Centenario del traslado del Hospital Provincial de Castellón

II DOMINGO DE PASCUA

FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

*****

Castellón, Capilla del Hospital Provincial, 15 de abril de 2007

 

“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117, 1). Así hemos cantado con toda la Iglesia durante la octava de Pascua de Resurrección. Así lo hacemos hoy, domingo de la Misericordia divina. Dad gracias al Señor porque es compasivo y misericordioso, porque Dios es el amor más grande.

Con estas palabras del salmo alabamos a Dios y damos gracias a la Trinidad Santa, fuente y origen de todo bien, al celebrar el Centenario del traslado de este Hospital Provincial a esta su ubicación actual. En esta Eucaristía, la acción de gracias por excelencia, damos gracias a Dios por todos los dones y bendiciones que El ha deparado a lo largo de los siglos en esta Institución hospitalaria a los enfermos, a los desvalidos y a sus familias; gracias damos a Dios por cuantos aquí han trabajado con verdadera entrega y generosidad: por el personal sanitario, administrativo y laboral, por las hermanas de la Consolación que pronto cumplirán cien años de presencia en el Hospital, por los capellanes y por los voluntarios.

Consciente o inconscientemente todos ellos han sido signo e instrumento del amor misericordioso de Dios hacia los enfermos y los pobres hospedados en el Hospital. Porque no podemos olvidar, que, si bien el Hospital fue siempre de titularidad pública, municipal primero y provincial después, esto no fue óbice para que su raíz y fundamento fuese el amor de Dios. Así se pone de relieve en las donaciones que se hacían para atender a los pobres y hospedados “por amor de Dios” o “a los pobres de Jesucristo”, como expresamente se dice en las actas de donación. Y está fue la razón de la venida al Hospital de las Hermanas de la Consolación “para el servicio y mayor alivio y consuelo de los enfermos”, para que los acompañen con “los consuelos religiosos”.

El misterio Pascual del Señor, su muerte y su resurrección, es la muestra suprema y más excelente del amor misericordioso de Dios, es la fuente de la misericordia divina y humana. Cristo resucitado mismo nos ofrece hoy desde el Cenáculo el gran anuncio de la misericordia divina, a la vez que confía su ministerio a los Apóstoles: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. (…) Recibid el Espíritu Santo; a quienes  les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20, 21-23).

Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra sus manos y su costado, señala las heridas de su Pasión, sobre todo la de su corazón: su corazón es la fuente de la que brota la misericordia de Dios sobre la humanidad, en especial, sobre los más necesitados de su amor, como son los enfermos en el cuerpo y en el espíritu. La misericordia divina nos llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado. Cuando el soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir “sangre y agua” (Jn 19, 34). La sangre evoca su sacrificio en la cruz, la entrega de su persona hasta el extremo por amor al Padre y a los hombres, para que todos tengan vida y la tengan en abundancia. La sangre que brota de su corazón evoca el don de la Eucaristía, presencia real y eminente del amor de Dios manifestado en Cristo y alimento de sanos y de enfermos. El agua que brota del costado de Cristo nos recuerda el bautismo, fuente de la nueva Vida para todos los crean en Él y acojan el amor de Dios en Cristo en su vida (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39).

Cristo ha resucitado. El amor y la vida de Dios han triunfado sobre el pecado y sobre la muerte. La resurrección del Señor no es un mito; tampoco es una ‘historia piadosa’ nacida de la credulidad de las mujeres o una invención de un puñado de discípulos, fruto de su profunda frustración. No, hermanos: Cristo vive, porque ha resucitado en verdad. Su resurrección es un hecho histórico y real. Pero, Cristo no ha sido devuelto a esta vida mortal, para morir de nuevo, sino que ha pasado a una vida totalmente nueva, inmortal y gloriosa. Y el mismo Resucitado ofrece a la humanidad esta nueva Vida; Él derrama la misericordia divina sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que es la Persona-Amor. Y la misericordia es el amor en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón, en su inmensa capacidad de alivio en el dolor y en la enfermedad, y en su inmensa capacidad de esperanza contra toda esperanza humana, porque su amor es más fuerte que la muerte.

Como sucede hoy en el Evangelio (Jn 20, 19-31), Jesús nos pide como a Tomás que creamos que Él ha resucitado. Como en el caso de los Apóstoles, es necesario que también nosotros acojamos hoy a Cristo resucitado, que nos muestra las heridas de su crucifixión y nos dice: “Paz a vosotros”. Es preciso que nos dejemos impregnar por la paz y el amor de Dios, por el Espíritu que Cristo resucitado nos infunde. Este Espíritu sanará las heridas de nuestro corazón, derribará las barreras que nos separan de Dios y nos alejan de los humanos, nos devolverá la alegría de sabernos amados de Dios y nos dará entrañas de misericordia para con los hermanos, en especial con los atribulados y abatidos. Demos gracias al Señor por su amor misericordioso, que es más fuerte que el pecado y que la muerte; un amor que se ha de revelar como misericordia en nuestra existencia y en nuestro trabajo cotidianos.

Celebremos con estos sentimientos este Centenario. En esta celebración se manifiesta y se nos ofrece el amor misericordioso de Dios, fuente del perdón, del amor y de la Vida, para que nosotros lo hagamos vida en nuestra propia vida. Porque ¿qué es para un cristiano su profesión sanitaria, su trabajo laboral, su ministerio pastoral, su presencia como religiosa consagrada o su tarea de voluntario en un Hospital sino una llamada a ser signo y presencia del amor misericordioso de Dios?

Para ser testigos y mensajeros del amor misericordioso de Dios es importante acoger y vivir íntegramente la palabra de Dios de este segundo domingo de Pascua. Las lecturas de hoy trazan el camino de la misericordia divina que reconstruye la relación de cada uno con Dios y suscita entre los hombres nuevas relaciones de fraternidad. Y su manantial es siempre la misericordia de Dios ofrecida en Cristo. El Señor nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 14).

El mismo Señor nos señala los caminos de la misericordia. La misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, hacia los próximos y hacia los lejanos. Jesús se compadeció, es decir sufrió con, y se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia el hombre que sufre.

Los cristianos en el Hospital, con independencia de la sección o ámbito de vuestro trabajo, estáis llamados a humanizar la sanidad desde Cristo. Para ello no hay otro camino que conocer y contemplar cada vez más y mejor el verdadero rostro de Dios, manifestado en Cristo, y, en él, el verdadero rostro de todos los hombres. Dios es Amor, y por amor crea al hombre ‘a su imagen’ y le llama a la vida en plenitud. Aquí reside la dignidad inalienable de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural, y su destino a participar de la vida del Resucitado. Por ello la contemplación del rostro de Dios, que es amor misericordioso, nos lleva a amarle y, en él, a amar a cada ser humano. El amor a Dios y el amor a los hermanos son inseparables: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor a Dios: su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos; el termómetro de vuestro amor a Dios será vuestro amor a los enfermos.

No es fácil amar con un amor profundo. Este amor sólo se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijad vuestra mirada en él, sintonizad con su corazón de Padre misericordioso, amadle con todo el corazón, con toda el alma y con todas vuestras fuerzas; sólo así seréis capaces de mirar a los enfermos con ojos nuevos, con entrañas de misericordia; sólo así aprenderéis y seréis capaces de amarlos sabiendo que son un don de Dios para vosotros y a hacerlo con una actitud de amor compasivo y generoso. En la medida en que aprendáis el secreto de esta mirada misericordiosa, la misericordia del corazón se convertirá también para todos vosotros en estilo de vida y de relaciones más humanas en el hospital. Así florecerán entre vosotros las “obras de misericordia”, espirituales y corporales, seréis en verdad ‘epifanía del amor misericordioso de Dios para el mundo’.

Queridos hermanos y hermanas. ¡Abrid vuestros corazones a Cristo! Desde la fe en Cristo Resucitado aprended a ser constructores de la nueva civilización del amor. Un simple acto de fe en Resucitado, el Viviente, basta para encontrar el camino de la vida y romper así las barreras de la ‘cultura de la muerte’ que nos rodea, del relativismo moral y del sinsentido de la vida humana ahora y más allá de la frontera de la muerte. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos abarca el Padre con su amor misericordioso.

El plan de Dios se ha manifestado en la persona de Cristo; en Él nos ha bendecido con “con toda clase de bienes espirituales y celestiales”, que son gracia, filiación, participación divina y gloria. Es el triunfo del amor misericordioso de Dios. La fe en el Resucitado transforma la persona del creyente y le abre a una nueva relación con Dios y con el prójimo: al amor a Dios y al hermano. El creyente es hijo en el Hijo, y como tal ha de vivir ya desde ahora.

Como cristianos estamos llamados a ser testigos del amor misericordioso de Dios, manifestado en Cristo. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). El amor de que habla no es una simple corriente de simpatía. No se trata de mirar a todo el mundo prodigando buenas palabras. Tampoco se trata de la caridad con minúscula, como hacer una limosna El amor que Jesús nos manda es un amor afectivo y fraternal, de amistad y de acogida, un amor de entrega, efectivo y operativo. Es el amor que arraiga en el corazón y produce sentimientos de acogida y aceptación, de respeto y estima, de justicia, solidaridad y fraternidad. Porque lo que Jesús nos propone es que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado.

Al celebrar el Centenario del traslado del Hospital demos gracias a Dios por todas las personas que a lo largo de estos cien años han sabido y saben ser testigos del amor de Cristo en el servicio a los enfermos. Pidamos al Señor que siga protegiendo con su misericordia y bendición a este Hospital y a cuantos en él trabajen o sean atendidos. !Que María, Madre de la misericordia, consuele a los enfermos y sus familias y a todos os enseñe a renovaros día a día en el amor de Dios que se hace vida en el amor al hermano! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.