz de su Hijo, como tampoco está ahora ausente en la de su hijo, Manuel. Y la respuesta de Dios ante la muerte de sus hijos es el cumplimiento de la promesa de vida y resurrección.

Aquí se halla la fuente y el secreto de la serenidad cristiana ante la muerte; aquí se halla el secreto de la esperanza y alegría cristianas en la muerte de un ser querido, pese al dolor por su pérdida y separación; una esperanza y una alegría que nadie puede quitar a los amigos del Señor, según su promesa (cf. Jn 16, 22). Isaías nos ofrece una imagen elocuente de esta alegría profunda y definitiva con el símbolo del banquete: en él se vislumbra el anuncio del reino mesiánico, que el Hijo de Dios vino a inaugurar. Entonces la muerte será eliminada para siempre y se enjugarán las lágrimas en todos los rostros (cf. Is 25, 6-8).

Para nuestro querido hermano Manuel, ha llegado la hora del encuentro definitivo Dios. Por ello, al Padre Dios oramos: para que le acoja en su misericordia y después de este largo camino en la tierra, ahora lo llame a sí para compartir el destino prometido a sus servidores fieles.

Mn. Manuel Carceller, nacido en 1919 en Les Coves de Vinromá, fue ordenado sacerdote a los 25 años, en 1944, después de haber estudiado en el seminario de Tortosa Latín y Humanidades, Filosofía y Teología. Sus primeros años ejerció el ministerio sacerdotal como familiar o secretario particular del Obispo de Tortosa, y, más tarde, desde 1951 al 1971, lo hizo como Coadjutor de Albocasser. A partir de 1971, su vida sacerdotal estuvo dedicada a los enfermos como Capellán del Hospital Provincial hasta su muerte y durante muchos años como Consiliario Diocesano de movimientos de enfermos y ancianos.

Mn. Manuel quedará en nuestra memoria, sobre todo, por su amor, por su cariño y por su dedicación a los enfermos y sus familiares en el Hospital Provincial. El hizo vida el evangelio que hemos proclamado; y esperamos de Cristo Jesús que le cuente entre los benditos del Padre “porque estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36). Alguien ha escrito con mucho acierto que Mn. Manuel era el ‘alma’ del Hospital Provincial. Es más: él fue verdadero promotor de su humanización. En verdad: todos le echaremos en falta. Su legado humano y espiritual forma parte del patrimonio del Hospotal. También los niños le recordarán como el cura del Belen, que con tanto mimo y tiempo preparaba cada año y con tanta satisfacción mostraba a quien lo pedía.

Nuestro hermano era una persona sencilla, cercana y afable, un cristiano con una fe acendrada y, por ello, siempre optimista y esperanzado, siempre preocupado, generoso y atento a cualquier necesidad material y espiritual de los demás. Mn. Manuel era un sacerdote fiel, sacrificado y entregado a su ministerio. A todos los sacerdotes nos ha dejado un ejemplo de fe firme, de entrega ministerial y de fidelidad a la Iglesia en el servicio a los enfermos. Con espíritu disponible ha sabido darse incluso en la enfermedad, mientras las fuerzas se lo permitieron.

“Si hemos muerto con Cristo, creemos  que también viviremos con él” (Rm 6, 8), nos dice San Pablo en la carta a los Romanos. Pensemos en estas palabras al dar a este hermano nuestra última y emotiva despedida terrena. ¡Cuántas veces él mismo las habrá leído, meditado y comentado! Pedimos a Dios que lo que el Apóstol escribe a propósito de la unión mística del bautizado con Cristo muerto y resucitado, él lo esté viviendo ahora en la realidad ultraterrena.

La unión sacramental, pero real, con el misterio pascual de Cristo abre a todo bautizado la perspectiva de participar en su misma gloria. Y esto ya tiene consecuencias para nuestra vida terrena; porque, si en virtud del bautismo participamos en la resurrección de Cristo, ya ahora podemos y debemos “vivir una vida nueva” (Rm 6, 4). Por eso, la muerte piadosa de un hermano en Cristo, mucho más si está marcado por el carácter sacerdotal, es siempre motivo de íntimo asombro y de acción de gracias por el designio de la paternidad divina, que “nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados” (Col 1, 13-14).

Reunidos en torno al altar, damos gracias a Dios por la luz que, a través de su Palabra, proyecta sobre nuestra existencia y sobre el misterio de la muerte. A Dios damos gracias por la persona y el ministerio de nuestro hermano, Manuel. A Dios elevamos con confianza nuestra oración por este hermano nuestro. Y lo hacemos con las Palabras de la ‘oración sacerdotal’ de Jesús: “Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria… para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos” (Jn 17, 23.26).

Es consolador saber que en la hora de nuestra muerte nos encontraremos con Aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros (cf. Ga 2, 20). ¡Qué motivo de confianza ir al encuentro del buen Pastor, cuya voluntad única y soberana es que cada uno tenga vida eterna y la tenga en abundancia! (cf. Jn 10, 10). ¡Que sea así para ti, querido hermano en Cristo, a quien hoy ponemos en las manos misericordiosas del Padre celestial!

Junto a Cristo Jesús está presente María, Madre suya y nuestra, la Virgen Lourdes a quien tanta devoción tenía nuestro hermano. Oremos por él para que en este momento María, la Virgen de Lourdes, le lleve a la patria del cielo, y así participe en la alegría del banquete eterno, que Dios ha preparado para sus servidores fieles. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Recepción de los restos del Beato Recaredo Centelles Abad

Iglesia Parroquial del Santo Ángel Custodio – La Vall d’Uixó
I Domingo de Cuaresma, febrero de 2012

(Gn 9,8-15; Sal 24; 1 Pt 3,18-22; Mc  1,12-15)

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¡Amados hermanos todos en el Señor!

Permitidme que, antes de nada, salude a los sacerdotes, a los párrocos de La Vall, a los diáconos y a los seminaristas; y que salude de modo muy especial a Mn. Vicente Borja Dosdá, Párroco de ésta del Santo Ángel que tanto ha trabajado hasta lograr que los restos del Beato Recaredo puedan descansar en esta iglesia parroquial; saludo a mi Vicario Episcopal de Pastoral y -¿cómo no?- al Secretario General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, a la vez, que le expreso nuestro cordial agradecimiento por habernos concedido el traslado de los restos desde su casa en Tortosa a esta iglesia parroquial; le pido que así se lo trasmita al Director General del Instituto y a todos sus miembros. Mi saludo agradecido y respetuoso a las autoridades que nos acompañan: al Ilmo. Sr Alcalde y miembros de la Corporación Municipal de La Vall d’Uixó, a la Honorable Sra. Consellera de Infraestructuras de la Comunidad Valenciana, al resto de la autoridades y los miembros de la Guardia Civil. Saludo a las Reinas de las Fiestas y a las representaciones de Cofradías y Asociaciones.

El Señor Jesús nos ha convocado en este ‘Domingo de Hora’ en torno a la mesa de su altar para renovar y actualizar el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección. El misterio pascual, la entrega hasta el extremo de Jesús, el Hijo de Dios, es la expresión suprema del amor de Dios hacia toda la humanidad, un amor que redime y un amor que se convierte en fuente de vida y de salvación para el mundo. Es el pacto definitivo de Dios con la humanidad.

Al recibir hoy los restos del hijo de La Vall, el beato Recaredo Centelles Abad (1904-1936) queremos ponerlos cerca del ara del altar de Cristo, a cuyo sacrificio él fue unido por su sangre derramada; y queremos colocarlos cerca de la pila bautismal donde el Beato renació a la vida de los Hijos de Dios por el Bautismo, al día siguiente de su nacimiento, el 24 de abril de 1904.

Hoy es un día grande para todo el pueblo de La Vall, para la comunidad católicos de esta Ciudad y sus parroquias, y, en especial, para esta Parroquia del Ángel; como lo es también para sus familiares, a quien saludo cordialmente, y para toda nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Hoy es un día de verdadera gracia al poder contar desde ahora con la presencia cercana de un intercesor ante Dios, fuente de toda gracia.

Unidos en la oración damos gracias a Dios una vez más por el don de su persona, por su familia profundamente católica, donde recibió la fe cristiana y aprendió a vivir como discípulo del Señor; a Dios le damos gracias por la entrega de nuestro Beato a la tarea de la promoción y formación de sacerdotes como Sacerdote Operario; y a Dios damos gracias especiales por su muerte martirial.

Con su martirio, el Beato Recaredo nos ha dejado un testimonio de fe, de esperanza y de caridad. En verdad: El Beato Recaredo es testigo de una fe llena de confianza en el amor de Dios que nunca abandona a aquellos que le aman; es testigo de una esperanza sin fisuras en la vida eterna y sin fin, que Dios tiene reservada a quienes se fían de Él; él es testigo de un amor entregado a Dios hasta el derramamiento de su sangre y de un amor sin reservas al prójimo, incluido el perdón de sus asesinos. Después ser ametrallado aquel 25 de octubre de 1936, cayó al suelo, todavía vivo, sobre su costado derecho. Uno de sus asesinos burlándose le dijo: “Tú que eres cura, bendícenos”. A lo que Recaredo, que no podía moverse, le respondió: “Si me das la vuelta, sí”. Le dieron la vuelta, y mientras él bendecía, le descerrajó un tiro de gracia en uno de sus ojos, cayendo definitivamente fulminado, consumando así su deseo de ser mártir de Jesucristo.

Donde sólo había odio por ser sacerdote de Cristo y de su Iglesia, él supo poner amor, perdón y bendición. Por su persona, por su testimonio de santidad, por su testimonio de fe, de esperanza y de caridad damos gracias esta tarde a Dios.

El Beato Recaredo Centelles nos recuerda que la verdad y la base de toda existencia humana es Dios y que el corazón de la vida cristiana es la caridad: el amor de Dios y el amor a Dios y al prójimo, basados en una fe plenamente confiada en el amor fiel y providente de Dios. Dios que es amor, crea por amor y llama a la vida plena y eterna junto a Él; y Dios, que es eternamente fiel, no abandona a quien le ama con todo su corazón y con todas sus fuerzas siguiendo sus caminos. Nos lo recordaba el Salmo de este domingo. “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad, para los que guardan tu alianza” (Sal 24).

Si algo configuró el espíritu de nuestro Beato ya desde niño y en su vida sacerdotal y en su martirio, fue una fe sin fisuras en Dios, en su amor y en su fidelidad, hasta considerar su martirio como una gracia de Dios: una fe confiada y un amor radical a Dios, que lo llevaron a mantenerse fiel a la fe hasta el extremo de hacer oblación de su vida a Dios; y un amor a Dios que se hizo perdón de sus asesinos.

No lo olvidemos: La fuerza del Beato Recaredo en su vida cristiana y sacerdotal y así también en su martirio fue su experiencia personal de Dios: la experiencia de un Dios que es Padre amoroso y fiel, que no abandona nunca a los que guardan su alianza ni tan siquiera en la muerte. Por la fe, descubrió, acogió y vivió el amor que Dios había derramado en su corazón, hasta poder exclamar ya a sus 17 años: “Soy de Cristo, ya estoy muerto, vive solo el corazón”.

En la vida y en la muerte del Beato Recaredo se hicieron realidad las palabras de San Pablo: “nadie que cree en él, quedará defraudado” (Rom 10,11). Él estaba firmemente seguro de que el amor de Dios no le abandonaría nunca, tampoco en la tragedia de su muerte. Su respuesta al amor recibido de Dios será un vivo deseo de entregarle su vida por amor, si así era su voluntad, y de amarle amando al prójimo, incluso perdonando a sus verdugos, porque también a ellos estaba destinado el amor de Dios.

Como fruto de su amor a Dios, nuestro Beato buscará estar unido a Él en todo momento. Esta unión con Dios se manifestará en su serenidad ante la persecución religiosa de 1936 que le sorprendió aquí, en su pueblo, atendiendo a los enfermos de manera especial, “aunque le costara la vida”, como él decía, y preparándose a la vez para el martirio que consideraba “una gracia muy grande del Señor”. Así se manifestó también en las palabras a su familia en el asesinato de su hermano, pocos días antes que el suyo: “!No lloréis más¡ Demos gracias a Dios porque se ha dignado elegir un mártir en la familia. ¡Ojalá se sirviera escogernos a nosotros!”.

En su deseo de amar a Dios y agradarle en todo no se preocupará más que de buscar en todo la gloria de Dios y acoger su voluntad, hasta estar dispuesto a dar su propia vida a Dios. Su fidelidad a su fe cristiana hasta el martirio, su serenidad, su perdón y su esperanza ante la muerte, proceden de su gran fe y de su confianza en el amor de Dios. El encarnó la acogida amorosa y dócil de la voluntad del Padre: amó a Dios y, en Él, al prójimo. Con su martirio nos mostró que el amor es la única fuerza capaz de vencer el odio, la crispación, el rencor, el mal y el pecado; la única fuerza capaz de construir una sociedad más justa y fraterna.  Este es el gran legado del Beato Recaredo para todos nosotros.

Hoy nos preguntamos qué es lo esencial en la vida cris­tiana. La experiencia nos enseña que la causa más universal del sufrimiento en el mundo no es ni la enfermedad, ni la guerra, ni el hambre, sino el odio humano, el egoísmo y la falta de amor de las personas y de los pueblos. En otras palabras: el gran drama de nuestro tiempo es la ausencia de Dios, como lo fue antes del diluvio universal y tantas veces en la historia humana.

La experiencia nos dice que cuando Dios desaparece de nuestra vida, de nuestras familias y de la sociedad, comienza la muerte del hombre. Lo importante, por ello, es cuidar las dos claves de la vida cristiana: la fe en Dios y el amor a Dios que se hace amor al prójimo. Dios es siempre la garantía del ser humano, del respeto de su dignidad y de su vida desde su concepción hasta su muerte natural, y de la construcción de una sociedad justa y fraterna, basada en la verdad. Cuando damos prioridad a las cosas secundarias, nuestro corazón se llena de preocupaciones y se vacía de lo esencial. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Lo esencial de nuestra vida no es otra cosa sino Dios mismo y su amor.

Pero parece que no encontráramos tiem­po para dedicarnos a lo verdaderamente importante. Y lo importante en la vida cristiana es amar a Dios con todo el co­razón, fiándose en todo momento de El y confiando en Él, sin renegar de Él, sin avergonzarse de ser cristianos, de creer en Dios y amar a Dios sin buscar excusas.

El Evangelio de este Domingo nos recuerda que lo fundamental para el cristiano, como para Jesús, es creer y confiar en Dios, amarle y acoger su voluntad, en definitiva dejar a Dios ser Dios en nuestra vida. Como Jesús en el desierto también nosotros estamos tentados a hacer de lo material el centro de nuestra vida; como Jesús en el desierto estamos tentados de buscar el poder sobre los demás o de suplantar a Dios y su voluntad erigiéndonos en dioses para nosotros y para los demás. ¡Que frecuentes son estas tentaciones en nuestro tiempo, empecinado en vivir de espaldas a Dios! El Evangelio nos exhorta a volver nuestra mirada, nuestra mente y nuestro corazón a Dios: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15), nos dice Jesús al inicio de esta Cuaresma. Este es el camino para vencer la tentación de vivir al margen de Dios. Este es el camino que nos muestra Jesús. Este es camino que nos muestra nuestro mártir, el Beato Recaredo.

El amor confiado a Dios sobre todas las cosas más que un mandamiento es un don, una gracia para todo cristiano, recibida el día de nuestro renacimiento a la vida de los hijos de Dios por el Bautismo; no a todos se les da el don de conocer y de amar a Dios. Si lo descubrimos, como nuestro Beato, no cesaremos de dar gracias a Dios y no haremos otra cosa que cultivar en nuestro corazón el amor a Dios y, como su consecuencia necesaria, el amor al prójimo. El amor a Dios nunca decepciona; el amor a Dios llena de paz, de alegría, de esperanza y de plenitud. Porque es hombre y la mujer sólo son dignos de Dios y de su amor.

Pero somos frágiles. El contexto social nos tienta a prescindir de Dios en nuestra vida. Marginado Dios de nuestra vida, comienza el deterioro de las relaciones humanas, de las relaciones familiares y sociales, impera la mentira, la apariencia, el querer ser y aparentar más que los demás, la avaricia, la especulación por s tener más que los demás, el odio, el rencor y la muerte.

El Evangelio de hoy nos recuerda las tentaciones de Jesús en el desierto, pero también su victoria sobre el tentador. San Pío de Pietrelcina decía: El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu: esta puerta es la voluntad. Las tentaciones son llamadas a nuestro cora­zón; pero nunca lograrán derribar la entrada, si nosotros no abrimos la puerta. Ésa es nuestra esperanza y la garantía de que, como indica san Agustín, Dios nunca permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Quien permanece fiel a Dios en Cristo nunca queda derrotado. Así lo dice san Pablo citando la Escritura: Nadie que cree en él quedará defraudado.

Toda tentación busca derribar nuestra confianza en Dios. Lo hace mediante el ardid de presentar algo como bueno, para atraer nuestros sentidos o mover nuestro orgullo, para que dejemos de lado a Dios y sus caminos. El salmo de hoy (Sal 24) recuerda que el “Señor es bueno y es recto, enseña el camino a los pecadores, hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes”. Quien confía en el Señor puede estar tranquilo, porque Dios le asegura: Me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribu­lación, lo defenderé, lo glorificaré.

La Eucaristía no es sólo ‘banquete fraternal’, sino también es ‘memorial’ vivo de la entrega de Jesús al Padre. Unido a Cristo, nuestro mártir ofreció su propia vida en sacrificio a Dios. Que él nos enseñe, a ofrendar vuestras vidas con Cristo al Padre, creyendo y confiando en Dios, y amándole sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Que él, que tanto trabajó en la promoción y formación de las vocaciones al sacerdocio, nos enseñe a trabajar por las vocaciones e interceda ante Dios para que nos conceda el don de nuevas vocaciones al sacerdocio en nuestra Iglesia, diocesana, en esta parroquia del Santo Ángel y en nuestras familias.

Participemos en esta Eucaristía, el sacramento de la entrega y del amor de Dios en Cristo. Que la participación en el amor de Dios, nos lleve a ser testigos de su amor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón