Responsabilidad y prudencia en el tráfico

Queridos diocesanos:

Cada primer domingo de julio y cercana la fiesta de San Cristóbal celebramos la Jornada de Responsabilidad en el tráfico. Es una invitación a reflexionar sobre el significado y la importancia de la conducción, así como sobre la urgente necesidad de esmerar nuestra prudencia y responsabilidad en el tráfico. No podemos ignorar que nuestras imprudencias pueden causar desgracias a otras personas. A este respecto, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Apostólica Gaudium et Spes, dice: “Algunos subestiman ciertas normas de la vida social, por ejemplo, las referentes a las normas de vialidad, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo”.

Circular en automóvil, motocicleta o bicicleta, o transitar a pie por la carretera o la calle, es un derecho legítimo, y, la mayoría de las veces, una necesidad. El vehículo es un instrumento de trabajo para muchos y de esparcimiento para otros. En estos días de verano, millones de personas se desplazan de un lugar a otro para iniciar sus vacaciones o regresar de ellas; no olvidemos tampoco a los millones que diariamente lo hacen por motivos laborales y sociales. La conducción se ha convertido en un hecho habitual en nuestra vida cotidiana. Los desplazamientos de un lugar a otro tan frecuentes y tan propios de la vida moderna son expresión de la vida como viaje y como camino.. Cuando nos ponemos en camino, tenemos la esperanza de llegar felizmente a nuestro destino. Pero esto, por desgracia, no siempre sucede así.

Viajar en automóvil, en moto o en bicicleta, o desplazarse a pie es una acción humana. Pero esa acción, buena en sí y que persigue también un fin bueno, se ve afectada para mal, si no se respetan las normas de la circulación y de la convivencia; no hacerlo pone en juego las vidas y los bienes de otras personas, incluidos los propios. Y de todos ellos, evidentemente, es responsable el hombre.

El factor humano lo abarca todo. La vialidad supone la existencia de tres importantes elementos: el hombre, el vehículo y la vía sea la carretera o la calle. Sin embargo, el ámbito humano lo abarca todo, ya que el estado de las carreteras, las condiciones mecánicas del vehículo y el cumplimiento de las normas de circulación dependen de la actuación humana. En este sentido, la atención debe centrarse, sobre todo, en educar la conciencia cívica y moral de quienes circulan o transitan. Es cierto que el número total de accidentes y de víctimas mortales ha descendido notablemente. Con todo, es preciso redoblar los esfuerzos, por parte de cada uno y desde todas las instancias públicas y privadas, para seguir reduciendo dichas cifras hasta donde sea posible. Salvar una sola vida humana bien merece la pena.

Conducir quiere decir ‘convivir’. Esto pide de todos los implicados hacer que la carretera y la calle sea más humana. Conducir un vehículo o transitar por la calle es, en el fondo, una manera de relacionarse, de acercarse y de integrarse en una comunidad de personas. Esto supone, sobre todo en el conductor, ser dueño de sí mismo, prudencia, responsabilidad, espíritu de servicio, conocimiento y observancia de las normas del código de circulación y disponibilidad para prestar una ayuda desinteresada a los que la necesitan, dando ejemplo de caridad. Conducir quiere decir también controlarse y dominarse, no dejarse llevar por los impulsos.

La actitud al volante debería ser de atención y prudencia. La mayor parte de los accidentes son provocados precisamente por la falta de atención y por imprudencia. Por eso la prudencia es una de las virtudes más necesarias e importantes en relación con la circulación. Esta virtud exige un margen adecuado de precauciones para afrontar los imprevistos que se pueden presentar en cualquier ocasión. Desde luego, no se comporta según la prudencia el que se distrae al volante con el móvil, el que conduce a una velocidad excesiva, el que descuida el mantenimiento de vehículo, el que conduce bajo los efectos del alcohol o de las drogas. Redoblemos nuestros esfuerzos y nuestro sentido de responsabilidad y de prudencia como conductores y también como peatones.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Peregrinación diocesana anual a Lourdes

Queridos diocesanos:

Este fin de semana, junto con nuestra Hospitalidad diocesana de Lourdes peregrinaremos un año más al Santuario francés, acompañando a unos sesenta enfermos. Quien ha estado en Lourdes sabe que en pocos otros lugares como ante la Gruta de Massabielle se experimenta la presencia cercana y protectora de nuestra Madre, la Virgen María. Este año, ante la imagen de la Inmaculada en la Gruta, cantaremos con la Virgen el Magníficat porque “el Poderoso ha hecho obras grandes por mí…” (Lc 1,49). María alaba y da gracias a Dios por el don de la vida que nace en su vientre, por haber sido elegida para ser Madre de Dios, el Salvador, por tantas maravillas como Dios ha hecho en ella y por ella para toda la humanidad. Leer más

Tiempo de confirmaciones

Queridos diocesanos:

Desde Pascua hasta el mes de julio es en nuestra Diócesis el tiempo por excelencia de las confirmaciones. Este año ya he confirmado a varios centenares muchachos, jóvenes y adultos. Para mí, como Obispo y sucesor de los Apóstoles, ha sido una verdadera gracia y un motivo de profunda alegría imponerles las manos, ungirles en la frente con el santo Crisma y decirles por su nombre: “recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.  Han quedado así llenos del Espíritu Santo como los Apóstoles en Pentecostés y, como ellos, han recibido la fuerza del Espíritu para ser testigos de Jesucristo hasta los confines de la tierra. Leer más

Contemplar al mundo con la mirada amorosa de Dios

 

Queridos diocesanos:

A lo largo del Año litúrgico celebramos los misterios de la vida de Cristo y la obra salvadora de Dios en el mundo. Terminada la cincuentena pascual con la venida del Espíritu Santo, este domingo celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad para alabar a Dios no por lo que hace, sino por lo que es. La Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. “Es la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina… Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo”  (CICa, n.234) . Dios es amor, nos dice San Juan: un amor eterno e infinito. Y san Agustín nos recuerda que el Padre es el eterno amante, el Hijo es el eterno amado, y el Espíritu es el amor eterno de ambos que ha llegado hasta nosotros.

El Domingo de la Trinidad celebramos también la Jornada Pro orantibus, es decir, por lo que oran. Es un día dedicado a los monjes y monjas de vida íntegramente contemplativa. Nuestra Diócesis cuenta con diez monasterios de monjas contemplativas, que oran por nosotros todos los días del año; en este día les queremos mostrar nuestra gratitud y estima, orando por ellos y por las vocaciones a la vida contemplativa. Damos gracias por sus vidas entregadas a la alabanza trinitaria, por su ofrenda permanente al Señor por nuestra Iglesia y nuestra sociedad, por el ejercicio activo de la caridad según su propia vocación.

El lema para la Jornada de este año es Contemplar el mundo con la mirada de Dios; es una expresión tomada de la constitución apostólica del papa Francisco para la vida contemplativa femenina Vultum Dei quaerere (2016). El mismo santo Padre les llama y nos invita a contemplar el mundo y a las personas con la mirada de Dios, que es una mirada de amor. San Juan de la Cruz dice que el mirar de Dios es amar; Dios siempre mira al mundo y a cada ser humano desde el amor eterno que hay en las Tres Personas Divinas. Dios siempre nos contempla con una mirada compasiva y misericordiosa, benévola y llena de ternura. La revelación bíblica -especialmente los evangelios- nos muestra la mirada del amor incondicional de Dios que siempre nos salva. El mirar de Dios que nos ha manifestado Jesucristo es amar, y amar siempre, a todo hombre y a todo el hombre. En esa mirada cada ser humano redescubre su dignidad y su verdadera identidad: ser amado por Dios. Y con esa mirada redescubrimos la dignidad e identidad de todo ser humano, y aprendemos a mirar a todos con la mirada de Dios.

Los monjes y monjas que viven, oran y trabajan en los monasterios han sido mirados por Dios con un amor que ha cautivado sus corazones y lo ha transformado. Contemplados por la Trinidad aprenden a diario ellos mismos a contemplar al mundo y a cada persona con esa misma mirada divina, amorosa y compasiva, intercesora y benévola, bendita y salvífica, amando hasta comulgar con las penas y las tristezas de los hombres, con sus gozos más nobles y sus esperanzas más altas. En la contemplación suben al monte de la fe y miran el horizonte de nuestro mundo con sus guerras y terrorismo, y descubren con los ojos de la esperanza que Dios tiene “designios de paz y no de aflicción” (Jr 29, 11); ellos acogen en el silencio de su corazón contemplativo el hambre, la miseria, la injusticia, la soledad y el desencanto de tantos hermanos con la seguridad de que “los que lloran serán consolados” y “los que tienen hambre de justicia serán saciados” (Mt 5, 3 ss). Hoy como entonces, Dios pone en lo alto del monte, como hizo con Moisés, a los monjes y monjas contemplativos para que, permaneciendo con los brazos en alto -en continua actitud orante- ayuden al pueblo de Dios a vencer en las batallas.

Los contemplativos no se desentienden de nadie ni les es ajeno nada de cuanto ocurre en la Iglesia y en el mundo. Mediante su vida orante, retirada y oculta reciben el amor divino y se transforman en ofrenda permanente por nuestra Iglesia y nuestro mundo, por cada ser humano. Los monjes y las monjas viven la comunión con Dios para comulgar también con los padecimientos de cada hombre. Con su entrega y su oración continua hablan a Dios de los hombres y nos hablan a los hombres del mucho amor que Dios nos tiene. Las personas contemplativas son ‘faros luminosos’ en medio de un mundo que ha perdido la luz del amor de Dios. En nuestro desierto y en nuestras evasiones nos dan el más precioso testimonio de su encuentro con Dios en Cristo Jesús, para que nos sea devuelta la luz a los ojos y nos vuelva a latir el corazón con el fuego del amor de Dios. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como considerar que Dios nos ama, hasta dar su vida en su Hijo por el mundo.

Oremos hoy de modo especial por nuestras monjas, que interceden por la humanidad y cooperan en la construcción de un mundo más evangélico. Descubramos la vida contemplativa como escuela de escucha de la voluntad de Dios y de quienes necesitan del amor de Cristo. Aprendamos a contemplar, como ellas, el mundo y las personas con la mirada amorosa de Dios. Será la mejor manera de comenzar la Semana de la Caridad.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Salir, caminar y sembrar

Queridos diocesanos:

Poco antes de ascender al Cielo, Jesús dice a sus Apóstoles: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hech 1,8). En la mañana de Pentecostés, se cumple esta promesa de Jesús. Estando junto los discípulos en una sala, vieron aparecer unas lenguas como llamaradas de fuego, que se posaron sobre cada uno de los presentes. Y “se llenaron todos de Espíritu Santo” (Hecho 2, 4). Fortalecidos por el Espíritu, los Apóstoles superan el miedo y el respeto humano, y salen a anunciar por las calles de Jerusalén a Jesucristo, muerto y resucitado, para la vida del mundo. Comienza así el tiempo de la Iglesia y de su misión permanente de testimoniar a Jesucristo y de anunciar el Evangelio a todas las gentes  Desde el día de Pentecostés, nadie ni nada podrá frenar el ardor evangelizador de Pedro, del resto de los Apóstoles y de los discípulos. Lo que ellos han visto y oído, lo que han tocado y experimentado, lo anuncian a todos: Cristo Jesús, muerto y resucitado, es el Mesías y Salvador de la humanidad. Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres. Leer más

El desafío educativo

 

Queridos diocesanos:

El sábado, día 20, celebrábamos la Jornada preparatoria en nuestra Diócesis del Congreso Interdiocesano sobre educación, que tendrá lugar en Valencia el próximo mes de Octubre para todas las Diócesis de la Comunidad Valenciana. El Congreso bajo el lema: “La educación: un reto para la familia, la Iglesia y la sociedad”, está destinado a todos los interesados y preocupados por la educación de las nuevas generaciones, y en especial, a quienes estamos implicados en la hermosa tarea educativa, educandos y educadores;  a los padres, que son los “primeros y principales educadores de sus hijos” (GE, 3), así como a sacerdotes, catequistas, profesores, monitores de tiempo libre, entre otros. El Congreso tiene como finalidad reflexionar y sensibilizar sobre la educación hoy, sobre lo que es y significa educar, sus posibilidades y sus dificultades, sobre el modo de educar y sobre cómo complementarse para que la educación sea acorde y concorde en bien de nuestros hijos; queremos también mostrar la alegría de la tarea educativa, porque, pese a su dificultad, educar es amar.

Antes de nada, ¿qué es educar?. La educación no se puede limitar a la enseñanza o instrucción, a la adquisición de conocimientos o de habilidades. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir a los educandos fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del educando, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca. El testigo es el primero en vivir el camino que propone. Educar es, por lo tanto,  ayudar a alguien a ser per­sona; es ayudarle a descubrir e integrar su propia identidad como hombre o como mujer, a crecer en la libertad y en la responsabilidad basadas en la verdad, en el bien y en la belleza; es ayudarle a descubrir la razón de su ser en el mundo y el sentido de su existencia, para hacerle capaz de vivir en plenitud y con esperanza y de contribuir al bien de la comunidad y de la sociedad.

La tarea educativa nunca ha sido fácil. Sin embargo, la educación se ha convertido hoy en un verdadero problema. El papa Francisco habla del desafío educativo, como uno de  los fundamentales ante los que encuentran los padres, las familias -y el resto de los educadores-, que se hace más arduo y complejo por la realidad cultural actual y la gran influencia de los medios de comunicación y redes sociales (cf. AL, 84). El papa emérito, Benedicto XVI, acuño el término “emergencia educativa”,  para referirse a las dificultades que hoy encuentra todo educador a la hora de “transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento” debido a la fractura inter-generacional, el relativismo, el subjetivismo y la exaltación de la autonomía absoluta de la persona. En este contexto es muy ardua una auténtica formación de la persona humana, que le capacite para orientarse en la vida, para encontrar motivos para el compromiso y para relacionarse con los demás de manera constructiva, sin huir ante la dificultad y las contradicciones. En esta situación tanto los educadores se ven muchas veces desbordados y fácilmente tentados a abdicar de sus deberes educativos. Sin embargo, cada día sentimos más la necesidad de ayudar a nuestros hijos para que desarrollen globalmente su personalidad, incluidos los valores humanos y espirituales.

Es preciso retomar la idea de la formación integral, como propone el papa Francisco en el capítulo 7 de la Exhortación Amoris laetitia. La formación integral podríamos describirla como el proceso continuo, permanente y participativo que busca desarrollar armónicamente todas y cada una de las dimensiones del ser humano -ética, espiritual, cognitiva, afectiva-sexual, estética, corporal, comunicativa y trascendente-, a fin de lograr su realización plena.  Todas estas capacidades deben responder a las preguntas más profundas del ser humano. A la vista de todos está la necesidad y la urgencia de ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes a proyectar la vida según valores auténticos, que hagan referencia a una visión ‘alta’ del hombre. Para los cristianos, Jesús es el modelo educativo: sólo en Él se esclarece el misterio del hombre (cf. GS 22).

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Pascua del Enfermo

Queridos diocesanos:

 

Este VI Domingo de Pascua, la Iglesia en España y nuestra Iglesia diocesana celebra la Pascua del Enfermo. El Señor Resucitado nos llama a atender a los enfermos, pero también a responder a los desafíos actuales de la salud. El Papa Francisco alerta sobre las consecuencias para la salud, generadas por las agresiones al medio ambiente, la falta de una ética ecológica integral, en cuyo centro debe estar la persona, y la falta de atención a los riesgos medioambientales. Consecuencias que se convierten en enfermedades y sufrimiento, especialmente para los más pobres (cf. LS.20,21,29,183).

Hemos de redoblar nuestro compromiso con el cuidado de la creación, con el medio ambiente y con la dignidad de la persona humana. El dolor y la enfermedad, sin embargo, formarán siempre parte del misterio del hombre en la tierra; son propios de nuestra condición humana, finita y limitada. Es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Es obligado trabajar contra la degradación medioambiental, provocada por el ser humano, y causa de muchas enfermedades. Pero es muy importante también saber ver el plan de Dios cuando el sufrimiento y la enfermedad llaman a nuestra puerta. Y es propio del cristiano dirigirse a Dios en la enfermedad para pedirle la salud del cuerpo y del espíritu, y no dejar nunca de esperar en la vida eterna, inmortal y gloriosa, cuyo camino ha abierto Jesús, con su muerte y resurrección, y que ha prometido a los que creen y confían en Él.

La clave para leer nuestra propia existencia, especialmente en la enfermedad, es la cruz y la resurrección del Señor. Jesús, el Hijo de Dios, acogió nuestra finitud y debilidad humanas, asumiéndolas sobre si en el misterio de la cruz y haciendo de ellas camino de resurrección. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido. Desde hace dos mil años, la cruz brilla como suprema manifestación del amor que Dios siente por nosotros y nunca nos abandona: Dios acoge la entrega de su Hijo en la Cruz por amor a la toda la humanidad y lo resucita a la Vida gloriosa de Dios. Quien sabe acoger la cruz en su vida y se entrega a Dios como Jesús, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de gracia, de esperanza y de salvación.

Ante las preguntas más profundas y personales del ser humano, como preguntas por el sentido de la vida, de la enfermedad y del futuro más allá de la muerte, ¿podemos confiar en algo o en alguien? La Pascua del Enfermo nos invita a mirar a Cristo. “De la paradoja de la cruz brota la respuesta a nuestros interrogantes más inquietantes. Cristo sufre por nosotros: toma sobre sí el sufrimiento de todos y lo redime. Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con El nuestros padecimientos. Unido al sufrimiento de Cristo, el sufrimiento humano se transforma en medio de salvación. El dolor y la muerte, si son acogidos con fe, se convierten en puerta para entrar en el misterio del sufrimiento redentor del Señor. Un sufrimiento que no puede quitar la paz y la felicidad, porque está iluminado por el fulgor de la resurrección” (San Juan Pablo II).      Dirijamos nuestra mirada a Jesucristo. Nuestra alegría pascual se basa en el amor infinito que Dios Padre nos muestra y nos comunica en la cruz y resurrección de su Hijo; un amor que quiere transformar y renovar nuestras vidas, para caminar según el plan de Dios creador y salvador, que nos ha confía el cuidado de la creación, y nos llama a participar de su propia vida; un amor que quiere iluminar nuestra existencia, también en el dolor, en la enfermedad y en la muerte. Sólo en Jesucristo encuentra reposo nuestro corazón inquieto y turbado. El es la verdadera paz que nada ni nadie pueden ofrecer.

La Pascua del Enfermo nos invita a acoger la presencia sanadora de Cristo en su Iglesia para que llegue a todos y, en especial, a los más pobres y necesitados. Así lo entienden las Hijas de la Caridad, que celebran este año el IV Centenario de su fundación:  ellas están presentes desde hace años en nuestra Diócesis en el campo de la salud, de la enseñanza y de la caridad. Siguiendo el carisma de Vicente de Paul y Luisa de Marillac quieren servir a Jesucristo en la persona de los pobres, marginados y enfermos con espíritu de humildad, sencillez y caridad. Les felicitamos y les encomendamos a la protección de María, la Virgen de la Medalla Milagrosa. Bajo su protección ponemos también a todos los enfermos, a sus familias y a sus cuidadores.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón.

Pon la X en la Declaración de la Renta

 

 

Queridos diocesanos:

En este tiempo pascual escuchamos las palabras de Jesús: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). La fuerza y la eficacia de esta misión de nuestra Iglesia descansan en último término en Dios, que la sostiene por medio de Jesucristo y por la fuerza del Espíritu Santo. Pero el Señor Jesús puso la tarea ingente de la evangelización en manos de los Apóstoles y en manos de su Iglesia, que formamos todos los cristianos. La misión de nuestra Iglesia corresponde, pues, a todos los bautizados: todos estamos llamados a una colaboración activa y responsable en dicha misión. Una colaboración que comienza con una vida de fe personal y comunitaria, coherente y testimoniante, que pasa por la implicación en las tareas de la Iglesia y que incluye también nuestra colaboración económica. Leer más

Elige la clase de religión para tus hijos

 

 

Queridos diocesanos y, en especial, queridos padres:

Llega el momento de inscribir a vuestros hijos en la clase de religión y moral católica en el colegio o en el instituto. Recordad que una cuestión muy importante para la educación integral cristiana de niños y jóvenes. La mayoría de los padres valoráis mucho la clase de religión católica y la venís pidiendo curso tras curso con plena libertad y con una constancia admirable. Os felicito por el interés que demostráis en la formación completa de vuestros hijos. Es una pena que haya padres católicos que sean indiferentes hacia la clase de religión para sus hijos o que den prioridad a otras asignaturas o actividades.

La clase de la religión forma parte de la educación cristiana de vuestros hijos. El día de su bautismo, los padres asumisteis libremente el compromiso de educarles en la fe cristiana; esta educación ha de llevarse a cabo, sobre todo, en la propia familia, en la parroquia mediante la catequesis y en la escuela mediante la clase de religión. Los tres ámbitos tienen su importancia; son distintos, necesarios y complementarios para dicha educación. La familia cristiana acoge y acompaña el despertar religioso del niño y le enseña a rezar y celebrar la fe; es el espacio donde se vive el amor, la filiación y la confianza, que conducen a sentirse hijos de Dios y hermanos de los hombres; y es el ámbito donde conocen y viven las virtudes cristianas y los verdaderos valores. La parroquia modela y talla en la fe, ayuda a conocer, celebrar, vivir y orar el misterio de la Salvación. Y la escuela, finalmente, instruye y enseña la religión y abre al diálogo con la ciencia y la cultura.

El estudio de la religión católica en la escuela es, en efecto, un instrumento precioso para que niños y jóvenes crezcan en el conocimiento de todo lo que significa su fe a la par que van desarrollando sus saberes en otros campos; aprenderán así a confrontarlos e integrarlos en la visión unitaria de le fe, y a darse y dar razón de su fe. Comprenderán que creer en Dios ilumina las preguntas más profundas que ellos mismos llevan en su alma y que les plantean también en otras áreas del conocimiento. Aprenderán que Jesucristo es la revelación plena del misterio de Dios y del camino del ser humano. Verán que el Evangelio es fuente de virtudes y de los verdaderos valores. Entenderán nuestra cultura, cuyos valores y expresiones artísticas y de todo orden hunden sus raíces en la fe cristiana. Aprenderán a valorar lo bueno que hay en otras religiones y a respetar la dignidad sagrada de todos los hombres, creyentes o no. Y adquirirán una visión armónica del mundo y de la vida humana que les capacitará para ser personas felices y ciudadanos más libres y responsables, constructores de la convivencia y de una sociedad en paz. La asignatura de religión ofrece una visión íntegra del mundo y de la persona. Permite también conocer el papel de las religiones en la formación de las culturas y por qué han sido, son y serán fundamentales en la vida de las personas.

A los padres católicos os animo, por tanto, a solicitar la clase de Religión y Moral católica para vuestros hijos, y a animar a otros padres a hacerlo. Pedidlo expresamente si no se os ofrece en el colegio o instituto a la hora de la inscripción. Si se niegan a hacerlo comunicadlo al párroco o a nuestra delegación de enseñanza. Es muy importante para vuestros hijos y vuestras familias que elijáis esta asignatura para vuestros hijos, reclamándola por todos los medios legales. Al hacerlo, los padres y los alumnos tenéis derecho también a ser respetados en este ideario, no sólo en la clase de Religión, sino en todas las demás clases, velando para que no se diga nada que menosprecie vuestra elección ni se enseñe nada que pueda herir la sensibilidad católica del vuestros hijos; en su caso, tenéis el derecho a denunciarlo.  Os recuerdo también que la participación en la catequesis parroquial nunca ha de ser excusa para dejar de solicitar la asignatura de Religión en la escuela; es una seria contradicción apuntar a los hijos a catequesis y no a religión.

Finalmente os recuerdo a todos que, si bien los padres son los primeros responsables de la educación religiosa de sus hijos, toda la comunidad cristiana es también responsable de ello. Todos -sacerdotes, seglares, religiosos, catequistas, etc.- hemos de valorar la clase de Religión y animar a los padres católicos a pedirla para sus hijos. No os puede ser indiferente.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón