Homilía en el Día de Navidad

Castellón, S.I. Concatedral de Sta. María, 25.12.2013

 (Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

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¡Amados hermanos y hermanas en el Señor!

 

  1. El misterio santo de la Navidad, que hoy celebramos, nos congrega para contemplar y admirar, para bendecir y cantar, para postrarnos en humilde oración ante el Niño, que yace en el portal de Belén. Pero, ¿quién es este Niño cuyo nacimiento es hoy motivo de alegría universal? ¿Quién es ese Niño a quien anuncian y alaban los ángeles, adoran y bendicen los pastores y rinden homenaje los reyes venidos de oriente? ¿Quién es ese Niño que se distingue de todos los demás niños y ha dividido la Historia en un antes y en un después?

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Homilía en la Profesión Solemne de M. Ana Rosa Cordero Morales

Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada

Castellón de la Plana – 8 de diciembre de 2013

(Gn 3,9-15, 20; Sal 97; Rom 15,4-9; Lc 1, 26-38)

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Hermanas y hermanos, muy amados en el Señor.

 

En la Solemnidad de la Inmaculada

  1. “Alégrate, llena de gracia el Señor está contigo” (Lc 1 28). Con profunda alegría celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen Maria. En la Madre de Jesús, primicia de la humanidad redimida, Dios obra maravillas: la colma de su gracia y belleza, y la preserva de toda mancha de pecado. En Nazaret, el ángel llama a María “llena de gracia”: estas palabras encierran su singular destino: María es la elegida para ser la madre de Jesús, el Hijo del Altísimo, que en previsión de los méritos de la obra redentora de Cristo fue preservada de todo pecado, es la llena de la gracia y belleza de Dios.

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Homilía en la ordenación de un presbítero y un diácono, Carmelitas Calzados

 

(Xavier Varella Monzonís y Alejandro López-Lapuente Villalba)

Onda, Iglesia parroquial de Ntra. Sra. del Carmen, 5 de Julio de 2013

(Jr 1,4-9; Sal 83; 2 Cor 4, 1-2. 5-7; Jn 15, 9-17)

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Amados todos en el Señor

 

Alabanza y acción de gracias

  1. Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre” (Sal 83). En esta tarde nos unimos a vuestra alegría, queridos Xavier y Alejandro, y con vosotros alabamos y damos gracias al Señor por su gran amor hacia vosotros, y, en vuestras personas, hacia vuestras familias, hacia la Orden de los Padres Carmelitas Calzados y hacia toda su Iglesia. Las palabras del Salmista nos invitan una vez más a la alabanza y a la acción de gracias a Dios: hoy lo hacemos por vuestra vocación religiosa y sacerdotal, y por vuestra ordenación diaconal y presbiteral. Vuestra vocación y ordenación son una gracia de Dios para vosotros, pero también y ante todo para su Iglesia y para la Orden carmelitana, que en estos tiempos de escasez vocacional, se ve agraciada y enriquecida en vuestras personas.

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Homilía en la Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal
Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2013

(Ecco 2, 7-13; 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

  1. A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos ha convocado un año más para celebrar esta Eucaristía en honor de nuestro santo patrono, el Patrono de Villarreal y Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión.

 

Hoy es un día grande en Villarreal, en toda nuestra Diócesis y en tantos otros lugares donde se rinde culto a San Pascual, en el mundo entero. Hoy le recordamos y honramos, en este día damos gracias a Dios una vez más por ser nuestro Santo Patrono. Leer más

Homilía en la Fiesta de María, la Mare de Déu del Lledó

 

Basílica de Lledó, 5 de mayo de 2013

(Zc 9,9-19; Ap 21,1-5a; Lc 1 26-38)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

 

Saludo

  1. Como cada primer Domingo de Mayo, el Señor nos reúne en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar a Santa María, la Mare de Déu del Lledó, patrona de nuestra Ciudad de Castellón. Con las palabras de su prima Isabel la cantamos: “Bendita tú, entre las mujeres y el bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1,42). María, la Mare de Déu del Lledó, es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,3): ella nos ha dado y nos ofrece a Jesús, el Hijo de Dios. Hoy nos acogemos de nuevo a su especial protección de Madre: a ella le rezamos, a sus pies ponemos nuestras alegrías y nuestras penas, y en ella encontramos consuelo maternal. Bien sabemos que ella nos mira y nos acoge con verdadero amor de Madre; cada uno de nosotros, nuestras familias, la Ciudad entera, estamos en su corazón; ella cuida de nuestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. Mirándola hoy podremos también hallar la fuerza necesaria para acoger a Dios en nuestras vidas y caminar firmes en la fe, alegres en la esperanza y fuertes en la caridad.

Os saludo de corazón a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre: a los sacerdotes concelebrantes, en especial, al Sr. Prior de esta singular Basílica; al Ilmo. Sr. Prior de la Real Cofradía de la Mare de Dèu del Lledó, Al Ilmo. Vicario General y al Ilmo. Cabildo Concatedral;  al Sr. Presidente, Directiva y Cofrades de la Real Cofradía así como a la Sra. Presidenta y Camareras de la Virgen. Saludo también con todo afecto a las autoridades ciciles, en especial, al Molt honorable President del Consell y miembros del Consell, al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Castellón en el día de su Patrona. Mi saludo cordial también a cuantos, recordando nuestra condición de peregrinos en la vida, habéis venido hasta Lidón para participar en esta solemne celebración eucarística, y a cuantos a través de la TV estáis unidos a nosotros para seguir esta celebración, en la que por la fuerza de su Espíritu Santo actualizamos el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Leer más

Homilía en el Domingo de Pascua de Resurrección

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 31 de marzo de 2013

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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¡Hermanas y hermanos en el Señor!

 

  1. “!Cristo ha resucitado! Aleluya!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, el Día en que actuó el Señor, día del gozo y del triunfo. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: El no está aquí: Ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

 

Y porque Cristo ha resucitado podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

 

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas, del dolor y de la angustia. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito, ni tampoco es una historia piadosa nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. No se trata de la vuelta a esta vida de un muerto para volver a morir. No: el cuerpo muerto y sepultado de Jesús vive ya glorioso y para siempre junto a Dios.

 

 

  1. En el Credo confesamos que Jesús, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos. La Palabra de Dios de hoy nos invita a avivar nuestra fe en este Año de la fe, no invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42) .

 

La tumba-vacía es un signo esencial, aunque imperfecto, de la resurrección. Algunos, como María Magdalena, ante el hecho del sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con certificar fríamente el hecho: “entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, como Juan, no se contentarán con la sola certificación del hecho.  Juan “vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9). El suceso mismo de la resurrección, el paso de la muerte a la vida de Jesús, no tiene testigos. Las mujeres, los Apóstoles y los discípulos se encuentran con Cristo Vivo, una vez resucitado. Para aceptar el sepulcro vacío como signo de su resurrección es necesaria le fe, como Juan; y como en el resto de los discípulos es necesario el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas y la primera incredulidad.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús; o “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

 

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos de la resurrección; una fe que nos es trasmitida en sus sucesores, los Obispos, y en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es credulidad débil o fácil; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están convencidos. Tan convencidos, que llegarán a dar la vida por Cristo.

 

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Cristo no es un hecho histórico hundido en el pasado y sin actualidad y vigencia para nosotros. No: ¡Cristo vive!. Su resurrección nos muestra que Dios no abandonará nunca a los suyos, a la humanidad, a la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y el futuro de la creación.

 

Y, porque Cristo ha resucitado, es posible un mundo más justo, más fraterno, más dichoso, un mundo según el deseo de Dios. Desde entonces, la esperanza no es una utopía sino una actitud fundada y realista. Desde la resurrección de Cristo cabe pensar en una sociedad más humana, más solidaria, más dichosa, más según Dios; y cabe pensar en una Iglesia más evangélica, más de Dios y más de los pobres, más creyente, más fraterna, más apostólica y más orante. Todo esto es posible porque Cristo ha resucitado.

 

Es importante recordarlo en estos tiempos de cierto pesimismo social y eclesial. Existe hoy en la Iglesia y en la sociedad, una tendencia bastante generalizada a creer que la oscuridad es más espesa que la luz. Que la increencia es más fuerte que la fe. Que la corrupción es más fuerte que la honradez. Que la mentira es más poderosa que la verdad. Que la esclavitud es más fuerte que la libertad. Que el egoísmo es más potente que el amor. Que la tristeza es más persistente que la alegría. Que la muerte es más definitiva que la vida. Que el pecado es más vigoroso que la gracia.

 

Pues bien: sucumbir a esta tendencia equivale, en la práctica, a no creer, a negar la resurrección de Jesucristo. Porque creer que Cristo ha resucitado significa que El ha inyectado ya en el corazón de la historia un fermento, una levadura, un brote de vida, que nada ni nadie podrá apagar. Creer en Jesucristo resucitado significa que Dios ha apostado efectivamente por la humanidad, por la Iglesia, por ti y por mí. Dios ha dicho sí al hombre nuevo y a la humanidad nueva al resucitar a Jesucristo. Él no ha resucitado en vano.

 

De aquí se deriva una actitud básicamente positiva ante las personas, la sociedad y la Iglesia, pese al pecado y todo lo negativo que podamos encontrar. Cristo ha resucitado y Dios acabará ganando. Y ello nos da fuerza para luchar contra el pecado y todas sus manifestaciones, para que la gracia, el amor de Dios y la resurrección de Cristo prevalezcan sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte. La pregunta capital es esta: ¿creemos esto?, ¿nos lo creemos de verdad?.

 

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

 

A los bautizados, nos recuerda San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa también reavivar la vida nueva que los bautizados hemos recibido en la fuente del bautismo: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, según los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en el servicio constante del Dios vivo, presente en los hombres y en la creación.

 

Cuantos celebramos esta Pascua podemos y debemos afirmar: ¡Cristo resucitado está aquí!, en medio de nosotros. Él está aquí, en medio de nosotros, y nos habla al corazón. Él está aquí, y nos cura de nuestras dudas y nuestros miedos. Él está aquí, y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí, y nos alimenta con su palabra y con su cuerpo. Él está aquí, nos renueva, nos reconcilia, nos pacifica y nos resucita.

 

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Él está aquí y nos envía a ser testigos de su resurrección. Hemos de contar lo que hemos visto y oído. Como los Apóstoles, estamos llamados a ser ante todo testigos del Señor Resucitado y de su resurrección, mediante un testimonio creíble en obras y palabras, que será señal de vida y de esperanza para el mundo. Porque vida es buscar sinceramente la presencia de Cristo y confesar públicamente el nombre de Jesús, su mensaje, su salvación. Porque vida es recibir la gracia que se ofrece en la fe y en los sacramentos pascuales para tener la fuerza necesaria para seguir fielmente a Cristo. Porque vive la resurrección de Cristo, quien renace con Él; y porque muere el hombre que permanece hundido en el pecado. Y muerte es la indiferencia, la carcoma que mata la esperanza; como muerte es también el cobarde y falso respeto humano que esconde y trata de meter en el sepulcro al que ha resucitado; y muerte es el desprecio del favor que Dios ofrece, creyéndose uno autosuficiente y hasta orgulloso de poder prescindir de Dios.

    El testimonio del cristiano resucitado con Cristo ha de llegar a un verdadero y eficaz compromiso social, participando de las esperanzas y de los sufrimientos de los hombres.  El hombre nuevo, renacido con Cristo resucitado, es el que busca sinceramente la verdad y quiere vivir en consecuencia con ella; el que está abierto al Espíritu, a la posibilidad de que Dios pueda hablar con un lenguaje original y desconocido; el que se acepta gozoso como imagen e hijo de Dios; el que se ha revestido de Cristo y hace de su vida imitación de su Maestro; el que se siente permanentemente agradecido a la bondad de Dios;  el que hace de la caridad y del amor fraterno norma constante de su vida. Hombre nuevo es el que ha resucitado con Cristo, goza con la esperanza y se alegra con el bien. Hombre envejecido, por el contrario, es el que se empeña en la mentira, confundiendo el camino de los demás;  el que se cierra a cualquier tipo de conocimiento que no sea evidenciado por los sentidos; el que se empeña en desconocer su origen y su destino y camina por este mundo sin razón de ser ni horizonte que alcanzar; el que insiste en ser el único maestro de sí mismo; el que ha perdido la capacidad del agradecimiento, porque el egoísmo le ha secado el alma; el que no quiere a nadie y no se siente querido por ninguno; el que ha perdido la capacidad de gozar y de esperar.

    Con la resurrección del Señor todo ha cambiado: de la cruz hemos pasado al gozo, de la muerte a la vida, de las afrentas a la alabanza, de las lágrimas al consuelo, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz. Así debe ser nuestra pascua: tránsito y cambio de lo viejo a lo nuevo, del pecado a la virtud, de la mentira a la verdad.

  2. ¡Cristo ha resucitado!. Y con su resurrección toman nueva vida todas las cosas. El mundo entero tiene que ser como un sacramento, como una señal en la que descubramos y aprendamos a vivir en la gracia de Cristo. Será el amor fraterno el que haga olvidar viejos odios. Será la justicia practicada con fidelidad la que deje atrás enfrentamientos enconados entre hermanos. Será la misericordia la que haga fuerte la unidad de los hombres y mujeres.

 

La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y de superación de la muerte, porque en Cristo resucitado la Vida ha vencido a la muerte.

 

Como a los Apóstoles asustados en la tempestad del lago, Cristo nos repite hoy a todos: “¡Ánimo, soy yo, no temáis!”. (Mc 6,50). Si Él está con nosotros, ¿por qué tener miedo? Aunque parezca muy oscuro el horizonte de la humanidad y de nuestra sociedad, hoy celebramos el triunfo esplendoroso de la luz, de la vida y del amor de Dios. Si un viento contrario obstaculiza el camino personal o familiar, el de la sociedad, de la humanidad o de la creación, si se hace borrascoso el mar de la historia, no podemos ceder al desaliento, al pesimismo o a la desconfianza.
¡Cristo ha resucitado!. Cristo está vivo entre nosotros. Él está realmente presente en el sacramento de esta Eucaristía.  Él se nos ofrece como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Vigilia Pascual

 Segorbe. S.I. Catedral-Basílica, 30 de marzo de 2013

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1. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive. No está aquí. Ha resucitado” (Lc 24, 5). Este es el anuncio de aquellos dos hombres con vestidos refulgentes a las mujeres que habían acudido al sepulcro con aromas. Y lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista en esta noche santa: No busquéis entre los muertos al que vive. Cristo ha resucitado. Cristo vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a encontrarnos con Él, a seguirle a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida.

 

Si, hermanos. Esta es la gran noticia de cada año en esta Noche Santa de Pascua: Cristo ha resucitado. Hoy es la Pascua del Señor, Cristo ha pasado a través de la muerte a la Vida. Cristo ha pasado a una nueva y definitiva existencia. El Señor vive para siempre.

 

Esta es la razón de nuestra asamblea litúrgica en esta Vigilia Pascual, la madre de todas las vigilias, la fiesta cristiana por excelencia. ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos y gocemos por la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. Nunca nos cansaremos de celebrar la Pascua; nunca alabaremos suficientemente a Dios por su nueva y definitiva Alianza en Cristo Jesús, su Hijo: en medio de la oscuridad de la noche, Cristo Jesús ha sido liberado de la muerte y llenado del Espíritu de Dios, el Espíritu de la Vida.

 

 

  1. Sí, hermanos: “Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117). Las lecturas de la Palabra de Dios de esta Noche Santa lo han traído una vez más a nuestra memoria y a nuestro corazón. Nuestro Dios no es un Dios de la obscuridad y de la muerte, sino un Dios de Luz, de Amor y de Vida.

 

En la primera creación del mundo, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas primordiales y las llenó de su vida. Dios creó todas las cosas y eran buenas, y, finalmente creó al hombre a “su imagen”; hombre y mujer los creó, por amor y para la vida. ¡Y vio Dios que todo era muy bueno! Ahora, en la nueva creación, el mismo Espíritu ha actuado poderosamente en el sepulcro de Jesús y ha llenado de Vida nueva el cuerpo de Jesús, el primogénito de la nueva creación. Incluso cuando el hombre en uso de su libertad rechaza la vida de Dios, éste en su infinita misericordia no lo abandonó ni le abandona. En la culpa humana, Dios muestra su infinito amor misericordioso y promete al Salvador. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Para rescatarnos del pecado de Adán nos dio al Salvador, quien muriendo nos libera del pecado y de la muerte, y resucitando nos devuelve a la Vida.

 

Dios nunca abandona al ser humano. Dios ama eternamente a su criatura. Dios pasa permanentemente por la vida de los hombres: pasa por la vida de Adán, pasa por la existencia de Abrahán evitando la muerte de su hijo Isaac, pasa por la historia de su Pueblo Israel y lo salva de la esclavitud de Egipto. Y en el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a la nueva existencia, liberándonos a todos, como un nuevo Moisés que guía a su pueblo a través de las aguas del Bautismo. Dios pasa por la historia de Israel haciéndose oír por la voz de los profetas que recordaban el amor eterno de Dios hacia su pueblo: un amor que se convertirá en alianza eterna que saciará la sed de vida del hombre, un amor que por el camino de los preceptos de la vida conduce a la auténtica sabiduría, un amor que da un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

 

Y, sobre todo, Dios pasa por la existencia entregada de su Hijo: Dios no lo abandona en la muerte, sino que le ‘hace pasar’ de la muerte a la vida. El Viernes Santo, escuchábamos conmovidos la pasión, muerte y sepultura de Jesús. En esta Vigilia Santa escuchamos: ‘No está aquí. Ha resucitado’. Es la Pascua del Señor, es su paso de la muerte a la Vida gloriosa y sin fin. En Pascua nos alegramos porque Cristo no ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; Cristo pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es –como proclamamos en el rito del cirio pascual– Alfa y al mismo tiempo Omega, y existe por tanto, no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13, 8).

 

 

  1. Después de la noche nace el día, en la obscuridad emerge la Luz, del silencio del sepulcro surge la Palabra, en la vida humana se presenta la vida de Dios. Es la Pascua del Señor: Dios mismo, en la plenitud de los tiempos “ha pasado” a Jesús de la muerte a la Vida, y nos ofrece a nosotros “pasar” también a la vida del Resucitado, a la vida nueva de Dios.

 

Y ¿cómo sucede esto?: Por el Bautismo, hermanos. El Bautismo es nuestra pascua personal. San Pablo, en la carta a los Romanos, nos ha recordado que el día de nuestro Bautismo todos nosotros hemos pasado de la muerte del pecado a la vida nueva de Cristo resucitado; hemos sido sumergidos en la nueva existencia de Cristo y hemos sido incorporados a su vida por la fuerza del mismo Espíritu que le resucitó a él. Por medio del Bautismo, Dios también pasa por nuestra vida y nos permite vivir ya ahora la eternidad de Dios. Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús de modo que andemos en una vida nueva.

 

El Bautismo es más que un baño o una purificación. Es mucho más que un rito para la entrada en la comunidad de la Iglesia. El Bautismo es un nuevo nacimiento, es un renacimiento de lo alto, Es el inicio de una vida nueva: la Vida misma de Dios. Pablo nos ha dicho que en el Bautismo hemos sido “incorporados” en la muerte de Cristo. En el Bautismo nos entregamos a Cristo. Él nos toma consigo para que muramos con Él al alejamiento de Dios por el pecado, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para que vivamos en Dios y para Dios, y para que así vivamos también para los demás.

 

En el Bautismo nos abandonamos nosotros mismos a Jesucristo, depositamos nuestra vida en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Si nos entregamos de este modo a Cristo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo, entonces eso significa también que la frontera entre muerte y vida se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estaremos con Cristo; desde el Bautismo en adelante, la muerte ya no es el final. Pablo nos lo dice de un modo muy claro en su Carta a los Filipenses: “Para mí la vida es Cristo. Si puedo estar junto a Él (es decir, si muero) es una ganancia. Pero si quedo en esta vida, todavía puedo llevar fruto. Así me encuentro en este dilema: partir —es decir, ser ejecutado— y estar con Cristo, sería lo mejor; pero, quedarme en esta vida es más necesario para vosotros” (cf. 1,21ss). A un lado y otro de la puerta de la muerte, Pablo está con Cristo; ya no hay una verdadera diferencia. Por ello puede decir Pablo a los Romanos: “Ninguno… vive para sí mismo y ninguno muere por sí mismo… Si vivimos, … si morimos,… somos del Señor” (14,7s).

 

Esta es la novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece ya a Cristo, ya no pertenece más a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos solos nunca ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que vive para siempre. En el Bautismo, junto con Cristo, ya hemos hecho el viaje hasta las profundidades de la muerte. Acompañados por Él, más aún, acogidos por Él en su amor, somos liberados del miedo ante la muerte, que nos tienta en poner nuestra confianza en falsas seguridades. Él nos abraza y nos lleva, dondequiera que vayamos. Él que es la Vida misma.

 

 

  1. Nos dice San Pablo:“Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él de la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva…”(Rom 6,3-5).

 

El amor de Dios nos despierta esta Noche Santa. Nos recuerda el misterio de nuestra propia vida, de nuestro propio Bautismo, que se ilumina con nuevo resplandor en su presencia. Puestos en pie, unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo, renovaremos nuestras promesas bautismales. Especial resonancia tiene esta renovación para vosotros, hermanos y hermanas de la cuarta Comunidad del Camino Neocatecumenal de Burriana, que así concluís vuestro camino catecumenal. En las convivencias os habéis venido preparando para renovarlas solemnemente en esta S.I. Catedral-Basílica ante mí, sucesor de los Apóstoles, e indigno representante principal del Señor en nuestra Iglesia diocesana. Vuestras túnicas blancas de lino son signo de la nueva vida bautismal de un cristiano, limpia y purificada por la gracia de Dios. En vuestros escrutinios habréis visto de dónde procedías: quizá de un mundo de destrucción, alejados del amor de Cristo por el pecado; pero también habéis experimentado el amor misericordioso de Dios en Cristo, que os ha recreado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

 

En una sociedad olvidada de Dios, en un tiempo en que sólo cuentan la eficacia inmediata, la utilidad, el dinero y el disfrute a toda costa, en un tiempo en que el demonio, sus obras y seducciones es lo que tantas veces cuenta, en un tiempo con inclinaciones tantas veces inconfesables, la Iglesia de Jesucristo sigue siendo ‘sacramento universal de salvación’, ‘signo levantado en lo alto’. Así lo habéis experimentado vosotros. Manteneos y mantengámonos todos fieles a la vida nueva que hemos recibido en el Bautismo y firmes en la fe que vamos a profesar, para que sólo Dios sea el centro de nuestro corazón y de nuestra vida.

 

Y no olvidemos, hermanos, que Jesús sigue amando a todos: hombres, mujeres y niños de todos los tiempos. Su sacrificio sigue ofreciéndose al Padre por todos, en todas las latitudes y en todo tiempo. Con Él nosotros debemos entregarnos a la fecunda tarea del anuncio del kerigma, del anuncio del amor de Dios manifestado y ofrecido a todos en Cristo muerto y resucitado para la vida del mundo. Hemos de estar siempre dispuestos a trabajar, a luchar, a sufrir por la causa de nuestros hermanos, para que el Evangelio llegue a todos.

 

 

  1. Al comienzo de la Vigilia, como Iglesia hacíamos la ofrenda del cirio encendido, signo de la alegría pascual. En el pregón hemos elevado nuestra oración humilde: “Te rogamos, Señor, que este cirio consagrado a tu nombre arda sin apagarse para destruir la obscuridad de esta noche… Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo; ese lucero matinal que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo Resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el género humano”.

 

Brille así, hermanos, nuestro amor al Señor, sin interrupción, sin titubeos, sin descanso. Que el encuentro de esta noche con Cristo glorioso inunde nuestras almas serenas de gozo y de paz, de alegría y esperanza, de fe y de amor.

 

Alegrémonos, hermanos y hermanas. El mismo amor de Dios que creó el mundo y que resucitó a Jesús de Nazaret, que se había entregado por nosotros, es el que hoy  nos congrega en esta Eucaristía, para comunicarnos su Vida, su alegría y su amor. Esto es lo que celebramos y esto lo que da sentido a nuestra existencia. Por eso creemos, esperamos y queremos vivir como cristianos en Cristo: no estamos celebrando el aniversario de un hecho pasado, no seguimos una doctrina fría. No: Celebramos y seguimos a Cristo Jesús, invisible pero presente en medio de nosotros como el Señor Resucitado.

 

Unidos a la Iglesia entera dejémonos llenar por la alegría pascual. La Pascua de Jesús quiere ser también nuestra pascua. Recordemos nuestro Bautismo y participemos una vez más del Cuerpo y Sangre del Señor Resucitado. Dios quiere renovar sus dones de gracia con los que nos llenó el día del Bautismo y comunicarnos su fuerza. Dejémonos llenar de vida por el mismo Espíritu de Dios que resucitó a Jesús. Él nos comunica fuerza, alegría, energía, esperanza, para que toda nuestra vida sea signo vivo del Resucitado. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Homilía en la Celebración Litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 29 de marzo de 2013

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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  1. La contemplación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, en el ambiente sagrado de este día, nos adentra en la celebración litúrgica del Viernes santo. Hemos recordado y acompañado con piedad a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta la Cruz. El Señor es traicionado por Judas; es asaltado, prendido y maltratado por los guardias; es negado por Pedro y abandonado de todos sus apóstoles, menos por Juan; una vez, condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos es azotado, coronado de espinas e injuriado por la soldadesca; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, es crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

 

  1. En la Cruz contemplamos el ‘rostro doliente’ del Señor. El es ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues es absolutamente inocente; sino por la tragedia de mentiras y envidias, traiciones y maldades de la humanidad que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el peso de los pecados de todos los hombres y con todo el sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45).

 

En la Cruz contemplamos su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1 Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor y en lugar de nosotros. Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado, que sigue al alejamiento de Dios. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. Por eso en sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”(Mc 15,34).

 

Contemplando este ‘rostro doliente’ del Señor, nuestro dolor se hace más fuerte, porque su rostro de Jesús en la cruz expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las violencias y por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan, por las corrupciones y por tantos otros males y pecados. Viernes Santo hoy es la miseria y el hambre de millones de hermanos en todo el mundo; es la muerte de tantas criaturas no nacidas que no verán nunca la luz; son los desgraciados enganchados en la droga, al alcohol y al sexo; son los esclavizados por el dinero; son los enfermos desahuciados por el sida, los ancianos abandonados, los esposos e hijos de matrimonios rotos, los padres y los jóvenes sin trabajo y sin un previsible futuro, los amenazados de desahucio.

  1. Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”(Is 52,13). El Siervo de Dios, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación, la justificación, la esperanza y la luz de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz, a la vez que descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza e infinitud del amor de Dios, que quiere librarnos de cualquier pecado y de la muerte. Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, el Hijo de Dios mostró la grandeza del corazón de Dios, y su infinita misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”(Lc 23,34).

 

La salvación es la liberación del hombre de todo sus pecados, de sus males y miserias, y la reconciliación con Dios y con los hermanos. La salvación es toda ella obra de Dios, fruto de su amor infinito. Porque sólo el amor infinito de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar y justificar, de reconciliar y santificar.

 

  1. En la Cruz, el amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado para siempre con el hombre y con el mundo. “El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 3, 14). Desde ese mismo momento el mundo pecador, en principio, estaba salvado. Pero el Hijo de Dios, metido en el tiempo, revestido de nuestra carne pecadora, habría de realizar su propia historia en obediencia al Padre. La obra del amor de Dios culmina en la historia del hombre Jesús, Hijo de Dios. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

 

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz se convierte en el ‘árbol de la vida’ para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: y éste no es otro que el amor de Dios.

 

En Viernes Santo, Jesús convierte la Cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la Cruz ya no es sinónimo de maldición, sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor.  “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”. El amor de Dios requiere ser acogido; el amor del Amante espera de la respuesta del amado, para entregarse y darse totalmente a sí mismo con todo cuanto tiene. Sin esa respuesta, no se produce, la obra del amor de Dios; si su acogida, Dios y su amor se detienen a la puerta. Y esto significa juicio y condenación, significa vivir alejados del amor de Dios y hundidos en nuestras miserias, dolor, injusticias y mentiras.

 

  1. Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad e injusticia humana. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo tiene hoy que cargar.

 

Contemplemos y adoremos la Cruz. Es la manifestación suprema del amor misericordioso de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de la muerte eterna. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor y podremos alcanzar la salvación de Dios.

 

Al pie de la cruz la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de su dolor y de su amor. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella encomendamos en especial los que avergüenzan de la cruz y de su condición de cristianos, a los pecadores y a todos los que sufren a causa de su pecado, del egoísmo, de la injusticia o de la violencia. A ella encomendados a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe en la Cruz. ¡Que la cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza y de salvación¡ Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía de Jueves Santo en la Misa “In Coena Domini”

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 28 de marzo de 2013

 (Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15).  

 

 

En Jueves Santo volvamos la mirada al Cenáculo

1. Es Jueves Santo. En esta tarde de Jueves Santo, re-cordamos, es decir, traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús en la Última Cena. Y lo hacemos de una manera más intensa y más gozosa como asamblea reunida por el Señor. Esta tarde celebramos el solemne Memorial de la Última Cena, que se hace especialmente presente y actual en la liturgia de este Jueves Santo.

 

En la tarde de aquel primer Jueves Santo, Jesús y los suyos –su familia- se han reunido para celebrar la Pascua en una casa de Jerusalén, en el Cenáculo. “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”  (Lc 22, 15), les dice Jesús. Con estas palabras, Jesús comienza la celebración de su última cena y de la institución de la santa Eucaristía. Así les da entender la importancia que tiene y tendrá en el futuro la cena pascual, que está a punto de celebrar con ellos. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora. Anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a ofrecer al Padre hasta el extremo de entregar su vida por amor a toda la humanidad y en que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres y por su creación, un amor que espera (cf. Benedicto XVI, Homilía 2011).

 

En esta tarde de Jueves Santo, en que entramos en la celebración de la Pascua de Cristo, trasladémonos espiritualmente al Cenáculo y contemplemos a Jesús, el Hijo de Dios, que vino a nosotros no para ser servido, sino para servir, que tomó sobre sí los dramas y las esperanzas de los hombres de todos los tiempos, y ofreció su vida al Padre para la salvación de toda la humanidad.

 

La Pascua de Jesús

  1. Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11); es decir, la fiesta que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberar a su pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y para establecer una Alianza con su Pueblo. Dios pasa aquella noche por Egipto para liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto y constituir con ellos un pueblo, que habrá de atravesar el mar Rojo y encaminarse hacia la Tierra Prometida.

 

En el evangelio señala san Juan que Jesús sabía que había llegado ‘la hora de pasar’ de este mundo al Padre, que había llegado su Pascua, su paso por la muerte a la vida. Jesús celebra la cena de Pascua con los apóstoles anticipando la muerte en el Calvario, su paso por la muerte a la vida gloriosa.

 

La Pascua judía es figura de la nueva Pascua: el cordero de la antigua pascua simboliza a Cristo, que se ofrece por nosotros y que se da igualmente como alimento en la Eucaristía. La sangre con la que se rociaron las casas de los israelitas será ahora la sangre derramada del Señor, que nos marcará interiormente a los cristianos y nos liberará de la esclavitud del pecado y de la muerte. En la Pascua de Jesús se establece la nueva y definitiva Alianza. Él es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado y consumado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida. Él es nuestra Pascua, Él es el cordero inmolado que se nos da en alimento en la Eucaristía.

 

Por eso Jesús, “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Durante la Cena, Jesús bendice, parte el pan y lo distribuye a los Apóstoles, diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (1 Cor 11, 24); lo mismo hace con el cáliz: “Esta es mi sangre”(1 Cor 11,25). Aquel pan, gracias a las palabras de bendición de Jesús, se transforma milagrosamente en el Cuerpo de Cristo, y aquel vino se convierte en su Sangre: ambos son ofrecidos por Jesús en aquella noche, como anuncio y anticipo de la entrega de su cuerpo y del derramamiento de su sangre en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo”. Es Cristo-Víctima que se entrega libremente por el hombre caído, para que éste adquiera la verdadera libertad, la verdadera vida, la vida de Dios y en Dios.

 

El Don de la Eucaristía

  1. El don de sí mismo de Cristo en el pan y el vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, no queda limitado a aquella noche ni reducido al grupo de los Apóstoles. Jesús se da y se queda para siempre. Por ello les dice: Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda por todos los tiempos. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa Misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua y se nos ofrece en alimento en la Eucaristía. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

 

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”  (Lc 22, 15), les dijo Jesús a sus Apóstoles. Estas palabras resuenan esta tarde para nosotros. Jesús viene a nuestro encuentro y anhela darse a nosotros bajo las especies del pan y del vino. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, su amor por cada uno de nosotros. Jesús nos desea, nos espera. “Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas? Por las parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que él conoce la realidad de que hay puestos que quedan vacíos, la respuesta negativa, el desinterés por él y su cercanía. Los puestos vacíos en el banquete nupcial del Señor, con o sin excusas, son para nosotros, ya desde hace tiempo, no una parábola sino una realidad [tremendamente] actual” (Benedicto XVI, Homilía de Jueves Santo 2011)

 

“Jesús también tenía experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero sin ir vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo sólo una costumbre y con una orientación de sus vidas completamente diferente. San Gregorio Magno, en una de sus homilías se preguntaba: ¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje nupcial? ¿En qué consiste este traje y como se consigue? Su respuesta dice así: Los que han sido llamados y vienen, en cierto modo tienen fe. Es la fe la que les abre la puerta. Pero les falta el traje nupcial del amor. Quien vive la fe sin amor no está preparado para la boda y es arrojado fuera. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta” (Ib..

 

Por ello el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación” (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse previamente con Dios en el sacramento de la Penitencia, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía en estado de gracia. De lo contrarío, la vida se tornará en muerte.

 

Dignamente preparados recibamos con frecuencia la Eucaristía; sin ella no podemos vivir como cristianos. La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Sin participar frecuente y fructuosamente en la Eucaristía no hay verdaderos cristianos. Comulgando a Cristo-Eucaristía nos unimos realmente a Él, y en Él con el Padre y el Espíritu y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, y llegar a, la tierra prometida, a la vida eterna, donde Crsito Jesús está junto al Padre ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión.

 

Gratitud por el don del sacerdocio ordenado

  1. Eucaristía significa acción de gracias. Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, damos gracias a Dios también por el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en conmemoración mía” (1 Cor. 11,24.25). Estas palabras de Jesús, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar, es decir de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Cristo quiere que su sacrificio redentor en la Cruz y el banquete eucarístico se perpetúen en la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo “haced esto” instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. “No hay Eucaristía sin sacerdocio”.

 

La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente en cada generación y en cualquier rincón de la tierra la obra redentora de Cristo. Hoy se vuelve a sentir, entre el pueblo creyente, la necesidad de sacerdotes. Pero sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad de vida, dado a las nuevas generaciones.

 

El testamento del amor fraterno

  1. Como peregrinos hacia la tierra de promisión, tenemos la Eucaristía para realizar con Cristo el paso de la vida terrenal a la eterna. Ese paso se inicia ya ahora cuando caminamos con Cristo, unidos a Él, y vivimos la caridad fraterna. Juan narra el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud de servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15). Pedro se resiste porque prefiere anteponer su amor al amor que recibe del Señor. Cristo lo corrige: sólo el amor de Dios nos per­mite dar el salto a la vida eterna. No basta nuestra buena voluntad. Si Pedro quiere retener al Señor con una muestra de cariño, Jesús lo reprende porque quiere arrastrarlo junto a sí para siempre. Para ello es necesario dejarse amar por Dios: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Una vez lavados por el bautismo, reconciliados en el Sacramento de la Penitencia y manteniendo la unión con Cristo mediante la Eucaristía, manantial inagotable del amor, hemos de caminar y ayudar a otros a hacerlo mediante la práctica del amor. En la Eucaristía aprendemos a amar con la misma fuerza de Cristo; aprendemos a unir cada acto nuestro al cielo para que tenga un valor de eternidad y para que no sea sólo nuestra buena voluntad, sino la fuerza de Cristo, la que mueva nuestras obras .

 

Jueves Santo es el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, después de habernos unido realmente con Él en la comunión, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para vivir el mandamiento nuevo del amor, para trabajar por unas relaciones humanas más fraternas. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado, que está nuestro lado. Nuestro mundo esta necesitado de amor, del amor que nos viene de Dios. Necesitamos derrumbar las barreras de la exclusión, del egoísmo y del odio para que triunfe el amor de Dios en nuestro mundo. Hoy Jesús nos dice a nosotros como dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Merece acoger su palabra, seguirle y trabajar por el amor fraterno, servicial y entregado. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Homilía en la Misa Crismal

Catedral-Basílica de Segorbe, 25 de marzo de 2013

 (Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Saludo

 

  1. Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (Ap 1,5) a todos vosotros, amados sacerdotes, seminaristas, religiosos y fieles laicos, venidos de toda la Diócesis hasta la iglesia Madre de nuestra Iglesia diocesana para la Misa Crismal. Un saludo especial al Cabildo catedral, que nos acoge este año en la Catedral-Basílica de Segorbe,.

 

Cercana ya la celebración de los misterios centrales de nuestra fe y de nuestra salvación, la muerte y resurrección del Señor, el mismo Cristo Jesús nos reúne como su Iglesia para bendecir los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y consagrar el santo Crisma. Aquél “que nos amó, nos ha librado por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de nuestro Dios” (Ap 1,6). Él mismo es quien nos convoca para actualizar su sacrificio redentor, el misterio pascual, en esta Santa Misa. Cantemos las misericordias del Señor, cantemos su amor misericordioso con redoblada alegría en esta mañana, en que celebramos una fiesta singular. Es la fiesta de todo nuestro pueblo de Dios de Segorbe-Castellón al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo. Es la fiesta, también y de manera especial, de todos nosotros, hermanos en el sacerdocio, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo santo de Dios. Os doy gracias de todo corazón por vuestra presencia.

 

Cristo es el Ungido del Señor

2.  La palabra de Dios que acabamos de proclamar centra nuestra mirada en Cristo Jesús. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena noticia a los pobres” (Is 61, 1,3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo y en primer lugar, a Jesús y su misión mesiánica. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). Así comenta Jesús, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Jesús mismo afirma que Él es el Ungido del Señor, a quien el Padre ha enviado y el Espíritu ha ungido para anunciar la Buena nueva a los pobres y a los afligidos, para traer a los hombres la liberación de sus pecados. Él es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia de Dios. Acogiendo la llamada del Padre a asumir la condición humana, Jesús trae consigo el soplo de la vida nueva y da la salvación a todos los que creen en Él.  Enviado por el Padre y consagrado por virtud del Espíritu Santo queda convertido en sumo y eterno Sacerdote de la nueva y definitiva Alianza, que sella con su sangre. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en él, único y definitivo mediador entre Dios y los hombres; y todo sacerdocio mana de Él.

 

Todos los bautizados estamos ungidos y enviados

3. El mismo Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, ha hecho de nosotros, bautizados, un reino de sacerdotes. Como dice el Prefacio de hoy, es Cristo mismo quien confiere a toda la Iglesia la participación de su sacerdocio. Todos los cristianos, por el bautismo, parti­cipamos del sacerdocio del Señor y estamos llamados a ofrecernos con él, a ofrecer nuestra persona y nuestra existencia por la salvación del mundo. Por el bautismo, liberados de nuestro pecado, hemos sido ungidos y consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales. Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la fe y la nueva vida de la gracia, recibidos en el Bautismo, se desarrollen en nosotros mediante una fe fuerte y sin fisuras en el Dios vivo, que sale a nuestro encuentro y nos ofrece su vida y amistad en su Hijo; una fe personal en comunión con la fe de la Iglesia y alimentada en la oración,  en la participación frecuente en la Eucaristía y en el sacramento de la Reconciliación y mediante una caridad activa.

 

Cristo Jesús es el centro de nuestra fe y de nuestra existencia personal como  bautizados, consagrados o sacerdotes; él es la piedra angular de la Iglesia sobre la que hemos de construir nuestra propia existencia. “También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la cons­trucción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Pero vosotros sois li­naje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo ad­quirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (1 Pe 2, 5. 9). Como nos ha recordado, el Papa Francisco estamos llamados a caminar en presencia de Dios tras las huellas de Cristo, a edificar nuestra existencia y la Iglesia sobre la piedra angular que es Cristo, y a confesar en privado y en público nuestra fe para anunciar el Evangelio de Dios, que es Cristo mismo, a toda creatura.

 

Los sacerdotes estamos ungidos por una unción especial para servir al pueblo de Dios

  1. En otro nivel, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes, ordenados por una unción especial para ser ministros, es decir, servidores del pueblo sacerdotal: en su nombre y en representación suya anunciamos la Buena nueva, ofrecemos el sacrificio eucarístico a Dios, absolvemos de los pecados, celebramos el resto de los sacramentos y guiamos al pueblo santo de Dios (cf. LG 10); somos servidores del sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

 

El mismo Prefacio de hoy nos recuerda, que el mismo Señor nos ha elegido a algunos para que mediante el sacramento del orden (“por la imposición de las manos”) participemos de una forma especial en su misión. El fundamento de la elección y de la misión que se nos encomienda no es otro sino el “amor de hermano” de Cristo hacia cada uno de nosotros, sus sacerdotes. Es lo que se dice en el Evangelio de los Apóstoles: Instituyó doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar (Mc 3, 14). Como en el caso de los Apóstoles se nos ha confiado la misión de santificar, presidir y enseñar en nombre de Cristo; o mejor aún, con la acción de Cristo en nosotros: anunciar la Palabra y celebrar los sacramentos, actuando siempre en la caridad. Todo esto supone la entre­ga total al Padre, configurados a Cristo por la fidelidad y el amor.

 

Llamados a la configuración existencial con Cristo mediante la renovación

  1. Cristo Jesús, queridos sacerdotes, nos ha ungido y consagrado, es decir, nos ha entregado para siempre a Dios, para que pudiéramos servir a los hombres partiendo de Dios y por él. Pero, nos hemos de preguntar: ¿somos también consagrados en la realidad de nuestra vida? ¿Somos hombres que obran partiendo de Dios y en comunión con Jesucristo? A continuación renovaremos nuestras promesas sacerdotales y os preguntaré -y me preguntaré yo también: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”. Se nos piden dos cosas: en primer lugar un vínculo interior con Cristo: es el vínculo de la unión vital de la gracia con Dios en Cristo, para que la savia de la Vid, el Buen Pastor y Cabeza invisible de su Iglesia, corra ininterrumpidamente por nosotros, los sarmientos. Además se nos pide una configuración con Él, con los pensamientos, sentimientos y comportamientos del Buen Pastor; y, con ello, se nos pide la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello que es solamente nuestro, a la tan invocada autorrealización. Se pide que nosotros, que yo no reclame mi vida para mí mismo, sino que la ponga a disposición de otro, de Cristo y, en Él, con Él, por Él y desde Él a los hermanos y todos los hombres. Se me pide que no pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué puedo dar yo por Él y también por los demás? O, todavía más concretamente: ¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da, es más que se da hasta la muerte?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy?” (cf. Benedicto XVI, Misa Crismal 2012)

 

La nueva evangelización a que nos urge la Iglesia, pide la renovación constante de todos los bautizados, de cada uno de nosotros, de nuestras comunidades y de nuestra Iglesia entera. Y también -y si me permitís- en primer lugar de nosotros los pastores y servidores del pueblo santo de Dios. Y el presupuesto de esta renovación es siempre la configuración con Cristo. No se trata, pues, de una renovación según nuestros deseos y nuestras ideas; ni sólo ni en primer lugar de las estructuras. Se trata de nuestra renovación personal y eclesial siguiendo las huellas de Cristo Jesús. Miremos a Cristo. Escuchemos su palabra tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia. Cristo ha estado siempre atento a la voluntad de su Padre. A él le preocupaba precisamente la verdadera obediencia, frente al arbitrio y a la arbitrariedad del hombre. Y no lo olvidemos: Él era el Hijo, con la autoridad y la responsabilidad singular de desvelar la auténtica voluntad de Dios, para abrir de ese modo el camino de la Palabra de Dios al mundo de los gentiles. Y, en fin, ha concretizado su mandato con la propia obediencia y humildad hasta la cruz, haciendo así creíble su misión. No mi voluntad, sino la tuya: ésta es la palabra que revela al Hijo, su humildad y a la vez su divinidad, y nos indica el camino (cf. Benedicto XVI, Misa Crismal 2012)

 

Si miramos la historia de la Iglesia, y, especialmente, la época post-conciliar, veremos que la verdadera renovación pide varias cosas: una apertura de corazón a Cristo Jesús y una docilidad cordial a la presencia y a la acción eficaz del Espíritu Santo en la Iglesia, en primer lugar. Pero también que, para una nueva fecundidad, es necesario estar llenos de la alegría de la fe, de la radicalidad de la obediencia, del dinamismo de la esperanza y de la fuerza del amor. Es lo que siempre ha movido a los sacerdotes santos.

 

Administradores de los misterios de Dios con celo pastoral

  1. Finalmente, en la renovación de las promesas sacerdotales, vamos a prometer permanecer fieles dispensadores de los misterios de Dios y ejercer fielmente el ministerio de la predicación movidos únicamente por el celo de las almas. Cada día constatamos con dolor que los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos. El Año de la Fe debe ser para nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría. Este mensaje lo encontramos primaria y fundamentalmente en la Sagrada Escritura, que nunca leeremos y meditaremos suficientemente. Pero todos tenemos experiencia de que necesitamos ayuda para transmitirla rectamente en el presente, de manera que mueva verdaderamente nuestro corazón. Esta ayuda la encontramos en primer lugar en la palabra de la Iglesia docente; en especial, los textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios.

 

Como sacerdotes de Jesucristo hemos de ejercer nuestro ministerio con verdadero celo pastoral, con celo por las almas. Con ello no se afirma ningún dualismo, ni el olvido de las necesidades físicas de los hombres. Como sacerdotes nos preocupamos por el hombre entero: de las necesidades de su cuerpo -de los hambrientos, de los enfermos, de los sin techo-, y de las necesidades de su alma: de las personas que sufren por un amor destruido; de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la verdad o que sufren por la ausencia de verdad y de amor o cuya existencia se ha convertido en un desierto. Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma. Y a ello, como el Buen Pastor, no hemos de dedicar en cuerpo y alma. Un sacerdote no se pertenece jamás a sí mismo. Las personas han de percibir nuestro celo, mediante el cual damos un testimonio creíble del evangelio de Jesucristo.

 

Acción de gracias y llamada a la fidelidad

  1. Con el prefacio de hoy damos gracias al Padre por la acción sacerdotal de Cristo, que realiza la redención y nos hace dignos de servir a Dios y a su pueblo como ungidos y enviados del Señor. Hoy le queremos prometer fidelidad. No olvidemos que Cristo Jesús es el testigo fiel. El nos ha llamado, ungido y enviado. Y no se arrepiente de ello. Acojamos su fidelidad con la nuestra. Nuestra fidelidad tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesucristo al Padre. Configurarnos con el Señor equivale a impregnarnos de Él, por la acción del Espíritu. La fidelidad que le ofrecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios hacia nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestra obstinación, ni siquiera de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Es un don de Dios, que hemos de implorar.

 

Que en todo ello nos sostenga la Madre de Jesucristo, Madre de los sacerdotes. Que María nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina. Y nos ayude a no olvidar nunca que el Espíritu del Señor nos “ha ungido y enviado para anunciar a los pueblos la buena nueva”. Dóciles al Espíritu de Cristo, seamos ministros fieles de su Evangelio. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón