Homilía en el Día de Navidad

Castellón. S.I. Concatedral, 25 de diciembre de 2010

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

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  1. ¡Feliz Navidad’, hermanos, porque “hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Un año más la liturgia de la Iglesia nos congrega ante el misterio santo de la Navidad; de nuevo nos reunimos ante el portal de Belén para adorar y meditar, para bendecir y alabar, para postrarnos en humilde oración ante el Niño Dios, nacido en Belén. Porque “un niño nos ha nacido, un hijo se nos dado” (Is 9, 5). Estas palabras del Profeta Isaías encierran la verdad de este gran Día; estas palabras nos ayudan, a la vez, a entrar en su misterio y nos introducen en el gozo de esta fiesta.

 

Nos ha nacido un Niño, que, en apariencia, es uno de tantos niños. Nos ha nacido un Niño en un establo de Belén: nace y yace humilde y pobre entre los pobres. Pero ese Niño que ha nacido es “el Hijo” por excelencia: es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hb 1,3). Anunciado por los profetas, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Inmaculada Virgen María. Cuando, hoy proclamemos en el Credo las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, todos nos arrodillaremos. Meditaremos brevemente el misterio que hoy se realiza: el Hijo de Dios “se hizo hombre”. Si todavía nos queda capacidad de asombro y gratitud, contemplemos el misterio de la Navidad, adoremos al Niño-Dios. Hoy viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas en adoración agradecida.

 

  1. Sí hermanos: Adoremos al Niño con sentida gratitud, porque “un Hijo se nos ha dado”. La Navidad es don de Dios para toda la humanidad: el mayor de todos los dones posibles, el mejor regalo posible, porque Dios nos da a su propio Hijo por puro e inmerecido amor al hombre. Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana para comunicarnos la vida divina. No dejemos distraer por los ruidos exteriores o por los tintes paganos de las celebraciones navideñas en nuestros días. No permitamos que los intentos de silenciar o negar el sentido propio de la Navidad nos embauquen también a los cristianos.

 

Navidad, su raíz más profunda y su razón suprema es que nace Dios: Dios nace a la vida humana, Dios se hace hombre, el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de la vida de Dios. Navidad, el nacimiento de Jesús en Belén, significa que Dios está con nosotros. Dios no es un ser lejano, que viva al margen de la historia humana o que esté enfrentado a la humanidad. El Dios que hoy se nos muestra en este Niño es el Dios-con-nosotros, que entra en nuestra historia y la comparte, que está a favor de los hombres: El Niño-Dios es el Emmanuel. Si la gloria del hombre es Dios mismo, también “la gloria de Dios es que el hombre viva” (S. Ireneo). Es una tentación y una tragedia permanente del ser humano, desde el origen de la historia humana, pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño-Dios nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo o progreso, de su libertad o de su felicidad. Dios, hermanos, no es el opio del hombre; es decir, una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo.

 

No, hermanos. Dios se hace hombre por amor al hombre, para que éste lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. Por ello, si el hombre quiere serlo en verdad y conforme a su propia dignidad de ‘imagen de Dios’, no puede silenciar a Dios en su vida, no puede marginarlo en su existencia, no puede intentar liberarse de El declarando su muerte para comenzar así a ser hombre. En Jesucristo y por Jesucristo, Dios ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

 

  1. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14), hemos proclamado en el Evangelio. La Palabra, que existía desde siempre, que ya existía desde el principio de todo, cuando Dios creó el cielo y la tierra, esa misma Palabra toma carne en un momento de la historia. Jesús, el Niño-Dios nacido en Belén de la Virgen María, es la Palabra por la que todo fue creado, es la Palabra pronunciada de Dios, la manifestación y revelación definitiva y plena de Dios a los hombres. Dios mismo se revela, manifiesta y se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Este Niño-Dios es la manifestación definitiva de Dios. “Ahora, en la etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). No tenemos otro camino para conocer a Dios, para caminar hacia Él y para encontrarnos con El sino el Niño-Dios. Jesús dirá más tarde a uno de sus discípulos: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne; no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso, Jesucristo. No es tampoco un mito de la religión, ni es una leyenda piadosa, sino una persona real de la historia humana.

 

Si creemos así, hermanos, creeremos también que el nacimiento de Jesús es la epifanía, la manifestación de Dios. En Jesús y por Jesús, Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús, es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar.

 

Cristo Jesús, la Palabra hecha carne, culmina la plenitud de los tiempos, es el centro de la historia y el cumplimiento de la promesa de Dios, que es promesa de salvación. En el nacimiento de Jesús, Dios pone su tienda entre los hombres, cambia el rumbo de la historia, capacitándonos para el empeño humano de construir la fraternidad universal. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Por eso, cuando la Navidad alumbra a Dios, se convierte en una fuerza imparable de paz y de fraternidad.

 

La humanidad, siempre y más que nunca en nuestros días, está necesitada de ese Niño-Dios, “el Príncipe de la paz”, para que acalle el ruido de las armas, para que ponga unión en las familias, para que ilumine con la verdad las tinieblas del error y de la mentira, para que siembre perdón y reconciliación entre las naciones, y gratuidad y amor entregado frente tanto individualismo egoísta.

 

  1. El nacimiento de Jesús significa el encuentro de Dios con los hombres, pero también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. Al venir Dios a este mundo abre definitivamente el camino de los hombres a Dios. De esta suerte se nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf. Jn 1,12).

 

La Navidad no es un hecho del pasado sino del presente. Y será del presente en la medida en que dejemos que Dios llegue a nosotros. Muchos, hoy como entonces, tampoco se darán cuenta del nacimiento en la carne del Hijo de Dios. Seguirán creyendo que Dios hace tiempo que enmudeció, que dejó de interesarse por el hombre, que se olvidó de nuestra realidad sufriente. O pensarán que el hombre no tiene necesidad de Dios. Pero también hoy, en medio, de tanto colorido anodino y de tanto contrasentido navideño, Dios, por encima de todo, viene y nace. Esa es la gran verdad: ¡Dios nace de nuevo en cada hombre y en cada mujer que esté dispuesto a acogerle en la fe, a dejarle espacio en su vida!

 

  1. Acerquémonos, pues, al Portal con la sencillez y la alegría de los pastores, con el recogimiento meditativo de María, con una la actitud de adoración, de amor y de fe de José y los Magos de Oriente. Navidad pide de todo cristiano contemplar y adorar el misterio, acogerlo en el corazón y en la vida, y celebrarlo en la liturgia de la Iglesia. No nos avergoncemos de confesar con alegría nuestra fe en el Niño-Dios. Mostremos al Niño-Dios con humildad al mundo para que Cristo ilumine las tinieblas del mundo, para que llegue también a cuentos no lo conocen, no creen en El o lo rechazan. ¡Que el fulgor de su nacimiento ilumine la noche del mundo! ¡Que la fuerza de su mensaje de amor destruya las asechanzas del maligno! ¡Que el don de su vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano! ¡Que El Niño-Dios, el Principie de la Paz, nos conceda su Paz, la Paz de Dios, y encienda de nuevo la esperanza en nosotros! Sólo El nos asegura el triunfo del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte, el destino de la humanidad. ¡Que nuestros deseos de paz en estos días no sean efímeros! ¡Y que la alegría de esta Navidad, se prolongue durante todo el año, como el nacimiento hacia una vida que quiere crecer y madurar en el amor, en la verdad, en la justicia y en la paz!

 

¡Feliz, santa y cristiana Navidad para todos!

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Clausura del Año Mariano de Ntra. Sª de la Esperanza, Patrona de Onda

 

Onda, Iglesia parroquial de La Asunción de Nuestra Señora,
19 de diciembre de 2009

IV Domingo de Adviento

(Is 7,10-14; Sal 23; Rom 1,1-7; Mt 1,18-24)

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¡Muy amados todos en el Señor Jesús!

 

Saludo

  1. El IV Domingo del Adviento del pasado año abríamos el Año Mariano dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza”, Patrona de esta muy querida Villa de Onda. También en el IV Domingo de Adviento, Domingo mariano por excelencia, el Señor nos convoca para su clausura.

 

Os saludo de todo corazón a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre para la acción de gracias en esta Solemne Eucaristía. Saludo de corazón a los Sres. Párrocos de La Asunción de Nuestra Señora, de la Virgen del Carmen, de San Bartolomé  y de Artesa, a los Vicarios parroquiales, a los Padres Carmelistas Descalzos, y a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes. Mi saludo lleno de cordial afecto y mi gratitud a los componentes de la Comisión Interparroquial para el Año Mariano así como a los representantes de Cofradías y Asociaciones de la Villa, a las Hermanas de la Consolación y a las Hijas de la Caridad. Saludo también con respeto y agradecimiento al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Onda así como al Consejo Rector de Caja Rural de Onda. Sed bienvenidos todos cuantos habéis venido hasta esta iglesia de Asunción, para la clausura de Año Mariano. Saludo también de corazón a los que nos seguís desde vuestras casas a través de los Medios de Comunicación.

 

A lo largo de este año Mariano habéis mostrado vuestro gran amor y vuestro cariño filial hacia la Madre y Patrona de Onda, la Virgen de la Esperanza. Sé de vuestra participación masiva y fervorosa en los actos que han jalonado este Año Mariano. Al contemplar a la Virgen de la Esperanza en medio de vosotros la habéis rezado y suplicado, la habéis honrado y la habéis cantado “bendita entre todas la mujeres” por ser la Madre del Hijo de Dios, nuestra única esperanza.

 

Llamados a la acción de gracias por los dones recibidos

  1. 2. Nuestra alegría se hace esta mañana oración de alabanza y de acción de gracias. Sí: De manos de María, Madre de Dios y Madre nuestra, nuestra mirada se dirige a Dios. Con María le cantamos: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. … porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí’ (Lc 1, 46-47, 49). Sin El, sin su permanente presencia amorosa nada hubiera sido posible. Al Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, alabamos y damos gracias. Él nos ha concedido la gracia de vivir y celebrar este Año mariano; gracias damos a Dios y a la Virgen de la Esperanza, medidora de toda gracia, por todas las obras grandes que, a través de María, Dios ha hecho en todos vosotros. Quizá no lo percibáis, pero este Año dejará sus frutos sin duda alguna: frutos de mayor devoción mariana, frutos de conversión a Dios, a su Hijo y al Evangelio, frutos de fortalecimiento de vuestra fe y vida cristiana, y frutos de renovación de vuestras parroquias, familias, comunidades, asociaciones y grupos.

 

Sí, hermanos: Estoy seguro que María os ayudado a volver la mirada y a acoger más y mejor a Dios en vuestras vidas –personal, familiar, comunitaria y social. Ella, como nos anuncia hoy Isaías (cf. Is 7,10-14), es la señal que Dios envió a su pueblo que estaba tentado de alejarse de él y poner su confianza en las poderes de este mundo; ella es la virgen que concibió y dio a luz un hijo, que es el Hijo de Dios, el Enmanuel, el Dios-con-nosotros, nuestra única esperanza. Cristo Jesús, el Hijo de Dios, es el Salvador, que con su encarnación en el seno virginal de María, y con su muerte y resurrección ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres. El es nuestra esperanza: una esperanza gozosa y segura.

Como el Papa Benedicto XVI nos acaba de decir: No dejemos de mirar a Dios, al Dios que nos muestra María, al Dios que nos da María, al Dios que de sus manos habéis tenido la ocasión de experimentar en este Año Mariano. El drama del ser humano, nuestra tentación permanente, es querer desalojar a Dios de nuestra existencia personal, de la educación de nuestros niños y jóvenes, del amor matrimonial, de la vida familiar, de la vida nuestra Villa. María nos muestra “que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Como Santa Teresa de Jesús escribió: ‘Sólo Dios basta’”. (Homilía en Santiago de Compostela, 6.11.2010)

Es una tragedia para el ser humano pensar que Dios sea el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Así se ensombrece la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16). La mayor prueba de este amor de Dios es su Hijo entregado por amor hasta la muerte. Con su nacimiento, muerte y resurrección, Jesús ha iniciado el mundo nuevo, la vida nueva del hombre en Dios; en Cristo, Dios ha realizado su promesa y las esperanzas humanas de una manera sorprendente e inesperada.

De manos María mantened viva la fe en el Salvador, nuestra esperanza. De manos de la Virgen de la Esperanza, como vuestros antepasados habéis avivado y fortalecido vuestra fe en el Salvador, Cristo Jesús. Seguid contemplando a María y como ella mantened viva vuestra fe en Dios. Todo el ser de María, toda su persona y toda su vida nos muestran y llevan nuestra mirada a Dios. Con sus palabras de respuesta al Ángel, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), María nos dice que Dios es lo único necesario, que sólo Él basta. Antes de nada y más allá de nuestros deseos y esperanzas, hemos de reconocer que Dios es Dios; si queremos ser libres y felices, hemos de dar espacio a Dios en nuestra existencia, hemos de dejar a Dios ser Dios en nuestra vida.

 

Mirar al futuro con esperanza, enraizados en Cristo

  1. El Año mariano concluye. Pero ¿cómo continuar lo vivido en este Año para afrontar el futuro con confianza y esperanza? Como María sólo lo podemos hacer desde Dios con una fe viva, con una esperanza firme y con una caridad ardiente. Sabemos que Dios se ha hecho Enmanuel, Dios-con-nosotros. Creemos que el Señor Jesús ha resucitado, y que está por la fuerza de su Espíritu siempre en medio de vosotros, que Él guía nuestros pasos por el camino de la paz, que Él conduce a los creyentes y a su Iglesia, a vuestras familias y vuestras comunidades parroquiales para sean vivas y evangelizadoras hacia adentro y en la ciudad.

 

Cierto que, como ya nos dijera el Papa Juan Pablo II, la situación no es fácil para mantenerse firmes en la fe y seguir evangelizando. Entre nosotros, decía el Papa “no faltan ciertamente símbolos prestigiosos de la presencia cristiana, pero éstos, con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontadas” (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 7).

 

No duda cabe que la sociedad ha cambiado y la cultura religiosa también. Decae la práctica religiosa y muchos católicos, especialmente de los más jóvenes, se alejan de la Iglesia. Muchos se han vuelto indiferentes y viven como si Dios no existiera. Padecemos una verdadera crisis de vocaciones en general, y al sacerdocio en particular. Se hace cada día más difícil la transmisión de la fe a los niños y jóvenes. Aunque muchos niños aún, a Dios gracias, son bautizados, vienen a las catequesis o se apuntan a la clase de religión, sin embargo, en un mundo cerrado a Dios, a su Palabra y a sus mandamientos, se les hace enormemente difícil acoger a Dios en su existencia, creer en Jesucristo, aceptar el Evangelio como norma de vida, crecer y mantenerse unidos a la fe y vida de la Iglesia, participar en la Eucaristía dominical, seguir la moral que la Iglesia nos propone. También el matrimonio y la familias sufren una fuerte crisis: los mismos católicos nos vamos haciendo indiferentes ante la convivencia de hombres y mujeres fuera del matrimonio, o ante las cada vez más frecuentes rupturas matrimoniales, ante la escasa disponibilidad de acoger una nueva vida como don de Dios, ante el aborto y su extensión entre nosotros.  La familia va dejando de ser el ámbito donde se viva y transmita la fe cristiana. Tenemos muchas tradiciones religiosas, pero cada vez es menor su incidencia real en nuestra vida personal, familiar y comunitaria. Nuestras comunidades van perdiendo miembros que participen en su vida y en su misión.

 

Ante todo ello y ante nuestros miedos e inoperancias, hoy resuenan de nuevo las palabras de San Pablo en la segunda lectura: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios … (que se) refiere a su Hijo, nacido según la carne, de la estirpe de David… Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe” (Rom1, 1-7). Quien como Pablo se ha encontrado con Cristo, ha recibido también el don la misión de anunciarlo a todas las gentes. Un don y una misión que corresponde a todos, pero en especial a vuestras comunidades parroquiales, en las que debéis cultivar vuestra fe y vuestra vida cristiana.

 

Vuestras comunidades parroquiales están formadas por piedras vivas, que sois los fieles cristianos, y su piedra angular es Cristo. Vuestras comunidades están llamadas a ser en los barrios signo de la presencia de Dios, lugares donde se actualice la alianza de Dios con su pueblo, ámbitos donde Dios sale al encuentro de los hombres, para comunicarles su vida de amor que genera lazos de comunión fraternas. En las parroquias Dios actúa especialmente a través la Palabra de Dios, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y  la caridad

 

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón bien dispuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor en la oración personal y comunitaria. La Palabra de Dios es luz, que ilumina el camino de nuestra existencia, que fortalece, consuela y une. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis y la formación que se imparte en los distintos grupos no sólo deben conducir a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas: esto es algo muy necesario y urgente. Pero la escucha de la Palabra nos ha de llevar y ayudar, antes de nada, a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial.

 

Seguir a Jesucristo nos impulsa a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia bajo la guía de los pastores, en comunión afectiva y efectiva con ellos. La Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con docilidad, ha de ser puesta en práctica (cf. Sant 1, 21-ss). Ella hace posible, por la acción de Dios, hombres nuevos con valentía y entrega generosa.

 

En las comunidades parroquiales, Dios se nos da también a través de los Sacramentos. Al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea, se acrecienta y se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

 

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es el centro y el corazón de todo cristiano, de toda familia cristiana, de comunidad eclesial. Hemos de vivir centrados en la Eucaristía. Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil permanecer fiel en la vida cristiana y en la misión. Como un peregrino en la vida, todo cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

 

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía nos lleva necesariamente a vivir la fraternidad, a practicar la caridad personal y comunitariamente. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en cada Parroquia. A ellos se ha de atender con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo.

 

El Sacramento de la Penitencia, por su parte, será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre “rico en misericordia’ (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para la misión, nos empuja a ser testigos de su amor, testigos del perdón.

 

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Y en nuestra época si queréis ser evangelizadores auténticos no podéis anunciar a Jesucristo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos. Un creyente que no se confiesa con cierta frecuencia y no participa en la Misa dominical, en pocos años se aparta de Cristo y con el tiempo se convierte en un cristiano amorfo. Su fe se ha esfumado, no tiene consistencia.

 

Exhortación final  

  1. Miremos a María, Nuestra. Señora de la Esperanza. Sólo unos días nos separan de la santa Navidad. Celebremos y contemplemos el gran misterio del Amor de Dios, que nunca termina de sorprendernos. Dios se hace Enmanuel, Dios-con-nosotros- para que todos los hombres nos convirtamos en hijos de Dios. Durante el Adviento, del corazón de la Iglesia se ha elevado una súplica: “Ven, Señor, a visitarnos con tu paz; tu presencia nos llenará de alegría”. La misión evangelizadora de la Iglesia es la respuesta al grito “¡Ven, Señor Jesús!”: una súplica que atraviesa toda la historia de la salvación y que sigue brotando de los labios de los creyentes. “¡Ven, Señor, a transformar nuestros corazones, para que los hombres creamos en ti, te recibamos en nuestros corazones y en nuestras casas, y en el mundo se difundan la justicia y la paz!”. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Homilía en la Vigilia por la Vida Naciente

Castellón, S.I. Concatedral,  27 de noviembre de 2010

Vísperas del I Domingo de Adviento

(Is 2, 1-5; Sal 123; Rom 13, 11-14ª; Mt 24, 37-44)

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¡Hermanas y hermanos amados todos en el Señor Jesús!

 

Al inicio de un nuevo Adviento

1.Unidos espiritualmente al Santo Padre y a la Iglesia entera, dispersa por el mundo entero, hemos acudido “alegres a la casa del Señor” (Sal 123) esta tarde-noche para orar por la vida humana naciente. Lo hacemos en las vísperas del I Domingo de Adviento, con las que iniciamos un nuevo adviento. No se trata de repetir mecánicamente los advientos pasados, sino llevados por la liturgia miramos el Acontecimiento siempre actual: Jesucristo, el Señor y el Salvador, el Verbo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para la Vida del hombre, de todo ser humano. Y este Acontecimiento nos quiere arrancar de la rutina cotidiana, del silencio cobarde y del abatimiento conformista ante un mundo silenciador de Dios, que no acoge ni respeta la vida naciente, para orar y gritar a Dios porque es posible otro mundo, porque es posible la esperanza.

 

La Palabra de Dios de este primer domingo nos describe el adviento como ese doble movimiento que se da en la historia de la salvación, de la historia de Dios con los hombres. En el primer movimiento, Dios tiene la iniciativa: es el Dios que vino, que viene y que vendrá, con un continuo entrar en nuestras situaciones para sanarlas y salvarlas. El segundo movimiento, salido del corazón del hombre, es la espera y la vigilancia con que hemos de acoger al Señor. El Señor que llega, el hombre que le espera con una actitud vigilante. Mirando al Señor que ya vino hace 2000 años, nos preparamos a recibirle en su última venida al final de los tiempos, acogiendo al que incesantemente llega a nosotros, a nuestras vidas y a nuestro corazón, en nuestro hoy de cada día.

 

“Por tanto, estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora” Mt 24, 41), nos dice el Señor en el Evangelio de hoy. No son unas palabras que pretendan causarnos miedo, sino una llamada seria de atención para que cuando Él manifieste su gracia en nuestros corazones, cuando se haga presente en nuestra vida, cuando él salga a nuestro encuentro en una nueva vida humana podamos sencillamente reconocerlo. Así dice una antigua oración: “Oh Dios que vendrás a manifestarte en el día del juicio, manifiéstate primero en nuestros corazones mediante tu gracia”.

 

Centramos nuestra mirada en Jesucristo

  1. El Evangelio de hoy centra nuestra mirada en Jesucristo: todo termina en Él. La historia del mundo, nuestra propia existencia y la de todo ser humano se verán expandidas por este encuentro definitivo hacia el que caminamos. Todo camina hacia el encuentro con el Señor Jesús, el Hijo del hombre. Esta certeza de nuestra fe es lo más importante. En contra de las apariencias contrarias, la historia de los hombres no está tejida por el azar, por las intervenciones de algunos grandes genios o por las decisiones de los poderosos.

 

No. En lo profundo de la historia del hombre, opera el poder de Dios manifestado en Cristo, muerto y resucitado para la Vida del hombre. Dios ha enviado a su Hijo Jesucristo al mundo en nuestra condición humana. Con la Encarnación del Verbo, el Hijo de Dios, Dios mismo ha entrado en nuestra historia, se ha hecho Enmanuel, el Dios-con-nosotros, Dios mismo ha asumido nuestra naturaleza, se ha hecho uno de los nuestros, en todo semejante a nosotros menos en el pecado; por su muerte y resurrección ha vencido el pecado y la muerte, nos ha remido y salvado.  Jesucristo no ha cesado de estar presente en nuestro mundo y en nuestra historia, de un modo muchas veces impalpable y discreto, pero seguro, como nos dice el Evangelio. Creemos que Jesucristo se halla presente en el mundo con una presencia real, aunque discreta y misteriosa. Al fin de los tiempos esta presencia aparecerá en el gran día. Ya no tendremos que creer en ella, porque la veremos. Seremos inundados de certeza y colmados de felicidad.

 

En el Adviento nos preparamos a la celebración del Nacimiento del Hijo de Dios. El Señor Jesús, el Hijo de Dios encarnado, es el “sí” definitivo de Dios al ser humano, a todo ser humano: todo ser humano es fruto del amor creador de Dios y está llamado participar sin fin de la Vida y Amor de Dios. El Señor Jesús es el ‘sí’ definitivo de Dios al sufrimiento humano, también de las mujeres traumatizadas a causa del aborto. El Señor Jesús es el ‘si’ a la esperanza de los hombres, que nos asegura que es otro posible otro mundo, en que se acoja, proteja y defienda la vida naciente o en cualquier estadio de de su desarrollo. El Año litúrgico, que hoy comenzamos, es el recuerdo y la celebración en nuestro hoy del misterio de Cristo que, con su encarnación, muerte y resurrección, ha llevado a la humanidad a su única y verdadera plenitud.

 

Y con esperanza oramos por la vida naciente

  1. Por todo ello, el Adviento, preparación a la Navidad, es una llamada a avivar la esperanza cristiana. Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección, ya ha traído la salvación, la vida en Dios a los hombres, y nos emplaza a nuestra fidelidad. Nuestra esperanza es una esperanza gozosa, segura y, a la vez, exigente; arraiga en el amor incondicional de Dios hacia todo ser humano, huye de los optimismos frívolos, lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud escatológica del momento definitivo de Dios.

 

“A ti, Señor, elevo mi alma; Dios mío en ti confío no quede yo defraudado; que no triunfen de mi mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados”, así ora el salmista (Sal 24, 1-3) como nos recuerda la antífona de entrada de la Misa de hoy. Movidos por esta esperanza en Dios, Dios del amor y de la vida, manifestado en Cristo, nuestro compromiso se hace, esta tarde –noche, oración por toda vida humana, especialmente por la vida humana naciente. Recordemos: El Nacimiento del Hijo de Dios es el gran Sí de Dios a la vida humana, a toda vida humana. Con su encarnación, el Hijo de Dios se ha unido, en cierto modo, con todo hombre; a la vez que nos revela el misterio del Padre Dios y de su amor, manifiesta así plenamente quién es el hombre al propio hombre: Cristo nos descubre la sublimidad de la vocación a que está llamado todo ser humano: es creado por Dios por amor y para la Vida. Agradezcamos al Señor, que con su Nacimiento y con el don total de sí mismo, ha dado sentido y valor a toda vida humana e invoquemos su protección sobre cada ser humano llamado a la existencia.

 

La vida humana se ve amenazada hoy a causa de una ‘cultura’ relativista , hedonista y utilitarista, que ofusca la razón para descubrir la dignidad propia e inviolable de cada ser humano, cualquiera que sea el estado de su desarrollo. Hemos de ser conscientes de las amenazas que se ciernen sobre la vida naciente como consecuencia de la llamada ‘cultura de la muerte’, de las leyes que permiten la píldora abortiva y el aborto e, incluso, que se atreven a declararlo, contra toda justicia, como un ‘derecho’. La banalización de la sexualidad y del aborto está minando la conciencia moral de muchos bautizados, especialmente de los más jóvenes. Así lo detectamos de modo creciente en las conversaciones, en las catequesis de Confirmación o en las clases de Religión.

 

Nos toca vivir en un contexto dominado por un eclipse de la conciencia moral sobre el valor y la dignidad de la vida humana. El aborto, cada día más extendido también entre nosotros, tiene una malicia real. Porque no estamos ya ante el aborto como un hecho inicuo que se comete de forma particular; estamos ante una realidad de enormes proporciones que busca su propia justificación al margen de la Ley de Dios y de los más elementales principios morales de la razón humana. Hemos de tomar conciencia de que el aborto es una auténtica estructura de pecado, que busca la deformación generalizada de las conciencias para la extensión de su maldad de modo estable.

 

Por ello hemos de orar a Dios, único Dueño de la vida, para que convierta las mentes y los corazones. Oremos por la conversión de la mente y del corazón: en nosotros mismos, para que sepamos acoger, proteger y defender la vida humana naciente en todo momento siendo testigos del Evangelio de la vida; oremos por nuestras familias y por nuestros, que se ven fácilmente arrastrados por la mentalidad pro-abortista circundante. Oremos a Dios por la conversión de la mente y del corazón de los legisladores y de todos aquellos que hacen del aborto un negocio sumamente lucrativo.  Oremos a Dios para que la cultura de la muerte sea sustituida en nuestra sociedad por la cultura de la vida: una cultura que acoja con alegría y promueva la vida humana y tutele su dignidad sagrada.

 

Como Iglesia tenemos el deber de dar voz con valentía a quien no tiene voz y de afirmar una vez más con firmeza el valor de la vida humana y de su carácter inviolable. Todos, pero especialmente, los sacerdotes, catequistas, profesores de religión y padres de familia estamos llamados a acoger cordialmente y a anunciar sin miedos ni complejos el Evangelio de la vida en comunión efectiva con la tradición viva y el Magisterio de la Iglesia.

 

Por intercesión de Santa María elevo mi voz a Dios y le pido  que nos conceda la gracia de saber acoger con gratitud, de  respetar, de defender, de amar y de servir a toda vida humana. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Apertura del curso académico de la Universidad CEU en Castellón

 

S.I. Concatedral de Sta. María en Castellón – 26 de octubre de 2010

(Ef 5, 21-33; Sal 127; Lc 13, 18-21)

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Hermanos y hermanas en el Señor:

 

  1. Con esta Eucaristía y el Acto Académico posterior inauguramos el Año Académico de la Universidad CEU Cardenal Herrera en Castellón. A los estudios de Enfermería, presentes ya en nuestra Ciudad desde el año 2007, se unen ahora los estudios de Medicina y de Educación. La sociedad castellonense está de enhorabuena por la ampliación de la oferta de estudios universitarios en la Ciudad. La sólida e integral formación de enfermeros, en fidelidad al proyecto educativo del CEU, está ya beneficiando a muchos en el ámbito de la enfermería; a partir de ahora, la formación sólida e integral de profesionales de la medicina y de educadores de nuestros niños, adolescentes y jóvenes será igualmente beneficiosa en el ámbito de la medicina y de la educación, como ya ocurre en otros lugares de la geografía española.

 

También nuestra Iglesia diocesana se considera enriquecida por esta ampliación de estudios superiores en Castellón. Como Obispo, de esta Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón, doy gracias a Dios por este su nuevo don a nuestra Iglesia; agradezco de todo corazón a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos por ampliar su presencia en nuestra Ciudad: no es sino expresión del ejercicio del derecho a la libertad de enseñanza y a la creación de centros de estudio superiores, reconocido en nuestra Constitución, y, también, de su compromiso con la acción evangelizadora de la Iglesia. Mi ruego a Dios en 2007, al inaugurar los estudios de Enfermería ha sido escuchado: pedía entonces a Dios que dicha Titulación fuera la puerta de una presencia aún mayor en la formación universitaria de las futuras generaciones desde un planteamiento confesional católico, como es propio del CEU y de la Asociación Católica de Propagandistas que la sustenta. Agradezco también a las Instituciones públicas y privadas, la colaboración prestada para que la Universidad CEU Cardenal Herrera haya podido ampliar su oferta de Grados Universitarios en Castellón.

 

  1. Como Obispo de esta Iglesia de Segorbe-Castellón ruego a Dios para que en estas Titulaciones se promueva la formación humana, cristiana y profesional de enfermeros, médicos y profesores con exigencia intelectual, excelencia académica y con una visión trascendente del hombre. Así lo proclama el proyecto educativo del CEU; esta será vuestra aportación a la misión evangelizadora de esta Iglesia diocesana. Los valores más significativos del CEU en sus centros educativos son, en primer lugar, la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y búsqueda de la verdad, en un ámbito en el que primen el respeto, la solidaridad y la cercanía; asimismo lo es la concepción integral del hombre, criatura de Dios y abierto a la Trascendencia, de la que se parte y que se propone, en la que la libertad en la verdad se convierte en su dimensión esencial; en tercer lugar, está la búsqueda del rigor, la exigencia y la excelencia académica en la actividad de toda la comunidad educativa; y, finalmente, la profesionalidad y eficacia,

 

El quehacer diario de toda la comunidad educativa –alumnos, profesores y administrativos- en estos valores será el mejor servicio que vuestros Centros pueden prestar a la Iglesia y a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales en enfermería, en medicina o en educación; se trata antes de nada de formar en el ser enfermeros, médicos o educadores con una visión trascendente y cristiana de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes o educandos, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural o del derecho a una educación integral, basada en la verdad  para la verdadera libertad y la responsabilidad ante sí mismo, ante Dios y ante la sociedad.

 

  1. San Pablo, en la lectura de este día, nos exhorta con estas palabras: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano” (Ef 5,21). De la reunión cultual pasa Pablo a hablar de la familia cristiana. “Familia” en la antigüedad comprendía la comunidad doméstica de marido y mujer, hijos y también los esclavos y sirvientes: una comprensión que bien podemos aplicar a una comunidad educativa católica. Para todos ellos vale esta ley fundamental de San Pablo: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano o en el temor de Cristo”.

 

Aquí Pablo pasa, casi sin darse cuenta, del culto a la vida diaria de la familia. Para Pablo la vida cristiana es solamente una; que no hay dos esferas diferentes: Iglesia y casa, Domingo y días laborables, liturgia y vida. De la Eucaristía a la vida, y de la vida a la Eucaristía. Del culto parte siempre una nueva la comprensión de la voluntad de Dios y la fuerza para llevarla a cabo. Y viceversa, la vida vivida -alegría y dolor, éxitos y fracasos, esperanza y preocupaciones- es lo que el cristiano lleva consigo, cuando juntamente con sus hermanos celebra la liturgia en la presencia de Dios.

 

Para Pablo, la familia cristiana y, por extensión toda comunidad cristiana, se construye sobre la recta sumisión de sus miembros en el respeto y en el amor cristiano, un amor de total entrega como Cristo a su Iglesia. Lo específicamente cristiano es esta sumisión “en el temor de Cristo”, o sea en el santo y respetuoso temor ante la presencia de Cristo, el Señor, para hacerle presente en todo momento. Este hecho da a toda la vida una nueva consagración. Además reconcilia la sumisión con la dignidad de la persona, y da a la recta ordenación un fundamento básico, sobre todo allí donde la cortedad de la parte poseedora de la autoridad  pondría en peligro esta ordenación.

 

Bien sabemos que el problema central de nuestro tiempo es la apostasía silenciosa de la fe cristiana, el olvido de Dios y la creciente exclusión de Cristo y de lo cristiano de todos los ámbitos de la vida, también de la actividad universitaria. El secularismo y el laicismo ideológico imperantes conducen a la sociedad actual a marginar a Dios de la vida humana. Una de sus graves consecuencias es que arrastran a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano.

 

La concepción antropológica que de aquí se deriva es la de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. Pero la exclusión de Dios, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido y a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social trae consigo consecuencias inhumanas, como son la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana o la manipulación esclavizante de las personas.

 

La exclusión de Dios en nuestra cultura está llevando a la muerte del hombre, al ocaso de su dignidad. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida llevará a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos, y del primer derecho fundamental, el derecho a la vida. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor.

 

  1. Vuestra Universidad está llamada a la búsqueda humilde de la verdad por excelencia, propia de los sencillos de corazón: una verdad que sólo se encuentra en Dios. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, la Verdad, la dignidad de la persona, los valores humanos, la educación de nuestros jóvenes y los mismos derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Vuestra Universidad, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente: este será vuestro servició a la Evangelización, a la siembra del reino de Dios, cuya acción es siempre muy discreta, pero efectiva. Todo comienza desde lo pequeño y sencillo hasta llega a lo grande y majestuoso, como el grano de mostaza o la levadura que fermenta la masa: así nos lo recuerda el Evangelio que hemos proclamado (Lc 13, 18-21).

 

Por eso, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida y a la formación de nuestros jóvenes. En una sociedad ruidosa y tantas veces violenta, con vuestra cualificación cultural, con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia, de la libertad en la verdad.

 

  1. Como cristianos somos conscientes de que la luz de Cristo debe brillar en el mundo. Vivimos de la certeza de que el cristiano es, al mismo tiempo, ciudadano del cielo y miembro activo de ciudad terrena: el cristiano debe vivir la unidad de vida para que ser testigo convincente del Evangelio en aquellos campos en los que el hombre necesita la luz del discernimiento y la fuerza para trasformarlos según el espíritu del Evangelio.

 

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, sentíos llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y a todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la felicidad. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

 

Homilía en la Eucaristía por el 10º Aniversario del Hospital de la Plana. Fiesta de Sta. Teresa de Jesús

Fiesta de Santa Teresa de Jesús, 15 de octubre  de 2010

 (Ecl 15, 1-6; Sal 88;  Mt 11, 25-30)

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Hermanas y Hermanos amados en el Señor:

 

Acción de gracias a Dios

  1. 1. “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades” (Sal 88). Con estas palabras del salmo de hoy alabamos y damos gracias al Dios Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, al celebrar el 10º Aniversario de este Hospital de la Plana. Para un creyente, cuanto somos y tenemos se lo debemos a Dios, un Dios Creador, providente y fiel con sus criaturas: en Él vivimos, nos movemos y existimos, nos dice San Pablo. Por ello en la Eucaristía, la acción de gracias por excelencia, por el misterio pascual de su Hijo, fuente de vida y salvación para todos, incorporamos nuestra acción de gracias por todos los dones y bendiciones que Dios ha deparado a lo largo de estos diez años en esta Institución hospitalaria a los enfermos, a los desvalidos y a sus familias; gracias damos a Dios por cuantos aquí han trabajado con verdadera entrega y generosidad: por el personal sanitario, administrativo y laboral, por lo capellanes y voluntarios. Consciente o inconscientemente todos ellos han sido signo e instrumento del amor misericordioso de Dios hacia los enfermos y sus familias en el Hospital.

 

 

En la Fiesta de Santa Teresa de Jesús

  1. La liturgia nos regala hoy la fiesta de Teresa de Jesús, una mujer “sabia” en tiempos no menos recios que los nuestros, una mujer sabia que tuvo el don del discernimiento. Ella no fue alumna de la Universidad de Salamanca o de la de Alcalá, pero se doctoró en la universidad de la oración y de la vida. La Iglesia la considera ‘doctora de la fe’. Naturalmente, este doctorado no tiene nada que ver con un título académico. Es un don de Dios Padre. Jesús lo dice en el evangelio de hoy: “Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Teresa, que no fue una mujer de temperamento débil o apocado, sí fue una creyente inundada por la sencillez que viene del Espíritu, que obtuvo el don de la sabiduría divina.

 

Es la Sabiduría de que nos habla el libro del Eclesiástico. “El que teme al Señor obrará bien; observando la ley, alcanzará la sabiduría. La sabiduría le saldrá al encuentro como una madre y lo recibirá como a la esposa de su juventud; lo alimentará con pan de sensatez y le dará a beber agua de prudencia; apoyado en ella no vacilará, y confiado en ella no fracasará; lo ensalzará sobre sus compañeros para que abra la boca en la asamblea; alcanzará gozo y alegría, y le dará un nombre perdurable” (Eclo 15, 1-6). A través de la sabiduría, que es un nombre de Dios, el autor nos encarece que la felicidad y la salud integral sólo pueden darse en la perfecta armonía de nuestra mente y corazón con la mente y corazón de Dios. Un  ejemplo de vida a la luz de la ‘divina sabiduría’ es Teresa de Jesús.

 

En el Evangelio, Jesús bendice al Padre que regala u ofrece su ‘sabiduría’ no solamente a quienes cultivan ‘humanos saberes’ sino principalmente los humildes y sencillos, a quienes están hambrientos de unión íntima con el Padre y con Él. Para ello hay que cultivar, como recuerda el Eclesiástico, el temor de Dios y la prudencia. El santo temor reverencial y filial a Dios, creador y padre, nos pone con los pies en la tierra de nuestra debilidad e insuficiencia, y nos pide que elevemos la mente y el corazón a quien nos ama y es poderoso. Por esa vía tenemos acceso a la valoración de todas las cosas con sabiduría; y, al ofrecer pleno sentido a la existencia de “criaturas” amadas de Dios, nos renovamos continuamente.

 

Llamados a ser signo de Dios, manifestado en Cristo

  1. Celebremos desde esta Palabra de Dios, encarnada en Teresa de Jesús este Aniversario. Porque ¿qué es para un cristiano su profesión sanitaria, su trabajo laboral o su ministerio pastoral en un Hospital sino una llamada a ser signo y presencia de Dios-Amor, manifestado en Cristo?

 

Para ser testigos y mensajeros del amor de Dios es importante acoger y vivir íntegramente la Palabra de Dios, la Palabra encarnada y la Palabra pronunciada. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…” (Mt 11, 28). Jesús se compadeció, es decir sufrió con, y se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales, sanó y curó a los enfermos. Su mensaje de com-pasión y misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia el hombre que sufre.

 

La experiencia de la curación de los enfermos ocupó gran parte de la misión pública de Cristo, y nos invita una vez más a reflexionar sobre el sentido y el valor de la enfermedad en todas las situaciones en las que el ser humano pueda encontrarse. Aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no logramos habituarnos a ella, no sólo porque a veces resulta verdaderamente pesada y grave, sino fundamentalmente porque hemos sido creados para la vida, para la vida plena. Nuestro “instinto interior” nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, más aún, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen vanas, surge en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? El Evangelio nos ofrece una respuesta precisamente a este interrogante. “Jesús curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios” (Mc 1, 34); en otro pasaje se dice que “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23).

 

Jesús no deja lugar a dudas: Dios es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: así demuestra que el reino de Dios está cerca, devolviendo a hombres y mujeres la plena integridad de espíritu y cuerpo. Estas curaciones son signos que nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de verdad y de amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida. El reino de Dios es precisamente la presencia de la verdad y del amor; y así es curación en la profundidad de nuestro ser. Se comprende así por qué su predicación y las curaciones que realiza siempre están unidas. En efecto, forman un único mensaje de esperanza y de salvación.

 

Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las numerosas actividades de asistencia sanitaria, mostrando así el verdadero rostro de Dios, su amor. Muchos cristianos en el Hospital -sacerdotes, religiosos y laicos- han prestado y siguen prestando sus manos, sus ojos y su corazón a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas (cf. Benedicto XVI, Ángelus, 8 de febrero de 2009).

 

Amar a Dios y al prójimo

  1. Los cristianos en el Hospital, con independencia de la sección o ámbito de vuestro trabajo, estáis llamados a humanizar la sanidad desde Cristo. Para ello no hay otro camino que conocer y contemplar cada vez más y mejor el verdadero rostro de Dios, manifestado en Cristo, y, en él, el verdadero rostro de todos los hombres. Dios es Amor, y por amor crea al hombre ‘a su imagen’ y le llama a la vida en plenitud. Aquí reside la dignidad inalienable de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural, y su destino a participar de la vida del Resucitado. Por ello la contemplación del rostro de Dios, manifestado en Cristo, nos lleva a amarle y, en él, a amar a cada ser humano, a cada enfermo.

 

No es fácil amar con un amor entregado, desinteresado y benevolente. Este amor sólo se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijad vuestra mirada en él, sintonizad con su corazón de Padre misericordioso, amadle con todo el corazón, con toda el alma y con todas vuestras fuerzas; sólo así seréis capaces de mirar a los enfermos con ojos nuevos, con entrañas de misericordia; sólo así aprenderéis y seréis capaces de amarlos sabiendo que son un don de Dios para vosotros y a hacerlo con una actitud de amor compasivo y generoso. En la medida en que aprendáis el secreto de esta mirada misericordiosa, la misericordia del corazón se convertirá también para todos vosotros en estilo de vida y de relaciones más humanas en el hospital. Así florecerán entre vosotros las “obras de misericordia”, espirituales y corporales, seréis en verdad ‘epifanía del amor misericordioso de Dios para el mundo’.
Exhortación final

  1. Queridos hermanos y hermanas. ¡Abrid vuestros corazones a Cristo! Desde la fe en Cristo Resucitado aprended a ser constructores de la nueva civilización del amor. Un simple acto de fe en Resucitado, el Viviente, basta para encontrar el camino de la vida y romper así las barreras de la ‘cultura de la muerte’ que nos rodea, del relativismo moral y del sinsentido de la vida humana ahora y más allá de la frontera de la muerte. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos abarca el Padre con su amor misericordioso.

 

Al celebrar el 10º Aniversario de este Hospital de la Plana demos gracias a Dios por todas las personas que a lo largo de estos años han sabido y saben ser testigos del amor de Cristo en el servicio a los enfermos. Pidamos al Señor que siga protegiendo con su misericordia y bendición a este Hospital y a cuantos en él trabajen o aquí sean atendidos. Y oremos al Señor por todos los sanitarios y trabajadores que han fallecido en estos diez años  !Que María, Madre del Amor hermoso, consuele a los enfermos y sus familias y a todos os enseñe a renovaros día a día en el amor de Dios que se hace vida en el amor al hermano! Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Ordenación de dos presbíteros. Fiesta de Ntra. Sª del Pilar

 

S.I. CATEDRAL-BASÍLICA DE SEGORBE, 12 de octubre de 2010

 (1 Cr 15,3-4. 15-16, 16,1-2; Hech 1,12-16; Lc 11, 27-28)

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Queridos hermanos en el sacerdocio, diácono asistente y seminaristas

Queridos Cabildos Catedral y Concatedral, Vicarios y Rectores
Queridos ordenandos;
Hermanos y hermanas amados todos en el Señor:

 

 

Acción de gracias y oración

  1. Como obispo de Segorbe-Castellón me alegra acoger esta tarde en el presbiterio diocesano a dos nuevos sacerdotes. Junto con los presbíteros presentes doy las gracias al Señor por el don de estos dos nuevos hermanos, que hoy serán constituidos en nuevos pastores del pueblo de Dios que peregrina en Segorbe-Castellón.

 

Os saludo de corazón especialmente a vosotros, queridos José y Oscar. Hoy estáis en el centro de la atención de esta porción del pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis: un pueblo que aquí está representado por cuantos hoy llenamos esta Catedral, la iglesia madre todas la iglesias de la Diócesis para participar en vuestra ordenación sacerdotal. Os acompañamos con nuestra oración y con nuestros cantos, con nuestro afecto sincero y profundo y con nuestra alegría humana y espiritual. Ocupan un lugar especial vuestros padres y familiares, tu abuela, querido Oscar, vuestros amigos y compañeros, vuestros formadores y profesores del seminario y las comunidades parroquiales de las que procedéis. Saludo, en particular, a las parroquias de Sto. Tomás de Villanueva en Castellón y de Santa Isabel en Villarreal que os han acompañado en la última etapa de vuestro camino, y a las que vosotros mismos ya habéis servido pastoralmente como diáconos. No olvidamos la singular cercanía en espíritu de numerosas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como son las monjas de clausura y los enfermos, con el don preciosísimo de su oración y de su sufrimiento.

 

Nuestra Iglesia diocesana da gracias a Dios por el don de vuestra ordenación; y reunida en oración en torno a Maria, como los Apóstoles en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,12-16), reza por vosotros. Dios y nuestra Iglesia ponen gran confianza y esperanza en vuestro futuro, y espera frutos abundantes de santidad y de bien de vuestro ministerio sacerdotal. Sí, Dios os llama a través de su Iglesia y cuenta con vosotros. La Iglesia os necesita a cada uno, consciente del gran don que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la absoluta necesidad de que abráis vuestro corazón a Dios y os encontréis con Cristo, para recibir de Él la gracia de la ordenación, que es fuente de verdadera libertad y de profunda alegría. Todos nos sentimos invitados a la oración y a entrar en el ‘misterio’ de vuestra ordenación, en el acontecimiento de gracia que se realiza en vuestro corazón con la ordenación presbiteral, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que ha sido proclamada.

 

 

Consagrados y transformados en ‘otros Cristos’.

  1. La primera lectura ha centrado nuestra atención en el Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cr 15,3-4.16; 16,1-2). En la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar, que hoy celebramos en España, la Iglesia lo aplica a María: ella es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios, que llevó en su seno al mismo Dios; ella es así y para siempre signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano y en medio de nuestro pueblo español. María, el Arca de la nueva Alianza, nos da a Dios, ella nos ofrece a Cristo, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios, hecha carne, el Salvador del mundo, el Camino, la Verdad y la Vida.

 

También vuestra ordenación, queridos José y Oscar, tiene que ver con el Arca de la Nueva Alianza. Hoy vais a ser consagrados presbíteros para ser pastores y actuar en el nombre de y en la persona de Jesucristo, Cabeza, Siervo y buen Pastor de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, quedaréis transformados y convertidos en ‘otros Cristos’. Vuestra persona misma será como un Arca de la nueva Alianza. Por el don de la ordenación, Cristo Jesús os ‘atrae’ del tal modo hacía sí que todo vuestro ser será suyo, y vuestros labios y vuestras manos serán los suyos. Vuestra misma persona será desde hoy presencia y sacramento para los hombres del único Sacerdote, Siervo y Pastor que es Cristo; vuestra persona será prolongación de su presencia y de su gracia entre los hombres. El sacerdote es vicario y siervo de Jesucristo: es anuncio y presencia del sumo y eterno Sacerdote, que realiza en el tiempo su función salvadora. Esta es la verdadera identidad del sacerdote.

 

“El sacerdote –nos ha recordado Benedicto XVI- no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo”. Cuando proclaméis y prediquéis el Evangelio, será Cristo mismo quien hable; cuando pronunciéis en su nombre y en su persona la palabra de absolución de nuestros pecados, ‘yo te absuelvo’, será Cristo mismo quien absuelva y cambie así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Cuando pronunciéis  sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, “Esto es mi cuerpo – esta es mi sangre”-, -que son palabras de transustanciación-, será Cristo mismo quien las pronuncie y serán palabras que lo harán presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre.

 

Es, pues, un gran don, el que hoy recibís; un don que os pudiera hacer dudar, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades o en las dificultades del momento actual para la evangelización. Pero, bien sabéis, que el amor, la fidelidad y la fuerza del Señor os acompañarán siempre: el carácter indeleble del sacramento os lo recordará.

 

No lo olvidéis nunca: Vuestra ordenación sacerdotal es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un gran don de la benevolencia divina para vosotros, fruto del amor que Dios os tiene. Y también es misterio, porque toda vocación está relacionada con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de la conciencia y de la libertad humana. Recibís esta gracia no para provecho y en beneficio propio, no para vuestro honor y prestigio, sino para ser ‘otros Cristos’ al servicio de Dios, de la Iglesia y de los hermanos.

 

Identificación espiritual y existencial con Cristo

  1. El secreto de todo sacerdote es esta identificación con Cristo: es el secreto de su identidad que, a su vez, llama a identificarse con Él existencialmente, a vivir espiritualmente unidos a Él. El mismo Jesucristo rogó por ello expresamente al Padre en las vísperas de su pasión: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que tam­bién ellos sean uno con nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17, 21).

 

No diga­mos que esto no es posible. Esto es precisamente lo que han vi­vido y realizado los auténticos y ge­nuinos sacerdotes del Señor. Miles de sacerdotes anónimos, sin relieve so­cial, ‘escondidos con Cristo en Dios’ (San Pablo), han santificado su vida y su existencia con el desempeño fiel y entregado de su ministerio, configurados e identifi­cados espiritualmente con Cristo, Sacerdote, Siervo y Buen Pastor.

 

Para identificarse totalmente con Cristo, estos sacerdotes han seguido un estilo de vida, convertida en ofrenda permanente agradable a Dios. Vica­rios de Jesucristo en el fiel desempe­ño de su vocación y testigos de su presencia, han transmitido a los hom­bres su gracia santificadora. A este propósito, el Papa nos ha recordado en el pasado Año Sacerdotal el ejemplo vivo del Santo Cura de Ars, “signo y presencia de la misericordia infinita de Dios” en medio de los hombres.

 

Esta es la forma de la santidad a la que la que estamos llamados los sacerdotes, a la que el Señor os llama hoy a vosotros. Los sacerdotes hemos de tomar mayor conciencia de la santidad de vida a la que estamos llamados. Hemos de dejar traslucir el amor personal y la alegría por nuestro sacerdocio: hemos de considerar que nuestro sacerdocio es lo mejor y lo más importante que ha ocurrido en nuestra vida. Nuestra persona y nuestra vida han quedado ‘poseídas’ en el sacramento de orden por Cristo mismo que en el día de la ordenación nos confió y confía la difícil y maravillosa tarea de hacerle presente entre los hombres.

 

Amor apasionado por Cristo

  1. En nuestro ministerio sacerdotal, lo más importante no es el ‘oficio’ o la tarea, que desempeñamos o las muchas horas de trabajo que le dedicamos; lo más importante es que seamos hombres apasionados de Cristo, que llevemos dentro el fuego del amor de Cristo. Lo más importante es que estemos llenos de la alegría del Señor; que se pueda ver y sentir que somos personas llamadas por el Señor; que estemos llenos de amor por el Señor y por los suyos y que estemos llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser.

 

¿Cómo lograrlo, queridos hermanos y queridos ordenandos? En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). Es la respuesta de Jesús a aquella mujer que proclamaba dichosa a María por haber llevado a Jesús en su seno virginal y haberle amamantado con sus pechos. Pero, Maria es dichosa sobre todo por haber creído: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó a la Palabra de Dios y en la Palabra de Dios y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia, de los cristianos y de los sacerdotes. Reunidos en oración en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, vamos creciendo como pueblo de Dios; su fe y su esperanza nos guían y alientan a todos los cristianos y a los sacerdotes.

 

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, os dice Jesús hoy a vosotros, queridos José y Oscar. Jesús os invita a acoger, como María, con fe, disponibilidad y entrega a Él que es la Palabra, a dejar que vuestro corazón se transforme por el don que vais a recibir para ser ‘otros Cristos’, a dejar que toda vuestra vida y vuestras tareas sean signo y transparencia de Cristo, de su gracia santificadora y de su amor misericordioso hacia todos.

Para ello, como Maria, habréis de acercaros a la Palabra de Dios: como ella habréis leer, escuchar y meditar con frecuencia la Palabra de Dios; y como ella, habréis de acoger con fe, interiorizar y cumplir la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura.

 

Una prioridad muy importante en vuestra vida será el cultivo de vuestra relación personal con Cristo. En el Breviario, el 4 de noviembre leemos un hermoso texto de san Carlos Borromeo, gran pastor, que se entregó totalmente, y que nos dice a todos los sacerdotes: “No descuides tu propia alma: si descuidas tu propia alma, tampoco puedes dar a los demás lo que deberías dar. Por lo tanto, también para ti mismo, para tu alma, debes tener tiempo”, o, en otras palabras, la relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo en la oración es una condición para nuestro trabajo por los demás. La oración no es algo marginal: precisamente rezar es ‘oficio’ del sacerdote, también como representante de la gente que no sabe rezar o no encuentra el tiempo para rezar. La oración personal, sobre todo el rezo de la liturgia de las Horas, es alimento fundamental para nuestra alma, para toda nuestra acción.

 

Junto a la oración, estará la celebración diaria de Eucaristía y la celebración personal y frecuente del Sacramento de la Penitencia, así como hacer posible y presente la Eucaristía, sobre todo la dominical, para todos, y celebrarla de modo que sea realmente el acto visible de amor del Señor por nosotros. Cultivad el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía. Vivid la ‘caritas’, el amor de Cristos para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas que pasan dificultades, para los marginados; haced realmente presente el amor del Buen Pastor.

 

 

Exhortación final

  1. Si permanecéis fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo sacerdote, se convierta en servicio permanente y en entrega total. María, la esclava del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, que engendró a Cristo donándolo al mundo, que alentó a Santiago a orillas del Ebro, os acompañe cada día de vuestra vida y de vuestro ministerio. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Homilía en la Eucaristía por el bicentenario del fundador de las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor

EUCARISTÍA DE ACCION DE GRACIAS EN EL BICENTENARIO DEL NACIMIENTO DE MONS. JOSÉ MARÍA BENITO SERRA, FUNDADOR DE LAS HERMANAS OBLATAS DEL SANTÍSIMO REDENTOR

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Desierto de las Palmas (Castellón), 16 de septiembre de 2010

Jueves de la 24ª Semana del Tiempo OrdInario

(1 Cor 15,1-15; Sal 117; Lc 7, 36-50)

 

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Amados todos en el Señor Jesús. Queridos PP. Carmelitas y sacerdotes concelebrantes, M. General y Consejo General de la Congregación y Hermanas Oblatas todas.

 

  1. “Dad gracias al Señor porque es bueno” (Sal 117). Con estas palabras, el salmista nos acaba de invitar a dar gracias a Dios porque es bueno, a dar gloria y alabanza a Dios por su gran su misericordia y bondad, a entonar nuestra acción de gracias en esta Eucaristía al celebrar el bicentenario del nacimiento de vuestro Fundador, Mons. José Mª Benito Serra, queridas Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor. Gracias damos a Dios por la persona de Mons. Benito Serra, que vio la luz de este mundo en Mataró, el 11 de mayo de 1810 y terminó su vida terrenal aquí, en el Desierto de las Palmas, el 8 de septiembre de 1886. Gracias damos a Dios por todos los dones que durante su vida en este mundo concedió a este monje, misionero, obispo y fundador: por el don de haber encontrado a Dios en la contemplación, por su pasión apostólica, por su gran inteligencia, por su corazón sensible hacia los más necesitados, por su voluntad firme de acoger y responder a la voluntad de Dios, por su profunda intuición profética y por su gran compasión hacia la mujeres prostituidas. Como bien dice vuestro folleto divulgativo, él fue “testigo fiel, centinela de auroras de justicia, profeta de la compasión, peregrino de la verdad y fundador de horizontes poblados de dignidad”.

 

Gracias damos a Dios también por vuestra Congregación de Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor, que él puso en marcha, siguiendo la llamada de Dios, junto con Antonia de Oviedo. El deseo más vivo de vuestro Fundador era ayudar en su regeneración a aquellas mujeres de la calle, que tanto había visto sufrir en el Hospital de San Juan de la Cruz de Madrid. Movido por un vivo ardor apostólico y por una compasión sin igual, él quería llevar a aquellas mujeres al amor misericordioso de Dios; a ese amor que se manifiesta, ofrece y otorga en Cristo, que, en el evangelio de hoy (Lc 7, 36-50), acoge y perdona a una pecadora porque ella sabe responder con mucho amor al amor de Dios: un amor misericordioso, el de Dios, que, acogido de corazón, humaniza, dignifica, regenera y salva al ser humano. Así lo manifiestan también aquellas palabras del P. Serra a Antonia de Oviedo. “Yo –decía- quiero salvar esas almas. Si todas las puertas se les cierran les abriré yo una donde se puedan salvar. Si nadie me ayuda, lo haré yo sólo con la ayuda de la gracia y el apoyo del que llevó en sus hombros la oveja perdida y no quiere más que las personas vivan”. Sí: hoy es un día un día para entonar nuestra más sincera y humilde acción de gracias a Dios por este gran don suyo, que es vuestra Congregación: Dios ha estado grande con vosotras, con estas mujeres en situaciones de exclusión y vulnerabilidad, con la Iglesia y la sociedad en tantos países donde encontráis, y también con nuestra misma Iglesia diocesana.

 

  1. Hoy, al dar gracias a Dios por el P. Serra y por todos los dones por él recibidos, en especial, por vuestra Congregación, la semilla que vuestro Padre Fundador sembró se convierte en legado para vosotras, queridas Hermanas Oblatas: un legado que ha de ser fuente permanente de renovación espiritual para todas vosotras.

 

Sí. Hablo de renovación espiritual. Al recordar vuestros orígenes, el Señor os invita hoy a que dejéis que se avive en vosotras vuestro carisma fundacional para que podáis vivir en todo momento con radicalidad evangélica y fidelidad creciente vuestra entrega consagrada al Señor. Vuestro nombre, Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor, expresa y sintetiza la espiritualidad y el carisma de vuestra Congregación. Os recuerda que vuestra oblación, que vuestra entrega, debe ser total y hasta las últimas consecuencias, siguiendo las huellas de Cristo Redentor, casto, pobre y obediente a la voluntad del Padre Dios hasta la muerte en Cruz por amor a los hermanos. Especialmente sensibles al dolor de otras mujeres, estáis llamadas, convocadas y enviadas a llevar a Jesucristo, la buena Noticia de Dios y de su amor fiel, infinito y misericordioso para la humanidad, a las mujeres que se encuentran en la prostitución y son víctimas de la trata. Manteniendo vivo el carisma que habéis recibido tendréis la fuerza necesaria para permanecer fieles a vuestra vocación en medio de estas situaciones y para seguir apostando por la vida, por la misericordia, por la solidaridad, por la alegría y por la gratuidad.

 

Y ¿dónde mejor encontrar la fuente para vuestra renovación espiritual y para mantener vivo vuestro carisma sino es en el encuentro con el Señor, el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado para la vida del mundo, como nos recuerda San Pablo en su primera carta a los Corintios (1 Cor 15,1-15)? En la oración personal y comunitaria, en la escucha atenta y dócil de su Palabra, mediante el encuentro hoy con vuestros orígenes y con vuestro Fundador encontréis la fuente permanente de renovación y la respuesta evangélica a las necesidades de los nuevos tiempos. En la celebración diaria y en la en adoración frecuente y prolongada de la Eucaristía, presencia sacramental pero real del Señor, muerto y resucitado, entre nosotros, encontraréis el manantial inagotable de amor, de comunión, de fraternidad y de misión. En la celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia experimentaréis la belleza del abrazo misericordioso de Dios, que fortalece la comunión con Dios y con los hermanos y os envía a ser testigos de la misericordia divina.

 

La santidad es el camino fundamental de la renovación espiritual, que necesita siempre nuestra Iglesia y vuestra Congregación, para ser fieles al don y a la misión que el Señor nos ha confiado. El Señor os invita y llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio pascual, el misterio redentor de Cristo. Sólo unidas al Señor Resucitado podréis ser luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para estas mujeres. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la santidad, a la comunión de vida en el amor de Dios.

 

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea una oblación sin reservas a Él. En vuestra vida consagrada se manifiesta con transparencia aquello que san Pablo nos dice: “(Cristo) murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para quien murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5, 15). Dejad que Cristo viva en vosotras; seguidlo dejándolo todo; amadle de todo corazón; seguid sin condiciones al Maestro; dedicad toda vuestra vida, vuestro afecto, vuestras energías y vuestro tiempo a Jesucristo y, en Él, al Dios y Padre de todos. Vivid esa entrega sin dejar que os perturbe ninguna duda ni ambigüedad sobre el sentido y la identidad de vuestra consagración, fieles a Cristo hasta la muerte.

 

Esta es la sustancia de la vida consagrada. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez para que vuestra vocación y vuestra consagración sean fuente de gozo radiante y completo. Cuando nos queremos entender sólo por la tarea que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenernos en la alegría de Cristo, y la misma consagración se desvirtúa y termina perdiendo sentido. Vivimos tiempos de cambios profundos y, con frecuencia, de desconcierto. Recordad que ni sois extrañas o inútiles en la ciudad terrena, ni podéis acomodaros a este mundo: dejaríais de ser, sal de la tierra. Una Iglesia en la que fallara o palideciera el testimonio de la vida consagrada, estaría gravemente amenazada en su vocación y misión. Estáis en la vanguardia de la Iglesia y en el corazón del mundo. No es extraño que los criterios del mundo también presionen sobre vosotras. Procurad con empeño perseverar y progresar en la vocación a que Dios os ha llamado.

 

  1. Hoy, el verdadero desafío de la vida consagrada es vivir con verdad y con hondura su carisma, su ser de consagrados, en la hora presente. Lo que la Iglesia necesita y pide de vosotras es que creáis en vuestro carisma, que lo améis, que lo viváis con nuevo ardor, descubriendo sus nuevas exigencias, y que, desde vuestro ser de consagradas, colaboréis junto a los demás creyentes en el impulso de la acción evangelizadora de la Iglesia. Nuestro verdadero problema no es el envejecimiento de las comunidades o el descenso de vocaciones, sino la tibieza, la mediocridad y la falta de santidad en este tiempo de incertidumbre. Es el momento de reavivar el fuego, la hora de despertar y ser auténticamente consagradas. Sólo desde ahí podréis poner vuestra aportación original e insustituible en las Iglesias diocesanas.

 

Lo decisivo no es el número, sino la calidad de vida evangélica que puedan irradiar vuestras comunidades y cada una de vosotras: la fe gozosa, la adhesión apasionada a Jesucristo, la comunión sin fisuras con la fe de la Iglesia, la obediencia religiosa a nuestros legítimos pastores, la alegría interior, la amistad fraterna, la cercanía a las personas y la austeridad sana. Lo decisivo para que el amor de Dios, manifestado en Cristo y así para la humanización de nuestro mundo, son los testigos vivos de Jesucristo y de su Evangelio. Vivid la castidad sin fisuras para ser anuncio y testimonio del amor y de la entrega sin reservas al Reino de Dios como valor absoluto y definitivo. Que vuestra  pobreza sea sincera para anunciar a Dios, Padre de todos, y ser signo de una comunidad humana más fraterna, poniéndolo todo al servicio de los demás. Y que vuestra obediencia sea cordial y así anuncio de que la vida del ser humano encuentra su realización plena en el cumplimiento de la voluntad de Dios, que no es otra sino una vida digna y dichosa para todos.

 

  1. Como nos recuerda San Pablo “por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mi” (1 Cor 15, 10). Cada uno de nosotros, cada una de vosotras, vuestra Congregación, la Iglesia entera somos, nacemos, vivimos, crecemos y evangelizamos por la gracia de Dios y por la fuerza del Espíritu de Jesucristo. Nuestro mayor error hoy puede consistir en pretender sustituir con nuestra organización y actividad lo que sólo puede nacer de la gracia y de la fuerza del Espíritu de Dios.

 

Por muchos cambios que introduzcamos en el trabajo y las estructuras, nuestra Iglesia y vuestra Congregación no tendrán fuerza evangelizadora si no ponemos en el centro una experiencia más viva de la gracia de Dios y del Espíritu; es decir, si no actualizamos aquella primera experiencia de los discípulos que descubrieron en Cristo la cercanía salvadora de Dios y se sintieron impulsados por su Espíritu a comunicarla.

 

  1. Queridas hermanas: Abrid vuestro corazón a la gracia de Dios y a la fuerza del Espíritu. Vivid en todo la comunión eclesial, congregacional y comunitaria. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión de la Iglesia: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía, comunión con Dios y con comunión con los hermanos. Haced de vuestra vida una existencia eucarística, una oblación a Dios y a los hermanos. Permaneced fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestro Fundador; seguid siendo medio privilegiado de anuncio de la Buena Nueva para las mujeres en situación de exclusión y de vulnerabilidad a través de vuestro ser más íntimo; vivid en el corazón de la Iglesia; perseverad y manteneos asiduas en la oración; sed, por vuestra vida, signos de total disponibilidad para Dios, la Iglesia y los hermanos. Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude y proteja en vuestro caminar personal, comunitario y congregacional, ahora y siempre. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía con motivo del 400º Aniversario de la dedicación de la Iglesia parroquial de la Asunción de Villafamés

Villafamés –  12 de febrero de 2007

(Ex 32,7-11.13-14; Sal 50; 1 Tim 1,12-17;  Lc 15 15,1-22)

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Saludo

  1. Amados todos en el Señor. Saludo con especial afecto a vuestro Párroco, Mn. Rafael Sansó, a vuestro Arcipreste, Mnn. Manuel Martí, a lo sacerdotes del Arciprestazgo y vuestros antiguos Párrocos, así como al Consejo pastoral parroquiales y colaboradores de la parroquia. Mi saludo respetuoso y agradecido también a la Sra. Alcaldesa y miembros de la corporación municipal de Villafamés. Y, finalmente, mi saludo paternal y fraternal a las Cofradía del Santísimo Cristo de la Sangre, del Sagrado Corazón de Jesus y de la Virgen de Lledó así como a la Asociación de Amigos de San Miguel Arcángel.

 

Acción de gracias a Dios y antepasados en la fe

  1. “Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Tim 1,12). Con estás palabras de San Pablo la gran misericordia de Dios ara con él mostrada en Cristo, también nosotros alabamos y bendecimos a Dios esta tarde al celebrar el 400º Aniversario de la Dedicación de esta Iglesia Parroquial de la Asunción de Nuestra Señora de Villafamés. Comenzadas las obras en 1594, el Obispo de Tortosa, Mons. Pedro Manrique, dedicaba a Dios este tempo en 1610 con motivo de su visita pastoral. Desde entonces hasta hoy, aquí está la casa visible de Dios entre vosotros, lugar desde donde Él mismo sale al encuentro de los hombres, la casa donde el Padre Dios nos espera para darnos su abrazo de su gran misericordia. A Dios le damos gracias y cantamos por su gran misericordia para con esta comunidad cristiana de Villafamés.

 

Y con María,  Nuestra Señora de la Asunción, bajo cuyo patrocino vive y camina vuestra comunidad parroquial, nuestra mirada se dirige a Dios “y  proclamamos  la grandeza del Señor” (Lc 1, 49). Sin Dios, sin su permanente presencia amorosa, nada hubiera sido posible. Al Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, le alabamos y damos gracias.

 

A nuestra acción de gracias a Dios unimos nuestro sincero agradecimiento a todos cuantos de un modo u otro a lo largo de estos cuatro siglos la ampliaron esta iglesia con la capilla de la Comunión en 1778-1783, la embellecieron con la hermosa portada renacentista en 1601 y el rico patrimonio mueble o la restauraron después de la guerra civil.

 

Vuestra iglesia, el templo físico, la morada de Dios entre los hombres, ha sido y es también la casa de vuestra comunidad parroquial; y, a la vez, es y ha de ser imagen de vuestra parroquia porque vosotros sois como un templo de piedras vivas, llamado a ser la presencia Dios, de su Hijo, Jesucristo, y de su Evangelio en vuestro pueblo de Villafamés. Por ello, al celebrar la dedicación de vuestro templo parroquial damos gracias a Dios por vuestra comunidad parroquial y por cuantos la han formado en el pasado y la integráis en el presente; por la entrega generosa de todos los sacerdotes que la han pastoreado y servido. Y ¿cómo no dar gracias al Señor por todos los que han colaborado activa y generosamente en la vida litúrgica, en la catequesis, en el trabajo pastoral con los niños, los adolescentes y los jóvenes, con los matrimonios y las familias, con los pobres, los marginados y los enfermos? Gracias damos a Dios también por todos aquellos que de un modo callado y sin notoriedad, han contribuido a la vida de esta comunidad mediante su oración fervorosa, su vida y obras de santidad, el ofrecimiento de su dolor o su contribución económica.

 

Mirando al presente y el futuro de la parroquia con fe y esperanza

  1. Pero no nos podemos quedar en la celebración del pasado. Cristianos de hoy hemos de acoger el legado de nuestros antepasados y transmitirlo a las futuras generaciones. Y no sólo el legado físico y patrimonial, lo que hacéis con especial esmero; sino ante todo habéis de acoger, vivir y transmitir el legado espiritual de vuestra fe y vida cristiana. El trabajo realizado a lo largo de lo siglos ha sido mucho; pero en la evangelización siempre queda algo por hacer. Sé de vuestro empeño y, muy en especial, el de vuestro párroco por mantener viva y trasmitir la fe cristiana. Pero la celebración de hoy se convierte en una llamada urgente a avivar las raíces de vuestra fe y fortalecer la vida cristiana personal, familiar y comunitaria de Villafamés. El Señor nos hace hoy una llamada apremiante a permanecer fieles a nuestra fe cristiana y a nuestra Iglesia.

 

La indiferencia religiosa, la increencia o la apostasía silenciosa de la fe cristiana y de la Iglesia están afectando también a muchos bautizados. Crece el número de los cristianos alejados de la casa del Padre; en la vida de muchos bautizados encontramos signos de una fe débil y superficial, una fe a la carta, que se adapta a la conveniencia de la situación; una fe sin incidencia en la vida diaria. Con frecuencia, en nuestra forma de pensar, vivir y actuar, muchos cristianos no nos diferenciamos de los no creyentes; asumimos sin más criterios mundanos y formas de comportamiento, modas y tendencias contrarios a Jesucristo y a su Evangelio. Nos hemos de preguntar: ¿No vivimos también como lo no cristianos, aunque nos confesemos creyentes e incluso practicantes?

 

Con San Pablo sabemos, los cristianos sabemos muy bien, que sin Dios hombre pierde el norte en su vida y en la historia. Sin Dios desaparece la frescura y la felicidad de nuestra tierra. Si el hombre abdica de Dios abdica también de su dignidad, porque el hombre sólo es digno de Dios.

 

¿Cómo afrontar el futuro, queridos hermanos? Como creyentes y como Iglesia hemos de caminar siempre desde la fe, con esperanza y en la caridad, sabiendo que el Señor Jesús está por su Espíritu siempre presente en medio de nosotros, y cooperando todos para que esta vuestra comunidad sea viva y evangelizadora hacia adentro –en sus miembros, muchos de ellos alejados- y en el pueblo. Vuestra parroquia será viva en la medida en que todos vosotros, sus miembros, viváis fundamentados como vuestro tempo en roca firme, Cristo, y ensamblados en Él, la piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por vosotros corre la savia de la Vid que es Cristo, la savia de la vida de la gracia, que genera comunión de vida y de amor con Dios y comunión fraterna con los hermanos. En esta parroquia, -Iglesia en el pueblo-, el Espíritu actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella ofrece a todos: la Palabra de Dios, los sacramentos y la caridad.

 

Escucha obediente de la Palabra de Dios

  1. La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón bien dispuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida. La Palabra de Dios es luz, que os iluminará en el camino de vuestra existencia, que os fortalecerá, os consolará y os unirá. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis y la formación de adultos no sólo deben conduciros a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas; os han de llevar y ayudar a todos y a cada uno a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial, viviendo su palabra y sus mandamientos.

 

Seguir a Jesucristo os impulsará a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia. Porque la Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con fe y con docilidad, ha de ser puesta en práctica. “El que cumple la voluntad de mi Padre en el Cielo, ese es mi hermano, y mi hermana y mi madre” (Mt12, 50). La Palabra de Dios hace posible, por la acción del Espíritu, hombres nuevos con valentía y entrega generosa.

 

Celebración frecuente de la Eucaristía y de la Penitencia

  1. En la comunidad parroquial,Dios se nos da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y fortalece la existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea, se acrecienta o se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

 

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es y debe ser el centro de la vida de todo cristiano y familia cristiana, así como el corazón de toda la vida de la comunidad parroquial. Toda parroquia ha de estar centrada en la Eucaristía  Además “la Eucaristía da al cristiano más fuerza para vivir las exigencias del evangelio…” (Juan Pablo II). Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil, es imposible permanecer fiel en la fe y vida cristianas. Como un peregrino necesita la comida para resistir hasta la meta, de la misma forma quien pretenda ser cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

 

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía os llevará necesariamente a vivir la fraternidad, os llevará a practicar la solidaridad, os remitirá a la misión, os impulsará a la transformación del mundo. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en la Parroquia. Ellos han de ser atendidos con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo. Ellos, su vez, os evangelizarán, os ayudarán a descubrir a Cristo Jesús.

 

La celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando nos reconocemos pecadores, alejados de la casa del Padre como el hijo pródigo del Evangelio, sólo cuando sabemos iniciar el camino de retorno a la casa del Padre, nos ponemos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados, solo entonces nos dejaremos abrazar por el Padre Dios “rico en misericordia” (Ef 2,4), que nos espera siempre para que nos dejemos amar por Él. En el sacramento de la Penitencia se recupera la alegría y la paz, y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para seguir caminando, nos da energías para la misión, y nos empuja a ser testigos de su amor y del perdón.

 

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Siempre, pero especialmente en nuestros días, quien quiere vivir como cristiano, sin miedo a serlo y a confesarlo ante los ataques constantes contra la fe cristiana, quien como buen cristiano quiere ser testigo auténtico de Jesucristo no podrá hacerlo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos. Un cristiano que no se confiesa con cierta frecuencia y no participa en la Misa dominical, termina por apartarse de Cristo y de sus Iglesia, y su fe se esfuma.

 

Si os dejáis regenerar por la Palabra y los Sacramentos os convertiréis en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que forma una familia entroncada en Cristo y que se llama comunidad cristiana. Es decir: una comunidad que acoge y vive a Cristo y su Evangelio; una comunidad que proclama y celebra la alianza amorosa de Dios; una comunidad que aprende y ayuda a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ora y ayuda a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sienten y son responsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más descristianizada; una comunidad que es fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz.

 

Exhortación final

  1. El Evangelio de hoy nos exhorta a volver a la casa del Padre, a convertirnos, a dejarnos encontrar por Cristo, el Buen pastor, y abrazar por el Padre misericordioso; nos invita a avivar nuestra fe en un encuentro personal con Jesucristo, que nos lleve a nuestra adhesión incondicional a Él y su Evangelio en el seno de la comunidad de la Iglesia, que es el rebaño de Cristo y la casa de Padre. El evangelio nos llama también a ser testigos de la misericordia de Dios en nuestro mundo, a entrar a formar parte de los que en su nombre salen al encuentro de los hombres alejados de Dios para que a todos llegue su amor y misericordia.

 

Hemos de superar esa tendencia muy extendida a entender y vivir la fe como simple adhesión a fórmulas o práctica de ritos sin que ella implique un cambio de vida. La fe en Jesucristo se basa en el encuentro personal con El, en la fe en Él y en la adhesión total a su persona y a su Evangelio; la fe se mantiene viva y fortalece, cuando se alimenta de la escucha de la Palabra en el seno de la tradición viva de la comunidad de la Iglesia, que se hace oración personal, familiar y comunitaria; una fe que es celebrada y alimentada en la participación frecuente, activa y fructuosa, en la Eucaristía y en la experiencia de la misericordia de Dios en el Sacramento de la Penitencia; y esta fe sólo será verdadera cuando se encarne en la vida cotidiana del creyente, de la familias y de la comunidad.

 

Sólo una fe así podrá mantenerse fiel y viva en un ambiente adverso. Solamente de una unión personal de cada uno con Jesucristo, aprendida, celebrada y vivida en y desde vuestra comunidad, puede brotar una evangelización eficaz, que atienda a las necesidades reales -personales, espirituales y sociales-, de vuestros niños y jóvenes, de vuestras familias, de los mayores, de los ancianos y de los enfermos.

 

No os pese abrir vuestras vidas a Dios, a Cristo y a su Evangelio, no os avergoncéis ni tengáis miedo de acoger a Dios en vuestras vidas. Evitad la tentación de pensar que Dios, antes que nada, exige, manda e impone. No; Dios, antes que nada, nos ama y quiere comunicarnos su vida y su amor.

 

Por intercesión de María, la Virgen de la Asunción, de San Miguel, de San Ramón Nonato y San Antonio de Padua pidamos esta tarde por vuestra comunidad cristiana de Villafamés: para que cada uno de vosotros seáis capaces de acoger a Dios, su palabra, su gracia y su misericordia. Como la Virgen María y lo santos dejad que Dios entre en vuestras vidas, en vuestras familias y en vuestra comunidad, para que os tome y transforme por la fuerza de su amor misericordioso hoy y por los siglos de los siglos. Amén

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Homilía en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Clausura del Año Sacerdotal

 

S.I. Concatedral de Castellón, 11 de junio de 2010

(Ez 34,11-16; Sal 22; Rom 5,5b-11; Lc 15,3-7)

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Queridos sacerdotes y hermanos todos en el Señor:

 

1 El Señor nos convoca esta mañana en la Solemnidad de su Sagrado Corazón, para clausurar el Año especial Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI con motivo del 150º Aniversario de la muerte a esta vida del santo Cura de Ars, San Juan María Vianey. Abundantes han sido las gracias, que Dios ha derramado sobre todos nosotros en este año jalonado con actos de oración y con celebraciones litúrgicas de la Eucaristía, con encuentros sacerdotales de formación y de acción de gracias, con la peregrinación diocesana a Ars hasta los restos del Santo de Ars, el encuentro interdiocesano en Valencia o la participación de algunos de nuestros sacerdotes en congresos y otros actos en Roma.

 

Si, hermanos. Dios nos ha ofrecido un año de gracia. Este año ha sido una bendición de Dios, un tiempo propicio otorgado a todos los sacerdotes para nuestra necesaria renovación interior de modo que nuestro testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. Durante este tiempo de gracia, fieles y comunidades hemos orado con intensidad y constancia a Dios por la santificación de los sacerdotes, de la cual depende también y en gran medida la eficacia de nuestro ministerio; la presencia habitual de esta intención en nuestras comunidades ha ayudado a valorar la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea y a apreciar el don del propio sacerdote para la propia parroquia, a querer a cada sacerdote de vosotros.

 

En el futuro constataremos los frutos de la deseada renovación: la fuerza del Espíritu Santo renovador y santificador, impetrada con tanta oración y ayuno en tantos lugares y por tantas personas, no será vana si se muestra en un testimonio sacerdotal vigoroso y gozoso, renovado y evangélico, que contribuya a la tan necesaria renovación de la humanidad de nuestro tiempo. Por todo ello damos gracias a Dios: por este año, por esta bendición y por todas las gracias recibidas

 

  1. Este Año sacerdotal se ha celebrado en medio de una tormenta mediática mundial, en la que se ha manifestado la debilidad de algunos sacerdotes; pero esto no puede ofuscar ni mucho menos la fidelidad evangélica y la entrega generosa de la inmensa mayoría de los sacerdotes y, sobre todo, el reconocimiento del inmenso don que representan los sacerdotes, que sois cada uno de vosotros. Cada presbítero somos presencia sacramental de Cristo, sacerdote y Buen Pastor de nuestra vida.

 

Cada uno somos un don de Dios a los hombres y les ofrecemos a Cristo en persona que es el Camino, la Verdad y la Vida, la Luz que ilumina nuestros pasos, el Amor que no tiene límites y Amor que ama hasta el final. Los sacerdotes nos anuncian y nos ofrecen el buen alimento de su Palabra, que es Vida, fuerza de salvación para quienes creen, buena Noticia que llena de esperanza; los sacerdotes nos conceden de parte de Dios el perdón y la gracia de la reconciliación. En particular, los sacerdotes nos dan a Dios, sin el cual no podemos nada y no podemos esperar nada. Son gesto y señal del amor irrevocable de Dios, que no abandona a los hombres.

 

Los sacerdotes no somos sólo algo ‘conveniente’ para que la Iglesia funcione bien; más bien hay que decir y reconocer que los sacerdotes somos necesarios simplemente para que la Iglesia exista: porque somos ministros de la Eucaristía, sin la cual no hay Iglesia. Demos gracias a Dios por cada uno de nuestros sacerdotes, que desempeñan su propia tarea y servicio pastoral en las ciudades y pueblos, y que con frecuencia tienen la sensación de ser olvidados y estar aislados, de no saber qué hacer, pero que muestran siempre que Dios se encuentra en lo que es pequeño y en lo que no cuenta a los ojos del mundo.

 

  1. El Año sacerdotal ha concluido, pero los objetivos que con él se pretendían siguen siendo de enorme actualidad. Son un legado permanente de este año, que se convierten hoy en tarea permanente y cotidiana para todos: sacerdotes y fieles. En este día centramos nuestra mirada en el Corazón de Cristo, en el Sagrado Corazón de Jesús, fuente inagotable del amor de Dios que “ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5b). El Corazón de Jesús es la hoguera inagotable donde podemos obtener amor y misericordia para testimoniar y difundir entre todos los miembros del Pueblo de Dios y para toda la humanidad. En esta fuente debemos beber ante todo nosotros, los sacerdotes, para poder comunicar a los demás la ternura divina al desempeñar los diversos ministerios que la Providencia nos confía.

 

En estos momentos recios es necesario que los sacerdotes nos dejemos renovar interiormente día a día por la gracia de Dios: en una palabra, que tendamos hacia la santidad de vida en la entrega generosa y fiel a la vocación y ministerio que cada uno hemos recibido. Sólo si somos hombres de Dios, podremos ser servidores de los hombres y de la Iglesia. Los sacerdotes estamos llamados a ser como Cristo. Debemos ser santos. La santidad sacerdotal no es un imperativo exterior, es la exigencia de lo que somos. Sin la santidad sacerdotal, sin una vida espiritual profunda, alimentada día a día y vivida con ardor pastoral en el ejercicio de nuestro ministerio, todo se derrumba.

 

Lo que más cuenta es centrar nuestra vida y nuestra actividad en un amor fiel a Cristo y a la Iglesia, que suscite en nosotros una acogedora solicitud pastoral con respecto a todos. Para realizar fielmente esta tarea hemos estar y vivir centrados en el Señor Jesús; es decir, hemos de esforzarnos por ser pastores según el corazón de Cristo, manteniendo con él un coloquio diario e íntimo, dejándonos modelar por Él y por su corazón de pastor. La unión con Jesús es el secreto del auténtico éxito del ministerio y de la fidelidad siempre fresca de todo sacerdote.

 

Si en el centro de nuestro sacerdocio está el mismo Cristo, en los sacerdotes no habrá lugar para una vida mediocre. No dejemos lugar a una vida mediocre y tibia nunca y mucho menos en el momento actual, en el que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y dar así razón de la esperanza que nos anima. Como Cristo, el Buen pastor,  estamos llamados a buscar a la oveja perdida (cf. Lc 15, 3-7), a vendar a las heridas, curar a las enfermas y guardar y apacentar como es debido a las fuertes (Ez 34,16).

 

La humanidad actual a menudo corre el riesgo de perder el sentido de la existencia; cierta cultura contemporánea pone en duda todos los valores absolutos e incluso la posibilidad de conocer la verdad y el bien. Por eso, es necesario testimoniar la presencia de Dios, de un Dios que comprenda al hombre y sepa hablar a su corazón. Nuestra tarea consistirá precisamente en proclamar con nuestro modo de vivir, antes que con nuestras palabras, el anuncio gozoso y consolador del Evangelio del amor en ambientes a veces muy alejados de la experiencia cristiana.

 

Por tanto, seamos cada día oyentes dóciles de la Palabra de Dios, vivamos en ella y de ella, para hacerla presente en nuestra acción sacerdotal. Anunciemos la Verdad, que es Cristo mismo. Que la oración, la meditación y la escucha de la palabra de Dios sean nuestro pan de cada día. Si crece en nosotros la comunión con Jesús, si vivimos de él y no sólo para él, irradiaremos su amor y su alegría en nuestro entorno.

 

Junto con la escucha diaria de la palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía ha de ser el corazón y el centro de todas nuestras jornadas y de todo nuestro ministerio. El sacerdote, como todo bautizado, vive de la comunión eucarística con el Señor. No podemos acercarnos diariamente al Señor, y pronunciar las maravillosas palabras: “Esto es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre”; no podemos tomar en nuestras manos el Cuerpo y la Sangre del Señor, sin dejarnos aferrar por él, sin dejarnos conquistar por su fascinación, sin permitir que su amor infinito nos cambie interiormente.

 

La Eucaristía ha de llegar a ser para nosotros escuela de vida, en la que el sacrificio de Jesús en la Cruz nos enseñe a hacer de nosotros mismos un don total a los hermanos. La comunión y la amistad con Cristo aseguran la serenidad y la paz también en los momentos más complejos y difíciles.

 

  1. Queridos sacerdotes: Bien sabemos que en nuestro camino no estamos solos. Contamos con la compañía y amistad fiel de Cristo, que nunca abandona. Nos lo recuerda su presencia real y permanente en el Sagrario, en la Eucaristía. La fidelidad de Cristo es aliento para nuestra fidelidad a Él, al don u misterio recibido, a todos los hermanos, a nuestra Iglesia y toda la humanidad. Contamos con la protección, el aliento y la guía de la Virgen María, Madre de todos los sacerdotes. En nuestro camino contamos también con la cercanía humana y con la oración sincera de muchos fieles, que aprecian la persona y el ministerio de sus sacerdotes. “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”, decía el santo Cura de Ars.

 

Hermanos y hermanas: A vosotros os pido que queráis y améis a los sacerdotes, que sepáis apreciarlos y acompañarlos; y, si es preciso, saber perdonarlos. Oremos por todos ellos a Dios; y oremos también para que el Señor siga suscitando entre nosotros vocaciones al sacerdocio, para que nos siga dando “pastores según su Corazón”.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi

 

6 de junio de 2010

(Gn 14,18-20; Sal 109; 1 Co 11,23-26; Lc 11b-17)

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¡Amados hermanos todos en el Señor Eucaristía!

 

  1. En la solemnidad del Corpus Christi, la Iglesia nos convoca a los cristianos para celebrar y exaltar de un modo solemne la sagrada Eucaristía. Junto con toda la Iglesia celebramos y proclamamos públicamente nuestra fe en la presencia real, verdadera y permanente de Jesucristo en la Eucaristía. Por mandado y por la potestad misma de Jesús, mediante las palabras de sacerdote, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo que tomó nuestra carne para hacernos partícipes de su vida divina. En la Eucaristía tenemos el signo visible y real de su entrega hasta la muerte en la cruz por nosotros; una entrega que se hace siempre actual, cada vez que celebramos la Eucaristía. La Eucaristía es un don y misterio de amor, en el que Cristo se nos da como alimento y prenda de la futura gloria. Esta es la verdadera razón de nuestra alegría y de nuestra Fiesta, que se manifiestan además con signos populares llenos de colorido.

 

  1. La Palabra de Dios de este día nos ayuda a entrar en el significado profundo de la Eucaristía. San Pablo, en su primera carta a los Corintios, nos ha recordado con palabras precisas la institución del Sacramento de la Eucaristía por el mismo Señor Jesús. A los corintios, cuya fe en la Eucaristía se había debilitado, Pablo les recuerda la tradición que procede del mismo Jesús y que él, Pablo, les ha trasmitido: “Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó pan.. lo partió y dijo: esto es mi cuerpo… y lo mismo hizo con el cáliz… diciendo. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. A la vez Jesús confía a su Apóstoles, sus sucesores y los sacerdotes: “Haced esto en memoria mía”; y añade: “Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 24-26).

 

Por tanto también hoy, al celebrar la Eucaristía, hacemos lo que Jesús nos confió, el pan y el vino se convierten en su cuerpo y en su sangre, anunciamos su muerte redentora de Cristo y su resurrección salvadora: así se reaviva en nuestro corazón la esperanza de nuestro encuentro definitivo con él. Conscientes de ello, después de la consagración, respondiendo a la invitación del Apóstol, aclamaremos: “Anunciamos tu muerte. Proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.

 

  1. La primera lectura (Gn 14, 18-20) nos habla de Melquisedec, “rey de Salem” y “sacerdote del Dios altísimo”, que bendijo a Abraham y “ofreció pan y vino” (Gn 14, 18). Aquí se anuncia lo que ocurrirá en el Cenáculo y en la Cruz. La víspera de su muerte en la Cruz, Jesús ofreció también pan y vino, que, “en sus santas y venerables manos” (Canon romano), se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que al día siguiente el mismo ofrecerá en sacrificio. En el Cenáculo se anticipa el sacrificio y la muerte en la Cruz de Jesús, el Verbo encarnado, el Cordero inmolado por nosotros, el Cordero que quita el pecado del mundo. Es la manifestación suprema del amor de Dios a los hombres y del hombre a Dios. Con la muerte de Jesús, el pecado y la muerte quedan derrotados para siempre.

Con su dolor, Cristo redime el dolor de todo hombre; con su pasión, el sufrimiento humano adquiere nuevo valor.

 

  1. Por su parte, el relato evangélico de la multiplicación de los panes y de los peces, nos ayuda a comprender que el don y el misterio de la Eucaristía, además de sacrificio es banquete: Jesús mismo se nos da como alimento. Jesús tomó cinco panes y dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y los dio a los Apóstoles para que los fueran distribuyendo a la gente (cf. Lc 9, 16). Como observa san Lucas, todos comieron hasta saciarse e incluso se llenaron doce canastos con los trozos que habían sobrado (cf. Lc 9, 17).

 

Este milagro preanuncia el don que Cristo hará de sí mismo en la última Cena al instituir la Eucaristía, para darse a la humanidad como alimento de vida eterna. Hay una diferencia clara entre los dos momentos; cuando Jesús reparte los panes y los peces a la multitud, Jesús da gracias al Padre celestial por su providencia, confiando en que Él no hará faltar el alimento a toda aquella gente. En la Última Cena, en cambio, Jesús transforma el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, para que los discípulos puedan nutrirse de Él y vivir en comunión íntima y real con Él. Es un milagro sorprendente, que anuncia la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de Vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del Señor, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico de generación en generación.

 

A lo largo de los siglos, los fieles cristianos han recibido este Pan de la Vida con devota participación. Con este Pan de vida, medicina de inmortalidad, se han alimentado innumerables santos y mártires, e innumerables cristianos obteniendo la fuerza para soportar incluso duras y prolongadas tribulaciones. Han creído en las palabras que Jesús pronunció un día en Cafarnaúm: “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; El que coma de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 51).

 

  1. La celebración del Corpus nos debe llevar a descubrir a Jesucristo presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas. La Eucaristía es el misterio de nuestra fe, un misterio que hemos de creer, celebrar y vivir, como nos ha recordado Benedicto XVI (Exh. Postsinodal Sacramentum Charitatis). La Eucaristía es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, que nos revela y dar el amor infinito de Dios por cada hombre.

 

La fe de todo el Pueblo cristiano, admirado por la grandeza de este misterio de amor e imbuido de gratitud al Dios vivo que nos salva, desea proclamar que es Cristo mismo quien se hace presente en la Eucaristía, quien se ofrece a Dios por nosotros y quien se ofrece a nosotros como el pan de Vida para que alcancemos la herencia eterna. Es esa fe de la Iglesia la que ha procurado que Cristo Redentor, presente en la Eucaristía, fuera aclamado por los creyentes y bendijera todos los hogares en la procesión por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades.

 

Preguntémonos cómo está hoy nuestra fe en la Eucaristía. El descenso actual de la práctica dominical y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa ¿no indica que nuestra fe en la Eucaristía se está debilitando? Los templos semivacíos, los sagrarios solitarios o la falta de reverencia ante el Sagrario cuando entramos en la iglesia son muestra del enfriamiento de nuestra fe en la Eucaristía. La fiesta de hoy es una oportunidad de avivar esta fe, para celebrarla con asiduidad y vivirla en el día a día: un tiempo especialmente oportuno, ahora que tantos cristianos dejan de participar tan fácilmente en la Misa de los domingos.

 

Hoy queremos agradecer a Jesucristo esta misteriosa, pero real presencia en la Eucaristía con la cual ha querido perpetuar y extender en el tiempo la eficacia de su ofrecimiento en la Cruz y de su intercesión por los hombres. Desde entonces el mundo es diferente. Y sería más diferente todavía, si todos los cristianos creyéramos con más fuerza en esta presencia y nos alimentáramos de este pan venido del Cielo. Adorar la Eucaristía es adorar al mismo Dios, que además de crearnos quiere unirse con nosotros. El Cuerpo de Cristo es el signo definitivo del amor de Dios y de la dignidad de los hombres, de la dignidad de nuestro cuerpo, de la materia y de la creación entera. Redescubramos y acojamos la riqueza de este misterio sacramental; participemos asiduamente en la Eucaristía y adoremos a Jesús sacramentado. No podemos olvidar que la Eucaristía es el centro de la vida de todo cristiano. Sin ella la vida cristiana flaquea y se extingue.

 

  1. Jesús nos pide vivir lo que hemos celebrado. En la Eucaristía celebramos y actualizamos el amor de Dios hasta el extremo. Por ello, hoy celebramos también el Día de Caridad. No es un añadido casual. La participación en la Eucaristía y la contemplación del Señor en ella nos han llevar al compromiso de caridad, sobre todo, con los últimos de la sociedad. “Dadles vosotros de comer”, nos dice hoy Jesús a sus discípulos, para que el pan de la Vida llegue a todos. Salir con Cristo al encuentro de los últimos es una exigencia ineludible del culto eucarístico.

 

Celebrar la Eucaristía como el gran sacramento del amor, se ha de traducir necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad. Gestos de amor y obras de caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, los parados, los que pasan hambre, de los emigrantes y sus familias; gestos y obras de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; gestos y obras de amor entre los esposos y hacia los hijos, en la transmisión de la fe y en una educación que no margine a Dios; gestos de amor en favor del bien común, de la justicia y de la paz, gestos de amor para que se sacie el hambre de pan material y el hambre del amor de Dios.

 

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo” (Jn 6, 51), nos dice Jesús. Él quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma Vida en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este es el sentido de la solemne procesión que, como cada año, dentro de poco haremos por las calles de la Ciudad. Con piedad y recogimiento acompañaremos al Sacramento eucarístico por las calles de la ciudad. Lo llevaremos a nuestra vida diaria acechada por un sinfín de peligros, oprimida por las preocupaciones y las penas, y sujeta al lento desgaste del tiempo. Con nuestros cantos y nuestras súplicas, llenos de confianza le diremos: Señor, ten piedad de nosotros, aliméntanos y defiéndenos, llévanos a los bienes eternos. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón