Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor. Jornada de la Vida Consagrada

Iglesia parroquial de La Sagrada Familia de Castellón, 2 de febrero de 2020

(Ml 3,1-4; Sal 23; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40)

Hermanas y hermanos, muy amados todos en nuestro Señor!

  1. Os saludo a todos en la Fiesta de la Presentación del Señor. De modo especial os saludo a vosotros, queridos consagrados y consagradas, en la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón, unida a la Iglesia universal, da gracias y ora hoy a Dios por todos vosotros y por la diversidad de carismas de vuestros institutos: sois verdaderos dones del Espíritu Santo con los que Dios enriquece a nuestra Iglesia. Con vosotros oramos hoy al Señor para que nos siga enriqueciendo con nuevas vocaciones y carismas, y para que con la fuerza del Espíritu os mantengáis fieles a vuestra consagración siguiendo al Señor obediente, virgen y pobre al servicio siempre de la Iglesia y de la humanidad.

Hoy me voy a fijar hoy en tres palabras que resumen la Palabra proclamada: encuentro, consagración y esperanza.

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Homilía de monseñor López Llorente en la ordenación de los ocho nuevos diáconos permanentes

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 1 de febrero de 2020

(Jer 1,-9; Sal 88; Hech 6,1-7b; Lc 22,14-20.24-30) 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor!

Acción de gracias a Dios

  1. “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). Con estas palabras del salmista cantamos hoy una vez más las misericordias del Señor. Porque, queridos candidatos, Francisco, Alejandro, Vicente, Daniel Orlando, Guillem, Julio, Carlos y Manuel, vuestra vocación y ordenación al diaconado permanente es una muestra más de la misericordia divina para con cada uno de vosotros, para con vuestras familias y comunidades y, sobre todo, para con nuestra Iglesia diocesana.

Casi treinta años después nuestra diócesis acoge de nuevo la ordenación de diáconos permanentes. No nos mueve el deseo de tener personas para tareas pastorales que ya no pudieran atender los sacerdotes ante su progresiva escasez. Nos mueve la voluntad de acoger con gratitud las vocaciones que el Señor nos envía al diaconado permanente. Porque a la luz del Concilio Vaticano II, el ministerio apostólico, “instituido por Dios, se ejerce por diversos órdenes que ya desde antiguo recibían los nombres de obispos, presbíteros y diáconos” (LG, n. 28). Por el diaconado, como “grado propio y permanente del sacramento  del orden, se posibilita ofrecer algunas “funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia” (LG, n. 29). Y “es justo que los hombres que desempeñan un ministerio diaconal,…, sean fortalecidos por la imposición de las manos trasmitida desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (AG 16). Por tanto, vuestra vocación y ordenación diaconal son dones de Dios que enriquecen al Pueblo santo de Dios y nos recuerda que nuestra Iglesia es y está llamada a ser diaconal, servidora de Cristo y de los hombres. Por todo ello cantamos las misericordias del Señor y le damos gracias.

Contar con diáconos permanentes no nos exime de la tarea urgente de promover entre nuestros niños y jóvenes las vocaciones al presbiterado. Muy al contrario. Esta celebración nos llama a orar con más insistencia al Señor para que nos envíe nuevas vocaciones al presbiterado y a trabajar con mayor entrega en esta pastoral vocacional específica. Porque los sacerdotes son imprescindibles para que siga existiendo nuestra Iglesia. Sin sacerdotes no hay Eucaristía, y sin Eucaristía no hay Iglesia, y dejaría de tener sentido el mismo diaconado. Sin sacerdotes no habrá pastores y guías de las comunidades cristianas, en nombre de Jesús, el buen Pastor.

A la luz de la Palabra de Dios que hemos proclamado, fijémonos ahora en estas tres palabras: elección, consagración y servicio.

Elegidos y llamados por Dios

  1. “Antes de formarte en el vientre, te escogí” (Jer 1, 4-5). Jeremías es elegido para ser profeta por pura gracia de Dios: no por mérito alguno suyo, no por un deseo personal de autorealización, sino por puro don y gracia de Dios. Es la elección de Dios, es su llamada y es su fuerza las que hacen de Jeremías profeta del Señor. También Jesús les dijo a sus apóstoles: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure” (Jn 15, 16). Y así mismo los primeros siete diáconos fueron elegidos por indicación de los Apóstoles: “… escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hech 6, 3).

Vosotros también, queridos candidatos, habéis sido elegidos y llamados por Dios al diaconado para servir a su Iglesia; no por vuestros méritos, sino por pura gracia suya. Vosotros habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento en este grado del sacramento del orden, cada uno en un momento concreto de su historia personal. Después del discernimiento eclesial y la formación apropiada, hoy se verifica vuestra vocación por la llamada de la Iglesia, como ocurrió con los primeros diáconos y hemos hecho hace un momento.

Jeremías se sintió indigno e incapaz para la misión que Dios le encomendaba; tuvo miedo ante la misión. Puede que también a vosotros os hayan embargado el miedo o las dudas: dudas y miedos por vuestras limitaciones y debilidades o por vuestra situación espiritual, familiar, cultural o laboral; miedos ante la misión en un mundo secularizado y secularista, o ante la debilidad actual de nuestra iglesia o ante el clericalismo presbiteral de algunos; o miedo ante un ambiente cada vez más hostil a Cristo y a su Iglesia. En estas circunstancias resuenan hoy de nuevo las palabras del Señor a Jeremías: “No les tengas miedo, que yo estaré contigo para librarte” (Jer 1, 30). La iniciativa divina y la fuerza de Dios rompen siempre los débiles razonamientos humanos.

¡No tengáis miedo! Les dijo Jesús a los Apóstoles cuando dudaron en su fe o cuando desconfiaron de la fuerza de su palabra. ¡No tengáis miedo! Os dice el Señor hoy a vosotros. Dios, que os concede el don del diaconado, os concede también la fuerza para vivirlo con pasión y alegría, con fidelidad, entrega y perseverancia. Es bueno, sin embargo, que lo acojáis y viváis siempre con el temor de Dios, para que no dejéis nunca de sentiros pobres y necesitados de Dios y seáis conscientes de vuestra flaqueza y debilidad ante la grandeza del ministerio que hoy os concede. Jeremías se ve indigno e incapaz; es la fuerza de Dios lo que le hace superar sus miedos. También María, la humilde doncella de Nazaret, se ve tan poca cosa… ¡pero pone su confianza en Dios! Y así puede responder: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38).

Consagrados como siervos

  1. Como ocurrió con los primeros diáconos, mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros su Espíritu Santo y os va a consagrar diáconos para siempre. Participaréis así de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Señor. Seréis a partir de ahora en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo siervo, que vino “no para ser servido sino para servir” (cf. Mt 20, 28). El Señor imprimirá en vosotros un sello imborrable, por el que os configurará para siempre con Él, el Siervo de Dios. Habréis, pues, de vivir y mostrar en todo momento con la palabra y con la vida esta vuestra condición de signos de Cristo siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, para la salvación de todos.

Como Jesús, que está medio de nosotros “como el que sirve” (cf. Lc 22,27), no os sintáis nunca señores sino servidores suyos y de todos los que están sentados a la mesa de la Palabra, de la Eucaristía y de la Caridad. No caigáis en la tentación de la vanidad o de buscar la grandeza mundana de ser el primero o el mayor de todos. Hemos escuchado en el Evangelio que esto lleva a los discípulos a la disputa, al altercado y a la envidia, que provoca la necesaria corrección del Señor (cf. Lc 22, 24). Evitad en todo momento ocupar el centro, especialmente, en la celebración eucarística; sed sobrios en vuestras palabras, gestos y movimientos; el centro sólo le corresponde a Jesucristo, y a quien le representa en, para y frente a la comunidad. Poned vuestras personas, capacidades, energías y deseos al servicio de Cristo, de su Evangelio y de la Iglesia. La gracia divina, que recibiréis con el sacramento, os hará posible esta entrega y dedicación a los otros por amor de Cristo; y os ayudará a buscarla con todas vuestras fuerzas. Todos nosotros pediremos al Señor hoy y siempre que os conceda la gracia para transformaros en fiel espejo de Cristo siervo.

En el ejercicio de la triple diaconía

  1. Por la ordenación quedaréis capacitados para ejercer el servicio, la diaconía, de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad. Como enseña el Concilio Vaticano II sois ordenados diáconos “no para ejercer el sacerdocio, sino para realizar un servicio” (LG, n. 29). No sois llamados, pues, para presidir la Eucaristía sino para llevar a cabo el ministerio pastoral que os sea confiado. Sólo los obispos y los presbíteros reciben de Cristo la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, recibís las fuerzas para servir al Pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en comunión con el obispo y su presbiterio (cf. CCE, n. 875; c. 1009 § 3 CIC).
  2. Hoy sois constituidos en heraldos y mensajeros de la Palabra de Dios. Recordad siempre que no sois dueños, sino servidores de la Palabra de Dios; no es vuestra palabra, sino la de Dios, la que habéis de predicar y enseñar. Y, en último término, la Palabra de Dios es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, Jesucristo, muerto y resucitado. Cristo Jesús, muerto y resucitado, para la vida del mundo, será también el centro de vuestra predicación y enseñanza, para que todos los que crean en él, reciban, por su nombre, el perdón de sus pecados (cf. Hech 10, 42-43). Cristo mismo es quien ha de llegar a los demás por medio de vuestros labios y de vuestra vida.

Más tarde os entregaré a cada uno el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Poneos en camino, “en salida” –como dice el papa Francisco-, dóciles a la moción del Espíritu, para anunciar a todos –niños, adolescentes, jóvenes y mayores- el Evangelio de Jesús, para guiarles en su comprensión y acompañarles hasta el encuentro personal con el mismo Señor, que transforma y salva. Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia y el mejor servicio que podéis prestar hoy es el primer anuncio del Evangelio, el kerigma, que lleve a hombres y mujeres al encuentro o reencuentro con Cristo, que llena el corazón de alegría y de esperanza. Para ello habéis de saber acoger vosotros mismos con fe viva el Evangelio que anunciáis. El diácono ha de leer y estudiar, escuchar y contemplar, asimilar y hacer vida la Palabra de Dios; es decir, ha de dejarse transformar y conducir por la Palabra de Dios

Sed servidores de la Palabra de Dios en comunión con la tradición viva de la Iglesia. Esta Palabra pide ser proclamada y enseñada sin reducciones, sin miedos y sin complejos; no puede ser domesticada a fin de acompasarla a nuestros gustos o al de los oyentes, o adaptada a lo que se lleva. No olvidemos que no se trata de una teoría más, y menos de una ideología: en último término la Palabra de Dios es una Persona, el Verbo de Dios, Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida para el hombre, la sociedad y el mundo.

  1. Como diáconos seréis también servidores en la Liturgia, en especial, en la celebración de la Eucaristía, el “misterio de la fe”. Ayudad a nuestros fieles a acoger y creer en el misterio de la Eucaristía, porque no se valora lo que no se conoce y en lo que no se cree; ayudadles a participar en ella asiduamente, debidamente preparados y limpios de todo pecado –si es necesario por el sacramento de la Confesión-, y a hacerlo de una forma activa, plena y fructuosa, y que su vida sea una existencia eucarística. Se os entregará el Cuerpo del Señor para repartirlo a los fieles, y para llevarlo a los enfermos. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con delicadeza espiritual. No descuidéis la devoción eucarística y la adoración del Señor, presente en la Eucaristía, fuera de la Misa.
  2. Como diáconos se os confía, finalmente y de modo particular, el servicio de la Caridad, como a los primeros diáconos. El servicio en la Eucaristía os lleva necesariamente al servicio de la Caridad. La Eucaristía es el centro de la vida la Iglesia, de todo cristiano y de todo diácono. La comunión con Cristo en la Eucaristía, el sacramento de la Caridad, os urge a vivir la comunión y la caridad con los hermanos, a hacer comunidad y a ser fermento de fraternidad. Atender las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse buscando siempre el bien del prójimo: estos son los signos distintivos de todo diácono del Señor, que sirve a la Eucaristía y se alimenta con el Pan Eucarístico.

El Señor nos dio ejemplo para que lo que Él hizo también lo hagáis vosotros. En vuestra condición de siervos de Jesucristo, que se mostró servidor de los discípulos, servid con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres. Sed compasivos y misericordiosos, acogedores y comprensivos con los demás; amadles como Cristo mismo les ama, dedicadles vuestro tiempo y vuestras energías. El diácono, colaborador del Obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de Cristo y de la Iglesia.

  1. El don del celibato que algunos de vosotros acogéis libre, responsable y conscientemente y que prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos, ha de ser para vosotros símbolo y estímulo de vuestro amor servicial y fuente de fecundidad apostólica. Movidos por un amor sincero a Jesucristo, desposado con su Iglesia y viviendo este estado con total entrega, os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

Y vosotros, los que estáis casados, estáis llamados al igual que los primeros diáconos a dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. Mostraos sin mancha e irreprochables ante Dios y ante los hombres, especialmente en vuestra vida matrimonial y familiar. Así conviene a vuestra condición de ministros y dispensadores de los santos misterios.

  1. Queridos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor que derrame el Espíritu Santo sobre nuestros hermanos, para que los “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. A Dios se lo pedimos por intercesión de María, la esclava del Señor, y por Jesucristo, el Siervo de Dios. Amén.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía de monseñor López Llorente en el 150 aniversario del nacimiento de Santa Genoveva Torres

HOMILÍA EN EL 150 º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA GENOVEVA

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Iglesia parroquial de los Santos Juanes, Almenara, 3 de enero de 2019

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(Ecco 2,7-13; Sal 90; Ga ó,14-18; Mt 25,31-40)

Hermanas y hermanos en el Señor Jesús!

1. El Señor nos convoca para celebrar esta Eucaristía en el 150 Aniversario del nacimiento de Santa Genoveva. A nuestra acción de gracias por el don del misterio pascual y de la Eucaristía unimos nuestra más ferviente y gozosa acción de gracias a Dios por el don de Santa Genoveva Torres Morales, por su santidad y por su obra, la Congregación de las Angélicas.

Desde Almenara, el pueblo que vio nacer a Santa Genoveva, cantamos y alabamos al Señor, que miró la humillación y sencillez de este ‘ángel de la soledad’, que la llenó con su gracia, que se convirtió en ella en itinerario espiritual de santidad: desde entonces Genoveva enriquece a nuestra Iglesia y se ha convertido en fermento evangélico en la Iglesia y en el mundo. A Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien y de todo don, alabamos y damos gracias por la humildad y entereza, por la fortaleza y la entrega, por la caridad y por la santidad de Genoveva.

Miramos el pasado con gratitud, y éste nos lleva a mirar presente y el futuro con esperanza. Porque sabemos bien de Quien nos hemos fiado y con el salmista decimos: “Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti” (Sal 90, 1).

2. Recordemos brevemente. Genoveva Torres Morales nació a esta vida aquí en Almenara el 3 de enero de 1870; al día siguiente renació a la vida de los hijos de Dios por el bautismo en esta iglesia parroquial de los Santos Juanes. Hija del matrimonio formado por Vicenta y José, del que nacieron otros cinco hijos, quedó huérfana de padre a la edad de un año y de madre a los ocho años. En tan sólo seis años vio morir a cuatro hermanos. Quedó sola al cuidado de su hermano mayor -de dieciocho años de edad-, y tuvo que hacer desde niña de “ama de casa”. A sus trece años tuvieron que amputarle una pierna de forma rudimentaria.

Desde entonces tendría que andar siempre con dos muletas. Hubo de ser asilada en la “Casa de la Misericordia” de Valencia completando allí su deficiente cultura y creciendo en su vida espiritual. Su discapacidad le impidió ser admitida en las “Carmelitas de la Caridad”, como era su deseo. Más tarde, a los veinticuatro años, unida a dos compañeras, fundó en Valencia, el 2 de febrero de 1991, la “Sociedad Angélica” para dar amparo a mujeres solas y para la adoración nocturna de la Eucaristía. Trasladada a Zaragoza, desde la Casa Madre de la Congregación en esta ciudad, su obra se extendió rápidamente por España y más allá de nuestras fronteras. De carácter afable y misericordioso, gobernó con sabiduría espiritual la obra fundada por ella que, con la aprobación pontificia, se denominó “Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles”. Muy devota de la Virgen, especialmente mediante el rezo del Rosario, tuvo por centro de su vida al Corazón de Jesús y la Eucaristía. Murió en Zaragoza el 5 de enero de 1956. El pueblo comenzó a invocarla con el título de “ángel de la soledad”. Fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 29 de enero de 1995. Y canonizada el 4 de mayo de 2003.

3. La historia de la Iglesia se nutre de numerosos testigos del amor entregado a Dios y a su voluntad, que se hace amor y entrega a los hermanos, en especial a los más necesitados, en quienes ven al mismo Cristo. Uno de estos testigos es Santa Genoveva. Mujer humilde, tanto por su origen como por su cultura, poseyó la ciencia del amor divino, aprendido en su intensa devoción al Corazón de Jesús. Ella solía repetir: “Todo lo vence el amor”. Este amor la movió a consagrar su vida al servicio de las mujeres que sufrían soledad, a remediar el desamparo y la necesidad en que se encontraban muchas de ellas, atendiéndolas material y espiritualmente en un verdadero hogar. Genoveva estaba siempre a su lado como un verdadero “ángel de la soledad”.

La soledad y el abandono, con sus consiguientes peligros, están entre los males más dolorosos de todas las épocas, también y en gran medida en nuestro tiempo. La soledad y el abandono los sufren no sólo las personas mayores, también niños, adolescentes, jóvenes y personas adultas. A estos males ellos quiso hacer frente Genoveva Torres. A ella le pedimos que interceda para que cuantos formamos esta Iglesia diocesana seamos sensibles para acompañar y mostrar la cercanía de Dios a través de la nuestra a quienes sufren soledad y abandono: a los pobres –sedientos y hambrientos-, enfermos, migrantes, encarcelados, descartados por la sociedad; viudas, hijos de familias desestructuradas, mujeres y hombres abandonados,… A ella le pedimos que vosotras, sus hijas, las Angélicas, fieles al carisma que ella recibió del Espíritu y os dejó en testamento, continuéis su obra imitando su ejemplo. Esta es vuestra razón de ser como Instituto y como religiosas Angélicas. No os aburgueséis; no os anquiloséis. Mirad a vuestro alrededor y avivad el carisma que habéis recibido.

Santa Genoveva fue instrumento de la ternura de Dios hacia las personas solas y necesitadas de amor, de consuelo y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu. Lo que impulsaba su espíritu era la adoración reparadora de la Eucaristía, fundamento desde el que desplegaba su apostolado, lleno de humildad y de sencillez, de abnegación y de caridad. En la adoración eucarística, ella entraba en el corazón de Jesús: entraba en el amor de Cristo, un amor entregado hasta el extremo por la vida del mundo, por la vida de todos los hombres. Ella se sentía amada en el Amado. Un amor que la llevaba a la entrega de sí misma para darse, gastarse y desgastarse hasta la muerte por las mujeres solas y abandonadas y por vosotras, las Angélicas. En la Eucaristía, aprendía a conocer a las personas en su corazón, y a salir al encuentro de las necesitadas para llevarlas al amor de Cristo.

La Eucaristía estaba en el centro de su vocación y de su vida consagrada. En la Eucaristía, Genoveva se encontraba con el Señor, despojado de su gloria divina, humillado hasta la muerte en la cruz y entregado por cada uno de nosotros. Como para nuestra Santa, la Eucaristía debe ser para todos nosotros y, en especial, para vosotras, sus hijas, una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar diariamente nuestra vida a Dios y a su voluntad, amando y sirviendo a los hermanos. Este es el camino de la santidad, hasta alcanzar la perfección en el amor. Día a día, hemos de aprender a desprenderos de nosotros mismos, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de nosotros en cada momento. Sólo quien da su vida la encuentra y genera vida, esperanza y amor. Es la aparente paradoja de nuestra fe, de la cruz de Señor. Por eso debemos decir con san Pablo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Ga 6, 14). Miremos y recemos a María, la virgen, como lo hacía Genoveva. María es la mujer eucarística; es decir, pura donación amorosa a la voluntad de Dios y, desde él, puro amor de entrega a la humanidad.

4. Al celebrar este 150º Aniversario del nacimiento de Santa Genoveva pedimos a Dios para nuestra Iglesia diocesana la gracia de la renovación espiritual para caminar por las sendas de la santidad, como lo supo hacer esta primera santa de Segorbe-Castellón. Como la conversión, también la renovación debe ser algo permanente en la vida de todo cristiano de toda comunidad cristiana, de nuestra Iglesia diocesana. Para vosotras, queridas hermanas, se trata de vivir con fidelidad evangélica vuestro carisma fundacional como consagradas al Señor. Y ¿dónde mejor podremos encontrar la fuente de nuestra renovación que en el encuentro con el Señor Eucaristía, como Genoveva? En la adoración eucarística y en la escucha atenta y dócil de la Palabra siguiendo a nuestra Santa y vuestra Fundadora podremos dar también respuesta a las nuevas soledades de nuestro tiempo. No olvidemos que la santidad es el camino fundamental de la renovación espiritual, que necesita nuestra Iglesia, nuestras comunidades y vuestro Instituto. El Señor os invita y llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Unidas al Niño-Dios que se nos ha dado en Belén seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de alegría y esperanza para la mujer de hoy. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de Dios compasivo y misericordioso y de que todos estamos llamados a la santidad, a la comunión en el amor de Dios. Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, y que Santa Genoveva, “ángel de la soledad” nos guíen, ayuden y protejan a todos en nuestro caminar. Amén.

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Monseñor López Llorente: “Santa Genoveva fue un ángel que transmitía la cercanía de Dios”

Monseñor López Llorente ha presidido la celebración eucarística que ha conmemorado esta tarde en los Santos Juanes de Almenara, el 150 aniversario del nacimiento de santa Genoveva Torres Morales. El obispo de la Diócesis -tras saludar al párroco de la localidad, Sergio Mendoza, al vicario general, Javier Aparici, al presidente del cabildo catedralicio, Federico Caudé, al resto de sacerdotes concelebrantes, a los diáconos, a la madre general y a las hermanas Angélicas, así como a las autoridades y a los familiares de la santa- ha manifestado que la santa “fue instrumento de Dios para las personas solas y necesitadas de amor, de consuelo y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu; un ángel que transmitía la cercanía de Dios, cuyo fundamento fue la adoración reparadora a la Eucaristía desde el que desplegaba su apostolado, lleno de humildad y de sencillez, de abnegación y de caridad”. Leer más