Consagración de virgen de Juana Ángel Grima

Castellón, Sto. Tomás de Villanueva, 31 de mayo de 2008

Domingo IX del tiempo Ordinario A

(Dt 11, 18.26-28.32; Sal 30, 2-4.17.25; Rm 3, 21-25a.28; Mt 7, 21-27)

 

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Jesús nos ha reunido en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para la consagración como virgen de esta hermana nuestra. Nuestra Iglesia diocesana da gracias a Dios, por la vocación de Juana a la virginidad consagrada: es un don de Dios para Juana y un nuevo carisma del Espíritu Santo para nuestra Iglesia diocesana. Nuestra celebración es motivo de alegría y esperanza al ver que también entre nosotros hoy vuelve a florecer el antiguo orden de las vírgenes (cf. VC 7). Cuando siguiendo las palabras del Salmista nos acogemos a Dios, nunca quedamos defraudados. Alabemos a Dios que hace brillar su rostro misericordioso una vez más entre medio de nosotros.

La vocación a la vida cristiana y a la consagración virginidad de nuestra hermana es obra de la gracia de Dios en ella. San Pablo, en la segunda lectura de este Domingo, nos recuerda que no nos sal­van las obras de la ley, nuestras propias obras sino la sola gracia. “Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia” (Rom 3, 23). Estas palabras de San Pablo sobre la justificación y la salvación se aplican también a tu vocación a la virginidad consagrada. El amor de Dios, su gracia nos precede siempre; nuestra entrada en la vida de la gracia parte totalmente de la iniciativa de Dios; nosotros con nuestras solas fuerzas no somos capaces de salir de la situación de pecado.

¡Cómo has sentido tú, querida Juana, la gracia de Dios en tu vida! Desde tu situación de alejamiento de Dios y de la Iglesia, Él fue abriendo tu oído y tu corazón a su Palabra, a la Eucaristía, la madre Iglesia, a tu comunidad de hermanos; en una palabra, Dios te ha llevado a descubrir su rostro amoroso, a sentirte querida y amada por Él, hasta llevarte hasta donde él te quería.

Pero la gracia de Dios siempre respeta la libertad del hombre, como ha respetado la tuya, en todo el largo proceso de búsqueda y de discernimiento de la llamada de Dios, de maduración de tu vida cristiana, de tu afectividad y de tu enamoramiento de Cristo Jesús, el Esposo. ¡Que bien lo pone de manifiesto la primera lectura! “Hoy os pongo delante bendición y maldición” (Dt 11,26). Cada día has tenido la posibilidad de elegir colaborar o no con la llamada amorosa de Dios. Y has tenido la gracia y la fuerza de elegir la bendición de Dios, la consagración virginal.

Dios te ha llamado al amor pleno y esponsal con Jesucristo. El Señor te ha llamado porque desea atraerte más íntimamente a sí, para desposarse místicamente contigo y dedicarte al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. Tu consagración a Dios te obligará a entregarte con más ahínco a la extensión del Reino de Dios y a trabajar para que el Evangelio penetre más profunda­mente en el mundo. Pensemos pues, hermanos, en el bien que esta hermana nuestra está llamada a realizar y en las abundantes bendiciones que puede obtener con su vida y su oración, tanto en bien de la Iglesia como en provecho de la sociedad y de vuestras familias.

Amada hija: El Espíritu Santo, que te engendró ya por medio del agua del bautismo, haciendo de tu corazón templo del Altísimo, va a en­riquecerte hoy por mi ministerio con una nueva unción espiritual. Este mismo Espíritu te consagrará a Dios con un nuevo título, al elevarte a la digni­dad de esposa de Cristo, uniéndote con vínculo indisoluble al mismo Hijo de Dios.

El fundamento y modelo de tu virginidad está en la vida y en las palabras de Jesús. Jesús fue y vivió virgen. El fue así la traducción humana de Dios, que es amor: amor universal, sacrificado, benevolente, enteramente desprendido. El, su vida y su palabra, es la encarnación máxima del amor de Dios y del amor a los hermanos, de la nueva vida, que Él vivió y mostró.

Tú has acogido la llamada de Dios para seguir más de cerca a Cristo. En el camino de la virginidad encontrarás una forma de existencia que te permitirá vivir más y mejor un estilo de vida como el de Jesús, para estar más disponible para amar a Dios y a los hermanos, para una entera y exclusiva dedicación a las “cosas del Señor”.

Ser virgen y renunciar por el Reino de los cielos al matrimonio, no es una renuncia al amor: al contrario, es una forma de vida de sobreabundancia de amor. Quien acoge la llamada y el don a la virginidad lo hace por radicalizarse en el amor. Es decir, siente el amor con tal fuerza que llega a sospechar que su pasión de amar a Dios y, en él, a los hombres se ahogaría en un proyecto como el del matrimonio. Cierto es que ningún célibe es mejor que ningún casado simplemente por haber optado por la virginidad, ni viceversa. Se trata de acoger la vocación a que Dios llama a cada uno, y vivir con radicalidad y fidelidad esa llamada. Pero que haya en la Iglesia hombres y mujeres que por esta sobreabundancia de amor permanezcan vírgenes para radicalizarse en el servicio a Dios y a los hermanos es un gran don al servicio de la comunidad. La virginidad no es algo que se pueda minusvalorar, o equiparar a cualquier otro proyecto. No es algo que haya que ocultar, ignorar o silenciar  al pueblo cristiano por más que no se entienda en un mundo que trivializa, comercializa, desestructura y deshumaniza la sexualidad.

Los Padres de la Iglesia llaman Esposas de Cristo, propio de la misma Iglesia, a las vírgenes consa­gradas a Cristo. Y con razón, pues ellas prefiguran el Reino futuro de Dios, en donde nadie tomará marido ni mujer, sino que todos serán como los ángeles de Dios.

“La virginidad por el Reino de los Cielos, a que hoy vas a ser consagrada y consagrarte, es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo” (CaIC 1619).

Jesús nos exhorta en el Evangelio de hoy con duras palabras a escuchar su palabra y ponerla en práctica, a cumplir la voluntad de Dios, el Padre que esta en el cielo.

Procura, pues, hija amada, que toda tu vida concuerde con la vocación y la dignidad a la que has sido llamada. La Iglesia te considera como la porción más escogida de la grey de Cristo, pues por ti se manifiesta y crece su fecundidad. A ejemplo de María, la Virgen Madre de Dios, gusta de llamarte y ser esclava del Señor. Guarda íntegra la fe, mantén firme la esperanza, crece siempre en la caridad. Sé sensata y vigila, no sea que el orgullo corrompa el don de tu virginidad. Que el Cuerpo de Cristo alimente tu corazón consagrado a Dios, que el ayuno te fortalezca, y que te nutra el amor a la Palabra de Dios, la asiduidad en la oración, y las obras de misericordia. Preocúpate siempre de las cosas del Señor; que tu vida esté escondida con Cristo en Dios. Ora constantemente por la propagación de la fe cristiana y por la uni­dad de los cristianos, recuerda también a los que, olvidando la bondad de Dios Padre, han dejado ya de amarlo, para que la divina misericordia salve a aquellos que no pueden ser salvados por su jus­ticia.

Recuerda siempre que te has consagrado al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. En el ejercicio de tu apostolado, tanto en la Iglesia como en el mundo, así en el orden espiri­tual como en el temporal, procura que tu vida sea luz que alumbre siempre a los hombres, de tal manera que, al ver tus buenas obras glorifiquen al Padre que está en el cielo y así llegue a ser reali­dad el designio de Dios de recapitular todas las cosas en Cristo. Ama a todos, pero es­pecialmente a los pobres; ayuda a los necesitados, siempre que te sea posible; cuida con especial dedicación y amor a los enfer­mos, enseña a los ignorantes, preocúpate de los niños, sé apoyo para los ancianos, consuelo para las viudas y los que están tristes.

Tú, que por amor a Cristo has renun­ciado al gozo de la maternidad, serás madre espiritual, por el fiel cumplimiento de la voluntad divina, cooperando con Dios por el amor, para que sea engendrada o devuelta a la vida de la gracia una muchedumbre de hijos.

Cristo, el Hijo de la Virgen y esposo de las vírgenes, será, ya en la tierra, tu gozo. El será también tu corona cuando te introduzca en el tálamo nupcial de su Reino, donde, siguiendo al Cordero dondequiera que vaya, cantarás eter­namente un cántico nuevo por los siglos de los siglos. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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