Catequista: discípulo y testigo

Queridos diocesanos:

El Encuentro diocesano de catequistas es un día para compartir la alegría de la misión, reforzar la comunión en la misión y retomar fuerzas en la tarea. No me son ajenas las dificultades especiales que encuentran los catequistas en su acción catequética, provenientes de los catequizandos, de la insuficiente implicación de los padres o del contexto de indiferencia religiosa, de increencia o de hostilidad hacia Cristo y su Iglesia. Pero no nos podemos quedar en el lamento permanente, que lleva siempre a la desilusión y a la desafección hacia la propia tarea.

Aunque distintas, no fueron menores las dificultades que tuvieron los primeros testigos de Cristo Resucitado. ¿De dónde sacaban ellos la fuerza? El libro de los Hechos nos muestra que la primitiva comunidad eclesial se consolida y crece siendo los discípulos fieles al Señor Jesús, constantes en la enseñanza de los Apóstoles, en la oración y en la Eucaristía, viviendo unidos y preocupados los unos de los otros. Son conscientes de que no están solos y que su quehacer no es lo más importante. Ellos saben bien que el Espíritu del Señor Resucitado actúa y les acompaña, alienta y fortalece.

Si de todo bautizado el Señor espera que sea creyente, discípulo y testigo, cuanto más de un catequista que ha recibido de Dios la llamada a transmitir la fe y de la Iglesia, a través del Obispo o del párroco, la misión de hacerlo en nombre de la Iglesia de un modo sistemático y orgánico.

El catequista está llamado ‘a ser discípulo de verdad’, como Pablo (Hech 9, 26-31). Es la condición básica para ser catequista y vale para todo catequista. El catequista ha de ser, ante todo, un creyente en Cristo, un discípulo suyo, comprometido personalmente en un exigente camino espiritual, que se funda en el encuentro personal con el Señor Resucitado, en la escucha atenta y constante de su palabra de salvación, en la oración y en la celebración participada de la Eucaristía. Si el catequista permanece unido al Señor, como el sarmiento a la vid, dejando correr en sí mismo la savia de la gracia, del amor de Dios, dará los buenos frutos de un estilo de vida evangélico y testimoniará así con su vida a Aquel que proclama de palabra. Entroncado en Cristo, dejándose alentar por la presencia del Espíritu y en la comunión de la Iglesia, el catequista encontrará la fortaleza para proclamar con convicción y valentía al Señor Resucitado y la Buena Noticia del Evangelio en toda situación.

La misión primordial del catequista es invitar a los caquetizandos a que fijen su mirada en Jesús y a que le sigan. El catequista es voz que remite al Señor, amigo que guía hacia Jesús, a su presencia, a su misterio y al encuentro con El. También él es, en cierto sentido, indispensable, porque la experiencia de fe necesita siempre un mediador, que sea al mismo tiempo testigo.

La labor del catequista exige fidelidad constante a Cristo y a la Iglesia, pues actúa en su nombre. Su enseñanza no pueden ser respuestas subjetivas, sino que ha de ser siempre conforme al Magisterio constante de la Iglesia y a la fe enseñada desde siempre autorizadamente por cuantos han sido constituidos maestros y ha sido vivida de modo ejemplar por los santos. De ahí también la necesidad de usar los catecismos debidamente aprobados.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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