Homilía en la Jornada Sacerdotal

S.I. Concatedral de Santa María – Castellón de la Plana, 19 de octubre de 2020

 (1 Cor 4,1-5; Sal 88; Jn 21,15-17)

 

Amados hermanos en el Señor!

  1. El confinamiento a causa de la pandemia del Covid-19 nos impidió celebrar juntos la Misa Crismal, renovar nuestras promesas sacerdotales y orar por nuestros hermanos sacerdotes, fallecidos en el último año. Tampoco pudimos celebrar la Fiesta de nuestro Patrono, San Juan de Ávila, y homenajear en ese día a los hermanos en sus respectivos aniversarios de ordenación. Lo recuperamos hoy en esta Jornada sacerdotal, con la que iniciamos el segundo momento de nuestra reflexión sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes. Después de haber reflexionado juntos sobre la dimensión humana, en este curso iniciamos la reflexión sobre la espiritual. Sin duda que es un tiempo de gracia para cada uno de nosotros y para nuestro presbiterio diocesano, en el cual Dios, nuestro Padre, nos ayudará a vivir una mayor intimidad con Él para crecer en el don y tarea que nos ha encomendado.

En mi carta convocatoria para esta Jornada os recordaba las palabras de Jesús en la Sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”. También nosotros, sacerdotes, como nos recordó el Papa Francisco en su primera Misa Crismal, “somos ungidos para ungir. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón […]. Ungimos ensuciándonos las manos al tocar las heridas, los pecados y las angustias de la gente; ungimos perfumándonos las manos al tocar su fe, sus esperanzas, su fidelidad y la generosidad incondicional de su entrega”.

Pero para poder ungir al pueblo que busca a Dios, necesitamos nosotros poder experimentar antes cómo Dios nos sigue ‘ungiendo’, nos sigue amando. En nuestro ejercicio ministerial descubrimos que, para ser buenos pastores del Pueblo de Dios, necesitamos una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Para poder ungir a nuestro pueblo con el perfume del amor de Dios, necesitamos cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que Él nos encomienda. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

  1. Nuestra vocación y nuestro ministerio sacerdotal tienen su fuente permanente en el amor de Cristo hacia cada uno de nosotros: y Jesús espera de nosotros una respuesta de amor a Él y, en El, a quienes nos han sido confiados. En el evangelio hemos recordado el diálogo del Señor resucitado con Pedro, antes de encomendarle a su grey: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el núcleo y la fuente de nuestra espiritualidad sacerdotal: un amor sin fisuras al Buen Pastor, Sumo y Eterno Sacerdote

“¿Me amas?”, pregunta Jesús a Pedro, y nos pregunta a cada uno de nosotros. Es el Señor quien toma la iniciativa, elige y llama a sus discípulos “para que estén con él” (Mc 3,14); el Señor nos hace sus amigos, amándonos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo es una correspondencia a su amor. Mal puede amar quien no conoce al Amado, quien no intima con él, quien no se deja conformar su mente y su corazón por él. Es en la intimidad con Jesucristo en la oración personal y reposada, en la Eucaristía y en la adoración donde se aviva en nosotros la necesidad interior de ungir a nuestro pueblo predicando a Jesucristo, hasta poder decir con San Pablo: “No tengo más remedio y ¡ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9, 16). Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos fortalecer nuestra vida de oración y, especialmente, en celebración y adoración de la Eucaristía, para sentir el amor de predilección de Jesús por cada uno de nosotros y para adquirir los mismos sentimientos de Cristo. Ahí encontraremos el secreto para vencer la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior que reafirme nuestra fidelidad y nuestra pasión pastoral.

Hoy resuena en todos nosotros la llamada del Señor a intimar con Él, para dejarnos amar por Él y poder seguirle en todo momento con una fidelidad creciente. Para afrontar los momentos recios, que nos toca vivir, necesitamos reavivar el don, que hemos recibido por la imposición de las manos; es preciso que nos dejemos configurar existencialmente con Jesús, el Buen Pastor, para ejercer nuestro ministerio con verdadera y apasionada caridad pastoral. Nuestra Iglesia y nuestro mundo necesitan maestros del espíritu y testigos creyentes, verdaderos místicos y mistagogos que hablen de Dios, lleven al encuentro con Jesucristo y anuncien su Evangelio. Nuestras comunidades, nuestros niños, adolescentes y jóvenes, nuestras familias, nuestros sacerdotes jóvenes y seminaristas esperan que nosotros los sacerdotes seamos referentes claros de Jesucristo y de su Evangelio; en una palabra necesitan pastores santos, hombres de Dios. La urgente renovación interna de nuestra Iglesia, el anuncio del Evangelio y diálogo con el mundo moderno, piden de todos nosotros, sacerdotes, que, empleando los medios recomendados por la Iglesia, nos esforcemos por alcanzar una santidad cada día mayor, que nos haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios (cf. PO 12)

  1. Nuestra reflexión sobre la dimensión espiritual de nuestra vida y ministerio sacerdotal es un verdadero tiempo de gracia de Dios para valorar la gratuidad y la belleza del don que hemos recibido en nuestra ordenación sacerdotal; es una inigualable oportunidad para que nos dejemos renovar en nuestro interior para poder así vivir con gozo, esperanza y fidelidad creciente nuestra identidad y nuestro ministerio. Dios mismo nos invita al examen y a la reflexión desde la escucha de su Palabra, hecha oración.

El Señor nos invita a entrar en un proceso de reflexión sobre el don que hemos recibido por puro amor suyo hacia cada uno de nosotros. “No me habéis elegido vosotros a mi –nos dice Jesús-, sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn 15, 16). Y no sólo hemos recibido una vocación ‘al’ sacerdocio, sino ‘en’ el sacerdocio”. Como en el caso del apóstol Pedro, llamado a seguir a Jesús después de haberle confiado su grey, -“Dicho esto, añadió: ‘Sígueme’ (Jn 21, 17-19)- hay un ‘sígueme’ que acompaña toda nuestra vida y misión hasta la muerte (cf. PDV 70)

La tentación de la autosuficiencia nos puede llevar a construirnos nuestro propio reino de espaldas a Cristo, a nuestra Iglesia y a lo que somos: somos prolongación visible y signo sacramental de Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo. Hemos de dejarnos encontrar constantemente por el amor de Dios en Cristo para cambiar hasta que nuestra persona se identifique con el don que hemos recibido, contando siempre con el apoyo de la gracia y la misericordia de Dios.

  1. En este camino de conversión se nos pide vivir la fidelidad evangélica a Jesucristo. La actitud básica a purificar o acrecentar para que se avive en nosotros el don de nuestra configuración con Cristo es la fidelidad. “Que se nos considere, por tanto, como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien: lo que se exige a los administradores es que sean fieles” (1 Co 4, 1-2). La fidelidad reclama no sólo perdurar o conservar, sino mantener el espíritu fino y atento para crecer en fidelidad. La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha tornado más problemática en nuestros días, y, sobre todo, hacerlo con frescura y finura.

Nuestra fidelidad al ministerio recibido pide que no caigamos en la tentación de la mundanidad. Pero también pide que no caigamos en la rutina, que mata toda clase de amor, o en la mediocridad o en la tibieza de la oración escasa y desalentada, del trabajo pastoral realizado sin ardor, en las concesiones en materia de celibato, en la falta de alegría interior o en el aislamiento.

El Señor espera de nosotros una fidelidad evangélica. Hoy quiero dar gracias a Dios por tantos y tantos sacerdotes que la viven. El Espíritu Santo extrae siempre nuevas y crecientes respuestas de fidelidad. Cierto que no serán impecables, tendrán sus defectos y debilidades, pero quieren empezar cada día. Están totalmente identificados con el don recibido y con su ministerio. En pastoral, desean aprender y actualizarse. En teología, quieren renovarse. Oran intensa y largamente. Buscan días de retiro. Tratan a los feligreses con respeto, con cercanía y cariño, conscientes de que es el Señor quien, a través de ellos, se encuentra con la gente. Viven en total entrega a su ministerio y en comunión fraterna con los sacerdotes y en comunión con su Obispo. No han perdido su ‘juventud apostólica’. Su fidelidad es modesta, realista y agradecida.

No olvidemos que Dios es siempre fiel con aquellos a quienes ha llamado. Hemos sido llamados, consagrados y enviados en la ordenación por una Palabra que no se arrepiente. La fidelidad que debemos a Jesucristo tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesús al Padre. Identificarnos con el Señor equivale a impregnarnos, por la acción del Espíritu, de sus actitudes básicas, entre las cuales ocupa lugar relevante la obediencia fiel a Dios. La fidelidad que le ofrecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios a nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestro empeño, de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Tenemos que implorar la fidelidad.

  1. La situación de nuestra Iglesia en el presente puede llevarnos al abatimiento. Pero la podemos vivir como ocasión y punto de partida de una renovación de nuestro ministerio. Nada justifica nuestra desesperanza. Los tiempos actuales no son menos favorables para el anuncio del Evangelio que los tiempos de nuestra historia pasada. Esta fase de nuestra historia es para nosotros, pese a todo, un tiempo de gracia y de conversión.

Confiemos en la presencia del Espíritu en el mundo y en la Iglesia. Con frecuencia  parecemos olvidar que el Protagonista de la salvación y el Guía de la Iglesia es el Espíritu Santo que está activamente presente entre los hilos de la historia y los entresijos de la Iglesia. Reconocer al Espíritu, descubrir los signos de su presencia y colaborar con Él con docilidad, fidelidad y humildad es mucho más saludable que agobiarnos y responsabilizarnos en exceso.

  1. En este día felicito de todo corazón a nuestros hermanos Miguel Llopis Almiñana, Joaquín Zarzoso Badenas y Manuel Pérez Pérez en sus bodas de oro sacerdotales; y a Josep Miquel Francés Camús y José García Fernández en sus bodas de plata. ¡Qué sigáis manifestando al mundo la alegría de vuestra entrega y fidelidad al Señor y al ministerio recibido! ¡Que la seducción del amor de Cristo siga tan viva como el primer día! Felicito también a los neopresbíteros diocesanos César Igual, Ion Solozábal y Jesús Chávez, así como a Miguel Ocaña González, de la Prelatura del Opus Dei.

Encomendemos en nuestra oración a nuestros hermanos sacerdotes fallecidos desde nuestra última Misa Crismal, Ricardo García Cerdán, Baltasar Gallén Olaria, José Blasco Aguilar y Roque Herrero Marzo. ¡Que el Señor les conceda el gozo eterno!

  1. Queridos sacerdotes: Vamos a renovar a continuación las promesas sacerdotales, ya que no lo pudimos hacer en la Misa Crismal. Hagámoslo con el frescor y la alegría del primer día y con la viva emoción del don recibido de Cristo sin mérito alguno por nuestra parte. ¡Avivemos nuestra gratitud por la inmensa riqueza del don de nuestro sacerdocio! ¡Renovemos nuestro compromiso de amor contraído con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y con los hermanos! ¡Reconozcamos la inigualable novedad del ministerio y misión a la que servimos! Estamos ungidos para ser ministros de la gracia del Espíritu Santo que Cristo, desde la Cruz, ha enviado al mundo para la salvación de todos. Recordemos las palabras de Jesús: “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Por eso, la primera pregunta que os haré (y me haré a mí mismo), al renovar hoy las promesas sacerdotales, será: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él…?”. Esta es la clave y el fundamento de nuestro ministerio. Sólo desde nuestra unión con Cristo, cultivada en una oración asidua y sincera y en la Eucaristía, podremos encontrar las energías necesarias y el amor incansable para llevar adelante cada día nuestra misión. Sólo en el trato familiar con Cristo, que nos llama amigos, avivaremos la alegría de dar la vida por los hermanos como hizo Él. Además, la misión de Cristo nos llevará a la unidad entre nosotros. Como la vid y los sarmientos, si todos estamos unidos a Cristo, estaremos unidos unos con otros.

Que María nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo. A Ella os encomiendo especialmente a vosotros los que celebráis vuestro jubileo. Ella sabrá guiaros, día a día, para que seáis uno con el buen Pastor. Amén

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Ordenación Presbiteral de Jesús A. Chávez

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 12 de septiembre de 2020

 (Jer 1,4-9; Sal 22; 1 Pt 5,2-3; Jn 10, 11-16)

 

Muy amados todos en el Señor!

 

  1. El Señor nos ha congregado para tu ordenación presbiteral, querido Jesús Andrés. Hemos acudido con la alegría de sabernos amados, bendecidos y agraciados una vez más por Dios en tu persona. Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón. Hoy damos gracias al Señor, que te ha elegido y llamado al sacerdocio ordenado; Él te ha enriquecido con sus dones a lo largo de tu vida y en los años de Seminario, en que has sabido acoger, discernir y madurar su llamada al sacerdocio. Gracias damos a Dios por tu corazón disponible, generoso y agradecido a su llamada; gracias por tu fe confiada en el Señor, que te ha ayudado a superar dificultades, pruebas, miedos y temores.

 

Saludo con verdadero afecto a tus queridos padres, Jesús Antonio y Miriam Lucía, que pueden finalmente acompañarnos en tu ordenación. Les felicito y doy gracias a Dios por ellos y por tu familia, por tus catequistas y por cuantos te han ayudado a descubrir, acoger y madurar la llamada del Señor. Quiero también expresar mi profunda gratitud y cordial felicitación a cuantos han cuidado de tu vocación y formación –rectores, formadores, profesores, y compañeros- y te han animado a corresponder a ella con alegría, confianza y generosidad. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de ti, para que perseveres en el ministerio sacerdotal y puedas cumplir la misión que el Señor te confía hoy para esta Iglesia de Segorbe-Castellón.

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Homilía en el funeral por los fallecidos en la pandemia

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón 27 de junio de 2020

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(2 Mac 12, 43.46, Rom 8,31b-35,37-39; Salmo 22,1-6; Mc 15,33-39;16,1-6)

 

Hermanas y hermanos en el Señor!

 

  1. Os saludo a todos en el Señor resucitado. Un saludo muy especial para vosotros queridos familiares, esposos, esposas, hijos, padres y hermanos de todos fallecidos en nuestra diócesis a causa de la epidemia: recibid la condolencia más sincera de nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón. Contad con nuestra cercanía y solidaridad, con la comunión con vuestro dolor y, sobre todo, con nuestra oración que mitigue vuestro sufrimiento y que alcance del Señor para vuestros seres queridos el descanso eterno. Saludo a los sacerdotes concelebrantes, de modo particular a los capellanes de los hospitales, y al diácono asistente. Mi saludo respetuoso y agradecido a las autoridades civiles, militares, policiales y sanitarias, a los representantes del personal médico y sanitario y de las residencias de ancianos.

Nada ni nadie, ni tan siquiera la muerte, “nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo” (Rom 8,39), muerto y resucitado para la vida del mundo. Con esta fe y confianza en el amor de Dios nos hemos reunido esta mañana como Iglesia diocesana para orar por los fallecidos a causa de la pandemia. Es una idea piadosa y santa rezar por nuestros hermanos difuntos (cf. 2 Mac  12, 44-45)

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Homilía en la Ordenación de los Presbíteros César Igual y Jon Solozabal

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 20 de junio de 2020

(Dt 7,6-11; Salmo 102; Hechos 20,17-28-32.36; Mt 11, 25-30)

 

Amados todos en el Señor!

Acción de gracias

  1. “La misericordia del Señor dura por siempre” (Sal 88). Con estas palabras del Salmo de hoy os invito a poner, antes de nada, la mirada en Dios. Esta mañana le bendecimos y damos gracias, porque nos concede el don de dos nuevos sacerdotes. Sois, queridos César y Jon. dones del amor misericordioso de Dios para nuestra Iglesia diocesana, que se ve agraciada en vuestras personas. Nos unimos a vuestra alegría, y juntos cantamos al Señor por su gran amor para con vosotros, para vuestras familias y para nuestra Iglesia. Dios nunca abandona a su Iglesia, es eternamente fiel y nos sigue concediendo “pastores según su corazón” (cf. Jr 3,15).

 

Quiero expresar también mi sincera gratitud y mi cordial felicitación a todos cuantos han cuidado de vuestra formación: rectores, formadores, profesores, padres espirituales y párrocos; mi gratitud y felicitación también para vuestros padres, catequistas, familiares, sacerdotes amigos y para cuantos os han ayudado en el camino hasta el sacerdocio. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de vosotros con la oración y el apoyo humano y espiritual necesario para que perseveréis con alegría y generosidad en el ministerio sacerdotal y podáis cumplir la misión que el Señor os confía hoy.

 

Elegidos y consagrados

  1. Esta mañana, el Señor os elige y consagra presbíteros para ser pastores en la Iglesia y actuar en el nombre “et in persona” de Jesucristo, el Buen Pastor. Mediante la imposición de mis manos y la plegaria de consagración, quedaréis convertidos en presbíteros para ser pastores del pueblo santo de Dios, “que él adquirió con su propia sangre” (Hech 20. 18).

 

Sois elegidos por el Señor. No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino yo quien os ha elegido a vosotros”, os dice Jesús (Jn 15,16). Como al pueblo de Israel, en la primera lectura de hoy, es el Señor mismo quien os ha elegido para ser santos y propiedad suya. “El Señor se enamoró de vosotros y os eligió” (Dt 7,7). Vuestro sacerdocio es fruto de una iniciativa amorosa del Señor, “por puro amor a vosotros”, totalmente gratuita por su parte. Él es quien os ha elegido, ha ido por delante en vuestra vida, os ha ido os sacando de vuestras esclavitudes, os ha ido probando y forjando según su corazón. Vuestra respuesta -ciertamente generosa, alegre, confiada y tenaz- es la acogida de este amor divino. Así lo habéis expresado al ser presentados, con la palabra: ‘presente’. Y el Señor hoy os consagra, es decir os hace sacerdotes de su propiedad. Nos lo recuerda el gesto de la imposición de las manos. Cuando os imponga las manos, es el Señor mismo quien lo hace. Él tomará posesión de cada uno de vosotros diciéndoos: “Tú me perteneces”. Pero de este modo os dice también: “Tú estás bajo la protección de mis manos, como lo estuvo el pueblo de Israel. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú estás protegido en mis manos y te encuentras en la inmensidad de mi amor”. Y Dios es fiel y “mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos” (Dt 7, 9).

 

Es vital que mantengáis vivo en vuestra memoria y en vuestro corazón este momento de vuestra ordenación. El Señor siempre estará en vosotros y a vuestro lado para protegeros y alentaros, para cuidaros en la inmensidad de su misericordia. Él será vuestra fuerza y sustento. Dirigid siempre vuestra mirada hacia Él y dadle la mano; así no correréis el peligro de abandonar el amor primero (cf. Ap 2,4) de este día de vuestra ordenación. Dejad que la mano del Señor os tome; así no os perderéis en la obscuridad de la niebla ni os hundiréis ante la mar alborotada. La fe en Jesús, Hijo del Dios vivo, os llevará a coger su mano en los momentos de cansancio apostólico, de debilidad personal, o de dificultad y desaliento pastoral.

 

Para ser pastores en nombre del Buen Pastor

  1. Sois elegidos y consagrados para ser pastores del Pueblo santo de Dios en nombre y representación de Jesús, el Buen Pastor. Los sacerdotes no podemos olvidar nunca esta referencia fundamental: somos pastores del rebaño de Jesucristo, Cabeza y Pastor. Como partícipes de su sacerdocio, estamos llamados a actuar en su nombre y con su autoridad. Por lo tanto, hemos de ser transparencia cabal de Jesús y, para ello, hemos de mirarnos en Él.

 

Y Jesús nos dice: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11). Así se presenta Jesús ante sus discípulos. Frente a los falsos pastores de Israel, que sólo piensan en sí mismos y no se preocupan de las ovejas; frente a los pastores incapaces de arriesgar su vida en el peligro; frente a los pastores pusilánimes, que ven venir al lobo, abandonan las ovejas y huyen, Jesús se presenta ante sus discípulos como el Buen Pastor. Él es el pastor abnegado hasta el agotamiento, que cuida a sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida, que carga sobre sus hombros a la extenuada y que en su sacrificio pascual, en obediencia al Padre y por amor a los hombres, da la vida por sus ovejas. Cristo ama y conoce a sus ovejas, da la vida por ellas y ninguna le resulta extraña (cf. Jn 10,11-14). Su rebaño es su familia y su vida. No es un jefe temido por las ovejas, sino el pastor que camina con ellas y las llama por su nombre (cf. Jn 10, 3-4). Y quiere reunir a las ovejas que todavía no están con él (cf. Jn 10,16). ¡Qué hermoso programa de vida para todo sacerdote!

 

Según el Corazón de Jesús

  1. Para ser trasparencia cabal del Buen Pastor es necesario que como sacerdotes dejéis que vuestro corazón se penetre por el estilo de Jesús y os dejéis configurar por los sentimientos de su corazón. Ayer, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, pudimos contemplar su Corazón, es decir, su interioridad, las raíces más solidas de su vida, el núcleo de sus afectos; en una palabra, el centro de su persona y su corazón como Buen Pastor. Nuestra Iglesia y nuestra sociedad necesitan sacerdotes y pastores según el Corazón de Cristo.

 

Entre otras muchas características, el Corazón de Jesús es un corazón misericordioso. En palabras del Papa Francisco, dirigiéndose a los sacerdotes, “el corazón del Buen Pastor… es la misericordia misma. Ahí resplandece el amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado. Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5)” (Homilía de 3.06.2016). Jesús además pasa curando y haciendo el bien a todos aquellos que son prisioneros del mal; desciende a los abismos de la debilidad humana y del pecado para revelar el corazón misericordioso del Padre. El sacerdote es él mismo y en primer lugar destinatario de la misericordia y necesitado de experimentar asiduamente el perdón de sus pecados en el sacramento de la Reconciliación. Y a la vez es ministro de la misericordia y de la reconciliación. Necesitamos sacerdotes con experiencia personal de la misericordia y con actitud misericordiosa, capaces de acoger, escuchar, acompañar a los hermanos, de modo particular en el sacramento de la Confesión.

 

El Corazón de Jesús es un corazón agradecido: da gracias al Padre porque ha revelado los misterios del Reino de Dios a los pequeños y sencillos (cf. Mt 11,25) o le da gracias antes de tomar el pan y el cáliz en la última Cena al instituir la Eucaristía, el memorial de su Pascua, la acción de gracias por excelencia. Como Jesús, el sacerdote ha de ser también de corazón agradecido y ha de dar constantemente gracias a Dios: por su elección gratuita, por el sacerdocio inmerecido y por tantos otros dones recibidos; y también por el pueblo que Dios le ha encomendado a través de la Iglesia. La acción de gracias por excelencia es la “eucaristía” que el sacerdote celebra y adora diariamente. En la Eucaristía, el sacerdote es atraído por el corazón de Jesús, que lo vincula a su sacrificio de amor por su pueblo. Él pronuncia las palabras de la consagración en nombre de Jesús, pero en primera persona: “Esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Esta es mi sangre derramada por vosotros” (cf. Lc 22,17-19).

 

Jesús siente una profunda compasión ante las multitudes exhaustas y oprimidas, ante el dolor y el sufrimiento de los enfermos, ante la marginación o cualquier forma de pobreza material y espiritual, ante el cansancio y el agobio de la vida. “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo aliviaré” (Mt 11, 28). Él es el buen Samaritano que se detiene delante de la carne herida de los hermanos, la sana y la restablece, convirtiéndose en manifestación viviente del amor de Dios Padre. A los sacerdotes se nos pide el mismo corazón compasivo de Jesús, que se expresa en la cercanía a los que sufren, en la capacidad de reavivar la esperanza, en el cuidado de las heridas del Pueblo, especialmente a través de la mediación de la gracia sacramental. Nosotros mismos hemos de recalar en Jesús para descansar de nuestros cansancios pastorales y poner en él los agobios de nuestra vida.

 

Contemplando su Corazón, vemos que Jesús vive la propia misión desde el Padre y desde el pueblo. Sus jornadas se alimentan de su relación con Dios y de su entrega amorosa a los hermanos. La caridad de sus gestos nunca está separada del silencio y de la oración, del cultivo de su íntimo diálogo con Dios Padre. El sacerdote según el Corazón de Cristo es aquel que habita entre el Señor a quien ha consagrado la vida y el pueblo al que ha sido llamado a servir. El corazón del sacerdote es un corazón traspasado por el amor del Señor; por eso no se mira a sí mismo, sino que está dirigido a Dios y a los hermanos. Es un corazón arraigado en el Señor, cautivado por el Espíritu Santo, abierto y disponible para los hermanos.

 

El corazón del Buen Pastor es misionero, está siempre en salida, su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. En él vemos su continua entrega; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, manso y humilde, que nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama “hasta el extremo” (Jn 13,1). El corazón del Buen Pastor está inclinado hacia nosotros, especialmente al que está lejano; así revela que desea llegar a todos y no perder a nadie. Sed pastores con corazón misionero.

 

Exhortación final

  1. Damos gracias a Dios por vuestra ordenación sacerdotal. Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad. Oremos para que el “Dueño de la mies” siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha y los obreros pocos” (Mt 9, 37).

 

Que María, en el día que celebramos la memoria de su Inmaculado Corazón, os mantenga siempre en el amor a su Hijo, el Buen Pastor, os enseñe a conservar, como ella, todas estas cosas en vuestro corazón, y os proteja y aliente en la nueva etapa de vuestra vida, que ahora va a comenzar con vuestra ordenación sacerdotal. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad del Corpus Christi

14 de junio de 2020

(Dt 8,2-3.14b-16ª: Sal 147; 1 Cor 10,16-17; Jn 6,51-58)

 

¡Queridos hermanos y hermanas en el Señor!

Dar gloria a Dios

  1. “Glorifica al Señor, Jerusalén”. Con estas palabras del Salmo os invito a alabar y dar gloria a Dios porque Cristo-Eucaristía “nos sacia con flor de harina” (Sal 147, 14). Como pueblo cristiano nos congregamos esta tarde para celebrar la fiesta del Corpus. En su centro está el Misterio eucarístico, memorial del sacrificio de Cristo, que se nos da como alimento para el camino y se queda realmente presente entre nosotros.

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Fiesta de San Pascual Baylón

 

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

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Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2020

(Ecco 2,7-13; Sal 34: 1Pt 3,15-18; Mt 11, 25-30)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

  1. Os saludo a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión o internet. El Señor Jesús nos ha convocado para recordar y honrar a san Pascual, Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón y de la Ciudad de Vila-real. La Fiesta de san Pascual coincide este año con laPascua del enfermo, que celebramos en el VI domingo de Pascua. Ambas celebraciones están marcadas esta vez por la pandemia del Covid-19, que tanto sufrimiento está causando. En un momento tan doloroso resuenan las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Jesús nos llama a acudir a Él de modo especial en estos momentos de tribulación, en busca de esperanza, de consuelo y de alivio.

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Fiesta de María, la Mare de Déu del Lledó

Basílica de la Mare de Déu de Lledó, 3 de mayo de 2020

 IVº Domingo de Pascua

 (Is 7,10-14; 8,10; Salmo; Hech 1,6-14; Lc 1,39-56)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Desde hace muchos años, el primer domingo de mayo, el mes de María, Castellón celebra la Fiesta mayor a su Reina y Patrona, la Mare de Déu del Lledó. Tampoco la actual pandemia del coronavirus nos podía mover a trasladarla para tiempos de bonanza. Precisamente en estos momentos hemos de mirar con más fe y devoción a la Virgen. Como rezaba san Bernardo, si te encuentras con los arrecifes de la tribulación, mira a la estrella e invoca a María; en los peligros, en las angustias, en las dudas, -y, añado, en la tragedia de la pandemia- piensa en María, invoca a María. Nos duele que la Santa Misa tenga que ser a puerta cerrada y que no podáis venir hoy a la Basílica para cantar, vitorear y rezar a la Virgen; pero la tv os permite a todos los devotos haceros presentes y uniros a esta Eucaristía.
Os saludo de corazón a todos, los que os habéis unido a nosotros por la TV, y especialmente a las familias los fallecidos, a los enfermos, a los contagiados, a los sanitarios, a los capellanes, a los ancianos, a las familias y los que estáis solos en vuestras casas. Saludo también a quienes me acompañan en la Basílica: a su Prior, al Prior de la Cofradía, su Presidente y la Presidenta de las Camareras, al Perot y Clavario de este año, a los que nos acompañan con el órgano y los cantos, a los MCS y la TV. A todos os deseo la Gracia y la Paz del Señor Resucitado, el Buen Pastor. Con el salmista podemos decir: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22). Dios no nos abandona nunca. Nos ha entregado a su Hijo, el Buen Pastor, que ha ofrecido su vida en la Cruz y ha resucitado para que en Él tengamos Vida en abundancia. Jesús nos ha dado también a su Madre, como Madre nuestra. Ella es la “morada de Dios para los hombres”: en ella, Dios ha acampado entre nosotros; en María, el Buen Pastor está siempre con nosotros.

2. De la riqueza de la Palabra de Dios, que hemos proclamado, nos vamos a detener hoy en tres palabras: oración, signo y misión. Tres palabras que expresan lo que se nos pide de modo especial a los cristianos y devotos de la Virgen en la actual crisis sanitaria; y, más si cabe, ante la creciente crisis económica, laboral y social ya en el presente y que será mayor aún en el sombrío futuro, que se avecina.

En primer lugar, está la oración. Después de la Ascensión del Señor, los apóstoles y el resto de los discípulos, regresaron a Jerusalén y “todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hech 1,14). Como entonces, también hoy María se une a nuestra oración en la angustia, el dolor y el sufrimiento. La Virgen nos invita a volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios, a confiar en Él, sabiendo que Dios nos ama y nunca nos abandona, ni en la enfermedad, ni en el dolor, ni en la pandemia, ni tan siquiera en la muerte. En cada Santa Misa actualizamos el misterio pascual, la muerte y la resurrección de Cristo para que en Él tengamos Vida. María, asumpta en cuerpo y alma a los Cielos, participa ya de la Resurrección de su Hijo, de la Vida misma de Dios. Ella vive junto a Dios e intercede por nosotros.

Hoy nos acogemos de nuevo a su protección e intercesión: a sus pies podemos acallar nuestras penas, en su regazo encontramos consuelo maternal y, tras sus huellas, encontramos el aliento necesario para seguir creyendo y confiando en Dios, que es un Dios de vivos y no de muertos. Esta mañana a los pies de la Mare de Déu y por su intercesión pedimos a Dios que nos libre pronto de esta pandemia; que conceda a los fallecidos el descanso eterno y la gloria del Resucitado y a sus familiares les otorgue consuelo en el sufrimiento y el bálsamo de la esperanza en la tribulación; y oramos por los contagiados para que recuperen pronto la salud y por los sanitarios y quienes cuidan de todos nosotros para que no decaigan en su entrega y fortaleza.

3. María no sólo es nuestra protectora e intercesora: ella es también signo. Es el signo que Dios dio al rey Acaz ante el peligro de la invasión de Jerusalén por el imperio de Asiria; en esa situación, Acaz buscaba ayuda en la alianza con Egipto y no en la fe confiada en Dios. “Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. –Le dice el profeta Isaías- Mirad: la virgen está encinta, y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel” (Is 7,14). María es el signo que Dios nos da dado para que sintamos siempre su presencia en nuestra vida, en las alegrías y en las penas, en la enfermedad y en la salud. María es la madre del Enmanuel, de Dios-con- nosotros. María nos da, nos ofrece y nos lleva a su hijo, Dios-con-nosotros, que sufre y camina con nosotros. El deseo más ferviente de María es que acojamos y nos dejemos encontrar por Cristo Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida, para que nos convirtamos a Él, para que abramos nuestro corazón a Él en especial en estos momentos de pandemia. La Virgen es signo además porque nos señala el camino para abrir el corazón a Dios: y este camino es la humildad. En el Magnificat, la Virgen proclama la grandeza del Señor y se alegra en Dios, su Salvador, “porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,48). María es la mujer sencilla y humilde. Y al decir humilde, decimos “veraz”; es decir, ‘en verdad’; pues -como decía Santa Teresa de Jesús- “la humildad no es más que andar en verdad”. La humildad no es apocamiento. No. La humildad es vivir en la verdad de uno mismo y de nuestro mundo, que, como María, esto sólo se descubre en Dios.

“La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que, sin Dios, no somos nada”. A los seres humanos nos cuesta aceptar esta verdad: que somos criaturas de Dios; que cuanto somos y cuanto tenemos a Dios se lo debemos; que sin Dios nada podemos y contra Dios todo lo perdemos. Nos acecha la tentación de endiosarnos y de querer ser como dioses al margen de Dios. Y ahí comienza nuestro drama: empezamos a vivir en la mentira, en la apariencia, en competencia con los demás, en la lucha por el dinero y por el poder sobre personas y pueblos. Al no vivir en la verdad, nos creemos dueños y señores, y no administradores y cuidadores de la naturaleza creada, del universo, de la tierra o del ser humano. Nos creíamos los señores del mundo. Y, de repente, el coronavirus ha cuestionado todos nuestros proyectos, nuestro ritmo de vida y bienestar, la sanidad, la economía y el trabajo, y también nuestro futuro. Nos creíamos dioses y nos vemos frágiles, vulnerables, limitados y mortales, expuestos a la acción letal de un bichito microscópico. Parece que hubiéramos perdido la tierra bajo los pies.

Miremos, esta mañana a Santa María del Lledó, Madre de la Esperanza. Su humildad no ayudará vivir en la verdad. En la verdad de nuestras personas, de nuestra existencia, de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para la vida en el amor, en el presente y en la eternidad. El ser humano se hace precisamente grande al abrir su corazón de par en par al amor de Dios en su vida, como nos muestra María. Dios no es un competidor de nuestra libertad, de nuestra felicidad, del progreso verdaderamente humano.
Esta situación de pandemia nos urge a repensar nuestros modelos vida, personales, familiares, económicos, sociales y políticos. Pidamos a la Virgen que nos enseñe a ser humildes y a reconocer nuestra finitud y fragilidad, nuestras limitaciones –también las de la ciencia y de la sociedad del bienestar-; y que Ella nos ayude a sentir nuestra necesidad de Dios y de abrir, como ella, nuestro corazón a Dios Creador y Salvador y a su amor universal; un Dios y un amor que son fuente de respeto de la dignidad de toda persona humana, de la acogida del otro, de fraternidad y solidaridad entre las personas y los pueblos, de respeto y cuidado de la creación entera.

4. La tercera palabra es misión, una misión que se hace caridad. María “se puso en camino y fue aprisa a la montaña” a visitar a Isabel (cf. Lc 1,39). A pesar de las dificultades, María no se detuvo ante nada. Cuando tiene claro lo que Dios le pide y la necesidad de Isabel, no se demora, sino que sale “aprisa”. El actuar de María es fruto de su caridad: va a la casa de Isabel para ayudarle, para hacerse útil en la necesidad; y en este salir de su casa, de sí misma, por amor, lleva cuanto tiene de más precioso: lleva a su Hijo, ya en su seno virginal.

Con frecuencia, los cristianos somos lentos y perezosos para salir, ofrecer y llevar a los necesitados nuestra ayuda, nuestra cercanía y nuestra caridad; y para ofrecer como María, lo más precioso hemos recibido, a Jesús y su Evangelio, con la palabra y sobre todo con el testimonio de nuestras obras. Es claro que María nunca tuvo la tentación de separar el amor a Dios del amor al prójimo. A ambos amores, entrelazados en su alma, se dedicaba con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas. Tampoco la detuvieron los peligros del camino. María salió de Nazaret, simplemente para servir. Servía a Dios y sirvió a su pariente necesitada. Había tocado su alma El que vino a servir y no a ser servido, y al instante dejó la Virgen el calor del hogar.

María nos enseña a estar disponibles para servir y amar con obras de verdadera entrega y caridad a los demás. Ella es la mujer inquieta que siempre está pendiente de los que pasan por alguna necesidad. Así ocurrió con su prima Isabel. María nos pide que estemos cerca de los que sufren, de los contagiados y de los sanitarios, de las familias de los fallecidos, de los mayores, de los que sufren soledad o están abatidos. Todos necesitan sentir a través de las obras de caridad de los creyentes la cercanía del amor de Dios.
Cada vez hay más personas y familias que nos necesitan y que necesitan lo imprescindible para vivir. El mejor termómetro – el test con la mayor fiabilidad- está en nuestras parroquias y nuestras cáritas. Ellas nos dicen que están ya desbordadas en las peticiones de todo tipo de ayuda. Las necesidades superan ya nuestras posibilidades económicas y la necesidad va creciendo y crecerá más en el futuro. Esto va a pedir de todos, un mayor esfuerzo y compromiso para ayudar a los afectados por todo tipo de necesidad. Que como María sepamos mostrar “sin demora” nuestra caridad y solidaridad efectiva. Que nuestra devoción a María nos ayude a no ser indiferentes ante las necesidades de los demás y compartir con ellos cuanto somos y tenemos.

Acudamos a la Mare de Déu del Lledó, para que abra nuestros corazones a Dios y a los hermanos. A Ella nos encomendamos y le rezamos: “Ayúdanos, Madre, a ser humildes y a mantenernos firmes en la fe, perseverantes y unánimes en la oración y fuertes en el amor a Dios y a los hermanos. Amén.

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Pascua de Resurrección

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón. 12 de abril de 2020

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

 

Hermanas y hermanos amados en el Señor.

 

  1. ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor, Aleluya! Es la Pascua de resurrección: “el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Hoy el Señor resucitado nos invita a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa, a superar nuestros miedos y a confiar en Dios, porque es eterna su misericordia. Dejémonos encontrar por el Resucitado para que avive nuestra Esperanza.

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El volteo general de campanas introduce el anuncio del Obispo de que por la resurrección de Cristo “es posible superar los miedos”

A las 12h de este domingo de Pascua las iglesias han volteado sus campanas. Ha sido un modo de manifestar  que por la resurrección de Cristo es posible “superar nuestros miedos y poner nuestra confianza en Dios, porque es eterna su misericordia”, como aseguraba el Obispo en la Misa Pascual celebrada a esa hora en la Concatedral de Santa María de Castellón. Al final de la celebración ha declarado que “el Señor está en medio de nosotros para que tengamos la esperanza de salir pronto de esta pandemia, y sobre todo sepamos que Dios nunca nos abandona”.

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Vigilia Pascual presidida por el Obispo en la Concatedral de Santa María

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón de la Plana, 11 de abril 2020

 

  1. “No está aquí. Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,6). Este es el anuncio del ángel vestido de blanco a las mujeres, que habían acudido a ver el sepulcro. Esta es la gran noticia en esta Noche Santa de Pascua: Cristo ha resucitado; es la Pascua del Señor: porque Cristo ha pasado a través de la muerte a la Vida gloriosa de Dios, Cristo ha pasado a una nueva y definitiva existencia. El Señor vive para siempre a la derecha del Padre.

 

Esta es la razón de esta Vigilia Pascual, la madre de todas las vigilias, la fiesta cristiana por excelencia. ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos y gocemos por la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. Nunca nos cansaremos de celebrar la Pascua de la Nueva y definitiva Alianza: en medio de la oscuridad de la noche, el cuerpo de Jesús ha sido liberado de la muerte y ha sido llenado del Espíritu de Dios, el Espíritu de la Vida.

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