Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral, 6 de abril de 2007

 

Es Viernes Santo. Al conmemorar la pasión y muerte de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nuestra mirada queda fija en la Cruz. Contemplemos y adoremos con fe –como si presente me hallare (S. Ignacio)- el misterio de la pasión y muerte en cruz del Hijo de Dios, de Jesús, hermano y redentor nuestro. La Cruz es misterio de redención y de salvación, la Cruz es misterio de amor. Un misterio que requiere ante todo hondura de fe. Contemplemos y adoremos: dejemos que cale en el hondón de nuestro ser y nos transforme. Nadie puede ser cristiano si no cree que el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, ha entregado su vida por amor aceptando la muerte, y muerte en cruz.

Ayudados por el relato de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, recordamos y acompañamos a Jesús en su vía dolorosa hasta la muerte en la Cruz. En su pasión y muerte se nos muestra el “rostro doliente” del Señor: El es el “siervo paciente”, el “varón de dolores”, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro de hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. No es un héroe glorioso, sino el siervo desfigurado y despreciado. No parece un Dios, ni siquiera un hombre; ahí está: sin belleza, sin aspecto humano. Es despreciado, insultado y condenado injustamente por lo hombres. Como un cordero llevado al matadero, El no responde a los insultos y a las torturas. Guarda silencio. No abre la boca sino para orar y perdonar. Todos se mofan de él y le insultan; y Él no deja de mirarlos con amor y compasión.

En la Cruz padece y muere el Hijo del hombre, haciéndose cargo de los pecados de todos los hombres y de todo sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45). En la Cruz contemplamos su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor de nosotros y en lugar de nosotros. El carga con el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues era absolutamente inocente, sino por la tragedia de mentiras, envidias, traiciones y maldades, que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta. El carga hasta el final con el pecado humano y se hace cargo de todo sufrimiento e injusticia humana.

Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). En la Cruz, el Crucificado es el más atribulado de los atribulados de la tierra. Pero a la experiencia de abandono doloroso, Él responde con su ofrenda: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). El “por qué me has abandonado” se convierte en grito esperanzado: la experiencia del abandono por parte del Padre se convierte en abandono de sí mismo en sus brazos. Jesús abandonado vive su dolor en profunda comunión con todos los crucificados de la tierra y al mismo tiempo como oblación confiada a su Padre por amor del mundo. Entregando, en obediencia de amor, el espíritu al Padre (cf. Jn 1.9,30), el Crucificado entra en la solidaridad con los sin Dios, es decir, con todos aquellos que por su culpa han sido privados del Espíritu y experimentado el exilio de la patria del amor.

En la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho” (Is 52, 13) El Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz manifiesta la grandeza del amor de Dios, que libra del pecado y de la muerte. Desde la Cruz, el Hijo de Dios muestra la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama:“!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen! (Lc 23, 34). En la Cruz se encuentran la miseria del hombre y la misericordia de Dios.

El Padre no permanece ajeno al sufrimiento del Hijo, porque “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16). Al sufrimiento del Hijo corresponde un sufrimiento del Padre: Dios sufre en la cruz como Hijo que se ofrece, como Padre que lo ofrece, como Espíritu, amor que procede de su amor sufriente. La Cruz muestra el verdadero rostro de Dios, su dolor activo, libremente elegido, perfecto con la perfección del amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). En Cristo, Dios no está fuera del sufrimiento del mundo, como espectador impasible del mismo: Él lo asume y lo redime viviéndolo como don y ofrenda de los que brota la vida nueva para el mundo.

Desde el Viernes santo nosotros sabemos que la historia de los sufrimientos humanos es también historia del Dios con nosotros: El está presente en la misma para sufrir con el hombre y para contagiarle el valor inmenso del sufrimiento ofrecido por amor. La “patria” del Amor ha entrado en el “exilio” del pecado, del dolor y de la muerte para hacerlo suyo y reconciliar la historia con él: Dios ha hecho suya la muerte para que el mundo hiciese suya la vida. La muerte de la cruz es la muerte de la muerte: es el Hijo de Dios el que se entrega a la muerte para darnos la vida.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza para salvarlo. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz es el ‘árbol de la vida’ para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios. En Viernes Santo, Jesús convierte la cruz en instrumento de bendición y salvación universal.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo y contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad y la injusticia de los hombres. Contemplemos en la Cruz a los que hoy son crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen cargar con su cruz. Miremos al pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo hoy tiene que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz: Es la manifestación de la gloria de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de muerte. Unámonos a Cristo en su Cruz para dar la vida por amor. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros la caridad; podremos alcanzar la salvación de Dios.

Al pie de la Cruz, la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad del dolor y del amor de su sacrificio. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella le enmendamos en especial a los enfermos y a todos los que sufren, a las víctimas inocentes de la injusticia y la violencia, y a los cristianos perseguidos a causa de su fe. Que la Cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza, de amor y de paz. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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