Homilía de monseñor López Llorente en el 150 aniversario del nacimiento de Santa Genoveva Torres

HOMILÍA EN EL 150 º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA GENOVEVA

***

Iglesia parroquial de los Santos Juanes, Almenara, 3 de enero de 2019

*****

(Ecco 2,7-13; Sal 90; Ga ó,14-18; Mt 25,31-40)

Hermanas y hermanos en el Señor Jesús!

1. El Señor nos convoca para celebrar esta Eucaristía en el 150 Aniversario del nacimiento de Santa Genoveva. A nuestra acción de gracias por el don del misterio pascual y de la Eucaristía unimos nuestra más ferviente y gozosa acción de gracias a Dios por el don de Santa Genoveva Torres Morales, por su santidad y por su obra, la Congregación de las Angélicas.

Desde Almenara, el pueblo que vio nacer a Santa Genoveva, cantamos y alabamos al Señor, que miró la humillación y sencillez de este ‘ángel de la soledad’, que la llenó con su gracia, que se convirtió en ella en itinerario espiritual de santidad: desde entonces Genoveva enriquece a nuestra Iglesia y se ha convertido en fermento evangélico en la Iglesia y en el mundo. A Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien y de todo don, alabamos y damos gracias por la humildad y entereza, por la fortaleza y la entrega, por la caridad y por la santidad de Genoveva.

Miramos el pasado con gratitud, y éste nos lleva a mirar presente y el futuro con esperanza. Porque sabemos bien de Quien nos hemos fiado y con el salmista decimos: “Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti” (Sal 90, 1).

2. Recordemos brevemente. Genoveva Torres Morales nació a esta vida aquí en Almenara el 3 de enero de 1870; al día siguiente renació a la vida de los hijos de Dios por el bautismo en esta iglesia parroquial de los Santos Juanes. Hija del matrimonio formado por Vicenta y José, del que nacieron otros cinco hijos, quedó huérfana de padre a la edad de un año y de madre a los ocho años. En tan sólo seis años vio morir a cuatro hermanos. Quedó sola al cuidado de su hermano mayor -de dieciocho años de edad-, y tuvo que hacer desde niña de “ama de casa”. A sus trece años tuvieron que amputarle una pierna de forma rudimentaria.

Desde entonces tendría que andar siempre con dos muletas. Hubo de ser asilada en la “Casa de la Misericordia” de Valencia completando allí su deficiente cultura y creciendo en su vida espiritual. Su discapacidad le impidió ser admitida en las “Carmelitas de la Caridad”, como era su deseo. Más tarde, a los veinticuatro años, unida a dos compañeras, fundó en Valencia, el 2 de febrero de 1991, la “Sociedad Angélica” para dar amparo a mujeres solas y para la adoración nocturna de la Eucaristía. Trasladada a Zaragoza, desde la Casa Madre de la Congregación en esta ciudad, su obra se extendió rápidamente por España y más allá de nuestras fronteras. De carácter afable y misericordioso, gobernó con sabiduría espiritual la obra fundada por ella que, con la aprobación pontificia, se denominó “Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles”. Muy devota de la Virgen, especialmente mediante el rezo del Rosario, tuvo por centro de su vida al Corazón de Jesús y la Eucaristía. Murió en Zaragoza el 5 de enero de 1956. El pueblo comenzó a invocarla con el título de “ángel de la soledad”. Fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 29 de enero de 1995. Y canonizada el 4 de mayo de 2003.

3. La historia de la Iglesia se nutre de numerosos testigos del amor entregado a Dios y a su voluntad, que se hace amor y entrega a los hermanos, en especial a los más necesitados, en quienes ven al mismo Cristo. Uno de estos testigos es Santa Genoveva. Mujer humilde, tanto por su origen como por su cultura, poseyó la ciencia del amor divino, aprendido en su intensa devoción al Corazón de Jesús. Ella solía repetir: “Todo lo vence el amor”. Este amor la movió a consagrar su vida al servicio de las mujeres que sufrían soledad, a remediar el desamparo y la necesidad en que se encontraban muchas de ellas, atendiéndolas material y espiritualmente en un verdadero hogar. Genoveva estaba siempre a su lado como un verdadero “ángel de la soledad”.

La soledad y el abandono, con sus consiguientes peligros, están entre los males más dolorosos de todas las épocas, también y en gran medida en nuestro tiempo. La soledad y el abandono los sufren no sólo las personas mayores, también niños, adolescentes, jóvenes y personas adultas. A estos males ellos quiso hacer frente Genoveva Torres. A ella le pedimos que interceda para que cuantos formamos esta Iglesia diocesana seamos sensibles para acompañar y mostrar la cercanía de Dios a través de la nuestra a quienes sufren soledad y abandono: a los pobres –sedientos y hambrientos-, enfermos, migrantes, encarcelados, descartados por la sociedad; viudas, hijos de familias desestructuradas, mujeres y hombres abandonados,… A ella le pedimos que vosotras, sus hijas, las Angélicas, fieles al carisma que ella recibió del Espíritu y os dejó en testamento, continuéis su obra imitando su ejemplo. Esta es vuestra razón de ser como Instituto y como religiosas Angélicas. No os aburgueséis; no os anquiloséis. Mirad a vuestro alrededor y avivad el carisma que habéis recibido.

Santa Genoveva fue instrumento de la ternura de Dios hacia las personas solas y necesitadas de amor, de consuelo y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu. Lo que impulsaba su espíritu era la adoración reparadora de la Eucaristía, fundamento desde el que desplegaba su apostolado, lleno de humildad y de sencillez, de abnegación y de caridad. En la adoración eucarística, ella entraba en el corazón de Jesús: entraba en el amor de Cristo, un amor entregado hasta el extremo por la vida del mundo, por la vida de todos los hombres. Ella se sentía amada en el Amado. Un amor que la llevaba a la entrega de sí misma para darse, gastarse y desgastarse hasta la muerte por las mujeres solas y abandonadas y por vosotras, las Angélicas. En la Eucaristía, aprendía a conocer a las personas en su corazón, y a salir al encuentro de las necesitadas para llevarlas al amor de Cristo.

La Eucaristía estaba en el centro de su vocación y de su vida consagrada. En la Eucaristía, Genoveva se encontraba con el Señor, despojado de su gloria divina, humillado hasta la muerte en la cruz y entregado por cada uno de nosotros. Como para nuestra Santa, la Eucaristía debe ser para todos nosotros y, en especial, para vosotras, sus hijas, una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar diariamente nuestra vida a Dios y a su voluntad, amando y sirviendo a los hermanos. Este es el camino de la santidad, hasta alcanzar la perfección en el amor. Día a día, hemos de aprender a desprenderos de nosotros mismos, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de nosotros en cada momento. Sólo quien da su vida la encuentra y genera vida, esperanza y amor. Es la aparente paradoja de nuestra fe, de la cruz de Señor. Por eso debemos decir con san Pablo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Ga 6, 14). Miremos y recemos a María, la virgen, como lo hacía Genoveva. María es la mujer eucarística; es decir, pura donación amorosa a la voluntad de Dios y, desde él, puro amor de entrega a la humanidad.

4. Al celebrar este 150º Aniversario del nacimiento de Santa Genoveva pedimos a Dios para nuestra Iglesia diocesana la gracia de la renovación espiritual para caminar por las sendas de la santidad, como lo supo hacer esta primera santa de Segorbe-Castellón. Como la conversión, también la renovación debe ser algo permanente en la vida de todo cristiano de toda comunidad cristiana, de nuestra Iglesia diocesana. Para vosotras, queridas hermanas, se trata de vivir con fidelidad evangélica vuestro carisma fundacional como consagradas al Señor. Y ¿dónde mejor podremos encontrar la fuente de nuestra renovación que en el encuentro con el Señor Eucaristía, como Genoveva? En la adoración eucarística y en la escucha atenta y dócil de la Palabra siguiendo a nuestra Santa y vuestra Fundadora podremos dar también respuesta a las nuevas soledades de nuestro tiempo. No olvidemos que la santidad es el camino fundamental de la renovación espiritual, que necesita nuestra Iglesia, nuestras comunidades y vuestro Instituto. El Señor os invita y llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Unidas al Niño-Dios que se nos ha dado en Belén seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de alegría y esperanza para la mujer de hoy. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de Dios compasivo y misericordioso y de que todos estamos llamados a la santidad, a la comunión en el amor de Dios. Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, y que Santa Genoveva, “ángel de la soledad” nos guíen, ayuden y protejan a todos en nuestro caminar. Amén.

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Monseñor López Llorente: “Santa Genoveva fue un ángel que transmitía la cercanía de Dios”

Monseñor López Llorente ha presidido la celebración eucarística que ha conmemorado esta tarde en los Santos Juanes de Almenara, el 150 aniversario del nacimiento de santa Genoveva Torres Morales. El obispo de la Diócesis -tras saludar al párroco de la localidad, Sergio Mendoza, al vicario general, Javier Aparici, al presidente del cabildo catedralicio, Federico Caudé, al resto de sacerdotes concelebrantes, a los diáconos, a la madre general y a las hermanas Angélicas, así como a las autoridades y a los familiares de la santa- ha manifestado que la santa “fue instrumento de Dios para las personas solas y necesitadas de amor, de consuelo y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu; un ángel que transmitía la cercanía de Dios, cuyo fundamento fue la adoración reparadora a la Eucaristía desde el que desplegaba su apostolado, lleno de humildad y de sencillez, de abnegación y de caridad”. Leer más

El Obispo invita a unas jornadas de formación sobre antropología y cuestiones de bioética

Mons. López Llorente ha dirigido una carta a todos los fieles para invitar a participar en las Jornadas de Formación sobre “Antropología cristiana y cuestiones de bioética que tendrán lugar los días 27 y 28 de enero en el Mater Dei. El Obispo advierte ante el muy probable desarrollo de leyes que a través de la ideología de género o la eutanasia sin ninguna referencia a la mejora de la medicina paliativa, avanzan en una ingeniería social “claramente contraria a la antropología y la moral cristiana”.

Puedes leer la carta aquí:

2020.01.03 – Carta circular sobre las Jornadas de formación

Leer más

Lectura y evangelio de la memoria de san Basilio magno y san Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, y semblanza de Benedicto XVI

LECTURA. Juan 2, 22-28

Queridos hermanos:

¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.

En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.

Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas y es verdadera y no mentirosa según os enseñó, permanecéis en él.

Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

Sal 97, 1bcde. 2-3cd- 4
R. Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R.

Aleluya Heb 1, 1-2
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

En muchas ocasiones habló Dios antiguamente
a los padres por los profetas.
En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. R.

EVANGELIO. Juan 1, 19-28

Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran:

«¿Tú quién eres?».

Él confesó y no negó; confesó:

«Yo no soy el Mesías».

Le preguntaron:

«¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?».

Él dijo:

«No lo soy».

«¿Eres tú el Profeta?»

Respondió:«No».

Y le dijeron:

«¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».

El contestó:

«Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:

«Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».

Juan les respondió:

«Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

SEMBLANZA DE BENEDICTO XVI SOBRE SAN BASILIO

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy queremos recordar a uno de los grandes Padres de la Iglesia, san Basilio, a quien los textos litúrgicos bizantinos definen como una «lumbrera de la Iglesia». Fue un gran obispo del siglo IV, al que mira con admiración tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente por su santidad de vida, por la excelencia de su doctrina y por la síntesis armoniosa de sus dotes especulativas y prácticas.

Nació alrededor del año 330 en una familia de santos, «verdadera Iglesia doméstica», que vivía en un clima de profunda fe. Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla. Insatisfecho de sus éxitos mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: «Un día, como si despertase de un sueño profundo, volví mis ojos a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré por mi miserable vida» (cf. Ep. 223: PG 32, 824 a).

Atraído por Cristo, comenzó a mirarlo y a escucharlo sólo a él (cf. Moralia 80, 1: PG 31, 860 b c). Con determinación se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia, y en el ejercicio de la caridad (cf. Ep. 2 y 22), siguiendo también el ejemplo de su hermana, santa Macrina, la cual ya vivía el ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía.

Con su predicación y sus escritos realizó una intensa actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio supo unir el servicio a las almas y la entrega a la oración y a la meditación en la soledad. Aprovechando su experiencia personal, favoreció la fundación de muchas «fraternidades» o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a las que visitaba con frecuencia (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 29 in laudem Basilii: PG 36, 536 b). Con su palabra y sus escritos, muchos de los cuales se conservan todavía hoy (cf. Regulae brevius tractatae, Proemio: PG 31, 1080 a b), los exhortaba a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron después no pocos legisladores de la vida monástica antigua, entre ellos san Benito, que consideraba a san Basilio como su maestro (cf. Regula 73, 5).

En realidad, san Basilio creó una vida monástica muy particular: no cerrada a la comunidad de la Iglesia local, sino abierta a ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia particular, eran su núcleo animador que, precediendo a los demás fieles en el seguimiento de Cristo y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a Cristo —el amor a él—, sobre todo con obras de caridad. Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al servicio de los pobres; así mostraron la integridad de la vida cristiana.

El siervo de Dios Juan Pablo II, hablando de la vida monástica, escribió: «Muchos opinan que esa institución tan importante en toda la Iglesia como es la vida monástica quedó establecida, para todos los siglos, principalmente por san Basilio o que, al menos, la naturaleza de la misma no habría quedado tan propiamente definida sin su decisiva aportación» (carta apostólica Patres Ecclesiae, 2: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de enero de 1980, p. 13).

Como obispo y pastor de su vasta diócesis, san Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza los males; se comprometió en favor de los más pobres y marginados; intervino también ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los poderosos para defender el derecho de profesar la verdadera fe (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 48-51 in laudem Basilii: PG 36, 557 c-561 c). Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (cf. san Basilio, Ep. 94: PG 32, 488 b c), una especie de ciudad de la misericordia, que por él tomó el nombre de «Basiliades» (cf. Sozomeno, Historia Eccl. 6, 34: PG 67, 1397 a). En ella hunden sus raíces los modernos hospitales para la atención y curación de los enfermos.

Consciente de que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (Sacrosanctum Concilium, 10), san Basilio, aunque siempre se preocupaba por vivir la caridad, que es la señal de reconocimiento de la fe, también fue un sabio «reformador litúrgico» (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 34 in laudem Basilii: PG 36, 541 c). Nos dejó una gran plegaria eucarística, o anáfora, que lleva su nombre y que dio una organización fundamental a la oración y a la salmodia: gracias a él el pueblo amó y conoció los Salmos y acudía a rezarlos incluso de noche (cf. san Basilio, In Psalmum 1, 1-2: PG 29, 212 a-213 c). Así vemos cómo la liturgia, la adoración, la oración con la Iglesia y la caridad van unidas y se condicionan mutuamente.

Con celo y valentía, san Basilio supo oponerse a los herejes, que negaban que Jesucristo era Dios como el Padre (cf. san Basilio, Ep. 9, 3: PG 32, 272 a; Ep. 52, 1-3: PG 32, 392 b-396 a; Adv. Eunomium 1, 20: PG 29, 556 c). Del mismo modo, contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, defendió que también el Espíritu Santo es Dios y «debe ser considerado y glorificado juntamente con el Padre y el Hijo» (cf. De Spiritu Sancto: SC 17 bis, 348). Por eso, san Basilio es uno de los grandes Padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, precisamente por ser Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina.

En su amor a Cristo y a su Evangelio, el gran Padre capadocio trabajó también por sanar las divisiones dentro de la Iglesia (cf. Ep. 70 y 243), procurando siempre que todos se convirtieran a Cristo y a su Palabra (cf. De iudicio 4: PG 31, 660 b-661 a), fuerza unificadora, a la que todos los creyentes deben obedecer (cf. ib. 1-3: PG 31, 653 a-656 c).

En conclusión, san Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la Iglesia y al multiforme ejercicio del ministerio episcopal. Según el programa que él mismo trazó, se convirtió en “apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del reino, modelo y norma de piedad, ojo del cuerpo de la Iglesia, pastor de las ovejas de Cristo, médico compasivo, padre nutricio, cooperador de Dios, agricultor de Dios, constructor del templo de Dios” (cf. Moralia 80, 11-20: PG 31, 864 b-868 b).

Este es el programa que el santo obispo entrega a los heraldos de la Palabra —tanto ayer como hoy—, un programa que él mismo se esforzó generosamente por poner en práctica. En el año 379, san Basilio, sin cumplir aún cincuenta años, agotado por el cansancio y la ascesis, regresó a Dios, «con la esperanza de la vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor» (De Baptismo 1, 2, 9). Fue un hombre que vivió verdaderamente con la mirada puesta en Cristo, un hombre del amor al prójimo. Lleno de la esperanza y de la alegría de la fe, san Basilio nos muestra cómo ser realmente cristianos.

Audiencia general, 4 de julio de 2007

Lecturas y evangelio de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y homilía de Benedicto XVI

PRIMERA LECTURA. Números 6. 22-27

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: esta es la fórmula con que bendeciréis a los hijos de Israel: ‘El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz’. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré»

Salmo: Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8

R. Que Dios tenga piedad y nos bendiga.

Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra. R.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe. R.

SEGUNDA LECTURA. Gálatas 4, 4-7

Hermanos: Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! Padre». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Aleluya Heb 1, 1-2

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

En muchas ocasiones habló Dios antiguamente
a los padres por los profetas.
En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. R.

EVANGELIO. Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacía Belén y encontraron a María y a José, y al niño
acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto; conforme
a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comenzamos un año nuevo y nos lleva de la mano la esperanza cristiana. Lo comenzamos invocando sobre él la bendición divina e implorando, por intercesión de María, Madre de Dios, el don de la paz para nuestras familias, para nuestras ciudades y para el mundo entero […]

Nuestro pensamiento se dirige ahora, naturalmente, a la Virgen María, a la que hoy invocamos como Madre de Dios. Fue el Papa Pablo VI quien trasladó al día 1 de enero la fiesta de la Maternidad divina de María, que antes caía el 11 de octubre. En efecto, antes de la reforma litúrgica realizada después del concilio Vaticano II, en el primer día del año se celebraba la memoria de la circuncisión de Jesús en el octavo día después de su nacimiento —como signo de sumisión a la ley, su inserción oficial en el pueblo elegido— y el domingo siguiente se celebraba la fiesta del nombre de Jesús.

De esas celebraciones encontramos algunas huellas en la página evangélica que acabamos de proclamar, en la que san Lucas refiere que, ocho días después de su nacimiento, el Niño fue circuncidado y le pusieron el nombre de Jesús, “el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno de su madre” (Lc 2, 21). Por tanto, esta solemnidad, además de ser una fiesta mariana muy significativa, conserva también un fuerte contenido cristológico, porque, podríamos decir, antes que a la Madre, atañe precisamente al Hijo, a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre.

Al misterio de la maternidad divina de María, la Theotokos, hace referencia el apóstol san Pablo en la carta a los Gálatas. “Al llegar la plenitud de los tiempos —escribe— envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Ga 4, 4). En pocas palabras se encuentran sintetizados el misterio de la encarnación del Verbo eterno y la maternidad divina de María: el gran privilegio de la Virgen consiste precisamente en ser Madre del Hijo, que es Dios.

Así pues, ocho días después de la Navidad, esta fiesta mariana encuentra su lugar más lógico y adecuado. En efecto, en la noche de Belén, cuando “dio a luz a su hijo primogénito” (Lc 2, 7), se cumplieron las profecías relativas al Mesías. “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo”, había anunciado Isaías (Is 7, 14). “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo” (Lc 1, 31), dijo a María el ángel Gabriel. Y también un ángel del Señor —narra el evangelista san Mateo—, apareciéndose en sueños a José, lo tranquilizó diciéndole: “No temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo” (Mt 1, 20-21).

El título de Madre de Dios es, juntamente con el de Virgen santa, el más antiguo y constituye el fundamento de todos los demás títulos con los que María ha sido venerada y sigue siendo invocada de generación en generación, tanto en Oriente como en Occidente. Al misterio de su maternidad divina hacen referencia muchos himnos y numerosas oraciones de la tradición cristiana, como por ejemplo una antífona mariana del tiempo navideño, el Alma Redemptoris Mater, con la que oramos así: Tu quae genuisti, natura mirante, tuum sanctum Genitorem, Virgo prius ac posterius, “Tú, ante el asombro de toda la creación, engendraste a tu Creador, Madre siempre virgen”.

Queridos hermanos y hermanas, contemplemos hoy a María, Madre siempre virgen del Hijo unigénito del Padre. Aprendamos de ella a acoger al Niño que por nosotros nació en Belén. Si en el Niño nacido de ella reconocemos al Hijo eterno de Dios y lo acogemos como nuestro único Salvador, podemos ser llamados, y seremos realmente, hijos de Dios: hijos en el Hijo. El Apóstol escribe: “Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Ga 4, 4-5).

El evangelista san Lucas repite varias veces que la Virgen meditaba silenciosamente esos acontecimientos extraordinarios en los que Dios la había implicado. Lo hemos escuchado también en el breve pasaje evangélico que la liturgia nos vuelve a proponer hoy. “María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19). El verbo griego usado, sumbállousa, en su sentido literal significa “poner juntamente”, y hace pensar en un gran misterio que es preciso descubrir poco a poco.

El Niño que emite vagidos en el pesebre, aun siendo en apariencia semejante a todos los niños del mundo, al mismo tiempo es totalmente diferente: es el Hijo de Dios, es Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Este misterio —la encarnación del Verbo y la maternidad divina de María— es grande y ciertamente no es fácil de comprender con la sola inteligencia humana.

Sin embargo, en la escuela de María podemos captar con el corazón lo que los ojos y la mente por sí solos no logran percibir ni pueden contener. En efecto, se trata de un don tan grande que sólo con la fe podemos acoger, aun sin comprenderlo todo. Y es precisamente en este camino de fe donde María nos sale al encuentro, nos ayuda y nos guía. Ella es madre porque engendró en la carne a Jesús; y lo es porque se adhirió totalmente a la voluntad del Padre. San Agustín escribe: “Ningún valor hubiera tenido para ella la misma maternidad divina, si no hubiera llevado a Cristo en su corazón, con una suerte mayor que cuando lo concibió en la carne” (De sancta Virginitate 3, 3). Y en su corazón María siguió conservando, “poniendo juntamente”, los acontecimientos sucesivos de los que fue testigo y protagonista, hasta la muerte en la cruz y la resurrección de su Hijo Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, sólo conservando en el corazón, es decir, poniendo juntamente y encontrando una unidad de todo lo que vivimos, podemos entrar, siguiendo a María, en el misterio de un Dios que por amor se hizo hombre y nos llama a seguirlo por la senda del amor, un amor que es preciso traducir cada día en un servicio generoso a los hermanos.

Ojalá que el nuevo año, que hoy comenzamos con confianza, sea un tiempo en el que progresemos en ese conocimiento del corazón, que es la sabiduría de los santos. Oremos para que, como hemos escuchado en la primera lectura, el Señor “ilumine su rostro sobre nosotros” y nos “sea propicio” (cf. Nm 6, 25) y nos bendiga.

Podemos estar seguros de que, si buscamos sin descanso su rostro, si no cedemos a la tentación del desaliento y de la duda, si incluso en medio de las numerosas dificultades que encontramos permanecemos siempre anclados en él, experimentaremos la fuerza de su amor y de su misericordia. El frágil Niño que la Virgen muestra hoy al mundo nos haga agentes de paz, testigos de él, Príncipe de la paz. Amén.

Plaza de san Pedro, 1 de enero de 2008

 

Funeral por el eterno descanso del sacerdote Baltasar Gallén

Ayer, lunes 30 de diciembre, falleció el Rvdo. D. Baltasar Gallén Olaria, a la edad de 92 años. La Misa exequial, presidida por el Sr. Obispo, ha sido este martes día 31 a las 16:30h, en la Parroquia de la Asunción de Ntra. Sra. de Llucena. Mons. López Llorente ha descrito a Baltasar Gallén como un presbítero de “vida entregada y desgastada”. La capilla ardiente ha estado instalada en la Capilla del Sagrario de la misma parroquia desde las 12 h.

Baltasar Gallén nació en Zucaina el 6 de enero de 1927, y fue ordenado sacerdote en Valencia en 1954. Realizó su servicio pastoral en las parroquias de Ayodar, Villahermosa del Río y Llucena. En la curia tuvo los cargos de miembro del consejo de párrocos consultores, y de la junta de gobierno de la Obra de la Previsión del Clero.

A nivel social, fue impulsor de la Rondalla de Lucena, de la restauración de la Iglesia parroquial, del museo en la cripta parroquial, repuso las imágenes de la fachada de la Iglesia destruidas durante la Guerra Civil: San Miguel, San Hermolao y la Asunción. También promovió el traslado de los restos del Venerable Padre Català, Mosén Jaume Catalá, desde el cementerio municipal hasta la Iglesia Parroquial, donde hoy está enterrado.

Pedimos al Señor por el eterno descanso de su alma.

 

Lectura y evangelio de la conmemoración de san Silvestre I, Papa, y semblanza del santo

LECTURA. Juan 2, 18-21

Hijos míos, es el momento final.

Habéis oído que iba a venir un anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es la última hora.

Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros.

En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis.

Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad.

Sal 95, 1-2. 11-12. 13

R. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria. R.

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles bosque. R.

Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R.

Aleluya

R. Aleluya, aleluya, aleluya

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros;
a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. R.

EVANGELIO. Juan 1, 1-18

En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.

Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

SEMBLANZA DE SAN SILVESTRE

San Silvestre es el primer Papa de una Iglesia que ya no tiene que esconderse en las catacumbas a causa de las persecuciones de los primeros siglos. En efecto, en el año 313, durante el papado del africano Melquíades, los emperadores Constantino y Licinio concedieron plena libertad de culto a los cristianos.

Al año siguiente, Silvestre, sacerdote romano, es elegido Papa. Se desconoce el año de su nacimiento; sin embargo, según el Liber Pontificalis, era hijo de un cierto Rufino romano. Silvestre guió el pasaje de la Roma pagana a la Roma cristiana, y asistió a la construcción de las grandes basílicas constantinianas.

Siempre según el Liber Pontificalis, el Papa Silvestre sugirió a Constantino la fundación de la Basílica de San Pedro en la colina del Vaticano, sobre la tumba del apóstol. Gracias a la colaboración entre Constantino y Silvestre, también surgieron la basílica y el baptisterio de Letrán -cerca del ex palacio imperial donde comenzó a vivir el Pontífice-; la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén; y la Basílica de san Pablo Extramuros.

La memoria de Silvestre está, sin embargo, unida principalmente a la iglesia “in titulus Equitii” que toma el nombre de un presbítero romano que se dice que erigió esta iglesia en su propiedad. Dicha iglesia se encuentra aún cerca de las termas de Trajano, junto a la Domus Aurea.

Papa “confesor de la fe”

Es incierto el papel de Silvestre en las negociaciones sobre donatistas en Arles y sobre el arrianismo en el primer Concilio ecuménico de la historia, desarrollado en Nicea en el 325. Según algunos, ni siquiera pudo intervenir. Pero debe haber impresionado a sus contemporáneos, ya que, apenas fallecido, fue honrado de inmediato públicamente como “Confesor”. Es más, estuvo entre los primeros en recibir este título, atribuido desde el siglo IV en adelante a quien, aunque no fue mártir, transcurrió una vida sacrificada a Cristo.

Sin duda, el Papa contribuyó además al desarrollo de la liturgia: cambió para la liturgia los nombres de los días de la semana que recuerdan divinidades paganas, dejando con nombre sólo el Sábado y el Domingo y llamando “ferias” con su respectivo ordinal a los demás días, tal como se usa en portugués.

Durante su papado, probablemente fue escrito el primer martirologio romano. Al Papa Silvestre se le atribuye también el haber marcado las bases del derecho canónico, así como la creación de la escuela romana de canto.

La Milicia de Oro

San Silvestre Papa es el patrono de la orden caballeresca llamada Milicia de Oro u Orden de la Espuela de oro, cuya creación es atribuida tradicionalmente al emperador Constantino.

Después de varias vicisitudes en el transcurso de los siglos, el Papa Gregorio XVI, en el ámbito de una gran reforma de las órdenes ecuestres, separó la orden de San Silvestre Papa de la Milicia de Oro, asignándole sus propios estatutos. En 1905, el Papa Pío X aportó ulteriores modificaciones, aún vigentes.

Seis maneras diferentes de despedir el 2019 y comenzar el 2020

Diversas parroquias organizan vigilias de oración y actos en nochevieja como una alternativa a las celebraciones de Año Nuevo para despedir el 2019 y acoger el 2020. En el Santo Ángel Custodio de la Vall d’Uixò celebrará la eucaristía a las 19h seguida  por la Vigilia de Paso del Año organizada por la Adoración Nocturna. En los Santos Juanes de Almenara, será ANFE, la adoración nocturna femenina, la que se dirigirá una vigilia de acción de gracias por el año que concluye y de oración por el que comienza. La exposición del Santísimo será al terminar la Misa de las 19h.

Leer más

El Obispo prioriza los Grupos Parroquiales de Matrimonios en la Jornada Diocesana de la Familia

La iglesia arciprestal de San Bartolomé y San Jaime de Nules estaba llena de fieles de todas las edades el domingo 29 de diciembre a las 19h. En el presbiterio del templo, Mons. Casimiro López Llorente presidía la Eucaristía de la Jornada de la Sagrada Familia, acompañado por los vicarios general, de pastoral y del clero, Javier Aparici, Miguel Abril y Marc Estela, respectivamente, el Delegado diocesana de familia, Luis Oliver, el párroco local, Manuel Agorreta, y otros sacerdotes. En la homilía, el Obispo ha presentado como una prioridad diocesana los Grupos Parroquiales de Matrimonios.

Leer más

Homilía de monseñor López Llorente en la festividad de la Sagrada Familia

Homilía en la Fiesta de la Sagrada Familia

Jornada de la Familia

*****

Iglesia Arciprestal de Nules – 29 de diciembre de 2019

(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Mt 2, 13-15. 19-23)

 

Amados todos en el Señor!

1. Dentro de la octava de Navidad celebramos hoy la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret y, en la Iglesia en España, la Jornada de la Familia, bajo el lema “La Familia, escuela y camino de santidad”. Porque fue en el seno de una familia humana, la santa Familia de Nazaret, donde fue acogido con gozo, nació, creció y se formó Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre. Navidad, Sagrada Familia y Familia en general y cristiana en particular atraen hoy nuestra atención esta tarde.

2. En Navidad nace el Hijo de Dios por amor al hombre, para mostrarnos y ofrecernos a Dios que es Amor. Este Niño, nacido en Belén, es el Verbo, la Palabra de Dios. Él nos muestra el rostro amoroso de Dios y, a la vez, el verdadero rostro del hombre, nuestro verdadero origen y destino, según el proyecto de Dios. El Niño-Dios nos muestra que el ser humano está llamado al amor. Porque Dios es Amor y el hombre está creado a su imagen y semejanza, la identidad más profunda del ser humano es la vocación al amor. En Jesús queda renovada la creación entera y el ser humano; todas las dimensiones de la vida humana han sido iluminadas por Él, y han quedado sanadas y elevadas, incluidos el matrimonio y la familia.

3. Nuestra mirada se dirige esta tarde a la Sagrada Familia de Nazaret, formada por José, María y Jesús. Esta familia es un hogar en el que cada uno de sus integrantes vive su propia vocación al amor, el designio de Dios para con cada uno de ellos: José, la llamada de Dios para ser esposo de María, padre legal de Jesús y custodio de ambos; María, la de ser madre del Hijo de Dios en la carne y esposa de José; y Jesús se prepara en este hogar para su misión de enviado de Dios para salvar a los hombres y hacerles partícipes de misma vida de Dios.

La Sagrada Familia es una escuela de oración y de amor, de acogida y de respeto recíproco, de diálogo y de comprensión mutua y de una existencia según la vocación divina al amor. El de Nazaret es un hogar donde Jesús pudo formarse y prepararse para la misión recibida de Dios: un hogar donde Jesús donde creció en estatura, en sabiduría ante Dios y los hombres.

La familia de Nazaret es dichosa porque ha puesto a Dios en el centro. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner a Dios en el centro, nunca va en detrimento del amor de los esposos, de la familia ni de sus componentes. Todo lo contrario: Cuanto más abrimos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor entre los esposos, de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice al matrimonio y a la familia. Dios quiere que los esposos mediante su amor esponsal, crezcan hasta la perfección del amor; Dios quiere que los hijos se adentren en su amor a través del amor en la familia.

4. La Sagrada Familia es un modelo donde todos los cristianos y las familias cristianas podemos encontrar el ejemplo para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo la propia vocación recibida de Él. En ella encontramos luz para vivir de acuerdo a la vocación al amor, propio de todo ser humano y de todo cristiano. Creados por amor, para amar y ser amados, nuestra vida se realiza plenamente si se vive en el amor de Dios por el camino por el que Él nos llama. Esta llamada toma formas diferentes según los estados de vida: el sacerdocio ordenado y la vida consagrada en sus
distintas formas así como el matrimonio y la familia. Fiel a Jesús, a sus gestos y a sus palabras, la Iglesia proclama la alegría del amor, y la grandeza y belleza del matrimonio y de la familia: pues la relación entre el hombre y la mujer en el matrimonio refleja el amor divino de manera completamente especial; por ello el vínculo conyugal asume una dignidad inmensa. Mediante el sacramento del matrimonio, los esposos están unidos por Dios y con su relación de esposos son signo eficaz del amor de Cristo, que ha dado su vida por la salvación del mundo.

En un contexto social, mediático y legislativo contrario al verdadero matrimonio entre un hombre y una mujer y a la familia, fundada en él, es de vital importancia ayudar nuestros jóvenes y a los esposos a descubrir la grandeza y la belleza del matrimonio; y es necesario ayudarles a comprender que el verdadero amor es un ‘sí’ fiel y una donación definitiva de sí al otro, firmemente fundado en el plan de Dios. El amor de Dios mostrado y ofrecido en el Niño-Dios es el ‘sí’ de Dios a toda la creación y al corazón de la misma, que es el hombre; es el ‘sí’ de Dios a la unión entre el hombre y la mujer, abierta a la vida y al servicio de ella en todas sus fases. El matrimonio y la familia, por tanto, es el ‘sí’ de Dios Amor. Sólo partiendo de este amor, el matrimonio y la familia pueden manifestar, difundir y regenerar el amor de Dios en el mundo. Sin amor no se puede vivir como hijos de Dios, como cónyuges, padres y hermanos. Por el sacramento del matrimonio, Cristo consagra y santifica el amor de los esposos cristianos y se compromete con ellos; su fidelidad al ‘sí’ dado es por ello no sólo es posible, sino que es el camino para entrar en un amor cada vez más grande. De este modo, contando con el amor de Dios en Cristo en la vida cotidiana, los esposos y los hijos aprenden a amar como Cristo ama.

Para Pablo el amor que ha de darse en la familia es un amor compasivo, entrañable, bondadoso, humilde y manso; un amor que incluye necesariamente el perdón: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos” (Col 3, 13). Este amor es el vínculo que mantiene unidos a los esposos y a la familia más allá de las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas; este amor busca siempre el bien del otro; es el antídoto contra todo falso amor, los egoísmos, el aislamiento y la soledad; este amor es fuente alegría para todos y el verdadero alimento de la familia, de los esposos y de los hijos; este amor preserva a la familia de la desintegración. Este amor no es mera simpatía, no es un sentimiento volátil o una pasión pasajera, no es búsqueda de sí; porque el verdadero amor es donación y entrega mutua y desinteresada; es amar como Cristo Jesús nos ama.

5. Una familia cristiana es una ‘iglesia doméstica’ (LG 11), o una iglesia en pequeño, como decía San Juan Crisóstomo. Es y vive como una comunidad de fe, de esperanza y de amor; una comunidad donde se comparte, se ama, se trabaja, se crea esperanza, se vive y se transmite la fe. La familia comparte con Dios creador la obra de procrear y educar a los hijos. En ella se vive la comunión entre las personas, al igual que Dios Trino y la Iglesia y hay entrega desinteresada por el otro. Se comparten penas y alegrías. Se comprenden las dificultades, las limitaciones y los esfuerzos de sus miembros; se convive dialogando, comiendo o saliendo juntos.

La familia cristiana escucha la Palabra de Dios, sus miembros oran juntos y juntos participan en la Eucaristía los domingos en su comunidad parroquial, ‘familia de familias’. En la familia se aprende a rezar en los momentos de alegría y de dificultad. Al igual que Jesús y la Iglesia, la familia cristiana anuncia la Buena Nueva: en primer lugar, a sus hijos y a miembros, y luego en su entorno y más allá del mismo. Por eso la familia cristiana también es misionera y siente el deseo anunciar el Evangelio y transmitir el amor de Dios a otras personas. La familia cristiana se pone al servicio de la caridad, especialmente hacia los más necesitados. Cuando el Espíritu de Dios vive en la familia, no se queda ni se cierra en sí misma. Es testimonio de vida con la palabra y el ejemplo.

Los padres sois los primeros educadores y evangelizadores de los hijos. En virtud del sacramento del matrimonio, los padres cristianos sois los primeros responsables de la transmisión de la fe a vuestros hijos mediante el testimonio de vida, mediante la escucha de la Palabra de Dios y la oración en familia, mediante vuestra inserción en la vida de la Iglesia en la propia parroquia y vuestro compromiso en la iniciación cristiana de vuestros hijos. Hablad a vuestros hijos de Dios y de Jesús. Ningún otro anuncio es tan importante para su vida. Introducid a vuestros hijos en su misterio a través de la celebración litúrgica y la oración familiar.

6. Para que los esposos cristianos puedan responder a la llamada de Dios al amor en su matrimonio y en su familia es necesario y urgente ofrecerles un acompañamiento pastoral cercano. A este fin se dirige la iniciativa de nuestra Iglesia diocesana de crear en las parroquias grupos parroquiales de matrimonios. Estos grupos hay que entenderlos como complementarios a los que existen en otros movimientos eclesiales. Queremos sumar, no restar. Se trata ofrecer a los matrimonios en nuestras parroquias un medio que les ayude a (re)descubrir, acoger y vivir la vocación al amor en su matrimonio cristiano; un ámbito que les oriente y acompañe en el día a día de su vida matrimonial y familiar con sus alegrías y dificultades. Éste será el germen de familias cristianas, ‘iglesias domésticas’, en las que se ama, se perdona, se lucha, y se vive y se transmite la fe a los hijos. Una familia cristiana por su forma de vida y por su palabra anunciará la buena noticia del matrimonio y de la familia.

Acojamos de corazón y con esperanza esta iniciativa de nuestra Iglesia diocesana. No es fácil la creación de estos grupos de matrimonios; pero allí donde se ha ofrecido ha habido respuesta. De ello se están beneficiando los esposos y sus familias; y también las mismas parroquias, llamadas a ser ‘familia de familias’, implicadas en la vida y misión parroquial, muy en especial en la iniciación cristiana de sus hijos.

7. Que la Sagrada Familia nos ilumine, aliente y proteja a todos. Encomendemos hoy a la Sagrada Familia de Nazaret a todos nuestros matrimonios y familias para que se mantengan unidos en el amor y produzcan abundantes frutos de santidad. Lo hacemos especialmente por los ahora vais a renovar la promesas que os hicisteis en día de vuestras bodas. Pidamos por nuestras familias para que, dejándose evangelizar, sean evangelizadoras y trasmitan la fe a sus hijos. Amén.

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón