Agradecer y vivir nuestro bautismo

Queridos diocesanos:

En la Fiesta del Bautismo de Jesús, este domingo,7 de enero, con la que concluye el tiempo de Navidad, revivimos el bautismo de Jesús a orillas del río Jordán de manos de Juan Bautista. Jesússe deja bautizar como uno más por Juan y transforma el gesto deeste bautismo de penitencia en una solemne manifestación de su divinidad. “Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:Tú eres mi Hijo amado, mi preferido” (Mc 1, 11). Son las palabras de Dios-Padre que nos muestra a Jesús como su Hijo unigénito, su Hijo amado y predilecto, al inicio de su vida pública: Jesús es el Cordero que toma sobre sí el pecado del mundo y que ahora comienza públicamente su misión salvadora; Él es el enviado por Dios para ser portador de justicia, de luz, de vida y de libertad. En el Jordán se abre una nueva era para toda la humanidad. Este hombre,aparentemente igual a todos los demás, es Dios mismo, que viene para liberar del pecado y dar el poder de convertirse “en hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 12-13).

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La Buena Noticia de la familia

 

 Queridos diocesanos:

En Navidad, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra a Dios y nos ofrece su amor; y, a la vez, el Niño Dios nos muestra quién es elser humano, su verdadero rostro, su origen y su destino, según el proyecto de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera y el ser humano, hombre y mujer; todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por Él;además han quedado sanadas y elevadas. En el Hijo de Dios,el matrimonio y la familia han adquirido también su verdadero sentido, y toda vida humana, don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor, ha adquirido una dignidad y un valor inalienables.

Fiel a Jesús y a suevangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua entrega, han de estar responsablemente siempre abiertos a una nueva vida y a la tarea de educar a sus hijos. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir esteevangelio del matrimonio y de la familia.

En este domingo después de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y, con esta ocasión, la Jornada de la familia. Porque fue en el seno de una familia, la familia de Nazaret, donde fue acogido con gozo, nació y creció Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre. La familia de Nazaret, formada por José, María y Jesús, es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive el designio amoroso de Dios para con cada uno de ellos: José, su vocación de esposo-padre;María, la de esposa-madre y Jesús, la de Hijo de Dios, enviado para salvar a los hombres.En este hogar es donde Jesús pudo educarse, formarse y prepararse para la misión recibida de Dios. La Sagrada Familia es una escuela de amor recíproco, de acogida y de respeto, de diálogo y de comprensión mutua, y es una escuela de oración; es el modelo donde todas las familias cristianas pueden encontrar la luz para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.

San Pablo, en su carta a los Colosenses (3,12-21), nos muestra la unidad de vida yde comunión en el amor que ha de darse en la familia cristiana. Un amor que ha de ser siempre recíproco y fiel, entregado y respetuoso; un amor, que para ser verdadero, incluye necesariamente el perdón: ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos’. Este es el verdadero amor, que es, a su vez, el único vínculo capaz de mantener unidos a los esposos y a la familia más allá de cualquier dificultad o problema. Este amor es el verdadero alimento de la familia, que ayuda a crecer a los esposos y a los hijos, yque preserva a la familia de la desintegración. Este amor no es mera simpatía, ni un sentimiento volátil o una pasión pasajera. Este amor no es egoísta, ni individualista, porqueno es búsqueda de sí mismo.El verdadero amor es donación y entrega desinteresada, que busca siempre el bien del otro.

El papa Francisco en su carta para el IX Encuentro Mundial de la Familia en Dublín,en 2018, escribe: “Nos podríamos preguntar: ¿El Evangelio sigue siendo alegría para el mundo? Y también: ¿La familia sigue siendo una buena noticia para el mundo de hoy?”; y responde: “¡Yo estoy seguro de que sí! Y este ‘sí’ está firmemente fundado en el plan de Dios. El amor de Dios es su ‘sí’ a toda la creación y al corazón de la misma, que es el hombre. Es el ‘sí’ de Dios a la unión entre el hombre y la mujer, abierta a la vida y al servicio de ella en todas sus fases; es el ‘sí’ y el compromiso de Dios con una humanidad a menudo herida, maltratada y dominada por la falta de amor. La familia, por lo tanto, es el ‘sí’ del Dios Amor. Sólo partiendo del amor la familia puede manifestar, difundir y regenerar el amor de Dios en el mundo. Sin amor no se puede vivir como hijos de Dios, como cónyuges, padres y hermanos”.

Estas palabras nos urgena los cristianos a acoger, vivir y proclamar sin miedos ni complejos la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios, como una comunión de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierta al don de la vida humana,y para siempre. Y hemos de hacerlo conscientes de vivir en un contexto social, político y legislativocontrario al verdadero matrimonio y a la familia. A la vez, hemos de pedir para la familia, célula básica de la sociedad, el respeto y el apoyo económico, social, político y mediático que en justicia se merece.

Vivamos y anunciemos la Buena Noticia del matrimonio yde la familia.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Navidad: El Hijo de Dios se hizo carne

Queridos diocesanos:

Un año más celebramos la Navidad. Fijemos nuestra mirada en el gran misterio que celebramos: Jesús, el niño que nace en Belen, es Dios mismo quien se encarna y se hace un hombre como nosotros para abrirnos el camino hacia la comunión plena con Él, hacia la salvación. Este es el núcleo de la Navidad, lo que los cristianos celebramos antes de todo en la Navidad; este es el motivo de nuestra alegría navideña y de nuestros gestos y buenos deseos en estos días. Lo recuerdo de nuevo, aunque a muchos les pudiera parecer innecesario, por obvio; pero muchos lo olvidan o lo ocultan. Leer más

“Dios envió a su Hijo, nacido de Mujer”

Queridos diocesanos:

El Adviento es un tiempo fuerte para prepararnos debidamente a la celebración de la Navidad, la Fiesta del Nacimiento del Hijo de Dios en Belén hace más de dos mil años. Este es, no lo olvidemos, el acontecimiento extraordinario y el misterio profundo de la Navidad: el niño que nace en Belén es verdadero Dios y verdadero hombre. Leer más

Vivir cristianamente el Adviento

 

Queridos diocesanos:

Este Domingo comenzamos el tiempo litúrgico de Adviento. Tiene este tiempo tres dimensiones. El Adviento mira al pasado: Jesús, el Mesías y Salvador anunciado y esperado durante siglos por el pueblo de Israel, ya ha venido a nuestro mundo; en el Adviento nos preparamos para celebrar con gozo la Navidad, el nacimiento de Jesús en Belén hace más de dos mil años; la ‘primera’ venida en la historia del Hijo de Dios en Belén; es un hecho histórico que nadie puede poner seriamente en duda. El Adviento mira al presente: Jesús es el Señor muerto y resucitado, para que en Él tengamos la Vida y Salvación de Dios; Jesús vive, ha resucitado, está entre nosotros y viene constantemente a nuestro encuentro en su Palabra, en sus Sacramentos, en los acontecimientos de la vida, en cada hombre y mujer, en especial en los hambrientos, sedientos, forasteros, enfermos y encarcelados. Y el Adviento mira, finalmente, al futuro, hacia la ‘segunda’ venida de Jesucristo al final de los tiempos para llevar a total cumplimiento su obra de salvación y reconciliación de toda la humanidad y de la creación. No olvidemos tampoco el decisivo encuentro con el Señor en la hora de nuestra muerte, en que cada uno será examinado y juzgado del amor o de la falta de amor hacia El y, en Él, hacia el hermano pobre y necesitado.

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Reino del amor y de la vida

El año litúrgico llega a su fin. Desde que lo comenzamos, hemos ido recorriendo la celebración de los diversos acontecimientos que componen el único misterio de Cristo: desde el anuncio de su venida (Adviento), su nacimiento (Navidad), presentación al mundo (Epifanía) hasta su muerte y resurrección (Pascua), y la cadencia semanal del ciclo ordinario de cada domingo.

En este último domingo del año litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar al Señor Jesús como Rey del universo. En esta festividad, una de las fiestas más importantes del año litúrgico, celebramos que Cristo, “el ungido”, es sin duda, el Rey del universo. Su Reino “no de este mundo”.  El título de “rey”, referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión “rey de Israel” y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. Es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

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El buen uso de las nuevas tecnologías de la comunicación

Queridos diocesanos

Las nuevas tecnologías de la comunicación, Internet y las redes sociales están transformando los modelos de comunicación y de las relaciones humanas y van haciendo cada vez más pequeño nuestro mundo; desparecen las distancias y nos sentimos más cerca los unos de los otros; nos hacen interdependientes. Estos medios se han convertido en una plaza pública y abierta en la que las personas comparten ideas, informaciones y opiniones, y donde nacen nuevas relaciones y formas de comunidad. Son un verdadero don para la humanidad. Por ello hemos de colaborar para que sus ventajas se pongan al servicio de todos los seres humanos, sobre todo de los más necesitados y vulnerables.

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Jornada Mundial de los pobres

 

Queridos diocesanos:

Hace un año, el 13 de noviembre, el papa Francisco celebraba en la Basílica de San Pedro el Jubileo de la Misericordia dedicado a todas las personas marginadas. De manera espontanea, al finalizar la homilía, manifestó un deseo: “Quisiera que hoy fuera la Jornada de los pobres”. Nacía así la Jornada Mundial de los pobres que, como fruto granado y recuerdo del Año Santo de la Misericordia, celebraremos a partir de ahora todos los años en toda la Iglesia, el domingo previo a la fiesta de Cristo Rey. Este año será el próximo domingo, día 19 de noviembre.

Con esta Jornada, el Santo Padre nos invita a toda la Iglesia, a todos los cristianos y también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a escuchar el grito de ayuda de los pobres. Ellos son los destinatarios preferenciales de las palabras y gestos salvadores de Jesús y deben ser, también hoy, los destinatarios privilegiados de la vocación y misión de nuestra Iglesia.

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Contigo somos una gran familia

Queridos diocesanos:

El Día de la Iglesia Diocesana, que celebraremos el próximo Domingo, día 12 de noviembre, es una Jornada muy apropiada para conocer nuestra Iglesia diocesana, para sentirla como propia, para amarla como a nuestra madre en la fe y como nuestra propia familia. Sentirla como nuestra propia familia suscitará nuestro compromiso efectivo en su vida y en su misión evangelizadora y en su sostenimiento económico.

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Orar por los difuntos

 

 Queridos diocesanos:

En unos días celebraremos el Día de los fieles difuntos. Nunca nuestra fe cristiana es tan consoladora como ante el misterio de la muerte. Al contrario de lo que propaga la fiesta pagana de Halloween, el creyente afronta el final de la existencia terrenal no con temor, sino con esperanza gracias a las palabras y la promesa de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”(Jn 11,25) . Por eso decimos en el Credo: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”. Estas verdades se expresan en las exequias de la Iglesia y en el cuidado por dar sepultura a nuestros difuntos. Sin embargo, hoy vemos, incluso entre los católicos, muchos malentendidos al respecto, que llevan a abandonar las prácticas establecidas por nuestra Iglesia. Quisiera mencionar dos de estas prácticas.

  1. Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrifico eucarístico. El corazón del funeral de un cristiano ha sido siempre la celebración de la santa Misa, con los restos terrenales del fallecido presentes siempre que esto sea posible.

El objetivo principal de la Misa exequial es implorar la misericordia de Dios por el alma del difunto. Es doctrina de fe de la Iglesia que existe el purgatorio y que las almas que allí se encuentran pueden ser auxiliadas por nuestras oraciones. “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (CICa, 1030). La Misa es la oración más grande y poderosa que podemos ofrecer a Dios por nuestros difuntos; los vivos tenemos una obligación de caridad de ofrecerla por ellos. En la Misa de funeral damos además gracias a Dios por el don de la salvación otorgado por Cristo a los que fallecen, y pedimos el consuelo de la fe para los que sufren por su muerte. La presencia del cuerpo y los restos del fallecido en la iglesia, la casa de Dios, es un acto final para honrar a ese cuerpo que fue el Templo del Espíritu Santo en esta vida y será el cuerpo glorificado de un santo en la resurrección en el día final.

No celebrar la Misa de funeral por el difunto o limitarse a una celebración de la Palabra en el tanatorio -cuando se hace por comodidad o por razones económicas- es, cuando menos, una falta de caridad hacia el difunto. El funeral de un católico debe ser celebrado en la iglesia parroquial del fallecido y no en un tanatorio; porque es un miembro de la comunidad quien ha fallecido, y toda la comunidad debe sentirse concernida por su muerte y llamada a orar por ese hermano o hermana en la fe.

  1. El cuerpo de un bautizado es Templo del Espíritu Santo, tabernáculo viviente de Dios; en la eternidad, nuestros cuerpos compartirán la gloria de la Resurrección. Por ello, los católicos tratamos a los cuerpos de nuestros difuntos como algo sagrado, pues lo son. Deberíamos dar sepultura a nuestros difuntos, a ser posible, en suelo bendecido. Esto proporciona un espacio sagrado al cual los seres queridos pueden acudir para rezar por ellos. La Iglesia recomienda que se cumpla esta costumbre piadosa de sepultar los cuerpos de los fallecidos, aunque no prohíbe su cremación, a menos que ésta haya sido elegida por razones contrarias a la fe cristiana en la resurrección de los cuerpos.

Sin embargo, si se elige la cremación, sigue siendo obligada la sepultura de los restos en un lugar bendecido o su colocación en un columbario bendecido, tan pronto como sea posible después de la Misa de funeral. Están prohibidas las prácticas de esparcir las cenizas, hacerlas parte de una pieza de joyería, dividirlas entre los familiares para mantenerlas como recuerdo, o hacer otras cosas extrañas con ellas. Tales prácticas no dan honor al cuerpo y, de forma indirecta, son contrarias a nuestra fe en la resurrección de los muertos. Hay quienes dicen que quieren mantener las cenizas en su hogar para poder “sentirse cercanos” a sus seres queridos. Esto muestra un olvido o una falta de fe en la comunión de los santos, por la cual estamos espiritualmente unidos a los que han fallecido en el Señor.

La luz del Evangelio disipa la oscuridad de la muerte. No nos dejemos llevar por la atmósfera pagana que nos rodea, que rechaza la existencia del alma, la santidad del cuerpo, la misericordia de la Redención y la vida eterna con Dios en el cielo. Paguemos el amor que debemos a nuestros difuntos orando frecuentemente por su eterno descanso. Oremos por nuestros seres queridos y amigos ya fallecidos, especialmente en el Día de los fieles difuntos.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón