El Obispo de Segorbe-Castellón invoca la protección de la Mare de Déu de Lledó el día grande de su fiesta

Monseñor López Llorente presidió la solemne Misa Pontifical en la Basílica de Nuestra Señora del Lledó, el día grande de su fiesta. El Obispo de Segorbe-Castellón invocó en la homilía su protección maternal: “a sus pies podemos acallar nuestras penas y mostrarle nuestras alegrías, en su regazo encontramos consuelo maternal y bajo su protección encontramos el aliento necesario para seguir caminando como cristianos discípulos misioneros del Señor. María es siempre la Madre buena que nos espera y acoge, que siempre tiene en sus labios la palabra oportuna o el silencio elocuente. En verdad: necesitamos su palabra, su aliento y su ejemplo en nuestro peregrinaje terrenal”, manifestó. Leer más

Homilía en el Domingo de Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 21 de abril de 2019

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(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

Amados todos en el Señor!

¡Jesucristo ha resucitado!

1. “!Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado! Aleluya”. Es la Pascua de resurrección: “el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Hoy es el día que hizo el Señor, la fiesta de todas las fiestas. Por eso cantamos con toda la Iglesia el aleluya pascual. Hoy es el día en que el Señor nos llama a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa. El mismo Señor resucitado, vencedor de la muerte, nos invita a la acción de gracias y a la alabanza.

Jesús, el Cristo, vive, porque ha resucitado. Jesús no es una figura del pasado, que vivió y murió, dejándonos su recuerdo, su doctrina y su ejemplo. No, hermanos: Aquel, a quien acompañábamos en su dolor, en su muerte y en su entierro el Viernes Santo, vive, porque ha resucitado. No te trata de una vuelta a esta vida terrena, para volver a morir. No: Cristo ha pasado en cuerpo y alma, a la vida gloriosa e inmortal: a la Vida misma de Dios. Esta es la gran Noticia de este Domingo de Resurrección. Cristo ha resucitado. Su resurrección es la prueba de que Dios ha aceptado la ofrenda, el sacrificio, de su Hijo Jesús por nosotros y por nuestros pecados. En él hemos sido salvados: “Muriendo destruyo nuestra muerte, y resucitando restauró la vida” (SC 6).

La resurrección de Jesucristo es la manifestación suprema de Dios, de su amor misericordioso para con su creatura, para con toda la humanidad y la creación entera. En la resurrección de Jesús se revela con infinita claridad el verdadero rostro de Dios: Dios es amor, y crea por amor y para la Vida. Su misma Vida es nuestro destino final.

Del sepulcro vació a la fe en la resurrección

2. Cierto que ni los apóstoles ni los demás discípulos del Señor esperaban la resurrección de Jesús. Las mujeres fueron en la madrugada del primer día de la semana a embalsamar con aromas el cuerpo de Jesús. La losa retirada, el sepulcro vacío, la presencia del ángel y el anuncio de que Jesús ha resucitado produjeron en las mujeres sorpresa (cf. Mc 16, 8). María Magdalena quedó sorprendida al ver retirada la losa del sepulcro, y corrió enseguida a comunicar la noticia a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,1-2). Los dos van corriendo hacia el sepulcro y Pedro, entrando en la tumba vio “las vendas en el suelo y el sudario… en un sitio aparte” (Jn 6-7); después entró Juan, y “vio y creyó”. Es el primer acto de fe de la Iglesia naciente en Cristo resucitado, provocado por la solicitud de una mujer y por la señal de las vendas encontradas en el sepulcro vacío.

Dios se sirve de personas y cosas sencillas para iluminar a los discípulos que “pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: qué él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 6,9); ni recordaban que Jesús mismo les había predicho su resurrección. Pedro, cabeza de la Iglesia, y Juan “el discípulo a quien Jesús amaba” tuvieron el mérito de recoger las ‘señales’ del resucitado: la noticia traída por la mujer, el sepulcro vacío y los lienzos depuestos en él. Superadas la sorpresa y las dudas iniciales, todos los discípulos acabaron creyendo.

La resurrección del Señor, su paso a una vida gloriosa e inmortal es un hecho real, sucedido en nuestra historia; no es la invención de unas pobres mujeres ni es el fruto de la credulidad o del fracaso de los discípulos de Jesús. Para creer, todos, salvo el discípulo amado, tuvieron que encontrarse con el Resucitado. Una vez resucitado, Jesús salió al encuentro de sus discípulos: se les apareció, se dejó ver y tocar por ellos, caminó, comió y bebió con ellos. A Tomás, que dudaba de lo que le decían sus compañeros, Jesús le invitó a tocar las llagas de sus manos y meter su mano en la hendidura de su costado. Y Tomás creyó que el Resucitado era el mismo que el Crucificado: “Señor mío, y Dios mío”, exclamó (Jn 20,28).

Después de la resurrección, los discípulos se encontraron personalmente y en grupo con el Señor. Fue un encuentro real, con una persona viva, y no una fantasía. Fue un encuentro profundo que tocó lo más profundo de su ser; y pasaron de la tristeza a la alegría, de la decepción a la esperanza, del miedo a los judíos a mostrarse ante ellos como los discípulos de Jesús. Toda su vida quedó transformada; todas las dimensiones de su existencia cambiaron de raíz: su pensar, su sentir y su actuar. Este encuentro los movilizó y los impulsó a contar lo que habían visto y experimentado; y lo hicieron con temple y aguante, sin miedo a las amenazas, a la cárcel e incluso a la muerte. Este encuentro con el Señor resucitado fue tan fuerte que hizo de ellos la comunidad de discípulos misioneros del Señor, y puso en marcha un movimiento que nada ni nadie podrá ya parar. Los Apóstoles serán, ante todo, testigos de la resurrección del Señor (cf. Hech 10,39-41).

Creer personalmente en el Señor resucitado

3. ¡Cristo ha resucitado! Esta Buena Noticia resuena hoy en medio de nosotros con nueva fuerza; no pertenece al pasado sino que es tremendamente actual. El Señor resucitado es el Viviente; Él sale como entonces a nuestro encuentro y nos ofrece la posibilidad de dejarnos encontrar por Él y dejarnos transformar por Él, como antaño sucedió con sus discípulos. ¿Cómo sucede esto, hermanos? Creyendo firmemente en la Palabra de Dios, que hemos proclamado. La Palabra de Dios de este día nos invita a creer en Dios y nos invita a creer a Dios; nos llama a fiarnos de su Palabra, a confiar en el testimonio de quienes fueron ante todo testigos de la resurrección del Señor hasta derramar su sangre: un testimonio que nos llega en la cadena ininterrumpida de la fe de la Iglesia. Esta Palabra de Dios nos invita y nos exhorta a aceptar con fe personal y a confesar que Jesús de Nazaret, el hijo de Santa María Virgen, muerto y sepultado, ha resucitado de entre los muertos.

En esta misma Eucaristía, el Señor resucitado se hace presente y sale a nuestro encuentro: es Él mismo quien nos habla, celebra con nosotros el misterio pascual y nos invita al banquete pascual. También la procesión del Encuentro será una ayuda a encontrarnos de manos de María con su Hijo resucitado. Dejémonos encontrar por él. Porque solo así, nuestra alegría pascual será verdadera y completa.

Partícipes ya de la Pascua por el Bautismo

4. Pero es más: hermanos. Cristo no sólo ha resucitado, sino que nos ha hecho partícipes de su resurrección por nuestro bautismo. “Ya habéis resucitado con Cristo” (Col 3, l), nos recuerda San Pablo en su carta a los Colosenses. Por el Bautismo participamos ya de la Pascua del Señor, hemos pasado con Cristo de la muerte del pecado a la vida de Dios (cf. Rom 6, 3-4). Por el bautismo hemos renacido a la nueva vida de los Hijos de Dios: lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre nos ha acogido amorosamente como a su Hijo y nos ha hecho partícipes de la nueva vida resucitada de Jesús.

Así quedamos vitalmente y para siempre unidos al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo, y, a la vez, unidos a la familia de los creyentes, es decir, a la Iglesia. Por ello, unidos a Cristo por nuestro bautismo debemos vivir las realidades de arriba (Col 3, l), donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Para el cristiano, la vida no puede ser un deambular sin rumbo por este mundo; el cristiano ha de plantear su vida desde la resurrección, con los criterios propios de la vida futura. Somos ciudadanos del cielo (Ef 2, 6), y caminamos hacia el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre (cfr Ef 1, 20; Heb 1,3).

Por ello celebraremos en verdad la Pascua si nos abandonamos en el Señor, que nos ha dado “una identidad nueva”: la identidad de nuestro ser de bautizados. Seamos agradecidos a Dios por el don que Él nos ha dado. Ante la indiferencia religiosa que nos circunda, ante las mofas cada vez más frecuentes hacia los cristianos católicos necesitamos vivir con verdadero gozo y fidelidad nuestra condición de hijos de de Dios, de discípulos de Cristo y de hijos de nuestra madre Iglesia. La alegría de este día nos invita reavivar nuestra condición de cristianos mediante el reencuentro con el Resucitado. Los apóstoles recobraron la alegría y el ánimo cuando se encontraron con el Señor resucitado. Sí, hermanos: ¡Cristo ha resucitado! Por eso es bello, es hermoso ser cristiano en el seno de la comunidad de los creyentes. Ninguna tristeza, ningún dolor, ninguna contrariedad pueden quitarnos esta certeza: Jesucristo vive y con Él todo es nuevo en mí, en nuestra Iglesia y en el mundo.

Testigos de la Resurrección

5. Confesar y celebrar de verdad la Pascua del Señor y nuestra propia Pascua en el bautismo piden vivir como Jesús vivió, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”; piden vivir como Jesús nos mandó. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2).

De la fe en la resurrección surge un hombre nuevo, que ya no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él. Sólo el encuentro y la unión con el Señor resucitado transformarán nuestra vida, como ocurrió con los Doce y con Pablo. Este encuentro nos hará sus testigos para vivir y proclamar con audacia, con firmeza y con perseverancia la Buena Noticia de la resurrección del Señor. Nada ni nadie podrán impedir al verdadero creyente el anuncio de Cristo resucitado y de su resurrección, Vida para el mundo y la creación entera: ni los intentos de recluir la fe cristiana al ámbito privado o de la conciencia, ni las amenazas o castigos de las autoridades, ni la increencia o la indiferencia
ambiental, ni la incomprensión de muchos, ni la vergüenza de tantos bautizados de confesarse cristianos.

Quien vive “en el mundo”, debe orientar hacia Dios las realidades terrenas, con verdadera alegría; y quien se ha consagrado a Dios, debe vivir para Él, sirviéndole en los hermanos. Nadie puede considerarse ‘resucitado con Cristo’, si vive para sí mismo (cf. Rom 14, 7). A todos los cristianos nos apremia la caridad de Cristo resucitado, Vida para el mundo, ante una cultura de la muerte que se extiende como una mancha de aceite y se alienta desde leyes contrarias a la vida humana, que debe ser respetada desde su misma concepción hasta su muerte natural, de la dignidad y respeto de toda persona humana. Ante tanta mentira y demagogia demos testimonio alegre y esperanzado del triunfo de la Vida sobre la muerte, de la Verdad del ser humano frente a la mentira sobre su origen y destino.

6. Celebremos con fe y alegría la Pascua del Señor. Acojamos con alegría a Cristo resucitado. Vivamos con gozo la resurrección de Jesús en nuestra vida. Dejémonos transformar por Cristo resucitado por la participación en esta Eucaristía, memorial de su muerte y de su resurrección del Señor. Seamos testigos de su Paz en nuestra vida. ¡Feliz Pascua de Resurrección¡ Amén.

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Vigilia Pascual

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 20 de abril de 2019 

Amados todos en el Señor:

1. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado” (Lc
24,1-12).

Este es el anuncio de aquellos dos hombres con vestidos refulgentes a las mujeres que habían acudido al sepulcro de madrugada para llevar los aromas a la tumba de Jesús. Esta es la gran noticia de cada año en esta Noche Santa de Pascua: Cristo ha resucitado. Es la Pascua del Señor: Cristo Jesús ha pasado a través de la muerte a la Vida de Dios. Cristo Jesús ha pasado a una nueva y definitiva existencia. El Señor vive para siempre. Esta es la razón de esta Vigilia Pascual, la fiesta cristiana por excelencia ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos por porque el Señor ha resucitado.

El evangelio de hoy nos recuerda que las mujeres, al llegar al sepulcro, quedaron desconcertadas al ver corrida la piedra corrida del sepulcro y no encontrar dentro el cuerpo del Señor Jesús. Despavoridas quedaron impresionadas cuando oyeron las palabras de aquellos ángeles de Dios: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado” (v.5). Ellas se lo contaron a los Once y a todos los demás. Pero ellos, Pedro incluido, no creyeron el testimonio de las mujeres, no creyeron el anuncio pascual. Es más; “lo tomaron por un delirio” (v.11); en su corazón reinaba la duda, la tristeza y la
desilusión por la muerte del Maestro amado; se sentían unos fracasados.

Hay en el Evangelio un detalle, sin embargo, que marca un cambio: Pedro, “se levantó y fue corriendo al sepulcro” (Lc 24,12). Pedro no se quedó sentado en casa como los demás; no se dejó atrapar por la atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías. Pedro buscó a Jesús. Prefirió la vía del encuentro y de la confianza y, tal como estaba, se levantó y corrió hacia el sepulcro, de dónde regresó “admirándose de lo sucedido” (v.12). Este fue el comienzo de su fe en la resurrección del Señor. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón. Y lo mismo se nos dice también a nosotros en esta noche santa: “No busquéis entre los muertos al que vive. Cristo ha resucitado”. Cristo vive y camina delante de nosotros; nos llama a dejarnos encontrar por Él, a seguirle y a encontrar así también nosotros el camino de la Vida, de la alegría y de la esperanza.

Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la Vida si permanecemos tristes y sin esperanza, encerrados en nuestras dudas y nuestros miedos. Abramos a Dios nuestro corazón para que
Jesús entre y lo llene de Vida. No caigamos en la trampa de ser cristianos sin alegría y sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y como si nuestros problemas fueran el centro de la vida. No permitamos que la oscuridad y los miedos se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del ángel: el Señor ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra alegría y de la esperanza cristianas, que no son simple optimismo ni una hermosa invitación a tener ánimo. La alegría y la esperanza cristianas son un don que Dios nos da si salimos de nosotros mismos, nos abrimos a él, nos dejamos amar y encontrar por Él en el Señor resucitado.

2. ¿Cómo podemos alimentar nuestra alegría y nuestra esperanza?

La liturgia de esta noche nos propone hacer memoria de las obras de Dios en la historia de la humanidad, en la historia de la Salvación y en nuestra propia historia personal. Las lecturas nos han narrado el amor de Dios creador y salvador y su fidelidad eterna con el ser humano, con la creación, con el Pueblo elegido y la historia de su amor con cada uno de nosotros. En el Evangelio de hoy los ángeles invitan a las mujeres a hacer memoria: “Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea” (v.6). Hacer memoria de las palabras de Jesús, hacer memoria de todo lo que Dios ha hecho en nuestra vida. No olvidemos su Palabra y sus obras; hagamos memoria del Señor, de su bondad y de sus palabras de vida que nos han conmovido.

Es la Pascua del Señor: Dios “ha pasado” y pasa por la vida de los hombres desde la misma creación para mostrarnos que Dios es amor, que nos ama y quiere nuestra vida; este mismo Dios, en la plenitud de los tiempos “ha hecho pasar” a Jesús de la muerte a la Vida; y “ha pasado”, por nuestras vidas para liberarnos de nuestras esclavitudes y miserias, para llevarnos a la Vida nueva de Dios por el Bautismo. Hay muchos signos del amor de Dios en nuestra vida; el mayor es nuestro Bautismo. Sí, hermanos. En la Pascua no sólo cantamos la resurrección del Señor; su resurrección nos concierne a cada uno de nosotros, tiene que ver con cada uno de nosotros, los bautizados. Nos lo ha recordado San Pablo: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4).

La Pascua de Cristo es por ello también nuestra propia Pascua. Por ello, ¿qué mejor ocasión que la Vigilia pascual para incorporar al misterio pascual de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de esta niña –Jimena-, de recordar nuestro propio bautismo y de renovar con corazón agradecido nuestras promesas bautismales. La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que esta niña va a recibir, son esas palabras de San Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa ser incorporados a la Pascua del Señor, pasar con Cristo de la muerte del pecado a la vida de Dios y en Dios. Como esta niña en esta noche Santa, como nosotros un día, por el bautismo renacemos a la nueva vida de la familia de los hijos de Dios: lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre nos acoge amorosamente y para siempre como a sus hijos amados en el Hijo y nos inserta en la nueva vida resucitada de Jesús.

Como nosotros un día, así también, vuestra hija, queridos padres, quedará esta noche vitalmente y para siempre unida al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo en el seno de la familia de Dios. A partir de hoy y para siempre será hija amada de Dios en su Hijo, Jesucristo, y, a la vez, hermana de cuantos formamos la familia de los hijos Dios, es decir, la Iglesia. Como al resto de los bautizados, Dios y la familia de la Iglesia de Dios, en que hoy queda insertada, no la abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta familia es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia no la abandonará incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de su vida. Esta
familia le brindará siempre consuelo, fortaleza, aliento, luz, esperanza, alegría y acompañamiento; le dará palabras de vida eterna, esas palabras de esperanza que iluminan y responden a los grandes desafíos de la vida e indican el camino exacto a seguir hasta la casa del Padre.

Vuestra hija recibe hoy una nueva vida: es la vida misma de Dios, es la vida eterna, germen de felicidad plena y eterna. La comunión con Cristo es vida y amor eternos, más allá de la muerte, y, por ello, es motivo de esperanza. Esta vida nueva y eterna, que hoy recibe vuestra hija y que hemos recibido todos los bautizados, es un don que ha de ser acogido, vivido y testimoniado personalmente. Los padres y padrinos, haciendo las promesas bautismales diréis, en su nombre, un triple compromiso: diréis “no” a Satanás, el padre y príncipe del pecado, a sus obras y a sus seducciones al mal, para vivir en la libertad
de los hijos de Dios; es decir, en su nombre renunciaréis y diréis ‘no’ a lo que no es compatible con la amistad que Cristo le da y ofrece, a lo que no es compatible con la vida verdadera en Cristo. Pero, ante todo, en la profesión de fe, diréis un ‘sí’ a la amistad con Cristo Jesús, muerto y resucitado, que se articula en tres adhesiones: un ‘sí’ al Dios vivo, es decir a Dios creador, que sostiene todo y da sentido al universo y a nuestra vida; un ‘sí’ a Cristo, el Hijo de Dios que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; y un ‘sí’ a la comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo y
en nuestra vida.

¡Que el amor por vuestra hija, que mostráis hoy al presentarla para que reciba el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadle y ayudadle con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio a vivir y proclamar la nueva vida que hoy recibe! ¡Enseñadle y ayudadle a encontrarse personalmente con Jesús para conocerle, amarle y vivir tras sus huellas! ¡Enseñadle y ayudadle a vivir en la comunión de la familia de Dios, como hija de la Iglesia, a la que hoy queda incorporada, para que participe de su vida y de su misión! ¡Enseñadle a vivir la alegría del Evangelio que brota de la experiencia de ser amada personalmente por Dios! ¡Apoyadle para que comparta con
otros la alegría del Evangelio!

3. También nosotros, los ya bautizados, recordamos hoy el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales, por las que decimos ‘no’ a Satanás, a sus obras y seducciones para vivir la libertad de los hijos de Dios, y hacemos la profesión de fe en Dios Padre, creador de todo, en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo, y en el Espíritu Santo que nos une y mantiene en la comunión de la Iglesia. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del nuestro bautismo y alegría del encuentro con Cristo resucitado, fundamento de nuestra esperanza.

San Pablo nos exhorta a que “andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos con la ayuda de la gracia la nueva vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!. Fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y para llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “!El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

+ Casimiro Lopez Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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Monseñor López Llorente: “No hay Eucaristía sin Iglesia ni Iglesia sin Eucaristía”

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Inauguran en Castellón la “Llum de la Memòria” dedicada a Sant Vicent Ferrer

El Obispo de Segorbe-Castellón manifestó ayer, durante la inauguración de la cuarta edición de “La Llum de la Memòria” dedicada a San Vicente Ferrer en la Parroquia dedicada al santo en la capital de La Plana, que la restauración del patrimonio artístico supone también la recuperación de la memoria del pueblo y del sentido religioso por el cual se llevaron a cabo las obras artísticas. Asimismo, Monseñor López Llorente aprovechó el acto para dar las gracias a Javier Moliner, presidente de la Diputación Provincial de Castellón, así como a a la Fundació Caixa Castelló por su implicación en la muestra como en la restauración de las obras expuestas. Leer más

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Monseñor López Llorente ha presidido la Santa Misa Crismal y la Bendición de los Óleos, que ha tenido lugar hoy, 15 de abril, Lunes Santo, en la Concatedral de Castellón y a la que ha asistido el presbiterio de Segorbe-Castellón y numerosos fieles venidos de todos los rincones de la diócesis. Una celebración en la que el pueblo de Dios -formado por las tres vocaciones cristianas que conforman la Iglesia, sacerdotes y diáconos, consagrados y laicos- se ha reunido con su Obispo, que ha vivido con especial alegría esta Eucaristía, en la que se manifiesta expresamente la comunión existente entre él y sus presbíteros, en el único y mismo sacerdocio y ministerio de Cristo, que tiene su fuente y su meta en el Santo Sacrificio. Leer más

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Monseñor López Llorente ha celebrado su reunión mensual con los sacerdotes jóvenes de la diócesis en la localidad de Betxí, en el pórtico de las celebraciones litúrgicas de Semana Santa. El ponente elegido para compartir esta jornada ha sido José Pedro Manglano, sacerdote valenciano e impulsor de “Hakuna”, una asociación privada de fieles que comparten la fe y siguen a Cristo en la Eucaristía, y que ha disertado sobre la santidad sacerdotal. Leer más

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El Obispo de Segorbe-Castellón ha invitado mediante la publicación de una carta a todos los fieles cristianos de la Diócesis –sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos- a la Santa Misa Crismal que se celebrará el próximo 15 de abril, Lunes Santo, en la Santa Iglesia Concatedral de Santa María de Castellón a partir de las 11 horas. Una celebración, ha afirmado, “en la que se hace especialmente visible toda nuestra iglesia diocesana (…) reunida en torno a la mesa de la Palabra y la Eucaristía de la que se alimenta sin cesar” y en la que los sacerdotes renuevan las promesas efectuadas en su ordenación sacerdotal. Leer más

El Obispo de Segorbe-Castellón recuerda que las procesiones de Semana Santa son expresión de una fe vivida y sentida

Monseñor López Llorente presidió la XXVIII Procesión Diocesana en Nules, organizada por la Junta de Cofradías residentes en la Parroquia de san Bartolomé y san Jaime formada por los nazarenos de la Purísima Sangre, la Oración del Huerto y Ecce Homo. El Obispo de Segorbe-Castellón invitó a los presentes a vivir la inminente celebración de la Semana Santa con sentido cristiano y manifestó que “las procesiones tienen su sentido, siempre y cuando sean la expresión de una fe sentida y vivida, celebrada en la liturgia y que informa todo cuanto creemos y celebramos, porque ahí está la fuente permanente de la semana más grande de la fe cristiana y la liturgia”. Leer más