Segorbe acoge sus jornadas teológicas del arciprestazgo

El arciprestazgo de Segorbe acogió durante los días 15, 16 y 17 de junio unas Jornadas teológicas por el Año de la Misericordia en las que participaron 30 personas. Consistieron en tres sesiones: “La misericordia en la Sagrada Escritura”, a cargo del padre dominico Don Gerardo Sánchez Mielgo, “María madre de la misericordia” ofrecida por el padre carmelita Don Juan Gil Aguilar y la tercera conferencia sobre “La misericordia en el sacramento de la penitencia” a cargo del sacerdote Don José Cebrian Cebrian.

Las jornadas teológicas, que han alcanzado ya su séptima edición, nacieron por el anhelo de los sacerdotes de ofrecer formación sólida a los seglares, como ha informado el propio arcipreste, Don Federico Caudé.

Encuentro ENE sobre Nueva Evangelización

Vuelve el Encuentro de Nueva Evangelización , la gran cita española para aprender a evangelizar y potenciar la Nueva Evangelización, que alcanza ya su cuarta edición. Organizado por Alpha España y la Comunidad Fe y Vida, este año ha tenido lugar del 7 al 10 de julio en el Centro de Retiros de los Paúles en Salamanca.

El ENE es una de las citas más influyentes para la Nueva Evangelización en España, debido a su condición de punto de encuentro de distintas realidades eclesiales, de laicos, religiosos y sacerdotes y a que mantiene durante el año redes de colaboración y espacios para compartir métodos, experiencias y proyectos.

Al ENE acuden delegados de juventud y de Nueva Evangelización diocesanos, vicarios, párrocos, religiosos/as y equipos completos de parroquias y comunidades que están llevando a cabo iniciativas de Nueva Evangelización. “Pretendemos poner personas y métodos en contacto para que el Reino de Dios se realice en este país”, explicó en la presentación inicial Tote Barrera, director de Alpha España (spain.alpha.org) y co-organizador del ENE, que celebra este año su quinta edición. En años anteriores se celebró en Cantabria, Valladolid (dos veces) y Astorga. “Queremos que los asistentes os conozcáis entre vosotros y compartáis vuestra experiencia y pasión por la evangelización”, insistió Tote.

Cifras: 50 sacerdotes, 5 obispos, 300 laicos…

Unos 80 asistentes acuden por primera vez a esta cita. Además, participan en diversos momentos 5 obispos. De ellos, Rafael Zornoza, de Cádiz; Xavier Novell, de Solsona y Juan Antonio Reig Pla, de Alcalá, ya son viejos conocidos entusiastas del ENE. Se les añaden los nuevos obispos llegados a Santander (Manuel Sánchez Monge) y a Astorga (Juan Antonio Menéndez) este año, dos diócesis que se han visto fortalecidas con estos encuentros.

Aproximadamente unos 50 asistentes son sacerdotes; hay también unas pocas religiosas, e incluso unos cuantos cristianos evangélicos, pero la inmensa mayoría de los participantes son laicos católicos con ganas de evangelizar y aplicar el “nuevo ardor, nuevo lenguaje y nuevos métodos” que Juan Pablo II pedía a la Nueva Evangelización.

Encuentro ENE3

Abrirse más a anunciar a Dios

Jesús Robledo, un sacerdote diocesano de Toledo que acude por segunda vez al ENE, cuenta cómo esta cita ha cambiado su forma de vivir la evangelización. “Vine al ENE el año pasado porque me parecía que era el sitio donde conocer lo que hay sobre Nueva Evangelización en España y es cierto. Este encuentro es como una tabla de degustación, un fuego grande, una lluvia de ideas… “, enumera.

Y añade: “A partir del ENE he estado más abierto a lo que se pueda hacer para Dios, a nuevas formas de presentar a Jesucristo. Por ejemplo, en este Año de la Misericordia pusimos en marcha una experiencia con mil actividades junto a la Puerta Santa de la catedral de Toledo, y una cita de evangelización y arte sensorial… son cosas con el estilo, el aire fresco que respiramos en el ENE y se va contagiando”. Robledo es ahora responsable del secretariado recién creado de Nueva Evangelización en Toledo.

También es la segunda vez que viene Miguel Ángel Almagro, catequista y animador musical de la parroquia de Santa Isabel de Jaén. “Vine al ENE después de haber conocido Alpha. Me llamó la atención la acogida: aquí en el ENE desde el primer día parece que conoces a todo el mundo. En nuestra parroquia intentamos ahora inculcar este estilo de acogida, también en lo ecuménico”. Su parroquia y la de San Pedro Poveda en Jaén están ya volcadas en la Nueva Evangelización y hay muchos jienenses en la edición de este año:“Usamos los métodos del ENE y los frutos ya se ven en la gente de las parroquias”.

Las estructuras van lentas, pero el fuego quema

nrique Martínez, rector del seminario de Astorga, explica que conoció el primer ENE hace 5 años a través del Encuentro de Nueva Evangelización de Manresa de enero de 2012… “De seminarista yo pensaba que tenía que haber algo que se pudiera hacer para mejorar la evangelización, y en el ENE vi el escaparate, con nombres y personas, vi lo que se puede hacer”. Él fue co-organizador del ENE 2015 en Astorga un gran éxito posible gracias a la participación de muchos laicos y seminaristas y sacerdotes. “Tenemos muchos deseos en el corazón, pasar por un ENE te pone fuego en el corazón… pero luego las estructuras diocesanas son muy lentas en responder. Sin embargo, con ese fuego podemos perseverar”, explica.

Aprender de una parroquia puntera de EEUU

Juan Luis Rascón, párroco de San Antonio de la Florida, en Madrid, es otro veterano participante del ENE y a veces cuenta sus iniciativas evangelizadoras en su blog. “Aquí encontré el método, ardor y expresión necesarios para una nueva evangelización. Mi parroquia y mi sacerdocio han cambiado con el ENE”, explica.

En esta edición quiere exponer la experiencia de la Parroquia de la Natividad (Nativity Parish) de Baltimore (Maryland, EEUU). “Es una parroquia que se ha re-estructurado, o mejor, reconstruido, consultando a la gente, los que asistían al culto y los que no. Lo explican en su libro ‘Reconstruye tu parroquia’. Han seguido 3 pasos: detectar el problema, empezar a caminar para resolverlo y plantear una estrategia a largo plazo”. Tote Barrera añade que “este es uno de los dos libros que leen todos los católicos evangelizadores de EEUU; el otro es el del padre James Mallon”. La experiencia de esta parroquia además se plasma en unos encuentros evangelizadores parecidos al ENE que se llaman Matter Conference y en mucho material online fácilmente accesible en inglés. Ideas para novios y matrimonios En Inglaterra, hace décadas que nacieron unos cursos de comunicación para novios y matrimonios que pueden usarse para fortalecer las parejas y para acercarlas a la vida eclesial o a cursos evangelizadores. Guillermo y Sonia van de Pol, un matrimonio con 4 hijos y 31 años de casados, expondrán en esta edición el Curso Alpha de Matrimonios, por el que han pasado ya 400.000 parejas de todo el mundo. “Es muy práctico y funciona, y ayuda tanto a parejas creyentes como no creyentes; además, anima a muchos a estar más abiertos a participar después en un curso evangelizador como Alpha. En este curso de matrimonios animamos a las parejas a invertir tiempo en su matrimonio, y descubren cuánto nos queda siempre por aprender”.

Encuentro ENE2Ideas para novios y matrimonios

En Inglaterra, hace décadas que nacieron unos cursos de comunicación para novios y matrimonios que pueden usarse para fortalecer las parejas y para acercarlas a la vida eclesial o a cursos evangelizadores.

Guillermo y Sonia van de Pol, un matrimonio con 4 hijos y 31 años de casados, expondrán en esta edición el Curso Alpha de Matrimonios, por el que han pasado ya 400.000 parejas de todo el mundo. “Es muy práctico y funciona, y ayuda tanto a parejas creyentes como no creyentes; además, anima a muchos a estar más abiertos a participar después en un curso evangelizador como Alpha. En este curso de matrimonios animamos a las parejas a invertir tiempo en su matrimonio, y descubren cuánto nos queda siempre por aprender”.

Otra variante es el Curso de Preparación al Matrimonio, que dura 5 semanas, con cenas románticas, ponencias breves e ideas para la comunicación de la pareja enamorada. Nacido también en Alpha, Jaime Álvarez y su esposa Marisa explican como lo aplican en la parroquia de San Antonio de la Florida. “Es un método pre-evangelizador, porque muchas parejas que piden casarse en la iglesia en realidad están lejos de la fe; este curso las anima a conocer más y a apuntarse a Alpha”, explican.

Otros talleres e iniciativas

La oferta es variada, y todo apunta a cómo llegar mejor a la gente y acercarla a Cristo. Daniel Marote, experto de comunicación y márketing, experto en comportamiento en la era digital, imparte un taller para “entender y conectar con las personas de nuestra época y ganar sus corazones para Jesús Felix Ortiz, zaragozano y pastor evangélico en la Bonanova de Barcelona imparte un taller sobre como usar herramientas de coaching en discipulado, explicando su fundamento bíblico…

David Pritchard propone el método GodPlay, con el ejemplo de los niños como “la metáfora más importante de cualquier renovación eclesial”. Recuerda que en Proverbios 8 hay una niña, Sabiduría, que deleitándose en la Creación, con mirada asombrada, ve las obras de Dios y las comunica a los hombres… “¿Queremos salir a jugar con Sabiduría? GodlyPlay se toma en serio a los niños de carne y hueso: “Jesús tomó uno y lo puso entre los apóstoles y dijo que si lo recibimos en su nombre recibimos a Dios”. GodlyPlay invita a jugar con el lenguaje de Dios… y así aprender a jugar con Dios. Todos hemos de responder a las historias de la Biblia según nuestra edad”.

Vicky y Andy Bunting, un matrimonio evangelizador de la comunidad católica carismática Sion Community (con sede en Brentwood, Inglaterra) explican cómo se realiza el discipulado en su comunidad para preparar a la gente a evangelizar como verdaderos discípulos de Cristo.

El sacerdote Fabrizio Ballanti, de la Koinonía Juan Bautista, una comunidad carismática internacional con 3 décadas de experiencia, imparte un taller muy centrado en las enseñanzas de San Pablo en 2 Timoteo 2,2: “lo que te he enseñado, enséñalo a otros”. Recuerda que Pablo hizo un gran trabajo en apenas 15 años como misionero (los otros años de su vida cristiana los pasó desterrado, en formación, naufragando, preso, etc….) Su gran fruto se debía a su formación de formadores. “Con esta metodología nuestra Koinonía en México ha formado 5.000 laicos, 400 maestros, 600 predicadores… “, enumera Ballanti.

Luis Priede, que además de ser uno de los co-organizadores del ENE desde Fe y Vida es médico especializado en acompañar enfermos terminales, ha impartido un taller sobre cómo acompañarnos los cristianos unos a otros, y ayudar a otras personas desde el acompañamiento, dando luz a sus vidas y sanándolas de lo que las daña.

La cita ha contado también con Jaz Jacob, la popular cantante evangélica autora de la canción “Perfume a tus pies”. Además de un concierto-oración, imparte un taller sobre “cómo tener amistad con el Espíritu Santo y cómo escucharle”. En los ambientes evangélicos españoles es conocida también por su itinerario de discipulado llamado Cultura Real. La primera sesión del ENE 2016 acabó orando con música e invocando al Espíritu Santo, “para que Él nos consuele, nos hable, nos oriente, para lo que Él quiera; esa es su grandeza y el misterio de la Evangelización”, proclamaron los organizadores.

Pastoral Juvenil. Orientaciones de los obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina

Presentación

La preocupación de la Iglesia por acercar la persona, la obra y el mensaje de Jesucristo a los jóvenes ha sido constante a lo largo de los tiempos. Evangelizar el mundo juvenil es una misión imprescindible de cualquier generación de cristianos; es una tarea que prepara, con la fuerza del Espíritu Santo, el futuro de las comunidades cristianas.

Un fruto precioso de esta permanente preocupación ha sido la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, instituida por el beato Juan Pablo II y desarrollada en distintas ciudades del mundo con masiva asistencia de jóvenes y con fuerte impacto espiritual en quienes han participado, también con admiración y sorpresa por parte de quienes las han seguido a través de los medios de comunicación social. La última se celebró en Madrid en el año 2011 con la presencia del papa Benedicto XVI. La próxima tendrá lugar en Río de Janeiro, julio de 2013, con la anunciada asistencia del papa Francisco.

Hay otros innumerables frutos en el día a día de la actuación de grupos juveniles en parroquias, movimientos apostólicos y centros educativos.

El documento que os presentamos es fruto de la reflexión de los obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina que desean facilitar unas orientaciones pastorales a los responsables de la Pastoral Juvenil y a todos los que participan y se benefician en la vida diaria de las comunidades cristianas. Estas orientaciones se sitúan entre dos acontecimientos juveniles de la Iglesia universal que tanta esperanza ha despertado en todos los católicos. Queremos sumar nuestro esfuerzo a ese impulso general y contribuir con nuestras palabras a facilitar la tarea ordinaria de los grupos juveniles de las diócesis de nuestra Provincia Eclesiástica.

Esperamos que el resultado de nuestra reflexión sea de buena utilidad y bien acogido por todos.  Lo confiamos a la juvenil mirada de la Virgen María.

 

Mayo de 2013

 

+Carlos, arzobispo de Valencia

+Casimiro, obispo de Segorbe-Castellón

+Jesús, obispo de Orihuela-Alicante

+Javier, obispo de Mallorca

+Vicente, obispo de Ibiza

+Salvador, obispo de Menorca

+Enrique, obispo auxiliar de Valencia

 

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Pastoral Vocacional. Orientaciones de los obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina

 

Presentación

Decía el beato Juan Pablo II: “Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia” (PDV 1). El ministerio ordenado es necesario para generar y regenerar la comunidad cristiana como sacramento del Cristo, Cabeza y Pastor de su Iglesia, y para garantizar la identidad de las comunidades cristianas. Por eso la pastoral vocacional es urgente, y hay que situarla en un lugar privilegiado de nuestras comunidades cristianas. Toda la comunidad cristiana –sacerdotes, miembros de la vida consagrada y laicos– tenemos que poner en el centro de nuestro corazón esta tarea pastoral y dedicar un notable esfuerzo para alentar la llamada al ministerio sacerdotal.

La iglesia tiene que vivir en la confianza que le infundó el Señor: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”(Lc 10, 2). Acto de confianza plena en el amor de Dios que sigue agraciando a su Iglesia con niños, adolescentes y jóvenes a los que el Señor continúa llamando al ministerio ordenado. La base irrenunciable de toda Pastoral Vocacional es esa confianza en la acción amorosa de Dios unida a la cooperación activa por parte de cada uno de nosotros.

En esta mediación activa nos encontramos todos los miembros de la Iglesia, y de modo especial los Obispos. Con claridad lo afirma la citada Exhortación Postsinodal Pastores Dabo Vobis recogiendo la indicación del Decreto del Concilio Vaticano II sobre el oficio pastoral de los Obispos en la Iglesia: “La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las vocaciones sacerdotales es del Obispo, que está llamado a vivirla en primera persona, aunque podrá y deberá suscitar abundantes tipos de colaboraciones” (PDV 41). Conscientes de esa importante responsabilidad, los Obispos de la Provincia Eclesiástica hemos tratado en varias reuniones el modo de impulsar en nuestras iglesias diocesanas esta tarea pastoral. Nuestra reflexión ha estado acompañada por el trabajo previo y simultáneo de los delegados diocesanos de Pastoral Vocacional.

Como fruto de nuestro trabajo ofrecemos ahora a nuestras iglesias diocesanas la presente orientación sobre la Pastoral Vocacional de la Provincia Eclesiástica Valentina. Cada diócesis, bajo la dirección de su Obispo, verá el modo y el momento concreto de aplicar las distintas líneas y propuestas de acción.

Confiamos a la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y de las vocaciones sacerdotales, que la Pastoral Vocacional en nuestras diócesis se vea coronada con el fruto abundante de buenos y santos sacerdotes.

 

Valencia, 3 de mayo de 2012

Fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago

 

+Carlos, Arzobispo-Metropolitano de Valencia

+Rafael, Obispo de Orihuela-Alicante

+Jesús, Obispo de Mallorca

+Casimiro, Obispo de Segorbe-Castellón

+Vicente, Obispo de Ibiza

+Salvador, Obispo de Menorca

+Enrique, Obispo Auxiliar de Valencia

 

 

Introducción

 

La llamada que el Señor dirige a los niños, adolescentes y jóvenes para que estén con él, para que le sigan y para enviarles a predicar, es permanente. También hoy el Señor sigue llamando.

Constatamos que esta llamada del Señor hoy es escuchada especialmente en determinadas realidades eclesiales, caracterizadas por una fuerte vivencia personal y comunitaria de la fe: movimientos, asociaciones, comunidades… También resulta esperanzador constatar que hay ámbitos de la vida eclesial en los que es factible hacer una propuesta vocacional, especialmente en la pastoral de infancia y adolescencia.

A pesar de esto, no podemos ignorar las dificultades que encontramos en nuestra cultura para que esta llamada permanente del Señor alcance a muchos jóvenes.

Estas dificultades, en parte, tienen su origen tanto en el hecho de que en la cultura actual de occidente se infravalora el sacerdocio, como en el fenómeno que se da en algunos grupos y miembros de la misma Iglesia que minusvaloran la Pastoral Vocacional.

A partir del Concilio Vaticano II se ha destacado en la predicación y en la pastoral de la Iglesia el valor fundamental de la vocación a la santidad de todos los bautizados. Este hecho ha provocado que haya distintas realidades eclesiales (secretariados, delegaciones, órdenes religiosas…) que dirigen sus esfuerzos a promover la vocación universal a la santidad. Sin embargo, la tarea propia de la Pastoral Vocacional es promover directa y específicamente las vocaciones de especial consagración.

Puesto que el ministerio sacerdotal forma parte de la estructura constitutiva de la Iglesia, ya que sin ministerio no hay Eucaristía y sin Eucaristía no hay Iglesia, en este documento nos centraremos más específicamente en la Pastoral Vocacional orientada al ministerio sacerdotal.

Estas orientaciones, elaboradas por los Obispos de las distintas Diócesis de la Provincia Eclesiástica Valentina, pretenden ofrecer un proyecto marco para la Pastoral Vocacional, que tenga como eje vertebrador la llamada a ser Apóstol.

 

La llamada

En estos momentos constatamos que las situaciones en las que pueden surgir los planteamientos vocacionales son muy distintas y variadas, por ello debemos tener en cuenta que los gérmenes vocacionales pueden hallarse en ámbitos y momentos de la vida que hasta ahora no eran frecuentes. Los responsables de la Pastoral Vocacional deben prestar atención a esta pluralidad.

A modo de ejemplo indicamos tres situaciones que pueden ser paradigmáticas y que exigen respuestas diversas.

 

  1. La llamada a Samuel en el templo (I Sam 3,1-21)

 

            Nos encontramos con niños, adolescentes y jóvenes vinculados a las parroquias, colegios, movimientos, grupos… que se encuentran en la misma situación que Samuel, a quien nadie le había hablado directamente de la llamada del Señor y no entendía lo que estaba ocurriendo. Dios le llama “mientras Elí duerme”.

            Estos jóvenes pueden tener la experiencia de acudir a un sacerdote buscando luz en su situación y encontrarle ocupado en tantas cosas que le cueste reconocer que tal vez Dios les esté llamando.

 

  1. ii. La invitación de Jesús al Joven Rico (Mt 19, 16-22)

 

            Nos encontramos con jóvenes que tienen una experiencia de Dios, que trabajan con los pobres, que forman parte de grupos que les ayudan a madurar en la fe… Esta experiencia les puede llevar a preguntarse sobre el sentido de la vida y a desear ir más allá de lo que están haciendo. Puede ser éste un buen momento para que el sacerdote, al constatar estas inquietudes, invite al joven a entregarse al servicio del Evangelio.

            Esto es lo que el Papa Benedicto XVI planteó a los voluntarios de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid:

            “Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca?”.

 

iii. La llamada de Jesús a los apóstoles (Mc 1, 16-20)

 

            La mayoría de jóvenes están muy ocupados en sus trabajos y estudios, no se han preguntado lo que el Señor quiere de ellos y no será fácil que se lo cuestionen si alguien no les invita directamente al seguimiento del Señor. Aunque esta llamada resulte sorprendente y novedosa y en un primer momento sea rechazada, la semilla vocacional ya ha quedado sembrada en su corazón, y en algún momento puede fructificar.

 

Los dos primeros caminos que hemos indicado se dan de una manera más o menos ordinaria en muchos ámbitos de la realidad eclesial. Actualmente se hace necesaria una vuelta al dinamismo vocacional del Evangelio, en el que el Señor llama directa, personal e individualmente al ministerio apostólico, incluso a jóvenes que no se lo habían planteado explícitamente.

 

Líneas de acción

  1. Orar

El primer paso de cualquier proyecto de Pastoral Vocacional es retomar el mandato del Señor “Rogad al dueño de la mies…” (Mt 9, 36-38). La oración por las vocaciones, al responder a una indicación del mismo Cristo, es siempre eficaz, crea una conciencia vocacional en toda la comunidad cristiana, y “prepara la tierra” allí donde hay que sembrar la semilla vocacional. Por estas razones se hace necesario potenciar todas las iniciativas que se están realizando en cada una de las diócesis y promoverlas donde no existan.

 

A modo de indicación habría que recordar algunas de estas acciones:

  1. Exposición del Santísimo los jueves, ofreciendo desde las Delegaciones de Pastoral Vocacional materiales sencillos para orar por las vocaciones.
  2. Invitar a los sacerdotes, a las comunidades religiosas y a los laicos a rezar por las vocaciones en el Oficio Divino. Para ello se elaborará una separata donde se propondrá una sencilla plegaria para laudes y vísperas de cada día.
  3. Organizar en la provincia eclesiástica, en torno a la celebración de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, una cadena de oración.
  4. Potenciar las vigilias de oración con Jóvenes, en las que se pida por las vocaciones sacerdotales y por la fidelidad y la santidad de los que han sido llamados.
  5. Pedir en distintos momentos del curso la oración de:
  6. Los mayores, enfermos e impedidos, tanto de las parroquias como de los                      hospitales, quienes con el ofrecimiento alegre y confiado de sus dolencias y               sufrimientos, se convierten en agentes privilegiados de esta oración. Para                            ello se pedirá la colaboración de Pastoral de la Salud y de los Capellanes de                         los hospitales.
  7. Las comunidades contemplativas, que en el silencio fecundo de su vida escondida con Cristo en Dios, se entregan por la Iglesia y sus necesidades.                Para ello se potenciará en los conventos y monasterios de clausura una                          oración personal por cada uno de los seminaristas.
  8. Acudir a la intercesión de la Virgen María y de los Santos. Al respecto nos indica el Catecismo de la Iglesia Católica “por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad […] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra […] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad”[1].

 

  1. Sensibilizar

Además de la oración por las vocaciones, es necesario crear ámbitos y espacios donde se pueda plantear a los jóvenes el sentido de la vida vivida como vocación, donde puedan descubrir que la Palabra de Dios les interpela y, conociendo el testimonio de personas consagradas, puedan preguntarse por el proyecto que Dios tiene sobre su vida. Esta sensibilización es importantísima ya que puede hacer nacer en el joven la pregunta: ¿Qué quiere Dios de mí?

 

  1. Se trata de una responsabilidad de toda la comunidad cristiana, especialmente de los sacerdotes y consagrados que no pueden sustraerse a esta misión. Es el testimonio de su vida el que puede despertar en el joven el deseo de identificarse con el ministerio.

Por ello todo lo que pueda ayudar a los sacerdotes a vivir con alegría y amor a Jesucristo su sacerdocio redundará en un bien directo en la Pastoral Vocacional. Dado el ritmo de vida en el que nos movemos se hace necesario proponer a los sacerdotes un retorno a lo esencial del ministerio, ofreciéndoles los medios necesarios (Encuentros sacerdotales donde revisar la escala de valores en la acción ministerial, Retiros y Ejercicios Espirituales). Todo esto les ayudará a vivir la alegría del ministerio y a contagiarla.

 

  1. Es necesario ayudar a la comunidad cristiana a que valore, desde los ojos de la fe y no desde una perspectiva sociológica o humana, el ministerio sacerdotal. Para ello se sugiere que se tengan momentos en la vida de las comunidades cristianas que ayuden a ver al sacerdote como alguien que actúa en persona de “Cristo cabeza”. Uno de esos momentos puede ser la celebración de la fiesta del “Buen Pastor” donde se invite a las comunidades cristianas a agradecer el don del sacerdocio.

 

  1. Un instrumento privilegiado para esta sensibilización son aquellos ámbitos donde los jóvenes puedan encontrase personalmente con el Señor y compartir esta experiencia comunitariamente: oraciones, convivencias, retiros, ejercicios espirituales… Esto les ayudará a descubrir el amor de Cristo en su propia vida, y a “responder con amor a quien por amor se entregó por nosotros”[2].

 

  1. Habrá que crear ocasiones en parroquias, colegios, grupos, movimientos, universidad… Y en aquellos ambientes donde tal vez es difícil tener contacto con seminaristas, sacerdotes o novicios… en las que los jóvenes puedan escuchar testimonios vocacionales que les lleven a identificarse con ellos y preguntarse: ¿Me llama Cristo a seguirle más de cerca?

 

  1. Privilegiar algunos lugares concretos en los que es posible la sensibilización vocacional.

 

  1. El proceso catequético de iniciación cristiana
  • Destacar el carácter sacramental del ministerio sacerdotal en las catequesis.
  • Cuidar la presencia del sacerdote en la catequesis para propiciar la relación personal con los niños y adolescentes.
  • Participar en la oración por las vocaciones, con especial atención a la oración por el sacerdote.
  • Proponer en el proceso de iniciación cristiana algunas catequesis específicas sobre la vocación.

 

  1. ii. Colegios Diocesanos
  • Potenciar la figura del director espiritual.
  • Proponer visitas al Seminario Menor o Mayor.
  • Proponer una jornada vocacional en la que sacerdotes y seminaristas puedan dar testimonio de su vocación.
  • Organizar concursos de redacción, fotografía, canción… sobre temática vocacional.

 

iii. Monaguillos

  • Crear donde no existan y potenciar donde los haya grupos de monaguillos que además de participar en la liturgia se reúnan para rezar juntos, formarse, realizar actividades vocacionales y encontrarse con sacerdotes que, desde su testimonio        personal, les ayuden a plantearse la vocación.
  • Conseguir que estos grupos de monaguillos conozcan el Seminario Menor, mediante convivencias, encuentros, oraciones… creándose de este modo una relación con los       seminaristas y con el mismo seminario.

 

  1. Movimientos de adolescencia
  • Invitar a los movimientos de infancia y adolescencia a aquellas actividades, convivencias y retiros en los que se plantee la llamada del Señor.
  • Sugerir a los movimientos que en su plan de formación incluyan explícitamente el planteamiento vocacional.

 

  1. Proponer

Una propuesta vocacional debe tomar como modelo el llamamiento que hizo Jesús a sus discípulos y apóstoles.

 

  1. La llamada de Jesús a sus discípulos fue directa. Jesús llamó a los que él quiso y cuando él quiso después de pasar la noche orando (Lc 6,12). Por ello es necesario que no se tenga miedo alguno a proponer explícitamente la vocación al sacerdocio. Debemos ser conscientes siempre de que, si la respuesta es negativa ya tenemos respuesta; si es dubitativa hay que hacer un seguimiento, y si es afirmativa ya tenemos una vocación. Esto implica que no se puede confundir la Pastoral Vocacional con la Pastoral de Juventud, ya que aunque toda Pastoral Juvenil debe ser vocacional, la Pastoral Vocacional, debe explicitar su carácter propio.

 

  1. La llamada de Jesús a sus discípulos fue personal, de “tú a tú”. Para que esto pueda darse no se puede descuidar en la pastoral aquellos ámbitos de trato personalizado con los niños, adolescentes y jóvenes: sacramento de la penitencia, dirección espiritual…

 

  1. La llamada de Jesús a sus discípulos proviene de alguien que está totalmente identificado con su misión. Para la propuesta vocacional se necesita mediaciones convencidas: sacerdotes, seminaristas, personas consagradas que vivan desde un auténtico amor a Jesucristo su vocación. Éstos son los mejores agentes vocacionales.

 

  1. Acompañar

La Iglesia tiene la responsabilidad de acompañar a los niños, adolescentes y jóvenes que se sienten llamados por el Señor para ayudarles a discernir y madurar su vocación.

Para cumplir esta tarea manifestamos nuestra preferencia por algunos medios e instituciones que deberían estar presentes en las Diócesis de la Provincia Eclesiástica Valentina.

 

  1. Se apuesta decididamente por el Seminario Menor como espacio en el que “proporcionar a quienes manifiestan indicios de vocación sacerdotal la formación que les disponga a seguir a Cristo pastor con espíritu de generosidad y pureza de intención”[3], evitando de este modo que el Seminario Menor se convierta en un Colegio Diocesano.

Sería positivo que hubiera una relación entre los Seminarios Menores de la Provincia Eclesiástica para compartir experiencias, intercambiar materiales, etc.

 

  1. Dada la diversidad de situaciones personales y familiares que encontramos en la actualidad debemos abrir el ámbito de posibilidades de acompañamiento vocacional a niños y adolescentes que por distintos motivos no puedan residir en el Seminario Menor: Seminario en Familia, pre-seminario, grupos de acompañamiento…

 

  1. Instituir el Centro de Orientación Vocacional (C.O.V.) donde no lo haya y potenciarlo donde ya exista, como lugar en el cual los jóvenes puedan ser acompañados en su proceso de discernimiento vocacional, y puedan madurar en su planteamiento. Se les invitará a participar en oraciones, convivencias, retiros…

 

Junto a estas instituciones es necesario que los sacerdotes y agentes de pastoral acompañen a las familias, y especialmente a aquellas que tengan hijos que muestran inquietud vocacional, para que se cree un clima espiritual en el que se valore positivamente y se favorezca la vocación.

 

Responsables

Siguiendo las orientaciones de la exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis del beato Juan Pablo II (nº 41) recordamos la urgencia de que “se difunda y arraigue la convicción de que todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones”. También el Concilio Vaticano II nos recordó que “el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana”[4].

Esta responsabilidad compete en primer lugar al Obispo, que está llamado a vivirla en primera persona aunque pueda y deba buscar colaboraciones. “Él se preocupará de que la dimensión vocacional esté siempre presente en todo el ámbito de la pastoral ordinaria”. Él, además, tiene “el deber de promover y coordinar las diversas iniciativas vocacionales”.

También los sacerdotes son solidarios y corresponsables con el Obispo en la búsqueda y promoción de las vocaciones presbiterales. Su vida misma, su testimonio de servicio al Señor y a su Iglesia, su concordia fraterna y su celo por la evangelización son el factor primero y más persuasivo de fecundidad vocacional.

La familia cristiana debe ofrecer las condiciones favorables para el nacimiento de las vocaciones. Al participar de la misión educativa de la Iglesia, las mismas familias formen como un primer seminario en el que los hijos adquieran el sentido de la piedad, de la oración y el amor a la Iglesia.

En sintonía con la labor de los padres está la escuela. Cuando ésta está enriquecida de espíritu cristiano puede despertar en el corazón de los jóvenes el deseo de cumplir la voluntad de Dios sin excluir la vocación al ministerio sacerdotal, e incluso presentándola explícitamente.

También los fieles laicos que desempeñan tareas eclesiales (catequistas, seminaristas, profesores, educadores, animadores de pastoral juvenil…) tienen una gran importancia en la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Si profundizan en el sentido de su misión y ministerio en la Iglesia, ayudarán a descubrir el valor de la vocación y de la misión sacerdotal.

 

Conclusión

Estamos convencidos de que hoy Dios sigue llamando a niños, adolescentes y jóvenes de nuestras comunidades cristianas a ser apóstoles.

Dirijamos nuestra mirada al Dueño de la mies para que nos ayude a ver la realidad en la que vivimos como lugar donde él quiere manifestarse, y a asumir como un reto esperanzador los nuevos métodos, ardores y lenguajes que hoy necesita la Pastoral Vocacional.

Ponemos la Pastoral Vocacional de las Diócesis de nuestra Provincia Eclesiástica bajo la protección de la Virgen María, Madre de la Iglesia y de los sacerdotes, y del Beato Juan Pablo II, quien siempre tuvo un celo especial por las vocaciones y animó sin cesar a los jóvenes a que no tuvieran miedo de seguir a Cristo. Que su intercesión haga fructificar esta tarea pastoral.

 

Valencia, 20 de febrero de 2012

 

[1]    Catecismo de la Iglesia Católica 956.

[2]    Benedicto XVI, Discurso en el encuentro con los voluntarios, (JMJ Madrid 2011).

[3]    Pfsm 1.

[4]    OT 2.

Orientaciones de los obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina sobre la vida y el ministerio de los presbíteros. A los 50 años del Concilio Vaticano II

Presentación

Estas palabras en forma de Orientaciones van dirigidas fundamentalmente a los sacerdotes de las diócesis de la Provincia Eclesiástica Valentina y son fruto de una reflexión iniciada por los obispos de la misma sobre la vida y el ministerio sacerdotal. Hemos comprobado que una reflexión, con similares características, se da habitualmente en el interior de los equipos de sacerdotes en los arciprestazgos. Es normal esa necesidad de pensar sobre el ser y el quehacer en todos aquellos que nos dedicamos al servicio del Pueblo de Dios. Va nuestra vida en ello.

En nuestro caso es una preocupación constante; es también una obligación del ministerio episcopal todo aquello que afecta a sus más directos colaboradores en las tareas pastorales. Dadas las condiciones ambientales, culturales y sociales en las que está situada nuestra acción pastoral y, por tanto, las comunidades cristianas, es obligada la atención por parte de los obispos para que ningún sacerdote se sienta solo en la tarea que se le ha encomendado. Es propio del obispo prestar a los sacerdotes una solicitud de padre y pastor que busca apoyar la dedicación ministerial así como instar de todos los cristianos el cariño constante, el acompañamiento fraterno y la colaboración leal con sus pastores para realizar la misión que nos entregó nuestro Señor Jesucristo.

Recogiendo el sentir del Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis y las indicaciones de la Exhortación Apostólica postsinodal del san Juan Pablo II Pastores Gregis, el Directorio para el ministerio pastoral de los obispos, Apostolorum Successores, nos recuerda a los obispos: “Como Jesús manifestó su amor a los Apóstoles, así también el Obispo, padre de la familia presbiteral, por medio del cual el Señor Jesucristo, Supremo Pontífice, está presente entre los creyentes, sabe que es su deber dirigir su amor y su atención particular hacia los sacerdotes y los candidatos al sagrado ministerio” (núm. 75).

Los frutos de esta reflexión se amplían enormemente por las aportaciones de muchos colaboradores. A todos agradecemos su interés y su trabajo, sobre todo al conjunto de los arciprestes que, con sus intervenciones, han enriquecido el texto aportando las preocupaciones de sus hermanos sacerdotes. Hacemos mención especialmente del prof. Payá Andrés quien nos dedicó una excelente ponencia sobre el tema.

Confiamos que esta modesta publicación sea cordialmente acogida y estudiada en las reuniones de los equipos de sacerdotes de nuestras diócesis.

Lo ponemos todo bajo la atenta mirada de la Virgen María, madre de los sacerdotes.

Marzo de 2015

+Antonio, Cardenal Arzobispo de Valencia

+Jesús, Obispo de Orihuela-Alicante

+Javier, Obispo de Mallorca

+Casimiro, Obispo de Segorbe-Castellón

+Vicente, Obispo de Ibiza

+Salvador, Obispo de Menorca

 

  1. Palabras de consuelo y cercanía

1.1. Motivación. Dando razones de la iniciativa

Cuando los obispos reflexionamos, individual o colectivamente, sobre el ministerio que el Señor nos ha confiado, recurrimos con presteza y constancia a la Palabra de Dios, a los textos del mismo Magisterio de la Iglesia y a los escritos de muchos teólogos y formadores. Previamente confiamos en la gracia de Dios que fortalece nuestra vida para prestar un digno servicio a la comunidad y llevamos a la oración nuestras iniciativas, proyectos y dificultades. Todo el Pueblo de Dios es objeto de nuestra caridad pastoral y a todos nos dirigimos para enseñar, santificar y orientar. En este caso nuestras palabras van orientadas a los sacerdotes de las diócesis de nuestra Provincia Eclesiástica Valentina. Deseamos ser buenos acompañantes en el camino de su vida y de su ministerio.

Los presbíteros son los principales e insustituibles colaboradores del orden episcopal, asociados a su solicitud y responsabilidad (AS 75) y a ellos dirige siempre el obispo una especial atención para ayudarles a cultivar el sentido de la diócesis fomentando, al mismo tiempo, el sentido universal de la Iglesia. El obispo, como padre de la familia presbiteral, imita y reproduce el amor manifestado por Jesús a los Apóstoles y cumple e invita a cumplir los mandatos “id y haced discípulos…”(Mt 28,19) y “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,17). Es, en definitiva, la preocupación por la comunidad que se funda en la Palabra, la oración y los sacramentos y la atención del anuncio del mensaje a quienes no lo han oído.

Además de los documentos que conforman la naturaleza del ministerio, los obispos dedicamos bastante tiempo a repasar y meditar el Directorio para el ministerio pastoral de los obispos (Apostolorum Successores) que nos sirve de guía para nuestra actuación. Los párrafos 75 al 91 del citado directorio están centrados en los presbíteros y en el Seminario. Es necesario que nos esforcemos en poner en la práctica diaria lo que la Iglesia nos encarga y el Señor, con perfecta benevolencia, nos manifiesta. Por ello nos sentimos impelidos a comunicar estas consideraciones que son fruto de nuestras preocupaciones y diálogos compartidos en los distintos encuentros que celebramos para tomar el pulso a las comunidades diocesanas.

 

1.2. Hechos recientes que ayudan en esta reflexión

Todos recordamos la convocatoria del Año Sacerdotal para la Iglesia universal que el papa Benedicto XVI dispuso que comenzara en la solemnidad del Sagrado Corazón del año 2009 para concluir en la misma celebración del año siguiente. Todavía resuena en nuestros oídos la carta del Santo Padre dirigida a los sacerdotes del mundo entero con motivo de dicho año en el que se cumplía el 150 aniversario de la muerte de san Juan María Vianney. Nos vendría bien a todos tener en cuenta las orientaciones del Papa que, en pocas páginas, nos sitúa ante nuestra vida ministerial poniendo como modelo al santo Cura de Ars.

Con motivo de la proclamación de Doctor de la Iglesia a san Juan de Ávila, Patrono del clero español, en el año 2012, hubo en nuestros presbiterios un renovado impacto de su doctrina y una mayor admiración hacia su persona. El acercamiento que muchos sacerdotes tuvieron hacia los escritos del Maestro Ávila les sirvió con seguridad para un nuevo encuentro con el amor de Dios en sus vidas y como una constante búsqueda de un auténtico y mejor servicio a la comunidad.

Estos dos acontecimientos estuvieron marcados por una múltiple organización de actividades (retiros y ejercicios, conferencias y peregrinaciones, celebraciones y encuentros sacerdotales) para el clero que han permitido poner en primer plano la preocupación y la dicha del ministerio en los momentos actuales.

Podemos también recordar las numerosas cartas y homilías que los Papas de los últimos cincuenta años han dirigido a los sacerdotes. Han sido un acicate y un consuelo su lectura y la aplicación que cada uno ha realizado en su propia vida. En un nivel más concreto cada obispo de nuestra Provincia ha publicado escritos con este motivo y ha querido mostrar su interés y su cariño por todos y cada uno de sus sacerdotes. Somos conscientes de nuestras limitaciones y aceptamos no haber sabido llegar a los rincones más profundos del corazón de cada uno.

Constantemente se promueve en cada diócesis iniciativas que ayudan a descubrir la fraternidad sacerdotal y a fortalecer la vida espiritual de todo el presbiterio. El obispo debe ser el primer animador de todas estas actividades, algunas son fijas y permanentes y otras poseen un matiz de novedad que conviene aprovechar.

En ese afán de buscar nuevos caminos se organizó por primera vez un encuentro de arciprestes con los obispos y sus Consejos Episcopales de todas las diócesis que conforman la Provincia Eclesiástica Valentina. Tuvo lugar en el Seminario de Valencia en enero del año 2013 con la reflexión central de la vida y el ministerio de los presbíteros. Constatamos una vez más la reiteración de los aspectos del sacerdocio que de forma recurrente son objeto de diálogo y de preocupación en los equipos arciprestales.

El encuentro contó con una ponencia del Ilmo. D. Miguel Payá Andrés, canónigo de la Catedral de Valencia y profesor de la Facultad san Vicente Ferrer. El título fue: “Identidad y misión de los presbíteros en el decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II”. Al final de la misma hizo una propuesta para el diálogo que se desarrolló en el interior de los grupos con arciprestes de distintas diócesis. Se formaron seis grupos con una primera parte de intercambio de opiniones en su interior y una segunda parte con la exposición resumida de los comentarios a la totalidad de los reunidos. Todos ellos dejaron por escrito el contenido de sus aportaciones.

El cuestionario para el diálogo contenía tres apartados: espiritualidad, colegialidad y pastor cercano. Respondía al contenido de la ponencia y se invitaba a todos los arciprestes a valorar, desde su experiencia personal y el encargo pastoral actual, su propia identidad y misión en el mundo contemporáneo.

Los obispos recogimos las aportaciones y las estudiamos detenidamente en algunas de las reuniones periódicas y queremos empezar manifestando en estas páginas nuestro agradecimiento a tantos sacerdotes por su ejemplar dedicación al único rebaño del Buen Pastor y, en concreto, al grupo de participantes en este encuentro por la serenidad y lucidez de sus respuestas en esta época de profundos cambios económicos y sociales que afectan de modo singular al ejercicio del ministerio. Además de agradecer, los obispos deseamos impulsar con esta reflexión una profunda conversión pastoral que genere una identificación más plena con Jesucristo y un servicio más auténtico a su Iglesia. Es ésta una exhortación a la confianza mutua, a la cercanía de sentimientos, a la renovación de la entrega pastoral, a intensificar la comunión y a fortalecer el espíritu misionero. Todo ello es fruto de la exigencia compartida de colaboración y ayuda.

Nuestras aportaciones actuales tienen su origen en la preocupación episcopal por los colaboradores más directos, en el diálogo sincero y personal con muchos sacerdotes, en la escucha de los planteamientos de equipos sacerdotales y, por último, en las mismas respuestas de los arciprestes en la mencionada reunión. Pretendemos profundizar el contenido, sistematizar las inquietudes y elevar las motivaciones buscando un horizonte de mejora en el actual ejercicio ministerial y aproximar nuestra reflexión a las orientaciones fundamentales de la Sagrada Escritura y de la Tradición de la Iglesia para seguir en el camino de la santidad a la que todos hemos sido llamados. Es tan fuerte la vinculación establecida entre el obispo y los sacerdotes, como padre y hermanos, que manifiestan con absoluta normalidad que se quieren, se escuchan, se acogen, se corrigen y se confortan aplicando la colaboración en todos los proyectos pastorales. Estas actitudes que las hemos revestido de reciprocidad son el resultado de la exigencia que la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Gregis recomienda para los propios obispos a quienes insiste al final del mencionado párrafo en procurar hacia sus presbíteros “todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial y económico” (núm. 47).

Dicha vinculación queda descrita de modo admirable en el mismo número 47 de la citada Exhortación: “En efecto, entre el Obispo y los presbíteros hay una Communio Sacramentalis en virtud del sacerdocio ministerial o jerárquico, que es participación en el único sacerdocio de Cristo y, por tanto, aunque en grado diferente, en virtud del único ministerio eclesial ordenado y de la única misión apostólica” (Cfr. LG 28; CD 28; PO 7).

En este contexto confiamos que nuestras palabras sean acogidas con interés y como una muestra de ayuda para todos como nos lo exige el ministerio episcopal.

 

  1. Miramos nuestro entorno con realismo. Constataciones

En las intervenciones de los arciprestes hay como dos grandes ámbitos de reflexión: por una parte, la descripción de la propia realidad ministerial y las alegrías y dificultades que entraña su ejercicio y, por otra parte, la concreción de los deseos y aspiraciones que todo presbítero intenta aplicar a su vida. En ambos casos se entremezcla el mundo de las relaciones con los fieles a quienes sirven, con los otros sacerdotes hermanos a quienes acompañan y de quienes se sienten acompañados y con los obispos a quienes constantemente piden gestos de paternidad ofreciendo ellos mismos signos de filiación.

En el análisis realizado sobre las respuestas de los arciprestes se observan apreciables muestras de conocer los últimos documentos pontificios, desde el Concilio Vaticano II hasta el momento presente, que hacen referencia al ministerio sacerdotal. Nos satisface y nos anima a pedir no sólo profundización en su lectura y estudio sino también que sirva como instrumento de reflexión personal y arciprestal que lleven a la oración en los retiros mensuales, en las plegarias comunitarias o en los ejercicios espirituales de cada año. En fechas posteriores al encuentro mencionado ha visto la luz una nueva edición del Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros de la Congregación del Clero (febrero de 2013) que reproduce básicamente la primera edición (1994) ampliando algunos aspectos prácticos y modificando determinadas expresiones de lenguaje que hace más actual su contenido. Estamos convencidos de que los sacerdotes han dispuesto de tiempo para su conocimiento y habrá producido mucho fruto en las reuniones arciprestales. Como no podía ser de otra manera, aconsejamos con insistencia su lectura puesto que resume con mucha claridad y precisión los aspectos permanentes de la vida presbiteral y logra con acierto situarlos en los parámetros psicosociales que conforman este tiempo para conocer sus dificultades y para aprovechar con alegría cristiana sus peculiaridades. Habla de la identidad del presbítero desarrollando las distintas dimensiones que configuran su esencia; dedica otro capítulo a la espiritualidad sacerdotal dentro del contexto histórico actual desgranando las líneas maestras de nuestra unión con Cristo en la oración, en los sacramentos, en la aceptación de los consejos evangélicos; termina con un tercer capítulo centrado en la formación permanente del clero desmenuzando los principios, la organización y medios, los responsables de llevarla a cabo y la necesidad de adaptación a la edad y a las situaciones especiales.

Además de hacer memoria de los principios conocidos por todos, importa ahora enumerar las aportaciones más representativas de los arciprestes ya que nos permiten situar nuestra reflexión en un territorio concreto como es el de nuestra Provincia Eclesiástica.

Acerca de la descripción de la realidad ministerial comprobamos el realismo de las respuestas cuando apuntan las siguientes características:

  1. a) Son habituales las reuniones arciprestales. Suelen ser mensuales.
  2. b) No todos los sacerdotes acuden a las reuniones. Se percibe además falta de comunicación en el interior de los equipos sacerdotales.
  3. c) Los temas pastorales agotan el tiempo del diálogo en el arciprestazgo. Faltan momentos para abordar asuntos personales y cuidar la oración.
  4. d) Es positiva la oferta diocesana dirigida a las diversas dimensiones de los sacerdotes (espiritualidad, pastoral, atención humana…).
  5. e) El equipo arciprestal es el auténtico cauce para la práctica de la fraternidad. Acercamiento sincero a los hermanos con dificultades momentáneas. También son modelos de fraternidad para los fieles.
  6. f) La clave del ser y actuar radica en la toma de conciencia de la centralidad en la persona de Jesucristo.
  7. g) Valoración positiva de la cercanía del obispo para conocer y acompañar las distintas sensibilidades de los equipos arciprestales. Es muy importante la participación del arcipreste en la orientación y gobierno de la diócesis.
  8. h) Excesiva variedad y número de tareas pastorales que llevan a la escisión interior o al desánimo. Dedicación pastoral abundante y falta de reflexión y oración.
  9. i) Elevada preocupación por los aspectos materiales y humanos del sacerdote. Por el contrario carencia de ardor misionero que siempre solicita la Iglesia.
  10. j) Se ha de profundizar constantemente en la espiritualidad sacerdotal desarrollando todas las dimensiones de la misma.
  11. k) Valorar con más intensidad nuestra participación personal en los sacramentos además de la invitación a los fieles.
  12. l) Se necesita que cada sacerdote muestre en su vida diaria la belleza del ministerio. Acentuar en nuestros comportamientos la alegría y desechar la tristeza, el desánimo o la resignación.
  13. m) Llamada a la responsabilidad en la promoción y acompañamiento de las vocaciones al ministerio y a la vida consagrada.

 

  1. Miramos el futuro con esperanza. Deseos

Acerca de los deseos y aspiraciones de los sacerdotes reconocemos un profundo y sincero interés por mejorar el ritmo vital de su ministerio. En un plano coincidente con el análisis anterior percibimos una notable estima y gratitud por haber sido llamados y enviados por el Señor a servir a su pueblo con abnegación, radicalidad y alegría. En general son conscientes de su propio camino de perfección que busca la identificación con Cristo, el fortalecimiento de las virtudes para ser auténticos pastores y la práctica de la fraternidad con quienes comparten las mismas tareas pastorales. Cuando señalan que la vida litúrgica, la oración personal, la escucha de la Palabra y la participación constante y sincera de los sacramentos no puede ir desconectada de su dedicación a los hermanos, sobre todo a los más pobres y necesitados, están en el buen camino de la coherencia ministerial. Hemos comprobado también el esfuerzo que gran cantidad de presbíteros realiza en favor de la coordinación arciprestal y diocesana y ello nos anima a fomentar todos aquellos medios de la pastoral ordinaria que ayudan a presentar el rostro transparente de Cristo y de su Iglesia; por supuesto a eliminar todos aquellos obstáculos que dificultan o paralizan el encuentro con el Señor y sus hermanos. Entre esos obstáculos se hallan las informaciones sobre abusos cometidos por algunos clérigos que han causado profundo escándalo en nuestro pueblo y que, como pecado y como delito, rompen dramáticamente la confianza y la cercanía de Dios y de los demás. Se nos exige a los obispos una constante vigilancia, un estricto cumplimiento de las normas emanadas para estos casos y una colaboración constante de todo el presbiterio para evitar oscuridades en la vida personal y ministerial. Para ello el Señor nos impone fortalecer y equilibrar nuestra personalidad con la oración, los sacramentos y el ejercicio auténtico y transparente del ministerio.

Necesitamos también los obispos proveer a nuestros presbiterios de sacerdotes que ejerzan la dirección espiritual; es una demanda que vemos reflejada en gran cantidad de respuestas y que indiscutiblemente repercutirá en una profunda revisión de la vida presbiteral. No podemos olvidar el interés por la religiosidad popular como plataforma adecuada para mostrar de nuevo a muchos que se han alejado o se han cansado del Evangelio. En esa misma línea de actuación es conveniente situar a sacerdotes preparados para atender todas las parcelas de la pastoral (cultura, familia, mundo del trabajo, la cultura…) que en la actualidad presentan grandes inconvenientes para aceptar a Cristo y ser permeables a las enseñanzas de la Iglesia. Una llamada igualmente importante al espíritu misionero no sólo al interior de nuestra sociedad sino también a los pueblos lejanos que, ya en tiempos anteriores, recibieron con alegría el impulso y la dedicación de nuestros sacerdotes.

Observamos que presbíteros y obispos tienen grandes coincidencias en las constataciones y en los deseos. Eso nos permite una mayor comprensión de la realidad actual y una aproximación mas certera a los objetivos que deseamos conseguir.

 

  1. Miramos a los demás compañeros con confianza. Relaciones cordiales

En este capítulo, una breve consideración a la preocupación de nuestros sacerdotes por las relaciones a distintos niveles, con el obispo, con sus compañeros y con los fieles. Observamos que es fundamental para el presbítero cuidar las relaciones con los demás puesto que su vida y su ministerio, unidos desde la respuesta a la llamada de Dios, caminan de forma inseparable utilizando permanentemente la palabra y las convicciones para transmitir a la mente y al corazón del otro la persona, el mensaje y la obra de Jesucristo. Necesita la claridad en la exposición de las enseñanzas pero también la confianza, el respeto y la lealtad en sus manifestaciones. Como san Pablo necesita ganarse para Cristo a todos los que le escuchen o acudan a él utilizando palabras de consuelo, de ánimo y de permanente colaboración en todos los órdenes de su actividad pastoral.

Nos parece sumamente acertado y de gran valor la importancia que los presbíteros conceden al mundo de las relaciones humanas. En estos momentos de profusión de nuevas tecnologías de la comunicación todavía señalan como un aspecto fundamental en sus vidas la relación personal con los compañeros sacerdotes; les preocupa la soledad, el aislamiento o la huida y muestran gran empeño en la cercanía, el encuentro y el solaz compartido. Nos alegra comprobar la necesidad de la oración y de la amistad con Jesucristo que sustenta toda relación humana aplicando grandes dosis de ayuda a los demás y sintiendo paz interior cuando los otros se preocupan de sus necesidades. Es un gran camino abierto a la fraternidad del día a día.

Agradecemos los obispos los intentos de muchos presbíteros por mantener y recobrar, cuando se haya perdido, la confianza en las decisiones tomadas. Partir de la paternidad episcopal y el cariño y la amistad, que todos pretendemos siempre, constituye un buen principio para considerar la naturaleza y el quehacer ministerial. Seguramente tenemos que explicar mejor nuestras iniciativas y decisiones para evitar desconfianzas y enfrentamientos innecesarios y para promover participación en la construcción de comunidades vivas, acogedoras y misioneras. Hemos de conseguir una buena armonía entre la atención personal al sacerdote y el cuidado de la comunidad. Ninguna de las dos partes puede ser olvidada en un correcto ejercicio de gobierno.

Compartimos con todos los sacerdotes el interés por mostrar con los fieles unas actitudes parecidas a las de Jesucristo en su trato con quienes se acercaban a Él. La comprensión de las situaciones vividas, la ternura en su manifestación externa, la acogida de los alejados, el amor, el perdón y la misericordia son los valores del Reino que cada uno de nosotros ha de esforzarse en desarrollar, no como una teoría aprendida en los libros y en la experiencia pasada sino en contacto con la persona del Señor que nos muestra en la práctica diaria la atracción libre y consciente a su mensaje.

 

  1. Recordando aspectos esenciales de la vida sacerdotal

Además de los ámbitos expresados anteriormente para tratar de entender y acoger el resultado de las aportaciones de los arciprestes durante aquella enriquecedora sesión de trabajo junto con nuestros Consejos episcopales, los obispos no queremos reducir nuestra intervención a una mera descripción del análisis y los deseos de los participantes. Deseamos contribuir con palabras de aliento a forjar un estilo de vida sacerdotal acorde con los sentimientos de Jesucristo, fomentando el crecimiento personal de todos, desarrollando la tarea pastoral de forma comunitaria y favoreciendo la cercanía y la disponibilidad con todos los fieles.

En ese sentido aprovechamos el iter de la ponencia pronunciada para insistir en los aspectos esenciales de nuestra vida ministerial.

El primer aspecto, el de la espiritualidad del presbítero, es esencial para entender la vida y la misión de la persona que acepta el desafío de la llamada de Dios y pone su existencia en manos del Espíritu Santo que guía sus pasos para la plena identificación con Cristo y el total servicio a los hermanos. Queremos esforzarnos en conseguir que todos los sacerdotes encuentren la espiritualidad específica a su estado en el interior de la comunidad; que utilicen todos los medios a su alcance para fortalecer su misión pastoral como son el estudio de la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia, la oración personal y comunitaria, la frecuencia de los sacramentos y el estímulo de la vida de la comunidad a la que sirven. Pedimos a Dios que todo lo que ellos han aprendido lo sepan transmitir, tras una vivencia auténtica, a todos sus colaboradores.

El segundo aspecto, el de la colegialidad, supone un excelente ejercicio del compartir con todos la responsabilidad de los asuntos comunitarios y de la reflexión conjunta para crecer en el seguimiento de Jesucristo.

El tercer aspecto, la cercanía del pastor, es un desarrollo constante de las virtudes humanas propias de quien está puesto al frente de la comunidad para señalar el camino, está en medio de la comunidad para compartir logros y deficiencias y se sitúa al final para animar y recoger a los cansados y agobiados por el peso de la tarea.

Nos referimos brevemente a estos tres aspectos:

 

5.1. Espiritualidad

Incluso reconociendo nuestras limitaciones, obispos y presbíteros podemos y debemos caminar hacia la perfección: “Sed perfectos, como también vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

Unos y otros, y todos unidos, estamos especialmente obligados a adquirir la perfección ya que, consagrados nuevamente a Dios en la recepción del Orden, estamos llamados a ser instrumentos vivos del Sacerdote eterno.

Aunque Dios puede realizar la obra de salvación también mediante ministros indignos, ordinariamente prefiere manifestar sus maravillas a través de aquellos que, por razón de su íntima unión con Cristo y la santidad de vida, puedan decir como el apóstol: “Vivo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

El Concilio Vaticano II, en el Decreto Presbyterorum Ordinis, nos exhorta vivamente a esforzarnos en aumentar constantemente aquella santidad, que nos haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios (n.12). Y, con insistencia, nos recuerda que nuestras acciones sacerdotales son fuente de santidad: “Como ministros que son de la palabra de Dios, diariamente leen y oyen esa misma palabra de Dios que deben enseñar a los otros; y si, al mismo tiempo, se esfuerzan por recibirla en sí mismos, se harán cada día discípulos más perfectos del Señor, según las palabras del apóstol san Pablo a Timoteo: ‘Medita estas cosas, ocúpate en ellas, a fin de que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Atiende a ti y a la enseñanza; pues, haciéndolo así, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeron’ (1Tim 4, 15-16)” (n.13).

Así pues, obispos y presbíteros, reconocemos:

  1. a) La necesidad de ser fieles a nuestra oración diaria, personal y comunitaria. En nuestros encuentros hemos de transmitirnos nuestras experiencias personales. No somos ni debemos aparentar ser los teóricos de la espiritualidad. La oración sosegada debe presidir nuestros encuentros.
  2. b) La exigencia de familiarizarnos con la Palabra de Dios acogiéndola interiormente. La oración personal y silenciosa debe ser esencial en nuestra vida sacerdotal. La “Lectio divina”, que debe ser fomentada entre nosotros, nos acompañará en el camino que hemos de recorrer para alcanzar la santidad. Nunca debe ser la oración la hija pobre de nuestros encuentros.
  3. c) La administración de los sacramentos llena de sentido nuestra vida al servicio de la comunidad y de cada persona en el real encuentro que se establece con el Señor. Pero constantemente suplicamos que el sacerdote sea consciente de que es el primer recipiendario de la gracia de Dios que invade nuestra vida por medio de los sacramentos. No basta con aconsejar y animar a los demás, hace falta nuestra provechosa, auténtica y personal participación. La Eucaristía diaria y la Confesión habitual nos alimentan y fortalecen para nuestra configuración con Cristo y para una dedicación más plena a nuestros hermanos.
  4. d) La obligación libremente aceptada de vivir cada año los ejercicios espirituales. Nuestra actividad pastoral ha de ser fruto de una espiritualidad cuidada con esmero y central en nuestra organización diaria.
  5. e) La urgencia de no caer en nuestro ministerio en un activismo ausente de la presencia de Dios. La acción pastoral debe ser oración real. No convirtamos nunca nuestro ministerio en una profesión. El ministerio sacerdotal es una vocación. Es una llamada de Dios que, escuchada, se convierte en un compromiso libremente asumido por todos y cada uno de nosotros.

 

Los obispos reconocemos nuestra responsabilidad en ser, ante vosotros, testimonios vivos de espiritualidad y celo sacerdotal.

El corazón del hombre no está hecho para ir vagando de un sitio a otro. Israel no hubiera resistido cuarenta años en el desierto sin reconducir constantemente su vida ante la presencia de Dios. El corazón del hombre soporta el desierto si tiene una meta. Quienes hemos recibido la ordenación episcopal y presbiteral debemos ser conscientes recitando el salmo 16: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: ‘Tú eres mi Dios’. No hay bien para mí fuera de ti”.

La oración de Moisés acompañó a los israelitas en el desierto. La oración acompañó a Jesús durante las tentaciones que vivió y padeció. La oración nos acompaña durante el éxodo que vivimos para bien servir a Dios y a todos los hombres y mujeres.

Solamente podemos ser pastores del Pueblo de Dios si somos fieles a nuestra oración diaria. La vida de Cristo fue una vida de oración constante. Rezaba durante el alba (Mc 1,35), al atardecer (Mt 14,23-25), rezaba cuando la noche se hacía presente (Lc 6,12). Rezó durante su pasión (Jn 12, 27-28), celebrado su última cena (Jn 17, 1-26), en el huerto de los olivos (Lc 22,44), en la cruz (Lc 23, 34), expirando (Lc 23,46).

Con nuestra oración, tanto en el silencio individual como en el rezo de la Liturgia de las Horas, “Christus orat in nobis”. Sin ser conscientes que nuestra oración es oración de toda la Iglesia, no comprenderemos la gravedad de nuestra obligación.

 

5.2. Colegialidad

El Concilio Vaticano II nos dice a obispos y sacerdotes: “La fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculos de comunión con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio. Obrando de esta manera, los presbíteros hallarán la unidad de su propia vida en la unidad misma de la misión de la Iglesia, y así se unirán con su Señor, y, por Él, con el Padre, en el Espíritu Santo, para que puedan llenarse de consolación y sobreabundar de gozo” (P.O. n. 14).

La unidad entre obispos y presbíteros no sólo es fundamental para que nuestro ministerio sea creíble, sino que también es fundamental para lograr nuestra paz interior. El Concilio nos invita evaluar muy sinceramente nuestra capacidad de vivir unidos en nuestras actividades pastorales: diocesanas, arciprestales, parroquiales.

Dios nos llama a vivir en coherencia personal. Debemos ser lo que aparentamos y a la inversa. “Pedro replicó: `Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti’. Jesús le contestó: ‘¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: No cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces” (Jn 13, 37-38).

Dios nos llama a la unidad presbiteral: “Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir” (1Cor 1,10).

Dios nos llama a la unidad teologal: “… hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud” (Ef 4, 13).

Oyendo el deseo de muchos de vosotros, también vuestros obispos deseamos:

  1. a) Vivir todos unidos. Que los fieles nos vean juntos compartiendo labores pastorales y el tiempo de ocio.
  2. b) Reconocer la importancia del arciprestazgo. Que se reconozca la función práctica del arcipreste (es evidente la teórica) a fin de evitar discusiones innecesarias por defecto o exceso en su tarea hacia el equipo.
  3. c) Fortalecer nuestra fraternidad. Que el cauce y la práctica de la fraternidad sea la lógica de la vida presbiteral. Debemos incidir en la convivencia entre los sacerdotes del arciprestazgo: encuentros informales, mostrar interés por las cuestiones humanas de nuestros compañeros; potenciar el clima de familia en la que se incluye a los padres, hermanos; planificar juntos los descansos, viajes o vacaciones. Que vivamos el arciprestazgo como escuela, fraternidad y taller. Como centro donde se cultiva la formación y la amistad pastoral (ayudas, sustituciones…).
  4. d) Apoyar y participar en todas aquellas actividades que fomenten la formación permanente del clero. Aceptamos que la práctica ministerial permite profundizar en aquellos aspectos que nos ayudan a crecer como personas y como servidores de la comunidad pero conviene mostrar interés por las iniciativas de formación que anualmente presenta la diócesis (teológicas, espirituales, culturales y pastorales) o que pueden aparecer por el impulso de otros sacerdotes.
  5. e) Insistir en la formación comunitaria de los seminaristas. Se debe potenciar en el Seminario la formación en el trabajo en común, tal vez en la línea de los equipos de pastoral. Cabría aquí agradecer la atención prestada por muchos sacerdotes a sus seminaristas y también recordar e insistir en la promoción y acompañamiento de los interesados en recorrer el camino vocacional. No es ésta una responsabilidad exclusiva de los formadores de los seminarios, nos corresponde a todos. Somos conscientes de las dificultades actuales con la consiguiente disminución de vocaciones; por ello debemos redoblar nuestro esfuerzo para presentar de forma explícita la grandeza y la belleza del sacerdocio. Nuestra adecuada y coherente forma de vivir producirá una atracción en los adolescentes y jóvenes que buscan ofrecerse en servicio a la comunidad.
  6. f) Atender a todos. Actuar de una manera especial a favor de los desmotivados, de los mayores y enfermos, acoger con buena disposición a los que se incorporan. Y esto es una tarea de todos.
  7. g) Ser incansables en nuestro ministerio. Las discusiones o posturas encontradas en el seno de los equipos sacerdotales no han de ser motivo de paralizar o dejar de realizar la actividad pastoral.
  8. h) Centrarnos en Jesucristo. La clave de nuestro ser y actuar radica en tomar conciencia de la centralidad de Jesucristo en nuestra vida sacerdotal.
  9. i) Acogernos mutuamente. Valoremos positivamente la atención creciente hacia los sacerdotes por parte de los obispos, y hacia los obispos por parte de los sacerdotes. Reforcemos las delegaciones del clero.
  10. j) Recuperar la oferta de presentar sacerdotes de referencia, especialmente para los más jóvenes, para el acompañamiento y dirección espiritual, para la confesión y para la consulta pastoral.

 

Tengamos presente la palabra del papa Francisco cuando, consciente de la realidad que se vive a veces entre los presbíteros, nos dice en su Carta Apostólica Evangelii Gaudium:

  • Necesitamos crear lugares donde regenerar la propia fe, compartir nuestras preguntas, discernir con criterios evangélicos la propia existencia y experiencia

(n. 77).

  • Lamentamos comprobar cómo incluso entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones… ¿Quiénes serán evangelizados con estos comportamientos? (n. 100).
  • No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno (n. 101).

 

5.3. Cercanía del Pastor

Los Padres conciliares del Vaticano II dieron inicio a la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, con estas palabras: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón… La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (n.1).

Y, en el Decreto “Sobre el Ministerio y Vida de los Presbíteros”, los Padres conciliares dejaron escrito: “Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y ordenación, son en realidad segregados, en cierto modo, en el seno del Pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena, ni podrían tampoco servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos” (n.3). “El deber de Pastor no se limita” (n.6).

Son dignas de consideración para todos nosotros, obispos y sacerdotes, las palabras de san Policarpo, Obispo de Esmirna, (s. II): “Los presbíteros deben ser compasivos, dados a la misericordia a favor de todos, corrigiendo a los errados, visitando todos los enfermos, sin descuidar la viuda, el huérfano o el pobre; deben ser solícitos en hacer el bien ante Dios y los hombres, absteniéndose de toda clase de ira, acepción de personas, juicio injusto, libres de avaricia, no dados fácilmente a las acusaciones contra alguien, no demasiado severos en el juicio, conscientes que todos somos deudores del pecado”.

Obispos y presbíteros somos pastores del Pueblo de Dios. Participando de la misma inquietud conciliar y de la constante tradición de la Iglesia, reconocemos:

  1. a) Nuestro deber en atender personalmente a los fieles. Existe hoy carencia del pastor en la atención personal a los fieles. Sin menoscabar otras iniciativas pastorales para el grupo o la comunidad, sería conveniente una planificación y una dedicación a personas concretas, colaboradores cercanos o solicitantes puntuales de servicios o consultas. Un lugar fundamental es el confesionario. Debemos encontrar tiempo para estar a la espera y propiciar el encuentro personal y para el regalo del perdón. Hay que recuperar la dirección espiritual, las conversaciones, las consultas,… debilitadas por las múltiples tareas a las que obliga la parroquia. Para conseguirlo, necesitamos coordinar funciones y delegar responsabilidades.
  2. b) La conciencia de la importancia que existe hoy en la cercanía afectiva del pastor a favor de todos. No son pocas las personas que esperan mucho de nuestras palabras, de nuestros alientos y de nuestras respuestas a los problemas y dificultades que encuentran en sus vidas. La actividad pastoral hacia lo general no debe desbordar ni agotar nuestra presencia como pastores.
  3. c) La necesidad de no caer en el pesimismo por la pérdida de fieles o por su progresivo envejecimiento. Tampoco debemos perder el ánimo dedicando, como pastores, todo nuestro potencial humano al servicio de los que llegan de nuevo o permanecen.
  4. d) La atención que merece todo el Pueblo de Dios, cercanos y alejados, con amabilidad y corrección. Nuestra actitud ha de ser de disponibilidad y serenidad. Desechemos el peligro del aislamiento en el despacho olvidando las necesidades de la feligresía y evitemos el nerviosismo por la aparente o real carga de trabajo. Debemos afrontar sin miedo el encuentro con los más alejados, sector actualmente mayoritario, y reto para la evangelización. Valentía, entusiasmo y humildad en el trato.
  5. e) El calor de la cercanía vivida al lado de un sacerdote, ilusionado y alegre en su ministerio, que sabe acoger y acompañar la respuesta a la llamada del Señor.
  6. f) El servicio que debemos vivir, Obispos y Vicarios, en el fortalecimiento de la autoestima del sacerdote. Nuestra cercanía y disponibilidad ha de ser total. A la intemperie social en la que están situados muchos sacerdotes no puede añadirse nuestro olvido o indiferencia.
  7. g) La incesante búsqueda de fraternidad que incansablemente debemos llevar a término entre nosotros.

 

A modo de conclusión

A nuestra confianza por la responsabilidad asumida en la vida y en el ministerio de todos los presbíteros se une nuestro agradecimiento por su constante búsqueda de la santidad y por el interés mostrado en todos ellos en dar buenos pastos al rebaño de Jesucristo. Esperamos que estas reflexiones de vuestros obispos que han recogido orientaciones de los teólogos y aportaciones de muchos compañeros, que como arciprestes, prestan el servicio de unidad en el interior de los equipos sacerdotales, sirvan para edificar nuestras comunidades diocesanas, para hacer visible la coordinación de nuestra Provincia y para ayudar a vivir con más coherencia nuestro ministerio.

Todo lo ponemos en manos de la Virgen María, madre de los sacerdotes, para que su cariño y acompañamiento nos sostengan y nos identifiquen más con su Hijo, el Buen y Único Pastor.

 

 

Valencia, 7 de marzo de 2015

Religiosidad popular y Evangelización. Orientaciones Pastorales de los obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina

 

La Iglesia es cada vez más consciente de la importancia y valores que tiene la llamada “religiosidad” o “piedad popular” en relación con el anuncio de Jesucristo[1]. Después de un tiempo en que vino a ser considerada como algo primitivo o como una manifestación menos pura de la fe, son muchos los que en nuestros días ponen de relieve su riqueza y su importancia para la transmisión de la misma. También el Magisterio de la Iglesia ha desarrollado desde el Concilio Vaticano II una rica reflexión sobre la religiosidad popular[2].

 

Entre nosotros la religiosidad popular tiene ricas y muy diversas manifestaciones. Nuestras reflexiones pretenden subrayar la importancia de esta piedad como medio para la evangelización. Ofrecemos estas orientaciones a los sacerdotes, a las cofradías y hermandades, a los agentes de pastoral y a las comunidades cristianas de nuestra tierra, con el fin de suscitar una reflexión sobre la religiosidad popular y promover una revalorización de la misma como medio de anuncio de Jesucristo.

 

  1. La religiosidad popular

 

La religiosidad popular es la expresión de la búsqueda de Dios y de la fe cristiana en cada pueblo de acuerdo con su idiosincrasia y su historia. “La religiosidad popular constituye una expresión de la fe, que se vale de los elementos culturales de un determinado ambiente, interpretando e interpelando la sensibilidad de los participantes, de manera viva y eficaz”[3].

 

La religiosidad surge de la apertura a la Trascendencia, a Dios, propia de toda persona humana. Pablo VI escribió que la religiosidad popular es una “expresión particular de búsqueda de Dios y de la fe”[4] y que “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer”[5]. En el ser humano y en los pueblos existe un hondo sentido de lo sagrado, que se expresa de diversas maneras.

 

La religiosidad popular de nuestros pueblos tiene profundas raíces cristianas. Es una religiosidad con la que se expresan unas creencias y unas actitudes propias de la fe en Jesucristo. En su origen, la religiosidad popular es una expresión pública y compartida de la fe cristiana. Mediante ella nuestro pueblo cristiano –especialmente la gente sencilla- vive y expresa su relación con Dios, con la Santísima Virgen y con los Santos.

 

Esta religiosidad se manifiesta de modo particular en cada pueblo de acuerdo con su propia idiosincrasia y con su historia. La fe cristiana ha suscitado en cada pueblo y cultura numerosas manifestaciones de la fe y del culto a Dios que responden a sus vivencias y a su cultura propia. En estas formas de religiosidad o piedad se muestra la historia y la manera de pensar y sentir del pueblo cristiano. La llamamos “popular” porque mediante ella el pueblo de Dios expresa su fe según los rasgos de la cultura propia de cada lugar.

 

Como explica el Catecismo de la Iglesia Católica: “El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia: tales como la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el viacrucis, las danzas religiosas, el rosario, las medallas, etc.”[6].

 

La religiosidad popular tiene una dimensión personal y otra comunitaria. Abarca el modo personal de relacionarse con Dios, la Santísima Virgen y con los santos. Pero tiene también una muy importante dimensión comunitaria. Quienes participan en estas manifestaciones de fe se sienten actores y protagonistas de las mismas. Por eso una característica de la religiosidad popular es que resulta muy participativa. En ella intervienen, además, tanto sacerdotes como religiosos o fieles laicos.

 

La religiosidad tiene sus propios lenguajes y maneras de expresión, mucho más en la línea de lo simbólico y lo intuitivo que en la de lo discursivo y racional. Recurre con frecuencia a ritos, imágenes, signos visibles y gestos corpóreos, involucrando a toda la persona. Habla el “lenguaje del corazón”. “A través de ella, la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común. Por eso, la piedad popular es un gran patrimonio de la Iglesia. La fe se ha hecho carne y sangre”[7].

 

La fuente de la piedad popular se encuentra en la presencia viva y activa del Espíritu de Dios en el organismo eclesial. Las formas auténticas de piedad popular son fruto del Espíritu Santo y deben ser consideradas como expresiones de la piedad de la Iglesia[8].

Por último, conviene tener en cuenta que la religiosidad popular es una realidad en evolución. Cambian las culturas y, del mismo modo, también las manifestaciones de la religiosidad popular van cambiando y adaptándose a las nuevas sensibilidades. Como ha subrayado el Papa Francisco, “se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el protagonista principal”[9].

 

  1. Las expresiones de religiosidad popular en nuestra tierra

 

La religiosidad popular es una realidad viva entre nosotros que, en muchos casos, ha experimentado un auge en los últimos años. Las manifestaciones de esta religiosidad tienen una enorme importancia tanto cuantitativa como significativa. Cuantitativamente, porque tienen una enorme capacidad de convocatoria e involucran a muchas personas. Significativamente porque son percibidas como expresiones profundamente ligadas a la cultura y señas de identidad de nuestros pueblos.

 

En nuestra tierra valenciana y balear existe una gran riqueza de manifestaciones de religiosidad popular.

 

  1. a) Somos un pueblo con un gran sentido de la fiesta y de lo festivo. La gente de nuestros pueblos y ciudades vive con intensidad los tiempos de fiesta como momentos de descanso, de convivencia y de celebración. Estas fiestas están generalmente vinculadas a la tradición religiosa y constituyen una expresión singular de la religiosidad de nuestro pueblo. Las fiestas patronales son momentos de rica vivencia y expresión de la fe. La música, la pólvora y el fuego son elementos indispensables de nuestra fiesta que no sólo sirven como expresión de júbilo, sino que también tienen en muchos lugares un sentido religioso.

 

  1. b) El principal destinatario de la religiosidad de nuestros pueblos es Jesucristo, contemplado en los distintos misterios de su vida.
  • La celebración de su Navidad resulta particularmente intensa y se encuentra cargada de celebraciones populares que expresan la fe en el misterio del Dios hecho hombre. En torno al misterio de Navidad florecen toda una serie de ricas expresiones de piedad popular (belenes, villancicos, “pastorets”, cabalgata de reyes, costumbres, comidas, etc.)
  • La celebración de la Pasión y Muerte del Señor cobra una especial relevancia en la Cuaresma y Semana Santa, tan rica y tan diversa en nuestros pueblos. Pero también muchos de nuestros pueblos veneran al “santo Cristo” bajo muy variadas advocaciones, a “nuestro Padre Jesús” o, de modo singular, la “santa Faz” y el “santo Cáliz”.
  • No se olvida la celebración de su Resurrección, generalmente unida a la felicitación a santa María por la alegría pascual. Son frecuentes en la mañana de Pascua “procesiones del encuentro” que expresan singularmente la alegría de ese día, que queda resaltada también por las comidas propias de estos días (“mona”).
  • La devoción a la Eucaristía tiene un singular arraigo entre nosotros, con grandes maestros espirituales como San Pascual Baylón y San Juan de Ribera. Nuestro pueblo vive con especial solemnidad la fiesta del Corpus Christi. Es también costumbre en algunos lugares hacer procesión con el Santísimo Sacramento en la mañana de Pascua y para dar la comunión a los enfermos en el día de San Vicente.

 

  1. c) En nuestras diócesis florece una tierna y profunda devoción a Santa María, la “Mare de Déu”, invocada frecuentemente por nuestras gentes con diversas advocaciones. Las fiestas y los tiempos marianos son vividos con particular intensidad. Novenas, procesiones, gozos, himnos y representaciones se realizan en nuestros pueblos en honor a la Virgen Santísima.

 

  1. d) También son objeto de devoción los ángeles y los santos, particularmente aquellos que han nacido o vivido en nuestras tierras así como los santos patronos de las diversas poblaciones. Imágenes, reliquias, estampas, novenas, cantos (“gozos”), procesiones y libros piadosos sirven para dar a conocer e incrementar la devoción a estos intercesores.

 

  1. e) Esta religiosidad está vinculada a algunos lugares santos. La geografía de nuestra tierra está poblada de Ermitas y Santuarios, verdaderos centros de piedad y devoción. También son lugares de peregrinación algunos monasterios, en los que los fieles buscan el encuentro con Dios. Así mismo, los lugares vinculados a la vida de los santos de nuestra tierra (casas natales, conventos, cuevas, etc.) son objeto de particular piedad.

 

  1. f) Igualmente se desarrollan prácticas de religiosidad popular vinculadas a la oración por los difuntos. Resulta destacable la costumbre de visitar los cementerios, así como la realización de “rezos” y sufragios por los difuntos.

 

  1. g) Muchas personas viven su religiosidad con el rezo, la ofrenda de unas flores, el encendido de una vela, la realización de una promesa, el esfuerzo de llevar un paso procesional o de peregrinar a un lugar. En el ámbito personal y comunitario, gozan de gran extensión entre los fieles el rezo del Santo Rosario, del Ángelus y el Ejercicio del Vía Crucis.

 

  1. h) Para promover esta gran variedad de actividades existen en nuestra tierra numerosas cofradías, hermandades, mayordomías y asociaciones. A la gente de nuestra tierra le gusta participar en la organización y sostenimiento de la fiesta.

 

Estas manifestaciones de religiosidad popular son un tesoro que debemos conservar. Algunas de ellas son reconocidas también como fenómenos de interés turístico o como parte del patrimonio inmaterial de la humanidad[10]. Pero son, ante todo, manifestaciones de la fe y devoción de un pueblo.

 

Invitamos a conocerlas con más profundidad, intentando percibir su núcleo original cristiano, sus dimensiones interiores, las motivaciones, comportamientos y valores que estas manifestaciones encierran. Es tarea propia de los Obispos valorar la piedad popular, animando y promoviendo aquellos aspectos que ayuden a la vida cristiana de los fieles y, cuando sea necesario, invitando a la purificación de estas prácticas[11]. Es nuestro deseo que esta religiosidad popular sea más conocida y mejor valorada, para que pueda ser instrumento para la evangelización.

 

  1. La religiosidad popular como espacio de encuentro con Jesucristo

 

En la Exhortación Evangelii gaudium el Papa Francisco ofrece un criterio muy valioso para entender esta realidad: “hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar”[12]. Nuestra actitud ante la religiosidad popular no puede ser la de quien mira desde la distancia y juzga con dureza una realidad que le es ajena: “sólo desde la connaturalidad que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres”[13]. Sólo la mirada de fe, penetrada de amor, conoce la riqueza teologal de la religiosidad popular.

 

El Concilio Vaticano II ofreció también otro criterio que es importante tener en cuenta: “La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia: por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos”[14]. En la Iglesia hay diversidad de ritos, de tradiciones y de costumbres que no son una amenaza para su unidad sino una gran riqueza. Mediante ellas los fieles ejercen su sacerdocio dentro de la comunión eclesial.

 

La mirada del pastor nos hace comprender la riqueza que tiene esta religiosidad, que ha dado abundantes frutos de santidad. La religiosidad popular es un modo legítimo en el que muchos fieles viven su vida teologal. El rezo del rosario de una madre junto a su hijo enfermo, el encendido de una vela en casa pidiendo ayuda a la Virgen o la mirada amorosa a Cristo crucificado pueden conducir a una profundidad de vida cristiana incluso a personas que no saben “hilvanar las proposiciones del Credo”[15].

 

Por su parte, la falta de consideración o estima de la piedad popular procede, en muchas ocasiones, de prejuicios ideológicos realizados en nombre de una presunta “pureza” de la fe. No tiene en cuenta que la religiosidad popular también es una realidad promovida y sostenida por el Espíritu Santo y no considera suficientemente los frutos de gracia y santidad que ha producido en la Iglesia[16].

 

Por eso debemos promover y proteger la piedad popular en cuanto espacio de encuentro con Jesucristo. Estos son algunos de sus valores:

 

  1. a) La religiosidad popular es una verdadera experiencia de fe. Es una forma legítima de vivir la fe. Es un error considerar “religiosidad popular” sólo a las manifestaciones externas de la misma. Para valorarla adecuadamente es preciso “saber percibir sus dimensiones interiores”[17]. Detrás de los ritos, los símbolos y la estética que utilizan, hay una experiencia de fe.

 

  1. b) La piedad popular muestra un sentido casi innato de lo sagrado y de lo trascendente. Manifiesta una auténtica sed de Dios y capta de modo especial algunos atributos divinos como su paternidad, su providencia, su presencia amorosa y su misericordia[18].

 

  1. c) La religiosidad popular guarda sentido de la propia historia, que lee como historia de salvación. Para la piedad popular Dios se mantiene activo, interviniendo en la vida de las personas y de los pueblos. La fiesta rememora y celebra esas intervenciones de Dios en la historia de nuestro pueblo. En los lugares vinculados a estas acciones salvadoras de Dios, las gentes establecen iglesias y santuarios.

 

  1. d) La piedad popular penetra delicadamente en la existencia de cada fiel, como dice el documento de Aparecida: “En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un Padrenuestro musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al Cielo, en medio de una sencilla alegría”[19].

 

  1. e) Los documentos del Magisterio ponen de relieve las actitudes interiores y algunas virtudes que la piedad popular valora particularmente, sugiere y alimenta: la paciencia; el abandono confiando en Dios; la capacidad de sufrir y de percibir el sentido de la cruz en la vida cotidiana; el deseo sincero de agradar al Señor, de reparar por las ofensas cometidas contra Él y de hacer penitencia; el desapego respecto a las cosas materiales; la solidaridad y la apertura a los otros, el sentido de amistad, de caridad y de unión familiar[20].

 

Todo ello hace que la religiosidad popular sea espacio para el encuentro con Cristo de muchas personas. Hay que tener presente que para muchas personas alejadas de la práctica de la fe cristiana la religiosidad popular es la única experiencia religiosa que les resulta “próxima”. Explica Pablo VI: “Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser cada vez más, para nuestras masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo”[21].

 

  1. La fuerza evangelizadora de la religiosidad popular

Debemos reconocer la piedad popular como “expresión de la acción misionera espontánea del pueblo de Dios”[22]. En la piedad popular encontramos las expresiones del anuncio misionero connatural o espontáneo al pueblo cristiano. Ese anuncio misionero dimana con naturalidad de las gentes de la piedad popular. En ella, con la diversidad de formas, se manifiesta la actuación de anuncio del Evangelio, que brota connaturalmente del pueblo de Dios.

 

Como advierte el Directorio para la piedad popular, ésta constituye un “imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda”[23]. Entre sus valores, en relación con la evangelización, están los siguientes:

 

  1. a) La religiosidad popular es una ocasión de socialización (encuentro, convivencia, unión, asociación, participación, conciencia de pertenencia…) y de expresión de la dimensión festiva de la fe. La fe es una experiencia gozosa de comunión con Jesucristo resucitado que se vive en el seno del Pueblo de Dios. Todo aquello que exprese y eduque la dimensión comunitaria y festiva del hombre es una ayuda al anuncio y vivencia de la fe cristiana.

 

  1. b) La religiosidad popular desarrolla las dimensiones simbólica y estética de la vida, necesarias para una vida plenamente humana y necesaria para la comprensión y transmisión de la fe de la Iglesia. Educar en la dimensión simbólica del ser humano capacita para comprender nuestra fe.

 

  1. c) La religiosidad popular sabe conectar con las personas cuando viven experiencias fuertes de dolor, duda, gozo, fracaso, debilidad o gratitud. Estos momentos singulares cuestionan muchas cosas de la propia vida y pueden abrir a la pregunta por el sentido y la búsqueda de la trascendencia. La fuerza evangelizadora de esta religiosidad reside también en el hecho de que conecta con las experiencias primordiales de la vida (engendrar y dar a luz, casarse, etapas en el crecimiento de la prole, sufrir, morir….).

 

  1. d) La religiosidad popular recuerda de modo claro que el ser humano es naturalmente religioso, que tiene sed de Dios y necesita creer, aspira a comunicarse con lo trascendente. Esto tiene un valor especial en el contexto de la secularización y de la pérdida del sentido de Dios en las sociedades contemporáneas. Los fenómenos de religiosidad popular siguen recordando y, muchas veces, ayudando a reavivar que el ser humano es deseo de Dios.

 

  1. e) Hay una gran riqueza expresiva en la piedad popular, que bien puede contribuir a la evangelización. La religiosidad popular recurre a la narración, al canto, a la imagen religiosa y a la procesión para transmitir la fe, haciendo catequesis y, a la vez, celebrando la fe. Tienen gran importancia los elementos simbólicos y estéticos, que ayudan a la transmisión de la fe. Fomenta también valores evangélicos como el perdón, la generosidad, el sacrificio, el respeto a Dios, el silencio, el servicio, la colaboración, la amistad o el compartir.

 

  1. f) La religiosidad popular es una auténtica catequesis que pone la fe cristiana al alcance de muchas personas. De un modo plástico ayuda a transmitir los principales misterios de la vida de Cristo y de Santa María, así como el conocimiento de algunos santos más populares. Quien sabe leer las formas de religiosidad popular, aprenderá mucho de ellas, porque nos enseñan mucho: sobre Dios y sus atributos; sobre Cristo y sus misterios sobre todo de dolor; sobre la presencia y acción del Espíritu Santo, que habita en los sencillos y los pobres; sobre la Virgen María, la humilde esclava del Señor; sobre la intercesión de los santos en el camino difícil de la vida en la tierra; sobre la Iglesia como instrumento de Cristo en orden a la gracia y la salvación; sobre el perdón de los pecados y la gracia del Dios misericordioso y sobre la vida eterna. Para el que “sabe leerlas son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar en la nueva evangelización”[24].

 

  1. g) La religiosidad popular es una manera de expresar la identidad de un pueblo, que se halla vinculada a la fe cristiana. Las prácticas de esta religiosidad pueden ayudar a que nuestros pueblos recobren sus raíces religiosas. Las diversas manifestaciones de la piedad popular sirven para expresar el “alma” de un pueblo. Todas ellas generan sentimientos de pertenencia, de identidad y de cohesión. Las prácticas de religiosidad popular nos hacen conectar con lo que hemos recibido de los mayores, con la tradición, como medio en el que podemos desarrollarnos y crecer como seres humanos.

 

  1. h) La piedad popular es fe inculturada. Uno de los mayores valores de la religiosidad popular reside en que es una expresión de la fe en la propia cultura, con el lenguaje, los símbolos y los gestos del entorno cultural. Como subrayó San Juan Pablo II, “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada y fielmente vivida”[25]. Cuando la fe se ha hecho cultura, tiene mayor capacidad de penetrar en la vida de los pueblos.

La religiosidad popular es una forma básica de inculturación de la fe. “La religión es también memoria y tradición, y la piedad popular sigue siendo una de las mayores expresiones de una verdadera inculturación de la fe, pues en ella se armonizan la fe y la liturgia, el sentimiento y las artes, y se afianza la conciencia de la propia identidad en las tradiciones locales”[26]. Ha recordado Evangelii gaudium: “En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo”[27].

 

  1. j) La religiosidad popular está protagonizada y animada en la mayoría de los casos por laicos, que están llamados a ser protagonistas insustituibles de la nueva evangelización. Debemos valorar, respetar y promover que sean los laicos quienes intervengan como actores en la vida de la Iglesia. Generalmente se trata de laicos organizados en asociaciones de fieles (Cofradías, Hermandades, Mayordomías, sociedades), lo que les abre un importante espacio en la vida de la Iglesia.

 

  1. k) La religiosidad popular es expresión pública y compartida de la fe cristiana. Reivindica que lo religioso no puede ser reducido al ámbito de lo privado, de la intimidad de las personas. La fe necesita expresarse públicamente.

 

  1. l) La piedad popular ha sido, en muchas ocasiones un medio providencial para la conservación y transmisión de la fe. A través de las prácticas de piedad popular muchos cristianos han mantenido y expresado su fe. La transmisión de padres a hijos de estas formas de religiosidad conlleva la transmisión de los principios cristianos[28].

 

Las riquezas expresivas y el carácter inculturado de la religiosidad popular facilitan la evangelización. Esta religiosidad llega a los fieles y tiene una gran capacidad de convocatoria porque habla en su lenguaje y de un modo que toca su corazón y puede ser oportunidad para el anuncio del Evangelio. Por otra parte, cuando se abandonan las manifestaciones de piedad popular, se dejan vacíos que no son siempre colmados[29].

 

En el ambiente de secularización que vivimos, la religiosidad popular es una manera extraordinaria de vivir y de transmitir la fe. En nuestro tiempo puede ser un medio providencial para que muchos hombres y mujeres perseveren en la fe. En la piedad popular “subyace una fuerza evangelizadora que no podemos menospreciar”[30], porque en ella se da una “riqueza evangélica”[31]. En la Exhortación Evangelii gaudium se contiene una importante llamada: “¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!”[32]. Es necesario apostar por la fuerza misionera de la religiosidad popular e impulsarla en todas sus formas.

 

  1. Evangelizar la religiosidad popular

Aun teniendo en cuenta todos sus valores, la piedad popular tiene sus límites. Necesita también ser evangelizada, “para que la fe que expresa, llegue a ser un acto cada vez más maduro y auténtico”[33]. Como todas las realidades cristianas, las manifestaciones religiosas populares no están exentas de errores y desviaciones, por lo que requieren siempre ser evangelizadas.

 

“Purificar y catequizar las expresiones de la piedad popular puede, en algunas regiones, convertirse en un elemento decisivo para evangelizar en profundidad, mantener y desarrollar una verdadera conciencia comunitaria en el compartir la misma fe, especialmente a través de las manifestaciones religiosas del pueblo de Dios, como las grandes celebraciones festivas (cf. Lumen Gentium, n. 67)”[34].

 

Proponemos algunas líneas de trabajo con el mundo de la religiosidad popular.

 

5.1. Suscitar la experiencia de fe

En el origen de la religiosidad popular está la experiencia de fe, que fue expresada en el lenguaje de un pueblo. Nosotros nos encontramos hoy con las expresiones de la fe y tenemos el reto de que, a partir de ellas, pueda rebrotar la experiencia de fe que les dio origen.

 

Por eso es de suma importancia cuidar las actitudes internas, las motivaciones y convicciones que subyacen a estas manifestaciones populares de fe para que puedan seguir siendo lugar de encuentro con Cristo. El Catecismo de la Iglesia habla de “hacerlas progresar en el conocimiento del misterio de Cristo”[35].

 

Por otra parte, en las manifestaciones de religiosidad popular se aúnan muchas dimensiones importantes: estéticas, culturales, históricas, folklóricas, artísticas… Se da en ellas un riesgo permanente de reducir estas manifestaciones a alguno de los mencionados aspectos. Para salvar este peligro, debemos insistir en la motivación religiosa en su raíz y origen, que es alma de toda la piedad popular.

 

5.2. Sentir con la Iglesia

Esta experiencia de fe siempre acontece en el seno de la Iglesia. En la religiosidad popular se da el peligro de sobrevalorar los aspectos subjetivos de la experiencia religiosa (sentimientos, gustos, emociones,…) en detrimento de los elementos objetivos del encuentro con Cristo (la Iglesia, los sacramentos, la Palabra, los pobres, el mundo, los signos de los tiempos). Se detecta, en muchas ocasiones, una insuficiente conciencia de participar en la expresión de la fe de la comunidad eclesial.

 

Es conveniente, por ello, fomentar todas las acciones que promuevan la pertenencia eclesial:

 

  1. a) Integrar la religiosidad popular en la vida de las parroquias, que son “presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración”[36]. Es conveniente tener en cuenta en las programaciones pastorales la realidad de la religiosidad popular, evitando su aislamiento y favoreciendo su relación con otras realidades pastorales de la Iglesia.

 

  1. b) Garantizar que las cofradías o hermandades que promueven acciones de religiosidad popular sean constituidas como asociaciones de fieles, de acuerdo con el derecho canónico. Las cofradías no son sociedades filantrópicas o culturales, sino una asociación de fieles cristianos que pretenden vivir su fe en comunión con la Iglesia.

Es importante acogerlas en la vida de las parroquias, dándoles cabida en los consejos parroquiales de pastoral e integrándolas en la vida de la comunidad cristiana. También es oportuno garantizar consiliarios que no sean sólo nominales sino que ejerzan su función en la educación de la fe, cuidando la celebración del culto y promoviendo las acciones caritativas.

 

5.3. Compromiso de vida

La tendencia a separar fe y vida, que se detecta de modo general en muchos de nuestros cristianos, está presente también en la religiosidad popular. Lo cristiano no es vivido en la totalidad de la vida, sino que queda concentrado en ciertos momentos o en algunas facetas de la vida. Frente a la tentación de separar lo cultural del compromiso de vida, hay que recordar que el culto que agrada a Dios es el que genera una transformación de toda la persona.

 

5.4. Espíritu misionero

La religiosidad popular tiene la importante misión de realizar el anuncio de Jesucristo facilitando la síntesis de la fe con las culturas de los pueblos. Tiene una gran fuerza porque con sus acciones, símbolos y con los sentimientos que genera es capaz de alcanzar a los más sencillos. Pero corre el peligro de perder de vista la meta potenciando otros aspectos de la religiosidad popular (culturales, turísticos, estéticos, etc.) y olvidando el espíritu misionero.

A los cofrades, decía el Papa Francisco: “sed también vosotros auténticos evangelizadores. Que vuestras iniciativas sean ‘puentes’, senderos para llevar a Cristo, para caminar con Él”[37].

 

5.5. Diálogo con otros creyentes y con los no creyentes

Finalmente, subrayamos la necesidad de mantener un espíritu de diálogo. Muchas manifestaciones de la religiosidad popular surgieron en unos momentos en que se daba un predominio de la religión católica en la sociedad. Nuestra sociedad valenciana y balear es cada vez más intercultural, más plural, con presencia de muchas personas que no creen en Dios o que practican otra religión. Hemos de vivir las diferentes expresiones de religiosidad popular en este nuevo clima cultural.

 

  1. a) Esto significa, en primer lugar, respeto por el que piensa de modo distinto, por quienes no han recibido el don de la fe. En muchos casos, exige una adaptación de estas manifestaciones religiosas al contexto de nuestras sociedades plurales.
  2. b) Potenciar los aspectos ecuménicos y facilitar el diálogo con otros cristianos.

 

  1. c) Apertura al diálogo interreligioso.

 

  1. La necesidad de acompañar pastoralmente la religiosidad popular

La tarea de purificar y acompañar la religiosidad popular sólo puede ser realizada con mirada y corazón de “pastor” y, por ello, desde un profundo respeto y “con una paciencia grande y con prudente tolerancia, inspirándose en la metodología que ha seguido la Iglesia a lo largo de la historia”[38]. Hemos de confesar que muchas veces los pastores hemos abandonado o marginado las manifestaciones de religiosidad popular, al considerarlas una expresión inmadura de la fe. Debemos acercarnos a la religiosidad popular con sumo respeto. Es necesaria una actitud de cercanía para poder acompañar, de disposición al diálogo, de paciencia y de humildad.

 

Es también necesario el mejor conocimiento de la misma. Invitamos a los sacerdotes y a los agentes de pastoral a conocer y profundizar en la religiosidad popular de nuestros pueblos, a la luz de los documentos de la Iglesia sobre este tema.

 

Por otra parte, el acompañamiento del pastor tiene que incidir especialmente en las actitudes y motivaciones que subyacen a las manifestaciones de religiosidad. Nos equivocamos cuando pretendemos cambiar las prácticas de nuestro pueblo. Lo importante no es cambiar los ritos o prácticas sino darles un sentido.

 

La acción pastoral de la Iglesia tiene como objetivo acompañar en la fe y educar en la fe con el fin de alimentar y fortalecer la comunión eclesial e incorporar a la persona a la tarea evangelizadora de la Iglesia. Esta acción pastoral se realiza principalmente a través del ministerio de la palabra, de la liturgia y de la caridad.

 

6.1. Educación en la fe

En las manifestaciones de religiosidad popular se expresa una auténtica vivencia de la fe, la cual requiere, sin embargo, ser educada para que sea fortalecida y para evitar los peligros que la acechan (subjetivismo excesivo, sincretismo, falta de conciencia de Iglesia, etc.). Es necesario, por ello, esforzarse por formar a los protagonistas de las manifestaciones de religiosidad popular (cofradías, mayordomías, belenistas, asociaciones festeras, etc.). Según la situación y las oportunidades se ofrecerán catequesis sistemáticas, de iniciación cristiana, de formación permanente o catequesis ocasionales. El objetivo es ofrecer una formación cristiana integral que abarque todos los aspectos de la vida cristiana. Debe ser, por ello, una formación humana, espiritual, doctrinal y pastoral.

 

Hemos dicho que la religiosidad popular es ya, en sí misma, una catequesis para el pueblo. Conviene, sin embargo, prolongar esa catequesis, propiciando una viva, explícita y operante profesión de fe. Se trata de conducir hacia la madurez en la fe a quienes participan en los actos de religiosidad popular.

 

Por otra parte, en ocasiones, las expresiones de religiosidad popular aparecen contaminadas con elementos no coherentes con la doctrina católica. “En estos casos, dichas manifestaciones han de ser purificadas con prudencia y paciencia, por medio de contactos con los responsables y una catequesis atenta y respetuosa, a no ser que incongruencias radicales hagan necesarias medidas claras e inmediatas”[39].

 

  1. a) Proponer a las delegaciones diocesanas, a las parroquias y a las propias Cofradías que elaboren planes de formación-catequesis para los actores de la religiosidad popular. El objetivo es ayudar a personalizar la fe y a vivir en el seno de la Iglesia.

 

  1. b) Esta formación es necesaria, especialmente para aquellas personas que ocupan puestos directivos y de gobierno en las actividades de religiosidad popular. Debemos conseguir que las cofradías, mayordomías y asociaciones se sientan responsables de la formación cristiana de sus miembros y sitúen la formación entre los objetivos prioritarios.

 

  1. c) Muchas veces esta educación tendrá rasgos de “primer anuncio”, requiriendo el anuncio explícito de Jesucristo, porque aunque todas las personas que viven la religiosidad popular han sido bautizadas, muchas han perdido el sentido de su fe y necesitan escuchar de nuevo la Buena Noticia que es Jesucristo (el kerigma).

 

  1. d) Educar en la centralidad de Cristo. En ocasiones se otorga un culto desproporcionado a la Madre de Dios y los santos, perdiendo el sentido de la centralidad de Cristo.

 

  1. e) Facilitar el contacto directo con la Sagrada Escritura. Hay que poner la Biblia en las manos y el corazón del pueblo, uniendo más Palabra de Dios y religiosidad popular y cuidando la inspiración bíblica de lo que se haga.

 

  1. f) Es preciso estar atento para evitar que en la religiosidad popular se insinúen nociones contrarias a la fe o se abra la puerta a expresiones contaminadas de sincretismo[40].

 

Muchos actos propios de la religiosidad popular pueden servir para educar en la fe a los participantes (novenas, triduos, vigilias, predicación de las fiestas, etc.). Pero sería conveniente, además, programar momentos específicos de formación y catequesis que ayuden, sobre todo a los agentes de esta religiosidad, a vivirla como auténtica experiencia de fe.

 

6.2. Piedad popular y liturgia

Entre la liturgia y la piedad popular debe existir una relación armónica, sin olvidar que la primera tiene la primacía sobre la segunda. El Directorio para la piedad popular y la liturgia contiene preciosas indicaciones y establece los principios básicos de la relación entre ambas:

 

  1. a) Nada iguala a la sagrada liturgia, que es “la fuente primaria y necesaria de la que han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano”[41]. Por eso, mientras que las acciones sacramentales son necesarias para vivir en Cristo, las formas de piedad popular pertenecen al ámbito de lo facultativo[42].

 

  1. b) Debe mantenerse la distinción entre liturgia y piedad popular. No es oportuno superponer una a otra, ni mezclar las fórmulas propias de ejercicios de piedad con las acciones litúrgicas[43].

 

  1. c) La piedad popular encuentra en la liturgia su culmen y complemento, por lo que sus manifestaciones han de ordenarse a la liturgia. Las prácticas de piedad popular no pueden ir en detrimento de la liturgia ni conducir a la desvalorización de la misma[44].

 

  1. d) Liturgia y piedad popular son dos expresiones legítimas del culto cristiano. No se deben oponer ni equiparar, pero sí armonizar. La relación entre ambas puede ser fecunda: “la Liturgia deberá constituir el punto de referencia para encauzar con lucidez y prudencia los anhelos de oración y de vida carismática que aparecen en la piedad popular; por su parte la piedad popular, con sus valores simbólicos y expresivos, podrá aportar a la Liturgia algunas referencias para una verdadera inculturación, y estímulos para un dinamismo creador eficaz”[45].

 

A la luz de estos principios proponemos algunas acciones:

 

  1. a) La religiosidad popular se expresa en los ejercicios de piedad, a través de los cuales Dios es glorificado y el hombre alcanza provecho espiritual e impulso para vivir su vida cristiana. Estos ejercicios deben, en la medida de lo posible, armonizarse con los ritmos y exigencias de la liturgia. Es conveniente renovarlos acentuando su sentido bíblico, la inspiración litúrgica y el aspecto ecuménico[46]. Debe también revisarse el lenguaje que se usa, en ocasiones hiperbólico y desfasado, pero siempre respetando la cultura y el estilo de expresión del pueblo al que se dirigen.

 

  1. b) Invitar a vivir con autenticidad esta religiosidad popular. Evitar la concepción utilitarista de estas formas de piedad. También el riesgo de que todo quede en lo externo, en gestos y signos espectaculares pero que no suponen verdadera conversión interior.

 

  1. c) Es preciso, también, que la piedad popular se fortalezca en su conciencia de la referencia a la Santísima Trinidad. Ciertamente la piedad popular es muy sensible al misterio de la paternidad de Dios y se detiene también con gusto en la figura de Cristo Salvador, pero le falta mostrar con más claridad la persona y acción del Espíritu Santo. Es necesario también que ponga de manifiesto no sólo la humanidad sufriente del Salvador, sino también su Resurrección gloriosa[47].

 

  1. d) También debe darse un equilibrio entre el misterio de Cristo, la conmemoración de la Virgen María y los santos. Este equilibrio incluye una correcta jerarquización de los diversos aspectos del misterio. En el misterio de Cristo, la Pascua debe ser el auténtico centro. Se detecta en la piedad popular una presencia insuficiente del significado salvífico de la Resurrección del Señor.

 

  1. e) Hay que poner la religiosidad popular en relación con los sacramentos y, en especial, con la reconciliación y con la Eucaristía. La devoción a Cristo tiene que conducir a la conversión y a la participación plena y consciente en la Eucaristía.

 

  1. f) Por su misma naturaleza, la piedad popular requiere una expresión artística. Los responsables de la pastoral habrán de alentar la creación en todos los campos: ritos, música, cantos, artes decorativas,… y velarán por su buena calidad cultural y religiosa[48].

 

6.3. El servicio de la caridad

La diaconía con los pobres pertenece de manera especial a la misión de la Iglesia y se manifiesta en una solidaridad activa, atenta a las necesidades del ser humano. Para no quedar en acciones meramente rituales externas, las prácticas de religiosidad popular deben conducir a incrementar el amor a Dios y al prójimo.

 

Cuando se acentúan los aspectos subjetivos y sentimentales de la fe, perdiendo de vista la promoción social, no estamos ante una auténtica forma de piedad popular[49]. Por eso es importante vincular cada vez más las expresiones de la religiosidad popular con actos y actitudes de solidaridad con los que sufren.

 

En la mejor tradición de muchas Cofradías y Asociaciones que promueven la religiosidad popular se da una vinculación del culto con la caridad. Son muchas las que realizan diversas obras de caridad, especialmente entre sus miembros, aunque el fin principal para el que nacieron no fuera éste.

 

  1. a) Resulta aconsejable, que la religiosidad popular genere algún tipo de acción caritativa y de promoción social.

 

  1. b) Debe fomentarse, también, que las mismas prácticas de religiosidad popular sean realizadas con dignidad pero de modo austero, sin lujos, despilfarro y ostentación, que son ajenos al auténtico culto cristiano.

 

Todo este acompañamiento pastoral de la religiosidad popular requiere personas dedicadas a ello, tanto sacerdotes como personas consagradas y fieles laicos. Debemos apostar por ello sensibilizando a los párrocos sobre la importancia de atender la piedad popular y dedicando personas a esta tarea específica.

 

Conclusión

La piedad popular supone una fe sencilla y encarnada mediante la cual se rinde culto a Dios y se vive y expresa la propia fe de manera concreta. Esta vivencia y expresión de la fe alcanza a nuestros pueblos y llega especialmente a los más pequeños. Purificada y evangelizada es cauce precioso de vida en Cristo y tiene una gran fuerza evangelizadora.

 

Así se lo pedimos a Dios, por intercesión de la Virgen María, Madre de Misericordia, para que de este modo, entre todos, cuidemos debidamente la riqueza de la piedad popular largamente atesorada, durante siglos, en la entraña creyente de nuestros pueblos, de nuestras comunidades cristianas.

 

Con ese deseo y súplica ponemos en manos de los sacerdotes, religiosos y fieles de nuestras diócesis, estas orientaciones pastorales, junto con nuestro afecto y bendición para todos.

 

Valencia, 9 de febrero de 2016

Año Jubilar de la Misericordia

 

+Antonio, Cardenal Arzobispo de Valencia

+Jesús, Obispo de Orihuela – Alicante

+Javier, Obispo de Mallorca

+Casimiro, Obispo de Segorbe – Castellón

+Vicente, Obispo de Ibiza

Gerard, Administrador diocesano de Menorca

 

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TABLA DE ABREVIATURAS

 

DPPL   CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y DISCIPLINA DE LOS

SACRAMENTOS, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17 diciembre           2011).

EG        FRANCISCO, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013).

EN        PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975).

PPC     PONTIFICIO CONSEJO PARA LA CULTURA, Para una pastoral de la cultura        (23 mayo 1999).

SC       CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum Concilium (4 diciembre 1963).

 

 

[1]    En este documento usamos como sinónimos los términos “religiosidad” y “piedad” popular. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia distingue estos términos designando como “piedad popular” las manifestaciones cultuales en el ámbito de la fe cristiana (n. 9) y como “religiosidad popular” las manifestaciones universales de la dimensión religiosa. Sin embargo, en nuestras tierras la “religiosidad” está siempre impregnada de elementos cristianos, por lo que los expertos suelen usar de modo indistinto los términos “religiosidad” y “piedad popular”.

[2]    Destacamos PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), n. 48; COMISIÓN EPISCOPAL DE LITURGIA, Evangelización y renovación de la piedad popular (1 noviembre 1987); CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17 diciembre 2011); BENEDICTO XVI, Discurso a la confederación de cofradías de las diócesis de Italia (10/11/2007); FRANCISCO, Homilía en la Santa Misa con ocasión de la Jornada de las cofradías y de la piedad popular (5 mayo 2013); FRANCISCO, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24 diciembre 2013), nn. 69. 70, 90 y 122-126.

[3]    JUAN PABLO II, Mensaje a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino (21/09/2001), n. 4.

[4]    EN 48.

[5]    EN 48.

[6]    Catecismo de la Iglesia Católica (1997), 1674.

[7]    BENEDICTO XVI, Carta a los seminaristas (18/10/2010), n. 4.

[8]    Catecismo de la Iglesia Católica (1997), 1674.

[9]    Cf. DPPL 60.

[10]    En concreto, han sido reconocidas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad “El Misteri d’Elx” (2001), el “Cant de la Sibil.la” de Mallorca (2010) y la “Festa de la Mare de Déu de la Salut” de Algemesí (2011).

[11]    Cf. DPPL 21.

[12]    EG 125.

[13]    EG 125.

[14]    SC 37.

[15]    EG 125.

[16]    Cf. DPPL 50.

[17]    EN 48.

[18]    Cf. DPPL 60.

[19]    V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, Documento conclusivo, n.

260.

[20]    Cf. DPPL 60; EN 48.

[21]    EN 48.

[22]    EG 122.

[23]    DPPL 64.

[24]    EG 126.

[25]    JUAN PABLO II, Discurso fundacional del Consejo pontificio para la cultura, 1982.

[26]    PPC 28.

[27]    EG 123.

[28]    Cf. DPPL 63-64.

[29]    Cf. DPPL 1.

[30]    EG 126.

[31]    V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, Documento conclusivo, n.

264.

[32]    EG 124.

[33]    JUAN PABLO II, Carta Apostólica Vicesimus Quintus Annus, 18.

[34]    PPC 28.

[35]    Catecismo de la Iglesia Católica (1997), 1676.

[36]    EG 28.

[37]    FRANCISCO, Homilía en la Santa Misa con ocasión de la Jornada de las cofradías y de la piedad

       popular (5/5/2013), 3.

[38]    DPPL 66.

[39]    JUAN PABLO II, Mensaje a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino

(21/09/2001), 5.

[40]    Cf. DPPL 92.

[41]    SC 14.

[42]    DPPL 11.

[43]    Cf. DPPL 13.

[44]    Cf. DPPL 51-55.

[45]    DPPL 58.

[46]    Cf. DPPL 70-75.

[47]   Cf. DPPL 79-80.

[48]    Cf. PPC 28.

[49]    Cfr. EG 70.

Los arciprestes analizan la situación del clero y concretan propuestas para ayudar a los sacerdotes

Los arciprestes se reunieron ayer para analizar la actual situación personal, espiritual y pastoral de los sacerdotes a partir del capítulo sexto de la “Pastores dabo vobis” de san Juan Pablo II y al mismo tiempo aportar propuestas concretas para ayudar al ministerio de los presbíteros.

Durante la primera parte de este encuentro, los arciprestes trabajaron en grupos para analizar y compartir la situación y al final de la mañana se reunieron con el Obispo para compartir el análisis.

La Virgen del Carmen, Stella maris y patrona de la gente del mar

Queridos diocesanos:

El día dieciséis de julio celebramos la Fiesta de la Virgen del Carmen en muchas de nuestras parroquias. La gente del mar la honra como su Patrona. El origen de la devoción a la Virgen del Carmen está en el monte Carmelo, el monte sagrado que el profeta Elías convirtió en signo y refugio de la fidelidad al Dios único y en el lugar de encuentro entre Dios y su pueblo de Israel (1R 18,39). Como el profeta Elías, “abrasado de celo por el Dios vivo”, así también los ermitaños cristianos se recogieron durante las cruzadas en las grutas de aquel monte y formaron la familia religiosa del Carmelo. Recordando a María, la Orden del Carmelo se puso desde sus orígenes bajo su patrocinio e hizo del Monte Carmelo el signo del camino hacia Dios.

La tradición relaciona a María con la nube blanca divisada desde la cumbre del Carmelo cuando el profeta Elías suplicaba a Dios que pusiese fin a una larga sequía. Mientras Elías oraba a Dios por la lluvia, mandaba a su criado una y otra vez que subiera a la cumbre del monte. A la séptima vez le dice el criado: “Se divisa una nubecilla, pequeña como la palma de la mano de un hombre, la cual sube del mar… Y en brevísimo tiempo el cielo se cubrió de nubes con viento, y cayó una gran lluvia” (1 Re 18, 44). En esa nubecilla, semejante ‘a la palma de un hombre’ y cargada de lluvia, se reconoció la figura de la Virgen. Porque María por ser la Madre de Dios, es como la nube que nos da al Salvador, la Luz que nos guía en el mar de nuestra existencia.

María se convierte así en la “Stella maris”, la estrella que guía el rumbo de  nuestra existencia por las difíciles aguas del mar de la vida. Como los marineros de antaño, que leían la posición de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano, así la Virgen María como estrella del mar nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. María es la Madre de Dios; ella nos da, nos muestra y nos quiere llevar a su Hijo, el Hijo de Dios vivo. La Virgen del Carmen es camino privilegiado para nuestro encuentro con Cristo Jesús y también con el prójimo. La Virgen no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5). El verdadero cristiano se sabe llamado por Jesús, para contemplar en él la misericordia de Dios, para acogerla, experimentarla y dejarse transformar y llevar a todos la alegría del Evangelio. El Señor nos enseña y capacita para ser mensajeros de la Buena Noticia, la misericordia de Dios para todos, también en el mundo del mar.

En este día tenemos muy presentes a los hombres y mujeres del mar. Y les encomendamos en este Jubileo de la Misericordia a la Virgen del Carmen, para que de sus manos descubran en sus duros trabajos la alegría de la ternura de Dios. Nadie como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios porque toda su vida estuvo plasmada por la presencia de la misericordia hecha carne y en su compañía podremos entrar seguros en el santuario de la misericordia de Dios y participar íntimamente del misterio de su amor. Pidamos para que los hombres y mujeres del mar experimenten en sus vidas el maravilloso don de la misericordia divina de la mano de su patrona, nuestra Señora la Virgen del Carmen.

Fue en el Monte de las Bienaventuranzas en Palestina, mirando al mar de Tiberíades, donde Jesús pronunció aquellas palabras: “Bienaventurados los misericordiosos”. Estas palabras de Jesús han llegado hasta nosotros a través de sus primeros discípulos, muchos de ellos pescadores, que se dejaron transformar por la misericordia de Dios y se convirtieron en sus testigos. Hoy como ayer, la misericordia es el corazón del mensaje del Evangelio, es la vía que une a Dios y al hombre y que abre nuestro corazón a la esperanza de ser amados sin tener en cuenta el límite de nuestro pecado. La misericordia de Dios es la que da sentido a toda nuestra vida, y sana nuestros corazones heridos por tantos golpes. También la gente del mar sabe por experiencia propia que en las horas difíciles solo la misericordia de Dios y la protección de la Virgen del Carmen dan la verdadera paz.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Dos propuestas de verano para familias

Convivencia de familias en Atzeneta, del 25 al 30 de julio

Seis matrimonios con sus hijos participarán la última semana de julio en unas convivencias para familias en el Centro Parroquial de Atzeneta. La iniciativa contará con la atención pastoral de D. Juan Antonio Morales, rector del Seminario Menor, y consiste en pasar unos días de ocio cristiano. A partir de la celebración diaria de la misa y tiempos de oración, las jornadas estarán ritmadas por actividades deportivas, piscina o rutas de montaña.

 

Familias invencibles, del 10 al 15 de agosto

En 2001 un grupo de familias vinculadas con la Renovación Carismática comenzaron unos encuentros en verano. Quince años después, este evento reúne a más de 200 personas para unos días de convivencia. En agosto, la cita será en Guadarrama (Madrid) y de la Diócesis participarán dos familias. “Estamos en la línea de lo que dice el Papa: que las familias nos juntemos para celebrar, formarnos, fortalecer la fe y descansar, abiertos a acoger todas las realidades, también las que sufren”, explica Fernando Sánchez.

Los Obispos de Levante se reúnen en Castellón

Los obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina se han reunido ayer y hoy en el obispado de Castellón para tratar diversos temas de actualidad y de gran preocupación para la Iglesia. Hasta la capital de la Plana se han desplazado los obispos de Orihuela-Alicante, Mons. Jesús Murgui y los titulares de las diócesis de Mallorca, Mons. Javier Salinas; Ibiza, Mons. Vicente Juan Segura; y de Menorca, su administrador apostólico, así como el Arzobispo de Valencia, Mons. Antonio Cañizares, el obispo auxiliar de Valencia, Mons. D. Esteban Escudero, el obispo auxiliar electo, D. Arturo Ros y el vicario general, D. Vicente Fontestad.

Durante estos dos días los prelados de Levante han mantenido diversas reuniones donde han abordado la situación actual de la Iglesia tras las últimas elecciones generales y su preocupación por las necesidades reales de las personas, la libertad de enseñanza y de creación y elección de centro desde la reflexión del artículo 27 de la Constitución Española, así como la situación de las Concapas en sus diócesis y la iniciación cristiana como un itinerario fundamental en la vida de la Iglesia. Asimismo, los obispos también han estudiado el “anteproyecto de Ley integral del reconocimiento del derecho a la identidad y expresión de género” presentado por la Generalitat.