Comunidades de “piedras vivas”

Queridos diocesanos:

El encuentro transformador con Cristo resucitado es el principio de renovación de la vida cristiana, y también para la renovación de nuestras parroquias para que éstas lleguen a ser comunidades cristianas, es decir, comunidades evangelizadas y misioneras.

San Pedro pide de todos los cristianos este encuentro vivificador con Cristo: “Acercándoos a Él (Cristo), piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y apreciada por Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo’ (1 Pt 2, 5). La Iglesia y cada parroquia será viva en la medida en que sus miembros sean “piedras vivas”, es decir que vivan unidos, arraigados y ensamblados en Cristo, “piedra viva y angular”; una comunidad parroquial será viva si por sus miembros corre la gracia y la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de amor y de vida con Dios y comunión fraterna con los hermanos. Este es principio vale para la renovación de toda comunidad eclesial.   

Nuestras parroquias en general distan mucho de ser verdaderas comunidades: muchos de nuestros fieles no tienen sentido de comunidad ni de pertenencia a su comunidad parroquial; no la sienten como propia y no se implican en su vida y misión. Para una gran mayoría de fieles, incluidos los practicantes y cercanos, la parroquia es un lugar donde se ofrecen servicios religiosos, a la que se acercan cuando los necesitan.

El papa Francisco nos dice “que tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión” (EG 28). Hemos de trabajar pues para que nuestras parroquias sean comunidades cristianas, en donde sus miembros, unidos a Cristo, sean y se sientan hermanos en Cristo, y vivan como tales; donde los unos se preocupen de los otros – en sus necesidades materiales y espirituales-; comunidades donde sus miembros se conozcan y sean acogidos fraternalmente. Es urgente que nuestros fieles se sientan realmente miembros de su comunidad parroquial, la amen y sean corresponsables de su vida y misión. La parroquia está llamada a ser “comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero” (EG 28).

Anclada en el seno de la Iglesia diocesana y abierta a la Iglesia universal, cada  comunidad parroquial es y está llamada a ser ámbito de comunión y de misión; de comunión con Dios y, desde Él, con los hermanos; y de misión para que Cristo y su Evangelio salvador llegue a todos. Formada por piedras vivas, cuya piedra angular es Cristo, cada comunidad parroquial está llamada a ser en el barrio o en el pueblo signo de la presencia amorosa de Dios, ámbito donde Dios sale al encuentro de los hombres, para comunicarles su vida de amor que crea lazos de fraternidad. Es Dios Padre quien, habitando entre los suyos y en su corazón, hace de ellos su santuario vivo por la acción del Espíritu Santo. En cada parroquia, el Espíritu actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella ofrece a todos: la Palabra de Dios, los Sacramentos y la Caridad.

Siendo una comunidad fraterna en Cristo y desde Él, la parroquia tendrá la energía necesaria para la misión hacia adentro y hacia fuera. Cada parroquia está llamada a convertirse en ‘casa y escuela de comunión’ para la misión (Juan Pablo II). Es decir: una comunidad acogedora, donde los “sedientos van a beber para seguir caminando”; una comunidad fraterna, donde cada cual se encuentre como en su propia casa; una comunidad orante en torno a la Palabra de Dios y a la Eucaristía y un ámbito donde se suscite, se viva y se celebre la fe en Cristo Jesús; una comunidad que proclame, escuche y se deje convertir por la Palabra de Dios que nos llega en la Tradición viva de la Iglesia; una comunidad que viva la caridad, la comunicación de bienes y la misión sin fronteras; una comunidad donde todos se sientan responsables y comprometidos con la vida y misión de su parroquia. Requisito para todo ello es que cada uno se deje encontrar por el Señor, se deje evangelizar para ser verdadero díscípulo del Señor y misionero del Evangelio.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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