Jueves Santo en la Misa “In Coena Domini”

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 28 de marzo de 2013

 (Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15).  

 

 

En Jueves Santo volvamos la mirada al Cenáculo

1. Es Jueves Santo. En esta tarde de Jueves Santo, re-cordamos, es decir, traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús en la Última Cena. Y lo hacemos de una manera más intensa y más gozosa como asamblea reunida por el Señor. Esta tarde celebramos el solemne Memorial de la Última Cena, que se hace especialmente presente y actual en la liturgia de este Jueves Santo.

 

En la tarde de aquel primer Jueves Santo, Jesús y los suyos –su familia- se han reunido para celebrar la Pascua en una casa de Jerusalén, en el Cenáculo. “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”  (Lc 22, 15), les dice Jesús. Con estas palabras, Jesús comienza la celebración de su última cena y de la institución de la santa Eucaristía. Así les da entender la importancia que tiene y tendrá en el futuro la cena pascual, que está a punto de celebrar con ellos. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora. Anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a ofrecer al Padre hasta el extremo de entregar su vida por amor a toda la humanidad y en que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres y por su creación, un amor que espera (cf. Benedicto XVI, Homilía 2011).

 

En esta tarde de Jueves Santo, en que entramos en la celebración de la Pascua de Cristo, trasladémonos espiritualmente al Cenáculo y contemplemos a Jesús, el Hijo de Dios, que vino a nosotros no para ser servido, sino para servir, que tomó sobre sí los dramas y las esperanzas de los hombres de todos los tiempos, y ofreció su vida al Padre para la salvación de toda la humanidad.

 

La Pascua de Jesús

  1. Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11); es decir, la fiesta que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberar a su pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y para establecer una Alianza con su Pueblo. Dios pasa aquella noche por Egipto para liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto y constituir con ellos un pueblo, que habrá de atravesar el mar Rojo y encaminarse hacia la Tierra Prometida.

 

En el evangelio señala san Juan que Jesús sabía que había llegado ‘la hora de pasar’ de este mundo al Padre, que había llegado su Pascua, su paso por la muerte a la vida. Jesús celebra la cena de Pascua con los apóstoles anticipando la muerte en el Calvario, su paso por la muerte a la vida gloriosa.

 

La Pascua judía es figura de la nueva Pascua: el cordero de la antigua pascua simboliza a Cristo, que se ofrece por nosotros y que se da igualmente como alimento en la Eucaristía. La sangre con la que se rociaron las casas de los israelitas será ahora la sangre derramada del Señor, que nos marcará interiormente a los cristianos y nos liberará de la esclavitud del pecado y de la muerte. En la Pascua de Jesús se establece la nueva y definitiva Alianza. Él es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado y consumado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida. Él es nuestra Pascua, Él es el cordero inmolado que se nos da en alimento en la Eucaristía.

 

Por eso Jesús, “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Durante la Cena, Jesús bendice, parte el pan y lo distribuye a los Apóstoles, diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (1 Cor 11, 24); lo mismo hace con el cáliz: “Esta es mi sangre”(1 Cor 11,25). Aquel pan, gracias a las palabras de bendición de Jesús, se transforma milagrosamente en el Cuerpo de Cristo, y aquel vino se convierte en su Sangre: ambos son ofrecidos por Jesús en aquella noche, como anuncio y anticipo de la entrega de su cuerpo y del derramamiento de su sangre en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo”. Es Cristo-Víctima que se entrega libremente por el hombre caído, para que éste adquiera la verdadera libertad, la verdadera vida, la vida de Dios y en Dios.

 

El Don de la Eucaristía

  1. El don de sí mismo de Cristo en el pan y el vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, no queda limitado a aquella noche ni reducido al grupo de los Apóstoles. Jesús se da y se queda para siempre. Por ello les dice: Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda por todos los tiempos. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa Misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua y se nos ofrece en alimento en la Eucaristía. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

 

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”  (Lc 22, 15), les dijo Jesús a sus Apóstoles. Estas palabras resuenan esta tarde para nosotros. Jesús viene a nuestro encuentro y anhela darse a nosotros bajo las especies del pan y del vino. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, su amor por cada uno de nosotros. Jesús nos desea, nos espera. “Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas? Por las parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que él conoce la realidad de que hay puestos que quedan vacíos, la respuesta negativa, el desinterés por él y su cercanía. Los puestos vacíos en el banquete nupcial del Señor, con o sin excusas, son para nosotros, ya desde hace tiempo, no una parábola sino una realidad [tremendamente] actual” (Benedicto XVI, Homilía de Jueves Santo 2011)

 

“Jesús también tenía experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero sin ir vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo sólo una costumbre y con una orientación de sus vidas completamente diferente. San Gregorio Magno, en una de sus homilías se preguntaba: ¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje nupcial? ¿En qué consiste este traje y como se consigue? Su respuesta dice así: Los que han sido llamados y vienen, en cierto modo tienen fe. Es la fe la que les abre la puerta. Pero les falta el traje nupcial del amor. Quien vive la fe sin amor no está preparado para la boda y es arrojado fuera. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta” (Ib..

 

Por ello el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación” (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse previamente con Dios en el sacramento de la Penitencia, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía en estado de gracia. De lo contrarío, la vida se tornará en muerte.

 

Dignamente preparados recibamos con frecuencia la Eucaristía; sin ella no podemos vivir como cristianos. La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Sin participar frecuente y fructuosamente en la Eucaristía no hay verdaderos cristianos. Comulgando a Cristo-Eucaristía nos unimos realmente a Él, y en Él con el Padre y el Espíritu y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, y llegar a, la tierra prometida, a la vida eterna, donde Crsito Jesús está junto al Padre ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión.

 

Gratitud por el don del sacerdocio ordenado

  1. Eucaristía significa acción de gracias. Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, damos gracias a Dios también por el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en conmemoración mía” (1 Cor. 11,24.25). Estas palabras de Jesús, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar, es decir de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Cristo quiere que su sacrificio redentor en la Cruz y el banquete eucarístico se perpetúen en la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo “haced esto” instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. “No hay Eucaristía sin sacerdocio”.

 

La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente en cada generación y en cualquier rincón de la tierra la obra redentora de Cristo. Hoy se vuelve a sentir, entre el pueblo creyente, la necesidad de sacerdotes. Pero sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad de vida, dado a las nuevas generaciones.

 

El testamento del amor fraterno

  1. Como peregrinos hacia la tierra de promisión, tenemos la Eucaristía para realizar con Cristo el paso de la vida terrenal a la eterna. Ese paso se inicia ya ahora cuando caminamos con Cristo, unidos a Él, y vivimos la caridad fraterna. Juan narra el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud de servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15). Pedro se resiste porque prefiere anteponer su amor al amor que recibe del Señor. Cristo lo corrige: sólo el amor de Dios nos per­mite dar el salto a la vida eterna. No basta nuestra buena voluntad. Si Pedro quiere retener al Señor con una muestra de cariño, Jesús lo reprende porque quiere arrastrarlo junto a sí para siempre. Para ello es necesario dejarse amar por Dios: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Una vez lavados por el bautismo, reconciliados en el Sacramento de la Penitencia y manteniendo la unión con Cristo mediante la Eucaristía, manantial inagotable del amor, hemos de caminar y ayudar a otros a hacerlo mediante la práctica del amor. En la Eucaristía aprendemos a amar con la misma fuerza de Cristo; aprendemos a unir cada acto nuestro al cielo para que tenga un valor de eternidad y para que no sea sólo nuestra buena voluntad, sino la fuerza de Cristo, la que mueva nuestras obras .

 

Jueves Santo es el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, después de habernos unido realmente con Él en la comunión, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para vivir el mandamiento nuevo del amor, para trabajar por unas relaciones humanas más fraternas. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado, que está nuestro lado. Nuestro mundo esta necesitado de amor, del amor que nos viene de Dios. Necesitamos derrumbar las barreras de la exclusión, del egoísmo y del odio para que triunfe el amor de Dios en nuestro mundo. Hoy Jesús nos dice a nosotros como dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Merece acoger su palabra, seguirle y trabajar por el amor fraterno, servicial y entregado. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Misa Crismal

Catedral-Basílica de Segorbe, 25 de marzo de 2013

 (Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Saludo

 

  1. Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (Ap 1,5) a todos vosotros, amados sacerdotes, seminaristas, religiosos y fieles laicos, venidos de toda la Diócesis hasta la iglesia Madre de nuestra Iglesia diocesana para la Misa Crismal. Un saludo especial al Cabildo catedral, que nos acoge este año en la Catedral-Basílica de Segorbe,.

 

Cercana ya la celebración de los misterios centrales de nuestra fe y de nuestra salvación, la muerte y resurrección del Señor, el mismo Cristo Jesús nos reúne como su Iglesia para bendecir los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y consagrar el santo Crisma. Aquél “que nos amó, nos ha librado por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de nuestro Dios” (Ap 1,6). Él mismo es quien nos convoca para actualizar su sacrificio redentor, el misterio pascual, en esta Santa Misa. Cantemos las misericordias del Señor, cantemos su amor misericordioso con redoblada alegría en esta mañana, en que celebramos una fiesta singular. Es la fiesta de todo nuestro pueblo de Dios de Segorbe-Castellón al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo. Es la fiesta, también y de manera especial, de todos nosotros, hermanos en el sacerdocio, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo santo de Dios. Os doy gracias de todo corazón por vuestra presencia.

 

Cristo es el Ungido del Señor

2.  La palabra de Dios que acabamos de proclamar centra nuestra mirada en Cristo Jesús. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena noticia a los pobres” (Is 61, 1,3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo y en primer lugar, a Jesús y su misión mesiánica. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). Así comenta Jesús, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Jesús mismo afirma que Él es el Ungido del Señor, a quien el Padre ha enviado y el Espíritu ha ungido para anunciar la Buena nueva a los pobres y a los afligidos, para traer a los hombres la liberación de sus pecados. Él es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia de Dios. Acogiendo la llamada del Padre a asumir la condición humana, Jesús trae consigo el soplo de la vida nueva y da la salvación a todos los que creen en Él.  Enviado por el Padre y consagrado por virtud del Espíritu Santo queda convertido en sumo y eterno Sacerdote de la nueva y definitiva Alianza, que sella con su sangre. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en él, único y definitivo mediador entre Dios y los hombres; y todo sacerdocio mana de Él.

 

Todos los bautizados estamos ungidos y enviados

3. El mismo Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, ha hecho de nosotros, bautizados, un reino de sacerdotes. Como dice el Prefacio de hoy, es Cristo mismo quien confiere a toda la Iglesia la participación de su sacerdocio. Todos los cristianos, por el bautismo, parti­cipamos del sacerdocio del Señor y estamos llamados a ofrecernos con él, a ofrecer nuestra persona y nuestra existencia por la salvación del mundo. Por el bautismo, liberados de nuestro pecado, hemos sido ungidos y consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales. Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la fe y la nueva vida de la gracia, recibidos en el Bautismo, se desarrollen en nosotros mediante una fe fuerte y sin fisuras en el Dios vivo, que sale a nuestro encuentro y nos ofrece su vida y amistad en su Hijo; una fe personal en comunión con la fe de la Iglesia y alimentada en la oración,  en la participación frecuente en la Eucaristía y en el sacramento de la Reconciliación y mediante una caridad activa.

 

Cristo Jesús es el centro de nuestra fe y de nuestra existencia personal como  bautizados, consagrados o sacerdotes; él es la piedra angular de la Iglesia sobre la que hemos de construir nuestra propia existencia. “También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la cons­trucción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Pero vosotros sois li­naje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo ad­quirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (1 Pe 2, 5. 9). Como nos ha recordado, el Papa Francisco estamos llamados a caminar en presencia de Dios tras las huellas de Cristo, a edificar nuestra existencia y la Iglesia sobre la piedra angular que es Cristo, y a confesar en privado y en público nuestra fe para anunciar el Evangelio de Dios, que es Cristo mismo, a toda creatura.

 

Los sacerdotes estamos ungidos por una unción especial para servir al pueblo de Dios

  1. En otro nivel, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes, ordenados por una unción especial para ser ministros, es decir, servidores del pueblo sacerdotal: en su nombre y en representación suya anunciamos la Buena nueva, ofrecemos el sacrificio eucarístico a Dios, absolvemos de los pecados, celebramos el resto de los sacramentos y guiamos al pueblo santo de Dios (cf. LG 10); somos servidores del sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

 

El mismo Prefacio de hoy nos recuerda, que el mismo Señor nos ha elegido a algunos para que mediante el sacramento del orden (“por la imposición de las manos”) participemos de una forma especial en su misión. El fundamento de la elección y de la misión que se nos encomienda no es otro sino el “amor de hermano” de Cristo hacia cada uno de nosotros, sus sacerdotes. Es lo que se dice en el Evangelio de los Apóstoles: Instituyó doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar (Mc 3, 14). Como en el caso de los Apóstoles se nos ha confiado la misión de santificar, presidir y enseñar en nombre de Cristo; o mejor aún, con la acción de Cristo en nosotros: anunciar la Palabra y celebrar los sacramentos, actuando siempre en la caridad. Todo esto supone la entre­ga total al Padre, configurados a Cristo por la fidelidad y el amor.

 

Llamados a la configuración existencial con Cristo mediante la renovación

  1. Cristo Jesús, queridos sacerdotes, nos ha ungido y consagrado, es decir, nos ha entregado para siempre a Dios, para que pudiéramos servir a los hombres partiendo de Dios y por él. Pero, nos hemos de preguntar: ¿somos también consagrados en la realidad de nuestra vida? ¿Somos hombres que obran partiendo de Dios y en comunión con Jesucristo? A continuación renovaremos nuestras promesas sacerdotales y os preguntaré -y me preguntaré yo también: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”. Se nos piden dos cosas: en primer lugar un vínculo interior con Cristo: es el vínculo de la unión vital de la gracia con Dios en Cristo, para que la savia de la Vid, el Buen Pastor y Cabeza invisible de su Iglesia, corra ininterrumpidamente por nosotros, los sarmientos. Además se nos pide una configuración con Él, con los pensamientos, sentimientos y comportamientos del Buen Pastor; y, con ello, se nos pide la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello que es solamente nuestro, a la tan invocada autorrealización. Se pide que nosotros, que yo no reclame mi vida para mí mismo, sino que la ponga a disposición de otro, de Cristo y, en Él, con Él, por Él y desde Él a los hermanos y todos los hombres. Se me pide que no pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué puedo dar yo por Él y también por los demás? O, todavía más concretamente: ¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da, es más que se da hasta la muerte?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy?” (cf. Benedicto XVI, Misa Crismal 2012)

 

La nueva evangelización a que nos urge la Iglesia, pide la renovación constante de todos los bautizados, de cada uno de nosotros, de nuestras comunidades y de nuestra Iglesia entera. Y también -y si me permitís- en primer lugar de nosotros los pastores y servidores del pueblo santo de Dios. Y el presupuesto de esta renovación es siempre la configuración con Cristo. No se trata, pues, de una renovación según nuestros deseos y nuestras ideas; ni sólo ni en primer lugar de las estructuras. Se trata de nuestra renovación personal y eclesial siguiendo las huellas de Cristo Jesús. Miremos a Cristo. Escuchemos su palabra tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia. Cristo ha estado siempre atento a la voluntad de su Padre. A él le preocupaba precisamente la verdadera obediencia, frente al arbitrio y a la arbitrariedad del hombre. Y no lo olvidemos: Él era el Hijo, con la autoridad y la responsabilidad singular de desvelar la auténtica voluntad de Dios, para abrir de ese modo el camino de la Palabra de Dios al mundo de los gentiles. Y, en fin, ha concretizado su mandato con la propia obediencia y humildad hasta la cruz, haciendo así creíble su misión. No mi voluntad, sino la tuya: ésta es la palabra que revela al Hijo, su humildad y a la vez su divinidad, y nos indica el camino (cf. Benedicto XVI, Misa Crismal 2012)

 

Si miramos la historia de la Iglesia, y, especialmente, la época post-conciliar, veremos que la verdadera renovación pide varias cosas: una apertura de corazón a Cristo Jesús y una docilidad cordial a la presencia y a la acción eficaz del Espíritu Santo en la Iglesia, en primer lugar. Pero también que, para una nueva fecundidad, es necesario estar llenos de la alegría de la fe, de la radicalidad de la obediencia, del dinamismo de la esperanza y de la fuerza del amor. Es lo que siempre ha movido a los sacerdotes santos.

 

Administradores de los misterios de Dios con celo pastoral

  1. Finalmente, en la renovación de las promesas sacerdotales, vamos a prometer permanecer fieles dispensadores de los misterios de Dios y ejercer fielmente el ministerio de la predicación movidos únicamente por el celo de las almas. Cada día constatamos con dolor que los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos. El Año de la Fe debe ser para nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría. Este mensaje lo encontramos primaria y fundamentalmente en la Sagrada Escritura, que nunca leeremos y meditaremos suficientemente. Pero todos tenemos experiencia de que necesitamos ayuda para transmitirla rectamente en el presente, de manera que mueva verdaderamente nuestro corazón. Esta ayuda la encontramos en primer lugar en la palabra de la Iglesia docente; en especial, los textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios.

 

Como sacerdotes de Jesucristo hemos de ejercer nuestro ministerio con verdadero celo pastoral, con celo por las almas. Con ello no se afirma ningún dualismo, ni el olvido de las necesidades físicas de los hombres. Como sacerdotes nos preocupamos por el hombre entero: de las necesidades de su cuerpo -de los hambrientos, de los enfermos, de los sin techo-, y de las necesidades de su alma: de las personas que sufren por un amor destruido; de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la verdad o que sufren por la ausencia de verdad y de amor o cuya existencia se ha convertido en un desierto. Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma. Y a ello, como el Buen Pastor, no hemos de dedicar en cuerpo y alma. Un sacerdote no se pertenece jamás a sí mismo. Las personas han de percibir nuestro celo, mediante el cual damos un testimonio creíble del evangelio de Jesucristo.

 

Acción de gracias y llamada a la fidelidad

  1. Con el prefacio de hoy damos gracias al Padre por la acción sacerdotal de Cristo, que realiza la redención y nos hace dignos de servir a Dios y a su pueblo como ungidos y enviados del Señor. Hoy le queremos prometer fidelidad. No olvidemos que Cristo Jesús es el testigo fiel. El nos ha llamado, ungido y enviado. Y no se arrepiente de ello. Acojamos su fidelidad con la nuestra. Nuestra fidelidad tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesucristo al Padre. Configurarnos con el Señor equivale a impregnarnos de Él, por la acción del Espíritu. La fidelidad que le ofrecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios hacia nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestra obstinación, ni siquiera de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Es un don de Dios, que hemos de implorar.

 

Que en todo ello nos sostenga la Madre de Jesucristo, Madre de los sacerdotes. Que María nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina. Y nos ayude a no olvidar nunca que el Espíritu del Señor nos “ha ungido y enviado para anunciar a los pueblos la buena nueva”. Dóciles al Espíritu de Cristo, seamos ministros fieles de su Evangelio. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

S.I. Concatedral de Castellón y S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 24 de marzo de 2013

 (Is 50, 4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Lc 22,14-26,56)

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Semana Santa, celebración de la fe cristiana

  1. Hoy, con la celebración de la entrada de Jerusalén en el Domingo de Ramos, iniciamos la celebración de la Semana Santa: es la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, que tan hondamente han calado en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las Cofradías de Semana Santa desean ser la expresión del profundo arraigo de la fe cristiana y de sus misterios centrales entre nosotros. ¡No caigamos en la tentación de diluir su esencia y su identidad, y reducirlas a meras expresiones culturales!

 

Dejemos que nuestra celebración de hoy avive nuestra fe en Cristo Jesús, el Hijo de David, el Mesías que viene en nombre del Señor. Así nos dispondremos convenientemente a recorrer con Jesús su camino pascual y le acompañaremos estos días con fe viva y con devoción sincera, es decir lo traeremos no sólo a nuestras calles y plazas, sino ante todo a nuestra memoria y a nuestro corazón.

 

 

Jesús es el Siervo de Dios se entrega por todos

  1. Toda la celebración del Domingo de Ramos está centrada en Cristo y nos debe llevar Él. La Palabra de Dios, que hemos proclamado, dirige nuestra mirada a su persona y a su camino pascual. Cristo Jesús va a pasar, a través de la muerte, a la nueva vida. Él es el Hijo de David que entra en Jerusalén, manso y humilde, para culminar su entrega redentora en la Cruz. Él es el Siervo de Yahvé, solidario con sus hermanos, que se entrega hasta la muerte, y así salva a toda la humanidad. Como el Siervo de Dios, Jesús Nazareno no se retrae ante las dificultades en su misión, ni ante la persecución, golpes e insultos en su camino. La fidelidad a Dios y a los hombres, su fidelidad hasta el final a la misión recibida de Dios en favor de la humanidad hace que el Siervo de Yahvé permanezca firme en el sufrimiento, en la ignominia y en el aparente fracaso.

 

Atento discípulo de la Palabra de Dios, el Siervo de Dios con su suerte prefigura la de Cristo, el hijo humilde que no opuso resistencia a la voluntad el Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres. Él está seguro de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos; Él puso totalmente su confianza en Dios y esta confianza es la que le permitió ser fiel hasta el final (cfr. Is 50, 4-7).

 

San Pablo nos dirá en su ‘himno’ en la carta a los Filipenses: Cristo, en su solidaridad con nosotros, se ha rebajado hasta la renuncia total de sí mismo y hasta la humillación de la muerte, pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (cfr. Filp 2, 6-11). Es la Pascua: el ‘paso’ por la muerte a la vida.

 

Jesús, es verdadero Dios y verdadero hombre

  1. El relato de la pasión de Lucas (22,14-26,56) da un paso más y nos ofrece la respuesta a la pregunta fundamental sobre la persona de Jesús: ¿Quién es Jesús?. Esta es la pregunta que nos hemos de hacer y responder hoy. En un tiempo en que avanza la increencia y la indiferencia religiosa, en un tiempo en que tantos bautizados apostatan silenciosamente de su fe, ésta es la pregunta que debemos ayudar a que tantos otros se hagan estos días, especialmente nuestros niños, jóvenes y visitantes que en alto número participan en las procesiones.

 

La narración de la pasión de Lucas revela que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Jesús es verdadero hombre: en Getsemaní cae a tierra, “y en medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre” (Lc 22,44). Es la expresión dramática del sentimiento del ser humano ante el dolor y ante la muerte. Pero, en un gesto de súplica y de abandono, dirá “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42); y más tarde en la cruz dirá: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Es la expresión del hijo, que no se siente olvidado por su Padre Dios, ni tan siquiera en la muerte. Jesús, verdadero Hijo de Dios, puede invocar a Dios, el Altísimo, llamándole Abba, Padre.

 

“Realmente este hombre era justo” (Lc 23,47), dirá el Centurión –un pagano- que lo ve morir de aquella manera. Con estas palabras el Centurión vislumbra que Jesús es más que un hombre, que es el Hijo de Dios, como nos relata Marcos la confesión del Centurión. Esta confesión del Centurión es el símbolo del paso desde incredulidad o desde la indiferencia agnóstica a la confesión de fe en Jesús, el Cristo; un camino que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al Crucificado.

 

Hermanos: Hemos escuchado en silencio el camino de Jesús hasta la cruz. Jesús se hace solidario con todo el dolor de la humanidad, fruto de sus pecados, que ha cargado sobre sí; pero también en Él Dios ha asumido nuestro mal y nos ha salvado por el perdón y el amor. Debemos preguntarnos si de verdad estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor el camino de la reconciliación, de la misericordia, del perdón y del amor. Es la senda que se manifiesta en un abandono confiado e incondicionado a la voluntad y a la misericordia del Padre. Sólo así, a los pies de la cruz, podrá renacer en nosotros una fe más viva y más fuerte en Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios: un Dios tan enamorado de su criatura que acepta morir por amor. Nuestra vida, la de nuestros jóvenes, la de nuestras familias necesita esta fe para crear gestos que sólo el amor humilde es capaz de generar; gestos que transformen la realidad cotidiana en una manifestación del Reino de Dios.

Avivar la fe en Cristo

  1. ¡En este Año de la fe, dejemos que Dios avive nuestra fe en Cristo Jesús en estos días de Semana Santa! No creemos en una historia del pasado, ni damos culto a unas tallas, por hermosas que estás sean. El centro de nuestra fe es una persona: creemos en Cristo Jesús, que se entrega por amor hasta la muerte por todos nosotros y por nuestros pecados; creemos en un Cristo Jesús que ha resucitado y vive para siempre, para que en Él también nosotros tengamos vida. Dejémonos encontrar por Él, dejémonos amar por Él, dejémonos perdonar y reconciliar por Él, dejemos que su vida transforme nuestras personas y nuestra existencia.

 

Hoy, en la procesión de palmas y ramos caminando hasta esta Iglesia, hemos acompañado a Jesús con cantos de alegría; y hemos mostrado que nos queremos encontrar con el Señor, seguirle y acompañarle en su Semana Santa hacia la Pascua. Acompañar a Cristo en su Semana Santa supone hacerlo en la muerte y en la resurrección, en el dolor y en la alegría, en la entrega y en el premio. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús; meditemos y oremos su misterio pascual; vivamos la Pascua en nuestra existencia, aceptando con fidelidad nuestro ser cristianos y alimentando una confianza absoluta en Dios, que es Padre amoroso, cuya última palabra no es la muerte, sino la vida, como en Jesús. Si le acompañamos a la cruz, también seremos partícipes de su nueva vida de Resucitado. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Profesión definitiva de la Hna. Monserrat Corbabella

Iglesia Parroquial de los Santos Evangelistas, Villarreal, 09.02.2013

(Is6, 1-2ª.3-8; Sal 137; 1 Cor 15,1-11; Lc 5, 1-11)

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Acción de gracias a la misericordia divina

  1. “Te doy gracias, Señor, de todo corazón … daré gracias a tu nombre por tu misericordia y lealtad” (Sal 137). Con estas palabras del salmo de hoy os invito, hermanas y hermanos en el Señor, a bendecir y dar gracias a Dios esta tarde y antes de nada por la profesión definitiva de nuestra Hna. Monserrat para vivir entregada a Dios siguiendo los pasos de Cristo, pobre, obediente y virgen en la Congregación de la Hermanas de la Caridad de Nevers. Su llamada a la vida consagrada, que Dios tenía preparada para ella en Cristo antes de crear el mundo y ha cuidado desde el seno materno, es una bendición y una muestra de la misericordia y ternura de Dios para con ella; es un nuevo don de Dios a nuestra Iglesia diocesana y a esta Comunidad de Hermanas de Nevers. Y es también un signo de esperanza en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad: todavía hay jóvenes como Hna. Monserrat dispuestas a acoger la llamada de Dios para seguir uniéndose en matrimonio espiritual a Cristo y entregarse generosamente a El sirviendo a la Iglesia y a la humanidad. Vivimos en la Iglesia y la sociedad tiempos necesitados de luceros que señalen con claridad la cercanía de Dios y que “Dios es nuestro Padre y tiene por nosotros una ternura infinita” en su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado, para la Vida del mundo. Este es el carisma, el don del Espíritu santo, que recibió vuestro Fundador, el monje benedictino, Juan Bautista Delaveyne, allá por el año 1680.

 

 

Llamada por el amor de Dios

  1. Para mí es una gran alegría poder presidir esta celebración y unirme a vuestro gozo y a vuestra acción de gracias, queridas hermanas de la Caridad de Nevers. En esta celebración se manifiesta una vez mas el ternura del amor misericordioso de Dios, fuente del amor y de la Vida. Porque ¿qué son tu vocación, hermana Monse, y la bendición que hoy vas recibir si no una nueva muestra de su amor misericordioso y de su ternura? Tú lo sabes muy bien: tu vocación es una llamada del amor personal y misericordioso de Dios hacia tí y hacia su Iglesia. Repasando tu vida puedes descubrir que El mismo te llamó y que siguió susurrándote sus silbos amorosos cuando, quizás distraída por las cosas de tu alrededor o conociendo tu pequeñez y tu fragilidad, intentabas silenciar su voz. Y sólo cuando decidiste acoger su amor y que El fuese tu Todo, experimentaste esa paz inmensa que llena el alma, la paz que procede de Dios, que es el don del Resucitado.

 

Toda vocación es una llamada gratuita de Dios e inmerecida por nuestra parte. Nos lo muestran las tres lecturas de este domingo. En la primera lectura, Isaías narra cómo recibió la llamada para ser profeta; Pablo nos habla en la segunda de que el Señor se le apareció y recuerda su llamada para ser apóstol; en el evangelio leemos que Jesús le dice a Simón que será “pescador de hombres”.

En los tres casos aparece la pequeñez que siente toda persona que es llamada por Dios en contraste con la gloria y el poder divinos. La visión de Isaías es impresionante; en ella aparece una imagen de la corte celestial protegiendo y engrandeciendo al mismo tiempo la santidad divina. Ante lo que ve, el profeta no puede dejar de reconocer su indignidad. Igualmente el Apóstol se reconoce como el más pequeño; confiesa que ha trabajado como el que más, pero ello ha sido posible gracias a la iniciativa y la fuerza de la gracia de Dios. También Simón Pedro, que ha asistido a la pesca milagrosa, siente temor ante esa manifestación del poder del Señor y dice: “Apártate de mí, que soy un pecador”.

 

Ante la llamada de Dios uno ha de reconocer su pequeñez y sólo puede responder con agradecimiento. La vocación es la idea, el sueño y el camino de Dios para cada uno de nosotros hacia la Vida eterna y la Felicidad plena en Dios. Que ese proyecto se realice en nuestra persona ha de constituir nuestro ideal. Por él hemos de esforzamos y procurar adquirir aquellas cualidades necesarias para acogerlo y para cumplirlo. Por eso un sacerdote debe prepararse para adquirir la virtud y la ciencia necesarias para ser un buen pastor, o los novios han de disponerse adecuadamente para el matrimonio en el Señor o una consagrada ha preprararse durante los años del noviciado o de la profesión temporal para vivir consagrada a Dios de por vida. En las lecturas aparece daro que la misión que Dios tiene preparada para cada uno supera nuestras solas fuerzas. En cualquier vocación, siempre existe desproporción entre lo que el Señor quiere para nosotros y lo que seríamos capaces de realizar sin su ayuda. Por eso no es extraño que quien percibe la llamada de Dios se sienta indigno. Eso no ha de preocupamos, porque quien llama da también los medios para poder responder. Es lo que dice san Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, pero añade: Y su gracia no se ha frustrado en mí”, señalando que él ha correspondido a lo que Dios le pedía. Por eso es bueno no sólo detenemos ante las dificultades, sino también y sobre todo pararnos a contemplar la grandeza de Dios y su misericordia. Quien contempla a Dios y su obra puede más fácilmente descubrir lo que el Señor quiere para él y, al mismo tiempo, responder con generosidad, aun sintiéndose indigno, porque sabe que Dios todo lo puede.

 

 

Consagrada a Dios

  1. Querida hija: te vas a consagrar al Señor y vas a ser bendecida por él para vivir de por vida totalmente entregada a El siguiendo a Cristo obediente, casto y pobre en el camino espiritual de tu padre Juan Bautista Delaveyne. No olvides nunca que en la base de tu vida está tu consagración al Señor. Considera que antes de nada está la iniciativa amorosa de Dios, que te ha llamado y te ha elegido para dedicarte a Él de modo particular. El mismo Dios te ha concedido también la gracia de responder a su llamada y te acompañara siempre para que tu consagración sea siempre una entrega gozosa, libre y total de ti misma a El.

 

Si lees tu historia personal descubrirás como Dios mismo te ha ido conduciendo con verdadero amor hasta el día de hoy. Y lo ha hecho para desposarse contigo en una alianza de amor y de fidelidad, de comunión y de misión para gloria de Dios. Tú también puedes decir: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”. Recuerda hoy con gratitud la historia de amor de Dios para contigo y a todas aquellas personas que Dios ha ido poniendo en el camino de tu vida hasta hoy. Si sabes acoger el don que Dios te hace y lo mantienes vivo a lo largo de los días, tu consagración será una fuente de gozo y de alegría para ti, para tu comunidad, para tu Congregación, para tu familia, para la Iglesia y para el mundo.

 

Te consagras hoy a Dios para vivir santamente entregada a El siguiendo el carisma de tu congregación. Vive día a día el amor de Dios unida a Cristo, tu Esposo y Señor. Tu oración personal y comunitaria te dispondrá a la comunión con Cristo y a su adoración en la Eucaristía. En la comunión diaria con Jesús-Eucaristía encontrarás la fuente para tu entrega total a Dios siguiendo las huellas de Cristo y, en Él y como Él, para vivir la verdadera comunión con todas tus hermanas y ser testigo de la ternura de Dios para los más pobres y desdichados.

 

Tú has entendido muy bien que Dios es el mayor bien para el hombre; tú has comprendido que nuestro mundo sigue teniendo necesidad de Dios y que, para dárselo, debías llenar tu vida de Dios y convertirte en un lugar de su presencia, entregándote completamente a él, no teniendo “más asuntos que los de la Caridad, ni otros intereses que los de los Desdichados”. En nombre de nuestra Iglesia: Gracias, por tu sí a Dios. ¡Que el Señor te bendiga a lo largo de tus días!

 

 

Para ser testigo de la ternura infinita de Dios

  1. Por tu profesión definitiva vas a quedar constituida en testigo y mensajera del amor y ternura infinita de Dios. Tu profesión representa un don de su amor no sólo para tí, sino también para tu comunidad, para nuestra Iglesia y también para toda la humanidad. Tu profesión, signo evidente de la misericordia divina y don pascual de Cristo resucitado, has de saber ofrecerlo a tu comunidad, a la Iglesia y a todos los que Dios ponga en tu camino.

 

Para ser testigo y mensajera del amor y de la ternura de Dios es importante que acojas y vivas el amor y la misericordia de Dios, que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de fraternidad. Y no lo olvides: su manantial es siempre la misericordia de Dios. El Señor nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II,  Dives in misericordia, 14). El mismo Señor nos señala además los múltiples caminos de la misericordia: la misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, de los próximos y de los lejanos, de los discapacitados, de los encarcelados, de los inmigrantes, de todos los heridos por la vida. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de caridad y de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia todo el que sufre.

 

 

Amar a Dios y al prójimo

  1. En tu comunidad o en un trabajo, haciendo de tu vida oración y de tu oración vida, has de aprender a conocer y contemplar cada vez más y mejor el rostro de Dios en Cristo viéndolo reflejado en el rostro de tus hermanas y en el todos los desdichados que encuentres en tu camino. La contemplación del rostro de Dios en Cristo, que es amor, te ha de llevar a amarle y unirte a él cada día más intensa y profundamente en perfecta castidad. No es fácil amar con un amor auténtico y profundo, que sea reflejo del amor de Dios y que sea vivido con una entrega total de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fija tu mirada en él, sintoniza con su corazón de Padre misericordioso, ámale con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; sólo así serás capaz de mirar a tus hermanas y a los más pobres con ojos nuevos, de amarlos sabiendo que son un don de Dios para ti y de hacerlo con una actitud de gratuidad y de comunión, de generosidad y de ternura.

 

Apertura del corazón a Cristo

  1. Querida Monserrat. Sé muy bien que desde la paz y la felicidad que sientes el día de tu desposorio con Cristo querrías decir a los jóvenes –y yo contigo- aquellas palabras del querido Beato Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo: que es el único que puede saciar vuestra hambre y sed de felicidad”. Tú lo has experimentado ya: quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo puede encontrar su secreto en Cristo y en su corazón. El arde del deseo de ser amado; él no quita nada sino que lo da todo; quien sintoniza con los sentimientos de su corazón encuentra el amor, la felicidad y la vida; y aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor y de la fraternidad. Un simple acto de fe y de abandono total en El como Pedro, basta para encontrar le camino de la vida y romper así las barreras de la oscuridad y de la tristeza, de la duda y del sinsentido. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece su amor.

 

¡Que María, Madre del amor hermoso, mantenga en ti siempre vivo tu amor de esposa de su Hijo y tu deseo de ser testigo de la ternura de Dios para con todos los hombres ! Que ella os proteja siempre: a ti, a tu comunidad y congregación, y a toda tu familia. Amén.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón